La república fragmentada - Tomás Straka - E-Book

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Tomás Straka

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Beschreibung

En momentos de incertidumbre, cuando no de franca angustia, buena parte de la sociedad ha vuelto sus ojos hacia la historia con la esperanza de encontrar claves para encender su presente confuso; incluso para atisbar hacia dónde podría encaminarse el porvenir. Tal es la premisa que, en esta obra, motiva a Tomás Straka. Su objetivo, poner al alcance del lector no especializado la reflexión y el debate sobre cernas y acontecimientos que por lo general son ajenos al ciudadano común; tender puentes en clave de ensayo entre la investigación histórica y los problemas cotidianos de la vida venezolana; colaborar en el empeño de interpelar el pasado para comprender nuestro presente, al parecer signado por una insalvable fragmentación. En este sentido, muchos de sus artículos parecieran responder a las preguntas más recurrentes que se formulan muchos ciudadanos en estos tiempos de desconcierto: ¿qué significa la democracia para los venezolanos? ¿El proceso de los últimos años puede realmente llamarse "revolución"? ¿Existen claves para comprender a Venezuela? ¿Podemos decir que somos un fracaso como país? Analizar tales interrogantes, identificar lo que tienen de novedad y lo que hay en ellas de continuidad, ofrecer una imagen de conjunto, descubrir si responden a algún sentido histórico es la labor que Straka lleva acabo en estos ensayos.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Índice de contenido
Prólogo. Interpelar el pasado, mirar el porvenir
La larga tristeza
–Sobre la tristeza
–Sobre las posibles causas de la tristeza
–Sobre la longitud de la tristeza
–La larga tristeza
¿Existe el fracaso histórico?
–El bochorno nacional
–¿Solo una sensación?
–Taxonomía de los fracasos históricos
Fracasos compartidos, esperanzas comunes
La república de dos siglos
–El pasado como vaticinio y la confianza en el porvenir
–La revolución historiográfica
–Continuidades y rupturas
Claves para entender a Venezuela
–El proyecto y sus matices
–El petróleo y los reajustes en el proyecto
–La democracia
–La «Venezuela moderna» y sus crisis
–Colofón
La maldición de Cirene
–Metáfora de una nación
–Narración y tiempo
–Cirene
–La maldición de Cirene
Breve ensayo sobre la barbarie
Personalistas, autoritarios (y adorados)
–Los ojos del centauro
–La búsqueda del padre
–La añoranza del rey
¿Bajo el signo de la virtud armada?
–¿Dónde estamos?
–De dónde venimos: la virtud armada
–¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde iremos?
¿Ha habido una revolución venezolana?
–Historia, filosofía y revolución
–La revolución en Venezuela
–Las revoluciones nacionales
A 150 años de la Federación: lo que hemos sido y lo que somos
¿El Bicentenario de qué? Reflexiones a dos siglos del 19 de Abril de 1810
La república fragmentada
La patria era una fiesta
Historias de un lobo infernal
Venturas y desventuras de la nobleza criolla
–Los mantuanos en la mira de Inés Quintero
Locura y sociedad civil
Historia trágica de la libertad
¿Qué es la democracia para los venezolanos?
–Democracia, ¿qué es eso?
–Votar, ¿para qué?
–¿Recordar o construir la democracia?
En búsqueda del espíritu empresarial
Historia de un emprendedor criollo
Innovadores: una historia por hacer
–Innovadores criollos
–El médico afortunado
–Los best sellers continentales
–El caso clásico
–La primera gran marca comercial
–El mapa del nuevo país
–Un maestro
–Otro maestro
–La modernización de la arepa
–La faja millonaria
–La famosa mecedora
–Coda
Diana, la socialista
–Cultura y economía en el socialismo real
–Para una cultura socialista venezolana
–Dianita, ¿adeca?
–Nota
Notas
Créditos
La república fragmentada
Claves para entender a Venezuela
TOMÁS STRAKA

Prólogo Interpelar el pasado, mirar el porvenir

En 2005, Ramón Piñango y Virgilio Armas me pidieron algunos trabajos para la revista Debates IESA. El objetivo era abrir una publicación centrada en asuntos de la gerencia a temas más amplios, pero siempre manteniendo un diálogo con los intereses centrales de quienes habitualmente leían la publicación. Aún no tengo del todo claro por qué pensaron en mí para el trabajo, ni tampoco por qué me creí capaz de asumirlo cuando lo hice, casi con alacridad. La invitación venía del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA), con todo lo que esto significaba en un contexto como el de la Revolución Bolivariana. Mientras el Estado estaba dando sus primeros pasos hacia el socialismo, que finalmente promulga en 2007, el IESA se caracterizaba (y sigue caracterizándose) por promover valores como los del emprendimiento, la eficiencia gerencial y la productividad. El estereotipo de «IESA boy», como campeón del neoliberalismo y villano por excelencia de la historia oficial revolucionaria, seguía flotando en el ambiente. Del mismo modo, los lectores de la revista no parecen ser un público especialmente interesado en aquello que quien escribe pudiera ofrecerles. Así las cosas, ¿qué y cómo escribir para llamar su atención y al mismo tiempo sustraerme de las diatribas políticas inmediatas?

