La explicación del comportamiento social - Jon Elster - E-Book

La explicación del comportamiento social E-Book

Jon Elster

0,0

Beschreibung

Este libro es una versión ampliada, revisada y autocrítica de Tuercas y tornillos: una introducción a los conceptos básicos de las ciencias sociales, obra con la que Jon Elster conquistó la aclamación de la crítica. En veintiséis sucintos capítulos, el autor describe la naturaleza de la explicación en las ciencias sociales; analiza los estados mentales -creencias, deseos y emociones- que son precursores de la acción; hace una comparación sistemática de los modelos de comportamiento basados en la elección racional con explicaciones alternativas; examina las posibles enseñanzas que las ciencias sociales pueden extraer de la neurociencia y la biología evolutiva, y revisa los mecanismos de la interacción social, desde el comportamiento estratégico hasta la toma colectiva de decisiones. Nos ofrece un panorama general de los mecanismos explicativos claves de las ciencias sociales, sobre la base de numerosos ejemplos y el recurso a una amplia variedad de fuentes: psicología, economía comportamental, biología, ciencias políticas, escritos históricos, filosofía y ficción. En un lenguaje accesible y liberado de toda jerga, Elster aspira a la exactitud y la claridad, a la vez que elude los modelos formales. En una provocativa conclusión, defiende el carácter central de la ciencia social cualitativa en una guerra de dos frentes contra las formas blandas (literarias) y duras (matemáticas) de oscurantismo.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 961

Veröffentlichungsjahr: 2010

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Otros títulos de interés:

Introducción a la sociología

Theodor W. Adorno

Trabajo, consumismo y nuevos pobres

Zigmunt Bauman

El racismo: una introducción

Michel Wieviorka

Cultura y explosión

Lo previsible y lo imprevisible en los procesos de cambio social

Yuri M. Lotman

Sociología simétrica

Miquel Doménech y Francisco J. Tirado (Coords.)

Sociología fundamental

Norbert Elías

La esperanza de Pandora

Ensayo sobre la realidad de los estudios de la ciencia

Bruno Latour

Historia de la idea de progreso

Robert Nisbet

Grupos, organizaciones e instituciones

La transformación de la burocracia

Georges Lapassade

La cultura del control

Crimen y orden social en la sociedad contemporánea

David Garland

Jon Elster

____________

LA EXPLICACIÓNDEL COMPORTAMIENTO SOCIAL

Serie CLA•DE•MAFilosofía

Obras deJON ELSTERpublicadas porEditorial Gedisa

Ulises desatado

La democracia deliberativa

La ética de las decisiones médicas

“Egonomics”

Psicología política

Justicia localDe qué modo las instituciones distribuyen bienes escasos y cargas necesarias

Lógica y sociedad

Juicios salomónicosLas limitaciones de la racionalidad como principio de decisión

El cemento de la sociedadLas paradojas del orden social

Tuercas y tornillosUna introducción a los conceptos básicos de las ciencias sociales

El cambio tecnológicoInvestigaciones sobre la racionalidad y la transformación social

La explicación del comportamiento socialMás tuercas y tornillos para las ciencias sociales

LA EXPLICACIÓNDEL COMPORTAMIENTO SOCIAL

Jon Elster

Traducción de Horacio Pons

Textos del original inglés:Explaining Social Behaviour. More Nuts and Bolts for the Social Sciences

© 2007, Cambridge University Press

Traducción: Horacio PonsDiseño de cubierta: Kaffa

Primera edición, septiembre de 2010, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© by Editorial Gedisa S. A.

Avenida del Tibidabo, 12, 3º

Tel. 34 93 253 09 04

Fax 34 93 253 09 05

08022 - Barcelona, España

[email protected]

www.gedisa.com

ISBN 978-84-9784-251-8

Depósito legal: B. 42.454 - 2010

Impreso por Sagrafic

Impreso en España

Printed in Spain

Queda prohibida la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.

Esta obra ha sido publicada con una subvención de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, para su préstamo público en Bibliotecas Públicas, de acuerdo con lo previsto en el artículo 37.2 de la Ley de Propiedad Intelectual

Para Jonathan y Juana

Índice

Prefacio

Introducción

Primera parte: Explicación y mecanismos

1 Explicación

2 Mecanismos

3 Interpretación

Segunda parte: La mente

4 Motivaciones

5 Egoísmo y altruismo

6 Miopía y previsión

7 Creencias

8 Emociones

Tercera parte: Acción

9 Deseos y oportunidades

10 Personas y situaciones

11 Elección racional

12 Racionalidad y comportamiento

13 Respuestas a la irracionalidad

14 Algunas implicaciones para la interpretación textual

Cuarta parte: Lecciones de las ciencias naturales

15 Fisiología y neurociencia

16 Explicación por las consecuencias y selección natural

17 Selección y comportamiento humano

Quinta parte: Interacción

18 Consecuencias indeliberadas

19 Interacción estratégica

20 Juegos y comportamiento

21 Confianza

22 Normas sociales

23 Formación colectiva de creencias

24 Acción colectiva

25 Toma colectiva de decisiones

26 Organizaciones e instituciones

Conclusión: ¿Es posible la ciencia social?

Proverbios y máximas citados

Prefacio

Este libro comenzó siendo una revisión de un volumen que publiqué en 1989, Nuts and Bolts for the Social Sciences.* Y terminó por adquirir un carácter muy diferente y más ambicioso. Abarca una variedad mucho más grande de temas, con una atención considerablemente más importante al detalle y un espíritu diferente. Si bien nueve capítulos conservan los títulos del libro anterior, sólo el Capítulo 9 y el Capítulo 24 se mantienen sustancialmente sin cambios.

Aunque de alcance general, este volumen no es un tratado. Es, a la vez, más y menos. Es una presentación elemental, informal y personal de ideas que tienen, creo, un notable potencial para esclarecer el comportamiento** social. Utilizo numerosos ejemplos, muchos de ellos anecdóticos o literarios y otros tomados de estudios más sistemáticos. El uso muy ocasional del álgebra no va más allá del nivel de la escuela secundaria. Al mismo tiempo, el libro tiene una inclinación metodológica y filosófica que no es habitual en las presentaciones de carácter introductorio. Hay en él un esfuerzo por situar las ciencias sociales dentro del ámbito más general de las ciencias, tanto las naturales como las humanidades. Hay también un afán por mantener en el lector un alerta constante acerca del hecho de que los principios generales de la explicación científica ponen límites a la construcción de teorías con pretensiones explicativas.

El estilo de las notas bibliográficas incluidas al final de cada capítulo refleja el avance de Internet, sobre todo de Wikipedia, google.com y scholar.google.com. Como los lectores pueden encontrar la mayoría de las referencias relevantes en cuestión de minutos, he omitido las fuentes de muchos de los enunciados y descubrimientos del texto. Procuré en cambio indicarles libros de consulta importantes, algunos clásicos modernos, volúmenes y artículos que son el origen de ideas que tal vez sea difícil rastrear en Internet, y autores de quienes he tomado tanto que el no mencionarlos justificaría un juego de palabras con mi apellido (en alemán, Elster significa urraca).

Aunque el texto principal contiene pocas referencias a estudiosos contemporáneos, me refiero in extenso a Aristóteles, Séneca, Montaigne, La Rochefoucauld, Samuel Johnson, H. C. Andersen, Stendhal, Tocqueville, Proust y otros escritores clásicos que siguen siendo fuentes literalmente inagotables de hipótesis causales. Ignoraríamos muchas ideas perspicaces si hiciéramos caso omiso de los mecanismos sugeridos por la filosofía, la ficción, el teatro y la poesía. Si pasamos por alto veinticinco siglos de reflexión sobre la mente, la acción y la interacción para concentrarnos en los cien o diez últimos años, lo hacemos a nuestro riesgo y en desmedro de nuestra posición. Cito a esos autores no tanto para apelar a su autoridad como para justificar el argumento de que más vale que nuestras lecturas sean amplias y no restringidas. En contraste directo con la inexorable profesionalización de la ciencia social (sobre todo la estadounidense), que no promueve en los estudiantes el aprendizaje de idiomas extranjeros y la lectura de viejos libros, el presente volumen es un extenso alegato por un enfoque más abarcativo del estudio de la sociedad.

