La ley de Heisenberg - Ida Vitale - E-Book

La ley de Heisenberg E-Book

Ida Vitale

0,0

Beschreibung

Detrás de todos los libros que leyó en su vida Ida Vitale hay una niña encandilada por la abundancia de autores que poblaron una vez la biblioteca familiar. Pero la lectura no está hecha tan solo de tramas, sino del misterio de un poema repetido sin entender durante años, que desató con el tiempo la pasión de la lengua en la poesía. Este libro enseña a leer sin prejuicios, a dejarse llevar por la imaginación palpando los libros hasta dejarlos impresos para siempre en la memoria sensorial. Porque La ley de Heisenberg no es solo un repaso de lecturas que la autora viene realizando desde hace décadas, sino la revelación de una poética que liga el principio de incertidumbre con la literatura y con la vida.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 215

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ida Vitale

La ley de Heisenberg

 

 

Buenos Aires - Madrid

Lector&s

Colección dirigida por Graciela Batticuore

Detrás de todos los libros que leyó en su vida Ida Vitale hay una niña encandilada por la abundancia de autores que poblaron una vez la biblioteca familiar. Pero la lectura no está hecha tan solo de tramas, sino del misterio de un poema repetido sin entender durante años, que desató con el tiempo la pasión de la lengua en la poesía. Este libro enseña a leer sin prejuicios, a dejarse llevar por la imaginación palpando los libros hasta dejarlos impresos para siempre en la memoria sensorial. Porque La ley de Heisenberg no es solo un repaso de lecturas que la autora viene realizando desde hace décadas, sino la revelación de una poética que liga el principio de incertidumbre con la literatura y con la vida.

Graciela Batticuore

Vitale, Ida

La ley de Heisenberg. Ida Vitale. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ampersand, 2025.

(Lector&s. Graciela Batticuore; 19)

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6558-29-9

1. Autobiografías. 2. Lectura. 3. Poesía. I. Título.

CDD U860

Colección Lector&s

Primera edición, Ampersand, 2025

Derechos exclusivos reservados para todo el mundo

Ombú 3091 (C1425CFF)

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

www.edicionesampersand.com

© 2024 Ida Vitale

© 2025 de la presente edición en español, Esperluette SRL, para su sello editorial Ampersand

Edición al cuidado de Diego Erlan

Corrección: Fernando Segal

Diseño de colección: Thölon Kunst

Diseño de tapa: Tender

Maquetación: Silvana Ferraro

Conversión a formato digital: Estudio eBook

ISBN 978-631-6558-29-9

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante el alquiler o el préstamo públicos.

ORIGEN

Quizás todo empezó en Sicilia. Sicilia era apenas una distancia, enorme, que mi abuelo paterno, en un tiempo que yo situaba en un pasado remotísimo del mío, claro, había cruzado en un velero, que tanto avanzaba como desandaba lo andado. Así, los meses se convirtieron en un fatal agobio, con la multiplicación paralela de los peces y los panes, secos ambos, como único alimento: bacalao y galleta marina. Aquel, aborrecido definitivamente por el viajero, que a su sola mención tenía angustias estomacales, desapareció de la dieta familiar. Mi abuela podía declararse, por fidelidades de casta, oribista (partidaria del general Oribe, o sea blanca) en el campo de la historia nacional, con lo cual contrariaba las inclinaciones del pater familias, coloradas, como correspondía a un garibaldino; pero mantuvo el veto al bacalao, aun décadas después de la muerte de mi abuelo. Supongo que ella había aceptado que no debía gustarle. Estemada por la forzosa ignorancia de sus sabores, todavía me entusiasmo con su sola mención, que viene con relentes de fruto prohibido.

Pero volvamos a aquella isla lejanísima. Saltaba a un primer plano por vía de un rosario subrepticio, que aparecía entre puntillas, batistas y madapolanes en el cajón de la ropa interior de la gran cómoda de la abuela, escondido a medias por ella, muchos años atrás, en supersticioso recaudo, después de recogerlo de entre los desperdicios donde mi abuelo lo había tirado. A su vista, podía desgranarse la crónica de su cuñada, en versión audiovisual, con el sepia de una imagen antigua, que encerraba entre sus bordes una colina casi sin árboles y en su cima una casa baja, solitaria. Allí, sin duda, entre estancias sombrías y sin delicias, debía yo situar la figura delgada de Grazia, bellísima, con un peinado de airosos tirabuzones, que nos miraba con ilusión de futuro desde otra fotografía. Una hermana mayor, cuyo nombre fue arrastrado al olvido por su mal recuerdo, intuyendo lo combustible de esos encantos, dejó en testamento la casa a la iglesia, como dote, para asegurar que a su muerte –quizás anunciada– se produjese la incorporación vitalicia de Grazia al convento de la zona. Fue inútil la ira sin recursos de su hermano, que al abandonar su Nicosia natal había ido perdiendo, a cada ola del infinito trayecto, todo derecho al dicterio y a la intervención.

