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El escribir, según los diálogos platónicos, no pasa de ser una diversión. La escritura, accidente del lenguaje, pudo o no haber sido: el lenguaje existe sin ella. Pero la escritura, al dar fijeza a la fluidez del lenguaje, funda una de las bases indispensables a la civilización. De estas ideas parte Alfonso Reyes para después ampliar, en un extenso arco de temas, el alcance del libro. La experiencia literaria recoge en forma amena y precisa las inquietudes del gran autor mexicano en el terreno de las letras; sin embargo, no escapan a su atención motivos como el folklore, la crítica o la psicología. La erudición va de la mano del buen humor en esta obra, en la que Reyes forjó uno de sus mejores libros y algunas de sus concepciones más perfectas y acabadas.
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Seitenzahl: 350
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959) fue un eminente polígrafo mexicano que cultivó, entre otros géneros, el ensayo, la crítica literaria, la narrativa y la poesía. Hacia la primera década del siglo XX fundó con otros escritores y artistas el Ateneo de la Juventud. Fue presidente de La Casa de España en México, fundador de El Colegio Nacional y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1945 recibió el Premio Nacional de Literatura. De su autoría, el FCE ha publicado en libro electrónico El deslinde, La experiencia literaria, Historia de un siglo y Retratos reales e imaginarios, entre otros.
COLECCIÓN POPULAR LA EXPERIENCIA LITERARIA
Primera edición, Editorial Losada, 1942 Primera edición, FCE (Letras Mexicanas), 1962 Tercera edición (Colección Popular), 1983 Primera edición en libro electrónico, 2018
D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-5618-6 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Hermes o de la comunicación humana
Marsyas o del tema popular
Apolo o de la literatura
Jacob o idea de la poesía
Aristarco o anatomía de la crítica
De la biografía
La biografía oculta
Detrás de los libros
El revés de un párrafo
El revés de una metáfora
Teoría de la antología
De la traducción
Categorías de la lectura
Aduana lingüística
Sobre la crítica de los textos
Escritores e impresores
Las jitanjáforas
Perennidad de la poesía
Los ensayos de este libro, escritos separadamente, en diversas épocas, y a veces refundidos varios años después de su primera redacción, tratan materias afines y aun cruzan en distintas direcciones los mismos terrenos. He creído inútil hacer referencias de unos a otros. Aspiran todos a servir de señales para algún futuro itinerario.
A. R.
[1941]
El escribir, según los diálogos platónicos, no pasa de ser una diversión. La escritura, accidente del lenguaje, pudo o no haber sido: el lenguaje existe sin ella. Pero la escritura, al dar fijeza a la fluidez del lenguaje, funda una de las bases indispensables a la verdadera civilización. Al menos, lo que nosotros entendemos por tal. Cierta dosis de conservación en las cosas nos parece una cláusula sine qua non para aceptar el contrato de la existencia. No quiere esto decir que sea inconcebible un apetito de lo efímero. En Bali, las industrias parecen calculadas para producir artículos de corta duración, en cuya constante mutabilidad reside el encanto. Ya el fenómeno de la moda, tan característico de las sociedades evolucionadas, nos está diciendo que también la mudanza es un aliciente de la vida. A medida que las clases modestas alcanzan la moda, la moda deja de ser moda. La clase superior, que la creó, la sustituye entonces por otra, en un maratón desenfrenado. Pero las fuerzas que vehiculan el cambio persisten en su afán y sentido. De suerte que aquí, como en la herencia, la unidad y la variación juegan en campo repartido; aquélla para lo esencial, para lo que no debe olvidarse; ésta para lo que, pasajero en sí mismo como la flor, no ha de perpetuarse más allá de naturaleza, sino al contrario, mudarse siempre para mantenerse siempre fragante. Mudarse para mantenerse. Este mantenerse, esto que no debe olvidarse, es la civilización. Y si la Memoria es madre de las Musas, sospechamos que la enfermedad de la memoria dio el ser a otras musas menores, a las que podemos llamar las artes archivológicas. Entre ellas, la escritura.
La palabra —humo de la boca en el jeroglifo chino— quiere deshacerse en el aire; se la lleva el viento. Verba volant, scripta manent. Para que persista la palabra, para que ligue y comprometa la conducta del que la profiere, nació el derecho burocrático que, mientras llegaba el derecho constitucional, por lo menos obligaba al soberano a no desdecirse constantemente. Para que no se pierdan las creaciones de la palabra, los fastos humanos que ella recoge y perpetúa, el museo y la escuela del hombre que ella por sí sola representa, para todos esos fines mágicos se inventó la fijación del lenguaje. Los vocablos que virtualmente han sonado un día quedan cuajados, o tornan al tintero donde Benito IX encerraba aquellos siete espíritus, para volver a sonar más tarde con igual eficacia. Y el navío de Pantagruel, que cruza los mares glaciales en la buena estación, encuentra en el aire las frases que el invierno anterior había guardado congeladas.
Examinemos este proceso, no en la sucesión real de sus etapas —sería punto menos que imposible—, sino mediante una ficción explicativa que nos permita apreciar sus múltiples aspectos, a través de unos cuantos casos ejemplares.