* * *

En la preparación del manuscrito conté con la asistencia y los comentarios de muchas personas. Debo agradecer ante todo a mis estudiantes de la Universidad de Columbia por sus incisivas preguntas y observaciones en el curso donde presenté por primera vez el material que terminó por convertirse en este libro. Las sugerencias de Pablo Kalmanovitz fueron de particular utilidad. En Collioure, Aanund Hylland y Ole-Jørgen Skog dedicaron tres días a discutir conmigo un borrador del libro entero. En Oslo, el propio Hylland, Karl O. Moene y John Roemer continuaron la discusión durante un día y medio. Sus comentarios no sólo me salvaron de muchos (¡muchos!) errores, sino que también sugirieron la manera de complementar y consolidar la exposición. Estoy agradecido a Roemer, en especial, por instarme a escribir una conclusión. Recibí comentarios escritos sobre todo el manuscrito de Diego Gambetta, Raj Saah y un reseñador anónimo. Los comentarios de Gambetta fueron particularmente detallados y útiles. Mantuve fructíferas conversaciones con Walter Mischel sobre las ideas que son en gran parte de su propia cosecha, presentadas en el Capítulo 10. También recibí valiosos comentarios escritos de George Ainslie sobre las ideas –muchas de ellas planteadas por él– expuestas en la primera parte del libro. Bernard Manin hizo constructivas observaciones sobre el Capítulo 25. Robyn Dawes propuso agudos comentarios sobre el Capítulo 7 y el Capítulo 12. Para terminar, a lo largo de los últimos años he presentado versiones preliminares de capítulos del libro a los miembros del «grupo de los lunes» que, desde 1995, se ha reunido semanalmente en la ciudad de Nueva York todos los otoños y, de manera más ocasional, en la primavera: John Ferejohn, Raquel Fernández, Russell Hardin, Stephen Holmes, Steven Lukes, Bernard Manin, Pasquale Pasquino, Adam Przeworski y John Roemer. Agradezco a todos ellos sus objeciones amistosas y constructivas.

Dedico el libro a Jonathan y Joanna Cole; ellos saben por qué.

* * *

Cito los Ensayos de Montaigne de la traducción de M. Screech (Londres, Penguin, 1971); a Proust, de la nueva traducción editada por C. Prendergast (Londres, Penguin, 2003); los Pensamientos de Pascal, de la traducción de A. J. Krailsheimer (Londres, Penguin, 1995); las Máximas de La Rochefoucauld, de la traducción de L. Tancock (Londres, Penguin, 1981); Los caracteres de La Bruyère, de la traducción de H. van Laun (Nueva York, Scribner, 1885); Del amor, de Stendhal, de la traducción de G. Sale, S. Sale y J. Stewart (Londres, Penguin, 1975), y La democracia en América, de Tocqueville, de la nueva traducción de A. Goldhammer (Nueva York, Library of America, 2004). Otras traducciones del francés son mías.*

Notas al pie

* Hay traducción en castellano: Tuercas y tornillos. Una introducción a los conceptos básicos de las ciencias sociales, Barcelona, Gedisa, 2003, 3ª ed. [T.]

** En este libro se han tomado como sinónimos las palabras «comportamiento» y «conducta». [E.]

* Menciono a continuación algunas de las versiones en castellano que he utilizado en esta traducción: Michel de Montaigne, Ensayos, tres volúmenes, traducción de María Dolores Picazo y Almudena Montojo, Barcelona, Altaya, 1994; Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, siete volúmenes, traducción de Pedro Salinas, José María Quiroga Plà y Consuelo Berges, Madrid, Alianza, 1966-1969; Blaise Pascal, Pensamientos, traducción de Juan Domínguez Berrueta, Buenos Aires, Orbis, 1984; Stendhal, Del amor, traducción de Consuelo Berges, Madrid, Alianza, 1968, y Alexis de Tocqueville, La democracia en América, traducción de Luis R. Cuéllar, México, Fondo de Cultura Económica, 1957. [T.]

Introducción

Este libro se ocupa de la explicación del comportamiento social. En la primera parte, expongo mi concepción de la explicación, y en las cuatro partes restantes construyo una caja de herramientas de conceptos y mecanismos que se aplican a casos particulares. No hace falta decir que el libro no aspira a ser exhaustivo. En vez de tratar de señalar las lagunas, que serán evidentes, me gustaría comenzar por presentar una muestra de los enigmas que, a mi entender, pueden ser dilucidados por el enfoque que adopto. En la conclusión, vuelvo a esos mismos enigmas con breves referencias a las explicaciones que he citado en capítulos anteriores.

Los ejemplos y las explicaciones deben considerarse con dos salvedades en mente. En primer lugar, no pretendo que todos los explananda son hechos bien establecidos. En una explicación concreta, éste es desde luego un primer paso crucial: no tiene sentido intentar explicar lo que no existe. Sin embargo, cuando el objetivo es construir una caja de herramientas, uno puede ser menos riguroso. En segundo lugar, aun para los explananda cuya existencia está bien documentada, no afirmo que las explicaciones que cito sean las correctas. Sólo sostengo que cumplen una condición mínima de la explicación: implican lógicamente los explananda. Los enigmas y las explicaciones pretenden mostrar que «si pasa este tipo de cosas, aquí está el tipo de mecanismo que podría explicarlo», así como que «si actúa este mecanismo, aquí está el tipo de cosas que puede producir». Hechas estas salvedades, expongo a continuación los enigmas, ordenados de manera un tanto arbitraria (puesto que muchos de ellos podrían incluirse en varias categorías) en relación con las cuatro partes sustantivas del libro.1

PRIMERA PARTE: LA MENTE

¿Por qué algunos jugadores creen que cuando el rojo ha salido cinco veces seguidas, tiene más probabilidades que el negro de volver a salir la vez siguiente?

¿Por qué otros jugadores creen que cuando el rojo ha salido cinco veces seguidas, el negro tiene más probabilidades de salir la vez siguiente?

¿Por qué las preferencias cambian a veces con el mero paso del tiempo?

¿Por qué tanta gente que parece creer en la vida después de la muerte quiere que ésta llegue lo más tarde posible?

¿Por qué la gente es reacia a reconocerse y reconocer ante los demás, que es envidiosa?

¿Por qué la gente es reacia a reconocerse y reconocer ante los demás, que es ignorante?

¿Por qué, entre los conversos del siglo

XVI

al calvinismo, la creencia de que la gente estaba predestinada o bien al cielo o bien al infierno inducía más paz espiritual que la creencia de que era posible alcanzar la salvación mediante las buenas obras?

¿Por qué es verdad (a veces) que «quien ha ofendido, no puede perdonar»?

¿Por qué en algunas culturas la vergüenza es más importante que la culpa?

¿Por qué la victoria francesa en la Copa del Mundo de fútbol de 1998 generó tanta alegría en el país, y por qué el hecho de que el equipo francés no pasara de la primera fase en 2002 causó tanto desazón?

¿Por qué las mujeres a menudo sienten vergüenza después de haber sido violadas?

¿Por qué los rituales humillantes de iniciación generan más y no menos lealtad al grupo en el cual uno es iniciado?

SEGUNDA PARTE: ACCIÓN

¿Por qué hoy son más numerosos que hace veinte años los espectáculos de Broadway que suscitan ovaciones de pie del público?