Al morir en forma repentina mi abuelo, todavía joven, varios de sus numerosos hijos eran adolescentes o niños. Los ojos avezados de un jardinero que había trabajado con la familia cuando esta vivía en la holgura, descubrieron en mi abuela, encubiertos como suelen estar entre los pobres de nacimiento, los signos para él familiares de las urgencias angustiantes. A punto de volver a sus tierras sicilianas, para agradecer a sus santos las benevolencias de “la América”, se ofreció para comunicar las malas nuevas a la terrateniente, por ese entonces todavía viva, pese a todo.

Al regreso transmitió avergonzado una respuesta definitiva y rencorosa. No había ayuda para una cuñada que tenía un nombre fantástico, Galinda, y para los “nipotes”, de nombres más fantásticos aún. Allá habían entendido que la progenie no estaba bautizada. Los nombres que mi abuelo había exhumado (junto a un Miguel Ángel más tolerable y una Débora, bíblica pero combativa) de entre la historia griega y romana (Publio Decio, Tito Manlio, Marco Antonio, Rosolino, Pericles, Ida) y de Stendhal (Clelia y Fabricio) olían a azufre. Quizás por distracción, el que luego me fue transmitido aparecía en el santoral, aunque eso casi estuviera anulado por el peso de un monte favorable a las musas. Al final se supo que el Eminente había dispuesto todo con un orden inmejorable.

Enfermó de gravedad la hermana mayor, de la que si hubo fotografía debe haber sido partida en dos por mano justiciera. De su cuarto, al acercarse el plazo perentorio, entraban y salían sacerdotes que la velaron sin fatiga, intersticios ni obstáculos. Ellos, hay que entenderlo, actuaron con diligencia ante la perspectiva de que la joven que quedaba sola terminara entregando su mano y la colina y la casa rodeada de viñas en las de algún endemoniado carbonario. ¿Qué no podía esperarse en aquellos tiempos, sobre todo de una familia que, aunque hubiese contado con buenos cristianos, también había arrastrado la cruz –oh incongruencia de la frase hecha– de un masón rabioso que en América, vago territorio fuera de control, sin duda había propagado la mala semilla? Eficaces en poliorcética, sin duda convencieron a Grazia de los riesgos de su belleza, en cuyo perfil acechaba el diablo. O no la convencieron. Quizás este, deseoso de no perder un alma sobre la que se le atribuían fáciles poderes, la codició de veras y, por lo mismo que se pretendió contrariar sus vías, la ganó cuando a ella le fue impuesto un destino, que quiero suponer no deseado.

Décadas después de estos, para mí legendarios sucesos, me tocó estudiar la lengua italiana, cuyos encantos me resultaban tan remotos como a mis compañeras de linajes españoles o ingleses. D’Annunzio, Ada Negri, Carducci y tantos otros tensaron sus lomos desde la biblioteca, en llamados desoídos, porque para mí el francés había llegado primero. Incluso me malhumoraba un poco que a menudo mi declinante abuela me preguntase por palabras italianas para mí aún ignoradas, en vez de consultarlas con sus propios hijos. Todos habían ido a la Scuola Italiana. Casi todos habían olvidado lo enseñado. Por entonces, Sicilia no era aún Trinacria para mí.

