La dieta ecológica - Frances Moore Lappé - E-Book

La dieta ecológica E-Book

Frances Moore Lappé

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Beschreibung

En 1971, La dieta ecológica abrió nuevos caminos, porque nos mostró una filosofía fascinante sobre cómo podemos cambiar, tanto nosotros como el mundo, sencillamente cambiando la forma en la que comemos. Este libro extraordinario expuso por primera vez la cantidad de residuos innecesarios que se generan al seguir una dieta básicamente carnívora. Ahora, en una edición especial por su 50 aniversario, la experta en alimentos de renombre mundial Frances Moore Lappé profundiza aún más y nos muestra cómo una alimentación vegetariana puede ayudar a restaurar nuestros dañados ecosistemas, abordar la crisis climática y minimizar el impacto ambiental de nuestros actos.

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Seitenzahl: 748

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Portada

La dieta ecológica

FRANCES MOORE LAPPÉ

LA DIETA ECOLÓGICA

Traducción devíctor manuel garcía de isusi

Ilustraciones deaimée mazara

Portadilla

NOTA IMPORTANTE: en ocasiones las opiniones sostenidas en

«Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente

aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas,

hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente

sobre su propia salud, y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo

con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso,

ser un sustituto de la consulta médica personal.

Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactos

y ciertos en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor

pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error

u omisión que se haya podido producir.

Título original en inglés: Diet For A Small Planet.

© del texto: Frances Moore Lappe, 1971.

© de la traducción: Victor Manuel García de Isusi, 2022.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2022.

Avda. Diagonal, 189— 08018Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: mayo de 2022.

rba integral

ref: obdo047

isbn: 978-84-9118-247-4

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida

a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro

(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)

si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra

(www.conlicencia.com; 91 702 19 70/ 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

Créditos

para betty ballantine,

cuya previsión, gracias a dios, ¡era mejor que la mía!

Dedicatoria

Contenido7

CONTENIDO

Bienvenido al 50aniversario de La dieta ecológica. A continuación, en un nuevo capítulo inicial —Nosotros elegimos, nosotros tenemos el poder—, comparto lo que me mantiene con vida frente a las ame-nazas sin precedentes que padece la humanidad. El Libro Uno ofrece un poco de historia, pero es, como quien dice, igual que el original. El Libro Dos está revisado de arriba abajo para adecuarse al paladar de hoy en día y te invita a que entres en la cocina para que experi-mentes la deliciosa revolución actual, una revolución que se adapta a la vida. Espero que te deleites aprendiendo ¡y comiendo!

frances

Lista de gráficos 11

Nosotros elegimos, nosotros tenemos el poder. Introducción

a la edición del 50aniversario 13

Una época extraordinaria para estar vivo. Introducción

a la edición del 20aniversario 53

Libro Uno

La dieta ecológica

Prefacio a la edición del 10aniversario 89

parte i. Receta para una revolución personal 91

1. Por dónde empezar 93

2. Mi viaje 103

Contenido

8 Contenido

parte ii. Cómo llegar hasta las raíces de nuestro pequeño

planeta 147

1. ¿Una hamburguesa menos? 149

2. Cómo conducir un Cadillac 154

3. La mística de la carne 179

4. Está en juego la democracia 186

5. Hazte las preguntas adecuadas 199

parte iii. Nuestra dieta es peligrosa. ¡Podemos hacerlo mejor! 207

1. La dieta experimental de los Estados Unidos 209

2. Pero ¿quién ha pedido cereales azucarados de colores? 232

3. Los mitos de las proteínas. Una nueva visión 252

Libro DOS

Cocina vegetariana pensada para el planeta y para todos, 50aniversario

Prefacio a la edición del 50aniversario 265

parte i. Trucos de cocina para comer bien en un planeta

pequeño 273

parte ii. Recetas: Descubre el placer de comer teniendo en cuenta el planeta 289

1. Aperitivos y guarniciones 291

2. Desayunos y repostería 309

3. Sopas 329

4. Ensaladas 343

5. Salsas 353

6. Platos principales 363

7. Tentempiés y dulces 403

Colaboradores del segundo libro 417

Agradecimientos 421

Contenido9

Apéndices

A. Herramientas para aprender y actuar: libros,organizaciones y páginas electrónicas recomendados 427

B. Instrucciones de cocinado básicas para legumbres, granos, frutos secos y semillas 432

C. Echemos una ojeada a las proteínas de las plantas 436

D. Comparemos el coste de las proteínas: alimentos vegetales, lácteos y carne 438

E. Harina de trigo integral frente a harina de trigo refinada 440

F. Arroz integral frente a otros tipos de arroz 441

G. Comparación de azúcares, mieles y melazas 442

Notas 443

Agradecimiento por los permisos 481

Índice alfabético 483

Lista de gráficos11

LISTA DE GRÁFICOS

1. Una fábrica de proteínas al revés 158

2. Calorías de combustible fósil que se gastan para obtener 1caloría de proteína 164

3. Cantidad de agua necesaria para producir 450gramos de proteína a partir de varias fuentes de comida 165

4. Impacto de la dieta experimental estadounidense 210

5. Sodio en los alimentos frescos frente a los procesados 221

6. Cuánta fibra hay en cuatro rebanadas de pan y en otros alimentos 224

7. El control de nuestros alimentos por parte de los monopolios 235

8. Cuánto cuesta el nombre de una marca 238

9. ¿Quién es el dueño de los gigantes de la comida rápida? 241

10. Una dieta hipotética solo con alimentos de origen vegetal (para demostrar que tengo razón) 256

11. Una dieta hipotética con alimentos de origen vegetal y lácteos (para demostrar que tengo razón) 258

Lista de gráficos

Introducción a la edición del 50 aniversario13

Nosotros elegimos, nosotros tenemos el poder. Introducción a la edición del 50aniversario

Ser capaz de ver lo que tiene uno delante de las narices implica un esfuer-zo constante.

george orwell,1946

Cuando empecé este viaje, estaba convencida de que apostar por los alimentos vegetales y llevar una dieta vegetariana era una gran alter-nativa. Hoy en día es, sin duda, una necesidad: o hacemos un cambio radical, o la vida en la Tierra tal y como la conocemos desaparecerá para siempre.

Vaya... una aseveración tan categórica hace que me estremezca.

He de admitir, querido lector, que he tardado décadas en llegar hasta aquí y que estoy encantada de tener la oportunidad de com-partir contigo lo que he aprendido en este viaje. No obstante, te pido disculpas, porque voy a deleitarme primero con los siguientes pensamientos, ya que, a lo largo de los años, han sido muchos los desconocidos que me han dicho: «Tu libro me ha cambiado la vida».

Una historia que nunca olvidaré es la de Roger Brown, un amigo que es director de la Berklee College of Music desde hace años: «Yo era profesor en un pueblecito de Kenia allá por 1979cuando me llegó una versión hecha polvo de tu libro —me explicó—. Lo leí en una montaña, a la luz de la luna, y cambió el rumbo de mi vida». Estas palabras aún me hacen sonreír.

