La épica del desencanto - Tomás Straka - E-Book

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Tomás Straka

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Beschreibung

Invocado por todos sus gobiernos, hecho suyo por los más diversos y hasta contrapuestos sectores, Simón Bolívar atraviesa la historia venezolana. Es una sombra bajo la que todos quieren estar, una imagen que cada uno quiere a su lado. Tanto como sus ideas y sus batallas, la épica tejida a su alrededor es una inspiración que todos evocan y un premio que todos codician. Este libro es un recorrido por varias estaciones del culto bolivariano que analiza, a través de episodios concretos, ese fenómeno ya anunciado por otros autores de entidad, como Germán Carrera Damas y Luis Castro Leiva. Más que una aproximación al historicismo político, se trata aquí el problema de la relación entre historia y política, de la relación entre lecturas políticas de la historia y justificaciones historiográficas de lo político. La forma en la que tanto comunistas como militares de derecha, pero también poetas y curas han querido hacer suyo al Libertador es el tema que integra esta obra sobre la peculiar relación entre los venezolanos y la figura del hombre a quienes sentimos nuestro Padre Fundador.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Contenido
Introducción
Primera parte. Bolívar en el debate por la libertad (Crítica de un discurso épico)
–Capítulo I. ¿Hartos de Bolívar? La rebelión de los historiadores contra el culto fundacional
Una rebelión política e historiográfica
Los contornos de la «rebelión»: historiografía, modernidad y democracia
Los «rebeldes»
Elías Pino Iturrieta y la «patología bolivariana»
Germán Carrera Damas y la tesis del «Bolivarianismo-militarismo» como «ideología de reemplazo»
Guillermo Morón y la «desbolivarización» de la sociedad
De porqué Manuel Caballero no es bolivariano
¿Hartos de Bolívar?, a modo de conclusión
–Capítulo II. Bolivarianismo, socialismo y democracia. Del antipositivismo a la «ideología de reemplazo»
El Libertador, a la izquierda y a la derecha
¿Bolívar cesarista o Bolívar contra los cesarismos?
¿Marxistas-vallenillistas? El problema de la Independencia como revolución
La tentación bolivariana: hacia una «ideología de reemplazo»
«Ideología de reemplazo» y democracia, a modo de conclusión
Segunda parte. Una épica contra el despecho (Sobre la creación del discurso a través de dos de sus rapsodas)
–Capítulo III. La épica del desencanto. Eduardo Blanco ante su historia
La República de los rapsodas
La naturaleza del problema, o sobre la química del desencanto
Una historiografía contra el desencanto
De los primeros y los últimos venezolanos
El último Centauro
El final de la apoteosis, a modo de conclusión
–Capítulo IV. La efigie del padre. Tito Salas, la imagen del Libertador y su culto como política de Estado en Venezuela
Sobre imagen e historia
Imágenes para la veneración
La «vera efigie» y su creador, Tito Salas
El «Glorioso pincel»
La iconografía del Padre y sus advocaciones, a guisa de conclusión
Tercera parte. Las tradiciones inventadas (El nacimiento de una república bolivariana)
–Capítulo V. Guiados por Bolívar. López Contreras, Bolivarianismo y pretorianismo en Venezuela
Hipótesis iniciales
Inventando al ejército
Inventando la tradición
Del ejército de la patria a la patria del ejército
–Capítulo VI. Bolívar y la historiografía eclesiástica, o cómo un discurso histórico se convierte en un discurso pastoral
La Iglesia bolivariana
Planteamiento, o de cómo el Libertador cayó en los conflictos Iglesia-Estado
De cómo el Libertador terminó en romanista
De cómo reconocer a un Magistrado Católico
De cómo las conclusiones nos llevan al Vaticano II
Fuentes
Notas
Créditos
La épica del desencanto
Bolivarianismo, Historiografía y Política en Venezuela
TOMÁS STRAKA

Introducción

Así, como quien sale a la calle con el uniforme de mariscal del abuelo, para ocultarse bajo sus galas, de ese modo Venezuela ha hecho del historicismo la base ideológica de su proyecto como nación. Sin importar cuán raídas estén, en ellas, como recuerdo de tiempos mejores, encontramos inspiración y consuelo. La inspiración para transformar a la sociedad, al mundo entero si es posible, según el dictamen de nuestros sueños. El consuelo, cuando no lo logramos, de ver nuestras llagas cubiertas por las charreteras de las viejas victorias.

No es la primera vez que lo hacemos, ni somos el único país que lo ha hecho. Pero sí constituimos uno de los ejemplos más acabados del fenómeno. Un caso clínico –casi podríamos decir con uno de los autores que acá vamos a estudiar– de ese uso de la historia como pábulo de regímenes políticos de esa casi promiscuidad entre la historiografía (es decir, de determinadas versiones de la historia) con los proyectos políticos que se basan en una visión determinada de la misma, así como en la idea de destino que quienes la leyeron aseguraron encontrar. El problema de la relación entre historia y política, de la relación entre las lecturas políticas de la historia y las justificaciones historiográficas de lo político, es el que ocupará las siguientes páginas.

Pero no se trata de una aproximación al historicismo político sin más. Dos circunstancias fueron el detonante de los trabajos que acá se reúnen: primero, la explosión de Bolivarianismo que sacude al país desde 1999, cuando, entre otras cosas, pasó a titularse «República Bolivariana»; y, segundo, la «rebelión» en su contra de muchas de las voces más atendidas de la historiografía venezolana, que se expresó en polémicos, muy documentados –y aún más vendidos– libros que se editaron entre el 2003 y el 2007.

Lo primero, para bien o para mal, explica un marco de trastornos que no han dejado nada igual, o por lo menos no exactamente igual, en ninguna de las instancias de la vida venezolana. Es un marco en el que los ciudadanos de a pie, esos que normalmente no reparaban en la reflexión histórica, se han visto obligados a afrontarla, a indagar en una experiencia colectiva que trascienda la suya y en la que esperan encontrar alguna clave capaz de explicarle la situación que los rodea, bien sea para celebrarla o para combatirla. La necesidad de entender cómo fue que llegamos a donde estamos, qué es en concreto lo que encierra el Libertador, cuyo nombre al parecer es un ensalmo que sirve para todo; cómo es posible que con base en su gesta de hace dos siglos se pretenda construir un futuro, ha hecho que más de uno repase lecciones olvidadas de sus días escolares o se ponga, cosa impensable hace años, a leer libros de historia. Naturalmente, la invocación sistemática de la figura y de las ideas de Simón Bolívar como respaldo para las más variadas decisiones, muchas con un impacto inmediato en la cotidianidad de los ciudadanos, no es una novedad desconocida en los anales de nuestros discursos políticos. En su esencia se practica desde, por lo menos, el último tercio del siglo XIX, pero ni eso estaba claro en la mayoría de los venezolanos, que sumergidos en el Bolivarianismo lo aceptaban como algo dado de cuyas raíces no tenían memoria; ni era, salvo en los círculos académicos, un problema que los inquietara. Hubo de esperarse hasta que en su nombre se planteara la transformación de sus vidas, indistintamente de que eso les entusiasmase o les generara espanto, para que comprendieran que no se puede vivir en el historicismo de una forma impune, que la carencia de una conciencia histórica meridianamente amoblada suele pagarse con un precio muy alto.

