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«Este libro es una impresionante experiencia personal que trasciende lo meramente teórico y nos invita a una valiosísima toma de conciencia, a un insight integral sobre aspectos y contenidos que habitualmente nos generan incertidumbre e inquietud. El sentido de la vida, el espejismo de la muerte, el presente como realidad única, y el empoderamiento a todos los niveles, convierten a esta obra en un referente enormemente tranquilizador para «transitar el camino»». «Nos encontramos ante un testimonio de cómo el dolor desgarrador de una pérdida puede transformarse en un torrente de luz, vitalidad, comprensión y profunda serenidad. Para mí, ha sido mucho más que la lectura de un libro… Ha sido un bálsamo para mi alma». Carlos Odriozola. Psicólogo y creador del proceso M.A.R. «A veces, reconocer el ser infinito que en realidad somos, es casi más difícil que reconocer la propia sombra. He aprendido más de la vida, en realidad de la muerte, que de cualquier curso que haya hecho. Y todo lo que he aprendido lo pongo al servicio de todos para crear una realidad más hermosa, más amable y más grandiosa. Ya voy soltando esa necesidad compulsiva de aliviar el sufrimiento con la que empecé a dedicarme a esto, y ahora elijo el disfrute y la satisfacción de ser testigo de la transformación de otros. Porque otra vida, es posible». María Salmerón. Médico y psicoterapeuta.
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2024
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La gran broma
Pérdida, duelo y transformación
María Salmerón
Nota de la autora
Comencé este libro en 2006, tras cuatro años en los que me despertaba casi todas las mañanas escribiendo en mi mente uno de los capítulos. Al final, una de esas mañanas, me levanté y escribí de una tacada «El viaje y las revelaciones».
Desde ese momento y durante casi 20 años he estado volviendo a él de forma esporádica, añadiendo poco a poco todos los capítulos que lo forman, viajando en el tiempo, entrando en las profundidades, ascendiendo a los cielos y descendiendo a los infiernos. He querido olvidarme. Y a ratos lo he conseguido. Pero él me ha perseguido con insistencia, como un niño que tira de la falda de su madre hasta que le hace caso.
En el texto hago bastantes referencias a pasajes del Antiguo o del Nuevo Testamento. Se debe simplemente a que me he criado en la religión católica y conozco muchos de esos fragmentos de memoria. No es porque crea que esta religión porte la única verdad. Estoy segura de que en cualquiera de las otras tradiciones religiosas se manejarán los mismos conceptos, mensajes y visiones, solo que no los conozco. Contemplo todas las tradiciones y sus maestros con sumo respeto.
He creado una lista de música para acompañar la lectura de algunos capítulos, ya que para mí fue una banda sonora de muchos de los momentos que viví y una fuente de inspiración a la hora de escribirlos. Se puede acceder a las canciones a través del código QR que encontrarás en la siguiente página. Para identificar los capítulos que llevan temas se incluye una nota musical al comienzo de cada uno de ellos.
Lista de canciones
Capítulo
Tema musical
El comienzo
Ave María de Gounod, Yo-Yo Ma
La muerte: primera parte
Deep peace, Bill Douglas
Don´t stop me now, Queen
La muerte: segunda parte
Masked Ball, Jocelyn Pook
Atravesando el desierto
The Journey, Ólafur Arnalds
La gratitud
The voices of children, Bill Douglas
La gracia de esta vida
Epiphany, The Piano Guys
Epílogo
Flowers, Giovanni Allevi, Orchestra Sinfonica Italiana
Accede a la lista siguiendo el enlace:
https://bit.ly/LaGranBroma
¡Buen viaje!
Prólogo
El año 2000 terminaba y, a pesar de algunos vaticinios, el mundo no se había acabado. Sin embargo, para mí ese año, el mundo, la vida, tal y como los conocía, cambiaron para siempre.
Sería finales de noviembre. Deambulaba por los pasillos de una inmensa librería de techos a cinco metros. Puedo inventarme que eran abovedados, porque la impresión que me causaba esa librería era la de una catedral, con su altar mayor circular en el centro de la planta, lleno de sacerdotes del saber, sus ayudantes y sus ordenadores. Con larguísimas escaleras de madera con barandilla y púlpito arriba desde donde poder sermonear a los clientes despistados, o bien acceder a los libros situados en la parte más alta.
