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Desde siempre, el trabajo ha sido una parte esencial de la vida humana. Más allá de ser un medio para la subsistencia, tiene un sentido más profundo: dignificar al ser humano y darle un propósito, especialmente desde una visión cristiana que lo conecta con Dios y con el servicio a los demás. A lo largo de la historia, el concepto de trabajo ha evolucionado de manera significativa. Las revoluciones industriales cambiaron radicalmente la forma en que entendemos y enfrentamos el trabajo, y nos obligaron como sociedad a adaptarnos a esos cambios. Hoy, en plena cuarta Revolución Industrial, con la inteligencia artificial como protagonista, enfrentamos retos similares a los de siempre: ¿cómo podemos asegurar que el trabajo dignifique al ser humano y no lo convierta en un mero instrumento? Para reflexionar sobre estas preguntas, se ha reunido a veintitrés expertos de diversas disciplinas: historiadores, filósofos, educadores, médicos, ingenieros, psicólogos, teólogos, sacerdotes, abogados y economistas. A través de sus ensayos, analizan los desafíos actuales del trabajo y proponen soluciones desde sus diversas perspectivas. Este libro busca inspirar, provocar el diálogo y ofrecer respuestas a las preguntas más urgentes sobre el futuro del trabajo. Porque, al final, se trata de construir un mundo en el que el trabajo sea una fuente de dignidad para todos.
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Seitenzahl: 275
Veröffentlichungsjahr: 2025
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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
lea.uc.cl
La dignidad del trabajo
Reflexiones en torno a su sentido
Sergio Salas y Patricia Imbarack, editores
© Inscripción Nº 2025-A-383
Derechos reservados
enero 2025
ISBN Nº 978-956-14-3389-2
ISBN digital Nº 978-956-14-3390-8
Diseño: Francisca Galilea R.
Imagen de portada: Las playeras (1908), Celia Castro (1860-1930), 74x89 cms, colección particular.
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Nombres: Chomalí G., Fernando, autor | Salas, Sergio, editor | Imbarack, Patricia, editor.
Título: La dignidad del trabajo: reflexiones en torno a su sentido / Fernando Chomalí G. … [y otros]; Sergio Salas y Patricia Imbarack (editores).
Descripción: Santiago, Chile: Ediciones UC | Incluye bibliografías.
Materias: CCAB: Trabajo – Aspectos religiosos – Iglesia Católica | Trabajo – Aspectos sociales.
Clasificación: DDC 261.85 –dc23
Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma997590322903396
La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.
ÍNDICE
Introducción
Sergio Salas F. y Patricia Imbarack D.
Prólogo: El trabajo es la clave de la cuestión social
+Fernando Chomali G.
Un trabajo decente y digno que se vive con sentido en un mundo globalizado
Cristián Hodge C.
Economía y doctrina social de la Iglesia: un diálogo en búsqueda del bien común
Alberto Naudon D.
Doctrina social de la Iglesia y sindicalismo católico: notas históricas y paradigmas
José Díaz N. y María Francisca San Juan C.
Subsidiariedad y trabajo
Álvaro Ferrer D.
Trabajo y políticas públicas: retos actuales para un mundo laboral cambiante
María de los Ángeles Morandé V.
Revolución Industrial y el trabajo: una mirada histórica
Andrés Baeza R.
Sociedades intermedias, nacionales, supranacionales y su contribución en la defensa de los derechos sociales
Nicolás Román P.
Trabajo y propiedad: subordinación, virtud y dominio
Javier Pinto G.
Hacerse dignos en el trabajo
Jorge Martínez B.
Trabajo y familia: buscando sentido
Carlos Frontaura R.
Pensar el trabajo en el mundo contemporáneo: un diálogo entre filosofía de la tecnología y magisterio de la Iglesia
Federico Ponzoni
El trabajo en clave de santidad
Patricia Imbarack D.
Transformando Chile desde la empresa
Enrique Cruz U.
El trabajo, la educación y los maestros
Sergio Salas F.
