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¿En qué nos parecemos a los lobos? Rachel Caine lleva diez años estudiando y protegiendo las manadas de lobos en una reserva india de Idaho, una labor absorbente que limita su vida personal a escasas amistades y a relaciones esporádicas. Todo va a cambiar cuando recibe una interesante oferta de uno de los hombres más ricos del Reino Unido, el duque de Annerdale; un excéntrico aristócrata de Cumbria, tierra natal de Rachel, que pretende reintroducir el lobo gris en los campos británicos. Es el proyecto más ambicioso y atractivo al que se ha enfrentado, aunque el regreso a Cumbria supondrá para Rachel el rencuentro con una madre problemática y excéntrica, que ha condicionado la historia de su particular familia, así como implicarse, más allá de lo previsible, en el cuidado de la vida salvaje en la reserva y de la vida inesperada que se va abriendo paso en su interior. La vuelta de los lobos despierta en la región temores atávicos, viejos mitos y arcaicas supersticiones que se traducen en protestas y presiones, sobre el trasfondo de un marco político convulso por el proceso de independencia de la vecina Escocia. En "La frontera del lobo", Sarah Hall, considerada por la revista "Granta" como una de las mejores voces de la literatura inglesa del momento, describe con una inusual belleza la vida y el comportamiento de los lobos, así como el espectacular paisaje que los rodea, convertido en espejo de nuestra propia naturaleza interior, de los lazos que se rompen y se asientan, de nuestras identidades reales o imaginarias... Una alegoría que indaga, mientras el lector avanza con paso seguro en el relato, en la complejidad de la existencia, tanto animal como humana, y en el límite difuso entre la vida salvaje y la civilización, dentro y fuera de cada uno de nosotros.
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Seitenzahl: 656
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Sarah Hall
La frontera del lobo
Traducido del inglés porCatalina Martínez Muñoz
El país natal
La reserva
Todo tiende al hierro
Los lobos
Por dentro todos somos rojos
Locuras
La escuela de caza
Desprotegidos
Agradecimientos
Créditos
A Fiona
Susiraja (finés): literalmente, «frontera del lobo». El límite que separa la capital de la región del resto del país. El nombre sugiere que, al otro lado de la frontera, todo es naturaleza virgen.
RARA VEZ SUEÑA CON ELLOS. De día son esquivos, se esconden entre la maleza de la reserva y se alejan del cubil. Son veloces, pero también holgazanes: van de un lado a otro camuflados por el pelaje, de los mismos colores que su territorio, y duermen debajo de un tronco, invisibles en ambos casos. Han perfeccionado sus técnicas de desaparición. De noche, regresan. Las cámaras captan los ojos rojos, los hocicos oscuros, a su regreso de alguna cacería. Otras veces se oyen sus aullidos cerca de la alambrada, componiendo un largo armónico. Uno lleva la voz cantante, los demás se suman. De noche no hay necesidad de imaginar, no hay necesidad de soñar. Su reino escapa a nuestras mentes.
Ha caído en Chief Joseph la primera nevada, prematura. Los pinos se pliegan, tolerantes; los ríos se han vuelto blancos. En las cabañas del bosque, las tuberías y las provisiones de carne de venado empiezan a congelarse. Los ranchos de los millonarios están vacíos: los termostatos programados, las verjas cerradas. Las carreteras siguen abiertas, pero hay pocos visitantes. Hace tiempo que terminaron los powwows del verano, los encuentros rituales de las tribus nativas. Solamente los casinos hacen negocio con los turistas, celebran fiestas exclusivamente para hombres y para viejas adictas al juego, mientras se reparan las luces de neón. La manada no tardará en marcharse también, al norte, tras los pasos del caribú, y el centro cerrará todo el invierno. Rachel cogerá un avión para volver a casa, a Inglaterra. Su primera visita en seis años. La última terminó mal, con una discusión, una trifulca familiar. Ha recibido una oferta para satisfacer los caprichos de un hombre rico, dueño de casi una quinta parte del condado. Y su madre se está muriendo. Ninguna de estas dos obligaciones es urgente: los dos jugadores esperarán, con distinto grado de paciencia. Mientras tanto, nieva. Los lobos de Chief Joseph olfatean las huellas de pezuñas, hacen incursiones desde sus cubiles. Los lobeznos han crecido, están preparados para emprender el viaje en cualquier momento. Los consejos tribales se reúnen en Lapwai para hablar de subvenciones, del mantenimiento de las carreteras, de las cuotas de caza del gobernador y de la protección de la manada. El cometa Hernández se divisa en el cielo a levante, bajo y tenue, sobre los barracones.
LA NOCHE ANTES DE SALIR de Idaho, Rachel sueña con ellos, y con Binny. Binny está sentada en un banco de madera del antiguo parque natural, en la entrada de las casetas de las aves: lleva un abrigo de cuero largo y está fumando tabaco de liar. Tiene el pelo corto, oscuro, cubierto por un sombrero verde. Es el cumpleaños de Rachel. Su deseo de cumpleaños es pasar el día en Setterah Keep, una decrépita reserva victoriana para animales salvajes en el valle del Lowther. Han hecho la ronda por la zona de los jabalíes, de las nutrias, de los pavos reales, de las lechuzas y búhos. A Binny le gusta el búho real. Le gustan sus orejas sesgadas, los túneles anaranjados e inmóviles de sus ojos. Está sentada tranquilamente, fumando y observando al búho, que sacude las alas recortadas y se arregla las plumas con el pico. Binny es flaca y de pechos grandes: un cuerpo que está mejor sin ropa, un cuerpo creado para destruir a los hombres. Todavía no está embarazada del hermano de Rachel. Lleva unos pantalones de nailon verdes que desprenden electricidad estática cuando Rachel los roza al apoyarse. La lechuza pequeña, fornida, encorvada, merodea por el corral en busca de comida y se zampa un ratón entero, hasta la cola. Rachel odia las lechuzas. Son como brochas gordas: una forma absurda. Giran la cabeza con un movimiento barrido y tienen un pico fuerte y maniático. Cuando entra en el refugio y ve a la lechuza blanca lunar, la oscuridad le acribilla la cabeza. El cobertizo de las aves apesta a barro, a plumas y a moho. Sale al aire libre, se sienta en el banco con Binny y remueve la tierra con las puntas de los pies. ¿Te aburres, hija?, dice Binny. Querías venir. Vuelve a ver a las nutrias. Puedes tomar un helado. A Binny le gusta la libertad. Le gusta el hombre del quiosco de golosinas. Le hace reír cuando le pregunta si son hermanas. Binny lo mira a los ojos. Ve, hija, dice, mientras enciende otro cigarrillo. Sé valiente.
Rachel se acerca al estanque de las nutrias, desenvuelve el helado de chocolate con menta y chupetea la bola grumosa. El estanque tiene un foso cubierto de moho que se desplaza como un río. Las nutrias reman tumbadas de espaldas y comen cabezas de pescado. Su pelaje se ciñe al agua. Parlotean unas con otras. El cucurucho del helado es de malta. Rachel entra en la cabaña de los reptiles, donde hay insectos brillantes pegados a las urnas de cristal. Las serpientes se deslizan más despacio que la eternidad.
Binny sigue hablando con el hombre del quiosco, apoyada en el mostrador. Rachel puede ir adonde quiera: se conoce todos los caminos de los alrededores del pueblo, las sendas, las pistas que atraviesan los páramos. Pasa por delante de la jaula de los loros, que se gritan los unos a los otros, por delante de la tienda de regalos y de los aseos, por encima de un puente que cruza un arroyo, y llega a una cancela de madera tratada con creosota en la que hay un cartel con letras rojas. No puede leerlo, porque todavía no va al colegio. Cruza la puerta y se adentra en el bosque. Los árboles también huelen a menta. Senderos que atraviesan el bosque, señalados con flechas, pasillos de sombra a ambos lados. Sé valiente. Hay mucho silencio. Las agujas marrones de los pinos forman un reguero entre los troncos, y los pasos de Rachel resuenan como diminutos crujidos de seda. Un desvío a la derecha. Un desvío a la izquierda. Se interna en la oscuridad impregnada de verdor. En la punta del cucurucho hay un trocito de chocolate. Ahora que se ha alejado, Rachel es más consciente de dónde está.
