Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La ganadora del Premio Cervantes 2018 nos brinda una selección de artículos que abarca más de 50 años de crítica literaria. Desde sus comienzos en La Gaceta de Tucumán, pasando por sus numerosas colaboraciones, durante el exilio mexicano, en revistas emblemáticas como Vuelta, Babelia (de El País) o en la misma Gaceta del FCE, hasta su regreso a Uruguay donde dirigió Jaque: Resurrecciones y rescates es el legado de una vida dedicada a la literatura. Este libro está dividido en tres partes: en la primera encontramos artículos sobre diferentes temas literarios, la segunda parte está reservada a los novelistas y la última a los poetas. Lo completa un índice que facilita la consulta de escritores y obras.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 429
Veröffentlichungsjahr: 2019
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Fotografía: Manuela Aldabe
Ida Vitale nació en 1923 en Montevideo, estudió humanidades y fue docente de literatura. Vaticinaron su destino un poema de Gabriela Mistral, la fascinación legada por el mundo natural y, más tarde, la guía de José Bergamín —quien en 1947 escribió «Ida que vida a vida, muerte a muerte / das fuego a sombra, en la ceniza llama, / asombras si iluminas, verde rama»—. Se exilió en México (1974-1984) con su segundo marido, el poeta y profesor Enrique Fierro; con él volvió durante pocos años a Uruguay antes de establecerse en Austin, Texas. Desde 2018 reside de nuevo en Montevideo.
Desde los años cincuenta Ida Vitale ha publicado poesía —recogida en Poesía reunida (2017)—, crítica y prestigiosas traducciones; además, ha colaborado en importantes revistas de la América hispana como Marcha, Eco, Plural y Vuelta.
Sus primeros libros, La luz de esta memoria (1949) y Palabra dada (1953), recibieron en las mismas fechas el Premio del Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay y la convirtieron en una de las poetas centrales del grupo de escritores de la generación del 45 o generación crítica.
BIBLIOTECA PREMIOS CERVANTES
Ida Vitale
Resurrecciones y rescates
Primera edición, FCE España-Universidad de Alcalá, 2019 [Primera edición en libro electrónico, 2019]
© 2019, Ida Vitale
D.R. © 2019, de esta edición, Fondo de Cultura Económica de España, S.L. Vía de los Poblados 17, 4º - 15; 28033 Madridwww.fondodeculturaeconomica.eseditor@fondodeculturaeconomica.es
Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel. 55-5227-4672
Universidad de Alcalá. Servicio de Publicaciones Plaza de San Diego, s/n; 28801 Alcalá de Henareswww.uah.es
Diseño de cubierta: Teresa Guzmán Romero
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-6307-8 (ePub)ISBN 978-843-75-0811-5 (rústico)
Hecho en México - Made in Mexico
Justificación
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Índice onomástico
Índice general
QUIZÁS LA INICIAL responsabilidad de una larga serie de notas se debió a Daniel Alberto Dessein, al que nunca llegué a conocer, aunque por décadas dirigió la sección literaria de La Gaceta de Tucumán. La vida lenta y densa me llevó a olvidar el nombre de quien al ponerme en contacto con él me puso en ese camino, en el que me empeñé y divertí por años volviéndome de paso efímera especialista en el mundo tucumano a través del diario que me llegaba fielmente. Por mucho tiempo no las repetí en diversos diarios, como es habitual, sino que me parecía más leal realizar un esfuerzo nuevo cada vez que las enviaba. Luego a veces sí, repetí alguna para hacer menos trabajoso mi empeño.
Colaboradora irregular de Marcha, su director Carlos Quijano me sugirió que me encargara de la página cultural del diario Época que se inició por la década del 60, experiencia que soporté un tiempo breve dado el estilo caótico e híbrido de la publicación de la que me retiré con poca paciencia y sano juicio.
Ya en la Ciudad de México, el acelerado período inicial aumentó la lista de mis gratitudes hacia quienes me confiaban un espacio —para mí lujoso— en distintas páginas: Fernando Benítez que me haría fundadora del tabloide Unomásuno, me dejó pronto en manos del adorable Huberto Batis. Emmanuel Carballo, Ignacio Solares, José de la Colina, Juan José Reyes fueron mis valedores en muchas páginas literarias. En los últimos números de Plural, seguido por Vuelta y Letras Libres, me integré al equipo que hacía una revista-río realmente excepcional dirigida por Octavio Paz.
En un primer regreso al Uruguay, mientras Enrique mezclaba clases y dirección de la Biblioteca Nacional, yo, al llamado de Manuel Flores Mora, mi amigo de juventud, me incorporé al equipo del semanario Jaque que dirigía su hijo.
Esta selección,1 obviamente muy parcial, para no alcanzar una dimensión excesiva, incluye material de distintos tiempos y lugares. No siempre los nombres incluidos parecerán obvios: responden a lealtades, veneraciones, caprichos sostenidos, a veces descubrimientos felices que reclamaban ser compartidos. Este material deja en reserva una gran parte cuya postergación responde en parte al azar.
UN ARTE VAPULEADO, si los hay, es el arte de la traducción, regida por variables estatutos desde los tiempos clásicos. Sería raro que escapara a las espadas siempre agitadas por algún Damocles vocacional cuando la propia novela, apenas concluido el siglo en que reinó sin rebeliones, encuentra un Max Beerbohm anunciándole el fin de su reinado con una voz que amplificará Ortega; cuando la poesía misma ha padecido arremetidas como aquel friolera de viejas que le dirigió Eratóstenes y que fue recogido tan de buen grado por el monumental y sensato Juan Luis Vives cuando, en los alrededores de 1530, ya, establecía las «causas de las decadencias de las artes».
Si las artes mayores como novela y poesía, que se fijan a sí mismas sus leyes y son expresiones en gran parte independientes, se ven sometidas cada tanto a revisión, es lógico suponer que la traducción, arte ancilar, secundario y supeditado, hará siempre su camino bajo el signo de la desconfianza. Decimos hará porque, aunque las circunstancias de la cultura se han modificado y seguramente se modificarán hasta extremos impensables, puede suponerse que la necesidad de traducciones no se terminara a plazo muy breve.