No sé si fue por esa impresión catedralicia o simplemente porque estaba cerca de casa que acabé, como peregrina desahuciada por mí misma, recorriendo sus estantes en busca de alguna respuesta.
No quería todas. Me bastaba solo una que pudiera darle un mínimo sentido a todo lo que me estaba pasando. Hacía unos días que había salido del hospital y aún tenía abierta una parte de la herida de la cesárea que me tuvieron que practicar de urgencia. Mi hija, a pesar de eso, apenas sobrevivió unas horas. Entramos al hospital las dos sanas, y a los pocos días ella estaba muerta, y yo con una infección interna que me tuvo tres semanas ingresada.
Justo después de la cesárea me llevaron a la planta donde estaban las mamás que habían tenido a sus bebés. Pero yo iba sin mi bebé. Me pusieron en una habitación con una de ellas y el llanto de su hijo me despertaba por la noche. Tenía que verla dándole de mamar. Si salía de la habitación, había bebés por todas partes. Tenía la sensación de estar sometida a algún tipo de tortura y de que a cada poco subían la intensidad, como probando a ver hasta dónde podía resistir.
Entonces apareció la infección, el dolor físico se hizo más intenso, empezó la fiebre y tuve que quedarme más tiempo en el hospital.
Las curas de la herida eran tan dolorosas que creía que iba a perder el conocimiento. Aquellas semanas fueron El Infierno. Ya había vivido otros infiernos antes, pero no El Infierno. Ahora lo sé. Mi hermana había muerto hacía dos años, después de una larga y penosa enfermedad, y aún no me había recuperado de su pérdida cuando me vino esto. Su muerte me había destrozado el corazón, pero lo que sentía ahora era distinto. Literalmente sentía el dolor de un puñal clavado en él. Me vino la imagen de la Virgen María, con su corazón atravesado por pequeñas dagas. Llevaba viendo eso desde niña, pero nunca lo había entendido como ahora. Exactamente era así como se sentía una madre que había perdido a su hijo… Vivir es incompatible con llevar un puñal clavado en el corazón, así que supongo que te conviertes en una especie de «muerto viviente».
Para mí la vida en esos momentos era completamente absurda. Y no me servían ninguno de mis esquemas anteriores, ni mi formación como psicoterapeuta, ni mis bonitas experiencias de unidad cósmica, ni la religión católica, ni Un curso de milagros, ni todos aquellos libros de gente tan inspirada que hablaban del amor y de la confianza, y de que «en cada momento ocurre lo que tiene que ocurrir».
¡Y una mierda! ¿Qué sabían ellos? ¿Acaso alguno había estado en mi situación? ¡Qué fácil es decir eso cuando la vida te ha tratado bien! (En esos momentos creía que la vida había tratado bien a todo el mundo menos a mí, claro). ¿Y Dios? ¿Dónde estaba Dios? ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Es que acaso era Él el que lo «mandaba» para que nos purificásemos? Esa opción no me servía de mucho, porque tener a un Dios tan cruel pendiente de mí no era algo que precisamente me transmitiera paz, sino terror y rencor. Pero, si Dios no estaba implicado en el asunto, entonces ¿quién era el responsable de esto? ¿Nadie? ¿Así, simplemente el azar? ¿Te toca o no te toca? ¿Para qué? ¿Para qué estamos aquí? ¿Qué sentido tiene entonces existir, estar vivo?
¿Vivir para ver morir a tus hijos?
¿Vivir para ver sufrir a los que más quieres?
¿Vivir para sufrir tu propia agonía?
¿Vivir cada instante emborrachando la conciencia para no sentir el miedo a que ESO, en cualquier momento te puede ocurrir?
Y vagaba por aquella inmensa librería, buscando con desesperación algún libro en el que hubiera escrito:
«CALMA CHIQUILLA, EL SENTIDO DE TODO ESTO ES…»
Pero no lo encontré, y sentí profundamente que era imposible que esto estuviera escrito en algún sitio.