Luego, poco a poco, amé la lengua italiana, descubrí en ella poetas que venero y, no sin nostalgia, sustituí el conocimiento directo de lo que no conozco de ella por versiones complementarias, que fui atesorando en fuentes que no dejan de manar, en solfataras que espero que sigan encendidas por mucho tiempo aún: Verga, Pirandello, Lampedusa, Piccolo, Sciascia, Bonaviri, Consolo, Camilleri..., en las imágenes de sensualidad refinada y contenida que navegan en los fondos oscuros de Antonello, el de la colonia siciliana de Messina. Y me sigue sorprendiendo como distracción imperdonable de algún Alto Mandatario, que sea ferrarés ese Ariosto que mezcló sus personajes de materia mágica con otros casi humanos, moviéndolos por una geografía a la medida del Hipogrifo, desde Irlanda y Francia hasta los vapores mediterráneos, para concentrarlos al final en la isla premonitoria de Lampedusa, donde se cumplen las justicias bélicas y Orlando recobra la razón. Y sigo sintiendo un cierto tironcito del alma cada vez que le sumo un mérito más a esa otra patria desconocida. También, cuando leo las precisiones negativas que Sciascia escarba aquí y allá, a través de siglos y documentos registrados en su inmediatez ominosa. Reconozco en muchos de ellos lo que conozco de sobra: una sociedad hija, nieta, bisnieta suya en lo que no procede de España. Imposible ignorar los defectos que la doble vertiente similar aumenta: la observación del prójimo, la envidia, el deseo de rasar para abajo. Algo que puede parecer menor y que para mí no lo es, tendría su origen allá en Sicilia: el cantar de a uno, el haber ignorado el arte y el gusto del coro (digo arte para excluir esa última y prestigiada extensión de la murga española, mediante la cual se justifica la libertad de desafinar vulgaridades, sumado a otros).

Ahora la conozco, tarde ya, e imagino dentro de sus límites toda la dignidad de sus abstenciones y sus derroches: su riqueza espiritual, no escasa de errores y de trampas, pero que ofrece la belleza que suplica y permanece, humilde y culminante.

LO QUE ME OFRECIÓ EL MUNDO CUANDO EMPECÉ A ESCRIBIR

Nací y me formé en un tiempo en que existían las cuatro estaciones. Cada una llegaba con sus ventajas y sus molestias, pero como sustituían a las molestias de las anteriores, el cambio era deseado y celebrado. Eso en cuanto al invierno y al verano. La primavera y el otoño tenían sus propios encantos, el atractivo de las transiciones. No se esperaba el desorden que el hombre ha impuesto a la naturaleza: calores caóticos que enloquecen a la vegetación, fríos sobre plumones apenas formados y pleuras sensibilizadas por el sol, sin hablar del agujero de ozono. Dije que me formé: tuve la suerte de ser una criatura que recibió ese don de la sociedad porque hubo muchos dispuestos para ello: los adultos a transmitirnos lo que necesitaríamos para también serlo un día y nosotros a recibirlo con suficiente disciplina. La escuela era una especie de juego o danza que duraba un tiempo aprovechado en su totalidad, lo bastante breve como para que nos quedara una duradera nostalgia de ella. Las maestras, salvo alguna excepción, eran magas afectuosas que entraban en la intimidad de nuestras vidas, desplegando ante nuestra encantada credulidad asombrosos sortilegios que después se revelaban sencillos sin desencantarnos. La violencia, el odio, los problemas ajenos a la infancia nos eran ahorrados en la escuela. No padeciendo sus ejemplos, el espíritu de imitación no nos sugirió la vía errada. Al menos no recuerdo que en la bien poblada escuela a la que asistía se diera el caso de alumnos difíciles, esos que hoy abundan y, al parecer, justifican la falta de entusiasmo de los maestros. Tampoco crecíamos dentro del limbo de la tontería. No regía aun esa insulsa teoría pedagógica que afirma que toda corrección implica una fractura irreparable en el alma infantil y que todo vicio, maldad, incapacidad o futura derrota proviene de un freno puesto en los albores de la vida a un niño encaprichado. El ejemplo, la paciencia, el razonamiento y cierto grado de humor bastaban, creo, para que el vivero asegurara el crecimiento apropiado.

Hace años tuve la suerte de leer una serie de libros deliciosos de Daniel Pennac, un novelista francés. Suele ser considerado un escritor liviano, pero escribe muy bien. Son libros escritos por un cancre, o sea, por “el último orejón del tarro”, como decía un escritor amigo, o como el último de la clase, desencanto de su familia y de los profesores, que llega a ser uno de los best sellers franceses y además un profesor maravilloso, preocupado por los alumnos, que escribe exactamente sobre los problemas de la violencia.