Una de las visibles novedades en el mundo de la cultura es la difusión amplificadísima del aprendizaje de las lenguas como un modo de hacer cada vez menos rigurosas las fronteras. En otros tiempos patrimonio de humanistas y especializados, hoy es más una fácil posibilidad, un ingrediente de una cultura elemental, aunque luego no se le saque más partido en muchos casos que el de independizarse de las leyendas demoronas e imperfectas de la pantalla del cine. Sin embargo no hay riesgo de que los traductores caigan en desuso: el hortus conclusus de la cultura se ha convertido en paseo público muy frecuentado al menos por paseantes y pronto sus muros quedarán en escombros. Muchos se quejan de que cada vez son menos los lectores que leen los libros en el idioma original, que cada vez son más los estudiantes que se angustian porque el texto de consulta está fuera del alcance de su comprensión lingüística. Tenderíamos apresuradamente a suponer que a medida que la cultura se explaya pierde en intensidad, si no pensáramos que los núcleos creadores y directores han sido siempre estrictos, densos e independientes de las crecientes y bajantes del conocimiento general.
Mientras este fenómeno de amplificación de la cultura siga acompañado de un grado muy bajo de intensidad, el traductor seguirá ocupando su papel de intermediario, aunque algo modificado por las circunstancias. Ya no le bastará traducir de las lenguas —para nosotros— más familiares. Vastísimas zonas que no habían trascendido sus propias fronteras, que se conservaban enquistadas en un idioma ríspido y poco accesible van siendo domesticadas de a poco por obra de traducciones. El arte en posible decadencia vuelve así por sus fueros. Pero ¿hasta qué punto?
La cibernética guarda entre sus reservas inhumanas un riesgo, quizás un germen de muerte para la traducción, como para otras actividades humanas en un futuro bastante entrevisto y calibrado. Entre los espeluznantes cerebros electrónicos que resuelven en poco rato enigmas que antes devoraban la energía conjugada de cerebros excepcionales pero meramente humanos, bastan los más simples para hacer eficientes, velocísimas traducciones carentes de lapsus y de gazapos, adecuadas a la impaciencia y a las nuevas necesidades de una era mecanizada a extremos que por ahora solo imaginamos dentro del campo inofensivo de la ciencia ficción.
Pero así como todavía no se ha inventado una máquina que pueda competir con un ser humano en materia de pegar botones duraderamente, parecería que ninguna máquina puede reemplazar al hombre en el delicado campo de la traducción literaria. Porque la máquina no es capaz de ir más allá de la arbitraria elección de un término entre varios sinónimos, de una construcción gramaticalmente correcta y de la impávida elucidación de todo enigma verbal.
Así pues, luego del salto en el vacío cibernético estamos de vuelta en el terreno humano conocido y controvertible, en ese campo que Valery Larbaud situaba Bajo la advocación de San Jerónimo. San Jerónimo, el autor de buena parte de la Vulgata, el traductor eruditísimo, por vocación y devoción, doctor de doctores para su corte de panegiristas, pintado por el Greco, por Durero, por Rafael, por Botticelli, por el Correggio, pintado como papa, como hombre de letras entre bibliotecas e infolios, entre calaveras y calabazas, y en medio de las tentaciones que describe en una de sus Cartas, el primero de los traductores, fue también el primero en legislar en la materia en su libro De optimo genere interpretandi. Él tradujo con pasión, con imperio y con libertad. Para los que vinieron después ya hubo directivas, prohibiciones, prejuicios. Pasión y libertad, trabas y dificultades, tales serán los extremos, los premios y castigos del traductor desde ese momento y para siempre. La «Miseria y esplendor de la traducción», digámoslo con el título del famoso ensayo de Ortega, no han variado mucho desde aquel entonces hasta hoy.
Dos escollos siguen señalando las alternativas que polarizan toda traducción, tanto en prosa como en verso: o el traductor se preocupa fundamentalmente de la literalidad, repta sobre el texto pasando lacio de una palabra a otra para que no se le despegue ningún término, ningún matiz, ninguna inflexión, molde fiel de la idea, o levanta vuelo en su empeño, asimila el espíritu de la obra, se desprende de la sujeción del calco, rompe el hechizo de la forma perfecta que intenta trasvasar de un idioma a otro y hace una nueva creación en su propia lengua, aun corriendo el riesgo de traicionar en parte a aquella. Entre estos dos hitos, cabe por supuesto toda la gama de lo tieso, exacto e insípido a lo más heterodoxo y anárquico. Y cabe lo bueno y lo malo, lo excelente y lo módico.
Con los libros técnicos, cada vez más abundantes, el problema en verdad no se plantea, mientras están en un plano de solvencia. Se les pide exactitud, nitidez y con esto quedan fuera del problema. Este comienza con la prosa literaria, sea ensayo o ficción, es decir allí donde el aura del texto importa tanto como la idea que la sostiene, arde sobre ella, la hace llamativa, luciente. Aquí no basta la exactitud prefabricada, el recetario de fórmulas del diccionario. Se necesita la recreación en el mismo espíritu y nivel de la obra original, y que el respeto por esta esté mitigado por una libertad y audacia nuevamente creadora. Muchas veces se ha señalado ya que la más funesta de las predisposiciones del traductor mediocre es la que le lleva a salvaguardar lo más familiar del texto manipulado, a entronizar el lugar común, es decir el momento en que el paralelismo de idioma a idioma es más sencillo, aplastando la originalidad del autor, que saca cabeza en un pasaje. El traductor no tiene más remedio que domesticar el texto al que se enfrenta, el escritor, en cambio, pone de pronto todo su empeño en hacerlo escurridizo, arisco. Así se producen esas traducciones que los italianos con significativa imagen, al decir de Croce, llaman «feas infieles», es decir imperdonables; solo hay indulgencia para «las feas fieles», las serviciales traducciones literales o para las «bellas infieles».