Una primera pista me la dio el momento que estábamos viviendo. Acababa de cerrarse un ciclo de duras confrontaciones políticas (el paro y el golpe de 2002, el paro de 2002-2003, el referéndum de 2004) y todo indicaba que vendría otro de nuevas y acaso mayores turbulencias. Hugo Chávez había ganado todas las batallas y se alzaba sobre el país como un coloso eterno e invencible, al tiempo que el precio del petróleo se disparaba hasta la nubes, por lo que a las otras dos características del coloso había que sumar la de multimillonario. Ante esto, la parte de la sociedad menos entusiasmada por el proyecto chavista se hundía en la incertidumbre, cuando no en la franca angustia. Fue el momento en el que muchos voltearon hacia la historia con la esperanza de encontrar claves para entender su presente confuso. Incluso para atisbar hacia dónde podría encaminarse el porvenir. No sé hasta qué punto la historia cumplió sus expectativas, pero esa necesidad social quedó plenamente evidenciada cuando los libros de Manuel Caballero, Elías Pino Iturrieta, Inés Quintero y Germán Carrera Damas, solo por nombrar a los más célebres, llegaron a convertirse en verdaderos best sellers. Los artículos de Debates IESA debían, entonces, inscribirse en este esfuerzo. La idea era poner al alcance del lector no especializado ideas y referencias que normalmente se quedan en los círculos académicos, fomentar la reflexión y el debate sobre temas y acontecimientos que por lo general son ajenos al lector común, tender un puente entre la investigación histórica a la que me dedico profesionalmente y los problemas cotidianos de la vida venezolana. En suma, colaborar en el empeño, cada vez más amplio entre los venezolanos, de interpelar el pasado para mirar hacia el porvenir.

Durante seis años, casi de forma ininterrumpida, los artículos aparecieron en la sección «Ensayo» de la revista. No los escribí en primera instancia con la pretensión de que fueran ensayos (la palabra, básicamente por el calibre de la ensayística venezolana, me sonaba muy grande). Aunque en algunos casos recurrimos a las citas y, por formación, no dejamos de respaldar con datos concretos nuestras afirmaciones, mi propósito ha sido el de proponer ideas, el de inquirir razones, el de interpretar determinados problemas, es decir, discurrir en clave de ensayo. Siempre tomé en cuenta el ejemplo de historiadores como Caballero, Pino Iturrieta o Simón Alberto Consalvi, otro de los muy leídos autores del momento, quienes a través de la prensa destilaban y ponían al servicio de todos (Pino Iturrieta aún lo hace) muchas de las tesis a las que sus investigaciones los habían llevado. Esas investigaciones son la base de una comprensión de la realidad que los acredita para interrogarla y acaso descifrarla, pero su escritura no es la de las monografías (no en este caso), sino más bien la del periodismo. Clásicos de la ensayística venezolana como Mariano Picón Salas, Augusto Mijares y Mario Briceño Iragorry son otros ejemplos capitales de esta vocación ciudadana que debe tener el historiador. No se trata, por supuesto, de hacer aquella «historia militante» que terminaba siendo simple propaganda, o algo muy parecido a eso, de determinadas ideas políticas. Se trata de esa «responsabilidad social», como la ha llamado Carrera Damas, que lo lleva a trascender su gabinete de investigador para dialogar con el resto de la sociedad en las cátedras, en los medios, en dondequiera que pueda ofrecer ideas para alimentar el debate y la reflexión de sus conciudadanos.