¿Por qué los castigos incrementan, en vez de disminuir, la frecuencia del comportamiento al que apuntan?

¿Por qué la gente es reacia a romper reglas autoimpuestas, aun en los casos en que tiene poco sentido respetarlas?

¿Por qué el modelo de venganza de alguna gente es «dos ojos por uno» y no «ojo por ojo»?

¿Por qué el rendimiento a largo plazo de las acciones es muy superior al de los bonos (es decir, por qué el valor de las acciones no sube hasta igualar los rendimientos)?

¿Por qué los índices de suicidio disminuyen cuando los medicamentos peligrosos se venden en blísteres y no en frascos?

¿Por qué ninguno de treinta y ocho espectadores llamó a la policía cuando Kitty Genovese fue asesinada a golpes?

¿Por qué algunos individuos escondieron o rescataron a judíos bajo el régimen nazi?

¿Por qué el presidente Chirac convocó a elecciones anticipadas en 1997, con el único resultado de perder su mayoría parlamentaria?

¿Por qué algunos padres que se divorcian están dispuestos a compartir la custodia de los hijos cuando la solución que prefieren es la custodia exclusiva, que probablemente obtendrían si litigaran?

¿Por qué los pobres son menos propensos a emigrar?

¿Por qué algunas personas depositan ahorros en cuentas navideñas que no pagan intereses y no permiten retiros antes de Navidad?

¿Por qué la gente encara proyectos, como la construcción del avión Concorde, que tienen un valor esperado negativo?

¿Por qué, en la «justicia transicional» (situación en que los agentes de un régimen autocrático son sometidos a juicio luego de la transición a la democracia), quienes son juzgados inmediatamente después de la transición reciben sentencias más severas que quienes son juzgados más adelante?

¿Por qué, en la obra de Shakespeare, Hamlet posterga la venganza hasta el último acto?

TERCERA PARTE: LECCIONES DE LAS CIENCIAS NATURALES

¿Por qué es mucho más probable que los padres maten a hijos adoptados o hijastros que a sus hijos biológicos?

¿Por qué es tan escaso el incesto entre hermanos, si se tienen en cuenta las tentaciones y oportunidades?

¿Por qué la gente invierte su dinero en proyectos emprendidos por otros agentes, aun cuando éstos tengan la libertad de apropiarse de todos los beneficios?

¿Por qué, al vengarse, la gente acepta pagar algún coste material, sin recibir beneficios de la misma especie?

¿Por qué la gente se apresura a sacar conclusiones que las pruebas existentes no justifican?

CUARTA PARTE: INTERACCIÓN

¿Por qué los adherentes de un partido socialista a veces votan a los comunistas y de ese modo impiden la victoria de su partido?

¿Por qué algunos países que se han independizado recientemente adoptan como idioma oficial el de su anterior opresor imperialista?

¿Por qué los puestos de helados de la playa suelen estar unos al lado de otros, cuando los clientes estarían mejor atendidos y a los vendedores no les iría peor, si estuvieran más separados entre sí?

¿Por qué un individuo vota en elecciones cuando es virtualmente cierto que su voto no tendrá influencia en el resultado?

¿Por qué los individuos económicamente exitosos de las sociedades occidentales modernas suelen ser más delgados que la persona común y corriente?

¿Por qué la gente se abstiene de hacer transacciones que podrían mejorar la situación de todos, por ejemplo, cuando evita preguntar a la primera persona de la fila en una parada de autobús si está dispuesta a vender su lugar?

¿Por qué el presidente Nixon trató de mostrarse ante los soviéticos como si fuera propenso a un comportamiento irracional?

¿Por qué los jefes militares a veces queman los puentes (o sus propias naves)?

¿Por qué la gente suele atribuir gran importancia a cuestiones de etiqueta intrínsecamente insignificantes?

¿Por qué los pasajeros dan propina al conductor de un taxi y los comensales hacen lo mismo con un camarero, aun cuando se encuentren en una ciudad extranjera a la que no tienen intención de volver?

¿Por qué las empresas hacen extensos inventarios aunque no prevean ninguna interrupción de la producción?

¿Por qué, en un grupo de estudiantes, cada uno piensa que los otros han entendido mejor que él un texto oscuro?

¿Por qué en muchas asambleas políticas se vota pasando lista?

¿Por qué el intercambio de favores es más frecuente en las legislaturas ordinarias que en las asambleas constituyentes?

Proporcionaré las explicaciones sugeridas de estos fenómenos en distintos lugares del libro, y las resumiré brevemente en la conclusión. Aquí sólo quiero hacer una observación general acerca de dos tipos de explicación cuya utilidad es improbable. Como los lectores advertirán ya en el Capítulo 1, con varios recordatorios a lo largo del camino, uno de los objetivos del libro es inculcar escepticismo con respecto a dos líneas comunes de razonamiento. En primer lugar, las ciencias sociales no pueden, con muy pocas excepciones, apoyarse en la explicación funcional, que explica acciones o patrones de comportamiento mediante el recurso a sus consecuencias y no a sus causas. ¿Las normas relacionadas con la propina existen porque es más eficaz hacer que los clientes, y no los propietarios, controlen el comportamiento de los camareros? Creo que no. En segundo lugar, hoy me parece que la teoría de la elección racional tiene menos capacidad explicativa de lo que yo suponía. ¿Actúan las personas comunes sobre la base de los cálculos que llenan tantas páginas de anexos matemáticos en las principales revistas especializadas? Creo que no.

Al menos en tres aspectos, la teoría de la elección racional es, no obstante, un valioso elemento de la caja de herramientas. Si se la entiende en un sentido cualitativo práctico, es capaz de explicar gran parte del comportamiento cotidiano. Y aun cuando no explique mucho, puede tener un enorme valor conceptual. La teoría de los juegos, en particular, ha esclarecido la estructura de la interacción social de una manera que supera con mucho las intuiciones que al respecto se alcanzaron en siglos anteriores. Por último, los seres humanos quieren ser racionales. El deseo de contar con suficientes razones de nuestra conducta, y no ser meros juguetes de fuerzas psíquicas que actúan «a nuestras espaldas», representa una fuerza permanente contrapuesta a los numerosos mecanismos generadores de irracionalidad que examino en este libro.

Si bien soy crítico de muchas explicaciones basadas en la elección racional, creo que el concepto de elección es fundamental. En el libro, considero varias alternativas a la explicación fundada en la elección y llego a la conclusión de que, aunque a veces quizá sean de utilidad para complementar ese enfoque, no pueden reemplazarla. El hecho de que la gente actúe bajo diferentes coacciones, por ejemplo, puede explicar con frecuencia una gran cantidad de variaciones en el comportamiento. Además, en algunos casos es posible argumentar que la selección de agentes, y no la elección por parte de agentes, es responsable del comportamiento que observamos. En líneas generales, sin embargo, creo que el factor subjetivo de la elección tiene mayor capacidad explicativa que los factores objetivos de las coacciones y la selección. Como es obvio, ésta es una intuición para la que no hay ninguna demostración rigurosa. Lo cual no impide que, de todos modos, los científicos sociales deban dar cabida a la totalidad de los factores en su caja de herramientas.

Nota

1 Aunque la lista se superpone un poco con una serie de enigmas presentados en el Capítulo 12 como desafíos a la teoría de la elección racional, su propósito no es polémico; sólo aspira a incitar la curiosidad del lector.

PRIMERA PARTEExplicación y mecanismos

Este libro se apoya en una concepción específica de la explicación en las ciencias sociales. Aunque no es en lo primordial una obra de filosofía de la ciencia social, sostiene y apela a ciertas ideas metodológicas sobre el modo de explicar los fenómenos sociales. En los primeros tres capítulos, esas ideas se exponen en forma explícita. En el resto del volumen, forman parte sobre todo del trasfondo implícito, aunque de vez en cuando, especialmente del Capítulo 14 al Capítulo 17 y en la conclusión, vuelven a ocupar el centro del escenario.

