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Angelina Muñiz-Huberman denomina "lengua florida" a la que usaron los judíos sefardíes no sólo durante los ocho siglos de permanencia en España sino aún después de su expulsión de 1492 y hasta nuestros días. Esta antología reúne textos no sólo de la herencia popular sefardí, sino de la narrativa y dramática contemporáneas.
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Seitenzahl: 463
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Detalle de la dedicatoria al rey don Pedro I en la sinagoga de Samuel ha-Leví, en Toledo. (Foto: Alberto Huberman.)
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICOFONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 1989 Tercera reimpresión, 2014 Primera edición electrónica, 2016
Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero
D. R. © 1989, Universidad Nacional Autónoma de MéxicoFacultad de Filosofía y Letras
D. R. © 1989, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
Comentarios: [email protected] Tel. (55) 5227-4672
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-3412-2 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
A la memoria de CARMEN SACRISTÁNy de MARCELA HUBERMAN
A ti lengua santa,a ti te adoro,más que toda plata,más que todo oro.Tú sos la más lindade todo lenguaje,a ti dan las cienciastodo el avantage.Con ti nos rogamosal Dio de la altura,Padrón del universoy de la natura.Si mi pueblo santoél fue captivadocon ti mi queridaél fue consolado.
(Antiguo poema sefardí)
Esta obra ha sido resultado no sólo del esfuerzo personal de la autora, sino de la valiosa ayuda de un grupo de personas e instituciones sin la cual no hubiera sido llevada a feliz término.
En primer lugar agradezco, a mis alumnos del Seminario de Literatura Medieval Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, por su colaboración en la transcripción de los textos. De manera especial, a Miriam Huberman, mi hija, por su dedicación y paciencia en la elaboración del glosario y revisión final del libro.
Agradezco a Lily Halfón por su ayuda en la búsqueda de material y préstamo de libros de la Biblioteca del Colegio Hebreo Sefardí. A Juan Carlos García, por su infatigable localización de textos en las bibliotecas de la ciudad.
Finalmente, agradezco al Fondo Pauline Kobalsky por la beca que me otorgó para completar parte de la investigación en la Universidad de la Sorbona, entre agosto y septiembre de 1985.
Esta investigación, efectuada durante mi año sabático (1985-1986), recibió el apoyo de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Centro de Educación Continua de la Facultad de Filosofía y Letras.
1. El sistema de transcripción fonética ha sido el siguiente.
a) Para el ladino, todas las letras se articulan como en castellano, salvo: ce, ci, j, z: se articulan como en francés; ge, gi: se articulan como en italiano; x: se articula como en portugués o como la ch francesa.
b) Para el hebreo, todas las letras se articulan como en castellano, salvo: h: se aspira; v: se articula como en francés; z: se articula como en francés.
2. La ortografía de los textos ladinos se ha modernizado. Sin embargo, se han conservado sin modernizar palabras típicas del ladino como: ansí, agora, dotor, melecina, etcétera; y se ha mantenido la sintaxis ladina.
3. Se ha unificado el criterio de transcripción fonética del hebreo en todos los textos seleccionados.
4. Las voces que son de origen hebreo aparecen en cursivas.
5. El glosario incluido al final se ha dividido en cuatro secciones: abreviaturas del hebreo, nombres propios, palabras en hebreo y palabras en ladino.
SI BIEN los historiadores coinciden en fechar el establecimiento de una comunidad judía organizada en tierras de España hacia los siglos I o II de la era común, su esplendor cultural necesitará las condiciones propicias que permitan el pleno desarrollo de su potencial humanístico, artístico, filosófico, religioso y científico.
Tales condiciones no se dan sino a mediados del siglo X, con la época del Califato. Sin embargo, es un hecho que la comunidad hispanohebrea nunca había cortado sus lazos de unión con las Academias de Oriente, lo que coadyuvó a que los estudios bíblicos no fueran interrumpidos y a que el ejercicio intelectual fuera un proceso constante e infatigable.
Dicha capacidad para el estudio y para las ciencias del conocimiento ejercida durante siglos sólo necesitó un momento histórico, político y social adecuado para desenvolverse plena y abiertamente.
Desde mediados del siglo X hasta finales del siglo XV, tanto en la España musulmana como en la España cristiana, la cultura hebrea floreció en todo su esplendor. Después de la expulsión de 1492, los sefardíes se llevaron consigo su cultura al exilio y contribuyeron al progreso de diversos países de Europa, África y Asia. Durante más de cinco siglos los hispanohebreos atesoraron un legado que aún hoy sigue siendo fuente de luz para la historia de la civilización.
Las ramas del conocimiento en las que se desenvolvieron los judíos de España abarcan los siguientes aspectos:
Religión: conocimiento de judaísmo, cristianismo y mahometismo.
Judaísmo: Biblia, Talmud, Midrash, Cábala.
Lingüística (gramática, lexicología y traducción): árabe, hebreo, arameo, latín, ladino (judeoespañol), lenguas romances.
Letras: poesía, filología, filosofía, teología, historia.
Ciencias: matemáticas, geografía, astronomía y astrología, medicina, química y alquimia, farmacología.
Poliglotía: cargos en cancillerías, secretarías, embajadas; funciones de interpretación.
Didáctica: escuelas y academias.
Ética: tratados de moral.
La religión en el pueblo judío fue, desde sus inicios, una forma de cultura. Que la Biblia haya sido llamada “el libro”, y sus seguidores “el pueblo del libro”, demuestra la compenetración entre lengua, conocimiento y pensamiento metódico. La Biblia, sujeta a lectura, explicación e interpretación, exige un público lector activo, dispuesto a la discusión y a la aclaración de cualquier duda. La predisposición al debate filológico fue el terreno preparado para encauzar el pensamiento racional hacia toda rama del saber.
Por otro lado, el hispanohebreo debía tener conocimiento profundo de las otras dos religiones con las cuales convivía, ya que los debates públicos sobre la preeminencia de una de ellas fueron frecuentes y los sabios judíos se preparaban. Las controversias con los musulmanes y con los cristianos fueron célebres. Hasta nuestros días han llegado tratados sobre tales discusiones. Como ejemplo, mencionaremos La disputa de Barcelona entre Najmánides y Pablo Cristiani, que se llevó a cabo en 1263, con la asistencia del rey de Aragón y su corte. La conversión, real o aparente, fue otro hecho que orilló al conocimiento y estudio de las religiones y su íntima relación.