En otras palabras: estudiar el historicismo bolivariano, adentrarnos en algunos de los caminos y fases que se nos insinúan, es estudiar algo que en Venezuela va bastante más allá de lo ideológico, lo político e incluso lo historiográfico. El país que busca lustre con el uniforme apolillado del abuelo, tiene una relación mucho más honda, sociocultural, psíquica, vivencial con él, que cualquier otro que simplemente evoca a un héroe o a un pasado primordial para un fin político determinado.

Lo cual nos lleva al segundo punto: a la rebelión de los historiadores. Es decir, la rebelión del gremio que tradicionalmente más había hecho por crear el Bolivarianismo y que ahora, escarmentado, ha querido conjurar a su propia criatura (aunque en cuanto tal, hay que admitir, la criatura es responsabilidad de bastantes más sectores, como veremos). Esto en sí es un hecho trascendental, tanto para la historiografía como para el conjunto de la cultura de la sociedad venezolana, porque marca el inicio, al menos en un sector de la misma, de una relación distinta con su pasado, es decir, con ella misma, y en consecuencia de la forma cómo se concibe en el presente y para el porvenir. El historiador Germán Carrera Damas fue, probablemente, el primero en plantearse las cosas de este modo. Con su fundamental Culto a Bolívar. Esbozo para un estudio de la historia de las ideas en Venezuela, aparecido en 1970, marcó un hito, un antes y un después, no sólo en la historiografía venezolana, sino en general en nuestra historia de las ideas. Carrera Damas analizó la manera en la que el Bolivarianismo se había vuelto a lo largo de una centuria el culto fundacional de la República; un expediente creado en el siglo XIX por las elites venezolanas para darle cohesión a un Estado-Nación entonces desternillado por jalonamientos raciales y regionales. Como Bolívar era un punto de encuentro, como su amor era una coincidencia entre todos los venezolanos, ese culto del pueblo se hizo ideología en cuanto culto para el pueblo y, por extensión, una ideología para dominarlo, un sacramento para legitimarse políticamente.

De ese modo Carrera Damas volteó el problema, ajustándolo al visor que hoy le vamos a dar: el problema no es si Bolívar está o no de acuerdo con algo, el problema es: ¿por qué debe estarlo? ¿Por qué hacerle tanto caso a lo pensado por un hombre, cuyas virtudes por demás no negamos, de dos siglos atrás? ¿Por qué un venezolano no puede simplemente disentir de Bolívar, como en efecto lo hemos hecho tantas veces, como lo hicimos entre 1826 y 1830, y por eso no convertirse en una especie de traidor a la patria? ¿Por qué toda propuesta debe buscar coincidencias con el Libertador para que sea legítima? Tal vez, mientras la República y la nacionalidad cuajaban, como en efecto lo hicieron (porque en esto el expediente fue muy, pero muy exitoso), era comprensible la postura: cuestionar la capacidad absoluta del Libertador para determinar todo lo bueno y todo lo malo, era discutir la base última de legitimación del Estado (indistintamente de que éste haya nacido, precisamente, contraviniendo su última voluntad). Pero una vez logrado esto, a mediados del siglo XX, las cosas cambian. Es el paso, por decirlo también en términos de Carrera Damas, del proyecto nacional al proyecto democrático: ahora Bolívar, en vez de una solución, podía llegar a ser un obstáculo para alcanzar la libertad.

Nos explicamos: en una república basada en la gesta heroica de los militares de la Independencia, el Libertador por sobre todos, y gobernada durante más de un siglo por otros caudillos y militares que se declaraban sus herederos y ejercían sus gobiernos autoritarios alegando seguir su camino, era difícil reconducir el culto bolivariano, ya esencial para su identidad, en la consolidación de una propuesta civilista, liberal y republicana, como se intentó desde 1930 y, con algún éxito, se logró con la democracia a partir de 1958. Para los historiadores que vamos a estudiar, cuando en 1999 otro militar, aunque éste socialista, Hugo Chávez, inicia la llamada Revolución Bolivariana, lo que ocurre es la simple vuelta al Bolivarianismo-militarismo (en rigor pretorianismo) de un Juan Vicente Gómez o un Antonio Guzmán Blanco, a lo sumo revestido por una tenue capa de socialismo. Declarar a la República Bolivariana la «V República», en el entendido de que entre 1819 –cuando acaba la Tercera– y 1999, todo, o casi todo había sido en vano; de que era indispensable amputar ese lapso purulento, para reconectarnos con la Gesta Heroica, que en su sentido más amplio apuntaba a un remoto futuro socialista, avivó sus temores. El Bolivarianismo, concluyeron algunos, había llegado demasiado lejos, es algo así como una patología que no nos permite caminar solos, sin tutelajes militares, como corresponde a los demócratas. Cuando Carrera Damas, que volvió al ruedo con su tesis de la «ideología de reemplazo», que identifica en el Bolivarianismo de Chávez un fenómeno similar al de los nacionalismos de Europa Oriental y de la ex Unión Soviética, que buscaron en sus pasados heroicos un discurso que sustituyera al socialista, cuya quiebra los dejó huérfanos; o cuando Elías Pino Iturrieta, Manuel Caballero y hasta Guillermo Morón, cuatro de los más célebres y leídos historiadores venezolanos, en consecuencia declararon que hay que hacer algo al respecto, que ya es llegado el momento de liberarnos del tutelaje del Libertador, crearon una circunstancia inédita en la historia y la historiografía venezolanas, llena de posibilidades para comprender las transformaciones más importantes en la segunda mitad del siglo XX: ya los historiadores, que tradicionalmente habían sido los custodios por excelencia del buen nombre y la mejor memoria del gran hombre, empezaron a pedir que se le relegue a un lugar menos estruendoso en el panteón de los héroes nacionales.