Trabajo y formación profesional: un modelo para recuperar su sentido
Kiyoshi Fukushi M.
Las migraciones en Laborem exercens de Juan Pablo II
Cristian Garay V.
El trabajo, la fatiga y el desarrollo humano
Manuel José Irarrázaval Ll.
Relación mujer y trabajo: más allá de la igualdad
Carolina Dell’Oro C. y Marie Solange Favereau C.
Promoviendo la igualdad de oportunidades: inclusión laboral de personas con discapacidad en el contexto chileno
Consuelo Correa B.
INTRODUCCIÓN
El hombre siempre ha tenido que trabajar para su subsistencia. Desde el Génesis en la Biblia, Dios encomendó al hombre la tarea de someter y dominar la tierra (Génesis 1:28) y luego se le penó a “ganarse el pan con el sudor de su frente” (Génesis 3:19) deshaciendo la unidad inicial querida por el Creador. La visión cristiana del trabajo siempre ha considerado además de lo natural, lo sobrenatural. Es ahí donde el hombre se dignifica y tiene un sentido en Dios ayudar a los demás y colaborar en la creación de Dios.
Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el mejorar sus condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo. Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y las mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia. (Gaudium et Spes, 34)
La evolución del concepto de trabajo ha sido evidente. La preocupación por los desafíos que han aparecido en el tiempo, cómo abordarlos y aceptarlos como una oportunidad para que el hombre se dignifique por medio de él, sin transformar al hombre en un mero instrumento, ha sido una preocupación permanente de muchos, particularmente de la Iglesia católica desde mediados del siglo XIX. En este sentido hay que recoger el valor y el liderazgo que tomaron laicos como Federico de Ozanam (1813-1853) y las Conferencia de San Vicente de Paul.
Desde el Magisterio Pontificio, el trabajo y la llamada cuestión social se transformó desde la publicación de Rerum Novarum (15 de mayo de 1891) en una preocupación permanente de la Iglesia hasta el día de hoy. El mismo título de la encíclica daba cuenta del giro que había tenido a raíz de la Revolución Industrial, provocando “cosas nuevas”. Es decir, la nueva lógica del trabajo había irrumpido: “En efecto, los adelantos de la industria y de las artes, que caminan por nuevos derroteros; el cambio operado en las relaciones entre patrones y obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han determinado el planteamiento de la contienda” [RN, 1].
Con la publicación de Rerum Novarum [RN], la Iglesia no solo abordó el tema del trabajo, tema clave para el mundo moderno y contemporáneo, sino que dio un paso clave en cómo tratarlo. Es decir, se hizo cargo de la nueva situación social a través de las enseñanzas del Magisterio y Evangelio. Luego, vendrían con el correr de los años, una serie de reflexiones y enseñanzas que se encontrarán en encíclicas como Quadragesimo Anno (15 de mayo de 1931) y Laborem Exercens (14 de septiembre de 1981). No hay ninguno de los papas del siglo XX que no haya tenido entre sus preocupaciones pastorales la cuestión social y su evolución. En todo caso, siempre es importante entender que el mensaje que se daba en estos documentos tenía un carácter específicamente religioso y sobrenatural, aunque siempre abierto para los alcances que pudiera tener en este mundo, particularmente en su dimensión política y social, aunque sin dar soluciones contingentes, sino solo estableciendo principios.
