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En otro de sus frecuentes viajes por lo profundo de Estados Unidos, en una parada de servicio al lado de un triste pueblo del medio oeste, Jack Reacher, ex policía militar, encuentra un anillo de graduación de West Point en el escaparate de una casa de empeños. El anillo, una tradición entre quienes se gradúan en la academia militar a la que él mismo asistió, le llama la atención no solo por su pequeño tamaño –evidentemente, de mujer– sino por el hecho mismo de que haya sido empeñado: ningún graduado de West Point lo empeñaría salvo estar atravesando una situación extrema. De modo que ese anillo tiene que tener una historia. El famoso detective y justiciero de Child decide iniciar una investigación que lo llevará al montañoso oeste de los Estados Unidos, hacia Dakota del Sur y Wyoming. Entre caminos polvorientos y persecuciones, Reacher verá por sí mismo otro lado de la guerra, uno que se pelea en el interior del territorio estadounidense. La fila de medianoche es otra de las grandes novelas de Lee Child, el consagrado escritor de thrillers del siglo XXI. Jack Reacher #22
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Seitenzahl: 565
Veröffentlichungsjahr: 2025
LEE CHILD
LA FILA DE MEDIANOCHE
TRADUCCIÓN DE ALDO GIACOMETTI
Cubierta
Portada
Otros títulos de Lee Child en Blatt & Ríos
Epígrafe
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Sobre el autor
Créditos
Cubierta
Tabla de contenidos
Portada
Créditos
La fila de medianoche
Sin fallos (JR #6)
Mañana no estás (JR #13)
El asunto (JR #16)
Oblígame (JR #20)
Escuela nocturna (JR #21)
Tiempo pasado (JR #23)
Luna azul (JR #24)
Noche caliente
Sin segundo nombre
El héroe
En nuestra historia, hasta el momento se han otorgado cerca de dos millones de Corazones Púrpura. Este libro está respetuosamente dedicado a todas y cada una de las personas que recibieron dicha condecoración.
Jack Reacher y Michelle Chang pasaron tres días juntos en Milwaukee. A la mañana del cuarto día Michelle ya no estaba. Reacher volvió con el café a la habitación y encontró una nota sobre la almohada. Ya había visto ese tipo de notas. Todas decían lo mismo. De manera directa o indirecta. La nota de Chang era indirecta. Y más elegante que la mayoría. No en cuanto a la presentación. Eran unas cuantas palabras garabateadas con bolígrafo en un bloc de notas de un motel cualquiera que tenía las hojas onduladas por la humedad. Pero sí en cuanto a la manera de expresarse. Había usado un símil, para explicar y halagar y pedir disculpas todo al mismo tiempo. Había escrito: Eres como Nueva York. Me encanta ir de visita, pero nunca podría vivir allí.
Reacher hizo lo que hacía siempre. La dejó ir. Entendía la situación. Las disculpas no eran necesarias. Él no podía vivir en ninguna parte. Toda su vida era un estar de visita. ¿Quién podía aguantar eso? Se tomó el café, primero el suyo, después el de ella, y cogió su cepillo de dientes del vaso del baño y se fue, andando por un nudo de calles, izquierda y derecha, hacia la estación de autobuses. Ella estaría en un taxi, supuso. Al aeropuerto. Tenía una tarjeta gold y un teléfono móvil.
En la estación hizo lo que hacía siempre. Compró un billete para el primer autobús que salía, sin importar a dónde fuera. Y resultó que iba a un lugar de final de recorrido muy al norte y al oeste, a orillas del lago Superior. Básicamente era la dirección equivocada. Allí hacía más frío, no más calor. Pero las reglas eran las reglas, así que se subió. Se sentó y miró por la ventanilla. Wisconsin fue pasando rápido, los campos de heno con sus fardos y sus rastrojos, los pastos gastados, los árboles oscuros y densos. Era el final del verano.
Era el final de varias cosas. Ella había hecho las preguntas habituales. Que en realidad eran afirmaciones encubiertas. Podía entender un año. Absolutamente. Un chico que había crecido en bases militares al otro lado del océano y que después había sido destinado a bases militares al otro lado del océano, sin nada en el medio salvo cuatro años en West Point, que no era una institución precisamente famosa por su carga de ocio, de modo que obviamente alguien así se iba a tomar un año para viajar y hacer turismo antes de sentar cabeza. Quizás dos años. Pero más no. Y no de manera permanente. Aceptémoslo. El medidor de patologías estaba titilando.
Todo dicho con cierta preocupación, y sin juzgar. Nada importante. Apenas una conversación de dos minutos. Pero el mensaje estaba claro. Tan claro como podía estar ese tipo de mensajes. Algo de la negación. ¿Negación de qué?, preguntó él. No es que él secretamente pensara que su vida fuera un problema.
Eso confirma lo que estoy diciendo, dijo ella.
Así que Reacher subió al autobús que iba al lugar de final de recorrido, y habría hecho todo el viaje, porque las reglas eran las reglas, pero dio un paseo en la segunda parada de descanso, y en el escaparate de una casa de empeños vio un anillo.
La segunda parada de descanso llegó al final del día, y fue en la parte triste de una ciudad pequeña. Ciudad en la que posiblemente se encontraban las oficinas de gobierno del condado. O de una parte menor de ese gobierno. Quizás el Departamento de Policía del condado tenía la central allí. En la ciudad había una cárcel. Eso estaba claro. Reacher vio oficinas de fianzas y una casa de empeños. Servicio completo, todo en un mismo sitio, un local al lado de otro en una calle ruinosa pasando el edificio de los baños.
Tenía el cuerpo rígido de tanto estar sentado. Miró la calle que estaba pasando el edificio de los baños. Empezó a andar hacia allí. Sin ningún motivo en particular. Un paseo. Para estirar las piernas. Mientras se iba acercando contó las guitarras en el escaparate de la casa de empeños. Siete. Todas historias tristes. Como las canciones en las radios de música country. Sueños sin cumplir. Más abajo en el escaparate había estantes de cristal llenos de cosas más pequeñas. Joyas de todo tipo. Incluyendo anillos. Incluyendo anillos de graduación. Institutos de todo tipo. Salvo que uno no era de un instituto. Uno era de West Point 2005.
Era un anillo bonito. Tenía una forma convencional, y un estilo convencional, con una intrincada filigrana de oro, y una piedra negra, quizás semipreciosa, quizás de algún cristal, contornada por un aro ovalado en el que decía West Point en la parte de arriba y 2005 en la parte de abajo. Letras de estilo antiguo. Un enfoque clásico. O respeto por el pasado o falta de imaginación. Los graduados en West Point se diseñaban sus propios anillos. Lo que quisieran. Una vieja tradición. O un viejo privilegio, tal vez, porque los anillos de graduación de West Point habían sido los primeros anillos de graduación que existieron.
Era un anillo muy pequeño.
A Reacher no le habría entrado en ninguno de los dedos. Ni siquiera en el meñique de la mano izquierda, ni siquiera apenas más abajo de la uña. Sin duda no más abajo del primer nudillo. Era diminuto. Era un anillo de mujer. Posiblemente una réplica para una novia o una prometida. Era algo que se llevaba. Como homenaje o recuerdo.
Pero posiblemente no.
Reacher abrió la puerta de la casa de empeños. Entró. Un hombre que estaba en la caja levantó la vista. Era un oso, desaliñado y peludo. Tal vez de unos treinta y cinco años, oscuro, con mucha grasa por encima de una complexión grande. Tenía cierto tipo de astucia en la mirada. Sin duda la astucia necesaria como para calibrar su respuesta ante su imprevisto visitante de un metro noventa y cinco y ciento quince kilos. Un movimiento instintivo. El tipo no tenía miedo. Tenía un arma cargada bajo el mostrador. A no ser que fuera idiota. Algo que no parecía. En todo caso, el hombre no iba a arriesgarse a sonar agresivo. Pero tampoco a sonar complaciente. Una cuestión de orgullo.