El hombre mudo, anterior al lenguaje, ¿acaso se comunica con sus semejantes mediante cierta radiación que va de una mente a otra, emitida y recibida a través de las antenas nerviosas? Dejémoslo así como metáfora. No establecida aún por la ciencia, esta radiación podría ser semejante a aquella que transmite una orden entre los animales en tropas o bandadas. Ya sabemos que, en cierta medida, estos movimientos conjuntos se explican muchas veces por la invención y la imitación. Un individuo lanza la iniciativa, y los otros no hacen más que seguirlo. Así los retardatarios, las aves que rompen a volar cuando ya sus compañeras se han remontado, las que suele alcanzar aún la escopeta. Pero los gabinetes de observación animal han podido registrar muchos casos en que el movimiento es simultáneo. ¿Reacción unánime ante algún agente exterior? ¿Aviso u orden de un miembro de la banda, comunicación por algún medio imperceptible? Esta comunicación anterior a la palabra sería, para el hombre, el “rayo adánico” de Lacordaire: vestigio, según su doctrina, de los poderes divinos (o angélicos) que el hombre perdió por sus pecados.*
(Singular, en un escritor religioso, el olvidar que, según el Génesis —II, 19-20—, Adán se vio en el trance de inventar nombres para los animales antes de incurrir en el pecado. Para los modernos comentaristas del texto bíblico, aquella tradición no tenía precisamente por fin explicar el origen del lenguaje, sino apartar al catecúmeno del vicio de la bestialidad referido en el Levítico —XVIII, 23—. Los animales que Adán declaró animales, animales serán; “mas para Adán no halló [el Señor] ayuda que estuviere delante de él” [o compañera digna]. De aquí la creación de Eva. Pudo existir la tradición de hombres ayuntados con animales y que venían a producir animales. Los judíos supusieron después que, antes de la expulsión, los animales hablaban, como la misma serpiente. Jehová, pues, nombró las grandes cosas de la creación: cielo, tierra, agua, día, noche, etc.; y dejó a Adán el encargo de nombrar a las bestias de la naturaleza. Punto sobre el cual hubo una célebre controversia en el siglo IV, entre san Basilio y su acusador, Eunomio, con intervención de Gregorio Nacianceno.†
A ese rayo adánico le llamamos hoy telepatía. El lenguaje y todos los medios actuales de comunicación trabajan directamente contra esta facultad animal o primitiva; la van atrofiando en el desuso y, salvo supervivencias excepcionales, acaban por extinguirla. Esclarecido, entre una selva enmarañada de fraude y charlatanería, el hecho de que puede darse la transmisión inmediata del pensamiento —por aquel residuo de evidencia que hizo a William James acercarse con pasión a las investigaciones psíquicas de sus días—, los aficionados a frecuentar estos confines de la ciencia se van inclinando cada vez más a situar la facultad adánica en el pasado y no, como desearíamos, en el porvenir. Es una supervivencia rudimental. En su aspecto receptivo o pasivo, el sujeto del hipnotismo la desarrolla con más facilidad que el hombre en su régimen de vigilia. En este estado subliminar, obran más las experiencias de la raza que las del individuo. El investigador Bennett (Hertford College, Oxford) llega a preguntarse si herencia e instinto, hoy repeticiones automáticas incrustadas en la memoria de la especie, no serán fenómenos de origen telepático, solícitas transmisiones de enseñanzas, cuyo secreto la generación paterna deposita en los centros funcionales de la generación filial.
Entrar en la naturaleza del rayo adánico no nos incumbe. Tendemos a imaginarlo como una energía eléctrica, porque hoy la física nos tiene habituados a ver bajo especie de electricidad toda última aparición de la energía. La electricidad, raíz etimológica. Dejémoslo así como metáfora. Nos basta que Charles Henry, entre otros, deje enunciada la posibilidad de una explicación común para lo psíquico, lo biológico y lo físico, a base de “cuantos” energéticos y conforme a las leyes de la radiación. O, mejor que una explicación (pues en ella quedan intactos los fueros del espíritu), una descripción natural.
No necesitamos, pues, lanzarnos por las avenidas electromagnéticas del pichón viajero de Lajovsky. No necesitamos enfrascarnos en la busca de los “cuerpos sutiles”: efluvios, auras, luz viva. No necesitamos enloquecernos en la cámara de feria del teosofismo, donde los muñecos anatómicos despiden centellas por el gran simpático y llamaradas por el cráneo.
Los sistemas de comunicación van extinguiendo el rayo adánico y, conforme se hacen indispensables como ayuda de la facultad venida a menos, se desarrollan cada vez más. Y nacen los gestos; en general, la mímica. Las abejas se comunican mediante una danza el hallazgo de una nueva fuente melífera. La voz humana, a gritos primero y gradualmente articulada en los órganos bucales, representa la especialización más sublime de la mímica, y la llamada a los más altos destinos. Pero antes de llegar al estilo oral, explica Marcel Jousse, hay que comenzar por la psicología del gesto. El hombre tiende a imitar cuanto ve, con todo su cuerpo, y singularmente con las manos. A pesar de las reglas de la urbanidad, este impulso mímico se abre paso constantemente en el hombre que conversa o perora. Es notorio en el orador, quien, si es de buen estilo, tiene que luchar contra la tendencia a los excesivos ademanes (y hay concertistas que se obligan a cantar con un papel en las manos, para corregir la inclinación mímica). El orador norteamericano suele subrayar sus énfasis con palmadas. El orador entre los gallas, de que habla D’Abbadie, lleva en la mano una correhuela y la hace chascar más o menos para señalar pausas, inflexiones y exclamaciones. Los ademanes, el estilo manual de que el sordomudo usa como de un lenguaje completo, son anteriores, en teoría, al estilo oral, y nunca lo abandonarán del todo. De los signos manuales proceden los signos numéricos romanos y los llamados arábigos. El ademán hasta ofrece singularidades nacionales y regionales. El cine norteamericano ha difundido, con intención humorística, los gestos del italiano y del judío. En su Guía de México, Terry describe un conjunto de ademanes con que el pueblo mexicano matiza y aun contrarresta el efecto de sus palabras. Así también la “pontinha” brasileña, que acentúa la excelencia de una cosa pellizcando el lóbulo de la oreja. Así el molinete del pulgar con que el argentino pone en duda lo mismo que está afirmando. Los gestos injuriosos sustituyen, como un eufemismo, a la palabra soez: el palmo de narices, el “corte de manga” español, el “violín” mexicano; hasta ciertos silbidos especiales y ciertos toques con la trompa del auto. A cada objeto, por su rasgo más saliente, el hombre atribuye un gesto estable, lo imita como puede, y esta imitación viene a ser el nombre gestual de aquel objeto. De aquí, según Jousse, se llega al gesto proposicional: el volante (el pájaro) devora al nadante (el pez). Por igual proceso se llega a la danza ritual, agrícola, que propicia e invoca los fenómenos naturales del sol, la lluvia, el brote. La expresión, concreta en la mímica, lo sigue siendo en la palabra. La idea es abstracta; la palabra nace concreta. Por un juego cada vez más complicado de signos visibles, se llega a simbolizar un poco de lo invisible que el hombre lleva adentro del alma. La serie de sombras chinescas que este hombre mímico proyecta sobre un muro ideal nos darían entonces el primer jeroglifo, el mimograma. El estilo manual debió de ser muy rico en su hora. Si tal estilo comenzó ya a absorber las virtudes del rayo adánico, tal estilo será a su vez absorbido por la fuerza imperial del estilo por excelencia: el estilo oral, el lenguaje.
