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Acaba lo que empiezas o lo que empiezas acabará contigo. Un mecanismo casi tan antiguo como la creación de la tierra se ha puesto en marcha y, con él, muertes y amor, lealtad y traiciones se dan en el frenético transcurrir de una historia sin precedentes. ¿Puede manejarse el devenir de la supervivencia por el antojo de una sola persona? Juande, un tipo corriente, descubre una estancia subterránea en mitad del campo. Plagada de manuscritos antiguos y secretos peligrosos, su principal misión es ser una trampa, su verdadera naturaleza es ser una tumba. La ley de elegido es un lienzo inagotable de sensaciones y vivencias, un laberinto con dos historias paralelas que, irremediablemente, convergirán en un ambiente de violencia y muerte. Amigos, enemigos, sociedades secretas, documentos indescifrables y un sinfín de aventuras hasta conocer la verdad. ¿Crees que la catedral de Jaén es majestuosa? ¿Crees que el castillo de Santa Catalina es bonito? ¿Crees que sabes algo sobre el Santuario de la Virgen de la Cabeza? Cuando conozcas los misterios que encierran no volverás a mirarlos con los mismos ojos.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Juan Diego Segovia Sierra
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17779-47-4
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Dedicado a mis padres, Diego y Carmen. A mis hermanas,
Toñi y Mari. A mis sobrinos, Toñi, Inma,
Francisco Manuel, Carmen y la pequeña Blanca.
Porque nunca nadie tuvo tanta suerte en el caprichoso juego de azar que es la familia.
Dedicado a Sara, mi esposa.
Porque nunca nadie tuvo tanta suerte en el
caprichoso juego de azar que es el amor.
Dedicado a Sara, mi hija, la niña de mis ojos, la sal de mis días y el azúcar de mis noches. Dedicado a ella, a lo mejor que he hecho en mi existencia. Dedicado a ella,
a la que me quita el sueño y me da la vida, a la sonrisa más pura y hermosa que jamás he contemplado.
No hay padre más feliz que yo.
Este libro es el primer tomo de los tres volúmenes que componen La ley del elegido, una novela que, a su vez, es la primera obra de la saga El Reinicio Voluntario.
El sistema de publicación, así como de lectura, será correlativo, por lo que será imprescindible comenzar por este volumen para comprender la historia en su totalidad.
Huelga decir que los escenarios y los personajes descritos son de invención propia, si bien hay personas que han inspirado los nombres o las singularidades de algún protagonista y, aun respetando su estructura auténtica, algunos edificios emblemáticos han sufrido minúsculas modificaciones para el desarrollo del texto.
El reinicio voluntario es el principio y el fin de esta saga es la razón de ser de su creación. Así como del tronco de un árbol nacen las ramas y a partir de ellas brotan las hojas, cada situación relacionada con este proceso y sus consecuencias surgen a partir de esta eventualidad primitiva.
Hay que escribir lo que de verdad se siente. Escribir no es solo un negocio, ni siquiera es un oficio, sino que es una forma de estar en el mundo, la literatura nos salva, nos hace libres. La literatura es para soñadores, nos genera visiones del mundo que quizá no hubiéramos adquirido de otra forma, por tanto uno deja parte de sí mismo en un libro y no puede descuidar eso. Como te desvíes un poco, corres el peligro de no reconocer ni tu propia obra porque no la estás mandando tú ni tu corazón, sino otros estímulos.
Iker Jiménez.
Aunque escribas un libro sobre la época medieval, lo que hace a un libro único es la voz del narrador y esa voz proviene de todo lo que eres: infancia feliz y desgraciada, lo que tuviste, lo que te faltó, lo que deseaste…
Esto es lo que hace a un libro único.
Milena Busquets.
No importa cuánto tiempo necesites, termínalo.
Vas a aprender mucho más de un fallo glorioso que de algo que nunca has terminado.
Neil Gaiman.
Adoro hablar callado, por eso escribo. Adoro viajar sentado, por eso escribo. Adoro conocerme mejor, por eso escribo. Adoro el sonido de la lluvia, por eso escribo. Adoro la compañía de mi soledad, por eso escribo.
En estas páginas hallarás la torpeza del principiante, el miedo del segundón, una traición a la literatura e incluso el desengaño por las expectativas preconcebidas; pero si lees más allá de cada frase con voluntad y afecto, me encontrarás a mí.
Juan Diego Segovia.
Prólogo
Año 1789, periferia del ámbito territorial de Arjona (Jaén), en un terreno neutral.
Aquella emblemática construcción fue testigo de un acontecimiento premonitorio, siendo el proemio centenario de una imposición del destino.
Un guiño en el transcurrir de la vida equivale al paso apresurado de varias generaciones y el hombre, obcecado en su egoísmo, no ha sabido leer más allá de su propia fecha de caducidad. ¿Qué es un día para una polilla? ¿Y para una persona? ¿Y para el universo?
Lo que creyeron inalcanzable les estaba rozando la piel y lo que imaginaron imposible se estaba cumpliendo ante sus ojos, pero no pudieron, ni supieron, ni quisieron verlo.
Cientos de particularidades se unieron en un todo para presenciar un hito de sangre y rencor fácilmente confundible con venganza, un «hasta nunca» pero irremediablemente nos veremos pronto: un punto y seguido maquillado de punto y aparte.
Una farsa en su naturaleza más errónea pues el tiempo, caprichoso y a igual proporción justo, así lo quiso.
El estruendo de dos espadas al golpearse con dureza no estaba a la altura del entrechocar de aquellas dos miradas, antes unidas y orientadas en una misma dirección. Posiblemente sea cierto, o al menos en este caso, que no hay enemigos más dispuestos al odio, la rabia y al desprecio que aquellos que, compartiendo una idea común, separaron sus caminos de forma violenta, convirtiendo la cordialidad y el compañerismo en algo tan desagradable como antagonista de lo anterior.
Dos puntas de sendos iceberg frente a frente, palabra de rey para uno y a la par para el otro. Ni tan siquiera el más inocente canto de algún ave quiso ser testigo de aquel encuentro y sí cómplice de la mudez del viento, de la quietud del sonido; insólito ambiente en medio del campo.
—Tú dirás… —La voz de Sebastián Velasco no sonó desafiante, más bien a camino entre desconfiada e impaciente. Era evidente que de los cuatro allí presentes, él y su acompañante se sentían menos cómodos que los otros dos. Obvio, teniendo en cuenta ante quién se encontraban.
La presencia del individuo que cuidaba la espalda de su interlocutor era tan protocolaria e innecesaria que, aguardando a que el otro contestara a su «tú dirás», Velasco sentía cierta vergüenza. Ellos eran dos hormigas ante un gigante custodiado por otra hormiga.
—Antes de nada, gracias por venir —dijo cortésmente el gigante de aspecto sonriente y seguro. Su estatura era normal, pero hasta el arrullo de un arroyo enmudecía ante el eco de su voz—. Dada la situación en que nos encontramos, no tomaré como una ofensa el que hayan caído algunos de los míos para entregaros mi propuesta de vernos; era consciente de las dificultades que entrañaba concertar esta reunión.
—Los dos bandos han sufrido bajas —dijo Velasco.
—Estoy de acuerdo —coincidió el gigante— y una vez dicho esto, que no vuelva a pasar.
Sus amenazas, a diferencia de las del resto de mortales, no necesitaban llevar explícito el qué ocurriría tras incumplir una orden suya.
—Besas y arañas, muy propio de ti —le dijo Sebastián Velasco que, si no quería que aquella reunión terminara dejándolo en ridículo, no podía dejarse avasallar aunque su vida le fuera en ello—. Cuidado con lo que hablas porque ya no eres nada.