Estas menudean en la poesía de todos los tiempos. Al principio hay que rastrearlas en poemas que no aparecen como traducciones, ni siquiera libres, sino como generosos préstamos de un poeta a otro, de una literatura a otra. El mapa de la poesía está cruzado de estos caminos, muchas veces subterráneos. Tal soneto de Garcilaso trasparenta a Sannazaro, o aquel de Ronsard nos lleva de la mano a uno de Petrarca. Pero con el tiempo la impunidad para la apropiación se hizo más difícil. Un respeto nuevo por la obra de los demás obliga a otro régimen. Pero la actitud del hombre que se enfrenta a un poema ajeno y de otra lengua con la máxima comprensión posible, con encariñada apropiación, reviviendo desde el arranque el clima del poema con todas sus resonancias y proyecciones, y trata de reconstruirlo, aproximándolo a su ámbito idiomático, se repite sin interrupciones hasta nuestros días.
En América, horrores célebres, como la traducción de la Divina Comedia por Mitre, hacen pensar que lo perfecto ha sido por lo general incompatible con lo extenso, y que cuando se ha entrado a saco en una gran obra poética ha habido derrumbes ilevantables. Para confirmar la regla, hay valiosas excepciones como el intento interrumpido de Alfonso Reyes de abordar La Ilíada, en verso. Hubo historias originales como la influyente traducción de Vasseur de Leaves of Grass de Whitman, primera… pero del italiano. Con el abandono de la estructura métrica la tarea del traductor parece menos riesgosa, y así una empresa reciente, la traducción de una amplia antología de Paul Éluard por Marcelo Ravoni, nos resulta menos discutible que la traducción de Las flores del mal que hace muchos años emprendiera Nydia Lamarque en Buenos Aires.
Ahora desde México llegan unas versiones de diversos poetas con las que José Emilio Pacheco complementa su libro de poemas Los elementos de la noche. Entre ellas está «La chevelure» de Baudelaire. Es injusto comparar una venturosa empresa aislada en la que el autor pudo tomarse todo el tiempo requerido hasta encontrarse totalmente satisfecho como para llevarla a la publicación, con otro poema desglosado de una obra total, en que necesariamente hay bajadas de tensión y momentos de desapego. De todas maneras, enfrentadas una y otra versión, nos servirían como muestra, la argentina, de una «fea fiel», la mexicana de una infiel hermosa. Pacheco evidentemente se ha desembarazado por las buenas de Baudelaire, de mucha de su ampulosidad. No se ha sentido obligado ni siquiera por ese sello de época que suele preservarse en parte por fidelidad, en parte por gusto del exotismo. No disimula que ha pasado un siglo entre el original y la versión, cambió adjetivos sin estar obligado a ello, precisamente como un modo de situar su recreación en nuestros días evitando la enumeración geográfica poco grata. Su libertad va aún más lejos al permitirse, en el adjetivo que cierra el poema, nociva, un análisis crítico que proviene claramente de una interpretación de la vida del poeta. Pero la suya es una excelente, renacida versión.
Época, 1963
SIN DUDA, UNA de las tareas más difíciles de llevar a cabo, en lo que atañe a la cultura, sea la valoración justa de las formas del arte y la literatura contemporáneos, y uno de los ejercicios más arriesgados el de determinar si estamos frente a un producto superior, ante un fenómeno de contracultura o simplemente en el campo del kitsch, de la seudocultura, del seudo arte. El kitsch, que como categoría es relativamente nueva, todavía no ha puesto a los críticos de acuerdo sobre sus orígenes: para Hermann Broch solo puede nacer en el romanticismo; para J. A. Maravall, sus primeras expresiones podrían descubrirse ya en el barroco.
Esta misma discrepancia expresa la dificultad para descubrir de qué hablamos. Los que aíslan su virus coinciden en que aparece cuando surge la necesidad social de poner al alcance de las masas una forma artística que no había sido creada para ellas. Esta distorsión depara un producto nuevo cuya apreciación ha variado con las épocas. Los elementos que constituyen el kitsch no son constantes; como no lo son los que componen las grandes obras, de las cuales aquel deriva de manera más o menos evidente. Desde el punto de vista del creador, tampoco es fácil en algunos casos precisar quién o qué es kitsch y quién o qué no.
Las listas no siempre son nítidas. Un gran escritor, un gran pintor pueden descender abruptamente desde sus habituales cimas al kitsch. Algunos, como Albert Moreau lograron florecer en su tibio invernadero. En ese juego de revaloraciones que suelen practicar los críticos o el mercado del arte para no enmohecerse, Rubens está en alza. No discuto sus excelencias, si atiendo apenas al detalle de algunos cuadros. Su pintura, como fragmento, puede ser admirable. Cuando amontona carnes desnudas, lujosos vestidos cortesanos y todo tipo de elementos tendientes a cubrir la superficie pictórica: alfombras, perros, cabelleras, cortinas, caballos o nubes en el cielo, no menos leudadas que las carnes color de rosa, la única defensa es abandonar con rapidez las vastas telas que cubren las paredes de una inmensa sala del Louvre a la no menos rápida devoción de los turistas guiados. Descubro que José Antonio Maravall sugiere la abrumadora serie sobre María de Médici como un ejemplo del kitsch barroco y apruebo, sin duda.
El fenómeno también se da cuando una forma artística abandona su materia tradicional y acepta otra; imaginemos un Sèvres, ya de por sí proclive, reproducido en plástico. Basta pensar por un momento en esas baratijas —no necesariamente baratas— que llenan los bazares y, ay, tantas casas: objetos que no cumplen ninguna función, que se suponen bellos de acuerdo no se sabe a qué estética: pastoras y caballeros y flores de loza, relojes en los que importa la caja y sus arabescos: en una palabra, inutilidades. Recordemos el horror definitivo de Juan Ramón Jiménez al descubrir sobre el piano de Ortega y Gasset una de esas pululantes Venus de Milo en escayola. No se crea que la burguesía, con su pretensión de exquisitez, tiene la exclusividad de los adefesios. ¿Quiénes compran rosas de plástico, paisajes de supermercado, lámparas de estilo de cualquier estilo?