Por lo que dijo:
—¿Qué tal?
No muy bien, pensó Reacher. Para ser honesto. Chang ya estaría de vuelta en Seattle. De vuelta en su vida.
Pero dijo:
—No me puedo quejar.
—¿En qué te puedo ayudar?
—Enséñame los anillos de graduación.
El hombre tiró de la bandeja hacia atrás para sacarla del estante. La apoyó sobre el mostrador. El anillo de West Point había rodado para un lado, como una pelotita de golf. Reacher lo levantó. Dentro tenía algo grabado. Lo cual quería decir que no era una réplica. No había sido para una prometida o para una novia. Las réplicas nunca se grababan. Una vieja tradición. Nadie sabía por qué.
No era un homenaje, no era un recuerdo. Era el original. El anillo personal de un cadete, ganado después de cuatro años muy duros. Se lo llevaba con orgullo. Obviamente. Si no estabas orgulloso de la institución, no te comprabas un anillo. No era obligatorio.
La inscripción decía S. R. S. 2005.
El autobús tocó la bocina tres veces. Estaba listo para partir, pero le faltaba un pasajero. Reacher dejó el anillo y dijo “Gracias” y salió de la tienda. Pasó andando rápido junto al edificio de los baños y se asomó por la puerta del autobús y le dijo al conductor:
—Me quedo aquí.
—No hay rembolso.
—Tampoco pensaba pedirlo.
—¿Tiene algún equipaje en el maletero?
—No llevo ningún equipaje.
—Que tenga un buen día.
El hombre accionó una palanca y la puerta se le cerró a Reacher en la cara. El motor rugió y el autobús arrancó sin él. Reacher le dio la espalda al humo del diésel y volvió andando a la casa de empeños.
Al hombre de la casa de empeños le molestó un poco tener que sacar la bandeja de los anillos tan poco tiempo después de haberla guardado. Pero lo hizo, y la apoyó en el mismo lugar del mostrador. El anillo de West Point había rodado de nuevo. Reacher lo levantó.
—¿Te acuerdas de la mujer que empeñó esto? —dijo.
—¿Cómo me voy a acordar? —dijo el hombre—. Tengo un millón de cosas.
—¿Llevas algún tipo de registro?
—¿Eres policía?
—No —dijo Reacher.
—Todo lo que hay aquí es legal.
—No me importa. Lo único que quiero es el nombre de la mujer que te trajo este anillo.
—¿Por qué?
—Fuimos a la misma academia.
—¿Dónde está? ¿En el norte del estado?
—Al este de aquí —dijo Reacher.
—No puedes ser su compañero. No de 2005. Sin ánimo de ofender.
—No me ofende. Soy de una generación anterior. Pero el lugar no cambia mucho. Lo cual significa que sé lo duro que trabajó para ganárselo. Por lo que ahora me pregunto qué tipo de circunstancia desafortunada la habrá llevado a deshacerse del anillo.
—¿Qué clase de academia era? —dijo el hombre.
—Una en la que te enseñan cosas prácticas.
—¿Como una escuela de oficios?
—Más o menos.
—Quizás murió en un accidente.
—Quizás —dijo Reacher. O no en un accidente, pensó. Había estado Irak, y había estado Afganistán: 2005 había sido un año difícil para graduarse. Dijo—: Pero me gustaría saberlo con seguridad.
—¿Por qué? —dijo otra vez el hombre.
—No sabría decirlo exactamente.
—¿Es una cuestión de honor?
—Supongo que podría ser.
—¿Las escuelas de oficios tienen esas cosas?
—Algunas.
—No hubo ninguna mujer. Yo compré ese anillo. Con un montón de otras cosas.
—¿Cuándo?
—Hace alrededor de un mes.
—¿A quién?
—No te voy a hablar de mis negocios. ¿Por qué debería hacerlo? Es todo legal. Es todo perfectamente legítimo. Eso dice el estado. Tengo una licencia y paso todo tipo de inspecciones.
—¿Entonces por qué no me lo quieres decir?
—Es información privada.
—Supongamos que te compro el anillo —dijo Reacher.
—Cuesta cincuenta dólares.
—Treinta.
—Cuarenta.
—Hecho —dijo Reacher—. Por lo que ahora tengo derecho a saber de dónde viene.
—Esto no es la casa de subastas Sotheby’s.
—Tengo derecho igualmente.
El hombre hizo una pausa.
Después dijo:
—Me lo trajo un tipo que ayuda en una organización benéfica. La gente dona cosas para pagar menos impuestos. Sobre todo coches viejos y barcos. Pero también otras cosas. El tipo les da un recibo inflado para su declaración fiscal, y después vende lo que consigue donde puede, por lo que puede, y después le hace un cheque a la organización benéfica. Yo le compro las cosas pequeñas. Consigo lo que consigo, y espero sacarle algo de dinero.
—¿Entonces crees que alguien donó este anillo a una organización benéfica para deducirlo de sus impuestos?
—Tiene sentido. Si la persona murió. Desde 2005. Parte de la herencia.
—No lo creo —dijo Reacher—. Yo creo que un pariente se lo habría quedado.
—No si le faltaba dinero para comer.
—¿Están difíciles las cosas por aquí?
—Yo estoy bien. Pero soy el propietario de la casa de empeños.
—Y aun así la gente dona a buenas causas.
—A cambio de recibos falsos. Al final el gobierno termina absorbiendo las pérdidas fiscales. Es otra manera de asistencia social.
—¿Quién es el tipo de la organización benéfica? —dijo Reacher.
—No te lo voy a decir.
—¿Por qué no?
—No es asunto tuyo. ¿Quién demonios eres?
—Solo alguien que ya está teniendo un día bastante malo. No es culpa tuya, por supuesto, pero si alguien me pidiera un consejo, le diría que hacer que mi día empeore podría llegar a ser una mala idea. Podrías llegar a ser la gota que colme el vaso.
—¿Me estás amenazando?
—Es más como el pronóstico del tiempo. Un servicio público. Como un alerta de tornado. Prepárate para ponerte a salvo.
—Lárgate de mi tienda.
—Afortunadamente ya no me duele la cabeza. Me pegaron, pero ya estoy bien. Lo dijo un médico. Una amiga me hizo ir. Dos veces. Estaba preocupada por mí.
El hombre de la casa de empeños hizo otra pausa.
Después dijo:
—¿Exactamente de qué clase de escuela era este anillo?
—De una academia militar —dijo Reacher.
—Discúlpame, pero esos lugares son para chicos problemáticos. O trastornados. Sin ánimo de ofender.
—No les eches la culpa a los chicos —dijo Reacher—. Mira las familias. La verdad es que en nuestra academia muchos de los padres habían matado gente.
—¿En serio?
—Más de lo normal.
—¿Y se mantienen unidos para siempre?
—No abandonamos a nadie.
—El tipo no va a hablar con un desconocido.
—¿Tiene licencia y pasa inspecciones del estado?
—Lo que yo hago es legal. Eso dice mi abogado. Siempre y cuando esté honestamente convencido de que lo es. Y lo estoy. Viene de una organización benéfica. Vi los documentos. Lo hace todo tipo de gente. Incluso hacen publicidad por televisión. Coches, sobre todo. A veces barcos.
—¿Pero este tipo en particular no va a hablar conmigo?
—Me sorprendería que lo hiciera.
—¿No tiene modales?
—Yo no lo invitaría a un pícnic.
—¿Cómo se llama?
