La era de la traducción - Antoine Berman - E-Book

La era de la traducción E-Book

Antoine Berman

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Beschreibung

Antoine Berman consigue recuperar en este libro el misticismo y la fuerza simbólica de uno de los textos fundamentales sobre traducción del siglo XX: "La tarea del traductor" de Walter Benjamin. Bajo su óptica, el comentario lejos está de ser una explicación servil y parafraseadora del texto y se vuelve una reivindicación del acto de traducir como espacio de análisis, interpretación y reflexión propia. ¿Por qué otorgar tanta importancia a lo que se quiere decir? ¿Por qué fagocitar los textos en lengua extranjera en pos de una supuesta claridad? ¿No sería más sensato dejar oír su música, su ritmo, incluso sus rispideces?

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Desde hace algunas décadas se ha intensificado y enriquecido la reflexión en torno al traductor y su trabajo superando la idea histórica de que el texto traducido era copia fiel del original.

Mediante esta colección ofrecemos a los investigadores y estudiosos un espacio en español que se suma a dicha discusión en tres grandes vertientes: el quehacer del traductor hoy en día, la historia de la traducción y de sus concepciones y textos traductológicos importantes escritos en otras lenguas.

Otros títulos de esta Colección

1. Traducción, identidad y nacionalismo en Latinoamérica

Nayelli Castro Ramírez

(coordinadora)

2. Leer, traducir, reescribir

Nair María Anaya Ferreira

(coordinadora)

Título original:

L’ Âge de la traduction “La tâche du traducteur” de Walter Benjamin, un commentaire.

Los derechos exclusivos de la presente edición quedan reservados para todos los países de habla hispana. Queda prohibida su reproducción, parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse sin el consentimiento por escrito de los legítimos poseedores de derechos.

© 2008, PUV Éditions, Paris.

© 2008, Antoine Berman

© de la traducción: Eugenio López Arriazu

© 2016, Bonilla Artigas editores S. A. de C.V.Cerro Tres Marías # 354Col. Campestre Churubusco, C. P. 04200Ciudad de Mé[email protected]

ISBN: 978-607-8450-51-0

ISBN ePub: 978-607-8450-93-0

© 2016, Dedalus Editores

Paraguay 3034 3º D, Buenos Aires, Argentina.

www.dedaluseditores.com.ar

Coordinación editorial: Bonilla Artigas Editores

Diseño editorial: Saúl Marcos Castillejos

Diseño de portada: Teresita Rodríguez Love

Hecho en México

Contenido

Contenido

Nota del traductor

Nota de la edición francesa

Mis seminarios en el “Colegio”

La era de la traducciónApertura

Cuaderno 1

La metafísica del lenguaje

Cinco características del pensamiento de Benjamin

Benjamin traductor

“La tarea del traductor”: un prólogo

El comentario

Cuaderno 2

Cuaderno 3

Cuaderno 4

Cuaderno 5

Cuaderno 6

Cuaderno 7

Cuaderno 8

Cuaderno 9

Cuaderno 10

Sobre el autor

Nota del traductor

El texto de Berman presenta ciertos problemas particulares al traductor. Hemos dejado en el original las citas que no estaban en francés, pero decidimos traducir las citas de la traducción de Gandillac y las del propio Berman. Con esto corríamos el riesgo de que una traducción derivada (del alemán al francés y de allí al español) nos alejara del original alemán en un grado superior al que lo hacían las traducciones que nosotros traducíamos, lo que podía afectar el sentido del comentario de Berman. Para evitarlo, tuvimos en cuenta para nuestra traducción el texto original en alemán en simultáneo con el texto francés. En caso de no poder reproducir en español los problemas que discute Berman de la traducción al francés del texto alemán, se lo aclara en pie de página.

El lector notará que hay notas a pie de página que aclaran si una cita es traducción de Berman o de Gandillac. Por razones de comodidad, las notas dicen “traducción de Berman” o “traducción de Gandillac” donde debería leerse “Traducido de la traducción de…”.

Las notas sin corchetes son de Berman, las que están entre corchetes sin aclaración pertenecen al editor francés, las nuestras van entre corchetes con la leyenda N. del T. Las aclaraciones entre corchetes incluidas en el texto de Berman son todas del traductor.