Sobre tales extremos, recuérdense las etapas teóricas anteriores al lenguaje según Giambattista Vico: primero, “señas y cuerpos”; después, “empresas heroicas”: semejanzas, comparaciones, imágenes, metáforas y descripciones naturales. Henri Berr, refiriéndose al “homo faber” y al hombre de cultura, al progreso de la lógica práctica y de la lógica mental, decía: “La mano, el lenguaje: he aquí la humanidad”. Y he aquí ahora, que la mano ha sido también lenguaje y, en cierta medida, sigue siéndolo.1
La palabra, gesto del aparato laringo-bucal. Se comienza por un sonido que acompaña a algunos ademanes. No necesariamente una onomatopeya, sino un simple apoyo auditivo del movimiento. Hasta que, por hábito, cada gesto se asocia a un sonido. Aquí entran, como decía Gracián, “aquellos dos criados del alma, el uno de traer y el otro de llevar recados: el oír y el hablar”. El sonido, menos costoso que el movimiento, acaba por predominar. De aquí las “raíces”. Las faces del gesto proposicional, transportadas ya al habla, tienden a fundirse en un conglomerado; de donde las “flexiones” y “declinaciones”. El primer balanceo o paralelismo del gesto proposicional se vuelca en el habla, determinando las unidades fónicas del discurso, los grupos de sentido lógico que forman conjuntos melódicos. La métrica de Paul Claudel —el versículo, en suma— se funda en ellos, y sólo se diferencia de la prosa por cuanto aquí Monsieur Jourdain tiene conciencia de lo que hace, y obliga a su prosa a revelar más acentuadamente su primitivo carácter rítmico.‡ Igual fundamento en la prosa pendular de Péguy. Estúdieselo en las bases métricas de la épica, poesía destinada a recordarse. Estos ritmos se perciben en los proverbios. Las combinaciones de ritmos conducen finalmente a la estrofa. Los esquemas rítmicos son mecanismos de ahorro: facilitan la improvisación y la memoria. Así, se versifican las reglas del género latino, para mejor recordarlas; así el payador saluda al recién llegado con una copla ya pergeñada, que rápidamente retoca según las circunstancias.2
(Nuestra época, en vez de “escandir” la prosa, tiende, al contrario, a “charlar” el verso, aunque hable mucho de la música de los versos. Las recitadoras hispanoamericanas han querido corregirlo con un énfasis excesivo que no siempre corresponde al sentido de las palabras. Difícil encontrar un caso de recitación sencilla en que no se evapore y pierda la virtud rítmica: por ejemplo, el de Luis G. Urbina, único en su manera. A medio camino entre la charla y el canto, la recitación es un equilibrio inestable. Paul Valéry intentó, con Mme. Croiza, un ensayo en que la recitación bajara del canto, en vez de subir de la charla. No conocemos el resultado de su experiencia. Sin duda la dificultad reside en la base melódica que se escoja, para después irla atenuando. Algunas frases del tango argentino revelan cierta tendencia a llevar hasta la temperatura musical la modulación de la frase hablada. Dejemos esta divagación.)3
Timbre y tono vienen ahora a conjugarse con los esquemas rítmicos, de donde resultan: 1º ritmo de intensidad; 2º ritmo de duración; 3º ritmo de timbre, y 4º ritmo de tono o altura.
Por supuesto, la mnemónica de los ritmos orales es muy estrecha para abarcar todas las necesidades de la memoria. Y aquí se ofrece el recuerdo de los antiguos correos, que en vez de una carta llevaban de memoria un recado: los mensajeros; los heraldos de guerra sin más credenciales que su persona; los corredores de Moctezuma que le anunciaron la aparición de los hombres blancos por las costas del Golfo. Hacían falta buenas piernas y buen corazón, a riesgo de caer muerto como Fidípides con la nueva de la victoria; pero también una retentiva privilegiada y una técnica de las unidades mnemónicas que hoy hemos perdido. Abundan las anécdotas sobre el que olvida y adultera el mensaje por el camino.