Que se le respete, porque ninguno le regatea un lugar prominente; que en conjunto se mantengan los héroes, los «Padres de la Patria», porque no hay pueblo que no los tenga (ni menos que no los necesite), pero que dejen de ser un fardo que nos impida caminar hacia el porvenir. Lo notable es que llegan a esa conclusión no –o no sólo– por un arbitrio ideológico –aunque, claro, como veremos, hay de eso– ni por el imperativo moral de zafarse de un culto al que consideran atentatorio contra la libertad, sino como consecuencia de algo más amplio. Llegan por la revisión crítica del conjunto de la historia y la historiografía venezolanas que emprenden dentro del marco de uno de los procesos más importantes, como poco estudiados, de nuestro devenir: el de la «revolución historiográfica» que se desarrolla con los procesos de profesionalización del oficio de historiador y de democratización política iniciados en 1936, y que adquieren su despliegue pleno en 1958. Es decir, no llegaron a estas conclusiones por “demócratas” o «antichavistas» –pese a que, ostensiblemente, lo son– sino porque el análisis de lo que se había escrito de nuestra historia, así como las nuevas investigaciones realizadas con métodos científicos, les hizo ver que el rey estaba desnudo; que el culto tenía más de dispositivo ideológico que de narración apegada a la verdad; que a la corneta de Clío se le había puesto una sordina llena de intereses políticos. Tal es, en resumen, la rebelión de estos historiadores.

Son dos, entonces, los objetivos de los trabajos que acá se presentan: primero, demostrar cómo el debate en torno a la memoria de Bolívar ha sido, pero sobre todo sigue siendo, fundamental en el diseño de la república venezolana, con todo lo que pueda decirse de esto; cómo la «rebelión» en contra suya nos dice bastante más de nuestra sociedad, de nuestra identidad y de nuestro proyecto político como colectivo de lo que pueda parecer por la polémica y la coyuntura política en que se produjo. Para eso recorreremos algunos itinerarios, a veces anunciados, otras veces apenas esbozados, por los clásicos –Carrera Damas, Napoleón Franceschi, Castro Leiva– y por otros más recientes –Pino Iturrieta, Caballero– sobre el tema. También se convocaron a los historiadores a quienes éstos adversan, sobre todo en la hora actual del chavismo, aunque debemos admitir que uno de los aspectos en los que el alcance del trabajo se restringe, es en que no se les dedica un capítulo entero para sí solos, lo que es una tarea que queda pendiente. El problema del Libertador dentro del marco del debate por la libertad como modo esencial de vivir, es decir, de la democracia tal como la entendemos hoy, que se da desde 1930 y se replantea hoy; el forjamiento de un culto por el Estado, a través de narrativas o de obras pictóricas; y la manera en la que, cuando el culto ya está forjado, las nuevas instituciones se «inventan» una tradición –en este caso lo veremos con el Ejército y la Iglesia modernos– para legitimarse con él, nos demuestra que ya antes de titularse oficialmente así, Venezuela había sido, desde hacía años, una «República Bolivariana».

El segundo objetivo, en el que no nos detuvimos en específico, pero que tratamos transversalmente, es más, digamos, teórico: el de la historia como forma de representación social, y la historiografía como parte de la historia cultural, es decir, no sólo como «historia de la historia», sino como la de toda la cultura que la produjo.

Las primeras dos partes del libro: «Bolívar en el debate por la libertad (Crítica de un discurso épico)» y «Una épica contra el despecho (Sobre la creación del discurso a través de dos de sus rapsodas)», esperan responder al objetivo inicial, ser una especie de anverso y reverso del Bolivarianismo viéndolo en ambas caras de su curva: cuando empezó a cuestionársele, al menos por unos sectores, a mediados del siglo XX, y cuando se erigió como gran lenitivo para nuestros males en el XIX. La tercera parte, «Las tradiciones inventadas (El nacimiento de una república bolivariana)», se aproxima un poco más a lo segundo; aunque el capítulo IV, sobre la obra de Tito Salas y sus grandes implicaciones políticas, puede ubicarse un poco entre las dos.

Con el rumor de los sobresaltos políticos en el fondo, los textos que conforman el presente trabajo se escribieron y, en algunos casos, sus avances fueron publicados, entre el 2003 y el 2008. Tal vez sorprenda la variedad de enfoques y disciplinas convocados: desde el problema del pretorianismo, venido de la sociología de lo militar, hasta el de la historia eclesiástica; de la historia del arte y hasta la de la literatura. Comoquiera que eso, cuando menos, podría generar sospechas en el lector, es necesario darle algunas explicaciones sobre los pormenores de sus redacciones.

La mayor parte de los capítulos fueron producto de los cursos del doctorado que cursamos en la Universidad Católica Andrés Bello durante ese período, bajo la dirección de los profesores Napoleón Franceschi, Miguel Hurtado Leña y Domingo Irwin. Con el primero, en un seminario sobre el culto al héroe en Venezuela, desarrollamos lo que, sin cambios fundamentales, constituye el capítulo IV. Fue publicado posteriormente en el Nº 28 de la revista Montalbán, que edita el Instituto de Investigaciones Históricas «Hermann González Oropeza, sj», de la Universidad Católica Andrés Bello en su campus de Caracas, donde laboramos, con fecha de junio de 2005. Otro tanto puede decirse del capítulo VI, que es producto del seminario sobre pensamiento bolivariano que dictó Hurtado Leña. Fue publicado, en una versión muy parecida a la que acá aparece, en el Nº 11 del Anuario de Estudios Bolivarianos (año X, 2004), que edita el Instituto de Investigaciones Históricas Bolivarium, de la Universidad Simón Bolívar, de Caracas.

El capítulo V se redactó para el seminario sobre relaciones civiles y militares en Venezuela, que coordinó Domingo Irwin. Es un texto que ha corrido con la generosidad de los lectores. Publicado en el Nº 40 (julio-diciembre 2003) de la revista Tiempo y Espacio, que edita el Centro de Investigaciones Históricas «Mario Briceño Iragorry», del Instituto Pedagógico de Caracas; el profesor Irwin lo recogió para el volumen colectivo que editó con Frédérique Langue bajo el título de Militares y poder en Venezuela. Ensayos históricos vinculados con las relaciones civiles y militares venezolanas (Caracas, Universidad Pedagógica Experimental Libertador/Universidad Católica Andrés Bello, 2005). Fue un libro muy exitoso, que ya agotó su primera edición. Esto, así como el hecho de que fue concebido dentro del conjunto de los demás trabajos y del interés que despertó, nos movieron a incorporarlo nuevamente a este volumen.

