La ira - Miguel Ángel Pérez Nieto - E-Book

Beschreibung

¿Qué es la ira? ¿Por qué nos enfadamos?

Puede que no nos guste reconocerlo, pero la realidad es que todos nos hemos enfadado en muchas ocasiones diferentes, por múltiples causas y con distintas personas. La ira es una emoción normal que todos experimentamos y que, en ocasiones, nos ayuda a resolver problemas y conflictos cotidianos. Sin embargo, si es muy frecuente, intensa o desproporcionada o se expresa de manera inadecuada puede convertirse en un importante problema con graves repercusiones en el bienestar, la salud, y en las relaciones interpersonales y sociales.
Partiendo de esta visión, La ira pretende responder desde el conocimiento científico, pero con un lenguaje sencillo y ameno, a preguntas como qué es la ira, cuál es el proceso que nos lleva a experimentarla, en qué puede ayudarnos, pero también que consecuencias negativas puede tener tanto para la salud psicosocial como física.

La obra proporciona interesantes materiales para evaluar los problemas relacionados con la ira disfuncional, revisa los tratamientos psicológicos existentes, y describe paso a paso un programa para el manejo de la ira basado en el modelo de regulación emocional

SOBRE LOS AUTORES

Miguel Ángel Pérez Nieto
Licenciado en Psicología por la Universidad de Salamanca, es máster en Intervención en la Ansiedad y el Estrés por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Psicología, también por la UCM, obteniendo su tesis doctoral el premio extraordinario. Ha sido profesor asociado en el Departamento de Psicología Básica (Procesos Cognitivos) de la UCM, y en la actualidad es profesor del Departamento de Psicología de la Universidad Camilo José Cela de Madrid, habiendo dirigido más de media docena de tesis y participado como ponente en postgrados de diferentes universidades. Fruto de su actividad investigadora (especialmente en el estudio de la ira, la emoción y la psicopatología) son las más de cincuenta publicaciones en revistas científicas relevantes en su campo. Ha sido decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UCJC (2008-2013) y en este momento ocupa la dirección del Departamento de Psicología de dicha universidad.

Inés Magán Uceda
Doctora en Psicología y profesora en la Universidad Camilo José Cela de Madrid. Ha sido investigadora en la Universidad Complutense de Madrid e investigadora invitada en la University of British Columbia (Canadá), obteniendo el Premio Extraordinario de Doctorado en el año 2012. Desde hace más de diez años, desarrolla su labor investigadora en el campo de la psicología clínica y de la salud, centrándose en el estudio en las emociones negativas y los procesos cognitivos, muy especialmente en el ámbito de la ira y la hostilidad. Es autora de múltiples artículos publicados en revistas científicas y ha participado en congresos nacionales e internacionales. Actualmente compagina su actividad docente con la práctica profesional en el ámbito clínico y de la salud.

SOBRE LA COLECCIÓN PSICOLOGÍA, BIENESTAR Y SALUD

La colección Psicología, bienestar y salud surge con el propósito de abordar un conjunto de temas de interés desde una perspectiva divulgativa, en la que se conjuguen la actualización y rigor científico con una presentación de contenidos clara, atractiva y de fácil lectura. Los títulos que integran la colección van dirigidos tanto al gran público, potencialmente interesado en los diversos temas tratados, como a estudiantes y profesionales de los distintos campos en que estos tópicos tienen especial relevancia.

Juan José Miguel Tobal
Catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid
Director de la colección Psicología, bienestar y salud

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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A las sonrisas que tumban mi ira: la de Alba, que solo sabe brillar,

la de Pedro, que siempre mira más allá, y la de Marta, que con solo asomar a mi mente da paz a cada instante M.A.P.N.

A mis padres, Juan y Mari Carmen, que fomentaron en mí la ilusión por el conocimiento. A mi hermano Pablo, que me dijo que algún día escribiría un libro I.M.U.

PRESENTACIÓN

La ira es una emoción normal y común a todos los humanos que desempeña una indudable función de supervivencia, tanto para la especie como para el individuo. Al igual que otras emociones básicas, como el miedo, la tristeza o la alegría se ha ido diseñando a lo largo de la evolución para permitir una mejor adaptación a los cambios ambientales y de esta manera poner en marcha formas de reacción que posibilitan patrones de actuación útiles en la lucha por la supervivencia. No obstante, cuando la ira se hace excesiva en términos de frecuencia, duración o intensidad se convierte en un problema que puede ocasionar serias dificultades al individuo en su vida personal, de pareja, familiar, laboral y social. Entonces hablaríamos de ira disfuncional o patológica.