El kitsch a menudo permite, como cualquier otro producto en busca de mercado, una mirada crítica, una revisión de sus límites, un «no va más». Nunca pude olvidar —pequeño talismán contra la nostalgia— una floración de toreros, gitanas o charrúas pintados al óleo sobre terciopelo negro y encuadrados, que algunos lustros atrás proponían ciertas vidrieras propensas a la vergüenza ajena. Fenómeno autóctono, parece haber tenido vida más precaria que los enanitos de jardín que sigo descubriendo en avergonzados edenes, que creo de origen suizo, o que la cacharrería liliputiense que desborda desde Taiwán y Corea sobre el mundo.
La proliferación del kitsch no tiene relación con la riqueza o con la pobreza, sino con el buen o mal gusto. Cuando el kitsch se infiltra en la artesanía, el resultado es aún más triste: la paja y el cuero pierden terreno, el algodón retrocede y ascienden los plásticos y fantasías de relumbrón.
La literatura también produce, y con qué efusión, el fenómeno del kitsch. Algunos best sellers, algunas novelas de quiosco constituyen sus formas más divulgadas. Aunque solo los colombianos, creo, siguen recordando a Vargas Vila, otros nombres se ocupan de difundir los lugares, más comunes que nunca, que adoptan ciertas ambiciones sociales o sexuales: llámense Corín Tellado o Erica Jong. Y sin embargo, el arte tiene energía para renacer aun de sus detritus: Vargas Llosa parte del radioteatro como Nathanael West del correo sentimental, Lichtenstein de la historieta, Rauschenberg de los objetos deleznables, aunque Mario Praz pueda suponer que por tanto recurrir a las más bajas formas de deseo de belleza nuestra época, entre otros nombres por los que pasará a la historia, merecerá también el de Época del kitsch.
Jaque, 1985
QUIZÁS YA EXISTA un tratado sobre célebres de la historia que por fantasías maternas prefirieron el uso de las faldas a los pantalones. François-Timoléon de Choisy tiene peso para esa lista teórica. No es célebre, pero después de leer su Journal de voyage au Siam no es fácil olvidarlo.
Timoléon —él eligió este nombre, alto, sonoro y significativo, según fórmula cervantina— nació en 1644, hijo de un rico negociante cercano a Luis XIV que al morir dejó una fortuna. Su madre le contagió el gusto por vestir ropas de mujer y, lo que pudo ser más grave, por el juego, pero él salvó lo suficiente como para llegar a comprar un dominio y encargar a Mansart un castillo.
Es imposible deshacerse de una costumbre de infancia. «Mi madre […] me habituó a las ropas femeninas; las seguí usando en mi juventud». Con la misma naturalidad tituló una obra Mémoires de l’abbé de Choisy habillé en femme (Memorias del abate de Choisy vestido de mujer). D’Alembert todavía lo vio escribir a los setenta años su Historia general de la Iglesia en ropas femeninas, sin duda viejas y cómodas.
Su vida demostró que, si el hábito no hace al monje, las faldas no dificultan las aventuras: al parecer no faltaron al principio los líos galantes con jovencitas de su edad. Destinado al estado eclesiástico por su familia, trocó las faldas por ropas talares y al salvarse de una grave enfermedad nació en él la vocación que lo llevó al seminario de las misiones extranjeras.
Traduce, escribe, lleva la vida de un típico abate culto. El destino, que lo puso en Roma como conclavista (fue el primero en besar la sandalia del nuevo papa, Inocencio XI), lo integró a una delegación con la cual Luis XIV pretendió convertir al catolicismo a Phra Narai, rey de Siam, al que se sabía abierto a los europeos. Estamos en los tiempos de Colbert, que tan sagazmente propició la conquista de los nuevos mercados que hoy son el faro (móvil) de la humanidad.
En 1685, el buque de guerra Oiseau parte del puerto de Brest con Alexandre de Chaumont, embajador, al frente de una delegación impresionante: incluía a mandarines enviados por el rey de Siam, jesuitas, especialistas en budismo y siamés, matemáticos, físicos, canónicos, gentilhombres, Choisy como coadjutor y los ajuares de todos, incluyendo libros, regalos y provisiones para un viaje cuya duración exacta era imposible de determinar: se esperaba una estadía de tres meses y se calculaba en seis la ida, pero vientos contrarios, tempestades y calmas podían derrotar cualquier cálculo. No faltaban cañones y otras armas, ni siquiera, cosa extraña, un polizonte de la Champagne empeñado en llegar a Siam. Descubierto a tiempo, será devuelto a tierra en un bote. Choisy, que había incluido en su equipo a un pintor, arrepentido a último momento, lamentará que este careciera del espíritu de aventura. Los acompaña una fragata, la Maligne, para el transporte de equipaje, pero que, frágil, más de una vez creará preocupaciones.
Desde la partida del 3 de marzo hasta el 18 de junio de 1686, Choisy anota los incidentes del viaje (o la falta de ellos), según lo prometido a su amigo Louis de Courcillon, abate de Dangeau. Esa tarea matizará una larga y sin duda monótona travesía, aunque la coexistencia de tantos con un propósito común multiplicó charlas y ocupaciones, según muestra el diario.
La duración y la seguridad del viaje dependen del tiempo y los vientos, que aparecen en sus anotaciones, invadidas por grados, mesanas y roteiros, balanceos y cabeceos: el abate explica todas las operaciones de a bordo como si su vida hubiese sido siempre marítima. Sus ocupaciones impresionan:
Una hora de portugués [la lengua franca de los europeos en Asia], dos de siamés, una hora de Euclides, todo eso entremezclado con los Ensayos de Moral [y] un poco de música […] Los mandarines me escribieron esta mañana una carta regocijándose ante mis progresos en la lengua más bella del mundo […] Os abandono todas las lenguas de Europa. Dejadme una media docena de caracteres orientales.Observa el mar y el cielo, nombra estrellas y constelaciones. Registra un fenómeno extraño: un arcoíris a la luz de la Luna, un poco más pálido, el efecto impresionante de un rayo que cae en el mar, los fuegos de san Elmo (una nota aclara: san Erasmo), un eclipse de Luna que perturba mucho a los dos siameses que hasta ese momento no salían de sus camarotes: siendo para ellos la Luna muy importante, dejan de mirar y vuelven a sus escondrijos.