Dentro del campo del judaísmo los estudios básicos abarcaron la Biblia y el Talmud. La creación del Talmud, tanto el Palestinense como el Babilónico, se basa en la tradición de que Moisés entregó dos leyes a su pueblo: una, la ley escrita o Torá, y otra, la ley oral que habría de ir conformándose en épocas posteriores. Del largo proceso de mil años durante el cual se desarrolló la ley oral y su forma definitiva por escrito que es lo que se llama Mishná, más los ocho siglos de debate y comentarios a la Mishná, dieron por resultado la Guemará, que es lo que se nombra en su conjunto Talmud.
El Talmud recoge, por lo tanto, la doctrina tradicional del judaísmo. Podría considerarse el equivalente a la literatura patrística entre los cristianos o a la Sunna entre los musulmanes.
La amplitud talmúdica es tal que incluye desde la teología propiamente dicha, leyes civiles y religiosas, hasta las más diversas disciplinas, inclusive fábulas y anécdotas. El Talmud salvó al judío de la ignorancia y lo inició en las ciencias profanas. Le proporcionó las bases dialécticas y especulativas que mantuvieron su espíritu alerta. Su enseñanza desde temprana edad sometió a la mente a una gimnasia intelectual basada en el entendimiento, la lógica y la profundidad, que permitió al judío sobrevivir en las más adversas situaciones y evitar el anquilosamiento que sufrieron otros pueblos. El Talmud sirvió para educar al pueblo y mantener intacta la unidad del judaísmo.
El Midrash, también de origen oral, es la materia exegética sobre la Biblia y se desarrolló entre los siglos IV y XII de nuestra era. Comprende la Halajá (ley tradicional) y la Hagadá (relatos y parábolas). El Midrash proporciona las explicaciones que no aparecen en el texto bíblico. Llena huecos, elucida confusiones, armoniza contradicciones. El misterio, el silencio y el laconismo son aclarados y para todo se halla una respuesta. Por ejemplo, se preocupa por responder qué pensaba Isaac cuando era conducido al sacrificio por su padre, o cuál fue la razón por la que Caín mató a Abel.
El Midrash no contiene un texto específico que lo represente, es más bien un tipo de proceso o actividad. Pertenece a las enseñanzas de tipo homilético, es decir, derivadas de las homilías o sermones del rabino en la sinagoga. Su propósito es didáctico y de edificación moral.
La Cábala merece un lugar aparte. Literalmente significa recepción o tradición y es la suma del misticismo judío. Los niveles a los que llega son tan profundos que la ley de la Torá se convierte en un símbolo de la ley cósmica y la historia del pueblo judío en un símbolo del proceso cósmico. Por extensión, incluye énfasis en lo espiritual y en lo emotivo frente a lo racional. Se desarrolló entre los siglos VI y XIV de nuestra era, pero su época de esplendor fue en el siglo XIII en Provenza y en España.
La doctrina de la Cábala parte de la teoría de las emanaciones divinas o sefirot que une a un Dios trascendente con el mundo. Recurre a símbolos, mitos y misterios de interpretación. Su preocupación fundamental es: 1) la búsqueda del nombre de Dios que aun en el caso de ser hallado sería impronunciable; 2) el principio de la Torá como un organismo, con cuerpo y alma, y 3) el principio del infinito significado del mundo divino. Enseña a leer no sólo lo escrito, sino aquello que está en los espacios en blanco: de ahí que abra el camino a la imaginación, al misticismo y al simbolismo.
El estudio de la Biblia debe entenderse como la comprensión de los significados ocultos: no como un texto cerrado, sino al contrario, como un texto abierto a la interpretación y cuyos secretos deben ser develados.
En el Zóhar o Libro del esplendor, Moshé de León recoge las doctrinas cabalísticas del siglo XIII, creando así el libro clásico del cabalismo español. Sus antecedentes fueron el Séfer yetsirá y el Séfer habahir. Otros cabalistas famosos del siglo XIII fueron Najmánides y Abraham Abulafia.
Los estudios gramaticales y lexicológicos cobraron gran importancia en el siglo X dentro de las comunidades hispanohebreas, como resultado de su elevado nivel cultural. Menajem Ben Saruq y Dunash Ben Labrat destacaron en el campo de la lingüística y sentaron las bases de continuidad por medio de la obra de sus discípulos hasta el siglo XIII.
La antigüedad de la cultura y de la lengua hebreas dio como resultado el extenso estudio de los fenómenos lingüísticos, filosóficos y científicos que, si comparamos con la sociedad hispanocristiana en formación, explican su prioridad. Asimismo, el pueblo judío desarrolló una amplia capacidad filológica por su conocimiento de la lengua árabe y el uso que de ella llevó a cabo, tanto en los reinos cristianos de la península ibérica, donde llegó a ser patrimonio exclusivo de rabinos y eruditos hebreos, como en las regiones islámicas dentro y fuera de España.
La cultura hebrea alcanzó cúspides insospechadas en el dominio de las lenguas semíticas, ya que a los idiomas mencionados hay que agregar el arameo como un rancio vehículo cultural. Las obras de Derecho se expusieron fundamentalmente en arameo. Incluso la Cábala, en el terreno hebraicoespañol, se escribió en arameo en algunos de sus ejemplos. La conservación literaria y científica de esta lengua por el pueblo judío ha hecho posible que hoy pueda ser conocida y estudiada, puesto que, de otro modo, habría desaparecido totalmente, a no ser por las escasas inscripciones existentes.
El latín fue otro idioma cultivado también por los hispanohebreos, aunque no en la misma medida. Su estudio se hizo necesario por las controversias y debates públicos de índole religiosa, entre los siglos XIII y XV. Fue indispensable en la magna labor realizada en la famosa Escuela de Traductores de Toledo. O bien, era la lengua de comunicación entre los enviados en misiones diplomáticas o entre aquellos que se habían convertido al cristianismo.
Indudablemente, las otras lenguas cultivadas fueron las romances: castellano, leonés, aragonés, catalán y el resto. Se crearon obras poéticas, paralelamente en hebreo o árabe y en castellano, como en el caso de Yehudá ha-Leví. Surgieron obras de traducción tan límpidas como la versión castellana del Pentateuco por Moshé Arragel de Guadalfajara, llamada la Biblia de la casa de Alba (1422-1430). Y la primera muestra de lírica castellana, como considera Américo Castro a la poesía de don Sem Tob de Carrión.
Finalmente, las lenguas romances peninsulares fueron objeto de uso político por parte de prestigiados ministros y consejeros reales, como Ibn Hasdai o Ibn Nagrella. Y, desde luego, el uso cotidiano imprimió el amor por la lengua castellana que iba a ser preservada a lo largo de los siglos en sus más puras manifestaciones líricas y populares.
