La habitación en llamas (Harry Bosch) - Michael Connelly - E-Book

La habitación en llamas (Harry Bosch) E-Book

Michael Connelly

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Beschreibung

No hay muchas víctimas que mueran una década después de que se cometa el crimen. Así pues, cuando un hombre fallece por las complicaciones derivadas de un balazo recibido diez años antes, a Harry Bosch le corresponde un caso en el que el cuerpo todavía está fresco pero apenas hay ninguna otra pista. Incluso para un policía veterano sería un caso complicado. Y la nueva compañera de Bosch en el Departamento de Policía de Los Ángeles, la detective Lucía Soto, no tiene ninguna experiencia en homicidios. A Bosch y a Soto se les encarga resolver un caso de alta tensión y con implicaciones políticas. Empezando por la bala que ha permanecido alojada durante años en la columna vertebral de la víctima, los detectives deben conseguir nuevas pistas a partir de pruebas reunidas años atrás, y éstas pronto revelan que el disparo no tuvo nada de aleatorio. Cuando la investigación gana velocidad, conduce a otro caso sin resolver en el que todavía hay más en juego : las muertes de varios niños en un incendio ocurrido veinte años atrás. Pero cuando su trabajo empieza a amenazar carreras y vidas, Bosch y Soto deben decidir si vale la pena arriesgarlo todo para encontrar la verdad o si es más seguro dejar que algunos secretos permanezcan enterrados.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Índice

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Agradecimientos

Créditos

Al detective Rick Jackson,con agradecimiento por tu servicio a la ciudad de Los Ángeles,espero que el segundo retiro dure.¡Disfruta del golf!

1

A Bosch le parecía una forma de sumar tortura a la tortura. Corazón estaba encorvada sobre la mesa metálica, con los guantes ensangrentados metidos en un torso destripado, trabajando con fórceps y un instrumento de hoja larga que ella llamaba el «cuchillo de la mantequilla». Corazón no era alta y se ponía de puntillas para poder llegar hasta el fondo con sus instrumentos. Apoyó la cadera contra el lateral de la mesa de autopsias para disponer de un punto de apoyo.

Lo que molestaba a Bosch de ese retablo truculento era que el cuerpo ya había sido violado durante mucho tiempo. Faltaban las dos piernas, habían amputado un brazo a la altura del hombro y las cicatrices quirúrgicas, pese a ser antiguas, seguían viéndose tiernas y rojas. La boca permanecía abierta en un grito silencioso. El hombre tenía la mirada dirigida hacia arriba, como si suplicara misericordia a su Dios. En el fondo, Bosch sabía que los muertos estaban muertos y ya no sufrían las crueldades de la vida, pero aun así tenía ganas de gritar: «¡Ya basta!». Quería preguntar: «¿Hasta cuándo? ¿Acaso la muerte no debería ser el alivio de las torturas de la vida?».

Sin embargo, Bosch no dijo nada. Se quedó en silencio y se limitó a observar, igual que había hecho antes en centenares de ocasiones. La necesidad de conseguir la bala que Corazón estaba tratando de arrancar de la columna vertebral del cadáver era más importante que su indignación y el deseo de denunciar la sarta de atrocidades infligidas a Orlando Merced.

Corazón volvió a apoyar los talones en el suelo para descansar. Soltó el aire y por un momento su máscara antisalpicaduras perdió su nitidez. Miró a Bosch a través del plástico empañado.

—Casi está —dijo—. Y te digo que hicieron bien en no intentar extraerla entonces. Habrían seccionado la T-12.

Bosch se limitó a asentir, sabiendo que se estaba refiriendo a una de las vértebras.

Corazón se volvió hacia la mesa, donde estaba extendido todo su instrumental.

—Necesito otra cosa… —dijo.

Dejó el cuchillo de la mantequilla en un fregadero de acero inoxidable, donde un grifo abierto mantenía el agua hasta el nivel del desagüe. Después paseó la mano a la izquierda del fregadero, sobre el instrumental esterilizado, hasta que eligió un punzón largo y delgado. Volvió a meter las manos en el hueco del torso eviscerado de la víctima. Todos los órganos e intestinos se habían extraído, pesado y guardado en bolsas, dejando solo una carcasa formada por las costillas abiertas. Corazón se puso de puntillas otra vez y se valió de la fuerza de la parte superior del cuerpo y el punzón de acero para arrancar por fin la bala de la columna vertebral. Bosch oyó sonar el proyectil dentro de la caja torácica.

—¡La tengo!

Corazón apartó sus brazos del torso del cadáver, dejó el punzón y limpió los fórceps con la manguera fijada a la mesa. Después sostuvo en alto el instrumento para examinar su hallazgo. Pisó un botón del suelo para poner en marcha la grabadora y reanudó la grabación.

—Se retira un proyectil de la vértebra T-12 anterior. Está dañado y muy aplanado. Lo fotografiaré y lo marcaré con mis iniciales antes de entregárselo al detective Hieronymus Bosch, de la Unidad de Casos Abiertos del Departamento de Policía de Los Ángeles.

Corazón pulsó otra vez con el pie el botón de grabación para volver al off the record. Sonrió a Bosch desde detrás de la máscara de plástico.

—Lo siento, Harry, ya me conoces, me gustan las formalidades.

—No creía que lo recordaras.

Él y Corazón habían tenido una breve aventura, pero eso había ocurrido muchos años antes, y poca gente conocía el verdadero nombre de Harry.

—Claro que lo recuerdo —dijo ella en fingida protesta.

Teresa Corazón irradiaba una nueva aura de humildad que no existía en el pasado. Había ido ascendiendo hasta que terminó por conseguir lo que deseaba: el puesto de jefe de forenses y todo lo que eso conllevaba, incluido un programa de televisión. Sin embargo, cuando uno alcanza la cumbre de una institución pública, se convierte en político, y los políticos caen en desgracia. Teresa finalmente había caído desde lo más alto y volvía a encontrarse en el punto de partida, como ayudante de forense con un montón de casos, como todos los demás profesionales de la oficina. Al menos le habían permitido conservar su sala de autopsias privada. Por el momento.

Corazón llevó la bala a la mesa, donde la fotografió y luego la identificó con un rotulador negro indeleble. Bosch estaba preparado con una bolsita de pruebas, y ella la dejó caer allí. A continuación, él anotó en la bolsa las iniciales de ambos: rutina de la cadena de custodia. Examinó el proyectil deformado a través del plástico. A pesar de los daños, creía que era una bala de calibre 308, lo cual significaba que había sido disparada por un rifle. En ese caso, sería un dato significativo para la investigación.

—¿Te quedarás al resto o no querías nada más? —Corazón lo preguntó como si hubiera algo entre ellos.

Bosch levantó la bolsa de pruebas.

—Será mejor que ponga esto en marcha. Hay muchas miradas puestas en este caso.

—Claro. Terminaré sola. ¿Qué ha pasado con tu compañera, por cierto? ¿No estaba contigo en la sala?

—Tenía que hacer una llamada.

—Vaya, pensaba que quería dejarnos un rato a solas. ¿Le has hablado de nosotros? —Corazón sonrió y batió las pestañas.

Bosch apartó la mirada con torpeza.

—No, Teresa. Sabes que no hablo de esas cosas.

Corazón asintió.

—Nunca lo hiciste. Eres un hombre que guarda sus secretos.

Bosch la miró otra vez.

—Lo intento —dijo—. Además, eso fue hace mucho tiempo.

—Y la llama se ha apagado, ¿no?

Bosch volvió al tema de la autopsia.

—Sobre el caso, ¿algo diferente de lo que informó el hospital?

Corazón negó con la cabeza y demostró que también ella era capaz de dar un paso atrás.

—No, nada diferente. Sepsis. Infección sanguínea, por usar el término más común. Pon eso en tu comunicado de prensa.