Aquí. Continúa subiendo entre los árboles a lo largo de una alambrada alta y solemne. El alambre es grueso y resistente, trenzado en forma de rombos. En la alambrada hay otro cartel. Quizá haya llegado al final del parque. ¿Qué hay al otro lado? ¿Hola? Se estira y se agarra al alambre. Apoya las puntas de los zapatos entre los huecos y se levanta del suelo. Al otro lado hay matorrales y tierra erosionada. Un montón de color sonrosado, con restos de pelo arrancado y cubierto de moscas. Se apoya en la alambrada, flexiona las rodillas, se balancea y sacude el metal como un sonajero. Vacío al otro lado. Hojas revoloteando. ¿Hola?
Lo ve acercarse entre los matojos, como si lo llamaran. Viene hacia ella sin clemencia, levantando las zarpas, deprisa, aunque sin correr. Una palabra que Rachel no tardará en aprender: trote. Es un ejemplar perfecto: las patas largas, el pecho plano, vestido para el frío con varias capas de pelaje gris. Se acerca a la alambrada y la mira a los ojos, con una mirada de un color amarillo puro. El hocico largo, la cola negra retorcida, la melena corta. Un perro anterior a la invención de los perros. El dios de todos los perros. Es una criatura tan hermosa que Rachel a duras penas lo comprende. Pero él la reconoce. Lleva dos millones de años viendo y olfateando animales como ella. Sigue mirándola. Los ojos amarillos con un cerco negro. Sus pensamientos innombrables. Rachel se sujeta a la alambrada, pero la alambrada casi ha desaparecido. Está colgada en el aire, suspendida como una delicada ofrenda. El lobo se abalanzará sobre ella en cualquier momento.
Mientras tiene este sueño, Rachel ha dejado de respirar. La nieve cae en el tejado de la cabaña, entre kilómetros de negrura. El ordenador de la oficina parpadea despacio, almacenando datos y correos electrónicos. Se ha abierto la veda del alce. No queda nadie en el cubil de Chief Joseph y la manada avanza en fila india por la región de Bitterroot: nómadas del invierno. Ha guardado en el bolsillo de la cazadora su pasaporte británico, y su madre, que ya no es fuerte ni capaz, se está muriendo muy lejos de allí. Vamos, hija. En el sueño, el lobo la observa. Los ojos amarillos y vacíos. Un chamán de la reserva pidió a Rachel en cierta ocasión que le describiera la sensación de comunión que tuvo al ver a un lobo por primera vez. ¿Qué sintió su corazón? Esperaba recibir dinero a cambio: Rachel estaba recién llegada y tal vez le daría una bolsa de piel, un amuleto de cuero, un colmillo. Yo no creo en lo que tú crees, dijo ella.
¿Qué se siente? Un temor preerótico. El corazón le da un vuelco en el pecho, huele a sangre. Se suelta de la alambrada y baja al suelo. El lobo agacha la cabeza: vuelve a mirarla con unos ojos duros como el oro, sin piedad. Entonces abre la poderosa mandíbula y enseña una cordillera de riscos blancos, relucientes y afilados, los labios negros y replegados. Una lengua larga como una bobina. Se enciende en el cerebro de Rachel una señal de alerta evolutiva. Qué significa esa boca. Retrocede, da media vuelta y avanza despacio a lo largo de la alambrada, apretando los puños. El lobo cruza las patas delanteras, se vuelve y la sigue en paralelo al otro lado de la cerca. Un mancha alargada y gris, la cabeza vuelta hacia la niña, vigilando con un ojo. La niña se para y el lobo se para. Rachel da la vuelta despacio y sigue andando en dirección contraria. El lobo cruza las patas, se vuelve y la sigue. Un eco, un espejo. La niña se detiene. ¿Qué haces? El lobo levanta las orejas, las dobla hacia delante. Rachel echa a correr a lo largo de la alambrada por el suelo resbaladizo, cubierto de ramas y agujas de pino. Va muy deprisa. Pero el lobo sigue corriendo a su lado con la misma exactitud, cambiando de dirección a la vez que ella, casi antes que ella, en sentido inverso. Da la vuelta cuando ella da la vuelta, corre cuando ella corre. Rachel sigue corriendo con todas sus fuerzas por los bosques de Setterah, al lado de la alambrada, y el lobo corre con ella. Entre los árboles. Hasta la esquina de la cerca, donde Rachel se para, jadeando, y el lobo se para y la observa. ¿Qué haces?, pregunta Rachel.
Pero ya lo sabe. Las capas del sueño empiezan a retirarse. La alarma de la radio parpadea y en la emisora, KIYE, suena una canción de rock de los ochenta. Tiene un hombro frío, fuera de las mantas. El cerebro empieza a ponerse en marcha. Esta criatura de las tinieblas exteriores que ha logrado extenderse por amplias zonas del planeta, mítica y aterradora, cazada con las armas de todas las épocas, con hachas de piedra, lanzas, cepos de acero y fusiles semiautomáticos, estaba jugando.
LAS CINCO DE LA MAÑANA en la montaña. Kyle la llevará al aeródromo antes de que amanezca y desde allí irán en avioneta hasta Spokane. Envuelta entre las mantas, oye el ruido suave de la nieve que se desprende del tejado y las ramas. La reserva victoriana de Setterah: un mundo perdido. Le encantaba pasar allí sus cumpleaños cuando era pequeña. Hasta que, en 1981, una ley obligó a cerrar muchos de estos parques. Incluso un siglo antes, ya debían saber que aquellos recintos eran demasiado pequeños, como corrales, espacios que llevaban a la locura. Después de ducharse y tomar un café, cuando ya está despierta, llama a Binny por teléfono y le recuerda a qué hora llegará. Sí, el jueves. Sí, a la hora de cenar, si no hay mucho tráfico. Luego, curiosamente, le cuenta a su madre lo que ha soñado. No, dice Binny. No. No ha sido un sueño. Había lobos en el parque en aquella época. ¿No te acuerdas? Los niños los torturabais. Uno de ellos se escapó, y se armó un lío tremendo.
***
EL DUQUE NO ESTÁ en casa cuando Rachel llega a Pennington Hall. Su secretaria ya le ha advertido que es un hombre imprevisible, que pocas veces cumple con sus compromisos. Una prerrogativa de la riqueza y la excentricidad. Ha tardado ocho horas en coche desde Londres: atascos en los alrededores del aeropuerto y en la circunvalación del norte, un accidente al sur de Kendall, todos los carriles parados hasta que un helicóptero consiguió aterrizar en el arcén para rescatar al motorista destrozado. Como de costumbre, el tráfico es muy lento en las carreteras del interior del condado: caminos de grava y turistas que conducen con parsimonia. Un corrimiento de tierras en uno de los puertos ha obligado a cerrar la carretera, así que tiene que dar la vuelta en la barrera y seguir una ruta más larga, bordeando el lago, para adentrarse en los valles occidentales. Los páramos se elevan, con las laderas cubiertas de helechos muertos del color del óxido. Entre los helechos asoma el granito, las nubes se concentran abajo. Rachel pone los limpiaparabrisas en modo intermitente, pero la lluvia es demasiado fuerte o demasiado fina; las escobillas de goma chirrían y el cristal se vuelve borroso. El GPS calcula una vez más y le dice que dé la vuelta, que vuelva por donde ha venido. Rachel lo apaga y compra un mapa en la tienda de un pueblo. No conoce esta zona del distrito: su pueblo está al otro lado de las montañas.