A lo largo de las siguientes páginas los autores, Miguel Ángel Pérez Nieto e Inés Magán Uceda, doctores en Psicología y profesores de la Universidad Camilo José Cela de Madrid, donde el primero de ellos ocupa actualmente el cargo de director del Departamento de Psicología, desgranan su conocimiento sobre este tema en el que son expertos, ofreciendo una documentada y amplia información sobre esta emoción básica que más allá de ámbito individual se proyecta hacia lo social.

En la presente obra se pasa revista a las distintas perspectivas actuales en el estudio de la ira, entendida como un proceso emocional y como una faceta o rasgo de la personalidad; se detalla el proceso que sigue la ira y sus consecuencias sociales y sobre la salud; se indican los modos y procedimientos psicológicos para evaluarla y tratarla y, por último, se presenta un protocolo estructurado en nueve pasos para regularla.

El libro incluye tres anexos en los que se muestran test, cuestionarios y escalas que permiten medir la ira en sus distintas facetas y formas de expresión, protocolos de actuación para el control de la ira disfuncional y una aproximación a la respiración abdominal como técnica de fácil empleo para conseguir la desactivación emocional. Al igual que en otras obras de esta misma colección* se incluye también una detallada bibliografía y direcciones de interés sobre este tema.

Sin ir en detrimento de su objetivo divulgativo, La ira presenta una actualización e integración de contenidos que, junto con la profusión de materiales de carácter técnico-práctico, la hacen muy adecuada para profesionales y estudiosos de diversas ciencias sociales y de la salud.

Juan José Miguel Tobal Catedrático de Psicología Universidad Complutense de Madrid

*. N. del E.: colección Psicología, bienestar y salud, de Editorial Grupo 5, dirigida por Juan José Miguel Tobal, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid.

INTRODUCCIÓN

¿Cuántas consecuencias no deseadas han tenido nuestros enfados, nuestros cabreos? ¿Cuántas veces nos hemos enfadado con personas por las que sentimos un profundo afecto? ¿Cuántas veces, también, enfadarnos nos ha podido ayudar a resolver una situación que nos era adversa?

Seguramente todos nos hemos enfadado por múltiples causas con mayor o menor frecuencia y con mayor o menor intensidad, y todos estaríamos de acuerdo en que los enfados son una de las cosas que forman parte de la vida común, habitual. Sin embargo, entre los psicólogos, la ira, que es como formalmente nos referimos a lo que en la calle se llama enfados, cabreos, rabia, etc., no ha gozado del protagonismo de otras respuestas emocionales como la ansiedad o la tristeza. Y esto a pesar de las evidencias que muestran su relevancia en diversas e importantes alteraciones psicológicas, como la depresión; en relevantes procesos de enfermedades físicas, como la hipertensión; o en procesos de ajuste social de los individuos, como los cambios laborales. Los motivos de esta pequeña segregación del estudio de la ira, si se nos permite llamarlo así, probablemente no sean objeto de este libro pero derivan, entre otras cosas, de la propia naturaleza de esta respuesta emocional, muy transversal a diversas respuestas afectivas y a diversos cuadros clínicos, así como de las dificultades de conceptualización, categorización y tratamiento de la misma. Existe ya, a pesar de todo ello, una base científica más que suficiente para poder abordar con fundamento las características, desarrollo e intervención sobre la ira.

En el presente libro vamos a intentar hacer una aproximación, fundada pero sencilla, a la conceptualización de la respuesta de ira, a su evaluación, a su regulación y a su manejo, para que cualquier interesado en abordarla —bien sea un profesional del ámbito de la salud, de la educación o de las organizaciones, o bien se trate de una persona con inquietud sobre el funcionamiento de la ira— pueda aumentar el conocimiento sobre esta emoción y favorecer una mayor competencia en su manejo. Revisaremos las distintas definiciones que se han dado de esta respuesta emocional desde distintas corrientes teóricas, asumiremos las limitaciones derivadas de las bases biológicas sobre las que se asienta, concretaremos su funcionamiento en un modelo explicativo en el que cabrán las causas de la misma y sus características fundamentales, las que la describen mejor, para así poder evaluarla y reconocerla en detalle.