—¿Y no tienes ningún problema en relacionar esto con el disparo? ¿Podrías testificar sobre eso?

Corazón estaba asintiendo antes de que Bosch hubiera terminado de hablar.

—El señor Merced murió de septicemia, pero voy a anotar que la causa de la muerte fue homicidio. Es un asesinato cometido hace diez años, Harry, y estaré encantada de testificar eso. Espero que la bala te ayude a encontrar al asesino.

Bosch asintió y cerró la mano en torno a la bolsa de plástico que contenía la bala.

—Eso espero yo también —dijo él.

2

Bosch subió en ascensor hasta la planta baja. En los últimos años, el condado había gastado treinta millones de dólares en renovar la Oficina del Forense, pero los ascensores se movían con la lentitud de siempre. Encontró a Lucía Soto en el muelle de carga posterior, apoyada en una camilla vacía y consultando su teléfono. Era bajita y bien proporcionada, cincuenta kilos a lo sumo. Llevaba un estilo de traje chaqueta que se había puesto de moda entre las mujeres detectives, porque permitía llevar la pistola en la cadera en lugar de en un bolso. Transmitía poder y autoridad de una forma en que un vestido nunca podría hacerlo. Ese traje en concreto era marrón oscuro, y Soto lo combinaba con una blusa color crema. Le sentaba bien con su piel suave y morena.

Levantó la mirada cuando Bosch se acercó y se incorporó de manera apresurada, como un niño al que pillan haciendo algo mal.

—La tengo —dijo Bosch.

Levantó la bolsa de pruebas que contenía la bala. Soto cogió la bolsa y examinó un momento el proyectil a través del plástico. Un par de camilleros se acercaron por detrás de ella y empujaron la camilla vacía hacia la puerta de lo que se conocía como la Gran Cripta. Era un nuevo agregado al complejo, un espacio refrigerado del tamaño de un gran supermercado donde se colocaban todos los cadáveres que llegaban hasta que se programara la autopsia.

—Es una bala grande —dijo Soto.

Bosch asintió.

—Y larga —añadió él—. Creo que hemos de buscar un rifle.

—Está muy deformada —valoró ella—. Aplanada.

Soto le devolvió la bolsa, y Bosch se la guardó en el bolsillo del abrigo.

—Diría que hay suficiente para una comparación —dijo—. Suficiente para que tengamos suerte.

Los hombres de detrás de Soto abrieron la puerta de la Gran Cripta para meter la camilla. En el aire frío flotaba un desagradable olor químico que se extendía por el muelle de carga. Soto se volvió a tiempo de atisbar la gigantesca sala refrigerada. Fila tras fila de cadáveres en columnas de cuatro en un sistema de andamios de acero inoxidable. Los cuerpos estaban envueltos en sábanas de plástico opaco, con los pies al descubierto y etiquetas que colgaban de los dedos gordos y se mecían en la brisa generada por los respiraderos de la refrigeración.

Soto enseguida apartó la mirada, con la cara pálida.

—¿Estás bien? —preguntó Bosch.

—Sí, sí —dijo ella—. Me da un poco de grima.

—De hecho, es todo un avance. Antes, los cadáveres se amontonaban en los pasillos. A veces, los apilaban unos encima de otros después de un fin de semana movido. Apestaba.

Soto levantó una mano para que Bosch no continuara con la descripción.

—Por favor. ¿Hemos terminado?

—Sí.

Bosch se puso en marcha y Soto lo siguió, manteniéndose un paso por detrás de él. Ella tendía a caminar por detrás de Bosch, y él no sabía si se trataba de alguna clase de deferencia a su edad y rango o de otra cosa, como una cuestión de seguridad. Harry se dirigió a la escalera del fondo del muelle de carga, un atajo al aparcamiento de visitantes.

—¿Adónde vamos? —preguntó Soto.

—Llevaremos la bala a Armas de Fuego —explicó Bosch—. Hablando de tener suerte, hoy es miércoles de puertas abiertas. Luego iremos a recoger el archivo y las pruebas a Hollenbeck. Y nos pondremos en marcha.

—Vale.

Bajaron por la escalera y empezaron a cruzar el aparcamiento de empleados. El de visitantes estaba en el lateral del edificio.

—¿Ya has llamado? —preguntó Bosch.

—¿Qué? —dijo Soto, confundida.

—Has dicho que tenías que hacer una llamada.

—Ah, sí. Sí, he llamado. Perdona.

—No importa. ¿Has conseguido lo que necesitabas?

—Sí, gracias.

Bosch suponía que no había llamado a nadie. Sospechaba que Soto quería saltarse la autopsia, porque nunca había visto un ser humano eviscerado antes. Soto no solo era nueva en la Unidad de Casos Abiertos, sino también en Homicidios. Era el tercer caso en el que trabajaba con Bosch y el único con un cadáver lo bastante reciente para poder llevar a cabo una autopsia. Soto probablemente no había pensado en asistir a autopsias cuando había aceptado el puesto en Casos Abiertos. Las imágenes y los olores eran por lo general las cosas a las que más costaba acostumbrarse en el trabajo de homicidios. Casos Abiertos normalmente eliminaba las dos.

En los últimos años, el índice de criminalidad de Los Ángeles había descendido de manera notable, sobre todo, y más drásticamente, la cifra de homicidios. Esto había alentado un desplazamiento en las prioridades y prácticas de investigación del Departamento de Policía de Los Ángeles. Con pocos casos de asesinatos activos, el departamento incrementó el énfasis en resolver investigaciones estancadas. Más de diez mil homicidios no resueltos en los últimos cincuenta años daban mucho trabajo. La Unidad de Casos Abiertos casi había triplicado su tamaño durante el año anterior y en ese momento contaba con su propio equipo de mando: un capitán y dos tenientes. Se habían trasladado muchos detectives experimentados desde Homicidios Especiales y otras unidades de elite de la División de Robos y Homicidios. Además, se había incorporado una nueva hornada de detectives jóvenes con escasa o nula experiencia en investigación. La filosofía que se transmitía desde la décima planta de la OJP (Oficina del Jefe de Policía) era que había un mundo nuevo, con nuevas tecnologías y nuevas formas de contemplar las cosas. Pese a que nada superaba el saber hacer del investigador, no hacía ningún daño combinarlo con nuevos puntos de vista y diferentes experiencias vitales.

Estos nuevos detectives (la «brigada hípster», como los llamaban algunos en plan de burla) optaban a un puesto en la Unidad de Casos Abiertos por diversas razones, que iban desde las conexiones políticas a una agudeza y talento particulares o a recompensas por heroísmo en el cumplimiento del deber. Uno de los nuevos detectives había trabajado en tecnologías de la información para una cadena hospitalaria antes de ingresar en la policía y había sido clave en la resolución del asesinato de un paciente mediante un sistema de recetas informatizadas. Otro había estudiado química con una beca Rhodes. Incluso había un detective que anteriormente había sido investigador en la policía nacional de Haití.

Soto tenía veintiocho años y llevaba menos de cinco en el cuerpo. Era una «manga lisa» (sin ningún galón de rango en su uniforme) y había dado el salto a detective gracias a su condición de dos por uno: era de origen mexicano y hablaba inglés y español con fluidez. Después, logró un pase de acceso más tradicional a las filas de los detectives al hacerse famosa de la noche a la mañana a raíz de un tiroteo mortal con atracadores armados en una licorería de Pico-Union. Ella y su compañero se enfrentaron a cuatro hombres armados. Él resultó herido de muerte, pero Soto abatió a dos de los delincuentes y retuvo a los otros dos en un callejón hasta que llegó el SWAT y terminó la captura. Los atracadores eran miembros de Calle 13, una de las bandas más violentas que actuaban en la ciudad, y la heroicidad de Soto saltó a los periódicos, sitios web y pantallas de televisión. El jefe de la policía, Gregory Malins, le concedió después la medalla al valor del departamento. Su compañero también recibió el mismo honor a título póstumo.