Está agotada cuando llega a la verja de la finca, y tiene náuseas, por el jet lag y el café de gasolinera. Aun así, es capaz de apreciar la belleza del paisaje —los suaves tonos rojizos de los árboles en septiembre, la humedad, el brillo de la luz en los montes— y se fija en que el lago podría ser una buena frontera natural, si es que el condado siguiera siendo un territorio virgen. No lo es, desde que se talaron los bosques primigenios. La verja de la finca es de hierro forjado, muy elaborada, con un escudo de armas. Aparca al lado del portero automático, baja la ventanilla y respira. Páramos, turberas, helechos, agua y todo lo que el agua toca: la mirada del otoño. Rachel está acostumbrada al olor de la picea y la artemisa en Chief Joseph, a los vapores acres de la fábrica de papel, río abajo. Y reconoce de inmediato el aroma característico de Cumbria: las feromonas de las tierras altas.
Se estira para llamar al portero automático, pero las verjas ya empiezan a abrirse en silencio. La están observando por un circuito de vídeo. La avenida es larga, de gravilla recién extendida, flanqueada de robles. Pasa al lado de un árbol tan viejo y con la corteza tan gruesa que las ramas más bajas se doblan casi hasta rozar el suelo. Están sujetas con puntales, para sostenerlas. A un lado de la avenida pacen varios corzos. Levantan la cabeza al oír el coche, pero no se mueven. La mansión de piedra roja parece parcheada y cubierta de sangre bajo la lluvia. La hiedra se enreda en la fachada, pero el edificio no tiene en absoluto un aspecto abandonado, a pesar de su tamaño y de su antigüedad. Las almenas están intactas, las ventanas son modernas y caras. Parece que Thomas Pennington no ha pasado momentos difíciles, no ha tenido que pagar impuestos desorbitados por su herencia. Salta a la vista que la mansión no ha sido víctima de los cambios democráticos, como tantos otros monstruos aristocráticos de las zonas rurales. Es posible que los jardines y la vivienda estén abiertos al público, o que en algún rincón del laberinto hayan abierto un lucrativo salón de té, que vendan bulbos y flores, que alquilen salones para celebrar bodas, lo de siempre. O puede que el duque haya sabido modernizar hábilmente sus negocios y tenga cuentas corrientes fuera del país. Rachel aparca al lado de la torre, junto a un MG azul y una furgoneta; sale del coche y se estira. El aire es húmedo y fresco. Se oye un clamor de grajos en los árboles más próximos. Da la impresión de que la montaña, al fondo, se hubiera construido con fines estéticos: la vista es de una belleza increíble.
La puerta principal es imponente, medieval, cubierta de remaches de hierro, a prueba de asedios. La flanquean dos leones sentados, con la melena salpicada de líquenes. No parece oportuno utilizar esta entrada, pero no hay otra, ningún cartel para los proveedores. Toca la campana, y al otro lado se oye un tañido de hierro. Aparece una mujer, de mediana edad, rellenita, con traje azul marino. Tiene el pelo caoba, no lleva joyas ni va maquillada, y el tono de la piel es como el de la rosa de invierno. Su aspecto es profundamente inglés, el de una Inglaterra desaparecida hace setenta años. Le sentaría bien ir acompañada por una jauría de sabuesos, piensa Rachel, y llevar una escopeta encajada en el codo: es probable que en algún momento haya ofrecido esta imagen. La mujer se presenta como Honor Clark, secretaria del duque. Rachel le da la mano.
Siento mucho llegar tarde. El vuelo se retrasó. Nieve en Spokane. Estuvimos un buen rato parados en la pista: tuvieron que rociar el avión para protegerlo contra el hielo. Casi pierdo la conexión. Luego el viaje en coche... Espero que el duque no haya tenido que esperarme demasiado.
Sus disculpas son irrelevantes. El duque no está.
No sé dónde está, dice Honor Clark. Se ha llevado el Land Rover, y eso no es buena señal, aunque significa que no ha salido de la finca. Yo me voy dentro de media hora. ¿Quiere pasar?
Rachel mira el reloj.
Sí. Vale. Gracias.
Sigue a la mujer hasta un gran vestíbulo, bien caldeado, luego por un pasillo decorado con retratos de venados de Heaton Coopers y algunas obras abstractas de buen gusto. Honor Clark la lleva a un enorme salón amueblado con todo lujo de detalles: una butaca Bauhaus, vitrinas con cristalería, librerías y una inmensa chimenea de piedra. La chimenea no está encendida, pero la temperatura es agradable, no hay corrientes medievales. La secretaria levanta las manos, como si quisiera protegerse de algo.
Me temo que no puedo ofrecerle nada de cenar. Thomas tiene un acto público esta noche en Windermere y cenará fuera. Esta semana no tenemos invitados, y el chef está de permiso.
No se preocupe.
Como ya le he dicho, no creo que el duque pueda recibirla hoy.
De acuerdo. Pero teníamos una cita. Creo que debería esperar.
La secretaria asiente con la cabeza y baja las manos.
Dijo usted que no necesitaba un hotel, y no he reservado.
No. Me alojo con mi familia.
¿Es de por aquí? No le noto el acento local.
He estado fuera mucho tiempo.
Comprendo.
Honor Clark la invita a entrar en el salón, y Rachel se sienta en la chaise longue, al lado de la chimenea vacía. Seda china, en un estado casi perfecto. Tiene los pantalones muy arrugados. La etiqueta de la cinturilla le está rozando en la espalda, pero no ha podido cortarla, ni durante el vuelo ni en el trayecto en coche. Hace casi un año que no se ponía unos pantalones de vestir, desde que estuvo en la conferencia de Minnesota, donde pronunció el discurso principal, bebió demasiado en el bar del hotel, con Kyle y Oran, discutió con el presidente de la Organización Internacional para la Protección de las Ballenas, volvió a acostarse otra vez con Oran y se marchó un día antes de lo previsto. No exactamente avergonzada, más bien inquieta. En los bares y los restaurantes de Kamiah que frecuentan los trabajadores del centro de naturaleza los fines de semana, la etiqueta indumentaria para hombres y mujeres no pasa de los vaqueros y las botas. No se ha duchado desde que salió de Chief Joseph y ya no queda ni rastro del desodorante. Nunca ha estado en este ambiente social, en ningún país. Incluso sin tener en cuenta el cambio horario y el déjà vu de la vuelta a casa, la situación le resulta extrañísima. Honor Clark se acerca al aparador.
Muy bien. Póngase cómoda y descanse. ¿Le apetece un jerez?
Sí, gracias.
¿Dulce o seco?
Seco.
La secretaria coge una licorera de cristal tallado, la destapa y sirve un líquido viscoso, de color topacio. Rachel nota la complicada urdimbre de las alfombras debajo de los talones, con sus dibujos de ciruelas y cercetas. Seguro que cada alfombra vale varios miles de libras. La cabaña de Rachel en Chief Joseph solo tiene armarios de conglomerado y suelos de linóleo. Tazas de café de plástico, con el logo del centro desvaído. Toda su cabaña cabría, si no en esta amplia estancia con las paredes forradas de seda, sí en este rincón de la casa. Tiene la sensación de estar viviendo una especie de experimento dickensiano, solo que sin ropero de caridad ni ascenso social. Sus funciones aún están por definir. ¿Asesora? ¿Defensora? ¿Una especialista a la que se recurre de repente, en un momento de extravagante afición ecológica? Honor Clark le pone en la mano una delicada copa de jerez, en forma de campana. Luego se dirige a la puerta.
Pasaré por aquí antes de irme. Tengo que hacer unas llamadas de teléfono. Si llega el duque, le diré que está usted aquí. Pero, como le digo, es poco probable. ¿Estará bien mientras tanto?
Sí. Muy bien. Gracias.
Y la secretaria se retira, vuelve a los opulentos pasillos de la mansión, forrados de madera, a la cámara desde la que organiza las frustradas idas y venidas del duque. El sol se filtra a través de una nube y el salón se llena de la luz húmeda de la Región de los Lagos. Rachel saborea el jerez, seco y sorprendentemente agradable. Sin la menor traza de sabor a polvo o a corcho mohoso. Apura la copa deprisa, se levanta y pasea por el salón.
