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Buscamos el diálogo como forma de aproximarnos al otro, de conocerlo y empatizar con él, olvidando que tenemos un diálogo pendiente con nosotros mismos. Vivimos con la mirada puesta en aquello que se ubica fuera de nosotros, dejando muchas veces que lo que nos viene de fuera se imponga y acabemos por hacer lo que todo el mundo hace. Así, nuestra voz interior, aquella que reivindica ser uno mismo, ser diferente, se enmudece. Esa dialéctica entre el «ser uno mismo» del interior y el «ser como los demás quieren que sea» del exterior crea una distancia invisible que provoca una constante infelicidad e insatisfacción. Para combatirlas, para hacer coincidir en uno mismo ambos seres, es necesario retomar el diálogo interior y tomar consciencia de la propia distancia, sin caer en el olvido de nosotros mismos ni dejar de acudir al exterior donde se despliega nuestra existencia. A este equilibrio es a lo que nos invita el autor con este libro.
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Seitenzahl: 247
Veröffentlichungsjahr: 2024
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A mi mujer Ana, mi cielo particular, siempre visible, jamás distante.
A mi hija Inés, posibilidad infinita que solo ella ha de elegir.
A mi madre Ana, que en el silencio de sus desvelos abriga el sonido de mis palabras.
A Julia, maridaje único y perfecto de curiosidad y discreción, tan admirado como querido.
Prólogo
Con nadie hablamos más ni con más consecuencias que con nosotros mismos. Es nuestro diálogo interior la fuente de innumerables actos que realizamos, hábitos que desarrollamos y principios que forjamos, y el sustento de dos de nuestras creencias éticas fundamentales: la autoestima y el autorrespeto. Sin embargo, apenas atendemos a esta conversación que mantenemos con nosotros mismos, especialmente en estos convulsos tiempos, ahítos de autoexaltación, expresión propia y culto a la imagen, que están dando como resultado toneladas de desorientación y ansiedad, y el avance imparable de la tentación del despropósito.
De ahí la pertinencia del texto de Óscar Fajardo, una suerte de brújula para retomar el camino perdido y un plan de combate contra el desarraigo. Consciente de los extravíos a los que nos conduce la posmodernidad desbocada, Fajardo apunta direcciones para el regreso –a Dios, al prójimo, a lo que somos–, un regreso que es solo en apariencia solitario, o, si se quiere, que se hace a la sombra de la soledad positiva, esa que en silencio está llena de propios y extraños. Y lo hace escenificando un ancestral rito, el del diálogo, y recordándonos que «los rituales son un lugar de encuentro donde amigamos nuestras multitudes interiores [...] y también el lugar en el que encontramos lo común y lo compartido». Describiendo un venturoso viaje que va del cielo a la inocencia, pasando por la belleza y la palabra, el autor nos plantea un periplo iniciático que en la primavera o el otoño de nuestras vidas puede conducirnos a un redescubrimiento. «La etapa final es la del recordarse», escribe; y es en ese quicio de madurez, al que algunas personas llegan a los veinte y otras a los setenta años, en el que se despliegan sus incisivas reflexiones.
«¿Qué, pues, puede darnos compañía?», se pregunta Marco Aurelio en sus Meditaciones.
«Única y exclusivamente la filosofía. Y esta consiste en preservar el guía interior, exento de ultrajes y de daño, dueño de placeres y penas, sin hacer nada al azar, sin valerse de la mentira ni de la hipocresía». Estamos igual que entonces, y siempre lo estaremos: sin otro proyecto vital que merezca verdaderamente la pena que cuidarnos de nuestra conciencia y atender, desde esa conquista inicial, a nuestro prójimo. Por eso urge que desoigamos los cantos de sirena que nos piden expresarnos a todas horas y airear sin freno nuestras superficialidades, para que cada cual pueda quedarse, como dijo el emperador hace casi dos milenios, «al margen de lo que otro haga o deje de hacer; más aún, aceptando lo que acontece y se le asigna, como procediendo de aquel lugar de donde él mismo ha venido».