Cuando la gente me cuenta el gran efecto que el libro ha tenido en ellos, siempre exclamo: «¡Y en mí!». La dieta ecológica empezó como un folleto de una página que escribí cuando tenía veintiséis años y ha dado forma de cabo a rabo a mi búsqueda vital. Ahora, con motivo de su 50aniversario, me esfuerzo por plasmar las lecciones clave que

Nosotros elegimos, nosotros tenemos el poder. Introducción a la edición del 50aniversario

14 La dieta ecológica

me han ayudado hasta hoy y que espero que te sirvan de ayuda a ti también en los tiempos tan desafiantes en los que vivimos.

Hum. Con «desafiantes» no me vale. A lo largo de los últimos años nos hemos enfrentado a la tormenta más furiosa que he vivido jamás: años de ataques a la integridad de nuestra democracia que han acabado desembocando en el asalto del Capitolio por los ciuda-danos por primera vez en la historia, una pandemia considerada la peor que ha habido en los últimos tiempos y los asesinatos cometidos por la Policía que han alimentado el movimiento Black Lives Matter (las vidas negras importan) que, con un poco de suerte, hará que nuestra nación se enfrente de una vez por todas al problema sistemá-tico del racismo.1

Al mismo tiempo, la crisis climática se acerca a un momento críti-co que acelerará la destrucción del planeta drásticamente. Y lo que me llevó a actuar —ver que tantos pasaban hambre— ha empeorado en estos últimos años, a pesar de que el suministro de comida mun-dial ofrezca una quinta parte de calorías más por persona que hace cincuenta años.2Aquí, en casa, el hambre también va en aumento.3

Hay tormentas terribles que tiran hasta el árbol más grande y dejan expuestas sus raíces. Esta es una de esas tormentas. Así que, ¿cómo estudiamos esas raíces y utilizamos lo que aprendamos para alejarnos de la catástrofe y avanzar en pos de la vida?

La buena noticia es que hay millones de personas en los Estados Unidos —y muchas más por todo el mundo— estudiando el porqué de estas crisis entrelazadas y rehaciendo su vida de manera que bene-ficie tanto a la naturaleza como a los seres humanos. Hace cincuenta años, mi «¡eureka!» de juventud fue descubrir que la alimentación tenía un poder especial, dado que, a diario, los alimentos que elegi-mos nos conectan a unos con otros y con la naturaleza. La sorpresa que me produjo descubrir lo innecesario que era pasar hambre me llevó a entender qué es eso que tanto falta en nuestro mundo y que tenemos el poder para arreglar esta situación. Sin embargo, por aquel entonces no tenía ni idea de lo urgente que se volvería mi mensaje en poco tiempo.

Debido al férreo control que ejercen las corporaciones sobre nues-tra democracia, el daño que hacen una agricultura y una dieta funda-mentadas en la carne no ha dejado de empeorar y de estropear la salud de los seres humanos, la naturaleza y el clima. Y el peor de

Introducción a la edición del 50 aniversario15

todos los daños es que hemos destruido tantas especies —en general, para alimentarnos— que nos enfrentamos a la sexta gran extinción de la Tierra.4El naturalista e historiador David Attenborough nos advierte de que, para evitar un desastre planetario, tenemos que per-mitir el reflorecimiento de la vida, para lo que habría que reducir drásticamente el suelo destinado a granjas y cultivos y «la manera más rápida y efectiva de hacerlo [...] es cambiar nuestra dieta». A su entender, dejar atrás la ineficacia de la dieta carnívora y elegir una vegetariana serviría para que, con solo utilizar la mitad del suelo que empleamos hoy en día para producir alimentos, produjéramos mu-chísima comida para todos.4

Ahora, con la situación muchísimo peor que cuando yo abrí los ojos, es imprescindible que nos paremos a pensar cómo hemos llega-do hasta aquí. Así que vamos a investigar esas raíces.

creer para ver

Desde que me senté en la biblioteca que la Universidad de California tiene en Berkeley —hace ya cincuenta años— para determinar cuál era la causa del hambre en el mundo, he intentado hacerme pregun-tas cada vez más profundas para entender por qué los seres humanos lo hemos hecho tan mal. Y esta es la pregunta más profunda a la que he llegado hasta la fecha:

¿Por qué, como sociedad, damos forma a un mundo que jamás elegiría-mos como individuos?

Al fin y al cabo, nunca he conocido a nadie que se levante por las mañanas deseando que un niño más muera de hambre o que la tem-peratura del planeta siga en aumento.

En el 20aniversario de este libro introduje el concepto «el po-der de las ideas» para explicar lo que parece inexplicable —te ani-mo a que leas la introducción que escribí para esa edición, que está justo después de esta—. Hoy en día, explico el reto que supone investigar las raíces de la siguiente manera. Mientras que la expre-sión «ver para creer» es común, en el caso de nuestra especie es justo lo contrario lo que suele funcionar mejor: «creer para ver».

16 La dieta ecológica

O, tal y como dijo Albert Einstein: «Es la teoría la que decide lo que vemos».6En otras palabras, los filtros que hemos interiorizado pueden impedir que veamos las soluciones que tenemos justo de-lante de las narices —lo que hace que necesitemos el «esfuerzo constante» del que habla George Orwell en la cita con la que abro esta introducción.

Pero hay un filtro en especial que evita que veamos las soluciones: creer que la vida está compuesta de partes cuando, en realidad, toda la vida está conectada. Aún veo la fulgurante sonrisa del ya fallecido Hans-Peter Dürr, un físico alemán que, hace una década, me lo dejó así de claro: «Frankie, en la vida no hay partes, solo participantes». ¡Entendido, Hans-Peter! Y no lo he olvidado. Es la más pura verdad de nuestra existencia.

Mientras que muchas cosas han cambiado en los últimos cincuen-ta años, el peligro que supone la falsa lente de la separación se da al menos en tres casos importantes de «creer para ver» que todavía nos ciegan. Cada uno de ellos los han utilizado los más poderosos —cons-ciente o inconscientemente— para mantenernos en una senda des-tructiva e impedir que veamos soluciones positivas para nuestra cri-sis agrícola y alimentaria.

Quiénes somos

La idea que tenemos de cuál es nuestra verdadera naturaleza es clave para determinar lo que podemos ver, tal y como explico en el siguien-te capítulo. La cultura actual nos enseña que tenemos que contar con que los seres humanos son egoístas y competitivos, y eso enfatiza algunos de nuestros peores rasgos —en especial, el culpar a los de-más—. En realidad, la evolución de nuestra especie ha demostrado que somos capaces tanto de lo mejor... como de lo peor.

Por lo tanto, para que el futuro sea viable, tenemos que crear re-glas y normas que den voz a nuestras capacidades sociales: la coope-ración, la empatía y la ecuanimidad, al tiempo que sofocamos lo más negativo. A mi entender, eso es algo que solo puede conseguir la de-mocracia.

Introducción a la edición del 50 aniversario17

El mito del mercado «mágico»

Otro caso potente de «creer para ver» es la feliz e imperecedera idea del «mercado libre», infundida en nuestra cultura por los «verdade-ros creyentes» antigubernamentales, ya sea desde la radio o en los cientos de programas universitarios financiados por los hermanos Koch.7Ronald Reagan dijo del mercado que era «mágico»8y, claro, en el caso de la magia, lo divertido es nosaber los trucos del mago, por lo que no llegamos a ver lo evidente: que, en realidad, ningún mercado es «libre». Todos los mercados tienen reglas.