El presente libro reúne una selección de los artículos de Debates IESA con otros aparecidos en el Papel Literario de El Nacional, la revista SIC, El Ucabista y Simón Bolívar analytic. En un caso −«La maldición de Cirene»− se trata de un trabajo inédito. Por su parte, el título del volumen es también el de un ensayo inicialmente aparecido en SIC y recogido en esta compilación. La idea de una República fragmentada partió de lo especialmente desangelado de las fiestas del bicentenario, lo que me hizo pensar en un país que está lejos de sentirse contento consigo mismo. Aquello reflejaba una esencial incapacidad de celebrar juntos, en parte porque las visiones contrapuestas de nuestra realidad (y subsecuentemente de nuestra historia) no generaban una razón común para la celebración. Por primera vez desde que se instituyeron las fechas y fiestas patrias en el siglo XIX, estas no podían ser un lugar de encuentro. De la «ilusión de armonía» de nuestro feliz «siglo XX corto» (1930-1989), habíamos caído en algo parecido al «país archipiélago» (Pino Iturrieta dixit) que fuimos en el siglo XIX: un grupo de islas e islotes conectados en el fondo por bases geológicas comunes, pero separados por mares y vientos, en ocasiones procelosos entre sí. Islas que a veces se dan la espalda o entablan enfrentamientos. Por eso los fragmentos políticos a lo sumo son expresión de grietas más profundas, de procesos que los subyacen y que en ocasiones vienen de muy lejos. Comprenderlos en su sentido histórico, identificar lo que tienen de novedad y lo que hay en ellos de continuidades, ofrecer una imagen de conjunto, descubrir si responden a un sentido es lo que hemos intentado en estos ensayos. Es de eso de donde viene el subtítulo, que también es el título de un trabajo aparecido en Debates IESA. No solo se trata de un guiño y un tributo a la Comprensión de Venezuela de Picón Salas, que también es una compilación de textos escritos con objetivos similares y en un entorno de crisis tanto o más angustiante que el actual (esa Venezuela de la apertura de 1936 a las primeras elecciones universales de 1946). Al mismo tiempo es el resultado de una de las labores en las que la «responsabilidad social» del historiador me ha hecho más requerimientos: el dictado de talleres para ciudadanos interesados (y muy preocupados) por lo que está pasando, jóvenes políticos de escuelas de líderes e incluso para un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México, de diversas carreras y posgrados, quienes estaban haciendo sus tesis sobre Venezuela y necesitaban un abecé del país.

Nuevamente le debemos a Virgilio Armas, con su ojo de editor, la propuesta inicial de hacer esta compilación. Reunir unos textos sueltos escritos para diversas ocasiones y publicaciones requiere cierta justificación. Ya habían cumplido −bien, regular o mal− la misión a la que estuvieron destinados, respondiendo a los acontecimientos de la hora (¡que en Venezuela han sido tantos!). No obstante, mucho de lo escrito en ellos mantiene vigencia, en parte porque los fenómenos analizados siguen siendo, al menos en esencia, los mismos. Que varios sean usados como textos de cátedras universitarias, tanto de pregrado como de posgrado, demuestra la pertinencia de reeditarlos. No siempre es fácil conseguir las revistas en las que aparecieron inicialmente publicados.

Por último, ya que todo libro es en alguna medida un logro colectivo, resulta obligatorio agradecer a quienes nos impulsaron a escribir la mayor parte de estos textos: primero que nada, a los amigos del IESA, Virgilio Armas, Ramón Piñango y José Malavé. También a la multitud de personas en cuyas conversaciones encontré ideas o datos que me resultaron claves para escribirlos. Un especial agradecimiento les debo a los alumnos que soportaron la primera elaboración −esquemática, oral, acaso presentada en diapositivas− de mucho de lo acá expuesto. No pocas veces realizaron observaciones esclarecedoras que afinaron mis propuestas o me hicieron enmendar el camino. A la Universidad Católica Andrés Bello, que para mí siempre han sido un soporte para escribir, le debo una palabras de gratitud, así como a Ulises Milla, por acoger con entusiasmo la propuesta de esta edición y, muy especialmente, a mi esposa, Marianne Perret-Gentil, quien tiene el suficiente amor para aguantar las horas de incesante tecleo en la computadora, sonido que a veces la hace acompañar mis desvelos. A todos ellos, muchas gracias.