Fajardo nos invita a una recuperación del oremus por la vía de una conversación interior reavivada y fructífera. Su hondo texto se inscribe en la tradición de los libros sapienciales que quieren precipitar nuestras virtudes. Y lo hace con una –hoy– rompedora apuesta por lo bueno, en detrimento de lo nuevo, metiendo, así, el dedo en la llaga principal de nuestros tiempos, la novolatría, que boba e irreflexivamente abraza todas las novedades, o mejor, novelerías. ¿Cuándo recordaremos que lo que hoy llamamos clásico fue en su día nuevo, y que si se quedó con nosotros fue porque resultó inmejorable? ¿A qué esperamos para dejar de ver lo clásico como enmohecido, cuando todo el polvo que lo cubre está en nuestras gafas? Es más madurez, y no tantas reinvenciones, lo que nuestra conturbada época necesita; y es, como dice Fajardo, nuestra «alocada vehemencia y nuestra soberbia ignorante» las que nos condenan a repetir nuestras faltas e ignorar sus mejores soluciones.
Necesitamos cambiar de horizontes; ignorar los que nos empequeñecen y atender a los que nos aumentan. «En ese ir más Allá es donde podemos encontrar lo que se anhela, lo que se desea, la esperanza», como dice Fajardo. Para ello habrá que negarse a participar en la hoguera de las vanidades, antaño llamada «mundo rosa», hoy conocida como «redes sociales». Se impone un cambio de dieta espiritual, en definitiva, pues «al imaginar qué hace fulano y por qué, y qué piensa y qué trama y tantas cosas semejantes que provocan tu aturdimiento –dice Marco Aurelio–, te apartas de la observación de tu guía interior», y esa es la fuente de muchos de nuestros males.
Tiene en sus manos, querido lector, un texto que le hará hablarse con la altura y profundidad que usted se merece. Le requerirá un ejercicio de concentración, esto es, de soledad positiva, y a cambio le ofrecerá vínculos con los que esquivar la negativa. Es justo ahí donde empieza el proyecto fundamental de toda mujer y todo hombre: la construcción de su carácter. En palabras del más sabio de los emperadores que Roma tuvo, «mira el interior; que de ninguna cosa te escape ni su peculiar cualidad ni su mérito».
David Cerdá
Introducción
Hoy, que tanto anhelamos y promovemos el diálogo y la conversación como forma de aproximarnos al otro, de conocerlo y de empatizar con él, olvidamos con demasiada frecuencia que tenemos un diálogo y una conversación pendientes con nosotros mismos. Embelesados por el atractivo de lo que nos es novedoso, y entregados a la rapidez y al cambio febril como manera de desplegarnos en el mundo, apenas nos procuramos espacios y tiempos para dialogarnos, para conversarnos.
Nuestra vista se encuentra fijada siempre en el «allí», en aquello que se ubica fuera de nosotros, un exterior que rige nuestras vidas al son de lo que dicta la mayoría, de lo que nos impone lo masificado. Abrumadora e incesante, la llamada de ese exterior, que nos invita a ser iguales a los demás bajo el poderoso reclamo de «hacer lo que todo el mundo hace», refuerza esa voz que ruega por sentirse integrada, por ser parte de algo y huir del aislamiento.
Esa entrega total y desmedida a lo que es impuesto desde fuera enmudece otra voz que habita en nosotros, aquella que reivindica ser «uno mismo», ser diferente, distinto y único. La enmudece, sí, pero no la acalla. La voz que implora ser «uno mismo» jamás se marcha, y se deja escuchar en los momentos en los que el sonoro y ruidoso exterior disminuye su intensidad.
Entonces proviene el dolor y el conflicto interior por la «aparente» contradicción de las dos voces, pues si una nos demanda ser «uno mismo» distinto al resto, la otra nos empuja a integrarnos en los demás, a «ser iguales» que los otros. Esa es La distancia invisible, la distancia que separa a la voz que nos pide ser «uno mismo» de la voz que nos empuja a ser «como el resto». Una distancia que, cuanto mayor se hace, más agranda nuestro dolor y nuestra falta de sentido vital, pues en esa distancia crecen las contradicciones y los desacuerdos con nosotros mismos.