Aun así, quería un milagro. Sentir que todos los trozos resultantes de mi existencia devastada podían volver a unirse en una Gloriosa Certeza.
En ese momento, parada frente al estante de libros esotéricos y de psicología, me dije: «Si algún día salgo de esto (no sé cómo), lo haré. Escribiré el libro que estoy buscando, para todos aquellos que estén en la misma situación en la que yo me encuentro ahora».
ES PARA TI
CALMA, CHIQUILLA, EL SENTIDO DE TODO ESTO ES…
Si escribiera ahora mismo el sentido que finalmente encontré a todo esto, creo que no entenderías mucho. A veces las respuestas van mucho más allá de lo que habíamos esperado en un principio y los aprendizajes necesitan de un proceso más extenso de lo que nos gustaría. Por eso voy a ir poco a poco.
En general, esperamos soluciones acomodaticias, en las que no haya apenas cambio. Aun habiendo mucho sufrimiento, nos cuesta trabajo abandonar nuestros patrones de pensamiento, nuestras creencias y la forma en que hacemos las cosas, porque al fin y al cabo eso es algo que conocemos, nos es familiar, y lo familiar nos da cierta seguridad. Así como lo desconocido del mundo exterior puede asustarnos, lo desconocido de nosotros mismos, muchas veces, nos aterra. Más que modificar algo en nuestro ser interno, esperamos que cambie lo de afuera adaptándose a nuestras supuestas necesidades y deseos.
En el caso de la muerte esa realidad no puede modificarse: quien se ha ido, se ha ido. Por eso la muerte puede convertirse en una gran maestra.
Aunque hay personas que pueden aprender importantes lecciones de forma súbita, como en una especie de «revelación», es más frecuente que esos aprendizajes vengan precedidos por un trabajo personal más o menos profundo. También hay personas que pueden aprender y crecer sin lágrimas. No es lo común. La mayoría de nosotros solo comienza una verdadera transformación cuando la vida nos pone entre la espada y la pared.
Para mí, atravesar el dolor extremo fue necesario para ver lo absurdo del sufrimiento humano y poder sentirme con derecho y con profundo deseo de ser feliz, y disfrutar todo lo bueno de la vida.
La muerte es la gran oportunidad para confrontarlo todo en nuestra existencia. O para esconder más basura debajo de nuestra alfombra personal, según se elija. Pero el precio que se paga por esto último es muy alto: renunciar a una vida plena.
PARTE 1 PÉRDIDA
El comienzo
«Por ello, Siddhartha los amaba; veía en ellos la vida, la existencia, lo indestructible».
Siddhartha. Hermann Hesse
Sin necesidad de evocarla viene a mí la escena, nítida y resplandeciente, como si hubiera ocurrido hace uninstante, como si aún estuviera viajando por aquella carretera, en una mañana de primavera.
Puedo recordar perfectamente el momento, el cielo azul salpicado de nubes algodonosas, la carretera serpenteante, atravesando pastos de un verde intenso, como un paisaje recién lavado, lustroso, brillante.
Esta fue la primera experiencia un tanto fuera de lo normal con la que siento que empezó este viaje de transformación.
Sucedió en uno de los cursos de la Formación en Terapia Gestalt y Bioenergética que estaba haciendo en aquella época, en junio de 1997. El último fin de semana antes del verano, nos juntábamos los dos grupos de formación: el de Huelva y el de Málaga (unas 50 personas).
Íbamos de camino al Molino de Aracena, charlando animadamente, mi compañero de curso y yo. Hablábamos de la muerte y de Dios. Para mí estaba todo tan claro…
No me resulta curioso recordar tan bien la escena. A veces mi mente hace un bucle entre el presente y el futuro, como si entonces supiera que algún día volvería a ese momento, volvería a escuchar mis palabras, y estas serían confrontadas, trituradas, arrasadas y no quedaría nada del esquema. Cuanta más vehemencia ponía en hablar de mi fe en Dios y en la muerte como algo natural… «un paso a otra vida», más parecía estar invocando, con algún tipo de fuerza inconsciente, los sucesos que más tarde ocurrirían y que harían replantearme todo lo que hasta entonces había conocido.