Caracas, marzo 2013 / agosto 2014

La larga tristeza

Dos jóvenes venezolanos intercambian opiniones sobre su patria. Luis Heredia, como tantos otros, decidió emigrar a Europa y ahora vive en Francia. Ernesto Gómez, su amigo, sigue en Caracas y solo sueña con imitarlo. Por eso está ávido de información. Quiere saber cómo es todo por allá, compulsar posibilidades, verificar ilusiones. Las noticias que tiene de Heredia dibujan un cuadro inacabable de felicidad (salidas, espectáculos, fiestas) que anhela para sí y le hacen incomprensibles las reservas que poco a poco este le va confesando. Hay tardes en las que Heredia se pone filosófico: dice que después de todo París no es como la pintan, ¡ni siquiera las muchachas son tan bonitas! (tal vez demasiado flacas para su gusto). Hasta síntomas de mal de patria comienzan a darle. En ocasiones le aflora algo que se parece al remordimiento por no hacer algo a favor de los suyos. Incluso lamenta que tantos jóvenes quieran marcharse, como lo hizo él. Por supuesto, a Gómez aquello le parece insólito. Sospecha que son solo poses para no causar envidia o excusas para calmar su conciencia. En una revolución, con unos generales que se reparten el botín de las arcas nacionales, un entorno y unas gentes tan mediocres, nada puede ser digno de añoranza. Lo increpa. Casi lo insulta. No hay caso. Al final logra irse y no lo piensa dos veces. Se va. Es el signo de un tiempo y, como en las siguientes páginas esperamos demostrar, lo es también de aspectos sustantivos de su nación. De lo que ha querido ser y de lo que efectivamente logró alcanzar.

Sobre la tristeza

El diálogo anterior, contra lo que pudiera pensar el lector, dista de ser actual. Heredia y Gómez son personajes de un cuento ambientado en 1898 (su telón de fondo es la guerra hispano-norteamericana y la Revolución de Queipa) y escrito algunos años después. Su título es «Viejas epístolas» y el autor es Pedro Emilio Coll, quien sabía bien de lo que estaba hablando. En su juventud fue de esos muchachos del fin de siècle quienes, después de abrigar grandes esperanzas políticas y estéticas (sobre todo estas, comoquiera que se atrevió a las filigranas del lenguaje modernista), desembocaron en el ánimo del Finis patriae expresado por su contemporáneo Manuel Díaz Rodríguez como único destino para su generación y para su país. Y así, como el Alberto Soria de sus Ídolos rotos, solo hallaron un remedio en la emigración.

Pero Don Pedro Emilio, como la mayoría ellos, no pudo irse. Terminó sus días en el peripato del que entonces era escenario la plaza Bolívar y su vecina cervecería Donzella, como encarnación de la ironía, de cierto descreimiento, de la nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue. Hoy se le recuerda por «El diente roto», esa metáfora de la medianía nacional que por algo se hace leer en todas las escuelas (y que en vida tantos dolores de cabeza le produjo) y, entre los caraqueños, por un famoso liceo en Coche. Situación que acaso lo haría sonreír una vez más, acomodarse con gesto amable el sombrero y tomar notas para otro cuento o ensayo; sobre todo ahora, cuando en las clases altas y medias volvemos a encontrar jóvenes tan desesperados como él lo fue en sus días, en una especie de encuentro entre dos finales de siglo que en esta y otras tantas cosas se parecen tanto que harían pensar en cierto inmovilismo, en algún tipo de conjuro de estancamiento del que fuimos posesos en los cien años que mediaron entre ambos.

Sin embargo, fue justo al contrario: pocas etapas resultaron tan movidas y presenciaron cambios tan dramáticos como los ocurridos en la pasada centuria. De hecho, el tono de los escritores que median entre los decepcionados modernistas y positivistas y eso que hoy algunos llaman la «literatura del exilio» (nombre no del todo apropiado porque no se trata de un exilio en toda ley: casi todos son autoexiliados o simples emigrantes en busca de un futuro mejor, no pocas veces subsidiados por sus familias), es decir, de aquellos que escribieron más o menos de 1930 al año 2000, fue distinto: aunque no dejaron de acusar lo que de falso y contradictorio tuvo un país en el que todo comenzó a salir bien, sospechosamente bien, su talante con respecto a él cambió de manera sustantiva. Hasta en las almas carcomidas y en los destinos fallidos de Venezuela que generalmente nos dibujaron, se atrevieron a atisbar desenlaces optimistas (como el de Doña Bárbara). Por muy duras que fueran las novelas de Miguel Otero Silva que narraron el paso del país rural al petrolero, o que resultara País portátil (1967), de Adriano González León, en ninguna se encuentra esa melancolía que flota como un sopor y lo impregna todo como en «Lorena llora a las tres», de Miguel Gomes (2010).

Probablemente en González León hay más rabia que tristeza (aunque de esta también hay); encontramos soñadores que quieren otra realidad y que sistemáticamente se estrellan contra ella; pero no por eso carecen −autores y personajes− de un deseo más o menos disimulado de despertar a la sociedad y hacerla tomar las riendas de su porvenir. Es decir, alguna esperanza de que eso fuera posible. Repásese el resto de los grandes escritores y sus militancias de ese «siglo XX corto» venezolano (empleemos la categoría de Hobsbawm), desde la Generación −literaria y política− del 28 hasta aquellos autores que hacia 1990 retornaron a una actitud más bien irónica −¿desesperanzada?− con su realidad, y se hallará lo mismo: una crítica que en última instancia apuesta a conmover al lector y a salvar la sociedad, porque ambos, de algún modo, se consideraban salvables.