De ahí la necesidad de que todos nos procuremos el espacio y el tiempo para conversarnos y hacer dialogar nuestras dos voces, la del ser «uno mismo» y la del ser «con los demás». Este libro representa precisamente eso: espacio y tiempo para que el lector dialogue consigo mismo, para que haga conversar sus dos voces y, en esa conversación, reduzca su distancia invisible.
En sus páginas, el lector disfrutará de un diálogo entre esas dos voces en el que se verá plenamente representado e identificado. Un diálogo y una conversación que se produce a lo largo de un viaje donde se habla del cielo, del ensimismamiento, del deambular, del regreso, de lo ritual, de la ordinariedad, de la belleza, de la palabra, del secreto y de la inocencia, y se recorren cuestiones fundamentales y eternas que marcan la existencia humana.
Poco a poco, a través de preguntas y de respuestas, esa distancia invisible se mostrará cada vez más visible e, imperceptiblemente, se irá recortando hasta que una voz termine por hacerse eco de la otra, pero sin llegar a convertirse en una sola porque, como se pregunta una de ellas al final del libro, ¿no será ese afán de recortar la distancia nuestra razón de ser? ¿No será nuestra forma de existir en este mundo?
Esta obra no es, ni lo pretende, una solución de talla única, una fórmula fácil para aplicar y recortar esa distancia invisible, pues es cada uno quien debe solventarla por sí mismo. Pero sí es, y lo pretende, un tiempo y un espacio para que cada lector deje de divisar exclusivamente el exterior y mire hacia su interior para iniciar su propio diálogo, pues, para reducir esa distancia invisible, como sabiamente aconsejaba Rilke, solo hay un medio: entrar en uno mismo.
Preámbulo.
Las voces y la distancia
¡Sé bien quién eres! Te escucho fuerte en la mañana y te atenúas hasta hacerte débil como un murmullo y confundirte con el silencio de la tarde, cuando el sentimiento del deber cumplido me inunda y te acalla. Pero siempre regresas, y te amaneces junto a mí, y apenas puedo hablarte porque tu voz me atruena. Te multiplicas por millones porque dices lo que todos, porque te vistes de lo racional y de lo práctico para dejarme a la intemperie, porque apelas a lo común y lo llamas sentido, aunque yo no lo encuentre ahí. Y me atemorizas y amenazas cuando lo busco en otro lugar. ¡Me llamas idealista y me reclamas que despierte!
Tú eres también yo, pero te identifico en otras bocas y pensamientos, y no te distingo de ellos y, a fuerza de replicarte entre tantos, desconfío y me repliego a tus dictados que no son tuyos, que son los de todos y los de nadie a la vez. Tú dices que me acercas, pero ¿dónde me acercas?, ¿dónde me llevas sino a ningún lugar? Cuando camino al son de tus pasos me siento lejos, muy lejos. Tú, que debías ser obediente y conducirte allá donde yo te señalara, me pliegas a tu voluntad, me haces rehén de tus temores que vuelves míos. Te eriges en feudo y muralla, y allí me quedo yo atrapada.
¡Qué poco perdonas mis errores, qué poco tardas en convertirlos en condena repetida! Me recuerdas tus advertencias cuando tropiezo, y en mis deslices te haces fuerte y te cargas de una razón que yo no comparto. Me reprochas mirar hacia atrás, me apartas la vista del horizonte, me concentras en el ahora. Te olvidas de la posteridad, poco te importa lo que fue. Tú no sabes, ni quieres saber, de paciencia ni de espera.
Sé bien quién eres, lo sé. Dices que eres mi empuje, pero ¿hacia dónde me empujas más que a perderme de vista? Dices cuidarme, pero ¿de quién me preservas? ¿Acaso no me alejas de mí? ¿Acaso no me conviertes en mi peor enemiga? ¿Por qué deseas que me tema? Tú me niegas mis multitudes, me haces ser una sola, una sola que se parece demasiado a los otros, que me confunde en ellos y con ellos. Tú me tientas con la comodidad de ser como la mayoría. Tú solo me hablas de lo posible, y nada de lo que esté más allá de ti parece entonces real ni sensato.