El capitán George Crowder, nuevo jefe de la Unidad de Casos Abiertos, decidió que la mejor forma de manejar la afluencia de savia nueva en la unidad era separar los equipos existentes y emparejar a todos los detectives con experiencia en casos abiertos con un nuevo detective inexperto. Bosch era el mayor de la unidad y el que llevaba más años en el trabajo. Como tal, lo pusieron de pareja con la más joven: Soto.

—Harry, usted es el veterano —le había explicado Crowder—. Quiero que vigile a la novata.

Bosch, pese a que no le hacía demasiada gracia que le recordaran su edad y posición, se sintió encantado con el puesto. Estaba entrando en el que sería su último año en el departamento y ya había empezado la cuenta atrás de su Plan Opcional de Jubilación Postergada. Para él, cada día que le quedaba en el trabajo era oro. Cada hora tenía el valor de un diamante. Bosch pensaba que preparar a una detective inexperta y transmitirle todo lo que pudiera sería una buena forma de terminar su vida profesional. Cuando Crowder le comunicó que su nueva compañera sería Lucía Soto, Bosch se sintió complacido. Como todo el mundo en el departamento, había oído hablar de la proeza de Soto en el tiroteo. Bosch sabía qué era matar a alguien en acto de servicio, y también sabía qué era perder a un compañero. Comprendía la mezcla de pesar y culpa que afligiría a Soto. Pensaba que los dos podrían trabajar bien juntos y que podría formarla para que fuera una investigadora sólida.

Además, formar equipo con Soto le ofrecía a Bosch un pequeño plus. Como era una mujer, no tendría que compartir habitación de hotel cuando viajaran por un caso. Cada uno contaría con su propia habitación. Eso era algo importante. Las posibilidades de viajar por un caso en la Unidad de Casos Abiertos eran altas. Muchas veces, quienes creían que se habían librado del peso de la ley se marchaban de la ciudad, con la esperanza de que poner distancia física entre ellos y sus crímenes también los alejaría del alcance de la policía. Bosch esperaba terminar sus días en el departamento sin tener que compartir un cuarto de baño ni tener que soportar los ronquidos u otras emisiones de un compañero en una pequeña habitación doble de un Holiday Inn.

Soto no había dudado en sacar su pistola en inferioridad numérica en un callejón de barrio, pero asistir a una autopsia era otra historia. Se había mostrado reticente esa mañana cuando Bosch le había dicho que tenían que ir a la Oficina del Forense. Lo primero que preguntó Soto fue si se requería que los dos compañeros de un equipo de investigación asistieran a la disección del cadáver. En la mayoría de los casos que investigaba la unidad, el cadáver llevaba mucho tiempo bajo tierra y la única disección era el análisis de viejos registros y pruebas. Casos Abiertos permitía a Soto trabajar en los casos más importantes —asesinatos— sin tener que presenciar una autopsia en directo ni tampoco pisar una escena del crimen.

O eso parecía hasta ese día, cuando Bosch recibió en su casa la llamada de Crowder.

El capitán le preguntó si había leído el Los Angeles Times de esa mañana y él, de acuerdo con la imperecedera tradición de desdén que existía entre las instituciones de la policía y los medios, le dijo que no recibía el periódico.

El capitán procedió entonces a contarle la noticia que ocupaba la primera página esa mañana y que fue el origen de la nueva misión de Bosch y Soto. Mientras escuchaba, Bosch abrió su portátil y fue al sitio web del periódico, donde la noticia también ocupaba un lugar destacado.

El diario informaba de la muerte de Orlando Merced. Diez años antes, Merced se había hecho famoso en Los Ángeles por ser la víctima accidental de un disparo en Mariachi Plaza, en la zona de Boyle Heights. La bala que hirió a Merced en el abdomen había cruzado la plaza desde cerca de Boyle Avenue, y se creía que se trataba de una bala perdida de una confrontación de bandas.

El disparo se produjo a las 16 h de un sábado. Merced tenía entonces treinta y un años y era miembro de un grupo de mariachis donde tocaba la vihuela, una especie de guitarra de cinco cuerdas que era el pilar de la música tradicional mexicana. Él y sus tres compañeros de grupo estaban entre los varios mariachis que esperaban trabajo en la plaza: un bolo en un restaurante o un cumpleaños o tal vez una boda organizada en el último momento. Merced era un hombre grande, de barriga abultada, y la bala que aparentemente llegó de ninguna parte astilló la caoba de su instrumento y luego le atravesó el vientre antes de alojarse en la parte anterior de su columna.

Merced se habría convertido en una víctima más en una ciudad donde los medios casi pasan de largo: una crónica de treinta segundos en los canales de noticias en inglés, un artículo de cuatro párrafos en el Times, un poco más de longevidad en los medios en español.

Sin embargo, un simple giro del destino cambió eso. Merced y su grupo, Los Reyes Jalisco, habían actuado tres meses antes en la boda de un concejal, Armando Zeyas, y este estaba preparando una campaña para la alcaldía.

Merced sobrevivió. La bala le causó una lesión medular y lo dejó parapléjico, pero también lo convirtió en un símbolo. Cuando la campaña por la alcaldía cobró forma, Zeyas lo sacó en su silla de ruedas en todos los mítines y discursos políticos. Utilizó a Merced como ejemplo del abandono que sufrían las comunidades de la zona este de Los Ángeles. El índice de delincuencia era alto y la atención policial baja: todavía tenían que pillar al que había disparado a Merced. La violencia de las bandas campaba sin control, los servicios municipales básicos y los proyectos a largo plazo, como la extensión de la línea dorada del metro, estaban retrasados. Zeyas prometió que sería el alcalde que cambiaría eso, y usó a Merced y el este de Los Ángeles para forjar una base y una estrategia que lo separaron de un nutrido grupo de contendientes. Llegó a la segunda vuelta y se impuso con facilidad. Merced se mantuvo siempre a su lado, sentado en la silla de ruedas y vestido con su traje de charro, en ocasiones incluso con la camisa manchada de sangre del día del tiroteo.

Zeyas cumplió dos mandatos. El este de Los Ángeles recibió nueva atención del municipio y la policía. La criminalidad descendió. La línea dorada se alargó —incluso con una parada en Mariachi Plaza—, y el alcalde se regodeó en sus logros. Sin embargo, nunca detuvieron a la persona que disparó a Orlando Merced, y con el tiempo la bala se cobró una tremenda factura. Varias infecciones condujeron a numerosas hospitalizaciones y operaciones. Merced primero perdió una pierna, luego la otra. Para añadir humillación a las heridas, el brazo con el que había tocado el instrumento que producía los ritmos de música popular mexicana le fue amputado.

Y, finalmente, Orlando Merced había muerto.

—Ahora la pelota está en nuestro campo —le había dicho Crowder a Bosch—. No me importa lo que diga el maldito periódico, hemos de decidir si es un homicidio. Si su muerte puede atribuirse médicamente a ese disparo de hace diez años, abrimos un nuevo caso y usted y Lucky Lucy se ponen con él.

—Entendido.

—La autopsia tiene que decir que es un homicidio o todo esto muere con Merced.

—Entendido.

Bosch nunca rechazaba un caso, porque sabía que le quedaban pocos. Aun así, no pudo evitar preguntarse por qué Crowder estaba confiando la investigación de Merced a él y a Soto. Crowder sabía desde el principio que se sospechaba que el balazo que había recibido Merced había salido de un tiroteo de bandas. Eso significaba que la nueva investigación se centraría casi por completo en White Fence y en las otras destacadas bandas del este de Los Ángeles que actuaban en Boyle Heights. Iba a ser esencialmente un caso en español, y aunque Soto evidentemente hablaba español con fluidez, Bosch tenía un conocimiento muy limitado del idioma. Podía pedir un taco en un food truck y decirle a un sospechoso que se pusiera de rodillas y colocara las manos en la nuca. Sin embargo, llevar a cabo entrevistas importantes e incluso interrogatorios en español aún no estaba a su alcance. Eso le tocaría a Soto y, a juicio de Bosch, a ella todavía le faltaba experiencia para hacerlo. Había al menos otras dos parejas en la unidad que hablaban español y contaban con más experiencia. Crowder debería haber optado por una de ellas.

