Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Ha pasado un año desde que Phoebe Henderson rompió con su novio al encontrarle en la cama con otra. Las fiestas desenfrenadas, el alcohol y las interminables charlas con su amiga Lucy le han servido de poco. Al enfrentarse a un nuevo año sin pareja, Phoebe se propone hacer algo especial: confecciona una lista con diez asignaturas pendientes que siempre quiso hacer en la cama, pero que nunca tuvo la oportunidad o se atrevió a practicar. Sus desventuras amorosas resultan disparatadas y sexys, mientras descubre que superar su ruptura no va a ser tan fácil como pensaba, que es difícil el sexo sin compromiso y que lo que iba buscando lo tenía desde el principio más cerca de lo que pensaba.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 516
Veröffentlichungsjahr: 2014
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Joanna Bolouri
La lista
Traducido del inglés por Pilar de Vicente Servio
Enero
Febrero
Marzo
Abril
Mayo
Junio
Julio
Agosto
Septiembre
Octubre
Noviembre
Diciembre
Agradecimientos
Créditos
Para Nicola, que lleva veinticinco años haciéndome reír
EMERGÍ DE LA CAMA como Nosferatu hará como una hora, con la boca como el suelo de un establo. Como anoche vaciamos el minibar y no encuentro ni un solo vaso en toda esta habitación de hotel, me he visto obligada a beber agua directamente del grifo del baño. ¡Joder! Tengo tal resaca que es como si mi cara le perteneciese a otra persona. Lucy sigue dormida en la otra cama y me niego a vestirme y aventurarme a salir ahí fuera, donde hay personas que me juzgarán con la mirada.
Por una vez, la resaca ha merecido la pena: ¡la fiesta de anoche fue increíble! Todos los años nos quedamos en el hotel Sapphire (demasiado caro para lo que es, de moda y en pleno centro de la ciudad) para dar la bienvenida al año nuevo y todos los años me sorprende que todavía no nos hayan prohibido la entrada. Los demás ya se habían registrado cuando llegamos Lucy y yo, a las tres y media. Tomamos el ascensor hasta nuestra planta y, arrastrando los maletones innecesariamente grandes, buscamos la habitación 413. Llevo dos años trabajando con Lucy y nunca llega puntual a nada.
—Seguro que los demás ya están borrachos —dijo Lucy— y follando. Seguro que están todos empapados de Möet y se han intercambiado la ropa interior.
Por fin encontramos nuestra habitación y forcejeé con la tarjeta en el cierre de la puerta.
—Por Dios, ¿es que no piensas en otra cosa? En fin, solo llegamos media hora tarde. Lo más probable es que Hazel le esté echando un vistazo al minibar, Kevin se muera de ganas de tomar una pinta y Oliver seguramente...
—A Oliver se la estará chupando esa chica española —me interrumpió Lucy—. ¿Cómo se llamaba?
—Pedra. Solo la he visto una vez y la llamé «Pedro» por error.
Tiró el abrigo sobre la cama que había junto a la ventana y encendió la televisión mientras yo empezaba a deshacer la maleta, preguntándome por qué demonios habría traído cuatro pares de zapatos.
—¿Piensas ponerte el vestido verde? —le pregunté, mirando el vestido negro y sencillo que había traído.
—Sí. Aunque, como soy pelirroja, parezco una bailarina que hayan echado de Riverdance.
La dejé dando brincos en plan baile irlandés y fui a darme una ducha, entusiasmada por la noche que teníamos por delante y pensando en la fiesta del año pasado, cuando Lucy se emborrachó tanto que se quedó dormida en el ascensor y Oliver se escondió detrás de la puerta de mi dormitorio y me dio un susto tan grande que me hice pis.
Unos golpecitos en la puerta y un conocido acento dublinés interrumpieron mis pensamientos.
—Phoebe, voy a entrar. Esconde la polla.
Cogí la toalla y me envolví en ella justo cuando Oliver aparecía desde detrás de la puerta.