—He aquí una singularidad del orgullo más rancio y añejo: antes perder la cabeza que tener que agacharla —le dijo a modo de advertencia—. Velasco, pregúntale a los tuyos qué soy o, mejor, pregúntatelo a ti mismo si es que aún no lo has hecho y sé sincero en tu respuesta. Por mucho que nos disguste la percepción de alguien, no es posible cambiarla a nuestro antojo. Aunque yo dijera que no soy nada, seguiría siéndolo, aunque seas tú quien lo dice, piensas lo contrario. Yo soy yo y para quien me conoce en esencia, seré lo que soy. —Terminó su explicación con una nueva sonrisa tan franca, que solo podía ser verdadera.
Se conocían tan bien como pueden hacerlo dos amigos, dos confidentes, dos apoyos el uno del otro en distintos momentos y situación. Las debilidades y fortalezas de ambos no eran ningún secreto para aquellos que habían acudido en representación de lo opuesto que defendían.
—Me dijeron que sí y yo contesté que no, que no creía que fuera cierto —añadió Velasco—, ahora compruebo que una vez más estaba equivocado. —Terminó asintiendo mientras esperaba la siguiente pregunta que, inevitablemente, aquel gigante en fortaleza le haría.
—¿A qué te refieres? —Contrajo las facciones y todo rastro de afabilidad desapareció, sus ojos se encogieron revelando su férreo temperamento.
—Te has vuelto más arrogante cuando pensaba que tal cantidad de vanagloria ya no podía caber en un solo cuerpo. No eres nadie ni para hablarme así ni para intentar negociar conmigo, mucho menos para escupir condiciones indirectamente como casi todo lo que haces, pero sé leerte entre líneas, que no se te olvide, te conozco.
Y ahí se encontraba Sebastián Velasco, en el mismo punto donde antes de empezar no quería verse. Ya no podía dar un paso atrás, debía mostrar seguridad y hablarle de tú a tú. Jamás existió alguien tan fuerte como el hombre con quien departía, pero tampoco nadie tuvo el don de palabra y negociación que él poseía. Elocuencia para mantener a raya la fuerza, fe para contrarrestar la soberbia.
—Pero mírate, Sebastián, aquí estás. —Volvió a sonreír—. Predicando una cosa y arrastrándote al engaño, hablándome de valentía mientras te tiemblan las manos. Deberías verte, viejo amigo —le dijo cariñosamente—, resultas patético. Mejor será que nos dejemos de juegos, de tanteos, y vayamos a lo importante, ¿de acuerdo? —le preguntó y sin esperar una respuesta continuó hablando—. La conveniencia del pacto es recíproca, condenados a entendernos, y doy por supuesto que entre los dos no será difícil. Mi viejo amigo Sebastián… —Hizo coincidir la dirección de sus miradas—, a pesar de nuestras irreconciliables diferencias, conservo gran estima hacia ti, de lo contrario…
—Yo, por el contrario —le interrumpió Velasco—, a estas alturas espero todo de tu corrupta persona. La innoble traición que acometiste contra nosotros sí caló en mi espíritu por lo inesperado de tu proceder y en estos momentos la confianza que poseo en ti se tambalea de tal forma que si me das una excusa, por pequeña que sea, por insignificante que sea, me marcharé sin llegar a ningún acuerdo.
—De nuevo, tus ojos y tu boca se contradicen. —Le obsequió con una mueca cargada de burla, y de superioridad—. Al menos ahora no te tiemblan las manos.
—Si crees que te tengo miedo, estás muy equivocado.
—No estamos aquí para demostrar quién posee más hombría, pues esa cuestión es de sobra sabida por los dos. Contéstame a esta sencilla pregunta: ¿estáis dispuestos a vivir? Antes de que tú respondas, lo haré yo como acto de buena fe.
—Adelante —lo invitó Velasco.
—Sí, nosotros estamos dispuestos a vivir y a detener este derramamiento, por eso te he convocado. La lucha carece de sentido, se fundamenta en represalias antiguas que no cesarán hasta que se depongan las armas, se establezcan castigos ejemplarizantes para la persona que incumpla y los líderes actuemos en consecuencia —le habló con pasión, empleando el carisma que vestía en sus arengas—. Dándole autoridad a la sensatez que confiere la cordura, mi pregunta llevaría consigo dos respuestas afirmativas. La mía ya la tienes, confío en que tú también lo veas así.
Con un movimiento de su mano, le cedió el turno para que se expresara.
—Pensamos en igual fin, mas discreparemos en los medios —le dijo convencido—. Ahí residirá nuestro desencuentro, las desavenencias son de tal magnitud que se me figuran insalvables. Una alianza implica inmensidad de…
—Bla, bla, bla —lo interrumpió—. Me he cansado de tu palabrería, contesta sí o no y como hombres cerremos este acuerdo de una vez. Es hora de afrontar los errores cometidos y poner fin a este despropósito. Nos tocará ceder y tragarnos las tripas a ambos, sonreír a uno en detrimento del otro. Cuanto antes se termine, mejor. Hazme caso, Velasco: prolongar esta conversación es multiplicar las probabilidades de que se produzca un desafortunado malentendido que derive en incidente.
—He aquí, ante mí, al gran «Alma límpida», el amante de la muerte, el que no puede morir. —Velasco teatralizó una irónica reverencia—. Como siempre, pronunciando la última palabra y poniendo así los puntos sobre las íes. Sí, señor, el más grande entre los grandes, sin ser alto en exceso; el más viejo entre los viejos, con la apariencia de un joven. —Aplaudió con falsedad indisimulada—. ¿Doscientos o trescientos años? ¿Cuántos son, Alma Límpida?
—No vuelvas a llamarme así, no vuelvas a pronunciar ese nombre en mi presencia ni en la de alguien que después pueda hacérmelo saber. Te lo advierto por tu bien. —Apretó los puños y los nudillos se tornaron blancos, prestos para asestar mucho dolor.
Lanzó el ultimátum con tal vehemencia que se estremeció la solidez de los cimientos. Resquebrajó las cuatro paredes y cada ladrillo. Entristeció la cal blanca e impoluta que acrecentaba la claridad que, tímidamente, se colaba por el laborioso entrecalado de las cortinas que adornaban tres grandes ventanales. Incluso la talla en madera del mobiliario barroco perdió su floritura. Y hasta las motas de polvo salpicadas al tras luz dejaron de danzar al compás de la brisa.
—Siento decirte que, por mi parte, ese será tu nombre —le aseveró Velasco—, por el que yo te conocí, por el que te he llamado en innumerables ocasiones, el que vestiste con orgullo, el que te es motivo de deshonra. ¿O es que ya no lo recuerdas? Aunque lo desmerezcas porque dejaste de ser digno de él, seguiré llamándote así cada vez que nos encontremos.
—Cuidado porque ese podría ser tu último encuentro.
Hablaba tan en serio que, involuntariamente, el que acompañaba a Sebastián Velasco dio un paso hacia atrás casi imperceptible, pero todos lo vieron. El ambiente se oscureció aún más.
Sebastián Velasco había tensado la cuerda hasta extremos que ni él se había atrevido a sospechar. Era su fórmula para conocer cuánto era capaz de tragarse Alma Límpida por sacar adelante la propuesta que guardaba y cuál era el valor real de aquella reunión. Para regocijo y sosiego particular, comprobó que, bravatas aparte, nunca tendría otra oportunidad con tanto margen para discutir, sin temer por su vida.
—¿Qué ha sido de los buenos modales? —le preguntó a Alma Límpida para apaciguar los ánimos—. A ver, qué propones.
Velasco sentía la boca seca. A pesar de su posición favorable, el pánico amenazaba con paralizarlo. Si se rehízo fue por la experiencia de cientos de negociaciones a sus espaldas. Se obligó a seguir en la nueva línea que había trazado.
—Una tregua definitiva —dijo Alma Límpida—, sin ninguna intervención a nuestro proceder: ni por vuestra parte para acelerar el proceso ni por la nuestra para impedirlo. Que la próxima vez que suceda, si se diera, el reinicio voluntario sea tan fortuito como para que comience con el cumplimiento de la sincronía del hexagrama.