Mi argumento es que todas las explicaciones son causales. Explicar un fenómeno (un explanandum) es citar un fenómeno anterior (el explanans) que lo ha causado. Al abogar por la explicación causal, no pretendo excluir la posibilidad de una explicación intencional del comportamiento. Las intenciones pueden actuar como causas. Una variedad particular de explicación intencional es la explicación basada en la elección racional, que será objeto de extensos análisis en capítulos siguientes. Sin embargo, muchas explicaciones intencionales se fundan en el supuesto de que los agentes son, de una manera u otra, irracionales. En sí misma, la irracionalidad no es más que una idea negativa o residual: todo lo que no es racional. Para que tenga algún valor explicativo, es menester apelar a formas específicas de irracionalidad con implicaciones específicas para el comportamiento. En el Capítulo 12, por ejemplo, enumero e ilustro once mecanismos que pueden generar una conducta irracional.

En ocasiones, los científicos explican los fenómenos por sus consecuencias y no por sus causas. Tal vez digan, por ejemplo, que las rivalidades sangrientas se explican por el hecho de que reducen la población a niveles sustentables. Esta idea podría parecer una imposibilidad metafísica: ¿cómo es posible explicar la existencia u ocurrencia de algo en un momento por medio de otra cosa que todavía no tiene entidad? Como veremos, el problema puede reformularse para convertir la explicación por las consecuencias en un concepto valedero. En las ciencias biológicas, la explicación evolucionista es un ejemplo de ello. En las ciencias sociales, sin embargo, los ejemplos eficaces de este tipo de explicación son pocos y están alejados entre sí. El ejemplo de la rivalidad de sangre no es, definitivamente, uno de ellos.

Las ciencias naturales, en especial la física y la química, proponen explicaciones basadas en leyes; las leyes son proposiciones generales que nos permiten inferir la verdad de un enunciado de la verdad de otro anterior en el tiempo. De tal modo, cuando conocemos las posiciones y la velocidad de los planetas en un momento determinado, las leyes del movimiento planetario nos permiten deducir y predecir sus posiciones en cualquier momento ulterior. Este tipo de explicación es determinista: dados los antecedentes, sólo es posible un consecuente. En materia de este tipo de explicaciones basadas en leyes, las ciencias sociales ofrecen poco y nada. La relación entre explanans y explanandum no es de uno a uno o de muchos a uno, sino de uno a muchos o de muchos a muchos. Numerosos especialistas en ciencias sociales tratan de modelizar esa relación mediante el uso de métodos estadísticos. Sin embargo, las explicaciones estadísticas son incompletas de por sí, dado que, en última instancia, tienen que fundarse en intuiciones sobre mecanismos causales verosímiles.

Capítulo 1Explicación

Explicación: general

La principal tarea de las ciencias sociales es explicar los fenómenos sociales. No es la única sino la más importante, la tarea a la cual las demás están subordinadas o de la cual dependen. El tipo básico de explanandum es un suceso. Explicarlo es dar razón de por qué sucedió, mencionando como causa un suceso anterior. Así, podemos explicar la victoria de Ronald Reagan en las elecciones presidenciales de 1980 por el fracasado intento de Jimmy Carter de rescatar a los rehenes estadounidenses en Irán.1 Podríamos asimismo explicar el estallido de la Segunda Guerra Mundial con referencia a un número cualquiera de otros sucesos, desde el Pacto de Múnich hasta la firma del Tratado de Versalles. Si bien en ambos casos la estructura fina de la explicación causal será obviamente más compleja, los ejemplos citados encarnan el patrón de explicación basada en dos sucesos ocurridos uno tras otro [suceso-suceso]. En una tradición que tiene su origen en David Hume, suele hacerse referencia a él como el modelo de la «bola de billar». Un suceso, la bola A que golpea la bola B, es la causa de (y con ello explica) otro suceso, a saber, la puesta en movimiento de la bola B.

Quienes están familiarizados con el tipo característico de explicación de las ciencias sociales tal vez no reconozcan ese patrón o no lo consideren como privilegiado. De una manera u otra, los especialistas en ciencias sociales tienden a hacer más hincapié en los hechos, o estados de cosas, que en los sucesos. La oración «A las nueve de la mañana la ruta estaba resbaladiza» enuncia un hecho. La oración «A las nueve de la mañana el automóvil se salió de la ruta» enuncia un suceso. Como lo sugiere este ejemplo simple, se podría recurrir al modelo de hecho-suceso para explicar un accidente.2 A la inversa, podría apelarse al modelo de suceso-hecho para explicar un estado determinado de cosas, como ocurre cuando afirmamos que el ataque al World Trade Center en 2001 explica el miedo generalizado de muchos estadounidenses. Para terminar, las explicaciones convencionales de las ciencias sociales tienen con frecuencia un patrón de hecho-hecho. Tomemos un ejemplo al azar: se ha sostenido que el nivel de educación de las mujeres explica el ingreso per cápita en el mundo en vías de desarrollo.

Consideremos la explicación de un hecho en particular, el que el 65% de los estadounidenses apoyen o digan apoyar la pena de muerte.3 En principio, este problema puede reformularse en términos de sucesos: ¿cómo han llegado estos estadounidenses a apoyar la pena de muerte? ¿Cuáles fueron los sucesos formativos, interacciones con los padres, los pares o los docentes, que provocaron la aparición de esa actitud? En la práctica, los especialistas en ciencias sociales no suelen interesarse en la cuestión. En vez de procurar explicar una estadística en bruto de este tipo, quieren entender los cambios en las actitudes a lo largo del tiempo o las diferencias de actitudes a través de las poblaciones. La razón es, tal vez, que el hecho en bruto no les parece muy informativo. Si se pregunta si el 65% es mucho o poco, la réplica obvia es: «¿en comparación con qué?» En comparación con las actitudes de los estadounidenses alrededor de 1990, cuando aproximadamente el 80% estaba a favor de la pena capital, es un número bajo. En comparación con las actitudes preponderantes en algunos países europeos, es un número alto.

Los estudios longitudinales consideran las variaciones a lo largo del tiempo en la variable dependiente. Los estudios transversales consideran las variaciones a través de poblaciones. En uno y otro caso, el explanandum se transforma. En vez de tratar de explicar el fenómeno «en y por sí mismo», tratamos de explicar cómo varía en el tiempo o el espacio. El éxito de una explicación se mide en parte por la proporción de la «varianza» (una medida técnica de variación) que puede explicar.4 Un éxito completo explicaría todas las variaciones observadas. En un estudio transversal nacional podríamos comprobar, por ejemplo, que el porcentaje de individuos favorables a la pena de muerte es estrictamente proporcional a la cantidad de homicidios cada cien mil habitantes. Si bien este descubrimiento no daría ninguna explicación de los números absolutos, sí ofrecería una explicación perfecta de la diferencia entre ellos.5 En la práctica, desde luego, el éxito perfecto nunca se alcanza, pero da igual. Las explicaciones de la varianza no dicen nada sobre el explanandum «en y por sí mismo».

Puede tomarse un ejemplo del estudio del comportamiento de los votantes. Como veremos más adelante (en el Capítulo 12), no resulta claro por qué los ciudadanos se molestan en votar en las elecciones nacionales, cuando es moralmente indudable que un solo voto no significará diferencia alguna. Pese a ello, un porcentaje sustancial del electorado concurre a votar el día de los comicios. ¿Por qué se toman la molestia de hacerlo?