El primer capítulo fue una recensión que en la medida en que iba siendo escrita, fue adquiriendo cada vez más volumen, hasta convertirse en un ensayo: nada menos que el que plantea la tesis fundamental que estructura el resto de la obra. Constituye, con el capítulo II, los únicos textos escritos con la intención inicial de ser acá recogidos. No obstante, en el segundo capítulo se retoman, en un todo mayor, muchas ideas que ya fueron publicadas en 1999 en un trabajo titulado «Los marxistas y la guerra de Independencia. Historia y política en Venezuela, 1939-1989», que apareció en un número monográfico de Tierra Firme (Nº 65, enero-marzo 1999), sobre historiografía. Aunque es la obra de un veintiañero que apenas comienza su maestría (fue escrito un par de años antes) y ya algunos de sus conceptos, cierta radicalidad juvenil y en general la redacción, nos sonrojan, en su momento gustó lo suficiente como para haber sido citado varias veces. Lo que acá se presenta en realidad es otra cosa; diez años de lecturas y un poco más (el tiempo nos dirá qué tanto) de madurez, generaron un texto nuevo. Finalmente, el capítulo III se redactó para una obra colectiva sobre Eduardo Blanco, que actualmente está navegando por los Sargazos, en búsqueda de una edición.

En su versión original, el capítulo VI fue dedicado a la memoria del padre Pedro Leturia, sj (1891-1955), renovador y modernizador de la historia eclesiástica en América Latina, así como maestro de esa escuela de jesuitas-historiadores en la que se formó Hermann González Oropeza, sj (1922-1998). Sirvan estas líneas para renovar los votos de admiración por sus obras y, también, para humildemente pedirles que nos envíen su bendición, desde allá, en donde están. También para agradecerle a Domingo Irwin, Napoleón Franceschi y Miguel Hurtado Leña, nuestros maestros en el Pedagógico de Caracas con los que felizmente nos reencontramos en la Universidad Católica: ellos, lo saben, son responsables de todo lo que de bueno tengan estos trabajos; mientras –también lo saben– que por lo que haya de malo, sólo podemos pedir disculpas por no haber aprendido bien su lección. Otro tanto le debemos a Elías Pino Iturrieta y Manuel Donís, cuyo trato cotidiano en el Instituto de Investigaciones es una cátedra cuyas trazas en este libro se encontrarán por todas partes; así como al gran amigo y colega Agustín Moreno, nuestro iniciador en las lides de la historia eclesiástica y la teología, que tanto ayudó en nuestra formación y que queda a las claras en el capítulo VI; y a Marianne Perret-Gentil, mi compañera, cuyo amor siempre me ha dado inspiración para luchar. A todos ellos, muchas gracias.

Caracas, a día de San Fidel, 2008, Y a Santa Calíopa, Mártir, 2009.

Primera parte. Bolívar en el debate por la libertad

Capítulo I ¿Hartos de Bolívar? La rebelión de los historiadores contra el culto fundacional

Una rebelión política e historiográfica

Entre 2003 y 2007 pasó un hecho sin precedentes en la historia republicana de Venezuela. Mejor dicho: sin precedentes en la historiografía que los venezolanos hemos escrito, enseñado y aprendido desde que nos constituimos como república independiente, de forma definitiva, en 1830. Los cuatro historiadores vivos más importantes de la hora publicaron sendos ensayos para denunciar y sobre todo deslindarse de lo que, hasta entonces, mayoritariamente había entendido la sociedad venezolana como la más preciosa de las herencias del Libertador. Es decir, se deslindaron de ese almácigo de ideas, que desde hace siglo y medio se han mostrado susceptibles de las más variadas y hasta contrapuestas interpretaciones, a las que de forma general hemos llamado Bolivarianismo; ideas, ahora más que nunca, cuando la república hasta se apellida en su título oficial de «bolivariana», proclamadas como las fuentes nutricias de nuestro ser como nación.

No se trata de poca cosa. Se trata de una «rebelión» intelectual que puede llegar a traer importantes consecuencias, comoquiera que expresa cambios fundamentales en la sociedad venezolana. No tanto por el acto en sí de que cuatro historiadores, por famosos e influyentes que sean, se hayan rebelado ante lo que llegó a constituirse en el verdadero mito fundacional de los venezolanos: ya, como veremos, desde mediados del siglo pasado (escribimos en 2008), con la profesionalización y el disciplinamiento del oficio de historiador en escuelas universitarias, así como por el clima de razonable libertad democrática que se vivió (y que se hizo patente en aspectos tan importantes como la autonomía de las universidades, la libertad de cátedra y una libertad de expresión que en términos generales fueron respetados), pudo desarrollarse una nueva historiografía, muy apartada de los cantos épicos y del culto a los héroes sobre los que se había fundado la nacionalidad entre 1840 y 1930, poco más o menos; sino porque la circunstancia política del momento, definida por la Revolución Bolivariana, que toma muchas de las imágenes y de sus argumentos de esa visión heroica que prácticamente había desaparecido de los círculos académicos, pero que evidentemente siguió teniendo mucha fuerza en las mayorías, incluso en las opositoras, ha hecho que la revisión crítica que hasta el momento ocupaba a un reducido grupo de investigadores y docentes, ahora sea atendida por un espectro social bastante más amplio. O lo que es lo mismo: por primera vez desde la década de 1840, un grupo significativo de venezolanos se ha preguntado, seriamente, sobre las bondades del culto al Libertador y su Gesta Heroica, así como sobre su conveniencia para la construcción de un modelo de vida colectivo.

Obviamente, con esto no negamos la posibilidad de que, al menos en muchos casos, se trate de cierto tipo de oposición al régimen de Hugo Chávez que sistemáticamente contradice todos sus planteamientos, cualesquiera que sean. Tampoco vamos a caer en el extremo de negar, sin siquiera un examen preliminar, la validez de todo lo que plantea el discurso épico-revolucionario (a partes iguales, con ingredientes de la vieja Historia Patria y de la resemantización hecha por los marxistas, para adecuarlo a los objetivos de su programa revolucionario[1]) que propugna el chavismo. O en el de presentar a la democracia de 1958 a 1998 como un dechado de virtudes que harían del todo incomprensibles a la revolución chavista y al tremendo eco que consiguió en vastos sectores de la sociedad. Mucho menos vamos a eludir las acusaciones que desde la acera de enfrente se les hacen a los autores en cuestión –Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta, Manuel Caballero y Guillermo Morón– como simples portavoces de la oposición, militancia que, por demás, en modo alguno ocultan; como parte de una conspiración de derechas, a la que, los acusan, sirven con espíritu de mercenarios[2]; o como dolidos representantes del régimen caído, en el que desempeñaron cargos públicos, incluso de importancia, por mucho que las mismas sean, básicamente, acusaciones ad hominem y callen que también fueron muy críticos entonces, así como el hecho de que en los regímenes constitucionales y pluripartidistas el desempeño de un cargo público no implica, necesariamente (aunque, la verdad, muchas veces fue así en Venezuela), el compromiso sin cortapisas que suele exigírsele en las dictaduras y en los Estados totalitarios a sus funcionarios.