Atiende al paisaje humano, poniéndose, como dice con gracia, a «raisonner pantoufle», distendido. Ese modo de contar hace atractivo su relato durante un viaje poco accidentado. Añora con razón la verdura fresca: hasta tocar por primera vez tierra en el Cabo, el escorbuto acorta la lista de sanos, sobre todo entre los marineros. Los cirujanos tienen treinta enfermos, cortan encías hasta el paladar y las lavan con vinagre o aguardiente para evitar la gangrena. Llevan pollos, corderos y cerdos a los que alimentan con pan, que empieza a escasear.
Hay barcos misteriosos que parecen dispuestos al abordaje, sin gente a la vista, y barcos ingleses u holandeses, enemigos potenciales, bancos que se desplazan, cartas con datos errados. Un joven compañero muere después de una larga y rara enfermedad y, con todos los honores, es lanzado al mar.
Durante largos tramos costean. Con viento bueno, avanzan. Si no, anclan. Cientos de veces. Hacer tres leguas en un día es un real ejercicio de paciencia. Se pierden de la Maligne. Muere el fontanero, destinado a hacer cascadas en Siam.
Pero lo que parecía imposible se cumple. Llegan a destino en dos meses. Choisy, adelantado en el aprendizaje de la lengua, espera hacer un buen papel ante el rey de Siam y a enterarse de muchas particularidades del budismo que aquella delegación, bastante cándida, pretende sustituir por el cristianismo. Es sorprendente cómo Luis XIV logra manejar el asunto en dos niveles y dice mucho de su modernidad (en el peor sentido del término). Hasta el rey de Siam parece convencido y emocionado por el desinterés con que el rey francés aspira a hacerlo partícipe de las dichas que el conocimiento de su religión le deparará. Las actividades de la arrolladora Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, manejada por los holandeses, han llenado las costas asiáticas de factorías (hoy diríamos bases, más completas, porque son tanto comerciales como militares). Eso inquieta a otros gobiernos. Colbert había propiciado una similar, francesa. Ambas buscan recortar el avance de las misiones religiosas portuguesas.
Estos son los entretelones que Choisy no siempre agita. Quizás su antigua frivolidad, cuya fama no demasiado católica le preocupa, lo hará sucumbir ante las maravillas que le mostrará esa corte, abierta por la benevolencia de un rey afable que cubre de regalos suntuosos a aquellos principales viajeros, brinda comidas exquisitas después de semanas de angustias estomacales y no pierde ocasión de convencerlos de su amor por ese gran rey, que acaba de librar batallas triunfantes en Europa. Mientras otorga honores y promesas, ofrece terrenos para construir iglesias católicas y protección a los misioneros jesuitas (que han venido a competir con los dominicos ya establecidos), organiza fiestas espléndidas, paseos y partidas de caza, jamás admite que vean a su hija (al parecer bastante cruel y encerrada en su propia corte) y jamás llegará el momento de la prometida conversión, tras la cual también se afanan los musulmanes.
Pero la acogida es tan principesca… Choisy compra buen té pero le regalan el que usa el emperador de la China. La larga góndola de ciento cincuenta remeros donde el rey va en un pabellón cubierto y su extenso cortejo acuático lo pasman; asiste a una cacería de elefantes, que utiliza hembras para atraer al macho salvaje; pasea en uno, ya domesticado; no tiene empacho en ver pelear a tres elefantes contra un tigre, hasta que este, cansado, se hace el muerto; soporta las largas y complicadas cortesías de una sociedad distinta; se propone llevar de regalo los fuegos artificiales, que lo han fascinado tanto como la sabiduría teológica del lusitano-siamés Antonio Pinto, que un día será recibido por el papa. Pero entre tantas maravillas, el buen Choisy, en la medida en que empieza a ser ganado por Phra Narai, no olvida el tema de su conversión, sobre la cual este no deja de darle cada tanto alguna esperanza. Tampoco olvida, como él dice, su propia conciencia: recibirá en Siam sus órdenes, pudiendo regresar a Francia como subdiácono.
Todos estos entretenimientos, los interminables regalos que recibe, abochornado por no poder retribuir, los tejes y manejes político-religiosos, motivo de esta larga visita, son narrados por el abate con gracia, perspicacia y paciencia, mientras paso a paso estos avanzan, hasta el grado de lograr los misioneros un estatuto complejo por el que se facilita la propagación de la fe católica, que parece costar menos que ciertos privilegios comerciales a los que también aspiraba Luis XIV.
Las curiosidades de Choisy no siempre son desinteresadas: busca monedas de oro, descubre el tambaque, «compuesto de siete partes de oro y tres de un tipo de cobre que se halla en las montañas de Siam […], ocho veces más fino que el común […] que da al oro un brillo que no tiene por sí solo». (De ese material es el trono en que el rey recibe al embajador). Pero en verdad observa todo, investiga leyes, organización social y costumbres. Se diría que su amor creciente por el mundo que descubre llega a obnubilarlo.