En vez de intentar resolver este misterio, los sociólogos empíricos suelen abordar una cuestión diferente: ¿por qué varía la concurrencia en distintas elecciones? Una hipótesis subraya la probabilidad de que los votantes tiendan a abstenerse de concurrir cuando el tiempo es inclemente, porque la lluvia o el frío hacen que sea más atractivo quedarse en casa. Si los datos convalidan esta hipótesis, como lo indica la línea C en la Figura 1.1., podría afirmarse que se ha explicado (al menos en parte) la varianza en la concurrencia a las urnas. Sin embargo, con ello no se habría propuesto ninguna explicación de por qué la línea C interseca el eje vertical en P y no en Q o en R. Es como si uno tomara el primer decimal como ya dado y se concentrara en explicar el segundo. A los efectos predictivos, con eso quizá sea suficiente. Pero a los efectos explicativos, es insuficiente. El «suceso en bruto» de que el 45% o más del electorado concurre habitualmente a votar es interesante, y clama por una explicación.

FIGURA 1.1

El procedimiento ideal, en una perspectiva de suceso-suceso, sería el siguiente. Considérense dos elecciones, A y B. Para cada una de ellas, identifíquense los sucesos que causan que un porcentaje dado de los votantes concurra a las urnas. Una vez que hemos explicado de tal modo la concurrencia a la elección A y la concurrencia a la elección B, la explicación de la diferencia (si la hay) se deduce automáticamente, como un subproducto. Como un beneficio adicional, tal vez podríamos explicar también si concurrencias idénticas en A y B son accidentales, esto es, debidas a diferencias que se compensan exactamente una a otra, o no. En la práctica, este procedimiento podría ser demasiado exigente. Los datos o las teorías disponibles quizá no nos permitirían explicar los fenómenos «en y por sí mismos». Deberíamos saber, sin embargo, que si recurrimos a explicaciones de la varianza, nos embarcamos en una práctica explicativa que no es la mejor opción.

A veces, los especialistas en ciencias sociales tratan de explicar no sucesos. ¿Por qué mucha gente omite reclamar beneficios sociales si tiene derecho a ellos? ¿Por qué nadie llamó a la policía en el caso de Kitty Genovese?6 Si consideramos la primera pregunta, la explicación podría ser que los individuos en cuestión deciden no reclamar sus beneficios debido al temor a ser estigmatizados o a preocupaciones por su autoestima. Como la toma de una decisión es un suceso, esa podría ser una explicación plenamente satisfactoria. Si fallara, los especialistas en ciencias sociales observarían una vez más las diferencias entre quienes tienen derecho a los beneficios y los reclaman y quienes, a pesar de disfrutar de ese mismo derecho, no lo ejercen. Supongamos que la única diferencia es que los últimos no saben que lo tienen. Como explicación, ésta es útil pero insuficiente. Para ir más allá, tendríamos que explicar por qué algunos individuos con derechos desconocen que los tienen. La comprobación de que, por ser analfabetos, no pueden leer las cartas que les informan de sus derechos también sería útil, pero insuficiente. En algún punto de la regresión explicativa, debemos o bien llegar a un suceso positivo, por ejemplo una decisión consciente de no aprender a leer y escribir o una decisión consciente de los funcionarios de retener información, o bien acudir a quienes procuran obtener los beneficios a los que están autorizados. Una vez explicado el comportamiento de estos últimos, la explicación de por qué los otros omiten reclamar su beneficio surgirá como un subproducto.

Cuando consideramos el caso de Kitty Genovese, vemos que no hay variación de la conducta que deba explicarse, dado que nadie llamó a la policía. Las descripciones del caso señalan que varios de los observadores decidieron no llamar. Desde el punto de vista de las causas próximas, esto proporciona una explicación plenamente satisfactoria, aunque tal vez queramos conocer las razones de esa decisión. ¿No telefonearon porque temían «verse involucrados» o porque cada uno de los observadores supuso que algún otro llamaría a la policía («Demasiados pastores poco vigilan»)? Sin embargo, algunos de ellos, al parecer, ni siquiera pensaron en hacer ese llamado. Un hombre y su mujer observaron el episodio como si fuera un espectáculo, mientras que otro hombre dijo que estaba cansado y se fue a la cama. Para explicar por qué no tuvieron una reacción más vigorosa, podríamos aludir a la superficialidad de sus sentimientos, pero eso también sería dar razón de un explanandum negativo por medio de un explanans negativo. Su comportamiento, una vez más, sólo puede explicarse como un subproducto o un residuo. Si contamos con una explicación satisfactoria de por qué algunos individuos pensaron en llamar a la policía, aun cuando en definitiva hayan decidido no hacerlo, tendremos la única explicación que probablemente encontremos de por qué algunos otros ni siquiera consideraron esa posibilidad.

En el resto del libro suavizaré con frecuencia este enfoque purista o rigorista de lo que debe tomarse como un explanandum pertinente y una explicación apropiada. La insistencia en las explicaciones centradas en sucesos se asemeja un poco al principio del individualismo metodológico, que es otra de las premisas de este volumen. En principio, en las ciencias sociales las explicaciones deberían referirse únicamente a los individuos y sus acciones. En la práctica, los especialistas suelen referirse a entidades supraindividuales como las familias, las empresas o las naciones, sea como un atajo inocuo o como un enfoque no ideal que se han visto obligados a adoptar por falta de datos o teorías bien pulidas. Estas dos justificaciones también son válidas para el uso de hechos como explananda o explanantia, para las explicaciones de la varianza y no de los fenómenos «en y por sí mismos» y para el análisis de explananda negativos (no sucesos o no hechos). El objeto de la discusión precedente no es inducir a los especialistas en ciencias sociales a adoptar criterios inútiles o imposibles, sino sostener que, en el nivel de los primeros principios, el enfoque basado en los sucesos es intrínsecamente superior. Si los estudiosos tienen presente ese hecho, quizá puedan, al menos en algunas ocasiones, dar con mejores y más fructíferas explicaciones.

Es posible que a veces queramos explicar un suceso (o, mejor, un patrón de sucesos) por sus consecuencias y no por sus causas. No me refiero a la explicación por las consecuencias intencionales, dado que las intenciones existen con anterioridad a las elecciones o acciones que explican. La idea es más bien que los sucesos pueden explicarse por sus consecuencias reales: de manera habitual, sus consecuencias beneficiosas para alguien o algo. Como una causa debe preceder a su efecto, esta idea quizá parezca incompatible con la explicación causal. No obstante, ésta también puede adoptar la forma de la explicación por las consecuencias, si desde estas últimas hay una vuelta atrás hasta sus causas. En un inicio, un niño tal vez llore simplemente porque siente dolor, pero si el llanto también despierta la atención de sus padres, aquél quizás empiece a llorar antes de lo que lo haría en otras circunstancias. En el Capítulo 16 y en el Capítulo 17 sostengo que este tipo de explicación es un tanto marginal en el estudio del comportamiento humano. En la mayor parte del libro me ocuparé de la variedad simple de la explicación causal, en la cual el explanans –que puede incluir creencias e intenciones orientadas hacia el futuro– es previo a la aparición del explanandum.7

Además de la forma plenamente respetable de la explicación funcional que se apoya en mecanismos específicos de realimentación, hay formas menos prestigiosas que se limitan a señalar la producción de consecuencias que son beneficiosas en algún aspecto, y luego, sin más argumentos, suponen que éstas bastan para explicar el comportamiento que las causa. Cuando el explanandum es un rasgo distintivo, como una única acción o suceso, este tipo de explicación fracasa por motivos puramente metafísicos. Para tomar un ejemplo de la biología, no podemos explicar la aparición de una mutación neutra o nociva señalando que fue la condición necesaria de otra, ésta de carácter ventajoso. Cuando el explanandum es un tipo, como un patrón de comportamiento recurrente, puede ser o no válido. Sin embargo, mientras no lo respalde un mecanismo específico de realimentación, debemos tratarlo como si fuera inválido. Los antropólogos han sostenido, por ejemplo, que la conducta vengativa tiene diversos tipos de consecuencias beneficiosas, que van desde el control demográfico hasta la imposición descentralizada de normas. (En el Capítulo 22 se encontrarán muchos otros ejemplos.) Suponiendo que esos beneficios se produzcan efectivamente, podría ser, de todos modos, que existieran por accidente. Para mostrar que surgen de manera no accidental, es decir, que sostienen la conducta vengativa que los causa, es indispensable la demostración de un mecanismo de realimentación. Y aun cuando se proponga uno de esos mecanismos, la aparición inicial del explanandum debe tener su origen en alguna otra cosa.