A lo largo de estos cincuenta años, aquellos que gozan de poder económico han reducido nuestra economía de mercado a unasola regla: haz aquello que proporcione el mayor beneficio posible para la riqueza existente. Con ese eje impulsor, no es de extrañar que la ri-queza pertenezca a la riqueza y que se trate de un círculo vicioso.

Pero ¿cuáles son las consecuencias de este pensamiento mágico?

Hoy en día, cinco empresas estadounidenses controlan casi una quinta parte de la riqueza de Wall Street9y tres estadounidenses acu-mulan la misma riqueza que la mitad de nuestra población.10La agri-cultura es una manera de obtener poder. Hoy en día, el 4% de las granjas controlan casi el 70% de las ventas.11

Aun así, la mitad de los estadounidenses sigue creyendo eso de que, en los Estados Unidos, «todos tienen las mismas oportunidades de te-ner éxito».12Somos incapaces de ver cuán profunda es nuestra de-sigualdad económica. Pues es tan grande que, si nos comparamos con el resto del planeta, nos encontramos entre Haití y Argentina, con una desigualdad salarial mucho mayor que en un centenar de países.13

Esta tragedia es una realidad que ha empeorado en poco tiempo. Entre 1980y 2019, el sueldo de los directores generales ha dado un salto de un 940%, mientras que el salario del trabajador corriente se ha ido arrastrando hasta subir un 12%.14

La concentración de poder que existe en nuestro sistema alimen-tario nutre la desigualdad. Cuando escribí La dieta ecológica, había más de cincuenta empresas de semillas que competían por los nego-cios de los agricultores15, ahora, en cambio, son un puñado de mar-cas las que dominan nuestro sistema alimentario desde la semilla a la venta final. Cuatro empresas controlan más del 80% del empaqueta-do de ternera, del 85% de la producción de soja, casi dos tercios del

18 La dieta ecológica

empaquetado de cerdo y la mitad del procesamiento del pollo.16Cua-tro cadenas de supermercados controlan casi la mitad de las ventas.17

Por lo tanto, no resulta extraño que nuestros agricultores —obli-gados a depender de monopolios de suministradores, distribuidores y procesadores— estén recibiendo un porcentaje cada vez menor de cada dólar que pagamos por los alimentos. Actualmente, apenas re-ciben 15centavos.18Las familias de agricultores se ven obligadas a tener otros trabajos que, en la actualidad, suponen más del 80 % de sus ingresos —cuando, en 1960, no suponían sino el 40%.19

¡Nada es «libre» en este mercado!

Este patrón de consolidación se lleva dando desde que comenzó mi viaje, pero, a mediados de la década de los 90, el control asfixian-te sobre las explotaciones agrícolas y los alimentos se incrementó muchísimo. Teniendo en cuenta que, como quien dice, no existe quien haga pruebas independientes, nuestro Gobierno ha permitido el dominio de una nueva tecnología —la de las semillas modificadas genéticamente—. Así que hoy, es una única empresa, Bayer —el gi-gante farmacéutico alemán que compró Monsanto—, la que contro-la el mercado de las semillas modificadas genéticamente que se plan-tan en entre el 85% y el 90% de los campos de tres de nuestros cultivos principales: el maíz, la soja y el algodón.20

Creer en «la magia del mercado» nos ha llevado a otro punto ciego letal. Como pensamos que el mercado distribuye los recursos de manera eficaz —cómo no—, damos por hecho que la agricultura de los Estados Unidos ha guiado al mundo y lo ha alimentado gracias a su gran eficacia. Sin embargo, cuando hace cincuenta años aparté el telón, descubrí justo lo contrario: que la agricultura de los Estados Unidos es sorprendentemente ineficaz.

Teniendo en cuenta que gran parte de la producción de nuestras granjas se utiliza para alimentar al ganado y para producir biocom-bustible, la agricultura estadounidense alimenta a menos personas por hectárea que la de la India o la de China.21Solo el 27% de las calorías que producimos acaban alimentando directamente a las per-sonas.22

¿Qué sucede a lo largo y ancho del mundo? Más del 80% de la tierra dedicada a la agricultura, incluida la destinada al pastoreo, está dedicada al ganado y a la acuacultura, y, aun así, nos proporciona menos de un quinto de las calorías que consumimos.23

Introducción a la edición del 50 aniversario19

Una ineficacia tal supone un gran despilfarro, al que hay que aña-dir los deshechos. En los Estados Unidos se desperdicia hasta el 40% de la comida.24Y la cosa ha ido a peor. En comparación con hace medio siglo, de media, los estadounidenses tiramos un 50% más de comida.25Lo que no termina en nuestro estómago lo hace en los ver-tederos —y provoca la emisión de gases de efecto invernadero— y le supone un despilfarro de unos 1.800dólares anuales a una familia de cuatro integrantes.26

A lo largo y ancho del mundo, casi un cuarto de las calorías que se producen se tiran, se malgastan o se pierden.27

Delirios de democracia

Ese rasgo humano que he denominado «creer para ver» llega a dar forma, incluso, a la manera en la que vemos nuestra nación. Desde la televisión a los libros de texto, la lente a través de la que nos ani-man a vernos convence a muchos de que la nuestra es una nación que, si no la mejor del mundo, es, desde luego, una de las mejores.28Y, claro, la democracia ha sido un elemento clave para llegar a esto. Pues bien, lo cierto es que llevamos años clasificados por detrás de cincuenta y cinco países en lo referente a la integridad de nuestras elecciones.29

La celebración de elecciones y la existencia de un mercado no hacen la democracia. Nosotros tenemos ambos, pero nuestro modelo económico se asegura de que sujeta con fuerza al poder económico, lo que se traduce en poder político y acaba deformando la toma de decisiones públicas —es decir, acaba deformando la democracia.30

Cuando escribí este libro, eran pocas las empresas que formaban parte de grupos de presión en Washington. Sin embargo, hoy en día, las corporaciones emplean miles de millones al año para ejercer esa presión y la industria agraria gasta incluso más que la de defensa.31Por cada miembro del Congreso que elegimos para que nos represen-te, hay más de veinte integrantes de grupos de presión —en su mayo-ría, corporativos— trabajando para asegurarse de que sus intereses son los primeros que se atienden.32

Este movimiento de grandes cantidades de dinero da pie a decisio-nes políticas que nada tienen que ver con los valores y los intereses

20 La dieta ecológica

estadounidenses.33Y los estadounidenses lo saben: a pesar de las bre-chas ideológicas existentes, a tres cuartos de nosotros nos une el de-seo aún no satisfecho de acabar con la influencia corruptora que la riqueza tiene en la política.34Por desgracia, nuestra incapacidad para poner fin a esta corrupción contribuye a que la confianza de los esta-dounidenses en la democracia sea cada vez menor.35

Es descorazonador, qué duda cabe, pero a diario me esfuerzo por sacar la cabeza de debajo de las sábanas. ¡Sentirse indefenso frente al fracaso no es agradable! De hecho, es terrible. Lo agradable es sen-tirse parte de algo grande —me refiero a algo tan grande como para que pueda cambiar el mundo— sean cuales sean tus probabilidades de vencer, y es esta conciencia lo que alumbró este libro y lo que ha alimentado mi pasión por la democracia desde entonces.