—Querrás decir la ley del elegido —le corrigió con valentía.
—¿Qué más da llamarlo perro o chucho? Para ti es la ley y para mí, la sincronía.
—Prefiero llamarlo por su nombre original, con su interpretación original.
—Una persona ajena a todo el conocimiento activará el mecanismo por ella misma —enunció Alma Límpida.
—A eso me refería.
—Pues eso es lo que te pido, sin peros, sin excepciones, sin matizaciones que puedan ser interpretadas a conveniencia de uno u otro bando. La primera ley pura del reinicio, la que conoces tan bien como yo.
—Hablamos, pues, del ofrecimiento de una verdadera tregua definitiva, infinita —sopesó Velasco—. Al fin y al cabo es lo que siempre habéis anhelado que jamás vuelva a suceder. Pero ¿sabes qué? Esa proposición es más de nuestro agrado de lo que tú y los tuyos imagináis, ¡qué equivocados deambuláis creyendo que vivimos en la ceguera del deseo de su llegada! Parece mentira que, siendo lo que fuiste, sigas sin comprender. Creyendo que ganas, esto satisface a mi corazón más de lo que tu ser puede atisbar; así es como debe ser y así será.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo? —le preguntó con una pizca de desconfianza.
El silencio comenzó la canción de pensamientos que se suceden, el baile de miradas de dos ideologías distintas abocadas a morir en una misma orilla; palabras sin pronunciar chirriantes en su estruendo. Una lucha de almas se estaba llevando a cabo.
Hablando de la probable tregua y atribuyéndole el carácter de infinita, se habían servido erróneamente de un adjetivo demasiado rotundo, pues cuando se conjetura sobre lo que no se puede regir, el tiempo es el único valedor de los hechos supuestos, del presente que vendrá.
—Sí, estoy de acuerdo. Sellemos el pacto con sangre.
Velasco lo miró ansioso y ciertamente provocador. Con sangre era una forma de hacerlo con mucho poder y connotaciones rituales, pero en contra, sabía lo que pensaba el otro. Si Alma Límpida accedía a exponer su sangre y el secreto de longevidad que en ella se ocultaba, le habría merecido mucho la pena aquella reunión, se cumpliera o no el pacto que acababan de cerrar.
—Mi palabra sigue contando con la validez de siempre, tanto circo con cortes de por medio suena desmesuradamente extravagante. Los hombres se estrechan la mano y con eso a los que nos consideramos como tal nos basta para sellar un compromiso sea cual sea su importancia. —Le sostuvo la mirada inmutable, con la mandíbula apretada.
—Exijo pureza, exijo sangre, Alma límpida… —le retó.
—Si la exiges, será tuya.
Con un deslizamiento plástico y certero de su mano derecha, una hoja oculta hasta entonces describió un arco desde su falso bolsillo hasta el cuello de Velasco, haciendo inútil el torpe intento de este por esquivar su propia fatalidad.
—¿Pedías sangre? ¡Pues aquí la tienes! —bramó enfurecido—. Te advertí que no volvieras a llamarme así. ¡Tú! —llamó al que acompañaba a Velasco—. Toma este documento con mi firma y con su sangre, es como él lo ha querido. Llévaselo a los tuyos y cuéntales lo que ha sucedido, un pacto para una tregua definitiva, que así sea.
Mientras tanto en el suelo, entre espasmos y ayudándose de las manos para contener los últimos suspiros de vida, Velasco le suplicó una voluntad. Una muerte de honor a ojos de los suyos que lo acercara al abrigo de la corriente que circula sin cesar.
—¿Qué? No te entiendo… —se burló Alma límpida—. Ah, ya veo, deseas que te coja de la mano y te lleve bajo su lecho. Lo adecuado sería que te recitara tu acompañante, ¿no? —Señaló al otro que había contemplado impasible la cuchillada sabedor de que un movimiento sospechoso le costaría la misma suerte—. Comprendo, prefieres que lo haga yo y lo haré. Por la hermandad que antaño nos unió y que ahora nos separa.
«Cada elemento, una muerte,
cada muerte, un elemento.
Las herramientas precisas:
aire, tierra, agua o fuego.
Arderás y a la Madre
será entregado tu cuerpo.
Cuando mato por fuego,
se engrandece mi credo».
—¡Quemadlo de inmediato! ¡Antes que muera! —gritó a los dos que quedaron en la habitación—. ¡Tú, contén la hemorragia! ¡Tú, préndele fuego! —le ordenó al que lo acompañaba a él—. ¡Ya! ¡Que arda hasta el tuétano! ¡Hasta convertirse en cenizas!
Y ambos obedecieron.
Primera parteLa estancia y el fuego
Capítulo 1
En la actualidad.
Como un niño con zapatos nuevos. Así se decía antes, un tiempo en el que estrenar zapatos podía ser un hecho insólito de los que marcaban la infancia. Lo corriente para aquellos imberbes en blanco y negro, que hoy rondan las setenta primaveras con sus inseparables inviernos, era ir heredando del hermano mayor lo que este a su vez había recibido del padre; una cadena inagotable de reutilización, digna de ser rescatada y llevada a la práctica en cualquier industria familiar. Entonces sí se valoraban las cosas porque cosas como tal había muy pocas.
Ahora más bien, extrapolando el ejemplo y empleando la odiosa comparativa, habría que decir «como un niño con móvil nuevo» y eso que hasta el más pintado estrena uno cada poco menos de un año.
Se antoja ridículo que en pleno siglo xxi y a edades tan tempranas sea lo máximo a lo que se aspira en la juventud.
Sea como fuere, el caso es que así se sentía: nervioso, feliz, encantado, lleno de vitalidad. Con una sensación parecida a la del día de la primera comunión cuando vuelves la vista y descubres dos mesas llenas de regalos solo para ti.
Las nueve horas de trabajo consumadas más que cansarlo habían alimentado minuto a minuto y segundo a segundo la impaciencia propia de quien sabe que al llegar a casa le espera una gratísima sorpresa. Y es que las sorpresas no se basan meramente en el desconocimiento del qué será, puede llegar a ser tan o más ilusionante el tocar por primera vez, el sopesar en tus propias manos lo que conoces de vista por las fotos de la web donde lo compraste y por saberte el manual de instrucciones mejor que quien lo redactó.
La respuesta es sí, la edad te cambia.
—¡Me voy! ¡Deséame suerte! —le dijo Juande a Carmen, su mujer.
—¿Casi no has llegado y ya te quieres marchar? —le preguntó con esa voz melosa que aderezaba con un toque de decepción.
Aunque de broma, a Carmen le gustaba hablarle así para que su marido se sintiera mal y, a pesar de los años, él seguía cayendo en sus pequeñas provocaciones.
—Pues nada, me quedo —le contestó resoplando—. Esperaré al fin de semana, si total, hoy es martes y cuatro días más que menos... —Se frotó la cara con las manos. Enérgico y cansado, su estado pugnaba por equipararse a una montaña rusa—. Llevo esperando el paquete dos semanas, súmale otra en elegir la marca, otra para el modelo y el año y pico para juntar la barbaridad que cuesta.
—Visto así —empezó Carmen—, cuatro días me parece hasta poco.
—Claro, si eso la dejo en la cochera criando polvo y me espero al mes que viene para estrenarla.
—Hazlo por mí, no te vayas. —Se le acercó a esa distancia donde el espacio empieza a ser invadido, donde el calor del aliento empieza a sospecharse—. Dejaré que duermas con tu maquinita nueva si es lo que quieres; la pones así entre los dos y con suerte soñarás que encuentras muchas cosas.
Dio unos pasos hacia atrás y le guiñó el ojo sonriendo. Le permitiría irse, pero jugaría todo el rato posible a su juego; era el precio a pagar por abandonarla tan pronto.