Al margen de la escuela, lo primero que uno encuentra si le ha tocado una situación afortunada son algunos libros. Quizá no importe demasiado saber si esos libros eran buenos o malos, si eran o no aptos para quienes éramos en ese momento. Creo que lo importante es la formación de seres aptos para ellos, o más precisamente aptos para los buenos libros. También tuve la suerte de que en la infancia me acostumbraran a ellos. Quizá esto fue una labor casera. Recuerdo una muñeca de trapo, ruinosa y adorada que cada tanto alguien extraía de mis alrededores y yo rescataba de los deshechos exigiendo que su triste carita chata y redonda fuera restaurada con colores y con esmero. Recuerdo otra, bellísima, durmiente en lo alto de un ropero a la que muy de tanto en tanto bajaba y contemplaba. Cinco minutos de éxtasis, simple intento de acercarme a lo incomprensible, como un turista ante La Gioconda, volviéndola luego a su empíreo. Pero los libros estaban siempre conmigo. En un tendido cerca de la Cibeles de Madrid compré un Chapete de la colección Pinocho y Chapete que en aquellos comienzos preescolares devoraba en un ansiado ritual mensual.

El absurdo, que no falta en mi vida, hizo que, siendo mi tía una prestigiosísima directora de escuela, yo no ingresara a esta en el momento debido. Los dos primeros años fueron de factura doméstica. Después de la cena, padecía un rápido cursillo que no sé cómo se sostenía sobre mis ganas de irme a dormir. Y cuando al fin me iba a la cama me llevaba a ella una cierta angustia por la conciencia que se me iba formando de que la tía Débora, que se ocupaba de la escuela en sus dos turnos, todavía padecía conmigo un tercero en parte desperdiciado. Durante el día avanzaba con aburrido esmero sobre cuadernos en los que se acumulaban planas, copias, cuentas con muchas consultas a quienes me pasaban cerca. Esta situación anómala, de Robinson que desconoce el mundo del que ha sido sustraído, hizo que, al llegar al fin a la escuela, la adorara. Mi primera maestra, de tercer año, se convirtió así en un ser importante en mi vida, aunque la disfruté poco, ya que mi entrada al mundo escolar me arrojó en manos de esas enfermedades (gripes, sarampión, varicela) que, por lo general, caen de a poco sobre los niños. Contagiada de mundo, falté a clase de modo atroz.

A punto de despedirnos, en un cumpleaños marcado por una última convalecencia, intuyendo sin duda mi frustrado afecto, me regaló la maestra de cuarto El prodigioso viaje de Nils Holgersson, libro del que nunca me separé y con el cual comencé un propósito serio de biblioteca propia, forrando cada uno y poniéndoles su marbete numerado a cada nuevo ingreso. Una amiga de la familia me traía libros en préstamo, en riguroso préstamo, de modo que debía leerlos dentro de cierto plazo y verlos alejarse. Después de Nils llegó Sherezade, competidora prodigiosa, a pesar de que la edición de Las mil y una noches que me pusieron en las manos estaba expurgada con minucia; y Alicia en el país de las maravillas y, por supuesto, el severo, aleccionador Corazón de Edmondo De Amicis, que no sé si los niños españoles leen (sufren). Y Robinson Crusoe. Y Dickens. Y Stevenson. Me volví codiciosa de libros. Siendo estos últimos que nombré más conocidos, permítanme la fidelidad de detenerme un poquito en las delicias de aquel primero, que tanto trasciende el propósito de Selma Lagerlöf de enseñar geografía a los pequeños suecos. Su lectura debería haberme sido materialmente engorrosa, hecha en un in-octavo de ancho lomo impreso en tipos pequeños, cuya única amenidad gráfica consistía en borrosas fotografías que reclamaban mucha más imaginación que las correspondientes descripciones hechas en el texto. Pero estas objeciones provienen de la adulta mañosa de hoy. La niña de entonces lo leyó y releyó sin extrañar los alegres dibujos en naranja y aceituna de las ediciones Calleja. Sin duda estaba ocupada en resolver el ingreso a un mundo en el que cada línea planteaba un enigma, una dificultad a vencer. Aquel libro precioso era una semilla que, como el trigo de las pirámides egipcias, guardaría fresca su capacidad de germinar por años. Me interesé más en una geografía distante, tan irreal para mí como las que construyeron Tolkien o Lord Dunsany, que por la del Uruguay. Mi país no me ofrecía un libro equivalente.