Me pides que me haga y rehaga como una semilla que naciera y muriera con cada sol. Pero yo deseo crecer, permanecer, ser robusta y firme como un tronco, ser caduca y renovada en mis hojas y frutos, pero no en mis raíces, que ansían ser profundas para hallar la riqueza que no es visible ni evidente.
—¿Qué piensas? ¿Qué escribes? –ella regresa, como siempre, y me pregunta e interpela–. ¿Por qué hablas de permanecer? ¿No te parece algo extemporáneo? ¿Quién piensa ahora en permanecer, en profundizar en lo que nadie ve ni aprecia? ¿Quién, con sano juicio, aspira a que algo quede, a que algo permanezca entre los vientos fuertes y racheados que hoy soplan el mundo, que lo arrastran y marean con violentos y caprichosos vaivenes?
—Seguramente los locos y los rebeldes o, más bien, los locos rebeldes, que aún no sé de una locura obediente ni de una rebeldía cuerda –contesto casi al instante–. Tú me hablas de un mundo que es fugaz, por eso me quieres ligera para llegar pronto, para recortar distancias en un suspiro. Pero nada acorta tanto la distancia como lo que siempre está, como lo que permanece. Si todo es fugaz, si nada queda, se hacen invisibles origen y destino, no divisamos un Aquí del que partir, ni un Allí al que llegar. ¿Y qué es la distancia sino lo que se encuentra entre ese Aquí y ese Allí? Y entonces, ¿qué recortamos a lomos de esta rapidez que nos desboca? ¿Qué es lo que recorremos sin vislumbrar ni un Aquí ni un Allí?
—Lo desconozco, ciertamente...
—Déjame decírtelo... Ausencia, tan solo ausencia.
—¿Ausencia?
—Sí, ausencia. Vagabundeamos, corremos de ausencia en ausencia, porque si nada permanece, todo es ausencia. ¿Y qué queda tras ese correr que nos deja exhaustos?
—Nuevamente, lo desconozco...
—¡Tránsito y velocidad! Tránsito perpetuo, movimiento obsesionado en recortar una distancia imposible de establecer cuando no divisamos un Aquí y un Allí. Tránsito que reclama ser resuelto a la máxima velocidad para ocultar esa falta de origen y de destino. Cambio sobre el cambio, una y otra vez, y cada vez más raudo. Ser en todas partes y en ninguna, vivir ávido de novedades[1]. Serlo todo y a la vez ser nada, estar en todos los sitios y al mismo tiempo estar en ninguno. Lo que recortamos no es distancia puesto que nada permanece, tan solo recortamos velocidad para hacernos tan efímeros que pasamos de largo hasta el propio existir.
—Si es como afirmas, ¿qué pretendemos al vivir de esa manera? ¿Qué buscamos en ese tránsito? ¿Por qué nos dejamos cautivar por un espejismo vano que intenta acortar una distancia que dices imposible sin un Aquí y un Allí?
—¿Qué pretendemos? ¿Qué buscamos? Huir, escapar de nosotros mismos. El Aquí y el Allí son referencias firmes sobre las que se extiende una distancia que hemos de recorrer, y en la que se nos presentan innumerables caminos para hacerlo. El tránsito perpetuo, sin embargo, opaca esas referencias, las desaparece ante nuestros ojos, y ahuyenta así la angustia de situarnos ante nosotros mismos, la angustia de poseer la libertad y la responsabilidad para elegir y decidir, para tomar nuestra propia senda con la que recorrer esa distancia. La posibilidad de elección nos molesta, es la gran molestia que nos acompaña como una pesada carga que no puede sacudirse, un dolor nacido de anhelar el libre albedrío cuando no se tiene, y de temerlo cuando de él se dispone.