El profesional del ámbito asistencial o cualquiera que trabaje con grupos en los que la aparición de la ira supone un problema encontrará, tras conocer cómo se evalúa esta emoción, una facilidad para adaptar, de acuerdo a sus competencias, los protocolos existentes de manejo y regulación de la ira. Tal vez no lleguemos a conseguir que con la lectura de este libro se reduzca especialmente la presencia de la ira en nuestros trabajos, en nuestras vidas, pero sí, al menos, que cuando aparezca la detectemos, comprendamos y manejemos mejor.

1. ¿QUÉ ES LA EMOCIÓN DE IRA?

En este capítulo vamos a intentar responder a pregunta ¿qué es la ira? repasando, en primer lugar, cómo la ira ha sido entendida desde las distintas perspectivas que hay en el estudio de la emoción. Cada una de estas perspectivas o posicionamientos teóricos a la hora de explicar qué son las emociones ha aportado una forma de entender la ira y, por ende, ha resaltado unas u otras características de la misma. Después revisaremos también lo que la psicología de la personalidad ha aportado al estudio de esta emoción, ya que, ciertamente, la ira parece convertirse en algunas personas en una característica estable de su forma de ser. Una vez vistas todas estas opciones a la hora de entender esta emoción plantearemos una explicación que busca integrar todos los datos sobre el proceso de la ira, para así poder quedarnos con una visión unitaria y completa de las reacciones de ira.

LA IRA DESDE DISTINTAS PERSPECTIVAS BÁSICAS EN EL ESTUDIO DE LA EMOCIÓN

Abordar la definición y conceptualización de la ira es una condición necesaria si queremos comprenderla en todos sus matices y en todas las formas que adopta. Una buena definición de la ira no solo tiene que describirla, sino que también tiene que explicarla, y explicar cómo funciona una emoción siempre es complicado. Por lo tanto, el abordaje de la ira, como emoción que es, está sujeto al abordaje que del fenómeno emocional se hace en general. Es verdad que el objetivo de este libro no es compatible con repasar la conceptualización de la emoción, pero sí podemos señalar que, en la actualidad, coexisten cooperativamente distintas perspectivas en el estudio de este campo que aportan distintos tipos de datos y de información sobre este fenómeno. Algunas de estas perspectivas entienden y asumen que las emociones son reacciones muy definidas y concretas y que, por lo tanto, podemos estudiar esas reacciones concretándolas, definiéndolas mucho. La ira sería un buen ejemplo de ello puesto que las características que la definen pueden mantenerse en distintas culturas, son muy precisas y detalladas. Otras perspectivas asumen, sin embargo, que en realidad las emociones son más un espacio que acotamos, que definimos nosotros, pero que forma parte de un continuo que es nuestra activación fisiológica y nuestra autopercepción de placer o agrado. En estos casos, psicólogos tan relevantes como James Russell y Lisa Feldman-Barrett (1999) asumen que las emociones solo son formas puntuales de afecto, y que el afecto es el que tiene una estructura sobre la que se definen estas emociones, de manera que toda emoción se podría entender como algo que presenta un mayor o menor nivel de placer o agrado y un mayor o menor grado de activación o desactivación. La ira, en estos planteamientos, tiene un alto nivel de desagrado o displacer y un alto grado de activación.

En cualquier caso, ambas formas de entender y de abordar las emociones, bien como reacciones concretas y definidas o bien como delimitaciones que nosotros hacemos de nuestro funcionamiento afectivo, pueden ser compatibles, de manera que algunas de esas definiciones de nuestro afecto puedan ser altamente precisas. Eso es lo que, de hecho, intentaremos conseguir con la ira: dar una precisa descripción de sus formas y de su funcionamiento.

Como señalamos, por tanto, y para empezar, en el estudio de la emoción han coexistido distintas perspectivas, distintos puntos de vista que derivaban del posicionamiento desde el que se observaban los fenómenos emocionales. La ira ha tenido una alta presencia en todas estas perspectivas.