—Voy al baño, un día duro requiere de una ducha tranquila. —Pretendiéndolo o no, su tono sonó algo distante.
Juande emprendió el camino que llevaba del salón al pasillo y que, inevitablemente, se cruzaba con el de su mujer. Apostada a escasos centímetros del umbral de la puerta, lo observaba en calma como un gran depredador lo haría con su minúscula presa. En la cara de él se intuía un rayo de luz, un atisbo de esperanza, así que ella se hizo a un lado y lo dejó pasar, derrumbando cualquier posibilidad de lo que su marido tuviera en mente.
Carmen escuchó la puerta del baño al cerrarse. Aguardó alrededor de un minuto a que su voz interior más infantil y traviesa le dijera que había llegado el momento apropiado para dejar de ser mala, puesto que él se habría dado por vencido.
Se acercó, giró el pomo con cuidado, empujó la madera suavemente y entró de puntillas. Él la estaba esperando con los brazos abiertos. Como dos piezas creadas para estar unidas, se encajaron en un abrazo de los que no detienen el tiempo porque ante tal derroche de cariño, el movimiento del segundero y su intención pasan a un quinto plano. Él la besó, la olió, la apretó contra su pecho.
Ambos podían presumir de conocerse y amarse, de no haber perdido la chispa a pesar de los cientos de miles de kilómetros que habían compartido en su viaje común. Junto con el respeto y la confianza, aquellos habían sido los pilares fundamentales sobre los que de forma natural se había asentado su matrimonio.
—¿Te duchas conmigo? —Juande compuso su rostro más angelical.
—¿Me estás diciendo que huelo mal? —le preguntó Carmen desafiante—. Sabes que no, tardaríamos mucho y te tienes que ir. Si cuando vuelvas sigo despierta, entonces.
—Tengo una media hora hasta que el sol empiece a dejarnos y pueda salir.
—Media hora es lo que requiere una ducha tranquila —le dijo parafraseándolo—. ¿Vas a algún sitio concreto o al primero que se te ocurra?
—A uno especial —le aseguró—, el otro día al pasar por allí tuve ese escalofrío que casi siempre se equivoca, casi siempre, y decidí que en cuanto la tuviera en mis manos sería el primer lugar al que iría.
—Ten cuidado, ¿vale? Un poco más que de costumbre que hoy, con tanta euforia serás más descuidado. La gente sabe que buscas y a veces encuentras, que andorreas los campos ajenos y eso disgusta a los propietarios. Si llaman al guarda, malo, si es a la guardia civil, peor. Cualquier día es bueno para que nos cueste un problema y la niña estudiando fuera ya se encarga de que en esta casa se ahorre lo justo para los gastos extras que van surgiendo.
—No te preocupes, llevo a mi escolta personal tanto por si pasa algo, como para que me alerte de posibles visitas inoportunas. Además, los pajarillos también se alían conmigo y me avisan cuando hay algún fisgón cerca. —Silbó la señal de alarma que él prometía compartir con las pequeñas aves—. ¡Já! —Su risa sonó tan sincera que ella se dejó contagiar.
Por cosas así nunca dudó que fue, es y sería el hombre de su vida.
Era la hora perfecta, con los últimos destellos de un portentoso sol venido a menos. Pensó en aquella incansable maraña de energía que al igual que un trabajador empezaba la mañana tímidamente hasta desperezarse, luciendo después durante muchas horas su mayor alegría y fortaleza hasta que, en simultaneidad con el ocaso, menguaba su ánimo para desembocar en el descanso merecido de quien trabaja y vive para los demás, para los suyos.
No había terminado aún con la nueva cuestión que ocupaba su cabeza cuando se descubrió aparcado y preparando las cosas. Algún día le costaría un disgusto esa costumbre suya de conducir con el piloto automático activado, como le decía su mujer: «Tú es que no te ves, pero agarras el volante, miras al frente y tu cuerpo permanece aquí conduciendo, pero tu mente está muy lejos». Más de un susto se había llevado por divagar en cuestiones estériles que le hicieran llevadero el camino cuando su concentración debiera haber estado al completo en la carretera.
Juande le abrió la puerta y Manoli salió disparada, aterrizando entre terrones de tierra y girando sobre sí misma como un huracán. Cada vez que miraba a esa perra, pensaba que no podía haber en este mundo criatura tan dispar.
Ninguna parte correspondía claramente a una raza en sí, tan solo podías mirarla y decir que tenía la cabeza inusualmente pequeña para un cuerpo que alzaba cuarta y media del suelo; un rabo divertido y simpático que no dejaba quieto ni un segundo; su color era de una tonalidad extraviada entre el rojo y el marrón, ya que según le diera el sol era fuego vivo o tierra mojada. Su pelaje revuelto, que ni un buen lavado conseguía domar, se autoproclamaba como el lugar predilecto de cuantas garrapatas habitaban Andalucía.
Otra de sus características preponderantes era aquella barriga exclusiva de la hembra que siempre cumple su cita con el celo, mostrando una piel muy dada de sí y con caída hacia el centro en forma de arco suave. La lucía orgullosa junto con los seis promontorios que, terminados en minúsculos pezones, habían sacado adelante varias camadas y algún gatito huérfano.
Una auténtica fémina, fuerte, valiente, luchadora. Una sonrisa de satisfacción le iluminó el semblante al recordar que desde que ella era su amiga, ningún ratón había osado plantearse siquiera el dar una vuelta por su granero. Era rápida y fiera, el terror de los roedores.
Al fin sacó su preciosa, nueva y carísima «por este orden» máquina de buscar metales. Por sus manos habían pasado algunas de diferentes fabricantes, pero a priori en calidad ninguna de las anteriores debía acercarse ni de lejos a la que sostenía maravillado.
Mientras que la oferta de pasatiempos para gente de su edad se reducía a jugar al dominó, cazar los domingos o ver la televisión, a él lo único que conseguía evadirlo de la rutina era engancharse a su máquina y recorrer las zonas que por una razón u otra le habían llamado la atención.
Esta afición la sentía tan suya porque no había sido heredada ni presentada por alguien cercano; surgió como surgen las mejores cosas, sin esperarla. De una carambola en la venta de un ciclomotor que ya no usaba pasó a ser de su propiedad como parte del pago; después de unos meses olvidada en una repisa de la cochera se decidió a probarla y el flechazo fue instantáneo. A pesar de unos comienzos poco alentadores, pronto descubrió el gusto de pasar más tiempo consigo mismo en conexión con la naturaleza.
Esta vez sentía un pálpito tan grande como aquel que tuvo antes de casarse, cuando encontró un nicho funerario que contenía objetos antiquísimos. Lo hizo en una extensión rústica de Arjona, a unos tres kilómetros del pueblo junto al cortijo del picaor, sobrenombre que le dieron en consideración a su dueño. Lo desenterró a escasos pasos de una especie de piscina donde los niños de allá por los años sesenta, se bañaban previo pago de una perra gorda, un buen puñado de pipas o empleando el arte de camelarse a la dueña; una mujer de buen corazón.
«Si hubieran planificado la excavación unos metros más alejada de la casa o la superficie hubiera sido más amplia, ¿qué habría pasado conmigo?», pensó Juande. El caso es que la venta de las piezas de ese hallazgo le permitió reformar la casa vieja propiedad de su padre que al tiempo sería suya, comprar unos muebles de segunda mano y plantearse la boda.
Aún tantos años después, se mortificaba por su acción. Se culpaba de no haber hecho público el descubrimiento en favor de la cultura, pero bien sabía Dios que a él más que a nadie le hacía falta ese dinero. A veces, en sus fantasías, imaginaba lo satisfactorio y bonito que podría haber sido ver su nombre grabado en una placa, en la fachada o dentro del museo arqueológico de su pueblo por tan magnífica donación. La realidad más pragmática le decía sin embargo que, puestos a ver, lo mejor era no hacerlo con las manchas de humedad que campaban a sus anchas por las paredes y techos de la casa, ni el suelo desgastado que cincuenta años atrás ya estaba pasado de moda.