—¡Joder, Oliver! —chillé, dándole la espalda—. ¡Que las chicas queremos privacidad! Vete a fisgarle las tetas a Pedro.
—Se llama Pedra y no he venido a verte las tetas, por estupendas que las tengas. He venido a recordaros que la cena es a las siete, y había otra cosa que quería deciros, pero el baile irlandés de Lucy me ha distraído y me ha entrado morriña por las pelirrojas locas de atar.
—Vale. Te veré cuando esté vestida. Vete a fastidiar a otra.
Una hora y dos copas de vino más tarde Lucy y yo todavía estábamos arreglándonos. El plan, todos los años, consistía en mantenernos relativamente sobrios hasta la medianoche, pero por lo general todos íbamos ya ciegos cuando daban las campanadas y luego tomábamos chupitos hasta caernos al suelo. Sabía que este año no iba a ser distinto.
—Por lo menos, no tienes que aguantar a Alex —dijo Lucy, mientras se subía las medias—. Menudo coñazo le dio a la peña el año pasado, hablando de su maldito trabajo. Es fisioterapeuta, no un puto mago.
—Dímelo a mí.
—Es que vaya, se estuvo tirando a su jefa durante todo ese tiempo, y hasta tuvo el descaro de meterla en la conversación...
—¡Vale ya! —grité—. Me vas a aguar la fiesta de tanto hablar de ese capullo. Lo nuestro se acabó. Ahora tengo que concentrarme en encontrar a alguien que no sea un baboso integral.
—No pongas el listón demasiado alto —dijo Lucy, riéndose—. Y además, lo que necesitas no es un nuevo novio, Phoebe, ¡sino un polvo! Todo mejora con algo de sexo.
—Mi vida sexual está perfectamente, muchas gracias. Lo que necesito es otra copa.
NOS REUNIMOS con Hazel y Kevin en el bar antes de la cena. Ya se habían pimplado media botella de champán. Hazel se fijó en la mirada que le eché a la botella.
—Esta noche estamos sin la niña. Así que pienso acabar más pedo que Alfredo.
—Eh, que no te estoy juzgando. Simplemente celebro estar sin niños todas las noches —contesté.
Hazel estaba increíble con su vestido de noche rosa pastel. Se había recogido el pelo rubio en una alta cola de caballo decorada con diminutos cristales de strass. Su marido, Kevin, llevaba kilt y estaba muy guapo. Iban siempre tan arreglados, pero tan naturales, que me sentí un pelín desastrada con mi vestido negro cruzado, tacones rojos y el mismo peinado que llevaba desde 1995.
—¿Oliver y Pedra no han bajado todavía?
—A juzgar por cómo se estaban besuqueando en el recibidor, me sorprendería que hubieran salido de la habitación. —Kevin rio y se quedó callado, obviamente intentando imaginarse exactamente qué estarían haciendo.
Un camarero de aspecto nervioso nos hizo pasar a la sala principal, donde todos nos sentamos en torno a unas mesas preciosamente decoradas, recubiertas de lino blanco y adornadas con centros en tonos verdes y rojos. Debía de haber alrededor de cien invitados vestidos a cuadros escoceses y el ambiente era electrizante. Había mesas de hipsters con estilosos sombreros, deseando subir a Instagram fotos de la comida en cuanto se la sirviesen, la obligatoria mesa de chavales jóvenes que ya iban ciegos antes de que empezase la cena y alguna que otra pareja de mediana edad que no sabía muy bien qué pensar de todo aquello. La comida en sí era tradicionalmente escocesa: pastel de carne, morcilla arrocera y un extravagante plato de tofu para los vegetarianos.
—Los cubiertos son inmensos —comentó Lucy, mientras se llevaba una cuchara de plata a la cara—. Ya me gustaría tenerlos en casa.
—Pues llévatelos —bromeé, pero entonces vi la cara que puso—. ¡Eh, cleptómana! No los robes. El año pasado te obligaron a pagar aquel albornoz, ¿te acuerdas?