—Jimmy Rat.
—¿En serio?
—Así le dicen.
—¿Dónde podría encontrar al señor Rat?
—Busca no menos de seis Harley-Davidson. Jimmy va a estar en el bar donde estén aparcadas.
La ciudad era relativamente pequeña. Más allá de la parte triste empezaba otra parte a la que quizás le faltarían cinco años para volverse triste. Quizás más. Quizás diez años. Había esperanza. Había algunos negocios tapiados, pero no muchos. La mayoría de las tiendas seguían funcionando, a un ritmo rural, sin prisa. Pasaban algunas camionetas pick-up grandes, avanzando despacio. Había una sala de billar. No muchas farolas. Estaba oscureciendo. Algo en la arquitectura dejaba claro que era una zona lechera. La forma de las tiendas se parecía a la de las viejas lecherías. Allí en alguna parte estaba el mismo ADN.
En un edificio de madera independiente había un bar, con una zona de aparcamiento de grava y un poco de hierba crecida, y sobre la grava había siete Harley-Davidson, todas alineadas. Posiblemente no fueran Hell’s Angels propiamente dichos. Posiblemente fueran de una de las tantas denominaciones paralelas. Los moteros estaban tan divididos como los baptistas. Todos lo mismo, pero distinto. Aparentemente a estos en particular les gustaban los flecos de cuero y los detalles cromados. Les gustaba ir echados hacia atrás y con las piernas bien abiertas y los pies sobresaliendo adelante. Posiblemente una manera de estar más frescos. Algo tal vez necesario. Por lo general se vestían con chalecos de cuero pesados. Y pantalones, y botas. Todo negro. Caluroso, en verano.
Las motos estaban todas pintadas de colores oscuros brillantes, cuatro con llamas naranjas, tres con símbolos parecidos a runas, delineados en plateado. El bar estaba deteriorado por el paso del tiempo, se le habían caído algunas tablas. En una de las ventanas había un aire acondicionado, funcionando a duras penas, goteando sobre un charco. Pasó un coche de policía, despacio, con los neumáticos siseando sobre el asfalto. Policía del condado. Probablemente había pasado la primera mitad de su guardia recaudando dinero municipal con una pistola radar al costado de la autopista, ahora recorría las calles traseras de los pueblos de su jurisdicción. Haciéndose ver. Prestándoles atención a los lugares problemáticos. El policía que iba adentro giró la cabeza y miró a Reacher. No se parecía en nada al hombre de la casa de empeños. Estaba impecable. Tenía la cara delgada y los ojos despiertos. Iba sentado al volante perfectamente erguido, y su corte de pelo era reciente. Estilo militar al ras. Quizás de hacía un día. No más de dos.
Reacher se quedó quieto y miró cómo se alejaba el coche. Escuchó a lo lejos el tubo de escape de una moto, acercándose, cada vez más fuerte, pesado como un martillo. Por la esquina apareció una octava Harley, avanzando lo más lento que la gravedad le permitía, una máquina grande y pesada, explotando y retumbando, el tipo echado hacia atrás con los pies en unas estriberas bien al frente. Inclinó la moto al girar y aminoró la marcha sobre la grava. Tenía puesto un chaleco de cuero negro sobre una camiseta negra. Aparcó último en la fila. Su moto en punto muerto sonaba como un herrero pegándole a un yunque. Después la apagó y la dejó apoyada sobre la pata. Volvió el silencio.
—Estoy buscando a Jimmy Rat —dijo Reacher.
El tipo miró una de las otras motos. No lo pudo evitar. Pero dijo: “No lo conozco”, y se alejó andando hacia la puerta del bar, rígido y con las piernas arqueadas. Tenía el cuerpo en forma de pera, y quizás cuarenta años de edad. Medía quizás un metro ochenta de altura, y era robusto. Tenía un bronceado amarillento, como si tuviese la piel untada con aceite de motor. Tiró de la puerta y entró.
Reacher se quedó donde estaba. La moto que había mirado el tipo era una de las tres con runas plateadas. Era tan enorme como todas las demás, pero los reposapiés y el manillar estaban un poco más cerca del asiento que los de la mayoría. Unos cinco centímetros más cerca que los del recién llegado, por ejemplo. Lo cual hacía de Jimmy Rat alguien de un metro setenta y cinco, posiblemente. Quizás muy flaco, en honor a su nombre. Quizás armado, con un cuchillo o una pistola. Quizás violento.
Reacher caminó hasta la puerta del bar. La abrió y entró. Dentro estaba oscuro y hacía calor y olía a cerveza derramada. El salón era rectangular, con una barra de cobre a la izquierda todo a lo largo y mesas a la derecha. La pared del fondo tenía un arco que daba a un pasillo angosto. Baños y un teléfono público y una puerta de emergencia. Cuatro ventanas. Un total de seis salidas potenciales. Lo primero que contaba un expolicía militar.
Los ocho moteros estaban todos amontonados alrededor de dos mesas de cuatro, una junto a la otra, al lado de una ventana. Bebían cerveza en vasos pesados transpirados de humedad. El recién llegado estaba encajado en una silla, con su silueta de pera y el vaso más lleno que el resto. Otros seis estaban en una categoría similar, en términos de tamaño y forma y atractivo visual general. Uno era peor. Alrededor de un metro setenta y cinco, correoso, de cara angosta y ojos inquietos.
Reacher siguió hasta la barra y pidió café.
—No tenemos —dijo el camarero—. Lo siento.
—¿El que está ahí es Jimmy Rat? ¿El bajito?
—Si tienes algún problema con él, te lo llevas fuera, ¿vale?
El camarero se alejó. Reacher esperó. Uno de los moteros vació el vaso y se puso de pie y se dirigió hacia el pasillo de los baños. Reacher cruzó el salón y se sentó en la silla que había quedado libre. La madera estaba caliente. El octavo tipo hizo la conexión. Miró a Reacher, y después a Jimmy Rat.
Que dijo:
—Esto es una fiesta privada, amigo. No estás invitado.
—Necesito información —dijo Reacher.
—¿Acerca de qué?
—Donaciones benéficas.
Jimmy Rat pareció desconcertado. Después se acordó. Miró hacia la puerta, del otro lado de la cual en alguna parte estaba la casa de empeños, donde se había comprometido a no decir nada.
—Lárgate, amigo —dijo.
Reacher apoyó en la mesa su puño izquierdo. Que tenía el tamaño de un pollo de supermercado. Dedos largos y gruesos con nudillos como nueces. Viejas marcas y cortes ya cicatrizados y blancos en contraste con su bronceado estival. Dijo:
—No me importa cuál es tu estafa. Ni a quién le robas. Ni para quién vendes. No me interesa nada de todo eso. Lo único que quiero saber es dónde conseguiste este anillo.
Abrió el puño. Tenía el anillo en la palma de la mano. West Point 2005. La filigrana de oro, la piedra negra. El tamaño diminuto. Jimmy Rat no dijo nada, pero algo en su mirada le hizo pensar a Reacher que reconocía el objeto.
—Otro nombre de West Point es Academia Militar de los Estados Unidos —dijo Reacher—. Hay una pista allí, en las dos últimas palabras. Esto es un caso federal.
—¿Eres policía?
—No, pero tengo una moneda de veinticinco centavos para llamar por teléfono.
El tipo que faltaba volvió del baño. Se quedó de pie detrás de la silla de Reacher, con los brazos abiertos en un gesto exagerado de perplejidad. Como diciendo: ¿qué demonios pasa aquí? ¿Quién es este tío? Reacher mantuvo un ojo en Jimmy Rat y otro en la ventana que tenía al lado, donde alcanzaba a ver un débil reflejo espectral de lo que estaba pasando a sus espaldas.