La primera y segunda Revolución Industrial cambiaron la lógica del trabajo y la sociedad completa se demoró en aceptarlo y buscar una forma de abordarlo. Hoy estamos en la cuarta revolución y enfrentados a desafíos, como los de la inteligencia artificial y sus alcances, que, de alguna manera, nos enfrenta a la misma problemática de ayer y siempre: hacer cada día a todos los hombres y mujeres seres más dignos y evitar, por otra parte, su instrumentalización. Sin entrar a analizar las lógicas y dinámicas que han surgido a lo largo del tiempo, sí podemos concordar en que el trabajo ha variado en los últimos siglos, particularmente desde el siglo XVIII. El antropólogo James Suzman lo resume así en su libro Trabajo. Una historia de cómo empleamos el tiempo (2021):
La primera Revolución Industrial salió expulsada de las chimeneas ennegrecidas por el hollín de las máquinas de vapor que funcionaban a carbón; la segunda surgió de los enchufes eléctricos de la pared; y la tercera adoptó la forma de microprocesador electrónico. Ahora estamos en medio de una cuarta revolución industrial, nacida de la unión de varias nuevas tecnologías digitales, biológicas y físicas, y nos dicen que será exponencialmente más transformativa que sus predecesoras. Aun así, nadie está demasiado seguro de cómo evolucionará, más allá del hecho de que en nuestra fábricas, negocios y hogares, los sistemas ciberfísicos automatizados, animados por algoritmos de aprendizaje automático, asumirán cada vez más tareas (2021: 11).
El hombre está llamado al trabajo. Esta es una de las características que lo distinguen del resto de las criaturas, ya que, a diferencia de los animales, con este llenan su existencia sobre la tierra. Así “el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza.” [LE, introducción]
Hemos querido rescatar en el título del libro la “cualidad de digno” del trabajo. No lo hemos hecho con el afán de agotar todas las problemáticas que giran en torno a este tema, sino más bien, con el fin de detenernos a reflexionar sobre alguno de los temas más acuciantes de este primer cuarto de siglo. Es por esto por lo que hemos invitado a veintitrés autores a reflexionar en torno al trabajo y sus alcances. Entre ellos, se encuentran historiadores, filósofos, educadores, médicos, ingenieros, psicólogos, teólogos, sacerdotes, abogados y economistas que quisimos que fueran representativos de diversas disciplinas e instituciones. De estas últimas, nueve son universidades, un instituto profesional (Duoc UC), una institución gremial (USEC) y otra estatal (Banco Central). A estos aportes habría que agregar la reflexión-prólogo del Cardenal Chomalí, arzobispo de Santiago, quien aceptó abrir la obra con una reflexión de amplio alcance.
El libro está dividido en dos partes: La primera reúne contexto y claves para comprender la problemática del trabajo; luego, miradas de contextos con particularidades en torno a la pregunta por el trabajo. Con ambas se ha pretendido abarcar algunas de las problemáticas más urgentes e importantes que nos aquejan como sociedad en torno al trabajo.
Por último, los editores quieren agradecer a cada uno de los autores de los capítulos y a sus casas de estudio, que aceptaron compartir sus reflexiones con el público general. Además, queremos agradecer, particularmente, a Monseñor Fernando Chomalí, arzobispo de Santiago, quien entre todas sus labores se hizo el tiempo para acoger favorablemente esta iniciativa. La suma de cada una de estas es más que la suma de las partes a la hora de tratar un tema tan complejo como la dignidad del trabajo en un mundo tan desafiado y cambiante.
SERGIO SALAS FERNÁNDEZDoctor en HistoriaUniversidad San Sebastián
PATRICIA IMBARACK DAGACHDoctora en Ciencias de la EducaciónFacultad de Educación UC
PRÓLOGO: EL TRABAJO ES LA CLAVE DE LA CUESTIÓN SOCIAL
+Fernando Chomali G.
Arzobispo de Santiago de Chile
Para la Iglesia, y también para toda persona sensata, el trabajo es la clave de la cuestión social. Desde la proclamación de Rerum Novarum en 1891, la voz profética de la Iglesia ha sido escuchada en diversos espacios de la vida pública dentro y fuera del marco de la Iglesia con un mensaje que pone en alto la sentida e innegable dignidad del mundo del trabajo como clave de lectura para transformar y cambiar radicalmente lo que en ese entonces y hasta hoy refiere a la llamada “cuestión social”. Esto ha sido objeto de preocupación y corazón de la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia hasta nuestros días.