La tradición oral tiene que contar con la memoria. La épica se transmite de una boca a una oreja, y así se establece la cadena magnética de que habla Platón, el rumor o “ráfaga wolfiana” de la epopeya. (Según la teoría romántica de Wolf, se exageró el concepto de lo popular, hasta figurarse que el pueblo mismo, en ciertos instantes sublimes, había prorrumpido espontáneamente en cantos improvisados que, como una atmósfera, se volvían poemas en el aire.) Los dos discípulos de Valmiki recitaban de coro los cuarenta mil versos del Ramayana. Los niños de la Grecia clásica aprendían, en el gimnasio, los poemas de Homero. El rawia o rapsoda árabe Hammad recitó ante Al-Walid, sin un tropiezo, hasta mil novecientas casidas del tiempo del paganismo anteislámico. Itelio, nuevo rico de la antigua Roma, incapaz de entretener a sus huéspedes con su propia conversación, tenía doscientos esclavos memoristas para amenizar sus banquetes. Cada uno se sabía un libro entero. Itelio los iba turnando, según la ocasión y la conveniencia. Cierto día, de sobremesa, se ofreció esclarecer algún pasaje de la Ilíada. “A las pruebas me remito”, dijo Itelio, e hizo una seña a su mayordomo. “Señor —contestó éste, abrumado—, es imposible: la Ilíada no puede presentarse, porque está con dolor de estómago.” (Antecedentes de las lecturas en los locutorios monásticos y en los talleres, y hasta de las lecturas en cátedra. Los estatutos de Salamanca mandaban al catedrático “leer” textos de Aristóteles en el aula.)
Las disciplinas escolares modernas han dado en desdeñar el cultivo de la memoria. Desaparecerá un día, como el rayo adánico, y será la era de la amnesia. Los signos acuden a suplir la deficiencia creciente.
Signo: fenómeno sensible o significante que evoca otro fenómeno no sensible o significado, mediante una relación convencional entre ambos o significación. Esta liga significativa puede ser de causa a efecto (pólvora y explosión, vergüenza y sonrojo); de medio a fin (brújula y navegación); de semejanza (original y retrato); de contigüidad habitual, sea por naturaleza o por convención (golondrina y verano, palabra y pensamiento, bandera y nación); de analogía (balanza y justicia), etc. El signo puede considerarse desde el punto de vista objetivo (por la armonía que se supone entre las cosas del universo) o desde el punto de vista subjetivo (caso particular de la asociación de ideas o del razonamiento, por donde se llega a pensar que un signo no sólo “sugiere”, sino “prueba” su objeto). El signo auditivo, inarticulado o articulado, crea el estilo oral. El visible, si gesto o ademán, crea el estilo mímico. Si es auxiliar, con objetos distintos de nuestro cuerpo, es el verdadero signo a que ahora quiero referirme.
Signo es el hito que marca una frontera en el suelo. Signo, el distintivo de una categoría social. Signos, los nudos que el mensajero salvaje hace en una cuerda, o las muescas que marca en un bastoncillo con el cuchillo. Tantos nudos o tantas muescas como encargos, o partes en que su mente ha dividido un encargo. Extraordinario esfuerzo de memoria simbólica, difícil para un civilizado: sustitución de un contenido cualitativo por una enumeración cuantitativa. Signo también, aquella llamada de atención que hoy es frase hecha (“un nudo en el pañuelo”), para acordarse de que hay que acordarse de algo: abstracto estímulo fenomenológico. Y todo ello, suerte de lenguaje sin lengua; regreso, en cierto modo, a un estilo manual, aunque ahora no como mímica, sino como apoyo —apoyo matemático— del discurso.
Cuenta Heródoto que Darío, al cruzar el Íster, dejó a su retaguardia jonia cuidando un puente, con orden de esperar su regreso cierto número de días, al cabo de los cuales podían darlo por perdido, cortar el puente y regresar a sus bases. A este fin, les entregó una correa con tantos nudos como días contaba el plazo de espera. Aquí el uso de los nudos era un signo aritmético inmediato, era la aplicación del mismo principio que Robinson aplicaba en su isla, o el del preso que marca con rayas en el muro los días de su cautiverio. No así en los quipos peruanos, rama horizontal con lazos de distintos colores y anudados de diverso modo, en que los lazos representan una verdadera inscripción y se descifran como una clave. Primero se les empleó para contar, y luego se desarrollaron al punto de comunicar decretos enteros.
Lo propio acontece con el “wampum”, sartas de conchas de los hurones o iroqueses. La barra con muescas suele otras veces significar cómputos aritméticos, el monto de una deuda y la fecha de su cumplimiento; y partida longitudinalmente en dos, constituye un par de documentos, uno para el acreedor y otro para el deudor, que reunidos nuevamente en uno verifican, por coincidencia de ranuras, la autenticidad del convenio.
El signo más elemental es el objeto que por sí mismo se aplica a la acción sugerida: un hacha, la guerra; una pipa cargada, la paz, la conversación amigable. Menos claro ya aquel mensaje de los escitas a los persas: un ave, un ratón, una rana y cinco flechas; lo cual aparentemente significaba (pues otros lo entendieron como un mensaje de sumisión): “No intente combatirnos quien no sea capaz de remontarse como el pájaro, esconderse bajo tierra como el ratón o cruzar los pantanos como la rana, porque lo aniquilaremos con nuestras flechas”. Cuando estos mensajes no consisten ya en el objeto, sino en la pintura del objeto, comienza el jeroglifo.§
No todos pueden dominar tantas lenguas como Mezzofanti o como Mitrídates. De éste se cuenta que su retentiva verbal le permitía conocer por su nombre a cada uno de sus soldados, rasgo de memoria militar propio del caudillo. (El caudillo, en nuestra América, durante los ocios del campamento, hace mezclar la baraja, la pasa una vez, y asombra a sus tenientes repitiendo después de coro todos los naipes, por el orden en que han salido.)