Su descubrimiento de Siam no se limita a la paz de este país. También a sus vecinos y sus guerras, pero el entusiasmo le dicta frases asombrosas:
Los de Siam, Pegú y Laos hacen la guerra como los ángeles: es decir, empujan al enemigo fuera de su espacio, sin hacerle mal, sin embargo. Y si llevan armas es para dar miedo tirando a tierra o al aire o a lo sumo para defenderse en extrema necesidad. Pero esta no llega casi nunca, porque el enemigo hace lo mismo.Esta versión tan delicada de la guerra tiene un complemento más verosímil: por la noche un destacamento se apodera de hombres, mujeres y niños de un pueblo vecino, a los que luego el rey da tierras y búfalos para que las trabajen. Una acción que también podría ser descrita como una razzia para disponer de esclavos. Sin embargo, más allá de lo que parece trasmisión de algo que le ha sido contado, Choisy se refiere a lo que en ese momento ocurre: una guerra contra Camboya, socorrida por Cochinchina y corsarios chinos, donde se pelea en serio, con muchos muertos por ambas partes. Desde el punto de vista de sus intereses, que él no descuida, se ha hecho de un enemigo, Constantinos Phaulkon, monsieur Constance para los franceses, que tienen en él a un introductor, un traductor y un consejero y que aparece a cada momento en el diario, desde la llegada a Siam. Este habilísimo griego, todopoderoso favorito del rey, quiere convencer a Choisy para que recomiende la presencia de un cuerpo expedicionario francés en Siam, cosa a la que se opone. Registra apesadumbrado un enfriamiento en sus relaciones. Más tarde, por culpa de esto, fracasarán algunos proyectos que le interesaban personalmente.
En diciembre de 1685, la estadía concluye con un problema muy debatido e irresoluble. Entre los regalos —todos los muebles y objetos usados por ellos— había dos elefantitos que, como se sabe, ocupan mucho espacio y debieron quedarse en tierra.
Al regreso tendrán peor tiempo. Un mandarín que los acompaña, muere. Choisy, de cuarenta y dos años, se queja de males diversos. «Me estoy volviendo caduco». Abrevia el diario, registra menos novedades, pero a la vez escribe otros informes.
El final de la historia aquí esbozada será terrible: Phaulkon logra la llegada de tropas francesas y los siameses se molestan. Enfermo el rey, Phetracha, general de los elefantes, se apodera de él, lo deja morir, lo reemplaza, expulsa a los franceses y mata de horrenda manera al favorito. De la mujer de Phaulkon, bella mezcla de portuguesa y japonesa, se enamora el hijo de Phetracha, que lo sucederá en el trono. Ella, cristiana, no lo acepta y curiosamente no solo salva su vida sino que se queda en el país dedicada a la confección de dulces, cuyas recetas se hicieron célebres.
Saint-Simon, D’Alembert y Sainte-Beuve, entre muchos otros, celebraron la amenidad de este diario, debida sin duda a haber nacido como cartas familiares. Fue reeditado, traducido, pirateado y presentado como novedad en el género. Hoy un lector puede, además de apreciar las virtudes de Choisy como escritor, enterarse de muchas cosas de un mundo todavía distante y reflexionar sobre la constancia de ciertos intereses y el modo de imponerlos a través de los tiempos. Choisy puede quedar como el «alma buena de Siam» sin duda mejor que la de Sechuán.
La edición de Fayard (464 p.), prologada y anotada por Dirk van der Cruysse, implicó una investigación compleja. Contiene abundante material anexo y curiosas ilustraciones, que corresponden a otro viaje, dada la defección del terrestre pintor de Choisy. Este aparece como inventor del género diario de viaje marítimo, olvidando, por ejemplo, el Diario de Colón.
Letras Libres, 2012
Aidons l’hydre à vider son brouillard.1
MALLARMÉ, claro.
17 DE MARZO, día de San Patricio. Oigo unas bellísimas canciones irlandesas, acompañadas de arpa. Una, The Spanish Lady, incluye una cita musical, relacionada con el título. Como casi siempre que aparece esa imprecisa entidad, lo hispanoamericano, también aparece una equivocación. Se trata de un breve recuerdo, que no se repite, de La paloma, del mexicano Iradier.
Es raro que los errores no se sumen, como un impuesto al valor agregado, a las siempre sorprendentes menciones de un autor de lengua española o del nombre de un libro suyo o de una cita, incluso de aquellas, las más honrosas, que se disponen al comienzo de un libro o de una parte de él. Eugenio Montale abre sus Mottetti con una cita de Bécquer, idéntica en sucesivas ediciones: Sobre el bolcán la flor, que no será corregida hasta las obras en verso completas de 1980 (Einaudi). Quien no tuviera presente el breve poema español podía dudar entre el justo volcán y un balcón posible. El húsar en el tejado, de Jean Giono, terrible —y si cabe decirlo—, bella descripción del cólera, se abre con una cita de Calderón: «Si es Catalina de Acosta que anda buscando la sua estatua». Así en edición de 1995. En la primera estaba mucho más lejos del original.
* * *
Solemos atender a rasgos o gustos laterales. Ya no me sorprendo al descubrir que Palladio, mientras construye uno tras otros los palacios de la armónica Vicenza, tiene tiempo y ganas de escribir música. Ni ante la escritura como el Violon d’Ingres de Wim Wenders, al toparme con el largo texto con que presenta, en la exposición «Como si fuera la última vez» (1945), las fotos que ha ido tomando por el mundo. Todavía me precipito sobre una música para piano, esta vez de Nietzsche; no importa que luego me defraude. O sobre Quel bowlingsul Tevere, que Michelangelo Antonioni escribió en 1983. Sus páginas encierran temas dispares: reflexiones varias, posibles guiones, sobre todo aquellos que declaró de imposible realización no bien imaginados.
Leo en Borges la mención de una batalla campal entre musulmanes e hindúes; recuerda una pelea que sin duda no tenía motivos religiosos, dentro de una turba furibunda de romanos que se atacaban unos a otros sin ton ni son. Quizás porque he tenido la fortuna de que no me tocara un terremoto de adeveras, como dice el pueblo mexicano, ni inundaciones graves ni riesgos del mar, creo que las peores formas del desorden provienen del hombre. Los vendavales con ramas y objetos que vuelan, incluso la copa en espiral del tornado, ese humo gris que avanza girando sobre sí mismo desde el horizonte, parece más razonable que el torbellino del hombre desatado.
* * *
Citamos siempre «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí», de Monterroso, como el cuento más breve del mundo. Un poema de amor brevísimo y completo sería: «Quisiera ser convexo para tu mano cóncava», si Gerardo Diego no hubiera cometido el error de prolongar lo ya suficiente.