Nada de eso será escamoteado. Sin embargo, es el fenómeno sociocultural que se trasluce detrás de estos debates historiográficos y políticos (¿políticos-historiográficos, podríamos decir?), el que nos interesa sondear, como expresión de un problema mayor. En efecto, pocas veces se ha puesto tan de manifiesto, en textos de tan amplia audiencia como los que se analizarán en las siguientes páginas, la importancia de la conciencia histórica en el rumbo que una colectividad le da a su destino; la estrecha relación entre la versión que de su devenir tenga en la misma y la escogencia de sus opciones políticas.

La aparición, en el muy agitado 2003, de El divino Bolívar, ensayo sobre una religión republicana, de Elías Pino Iturrieta, que rápidamente agotó dos tirajes y requirió de una segunda edición; junto a la quinta edición –¡la quinta edición!, cosa muy poco común en un estudio historiográfico– de El culto a Bolívar, esbozo para un estudio de la historia de las ideas en Venezuela, trabajo precursor de Germán Carrera Damas, inicialmente publicado treinta y tres años atrás, siendo el primero en señalar el fenómeno y denunciarlo; a los que siguieron, en 2005, El Bolivarianismo-militarismo, una ideología de reemplazo, también de Carrera Damas, y las muy polémicas memorias de Guillermo Morón, Memorial de agravios, donde llama a «desbolivarizar» el país; y un año después, en el 2006, Por qué no soy bolivariano, una reflexión antipatriótica, de Manuel Caballero, que en un mes requirió de una segunda edición; la aparición (y el éxito) de todos estos libros, en una sociedad (y en una historiografía) que tradicionalmente se han proclamado bolivarianos, significa algo importante. La hipótesis que esperamos delinear –pero que, por el momento en que escribimos, no podemos redondear del todo, porque aún, sospechamos, queda mucho por ver– es que se trata de un problema de envergadura: el de la redefinición de nuestro proyecto como país, el del modelo de democracia que en cuanto tal queremos y el del rol que la memoria del Libertador puede tener en la misma. Una memoria que si bien en 1842, en 1883 o en 1910 sirvió como una especie de tabla de salvación para darle cierta cohesión a una república que hacía aguas, y que ahora, cuando ya la nacionalidad y la república –o al menos determinada idea de ellas– están al margen de toda duda, algunos sectores, sobre todo los más vinculados con lo que representó el ensayo democrático, civil y en términos generales liberal que se vivió de 1958 a 1998, ven como una amenaza para la libertad.

A esta guisa, dividiremos el trabajo en dos partes. En la primera ensayaremos una visión del nudo historiográfico y político que permitió rebelarse contra el culto fundacional de la República. Las variables de la profesionalización universitaria del oficio de historiador y de la democratización de la sociedad, serán analizadas en ella. En la segunda nos detendremos brevemente en la obra de los «rebeldes», como representantes de este proceso, y en sus tesis fundamentales sobre el Bolivarianismo y sobre las razones por las que, alegan, puede ser un peligro para la libertad.

Los contornos de la «rebelión»: historiografía, modernidad y democracia

En efecto, hemos dicho que se trata de una «rebelión historiográfica», cuando menos, contra lo que ellos mismos y algunos otros han definido en los trabajos que analizarán y en otros anteriores, como la «única filosofía política» creada por el Estado venezolano[3]; es decir, contra la base en la que ha buscado (y hallado) legitimidad para ese modelo de vida que esperamos construir desde la Independencia y que solamente en la República, tal es nuestra convicción, podemos alcanzar[4]; en fin: lo que el que más ha reflexionado sobre el punto del grupo que acá traemos a colación, Germán Carrera Damas, llamó el proyecto nacional[5]. Rebelarse, pues, contra esta filosofía, algo indica de la situación de ese Estado, de esa nación, de ese proyecto y de esos ciudadanos a casi dos siglos de existencia.

Pero hay más: esta rebelión es producto de una «revolución historiográfica» más amplia; la que se generó en nuestra visión de la historia producto de la profesionalización y modernización del oficio de historiador que se da a mediados del siglo XX, y que fue de la mano, retroalimentándose, con la democracia como nuevo sentido de la vida nacional. Véase bien: quienes se rebelan son historiadores y forman parte de una de las instituciones que por más largo tiempo y de manera más enérgica defendió y promovió al Bolivarianismo, se batió en batalla contra todo aquello que pudiera mancillar el sagrado nombre del semidiós, como lo llamó la retórica guzmancista, el Libertador –recuérdese nomás la cruzada emprendida contra Salvador de Madariaga en 1951– y acunó a muchos de los más intensos representantes del Bolivarianismo venezolano, como Rufino Blanco Fombona, Mons. Eugenio Nicolás Navarro, el cardenal José Humberto Quintero, J.A. Cova, José Luis Salcedo Bastardo, ¡y hasta estuvo a punto de hacerlo con el general Eleazar López Contreras, al que eligió entre sus miembros, pero quien finalmente declinó el honor y no se incorporó a ella![6]… la Academia Nacional de la Historia. O lo que es lo mismo: que estos «rebeldes» parecían llamados a ser oficiantes de una congregación que tuvo no poco que ver con el fomento de aquello de lo que, espantados por los más recientes y estruendosos resultados de la prédica, marcan distancia. ¿Se trata, entonces, de una simple disidencia, de un cisma en el que los teólogos y predicadores más notables, pero que se han hecho más moderados porque sus lecturas así los han vuelto, se marchan, indignados por los excesos del resto de la feligresía embebida en las manifestaciones exteriores del culto? ¿O se trata de algo más hondo?