La perspectiva evolucionista

Algunos psicólogos han puesto el acento en la función adaptativa que tienen las emociones cuando se expresan, es decir, en cómo la expresión de éstas a través de la conducta, pero también a través de la expresión facial, por ejemplo, nos sirve para relacionarnos con nuestro ambiente de una manera más útil. Según esta perspectiva, las conductas y expresiones que mueven las emociones permiten no solo cambiar nuestro entorno, sino también comunicar a otras personas nuestros estados emocionales y favorecer la relación de la persona con su grupo de referencia, bien consolidando esa relación o bien modificándola o solicitando implícitamente cambios de conducta de los miembros del grupo en el que se encuentre. Desde esta perspectiva, la ira ha sido en todo momento una de las emociones prototípicas, ya que resulta fácil entender cómo esta emoción ayuda a modificar nuestro entorno a través de la conducta agresiva, aunque, por desgracia, no siempre lo adaptativo sea esta conducta. Hay que entender que en contextos menos sociales, frente a obstáculos naturales (como un obstáculo en el camino, por ejemplo), esa conducta puede no ayudar. Otra cuestión es la utilidad de la expresión de la ira en contextos sociales, en nuestros grupos de personas de referencia. En este sentido, la expresión facial de la ira puede tener un valor comunicativo con el grupo que resulte altamente efectivo en ese grupo.

El papel de la expresión facial de las emociones se comenzó a estudiar muy pronto, y ya Darwin1 publicó en 1872 un libro que se titulaba La expresión de las emociones en animales y humanos, en el que documentaba, a través de los daguerrotipos de la época, la similitud de la expresión facial de distintas emociones entre niños y animales como los gatos o los primates. Como es de suponer, la expresión facial de ira era una de las que más aparecía ya en ese pionero trabajo de Darwin. Desde entonces, los trabajos sobre la expresión facial de las emociones se han desarrollado enormemente, especialmente gracias a los trabajos que, de forma independiente, iniciaron en los años setenta y ochenta del siglo XX dos importante psicólogos, Carroll Izard y Paul Ekman. En los trabajos desarrollados por estos autores se pudieron definir de forma precisa y fiable las características de las expresiones faciales, entendiendo además el carácter universal de esas expresiones como consecuencia de ser fruto de su utilidad adaptativa. Sus trabajos han permitido el desarrollo de sistemas de codificación, como el FACS-Fatial Action Coding System (Sistema de Codificación de la Expresión Facial) de Ekman2, que definen la expresión facial de un buen número de emociones. La aplicabilidad de estos sistemas que aseguran la forma de la expresión facial ha sido alta en ámbitos como el diseño de videojuegos, la robótica, o el desarrollo de sistemas de seguridad. Según estos sistemas, la expresión facial de la ira presentaría una serie de características claramente delimitadas permitiendo, a través de ésta, el reconocimiento de dicha emoción de ira en la persona que muestra esa expresión independientemente de que sea una persona proveniente de otra cultura. En definitiva, probablemente las caras de enfado de nuestros compañeros, parejas, etc. las detectamos con mucha rapidez, pero posiblemente seríamos también muy rápidos detectando las caras de enfado de desconocidos e, incluso, de personas prove-nientes de otras culturas o de otras razas.

Según el sistema de clasificación de Paul Ekman, probablemente el más asumido por la comunidad científica, la expresión facial de la ira viene configurada por el descenso y la unión de las cejas, la elevación tanto del párpado superior como del párpado inferior y la reducción de la apertura palpebral, estando los labios en tensión, contraídos y apretados. Adicionalmente, para mostrar una mayor intensidad de la emoción de ira se podría producir una elevación del labio superior, una contracción de los labios en forma de embudo o, incluso, una separación de los labios junto a una dilatación de los orificios nasales y una elevación o descenso del mentón. La siguiente ilustración muestra la expresión facial de la ira básica y con más intensidad, tal y como se recoge en el FACS de Ekman.

Expresión facial de la ira según se recoge en el FACS de Ekman (Ekman y Friesen, 1978)

Si bien es verdad que esta descripción de la expresión facial de la ira resulta una de las expresiones faciales universalmente más fácilmente reconocidas, también es cierto que diferentes estudios hechos desde la psicología social señalan que la capacidad para identificar la ira en estas expresiones faciales se va reduciendo en la medida en la que se dan ciertas condiciones, como pueden ser que la expresión facial sea la de una persona más alejada culturalmente, o sea de una persona con más edad, o que el reconocimiento de la misma se haga bajo un contexto que sea incongruente con la expresión, de manera que podamos pensar más que es una expresión de ironía que de ira, por ejemplo. En definitiva, aunque se puede asumir que la expresión de la ira, en general, y su expresión facial, en concreto, están ampliamente definidas y especificadas, lo cierto es que la complejidad del fenómeno emocional en general y de la ira en particular no permiten que esta emoción se defina solo por su expresión o que la expresión facial de la ira recoja todo lo que dicha emoción esconde. Por ello es necesario seguir repasando otras perspectivas y formas de entender la emoción para conocer otros aspectos especialmente relevantes de la ira.