El hecho de que el capitán no hubiera tomado la decisión obvia y correcta hacía sospechar a Bosch. Por un lado, la orden de ponerlos a él y Soto en el caso podría haber salido de la OJP. Sería una investigación delicada con los medios y tener en el caso a Soto, la heroína del departamento, podría contribuir a una respuesta positiva de la prensa. Una alternativa más oscura era que Crowder quisiera que el equipo Bosch-Soto fracasara y socavar públicamente la decisión del jefe de policía de romper con la tradición y la experiencia al formar la nueva Unidad de Casos Abiertos. Que el jefe hubiera antepuesto a varios agentes jóvenes e inexpertos a detectives veteranos que esperaban turno en las brigadas del Departamento de Robos y Homicidios no había caído bien entre la tropa. Tal vez Crowder quería poner en evidencia al jefe por hacerlo.

Bosch trató de dejar a un lado la especulación sobre los motivos al doblar la esquina y entrar en el aparcamiento de visitantes. Pensó en el plan para el día y se dio cuenta de que estaban a menos de un kilómetro de la comisaría de Hollenbeck y más cerca incluso de Mariachi Plaza. Podían tomar Mission Street hasta la 1 y luego pasar por debajo de la 101. Diez minutos a lo sumo. Decidió invertir el orden de las paradas que le había comunicado a Soto.

Estaban a medio camino del coche cuando Bosch oyó que llamaban a Soto desde atrás. Al volverse, se encontró con una mujer que cruzaba el aparcamiento de empleados con un micrófono inalámbrico. Detrás de ella, un hombre se esforzaba en mantener la cámara levantada mientras pasaba entre los coches.

—Mierda —soltó Bosch.

Se volvió para ver si había más. Alguien, tal vez Corazón, había avisado a los medios.

A Bosch le sonaba la mujer, aunque no podía recordar de qué programa o conferencia de prensa. Pero no la conocía, y ella no lo conocía a él. La mujer se acercó directamente a Soto con el micrófono. Soto era más interesante para los medios. Al menos, en la historia reciente.

—Detective Soto, soy Katie Ashton, de Channel Five, ¿me recuerda?

—Eh, creo…

—¿La muerte de Orlando Merced ha sido considerada oficialmente un homicidio?

—Todavía no —dijo Bosch con rapidez, aunque no estaba en cámara.

Tanto el cámara como la periodista se volvieron hacia él. Salir en las noticias no le hacía gracia, pero quería ir unos pasos por delante de los medios en el caso.

—La Oficina del Forense está evaluando la historia clínica de Merced y tomará una decisión al respecto. Esperamos saber algo muy pronto.

—¿Esto reiniciará la investigación del caso del señor Merced?

—El caso sigue abierto y es lo único que puedo decir en este momento.

Sin pronunciar una palabra más, Ashton dio un giro de noventa grados hacia su derecha y puso el micrófono debajo de la barbilla de Soto.

—Detective Soto, le concedieron la medalla al valor del Departamento de Policía de Los Ángeles por el tiroteo de Pico-Union. ¿Ahora acabará con el que disparó a Orlando Merced?

Soto pareció momentáneamente desconcertada, pero enseguida contestó.

—No voy a acabar con nadie.

Bosch se interpuso al cámara que se había movido para grabar por encima del hombro de Ashton. Alcanzó a Soto y se la llevó hacia el coche.

—Nada más —dijo—. No hay más comentarios. Llamen a Relaciones con los Medios si quieren alguna otra cosa.

Dejaron a la periodista y el cámara allí y caminaron con rapidez hacia el coche. Bosch se sentó al volante.

—Buena respuesta —dijo al arrancar.

—¿A qué te refieres? —respondió Soto.

—A lo de acabar con el asesino de Merced.

—Ah.

Salieron a Mission y se dirigieron hacia el sur. Cuando se alejaron unas manzanas de la Oficina del Forense, Bosch se acercó a la acera y detuvo el coche. Tendió la mano a Soto.

—Déjame ver tu teléfono un segundo —dijo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Soto.

—Déjame ver tu teléfono. Has dicho que tenías que hacer una llamada cuando he entrado a la autopsia. Quiero ver si has llamado a esa periodista. No puedo tener a una compañera que informa a los medios.

—No, Harry, no la he llamado.

—Muy bien, entonces, déjame ver tu teléfono.

Soto le entregó el teléfono con aire indignado. Era un iPhone, el mismo que tenía él. Bosch abrió el registro de llamadas. Soto no había llamado a nadie desde la tarde anterior. Y la última llamada que había recibido era la de Bosch de esa mañana, hablándole del caso que les había tocado.

—¿Le has enviado un mensaje?

Abrió la aplicación de mensajes y vio que el último que había enviado era a alguien llamado Adriana. Estaba en español. Entregó el teléfono a su compañera.

—¿Quién es? ¿Qué dice aquí?

—Es una amiga. Mira, no quería entrar en esa sala, ¿vale?

Bosch la miró.

—¿Qué sala? ¿Qué estás…?

—La autopsia. No quería tener que ver eso.

—Entonces ¿me has mentido?

—Lo siento, Harry. Es embarazoso. No creo que pueda soportar eso.

Bosch le devolvió el teléfono.

—No me mientas, Lucía.

Harry miró en el retrovisor lateral y arrancó. Permanecieron en silencio hasta que llegaron a la calle 1 y Bosch se pasó al carril de giro a la izquierda. Soto se dio cuenta de que no iban a llevar la bala al Laboratorio Regional de Criminalística.

—¿Adónde vamos?

—Estamos en el barrio. Pensaba echar un vistazo a Mariachi Plaza unos minutos, y luego ir a buscar el expediente a Hollenbeck.

—Ya veo. ¿Y Armas de Fuego?

—Lo haremos después. ¿Está relacionado con el tiroteo… que no quisieras asistir a la autopsia?

—No. Bueno, no lo sé. Simplemente no quería ver eso, nada más.

Bosch lo dejó estar por el momento. Al cabo de dos minutos estaban acercándose a Mariachi Plaza y Bosch vio dos camiones de televisión aparcados con las antenas preparadas para informar en directo.

—Están en todas partes —dijo—. Ya volveremos.

Bosch pasó de largo. Ochocientos metros más adelante llegaron a la comisaría de Hollenbeck. El edificio, nuevo y moderno, con paneles de cristal en ángulo que formaban una fachada que reflejaba el sol en múltiples direcciones, parecía más la sede de una gran empresa que una comisaría. Bosch metió el coche en el aparcamiento de visitantes y paró el motor.

—Esto va a ser agradable —dijo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Soto.

—Ya verás.

3

A Bosch nunca le había gustado estar en ninguno de los lados de un caso que cambia de manos. Cuando trabajaba en Homicidios de Hollywood, a menudo Robos y Homicidios, la división de elite, les arrebataba los grandes casos. Después, él mismo había trabajado en Robos y Homicidios, y se había encontrado en el otro lado, llevándose casos de las brigadas más pequeñas. En Casos Abiertos eso rara vez ocurría, porque las investigaciones eran viejas y acumulaban polvo. Sin embargo, el caso Merced, pese a que tenía diez años, no dormía en los archivos del departamento. Todavía pertenecía a los dos investigadores originales a los que se les encargó el día del tiroteo. Hasta la fecha.

Bosch y Soto entraron en la comisaría por la puerta de trabajo, como llamaban a la entrada desde el aparcamiento de los coches blancos y negros de las patrullas. Siguieron un pasillo trasero hasta la oficina de detectives, y Bosch llamó a la puerta abierta del despacho del teniente.