Para la tradición social católica el trabajo humano es una actividad personal, necesaria, social y que además posee una dimensión espiritual. La persona que trabaja siempre supera en importancia y valía al trabajo realizado. De hecho, el trabajo es una instancia privilegiada para mostrar y hacer fructificar los dones, las destrezas, las habilidades y talentos que Dios nos ha regalado, y que hemos cultivado durante nuestra vida, por ello la labor asociada al trabajo es expresión de la dignidad y subjetividad de quien realiza tal tarea. El talento del ser humano es admirable, y poder desarrollarlo es un derecho y un deber. El trabajo es un medio privilegiado para ello.
El trabajo de alguna manera va moldeando toda nuestra existencia y se convierte en un “hacerse”. En cierto sentido somos lo que hacemos y hacemos a partir de lo que somos. En efecto, el trabajo marca nuestra vida personal y también nuestra vida familiar. Hemos de procurar que la materia entre bruta a los procesos productivos y salga dignificada de tal manera que sea un bien para las personas y la sociedad. Pero también es importante que el autor de dicha transformación salga dignificado. Es absurdo que quien realiza el trabajo de “humanizar la materia”, es decir, que esté al servicio del hombre salga embrutecido. Y ello muchas veces acontece. Los trabajadores se quejan a menudo de las condiciones en que realizan sus quehaceres. Muchas veces se sienten trabados como pura fuerza laboral que “venden” su trabajo y no como personas que a través de su trabajo prestan un servicio a la sociedad. El papa Francisco lo expresa claramente, todo trabajador, sea o no parte de un sistema de trabajo asalariado, tiene derechos que son ineludibles, como una remuneración adecuada, seguridad social y protección de la jubilación. Cuando comprendamos que el trabajo no es una mercancía que se transa en el mercado, habremos avanzado para lograr que el lugar de trabajo sea una comunidad de personas en la consecución del bien común. Es tarea de los empresarios procurar condiciones dignas de trabajo, entregar una remuneración justa y reconocer en todo momento que la dignidad del trabajo radica en que lo realiza una persona.
Si el trabajo es fuente de frustración, de rabia, de enfermedades, significa que hay un grave problema por resolver. Esta tarea es impostergable. En Chile son cientos de miles de jóvenes que no estudian ni trabajan. Están en sus casas y en las esquinas, perciben que la sociedad no los quiere y van incubando odio. Este asunto ha de ser afrontado con mayor decisión. Primero porque la frustración es fuente de violencia y segundo porque es una injusticia que clama al cielo dado que se perpetúa el círculo de la pobreza. No existe, en mi opinión, política pública más eficaz para terminar con la pobreza que generar fuentes de trabajo, promover el emprendimiento y cuidar a las empresas. El trabajo dignifica, genera un mejor ánimo en las personas que trabajan, mejores ambientes en la sociedad.
Es importante una reflexión de más largo aliento en la que todos deben participar. Desde ese punto de vista, la reflexión sobre el trabajo debe ir acompañada sobre una reflexión acerca de la familia, porque ambos van juntos. Es imposible que haya alegría y buen ambiente en la familia si el trabajo de sus miembros es frustrante, es decir, si hay problemas en el trabajo es muy difícil que haya armonía en el hogar. Es fundamental que el trabajo también permita que las personas al final de su vida laboral tengan una vejez digna. Resulta doloroso para la Iglesia constatar que muchas personas al final de sus vidas terminan pobres, enfermas y solas, tras años de abnegada entrega en sus lugares de trabajo.
Ello exige, sin duda alguna, pensar acerca del concepto de desarrollo que nos mueve. Es un error pasar de una compresión del desarrollo entendido solo desde el punto de vista exclusivamente económico, ya que el desarrollo debe ser integral, y abarcar al hombre en su condición corporal y espiritual. Así la dimensión del “tener”, que por cierto que es relevante, ha de ir la instancia del “ser” que le da sentido al “tener”. La dimensión corporal y espiritual del ser humano es la que debe prevalecer en todo acto humano, y, por cierto, la dimensión laboral. Es sabida la tensión de la mujer con el trabajo, vínculo que no resulta del todo pacífico, especialmente si ella es madre. El ser humano, ser racional y libre, está llamado a transformar la faz de la tierra y este encargo, es responsabilidad tanto del hombre como de la mujer. Tradicionalmente la doctrina social de la Iglesia ha impulsado a la mujer a realizar un aporte fundamental en diversos campos de la vida social; ciencia, economía, arte, política y las humanidades. Pero esta vocación no debe ser obstáculo para que desarrolle su peculiar y maravillosa condición de mujer y madre. Es a la mujer a la que se le presenta el constante dilema a la hora de tomar decisiones. Surge la pregunta: ¿cómo lograr vivir ambos aspectos armoniosamente de manera que su aporte en el mundo laboral no constituya una amenaza ni para ellas ni para sus familias?