Ahora bien, ¿qué es la democracia?

Para mí, en el corazón de la democracia has de encontrar esas reglas y normas para vivir en sociedad que satisfacen nuestras mayores necesi-dades, que hacen aflorar lo mejor de nuestra especie al tiempo que mantienen nuestra capacidad destructiva bajo control. Pero ¿cuáles son nuestras «mayores necesidades»? Te voy a dar mi opinión.

Más allá de alimentarnos y de otras necesidades físicas esenciales, los seres humanos tenemos tres necesidades intangibles. La primera es nuestra necesidad de poder; queremos tener claro que nuestra voz cuenta. La segunda, la necesidad de tener significado; es decir, quere-mos tener la sensación de que nuestra vida va más allá de la propia supervivencia. Y, la tercera, la necesidad de conectar; porque lo que queremos es experimentar ese poder y ese significado en una comu-nidad, con otras personas.

Y, ¿qué reglas y normas nos pueden permitir experimentar estas necesidades en este mundo conectado de la actualidad?

Una vez más, yo veo tres. En primer lugar, las que hacen que el poder esté disperso —muy disperso—. En segundo lugar, la transpa-rencia, para que el poder tenga que ser responsable. Y, en tercer lu-gar, la ética de la responsabilidad mutua, que es justo lo contrario de la vergüenza y la culpa que dominan la actualidad. El rabino Abra-ham Joshua Heschel capta esta ética con gran sencillez: «Algunos

Introducción a la edición del 50 aniversario21

son culpables, pero todos somos responsables».36¡Nadie está libre de culpa! Y todas ellas las agrupo en el precioso concepto de la demo-cracia.

Más adelante, en este mismo capítulo, ofrezco soluciones que me parecen estupendas para resolver nuestra crisis alimentaria, solucio-nes basadas en prácticas democráticas que han surgido a lo largo y ancho del mundo y que, hace cincuenta años, ni siquiera llegué a imaginar que serían posibles. En ediciones anteriores lo llamé «de-mocracia ciudadana» pero, en la década de los 90, el término «demo-cracia viva» empezó a captar aquello que, para mí, se ha vuelto ob-vio: que, para conseguir acabar con el hambre en el mundo y salvar nuestro planeta, los principios de la democracia tienen que estar vi-vos, pero no solo en la vida política, sino en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana —incluido, qué duda cabe, el económico.

Espero que estos tres trampantojos del «creer para ver» —tener una visión distorsionada de nuestra propia naturaleza, pensar que el mercado es mágico y la noción de que nuestra democracia es «excep-cional» y lo mejor que tenemos— te hagan entender que esta tenden-cia del ser humano va a acabar con nosotros.

Así que, ese «esfuerzo constante» del que habla Orwell ¡merece la pena!

una especie de esperanza

Y, gracias a ese esfuerzo, cada vez somos más los que no nos deja-mos llevar por estas ilusiones letales y nos damos cuenta de que hay alternativas. Por suerte —para mí—, descubrí muy pronto esa capa-cidad para ver el camino falso y apartarme de él, algo que puede cambiarte la vida. Darme cuenta de que la idea dominante por aquel entonces, que aseguraba que el hambre en el mundo lo provocaba que hubiera «demasiada gente» —porque agotaban nuestros sumi-nistros de comida—, era mentira me liberó y me permitió buscar soluciones reales.

Y este pensamiento me lleva a un tema central en mi vida: la espe-ranza. Muchos de nosotros creemos que la esperanza es «débil». ¿Acaso no es la esperanza algo que necesitan los débiles incapaces de afrontar la realidad? Para mí, la esperanza es todo lo contrario.

22 La dieta ecológica

Los especialistas en neurología nos dicen que la esperanza ayuda a nuestro cerebro a organizarse para dar con soluciones.37Por lo tanto, la esperanza es poder y, ahora mismo, eso es justo lo que nece-sitamos: poder.

Pero es una esperanza de cierto tipo —lo que llevo tiempo llaman-do «esperanza honesta»—. No es optimismo ciego —¡ni mucho me-nos!—. Requiere que aceptemos la ingente cantidad de pérdidas pro-vocadas por las ilusiones del «creer para ver» al tiempo que tomamos caminos más optimistas. Hasta en la oscuridad hay posibilidades.

lágrimas en el tapiz de la vida

Un «¡eureka!» que me ha ayudado a permanecer aquí es que, des-pués de cincuenta años, hemos recibido un tremendo regalo —si es que somos capaces de aceptarlo—: el regalo de la claridad.

Ahora está claro que, para alimentarnos, nos estamos matando y estamos matando el planeta. No obstante, también es verdad que están apareciendo nuevas soluciones alimentarias y agrícolas —algu-nas en sitios sorprendentes— y que están siendo mucho más trans-formativas de lo que se esperaba.

Para empezar, respiremos hondo mientras nos fijamos hasta qué increíble punto ha provocado pérdidas y amenazas terribles nuestra especie —supuestamente inteligente— en el «tapiz de la vida» —una bella metáfora que le tomo prestada a la primatóloga Jane Goo-dall—. Solo entonces podremos apreciar el valor y la creatividad que está demostrando actualmente nuestra especie.

A continuación, te presento diez ataques a la vida relacionados con la alimentación que han sucedido o se han agravado durante el último siglo.

uno.Sigue existiendo una gran hambruna para muchos.Si bien el suministro global de comida por persona sigue aumentando y se pro-ducen suficientes calorías para cubrir las necesidades de todos, sete-cientos millones de personas pasan hambre y uno de cada cinco ni-ños sufre desnutrición y no tiene acceso a agua potable, lo que le provocará perjuicios en la salud a lo largo de la vida.38

Introducción a la edición del 50 aniversario23

dos.La manera como nos alimentamos empeora el caos climático. En gran medida por las prácticas de las empresas químicas y a que consumimos muchísima carne, el sistema de producción de alimen-tos mundial es el culpable del 37% de las emisiones de gases de efec-to invernadero. De estas, la tierra de labranza, de pastoreo y la dedi-cada a la tala producen un cuarto.39Así que fíjate, por mucho que el mundo dejase de utilizar hoy mismo combustibles fósiles, las emisio-nes de los sistemas alimentarios harían que fuera imposible alcanzar los objetivos con los que limitar el calentamiento global impuestos en el Acuerdo de París de 2015.40Las vacas producen tanto que, si for-masen una nación, «Vacalandia» sería el sexto país que más gases de efecto invernadero produciría.41Y, si el desperdicio de alimentos fue-ra otro país, estaría incluso más arriba, sería el tercero.42

tres.La comida se convierte en la peor amenaza para nuestra salud. En la actualidad, casi el 60% de todas las calorías que ingieren los estadounidenses proviene de los alimentos ultraprocesados, que ape-nas nutren pero proporcionan gran cantidad de azúcar y sal al tiem-po que nos exponen hasta a cinco mil aditivos alimentarios —la ma-yoría de ellos no se han sometido a estudio—.43¡Vaya! No es de extrañar que casi nadie en los Estados Unidos cumpla con las pautas dietéticas nacionales.44