—¿Teniente García?

—Yo mismo.

Bosch entró en la pequeña oficina, y Soto lo siguió.

—Soy Bosch y ella es Soto. Venimos de Casos Abiertos para recoger el material sobre Merced. Buscamos a Rodríguez y Rojas.

García asintió. Parecía un administrador clásico del Departamento de Policía de Los Ángeles. Camisa blanca, corbata seria, chaqueta colgada del respaldo de su asiento. Tenía unos gemelos en forma de placas de policía. Ningún agente llevaría gemelos en la calle. Demasiado llamativo, demasiado fácil perderlas en un altercado.

—Sí, nos ha avisado el mando. Están preparados. DCP está al otro lado, pasando la lechería.

—Gracias, teniente.

Bosch se volvió para irse y casi chocó con su compañera, que no se había dado cuenta de que habían terminado con el teniente. Soto retrocedió con torpeza y se volvió para marcharse.

—Eh, ¿detectives? —dijo García.

Bosch se volvió hacia él.

—Háganme un favor. Si lo resuelven, no se olviden de mis chicos.

Estaba refiriéndose a los méritos que acompañarían la resolución de un caso de perfil alto. El problema con llevarse un caso era que a menudo los detectives de división hacían un montón de trabajo pesado y luego llegaban los peces gordos del centro y se quedaban el caso y la gloria que seguía a una detención. Bosch, que había estado de los dos lados de esa ecuación, comprendió lo que García les estaba pidiendo.

—No los olvidaremos —dijo—. De hecho, si puede prescindir de ellos, los usaremos cuando llegue el momento.

Bosch aludía a una detención. Si llegaban a un punto en el que tenían a un sospechoso y Bosch preparaba una orden judicial o un equipo de detención, buscaría a Rodríguez y Rojas.

—Buena idea —dijo García.

Salieron de la oficina y encontraron la mesa de DCP más allá de la sala de lactancia de la comisaría. El ayuntamiento había ordenado recientemente que todos los edificios públicos contaran con una sala familiar donde empleadas o ciudadanas de visita pudieran dar el pecho a sus bebés. Ninguna de las diecinueve comisarías de Los Ángeles estaba diseñada para incluir un cuarto de lactancia, así que se emitió un mandato que exigía que una de las salas de interrogatorios de cada oficina de detectives se transformara en un espacio que cumpliera con los requisitos municipales. Las salas se repintaron en tonos pastel y también se añadieron pegatinas de dibujos animados. En ocasiones, en situaciones de sobrecarga, las salas se usaban durante investigaciones, y se interrogaba a sospechosos desconcertados delante de Bob Esponja o la Rana Gustavo.

El espacio de la brigada DCP de Hollenbeck constaba de cinco escritorios unidos de modo que quedaba una pareja de detectives a cada lado, mientras que el escritorio del jefe de brigada estaba situado a un extremo. Solo había dos hombres sentados en esa configuración bajo el cartel de Delitos Contra Personas, y Bosch supuso que eran Óscar Rodríguez y Benito Rojas.

Había una pila de tres carpetas azules en el escritorio delante de uno de los hombres. Bosch leyó el nombre «Merced» en el lomo de dos de ellas. La tercera solo decía «Soplos». En la mesa también había una caja de cartón cerrada con cinta roja. Bosch vio un estuche negro apoyado junto al escritorio y supuso que contenía el instrumento de Orlando Merced. Había pegatinas de parachoques adornando el estuche, anunciando viajes a muchas poblaciones y regiones del suroeste de Estados Unidos y México.

—Hola, chicos —saludó Bosch—. Somos de Casos Abiertos.

—Por supuesto —dijo uno de los hombres—. Han llegado los peces gordos.

Bosch asintió. Había actuado del mismo modo en el pasado cuando le arrebataban un caso. Tendió la mano al detective enfadado.

—Harry Bosch. Ella es Lucía Soto. ¿Eres Óscar o Benito?

El hombre estrechó la mano de Bosch a regañadientes.

—Ben.

—Encantado. Y siento hacer esto. Los dos lo sentimos. A nadie le gusta esto desde ningún lado. Sé que habéis trabajado mucho y no es justo. Pero es lo que hay. Todos hacemos lo que nos ordenan los genios que mandan.

El discurso aparentemente aplacó a Rojas. Rodríguez permaneció impasible.

—Llévatelo sin más —dijo Rodríguez—. Buena suerte, tío.

—En realidad —dijo Bosch—, no solo quiero llevarme el material. Me gustaría haceros unas preguntas sobre el caso. Ahora, y después cuando nos metamos con eso. Vosotros dos sois los cerebros. Desde el primer día. No pediros ayuda sería como pegarme un tiro en el pie.

—¿Han extraído la bala? —preguntó Rodríguez.

—Sí —dijo Bosch—. Venimos ahora mismo de la autopsia.

Bosch metió una mano en el bolsillo y sacó la bala. Entregó la bolsa a Rodríguez y observaron su reacción. Este se volvió y se la entregó a su compañero.

—Joder —dijo Rojas—. Parece calibre 308.

Bosch asintió al recuperar la bolsa.

—Eso creo. Nuestra siguiente parada es el laboratorio regional de balística. Nunca pensasteis en un rifle, ¿no?

—¿Por qué íbamos a hacerlo? —dijo Rodríguez—. Nunca tuvimos la puta bala.

—¿Mirasteis radiografías del hospital? —preguntó Soto.

Los dos detectives de Hollenbeck la miraron como si ella se hubiera pasado de la raya al cuestionar su método de trabajo. Bosch podía preguntar porque tenía experiencia. Pero ella no.

—Sí, miramos radiografías —dijo Rodríguez, en tono de enfado—. El ángulo era malo. Lo único que vimos fue la parte aplastada. No se podía saber nada con eso.

Soto asintió. Bosch trató de desviar la atención.

—Eh, si no estáis muy ocupados ahora, nos gustaría invitaros a una taza de café y hablar de lo que hay en esos libros.

Bosch supo por la reacción que mostró el rostro de Rodríguez que había dado un mal paso.

—Diez años en un caso y nos toca una taza de café —dijo—. Muchas gracias, pero no quiero ningún café.

Rodríguez señaló a Soto con la barbilla.

—Además, tienes a la heroína de la pistola en tu equipo, campeón. Lucky Lucy. No nos necesitas.

Bosch se dio cuenta de que perder el caso no era lo único que molestaba a Rodríguez. Estaba encendido por el hecho de seguir trabajando en una brigada de detectives de división, mientras que Soto había sido ascendida a Casos Abiertos pese a no contar con ninguna experiencia. Harry vio que la situación no iba a ayudarles en ese momento y decidió salir de la comisaría antes de que las cosas se torcieran más. Se fijó en que Rojas no se había unido a su compañero para burlarse de Soto o de la reasignación del caso. A él acudiría cuando estuvieran listos.

—Muy bien, solo nos llevaremos el material, pues.

Bosch avanzó, puso las tres carpetas encima de la caja de pruebas y lo levantó todo.

—Lucía, coge el estuche de la guitarra —dijo.

—Es una vihuela, hermano —corrigió Rodríguez—. Más te vale no equivocarte en la conferencia de prensa.

—Bien —aceptó Bosch—. Gracias. —Se enderezó con su carga y miró los escritorios para ver si se le había pasado algo—. Vale, chicos, gracias por la cooperación. Estaremos en contacto.

Se dirigió a la salida con Soto a la zaga.

—Claro —dijo Rodríguez a sus espaldas—. Traed café.

Llegaron al aparcamiento antes de que ninguno de ellos hablara.

—Lo siento, Harry —se disculpó Soto—. La verdad es que no debería estar en este caso. Ni siquiera en esta unidad.