Otro fenómeno lingüístico es el de la influencia del hebreo sobre el castellano, difícil de deslindar por la analogía con el árabe, lengua semítica hermana. Sin embargo, en algunos casos es fácil de establecer el origen, como en la palabra “sábado”.
La creación del dialecto judeoespañol o ladino probablemente establece sus inicios de formación aún antes de la expulsión de 1492. Pero a partir de esa fecha, su intenso desarrollo y su conservación hasta nuestros días han dado como resultado, según los especialistas, un acervo de cinco mil obras en ese idioma.
Las letras hebreas parten de sus dos obras más representativas: la Biblia y el Talmud, así como de la extensísima labor exegética derivada de ambas. La escuela hispanohebrea de comentaristas no sólo destacó en el aspecto estudioso, sino en el de aportaciones y modificaciones, proceso que, a pesar de la expulsión de España, no fue interrumpido y siguió desarrollándose en la escuela española de Safed.
Las bases para el estudio científico de la Biblia fueron sentadas por los pensadores judeoespañoles, con Maimónides a la cabeza. Su posición fue la de inquirir ante el sentido literal o figurado del lenguaje bíblico, estableciendo un enfoque racionalista de los textos.
El estudio de las letras abarcó desde la teología y apologética hasta la gramática, lexicología, poesía, jurisprudencia, mística, ciencias puras y aplicadas, y artes menores.
Las ciencias y las letras iniciaron su apogeo durante el califato de los omeyas de Córdoba, en el siglo X. Abu Yusuf Ibn Saprut (915-970), originario de Jaén, fue quien propició el renacimiento cultural de las comunidades judías de Al-Andalus. Intelectual polifacético, cultivó y apoyó todas las ramas del conocimiento (medicina, farmacología, política, economía, diplomacia), así como las formas artísticas y religiosas de su pueblo. De esta época son los poetas Menajem Ben Saruq de Tortosa y Dunás Ibn Labrat. Gracias a la recopilación de crítica literaria realizada por el poeta granadino Moshé Ibn Ezra (muerto hacia 1140) conocemos y ha llegado hasta nosotros lo más importante en cuanto a poesía de esa época.
Millás Vallicrosa establece cuatro periodos en la historia de la poesía hebraicoespañola: 1) periodo de iniciación o juventud, que corresponde al califato cordobés (siglo X); 2) periodo de florecimiento, que corresponde al gobierno de los taifas y almorávides (siglos XI y primera mitad del XII); 3) periodo de madurez, que corresponde a la segunda mitad del siglo XII, el XIII y parte del XIV, y 4) periodo de decadencia y senectud, que corresponde a los siglos XIV y XV.
El cultivo de las ciencias no fue disciplina separada de las letras, sino que ambas se interpenetraban y el modelo literario debería ser válido para la expresión científica. En un principio las ciencias crecieron al amparo de la vida religiosa. La astronomía era necesaria para el establecimiento exacto del calendario litúrgico, de índole lunar, y asimismo, los reyes hispanocristianos solicitaban los servicios de los astrónomos judíos. La astronomía fue llamada la “ciencia judaica” por antonomasia. La dietética se regía según los preceptos mosaicos, dando lugar a normas higiénicas y afincándose en otras ciencias, como las naturales y la medicina. Las matemáticas, la física y la biología forman parte también del pensamiento talmúdico, tan extenso en su temática. Muchos de los argumentos cabalísticos están basados en las matemáticas y la geometría. La química, la medicina y la farmacología fueron intensamente estudiadas y desarrolladas. Los textos médicos de Maimónides fueron empleados hasta la época renacentista.
Junto a las ciencias puras o formales se desarrollaron seudociencias como la astrología y la alquimia que fueron actividades en relación con el mundo del pensamiento mágico y esotérico, pero que también coadyuvaron, en el caso de la última, al pensamiento científico, dentro del aspecto de aplicación práctica de ciertos procesos o experimentos.
Fundamentalmente, el campo de la medicina fue el más evolucionado. Arrancando de fuentes galénicas y árabes, el conocimiento fue perfeccionado hasta tal grado que las escuelas de medicina europea no se concebían sin las enseñanzas de los sabios judíos, quienes llegaron a ser médicos de reyes, emperadores y papas.
Por último, como un intento de ciencia de la estadística y de la demografía, así como de manejo de conocimientos geográficos, podríamos citar la obra del viajero Benjamín de Tudela quien, en sus itinerarios por las comunidades judeoeuropeas, nos dejó un minucioso relato de índole socioantropológica.
El pueblo judío, como el pueblo del exilio y experto en sobrevivir, comprendió desde tiempos antiguos que el conocimiento de lenguas podría ser una tabla de salvación en sus ires y venires por el mundo.
De su lengua original, el hebreo, pasó al arameo durante el exilio en Babilonia. De sus lugares de peregrinaje aprendió todas las lenguas: en Alejandría el griego, en Roma el latín, y de cada uno de los países adonde fue llegando las lenguas propias del lugar. Pero sin desplazar nunca el conocimiento y estudio del hebreo, desde el rabino hasta el artesano, el mercader, el médico o el más simple trabajador.
El conocimiento de varios idiomas proporcionó al judío movilidad y carácter de intermediario a nivel nacional e internacional. Ocupó altos puestos cerca de los reyes y señores feudales hispanocristianos. El papel de intérprete entre cristianos y musulmanes fue uno de los más socorridos, así como el de profesor en los principales centros de enseñanza.
Las academias talmúdicas más importantes fueron la de Córdoba, del siglo X, la más antigua de todas, a la que siguieron las de Lucena, Sevilla, Granada y otras ciudades andaluzas. En los reinos cristianos se crearon las de Toledo, Gerona, Barcelona, Zaragoza, Alcalá, Calatayud y Tortosa. El dominio de las lenguas era indispensable para poder utilizar los diversos textos escritos sobre todo en lenguas semíticas. Prácticamente era obligatoria la instrucción elemental para los niños y en las yeshivot se profundizaba aún más la educación y el uso de las lenguas. Los manuscritos y libros acumulados eran cuantiosos y el estilo sefardí de escribir y caligrafiar destacaba en Europa como el más bello y perfecto. Desgraciadamente, mucho de este riquísimo e invaluable material fue destruido cuando empezaron las matanzas de judíos en Sevilla en 1391, iniciadas por el arcediano Ferrán Martínez, que atentaron con igual furia contra personas y cosas.