Hacía ya un buen rato que la luna se había agregado como compañera de aventuras, cosa que a Manoli no le hacía la menor gracia pues había aprendido que en los días de furtiva buscadora de tesoros, no podía fiarse ni de su más tenue sombra. El terror de los roedores acechadora en la oscuridad.
A lo largo de las dos horas de infructuosa búsqueda, solo había recogido unos clavos oxidados pertenecientes a la herradura de un caballo, una lata raída de Pepsi Cola con un diseño muy de los noventa y una lata de conserva propia de cualquier jornalero despistado.
Decidió darle diez minutos de cortesía a la suerte y otros diez a su intuición. Cambió la dirección en una linde artificial, emprendió la marcha y a los ocho o diez segundos, escuchó una sucesión de pitidos débiles procedentes de la máquina. Por la sonoridad, instintiva y solemnemente se dijo: «Chapa de botellín de Cruzcampo, a unos dieciocho centímetros de la superficie». Le retiró su atención y avanzó cosa de tres pasos hasta que un sonido entre idéntico y similar reverberó en la negrura con la cualidad de un eco tardío. Puso en marcha su gastada elocuencia para hacer pequeñas bromas y se dijo: «Chapa de botellín…, de alcázar, a unos quince centímetros de la superficie». Sonrió y siguió adelante hasta devorar los últimos veinte minutos que se había autoimpuesto.
Su nueva adquisición era un verdadero espectáculo: ligera, cómoda, llena de luces, de sensores. Mucha parafernalia para un estreno tan pobre.
En el decepcionante camino de vuelta a casa se puso a cavilar sobre el día de mañana, que siendo objetivo y con el reloj en la muñeca, era ya el día de hoy. Tenía cita con el despertador a las seis y media, un desayuno sobrio a base de café con leche sin magdalenas y un viaje en todoterreno con cuatro fumadores empedernidos que conseguían que la ropa, el pelo y hasta el alma te olieran a humo durante toda la vida.
Aunque se trataba de pocos días sueltos en la extensión del año, qué difícil elección se le planteaba cada jornada que excepcionalmente, no trabajaba por cuenta propia. Podía apoyar la cabeza contra el cristal, recibiendo un leve pero continuo flujo de humo y las sacudidas a cada bache que pisara el vehículo. O podía interesarse en la conversación y recibir a ráfagas el aroma resultante de la unión entre anís, pacharán, alquitrán, nicotina y un desaseo dental sin memoria.
Saboreando estas dos opciones en su pensamiento más próximo e inmediato, una mota de intranquilidad se le había posado en esa porción que el cerebro utiliza por su cuenta y en un segundo plano. Como si al mirar el horizonte a través de un cristal, una pequeña pero perceptible mancha se advirtiera en una de las esquinas, tan molesta que al pretender pasarla por alto y no darle importancia consiguiera el efecto contrario, volviéndose más poderosa en su atracción.
Su mente estaba invadida por esa idea a la que no atinaba a ponerle nombre cuando, de repente, emulando a esa palabra distraída que al fin sale disparada de la punta de la lengua, rememoró un fragmento de recuerdo similar. La broma de las chapas de dos marcas distintas a una distancia casi calcada no era la primera vez que se la hacía; fue bastante tiempo atrás cuando buscaba, cerca de Cabañas, un cortijo inmenso y olvidado al que habían reformado para convertirlo en pasatiempo de fin de semana. En todo su esplendor había llegado a disponer de tantos cuartos de baño como habitaciones, un número desorbitado que rondaba la centena o eso es lo que se decía.
A unos minutos de la señal que anunciaba la entrada a la localidad, se debatió entre continuar hasta el calor de su hogar o darse la vuelta y hacer una comprobación rápida. «Extrañamente coincidente», era una manera acertada de llamarlo.
En su experiencia, Juande podría contar con los dedos de una mano las veces que se había equivocado en cuanto a la interpretación de ese tipo de sonidos. ¿Sería culpa de la dichosa máquina con la que no se había familiarizado? ¿Sería quizá producto del cansancio acumulado que le estaba jugando una mala pasada? ¿Sería la imperiosa necesidad que siente el buscador cuando se cree a las puertas de una posibilidad?
Consultó la hora en el panel del coche, si había algo de lo que estaba realmente seguro es de que era demasiado tarde.
—Mañana vuelvo —se dijo.
Y mañana no volvió.
Capítulo 2
Lo hizo en ese mismo instante porque sabía que si no, le sería imposible conciliar el sueño.
Desechó el impulso de avisar a Carmen por si estaba durmiendo. Las llamadas repentinas que la arrancaban de la placidez de su cama provocaban en ella un estado posterior de taquicardia y desasosiego que la desvelaba para el resto de la noche.
Juande anduvo explorando la zona acompañado de su trabajada orientación, una habilidad que se había labrado a base de interminables caminatas nocturnas entre estáticos ejércitos de idénticos olivos y, por fin, el ansiado sonido. A la distancia de dos amplios pasos volvió a sonar. Cogió la herramienta que llevaba preparada y empezó a cavar.
El terreno era seco y prensado, lo habitual por esa época y lugar. Mientras lanzaba la azada contra el suelo, Juande se preguntó cuántos agujeros como ese habría cavado en su vida; jamás lo sabría. A menudo pensaba que le gustaría llevar la cuenta de cosas como esa que para él eran importantes, saber los libros que había leído, los kilómetros que había recorrido en bicicleta. Alguna vez se animó a iniciar una cuenta aunque ya estuviera empezada, lo cierto es que nunca la continuó más allá de unas pocas anotaciones. A su favor diría que los números distaban mucho de su comprensión, pero lo irrebatible es que se trataba de un desordenado empedernido al que ni su madre ni Carmen habían logrado corregir.
Llevaría unos doce centímetros hacia abajo cuando la herramienta revotó al impactar sobre una superficie firme. Limpió con ahínco el resto de la plancha de arenisca dura y la descubrió, allí, en medio de la nada, la puerta que daría pie a la mayor aventura de su vida. El único inconveniente es que como en toda moneda de dos caras, esa puerta y lo que entrañaba también serían la causa de la peor desgracia de su existencia y de la de su mujer.
Se había equivocado en profundidad y material; lo segundo era lo relevante. En donde la piedra formaba un perfecto ángulo recto que delimitaba cada esquina encontró una especie de cerradura creada a partir de algún tipo de latón. Ayudándose de una navaja y anteponiendo la maña a la fuerza, abrió las cuatro prohibiciones sin ningún problema. La elaborada belleza de los cierres permanecía imperturbable al paso del tiempo, su resistencia, sin embargo, parecía haberse deteriorado.
El siguiente paso no le resultaría tan sencillo.
Intentó desplazar la dichosa piedra que, adherida a su marco por incontables años de humedad y tierra, se resistía con tenacidad. Esa mezcla se podría haber considerado un formidable pegamento natural, formidable e inoportuno, pues flaco favor le estaba haciendo a las escasas fuerzas que aún le quedaban. No había manera, tampoco ningún punto en el que hacer palanca.
Las dos de la madrugada.
Ansiedad, desazón, impaciencia, desesperación, rabia, principio de llanto promovido por la impotencia. ¿Cómo se abría? ¿Quién la movía? Con Manoli no podía contarse para tales cometidos porque iba a lo suyo, masticando algo que había encontrado por allí y de vez en cuando le dedicaba una pose de curiosidad mirándolo muy seria, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha.
Tenía muy claro que no iba a marcharse sin averiguar aquello, así que el último recurso ocupó la primera posición: intentaría romper la losa de cualquier manera, incluso a bocados, o desgastarla con sus uñas si fuera preciso con tal de avanzar milímetro a milímetro.