—Esa silla tiene dueño —dijo Jimmy Rat.
—Sí, yo —dijo Reacher.
—Tienes cinco segundos.
—Tengo todo el tiempo que te lleve responder a mi pregunta.
—¿Te sientes con suerte esta noche?
—No la voy a necesitar.
Reacher apoyó su mano derecha en la mesa. Era un poco más grande que la izquierda. Algo normal en las personas diestras. Tenía algunos cortes y cicatrices más, incluida una marca en forma de V que parecía una mordedura de serpiente pero que había sido hecha por un clavo.
Jimmy Rat se encogió de hombros, como si la conversación en realidad no fuera muy importante.
Dijo:
—Formo parte de una cadena de suministro. Consigo cosas de otras personas, que las consiguen de otras personas. Ese anillo lo donó o lo vendió o lo empeñó alguien y no lo recuperó. No sé más que eso.
—¿De qué otras personas lo conseguiste?
Jimmy Rat no dijo nada. Reacher miraba la ventana con su ojo izquierdo. Con el derecho vio que Jimmy Rat asentía. En el reflejo del cristal se vio al tipo que estaba a espaldas de Reacher preparándose para tirar un buen gancho de derecha. Claramente el plan era pegarle en la oreja. Quizás tirarlo de la silla. Al menos ablandarlo un poco.
No funcionó.
Reacher eligió el camino de menor resistencia. Agachó la cabeza y dejó que el golpe le pasara por encima zumbando en el aire. Después se reincorporó con un rebote, y se impulsó con los pies, giró y usó el envión hacia atrás para clavarle el codo en el riñón al tipo, que estaba girando para ponerse en posición justo a tiempo. Fue un golpe contundente. El tipo se desplomó. Reacher se dejó caer en la silla y se sentó como si no hubiera pasado absolutamente nada.
Jimmy Rat miraba fijo.
—Fuera, compañero. Como te dije —gritó el camarero.
Parecía hablar en serio.
—Ahora tienes un problema —dijo Jimmy Rat.
Él también parecía hablar en serio.
En ese mismo momento Chang estaría haciendo la compra para la cena. Quizás en una tienda pequeña cerca de su casa. Ingredientes saludables. Pero algo simple. Probablemente estaría cansada.
Un mal día.
—Lo que tengo son seis tíos gordos y uno enclenque —dijo Reacher—. Pan comido.
Se levantó. Se dio la vuelta y pisó al hombre que estaba tirado y le pasó por encima. Caminó hasta la puerta. Siguió hasta el suelo de grava, y hasta la fila de motos brillantes. Se dio la vuelta y vio que los otros también salían. Los siete no tan magníficos. En términos generales todos rígidos y con las piernas arqueadas, y torcidos de distintas maneras por las tripas de cerveza y la mala postura. Aun y todo, mucho peso. En total. Más catorce puños, y catorce botas.
Posiblemente con puntera de acero.
Quizás un muy mal día.
¿Pero a quién le importaba, realmente?
Los siete tipos se desplegaron en semicírculo, tres a la izquierda y tres a la derecha de Jimmy Rat. Reacher siguió moviéndose, haciéndolos girar hasta donde quería, que era con él de espaldas a la calle. No quería quedar atrapado contra la reja trasera de nadie. No quería quedar acorralado en un rincón. No tenía planeado correr, pero siempre era bueno tener una alternativa.
Los siete tipos ajustaron el semicírculo, pero no lo suficiente. Quedaron a unos tres metros de distancia, separados entre sí por poco más de un metro. Lo cual volvió evidentes las dos primeras jugadas. Ellos se irían acercando poco a poco, despacio, quizás gruñendo y mirando mal, por lo que Reacher se movería rápido y cruzaría la línea a golpes, tras lo cual todos se darían la vuelta, con Reacher ahora enfrentado a un nuevo semicírculo invertido, ahora de solo seis integrantes. Después solo tenía que repetir el procedimiento, lo que los reduciría a cinco. No caerían en la trampa una tercera vez, por lo que en ese punto se le abalanzarían encima, todos excepto Jimmy Rat, que, supuso Reacher, ni siquiera pelearía. Era demasiado inteligente. Lo que al final lo volvería una pelea cuerpo a cuerpo de cuatro contra uno.
Un mal día.
Para alguien.
—Última oportunidad —dijo Reacher—. Decidle al pequeñín que responda a mi pregunta y podéis volver todos a vuestras cervezas.
Nadie habló. Se apretaron un poco más y se encorvaron y empezaron a avanzar despacio, con las manos separadas a los lados del cuerpo y en posición. Reacher eligió a su primera víctima y esperó. Quería que estuvieran a un metro y medio de distancia. Un paso, no dos. Mejor guardar la energía extra para después.
Entonces escuchó de nuevo los neumáticos contra el asfalto, a sus espaldas, y frente a él los siete tipos se irguieron un poco y empezaron a mirar alrededor, con los ojos bien abiertos, exagerando un gesto de inocencia. Reacher se dio la vuelta y vio de nuevo el coche de policía. El mismo hombre. Policía del condado. El coche se acercó en punto muerto hasta quedar detenido y el hombre se quedó mirando fijo un rato. Bajó la ventanilla del lado del copiloto, y se inclinó por encima del asiento, y miró a Reacher y dijo:
—Señor, por favor, acérquese al vehículo.
Y Reacher se acercó, pero no del lado del copiloto. No quería quedar de espaldas. Por lo que dio la vuelta por detrás del maletero hasta la ventanilla del conductor. Que se empezó a bajar, mientras se subía la del lado del copiloto. El policía tenía la pistola en la mano. Tranquilo, el arma baja apoyada sobre el regazo.
—¿Quiere contarme qué está pasando aquí? —dijo el policía.
—¿Estuviste en el Ejército o en el Cuerpo de Marines? —dijo Reacher.
—¿Por qué tendría que haber estado en alguno de los dos?
—La mayoría de los que están en un lugar como este han pasado por allí. Especialmente los que viajan hasta la base militar más cercana para ir a cortarse el pelo.
—En el Ejército.
—Yo también. No pasa nada aquí.
—Tengo que escuchar la historia completa. Muchas personas han estado en el Ejército. No lo conozco.
—Jack Reacher, de la unidad 110 de la Policía Militar. Me retiré como comandante. Un placer.
—He oído hablar de la unidad 110 de la Policía Militar —dijo el policía.
—Bien, espero.
—Su cuartel general estaba en el Pentágono, ¿verdad?
—No, nuestro cuartel general estaba en Rock Creek, Virginia. Más al norte y al oeste del Pentágono. Tuve la mejor oficina de allí durante un par de años. ¿Esa era tu pregunta de seguridad?
—Ha pasado la prueba. Era en Rock Creek. Ahora dígame qué está pasando. Parecía estar preparándose para pelear con estos hombres.
—De momento solo estamos hablando —dijo Reacher—. Les pregunté algo. Me dijeron que preferirían contestarme fuera, al aire libre. No sé por qué. Quizás les preocupaba que algún curioso pudiera estar escuchando.
—¿Qué les preguntó?
—Dónde consiguieron este anillo.
Reacher apoyó la muñeca en la puerta del coche y abrió la mano.
—West Point —dijo el policía.
—Estos hombres se lo vendieron a la casa de empeños. Quiero saber quién se lo dio.
—¿Por qué?
—No lo sé exactamente. Supongo que quiero saber la historia.
—No se lo dirán.
—¿Los conoces?
—Nada de lo que tengamos pruebas.
—¿Pero?