Íntimamente ligada con el aspecto anterior fue la preocupación de los hispanohebreos por la didáctica o enseñanza y transmisión de la cultura.
La cultura ha sido siempre una obligación sagrada para toda comunidad judía, desde el ámbito familiar hasta el institucional. Cada niño debía de recibir instrucción y la pobreza no era impedimento, pues se creaban fondos y donativos para estudiantes y maestros.
El acercamiento pedagógico era sumamente moderno para la época. Los grupos de alumnos nunca excedían el número de 25 para la enseñanza elemental, y si eran mayores los grupos entonces el maestro se ayudaba con un asistente.
Los libros básicos eran la Biblia, la Mishná y el Talmud que los niños empezaban a estudiar y discutir a temprana edad. Después se avanzaba por la lógica, la retórica, la poética, la aritmética, la geometría, la música, la astronomía, la física, la medicina, la metafísica y, además de la hebrea, las lenguas arábiga y latina. De tal modo que ninguna rama del saber quedaba descuidada, antes bien, se aspiraba a la máxima perfección en cada una de ellas.
En toda ciudad donde existiera una comunidad judía era indispensable, lo mismo que una sinagoga, una escuela o una academia. Sólo así puede comprenderse el elevado desarrollo cultural hispanohebreo. Siglos después, con la Inquisición en plena actividad en el XVI y el XVII, una de las características para identificar a un judío era porque sabía leer y escribir. En la angustiante pugna entre cristiano viejo y cristiano nuevo, el primero, para demostrar su abolengo, se jactaba de su incultura, y el segundo trataba de ocultar y desmentir sus conocimientos. Un refrán, repetido de boca en boca, describía exactamente la situación: “ni liebre lenta ni judío necio”.
Si las universidades medievales españolas llegaron a ser tan famosas fue por el importante peso de la cultura hebrea que, a la par de la árabe, fue la transmisora y preservadora de los más altos valores de la época. Efectivamente, la cultura griega, desaparecida en Europa, fue recuperada por el puente unitivo y traductor en que se convirtió el sabio judío empeñado en salvaguardar y amar las fuentes del conocimiento universal. La gran obra de creación única y original que fue la Cábala sirve como ejemplo de la revolución y síntesis del pensamiento espiritual y de una nueva didáctica medieval y hasta renacentista, no sólo en el ámbito judío sino profundamente en el cristiano neoplatónico, con los movimientos de cristianización del cabalismo desde Ramón Lulio hasta Pico della Mirandola y Marsilio Ficino, desembocando en Reuchlin, Giordano Bruno y John Dee.
La ética es inseparable del pueblo judío. Es su aportación a los valores humanos, como lo es la estética por parte de los griegos.
Los principios básicos radican en la igualdad y la justicia. La tradición judaica afirma que, así como hay dos Biblias, la oral y la escrita, hay dos leyes y siempre será más importante la oral sobre la escrita. De este modo se establece la flexibilidad de la ley, no apegada estáticamente al texto —el cual es secundario— sino adaptable e intercambiable según la circunstancia y la época.
Se establece un principio de igualdad entre el delito y el castigo, puesto que todos los hombres son iguales ante la ley. El texto, por su carácter estático, debe ser interpretado y debe rechazar el literalismo. Es ahí donde interviene el carácter oral, capaz de esa ductibilidad. Por eso, la sentencia de “ojo por ojo” es analizada por Maimónides en su Mishná Torá y se aplica a una compensación monetaria, en la cual el delito debe equivaler en valor a un ojo y no a dos. Es claro que “ojo por ojo” es una metáfora y no debe tomarse en sentido literal.
En el Deuteronomio 16:20 se asienta: “la justicia seguirás” como el mandato más importante a cumplir. Con frecuencia, la justicia se relaciona con bondad, amor o gracia.
En la Mishná Torá, Maimónides afirma que, ante la inminencia de un juicio, los jueces deben averiguar si los litigantes desean llevarlo a cabo de acuerdo a la ley o si prefieren arreglarse por arbitración, ya que esta última “es más de alabarse”, pues así habrá de entenderse la sentencia: “Y reinó David sobre todo Israel; y hacía David justicia y caridad a todo su pueblo” (2 Samuel 8:15).
En la literatura sefardí el tema de la moral fue muy abundante, desde las máximas o Perlas de Shelomó Ibn Gabirol hasta tratados como el de don Sem Tob de Carrión o el de Isaac Mikael Badhab.
El fenómeno inusitado de un sabio judío que escribe un tratado de moral para un rey cristiano está representado de manera única por Sem Tob de Carrión, como lo menciona Américo Castro en su Realidad histórica de España. Los Proverbios morales son ejemplo no sólo de la universalidad de la ética judía, sino del inicio del carácter lírico de la poesía española. De este modo, ética y poesía alcanzaron su máxima expresión en la obra del rabino don Sem Tob.
Este rápido deambular por los temas más sobresalientes de la cultura hispanohebrea es muestra innegable de la importancia que ésta alcanzó durante los periodos medieval y renacentista. En los capítulos siguientes trataremos por separado los aspectos hasta ahora expuestos de manera general.
La vitalidad del pueblo judío dentro de la sociedad española medieval y renacentista ha sido un asunto poco estudiado. La parte histórica, los documentos y archivos inquisitoriales, los encuentros y disputas religiosas han recibido atención de los estudiosos de la materia, especialmente entre los siglos VIII y XV, con dos fechas significativas: de 711 a 1492. Pero la historia del pueblo hispanohebreo parecería detenerse en esta última fecha. ¿Qué es lo que ocurre después? Tres investigadores principales han tratado de resolver la pregunta: Américo Castro, Albert A. Sicroff y Haim Beinart.
El año 1492 es crucial para la historia de España: ocurren la toma de Granada, la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América. Como nación, se inicia un periodo de gran empuje, no sólo sociopolítico, sino cultural y artístico. Poco después vendrán las conquistas y descubrimientos, el apogeo de las artes, del teatro, de la literatura, del misticismo y de la religión. En este contexto, ¿qué papel desempeñaron los judíos?