* * *
«Despedazados van los tribunales», decía Aldana en su eternidad no envejecida. Que se despedacen ellos no parece demasiado grave. Lo grave es que una sociedad se vea comprometida por conductas circenses de esos tribunales situados en sus más altos rangos, que ella acata y a los que capacita para que le impriman sus sellos.
No hace tanto una autoridad de Houston decía, refiriéndose al último juicio que estaba haciendo antesala en la apetencia de conmociones de la gente: «aquí no tendremos el circo que hubo en California». Aludía a la fiesta de horror constituida por un juicio por doble asesinato incluyendo uxoricidio en donde se enfrentaron blancos y negros y en el que, una vez más, se demostró que de la secular injusticia contra estos se ha pasado a cerrar los ojos protectoramente, para evitar la pronta acusación de racismo. Claro que en este caso se estaba ante un hombre de color, pero deportista famoso y millonario capaz de pagar todos los abogados que hiciera falta.
* * *
¡Caramba, que van a decir los verdes! El tahalí de don Quijote es de piel de lobos marinos (cap. XVIII).
* * *
Winckelmann exaltaba un arte que nunca fue a ver, el griego. Más de un siglo después y desde el Uruguay, Francisco Espínola, escritor excelente, en sus clases de Literatura Griega leía la Ilíada, midiéndola con metrónomo, en la traducción de Segalá y Estalella. Supongo que así como nadie llega por primera vez a París, nadie es totalmente ajeno a la ilusión de tener dentro su Grecia.
* * *
«—¿Por qué cita usted tan a menudo a ese señor? ¿Piensa como él? —Tan a menudo discrepa uno con tontos que disentir con alguien inteligente es un placer».
* * *
La inolvidable protagonista de Zazie dans le Métro manifiesta, al comienzo de la novela, una sorprendente vocación pedagógica, cuyo misterio se resuelve de inmediato: quiere ser maestra, pero para torturar a los niños. El tío pretende desilusionarla mediante una información técnica: asegurando que las maestras van a ser «reemplazadas por el cine, la T.V., la electrónica y trucos por el estilo». Queneau publicó su novela en 1959; la idea, buena para apaciguar a Zazie, parecía utópica. Hoy, aquí, comienzan a eliminarse los tutores de lenguas, que ceden su lugar ante las computadoras, sin que esté todavía probado que el nivel del aprendizaje, en marcado descenso, vaya a ser corregido por la enseñanza mecánica, sin duda libre de la posibilidad de la tortura proveniente de un maestro harto de torpezas o torpe.
* * *
Momentos en que la humanidad da prueba, a través de seres aislados, de su humanidad:
1) Nietzsche abraza al caballo martirizado por un cochero.2) Dino Campana censura los libros suyos que vende o regala en los cafés: a uno le quita un poema, a otros, varios. A veces solo entrega las tapas. Existe el derecho a criticar obras o a los autores detrás de las obras. Campana tenía el derecho de hacer la honesta crítica del posible lector, ya que llevaba todas las de perder.3) Puedo incluir aquí un poema de Emily Dickinson porque, como tantos suyos, es un momento de humanidad adensada: «Una pradera puede hacerse / con un trébol y una abeja, / un trébol y una abeja / y ensueño. / El ensueño basta / si son pocas las abejas».No me costaría encontrar ejemplos en Max Jacob.
* * *
El hombre es una criatura incompleta que ama a su contrario, según Platón. Alguien como Henry Miller, que basó su estilo en una exhibición de su realidad, que parecía carecer de carencias, dijo que daría su brazo derecho por haber escrito los libros de Lewis Carroll, por haber podido acercarse a lo que él hizo: le «gustaría escribir puros disparates». ¿Querrá esto decir, aunque no esté implícitamente declarado, que abjura de la estética que orientó su obra? ¿Pero se puede cambiar de estética sin cambiar de alma? Esta espontánea, honesta afirmación de Miller me lo hace más grande que todas sus novelas, porque registro en él el desamparo que lo ha movido no sé si a querer abandonar el alma con que las escribió, pero sí a lavarla en las fuentes de una infancia perpetua.
* * *
De muy joven oía con cierta periodicidad, en Montevideo y en la estación de radio oficial, que en aquellos buenos tiempos se limitaba discretamente a trasmitir la mejor música clásica que podía conseguirse, tres prodigiosos Conciertos espirituales de Schütz. Eran breves, aparecían al llegarles su turno en la programación, y no siempre, claro, podía escucharlos, y era lo único disponible de un autor del que no lograba saber mucho más. Supongo que ciertos datos biográficos estaban disponibles en historias de la música, pero eso era como suplir un bosque con virutas viejas. Hoy hay muchas obras suyas grabadas. Su Concierto de Navidad me instaló en la misma maravilla que aquellos conciertos, pero seguí obsesionada buscando estos hasta que aparecieron en tres discos compactos. Experimenté en carne —o en espíritu vivo— aquello de que la vida es una larga paciencia.
Llevaba cerca de cincuenta años esperando. Podía considerar esto una penitencia exagerada. Siendo pese a todo, optimista, agradezco que no se me enmoheciese el recuerdo, y que mi íntima dicha guardara la intensidad de aquella remota vez primera.
* * *
En la adolescencia algún libro de Jean Giono no me interesó demasiado. No dándose la ocasión de releer a un autor cuyo cuarto de hora parecía concluido, podría haber muerto con mi tontería a cuestas. Pero disfruté El húsar en el tejado, film de Rappeneau, y quise ver el texto original. Ahora, después de haber leído cerca de trescientas páginas, no tanto sobre ese carbonaro turinés, Angelo, que tanto tiene de Fabrice, el de la Cartuja, sino sobre el cólera, verdadero y espeluznante protagonista, el peculiarísimo estilo de Giono me va a ocupar todavía un tiempo: algunos detalles, los que parecen más científicamente coléricos, son pura invención. Cœurs, passions, caractères, concluye con esta frase imperial: «C’était la nuitpendant laquelle un Russe ne tournai qu’autour de la terre»,2 demostrando concisamente su menosprecio por lo que la técnica entraña: sus desequilibrios, el cambio de valores ancestrales, el olvido de la ética como centro de la vida. No digo que sus personajes sean modelos morales. Como Ennemonde, son fuerzas de la tierra, sin más. Los últimos de ese libro son dos jóvenes paisanos, Isabelle y Léon, casi dos niños. Actúan como ladrones de alto vuelo y despistan a la policía de Francia, que nunca los buscaría en una cabañita de Manosque. Pero matan a un embajador en tránsito y, sitiados por un ejército, se toman el tiempo de preparar su propia muerte. Es natural que a Giono le parezcan más humanos —como lo son todos los personajes anteriores de este desfile de casi monstruos campesinos— que los cosmonautas que lo ignoran todo de la Tierra: geografía, historia, cultura y por eso son capaces de interesarse en un mundo nuevo: la Luna, o lo que se les proponga, con la seguridad de que será a su medida: algo sin pasado, sin un cúmulo de conocimientos que los trabe y perturbe su seguridad de ser la sal de la tierra, eso que su self esteem reclama.