La estructura de las explicaciones

Querría hacer ahora una descripción más detallada de la explicación en las ciencias sociales (y, hasta cierto punto, en un marco más general). El primer paso es fácil de ignorar: antes de tratar de explicar un hecho o un suceso, tenemos que establecer que el hecho es un hecho o que el suceso se ha producido efectivamente. Según escribió Montaigne: «Veo de ordinario que los hombres, en los hechos que se les presentan, prefieren ocuparse de buscar la razón que de buscar la verdad. […] Pasan por encima de los hechos, mas examinan con cuidado las consecuencias. Suelen comenzar así: ¿Cómo ocurre esto? Mas, ¿ocurre?, habríamos de decir».

De tal modo, antes de tratar de explicar, digamos, por qué hay más suicidios en un país que en otro, debemos cerciorarnos de que este último no tiende, quizá por razones religiosas, a denunciar menos de los que realmente ocurren. Antes de procurar explicar por qué España tiene una tasa de desempleo más elevada que Francia, tenemos que asegurarnos de que las diferencias informadas no se deben a distintas definiciones del paro o a la presencia de una gran economía informal en el primero de estos dos países. Si queremos explicar por qué el desempleo juvenil es más alto en Francia que en el Reino Unido, será necesario decidir cuál es el explanandum: la tasa de desempleo entre los jóvenes que buscan activamente trabajo o la tasa entre la juventud en general, incluidos los estudiantes. Si comparamos el paro en Europa y en los Estados Unidos, tenemos que decidir si el explanandum corresponde a los desempleados en sentido literal, lo que incluye a la población carcelaria, o en sentido técnico, que sólo incluye a quienes buscan trabajo.8 Antes de explicar por qué la venganza adopta la forma de «ojo por ojo» (mato a uno de los tuyos cada vez que tú matas a uno de los míos), debemos verificar que eso es realmente lo que observamos, y no, por ejemplo, «dos ojos por uno» (mato a dos de los tuyos cada vez que tú matas a uno de los míos). Gran parte de la ciencia, incluida la ciencia social, procura explicar cosas que todos conocemos, pero la ciencia también puede hacer un aporte si establece que algunas de las cosas que todos creemos conocer sencillamente no son así, y agrega, por decirlo de algún modo, un fragmento de conocimiento en reemplazo del que ha sido eliminado.9

Supongamos ahora que tenemos un explanandum bien establecido para el cual no hay una explicación bien establecida: un enigma. El enigma puede ser un hecho sorprendente o contraintuitivo, o simplemente una correlación no explicada. Un ejemplo de pequeña escala es el siguiente: «¿Por qué en las bibliotecas de Oxford se hurtan más libros de teología que de otros temas?» Otro ejemplo de la misma escala, que un poco más adelante examinaré con mayor detalle, es: «¿Por qué hoy son más numerosos que hace veinte años los espectáculos de Broadway que suscitan ovaciones de pie del público?»

En un plano ideal, los enigmas explicativos deben abordarse en una secuencia de cinco pasos que se detalla a continuación. En la práctica, sin embargo, los pasos 1, 2 y 3 a menudo aparecen en otro orden. Podemos jugar con diferentes hipótesis hasta que una de ellas se muestre como la más prometedora, y luego buscar una teoría que la justifique. Si los pasos 4 y 5 se cumplen como corresponde, podemos aún tener un alto nivel de confianza en la hipótesis preferida. No obstante, por razones que mencionaré al final del próximo capítulo, es posible que los estudiosos quieran limitar su libertad de elección entre hipótesis.

Elija la teoría (un conjunto de proposiciones causales interrelacionadas) que parezca prometer la explicación más fructuosa.

Especifique una hipótesis que aplica la teoría al enigma, en el sentido de que el

explanandum

se sigue lógicamente de la hipótesis.

Identifique o imagine descripciones verosímiles que puedan proponer explicaciones alternativas, también en el sentido de que el

explanandum

se sigue lógicamente de cada una de ellas.

Refute cada una de estas explicaciones antagónicas señalando implicaciones verificables adicionales que en realidad

no

se observan.

Fortalezca la hipótesis propuesta mostrando que tiene implicaciones verificables adicionales, preferentemente de «nuevos hechos», que se observan en concreto.

Estos procedimientos definen lo que suele denominarse método hipotético deductivo. En un caso dado, podrían tomar la forma mostrada en la Figura 1.2. Lo ilustraré con el enigma de la frecuencia creciente de las ovaciones de pie en Broadway. El dato no se basa en observaciones sistemáticas o experimentos controlados, sino en mis impresiones informales confirmadas por artículos periodísticos. A los presentes efectos, sin embargo, el endeble estatus del explanandum no tiene importancia. Si en nuestros días hay efectivamente más ovaciones de pie en Broadway que hace veinte años, ¿cómo podríamos intentar explicarlo?

Consideraré una explicación en función del precio creciente de las entradas a esos espectáculos neoyorquinos. Un diario menciona un comentario de Arthur Miller: «Me imagino que el público siente que, tras haber pagado setenta y cinco dólares para sentarse, es hora de ponerse de pie. No pretendo ser cínico, pero probablemente todo cambió al aumentar el precio». Cuando la gente tiene que pagar setenta y cinco dólares o más por una platea, muchos no pueden decirse a sí mismos que el espectáculo ha sido malo o mediocre y que han dilapidado su dinero. Para confirmarse que la han pasado bien, aplauden como locos.

En términos más formales, la explicación se busca en la hipótesis «cuando la gente ha dedicado mucho dinero o esfuerzo a la obtención de un bien, tiende (en igualdad de las demás condiciones) a valorarlo más que cuando el precio es menor».10 Dada la premisa fáctica de los precios crecientes, esta proposición pasa la prueba mínima que toda hipótesis explicativa debe cumplir: si es cierta, podemos inferir el explanandum. Pero esta prueba es verdaderamente mínima, y muchas proposiciones podrían satisfacerla.11 Para fortalecer nuestra creencia en esta explicación en particular, debemos mostrar que está respaldada desde abajo, desde arriba y lateralmente. (Figura 1.2)

Una explicación recibe respaldo desde abajo si podemos deducir y verificar hechos observables sobre la base de la hipótesis, más allá del hecho que ésta pretende explicar. La hipótesis debe tener «capacidad explicativa en exceso». En el caso de los espectáculos de Broadway, cabría esperar que hubiera menos ovaciones de pie en aquellos cuyos precios, por algún motivo, no se han incrementado.12 Esperaríamos además menos ovaciones de pie si grandes cantidades de entradas a un espectáculo se vendieran a empresas y éstas las cedieran a sus empleados. (Esto se consideraría como un «nuevo hecho».) Aun cuando esas entradas fuesen costosas, los espectadores no las han costeado de su bolsillo y, por lo tanto, no necesitan decirse que lo que reciben es dinero bien invertido.