—No los escuches, Lucía. Te irá bien y voy a necesitarte un montón en este caso. Serás muy importante.

—¿Cómo? ¿De traductora? Eso no es trabajo de detective. Siento que me han dado algo que no merezco. Me he sentido así desde que me ofrecieron elegir un puesto de detective. Debería estar en Robos.

Bosch dejó la caja y las carpetas en el capó del coche para poder sacar las llaves. Desbloqueó el cierre con el mando y los dos fueron a la parte de atrás del coche, donde a duras penas lograron meter el estuche del instrumento, la caja de pruebas y las carpetas del caso en el maletero. Una vez que estuvo todo colocado, Bosch soltó los cierres del estuche y lo abrió. Miró la vihuela sin sacarla. Un único orificio de bala astillaba la cara pulida del instrumento. Cerró bien el estuche. Luego se volvió y, finalmente, respondió a su compañera.

—Escúchame, Lucía. Estarías perdiendo el tiempo en Robos. Solo he trabajado contigo unas semanas, pero sé que eres una buena policía y vas a ser muy buena detective. Basta de quitarte mérito. Ya lo has visto, siempre habrá gente que lo hará por ti. Pasa de ellos. Quieren lo que tienes y no pueden evitarlo.

Soto asintió.

—Gracias. Por favor, llámame Lucy. Cuando me llamas Lucía siento que nunca seremos compañeros de verdad.

—Lucy, pues. Has de recordar algo. Esto es requisar un caso. Llegas y te lo llevas. A nadie le gusta que Robos y Homicidios venga y le quite el caso. La gente dice cosas, pero lo supera. ¿Esos tipos? Antes de que esto termine serán muy útiles para nosotros. Ya lo verás.

Soto no parecía convencida.

—Rodríguez no creo. Está muy cabreado —dijo ella.

—Pero, a fin de cuentas, sigue siendo un detective y hará lo que tenga que hacer. Vamos.

—Sí.

Volvieron al coche y circularon por la 1, pasando por delante del cementerio chino para ir a tomar la autovía 10. Desde allí era un trayecto de dos minutos hasta la salida de Cal State, donde estaba situado el Laboratorio Regional de Criminalística.

El laboratorio era un edificio de cinco plantas que se alzaba en medio del campus. Se había construido conjuntamente entre el Departamento de Policía de Los Ángeles y el Departamento del Sheriff del Condado de Los Ángeles, una decisión lógica porque, juntas, ambas agencias investigaban más de un tercio de los crímenes que se cometían en el estado de California, y en muchos de esos crímenes se solapaban sus jurisdicciones.

Sin embargo, en el interior del laboratorio, los departamentos mantenían muchas instalaciones separadas. Una de estas era la Unidad de Análisis de Armas de Fuego del Departamento de Policía de Los Ángeles, que incluía el laboratorio de balística donde los técnicos trabajaban en una sala poco iluminada utilizando láseres y ordenadores para intentar comparar balas de distintas investigaciones.

Ahí estaban depositadas las esperanzas del caso Merced. La investigación llevada a cabo por Rodríguez y Rojas podría haber sido concienzuda diez años antes, pero no encontraron ningún casquillo y la bala había permanecido en el cuerpo de Merced hasta entonces. No era muy probable, pero si la bala extraída de la columna de la víctima durante la autopsia podía relacionarse con la de cualquier otro crimen, entonces se abriría toda una nueva avenida de investigación para Bosch y Soto.

El protocolo normal en el laboratorio consistía en entregar una bala o casquillo para análisis y esperar en la cola, a veces durante semanas, antes de recibir una respuesta y un informe. Pero los miércoles de puertas abiertas podían llevarse balas que se estudiaban por estricto orden de llegada.

Bosch preguntó al supervisor del laboratorio de balística y le asignaron a un técnico que curiosamente se llamaba Gun Chung. Bosch había trabajado con él antes y sabía que Gun era el nombre que aparecía en su certificado de nacimiento y no un apodo.

—Gun, ¿cómo va?

—Muy bien, Harry. ¿Qué me traes hoy?

—Para empezar, ella es mi nueva compañera, Lucy Soto. Y en segundo lugar, te he traído un problema difícil hoy.

Chung estrechó la mano a Soto, y Bosch le pasó la bolsa de pruebas que contenía la bala. Chung abrió la bolsa con unas tijeras y sacó la bala. La sopesó en la mano y luego la sostuvo bajo una lupa iluminada que acercó tirando de su brazo articulado.

—Es una Remington 308. Punta suave, te da deformación máxima. Una bala así se usa sobre todo para un disparo de larga distancia.

—¿Quieres decir como un rifle de francotirador?

—Más bien un rifle de caza.

Bosch asintió.

—¿Puedes hacer algo con ella?

Bosch quería saber si el estado del proyectil impediría análisis comparativos. La bala había atravesado los paneles delantero y posterior de la vihuela de Orlando Merced y luego había penetrado en su masa corporal antes de alojarse en la duodécima vértebra torácica de la columna. La bala se había deformado durante estos impactos, dejando una parte muy pequeña de la vaina intacta. La vaina era la parte de la bala donde las estrías del cañón del arma que la había disparado creaban un modelo único que permitía la comparación con otros proyectiles en la base de datos BulletTrax.

En la bala que Bosch acababa de entregar a Chung, no había más de medio centímetro sin dañar. Chung la examinó de cerca y a través de la lupa y pareció tomarse su tiempo para decidir si la bala servía para un perfil balístico. Bosch hizo lo posible para presionarlo mientras miraba.

—Es un caso de hace diez años —dijo—. La forense acaba de sacarla de la columna de la víctima. Creo que esta podría ser nuestra única posibilidad de hacer que las cosas avancen.

Chung asintió.

—Es un proceso de dos pasos, Harry —dijo—. Primero, tengo que ver si cuento con suficiente material para trabajar. Y, segundo, aunque lo pongamos en la base de datos, no hay garantía de obtener una equivalencia. La base de datos sobre proyectiles de rifle es limitada. La mayoría de nuestros crímenes con balas se cometen con pistolas.

—Entendido —dijo Bosch—. Entonces ¿qué piensas? ¿Hay suficiente?

Chung se apartó de la lupa y miró a Bosch y Soto.

—Creo que podemos intentarlo —dijo.

—Perfecto —dijo Bosch—. ¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—Es un día tranquilo. Lo preparé ahora mismo y veremos qué ocurre.

—Gracias, Gun. ¿Te dejamos solo o esperamos por aquí?

—Como queráis. Hay una cafetería en la planta baja si queréis tomar un café.

—Buen plan.

Bosch y Soto acababan de sentarse en la cafetería, Bosch con un café solo y Soto con una Coca-Cola Diet, cuando sonó el teléfono de Harry. Era Crowder, desde el EAP.

—Harry, ¿dónde está?

—En Regional con la bala.

—¿Alguna buena noticia?

—Todavía no. Estamos esperando a que la metan en la base de datos.

—Muy bien. Bueno, les necesito aquí ahora mismo.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Tenemos aquí a la familia Merced y a los medios, y la conferencia de prensa es dentro de veinticinco minutos.

—¿Qué conferencia de prensa? No vamos…

—No importa, Harry. El número de periodistas aquí ha alcanzado una cantidad crítica y el jefe ha convocado una conferencia de prensa. El forense ya ha publicado que van a considerarlo un homicidio.

Bosch casi maldijo a Corazón en voz alta.

—El jefe los quiere a usted y a Soto a su lado —dijo Crowder—. Así que vengan. Ahora.

Bosch no respondió por un momento.

—Harry, ¿me ha oído? —preguntó Crowder.

—Lo he oído —dijo Bosch—. Vamos para allá.