Para responder a estas preguntas debemos referirnos rápidamente a la historia de la formación de España como estado. Partiendo del origen bereber y celtíbero, el pueblo peninsular sufrió las invasiones fenicia, cartaginense y griega; luego la romana, más importante por la influencia sobre el idioma, el derecho y la política; posteriormente la visigoda y, por último, la árabe en 711. A partir de esta fecha se inician la separación y la diferencia históricas de España frente al resto del continente europeo. De 711 a 1492 España se ve enzarzada en una lucha constante contra el moro invasor. El problema fundamental de España es afirmar sus rasgos nacionales propios y definir sus fronteras, tanto políticas y militares como religiosas, morales y hasta lingüísticas. Si agregamos a esto el hecho de que el pueblo judío ocupara un lugar primordial en el desarrollo histórico de España y que su presencia datara del año 70 aproximadamente, puede aceptarse entonces la teoría de Américo Castro sobre la creación de una conciencia tricéfala o tridimensional en el territorio ibérico. Podemos afirmar que la historia española entre los siglos X y XV fue una amalgama de cristianismo, judaísmo e islamismo. Cuando los árabes conquistaron España llamaron a Tarragona Medinat al-yuhud, ciudad de los judíos, título que también adquirió Granada.
A lo largo de la Edad Media, la población judía de España destaca con rasgos sorprendentes, especialmente si la comparamos con la del resto de los países europeos. Sirva como ejemplo el hecho único de que sólo en España poseyeran los judíos una arquitectura viva con matices propios, si bien influida por el arte islámico. Para mencionar dos casos, están las sinagogas de Toledo y de Segovia. Cuando el islam español alcanzó la cumbre de su vitalidad en el siglo X, siendo Córdoba el centro cultural más importante de Europa, comenzaron a surgir también las grandes personalidades judías, tanto en las cortes musulmanas como en las cristianas. Hasdai Ibn Saprut fue médico, ministro de Hacienda y embajador de Abd al-Rahman III. Shemuel Ibn Nagrella fue visir del rey de Granada y lo sucedió en el cargo su hijo Yusuf. Son muchos los nombres hasta llegar a los más conocidos de Moshé Ibn Ezra, Shelomó Ibn Gabirol, Yehudá ha-Leví y el cordobés Maimónides. Sus obras literarias, científicas y filosóficas ocupan un lugar de primera importancia en la historia de la civilización occidental.
En las cortes cristianas ocurrían hechos como los siguientes que demuestran el papel de los judíos. El rey de Aragón, Jaime II, escribía a su hija: “Filla, recibiemos vuestra carta… en razón del fillo que hauedes parido… Mas, filla, non fagades, como auedes acostumbrado, de criarlo a consello de judíos…” Una inscripción hebrea en la sinagoga del Tránsito, de Toledo, reza así: “El rey de Castilla ha engrandecido y exaltado a Samuel Leví; y ha elevado su trono por encima de todos los príncipes que están con él… Sin contar con él, nadie levanta mano ni pie”.
Y aún más, el rey Fernando III el Santo, después de la toma de Sevilla, se afirmaba como rey de tres religiones, cosa que ningún otro rey europeo podía afirmar.
En el plano cultural, el papel del judío dentro de las cortes castellanas fue el de transmisor de los conocimientos árabes. Gracias a él, en cortes como la de Alfonso X se pudo llevar a cabo (junto con sus colaboradores árabes) la enorme obra de recopilación, traducción y divulgación de todo aspecto del saber humano. El hecho de que se empiece a usar, por primera vez en Europa, una lengua romance (el castellano) para escribir esta obra monumental es muy posible que se debiera al escaso interés del judío por el latín, quien, después del hebreo y del árabe, prefería el castellano.
Otro de los campos en el que la presencia judía fue indispensable es el de la medicina. En efecto, sería inusitado encontrar una mención de un médico de la casa real que no fuera judío. Esto no impidió, sin embargo, que se redactaran decretos prohibiendo a los cristianos valerse de médicos judíos, cuyo incumplimiento, empezando por el rey mismo, era notorio.
El encargado de recaudar tributos y del tesoro estatal fue también el judío. Si, por un lado, el cristiano se evitaba así una faena desagradable, por otro, es cierto que el judío conocía todas las intimidades del proceso administrativo del gobierno. Su posición cerca del rey y de los nobles, así como de los prelados, era clave, lo cual explicaría el vacío posterior, aunado a la falta de experiencia del hispanocristiano, cuando ocurrió el decreto de expulsión. Esta posición fue la más delicada y difícil de mantener, pues si bien el judío era indispensable para la clase alta, era visto, en cambio, como el explotador por la clase baja y se atraía su odio, lo cual podía ser aprovechado fácilmente por el clero para desatar las persecuciones antisemitas. Es decir, en este aspecto, el papel del judío era débil y peligroso. Los reyes defendieron la importancia del judío en la economía estatal, e incluso el propio Fernando el Católico (por cuyas venas corría sangre judía) los apoyaba en 1481, diciendo que leyes que prohibieran algo a los judíos era como prohibírselo a él. De este modo quedó establecida una lucha interna muy aguda: el enfrentamiento del poder real al eclesiástico.
En el aspecto social también el hispanohebreo se desarrolló con características diferentes del resto de Europa. En Las siete partidas había reglamentación especial para los judíos, no sólo especificando sus derechos y obligaciones, sino estableciendo la pureza de su religión y castigando a quienes no cumplían con dicha pureza. Asimismo, se asentaba que los judíos no fueran padrinos de boda o ceremonias cristianas, y que los cristianos tampoco lo fueran de las judías, lo cual prueba la frecuencia del hecho.
Avanzado el siglo XV se desarrolla un cambio fundamental en cuanto al enfrentamiento de los poderes y el eclesiástico va tomando mayor fuerza y afinando sus métodos de ataque. La persecución contra los judíos empezó a adquirir rasgos de ferocidad y los reyes se encontraban impotentes para detenerla, pues se jugaban su popularidad. Además, la nobleza había emparentado con judíos y su posición se había debilitado. En el siglo XVI aparecen dos libros, el Libro verde de Aragón y El tizón de la nobleza de España, donde se demuestra que prácticamente toda la nobleza española tenía algunas o muchas gotas de sangre judía.
En el campo de la literatura las aportaciones resultan también interesantes. Por un lado, tenemos al escritor judío de tipo tradicional que escribe en hebreo, árabe o castellano. Por otro lado, al escritor que no pierde su conciencia judaica pero que adopta formas literarias propias de la época y que pertenece a la historia literaria española, como don Sem Tob de Carrión. Y, por último, el caso extraordinario y único de los autores conversos que crean una nueva dimensión literaria en su momento.
DESDE el siglo X hasta principios del siglo XIV se desarrolla el largo periodo de la poesía hebrea en España. Tanto la poesía sagrada como la profana alcanzan su punto culminante. La interrelación de las tres culturas, árabigo-hebraico-hispánica, proporciona un toque especial a la poesía de esa época, donde tanto las formas como la temática van dejando su acento peculiar en una nueva concepción artística.