Porque estas dos creencias, la existencia de Dios y de la vida después de la muerte, se tambalearon tras el fallecimiento de mi hermana un año después. Y quedaron definitivamente hechas pedazos tras la muerte de mi hija, dos años más tarde.
Sin embargo, los primeros «temblores» empezaron en ese curso.
Tres días después de esa conversación, mientras realizaba un ejercicio de respiración holotrópica, tuve mi primer encuentro con la muerte.
La respiración holotrópica es un tipo de respiración en la que fuerzas el ritmo natural, inhalando y exhalando de forma más rápida y profunda de lo normal, lo cual conduce a un aumento del oxígeno en la sangre y una bajada del CO2. Esto produce cambios a nivel de todo el cuerpo, incluido el cerebro, dando lugar a estados alterados de conciencia.
La mayoría de la gente tiene experiencias bonitas.
La mía fue terrible.
Me sentía morir y veía, claramente, cómo la carne se despegaba de mis huesos, cómo me iba descomponiendo, cómo todo mi cuerpo se deshacía poco a poco dejando el esqueleto al descubierto.
La soledad y la angustia se apoderaron de mí y parecían no tener fin, no podía moverme, no podía hablar para pedir ayuda, y nadie se daba cuenta de que ¡me estaba muriendo de verdad!
Mi compañera de ejercicio, que estaba sentada a mi lado para cuidarme, me parecía lejana, ausente, como si mirara para otro lado o estuviera en sus cosas, y yo me sentía tan sola, tan terriblemente abandonada en mi propia muerte…
Recuerdo que empezó a sonar el Ave María de Gounod, una pieza que siempre me transmitía paz, armonía, conexión con lo divino… En ese momento no me producía nada. Intentaba hacer esfuerzos por salir de la angustia que me ahogaba, y todo era inútil. Solo había soledad, soledad, soledad. Muerte sin resurrección.
Terminé el ejercicio con una profunda desolación; ya no me sentía morir, pero me sentía tan aislada de todo y de todos… Miraba a la gente y no podía conectar con ella. Estaba inmersa en un estado de extrañeza, como si lo viera todo por primera vez y no entendiera nada.
La soledad me dolía a cada instante. Solo ansiaba poder acercarme, sentirme contenida por alguien, y poder superar esa fría y afilada sensación de que estaba separada de todo. Pero no lo conseguía.
Lo dejé estar. Poco a poco me fui calmando. Había algo que estaba creciendo dentro de mí, aunque no era consciente. Siguió creciendo durante esa tarde y esa noche. Y de repente, al día siguiente, brotó como un caño de agua que se abre a través de las rocas.
Fue con los abrazos.
Empezamos a despedirnos, se acababa el fin de semana.
A mucha gente del grupo de Huelva casi no la conocía. Estaba abrazando a alguien con quien apenas había intercambiado unas pocas palabras en todo el curso. Entonces, lo que iba a ser una despedida fugaz entre dos personas que no se conocen, se convirtió de repente en un abrazo eterno, inexplicablemente íntimo, profundo, lleno de amor y gratitud.
Nos separamos asombradas, reconociendo que algo sorprendente había ocurrido.
¿Y qué había ocurrido? ¿Qué me estaba pasando?
Esta sensación era totalmente nueva para mí. Me di cuenta de que era tanta mi necesidad de no sentirme aislada que me había liberado de cualquier juicio que pudiera separarme de ella. Me había entregado a ese encuentro sin defensas, absolutamente vulnerable, y muy consciente del lacerante dolor de la separación. Un dolor que nunca antes había percibido tan claro.
Al poder ver a mi compañera sin juicio, lo que apareció fue un ser perfecto y hermoso al que amaba como a mi propia vida solo por el simple hecho de existir, de estar en la vida.