Fue al coche por la pala de las grandes ocasiones y dio un golpe en el centro para comprobar la mella que podría hacer en tamaña solidez, nada de nada. Otro golpe un poco más fuerte, nada de nada. Otro golpe con más contundencia, nada de nada. Otro golpe con la ayuda de un salto previo y el peso de su cuerpo, nada de nada.
—Shhhh, calla, Manoli.
Notó un breve run-run, un leve atisbo de movimiento bajo sus pies. Una sensación antes que una realidad creyó.
Ahora un crujido.
—Mierda…
Al instante todo eran piedras, caída, dolor, silencio, oscuridad, más dolor, ladridos, dolor, inconsciencia.
Capítulo 3
No era la primera vez que su pasión le hacía perder la noción del tiempo. Recordaba cuando eran jóvenes y podían pasarse las horas echados en el capó del Ford Fiesta que Juande se compró antes de casarse porque decía que el día de su boda su futura esposa iría en un coche propio por muy pequeño que fuera.
A ella le gustaba el silencio y las estrellas. A él, contemplarla mientras sus ojos proyectaban la luz del firmamento. En realidad no era luz, sino brillo, el brillo puro del amor.
Por aquel entonces, Carmen ya estaba totalmente segura de que él haría cuanto pudiera por hacerla feliz. Hubo otras previas, pero la primera gran demostración fue en el día de su boda por la iglesia, como era de recibo de cara a la gente y a la familia. Que fue un calvario para un hombre tan ateo como Juande era evidente, que su cara en ningún momento lo expresó era para quererlo aún más. Se portó tan bien que la recompensa no tardó en llegar en aquella primera noche que nunca olvidarían, preludio de un matrimonio entre dos personas que sienten y saben lo que quieren, y eso es algo que no todas las parejas pueden afirmar.
Ahora, después de tantos años, su pasión era la familia y esa dichosa máquina de buscar cosas. Carmen no entendía qué sentido le encontraba a ese hobby, ¡si casi nunca encontraba nada de valor! Una tarde le pidió que lo acompañara para que viviera la experiencia y así pudiera comprender ese interesante mundo. Él proclamaba convencido que una vez te enganchabas, siempre querías más.
Le era gracioso recordar la cara de emoción que componía Juande cuando la máquina pitaba y se arrodillaba a cavar como un loco; le mostraba el lado infantil de su marido al presenciar esa impaciencia nerviosa de un niño que está quitando el envoltorio al regalo. Alguna temporada estuvo a base de moneduchas y cuatro antiguallas sin valor, pero como con todo lo que le gustaba, nunca desistía. Ellos eran la confirmación manifiesta de esa máxima que dice: «Los polos opuestos se atraen».
Siendo las tres de la mañana, sin recibir noticias suyas y con el teléfono en modo contestador automático, la preocupación oprimía su pecho y congelaba su determinación. Sin vehículo para ir a buscarlo no sabía qué hacer ni a quién llamar. Bueno, sí que sabía a quién llamar pero no podía dar sustos de muerte a esas horas y todavía menos formar un escándalo con guardia civil de por medio para que luego quedara en una anécdota.
Carmen no tenía los pálpitos para encontrar cosas de los que él presumía. Ella poseía los pálpitos más antiguos del ser humano, los de ser mujer, esposa y madre; y ahora mismo le decían que algo nada bueno estaba ocurriendo.
Por supuesto, no se equivocó.
Capítulo 4
Lo primero fue el olor.
En aquella especie de habitación subterránea, la palabra acre se descubría en todo su esplendor. Se agarraba a la garganta con tal vehemencia que toser resultaba una acción necesaria para continuar respirando; un intento a la desesperada por despegar la fina capa de un algo solapado que se apoderaba de la porción que iba desde la campanilla hasta las cuerdas vocales. Luego, humedad, putrefacción, oscuridad, frío, silencio.
Una inmejorable definición de la palabra cripta cuando el lenguaje es reemplazado por sensaciones o cuando los sentidos expresan la realidad mediante una descripción tan propia que eximen a la mente de cualquier recreación parcial.
Si la falta de luz envolvía todo a su alrededor, el dolor envolvía cada milímetro de su cuerpo. Estimó que habría una distancia cercana a los tres metros entre el suelo y la cabeza de su perra que, asomada al borde, le prometía no dejarlo solo.
La primera idea fue alumbrarse con el flash del móvil, pero de ahí en adelante, si quería darle un uso práctico a su teléfono, sería de pisapapeles; ya no olvidaría para ocasiones venideras que ante una probable caída, los bolsillos delanteros son la mejor elección. Por fortuna, llevaba consigo una pequeña linterna de llavero, regalo de un buen amigo.
—Cuando las demás luces se apaguen… —citó una frase de El Señor de los Anillos y pulsó para iluminar. Juande quedó abrumado, precisó de varias respiraciones con la boca abierta hasta que se situó y pudo comprender. Se trataría de una escena corriente para un orífice lo que a él dejó petrificado porque tales destellos dorados solo podían provenir del material noble y universal por excelencia, del más utilizado en las tareas de valor por cuantas culturas se conocen.
Enfocó al suelo para evitar deslumbramientos y con la rápida adaptación de sus pupilas de aventurero empezó a investigar las características del lugar y de todo cuanto contenía. En efecto, cada pared estaba revestida con nueve grandes láminas de oro que conformaban una especie de zócalo. Eran completamente lisas a excepción de la plancha central, en la que se adivinaban una suerte de letras extrañamente conocidas y de símbolos en relieve. Cada una mediría alrededor de un metro y medio, pues apenas eran un poco más bajas que Juande y de ahí hasta el techo se reconocía la misma piedra pulida que habían utilizado para sellar la entrada.
—La habitación es un cuadrado perfecto —dijo—, tendrá unos cuatro metros de pared a pared, tres de ellas a la vista y la otra parcialmente tapada por una estantería de unos dos tercios de la altura total y una mesa.
Pensar en voz alta le ayudaba a concentrarse y asimilaba mejor las cosas. Siempre había sido bueno hablando y excelente escuchando.
—La trabajada lámina central se aprecia como en las demás paredes y a partir de ella, se distribuyen ambos muebles uno a cada lado. Recuerda: ya te has caído, es posible que estés atrapado, no toques nada ni empeores las cosas, no metas la pata. Recuerda, Juande: acércate despacio y no metas la pata.
A cada pisada le acompañaba el crujir proveniente de los trozos que, siendo una unidad, habían cerrado la abertura. Para Juande, era de agradecer que su olfato se dejara de reticencias con el peculiar aroma y comenzara a relajarse porque si no había sucedido nada en el tiempo que llevara allí, su estado de alarma estaba consumiendo energía extra innecesariamente.
El dolor que sentía daba paso a una flojera preocupante. Supo que su cuerpo estaba inmerso en los procesos internos apremiantes, como mandar endorfinas para enmascarar el daño en el momento menos idóneo. Prefería lucidez aunque el precio a pagar fuera un gemido con cada movimiento.
Decidió empezar la exploración por el escritorio y por los objetos que contenía encima.
—Un tintero seco, una pluma limpia, papel no tan antiguo. —Lo sopesó hasta concluir que sería del siglo pasado—. Una lámpara de aceite, dos velas negras, no, una sí, la otra es granate oscuro. Cerillas que por su olor tienen el fósforo húmedo e inservible, un anillo con restos de cera que debió ser utilizado para sellar cartas y nada más. Entre el papel y el polvo que recubre el mueble, estoy convencido de que esto no lleva cientos de años cerrado porque para estar donde está, lo encuentro suciamente limpio.
Si hablar en voz alta le ayudaba a concentrarse, las salpicadas interrupciones de Manoli con cada ladrido obraban lo contrario.