FIGURA 1.2

Una explicación recibe respaldo desde arriba si la hipótesis explicativa puede deducirse de una teoría más general.13 En el presente caso, la proposición explicativa es una especificación de la teoría de la disonancia cognitiva propuesta por Leon Festinger. La teoría dice que cuando una persona experimenta una inconsistencia o disonancia interna entre sus creencias y sus valores, podemos esperar algún tipo de reajuste mental que la elimine o la reduzca. Habitualmente, el ajuste tomará el camino de la menor resistencia. Una persona que ha gastado setenta y cinco dólares para ver un espectáculo que resulta ser malo no puede convencerse con facilidad de que ha pagado una suma menor. Le cuesta menos persuadirse de que, en realidad, el espectáculo es muy bueno.

Aunque no carece de problemas, la teoría de la disonancia cognitiva tiene fundamentos bastante sólidos. Su respaldo proviene en parte de casos que son muy diferentes de los que consideramos aquí, como sucede cuando una persona que acaba de comprar un automóvil busca con avidez avisos publicitarios de esa misma marca, para reforzar su convicción de que ha tomado una buena decisión. Otra parte del respaldo surge de casos muy similares, como cuando los dolorosos y humillantes rituales de iniciación de las fraternidades y sororidades universitarias inducen fuertes sentimientos de lealtad. No digo que la gente se diga de manera consciente: «Como he sufrido tanto para unirme a este grupo, la pertenencia a él debe ser algo bueno». El mecanismo mediante el cual el sufrimiento genera lealtad debe ser inconsciente.

Una explicación recibe respaldo lateral si podemos concebir y luego refutar explicaciones alternativas que también pasan la prueba mínima. Tal vez haya más ovaciones de pie porque el público de nuestros días, que llega en autobuses llenos desde Nueva Jersey, es menos sofisticado que el tradicional auditorio de hastiados residentes neoyorquinos. O quizá se deba a que los espectáculos son mejores que antes. Para cada una de estas alternativas, tenemos que concebir y después descartar hechos adicionales que existirían si aquellas fueran correctas. Si las ovaciones de pie son más frecuentes porque el público es más impresionable, también cabría esperar que lo hubieran sido en las actuaciones fuera de los circuitos céntricos veinte años atrás. Si los espectáculos son mejores que antes, habría que esperar que ese cambio se reflejara en las reseñas y el tiempo que permanecen en cartel.

En este procedimiento, el defensor de las hipótesis originales también tiene que ser el abogado del diablo. Uno debe pensar coherentemente en contra de sí mismo: hacerse las cosas lo más difíciles posible. Deberíamos elegir las explicaciones antagónicas alternativas más fuertes y verosímiles, en vez de buscar las que son de fácil refutación. Por razones similares, cuando procuramos demostrar la capacidad explicativa excesiva de la hipótesis, debemos tratar de deducir y confirmar las implicaciones que son novedosas, contraintuitivas y tan diferentes del explanandum original como sea posible. Estos dos criterios –refutar las alternativas más verosí-miles y generar nuevos hechos– son decisivos para la credibilidad de una explicación. El respaldo desde arriba ayuda, pero nunca puede ser decisivo. A la larga, la teoría es respaldada por las explicaciones fructíferas que engendra, y no al revés. Emilio Segrè, un ganador del Premio Nobel de física, dijo que algunos laureados confieren honor al premio, mientras que otros lo obtienen de éste. Los últimos son, sin embargo, parasitarios de los primeros. De manera similar, una teoría es parasitaria de la cantidad de explicaciones fructíferas que genera. Si es capaz de otorgar respaldo a una explicación dada, sólo se debe a que lo ha recibido de explicaciones anteriores.

Lo que la explicación no es

Los enunciados cuyo propósito es explicar un suceso deben distinguirse de otros siete tipos de enunciados.

Primero, las explicaciones causales deben distinguirse de los enunciados causales verdaderos. Citar una causa no es suficiente: también es preciso señalar o al menos sugerir el mecanismo causal. En el lenguaje cotidiano, en las buenas novelas, en los buenos textos históricos y en muchos análisis de las ciencias sociales, el mecanismo no se menciona de manera explícita. Lo sugiere, en cambio, el modo de describir la causa. Cualquier suceso dado puede describirse de muchos modos. En las (buenas) explicaciones narrativas, se presupone tácitamente que, para identificar el suceso, sólo se utilizan los rasgos que tienen pertinencia causal. Si se nos cuenta que una persona ha muerto como consecuencia de haber comido alimentos en descomposición, suponemos que el mecanismo ha sido la intoxicación alimentaria. Si se nos dice que su muerte se ha producido como resultado de comer alimentos que le provocaban alergia, suponemos que el mecanismo ha sido una reacción alérgica. Supongamos ahora que la persona murió realmente debido a una intoxicación alimentaria, pero que también era alérgica a la comida en cuestión, la langosta. Decir que murió por haber comido un alimento al que era alérgica sería cierto, pero engañoso. Decir que murió por haber comido langosta sería cierto, pero poco informativo. No sugeriría absolutamente ningún mecanismo causal y sería compatible con muchos: por ejemplo, que fue asesinada por alguien que había jurado matar al primer consumidor de langosta que viera.

Segundo, las explicaciones causales deben distinguirse de los enunciados referidos a las correlaciones. En ocasiones, estamos en condiciones de decir que un suceso de cierto tipo es invariable o habitualmente seguido por un suceso de otro tipo. Esto no nos permite decir que los sucesos del primer tipo causan sucesos del segundo, porque hay otra posibilidad: ambos podrían ser efectos comunes de un tercer suceso. En su Life of Johnson, James Boswell informa que un tal Macaulay, aunque «prejuicioso contra el prejuicio», afirmaba que cuando un barco llegaba a St. Kilda, en las Hébridas, «todos los habitantes cogen un resfriado». Si bien algunos propusieron una explicación causal de este (presunto) hecho, un corresponsal de Boswell informó a éste que «la situación de St. Kilda hace que, para que un extraño pueda atracar, sea indispensable un viento del nordeste. Es el viento, y no el extraño, el que ocasiona el resfriado epidémico». Considérese asimismo el descubrimiento de que los niños que son víctimas de casos contenciosos de custodia sufren más perturbaciones que los niños cuyos padres llegan a un acuerdo privado en ese tema. Podría ser que la disputa misma por la custodia explicase la diferencia, debido a que causa dolor y culpa en los niños. También podría suceder, no obstante, que los litigios por la custodia fueran más probables cuando los padres muestran una áspera hostilidad mutua, y que los hijos de padres de esas características tendiesen a ser perturbados. Para distinguir entre las dos interpretaciones, tendríamos que medir el sufrimiento antes y después del divorcio. Más adelante se contempla una tercera posibilidad.

A continuación, un ejemplo más complejo; a decir verdad, mi ejemplo favorito de este tipo de ambigüedad. En La democracia en América, Alexis de Tocqueville examina la presunta conexión causal entre el casamiento por amor y la infelicidad en el matrimonio. Señala que dicha conexión sólo existe en las sociedades en las que esos casamientos son la excepción, y los matrimonios arreglados son la regla. Únicamente la gente obstinada irá contra la corriente, y es poco probable que dos personas obstinadas disfruten de un matrimonio muy feliz.14 Además, la gente que rema contra la corriente es maltratada por sus pares más conformistas, lo cual genera amargura e infelicidad. De estos argumentos, el primero descansa sobre una correlación no causal, debida a un «tercer factor», entre el casamiento por amor y la infelicidad. El segundo apunta a una verdadera conexión causal, pero no la que los críticos de los matrimonios por amor a quienes Tocqueville dirigía su argumento tenían en mente. El casamiento por amor sólo provoca infelicidad en un contexto en que esta práctica es excepcional. Los biólogos suelen decir que esos efectos son «dependientes de la frecuencia».15

Por añadidura al problema del «tercer factor», la correlación puede suscitarnos incertidumbre con respecto a la dirección de la causalidad. Recordemos un viejo chiste:

Psicólogo: Debería ser amable con Johnny. Proviene de un hogar destruido.