La poesía hebrea se revistió de las estructuras típicas y tradicionales del estrofismo de base bíblica junto con el de base popular hispanoarábigo. La temática se inspira principalmente en los Salmos que alaban la creación divina y que ensalzan la adoración a Dios. En muchos casos se nota también la influencia de la filosofía neoplatónica. Se canta a Dios en su soberana trascendencia, en su inaccesible unidad, y se aspira al viaje del alma hacia las esferas armónicas o hacia los espíritus puros o angélicos. Los cuatro elementos (agua, aire, fuego y tierra) y las formas de la naturaleza expresan la maravilla de la Divinidad. El tema puede referirse a la visión de un mundo interno, a la lucha del alma en busca de Dios, a la riqueza del hecho anímico o al triunfo del bien sobre el pecado y la maldad. Otro tema es el del amor místico. El que establece el pacto de alianza del pueblo de Israel con Dios. El que acendra la forma amorosa en la simbolización de la unión espiritual, tal y como se expone en el Cantar de los Cantares. O bien, cuando se toman formas de la poesía amatoria musulmana para expresar la más depurada consolación del alma judía en el destierro.
Como menciona Millás Vallicrosa, resulta interesante destacar el hecho de que la poesía hispanohebrea de esta época prefirió seguir los moldes populares de la poesía arábiga (mustayab) que, a su vez, influían a la poesía castellana, para expresar los más elevados valores de materia sagrada. Esta preferencia no es de extrañar si recordamos que la poesía bíblica es también de orden popular, estrófica y con responsorios repetidos por coros. De este modo, la poesía hebrea de la Edad de Oro aprovecha y adapta las formas poéticas existentes llevándolas a un periodo de esplendor nunca antes alcanzado.
En cuanto a la temática profana, coexistente sin antagonismos con la sagrada, se dedica a ahondar en las sutilezas del alma humana: el amor es analizado en sus más complejas derivaciones; la amistad se exalta en los más delicados matices; la naturaleza es parte de la belleza que rodea al hombre y el hombre es parte de ella; la alegría de la vida se manifiesta en el aprecio de los bienes sensuales, la buena comida y el buen vino; los cantos epitalámicos subliman los esponsales y aseguran la continuidad del hombre en el ciclo de la naturaleza. El tono de sensualidad denota la influencia oriental de la cultura en Al-Andalus y da lugar a las más bellas expresiones poéticas. Aunque pueda emplearse el tipo estrófico en estas obras profanas, se prefiere, sin embargo, la pauta de la kasida árabe. En algunas de las poesías profanas de molde estrófico se insertan, a manera de vueltas o tornadas, versos finales redactados en lenguaje romance (aunque escritos con caracteres hebreos), cuya preservación ha hecho posible llegar a conocer las más antiguas muestras de poesía lírica romance española. Estos versos constituyen las jarchas, de las cuales trataremos más adelante.
La que ha sido llamada Edad de Oro de la literatura hispanohebrea, que corresponde al periodo de florecimiento, según la clasificación de Millás Vallicrosa, abarca de los siglos XI al XII. Moshé Ibn Ezra escribió un tratado sobre crítica literaria donde incluyó a los autores de su época, preservando, de este modo, su obra para la posteridad.
De los autores de este periodo ofrecemos la siguiente selección poética.1
He aquí que los días del invierno frío ya hantranscurrido,
y llegaron los días de la húmeda primavera;han aparecido ya las tórtolas en nuestros alcores,unas a otras se llaman desde la tupida enramada;por tanto, amigos míos, haced honor a las leyesde la amistad, apresuraos, no os demoréis;venid hacia mi huerta a respirar el aromade las azucenas, grato como el de mirra goteante;allí beberemos junto a los arriates, y oyendo el trinarde las golondrinas cantaremos la llegada del buen tiempo,
gustaremos un vino que caldea como las lágrimas por laausencia de los amigos,
un vino rojo como la púrpura que tiñe la mejilla de losamantes.
Reunámonos alegremente, que ya el tiempo se remansó,ya las noches se han igualado con los días;contemplad la faz de la campiña cómo se engalana,diríase que con recamadas túnicas de princesas;bebed el zumo que salió de las uvas, junto a los rosales,cuyas flores parecen teñidas con grana o bien con sangre;contemplad la gala de sus frondas,cuyas hojas nacieron juntas y gemelas;parecen la faz perfumada de una hermosa,y todas ellas se apretujan junto a una faz encendida.
Ven, amigo mío, preclaro como los luceros,ven conmigo, y habitaremos entre las alquerías.¿No es ya hora que podamos pasear por los vergelesy escuchar en nuestra tierra el canto de la golondrina?Nos sentaremos a la sombra de las palmas y de los granados,a la sombra de los manzanares y de los sotos,nos pasearemos por los alcores de las viñas,nos gozaremos en su floración bellamente renovada.
Ved la bandada de pájaros cómo se ha reunido en laenramada,
entonando canciones que no ha aprendido.¿Quién será el que oyendo su gorjeo en los nocedales,no salga al campo y con los amigos no se convide y se solace?¡Cuán bellos los pimpollos que la primavera ha renovado!¡Y las flores que en el jardín, recientes, se han abierto!Cuando el céfiro leve sobre ellas pasa,unas a otras, murmurando, se hacen reverencia.
Mi corazón desfallece y está desasosegado, sin consuelo,y mi alma se abrasa en lamentos,mientras mi espíritu hace por ti un gran duelo,siendo así que antes, a tu lado, siempre se alegraba.Por tu ausencia gravemente padezco,y ando errante como oveja perdida, dispersada.Mi alma llora a lo largo de mi vida,como si estuviera en trance de muerte.¿A quién me dirigiré, de ahora en adelante,a quién solicitaré encontrar refrigerio?Pues ya no estoy a la vera del príncipe Ben Yosef,el cual fortalecía mi alma abandonada,cuya boca era un manantial para todo sediento,y su palabra era un viático para todo hambriento.
Contempla el fulgor de las copas,que recuerda el brillo de las espadas.Con las hojas de éstas los esforzados guerrerosse cansan de hacer aquello que las copashacen con sus irisaciones.
Ven, gacela, acércate a mí,pues en tu diestra todas las gracias vienen.Cuando el vino dentro del vaso brilla,ilumina al mundo, mientras el sol va a su ocaso.
Venid, bebed conmigo a la sombra del tejado,oyendo el caer de la llovizna en el mes de noviembre,pues el campo ya se quitó su vestido verde,están desnudas las plantas, terminó la cosecha.