Creo en la necesidad de una mayor presencia social de las mujeres, porque contribuirá a humanizar los procesos en la perspectiva de la construcción de la civilización del amor, frente a una sociedad organizada particularmente sobre criterios de eficiencia y productividad, y además en muchas ocasiones con foco en el hombre. Por lo que urge lograr que el aporte de la mujer en lo laboral vaya de la mano con su irremplazable labor de esposa y madre.
No es de mi competencia dar soluciones técnicas para que las mujeres vivan armoniosamente ambos aspectos de sus vidas. Sin embargo, creo que la sociedad encontrará dichas soluciones en la medida que se tenga claro que el trabajo ha de estar al servicio de la persona y no la persona al servicio del trabajo; y su condición de mujer ha de primar por sobre su condición de trabajadora, lo que significa, por ejemplo, que no se puede discriminar en virtud de su maternidad. Ello constituye el mayor de los materialismos, que no hace sino configurar una cultura pragmática cuyas consecuencias las podemos ver a diario. Por otro lado, es importante reconocer que, a veces, las largas horas de trabajo están animadas por un deseo sobredimensionado de bienes materiales y exigencias sociales. Por lo tanto, no habrá una solución adecuada a este tema si no se instalan estilos de vida más austeros, privilegiando el ser de las personas por sobre el tener. De ello el papa Francisco habla con vehemencia.
Resulta también indispensable fortalecer la vida matrimonial y revalorizar la vocación a la maternidad, reconociendo la necesidad que tienen los hijos del cuidado, amor y afecto para poder desarrollarse como personas maduras y equilibradas. No sin razón Juan Pablo II postula como tarea para nuestro país que:
Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre —sin obstaculizar su libertad, sin discriminaciones psicológicas o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras— dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos según las necesidades diferenciadas de la edad. El abandono forzado de tales tareas por una ganancia retribuida fuera de casa es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna (1981).
El rol del Estado en estas materias es fundamental y tiene mucho que decir respecto de la manera como se lleva a cabo el respeto de los derechos de los hombres y de las mujeres en los lugares de trabajo, y cómo privilegian —con adecuadas políticas públicas—, la creación de nuevos trabajos, junto a una estabilidad laboral eficiente y la posibilidad de flexibilizar los horarios de tal forma de que haya mayor presencia en la casa, tanto del padre como de la madre, las tareas sean más compartidas y el trabajo no compita con la vida familiar, sino que sea una aliada.
Esta mirada exige una reflexión amplia en torno a la educación y en torno a la pregunta por el ser en el mundo. Desde la primera infancia la educación se ha de entender como la posibilidad de sacar las habilidades e intereses que cada uno lleva dentro e ir perfilando su trabajo de acuerdo con esa experiencia vital. El ser se pone a disposición del hacer. Solo así será fuente de alegría interior y no una mera forma de obtener dinero para vivir.
Además, es importante recuperar el sentido más profundo del actuar del ser humano que está orientado a crecer como persona y a reconocer la racionalidad en su dimensión no solo científica, sino que ética y estética a la vez. Este nuevo paradigma hará de la educación una experiencia de vida que involucra a toda la persona.
Implica promover políticas públicas de largo aliento en el ámbito familiar y educativo orientados a la formación de una comunidad que busca el bien común y a la suma de personas que buscan el bien personal. Este desafío es inmenso y urgente en Chile.