La finca se extiende al otro lado de las altas ventanas, abarca muchos kilómetros. Es la finca privada más grande de Inglaterra. Se han vendido muy pocas hectáreas. En realidad ha ocurrido lo contrario. Thomas Pennington es el dueño de la mayoría de los bosques privados de la región y también de las granjas, en su mayor parte abandonadas, de todo menos de las tierras comunales. En el horizonte, los páramos azules se despliegan hacia los picos pelados. Al pie del césped inclinado, a la orilla del lago, hay una plataforma de madera para reiki, una de las aficiones modernas del duque, tal vez, sin duda menos peligrosa que la de pilotar ultraligeros, un hobby que estuvo a punto de costarle la vida, como es sabido, y que acabó con la de su mujer.
La superficie del lago refleja unas condiciones climáticas complicadas. En una isla, cerca de la orilla contraria, hay una casa de capricho, de piedra roja, una falsa réplica de la mansión, y hacia ella se dirige una diminuta barca de remos, trazando una suave uve en el agua opaca. La orilla occidental se encuentra a veintidós kilómetros, fea y nuclear. En alguna parte, detrás del bosque vestido de otoño, está el recinto cercado.
Han enviado a Rachel mapas de la finca. El argumento es sencillo en lo que se refiere al espacio: es uno de los pocos terrenos en los que el proyecto que se contempla puede ser viable. La nueva ley de cotos de caza permite al duque emprender su aventura. Sin duda habrá movido algunos hilos para conseguir la aprobación de esta ley. Están haciendo obras en la barrera. Parece que el dinero es ilimitado. Lo que el duque no tiene, lo que necesita es a Rachel: la experta local.
Saca el teléfono del bolsillo de la chaqueta. Binny ha llamado, pero no ha dejado ningún mensaje. Hay dos mensajes de texto de Kyle. Transmisor de Zurdo kaput, posible dispersión. El voluntario Rastapijo se ha largado dejándote a deber 50 pavos. Y otro más, ya fuera del horario de trabajo: ¿Qué tal la cerveza tibia de la vieja Inglaterra? Kyle estará tratando de seguir el rastro de Zurdo, aunque no es nada raro que haya desaparecido. El joven macho lleva algún tiempo haciendo excursiones en solitario, preparándose para ir en busca de una compañera. Aun así, estas situaciones son motivo de preocupación. Tiene un mensaje de uno de los guardas forestales, casado pero perseverante. Un error del verano pasado. Otra noche en blanco. Lo borra sin leerlo.
La luz sigue siendo clara, a pesar de que una fina cortina de lluvia cubre el lago. La barca ha llegado a la isla y ha amarrado. Rachel pasea por la circunferencia del salón, se detiene en una puerta lateral y la abre. Una biblioteca. No se siente como una intrusa: ¿no tiene cierto derecho, mientras espera? Entra en la biblioteca. Hay otra chimenea, hundida en el muro, con asientos de madera tallada, escenas clásicas pintadas en las baldosas. Las paredes están cubiertas de estanterías, del suelo al techo, de madera noble y reluciente. Echa un vistazo a los libros. Ejemplares antiguos, encuadernados en piel, novelas contemporáneas en tapa dura. También hay enciclopedias de naturaleza. Una impresionante hilera de poesía en primeras ediciones: Auden, Eliot, Douglas. Un ejemplar del naturalista Audubon en formato álbum. Es la biblioteca de un hombre culto, sin nada especialmente llamativo. Pero ¿qué pistas espera encontrar? ¿Tomos de ocultismo? ¿Cuentos de hadas? ¿Se ha imaginado que Thomas Pennington es un fetichista gótico? ¿Un romántico aficionado a las mascotas exóticas? ¿Quién es el hombre que ha gastado tanto dinero para traerla desde un lugar a miles de kilómetros de aquí?
En la repisa de la chimenea hay una réplica en bronce de la Loba Capitolina, con Rómulo y Remo arrodillados, mamando de sus ubres. Incluso podría tratarse de la escultura original. Lo cierto es que ya sospechaba —desde que supo el nombre de la persona vinculada al proyecto— que este terrateniente y emprendedor británico, conocido por sus polémicas en el Parlamento, que protege a las águilas marinas y se opone al sacrificio selectivo de los tejones, se toma muy en serio su última aventura medioambiental. Por eso está aquí Rachel. No por Binny, que simplemente se beneficia de la generosidad de un desconocido. Cierra la puerta de la biblioteca. Vuelve al salón, se sienta en la chaise longue, se reclina en el respaldo mullido y cierra los ojos.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, Honor Clark la despierta, posando una mano con delicadeza en el hombro de Rachel. Lleva una gabardina marrón, con cinturón, y un maletín de mujer de color granate. Una bufanda de cachemira anudada al cuello. Rachel quiere preguntar, sin ironía: ¿todavía venden estas cosas en las tiendas del condado? ¿Todavía se representa ese estilo de moda en las revistas del país?
Hoy no va a poder ser, dice Honor Clark. ¿Puede volver mañana?
Lo dice con un deje triunfal. Es evidente que conoce bien las costumbres de su jefe: la intuición y los cambios de planes son parte habitual de su trabajo y, desde luego, no va con ella disculparse por las andanzas del duque. Rachel ha venido desde Spokane en clase business; ha alquilado un BMW. Todos sus gastos de estancia están cubiertos. Solo tiene que guardar y entregar los recibos. Si el duque es un hombre caótico, incluso si está chiflado, no parece que esto afecte a su soberanía. Rachel se conforma.
Claro. Mañana. ¿A qué hora?
Pongamos a las once. Tiene clase de taichí de nueve a diez.
Por supuesto, piensa Rachel. La etiqueta de los pantalones le roza la espalda mientras cruza el salón. Mete la mano y arranca el hilo de plástico, la arruga y se la guarda en el bolsillo de atrás. Le han dado una semana de permiso en Chief Joseph, y, en ese lapso de tiempo, su benefactor puede aparecer o no, como prefiera. Dará lo mismo de todos modos. La única obligación de Rachel es reunirse con él. Sabe que no aceptará el trabajo, por apetecible o curiosa que pueda ser la oferta. Por absurdo que pueda ser el cortejo, aunque sea una pérdida de tiempo, al menos le ha dado una razón para volver a casa.
***
¿ERES TÚ, HIJA?
Pareces más pequeña, mamá.
Es cierto. Desde la última visita de Rachel, Binny ha encogido considerablemente. Está agarrada al marco de la puerta de su apartamento de la residencia de ancianos, cheposa, con una bata de guatiné. Se ha quedado casi calva y tiene el cuero cabelludo agrietado y opaco como un caparazón. La mano con que se sujeta al marco de la puerta parece fosilizada, como rescatada de una ciénaga o de un bosque petrificado, no guarda proporción con el brazo delgado. Tiene escamas cancerosas en la cara, de color marrón. El bajón que ha dado su madre desde la última vez, cuando todavía era capaz de estampar un jarrón contra la pared, es muy evidente.
Pareces americana. ¿No te habrás nacionalizado?
No, todavía no.
Bien.
Binny suelta la puerta y se abrazan. Estrecha a Rachel con fuerza, con demasiada fuerza para su aspecto frágil, con una fuerza que a su hija le recuerda cuánto tiempo ha estado fuera. Huele a sudor y a amoníaco por debajo de la bata, y a un perfume que enmascara el olor: no es la antigua fragancia favorita de Binny, de pétalos de rosa, la que le regalaban sus pretendientes y con la que se perfumaba las ingles; es un perfume más dulce, más barato, una fragancia con la que cubrir los pecados del cuerpo. Binny la mira de arriba abajo, con los ojos como yemas de huevo.
Tú también has adelgazado un poco. Eso quiere decir que no te estás alimentando a base de hamburguesas y patatas fritas.
En general, sí.
Yo te enseñé a cocinar.