—Sí, pero no asignan los cubiertos según el número de habitación. Fue un error de principiante por mi parte.
Diez minutos más tarde, Oliver entró pavoneándose con una sonrisa descarada en la cara, seguido por Pedra, una mujer tan guapa que sentí ganas de darle un puñetazo en la cara a ella y otro a mí.
—¡Por fin! ¿Os habíais perdido? —pregunté, sabiendo perfectamente que no era el caso.
—No —contestó Pedra, completamente seria.
—Me muero de hambre —anunció Oliver, y le robó a Lucy el panecillo que ella estaba untando de mantequilla—. ¿Cuándo va a llegar la comida?
—Será mejor que sustituyas eso por algo lleno de carbohidratos dentro de cinco segundos, Webb, o no me hago responsable de mis actos —gruñó ella.
—Como siempre. —Oliver le dedicó una sonrisa de suficiencia y dejó caer otro panecillo sobre su plato—. ¡Un brindis, por favor! —Alzó la copa y todos seguimos su ejemplo—. Por mis buenos amigos: Hazel y Kevin, que arruinan por completo mi teoría de que todos los matrimonios son una farsa; por Lucy, la clase de mujer con la que mi madre siempre me decía que tuviese cuidado; por Phoebe, mi amiga más antigua y más descojonante y por último, por mi preciosa novia Pedra; os pido disculpas por adelantado (esta noche, seguro que meto la pata...), oh, y no nos olvidemos de los nuevos amigos que haremos y rápidamente perderemos esta noche por ser unas personas horribles. ¡Que empiece la fiesta!
COMIMOS, REÍMOS, BAILAMOS... Cuando dieron las doce mis zapatos ya estaban tirados debajo de la mesa, había salido a fumar diecisiete mil cigarrillos y empezaba a entrarme la típica depre de año nuevo, en plan «voy a pasarme la vida sola», cuando empezaron a poner canciones más lentas. Por suerte, Hazel se dio cuenta y me apartó del precipicio.
—¿Estás pensando en Alex?
—Sí. Creo que todavía lo echo de menos.
—No, echas de menos la idea de Alex. Al hombre que creías que era.
—Al hombre que esperaba que fuese.
—¡Exactamente!
—Al principio era encantador.
—Y Ted Bundy, también —bromeó.
—Siempre he pensado que «Bundy» sería un buen nombre para un perro.
—Concéntrate, Phoebe.
—Ag, mira: a lo mejor tampoco me esforcé al máximo. Había momentos en que era de lo más cariñoso y tierno. A lo mejor yo...
—A lo mejor no lo diste todo, Phoebe, ¿quién sabe? ¡Pero tú no te acostaste con otro y él sí! Alex llevaba cuatro meses poniéndote los cuernos. ¡Son cuatro meses de mentiras para ti y para su amante! No es una cualidad atractiva en un hombre.
Me bebí el tequila de un trago.
—¿Por qué siempre me siento atraída por los gilipollas? Nunca voy a encontrar a nadie que merezca la pena.
—Encontrarás a otro. A lo mejor deberías probar con alguien que no sea tu tipo habitual.
—¿Como una mujer?
—No. Me refiero a alguien con quien normalmente no te plantearías nada, pero lo más importante es que sea alguien que te merezca.
—¡Sí! —grité, sobresaltando a un hombre que teníamos cerca, que llevaba un kilt que no era de su talla—. Este año voy a encontrar a alguien. A alguien distinto. ¡A alguien estupendo!
—Puedes hacer lo que quieras. Este va a ser tu año, chica. Empieza a vivirlo. Y ahora, ven a bailar antes de que nos convirtamos todos en calabazas.
Así que aquí estoy, el primer día de mi año nuevo, y por ahora lo único que he conseguido son un resacón, otro grano en la barbilla y un bolso cargado con los cubiertos que mangó Lucy. Mejor me vuelvo a la cama.