Nota de la edición francesa

Desde su fundación, Antoine Berman llevó adelante en el Colegio Internacional de Filosofía una dirección de programas en cuyo marco dictó cierto número de seminarios.

Ésta es la primera publicación de un seminario de Antoine que no revisó ni preparó personalmente para la edición. Él quería que el seminario sobre Benjamin se convirtiera en libro (como lo testimonian en sus cuadernos varias versiones escritas del comienzo), pero siempre lo postergaba. Puesto que es la primera tentativa de una publicación de esta naturaleza –sin el auxilio del autor–, debemos darnos algunas explicaciones. De entrada, una “edición de archivo” no resultaba satisfactoria. Tampoco podía ser cuestión de rewriting ni de “peinado”. El trabajo por hacer consistiría en leer y releer los borradores, tantas veces como fuere necesario, y por así decirlo, pasivamente, hasta que se “descubrieran”, hasta que la escritura se afirmara, en su densidad extrema, sin dejar a su vez de permanecer anudada, en la superficie, a los términos persistentes, a las reanudaciones, a las repeticiones necesarias.

La edición de este manuscrito ha sentado, si no los principios, al menos las bases para las publicaciones futuras de los seminarios inéditos.

Disponíamos al comienzo de cuadernos en los que Antoine preparaba las sesiones del seminario, y de grabaciones, brindadas generosamente por Wladimir Granoff, de la casi totalidad de las sesiones. ¿Había que partir de lo escrito, o de lo oral? ¿Había que tratar lo escrito y lo oral en conjunto? Michel Deguy me aconsejó partir de lo escrito, cosa que hice. No obstante, subsistía la cuestión de la naturaleza del carácter “oral” del texto escrito. La escritura de los cuadernos, en apariencia precipitada y destinada a la transmisión oral, no producía sin embargo un “texto oral”. Interpelaciones al público, resúmenes de las “sesiones anteriores”, expresiones familiares, no eran realmente significativas. La escritura se imponía. Pero en ella la oralidad resonaba “sin tensión e incluso en silencio”, bajo la forma de una oralidad deseada.

Durante años, la puesta a punto del manuscrito avanzó con lentitud. Algunos amigos sumaron su contribución. Valentina Sommella, tras llegar de Nápoles, golpeó un día a mi puerta. Fue gracias a la experiencia por fin concertada de un trabajo común, gracias a su alegría de vivir, a su inteligencia, que La era de la traducción pudo encontrar su forma definitiva para la edición y llegar a manos de quienes la esperaban.

Con Valentina dejamos para el final la escucha de las grabaciones de las sesiones del seminario. Esperábamos encontrar en ellas una gran proximidad con el texto escrito. Esta proximidad existía, y sin embargo cada vez nos sorprendía más su radical diferencia.

Así se impuso el proyecto de permitir el acceso a los dos “textos”: gracias a la presente edición por un lado, gracias a la difusión informática de las grabaciones por el otro.

El orden de publicación de las obras de Antoine Berman no ha seguido la cronología de su escritura pero instaura otro tiempo. El comentario que publicamos está enriquecido hoy por la lectura de su última obra sobre John Donne, basada en un enfoque crítico similar.

Algunas precisiones adicionales. El título La era de la traducción ha sido extraído del texto. Antoine Berman sólo emplea subtítulos en la primera parte del seminario. Probablemente los habría agregado, pero hemos dejado las cosas en ese estado para respetar el ritmo cada vez más atrapante del comentario. Hemos decidido igualmente dividir lo que sigue no en “sesiones”, ni en “capítulos”, sino en “cuadernos”. Las ediciones recientes de las obras citadas y todo agregado en las notas están puestos entre corchetes.

Agradezco al Centro Nacional del Libro por su ayuda financiera.

Agradezco a Claire Miquel, así como a Marie-Geneviève Freyssenet, Jonas Tophoven y Marc Berdet por su ayuda.

Gracias a los miembros fundadores de la Asociación Antoine Berman: las tareas de la traducción y más particularmente, por esta obra, a Jean-Michel Rey, quien acerca este texto a los lectores.