Se trata de algo más hondo. Como dijimos, tal es nuestra hipótesis. El Bolivarianismo se va amasando a lo largo del siglo XIX como la herramienta de un Estado y de una elite urgidos de una fuerza capaz de cohesionar a un colectivo disperso; así como de un lenitivo susceptible de calmar las heridas que un balance más bien desalentador de lo que la República demostró ser cuando finalmente se consolida la Independencia, generó entre los venezolanos ya a mediados de la década de 1830. La llamada Historia Patria, cuya función fundamental fue justificar la emancipación y que tuvo en su fase romántica (circa 1840-1890, inclusive, si somos muy amplios, aunque sigue habiendo discursos esencialmente románticos hasta hoy) su momento de mayor despliegue, cumplió plenamente esta labor[7]. Bolívar es entonces, y lo siguió siendo por más de un siglo, una salvación. Un asidero para que una sociedad extremadamente insatisfecha con los resultados del proyecto en el que se embarcó, no se sintiera aventada a la desesperación. Como veremos en el próximo capítulo, frente al «discurso del desencanto» que rápidamente se expande entre las elites ante la distancia, que no pocas veces parecieron insalvables, entre lo soñado y lo obtenido[8], la gesta heroica, la Edad de Oro de los Padres de la Patria tuvo el poder de un antídoto milagroso: «seremos porque hemos sido», la solución del «optimismo lírico» frente al «pesimismo sistemático»[9]. Por eso fue que la Historia Patria y su Bolivarianismo pudieron convertirse en la «filosofía» del Estado venezolano.

El punto es que dio resultado. En esto, como en muchas otras cosas, el por demás justificado pesimismo a veces no nos deja ver lo que nos sale bien, que es más de lo que suele pensarse. Es, por ejemplo, un éxito que la nación haya sobrevivido razonablemente independiente y que la República se haya consolidado como ideal entre sus miembros. El problema está en que lo que sirve para una cosa no puede ser de automático usado para la otra, y el Bolivarianismo que en 1860, en 1880 o incluso en 1910, era una salvación, para 1970, por poner la fecha en la que se edita por primera vez el demoledor El culto a Bolívar de Germán Carrera Damas, que pone un antes y un después en nuestra historiografía y sobre todo en nuestra manera de relacionarnos con la memoria del Libertador, ya no lo resulta tanto. Más aún: ahora puede ser una amenaza para que esa nación ya consolidada se atreva a caminar sin el tutelaje de su Padre Fundador… y en rigor sin ningún tutelaje más. Es decir, para la construcción del nuevo proyecto: el democrático.

Bolívar había sido fundamentalmente usado por regímenes autoritarios y militares, que es como decir todos los que tuvo Venezuela en su primer siglo de vida independiente (bolivarianos fueron Guzmán Blanco, Gómez, López Contreras y, en un grado algo menor, Pérez Jiménez) como pábulo para el orden y la unidad, acaso las necesidades más urgentes de aquella república tan joven como tambaleante; sus glorias guerreras eran presentadas como los antecedentes de las de los generales de turno al mando, que se presentaban a sí mismos como sus herederos en la construcción de la patria grande; su vida castrense se enseñaba en la pedagogía cívica (mejor: cívico-militar) como el muestrario de los valores de la nación; su épica como la cartilla del nacionalismo frente a las ideologías «disolventes», bien sea el comunismo en el siglo XX o, como antes de que éste apareciera en escena, simplemente para que «cesaran los partidos», frase que hábilmente manipulada siempre le vino bien a cualquier dictador. Pues bien, aunque los regímenes civiles que se suceden en el poder entre 1958 y 1998 no abandonaron el culto bolivariano, ya esencial en la identidad de los venezolanos, ciertamente que lo mesuraron, entre otras razones, por la ya dicha: porque lo que sirve para apuntalar a unos regímenes autoritarios, no puede servir igual para uno que puso a la libertad entre sus valores fundamentales. Y, también, porque los grandes retos del Bolivarianismo inicial ya estaban superados: la unidad de la nación y un orden meridianamente estable como para encaminarla en una dirección determinada, eran ya una realidad que no requería de la epopeya para legitimarse, o eso al menos pensó la elite. En parte la resurrección del Bolivarianismo, ahora vuelto, como ya veremos, «ideología de reemplazo», la sorprendió tanto como su gran eficacia para seguir concitando voluntades. Evidentemente, por lo menos vistas las cosas desde esta perspectiva, la mayor parte de los venezolanos mantenía una especie de desfase entre su conciencia histórica, que seguía funcionando en la clave de la Historia Patria tradicional, y su realidad histórica, que ya requería de otras herramientas conceptuales y valorativas para ser interpretada y transformada.

En todo caso, es acá donde damos con la historiografía, con la «revolución historiográfica», que se produce en los centros académicos durante el período y de la cual, vista bien, esta «rebelión» es una secuela. Ella fue la que se atrevió –no en vano Carrera Damas fue de sus líderes fundamentales– a revisar críticamente ese bolivarismo; y la que trazó nuevos derroteros, altamente innovadores, para las investigaciones históricas venezolanas que a partir de la década de 1960 se apartaron de la Gesta Heroica para encontrar problemas, períodos y temas hasta entonces prácticamente inexplorados: la contemporaneidad, la historia económica, lo regional, la Colonia. Es decir, la libertad recién inaugurada en 1958, pronto refrendada por la autonomía universitaria y por las libertades de cátedra y de expresión, fue tal que se pudo pensar sin restricciones; tanto, que se pudo romper con la «filosofía política» del Estado y, en muchas ocasiones, hasta alzarse francamente contra él, promoviendo la revolución socialista de corte marxista-leninista, sin grandes temores a ser encarcelado (sobre todo después de la pacificación de la guerrilla en 1968) y sin ninguno a ser removido del cargo o censurado en sus publicaciones. Esta historiografía no sólo esperó dar respuestas a los nuevos retos de la democracia –y en muchos casos, para la construcción del socialismo, comoquiera que muchos de sus portavoces eran marxistas– sino que era hija de dos aspectos directamente atribuibles al proceso de modernización y democratización que se inicia en 1936 y que hace plena eclosión entre 1945 y 1958: el de la profesionalización y disciplinamiento del oficio de historiador.