Maestro: No me sorprende. No hay hogar que Johnny no sea capaz de destruir.

O, como ha dicho el comediante Sam Levinson: «La locura es hereditaria. Tus hijos pueden transmitírtela». Se da a entender así que un hijo perturbado puede llevar a los padres a divorciarse, y no que el divorcio causa la perturbación. De manera similar, una correlación negativa entre el grado de conocimiento que los padres tienen de las actividades de sus hijos adolescentes y la tendencia de éstos a meterse en líos no muestra por fuerza que la vigilancia parental funciona, sino únicamente que hay una escasa probabilidad de que los adolescentes propensos a meterse en líos mantengan a sus padres informados de sus actividades.

Tercero, las explicaciones causales deben distinguirse de los enunciados sobre la necesitación. Explicar un suceso es describir por qué ha ocurrido tal y como ha ocurrido. El hecho de que también podría haber ocurrido de alguna otra manera, y de que habría ocurrido de alguna otra manera de no haber ocurrido como ocurrió, no brinda una respuesta a la misma pregunta. Consideremos el caso de una persona que padece de cáncer de páncreas, enfermedad que ha de matarla sin lugar a dudas en un plazo de un año. Cuando el dolor se torna insoportable, la persona se suicida. Para explicar por qué ha muerto dentro de cierto período, carece de sentido decir que tenía que morir en ese plazo porque sufría de cáncer.16 Si todo lo que sabemos sobre el caso consiste en la aparición del cáncer, la limitada esperanza de vida de las personas que padecen ese tipo de cáncer y la muerte de la persona en cuestión, es admisible inferir que ésta ha muerto a causa de la enfermedad. Tenemos el suceso anterior y un mecanismo causal suficiente para provocar el suceso posterior. Pero el mecanismo no es necesario: otro podría anticipársele. (En el ejemplo, la causa anticipante es en sí misma un efecto de la causa anticipada, pero no es obligatorio que así sea; la persona también podría morir a raíz de un accidente automovilístico.) Para averiguar lo que sucedió realmente, necesitamos un conocimiento más sutil. La búsqueda nunca termina: hasta el último segundo, alguna otra causa podría anticiparse al cáncer.17

Los enunciados sobre la necesitación reciben a veces el nombre de «explicaciones estructurales». El análisis que hace Tocqueville de la Revolución francesa es un ejemplo. En su libro publicado sobre el tema, el autor menciona una serie de sucesos y tendencias desde el siglo XV hasta la década de 1780 y afirma que, en ese marco, la revolución era «inevitable». Con ello, probablemente quiere decir que 1) un número cualquiera de sucesos de pequeña o mediana magnitud habría bastado para desencadenarla, y 2) existía la virtual certeza de que ocurrirían algunos sucesos desencadenantes, aunque no necesariamente los que ocurrieron en concreto ni en el momento en que se produjeron. También parece argumentar que 3) luego de 1750 o tal vez de 1770, nadie podría haber hecho nada para impedir la revolución. Aunque Tocqueville dejó notas para un segundo volumen en el cual pretendía describir la revolución tal y como había sucedido, podríamos aducir que, si logró establecer con solidez los puntos 1, 2 y 3, ese paso adicional era innecesario. El inconveniente que presenta esta línea de razonamiento es que en muchas e interesantes cuestiones de las ciencias sociales (y en contraste con el ejemplo del cáncer), tesis como las enunciadas en esos tres puntos son muy difíciles de establecer con métodos que no estén teñidos por una visión retrospectiva.18 Puede plantearse un argumento más convincente cuando sucesos similares ocurren independientemente unos de otros pero al mismo tiempo, lo cual sugiere que se los olía «en el aire». Un ejemplo de ello es el estudio de descubrimientos simultáneos en la ciencia.

Cuarto, la explicación causal debe distinguirse del relato. Una auténtica explicación describe lo sucedido, tal y como sucedió. Contar una historia es describir lo sucedido tal y como podría haber sucedido (y como tal vez sucedió). Acabo de sostener que las explicaciones científicas difieren de las exposiciones de lo que tenía que suceder. Digo ahora que también difieren de las descripciones de lo que quizás haya sucedido. La observación acaso parezca trivial o extraña. ¿Por qué querría alguien dar con una descripción puramente conjetural de un suceso? ¿Hay lugar en la ciencia para especulaciones de este tipo? La respuesta es sí, pero su lugar no debe confundirse con el de la explicación.

El relato puede sugerir nuevas y parcas explicaciones. Supongamos que alguien afirma que el comportamiento abnegado o asistencial es prueba concluyente de que no todas las acciones son egoístas, y que el comportamiento emocional es prueba concluyente de que no todas las acciones son racionales. Uno podría llegar a la conclusión de que hay tres formas irreductiblemente diferentes de comportamiento: racional y egoísta, racional y no egoísta e irracional. La propensión a la parsimonia, que es característica de la buena ciencia, debería impulsarnos a cuestionar ese punto de vista. ¿No podría ser que, si la gente ayuda a otros, es porque espera reciprocidad, y si se encoleriza es porque esa reacción la ayuda a salirse con la suya? Al contar una historia acerca de la probabilidad de que el egoísmo racional genere un comportamiento altruista y emocional, podemos transformar un problema filosófico en un problema pasible de investigación empírica.19 Una historia «así es porque así es» puede ser el primer paso en la construcción de una explicación convincente. De hecho, muchas de las «respuestas» que propongo en la conclusión a los enigmas que he presentado en la introducción tienen un fuerte aroma a ese tipo de historias.

Al mismo tiempo, los relatos pueden ser engañosos y nocivos si se los confunde con una explicación genuina. Con dos excepciones enunciadas en el siguiente párrafo, las explicaciones «como si» en realidad no explican nada. Considérese por ejemplo la afirmación corriente de que podemos utilizar el modelo de la elección racional para explicar el comportamiento, aun cuando sepamos que la gente no puede llevar a cabo los complejos cálculos mentales incorporados a dicho modelo (o en los anexos matemáticos a los artículos en los que éste se expone). Mientras el modelo proponga predicciones con un buen ajuste al comportamiento observado, tendremos derecho (se pretende) a suponer que los agentes actúan «como si» fueran racionales. Ésta es la concepción operacionalista o instrumentalista de la explicación, que tuvo su origen en la física y luego fue llevada por Milton Friedman a las ciencias sociales. La razón por la que podemos suponer que un buen billarista conoce las leyes de la física y puede efectuar mentalmente cálculos complejos es, se aduce, que ese supuesto nos permite predecir y explicar su comportamiento con gran exactitud. Preguntar por qué el supuesto es verdadero es no captar la idea.

Este argumento quizá sea valedero en algunas situaciones, en las cuales los agentes pueden aprender por ensayo y error a lo largo del tiempo. Sin embargo, es valedero justamente porque podemos señalar un mecanismo que produce de manera no deliberada el mismo resultado que un agente superracional podría haber calculado deliberadamente.20 Enausencia de ese mecanismo, podríamos de todos modos aceptar la concepción instrumentalista si el supuesto nos permitiera predecir el comportamiento con una exactitud muy grande. La ley de la gravedad pareció misteriosa durante mucho tiempo, en cuanto se basaba aparentemente en la idea ininteligible de la acción a distancia. No obstante, gracias a hacer posibles predicciones que eran exactas hasta muchos decimales, la teoría de Newton fue aceptada sin discusiones hasta el surgimiento de la teoría de la relatividad general. El misterioso funcionamiento de la mecánica cuántica también se acepta, si bien no siempre sin desasosiego, porque permite hacer predicciones con una exactitud aún más increíble.

La ciencia social fundada en la elección racional no puede apoyarse en ninguno de estos dos respaldos. No hay ningún mecanismo general no intencional que pueda simular o remedar la racionalidad