Señalemos por último que Martine Broda realizó y publicó una retraducción de “La tarea del traductor” en Po&sie (nº55, 1991). Martine Broda había asistido al seminario de Antoine y se inspira en él.

Isabelle Berman

París, agosto de 2008

Mis seminarios en el “Colegio”

Por Antoine Berman

De 1984 a 1989 di regularmente seminarios de traductología en el Colegio Internacional de Filosofía […]. [Los] seminarios del Colegio […] están estrechamente ligados a mi trabajo de investigación y de escritura. Como todos los otros seminarios dados en esta institución, estaban destinados a un público de oyentes libres (estudiantes diversos, traductores, investigadores, psicoanalistas, semiólogos, etcétera) sin orientación hacia una formación específica (diplomada o no). Los temas abordados durante estos cinco años fueron los siguientes:

– la noción de literalidad en traducción (invierno 1984);

– traducción, lengua materna, lengua extranjera (primavera 1984);

– filosofía y traducción (comentario de “La tarea del traductor” de Walter Benjamin) (invierno 1984-1985);

– la falencia de la traducción (primavera 1986);

– historia de la traducción en Francia (primavera 1987);

– la Babel traductiva: traducción especializada y traducción literaria (primavera 1988);

– comentario de traducciones de John Donne y Friedrich Hölderlin (primavera 1989).

Antes de dilucidar la lógica propia de esta serie de seminarios, hay que precisar que ésta formaba parte del programa “traducción” del Colegio, del que yo era director; que este programa, conforme a la voluntad de sus principales fundadores, François Châtelet, Jacques Derrida y Jean-Pierre Faye, ocupaba de cierto modo para el Colegio Internacional de Filosofía un lugar central, o en todo caso privilegiado, como lo atestigua un documento oficial del Colegio publicado hacia 1988:

La política internacional del Colegio se desarrolla alrededor de tres tipos de problemáticas: la tradición, la traducción, la comunicación. ¿Cómo interpretar la diferenciación continuamente reiterada, el carácter local de los dispositivos de reconocimiento de problemas? ¿Habría un polimorfismo de la verdad? La traducción y la traducibilidad son también un eje privilegiado, tanto teórico como práctico.

Estas líneas sintéticas, por lo demás, quizás eran eco de un informe que en 1987 yo había dirigido a las “autoridades” del Colegio, un informe que retomaba las reflexiones esbozadas en La prueba del extranjero en 1984:

Entre todos los programas del Colegio Internacional de Filosofía, el programa “traducción” tiene un estatuto particular. Este estatuto particular reside primero en lo siguiente, en que los otros programas (y sus seminarios correspondientes), fuere cual fuere su temática, se ven afectados por él: en todos los casos, en un momento o en otro, el trabajo de reflexión se topa con el “problema” de la traducción de ciertos textos.

No obstante, la importancia de la traducción para el Colegio reside más profundamente en lo siguiente, en que los diferentes saberes o actividades tomados en consideración (trátese de saberes que por otro lado tengan una forma institucional, como la filosofía, el psicoanálisis, las ciencias, el derecho, la literatura y la crítica literaria, o de interciencias cuyo único lugar de existencia es el Colegio) todos se enfrentan a la traducción como problema. Tomemos los casos, más fáciles de abordar, de los saberes y actividades que ya tienen un nombre y un estatuto en nuestra sociedad.

Para la filosofía, en primer lugar, la traducción se ha convertido actualmente en una cuestión central donde lo que está en juego es ella misma y su propio “devenir”. Ello se ve, primero, en ciertas obras filosóficas mayores, trátese de Benjamin, de Heidegger, de Wittgenstein, de Quine, de Derrida o de Michel Serres. En tanto la filosofía “moderna” se presenta como una reflexión (de por sí sumamente múltiple) sobre el lenguaje y las lenguas, se enfrenta imperiosamente con el problema de la traducción. En tanto se presenta como reflexión sobre la tradición y su historia, lo enfrenta con no menos necesidad. En tanto descubre, poco a poco, que está constituida por la “transmisión” de sus categorías fundamentales, por la transferencia de las Grundwörter, de las palabras fundamentales del pensamiento griego del griego al latín, luego del latín a las lenguas modernas, se enfrenta igualmente con la traducción como tradición (problemática). En tanto se revela dividida en tradiciones lingüísticas y culturales muy diferentes en el seno mismo del espacio occidental (filosofía alemana, filosofía francesa, filosofía inglesa, etcétera) se enfrenta igualmente (esta vez horizontalmente) con la cuestión de la traducción. En tanto se pregunta por el diálogo con las formas de pensamiento extraeuropeas y no filosóficas (India, Japón, etcétera), se enfrenta una vez más con la traducción. En tanto, por último, está confrontada con la diseminación mundial de sus categorías y de sus textos (hay “filosofía” en América del Norte, en América latina, en China, en África, etcétera), también la enfrenta. Tales parecen ser, enumeradas muy bastamente, las seis dimensiones reconocibles en las que la filosofía debe enfrentarse a la traducción como destino actual.