—Traen cosas de Dakota del Sur a través de Minnesota. A dos estados de distancia. Pero nunca traen lo suficiente como para que los federales quieran intervenir en algo interestatal. Y nunca traen lo suficiente como para que un detective de la policía de Dakota del Sur se suba a un avión. Por lo que se podría decir que es algo con lo que no corren ningún riesgo.
—¿De qué parte de Dakota del Sur?
—No sabemos.
Reacher no dijo nada.
El policía dijo:
—Debería subirse al coche. Son siete.
—Estaré bien —dijo Reacher.
—Lo arrestaré, si quiere. Para que quede todo bien. Pero se tiene que ir. Porque yo me tengo que ir. No me puedo quedar aquí durante toda mi guardia.
—No te preocupes por mí.
—Quizás debería arrestarlo de todas formas.
—¿Por qué motivo? ¿Por algo que todavía no ha pasado?
—Por su propia seguridad.
—Podría llegar a ofenderme —dijo Reacher—. No pareces muy preocupado por la seguridad de ellos. Hablas como si ya fuera un asunto terminado.
—Súbase al coche. Considérelo una retirada estratégica. Puede encontrar alguna otra manera de averiguar sobre el anillo.
—¿Qué otra manera?
—Olvídelo y listo. Apuesto a que allí no hay ninguna historia. Probablemente el tipo volvió triste y amargado y vendió el maldito anillo lo más rápido que pudo. Para pagar el alquiler de su caravana.
—¿Son así las cosas por aquí?
—Con frecuencia.
—A ti te va bien.
—Dentro de lo que cabe.
—No era un hombre. El anillo es demasiado pequeño. Era una mujer.
—Las mujeres también viven en caravanas.
Reacher asintió. Dijo:
—Estoy de acuerdo, apuesto a que no es nada. Pero quiero estar seguro. Por si acaso.
Hubo un momento de silencio. Solo el susurro del motor en marcha, y una brisa en los cables del teléfono.
—Última oportunidad —dijo el policía—. Sea inteligente. Súbase al coche.
—Estaré bien —dijo Reacher de nuevo. Dio un paso hacia atrás y se irguió. El policía negó con la cabeza, exasperado, y esperó un poco, y después se rindió y se alejó en el coche, despacio, los neumáticos siseando contra el asfalto, dejando un rastro de humo con el escape. Reacher se quedó mirándolo todo el recorrido hasta que dobló en la esquina, y después volvió a subir a la acera, donde el semicírculo vestido de negro se formó de nuevo a su alrededor.
Los siete moteros volvieron a adoptar sus posiciones previas, y se encorvaron de nuevo en pose de combate, los pies separados, las manos preparadas y abiertas a los lados del cuerpo. Pero no se movieron. No querían moverse. No de inmediato. Desde su perspectiva se había sumado una nueva variable. Su contrincante estaba completamente loco. Lo había demostrado. La policía del condado le había ofrecido una salida decorosa y él la había rechazado. Se había quedado a resolver el asunto a golpes.
¿Por qué?
No lo sabían.
Reacher esperó. Supuso que a esas alturas Chang estaría llevando la compra a su casa. Dejándola sobre la encimera de la cocina. Organizando los ingredientes. Cogiendo un cuchillo de un cajón. Quizás calentando el horno. Cena para uno. Una noche tranquila. Un alivio, tal vez.
Los moteros seguían sin moverse.
—¿Ahora estáis dudando? —dijo Reacher.
No hubo respuesta.
—Respondedme a la pregunta y os dejaré ir.
No hubo ningún movimiento.
Reacher esperó.
Después finalmente dijo:
—Alguien con menos paciencia que yo podría pensar que es momento de que hagáis algo o de que os vayáis a casa.
Siguió sin haber respuesta.
Reacher sonrió.
—Entonces supongo que soy un tío con suerte —dijo—. Esto es como ganar a las tragaperras en Las Vegas. Ding, ding, ding. Saqué siete chicas grandes todas en fila.
Lo cual provocó una reacción, como él quería. Como él necesitaba. Estaba buscando que se movieran. Quería impulso y masa en movimiento. Los quería cabreados y torpes. Y lo consiguió. Se miraron entre sí, enfadados, pero ninguno quería ser el primero en moverse, o el último, y entonces, como siguiendo una señal tácita, todos se abalanzaron hacia delante, instantáneamente rabiosos, todos enardecidos y vulnerables. Reacher puso en marcha su plan original. Seguía sirviendo. Seguía siendo la jugada obvia. Esperó hasta que estuvieron a un metro y medio de distancia y después se lanzó con fuerza hacia delante y atravesó la línea con un codazo horizontal en la cara de su primera víctima, y después se dio la vuelta de inmediato y se lanzó otra vez, sin ninguna demora, clavando el pie para cortar el impulso previo y generar uno nuevo, segando con su codo al tipo que estaba a la derecha del hueco que acababa de formarse, y que se giró justo para llenarlo, apurado por volver a quedarse de frente, estrellándose contra el golpe como en un choque frontal en una autopista.
Dos menos.
Reacher se giró otra vez y se quedó quieto. Los cinco supervivientes se formaron en un nuevo semicírculo. Reacher dio un paso largo hacia atrás. Simplemente para medir sus intenciones. Que fueron exactamente las que había estimado. Jimmy Rat retrocedió, y los otros cuatro avanzaron.
Reacher se había graduado de la mayoría de las escuelas especializadas de combate que ofrecía el Ejército, la mayoría de las cuales estaban en bases ubicadas dentro de la vieja Confederación, todas dirigidas por veteranos canosos que habían hecho cosas que ninguna persona normal podría llegar a imaginar. Estas escuelas finalizaban con notas secretas en expedientes secretos y muchas magulladuras y quizás incluso con algunos huesos rotos. La regla de oro en estos establecimientos, cuando uno se tenía que enfrentar a cuatro rivales, era hacer que se redujeran a tres lo más rápido posible. Y después igual de rápido hacer que se redujeran a dos, lo que ya era como haber ganado, eso definía el partido, porque obviamente ningún graduado de una de esas escuelas podía llegar a tener algún problema en una situación de uno contra dos, porque, si así fuera, querría decir que los instructores habían hecho bastante mal su trabajo de instrucción, lo que por supuesto en el Ejército era algo lógicamente imposible.
Reacher lo llamaba aplicar la represalia primero. Los cuatro tipos estaban todos de nuevo encorvados, brazos a los lados del cuerpo, piernas arqueadas y pies separados. Quizás pensaban que esas poses resultaban amenazadoras. A Reacher le parecían un entorno lleno de blancos fáciles. Avanzó a toda velocidad y derribó de una patada en los huevos al que estaba más a la izquierda, y después se alejó en ángulo recto, alineado con los otros tres, hacia donde no podían acercársele sin esquivar al tipo de la izquierda, que para ese momento ya estaba doblado, convulsionando y vomitando y jadeando.
Reacher retrocedió de nuevo. Los tres que quedaban fueron a buscarlo, esquivando al que estaba doblado: el primero le pasó por la derecha, el segundo, por la izquierda, el tercero, de nuevo por la derecha. Todo lo cual le dio tiempo a Reacher para escabullirse detrás de la fila de motos, al otro lado. Lo que hizo que los tres tipos tuvieran que tomar una decisión. Obviamente dos irían por un lado y uno por el otro, pero ¿cuál de ellos y por cuál de los lados? Obviamente el que fuera solo correría el mayor riesgo. Era el punto débil y sería el primero en recibir un golpe, y quizás el golpe más fuerte. ¿Quién quería ese deber?
Reacher vio a Jimmy Rat mirando desde la acera.
Los tres tipos se separaron en dos y uno, los que eran dos rodeando a Reacher por la derecha, el que estaba solo, por la izquierda. Reacher se movió para salirle al encuentro, rápido, con la mente puesta en la geometría invisible que se desplegaba a sus espaldas, calculando que tendría casi tres segundos de puro uno contra uno, antes de que los otros dos llegaran a sus espaldas.