—Entonces, el tránsito nos evita la angustia de la elección, pero también nos hurta la libertad...
—Así es. El tránsito hace desaparecer la posibilidad y la transforma en movimiento perenne que no recorta la distancia, simplemente la convierte en invisible. Nubla cualquier atisbo de referencia, borra cualquier Aquí y Allí que permita encajarnos y desencajarnos en el mundo, y lo sustituye por la avidez de novedad. La avidez de novedad nos sitúa en ninguna parte, y el no camino se hace así nuestro camino. En todo ese tránsito entregado a la fugacidad infinita, poco sobrevive salvo los instintos que nos devuelven al ser más irracional y menos humano. Solo hacemos o dormimos. ¡Qué triste ser humano! Hacer y dormir, siempre narcotizado de sueño o de acción para estar lejos de sí mismo.
—Pero ¿no piensas que ese tránsito del que hablas es algo intrínseco al ser humano, algo que ha sucedido siempre? Ya fue dicho y escrito tiempo atrás –me recuerda– que el mundo no mejora ni empeora, que tan solo se tambalea, que la vida no es una escalera sin más destino que un subir y un bajar continuado[2]. ¿Qué es eso sino un tránsito perpetuo? ¿Qué es eso sino estar en ninguna parte? Y si es así, ¿qué mejor que la novedad para combatir ese tambaleo? ¿Qué salida queda salvo lo nuevo y el cambio? ¿Qué opción resta para progresar más que avanzar rápido hacia esa novedad y quebrar las referencias pasadas?
—¿Para progresar? –interrumpo abruptamente–. Tú afirmas que el progreso es la novedad. Yo digo que el progreso es la templanza, encontrar en cada momento la adecuada proporción entre lo nuevo y lo que permanece. No discuto las novedades, sino el afán por destruir lo pasado, por quebrar las referencias. Cuando rompemos ese hilo de unión entre lo pretérito, lo presente y lo futuro, nos conquista la soberbia de lo absoluto y olvidamos que el progreso es poliédrico y complejo, que lo que para uno es mejora, para otro es retroceso. Por eso nada resulta más estéril y cansado que un debate sobre si el ayer fue peor o mejor que el hoy. Nada agota tanto como la comparación y el afán por autoconvencerse de que vivimos en el mejor o en el peor de los mundos posibles, por divisar tan solo una de nuestras caras, la bondadosa o la maliciosa, la benévola o la vil, sin reconocer que todas resultan consustanciales a la naturaleza del ser humano, que todas ellas están prestas a cualquier oportunidad para mostrarse, sin importar el siglo y el mundo que habitemos, porque todas ellas conviven al mismo tiempo. Tú hablas de novedad e idolatras al cambio perpetuo como una deidad. Invitas a deshacer las referencias para progresar, pero esa novedad que tú proclamas se hace vieja y palidece ante lo que ya fue dicho y siempre se mantiene. ¡Ah, qué sordo y qué mudo está el mundo cuando solo escribe y habla de lo nuevo! Lo que ya fue dicho y permanece es la esencia de la naturaleza humana, aquello que resiste los embates de la moda de turno. Eso que ya fue dicho une con hilo firme toda nuestra especie, desde sus comienzos hasta el porvenir. Precisamente porque pensamos, hablamos y escribimos sobre lo que fue dicho, somos lo que somos y como somos. Desconfío de quienes presumen de encontrar lo nunca visto, de quienes anuncian un nuevo pensamiento virginal y sin mácula. No hallaremos nunca el origen de lo virginal, de lo puro, de eso que nunca fue dicho, en la naturaleza humana. Esa búsqueda es fútil, nos sobrepasa.
—¿De dónde procede el cambio entonces? Y, si todo ha sido dicho ya, ¿qué nos queda a nosotros? ¿Tan solo una vida repleta de apatía, de repetición y de ausencia de novedad? –sus preguntas adoptan súbitamente un tinte de desasosiego e inquietud que trato de borrar casi de inmediato.