Desde el comienzo, la traducción no ha sido menos esencial para la reflexión del Colegio sobre la ciencia y las tecnologías […].

En cuanto al psicoanálisis, se sabe que, por un lado, desde La interpretación de los sueños el concepto de traducción ha funcionado en su corpus como un concepto central. Basta ver la cantidad de artículos, de números especiales de revistas, de coloquios y de mesas redondas dedicados por los psicoanalistas a la traducción para darse cuenta de que, para ellos, “traducir” constituye un asunto más que candente.

Para la literatura (y, correlativamente, para la “crítica literaria”), la cuestión de la traducción no es menos esencial, y ello tanto más cuanto desde el Romanticismo alemán hasta Proust, Valéry, Pasternak, Roa Bastos, etcétera, ésta se ha postulado explícitamente como un acto de traducción.

En fin, toda reflexión sobre el derecho, en tanto aborde ya sea la historia de éste (y por lo tanto su transmisión), ya sea la pluralidad de los sistemas de pensamiento jurídicos existentes, se enfrenta también por fuerza a la cuestión de la traducción.

Los seminarios dictados de 1984 a 1989 en el Colegio Internacional de Filosofía buscan corresponderse, aunque sea de modo parcial, con toda esta problemática. Al mismo tiempo, siguen su propio camino.

El primero busca explicitar lo que, de hecho, había constituido el presupuesto no cuestionado de mi propia actividad de traductor: que traducir era, ante todo, y, en esencia, un “trabajo sobre la letra”. En este seminario, el concepto de “literalidad” fue abordado a partir del análisis de grandes traducciones históricas, como el Sófocles de Hölderlin, el Milton de Chateaubriand y la Eneida de Klossowski.

El segundo seminario indagó sobre las nociones de “lengua materna” y de “lengua extranjera” en sus relaciones con la traducción. Fueron así estudiadas las representaciones de la lengua materna y de la traducción en Dante, Nebrija, Du Bellay, Grimm, Schleiermacher; se abordaron, además, fenómenos históricos desconcertantes tales como el polilingüismo del Renacimiento y del comienzo de la Época Clásica, la autotraducción y la práctica de la “variante” en los siglos XVI y XVII, etcétera.

El tercer seminario fue dedicado esencialmente al comentario de un texto mayor sobre la traducción, “La tarea del traductor”, de Benjamin, comentario hecho a la vez sobre el original alemán y sobre la versión francesa entonces existente (la de Maurice de Gandillac). Este seminario fue muy rico en enseñanzas, pues el comentario, en tanto modo tradicional de explicitación de los textos, es igualmente un “trabajo sobre la letra” muy próximo a la traducción. Éste permite un análisis micrológico de un texto traducido que tiene un impacto pedagógico considerable. Pero durante el seminario se halló un fenómeno imprevisto que provocó el asombro de todos los participantes: la traducción de Benjamin, si bien realizada por un filósofo germanista experimentado (autor, entre otras, de traducciones de Maître Eckart, de Novalis…), presentaba “defectos” inexplicables: olvidos de frases esenciales, contrasentidos que bordeaban el lapsus, fallas o rupturas terminológicas, palabras extranjeras naturalizadas dentro del texto, citas reescritas, y otras fallas desconcertantes. ¿De dónde venían estas fallas que nos inquietaban a medida que las encontrábamos en el transcurso del comentario? Por cierto no de la incompetencia del traductor, sino más bien, parece, de su psiquis. ¿Qué era lo que, en el acto de traducir, impedía su realización?