HOY HE DECIDIDO formular mis propósitos de año nuevo y convertirme instantáneamente en una persona mejor y más útil. Pero en vez de lo habitual (perder peso, ganar dinero, dejar de seguir en Twitter a todos los que usan esos fastidiosos acrónimos de chat), he decidido hacerme una pregunta: si pudiese repetir el año pasado, ¿qué cambiaría? Todos los años me propongo las mismas chorradas; pero al final nada cambia y acabo preguntándome para qué me molesté. Así que este año el plan consiste en escoger una sola cosa y de verdad mover el culo y hacer algo. La pregunta es: ¿qué? No dejo de preguntarme qué es lo que salió mal con Alex, pero cuanto más lo pienso, más consciente soy de que la cosa no iba bien desde el principio; incluso antes de que se largara con Doña Tetas. (Sé que tendría que madurar y llamarla Susan, pero esa palabra no consigue expresar del todo el desdén que siento por ella.) La noche en que nos conocimos me sentí tan agradecida de que aquel hombre alto y guapo hubiese mostrado interés por mí que pagué todas las copas que tomamos y le puse una nota con mi número de teléfono en la mano al final de la noche. No volví a saber de él hasta dos semanas de agonía más tarde. Ahora me doy cuenta de que incluso eso fue significativo. Mantuvo las distancias durante toda nuestra relación, dejando que me acercase de vez en cuando para que pudiese entrever al hombre gracioso y sensible que podía ser, pero solo cuando quería. Así que mientras yo deseaba enamorarme perdidamente, en realidad andaba más perdida que una monja en un prostíbulo. Ese cabrón tiene un doctorado en manipulación, y te juro que si buscas «hijo de puta» en el diccionario, sale una foto suya con mi corazón y, seguramente, mi cabeza cortada en la mano, con expresión victoriosa y haciendo un bailecito. Nunca estuve a la altura de sus expectativas... no había estudiado lo suficiente, no me arreglaba lo suficiente, no era lo suficientemente impresionante. Sencillamente, no era bastante para él. Malgasté cuatro años de mi vida con alguien que no sentía la más mínima ilusión por estar conmigo. A eso lo llamo yo una patada en los ovarios. Menuda pérdida de tiempo.
El año pasado me dejé más de quinientas libras en terapia con una terapeuta americana de cuarenta y tantos años que se llama Pam Potter, que aunque con ese nombre parezca un enanito de jardín, no tiene problema en escucharme lloriquear y lamentarme a cambio de cincuenta libras la hora (era un pelín más barata que los psicólogos con nombres de verdad) para luego decir: «escucho lo que me estás diciendo, Phoebe». El hecho de que tenga dos orejas completamente sanas me inclina a pensar que lo que dice es cierto, pero no del todo útil. No obstante, sí que me ayudó a llegar a las conclusiones de que a) sigo enfadada por todo lo que pasó con Alex y b) aunque tampoco es que lo hiciese todo perfectamente en nuestra relación, me merecía algo mejor. No: me merezco algo mejor. Este año tengo que sacarme a Alex de la cabeza de una vez por todas.
LO DE ESCRIBIR UN diario fue idea de Pam Potter. Por lo visto, toda esta movida de «poner por escrito mis sentimientos» debe de ser terapéutica, pero me resulta raro.
No escribía un diario desde que era una adolescente solitaria y cejijunta de quince años con un anillo en la oreja. Por entonces, tenía el diario escondido bajo el colchón y este contenía trece mil tacos distintos para describir a mis padres, junto con algunos poemas cargados de angustia sobre un chico de mi clase que nunca hablaba y llevaba eyeliner. Tengo que admitir que siguen gustándome los chicos que llevan eyeliner, pero ahora ya no suele darme por insultar a mis padres, excepto cuando me mandan por Navidad esos bombones orgánicos que tanto odio.