Mi paloma se queja y suspiraentre los mirtos, pensativa y anhelosa.Mas dígole: “Considera cuán dulce es tu voz al amado,quien ha encontrado en tu boca la dicha,no en los labios de la copa.He aquí que mi amor es nuevo para ti, pero cónsteteque eterno será y no lo menoscabará la vejez.He puesto en tu mano la levadura de mi espíritu;haz lo que a tus ojos pareciere bien y réstame fiel”.
¿Qué tienes, gacela, que rehúsas tus mensajesal amante, cuyo pecho está lacerado por tu causa?¿No sabes que tu amador no tiene tiemposino para oír la voz de tus salutaciones?Si la separación está decretada sobre nosotros dos,asómate un momento para que contemple tu faz;no sé si entre mi pecho se encierra aún mi corazóno si partió en pos de tus pisadas.¡Por vida del amor! Recuerda los días de tu pasión,como recuerdo yo las noches de tus amores,y así como tu imagen cruza a través de mis sueños,también me cruzara yo en tus recuerdos nocturnos.Entre mí y entre ti se interpone un mar de lágrimas,cuyas olas mugen, y no puedo llegar hasta ti,pero si tus pies se aproximaran para atravesarlo,entonces sus aguas se hendirían al borde de tus plantas.Ojalá que después de mi muerte resonara en mis oídosel tintineo de la campanita de oro que adorna tus franjas,o preguntaras al sepulcro sobre la paz de tu amante,pues yo también preguntaría por tus amores y tus paces.
¡Sión! ¿Acaso no preguntarás por la salud de tus cautivos,aquellos que buscan tu paz, los más selectos de tus rediles?
De Occidente y Oriente, del Septentrión y del Mediodíala salutación recibe
del que está cercano y del alejado, en todas tus vías.
La salutación del que ansía verter sus lágrimas como el rocíodel Hermón, y suspira para derramarlas sobre tus montes.Cuando lloro tu desdicha soy como el chacal, y cuando sueño
en la vuelta de tu cautividad yo soy una lira para tuscánticos.
Habitante y encerrada en la cárcel del cuerpo,desde el día de su encierro ha perdido su esplendor,¡excelsa como es y se ha juntado con vil gusano!
¿Quién aparejó la vileza de éste con la suma belleza deaquélla?
Pero el día en que abandone el cuerpo, entonces revestirásu esplendor y abandonará la túnica de su cautiverio.Brillará como el sol y ascenderá de la cárcel,de la morada de calígines y de tinieblas;a su Creador en el cielo ensalzará, pues talmentetoda alma allí al Señor habrá de ensalzar.
Por Sión suspira mi alma y mi espíritu,en ella encontraría, todos los días de mi vida, mi descanso;por su amor, dulces me son las calamidades,y por ella a mis tiranos presento la cabeza y la mejilla.No desearé nada, fuera de ella, durante todos mis díashasta que yo muera y me abandonen el vigor y las fuerzas.¿Cómo ansiaría el halago de los aromas,si ella es mi bálsamo, mi perfume y mi olor?Acariciaría sus glebas en todo tiempohasta que su polvo fuera en mi frente como señal;su polvo convertiría en remedio para mi llaga,lo aspergería sobre la úlcera de mi corazón, y viviría.
Las preguntas del sabio son la mitad de su sabiduría; la afabilidad con el prójimo, la mitad de la sensatez, y la buena administración, la mitad de la economía.
El sabio y el justo a nadie temen; los rectos, solamente a Dios.
Aquél a quien el Creador dotó de sabiduría no desmayará en la aflicción y la desgracia, pues el fin de la sabiduría es la paz, y el del oro y la plata, angustia y agobio.
Así amonestó el sabio a su hijo: Hijo mío, no seas sabio de palabra, sino de obra, porque la sabiduría práctica te beneficiará en el mundo venidero, y la de palabra aquí se queda.
También le aconsejó: Busca la compañía de los sabios, pues si sabes, te honrarán; si yerras, te enseñarán, y si te exhortan, te beneficiarán.
Dijo también: Si no fuera por la sabiduría, habríamos descuidado la acción, y si no es por la acción, no habríamos investigado la sabiduría; pero es menos culpable negligir la sabiduría por ignorancia que por desprecio.
Preguntaron a un sabio por qué aventajó en sabiduría a sus compañeros, y contestó: Porque he gastado en aceite más que ellos en vino.
Hombre sin saber, casa sin cimientos.
Calla y tendrás tranquilidad; escucha y aprenderás.
Nada hay más conveniente para el hombre que percatarse de su posición y del alcance de sus saberes; sólo así hablará en consonancia.
Mientras el hombre busca la sabiduría, es reputado por sabio; mas si piensa haberla alcanzado, ya es un necio.
La mejor prosapia es la sabiduría, y el amor el más fuerte vínculo.
No hay mejor unión que la modestia con la sabiduría, y el poder, con la clemencia.
El primer escalón para la sabiduría es el silencio; el segundo, la atención; el tercero, la memoria; el cuarto, el esfuerzo; el quinto, el maestro (o: el estudio).
En reunión de sabios, prefiere escuchar a hablar.
Tres cualidades son esenciales al verdadero sabio: no despreciar a los inferiores que van en busca de la sabiduría; no envidiar a los más ricos y no traficar con su sabiduría.
Busca la sabiduría aun entre los necios, pero impártela con generosidad.
La más excelente cualidad del hombre es el ansia de saber.
El creyente debe reparar la pérdida de la sabiduría; aunque sea por mediación de los incrédulos.
Enseña la sabiduría al ignorante, y apréndela del sabedor; obrando así, te instruirás en lo que ignorabas, y recordarás lo que sabías.
La sabiduría buscada en la vejez es como lo escrito sobre arena, y la adquirida en la juventud, como lo esculpido en piedra.
La sabiduría tiene dos visos: sabiduría del corazón, que es la verdadera, y sabiduría de palabra, carente de eficiencia, que delata al autor por sus obras.
Cuatro tipos de hombres se distinguen: 1) el verdadero sabio: al que puedes interrogar; 2) el que sabe, pero no valora su saber: recuérdaselo y ayúdale a que no se olvide; 3) el ignorante, que como tal se reconoce: instrúyele, y 4) el ignorante que presume de entendido: es un necio, húyele.
No repares en aceptar la verdad, de dondequiera que venga, incluso de un inferior.
Compadece al honrado que cayó y al rico venido a menos y al sabio que se ve entre estúpidos.
Nadie necesita tanto de nuestra conmiseración como el sabio juzgado por un necio.