Esas fueron las cuestiones que abrieron un cuarto seminario sobre la “falencia” de la traducción, que aspiraba de hecho a desarrollar una analítica del sujeto traductor. Sólo aspiraba, porque es como si una bruma impenetrable sobrevolara sobre toda reflexión relativa a la subjetividad del traductor.

El quinto seminario tuvo por tema el origen y nacimiento de la traducción en Francia, y estudió las obras de dos grandes “padres fundadores”, Nicole Oresme en el siglo XIV y Jacques Amyot en el siglo XVI.

El sexto seminario, llamado inicialmente “la Babel traductiva”, confrontó (y opuso) la traducción especializada y la traducción literaria. Dentro de este marco se analizó ampliamente la traducción de libros infantiles (cuentos de Grimm en las versiones de Armel Guerne y de Marthe Robert).

El séptimo y último seminario comentó dos “poemas de amor”, uno de John Donne, “Going to Bed”, el otro de Hölderlin, “Wenn aus der Ferne…” confrontando los originales con versiones francesas y una versión española (para Donne).

Con este último trabajo de comentario se cumplió para mí este ciclo de seminarios en el Colegio.

Texto inédito.

Drôme, abril de 1991.

La era de la traducciónApertura

Cuaderno 1

El presente seminario pretende realizar un comentario de “La tarea del traductor”1 de Walter Benjamin. Consideramos este texto como el texto central del siglo XX sobre la traducción. Quizás cada siglo solo produzca un texto de este género: un texto insuperable, del que debe partir cualquier otra meditación sobre la traducción, aunque más no sea para levantarse contra él.2 En el caso de Benjamin, se trata de un texto en el que confluyen experiencias muy variadas de la traducción: la de la Biblia, las del Romanticismo alemán (A. W. Schlegel y Tieck), las de Goethe, de Hölderlin y de Stefan George. De hecho, toda la experiencia alemana de la traducción confluye en “La tarea del traductor”. Cerca de la misma época Rosenzweig y Schadewaldt escriben sobre la traducción y se esfuerzan a su vez por aunar la misma experiencia. Pero aunque haya pasado casi inadvertido en su momento, el texto de Benjamin es más “radical” que los de ellos.

En un artículo publicado en Littoral,3 Michel Cresta hace dos observaciones esenciales a su criterio. Primero, que “La tarea del traductor” sólo es accesible según el modo del comentario.4 Que el texto de Benjamin sólo se abra a un comentario es un punto fundamental. No es de ningún modo indiferente que un texto sobre la traducción exija, para aclararse, un abordaje semejante.

¿Por qué?

Porque hay un lazo de fondo entre traducción y comentario que se remonta (sin limitarse a ello) a la tradición filosófica y teológica (o religiosa). Todo comentario de un texto extranjero conlleva un trabajo de traducción. En última instancia, es traducción. De modo inverso, toda traducción conlleva un elemento de comentario, como se puede ver con las “traslaciones” medievales. La versión que Proust hizo de Ruskin5 nos brinda un bello ejemplo de traducción y de comentario entrelazados; en ella el texto traducido viene acompañado, página tras página, de observaciones de todo tipo. Este trabajo de Proust (por lo demás uno de los más subjetivos) nos recuerda algo que casi habíamos olvidado.

La autonomización del discurso “crítico” ha roto ese viejo lazo entre la traducción y el comentario, y nos parece apropiado reinstaurarlo. Es lo que sucede en Francia con ciertas traducciones de Freud: pienso en el trabajo de W. Granoff y J. M. Rey en L’Occulte, objet de la pensée freudienne6 en donde el relevo de la traducción por el comentario está admirablemente tematizado. No se ve por qué este entrelazamiento radical del comentario y la traducción no se extendería a las obras poéticas y literarias –en tanto ellas lo autoricen–.7

Volvamos a Benjamin: para nosotros el hecho de que su ensayo sólo se abra a un comentario señala de manera indirecta el lugar entre comentario y traducción. De este lazo inmemorial, y ligado a lo inmemorial, Benjamin habló en Sentido único:

Kommentar und Übersetzung verhalten sich zum Text wie Stil und Mimesis zur Natur: dasselbe Phänomen unter verschiedenen Betrachtungsweisen. Am Baum des heiligens Textes sind Beide nur die ewig rauschenden Blätter, am Baum des profanen die rechtzeitig fallenden Früchte.