Según The Lancet, en 2017, once millones de fallecimientos en el mundo —uno de cada cinco— se produjeron por enfermedades en las que una dieta pobre se considera un factor de riesgo.45Se incluyen las muertes por enfermedades cardiovasculares, cáncer y diabetes de tipo 2. Más o menos desde 1970, el número de personas con diabetes en los Estados Unidos se ha cuadruplicado —como quien dice—, lo que implica que uno de cada diez de nosotros estamos afectados.46

Y también está la sal. Hace poco descubrí —me dejó muy sorpren-dida— que podía ser el mayor peligro de nuestra dieta. La sal tiene que ver con más de cien mil muertes prematuras en los Estados Unidos a lo largo del año, dado que aumenta las posibilidades de que nos dé un infarto, de que padezcamos cáncer de estómago o de que sufra-mos una enfermedad de riñón u otras dolencias.47La mayoría de la sal la consumimos en la comida procesada. Un solo tazón de sopa de fideos con pollo Campbell’s, por ejemplo, nos proporciona casi el 80% de la cantidad diaria recomendada.48

24 La dieta ecológica

Y, además, estos peligros para la salud que supone nuestra dieta también resultan carísimos. Tres cuartos del gasto anual en sanidad —unos 5.300dólares por persona— se van en el tratamiento de en-fermedades crónicas, la mayoría de ellas relacionadas con la alimen-tación.49

cuatro.Los productos químicos peligrosos contaminan nuestra co-mida y a la gente que trabaja la tierra. Por desgracia, el 90% de los dos cultivos principales de los Estados Unidos —la soja y el maíz— están alterados genéticamente para resistir a Roundup, que es un herbicida de Bayer cuyo ingrediente activo, el glifosato, quedó cata-logado como «probablemente cancerígeno» por la Organización Mundial de la Salud en 2015.50

La utilización del glifosato está restringida en más de cuarenta países y prohibida en varios.51Entonces, ¿por qué no aquí? Docu-mentos internos revelados recientemente confirman que Monsanto utilizaba estrategias de mercado engañosas, que no presentaba como es debido la peligrosidad de sus productos a las agencias reguladoras y que ayudaba a que sus socios más importantes obtuvieran puestos de poder en Washington.52Así que no debería sorprendernos que los Estados Unidos, que solo tiene el 4% de la población mundial, utili-ce una quinta parte del glifosato que se utiliza en todo el mundo —lo que ha contribuido a que se convierta en el herbicida más empleado en el planeta—.53

Pero el glifosato no es nuestro único problema. Aquí todavía se rocían muchos otros pesticidas, incluidos setenta y dos que la Unión Europea ha prohibido o está a punto de eliminar.54

En el mundo, cada año, casi la mitad de los agricultores se enve-nenan con los pesticidas. Aquí, en casa, veinte mil jornaleros sufren este envenenamiento porque carecen de las protecciones laborales esenciales.55Enfermos de cáncer, casi cien mil agricultores estadouni-denses y propietarios denunciaron a Bayer alegando que era el glifo-sato lo que había hecho que enfermaran. En 2020, la empresa deci-dió llegar a un acuerdo y pagar casi 12.000millones de dólares —sí, sí doce mil.56

Ahora, como las malas hierbas han desarrollado resistencia al glifosato, Bayer y otras dos empresas están distribuyendo un herbi-cida aún más letal, el dicamba —desafiando así una decisión de la

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Corte Federal que dice que es ilegal que los agricultores sigan utili-zándolo.57

cinco.A pesar de que nadie les haya hecho pruebas medioambienta-les independientes o para determinar si son peligrosos para la salud, en la actualidad, los organismos modificados genéticamente (OMG) están presentes al menos en el 75% de los alimentos procesados de los Estados Unidos.58A finales de la década de los 90, mi familia comprobó el poder que había detrás de los OMG. Mi marido, el patólogo y moralista Marc Lappé —ya fallecido—, hizo sonar la alarma en 1998con su libro Against the Grain, que escribió junto con Britt Bailey. No es de extrañar que Monsanto los amenazase con denunciarlos y el editor de Marc prefiriera retirar el libro. Por suerte, la editorial Common Courage Press —¡qué nombre tan adecuado!— decidió publicarlo.59Ahora bien, nadie ha resuelto todavía las preo-cupaciones que el libro ponía sobre la mesa: «Los cultivos de OMG siguen estando muy por delante de nuestra comprensión de los ries-gos que entrañan, dado que a menudo faltan controles científicos —escribe el científico Jonathan Latham, uno de los fundadores de Bioscience Resource Project—. Además, por lo general, los resulta-dos de estas pruebas y estos controles son ambiguos o es imposible interpretarlos, si bien dudo mucho de que esta ambigüedad y esta aparente incompetencia sean accidentales —gracias a la influencia de la industria».60

seis.Hemos convertido la mayor parte de la producción moderna de ganado en una pesadilla destructiva, cruel y peligrosa. Hemos destruido más de ocho de cada diez mamíferos salvajes de la Tierra. El 60% de los mamíferos que quedan son ganado, incluidos, por increíble que parezca, mil quinientos millones de vacas.61Además, en la actualidad, el 70% de los pájaros del mundo son aves de corral.62Es impactante. Piensa en a cuántas formas de vida les hemos impe-dido que ocupen su lugar en el tapiz de la vida. Y, por si fuera poco, muchísimas de las criaturas que dependen de nosotros llevan una vida horrible. En el caso de las vacas, por ejemplo, imagina a miles de ellas —o más— apiñadas, sometidas a tratamientos antibióticos para acelerar su aumento de peso, emitiendo gran cantidad de po-tentes gases de efecto invernadero y produciendo innumerables resi-

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duos que contaminan tanto el agua como el aire. Esta contaminación provoca problemas respiratorios y neurológicos a aquellos que viven cerca de las granjas, personas con ingresos desproporcionadamente bajos.63

siete.La pérdida y la degradación del suelo se produce a una velo-cidad mucho mayor de a la que la naturaleza es capaz de regenerarlo. A medida que se extienden los monocultivos y baja la rotación de cultivos, el mantillo de la tierra desaparece a una velocidad entre diez y cuarenta veces superior a la que la naturaleza puede reconstruirlo.64A ese ritmo, el mantillo podría desaparecer en todo el mundo en cuestión de sesenta años.65

ocho.Las aguas subterráneas utilizadas para regar están desapare-ciendo rápidamente debido a un sistema alimentario centrado en la carne.Para producir 1kilogramo de carne son necesarios algo más de 3.000litros de agua —casi cincuenta veces más que para produ-cir un kilogramo de verduras y unas nueve veces más que para pro-ducir un kilogramo de grano.66