Creadas ya las lenguas, aparece el conflicto de la diversidad de las lenguas, el mayor obstáculo a la fraternidad humana, según san Agustín. El problema de pasar de una lengua a otra, simbolizado en la confusión de Babel, ha impresionado a varios pueblos sin aparente contacto de mitologías o tradiciones. En América, uno de los siete gigantes salvados del Diluvio, Xelhúa, hizo la gran pirámide de Cholula con la idea de destruir el cielo. Los dioses lo fulminaron y, para mejor estorbar su empresa, confundieron las lenguas. Algo parecido se encuentra en el Thorus mongólico, India del Norte; y, según Livingstone, entre los africanos del lago Ngami. El mito estoniano del “cocimiento de las lenguas” y la leyenda australiana sobre el origen de las diversas hablas reflejan la misma preocupación.
No es extraño que los pueblos antiguos hayan sentido el vértigo de la multiplicidad de las lenguas, cuando hoy mismo la ciencia no puede aspirar, en esta materia, a la precisión estadística. Junto a dominios acotados, como el de la gramática indoeuropea, se extienden otros en que apenas se va llegando a la etapa de la descripción; otros en que se hablan a la vez varias lenguas; otros en que las fronteras no pueden fijarse. Aun para las “familias”, que se reducen a una madre común, la disparidad cronológica produce singulares complicaciones. La lingüística, a fin de abarcar este panorama cambiante, ha debido abandonar el fácil cuadro clásico de las aislantes, las aglutinantes y las flexionales, optando ahora por un mero plan genealógico. De madre a hija, los rasgos familiares pueden haberse oscurecido considerablemente, lo que determina enormes divergencias entre las hermanas, como acontece del inglés al polaco. Dentro de una misma familia, también se producen subfamilias, y a veces hay que ir a buscar el parentesco hasta los bisabuelos. O bien la comunidad existió en determinado instante, y luego se diferenció hasta desaparecer en sus fases más manifiestas. No siempre se poseen los jalones para reconstruir los grados y etapas de esta heterogeneidad creciente. Ni tampoco puede justificarse la sospecha de que, retrocediendo en el tiempo, se llegue a la soñada lengua única original, hipótesis que a su vez da por demostrado el origen único de la especie humana. Además, hay semejanzas fortuitas, producidas por la semejanza sola de la especie, por la analogía de los tipos psicológicos y el número limitado de las respuestas específicas, sin que en tales analogías o semejanzas deba fundarse presunción alguna sobre el parentesco lingüístico. Ya estamos lejos de los días en que —según la narración de Heródoto— se discutía si la lengua original había sido el egipcio o el frigio, por el testimonio de unos niños entregados a su sola y pura iniciativa verbal. Ya estamos lejos de los días en que, por una preocupación religiosa, se consideraba el hebreo como la madre de las lenguas, superstición a que Leibniz vino a poner fin. Ya estamos lejos de los disparates sobre la lengua del Paraíso, que tan ridículas y divertidas proporciones adquieren entre los antiguos persas, en Goropio y en Kempe. Ya estamos lejos de las extravagancias de los euscaristas, que reclaman para el vascuence la preeminencia del habla humana.4
En alivio de la confusión de las lenguas, se acude a varios expedientes que podemos clasificar en tres grupos: el paso subterráneo, el paso a nivel y el paso elevado. El paso subterráneo es el retroceso a la mímica. El paso a nivel es el uso de intérpretes o traductores. El paso elevado es doble: o la lengua de uso internacional, o la lengua auxiliar ad hoc.
El retroceso a la mímica. El gesto, decía Quintiliano, es el discurso común a todos los hombres. Sobre este retroceso a la mímica nada más ilustrativo que aquel pasaje en que Luciano cuenta de un rey cuyos dominios se extendían por las costas del Ponto Euxino. Habiendo visitado a Roma allá por tiempos de Nerón, tuvo ocasión de admirar a un excelente pantomimo, y pidió llevárselo consigo para usarlo en el trato con aquellas tribus vecinas de su reino, de quienes siempre le había separado la diversidad de las lenguas.
Todos los exploradores se han visto en este trance. Y los descubridores de América tuvieron que empezar con señas su penetración en las tierras desconocidas. Podemos figurarnos que el primer gesto consistió en arrojar el consabido collar de cuentas a los pies del asombrado cacique, y luego pedirle de comer con ese ademán de las manos a la boca que todos los pueblos entienden. Los gestos tendrían que ser muy calculados, escogidos entre los que se juzgaban más evidentes o siquiera menos convencionales. El decir “sí” o “no” moviendo la cabeza como lo hacemos nosotros no tendría sentido para los pueblos exóticos. Alguna vez he observado que el escritor cubano y caro amigo José María Chacón y Calvo es el único que, con los chinos, dice “no” con la boca al tiempo de decir que “sí” con la cabeza. Ignoro si habré calumniado a los chinos. Por ahí corren chascarrillos sobre los equívocos que origina el hablar por señas. Los dos maestros en mímica discutieron, según uno de ellos, sobre la esencia de Dios y la Trinidad, y según el otro, sobre si se arrancarían o no los ojos mutuamente; y como al cabo no se entendían, acabaron por dilucidarlo todo con el peor de los ademanes: a puñetazos.5 Rabelais cuenta la disputa entre el humanista inglés Thaumaste y el ladino Panurgo, disputa que se desarrolla en un cambio de gestos estrafalarios cuyo sentido nunca se aclara, y en que finalmente Thaumaste se confiesa abrumado por la ciencia de Panurgo.