Con el libro de la Lagerlöf aprendí que el mundo puede ser todo nuestro, en la medida de nuestra curiosidad, y que las fronteras son un artificio que la cultura debe corroer y no ahondar. Entre una y otra lección disimulada corría por el libro el hilo de oro de las fábulas, la inmediata del viaje de Nils por los cielos de Suecia a lomos de un ganso y las que recoge, o vive, cada vez que toca tierra. Su nueva vida lo enfrenta al bien y al mal. Entiende la diferencia entre uno y otro y se aleja del último, peregrinación de aprendizaje de las que hay tantas en la literatura. El viaje de Nils no descubre la muerte, como el de Buda, no desemboca en la vía religiosa, sino en algunas simples y generales virtudes humanas. Los patos salvajes devuelven a su casa a un Nils mejor al que no le es ajeno ni lo humano ni lo diferente de lo humano. La obra maneja algunos símbolos de múltiples sentidos, como la autoridad de la vieja pata gris, que la tiene, por sabia y justa, o como la del águila Gorgo, humillada hasta el punto de negarse al vuelo cuando Nils abre las puertas de su encierro. Yo aún no sabía qué era un símbolo. Aún no había descubierto los campos que abre la mitología griega, que luego me atraparían, y andaba tan necesitada de mitos como de símbolos que suelen cobrar significado en la madurez.

Supongo que, aunque el buen lector infantil suele ser más devorador que gourmet, en ese momento empecé a diferenciar y a preferir ciertas lecturas, como las que antes mencioné. Ahora creo que hay una marcada tendencia a adelantarle el trabajo al niño y al adolescente; incluso en ciertas universidades se reduce la cantidad de textos literarios obligatorios para no agobiar. De mi experiencia, es decir, de mis numerosos fracasos, y de las preocupaciones con las que me iré a la tumba, saco otras conclusiones. Si bien entiendo que el restringir campos es una medida para evitar que los estudiosos sean aniquilados, víctimas de agotamiento abarcativo, desde que empecé a orientar mis lecturas me resistí a la reducción, sea esta temática o geográfica. Esto puede o no ser producto del temprano aprendizaje de aquellos nombres de preciosa sonoridad: Heligoland, Dalecarlia, Upsala. La biblioteca familiar me ofreció a partir de los doce años algunas obras leídas y vueltas a leer como Guerra y paz de Tolstói, en una edición que no suprimía el extenso capítulo de la iniciación masónica de Pedro, excluida, con santa intención, de algunas ediciones españolas de la época. A ese punto retornaba con reverencia, casi como si proviniera de una voz familiar. Para ese entonces me había adentrado en ciertas historias que rodeaban como una guirnalda el retrato oral de ese abuelo, al que no llegué a conocer, pero que pronto instituí como un laico ángel de la guarda. Sin imaginar que un día me fuera a pasar la antorcha del exilio, sabía de él que se había ido a América por haber peleado contra los austríacos, por haber sido garibaldino, al terminar sus estudios de leyes en Palermo, pero al margen de esto, mis lecturas tolstoianas repasaban con especial delicia los encuentros entre Alejandro y Napoleón y descubría, como un nuevo saber, las complicadas minucias de la estrategia. Y acumulé datos sobre Kutusov intuyendo que un día me lo iba a encontrar en las clases de historia. En realidad, me lo encontré en un retrato pintado de tamaño natural, en el Hermitage, mientras una inolvidable médica anexa me hablaba de la fotografía del astuto general. En el liceo pronto iba a leer a Bécquer y el Werther y a nuestro extenso y epigonal Tabaré de Zorrilla de San Martín, y pude manifestarme rotundamente clásica con conocimiento de causa. Terminados los libros en español, y desdeñados algunos que quedaron para un más adelante que nunca llegó, como Corinne de Madame de Staël y algún otro, empecé a rondar los que estaban en lenguas. Goldoni me había sido leído en traducción improvisada por mi tío, pero el italiano estaba todavía muy lejos. La biblioteca familiar resultaba reducida para mis aspiraciones.

De pronto se agotó, hasta el punto de llevarme a invadir la mínima del tío médico. Con espanto y fascinación, que quizás me quitó todo gusto por las posteriores películas de horror, devoré un tratado sobre el tétanos que luego me sentí tentada de aprovechar en alguna futura clase de biología. El pálido espanto de la plácida médica que la dictaba se disparó cuando dije lamentar no haber podido traer las láminas que hubiesen ilustrado tan bien mi intervención. Me dijo que bastaba, que ya era suficiente ampliación del programa. Y sospecho que desde ese día trató de mantenerme a raya, como a un vampiro.