Teniendo en cuenta que nos hemos convertido en «mineros» del agua, a este ritmo de bombeo, dentro de treinta años ya no se podrá regar más de un tercio de la zona sur de las Grandes Llanuras.67A al-gunos de nuestros acuíferos, prácticamente, no les queda sino lo que se denomina «agua fósil», lo que significa que, en ciertas zonas, el agua que se ha perdido en treinta años tardará mil años en restable-cerse.68

nueve.Una parte de la crisis alimentaria y agrícola de la que la ma-yoría de nosotros no nos damos cuenta —la sobrecarga de nitróge-no— está sembrando el caos. James Galloway, profesor de Ciencias Medioambientales en la Universidad de Virginia —una eminencia en la materia—, me aseguró: «El ciclo del nitrógeno lo hemos tras-tornado aún más que el del carbono». A causa de los fertilizantes sintéticos, los seres humanos hemos añadido a nuestro entorno al menos tres veces más nitrógeno reactivo del que se produce de ma-nera natural.69A nivel mundial, solo entre el 4% y el 14% del ni-trógeno de los fertilizantes acaba en lo que comemos —que es el pilar de la proteína.70

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La escorrentía de nitrógeno en los campos hace que este se filtre y llegue a ríos y arroyos, por los que acaba más tarde en el grandioso Mississippi y, de ahí, va a dar al Golfo de México, donde ha creado una «zona muerta» costera del tamaño de Massachusetts que ha aca-bado con la vida marina.71A lo largo y ancho del mundo —cifra que se duplica con el paso de cada década desde 1960— hay cuatrocien-tas quince zonas oceánicas sin vida.72La escorrentía de nitrógeno —se-gún explica el profesor Galloway— también hace que empeoren el esmog, la niebla, la lluvia ácida; provoca que se acelere la pérdida de especies marinas, de zonas boscosas; y contamina el agua, da pie al calentamiento global y hace más grande el estratosférico agujero de la capa de ozono. ¡Toma!

Y, una vez más, la producción de carne es clave en todo este per-juicio, porque el nitrógeno está presente en el fertilizante utilizado para alimentar los cultivos y en el estiércol. La producción de carne en los Estados Unidos es la autopista por la que el nitrógeno se esca-pa al medioambiente.73

diez.El uso excesivo del suelo para producir carne y otras prácticas agrícolas destructivas nos están abocando a la sexta extinción en masa de la Tierra.74Principalmente por causa de los pesticidas y de los megamonocultivos, podríamos asistir a la extinción del 40% de la población mundial de insectos en unas pocas décadas.75Desde prin-cipios de la década de los 90, la agricultura estadounidense es cua-renta y ocho veces más tóxica para los insectos.76Antes de que em-pieces a pensar que eso es bueno —¡menos picaduras!—, te diré que los insectos son la mayor fuente de alimentación del reino animal.77Además, tenemos que darles las gracias a los polinizadores por uno de cada tres mordiscos que le damos a la comida.78Los insectos son esenciales para que la tierra esté sana y para descomponer los deshe-chos. ¡Piensa en ello!

La producción cárnica de la industria agrícola de todo el mundo es una de las razones principales de que los bosques y la fauna se hayan reducido en dos terceras partes en los últimos cincuenta años.79Y, en gran medida, se debe a que una parte muy importante de nues-tro suelo sirve para producir alimento con el que dar de comer a nuestro ganado y a que han desaparecido el 90% de las variedades de cultivos.80Todo esto contribuye a una estimación alarmante: un

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millón de especies están al borde de la extinción y el ritmo al que desaparecen es cada vez más rápido.81

Esta es una lista que me parte el corazón y tengo que hacer algo útil con ese sentimiento tan terrible para que exista algo de esperanza honesta. Así que indaguemos un poco más.

de poder elegir a ser necesario

De todo lo que te he explicado queda claro lo siguiente: mientras que hace cincuenta años La dieta ecológica era una herejía, hoy en día, una dieta vegetariana, libre de productos químicos y compuesta por alimentos naturales no solo es una elección adecuada, es esencial. O cambiamos radicalmente, o la vida en la Tierra, tal y como la cono-cemos, desaparecerá para siempre.

Y ese cambio depende tanto de nuestras elecciones diarias como de nuestro valor como ciudadanos empoderados para ir contra el poder de los gobiernos centralizados y sentar, juntos y democráticamente, una serie de reglas que antepongan nuestra salud y la de la Tierra.

Comer con la Tierra

En 1970no imaginaba el impacto que nuestra dieta estaba teniendo en la tremenda crisis climática que nos acechaba. Y tampoco imagi-naba que, cuarenta años después —alerta de madre orgullosa—, mi hija Anna se enfrentaría a esta amenaza con su libro Diet for a Hot Planet, lo que iba a permitirme aprender tanto sobre la conexión que hay entre el clima y la comida.82

Si logramos llevar a cabo un cambio social hacia una dieta vege-tariana, podremos reducir las emisiones de gases de efecto invernade-ro de las granjas en un 70% para 2050—y mucho más si nos esfor-zamos por desperdiciar menos comida, tal y como han predicho Marco Springmann y sus colegas de la Universidad de Oxford—.83

¿Otra manera alentadora de expresar los beneficios de una dieta vegetariana? Si en todo el mundo la gente con una dieta carnívora se pasara a una dieta sin carne o con poca carne —como la vegetariana

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o la mediterránea—, las emisiones «se reducirían una cantidad igual a las actuales emisiones de gases de efecto invernadero de todos los coches, camiones, aviones, trenes y barcos», de acuerdo con un cálcu-lo de David Tilman y Michael Clark, de la Universidad de Minneso-ta.84Eso es mucho reducir.

Y no creas que esto del equilibrio de nutrientes es una novedad, al fin y al cabo, es como se han alimentado los seres humanos a lo largo de la evolución y lo que sigue caracterizando la mayoría de las dietas indígenas de la actualidad.85

Si nos decantáramos por una dieta baja en carne, reduciríamos la presión por talar bosques —que absorben dióxido de carbono— para que pasten los rebaños y para cultivar alimentos, lo que «prevendría la destrucción de un área de bosque tropical y sabana del tamaño de los Estados Unidos», estiman también Tilman y Clark.86(Menos defores-tación también implica menos riesgos de nuevas pandemias, dado que la reducción de la tala de bosques, tanto para labrar la tierra como para utilizarla como pastos, disminuiría la frecuencia con la que entra-mos en contacto con la vida salvaje, que tantos virus transmite).87

Algunos proponen que comencemos a consumir vacas alimenta-das con hierba como parte de una cura para el clima. Desde luego, evitaríamos la crueldad de las unidades de engorde. Ahora bien, los pastos de los Estados Unidos solo servirían para satisfacer un cuarto de nuestra actual demanda de ternera.88Los expertos difieren en si alimentar al ganado con hierba produciría menos emisiones que las unidades de engorde, aunque algunos incluso sugieren que, con prác-ticas ecológicas cuidadosas, alimentar al ganado con hierba podría fomentar una emisión neutral de dióxido de carbono.89

En cualquier caso, regenerar el terreno con cultivos de coberturas, compost y árboles ofrece ventajas climáticas, porque necesitan la mi-tad de energía y generan solo una tercera parte de los gases de efecto invernadero que se producen en la agricultura corporativa depen-diente de los productos químicos.90Además, todas las plantas captu-ran el dióxido de carbono de la atmósfera y lo aíslan en la tierra y la tierra labrada de manera ecológica tiene más dióxido de carbono.91Se estima que, si reemplazáramos toda la tierra utilizada para produ-cir ganado, cabras y ovejas con vegetación natural, el dióxido de carbono aislado podría ir desde un tercio a casi cinco veces los gases de efecto invernadero asociados a la producción de alimentos.92

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Además de todas estas ventajas, la agricultura ecológica reestable-cería la riqueza de las especies y, por lo tanto, evitaría la sexta gran extinción de la que ya nos están advirtiendo.