Incluso lo vemos en el Leoncio Martínez −con esa tristeza que solo tienen los humoristas− de «La balada del preso insomne»: «estoy pensando en exilarme / me casaré con una miss / de crenchas color de mecate y ojos de acuático zafir; / una descendiente romántica / de la muy dulce Annabel Lee, / evanescente en las caricias / y marimacho en el trajín, / y que me adore porque soy / tropical cual mono tití»; incluso entonces deja un espacio para la esperanza, y no solo porque vayan a ser sus «nietos, gigantes rubios, de cutis de cotoperiz», o porque «en un cementerio evangélico», «tenga lo que a mí me niegan: la libertad del buen dormir», sino porque con todo y el dolor no duda en el buen desenlace final: «¡Ah, quién sabe si para entonces / ya cerca del año 2000 / esté alumbrando libertades / el claro sol de mi país!».

Leoncio Martínez perteneció a aquella cohorte de hombres míticos y corajudos que lucharon por la democracia hasta lograr fundarla. Para él, como para la mayor parte de los venezolanos que vivieron las dictaduras de la primera mitad del siglo XX, salir del país fue sobre todo un castigo: el exilio, la pena de extrañamiento. Por eso, en cuanto comenzaron a tener petrodólares para abrir carreteras, fundar escuelas y rociar con ddt las regiones palúdicas, cuando compararon su paz con las guerras mundiales, cuando vieron llegar legiones de inmigrantes, erigirse rascacielos en lo que habían sido pueblones, se abandonó la idea de marcharse, ni siquiera para buscar (o traerse) a una linda y rubia bisnieta de la trágica Annabel Lee (quien por cierto, era más bien brunette, pero Leo no tenía Wikipedia para saberlo). Aunque se pasaran temporadas en Europa, bien por los exilios durante la dictadura militar, o ya por estudiar o simplemente por conocer y gozar, la idea de volver era la común. Al final del túnel, aun en los momentos más duros del «siglo XX corto» venezolano, había la esperanza de que viniera algo mejor. Pero es justo lo que no parece ocurrir cuando empezó a vislumbrarse ese soñado −por Leo y por todos los futuristas del siglo XX− año 2000. José Ignacio Cabrujas, por ejemplo, representa un retorno, en sus artículos y en su dramaturgia, a Pedro Emilio Coll: un hombre que poco a poco duda de las posibilidades del país al que tan intensamente ama como padece. La generación próxima comenzó hasta a dudar del amor. Cabrujas es el cierre del «siglo XX corto» venezolano.

De modo que, entre los modernistas de los 1890 y Cabrujas, podría hacerse un electrocardiograma con las variaciones en la potencia del optimismo, con sus elevaciones y descensos. La Lorena de Miguel Gomes está en lo más hondo. Para ella no hay remedio. Ella es un nudo permanente en la garganta, unas ganas de llorar por todo y por nada, una depresión (y el depresivo se caracteriza por no ver alternativas). Es una vida que se va desmigajando poco a poco, todos los días; una clase media que no puede más, que se va ajando como los muebles, el carro, la quinta, el matrimonio y la calle que ya nadie mantiene. Lorena llora y llora. No sabe el porqué. La suya es la tristeza de quien hunde la cabeza en la almohada y no quiere salir de la habitación. ¡Qué lejos está Lorena de Santos Luzardo o del «preso insomne»! Centrándonos en otra novela emblemática del «exilio» de inicios del siglo XXI: ¿cuál es la distancia exacta entre los dos muchachos de 1898 y Eugenia, la protagonista de Blue Label/Etiqueta Azul (2010) de Eduardo Sánchez Rugeles? Preguntar por la distancia entre los personajes de ambos textos es, en buena medida, preguntar por la que existe entre sus respectivos momentos históricos. ¿Es que de verdad el país llegó a cambiar tanto como se creía? ¿Fue que cambió en un momento dado y volvió atrás? ¿Es esta tristeza algo nuevo o es una tristeza larga, por robar una frase bolerística (porque a veces nuestra historia suena a bolero)? ¿Será que cada subida en el electrocardiograma es producto de algún embeleco? Tratemos de ver qué puede tener de proceso histórico a largo plazo.