El regreso a la mímica sólo puede ser un recurso desesperado, y nunca nos llevaría muy lejos.
El intérprete o traductor. Ya hemos recordado a los descubridores de América; recordemos a los conquistadores. Hernán Cortés, para ponerse en contacto con los mexicanos, usará una cadena de traductores, cuyo primer eslabón es un español llegado anteriormente y familiarizado ya con el habla de ciertas tribus. Y sin duda el eslabón de oro es la princesa Malinche, futura compañera y esposa del futuro Marqués del Valle, cuya influencia en las intimidades de la Conquista podría analizarse largamente.
Plinio —y es uno de los escasos testimonios sobre cuestiones dialectales que la Antigüedad nos ha dejado— cuenta que en la Cólquide había más de trescientas tribus, las cuales hablaban dialectos diferentes, y que los romanos, para tratar con ellas, empleaban no menos de ciento treinta intérpretes. Estrabón reduce a setenta el número de aquellas tribus. Todavía en nuestros tiempos se ha llamado a tal región “la montaña de las lenguas”. Las caravanas de comerciantes helenos que remontaban el curso del Volga hasta los Urales, cuenta Heródoto que solían acompañarse de siete intérpretes, prácticos respectivamente en siete lenguas distintas, entre las que figuraban dialectos eslavos, tártaros y fineses que sin duda ya llegaban, como ahora, hasta aquellas tierras. Cuando Alejandro quiso conversar con los brahmanes, tuvo que tender largo sorites de traductores. “Nuestras respuestas —se quejaba un brahmán— llegan hasta el emperador como el agua enturbiada en muchos canales.” Las ciudades griegas que Roma sometió a su dominio quedaban obligadas a sostener un intérprete oficial. En 180 a. C., Cumas en la Magna Grecia, cuna de la famosa sibila, dio el gran paso de pedir, la primera, que se le concediera el latín como lengua general y propia.
En su Gran viaje al país de los hurones (1631), Gabriel Sagard aseguraba que, entre las tribus norteamericanas, apenas se encontrarían dos de la misma lengua, y aun había notables diferencias de familia a familia dentro de un mismo pueblo, además de que dichas lenguas vivían en constante transformación.
De esta velocidad en los cambios dialectales, que multiplica en razón geométrica la dificultad del paso a nivel, da testimonio cierto caso que cuenta Humboldt, y que en la Escuela Preparatoria solía recordarnos el profesor Sánchez: se trata de un loro que repetía frases ya ininteligibles para sus poseedores, quienes lo consideraban por eso como animal sagrado. Humboldt lo explica como efecto de una doble causa: la rápida transformación lingüística entre salvajes y la longevidad de los loros. Los estudiantes, cum grano salis, lo achacábamos a la libre inventiva del loro. Polibio asegura que ni los romanos más instruidos entendían fácilmente las antiguas convenciones entre Roma y Cartago. Horacio confiesa que los poemas salios eran para él un misterio inaccesible. Quintiliano afirma que los sacerdotes de su época eran ya incapaces de traducir los himnos sagrados. En dos o tres generaciones, se alteran sensiblemente los dialectos de Siberia, de África, de Siam. Por la renovación dialectal, la lengua rica y enérgica de los Vedas acaba en la pobre jerga de los cipayos; la del Zendavesta y la de los Anales de Behistún se transforma en la de Firdusi; la de Virgilio, en la de Dante; la de Ulfilas, en la de Carlomagno; la de Carlomagno, en la de Goethe. Aunque la evolución sea más lenta en las lenguas que han alcanzado la etapa de cultura, no por esto dejan éstas de mudar en imperceptible oxidación. Para poner al alcance del lector medio el Poema del Cid, ha habido que hacer, en nuestros días, no menos de dos versiones a la lengua moderna, la una en prosa y la otra en verso.
La idea de poder expresarse en lengua extranjera no es una idea inmediata. El pueblo español dice que el extranjero no habla “en cristiano”, poniéndolo así fuera de la humanidad aceptada. Los polacos de otro tiempo llamaban “mudos” a sus vecinos alemanes. Los griegos llamaban “los sin lengua” a los bárbaros, y no eran, por cierto, muy dados a aprender las lenguas extrañas, a diferencia de lo que acontecía con los bárbaros. Mejor espíritu crítico demostró Ciajares, rey medo: cuando en sus Estados apareció una tribu escita, envió a unos niños a convivir con ella y familiarizarse con su habla. Y no demostraba poca fe en la virtud de la lengua aquel monarca oriental que se preguntaba con asombro: “Si todos los helenos hablan de igual manera ¿cómo se explican sus constantes guerras interiores?” ¡Ay!
El paso por elevación de unas a otras lenguas hemos dicho que consistiría en la adopción de una lengua internacional, ya escogida entre las existentes, ya inventada exprofeso. La lengua existente podría adoptarse como es, o simplificársela convenientemente al efecto. La creada artificialmente para el caso podría ser del todo nueva y fabricada en laboratorio, o podría resultar de una adecuada combinación entre las principales lenguas en curso. Aquí entramos en la enmarañada selva utópica, en el confuso reinado de los arbitristas o “locos repúblicos” que decía Quevedo. A poco que nos descuidemos, resbalamos.