Por otro lado, la agricultura ecológica es clave para enfrentarnos a la crisis de sobrecarga de nitrógeno. Con ella se utiliza el nitrógeno producido por los microrganismos de la tierra, que lo reciclan eficaz-mente. La dieta vegetariana también pueden ayudar: en los Estados Unidos, para producir proteína vegetal solo se requiere un tercio del nitrógeno que se requiere para producir proteína animal.93

Y la siguiente es una solución —pero menos radical— para el problema del nitrógeno. ¿Y si solo consumiéramos la proteína que necesitáramos para estar sanos? En muchos países, incluido el nues-tro, es más o menos la mitad de la que ingerimos habitualmente.94Un estudio de la Unión Europea indica que, solo con esto, se reduciría en un 40% el nitrógeno que se utiliza para producir su comida.95

Y también mucho más sana

Las noticias más esperanzadoras son que una agricultura y una dieta que beneficie a la Tierra también beneficia a nuestra salud. Elegir lo orgánico, lo natural, es un gran ejemplo, tal y como ha descubierto un reciente estudio que dice que «un consumo mayor de alimentos or-gánicos está asociado con la reducción del riesgo de padecer cáncer».96

Consumir menos carne también supone muchos beneficios para la salud. En la actualidad, las enfermedades no contagiosas causan más del 70% de las muertes en el mundo, y la carne roja es un factor de riesgo para las enfermedades coronarias, el cáncer y la diabetes, que están entre los mayores asesinos.97La carne roja procesada —el bei-con, el embutido y las salchichas—, que es la mayor amenaza para la salud de nuestro corazón, conforma una quinta parte de toda la car-ne que comen los estadounidenses.98

Los diversos beneficios que tiene para la salud una dieta vegeta-riana son más y más evidentes cada año que pasa. Tras estudiar a decenas de miles de personas que comen carne y que no comen carne, los eruditos que escriben en el Journal of the American Medical Association llegaron a la conclusión de que aquellas dietas que no incluían carne estaban «asociadas con una mortalidad menor». Un

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estudio aparecido en la revista Nature dice que, si basásemos nuestra dieta en los alimentos vegetales, la diabetes de tipo 2se reduciría en un 41%.99

No hace mucho, Eric Adams, presidente del distrito de Brooklyn, candidato demócrata a la alcaldía de la ciudad de Nueva York —al menos en otoño de 2021— y autor de Healthy at Last, se puso en contacto conmigo para darme las gracias por mi trabajo. Me explicó que había sido diabético y que había estado a punto de perder la vi-sión de un ojo. «Entonces cambié y empecé a llevar una dieta basada en alimentos orgánicos y vegetales —me comentó—. Recuperé la vi-sión y mi diabetes desapareció en tres meses».

Me quedo muda cuando pienso en cómo la alimentación transfor-mó esa vida y en las implicaciones que esto tiene para muchos de nosotros. También me doy cuenta de que puede parecer demasiado bueno para ser verdad, pero las investigaciones demuestran que recu-peraciones así son posibles.100

Por suerte, los grandes beneficios de la dieta vegetariana están registrados en muchos sitios. En una encuesta realizada en 2019, más o menos un cuarto de los estadounidenses adultos —de diferentes generaciones— respondieron que comían menos carne que el año anterior.101

Es muy probable que aquellos a los que les guste correr celebren la llegada de la carne falsa, pero esta no nos ofrece nada que nos li-bere del control de los monopolios ni de los peligros de las comidas ultraprocesadas y de los pesticidas. Además, la Hamburguesa Impo-sible utiliza proteína de soja alterada genéticamente —hemoglobi-na—.102El Consumer Reports hace notar que el hierro de la hemog-lobina puede aumentar algunos de los riesgos asociados al consumo de carne, como el de padecer cáncer de colon.103

Personalmente, lo que me entusiasma es lo rápido que se están ex-tendiendo las alternativas vegetarianas y lo sabrosas que son. Cuan-do, allá por 2001, fundé el Instituto Small Planet en Cambridge, no había cerca dónde degustar estas alternativas vegetarianas. Ahora, en cambio, a una manzana de nuestra oficina hay cuatro buenos res-taurantes con platos vegetarianos.

Para captar el salto que ha dado la cocina vegetariana —una coci-na responsable con el planeta— a lo largo de estos últimos cincuenta años, a las recetas del Libro Dos les he dado un lavado de cara pro-

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pio del siglo xxi. Lo he hecho con ayuda de mi hija Anna y pidiendo consejo a Wendy Lopez, desarrolladora de recetas, además de inclu-yendo platos de algunos de mis héroes culinarios.

reiniciando el sistema... prepárate

Ya en 1970sabía que lo que había descubierto iba a requerir reiniciar el sistema —dar forma a una nueva versión de las leyes políticas y económicas, lo que daría pie a resultados que ninguno de nosotros querría—. Así que me puse a dar saltos de alegría cuando, en 1975, Steve Curwood hizo una reseña de La dieta ecológicapara el The Boston Globe y la tituló: El recetario de Lappé para la revolución.104

¡Toma!

Para mí, esta revolución pone por delante la dignidad humana. Creo a pies juntillas que, cuando los seres humanos sentimos que nuestra dignidad está protegida, podemos tomar nuevas decisiones, decisiones que pongan la vida por delante.

En nuestra vida política, la dignidad necesita que la democracia no responda a don Dinero, sino a ciudadanos que tengan voz y voto verdaderos para elegir quién nos representa a la hora de tomar deci-siones públicas. En la vida económica, la dignidad significa igualdad de oportunidades, tener voz en nuestro puesto de trabajo y que nos aseguren todo aquello que es esencial para vivir —comida, atención sanitaria, una casa y educación—. El resurgimiento de la vida vegetal y animal —en su inmensa diversidad— requiere que haya también diversidad en el control de nuestra economía, que es justo lo contra-rio al poder monopolizador que impera en la actualidad.

Y esta revolución ya está teniendo lugar. Imaginar un reinicio tal del sistema, no obstante, requiere que le pongamos riendas al poder de la esperanza, un poder que hace mucho tiempo que adoro: la espe-ranza aparece cuando somos capaces de apreciar ese «tapiz de la vida» en el que todo está conectado y en constante cambio. A me-dida que nos vamos deshaciendo de la noción de «partes» fijas, podemos ver signos de empoderamiento, a ciudadanos comprome-tidos disfrutando de las tres necesidades básicas que, en mi opinión, todos compartimos: la necesidad de poder, la de significado y la de conexión.

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Así que veamos ocho de los signos que están haciendo que empe-cemos a tener la sensación de que reiniciar el sistema es posible.