Los muchachos de 1898 venían de una época, la de su infancia y adolescencia, en la que creyeron en un país próspero y encaminado hacia el progreso, el del guzmancismo y los años que inmediatamente le siguieron. En el electrocardiograma era un momento de elevación. Y a ellos les toca la caída en picada cuando el modelo Liberal Amarillo resulta inviable. Esto explica el giro conservador que muchos adoptan (terminarán casi todos como gomecistas); el llamado al sentido común (o al pragmatismo o a la franca resignación) con el que asumen las responsabilidades del poder cuando llegan a la edad adulta, así como su capacidad para tolerar cualquier cosa −por ejemplo, los desmanes del Benemérito− por considerarla, frente a la quiebra nacional («la decadencia», de José Rafael Pocaterra), un mal menor. Incluso explica el cinismo que al final los inocula, haciéndolos emplear su talento para justificar el orden de la Rehabilitación (y de paso, en muchos casos, aprovecharse de la feria de corrupción que significó). Se alegran con triunfos concretos: cinco años, diez años, veinte años sin guerra; mil, tres mil, los ocho mil kilómetros de carreteras que hace Gómez; el pago de la deuda; la inversión extranjera que por fin está viniendo con el petróleo. Por supuesto, también se alegran de sus cuentas en libras o en francos (y poco a poco cada vez más en dólares), sus casas-quinta con piscina, sus viajes a Nueva York, que va sustituyendo como ideal a la Ciudad Luz; sus bonitas hijas que ahora juegan tenis y visten faldas cortas: esas «lindísimas muchachas / del tiempo de ahora [...] falda corta, mejillas carmín / desenvueltas con aire sport [...] y lúbricos esguinces que impone el fox-trot», del vals al que también Leoncio Martínez −que evidentemente se ponía algo verde por las jovencitas de 1930− puso letra. Se alegran, pero dudamos que buena parte de ellos llegara a ser de verdad feliz, e incluso muchos, como acaso don Pedro Emilio −quien si bien se desempeñó como diplomático y congresista durante el gomecismo, no fue hombre de negociados ni de fortunas−, se preguntaran hasta el último día si lo mejor no hubiera sido quedarse en París.

¿Será ese el destino de la generación de los protagonistas de Blue Label/Etiqueta azul? Los jóvenes de la primera década del siglo XXI, como los que llegaron a la veintena en la última del XIX, también vinieron de una etapa −aún más intensa y larga de sesenta años de crecimiento y mejoras de la calidad de vida− en la que se creyó a Venezuela próspera (de hecho lo fue, al menos en cierto sentido: recibiendo divisas) y encaminada al desarrollo (como ahora se llama lo que hace cien años se llamaba progreso). Es la etapa que tiene su epítome en 1976, cuando Carlos Andrés Pérez, exaltado por la emoción de los precios del petróleo y la nacionalización de la industria, declara el año uno de la «Gran Venezuela», esa que −¡otra vez!− en el 2000 sería una potencia continental. El electrocardiograma del optimismo estaba en su punto más alto: justo aquel desde el que comenzaría a caer. El cuarto de siglo siguiente no fue el de la consumación de la felicidad sino el de la crisis del sistema. Las décadas de 1980 y 1990, es decir, las de la quiebra económica y los golpes de Estado, son aquellas en las que Cabrujas comienza a escribir con el descreimiento de un Pedro Emilio Coll. Y era nada más el principio. Por algo hoy, como en 1898, muchos de los jóvenes de clase media discurren como los Luis Heredia y Ernesto Gómez del cuento de Pedro Emilio Coll. Es cierto que hay otros que han escogido el camino de las luchas políticas para cambiar las cosas con una ilusión y un misticismo de las mejores generaciones de la historia. No sabemos si terminarán con una tesitura moral como la de los gomecistas o se erigirán en creadores de una nueva patria. Solo que ahora, como ciento diez años atrás, para muchos venezolanos la «visa para un sueño» empieza a significar bastante más que una canción.

Hasta acá la literatura nos ha ayudado a identificar el fenómeno. En adelante la historia nos dará algunas pistas para entenderlo, o al menos iniciar un debate para su comprensión.

Sobre las posibles causas de la tristeza

Aunque el problema de la emigración apenas llega a los debates académicos, ya hay estudios que perfilan algunas tendencias. Se ha determinado, por ejemplo, que en sus motivaciones aparecen juntas, en un primer lugar, la imposibilidad de mantener el estatus de los padres con la violencia presente desde mediados de la década de 1980, pero agudizada en los últimos años; sobre todo ella, que a veces sirve como detonante: un secuestro exprés, un asesinato cercano, un atraco en la casa son vistos como obvias y muy comprensibles señales de que lo mejor es partir. En segundo lugar se encuentra un poderoso motivo político: la desconfianza en que el régimen actual[1] pueda ofrecer alguna solución; incluso la certeza de que no solo no ofrecerá ninguna, sino de que es parte esencial del problema.