Sí, en ese 1936, y como parte del vasto programa de transformaciones a los que se lanza entonces la sociedad venezolana, se funda el Instituto Pedagógico Nacional (hoy de Caracas). Fue uno de los primeros esfuerzos del Estado moderno venezolano por promover una investigación científica alineada con los grandes problemas del país y con la formación de profesionales específicamente abocados a resolverlos; es, de hecho, uno de los primeros centros de investigación autónomos fundados como tal y el primero en dictar una de las «nuevas profesiones» de Venezuela: la de profesor, título que otorga desde entonces[10]. Dentro de ese marco, es en el Pedagógico donde por primera vez se abre una carrera superior en el área de historia: el profesorado en Geografía e Historia, que inicialmente se dictaba en tres años, destinado a bachilleres y a maestros normalistas[11]. Diez años después, y esta vez de la mano de otro hito en el proceso de democratización, indistintamente de la polémica que aún suscita, la «Revolución» del 18 de octubre de 1945, se abre la Facultad de Filosofía y Letras (hoy de Humanidades y Educación) de la Universidad Central de Venezuela, en 1946. La experiencia del Pedagógico, donde además de historia se estudiaba castellano y literatura, como carrera, y psicología y filosofía como parte de todos los programas (y a partir del 46 también como una carrera), es muy tomada en cuenta para el ensayo. Por si fuera poco, el fundador de la Facultad fue el mismo del Pedagógico: Mariano Picón Salas (1901-1965). Trayéndose, entonces, a muchos de los profesores y egresados del segundo para crear la nómina inicial de la primera, el esfuerzo de una década se proyecta a nuevos niveles. En 1947 se abre en la Facultad el Departamento de Historia, que es elevado a Escuela en 1958. Otro tanto pasa en la Universidad de Los Andes, donde en 1955 se abre una sección de historia de la Escuela de Humanidades, entonces dependiente de la Facultad de Derecho. Esta sección en 1965 es también elevada a Escuela[12].

Desde entonces y hasta la fecha en que se escribe, la fundación de pedagógicos, así como de centros de investigación[13], de postgrados en Historia y de Escuelas de Educación en las que se ofrece a sus cursantes la opción de especializarse en ciencias sociales (Geografía e Historia), adscritos a universidades públicas y privadas, ha sido muy grande. En conjunto, aunque, claro, acusando importantes desniveles, a lo largo de cuarenta años el esfuerzo ya ha producido un amplio espectro profesional, en el que se cuentan varias generaciones de egresados, que incluye desde docentes de secundaria hasta investigadores de alto nivel, todos formados dentro de una historiografía renovada. Como parte de todo esto, la llegada de experiencias foráneas, tanto por la vía de los venezolanos que se formaron en el exilio durante la última dictadura (1948-1958), sobre todo en México, donde estudiaron hombres como Germán Carrera Damas, Miguel Acosta Saignes, Eduardo Arcila Farías y Federico Brito Figueroa; o que, a partir de la década de 1960, aprovechando las oportunidades de becas que ofrecieron la democracia y la renta petrolera, se formaron en los más variados rincones del planeta; o por la llegada de profesores a su vez exiliados en Venezuela, que fue un bolsón de democracia por mucho tiempo en la región: primero, en la década de 1940, los transterrados de la malhadada República Española, y después, en los setenta, los del Cono Sur, por sólo nombrar dos grupos muy notables por la cantidad de sus miembros y por la influencia de su obra; junto a la especie de «terremoto teórico» que representó el marxismo a mediados del siglo XX; a la estrecha relación con las otras ciencias sociales; a la institucionalización de la investigación en centros y grupos; al fomento de ediciones; se propulsó un cambio fundamental en el modo de hacer y de entender la historia en el país. Una «revolución historiográfica», pues. Como señala la historiadora Inés Quintero:

«En las Escuelas de Historia de la Universidad Central y de la Universidad de los Andes se comenzaron a impartir un conjunto de conocimientos tendientes a dotar de un instrumental técnico y metodológico relativamente uniforme a los profesionales del oficio. A partir de allí, el estudio de la historia se convierte en una disciplina sistemática, rigurosa y reflexiva cuya orientación no es narrativa ni descriptiva sino comprensiva y explicativa. Se pretende que el análisis trascienda el acopio de información y narración causal, supere determinismos y se oriente al estudio más allá de los hechos.

»En un primer momento, hubo un marcado ascendiente de las tendencias interpretativas inspiradas en el marxismo y de la búsqueda de respuestas a los fenómenos históricos con el auxilio de otras disciplinas sociales. El impacto de los estudios multidisciplinarios e interdisciplinarios, así como la marcada influencia de esquemas generalizadores provenientes de una aplicación mecánica del materialismo histórico, marcaron de manera sustancial los estudios históricos desfigurando la especificidad del análisis propiamente histórico y dando como resultado un conjunto de obras donde el peso de las generalizaciones sociológicas y de los determinismos económicos desvirtuaban o al menos dificultaban la comprensión de nuestras peculiaridades.

»No obstante, a partir de los años ochenta, puede decirse que ha habido una tendencia continua hacia la especialización. En virtud de ello, las investigaciones se han ido orientando hacia temas, problemas y períodos cuyo estudio había sido desestimado con anterioridad: la historia regional, la historia de las mentalidades, la historia social, la historia de las ideas, la historia económica e incluso nuevas perspectivas de análisis en la historia política y, mucho más recientemente, los estudios sobre la vida cotidiana...[14].»

En el resto de las Escuelas de Educación, pedagógicos y postgrados se participó en este proceso, a veces atendiendo lo que hacían las Escuelas de Historia, que gozaban de un liderazgo indiscutible, y de forma paulatina, generando sus propios aportes. Veamos sólo dos casos. Otra «revolución historiográfica» que, indistintamente de aquellas observaciones que con justicia puedan hacérsele, en amplitud antecede a la rebelión que acá planteamos, tuvo como protagonistas fundamentales a los pedagógicos y a las universidades del interior, que tienen Escuelas de Educación: la de la historia regional. Hija, en realidad, de la misma «revolución» de la democratización y la profesionalización, en una década (si los tomamos desde 1977, cuando Germán Cardozo Galué, de la Universidad del Zulia, planteó el tema de la región histórica, hasta la monumental Geografía del poblamiento venezolano en el siglo XIX que, en 1987, y en tres buenos tomos, publicó Pedro Cunill-Grau; destaquemos entrambos la fundación de la revista Tierra Firme, por Arístides Medina Rubio, como portavoz del movimiento, en 1983) ya pudo reescribir la historia venezolana «desde abajo», desde las regiones y los pueblos.