* * *
Quizás alguien lleve la lista de cuántos personajes literarios han habitado en los árboles. No digo refugiarse provisoriamente en ellos sino vivir, como el Cósimo de Calvino, gustáranle o no los caracoles. En Ennemonde, Giono, como quien pinta un pajarito disparatado en el fondo oscuro de un retrato, habla de uno, muy al pasar, haciéndonos creer que lo preocupan unas hayas altas. Que no lo eran tanto ya que el famoso Numa Pellisson había vivido en ellas. Creo recordar una precursora en W. H. Hudson…
* * *
Pessoa asegura haber sentido a distancia la muerte (por estricnina), en París, de Sá-Carneiro. Michaux abandona el barco en que viaja porque un grupo de marinos de los que se ha hecho amigo, se ha declarado enfermo, quejándose de la horrible comida. Unos días después el barco se hunde cerca de Nueva York. Le oí contar a Vlady, entre historias de campos de concentración y persecuciones, en algún momento siniestro de la historia soviética, la de un tío suyo que, habiendo perdido la pista de su madre desde hace años, mira, desde la cama de un hospital, a una anciana que fregotea el piso. Al levantar ella la cabeza reconoce a su madre. Las circunstancias los vuelven a separar. Pasa, muchos años después, por un pueblo donde velan a un muerto. Es su madre. ¿Solo coincidencias? Décadas atrás unos novios amigos míos vivieron horas de angustia, porque sentían peligrar su futuro como pareja: él había perdido el anillo de compromiso en la playa al atardecer y ambos sentían que un augurio catastrófico emanaba de ese accidente. A la mañana siguiente no bien salió el sol fueron a la playa. Quien haya perdido algo pequeño en la arena sabe la absurda pretensión que implica ya, en primer lugar, el determinar horas después el lugar preciso. Sin embargo, mi amiga, que se había descalzado, con la mayor naturalidad del mundo, ensartó el anillo con uno de los dedos del pie y se lo alcanzó al novio, ahora confirmado nuevamente por el destino. Cuando lo improbable ocurre, la lógica se siente profanada. ¿Será que en un universo fractal es más fácil comunicar a la distancia, recuperar lo perdido, en los límites del tiempo? Aunque la lógica todavía lo rechace fuera de su mundo, la ciencia, obligada a inquirir, empieza a atender a las coincidencias, intuiciones, improbabilidades que aguardan a los bien dispuestos.
* * *
Cuenta Paul Bowles que llevaron ciervos a Melilla desde España, para fomentar ese particular turismo que huiría de la guerra pero encuentra sus delicias en la caza. Los ciervos, mezclados con especies nativas, con el tiempo atacaron al hombre. En Austin, se los ve en las zonas residenciales de las colinas en busca de algo verde más apetecible que la hirsuta vegetación natural. No comen de la mano, pero están relativamente habituados a la gente. Aunque mucha de esta prefiere la integridad de sus bien pensados jardines, no se los persigue. Como aquí lo imprevisible adquiere rasgos de paroxismo, como lo anormal se subraya, se analiza, puede convertirse en la base de un inmediato decreto o aprovecharse para fertilizar los magros títulos de una brevísima tradición, el hecho de que un ciervo atacara a un hombre, lo pisoteara y destrozara su cuerpo adquirió tal entidad que por varias semanas todos hablamos de ello. Como la universidad cada tanto tira cañonazos sin pólvora contra los cautos, inteligentes y numerosísimos grajos para derivarlos hacia las colinas, solo porque han convertido los sagrados estacionamientos en gallineros, temí que un ciervo belicoso o enloquecido aparejara la persecución de su raza. Pero el tema se extinguió poco a poco. Nadie recordó la historia de los vengativos ciervos neoafricanos. Pero estoy segura de que ya la naturaleza ha encomendado la continuación de la venganza a alguna otra especie. No hace mucho, tiramos un trozo de carne asada a un pobre perro de nuestra calle montevideana; para nuestro asombro, unas palomas, que suelen estar bien nutridas de pan inocente, se le anticiparon, ostentosamente carnívoras.
* * *
Luis XIV pide a los arquitectos que construyen los jardines de Versalles que pongan un poco de infancia. Bendito sea, porque se le ocurrió algo que suelen olvidar los urbanistas de hoy. Y no pienso en monótonos, no siempre estéticos juegos para niños, sino en fantasía, en algo de magia y misterio. Eso que pudo faltarles a los jardines ingleses, tenidos por expresión del deseo de aventura de quienes gastaban tiempo, dinero e ilusiones en crearlos. Un día alguien le agregó a uno un laberinto y ese jardín, así enriquecido, se hizo célebre, jardinero hubo que hizo fortunas, completando con modelos seriados de laberintos los jardines de palacios o castillos venidos a menos, para atraer a los visitantes.
* * *
Registra Tardieu, el tierno Jean Tardieu, una réplica ubuesca de Pierre y Jacques Prévert, en una fantasía que escriben para el programa radial Club d’Essai. En ella un padre —capitán— le niega la mano de su hija al enamorado diciéndole: «Pero, veamos, todo los separa: ¡la fortuna, el sexo!».
* * *