La perspectiva psicofisiológica

Los cambios fisiológicos que se dan en nuestro cuerpo cuando sentimos una determinada emoción son, según una buena parte de los psicólogos, un elemento que define la propia emoción. Es decir, no son una simple característica de esa emoción, sino que son lo que de verdad diferencia unas emociones de otras, su elemento nuclear. Esta perspectiva plantea que, cuando nos enfrentamos a una situación, la percepción de esa situación genera una reacción automática de tipo fisiológico y que, cuando el individuo nota esa reacción física que sufre, es cuando experimenta la emoción. Como ejemplificaba William James3, uno de los padres de la psicología en general y de esta perspectiva en particular, a finales del siglo XIX, no corremos porque tenemos miedo, sino que tenemos miedo porque corremos. Más allá de las dificultades que tiene asumir que la experiencia de una emoción deriva solo de los cambios fisiológicos y no también de interpretaciones que hagamos de nuestro entorno y que sumen información a la que es de tipo fisiológico, lo cierto es que estos planteamientos han favorecido que se estudien y describan todos los cambios que se dan en nuestro funcionamiento cardiaco, respiratorio, muscular, etc. cuando experimentamos una emoción.

La ira ha sido y es una de las emociones que presenta un patrón más propio y distintivo de activación fisiológica, al menos si la comparamos con otras como el miedo o la tristeza, y siempre que asumamos la dificultad que tiene conseguir una delimitación del patrón o perfil de activación fisiológica debido a las diferencias individuales —lo que William James llamó la “especificidad personal” y las “exigencias de la evaluación psicofisiológica”—. A pesar de ello, el psicofisiologo alemán Gerhard Stemmler (2010), tras realizar una exhaustiva revisión y selección de las investigaciones al respecto, concluía recientemente que la ira se caracteriza especialmente por:

Aumento de la presión arterial sistólica

Aumento de la presión arterial diastólica

Aumento de la tasa cardiaca

Aumento de la actividad electrodérmica de la piel

Aumento de la tensión muscular

Aumento de la temperatura periférica facial

Aumento de la tasa respiratoria

Aumento del

output

cardiaco

Interacción cerebro - emoción

En realidad, estos cambios físicos —que serían consecuencia de una fuerte actividad adrenérgica y noradrenérgica acompañada de una inhibición vagal— buscan cumplir con la función adaptativa que se le atribuiría a la ira, favoreciendo que el individuo evite el dolor y el fracaso que cualquier situación física o social podría causarle. Sin embargo, y como cabe suponer, si la frecuencia e intensidad de estos cambios son demasiado altas pueden suponer una erosión importante del organismo y por ello no es de extrañar que en el tratamiento de algunas alteraciones físicas, especialmente las de tipo cardiaco, la ira sea una de las variables más relevantes a tener en cuenta. Por ejemplo, algunos importantes investigadores señalan que la ira puede tener, incluso, un valor predictivo en distintas alteraciones coronarias y cardiovasculares, como puede ser de los infartos, especialmente en nuevos episodios, o de la arterioesclerosis o, por supuesto, de la hipertensión, especialmente en la diastólica. Las investigaciones sobre las relaciones existentes entre la ira y todas estas alteraciones son numerosas y frecuentes, y provienen tanto de grupos de investigación formados por psicólogos como de grupos de investigación de cardiólogos y, por supuesto, de equipos en los que se implican ambos grupos profesionales. Esta relación se ha traducido ya en un salto a la actividad asistencial en muchas unidades de hipertensión, de rehabilitación cardiaca, etc. en las que el trabajo psicológico en la modificación de hábitos de vida en general, y del manejo de la ira y de su expresión en particular, está presente en algún momento.

Así, es probablemente la vinculación de las emociones con la salud física una de las consecuencias indirectas, pero más importantes para la psicología, que la postura psicofisiológica ante la explicación de los fenómenos emocionales ha acabado generando. Entender las experiencias emocionales como consecuencia de los cambios fisiológicos que se dan al percibir distintas situaciones ha permitido estudiar estos cambios físicos en detalle y, con ello, favorecer la identificación de las implicaciones que los mismos podrían tener en la salud. La ira ha sido, y continua siendo, la emoción en la que los cambios fisiológicos que se asocian a la misma han generado un mayor interés en el campo de la salud física, especialmente en uno tan relevante por la mortalidad que trae consigo, como es el de las enfermedades coronarias y cardiovasculares.