Son largos los años, los meses y los días que pasamos trabajando, por lo tanto, lo mejor que podemos hacer como sociedad e Iglesia es dedicarle mayor atención a su sentido más profundo y actuar en consecuencia. Una sociedad que pretenda la felicidad de sus habitantes no puede prescindir de ello.
REFERENCIAS
Paulo II, J. O. Ã. O. (1981). Carta encíclica Laborem exercens. Buenos Aires: Ediciones Paulinas. Nº19.
UN TRABAJO DECENTE Y DIGNO QUE SE VIVE CON SENTIDO EN UN MUNDO GLOBALIZADO
CRISTIÁN HODGE C.
Universidad San Sebastián
Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente,y tienda siempre a ti, como a su fin
LITURGIA DE LAS HORAS
LA SITUACIÓN DEL TRABAJO EN UN MUNDO GLOBALIZADO
El trabajo humano se enfrenta no solo a las problemáticas sociales, sino también a nuevos desafíos. Manzone (2019) destaca la tecnología y la globalización entre los algunos de los desafíos actuales; sostiene que lamentablemente en los últimos siglos el dominio de la lógica mercantil ha tendido a reducir el trabajo al aspecto genérico del intercambio económico. El trabajo sigue viéndose como mercancía. Es necesario comprender y tutelar el trabajo en una perspectiva abierta a las múltiples posibilidades de la persona humana: el trabajo debe ser reconocido como actividad de la persona (Manzone, 2019, p. 508).
Zamagni (2023) constata la vulnerabilidad del trabajo humano en el contexto de la Cuarta Revolución Industrial —la de las nuevas tecnologías— y afirma que más que asegurar los puestos de trabajo hay que garantizar la capacidad de trabajar. Sobre la inteligencia artificial el papa Francisco ha destacado sus ventajas y ha advertido sus peligros:
La llegada de la inteligencia artificial representa una auténtica revolución cognitiva-industrial, que contribuirá a la creación de un nuevo sistema social caracterizado por complejas transformaciones de época. Por ejemplo, […] la posibilidad de delegar a las máquinas los trabajos desgastantes; pero, al mismo tiempo, podría traer consigo una mayor inequidad entre naciones avanzadas y naciones en vías de desarrollo, entre clases sociales dominantes y clases sociales oprimidas (2024).
Por otra parte, la Organización Internacional del Trabajo (2024) promueve el trabajo decente:
Significa la oportunidad de acceder a un empleo productivo que genere un ingreso justo, la seguridad en el lugar de trabajo y la protección social para todos, mejores perspectivas de desarrollo personal e integración social, libertad para que los individuos expresen sus opiniones, se organicen y participen en las decisiones que afectan sus vidas, y la igualdad de oportunidades y trato para todos, mujeres y hombres (OIT, 2019).
Más allá del debate si es mejor hablar de trabajo decente o de trabajo digno (Ghiotto & Pascual, 2010) aquí preferimos integrar y usar ambos conceptos. El papa Benedicto XVI hablaba de trabajo decente, el papa Pío XI de ennoblecer versus envilecer: “de las fábricas sale ennoblecida la materia inerte, pero los hombres se corrompen y se hacen más viles” (QA, 135). El papa Francisco asegura que en “el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida” (EG, 192).
La situación del trabajo en un mundo globalizado plantea preguntas antiguas y nuevas: ¿cómo lograr que el trabajo tenga un sentido para la vida de las personas y al mismo tiempo sea un trabajo decente y digno? ¿Cómo hacer aumentar la productividad de las personas y al mismo tiempo que logren un desarrollo personal en sus lugares de trabajo? ¿Cómo enfrentar los desafíos de la inteligencia artificial generativa que supone el reemplazo de gran número de puestos de trabajo en los próximos años? ¿Cómo compatibilizar el trabajo con el tiempo libre?
EL TRABAJO A LA LUZ DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
En este apartado relevamos los aportes de los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.