Su madre arrastra las palabras, tiene saliva en las comisuras de los labios. El infarto, hace tres años. Rachel ha conseguido, más o menos, no fijarse del todo en este impedimento cuando hablan por teléfono. Binny intenta mirar a su hija a los ojos, pero está muy mal de la vista y ha perdido estatura. Me enseñaste a cocinar, piensa Rachel, porque tú no has cogido una sartén en la vida, y Lawrence siempre tenía hambre.
Odio cocinar. Ya lo sabes.
Supongo que coges el coche y vas a comer a alguna parte.
A veces. También soy una experta con el abrelatas.
Ay, Señor.
Binny parece paralizada, como si quisiera dar media vuelta y entrar en la habitación y su cuerpo no cooperase. O tal vez no está segura de invitarla a entrar. Rachel la mira. Esta mujer no puede ser Binny: la tóxica y despampanante londinense que encandilaba y alteraba a la gente de los pueblos del norte con su escandalosa conversación izquierdista y su aire moderno. Binny: la mujer que rompió varios matrimonios para dejar tirados poco después a los hombres a los que había tomado prestados, en cuanto eran suyos, o conservarlos como inquilinos. La mujer que dirigía la pequeña oficina de correos como si fuera un club social, ofreciendo tazas de té y asesoramiento sexual, que amontonaba en el vestíbulo trastos polémicos: copos de cereales glaseados, condones, el diario The Guardian. Que crió a su hija sola. O, mejor dicho, dejó a su hija que se criara sola. Comunista en un feudo de los tories. La que se proclamaba sensualista de sangre roja, la que tuvo un segundo hijo, Lawrence, hermanastro de Rachel, que se fue de casa a los catorce años para no pelearse con los hombres que pasaban por allí.
Y ahora, convertida en esto: una ruina descomunal y llena de goteras. La realidad es más impresionante de lo que Rachel se imaginaba. Y la sensación que la invade es atroz. De lástima. De arrepentimiento. El deseo de que esta mujer que huele a enfermedad vuelva a ser la que ha sido en sus años de hombres y mala fama. El deseo de instalarla de nuevo en su casita de la oficina de correos, donde alborotaba y escandalizaba a todo el pueblo, con su destartalado Jaguar azul, que siempre se estropeaba camino de la ciudad, y su ropa de mujer que vive en una caravana. El deseo de devolverle la salud, con todo lo que eso conlleva. Las peleas. Los motes en el colegio. Las mujeres que venían a aporrear en su puerta. No poder llevar a sus amigos a casa, porque se quedaban boquiabiertos y empezaban a balbucear al ver que Binny coqueteaba con ellos y, luego, cuando subían al dormitorio de Rachel, se ponían fogosos sin saber por qué.
Por fin su madre da media vuelta, sin que ocurra ninguna catástrofe, y entra arrastrando los pies.
Pasa. Espero que hayas comido. La cena aquí será un asco. Se creen que no distinguimos la carne picada de la bazofia. Tendrás que sentarte al lado de Dora: es la única que todavía conserva algo de juicio.
El mismo ingenio. El mismo brío. La misma personalidad nociva encerrada en la tumba de la muerte y luchando por escapar. Aunque parece un guión aprendido de memoria.
Dora. Recibido.
Rachel coge su bolsa y sigue a su madre a una salita de estar donde la temperatura es subtropical. Un sillón de cuero verde —el que tenía su madre en la cocina de la oficina de correos— es el único objeto reconocible del pasado. Rachel nunca ha estado en Willowbrook. Es agradable, para como suelen ser estos sitios: un antiguo hospital remodelado. Lawrence decidió llevar a Binny a esta residencia y vació la casa. Se hace cargo de los gastos sin pedir ayuda a Rachel, cosa que fastidia a su mujer. Rachel no tiene intención de ver a su hermano. En realidad hace tiempo que no le escribe un correo electrónico, aunque es probable que Binny le haya puesto al corriente de su visita. Su madre se está peleando con la bata, para quitársela, se la baja por los hombros centímetro a centímetro, las manos más un estorbo que una herramienta útil. Rachel se acerca para ayudarla.
No. Quita. Puedo. Siéntate. Pareces agotada.
Binny arrastra los pies hasta el dormitorio y vuelve poco después con una rebeca azul, una prenda asombrosamente convencional. Se ha pintarrejeado los labios de color burdeos y se ha puesto un collar. ¿Será este el esfuerzo diario para ir a cenar, se pregunta Rachel, o lo hace porque va a presentar a la hija pródiga? Se acerca despacio a la butaca, se apoya, se coloca y se sienta. Suspira por el esfuerzo.
Será mejor que te cambies. Servirán la cena en un minuto. Ya me contarás luego que quería el Marqués de Carabás. Y con quién andas últimamente. Espero que no sea ese sosaina que trabaja contigo. Parece un prevaricador. El otro es mucho mejor... ¿Carl, no? Puedes dejar tus cosas ahí.
Señala una puerta, al otro lado de la sala.
Kyle. Y solo es un amigo. No me voy a cambiar de ropa.
Muy bien. Arréglate un poco el pelo. Parece una escobilla de váter. ¿Por qué te lo has cortado? Tienes pinta de lesbiana.
Rachel no entra al trapo. Ha hecho un pacto consigo misma para no discutir con Binny. En la pequeña habitación de al lado, han preparado una cama estrecha. En Willowbrook se permite la estancia de invitados hasta siete días, sin gastos añadidos. Deja la bolsa en la cama. Entra en el baño, y el olor a orina es abrumador. Hay una peluca gris con unos rizos de nailon imposibles, en un cesto de mimbre, encima de la cisterna. Las toallas están manchadas de talco. En el plato de ducha, sin bordillo, hay una silla, y en la pared un asidero; a un lado, un timbre. Bolsas de pañales para la incontinencia. Banderas que tal vez anuncian el futuro de Rachel, si es que todo está en los genes. Vamos, piensa, lo conseguirás: una semana. Vuelve a la habitación, abre la cremallera lateral de la bolsa y saca una pluma moteada que ha sobrevivido al viaje sin romperse. Su madre está encorvada en el borde de la butaca, esperando. Rachel coge la pluma.
Toma, un regalo de la reserva. Creo que era de un búho real.
EN LA CENA, LAS CONTUNDENTES compañeras de residencia arman un follón enorme con Rachel, le preguntan por su trabajo y por su vida. Por lo visto la toman por una especie de veterinaria, aunque su madre es plenamente capaz de explicar a qué se dedica. Le preguntan si está casada, si tiene hijos. No y no, contesta. Bueno, todavía es joven, dice una de ellas. Binny resopla.
¡Casi cuarenta!
Rachel deja el cuchillo con cuidado y se estira para coger el salero.
¿No tuviste tú a Lawrence a esa edad? ¿No fue un embarazo tardío?
Risas de las ancianas al oír esta réplica, las rencillas entre madre e hija. Le preguntan si tiene novio. Rachel se encoge de hombros. No. Se acuerda de las bromas de sus compañeros del centro cuando hablan de las relaciones sentimentales: «Mear en tándem», como las marcas de orina de las parejas de lobos cuando están criando. Pero se muerde la lengua. Aunque las compañeras de su madre parecen disfrutar con los comentarios ligeramente subidos de tono, esta observación estaría fuera de lugar en la mesa. Empieza a sentirse demasiado burlesca, demasiado viva, entre aquellas mujeres drenadas, disecadas. La que está a su derecha, Dora, una mujer diminuta y temblorosa, la coge de la mano y le informa de que Binny es muy popular en la comunidad de Willowbrook, uno de los personajes más divertidos, buena jugadora de cartas y coqueta a rabiar. Dora conserva una conversación lúcida y fluida, acaricia el brazo de Rachel y empieza a soltar nombres, como si ella conociera a todo el mundo, como si Binny la tuviera al tanto de todo. Su madre está callada mientras las demás cloquean y cotillean, separando un trozo de pescado, intentando desprender la piel gris. Se oye el chasquido suave de las dentaduras postizas y los arañazos de los cubiertos. La cena se hace interminable. La comida está hervida, para facilitar la digestión, pero aun así el ejercicio parece demasiado arduo para la mayoría. Casi todas tienen un pastillero al lado del plato. Estatinas, anticoagulantes, analgésicos, esteroides. Su madre sigue una medicación para la tensión alta y la vejiga destrozada. Lleva quince años tomando herceptina contra el cáncer de mama: se supone que ya está fuera de peligro. Conserva el pecho izquierdo completo; no llegó a reconstruirse el derecho. La cirugía auguró el final de una era para Binny: o bien dejaron de interesarle los hombres, o ellos dejaron de interesarse por ella. Rachel ve que hay muy pocos hombres en la residencia, porque la longevidad no es el punto fuerte masculino. Tiene enfrente a una mujer con la blusa abierta, el pecho arrugado, la expresión ausente. De vez en cuando un auxiliar se acerca a ayudarla. Hay algunas sillas vacías en las mesas, y se habla sin tapujos de la salud de los ausentes. Fulana o Mengana se ha caído, se ha roto la cadera, está en el hospital, tiene una obstrucción intestinal, una infección, no se espera que vuelva.