También, y como consecuencia de los planteamientos del maestro William James sobre la primacía de los cambios físicos sobre la experiencia psicológica de una emoción, ya a finales del siglo XIX y principios del XX se desarrollaron críticas a los mismos que daban primacía en el fenómeno emocional no al cambio físico, sino a la actividad directa del cerebro. En cierto modo, la perspectiva psicofisiológica favoreció, como contrarréplica, el desarrollo de una perspectiva que daba primacía en la explicación de la emoción única y exclusivamente a la actividad cerebral: la perspectiva neurológica.

La perspectiva neurológica

Como hemos señalado, en respuesta a la corriente teórica que entendía la experiencia emocional como una consecuencia de los cambios físicos, algunos investigadores, entre los que destacó Walter Cannon4, comenzaron, ya a principios del siglo XX, a estudiar y a definir el papel que las estructuras cerebrales tenían en la aparición de la respuesta emocional. Desde esos primeros estudios la ira ha sido una de las emociones que más juego ha dado a los investigadores. Uno de los trabajos pioneros de Cannon fue denominado La falsa ira, y en él, básicamente, se realizaba una descortización de la rata y se mostraba cómo, a pesar de la falta de corteza cerebral, el animal continuaba realizando conductas de ataque. En realidad, estos primeros trabajos apuntaron a una diferencia conceptual que, en el caso de la ira, es fundamental si queremos entender bien esta emoción: se trata de la diferencia entre experiencia emocional y expresión emocional. Desde los primeros trabajos se vio que la expresión emocional estaba ligada a la actividad de estructuras inferiores del cerebro, a áreas diencefálicas y subcorticales, como el hipotálamo o la amígdala. Por otra parte, la experiencia emocional, es decir sentir y tomar conciencia de la emoción, tenía que ver con la actividad de la corteza cerebral, aquella parte que más diferencia nuestro cerebro del de otras especies de mamíferos.

El estudio de las bases cerebrales de la emoción ha gozado de un gran desarrollo en las últimas décadas, y mientras algunos investigadores han focalizado sus estudios en el papel de tales estructuras diencefálicas otros han explorado más el papel que el córtex cerebral juega en la experiencia emocional y en algo que se deriva de experimentar una emoción, que es aquello que se hace con ella, es decir con su expresión, lo que hoy se define más como regulación de la emoción. Entre los primeros investigadores, destacan los trabajos de Joseph LeDoux (1999) sobre el papel que la amígdala tiene en la adquisición de los miedos. Con respecto a los otros investigadores, los que se centran en las funciones que la actividad cortical tiene en la emoción, destaca Antonio Damasio (1996), premio Príncipe de Asturias también, y que ha explorado la importancia que tienen las áreas frontales del cerebro —en concreto las áreas orbitofrontales, dorsomediales y ventromediales— en el control y en la expresión de las emociones para que esta expresión sea ajustada a las normas sociales y a los intereses del individuo. Mientras que los trabajos de LeDoux han mostrado la importancia de la amígdala en la asociación del miedo a distintas situaciones, los trabajos de autores como Damasio han permitido identificar la importancia que el córtex prefrontal tiene en la regulación y en el control de la expresión de las emociones, algo que, en la emoción que nos ocupa, la ira, resulta fundamental para comprenderla y manejarla.

En el caso de la ira, desde los años cincuenta del pasado siglo se fue confirmando que la respuesta de ataque —que era la vinculada a la ira— estaba asentada en estructuras más inferiores o básicas del sistema nervioso central, como son distintos núcleos hipotalámicos, algunos de ellos descubiertos a finales de los años sesenta por el profesor español Rodríguez-Delgado5, y también, como se confirmó posteriormente en los años noventa, algunos núcleos de la amígdala. Ya en esos años noventa otros importantes investigadores como Gray (1990) mantienen en su planteamiento psicobiológico de la emoción que el sistema de lucha/huida es uno de los sistemas básicos de funcionamiento cerebral, cuya base de activación pasaría por la amígdala y por el hipotálamo medial, confirmando así la importancia de estas estructuras en la aparición de la respuesta de ira.

Áreas corticales y diencefálicas del cerebro