Son razones poderosas y, hasta donde vemos, legítimas, que todos hemos sondeado alguna vez. Pero si queremos entender el fenómeno con sentido histórico −y la crítica histórica siempre nos obliga un poco a ser abogados del Diablo− habría que sumar otras cosas que por algún motivo no aparecen en las encuestas. Por ejemplo, la sobrevaluación del bolívar hasta, por lo menos, 2012. Gracias a ella emigrar no es solo factible, sino también un buen negocio. Aun con el desesperante control de cambios, fue relativamente barato comprar divisas para enviarlas como remesas (cosa que explica otro aspecto normalmente desatendido: aunque en menor medida que antes, son muchos los que siguen inmigrando a Venezuela; situación que tiende a menospreciarse comparando la formación de los que se van con la de quienes vienen, y eso no sin cierto mohín de superioridad frente a los negros antillanos o los chinos que entran). En todo caso, esta suerte de subsidio a nuestra emigración (cuyo volumen está por estudiarse) permite entender por qué la proporción de emigrantes que envían remesas a Venezuela está por debajo de la mitad (46 por ciento), y es casi la misma de quienes no creen estar en capacidad, o no les interesa, ayudar a su país: 48 por ciento (según encuestas recientes).

En efecto, la emigración venezolana, como casi todo lo demás en la historia contemporánea, está en algún grado signada por el rentismo. El quid de este modelo siempre ha sido la compra de dólares baratos para financiar el bienestar y el desarrollo; dólares que también sirven para financiar, al menos en un principio, a un hijo en el exterior. No decimos que todos los que emigran vuelen sobre la alfombra mágica de las remesas de sus padres (sería, cuando menos, un insulto a tantos que se las han visto muy duras), pero es una variable que los contemporáneos de Pedro Emilio Coll no tenían, y que quizá explica por qué muchos tuvieron que quedarse soñando con París y arreglárselas para imponer orden y sanear las cuentas, aunque fuera de la mano del dictador. Aunque el bolívar era una moneda muy sólida (en la era del patrón oro casi todas lo eran) su relación privilegiada con el dólar llega en la década de 1930. En 1898 muy pocas familias venezolanas podían ganar lo suficiente para mantener a un hijo en el exterior. De hecho, un capítulo poco conocido de la razón por excelencia de la emigración que ocurrió a partir de 1913 −cuando el régimen de Gómez comienza a hacerse de veras duro−, el exilio, es el del drama de los expatriados, que literalmente pasaban hambre y frío en el exterior, con familias que se arruinaban para mandarles algo de vez en cuando. Drama que se hizo casi insoportable cuando los dólares comenzaron a escasear hasta prácticamente desaparecer del mercado hacia 1934, año en que se ensaya el primer prototipo de un control de cambio (que se establece formalmente en 1941).

Pero hay más con el rentismo: a mediados de siglo, ayudó a formar una clase media que llegó a ser verdaderamente próspera y en la que el aporte de los inmigrantes (sobre todo de los europeos que, en grandes cantidades, llegaron entre 1950 y 1980) fue fundamental. Ambas cosas hoy se traducen en oportunidades −doble nacionalidad y cuentas en el extranjero− inéditas en la historia venezolana para emigrar. Por otro lado, el rentismo también puede relacionarse con el desinterés de muchos de los que emigran −sobre todo al principio, porque eso también ha ido cambiando y del mismo modo sería un insulto para los que no actúan así, que son muchísimos− por la suerte de su país. Desde mediados de la década 1980 hasta la primera del presente siglo, la juventud tendió a declararse «apolítica». Tal vez en el deseo de emigrar de algunos haya no poco de esa indiferencia, de esa vocación por evadir compromisos con cierto dejo de superioridad que tuvieron muchos de los abstencionistas del período. Porque lo que llama la atención no es la legítima aspiración por encontrar un destino mejor, de alejar a los hijos de los asesinatos y secuestros, de salvarse de un régimen que no se muestra especialmente entusiasta con las libertades; lo que llama la atención es el desinterés de muchos −acaso demasiados, sobre todo al principio− por los suyos, incluso cuando en muchas ocasiones subsidian la partida. Y subrayamos lo de las ocasiones porque acá sería especialmente injusto generalizar, sobre todo en la medida en la que cada vez más la diáspora se ha ido comprometiendo y demuestra una musculatura política mayor (porque comprar un boleto para votar, bien en el país o bien en el consulado más cercano, no es cualquier cosa, sobre todo en momentos en los que la crisis ha recortado los recursos de muchos emigrados).