—¿Qué nos queda? ¡Absolutamente todo! No niego la necesidad de novedad y de movimiento, sino la falta de proporción, el asesinato de lo esencial, la soberbia de quien ignora su pasado, el tránsito por el tránsito. Claro que hay novedad, pero nada puede sostenerse en el vacío. Ningún afluente nace y penetra por tierras ignotas sin un río del que partir, ningún río desliza su caudal por miles de kilómetros si antes no se alumbra en un pequeño regato hijo del deshielo, y así hasta el infinito. Sucede igual con nosotros y con lo que fue dicho, con nuestra esencia. Nada se sostiene en el vacío. Sin lo que fue dicho no existe novedad, no germina cambio alguno. Supones que la vida es apática cuando hay repetición, pero sucede todo lo contrario. No es la apatía hija de la repetición, más bien lo contrario, diría yo. Es en la ausencia de repetición, en la imposibilidad de una vuelta, de un regreso a algo, donde crece lo apático. Vivir, hacer, sentir, pensar, relacionarse en un mundo donde todo pasa y nada queda, en un mundo ávido de novedades donde se está en todos los sitios y en ninguno a la vez es un billete seguro para la indolencia. Si lo que hoy es, mañana no es, y pasado mañana vuelve a serlo, ¿cómo puede uno comprometerse? y, sin ese compromiso, ¡qué fácil es caer en la indolencia y la desidia! Además, ¿quién dijo que nada nuevo sucede cada día? En todo momento, a cada segundo, hay nacimiento y muerte, comienzo y final, multiplicado por miles de millones. El gran peligro es confundir esencia con presencia. Es en la presencia donde los cambios acontecen, mientras que las esencias permanecen invariables. Quienes proclaman la novedad y el cambio permanente quieren hacer esencia lo que es presencia, y yerran al demandar novedad en lo que no puede ser nuevo, en lo que ha de permanecer. Hay cambio en la presencia, hay permanencia en la esencia. Buscar lo nuevo en la esencia no lleva más que a intentar derribarla y a descubrir con el pasar del tiempo que lo esencial, lo que ya fue dicho, nos sobrevive. Pero nos empeñamos en construir un mundo ajeno a lo que ya fue dicho, a lo que es esencia, a lo que permanece.
—Pero si, tal como afirmas, vivimos en un mundo ávido de novedades y ajeno a lo que fue dicho, ¿cómo se explica, por ejemplo, que hoy escribamos y leamos tantas cosas que aluden a lo clásico, a lo que fue dicho? ¿No están las estanterías de nuestras librerías pobladas de referencias a los clásicos, a lo intemporal? ¿Acaso no es eso regresar a lo que fue dicho?
—Pueblan estanterías, pero apenas conquistan mentes. ¿Qué buscamos ahora en los clásicos?
—No lo sé. Imagino que soluciones a los problemas de nuestra época.
—¡Eso es justamente lo que buscamos, soluciones! Acudimos a los clásicos para hallar soluciones, fórmulas que resuelvan problemas. La gran mayoría se acerca a ellos como si fueran manuales, útiles que poseyeran la practicidad evidente de una herramienta. Pero lo que fue dicho, la esencia, no solo vive porque esté escrita, sino porque es leída con los ojos y la determinación adecuadas. No hacerlo así los convierte en un elemento más de usar y tirar. Los clásicos no son soluciones a nada, no son manuales prácticos, más bien lo contrario. Crean una extraña mezcla de desazón, desaliento y amparo. Nos desazonan al descubrir la cura imposible de las heridas profundas que graban el espíritu humano, la permanencia insistente del dolor. Nos desalientan momentáneamente, precisamente por corroborarnos la inviabilidad de soluciones mágicas, por despertarnos un amargo sentimiento de estatismo e impotencia. Pero también nos cobijan y amparan. Enfrascados en ellos, nos olvidamos del tiempo transcurrido, quizás siglos desde que fueron creados, y nos parece que sus palabras son de aquí y de ahora. En esa sensación, nos inundamos del bienestar de la continuidad, de la pertenencia a un devenir que nos trasciende, del ser herederos y continuadores. Los clásicos son la mejor vía para la reconciliación del ser humano con su propia naturaleza. Son un espejo que retrata todas nuestras sombras y nuestras luces como especie. Son ingratos y agradecidos a la vez, nos colocan en la intemperie más helada para, al poco, rodearnos con un cálido abrazo, y no soltarnos ya nunca, pero...