Acometí, con denuedo y tres años de francés lineal, alguna novelita de Henry Bordeaux que al menos merece mi agradecimiento por sostenerme mientras la leía consultando sin fatiga el diccionario y de inmediato en una relectura que ya prescindía de él. Entré en el francés a saco. Con las moneditas de meriendas y cine, sin miedo, sin pausa y –lo que podría ser más grave– sin consejos, me aseguraba el libro diario en una librería de viejo y lo leía a expensas de las ciencias anticipadamente abandonadas. Como, aunque enorme, el local no daba abasto, cada tanto el dueño resolvía impresionantes liquidaciones donde ciertos libros se vendían por kilos. Antes expendedor de gasolina, había relacionado para siempre cantidad y precio. De ahí que costara más una voluminosa guía ganadera que deliciosas ediciones de la Guilde du livre o de Calpe. Allí hice, sin quererlo, la experiencia del libro sin tapas que me obligaba a hacer mi propio juicio de valor sin andadores ni prejuicios, a la vez que desarrollaba la exigencia por el libro limpio y cuidado, y la edición de buen gusto y refinada, no cara de necesidad. Recuerdo concretamente un libro que leí y que era misterioso desde el principio hasta el final y que mucho tiempo después supe que era La muerte de los dioses de Merejkovsky, pero en una edición de esas que tienen letra chiquita, que usaba Zig-zag en Chile; le habían arrancado la tapa y la primera hoja y se entraba directamente en materia, yo lo leía sin saber qué era, pero me iba gustando mucho. Supongo que este leer en el trapecio y sin red, del que no salió nada malo, es lo que me hace protestar ante el exceso de andadores que se les ofrece a los jóvenes de hoy. Creo que detrás de eso está la idea de ahorrar tiempo perdido en lectura, cuando lo que deberíamos tratar de ahorrarles es el tiempo perdido en televisión y dejar que juzguen, se equivoquen y corrijan por sí solos su propio juicio.

Me he demorado mucho en este tema porque en él quiero apoyarme para señalar otra cosa. En ningún momento sentí mi pertenencia a una cultura exclusivamente de lengua española, y mucho menos imaginar una posible reducción más, la de atenerme a lo nacional. Consciente de la existencia de una infinita superficie cultural que sabía ajena, mis movimientos hacia ella podían ser considerados como pasos perversos de abordaje o usurpación. Me orientaba con toda naturalidad hacia lo que me atraía, fuese cual fuese su origen. Sin embargo, lo más cercano no era desdeñable, todo lo contrario.

Todavía tenía cerca lo que podría ser considerado un momento de oro nacional (no voy a decir un siglo de oro porque todo lo nacional apenas tenía un siglo). A finales del XIX y en las primeras décadas del XX, el país recibió oleadas de inmigrantes españoles, italianos, judíos, esas oleadas fueron las que realmente lo formaron. No todos los que llegaban estaban en condiciones de hacer un aporte cultural directo, como, en lo fundamental, hicieron muchos españoles en México o en Argentina, aprovechando la existencia de una economía fuerte para crear editoriales y librerías, pero sí –se diría– una fuerza espiritual, un dinamismo en potencia que se insertó en un espacio que aún no había padecido ningún agotamiento cultural y, por el contrario, esperaba o necesitaba desarrollar sus riquezas dormidas. El país tenía derecho a disponer, sin jactancia, de una cierta densidad de apertura, despertando e imantando recovecos ancestrales. En tierras con una sabiduría secular esta explica o respalda una relación no superficial con los mensajes, venidos de diversas tradiciones, hacia un receptor apto para resonar acordadamente con ciertos temas y ciertos requerimientos espirituales, con el mismo grado –diría yo– de incorruptibilidad y de exigencia. Sin duda eso existió en un momento y en distintos creadores. Todo pudo comenzar con el paso solitario de un Isidore Ducasse, cuya infancia (transcurrida en los años de la sangrienta guerra grande nacional, anteriores a la estabilidad institucional), se impregna del horror de las guerras civiles, de la barbarie de los cadáveres abandonados y la ferocidad de los perros salvajes, cimarrones, que los devoran, y todo pasa a su obra futura que el acervo francés tanto enriqueció. En ella ha sido señalado no solo el origen oriental, como le gustaba decir a Borges, de las múltiples asociaciones mórbidas y perturbadoras de Los cantos de Maldoror, sino muchas disidencias del implacable francés académico que provienen de un sedimento español. Esto probado por la aparición de una gramática española de Hermosilla, firmada por la letra infantil de un Ducasse de doce años (es decir, que hasta esa edad la primera lengua del Conde de Lautréamont era el español).