Aun antes de plantearse el problema teórico de la lengua internacional, el hecho bruto se produce: el predominio de la lengua usada en cada época por el pueblo predominante. Sucesivamente, y en la zona de sus respectivas influencias (para no hablar de los orbes indostánico y chino), la asiria, la griega, la latina, la árabe, la española, la francesa, la inglesa han conquistado este privilegio pasajero. Después de la caída de Roma, el latín sigue siendo la lengua sabia internacional, la lengua ecuménica de la Iglesia y de la jurisprudencia, sin duda porque era, en el mosaico bárbaro, el común denominador. Tenía, además, el prestigio de conservar en sí las formas de la cultura a que el Occidente volvía los ojos mientras lograba edificar una cultura propia. Aun era la única lengua en que parecía dable escribir y así hay testimonios de su franca penetración en la correspondencia privada, cartas de familia y hasta cartas de amor.6 Pero un día la vida y la ciencia modernas dejan atrás al latín, que no estaba hecho para contenerlas; y un día a nadie extrañará que los sabios prefieran escribir en su nueva lengua nacional. (Aunque todavía a Malón de Chaide, siglo XVI, se le reprochaba en España el tratar en vulgar sobre asuntos graves, porque el romance parecía más propio para cuentos “de hilanderuelas y mujercitas”.)¶
El francés logró alzarse un día con el imperio de las relaciones diplomáticas. Luego, por circunstancias obvias, lo compartió equitativamente con el inglés, y aun puede decirse que, para las regiones extremo-orientales, batiéndose siempre en retirada. El francés comenzó a insinuarse en visitas y recepciones oficiales desde la paz de Westfalia (1648), y se fue afirmando poco a poco en los documentos de dietas y congresos. La Paz de Rastadt (1714) se redacta ya en lengua francesa: y después, los preliminares de Viena y su convención (1735-1736), Aquisgrán (1748), etc. Pero este uso internacional nunca fue más allá de las cancillerías.
La pretensión de erigir en lengua internacional la lengua de un país eminente despertaría los celos de las otras potencias. De aquí que algunos hayan pensado en escoger un país modesto. A este fin podrían servir el griego posclásico, o mejor aún, el noruego, que es de estructura más sencilla y no viene enredado con los graves compromisos de la antigua filología. Pero ¿cómo imponerlo a todos los hombres? Las lenguas naturales son siempre difíciles, son expresiones muy imperfectas del pensamiento, son sólo en parte racionales, son crecimientos caprichosos. Su vocabulario tiene aplicaciones arbitrarias, inciertas; su sintaxis ofrece irregularidades. Ninguna frase puede decirse que dé el molde general para las demás. Se asegura que el chino clásico lleva en sí toda una epistemología o sistema de conocimiento. La verdad es que otro tanto puede decirse de cada lengua o grupo lingüístico. Y no es posible pretender que todos los cerebros humanos modifiquen su representación práctica del universo.
Aparecen entonces los intentos de lenguas artificiales, que quisieran fundarse en un mínimo de psicología lingüística común a toda la especie humana. Viciosa proliferación de proyectos que, sobre la confusión de las lenguas naturales, ha producido una nueva Babel de lenguas hechizas.
Los teóricos de la lengua internacional, impropiamente llamada universal, insisten ante todo en que sólo se trata de construir un organismo para usos limitados; no de establecer una sola lengua para todos los pueblos, sino, al lado de las lenguas naturales, un sistema accesorio que permita la fácil comunicación entre extranjeros. Ésta sería la única lengua ajena indispensable de aprender para ciertos fines generales. Tal organismo tendría un valor semejante al de ciertas lenguas científicas y convencionales, como lo fue el latín en otro tiempo; como el llamado CGS (Centímetro-Gramo-Segundo), adoptado por el Congreso Internacional de Electricistas de París (1881); como la nomenclatura del Congreso Internacional de Química (París, 1889), perfeccionada en la reunión de Génova (1892). A tal organismo sólo podría llegarse mediante un acuerdo entre los gobiernos, fundado en dictámenes de especialistas, y no mediante la automática selección natural. Ello tendría, en suma, el valor que tienen tantos acuerdos internacionales tendientes a uniformar el vocabulario y el procedimiento de numerosas transacciones humanas: bancarias, aduaneras, etcétera.
Ya en trance de lengua artificial, algunos optan por una combinación ecléctica entre varias lenguas dominantes, y otros por la racionalización y reducción de una sola lengua tomada como materia prima. De aquí nació el Volapük en 1880, sobre la base del inglés. Se adoptó el vocabulario, aunque alterando arbitrariamente las raíces, pero se respetó la gramática. El Volapük se vino abajo: la caprichosa realidad se negó a embarcarlo consigo. Sobre los despojos del Volapük se forjó, hacia 1907, el Esperanto, con una gramática en parte tradicional y en parte nueva, y con un vocabulario mezclado de todas las lenguas europeas, incluso el griego y el latín. Se modificaron las pronunciaciones; se echó mano ampliamente de palabras compuestas y de la derivación mediante afijos y las raíces quedaron reducidas a menos de tres mil. Los tecnicismos de uso ya difundido entraron por propio derecho. En 1902, Rosenberger, de San Petersburgo, sin tomar escarmiento ante el poco éxito del Esperanto o creyendo haber descubierto la razón del fracaso, propuso otra lengua auxiliar, el Neutral; lengua que vino a reclutar a los despechados del Volapük y del Esperanto, y que ofrece el atractivo de reducir las raíces a formas internacionalmente conocidas, así como de fundar su gramática en un solo molde coherente, el molde romántico, bajo la predominación del francés. El Neutral vino a explotar la difusión del francés entre las clases cultas de Europa; pero está plagado de sinonimias y ambigüedades, que el Esperanto procuraba evitar alterando las palabras violentamente, y no realiza el equilibrio ideal entre la polilexia y la polisemia, entre la cantidad de significados y la cantidad de expresiones verbales. Todos estos ensayos sólo han logrado interesar a algunos curiosos. No se llegó por aquí a ninguna lengua de uso siquiera intereuropeo, mucho menos internacional, sino sólo a producir parásitos en torno a las lenguas ya existentes. El Esperanto, por ejemplo, no pasa de ser un mal italiano: sus fundadores, como para darse a sí propios una garantía de objetividad, tomaron por modelo una lengua que les era extraña.