Rachel ya no tiene hambre y está tan cansada que la crueldad empieza a apoderarse de ella. Las manos nudosas, las mandíbulas descolgadas, la decadencia y la flaccidez de determinadas partes del cuerpo le parecen por momentos más grotescas. El mantel está lleno de manchas de salsa. Lo derraman todo. Tiemblan. Son seres macabros que han cruzado las fronteras de la existencia digna para adentrarse en el limbo de la demencia. No es natural prolongar la vida de esta manera, piensa. Deberían ayudar a estas mujeres. El año pasado, Kyle y Rachel hicieron la autopsia a Naba, el macho más viejo de la manada de Chief Joseph, que murió atacado por Tungsteno, un macho joven adoptado. El collar de rastreo todavía lanzaba señales. Llegaron enseguida y lo encontraron aún caliente, tendido en una roca, con los músculos flojos, las patas traseras apoyadas en los cartílagos, el pene encogido. Conservaba en las patas delanteras las cicatrices de antiguas peleas. Las dentelladas en el cuello eran mortales. Sin embargo, la manera de morir de las personas es espantosa, pensó. Alargamos la vida, seguimos adelante renqueando, gracias a la medicación, pero el precio es muy alto. Para los seres humanos no hay un combate final por el poder, ni usurpación ni muerte digna. La decadencia sigue su curso. Solo unos pocos tienen un final clemente, rápido, o mientras duermen.
Después de cenar, Rachel y Binny se preparan para acostarse y discuten por quién de las dos entrará primero en el cuarto de baño. Aunque no es ni la sombra de lo que era, su madre no renuncia a ejercer su autoridad.
Estás hecha una mierda. Hasta tienes ojeras y todo. Vete a la cama.
Estoy bien. Cuando estoy en el campo, me paso días enteros sin dormir.
Ahora eres mi invitada y te acostarás cuando yo lo diga, hija.
Hija. Rachel está demasiado cansada para discutir. ¿Para qué frustrar el poco control que aún conserva Binny? Se da una ducha y se cepilla los dientes. Oye a su madre cotorrear con Milka, la auxiliar polaca, en la sala de estar.
La cama plegable es estrecha y dura, se hunde en el centro, pero la habitación no tarda en tranquilizarse, el ruido estático se apaga en sus oídos, y Rachel se queda inconsciente. Apenas se mueve en toda la noche: se despierta solo una vez, desconcertada, sin saber dónde está. Por la mañana la despierta la luz que entra por las cortinas abiertas, y Milka, que viene a levantar a su madre.
Hoy no has mojado mucho las sábanas, Binny. Esto va mejor. Así me gusta.
Quita esa pierna de ahí, Milka. ¿Por qué me empujas?
Rachel se queda en la cama, mirando por la ventana el cielo gris. Mira el teléfono. No hay más noticias de Kyle, pero eso no es mala señal. Los transmisores fallan; a veces se pierden; a veces dejan de funcionar. Se imagina a Zurdo trepando por los peñascos, saltando con sus poderosas patas traseras, atravesando las llanuras y los bosques, recorriendo kilómetros y kilómetros en busca de una compañera. Luego se lo imagina tumbado entre la maleza, con la boca abierta, los ojos entornados, sangre en las heridas. Desde que se aumentaron las cuotas de las tierras cultivables, los trabajadores siempre están preocupados, incluso en la reserva, donde los lobos están protegidos. Los cazadores los persiguen en avioneta, incluso andando, los atraen con reclamos eléctricos y dan falsas coordenadas cuando devuelven las etiquetas de acreditación.
El cielo plano y gris parece irreal. Inglaterra es irreal, una versión olvidada, con apenas un puñado de pruebas para validarla... Y lo mismo ocurre con los recuerdos de Rachel. Ni siquiera consigue reconocer a su madre. En cuestión de una hora, el duque empezará su clase de taichí, como un príncipe de la nueva era, en su intento por revolucionar un sistema decrépito. Rachel no puede quitarse de encima la sensación de que no debería haber vuelto a Inglaterra, ni siquiera por cortesía. Contempla el cielo y oye como mangonea su madre a la auxiliar. ¡No me des tirones, Milka! ¿Así es cómo hacéis las cosas en Cracovia? Rachel se levanta y entra en la sala de estar dando tumbos. En la radio están dando los titulares informativos: la búsqueda de un niño desparecido en las Midlands, la difusión del esperado documento por la independencia de Escocia, el otoño más lluvioso desde que se tienen registros. Solamente hay café instantáneo en la cocina diminuta. Se prepara una taza bien cargada, añade azúcar, espera para entrar en el cuarto de baño. Sus pensamientos vuelven a Chief Joseph y a la manada. A estas alturas habrán recorrido más de ciento cincuenta kilómetros. Tungsteno estará guiando a los demás tras las huellas del ciervo, entre los ventisqueros de las montañas, siguiendo la misma senda, la más eficiente. Cuanto más al norte se dirijan, más seguros estarán.
***
THOMAS PENNINGTON PRESCINDE de su chófer cuando sale por los alrededores de Annerdale, le cuenta a Rachel mientras recorren la finca, nunca por carreteras públicas. Con tantas normas como hay ahora, ya no sabe cuándo se pasa del límite. No quiere acabar con la vida de nadie. Otras veces sale a caballo. O coge el Land Rover. En este momento van en el Land Rover, rebotando entre los campos, entre los setos de espinos, pasando por encima de montículos y zanjas, a buena velocidad. Rachel se sujeta al asidero que está encima de la puerta, se balancea en el asiento y escucha las anécdotas de Pennington. Además, el duque aprovecha el viaje en tren para trabajar, con el wifi, y ahora el Pendolino llega de Oxenholme a Londres en un par de horas. Es estupendo, cuando era pequeño el viaje duraba seis o siete horas.
Es posible que lo recuerdes, dice. Todos los trenes pasaban por Crewe.
Rachel asiente. Muchas de las preguntas de Pennington son retóricas. No es fácil decidir si hace falta responder. Es un hombre alto, tan elegante como esperaba Rachel, a pesar de su atuendo informal: pantalones de pana, camisa a cuadros y chaqueta. Se le marcan las rodillas mientras conduce. Rachel calcula cuántos años tendrá: cincuenta y tantos, puede que sesenta; el pelo ligeramente canoso, aunque abundante, sin duda envidiado por los hombres de su generación. Tiene unos rasgos suaves, sin ninguna tensión evidente, como la cara sur de una montaña. Los ojos de color avellana, las cejas oscuras, la nariz larga y recta, con la punta ancha: cierto aire francés, piensa Rachel. No le falta atractivo, en realidad es bastante guapo, aunque no tiene ni pizca de sensualidad: o la han neutralizado en los colegios privados británicos, o está bloqueado por la alta política.
Rachel se sujeta al asidero cuando terminan de subir un collado y empiezan a bajar en dirección al río. El camino es estrecho. La maleza golpea las ruedas y las puertas. Adelante, campos en barbecho, bosques jóvenes y la llanura amplia y ondulada del vado. El duque prefiere la ruta de safari a los caminos asfaltados que surcan sus dominios. El coche es austero, incómodo, un antiguo modelo del ejército, piensa Rachel, una especie de juguete.