Otro aspecto del rentismo aparece en las facilidades que durante treinta o más años tuvo la clase media venezolana para darse una buena formación, incluso en el exterior; para obtener créditos blandos, educación y salud públicas de calidad. Para los gobiernos que se sucedieron después de 1940, la prosperidad de la clase media era la prueba del éxito del sistema y la vitrina de sus virtudes frente a las otras clases (que solo esperaban su oportunidad para ascender) o los otros sistemas rivales (Cuba desde 1959). ¿Cómo es posible, entonces, que sus bien alimentados, vacunados y estudiados hijos, que nacieron entre finales de los sesenta y mediados de los ochenta, la llamada Generación X, se desinteresaran tanto por la política y por lo social hasta que se les vino encima como un ferrocarril?

Tal vez porque no les informaron esto, porque no sabían su propia historia, porque estuvieron demasiado tiempo bailando música en inglés y al final se creyeron muchachos de Nueva York (o de Miami). Descontemos algunas variables que justifican la «antipolítica», como el desprestigio de los partidos, en la medida en que se fueron vaciando de ideología, cayendo en la corrupción y fosilizando sus estructuras; y de todos modos nos encontraremos con una generación que asumía como normales conquistas que en realidad eran excepcionales, tanto en la historia venezolana como en la del resto de la región; una generación que, con cierta arrogancia de nuevo rico, fue poco agradecida por las facilidades que el sistema había concedido, cosa especialmente crasa en el caso de los hijos de inmigrantes, e insensible ante los problemas de los que no habían corrido su suerte (y de los que muchos se burlaban como monos o niches); y que, con los bailes y las modas, también copió la despolitización que experimentaron las juventudes de las sociedades occidentales y democráticas en las décadas de los ochenta y noventa, donde todo parecía ya resuelto. Además, la antipolítica se convirtió en ideología, promovida por intelectuales, académicos, empresarios y medios de comunicación; y frente al desprestigio, en gran medida merecido, de los partidos, se vislumbraba como una opción razonable, aunque tal vez un poco, digamos, presumida −y lo subrayamos, porque se trata de un aspecto que consideramos central, como veremos−, en boca de quienes no tenían idea de lo que implicaba la administración pública, la estabilidad de un sistema de libertades y la coordinación de sectores a veces contrapuestos en la sociedad. La caída del Muro de Berlín fue entendida también como la de las ideologías y las utopías, lo que tuvo mucho de bueno, pero también de malo, al apartar cualquier mirada trascendente de los debates. Una generación, en suma, propia de los días en los que las girls just want to have fun (lo mismo podría decirse de los chicos) o, peor, de aquellos en los que se pedía que «los políticos fueran paralíticos».

Por lo tanto no es de extrañar que segmentos de la población con este perfil no tuvieran respuestas claras cuando el modelo rentista entró en crisis e hizo insostenibles sus estándares de vida; o cuando el sistema político, casi de manera consecuente, colapsó. Tampoco que una de las generaciones mejor formadas de nuestra historia, en la que se invirtió como en ninguna otra (al menos sus miembros más viejos, porque la cosa cambia en la medida en que la fecha de nacimiento se acerca), simplemente no estuviera en la capacidad de hacerse con el liderazgo del país y de moldearlo según sus valores, como se espera de una élite. Es decir, de una élite que quisiera algo más que divertirse. Dentro de todas las calamidades que hay detrás de esta situación que nos hace salir corriendo del país, hay una de carácter sociohistórico que no puede eludirse: el fracaso −acaso momentáneo, en gran medida parcial− de una clase social para imponer un orden ajustado a sus valores. A veces en los procesos históricos hay clases perdedoras (v.g. los mantuanos en la Independencia). Eso no significa que aquello por lo que lucharon haya sido necesariamente equivocado; solo significa que no lo pudieron alcanzar, por las razones que sean: por ejemplo, por no haberse ocupado de la política o por llamar monos a los demás, o haber sido tan presumida para creerse más segura y capaz de lo que realmente fue o de merecerse cosas que no estaba en condiciones de conquistar por su propia cuenta.

Lo anterior ayuda a explicar el fenómeno del día de hoy, pero nos despista cuando tratamos de entenderlo en una escala más amplia como parte, por ejemplo, de procesos socioculturales que vienen de bastante más atrás.