En este estado continué abrazando a más personas, y volvía a suceder lo mismo… No podía verlas guapas o feas, simpáticas o antipáticas, frías o cálidas, amigas o desconocidas. Era como si las viera por primera vez, con ojos llenos de admiración y reverencia, con el corazón libre para contemplar su esencia, su belleza. Y eran bellas por el simple hecho de existir.
Y cada persona que abrazaba, al percibir que yo no les tenía miedo, al percibir mi estado de vulnerabilidad total, al darse cuenta de que no las juzgaba, se entregaban también sin defensas, se abandonaban a ese abrazo. Comprendí que era mi miedo, y ese juicio que surge para intentar mitigarlo, lo que me separaba de todo. Y todos teníamos el mismo miedo: miedo a ser seres separados, aislados, enfrentados a nuestra propia finitud. Todos ansiábamos lo mismo: ser felices, vivir en paz y armonía. Y no morir.
Me embargó una profunda compasión por mí y por todos mis compañeros. Como si navegáramos en el mismo barco bajo la misma tormenta.
Terminé de despedirme de ellos con la sensación de que algo seguía expandiéndose dentro de mí.
Después de este taller tenía que ir a Córdoba, allí estaba mi hermana ingresada en el hospital haciéndose las pruebas para el posible trasplante de pulmones. Que ella estuviera ahí era empezar a asumir la posibilidad de que muriera en poco tiempo.
Llegué a la habitación donde estaba mi hermana y, casi sin hablarnos, la abracé. Permanecimos así un buen rato, conectadas la una a la otra, sintiendo cómo el amor fluía entre nosotras sin miedo. A pesar de lo enferma que ya estaba, no me dio pena ni angustia, me sentía en paz. Ella notó lo potente de nuestro abrazo, supo que algo me había pasado.
Luego me fui a la ciudad a buscar unas esencias florales para ella.
Caminaba un poco perdida por aquellas calles que no conocía, buscando una farmacia que las vendiera, cuando me di cuenta de que no tenía miedo. Era muy extraño sentirme perfectamente segura, confiada, dejándome llevar. Me acercaba a la gente para preguntarles y solo podía sentir que eran seres maravillosos, hermosos, indescriptiblemente bellos. Más tarde entré en un bar y ya dentro me di cuenta de que solo había hombres que me miraban con fijeza. En cualquier otro momento de mi vida me hubiera sentido incómoda o intimidada. Pero entonces me sentí completamente segura, casi que podía percibirme envuelta en un amor protector. De alguna forma, saber que todos compartíamos el mismo miedo y el mismo anhelo me hacía sentir parte de la hermandad humana, donde no había nada que temer.
Al día siguiente partí en autobús hacia mi casa, en Almería. Miraba por la ventanilla de forma despreocupada cuando me sorprendí contemplando un desguace de coches y percibiendo una belleza que nunca antes había imaginado. ¿Cómo puede ser bello un desguace de coches, lleno de chatarra oxidada y basura? En ese estado en el que me encontraba no había diferencia entre un árbol, un paisaje «idílico», o un basural. Todo era igualmente hermoso, asombroso, por el simple hecho de estar en la vida. Mis ojos ahora podían percibir a la divinidad manifestándose en todas sus formas.
La última escena que recuerdo de esos días tan extraños es la de un policía de tráfico, con gesto adusto, parado en mitad de la calzada, regañando muy intensamente a un motorista que intentaba saltarse su señal. Incapaz de emitir un juicio sobre él o la situación, lo único que surgía en mí era maravillarme ante ese ser, maravillarme ante todo lo que hacía, ante su despliegue de vida y sus movimientos, que me parecían un espectáculo incluso divertido, una hermosa expresión de la danza de la Vida.
Y observaba su enfado y fiereza como quien contempla a un niño reír.
Ese estado de no-juicio me duró tres días.
Cuando lo comenté con mi terapeuta me dijo que era un estado de «imperturbabilidad cósmica». Creo que se inventó el término, pero le vi mucho sentido, porque nada me perturbaba.
En seguida me vino a la mente el libro de Siddhartha, de Hermann Hesse, cuando describe cómo el protagonista después de iluminarse, empieza a ver a las personas que se subían a su barca de una forma totalmente diferente: todas eran bellas por el simple hecho de ser manifestaciones del Ser, de la vida.