4

La gran sala que se utilizaba para conferencias de prensa estaba en la segunda planta, al fondo del pasillo de Relaciones con los Medios. Bosch y Soto se encontraban en una pequeña sala contigua, donde un teniente llamado DeSimone les explicaba cómo se organizaría la conferencia de prensa. El plan era que el jefe Malins tomara la palabra en primer lugar y presentara a la familia de Orlando Merced. El micrófono sería entonces entregado a Bosch y Soto. Como la mayoría de periodistas asistentes representaban a medios en español, Soto estaría disponible para entrevistas en español después de la conferencia de prensa principal. Bosch cortó a DeSimone a media explicación para preguntarle qué era exactamente lo que iba a anunciarse en la conferencia de prensa.

—Vamos a hablar del caso y de cómo la muerte de Merced ayer ha reseteado la investigación —dijo DeSimone.

Bosch odiaba términos como «resetear».

—Bueno, eso son unos cinco segundos —respondió—. ¿De verdad necesitamos una conferen…?

—Detective —intervino DeSimone—, esta mañana a las diez, mi oficina ya había recibido dieciocho solicitudes para una sesión informativa del caso. Puede que no haya muchas más noticias hoy, pero esto ha captado la atención de la bestia de los medios. Hemos llegado a un punto en que creemos que una conferencia de prensa es la mejor forma de actuar. Resumen el caso, cuentan los resultados de la autopsia (ya saben que ha sido calificado de homicidio) y partimos de ahí. Dicen que la bala que ha permanecido en el cuerpo de la víctima durante diez años ahora se está comparando con miles de otros proyectiles en las bases de datos nacionales. Después, responden unas cuantas preguntas. Quince minutos, entrar y salir, y ya están otra vez en el caso.

—No me gustan las conferencias de prensa —dijo Bosch—. Si quiere saber mi opinión, nunca añaden nada. Solo complican las cosas.

DeSimone lo miró y sonrió.

—¿Sabe qué? No quiero saber su opinión. Le estoy diciendo que vamos a dar una conferencia de prensa.

Bosch miró a Soto. Esperaba que estuviera aprendiendo algo.

—Bueno, ¿cuándo empezamos?

—Los medios ya están en la sala y esperando. Entramos con el jefe. Así que, en cuanto llegue, vamos.

Bosch notó que su teléfono vibraba en el bolsillo. Se apartó de DeSimone y respondió la llamada. Era Gun Chung.

—Alégrame el día, Gun —dijo—. Por favor.

—Lo siento, Harry, no puedo. No hay resultado en BulletTrax.

Bosch captó la atención de Soto y negó con la cabeza.

—¿Estás ahí, Harry?

—Sí, Gun, estoy aquí. ¿Algo más?

—Sí, creo que he identificado el arma.

Eso mitigó en parte la decepción de Bosch.

—¿Qué tenemos? —preguntó.

—Seis estrías, giro derecha 12-1, creo que lo que tienes ahí es un Kimber Model 84. Lo llamaban el Montana en el catálogo, un rifle de caza.

Las estrías y giros eran aspectos de la parte interior del cañón del rifle que habían permitido a Chung identificar el modelo, aunque no relacionar la bala con una única arma. Era mejor que nada, y Bosch se sintió complacido de que la autopsia hubiera aportado nueva información.

—¿Ayuda? —preguntó Chung.

—Toda la información ayuda —dijo Bosch—. ¿Es un arma cara?

—No es barata. Pero se puede conseguir de segunda mano.

Bosch asintió.

—Gracias, Gun.

—De nada. ¿Quieres pasar a recogerla o me la guardo aquí?

—Tendré que recogerla y llevarla a Propiedad.

—Muy bien. Y recuerda, Harry, si me consigues un casquillo todo cambia. Hay más casquillos que balas en la base de datos. Si me traes un casquillo, puede que tengamos suerte.

Bosch sabía que eso no iba a ocurrir. No puedes encontrar un casquillo de un caso de hace diez años.

—Vale, Gun, gracias.

Bosch se guardó el teléfono y volvió con DeSimone.

—Era el laboratorio de balística —explicó—. El proyectil que le han extraído a Merced no ha dado ningún resultado en el ordenador. Volvemos a empezar. Cancele la conferencia de prensa. No hay nada que decir.

DeSimone negó con la cabeza.

—No, no cancelamos. Simplemente, no mencione la bala. Lo convertimos en una petición de ayuda ciudadana. Hubo una enorme colaboración hace diez años, y la necesitamos otra vez. Puede hacerlo, Bosch. Además, no hay que anunciar que la bala es un callejón sin salida. Lo que quiere es que el que disparó piense que podríamos tener algo.

A Bosch no le gustaba que el tipo de Medios del departamento se metiera en sus asuntos; era la razón por la que no había mencionado que Gun Chung había identificado provisionalmente el modelo del rifle que se había utilizado en el tiroteo. Tenía ganas de dar media vuelta y largarse sin quedarse a la charada de la conferencia de prensa, pero eso dejaría a Soto al pie de los caballos y la obligaría a meterse en algo que probablemente no comprendía. Y, seguramente, también resultaría en la retirada de Bosch del caso.

Justo entonces sonó la radio de DeSimone y le dijeron que el jefe estaba bajando por el ascensor.

—Vamos allá.

Salieron al pasillo y esperaron a que el ascensor llegara de la 10. Cuando las puertas se abrieron, apareció el jefe, seguido por un hombre que Bosch inmediatamente reconoció como Armando Zeyas, el antiguo alcalde que había sido el paladín de la causa de Orlando Merced diez años antes. El jefe lo había llamado para la conferencia de prensa. O tal vez Zeyas había presionado para participar. Se rumoreaba que se estaba preparando para presentarse a gobernador. Utilizar el caso Merced le había ayudado políticamente antes. ¿Por qué no otra vez?

A Bosch esos pensamientos cínicos se le ocurrían con facilidad. Estaba de vuelta de todo. Sin embargo, se fijó en que los ojos de Soto se iluminaban al ver a Zeyas. El exalcalde era un verdadero héroe de la comunidad latina, un pionero.

A Zeyas y el jefe los seguía un hombre que Bosch también reconoció: Connor Spivak, principal estratega político del antiguo alcalde. Al parecer, iba a acompañar a Zeyas en el no tan secreto plan de conquistar la mansión del gobernador en las siguientes elecciones.

DeSimone se acercó al jefe y le susurró al oído. Malins asintió una vez y se dirigió hacia Bosch. Se conocían desde hacía décadas. Más o menos de la misma edad, habían llevado una trayectoria similar a través del departamento: patrulla, detectives de la comisaría de Hollywood, División de Robos y Homicidios. Sin embargo, mientras que Bosch encontró su hogar en RyH, Malins tenía ambición más allá de resolver crímenes. Entró en la administración y ascendió con rapidez en el escalafón hasta que terminó por ser asignado al puesto más alto de la Comisión de la Policía. Se estaba acercando al final de su mandato de cinco años y pronto habría una nueva designación. Se creía que un segundo mandato era una conclusión inevitable.

—Harry Bosch —dijo con cordialidad—. He oído que no te hace mucha gracia la idea de una conferencia de prensa.

Bosch asintió, un poco avergonzado. Apenas había espacio y los demás podían oír la conversación. Aun así, no ocultó su reticencia a discutir el caso delante de los medios.

—La única pista que teníamos (la bala) no servirá, jefe —explicó—. No sé qué hay que decir.

Malins asintió, pero no estuvo de acuerdo con la valoración de Bosch.

—Hay mucho que decir. Hemos de tranquilizar a la gente de esta ciudad y asegurarles que Orlando Merced no caerá en el olvido, que todavía estamos buscando a los que hicieron esto y que los encontraremos. El mensaje es más importante que ninguna otra cosa, incluido un trozo de plomo.

Bosch se contuvo de comunicar lo que estaba pensando realmente.

—Si usted lo dice.

El jefe asintió.

—Lo digo. Todo el mundo cuenta o nadie cuenta, ¿no es eso lo que me dijiste una vez?

Bosch asintió.