EL PAPA JUAN PABLO II Y EL SENTIDO SUBJETIVO DEL TRABAJO
El papa Juan Pablo II (1981) en su encíclica Laborem exercens hace una antropología y una ética del trabajo humano, realiza una mirada histórica del conflicto entre capital y trabajo, reflexiona sobre derechos de los trabajadores, y propone unos elementos para una espiritualidad del trabajo. Entre tantos aportes de Laborem exercens, uno muy relevante es el del sentido subjetivo del trabajo. El sentido objetivo es lo producido por el ser humano, lo realizado y también lo que más se valora en nuestras sociedades. Respecto del sentido subjetivo, el papa Juan Pablo II asegura que:
El hombre debe someter la tierra, debe dominarla, porque, como “imagen de Dios”, es una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como persona, el hombre es, pues, sujeto del trabajo (LE, 6).
La dimensión subjetiva del trabajo es la aplicación ética al ámbito del trabajo de la comprensión del ser humano como persona. Por esto concluye que “en efecto, no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona” (LE, 6). Manzone comenta que el papa Juan Pablo II, al conectar de modo intrínseco el trabajo a la esfera de la persona, lo salvaguarda de toda reducción materialista y economicista, cuando se le considera pura mercancía (Manzone, 2019, p. 512). Por su parte, Pinto y Scalzo sostienen que “para recuperar el sentido del trabajo, es importante considerar que todo trabajo debe estar orientado a conseguir bienes personales y bienes de otros, pero en el contexto de nuestra propia biografía […] el sentido del trabajo se adquiere en una forma de reflexión acerca de la propia vocación y en el servicio a los demás” (2024, p. 145). Por tanto, “cuando se diseña y organiza el trabajo no ha de perderse de vista que el sentido del trabajo es hacer la vida más humana, no más inhumana” (Muñoz & Guitián, 2019, p. 175). Melé y González Cantón sintetizan el aporte del papa Juan Pablo II afirmando que “el trabajo dotado de sentido —el que es apropiado para el crecimiento personal— queda incluido en el apartado subjetivo del trabajo” (Melé & González Cantón, 2015, p. 354).
EL PAPA BENEDICTO XVI Y EL TRABAJO DECENTE
El papa Benedicto XVI (2009) ha escrito en el número 63 de la encíclica Caritas in veritate sobre el trabajo decente, utilizando el mismo concepto de la Organización Internacional del Trabajo OIT:
Un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.
Este texto se ubica en el capítulo V sobre la colaboración de la familia humana, donde el papa Benedicto XVI recuerda al papa Juan Pablo II que en el Jubileo del año 2000 alentaba la estrategia de la OIT.
PAPA FRANCISCO Y UNA VIDA DIGNA A TRAVÉS DEL TRABAJO
Por su parte, el papa Francisco (2015) ha escrito: “en la actual realidad social mundial, más allá de los intereses limitados de las empresas y de una cuestionable racionalidad económica, es necesario que «se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos» (Civ, 32)” (LS, 127). El papa Francisco insiste en que:
El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo. Pero la orientación de la economía ha propiciado un tipo de avance tecnológico para reducir costos de producción en razón de la disminución de los puestos de trabajo, que se reemplazan por máquinas (LS, 128).
UNA REFLEXIÓN TEOLÓGICA DEL TRABAJO
Una primera aproximación desde una teología del trabajo es la del ser humano creado “a imagen de Dios”. En los relatos de la creación que nos presenta Génesis 1-3 se revela la vocación y el mandato de Dios de dominar y custodiar lo creado. En este llamado está presente el deber de trabajar, y también a ejercer la creatividad. En la creación de Dios “resplandece el sentido del trabajo como participación de su tarea creadora y como servicio a los hermanos y hermanas” (Documento de Aparecida número 120). El texto de la creación de Dios en Génesis 1 ilumina la comprensión del trabajo. La semana es figura de la historia humana: la celebración del trabajo y del descanso reconduce al hombre al sentido último de su camino. Los días de semana y el día de reposo revelan, juntos, las dos caras de la fatiga humana y de su existencia (Manzone, 2019, p. 509).