Leí un artículo que hablaba de ti, en National Geographic, hace unos años, está diciendo Pennington. Y pensé: una chica de por aquí que ha llegado lejos. Porque así es la gente de por aquí, ¿verdad? Se van por todo el planeta, a veces se meten en muchos problemas. Pero al final siempre triunfan. ¿Eres de Keld? ¿Siguen allí tus padres?
No. Mi madre se mudó hace unos años.
Es un sitio precioso, Keld. El ejército de Cromwell se refugió en la iglesia, ya lo sabes, cuando fue a poner orden entre los problemáticos escoceses. ¡Ay! Parece que hemos vuelto a esos tiempos, ¿verdad? ¿Has leído el manifiesto por la independencia?
No, no lo he leído. Creía que se ha publicado hoy mismo.
No te molestes en leerlo. No es más que un montón de fantasías sin ningún porvenir. Recoge algunas ideas interesantes sobre ecología, pero me temo que Caleb Douglas no tiene ni el valor ni el dinero necesarios para seguir adelante.
Rachel asiente de nuevo y no dice nada. Lleva mucho tiempo alejada de la política británica. Sin embargo, está al corriente de los planes de reforma al otro lado de la frontera: la adquisición pública de terrenos privados, la reformulación del uso de los recursos, una idea que para la gente como Thomas Pennington puede ser más que incómoda. En la BBC se multiplican los debates sobre la independencia y el próximo referéndum. Ha sorpredido a Rachel ver lo ajustados que están los sondeos de opinión, lo complicada que está resultando la situación para Westminster. Tal vez notando su recelo, el duque prosigue con su rapsodia histórica sobre el lugar en que nació Rachel.
La fuente de la iglesia de Keld es medieval: una pieza magnífica. Y en el cementerio se conserva un sarcófago vikingo en perfecto estado. Es un sitio precioso en el que crecer. Has tenido mucha suerte. Bueno, cuéntame la historia resumida de Rachel Caine. Fuiste al instituto, por supuesto, y luego estudiaste biología, ¿en Cambridge?
Zoología. Estudié en Aberystwyth.
No habla de sus estudios de posgrado en Oxford, ni de su beca de investigación. Que Peninngton se lo imagine si quiere.
¡Ah, en Cymru! ¡Estupendo! Bueno, nuestro futuro rey es uno de tus discípulos.
No creo que lo sea por elección.
Thomas Pennington se ríe, a pesar de que Rachel no pretendía ser graciosa.
¡Seguro! ¿Te gustó? Debe de ser un buen programa, si tú has salido de allí.
El chasis del Lang Rover choca contra una piedra. El río se acerca deprisa.
Estuvo bien. Es un buen departamento. He vuelto a dar algunas clases allí. Hemos llevado a algunos voluntarios a Chief Joseph, en una especie de programa de intercambio.
¡Estupendo! Sí, hay que ofrecer oportunidades a los jóvenes.
A pesar de la frivolidad y la locuacidad del duque, la conversación no es fácil. El entusiasmo de Pennington raya en la tiranía, aturde. Rachel se siente ingenua, oxidada. Ha perdido las facultades para ciertas costumbres sociales, si es que alguna vez llegó a tenerlas. No puede olvidarse de quién es el hombre que está a su lado. De todos modos, la participación que se le exige es mínima. Thomas Pennington es capaz de soltar alegremente su perorata superficial, a pesar de que ella no responda. Rachel lo mira. Está muy sonriente y parece encantado.
Y después ¿a América? ¿Te has fijado, Rachel, en la cantidad de presidentes que tienen apellidos de saqueadores escoceses? ¿Cómo se explica eso?
Rachel no contesta. El Land Rover se acerca animosamente a la orilla del río. Rachel se sujeta. Pennington pisa el acelerador, y el motor ruge. Va encorvado sobre el volante. No lleva puesto el cinturón de seguridad. El coche se lanza contra el lecho de cantos rodados, levantando guijarros que chirrían al paso de los neumáticos. El agua salpica el parabrisas y cae formando regueros.
¡Gerónimo!
Al alcanzar la otra orilla, el duque pisa el freno y mete primera, para subir la cuesta. Las ruedas trituran la abrupta ladera cubierta de cardos, aplastan los tallos y producen crujidos en las hojas. Rachel mira las colinas, separadas por pliegues oscuros. Di algo, piensa. Y dice lo que el duque quiere oír.
Primero trabajé en un centro de rescate, en Rumanía. Después en Bielorrusia. Había problemas con las industrias, y las manadas entraban en la ciudad. Rebuscaban en la basura y cogieron mala fama. Después me fui de voluntaria a Yellowstone y luego surgió el trabajo en Nez Perce. No creí que pudiera conseguirlo.
¡Pues lo conseguiste! ¡La principal zoóloga de Aberystwyth!
Pennington da una aparatosa palmada en el salpicadero, un gesto casi desquiciado. Rachel vuelve a mirarlo. ¿Se está burlando de ella? ¿Es una estrategia de adulación? Es un hombre agradable, o al menos entusiasta, un positivista. Tal vez por ser tan rico e influyente tenga el deber social de comportarse así. Visto de perfil tiene un aura juvenil, un aire como el dios Pan. Probablemente lleva toda la vida jugando, a pesar de las expectativas, de sus serios privilegios y sus obligaciones parlamentarias.
Quiero decir que hay ciertos protocolos de contratación en la reserva.
Claro. Y ¿qué tal en Idaho? ¿Te gusta estar allí?
La primera prueba para tantear su disponibilidad.
Sí. Me gusta.
Yo nunca he estado. Conozco Seattle, por supuesto. Mi padre tenía negocios con Boeing. Pero esa zona es como un punto ciego para mí. Sé que esos casinos fueron una mala idea. A ningún país civilizado le ha ido bien el intento de ganar dinero con alcohol y algoritmos. Yo voté en contra de la instalación de supercasinos en Inglaterra. Lo último que necesita este país en medio de una recesión es más juego.
Rachel no disiente, a pesar de que los ingresos de los casinos revierten en la reserva y en Inglaterra siguen diversos rumbos. Ve desplegarse el paisaje. Robles, ciruelos y las copas de los abedules recién plantados. Entre los árboles, la hierba amarillenta de los páramos, salpicada de tojos oscuros y veteada de flores doradas y brezo con flores rosas. Thomas Pennington afloja la marcha, para el motor y señala.
Mira eso, Rachel.
A diez metros de una franja de bosque hay una zona en construcción: una zanja larga y profunda que describe una ligera curva. Los cimientos de la barrera del recinto.
Ya no queda mucho por hacer, dice el duque. Faltan unos pocos kilómetros.
Debe de haber sido difícil conseguir la autorización. ¿No estamos dentro del parque nacional?
Sí, dice él, en tono evasivo, lo hemos conseguido.
Rachel sabe que la polémica no ha terminado, pero la nueva legislación ha dado al duque un margen de maniobras. No quiere presionarlo: probablemente negará cualquier aspecto negativo del proyecto. Los montes de la Región de los Lagos se levantan como un castillo por encima de los páramos y los árboles. Sobre los riscos, cielo y nubes cargadas. Cuando era pequeña, esta región era para Rachel un espacio salvaje en el que todo parecía posible. Los páramos eran interminables, fascinantes, lo ocultaban todo, y solo de vez en cuando revelaban sus secretos: una orquídea que ondulaba en una ciénaga, el destello de un ala azul, algún animal fantasmagórico, de huesos largos, avistado por un momento en el horizonte antes de desaparecer. Únicamente las ubicuas ovejas domesticaban el paisaje. Aunque Rachel no lo sabía entonces, en realidad era un terreno cuidado, cultivado, incluso los pastos de las tierras altas que cubrían los páramos eran obra de la mano del hombre. Su idea de la belleza se había formado en aquella región en la que todo era naturaleza virgen. Era extraño estar sentada al lado de quien es el dueño de todo lo que alcanza la vista, casi hasta las cumbres, incluso también de las cumbres. Todo le pertenece en virtud de un antiguo decreto, de un accidente de nacimiento: los bosques nuevos, las zonas de tierra improductiva y las marismas salobres de la costa del mar de Irlanda. Rachel podría aplaudir el proyecto sin ninguna reserva de no ser por la hegemonía que conlleva, la inquietante sensación de desequilibrio. Pero claro, esto es Inglaterra: un país de propietarios particulares.