Tres segundos eran suficientes. El tipo que iba solo pensó que estaba preparado, pero no era así. Estaba pensando todo mal. Su inconsciente le decía que su mejor jugada era tardar un poco. La naturaleza humana. Millones de años de evolución. Después la parte frontal de su cerebro le dijo que no, que si el enfrentamiento era inevitable, entonces lógicamente serviría mejor a sus propios intereses haciendo que ocurriera lo más cerca posible de los refuerzos. Por lo que debía moverse en dirección a los otros dos. No en la dirección contraria.
Los impulsos contradictorios que el tipo tenía en la cabeza produjeron un movimiento repentino hacia delante, que hizo que quedara demasiado cerca demasiado rápido. Su ancho de banda mental estaba todo ocupado en cuestiones de locomoción. Tiempo y espacio. No estaba pensando en cómo defenderse. Hasta que fue demasiado tarde. E incluso en ese momento no demostró ningún tipo de imaginación. Había visto codazos y patadas, e improvisó una especie de postura defensiva multipropósito contra esas dos posibilidades, pero Reacher pasó por alto las dos y dio la última zancada inesperada a toda velocidad, y sin interrupción le dio un cabezazo de lleno en el puente de la nariz. Masa en movimiento e impulso. Garantizado. Game over. Un segundo y medio.
Reacher se dio la vuelta rápido y se encontró con los dos tipos ya al otro lado de la fila de motos, a tres metros y medio de distancia, acercándose a velocidad media, entre entusiasmados y obligados. Reacher retrocedió pasando por encima de su víctima del cabezazo y rodeó las motos hasta quedarse de nuevo del lado de la calle. Observó cómo los otros dos lo seguían. Observó que se daban cuenta. Estaban en una pista oval. Podían dar vueltas y vueltas toda la noche.
Se separaron, uno y uno. Miraron, hicieron una pausa y coordinaron. Esperaron, uno detrás de la última moto de la izquierda, otro detrás de la última moto de la derecha. Los supervivientes. Los mejores. Los más inteligentes, sin duda. Siempre es mejor ir quinto y sexto que primero o segundo.
Después de una cuenta muda hasta tres avanzaron. No era lo peor que Reacher había visto en su vida. Se movieron a la velocidad correcta, y sus ángulos eran los correctos. Los manuales dirían que era muy probable que Reacher recibiera algún golpe. De un lado o del otro. Era casi inevitable. Llegarían juntos. Sería el relleno del bocadillo.
Probablemente en ese momento Chang estaría sentada y comiendo. La comida que hubiese preparado. En la mesa de la cocina. Con una copa de vino. Una pequeña celebración, quizás. Había vuelto sana y salva.
Para Reacher recibir un golpe era algo poco común. Y pretendía que siguiera siendo así. No solo por una cuestión de vanidad. Recibir un golpe era poco eficiente. Deterioraba el rendimiento futuro.
Dio un paso hacia delante, justo en el momento en el que los dos tipos giraban en los extremos de la fila de motos. Ahora el ángulo era más llano. Era más una línea recta que un triángulo. Cogió aire. Los dos tipos se acercaron. Uno por la izquierda, el otro por la derecha. Avanzaban coordinados, paso a paso, siempre mirando hacia delante para medir las distancias relativas. Apuntando a llegar juntos.
La naturaleza humana. Millones de años de evolución.
Reacher se movió rápido hacia la izquierda, y sucedieron dos cosas. El tipo de la izquierda retrocedió, porque se sorprendió, y el tipo de la derecha aceleró, para acortar la distancia, porque estaba en modo caza total, y se le estaba escapando la presa.
Por lo que Reacher se giró de nuevo al instante, y el tipo de la derecha corrió directo a toda velocidad hacia su codazo, tras lo cual Reacher se dio la vuelta de nuevo y se encontró con que tenía medio segundo de ventaja, porque el tipo de la izquierda estaba tardando una eternidad en transformar el impulso de su movimiento hacia atrás en un movimiento hacia delante de nuevo. Lo que le dio a Reacher la oportunidad de elegir el lugar. Le pegó una patada en la rodilla, lo que hizo que el tipo se estrellase de cara contra la grava, pum, y entonces Reacher le dio una patada en la cabeza, pero con el pie izquierdo, que era su lado más débil. Algo normal en la gente diestra. Y apropiado. No había necesidad de exagerar. Ser tonto no era un pecado mortal. De hecho, no era un pecado. Solo una desventaja.
Soltó el aire.
Invicto.
Desde la acera Jimmy Rat dijo:
—¿Ahora te sientes mejor?
—Un poco —dijo Reacher.
—Si quieres puedes trabajar para mí.
—No quiero.
—¿Es un problema de mujeres?
Reacher no respondió. En vez de eso, se deslizó entre los manillares y pasó una pierna por encima y se sentó en la moto de Jimmy Rat. Se recostó en el asiento y se acomodó y puso un pie en una estribera.
—Ey —dijo Jimmy Rat—. No puedes hacer eso. No puedes sentarte en la moto de otro. Es una falta de respeto. Es algo serio.
—¿Cómo de serio?
—Es la regla número uno.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
Jimmy Rat no dijo nada.
Reacher dijo:
—Contesta a mi pregunta y me voy.
—¿Qué pregunta?
—Quiero un lugar y un nombre en Dakota del Sur, donde conseguiste ese anillo.
No hubo respuesta.
—No tengo ningún problema en quedarme aquí sentado toda la noche —dijo Reacher—. Ahora mismo no hay ningún testigo. Pero antes o después alguien vendrá. Me verán sentado en tu moto. Contigo ahí de pie sin hacer nada al respecto. Como un marica, no como una rata. Ese será tu fin.
Jimmy Rat miró alrededor.
—No es alguien a quien quieras conocer —dijo.
—Tú tampoco eres alguien a quien hubiese querido conocer —dijo Reacher—. Y sin embargo aquí estoy.
Se escuchó sonido de tráfico, a una manzana. Quizás una camioneta pick-up, avanzando despacio. Jimmy Rat miró hacia la esquina. ¿Doblaría? No dobló. Siguió de largo, y volvió el silencio.
Reacher esperaba.
Se oyó otro coche, a una manzana de distancia pero en la otra dirección.
—Lleva su negocio desde una lavandería en Rapid City —dijo Jimmy Rat—. Se llama Arthur Scorpio.
El coche que avanzaba por la calle paralela estaba reduciendo la velocidad. Preparándose para girar hacia donde estaban ellos. Estaba a treinta segundos de la esquina. Reacher se bajó de la moto y se volvió a deslizar por entre los manillares, hacia la acera. Jimmy Rat se fue en la dirección contraria, rodeando las motos, hacia las sombras detrás del edificio. Quizás para entrar por la puerta de atrás.
El coche apareció por la esquina, justo a tiempo. Era el policía del condado. Una vez más.
El policía hizo una pausa, con el pie en el freno, y después giró el volante y se detuvo junto al bordillo en el mismo lugar que antes. Bajó la ventanilla y examinó la escena. Seis hombres, todos en posición horizontal, algunos moviéndose. Más Reacher en la acera, de pie.
—Señor, por favor, aproxímese al vehículo —dijo el policía.
Reacher se acercó.
—Enhorabuena —dijo el policía.
—¿Por qué?
—Por lo que ha hecho aquí.
—No, todo esto ha sido autoinfligido. Yo solo he sido un espectador. Han tenido una especie de pelea fuerte. Creo que alguien se sentó en la moto equivocada.
—¿Esa es su versión?