—¿Pero...?
—Pero mucha gente olvida esa continuidad, ese cálido abrazo, y santifica su época particular o la demoniza, la califica como la mejor o como la peor. Ambos, los afortunados o los mártires, hablan de un nuevo mundo, parten de una concepción absolutista de su tiempo al que consideran definitivo y crucial en el devenir de la historia humana. Ocurre que, de vez en cuando, la necesidad innata del ser humano de sentirse importante en el discurrir de su propia especie se manifiesta con alocada vehemencia, y con especial soberbia en algunos. Son embajadores del tiempo nuevo y de una tierra prometida que, cegados en su afán, califican de novedoso mucho de lo ya conocido, de lo ya dicho, que tan solo es servido con distinto envoltorio. Con empeño feroz, tratan de edificar un nuevo comienzo, hacen borrón y cuenta nueva, pero siempre encuentran su final en un regreso a lo ya dicho. Lo ya dicho les trajo hasta ahí, y lo ya dicho los disuelve sin remisión para colocarlos en el trastero de la tendencia pasajera. Sin embargo, en esa alocada vehemencia, en esa soberbia ignorante, anidan el peligro de la destrucción. Confunden las respuestas efímeras de cada época con las preguntas eternas[3] y, entonces, el hilo de lo que ya fue dicho que nos une se resquebraja. Nuestra historia, hija del recuerdo y del acuerdo, queda así suspendida temporalmente mientras las referencias se nos ocultan cegados por el nuevo tiempo. Y, sin divisar un Aquí y un Allí, sin entrever ni origen ni destino, ¿qué nos queda?
—¡Tránsito! –exclama ella.
—¡Exacto! Tránsito perenne, avidez de novedad y velocidad obsesionada por nublar las referencias, por dejar invisibles el Aquí y el Allí, por recortar una distancia imposible. Tránsito infinito, avidez de novedad y velocidad que nos alejan de nosotros mismos y de los otros, que nos impiden el regreso a lugar alguno y nos mantienen en un continuo movimiento. Por el contrario, lo que fue dicho, ese hilo que nos une, nos permite regresar. Lo que fue dicho es un Aquí del que partir y al que regresar. Desde él nos aventuramos al Allí exterior. Caminar por ese hilo que es lo que ya fue dicho nos procura un lugar firme, robusto y duradero del que marchar y al que retornar cuando deseemos, y hacerlo plenos de conciencia y de dicha, manteniendo la esencia y renovando la presencia.
—¿Y no es ese ir y venir entre el Aquí y el Allí también un tránsito?
—¡Por supuesto! Claro que es un tránsito, pero no perpetuo. Disponer de un Aquí y un Allí, de unas referencias, establece una distancia, la hace visible y convierte ese tránsito en algo acotado, no perenne, plagado de paradas donde detenerse, y así el trayecto es un aposentarse en un lugar y en otro. En ese tránsito uno se detiene abundantemente para estar, para permanecer, y no lo hace solo, sino que se hace acompañar del otro, que encuentra lo que le es común en esa esencia y en eso que fue dicho. Esa comunión, esa comunidad en torno a la esencia, inunda de alegría a quienes forman parte de ella[4]. ¡Qué diferente resulta ese otro tránsito incesante, sin lugar donde apaciguarse, sin más parada que un sobresalto tras otro, sin hallar lugar común en el que hacer y ser comunidad! Ese tránsito es un viaje sin retorno, porque no encuentra lugar al que volver, porque a su paso todo lo destruye, hasta que la propia destrucción también lo alcanza a él. Ese tránsito es al que nos conducen los iluminados de lo nunca visto, los anunciadores de un nuevo mundo virginal y sin mácula. El primer tránsito está bendecido por la dicha y el alumbramiento, el segundo dirige al ser humano al ocaso y a la destrucción. El primer tránsito es plenitud, el segundo es vacío. En el tránsito perpetuo edifican su reino la estridencia y el ruido. Allí donde se obvian las referencias y las esencias que han de mantenerse y respetarse, brotan sustitutos peligrosos que conducen a existencias sobrexcitadas, vidas que se cansan de todo al poco, vidas que se cansan de sí mismas. Demasiado cansadas para vivir, y demasiado cansadas para morir[5]. Todo les falta y todo les sobra, y el existir se convierte en una lucha denodada por combatir la molestia, la angustia de la posibilidad, de la elección libre. Por eso crecen sin fin los estímulos que se necesitan para mantenerse en un movimiento infinito. Estímulos que se juntan y se combinan sin orden ni concierto, sin más estructura ni intención que la llamada de atención, que la hipnotización de las voluntades, que el secuestro de la imaginación.