Una segunda aproximación la entrega el Compendio de doctrina social de la Iglesia (2004) que en el número 263 dice:
El trabajo representa una dimensión fundamental de la existencia humana no solo como participación en la obra de la creación, sino también de la redención. Quien soporta la penosa fatiga del trabajo en unión con Jesús coopera, en cierto sentido, con el Hijo de Dios en su obra redentora y se muestra como discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a cumplir”.
En el Evangelio se revela la experiencia de trabajo de Jesús —que incluye fatiga, sumisión, preocupación y esperanza— como una de aquellas experiencias esenciales que permiten al hombre, si sabe leerlas, abrirse a la comprensión del reino de Dios (Manzone, 2019, p. 510). Jesús es Evangelio del trabajo en sus años de vida cotidiana en Nazareth, en su ministerio público, y especialmente en su muerte y resurrección. El trabajo tiene esta dimensión de sacrificio y de redención que queda iluminado por la muerte en cruz; y tiene esta dimensión de gozo y de vida que queda como reflejo de la resurrección. Es la experiencia que afirma el Salmo 126 cuando dice “los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones”.
Una tercera aproximación teológica al trabajo es desde el Espíritu Santo y desde la consumación escatológica del mundo. En el mismo número 263 del Compendio de la doctrina social de la Iglesia se afirma que:
Desde esta perspectiva, el trabajo puede ser considerado como un medio de santificación y una animación de las realidades terrenas en el Espíritu de Cristo. El trabajo, así presentado, es expresión de la plena humanidad del hombre, en su condición histórica y en su orientación escatológica: su acción libre y responsable muestra su íntima relación con el Creador y su potencial creativo, mientras combate día a día la deformación del pecado, también al ganarse el pan con el sudor de su frente.
Manzone plantea unas interrogantes: en la vida futura cuando vengan los cielos y la tierra nuevos, ¿qué pasará con todos los trabajos de los seres humanos en la historia? ¿empezará algo totalmente nuevo? Una perspectiva escatológica es que de algún modo “los productos del ingenio humano serán purificados y transfigurados para llegar a ser parte de la nueva creación de Dios y su material de construcción” (Manzone, 2019, p. 514).
Una cuarta aproximación teológica proporciona una espiritualidad del trabajo: santificación cotidiana, humanización de la tierra, y contribución al bien común. El papa Francisco afirma en el Laudato si’ número 126: “San Benito de Nursia propuso que sus monjes vivieran en comunidad combinando la oración y la lectura con el trabajo manual (ora et labora). Esta introducción del trabajo manual impregnado de sentido espiritual fue revolucionaria”.
Como conclusión de esta sección se pueden citar algunos textos de San Alberto Hurtado en su libro Moral Social (2004). Cuando trata sobre el sentido del trabajo afirma que “el trabajo es un esfuerzo personal pues por él el hombre da lo mejor que tiene: su propia actividad, que vale más que su dinero”. El padre Hurtado distingue en el sentido del trabajo la dimensión personal, fraternal y de santificación. Al tratar sobre el esfuerzo fraternal escribe que:
El trabajo es un esfuerzo fraternal, es la mejor manera de probar el amor por los hermanos, responde a las exigencias de la justicia social y de la caridad. Una parte importante de la educación debería consistir en descubrir el sentido social de cada trabajo, pues el conocimiento de la finalidad del esfuerzo hará más interesante el trabajo mismo (Moral Social, pp. 229-230).
San Alberto Hurtado habla de este sentido social del trabajo en su dimensión fraterna, donde se une la teología y la espiritualidad:
Durante siglos se despreció el trabajo, sobre todo el trabajo manual, propio de los esclavos […] El cristianismo dio al mundo la gran lección del valor del trabajo: Cristo, el Hijo de Dios, se hizo obrero manual; escogió para sus colaboradores a simples pescadores; Pablo se gloría de no abandonar el trabajo de sus manos para no ser gravoso a nadie; los monjes han hecho del trabajo intelectual y aun del manual una razón de ser de su existencia religiosa (Moral Social, p. 230).
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