—¿No me crees?
—Solo de manera teórica, ¿se supone que debería creerle?
—El abogado del tipo de la casa de empeños dice que sería mejor para todos si me creyeras.
—Lo quiero fuera del condado.
—Ningún problema. Mi plan es irme en el primer autobús.
—Necesito que se vaya antes.
—¿Quieres que robe una moto?
—Yo lo llevo.
—¿Tantas ganas tienes de que me vaya?
—Nos ahorraría mucho papeleo. A los dos.
—¿A dónde me llevarías?
—Supongo que le respondieron a su pregunta. Por lo que ahora se dirige hacia el oeste. El límite del condado allí es un camino que lleva directo a la rampa que sube a la autopista I-90. Lleno de gente amable. Alguien lo llevará.
Así que Reacher se subió, y cuarenta apacibles minutos más tarde se bajó de nuevo, en medio de la nada, sobre una carretera oscura de dos carriles, junto a un cartel que decía que estaba saliendo de un condado y entrando en el siguiente. Saludó al policía de lejos levantando la mano, y empezó a andar, cien metros, doscientos, y después se detuvo y miró hacia atrás. El policía le hizo señas con las luces y retrocedió y dio la vuelta y se fue. Reacher se quedó mirando cómo desaparecían las luces traseras, y después empezó a andar de nuevo, hasta un lugar en el que el arcén se ensanchaba un poco. Esperó allí. Delante tenía cerca de cien kilómetros de dos carriles, y después la I-90, que iba hacia el oeste a través de Minnesota, en dirección a Dakota del Sur, pasando por Sioux Falls, y seguía hasta Rapid City.
Y más allá. Hasta Seattle, si quería.
En ese momento, a unos dos mil quinientos kilómetros de distancia, Michelle Chang estaba comiendo una pizza a domicilio en la mesa de su cocina. Con un vaso de agua, no con una copa de vino. Ninguna celebración. Solo calorías. Había estado ocupada toda la tarde, poniéndose al día con una semana de quehaceres atrasados. Estaba cansada, y en parte contenta de estar en su casa, y en parte no. Imaginó que Reacher se habría ido a Chicago. Desde allí había muchas opciones. Lo echaba de menos. Pero no habría funcionado. Lo sabía. Lo sabía tan bien como nunca había sabido nada.
También en ese momento, a unos mil cien kilómetros de distancia, sonaba un teléfono sobre un escritorio en la división de Delitos Contra la Propiedad del Departamento de Policía de Rapid City. Contestó una detective que se llamaba Gloria Nakamura. Era de estatura baja y de piel oscura y estaba en ese puesto desde hacía tres años. Ya no era una novata, pero todavía no era una veterana. Faltaba una hora para que terminara su turno. Dijo:
—Propiedad, Nakamura.
El que llamaba era un técnico de Delitos Informáticos, que le estaba haciendo un favor. Dijo:
—Me ha llamado mi contacto de la compañía telefónica. Alguien que se llama Jimmy desde un número de Wisconsin acaba de dejar un mensaje para Arthur Scorpio. En su teléfono móvil. Algún tipo de advertencia.
—¿Qué clase de advertencia? —dijo Nakamura.
—Te lo enviaré por correo.
—Te debo una —dijo Nakamura, y colgó.
Sonó la señal del correo electrónico. Nakamura pinchó en el mensaje y apretó el botón del volumen. Escuchó algo que sonaba como un bar, y después una voz nerviosa que hablaba rápido. Decía: “Arthur, habla Jimmy. Ha aparecido un tío haciendo preguntas de algo que me diste tú. Parece decidido a recorrer la cadena de suministro. No le he dicho nada, pero de alguna manera ya me ha encontrado a mí, por lo que estoy pensando que de alguna manera quizás te encuentre también a ti. Si te encuentra, tómatelo en serio. Ese es mi consejo. El tío es como Pie Grande recién salido del bosque. Ten cuidado, ¿vale?”.
Después se escuchó un ruido de plástico como si alguien colgara de nuevo en la base un auricular grande y viejo. Quizás un teléfono público de pared. En un bar de Wisconsin. El expediente de Arthur Scorpio ya tenía diez centímetros de grosor. No se podía probar nada. Pero el Departamento de Investigaciones Criminales de Rapid City no se rendía. Toda la información que llegaba, por más mínima que fuera, se incluía en el expediente. Tarde o temprano algo encajaría. Nakamura escribió el informe. Después del sumario agregó sus notas. No es una prueba contundente, pero es convincente en cuanto a que existe una cadena de suministro. Después abrió un buscador y escribió Pie Grande. Entendió la idea. Un homínido mitológico, peludo, de más de dos metros de altura, de los bosques del noroeste. Abrió de nuevo el documento y agregó: ¡Quizás Pie Grande agite un poco las cosas!
Después se sintió mal por los signos de exclamación. Quedaban un poco infantiles. Pero los tenía que poner. Realmente quería que su jefe leyera el informe y diera la orden de que se retomara de inmediato la vigilancia. Por si la persona que estaba viniendo a ver a Scorpio resultaba importante. Era algo obvio, sin duda. Claramente Jimmy de Wisconsin estaba mintiendo cuando dijo que no le había dicho nada al tipo. Era ilógico. Un tipo que daba el miedo suficiente como para justificar un mensaje de advertencia también daría el miedo suficiente como para obtener una respuesta a cualquier pregunta que se le ocurriera hacer. Por lo que claramente el tipo ya estaba en camino. Por lo tanto el tiempo valía oro. Pero su jefe se adjudicaba toda la autoridad ejecutiva. Insistir era contraproducente. Por eso la inflexión aniñada, para que fuera más ameno. Para hacer que el tipo no dudara de que había sido idea suya.
Después llegaron los del turno de noche, y Nakamura se fue a su casa. Decidió que a la mañana siguiente pasaría por la lavandería de Scorpio. De camino al trabajo. Treinta minutos o una hora. Para echar un vistazo. Cabía la posibilidad de que para ese momento Pie Grande ya hubiera llegado.
Reacher no tenía ningún motivo para dudar del policía cuando le dijo que en el oeste de Wisconsin vivía mucha gente amable. El problema era la cantidad, no la calidad. Era una carretera rural solitaria, en el medio de la nada, y a esas alturas ya era casi de noche. No había ningún tipo de tráfico. O casi no había, para ser exactos. Una camioneta pick-up Dodge había pasado rugiendo envuelta en una ráfaga de viento tibio, y cinco minutos después una Ford F-150 había disminuido la velocidad para echar un vistazo, antes de acelerar de nuevo e irse sin frenar. Ahora el horizonte hacia el este estaba obstinadamente oscuro y mudo. Pero Reacher seguía siendo optimista. Con uno solo bastaba. Y había tiempo de sobra. No había ninguna gran prisa estratégica. El anillo había estado en la casa de empeños durante un mes. No había ningún rastro candente que seguir.
Apuesto a que no hay ninguna historia.
Reacher esperó, y finalmente vio unos focos delanteros acercándose desde el este, apenas un parpadeo a lo lejos, como estrellas distantes. Durante un minuto entero pareció que no se acercaban, por la perspectiva frontal, pero después la imagen se volvió más nítida. Una pick-up, pensó, o un SUV. Por la altura y la distancia entre los focos. Se colocó a un metro dentro del carril y estiró el brazo sacando el pulgar. Se puso medio de lado, como en una pose de Hollywood, para que su silueta quedara en diagonal, lo que hacía que su masa corporal se redujera visualmente. Con la altura no podía hacer nada. Pero mientras menos amenazador, mejor. Tenía mucha experiencia haciendo autostop. Sabía que todo dependía de decisiones instantáneas.