Ocho pasos para curarse

Aquí tienes ocho pasos que los ciudadanos están dando para curarse a sí mismos, para curar a comunidades y a la Tierra:

• La agricultura ecológica está ganando terreno ¡y a toda prisa!En solo una década —de 2005a 2015—, en los Estados Unidos pasaron a labrarse de manera ecológica el doble de hectáreas.105Además, la superficie de granjas orgánicas certificadas creció un 15% entre 2011y 2016, hasta un total de cinco millones.106Si consideras que la palabra «orgánico» quiere decir «elitista» y «costero», te equivocas. A lo largo de estos cinco años, seis estados del sur —Arkansas, Alabama, Mississippi, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Tennessee— han duplicado su núme-ro de granjas orgánicas.107

• Más estadounidenses eligen lo orgánico. Casi un 40% de noso-tros declara que consume alimentos orgánicos, al menos, de vez en cuando.108Los alimentos orgánicos, cuyas ventas están su-biendo más del doble que las de los alimentos en general, pro-dujeron cincuenta mil millones de dólares en 2019.109

• Los colegios y las agencias públicas están dando un paso ade-lante y ofreciendo comida más sana al utilizar cadenas de sumi-nistros más equitativas. En las dos últimas décadas, los progra-mas De la granja al colegio han aumentado de seis a más de cuarenta mil.110Hasta ahora, más de sesenta servicios de comi-da universitarios se han unido al Menus of Change University Research Collaborative y ofrecen a los estudiantes opciones vegetarianas sostenibles y apenas procesadas.111Real Food Ge-neration reúne a estudiantes con trabajadores de la cadena ali-mentaria para acabar con lo que ellos llaman «la opresión de la Comida Grande» y anima a los colegios a que se valgan de su poder de adquisición para apoyar las economías locales.112Cada vez son más las instituciones públicas que se adhieren al Good Food Purchasing Program —Programa de Adquisición de

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Buena Comida— para que se produzca un cambio en los miles de millones de dólares gastados por los contribuyentes en ali-mentación, un cambio hacia cadenas de suministros que valo-ren la sostenibilidad, los derechos de los trabajadores, el bie-nestar de los animales, la nutrición, el desarrollo económico y la igualdad racial.113

• Los mercados de agricultores locales reducen el tiempo de transporte de los alimentos. Hay, por lo menos, nueve mil mer-cados de agricultores por toda la nación —cuatro veces más que a mediados de los años noventa.114

• La agricultura apoyada por la comunidad (CSA, por sus siglas en inglés) —familias que se asocian con agricultores— va en aumento.Desde su nacimiento, allá por la década de los ochenta, las CSA han crecido hasta el punto de incluir trece mil granjas.115Las familias compran «acciones» al principio de la temporada y recogen el producto fresco semanalmente, cuando se cosecha. (¡A mi familia le encanta!).

• Los comités de política alimentaria que están dando poder a diferentes voces están consiguiendo llamar la atención sobre la necesidad de conquistar el hambre con comida sana. Hay más de cuatrocientos comités en comunidades de toda la nación, algunos de ellos con mandatos estatales.116

• Más de veintinueve mil huertos comunitarios enriquecen la vida por todo el país.117Alientan la producción de alimentos sanos, se enfrentan a la segregación alimentaria, ofrecen recur-sos que le pertenecen a la comunidad y refuerzan las relaciones entre vecinos.

• Los centros de alimentos —unos trescientos sesenta en la actua-lidad— les proporcionan tanto a los consumidores como a los vendedores buena comida proveniente de agricultores locales y regionales. Muchos de estos centros de alimentos, que están diseminados por todo el país, desde Harrisburg (Pensilvania) a Missoula (Montana), pasando por Oakland (California), se en-cuentran en barrios con baja renta per cápita en los que es difí-cil tener acceso a alimentación sana.118

Doy gracias por estos pasos creativos a esos estadounidenses normales y corrientes que deciden ejercer su poder de innovación democrática.

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avances en la alimentación, la tierra y la dignidad, aquí, en casa

Para profundizar un poco más, quiero hablar de dos iniciativas —de entre las miles que hay por todo el país— que nos enseñan el camino. La primera es una historia de superación de una serie de estadouni-denses que obtuvieron la dignidad trabajando para superar la segre-gación alimentaria y agrícola.

En 1920, el 14% de los agricultores estadounidenses eran negros, pero el racismo endémico ha reducido ese porcentaje al 1% actual.119En 2010y con intención de revertir la injusticia, Leah Penniman de-cidió actuar, para lo que cofundó Soul Fire Farm, en Grafton, Nueva York, al norte de Albany.120

Uno de los grandes eslóganes de Soul Fire es: «Para liberarnos tenemos que alimentarnos». Pero ¿cuál es su objetivo? Ayudar a po-ner fin al «racismo en el sistema alimentario y reclamar nuestra co-nexión ancestral con la tierra», además de «producir y distribuir co-mida que dé vida».

Hasta la fecha, por la granja Soul Fire han pasado casi ocho mil aprendices de unos cuarenta estados con el propósito de explorar to-dos los aspectos de la agricultura.

Penniman, granjera desde que tenía dieciséis años, destaca que está honrando sus raíces ancestrales y que se inspira en su (muchas veces tátara) tatarabuela, que creció en el África Occidental. Cuando su tatarabuela fue consciente de los peligros de «que los metieran en las tripas de un barco esclavista», se trenzó las semillas de la familia en el pelo para protegerlas. «¡Qué visionaria!», exclama Penniman.121

Soul Fire se centra en cultivos indígenas de África que aquí se han ignorado prácticamente por completo. Mediante un acercamiento verdaderamente holístico, los participantes aprenden a preservar la cultura de la alimentación, además de los aspectos medicinales y nu-tricionales de los cultivos.

Lo que más emociona a Penniman es que, en la actualidad, una cuarta parte de aquellos que participan en el «programa de inmer-sión» de Soul Fire se ganan la vida cultivando la tierra y que más del 60% tiene un huerto. Son tantas las personas que están respondien-do al mensaje de Soul Fire que, ahora mismo, el programa tiene una lista de espera de varios años.122

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Soul Fire se vincula con una serie de lo que Penniman llama «gru-pos hermanos», incluido el Southeastern African American Farmers’ Organic Network, que opera desde Atlanta y Durham, y que, duran-te años, ha servido para extender las prácticas ecológicas africanas entre los agricultores negros de diez estados y de las Islas Vírgenes de los Estados Unidos.123

Mi segunda historia es la de aquellos que trabajan incansablemen-te para que la agricultura sea segura para los jornaleros, algo básico para preservar la dignidad humana y tener un sistema alimentario sano. Aquí, en los Estados Unidos, los jornaleros corren un gran riesgo de envenenarse con los pesticidas y la contaminación, y menos del 1% está protegidos por un sindicato.124Así que, para mí, quienes integran el Farm Labor Organizing Committee (FLOC) son héroes.

Desde mediados de la década de 1960, FLOC se ha enfrentado a corporaciones tan grandes como Campbell’s y Heinz y ha obtenido mejoras en las condiciones laborales.125En la actualidad representa a más de veintitrés mil agricultores, mayormente en el Medio Oeste, y lleva haciéndolo desde hace más de cincuenta años, en los que la or-ganización ha tenido que enfrentarse al acoso e incluso al asesinato de uno de sus líderes.126

Cuando mi hija Anna tenía 11años, visitamos un campamento del FLOC que había en Ohio. Nos sentamos con una jornalera en la mesa de su cocina mientras sus hijos jugaban fuera.