Cuando leí el libro por primera vez no había comprendido del todo su sentido, pero ahora era perfectamente claro para mí. Es esto.
Si no hay juicio, no hay miedo. Si no hay miedo, no hay juicio.
Cuando te percibes formando parte del Todo, no hay separación, y donde no hay separación, ni el miedo, ni el juicio pueden prosperar.
Vivir sin miedo ni juicio crea un estado de paz y gozo infinitos, de gratitud, de alabanza a la Creación en todas sus formas. Es vivir el Cielo en la Tierra.
Ese estado búdico solo me ocurrió entonces, pero siento que fue el pistoletazo de salida con el que inicié este asombroso viaje lleno de las experiencias y consciencias que han transformado mi vida.
Desde aquel momento aprendí a abrazar desde ese lugar de hermandad total y de celebración de la existencia.
La muerte: primera parte
«Don’t stop me know / I´m having such a good time / I´m having a ball»1.
Queen
Mi hermana.
Gracias a ella, enferma desde que nació, siempre he sido consciente de la muerte. Su presencia caminaba a mi lado, como un destino terrible del que sabía que era imposible escapar, pero aun así, lo intentaba.
Su sombra se cernía sobre mi pequeño ser y taladraba mis oídos.
Me recuerdo de niña, rezando todas las noches cuando escuchaba a mi hermana toser… «Dios, por favor, que se cure mi hermana… Dios, por favor, ¡que deje de toser...!».
Pero nada de eso ocurría.
Era tan doloroso que tuve que construir muchas defensas para obviarlo. Decidí huir secretamente a mis paraísos mentales donde todo era más amable, y la vida y la muerte solo se escuchaban de lejos.
Cuando tenía 14 años le diagnosticaron por fin: fibrosis quística. Hasta ese momento su enfermedad había sido un misterio para todos los médicos que la veían, y una locura angustiosa para mis padres. Aunque con el diagnóstico desapareció la angustia de la incertidumbre, se instaló definitivamente sobre nosotros esta sensación de vivir bajo la espada de Damocles. Porque lo que nos dijeron es que padecía una enfermedad crónica, progresiva… y mortal.
Era mi única hermana. Solo nos llevábamos 13 meses de diferencia, y a veces teníamos la sensación de ser gemelas. No nos parecíamos tanto físicamente, pero la gente, incluidos mis padres, con frecuencia nos confundía, y nosotras sentíamos un vínculo telepático, indefinible y profundo que salvaba muchas de las grandes diferencias que nuestras personalidades tenían. Porque éramos como el agua y el aceite. Ella el aceite, a veces hirviente. Solía chivarse a mi madre o amenazaba con ello. Nunca me prestaba sus juguetes y rara vez quería jugar a lo que a mí me gustaba. De una inteligencia precoz, mi hermana con tres años prefería hacer puzles o solitarios o leer. Yo andaba jugando a las casitas o pintando. Sin embargo, si una de las dos se caía en el colegio y se hacía daño, cuando la monjita llegaba a socorrer a la accidentada, nos encontraba a las dos llorando desconsolada, y le costaba averiguar quién había sufrido el descalabro. Tal era el nivel de empatía, que ver sufrir a la otra era insoportable para nuestros tiernos corazones.
A la vez compartíamos un pintoresco mundo imaginario, en el que nos trasladábamos a escenarios de fantasía, inventando personajes que interpretábamos haciendo todo tipo de voces, creando historias, como la saga de la famosa familia Millonetis. (Pepo y Pepa, va por vosotros). Gran parte de nuestro tiempo juntas lo pasábamos en estos teatrillos improvisados.
En cualquier situación solo con mirarnos ya sabíamos lo que la otra estaba pensando. Teníamos el mismo extraño sentido del humor y nos partíamos de la risa ante situaciones en las que nadie más entendía la gracia.
Cuando murió sentí como si toda esta parte de mi cerebro que jugaba con el suyo desapareciera también.
No compartíamos gustos de nada, salvo la música de Queen