—¿Significa que ese tránsito perpetuo del que hablas anula nuestra individualidad y especificidad, que las hipnotiza y las somete?
—Algo parecido, sí. Donde es imposible aposentarse, parar y reconocerse, la soledad es evitada con afán suicida, y el ser humano se aglomera y se junta, se hace plebe y masa, se copia e imita enfermizamente bajo la triste paradoja de que, cuanta más avidez de novedades y cambio se demanda sin tener en cuenta las esencias y referencias comunes, más indistinta y parecida se hace esa plebe. En ese discurrir aglomerados desaparece la intimidad, se esfuma la posibilidad de estar con uno mismo, y con ello se anula nuestra individualidad. La intimidad es un acto personal y consciente que necesita también de la cultura y la moral para fijar sus límites, que demanda referencias mantenidas en el tiempo que se respeten. Cuando se hacen saltar esas referencias, el ser humano pierde perspectiva, extravía las fronteras de lo íntimo, y se convierte en un ser exhibicionista, pero sin apenas ser consciente de ello, porque no recuerda las esencias ya.
—Si hemos extraviado las fronteras de lo íntimo por la ausencia de referencias y nos hemos vuelto, de forma inconsciente, seres exhibicionistas, ¿por qué estamos precisamente tan ocupados por la intimidad, por qué la hemos convertido en objeto de derecho y de leyes para protegerla?
—Precisamente por esa inconsciencia. Al no ser conscientes, las personas necesitan de alguien externo ajeno a ellas mismas que fije sus propios límites. Esa pérdida de las cuestiones esenciales que siempre permanecen, esa invisibilidad de lo que fue dicho, de ese hilo que nos continúa, entrega lo más íntimo y su custodia a un ente ajeno. Es la paradoja de tiempos como estos, donde lo más íntimo no es conservado por uno mismo, sino que su preservación es cedida a otras figuras externas a la persona. Pero si se entrega esta parcela, ¿qué nos resta ya? Si la intimidad ya no surge de un acto consciente y personal, sino de una imposición externa, solo queda espacio para la sumisión y la denigración.
—¿Pero no es conveniente que exista un derecho que proteja nuestra intimidad, no es necesario disponer de leyes que preserven nuestros espacios y nos proporcionen normas para convivir?
—¡Por supuesto! Pero antes de leyes, necesitamos la intimidad, ella es el primer y fundamental paso para coexistir[6]. No hay coexistencia, no hay socialización, si la intimidad se ausenta. Cuando socializamos hemos de sacar a bailar un tanto nuestro ser íntimo. Ha de ser una danza armónica entre lo que nosotros decidimos enseñar y lo que deseamos guardar en la reserva. En ese fino equilibrio es donde acontece el hecho social, la coexistencia propiamente dicha. Solo así establecemos nuestros niveles de relación, solo así aprendemos a comportarnos de un modo u otro dependiendo de personas y situaciones, y solo así desarrollamos un saber estar que facilita la convivencia.
—Entonces, si lo que hacemos no es coexistir, ¿qué es lo que hacemos?