—Tres cajones vacíos, qué extraño. —Volvió a abrirlos y a cerrarlos—. Esto es raro porque, ¿ni un documento importante? —Los sacó uno a uno para examinarlos por si contenían algún falso fondo. Metió el brazo para palpar dentro de cada hueco—. El espacio del cajón superior está limpio, el del segundo… ¡ah! —Con la agresividad de un relámpago, un escalofrío le recorrió desde la yema del dedo anular hasta el hombro—. ¡Mierda! ¿Pero qué demonios?
«Tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac tac-tac-tac-tac-tac».
De rodillas, acercó la oreja al lugar del que parecía provenir aquel sonido que para mayor desastre le recordó al engranaje de un reloj de cuerda; de un temporizador de cuerda.
—¡Un mecanismo oculto! —gritó—. Recuerda, Juande, ¡no toques nada! ¿Qué parte del «no toques nada» no he entendido? ¡Ah!
El dedo le quemaba, le ardía, lo apretaba y no mitigaba un mínimo el dolor; un aguijón concentrado con el veneno de mil avistas causaría menos tormento. Si hubiera dispuesto de un cuchillo bien afilado, quizá lo habría utilizado.
—¡Aaaaah! ¡Aaaaah! ¡Mi hombro! —En su ascensión contaminante, la sustancia se estaba apoderando de la extremidad logrando un efecto perturbador, pues Juande habría jurado que su brazo al completo clamaba por desprenderse del cuerpo. No había experimentado jamás algo parecido.
Con el cuello apretado, apartaba la cabeza en dirección contraria al dolor como si así pudiera alejar tal padecimiento. Se retorcía en el suelo cuando escuchó cómo se detuvo el tac, dando paso en un segundo eterno a un fuerte clic, prefijo sonoro del rugido que emite el cristal al quebrarse.
Instantes después, hicieron acto de presencia la luz y el calor, dos compañeras inseparables de la destrucción. La inmediatez con que se sucedían los procesos era desalentadora, de mala suerte se podría tachar que aquella noche en concreto todos los presagios de tintes funestos se materializaran en realidad.
Se incorporó más por exceso de voluntad que por un mínimo de fuerza. La habitación le daba vueltas, su brazo se había convertido en un apéndice inservible de sufrimiento. Las llamas se apoderaban del escritorio y pronto lo harían del lugar, la estantería se contagiaba del calor y avisaba con ser la siguiente. Al toser, reparó en que el humo no era amenaza, sino enemigo directo.
—Debo salir ya, pero ya.
El fuego avanzaba lentamente hacia él reptando por finas hileras de trazos premeditados, rombos y rectángulos se dibujaban en un mosaico de terror.
—No puedo dejarlos aquí, sería un sacrilegio. —Se acercó sorteando las siluetas geométricas, cogió al azar un volumen de la estantería y a la antigua usanza lo introdujo entre la barriga y pantalón, dejando al descubierto más de la mitad del mismo. Quiso repetir la acción pero su mano era ya una sombra borrosa que se desplazaba a cámara lenta, dejando en su recorrido una estela sombría.
Antes de acertar con otro y acomodarlo en la parte trasera junto a su espalda, ejecutó a tres de aquellos libros inocentes que cayeron y se abrazaron al fuego por la inestabilidad de su sistema nervioso, a punto de ser derrotado por lo que fuera que le corría por las venas. El calor era soportable e incluso agradable en el estado febril en que se encontraba, ¿lo habrían envenenado? ¿Sería una droga?
En un desequilibrio, impregnó la puntera de su bota izquierda de aquel líquido que recorría las llagas del suelo y comenzó a arder tranquila. Era una llama perezosa, paciente. Se contorneaba elegante en un baile al que no se le adivinaba fin, como si quisiera recrearse antes de la victoria.
Juande huyó de las llamas y se apoyó contra la pared, intentó apagarla pisándose con la bota derecha y lo que consiguió fue prender la suela. El infierno desatado entre las baldosas avanzaba inexorable, el peligro era inminente y estaba paralizado. Sus pies percibieron el cambio de temperatura y Juande se asustó tanto que temió por su vida.
Se desabrochó los cordones, aflojó la tensión del calzado y ayudándose de la puntera de la bota derecha, consiguió hacer la palanca suficiente hasta descalzarse una y después la otra; un sobreesfuerzo en su estado. ¡Ahora sí que debía llevar cuidado! Con los calcetines, algunas partes de la ropa y la planta de los pies viscosamente empapados, la luz de la muerte se dirigía hacia él.
Un vistazo escrupuloso de urgencia le bastó para confirmar que aquel lugar no había sido concebido para actuar de trampa en su idea primera. La abertura por la que había caído estaba situada en una de las esquinas superiores, en el lado opuesto a la mesa y el escritorio. De ella pendía una cuerda salpicada con nudos que si bien no era muy gruesa, daba para una subida de emergencia. Al principio, no se había percatado de la misma ni de los asideros trazados en la pared para ir apoyando los pies a medida que se ascendía. Definitivamente, a priori no era ninguna trampa, pero bien podría ser su tumba.
Se situó bajo la escalada imposible.
—Hay que tener mala suerte para lastimarse el lado izquierdo de la cadera y el brazo derecho —se dijo.
Alguna vez había padecido lo que su padre denominaba «carne machacada», esa sensación de múltiples agujas pinchando que se asocia a una determinada zona del cuerpo que ha sido golpeada con brusquedad. En esta ocasión, las golpeadas eran las agujas que atravesaban hasta el hueso.
Comenzó a subir haciendo la mayor parte del esfuerzo con el brazo sano, la pierna derecha ayudaba, pero la izquierda rehuía las órdenes que su cabeza le enviaba. El sudor que le corría por la sien no era el que se encarga de refrigerar el cuerpo ante situaciones físicas o de estrés, era el que te avisa de que algo en tu organismo anda fatal y que ese esfuerzo tiene los segundos contados.
«Mano izquierda arriba, pierna derecha arriba, mano derecha arriba, pierna izquierda colgando… venga, que ya falta menos», se animó. Las manos le sudaban, la pierna le temblaba, la cadera hacía presión hacia abajo y quedaba la mitad. A medida que ascendía notaba cómo el libro que llevaba atrás iba reduciendo la superficie de sujeción que le ofrecía el pantalón y se despegaba de su espalda; con cada tirón asumía que a ese ritmo al final se le caería.
La razón le decía que más valía no intentar nada, el delirio que todo estaba permitido.
Intentó apoyarse firme y emplear el brazo dolorido para asegurar el manuscrito, con movimientos calculados se acercó a su objetivo. Ya lo rozaba con las yemas de los dedos cuando la cuerda se giró, perdió el equilibrio, perdió el libro, a punto estuvo de perder también el que llevaba en la parte delantera y quizá la vida. El dolor se hizo más intenso, se le estremeció hasta el alma y su mente volvió a nublarse.
Pudo recomponerse.
A ratos se alentaba y se obligaba a continuar; otros se decía que soltarse era la mejor opción, que dejarse llevar era lo sensato si así lo exigía el destino. Sí, esa sería la mejor opción, dejarse llevar por el sueño y la calma, por la tranquilidad y la ausencia de dolor.
Casi tocaba el borde de la entrada, pero ya no quería hacerlo porque deseaba descansar. De nuevo, sus manos se le mostraban difuminadas al mirarlas, el suelo era una manta de tonalidades naranjas, amarillas, rojas y azules; el calor lo hechizaba con la oportunidad de un último y cálido abrazo. Estaba vencido y anhelaba cualquier descanso con tal de que aquello terminara.
—Carmen, Julián, Adriana, os quiero, hasta siempre. —Y se dejó caer.
En ese momento, una mano lo asió por la muñeca.
Capítulo 5
Juande no era guapo, pero tenía esa clase de rasgos que pueden gustar incluso más que los de las personas guapas. Eso cuando estaba serio porque cuando sonreía, no había fuerza en la naturaleza capaz de igualar dicho encanto. No era por la forma de su boca ni por esos dientes tan cuidados, era porque cuando sonreía lo hacía de verdad.