El comentario y la traducción tienen con el texto las mismas relaciones que el estilo y la mímesis con la naturaleza: el mismo fenómeno considerado de manera diferente. Sobre el árbol del texto sagrado, ambas son sólo las hojas que susurran eternamente; sobre el árbol del texto profano, los frutos que caen cuando llega el momento (rechtzeitig).8

Si lo que acabamos de decir del comentario es pertinente, se sigue –lo que nos remite a la segunda observación de Cresta– que todo comentario de un texto extranjero no puede existir sino a partir del original, de la obra-en-su-lengua.

Sí, no podría haber comentario autorizado de un texto traducido. No sólo porque ese texto no sería “fiable”, sino porque el comentario se despliega en la dimensión de la traducción: juega simultáneamente sobre el esclarecimiento del original y sobre su traducción “pieza por pieza” conforme se desarrolla. Cada “explicación” de palabra, de frase, de giro es simultáneamente su traducción. Comentar un texto traducido (caso frecuente) es moverse dentro del exclusivo terreno del sentido, mientras que por naturaleza el comentario es comentario-de-la-letra. En el texto traducido, la relación del sentido con la letra es tal que no permite un comentario de la letra, sino sólo un análisis del sentido. Puesto que el texto de una traducción no es una “letra”, no puede existir stricto sensu comentario de una traducción. El dogmatismo de estas afirmaciones se atenuará a medida que “penetremos” “La tarea del traductor”.

Puede haber, sin embargo, un comentario del original que esté acompañado de un análisis de su traducción o de sus traducciones. Este modo de comentario, para un texto extranjero, es incluso el más fecundo. Es más abierto, porque abre el texto a quienes no conocen la lengua del original. Es más radical, y por varios motivos. Al trabajar sobre el original y sobre su traducción, brinda acceso a la vez a la lengua del original –del modo en que poesía y pensamiento se despliegan en él– y al propio trabajo traductivo. Porque aquí el comentario se desdobla: se vuelve comentario del original (de su letra) y análisis de su traducción (de la manera en que la letra del original ha sido transmitida). Luego, inexorablemente, se ve forzado a re-traducir o más bien a traducir bajo el modo de la re-traducción, es decir, bajo el modo más crítico, el más acabado de la traducción. Mejor aún: el hecho de tratar con el original en su lengua y en otra lengua permite aclarar el texto de manera múltiple y acercar el comentario a su esencia traductiva.

Hay una primera traducción francesa de “La tarea del traductor”: la de Maurice Gandillac, introductor de Benjamin en Francia. Se dice por lo general que es “mala”. Nosotros diremos, y volveremos a decir, que presenta las falencias estructurales de toda primera traducción. Cresta dice muy bien: “Estos textos capitales [de Benjamin] están mal traducidos, o al menos merecerían ser traducidos de nuevo (lo que no es lo mismo en absoluto)”.9

No, no es lo mismo, y esto es capital para una reflexión sobre la traducción. No menos capital es el reconocimiento que le debemos a Maurice de Gandillac y al don que nos hizo en los años sesenta.10

Nosotros trabajaremos con el texto alemán y con la versión de Gandillac. Así, nuestra reflexión sobre un texto dedicado a la traducción estará acompañada de un trabajo de retraducción de dicho texto. Este trabajo permanecerá sin embargo por debajo de las exigencias propias de una verdadera retraducción.

No he definido qué es un comentario. Dicha “definición” se dará por sí sola en el curso del comentario. De hecho, al ser todo comentario un comentario de un comentario, su esencia se transparentará poco a poco.

Tampoco era una cuestión de “metodología”, precisamente porque las cuestiones de método son ajenas al comentario. Debería surgir progresivamente que este tipo de relación con un texto tiene sus “leyes”, tan rigurosas y restrictivas como las de cualquier “método”, incluso más.