—Me gusta eso —intervino Zeyas—. Todo el mundo cuenta o nadie cuenta. Está bien.

Bosch no pudo ocultar su expresión de horror. En boca de Zeyas sonó como un eslogan de campaña.

El jefe miró a Soto, que como de costumbre estaba dos pasos más atrás, y le tendió la mano.

—Detective Soto, ¿cómo le están tratando en Robos y Homicidios?

Soto estrechó la mano del jefe.

—Muy bien, señor. Estoy aprendiendo del mejor.

Señaló con la cabeza a Bosch. El jefe sonrió; ella le había dado pie.

—¿Este hombre? —dijo—. Es un «espalda plateada», Soto. Aprenda todo lo que pueda de él mientras sigue aquí.

—Sí, señor —admitió Soto con ansiedad—. Estoy aprendiendo cada día.

Ella sonrió. El jefe sonrió. Todo el mundo estaba feliz. Y Bosch se dio cuenta de que había sido idea de Malins ponerlo con Soto. Crowder solo había cumplido órdenes.

—Bueno —sugirió DeSimone—, vamos. Los familiares de Merced ya están en la sala de conferencias, sentados en primera fila. El jefe Malins subirá al estrado primero y los presentará. Luego el exalcalde dirá unas palabras y después el detective Bosch discutirá…

—¿Por qué no la detective Soto? —preguntó el jefe—. Sabe todo lo que sabe el detective Bosch del caso, ¿no? Sí, vamos a hacerlo así. No te importa, ¿verdad, Harry?

El jefe miró a Bosch. Harry negó con la cabeza.

—En absoluto —contestó—. Es su película.

El grupo avanzó por el pasillo. Uno de los subordinados de DeSimone estaba delante de la puerta abierta a la sala de medios. Se asomó para dar una señal a los que esperaban. Luces, cámaras y grabadoras estaban encendidas.

Soto se acercó a Bosch y susurró:

—Harry, nunca he hecho esto. ¿Qué digo?

—Ya has oído a DeSimone. Sé breve, di que estamos revisando el caso y que agradeceríamos la ayuda de la comunidad. Si alguien recuerda algo o sabe algo sobre el caso, que llame a la línea ciudadana o, directamente, a Casos Abiertos. No menciones el rifle. Eso nos lo guardamos.

—Vale.

—Recuerda, sé breve. Los políticos hablan mucho. No seas como ellos.

—Entendido.

El grupo entró en la sala. Había un escenario con un estrado en el centro y tres filas de mesas para periodistas delante. Detrás de las mesas, otra tarima con cámaras de vídeo colocadas para grabar por encima de las cabezas de los periodistas. Bosch y Soto siguieron al jefe y al exalcalde al estrado y se quedaron atrás. Bosch miró a la primera fila, delante de los periodistas. Había cuatro personas, tres mujeres y un hombre, pero no sabía qué relación tenían con Orlando Merced. Era tan nuevo en el caso que no había conocido todavía a los familiares. Eso era otra cosa que le molestaba de la situación.

—Gracias por venir —dijo DeSimone al micrófono del podio—. Ahora les presentaré al jefe de policía, Gregory Malins, que tomará la palabra, seguido por el exalcalde Armando Zeyas, y luego la detective Lucía Soto. ¿Jefe?

El jefe tomó posición delante del micrófono y habló sin recurrir a notas. Estaba completamente acostumbrado a situarse delante de periodistas y cámaras.

—Hace diez años, Orlando Merced fue herido por una bala perdida en Mariachi Plaza. El señor Merced se quedó paralizado por la herida y luchó al máximo por recuperarse y llevar una vida productiva. Ayer por la mañana, perdió esa batalla, y hoy estamos aquí para decir que no será olvidado. La Unidad de Casos Abiertos de mi departamento se ha hecho cargo del caso e investigará incansablemente hasta que determine quién disparó a Orlando Merced. Como saben, su muerte se ha dictaminado como homicidio, y no cerraremos esta investigación hasta que detengamos a la persona responsable y la acusemos de asesinato.

Hizo una pequeña pausa, tal vez para dejar que los periodistas que tomaban notas febrilmente terminaran.

—Hoy están aquí con nosotros los miembros de la familia de Orlando. Su padre, Héctor, y su madre, Irma. Su hermana, Adelita, y su mujer, Candelaria. Nos comprometemos con ellos a no olvidar a Orlando y les aseguramos que nuestra investigación será enérgica y completa. Ahora el exalcalde Armando Zeyas, amigo personal del señor Merced y su familia, les dirigirá unas palabras.

El jefe dio un paso atrás y Zeyas ocupó su lugar.

—Fue a través de Orlando Merced como aprendí el dolor que produce la visita del crimen y la violencia en nuestra comunidad —empezó—. También aprendí mucho más de este hombre, que se convirtió en amigo. Aprendí qué es la perseverancia. Aprendí qué es la compasión. Aprendí qué es vivir con las cartas que te tocan. Vi de primera mano la resistencia del espíritu humano. Orlando nunca preguntó: «¿Por qué yo?». Solo preguntó: «¿Ahora qué?». Fue un héroe para mí, porque tomó lo que la vida le dio y le sacó el máximo partido. En muchos sentidos, eso fue más hermoso que la música que había tocado con su instrumento. Prometí ofrecer mi ayuda con esta investigación en todo lo que pudiera. Puede que ya no sea alcalde, pero amo a esta comunidad y a su gente. Es en ocasiones como esta cuando nos unimos y nos convertimos en una auténtica ciudad de ángeles. Es en ocasiones como esta cuando comprendemos que, en nuestra ciudad y en nuestra sociedad, todo el mundo cuenta o nadie cuenta. Gracias.

DeSimone regresó al micrófono y explicó que el caso se encontraba en manos de Bosch y Soto. Añadió que sería Soto quien informaría y que también podría repetirlo en español. Lucy tímidamente se acercó al micrófono y lo bajó para colocárselo a la altura de la boca.

—Eh, ahora estamos siguiendo todas las vías de investigación y pedimos la ayuda de la comunidad. Hace diez años, hubo un aluvión de colaboración ciudadana. Muchas personas llamaron y ofrecieron ayuda y pistas. Pedimos a cualquiera que tenga información sobre este caso que, por favor, contacte con nosotros. Se puede llamar de forma anónima a la línea de ayuda o directamente a la Unidad de Casos Abiertos. Aunque crea que ya conocemos la información que posee, por favor, llámenos.

Soto se volvió y miró a Bosch como si preguntara si tenía que añadir algo más. Zeyas aprovechó el momento para volver al estrado. Suavemente, colocó una mano en la espalda de Soto y usó la otra para acercarse el micrófono a la boca.

—Solo quiero decir que hace diez años yo estuve delante de los medios y personalmente prometí veinticinco mil dólares a cualquiera que proporcionara información para resolver el crimen. Nadie cobró nunca esa recompensa, pero la promesa sigue en pie, salvo que ahora la doblo a cincuenta mil dólares. Además, trabajaré con mis antiguos colegas del ayuntamiento para que el consistorio ofrezca una suma equivalente. Gracias.

Bosch casi gruñó en voz alta. Ofrecer una recompensa económica cambiaría la naturaleza de las llamadas. La recompensa garantizaba que él y Soto tendrían que filtrar decenas de llamadas inútiles de gente que dispararía a ciegas con la esperanza de conseguir dinero a cambio. La recompensa del exalcalde lo cambiaba todo.

DeSimone se colocó al lado de Soto y preguntó a los periodistas si tenían alguna duda. Muchos de ellos hablaron a la vez y DeSimone tuvo que poner orden. El primer periodista, un tipo que Bosch reconoció del Times, preguntó cuál era la causa exacta de la muerte y cómo podía calificarse esta de homicidio diez años después del disparo. Soto miró a Bosch, dudando de cómo responder. Bosch se acercó y tomó el micrófono.