Él todo lo hacía de verdad: sonreír, comer, amar.
Se le veía tan pequeño en aquella cama tan grande que si te alejabas un poco, podía confundirse con un niño disfrutando de una plácida siesta. Allí dormido, respirando al compás de los sueños, quién imaginaría que había estado a unos segundos de perderlo. Carmen no pudo contenerse y se recostó junto a su ángel de la guarda.
Ella había aprendido con los años que podía ser un demonio roncador o un ángel adorable, la diferencia estaba en hacer que se durmiera de lado para que le apareciera la aureola celestial.
Había faltado poco, muy poco según le contó su mejor amigo Tomás. Rememoró una vez más la conversación que tuvo con él, si no llega a ser por Manoli…
«No tardé mucho en encontrar el coche aparcado con las indicaciones que me diste, aunque estaba algo escondido de las miradas de paso. El primer problema que se me presentó fue que no sabía por dónde buscar ni la causa de su incomunicación; si debajo de un olivo por un coscorrón de los que a él tanto le gustan, entre las cañas de un arroyo por una caída, en mitad de una linde por un desmayo o yo qué sé. Si no sabía por dónde empezar, menos por dónde seguir, pero por nuestro Juande habría revisado olivo a olivo de aquí a Torredelcampo.
»No llevaría ni medio minuto intentando decidirme cuando apareció la Manoli, como un torbellino, tenías que haberla visto dando saltos y gruñendo hacia mí. Me mordía el pantalón y las zapatillas, entonces se alejaba y volvía; cuando se acercaba a mis pies, emprendía una carrera hacia las sombras a una velocidad impensable para una cosa tan pequeña, luego regresaba y lo repetía. De verdad que a ese animal solo le falta hablar.
»Como yo me entiendo con ella, sabía que me estaba pidiendo que la siguiera, así que me lancé a correr gritando el nombre de tu marido por si me escuchaba y conseguía localizarlo. —Tomás bajó la voz a un susurro misterioso—. Pero te lo juro, Carmen, solo se oía oscuridad.
Yo seguía corriendo, el corazón se me iba a salir y me dije: “Tienes que hacer más deporte”, y me lo planteé como propósito de año nuevo. Bueno, a lo que vamos. Que por fin vi a Manoli dando saltos y ladrando al pie de un agujero del que salía humo, me arrodillé, me asomé y en ese mismo instante, sin pensarlo, ¡te lo juro! En un acto reflejo totalmente involuntario, lo cogí del brazo».
«Qué bueno tener un amigo así», pensó Carmen. Cuando le preguntó a Tomás por lo que pasó después de agarrarlo hasta traerlo a casa, la respuesta fue un suspiro que denotaba una pizca de cansancio, mucha suerte y un inmenso temor. Tuvo que ser un trance de los que no se olvidan jamás, de los que el cariño por un amigo se antepone a la fatiga y la desesperación. De esos que fortalecen aún más si cabe el vínculo entre dos personas que se aprecian, se admiran y se necesitan.
Dos héroes de improviso en una noche de infortunios: una perra que antaño fue limpiadora de restos de comida, pululando debajo de las mesas de los bares y pelota improvisada en los pies de muchos niños y un farmacéutico adorador de lo esotérico, de Iker Jiménez, del rock, que siempre iba vestido con camisetas negras hasta en el trabajo y que lo mismo te daba la vuelta de las medicinas interpretando un punteo de guitarra de AC/DC que con un solo de batería de los Rollings en el mostrador.
Por su parte, fue una gran decisión acoger a esa perra, también lo fue avisar a Tomás.
Esa noche si no eran tres, eran dos héroes y medio.
Capítulo 6
—Elementa clavis sunt, Elementa clavis sunt —susurró—. ¡Elementa clavis sunt! —le gritó y Juande despertó sobresaltado.
Tomás repitió con calma:
— Elementa clavis sunt, amigo.
—¿Qué es elementanoséqué? —preguntó extrañado.
Para Tomás era divertido y casi un placer podría decirse ver a su amigo tan desconcertado y vivo.
—Cuando no lo sepas tú, que llevas dos días diciéndolo entre sueños —le refirió con una sonrisa de oreja a oreja—. Al principio no te entendíamos, yo creía que decías algo de Harry Potter, algún hechizo para convertirnos en rata o en lechuza. —Con la voz profunda que se le presupone a un mago y moviendo los dedos en la invocación del hechizo, pronunció las palabras mágicas: «Elementa clavis sunt»—. Más tarde, con mi intelecto privilegiado, deduje que hablabas en latín, nuestra lengua madre y por suerte no extinta, que estudié en bachillerato. De eso hace muchos años y aquí permanece en mi coco, imperturbable, como todo lo que es saber. Algunas veces creo que soy demasiado inteligente para este mundo, si no fuera por mí…
—Calla y di la verdad, que ni siquiera sabes si se escribe así —le interrumpió Carmen, que entró a la habitación con una infusión para su marido—. No entendíamos qué decías, él lo resolvió al volver a la cueva aquella o lo que sea y según su versión, verlo escrito en oro. Ya lo conoces, a este cualquiera le hace caso.
—Palabra de boticario —dijo con la mano en el pecho.
—Tomás, quieres ser listo y no pasas de simpático listillo. —Se dedicaron una mirada que denotaba la complicidad forjada por años de amistad inseparable.
Antes de casarse Juande y Carmen, los tres iban juntos a todos sitios. Habían conocido alguna novia que otra de Tomás, pero eran relaciones abocadas al fracaso, pues un alma tan libre no puede soportar ni una jaula tan grande como el universo; no por el espacio en sí, sino por el simple hecho de saberse enjaulada. A ellos siempre les enriqueció su compañía, a Tomás nunca le hizo falta una compañera para sentirse a gusto con esa pareja de amigos, con esa pareja de tres.
—¡Joder, mi descubrimiento! —recordó Juande—. ¡Tenemos que ir deprisa a echar un vistazo y a taparlo! ¡Dios mío! Eso si no lo han encontrado ya. —Trató de levantarse, pero aún no estaba recuperado.
Le angustiaban las posibles consecuencias que podrían desatarse de un hallazgo así, si se daba por otra persona.
—Necesito verlo de nuevo con tranquilidad, con la iluminación adecuada, sin esa sensación tan extraña de mareos y… no puede ser. ¿Cuánto tiempo llevo en la cama? ¿Un día? —Las caras que lo observaban negaban sin hacer ningún movimiento—. ¿Dos días? —La pregunta ya le parecía una exageración—. ¿Más?
—En realidad han sido dos días y medio, se ve que el precio justo no era tu fuerte —le dijo Tomás—. Dos días y medio a base de antibiótico a mansalva, sin miramientos, como el chivo agarrado a la teta de su madre. Tenías más infecciones que la boca de un cocodrilo ¡y de la mano ya ni hablemos! Yo no sé dónde la habrás metido ni me incumbe, eso se lo explicarás a tu mujer, pero hubo un momento en que dudé si cortar por la muñeca, el codo o el hombro. Ni idea de lo que pudo producirte ese color tan extraño, tienes suerte de que tu farmacéutico de guardia aquí presente, se encargue de todo como siempre, ¡toma ya! ¡Y encima he rematado, con doble pareado! —Terminó interpretando una de esas expresiones que no se pueden describir ni con el diccionario abierto.
—¿Por qué no me llevaste al hospital?
—¿Y qué les iba a contar que no sonara a patraña sin comprometer nuestro descubrimiento?
—Visto así hubiera sido un error, estás en todo, Tomás. Eres un fenómeno hasta en los…¿cómo has dicho? —le preguntó sobresaltado—, ¿nuestro descubrimiento?
—Eso mismo.
—Es mi descubrimiento, yo lo encontré —le dijo muy serio.