Sea como fuere, este comentario tiene sus modelos, o al menos sus fuentes de inspiración. Los comentarios de Alain, de Michel Alexandre, de Heidegger, de Romano Guardini, de Levinas, de Derrida, todos por cierto diferentes unos de otros, prácticamente no habrían de abandonarme cuando me lancé a esta tentativa.

Pero más que estas lecturas, tan decisivas en el curso de los años, habría de importar el pasaje de Sentido único ya citado, y que voy a citar de nuevo, porque domina, con cada una de sus frases, el comentario de “La tarea del traductor”:

El comentario y la traducción tienen con el texto las mismas relaciones que el estilo y la mímesis con la naturaleza: el mismo fenómeno considerado de manera diferente. Sobre el árbol del texto sagrado, ambas son sólo las hojas que susurran eternamente; sobre el árbol del texto profano, los frutos que caen llegado el momento.

¿Por qué este texto ha resonado en mí con tanta intensidad? Poco importa la respuesta. Sólo deseamos que nuestro enfoque de “La tarea del traductor” sea rechtzeitig.

Abordaremos “La tarea del traductor” con una serie de reflexiones preliminares. Las primeras conciernen a ciertas características del pensamiento, del modo de pensar, de Benjamin; las segundas, al lugar de la traducción en la vida y obra de dicho autor.

La metafísica del lenguaje

Además de la lectura de “La tarea del traductor”, nuestro comentario presupone la de otros dos textos de Benjamin: “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje humano”11 y “Sobre la facultad mimética”.12 Conviene igualmente leer los dos tomos de su Correspondencia.13 Aunque para la interpretación de “La tarea del traductor” sea deseable el conocimiento de la totalidad de los escritos de Benjamin, la lectura de estos textos brinda un punto de partida sólido. Allí está lo esencial de lo que el autor ha escrito sobre el lenguaje y la traducción.

A ojos de Benjamin, “La tarea del traductor” pertenecía a un conjunto más vasto, a una “metafísica del lenguaje” en la que el concepto de traducción ocuparía una posición central –más central que en las filosofías tradicionales del lenguaje–. En cierto modo, este concepto viene a reemplazar a aquel –vilipendiado por Benjamin– de “comunicación”. Esta metafísica del lenguaje subyace en todos sus escritos de comienzo a fin, pero Benjamin nunca la desarrolló sistemáticamente. Preside sin embargo la escritura de “La tarea del traductor”, lo que explica la extrema importancia que el autor atribuía a este texto. En una carta a su amigo Scholem, escribe: “Pero se trata aquí de un tema que para mí ocupa una posición tan central que todavía ignoro si, en la fase actual de mi pensamiento, puedo desarrollarlo con libertad suficiente, suponiendo que logre explicitarlo en su generalidad”.14

La metafísica del lenguaje de Benjamin está fundada sobre un credo que una vez formuló a Hofmannsthal de este modo: “[…] toda verdad tiene su morada, su palacio ancestral en la lengua [Sprache]”.15

Este credo remite a su vez a un postulado más fundamental, nunca tematizado como tal por Benjamin: que la lengua es ante todo una “morada”, un “palacio ancestral”. En nombre de este postulado, Benjamin critica una teoría de la lengua que hace de ella un simple medio de comunicación o un simple sistema de signos. Si el lenguaje es “morada”, no es ni medio con vistas a… ni instrumento. Benjamin lo ha expresado también de otro modo, al decir que la lengua es un “medio”, un ambiente. El lenguaje es el ambiente de todas las comunicaciones, pero no es comunicación en sí mismo. Este medio no es indiferenciado: contiene “zonas” más o menos densas, y el pasaje de una zona menos densa a una zona más densa es la traducción.

En la imagen de la “morada” no es difícil reconocer la metáfora primordial del lenguaje que recorre toda la tradición alemana, de Lutero a Grimm y Heidegger. Para Benjamin, como para esta tradición, la lengua no puede aparecer sino como “morada”. E incluso como la “morada”.16

En verdad, Benjamin retoma la problemática del lenguaje tal como la había planteado Hamann en el siglo XVIII frente a Kant: la “razón pura” que es el dominio temático propio de este filósofo echa raíces en la lengua y sus formas. Decía Hamann: “Lenguaje, padre de razón, y revelación, su alfa y su omega”.17