Distingue, entre las montañas, el brillo del agua gris: la costa occidental, donde en otros tiempos desembarcaban los contrabandistas de ron y hoy se transportan residuos nucleares en trenes fantasma, de noche. El duque está hablando una vez más de la polémica que han suscitado las indemnizaciones, del poder legislativo que tienen las reservas, del respeto cultural por el territorio, que es su más profunda inspiración. ¿No está de acuerdo ella?, pregunta. Aunque mejor informado que la mayoría, sigue teniendo una visión romántica. Sí, piensa Rachel. Quien ha pasado décadas luchando por los tratados incumplidos y solo en la última presidencia ha recibido una invitación de la Casa Blanca, quien ha supervisado demandas colectivas contra proyectos multimillonarios, quien ha luchado por la recuperación de territorios vendidos a fondos de inversión sin escrúpulos, con su correspondiente indemnización, aprende a respetar la tierra, reconoce su valor. Pero el historial de algunos de los países más importantes no es en absoluto ejemplar.
La redistribución del poder siempre es complicada, dice.
Pennington se desabrocha la chaqueta y se reclina en el asiento, y Rachel ve entonces que lleva una especie de chaleco ortopédico, quizá un artilugio que usa a diario desde que tuvo aquel accidente y tuvieron que operarle de la columna. Se vuelve ligeramente a ella. Rachel comprende que el tono escéptico de su comentario no ha pasado desapercibido.
Estoy dispuesto a aceptar las críticas, dice él. Esto no es la república democrática de Annerdale. Nuestro sistema es muy anticuado: he apoyado las reformas que propone mi partido. Entre tanto, me considero una especie de guardián. Este proyecto es muy importante. No hace falta que te explique las ventajas que supone recuperar un depredador de nivel cinco. Será bueno para toda la región. El entorno será mucho más saludable, también los ríos.
Rachel asiente.
Sí, es verdad.
Dirige la vista a una pequeña colina, parda, corriente, atravesada por un sendero sinuoso, con un mojón de forma cónica en la cima. Pennington sigue la dirección de su mirada.
Eso es Hinsey Knot. Desde la cima se ve la isla de Man, los días claros.
Arranca el motor y dan la vuelta. En el camino de regreso pasan por delante de una casa de campo en ruinas, casi un cobertizo, con una valla de alambre vieja en la que se han ensartado los topos. Pennington reduce la velocidad y contempla los animales muertos.
Ay, Michael, murmura. ¿De verdad es necesario?
Algún granjero o algún empleado de la finca de la vieja escuela, piensa Rachel. Recuerda que en su pueblo natal se seguía la misma tradición. Cuando volvía del colegio, con Lawrence, veían las hileras de topos abiertos en canal y clavados como especímenes de laboratorio. Parece que el viento ha dejado de hinchar las velas de su anfitrión. De vez en cuando señala algún detalle del paisaje, pero está más callado. Seguramente nota el rechazo de Rachel. Ella se pregunta a quién abordará el duque a continuación. Ahora que la barrera está casi terminada, seguramente ya ha abordado a todos los candidatos posibles. Se alegra del silencio y se recrea en el paisaje, en el que apenas se ha fijado. Las orillas del río son de pizarra, el agua resplandece, mucho más clara que la de las laderas de turba de la zona oriental. Cerca del lago, en una parcela rodeada por una cerca de piedra, hay una iglesia con una torre redonda, donde probablemente están enterrados los antepasados y parientes del duque, incluida su mujer, Carolyn. Rachel no sabe nada más que lo que publicaron los tabloides cuando murió. Un extraño accidente aéreo: el ultraligero entró en pérdida y empezó a deslizarse hasta que cayó en picado. El duque tuvo que llevar una prótesis varios meses. Su mujer murió a causa del impacto. El tejado de la iglesia parece nuevo; las sepulturas, bien cuidadas.
El Land Rover corona otro risco cubierto de maleza. Pennington para el coche, echa el freno de mano y apaga el motor. Baja la ventanilla. El viento sacude la hierba amarilla. Abajo está el lago, que abarca una extensión de diez kilómetros, cubierto en la cabecera por el brillo de peltre de las nubes que entran desde el Atlántico.
Bueno, Rachel. Te agradezco el tiempo que me has dedicado y me alegro mucho de que hayas venido a Annerdale. ¿Puedo preguntarte qué piensas?
Rachel contempla las cumbres centrales. Hay entre ellas espléndidos picos, montes famosos, pero en comparación con las Rocosas, al noroeste del Pacífico, y sus llanuras cubiertas de bosques, estas parecen diminutas.
Bueno, empieza a decir. Gracias por darme la oportunidad de conocer el proyecto.
Ha planificado su respuesta. Solo tiene que ceñirse al guión. Sabe que él será convincente y que la cantidad que ha insinuado es más que generosa. Sin embargo...
Tengo un buen equipo en Chief Joseph, dice, y una financiación sostenible. El año pasado abrimos al público un nuevo centro y tenemos en marcha varios programas educativos. Claro que, con los niveles de caza que hay en el Estado, necesitamos estar más en guardia. No corren buenos tiempos para el lobo en Idaho. Este proyecto de aquí, a pesar de sus méritos, se basa en la cautividad. Sería un retroceso para mí.
Es más de lo que ha dicho en toda la mañana, y suelta el discurso sin pausas. Mira a Pennington y confía en no haber creado una situación incómoda. No ha dado ninguna garantía: él lo sabe. El duque le devuelve la mirada, sopesa las palabras de Rachel y asiente con la cabeza.
Claro. Inglaterra tiene un déficit ecológico enorme. Apenas hemos conseguido «proteger a los sapos», afirma. Pero es una época emocionante, las cosas están cambiando, ya hemos empezado a transformarlas.
Hemos, piensa Rachel. ¿Quiénes? Estos son los dominios del duque, su edén privado. Mira hacia el horizonte. Unas nubes más grises se dirigen al valle, impulsadas por un viento enérgico. La tierra se oscurece. Se nota en el ambiente la cercanía de la lluvia, como un tónico.
Supongo que te alegrarás de haber vuelto a casa, dice él. ¿Verdad que es un sitio muy especial? Hay algo en nosotros glorioso.
¿A qué se refiere?
La pregunta es demasiado íntima, está fuera de lugar. Rachel vuelve a sentirse rara en compañía de un hombre con tanto poder: ni siquiera cuando asiste a los consejos tribales, cuando ve la autoridad y la solemnidad de los indios más ancianos, se siente tan desarmada como en este momento. De repente tiene ganas de salir del Land Rover y volver a Pennington Hall dando un paseo.
Me refiero a que esta tierra tiene una resonancia especial, dice el duque, con un suspiro. Siempre me ha disgustado estar lejos de aquí, incluso cuando era joven y pasaba mucho tiempo fuera, interno, y en Londres y qué sé yo. Sigue disgustándome ahora, cuando tengo que asistir a las sesiones en el Parlamento. Es una región única. «La forma se conserva, la función nunca muere». Somos muy afortunados, tú y yo, de haber nacido en esta región, Rachel.
Rachel no tiene ganas de entablar una conversación sentimental. Intenta ceñirse a lo esencial.
No estoy segura de que eso tenga algo que ver.
Pennington sonríe. Tiene dentadura postiza, brillante. Se está preparando para presentar su alegato. Rachel reconoce las señales, la pose, la construcción del argumento. Que pronuncie su discurso, piensa. Para eso te ha pagado.