Otro tanto podemos decir del debate que ya en 1948 tienen en la prensa dos estudiantes del Pedagógico, Federico Brito Figueroa y Guillermo Morón, que con los años forjarán sendas obras muy importantes, en torno al marxismo y su utilidad para la comprensión de la historia. Tal debate resulta un hito en la discusión historiográfica venezolana, aunque aún aguarda por un estudio detenido[15]. De un modo u otro, lo que nos interesa es lo que este debate nos dice más allá de sus argumentos: el momento y el lugar en que fue hecho. Sólo el clima democrático del gobierno de Rómulo Gallegos podía hacerlo posible; ni diez años antes, bajo el régimen de López Contreras, que había proscrito el marxismo; ni cinco después, bajo el de Pérez Jiménez, algo así hubiera tenido lugar. Democracia, modernización e historiografía profesional son, entonces, una tríada que han logrado configurar, al menos en ciertos sectores de la sociedad venezolana, una nueva conciencia de sí mismos en el tiempo.

La reaparición, por lo tanto, del Bolivarianismo, de la mano de un movimiento de origen militar, que después de llegado al poder a penas ha matizado un poco esta condición combinándose con otros actores políticos, por lo general oriundos de la izquierda marxista-leninista; y que además, junto al Bolivarianismo, sostiene entre sus argumentos más notables una visión a más que crítica, de franca censura, del período democrático y civil de 1958 a 1998, exaltando por el contrario al régimen militar de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958), como hizo en un principio (pero que pronto hubo de dejar de hacerlo, ante el aprovechamiento que de la fecha emblemática del 23 de enero, que conmemora su caída, hizo la oposición); o al gobierno de Cipriano Castro (1899-1908), del cual sólo destaca su altivez frente a las potencias imperialistas, imposible de analizar sin algo de admiración, pero del que calla todo lo demás; le ha dado pie a muchos de los historiadores formados dentro de la tríada señalada más arriba, para temer el simple renacer de un pensamiento antidemocrático y militarista que, como otros, de antaño, ha echado mano de la figura del Libertador para sus fines.

Naturalmente, al menos a los que acá nos ocupan, siempre se les puede acusar, como en efecto se ha hecho, de que tan sólo son representantes del establishment caído reaccionando ante cambios políticos que los han alejado de los circuitos del poder; es decir, de que simplemente son unos reaccionarios, en el sentido más literal, dolidos por su desplazamiento, ya que todos de alguna manera tuvieron figuración en el régimen caído, desempeñando importantes cargos administrativos, universitarios o diplomáticos, cuando no es que participaron activamente en la política. Por eso es importante detenerse muy bien en sus argumentos; pasarlos por el tamiz de la crítica –como se empeñaron en enseñarlo a sus alumnos– para atajar cualquier duda al respecto. Negar un componente político en sus planteamientos es imposible: ellos mismos se han encargado de admitirlo desde la primera página de sus trabajos; pero no por eso dejan de tener valor histórico-historiográfico. El punto es que esa «rebelión» no es, o no es sólo, contra el régimen de Hugo Chávez, sino, como se dijo al principio, contra la «filosofía política» del Estado venezolano y sus abusos, que ellos aprecian de forma especialmente intensa y amenazante para la democracia; como una especie de muleta que usó un colectivo desguarnecido y que funcionó en un momento, pero que ya más bien estorba. Es decir: se trata de un episodio más en la batalla de la nueva historiografía, hija de la democracia y la profesionalización, por liberar a la conciencia histórica de los venezolanos de ciertas ataduras que, consideran sus portavoces, les impiden andar con libertad; pero es un episodio que, al contrario de lo que pasaba antes, por las circunstancias del debate político actual, goza ahora de una gran audiencia, trascendiendo los claustros universitarios a los que antes estaba restringido. Veamos, entonces, de qué se trata.

Los «rebeldes»

Elías Pino Iturrieta y la «patología bolivariana»

Si alguna voz empezó a oírse con verdadera fuerza en la historiografía venezolana, hasta desempeñar un rol de liderazgo, desde finales de la década de 1980, esa ha sido la de Elías Pino Iturrieta (Maracaibo, 1944). Autor de obras que abrieron caminos novedosos en la disciplina y que despertaron (y aún despiertan) verdadero entusiasmo, la agilidad de su pluma –que en sí misma generó una renovación: forma parte de esos historiadores que salieron entonces y que consideran que los libros de historia son, también, libros para ser leídos, incluso con placer– , sus colaboraciones en la prensa, sus apariciones televisivas, la elocuencia con que se desempeña en la cátedra, lograron crearle una audiencia de discípulos en la universidad –toda una generación de egresados de la Escuela de Historia fue influida en mayor o menor grado por él– y, lo más notable, de lectores en el resto de la sociedad.

Pero hay más: Pino Iturrieta es uno de los productos más acabados de la democratización y profesionalización del quehacer historiográfico que se desarrolla desde mediados del siglo XX. Egresado de la Escuela de Historia de la UCV, donde recibió formación e influencia de las principales figuras del momento, en especial de Eduardo Arcila Farías, con quien colaboró siendo estudiante, forma parte de aquella cohorte de venezolanos que se educaron en el exterior: pudo cursar su doctorado en el Colegio de México, con profesores de la estatura de José Gaos y de Leopoldo Zea, quienes le dejaron una huella fundamental, encaminándolo hacia el área de la historia de las ideas. Producto de aquello es su clásico La mentalidad venezolana de la Emancipación (1971), que abrió toda una vertiente de estudios en el país; tesis que le dirigió nada menos que Gaos y que le prologó, en su edición, Zea.

Ya reincorporado a la universidad, ahora profesor, en las siguientes tres décadas desarrolló una muy exitosa carrera académica, que le permite anotar en su currículo cargos como el de Decano de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV, el de Presidente del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), institución que entre otras cosas promueve el importante Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, plataforma de lanzamiento de muchos de los autores fundamentales del boom: Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Fernando del Paso, entre otros; o el de director del Instituto de Investigaciones Históricas «Hermann González Oropeza, sj», de la Universidad Católica Andrés Bello y de la Academia Nacional de la Historia. Sin embargo lo que está en la base de todo esto y lo que, como dijimos, desde finales de la década de los ochenta empezó a hacerlo conocido en un público más amplio que el universitario, son sus libros. Por sólo nombrar algunos de los más favorecidos por las ediciones y por el público, tenemos: Venezuela metida en cintura (1988), Contra lujuria, castidad. Historias de pecado en el siglo XVIII venezolano (1992), Las ideas de los primeros venezolanos (1993), País archipiélago. Venezuela 1830-1858 (2001), o la varias veces agotada Historia mínima de Venezuela (1992), que coordinó. En ellos ha radiografiado el espíritu venezolano en el período de su gestación nacional (siglos XVIII y XIX), generalmente desde el estudio de esas cosas en apariencia menudas y tradicionalmente desatendidas por el historiador, pero en las que se manifiesta mejor que en ninguna otra instancia ese universo que es la mentalidad de un colectivo.