Era una camioneta pick-up. Grande. Una crew cab. Que era una doble cabina extendida. Japonesa. Con mucho cromado y mucha pintura brillante. Redujo la velocidad. Se acercó. La cara de la persona que conducía estaba iluminada por una luz roja, del tablero. No va a pasar, pensó Reacher. La que conducía era una mujer. Tendría que estar loca.
La camioneta frenó.
Era una Honda. Rojo oscuro metalizado. Se bajó la ventanilla. En el asiento de atrás había un perro. Como un pastor alemán, pero más grande. Más o menos del tamaño de un poni. Quizás una mutación anormal. Tenía dientes grandes como balas de fusil. La mujer se inclinó hacia el asiento del copiloto. Tenía el pelo oscuro recogido hacia atrás. Llevaba puesta una camisa rojo oscuro. Tenía alrededor de cuarenta y cinco años.
—¿A dónde vas? —dijo.
—Necesito llegar hasta la autopista I-90 —dijo Reacher.
—Sube. Es cerca de donde voy.
—¿Estás segura?
—¿De a dónde voy?
—De que yo suba. Desde el punto de vista de la seguridad. No me conoces. No soy una persona peligrosa, pero si lo fuera, igual diría eso, ¿no?
—Viajo con un perro salvaje.
—Podría estar armado. Lo más obvio sería dispararle primero al perro. O cortarle el cogote. Y después empezar contigo. Eso es lo que me preocuparía a mí. Profesionalmente hablando.
—¿Eres policía?
—Estuve en la policía militar.
—¿Estás armado?
—No.
—Entonces sube.
La mujer dijo que tenía un campo, con mucho ganado lechero y muchas hectáreas. Le iba bien, supuso Reacher, a juzgar por el coche. Por dentro parecía tan ancho como un Humvee. Estaba tapizado con cuero acolchado. Era tan silencioso como un coche de lujo. Charlaron. Él le preguntó si siempre se había dedicado al campo, y ella dijo que sí, cuatro generaciones. Ella le preguntó de qué trabajaba, y él le dijo que estaba sin trabajo. El perro gigante seguía la conversación desde el asiento de atrás, moviendo su cabeza bestial para un lado y después para el otro.
Una hora más tarde la mujer frenó y lo dejó en el trébol de acceso de la autopista I-90. Reacher le dio las gracias y la saludó de lejos levantando la mano. Era una persona agradable. Uno de esos encuentros casuales que hacían que su vida fuera lo que era.
Después caminó hasta la rampa que iba para el oeste y empezó todo de nuevo, colocándose en ángulo, un pie en la banda rugosa, el otro en el carril, con el brazo estirado y sacando el pulgar.
A unos mil cien kilómetros de distancia, en su oficina en la parte de atrás de una lavandería en Rapid City, Arthur Scorpio estaba revisando en su móvil los últimos correos del día, y los últimos mensajes de texto y de voz. Llegó al mensaje de Jimmy Rat, y escuchó No le he dicho nada, pero de alguna manera ya me ha encontrado a mí, por lo que estoy pensando que de alguna manera quizás te encuentre también a ti. Lo cual traducido a un idioma normal quería decir Te he delatado y hay un tío que está yendo hacia allí. Por lo que, a largo plazo, no más negocios con Jimmy Rat, y a corto plazo, habría que considerar tomar algunas medidas defensivas.
Scorpio llamó a su secretaria a su casa. Se estaba yendo a la cama. Le preguntó:
—¿Quién o qué es Pie Grande?
—Es un hombre mono gigante que vive en los bosques —dijo ella—. En las montañas del noroeste. Mide más de dos metros y es todo peludo. Come osos y vacas. Un ganadero perdió mil cabezas de ganado, con los años.
—¿Dónde fue eso?
—En ningún lado —dijo la secretaria—. Es algo imaginario. Como un cuento de hadas.
—Ajá —dijo Scorpio.
Después colgó e hizo otras dos llamadas, las dos a dos hombres de confianza que conocía. Después cerró la lavandería y se subió al coche y se fue a su casa.
Cerca de medianoche a Reacher lo recogió un camión cisterna de acero inoxidable brillante que llevaba veinte mil litros de leche orgánica en un tanque aerodinámico, con forma de bala de cola de barco. Iba a Sioux Falls, que era el límite oeste de la zona de distribución de esa empresa de productos lácteos en particular. Pero que todavía estaba a casi seiscientos kilómetros de Rapid City. No te preocupes, dijo el conductor. Allí será fácil conseguir a alguien que te lleve. Había una parada de camiones que tenía toda clase de movimiento, de día y de noche. Un lugar grande de verdad, como si fuera el cruce de todos los caminos del mundo.
Reacher se encargó de que el hombre estuviera hablando durante todo el camino a través de Minnesota, lo que asumió como su trabajo, como anfetamina humana. Cualquier cosa que mantuviera al hombre despierto. Cualquier cosa que le ahorrara el viejo chiste: Quiero morir de manera pacífica, durmiendo, como mi abuelo. No gritando aterrorizado como sus pasajeros. La conversación resultante se fue abriendo en múltiples direcciones. Se expusieron injusticias institucionales de la industria láctea. Se ventilaron agravios. Después el hombre quiso escuchar historias de guerra, así que Reacher se inventó algunas. La gran parada de camiones llegó rápido. El hombre no había exagerado. Había una estación de servicio de varias hectáreas, y un motel de dos pisos de cien metros de largo, y un restaurante familiar grande como un hangar, resplandeciente de neón por fuera y de tubos fluorescentes por dentro. Había camiones de dieciocho ruedas entrando y saliendo uno tras otro, y todo tipo de coches y camionetas y furgonetas.
Reacher se bajó del camión cisterna y fue directo a la recepción del motel, donde pidió una habitación, aunque prácticamente ya estaba amaneciendo. No tenía ningún sentido llegar a Rapid City cansado y exhausto. Tampoco tenía ningún sentido llegar a la hora exacta a la que lo estaban esperando. Obviamente Jimmy Rat habría llamado a Arthur Scorpio. Para anticiparse y cubrirse, como diciendo No he sido yo, en serio, pero creo que alguien te ha delatado. Mensaje del que no necesariamente creerían cada detalle, pero que llevaría a que se tomaran medidas, como una alerta temprana distante. Hay algo allí fuera. El miedo más antiguo de la historia de la humanidad. Scorpio pondría vigilantes de inmediato. Y entonces Reacher, a su vez, los dejaría mirando una completa nada todo el primer día. Para que se aburrieran, para que se les fuera el entusiasmo, para que bostezaran y se les cerraran los ojos. Siempre es mejor ser uno el que elige el momento del enfrentamiento. Por lo que desayunó en el restaurante atestado, y después volvió a la habitación, y se dio una ducha, y se acostó justo en el momento en el que salía el sol, con el diminuto anillo de West Point sobre la mesita de noche que tenía al lado.
En ese momento, a casi seiscientos kilómetros hacia el oeste, en Rapid City, la detective Gloria Nakamura ya estaba lista para empezar su día. Se había despertado antes del amanecer, y se había duchado y vestido y había desayunado. Ahora estaba saliendo, una hora antes. Para ir al trabajo, pero no todavía.
Fue en su propio coche, que era un sedán Chevy mediano. Azul pálido, y tan anónimo como un coche de alquiler. Cruzó el centro de la ciudad, y se desvió de la calle principal hacia el territorio de Arthur Scorpio. Era el propietario de toda una manzana. Su lavandería estaba en el edificio del medio. Como una casa central. La manzana daba a una calle transversal de hormigón agrietado con una acera angosta en la que había un árbol muerto en un pozo seco. Por detrás de la manzana había un callejón de servicio, para entregas y recolección de basura.