Otros han pensado que sólo un organismo inventado todo de cabo a rabo podría ser de veras independiente. Lo intentó Dalgarno (Ars Signorum, 1661); lo intentó Wilkins (Real Character, 1668); también sir Thomas Urghart o Urchard (1611-1660) —aquel traductor de Rabelais, herido y preso en la batalla de Worcester—, en su Universal Language, obra de que sólo quedaron unas cuantas páginas. Wilkins sintió la necesidad, desdeñada por los proyectistas modernos, de estudiar la formación de los sonidos y los principios de su representación. Aunque era todavía un diletante, su bosquejo fonético no carece de interés. Su clasificación de las ideas contenidas en el lenguaje es antecedente de obras como la de Roget, Thesaurus of English Words and Phrases, y aun los diccionarios de asociaciones de ideas recorren cauces parecidos. Pero estos intentos eran demasiado prematuros.
Los filólogos posteriores creen contar con mejores armas. ¿Qué sonidos —dicen— tendrá la lengua por inventar? Los más fáciles. ¿Cuáles son éstos? Sin duda, para cada cual, los de su costumbre. Pero aquí los fonetistas entrarían con sus máquinas para destruir el prejuicio de la costumbre y demostrarnos que no siempre son fáciles los sonidos que nos lo parecen, y que otros, en cambio, aunque no nos lo parezcan, son fáciles de veras. ¡Disputación entre la boca y la máquina! ¿Cómo se escribirán los sonidos? No, desde luego, en el anticuado alfabeto latino, como todavía lo hace el Esperanto, sino, por ejemplo, en los signos de la Asociación Fonética Internacional o algún estilo semejante. ¿La nueva gramática? No se fundará en las existentes, sino en primeros principios expresamente investigados. ¿El vocabulario? Sólo hay dos medios, que grosso modo llamaremos el gramático y el simbólico. Dalgarno y Wilkins seguían el primero. Wilkins clasificó las ideas en cuarenta categorías, cada una simbolizada por una consonante y una vocal, según cierto orden no muy estrictamente alfabético. Pero como no hay conexión necesaria entre sonido y sentido, resulta inevitable el aprender de memoria las cuarenta categorías con sus miles de clasificaciones internas. Y luego, las palabras tan laboriosamente adquiridas están condenadas a envejecer en pocos años con la lengua misma, puesto que la vida está en marcha. Las excrecencias naturales entrarán por esta arquitectura ideal, la ahogarán, la absorberán también, como a una casucha abandonada entre las lianas del bosque. Claro es que estas observaciones se aplican en todo su alcance al método simbólico (esfuerzo de la memoria, peligro de envejecimiento); pero los partidarios de este otro método llegan a negar que así suceda: creen haber descubierto las especies necesarias, absolutas y eternas, que por sí mismas se impongan a la mente y no caduquen con las evoluciones; creen encontrar relaciones reales, ontológicas, entre ciertos sonidos y ciertos sentidos, como los analogistas griegos o como los que explicaban el origen del lenguaje por la ya derrotada teoría de la onomatopeya: confían en poder alcanzar algunos resultados positivos, limitando modestamente su campo a algunos puntos empíricos; con lo cual, afirman, se corregiría el excesivo gasto de material de que son ejemplo todas las lenguas naturales, o aun las artificiales que las imitan con apego. ¡Ah, pero las ventajas de la brevedad traen consigo sus desventajas! El que consigue acotar un metro cuadrado no pretende haber acotado toda la superficie terrestre.
Principales sistemas de lengua auxiliar internacional: a) Pasigrafía, sistema de simple escritura, antigua tendencia después abandonada. Las pasigrafías no son propiamente lenguas, sino nomenclaturas gráficas uniformes para ser traducidas a cada lengua particular. De éstas han alcanzado reconocimiento oficial el Código Internacional de Señales Marítimas y la Clasificación Bibliográfica Decimal. b) Lenguas auxiliares, propiamente dichas: 1º apriorísticas, artificiales, filosóficamente construidas, que son las más antiguas; 2º mixtas, que mezclan los rasgos del tipo anterior y del siguiente; 3º a posteriori, racionalización de una lengua ya existente, generalmente europea. Forman un subtipo las que se fundan en lengua muerta. Es fácil contar hasta docena y media de lenguas a priori, entre las cuales figuran las de Descartes y Leibniz; hasta una docena de lenguas mixtas, entre las cuales la de Grimm y la llamada graciosamente “Lengua Azul”, de Bollack; y más de dos docenas de lenguas a posteriori, entre las cuales el Antivolapük y el Esperanto. En el subtipo de los que han ido a buscar como base una lengua muerta, los menos han pensado en el griego clásico, como De la Grasserie, y los más en el latín clásico, no faltando tampoco los partidarios del latín medieval. Isly con su “Linguum Islianum” y Frölich con su “Reform-Latein” a lo más que llegan es a proponer un latín digno del Malade imaginaire.
El último ensayo de lengua auxiliar se debe al contemporáneo Ogden, quien se vio llevado a tales lucubraciones a través de la crítica semántica, hoy representada, en materia de interpretación literaria, por Ivor Armstrong Richards. Los nuevos semánticos piensan que la ciencia permite ya establecer los movimientos psicológicos indispensables para arrebatar el lenguaje a la ciega tiranía biológica. El plan es ajustado y estricto. Se dejan de lado, desde luego, los antiguos