Cuatro cosas hay que jamás deben menospreciarse: 1) ceder el asiento al padre; 2) honrar a los huéspedes; 3) vigilar los atelajes, aunque se tengan cien criados, y 4) honrar al sabio para beneficiarse de su saber.
Preguntaron a un sabio: Dinos, ¿quién es el Creador? Contestó: Hablar (o filosofar) de lo incomprensible es necedad, y discutir de lo inabarcable es pecado.
Dijo también: Entró un sabio en una reunión de polemizantes y exclamó: No conseguiréis acuerdo. Arguyéronle: ¿Por qué? Porque acuerdo implica unánime asentimiento.
Y añadió: Cuando oigo una palabra inconveniente, disimulo.
Y ¿por qué? Por temor a seguir oyendo otras peores.
El silencio es la respuesta apropiada para el necio.
Cierto individuo se presentó a un sabio y le dijo: Veo que los hombres son dañinos; por eso mi propósito es no mezclarme con ellos. No hagas tal, respondióle el sabio; porque ni tú puedes prescindir de ellos, ni ellos de ti; ellos te necesitan y tú a ellos, pero en su presencia condúcete como quien tiene oídos y no oye, ojos y es ciego, boca y es mudo.
¿Cuál es la virtud máxima? La paciencia, fue la contestación.¿Y el máximo defecto? La venganza.
Cierto individuo insultó a un sabio, y uno de sus discípulos le pidió autorización para proceder contra él. Pero el sabio le contestó: No es propio de un hombre juicioso autorizar el mal.
Quien no domina su ira, ¿cómo dominará a los demás?
Quien elige lo bueno evita lo malo.
Dijo el sabio: El perdón igual se debe al ruin que al generoso.
Culpa confesada es solicitación de perdón.
Cierto monarca sentenció a muerte a un sabio y uno de sus consejeros le dijo: “Tú podrás hacer lo que no hayas hecho, pero no anular lo ya efectuado”. El rey volvió sobre su acuerdo y no le ajustició.
Con reflexión se llega a la meta; con precipitación, se tropieza.
A la pregunta: ¿Qué se entiende por confianza en Dios? Contestó el sabio: Contar con Él en todas las cosas y consolarse en Él.
Dijo también el sabio: Los días de este mundo están preordenados y determinados: no depende de ti el prolongarlos, y los que te han sido adjudicados no hay fuerza en ti para rehuirlos.
Cierto individuo presentóse ante su jefe con el siguiente mensaje: Vengo a solicitar de ti lo que ya he pedido al Creador. Si lo haces alabaré a Dios y te daré las gracias; de lo contrario, alabaré a Dios y a ti te disculparé. El interpelado ordenó se accediera a la petición.
Dijo el sabio: Aguanta la verdad, aunque amargue.
¡Oh!, si el hombre acumulara paciencia para la desgracia y gratitud para la benignidad.
Mala enfermedad es quejarse de males imaginarios.
Hay males que, comparados con otros, más parecen bienes.
La paciencia libera, aunque al pronto mortifique.
¿Quién es el más estimable ante el Creador? Aquél que soporta la aflicción, sufre la adversidad y bendice a su Creador.
Aquél a quien le basta lo que le concedió el Creador, es realmente el hombre más rico.
Mejor es el contentamiento que el entendimiento.
El sabio insistió: Cuando te parezca escaso lo poco que tengas, recuerda las pasadas dificultades, lo cual sin duda bastará como cotejo de tu presente tranquilidad, contraste que no admite parejo.
Dos cosas hay absolutamente irreconciliables: templanza y codicia.
La distinción se manifiesta en la selección o rechazo de las cosas, y no te creas sabio mientras no domines tus pasiones.
Quien sigue los dictados de la razón obrará y se comportará rectamente, y quien va tras sus pasiones se extravía y perece.
El temor de Dios hace el final mejor que los comienzos.
No esperes de los vanos el consejo, ni concordia de los disidentes, ni tranquilidad de la esperanza diferida.
Si no dominas tu boca, te traerá lo que de ella puede esperarse: ruina e ignominia.
La pasión es hermana gemela de la ceguera.
El buen sentido duerme en tanto que la pasión está despierta; por eso ésta le vence.
La figura de Maimónides, perteneciente al siguiente periodo generacional, el de la madurez, merece un lugar aparte.
Moshé Ben Maimón, llamado también el Rambam (por las iniciales de su nombre) o Maimónides, en la versión latinizada, fue el mayor de los filósofos judíos medievales. Había nacido en Córdoba en 1135 y murió en El Cairo en 1204. Durante su infancia y adolescencia en España supo de la convivencia de las tres religiones.
Luego, huyendo de la persecución religiosa de los almohades, vivió en el norte de África, en Palestina y en Egipto. Combinó sus viajes con la práctica de la medicina y la labor filosófica. Su obra escrita es muy amplia y de carácter variado, desde tratados teológicos hasta tratados médicos.
La Guía de los perplejos (escrita en árabe con caracteres hebreos en 1190; traducida al hebreo después de 1190 por Yehudá-al Kuzari y en 1204 por Samuel Ibn Tibbon con el título de Moré nebujim) está dirigida a esclarecer el problema de la época que enfrenta razón y fe. En la introducción se previene al lector que, para poder internarse en las páginas de esta obra, debe conocer lógica y física, estableciendo, sin lugar a dudas, el enfoque filosófico en la materia de judaísmo. Maimónides, siguiendo la tradición interpretativa, agrega que incurrirá en contradicciones y que sólo el lector avezado podrá advertirlo. Este lector ideal, deberá además estar adiestrado en el uso de la memoria y de la capacidad asociativa, para poder enlazar los que parecen cabos sueltos y explicar los conceptos en oposición. Por otro lado, la estructura de la Guía responde a un patrón perfectamente pensado y calculado, con una estrategia deliberada. En la introducción está la advertencia y la materia del libro va gradualmente complicándose hasta llegar a la parte media, donde se encuentran las cuestiones secretas y sólo para conocedores, de tal modo que el lector no preparado abandonará la lectura, o, en todo caso, se saltará al final, donde la materia de nuevo se simplifica para establecer las conclusiones. Luego la Guía de los perplejos no contradice la ley rabínica, y simplemente proporciona pistas para el iniciado, “destellos”, como los llama Maimónides, o bien, un desafío para internarse en ella. De hecho, durante los siglos posteriores y hasta nuestros días, la Guía se convirtió en materia de discusión teológica y filosófica sobre el significado y la interpretación correcta.