Aunque era día festivo, esta tarde he tenido mi primera sesión mensual del año con Pam. Se había teñido el pelo de castaño durante las Navidades y tenía un asombroso parecido con Tina Fey.
—¿Qué tal el año nuevo? En nuestra última sesión mencionaste que todavía estabas intentando superar tu ruptura. ¿Ha cambiado eso?
—Dios, no. Me da la impresión de que no hago más que pensar en él... o quejarme de él... o, simplemente, echarlo de menos. Pero últimamente empiezo a ver las cosas con más claridad.
—¿En qué sentido?
—Me tiré de cabeza a esa relación. Soy la primera en admitir que me sentía sola y que cuando Alex mostró interés por mí, me aferré a él. Puede que yo estuviese necesitada, pero él era peor... era dejado. Como era demasiado dejado para cortar, simplemente siguió conmigo hasta que pudo sustituirme por alguien mejor. Ni siquiera se molestó en tener una aventura en un sitio privado. Me acuerdo de cuando lo pillé en nuestra cama. ¡EN NUESTRA CAMA, JODER!
Pam se limitó a asentir con la cabeza, pero estoy segura de que si no le pagase por escuchar, sentada, mi historia por enésima vez, con gusto me habría tirado por la ventana de su despacho de una patada.
Noté que empezaba a temblar al visualizar el momento en que pillé a Alex. Llegué a casa temprano de un concierto que habían cancelado en el último minuto. Entré, tiré la chaqueta sobre el sofá y vi cómo esta caía encima de un sujetador que no era mío. Era rosa fucsia y como tres tallas de copa más grande que los míos. Los gemidos provenientes del dormitorio me dieron la respuesta a una pregunta que ni siquiera había tenido tiempo de formularme.
—Entré en la habitación y me quedé parada como una idiota. No podía ni hablar. Él simplemente se encogió de hombros y dijo: «es lo que tenía que pasar. Ya sabías que las cosas no iban bien entre nosotros». Me quedé en casa de Hazel hasta que encontré mi propio apartamento. Me ha ayudado mucho. Igual que todos mis amigos.
—Bien. Eso es importante. Pero ha pasado casi un año, Phoebe. ¿Qué crees que podrías hacer para pasar página? Has expresado ese deseo en varias ocasiones.
—He estado dándole vueltas a mis propósitos de año nuevo. Tengo que cambiar mi forma de pensar o me quedaré atrapada en este ciclo para siempre. VOY a cambiar. Solo que todavía no sé muy bien cómo.
DESPUÉS DE MI SESIÓN con Pam, llamé a Oliver para hablarle de mis planes. Prácticamente, oí cómo ponía los ojos en blanco mientras se los contaba.
—No hagas una lista de propósitos absurdos que no vas a cumplir jamás, Phoebe. ¿Recuerdas que el año pasado ibas a empezar a correr?
—Y empecé. Corrí. Un montón. Y además este año pienso plantearme un solo propósito, uno que importe.
—Le diste una vuelta al parque corriendo y vomitaste entre los setos, Phoebe. Eso no cuenta. Tienes que dejar de ser tan envarada y planear las cosas. Antes no eras así. ¡Eras divertida y despreocupada! Nos emborrachábamos, me contabas todos tus secretos y bailábamos al ritmo de asquerosa música pop a las cinco de la mañana. Ahora eres como la antiPhoebe.
Y yo que decía que mis amigos me habían ayudado mucho.
—Me perdí un poquito —dije, en voz baja—. Ya sabes que he tardado lo mío en volver al buen camino después de cortar con Alex.
—Ya lo sé, pero insinúo que es hora de que empieces a encontrarte. Y a echar algún polvo. Tienes que recuperar el buen rollo.
—Joder, hablas igual que Lucy. Los dos estáis obsesionados.
—Hablas como una reprimida.
—Me largo. Ahórrate los consejos sexuales para Pedro. Tengo planes que hacer. Ya hablamos luego.
Ya me ha jodido la idea. ¿Qué sabrá él de nada?
HOY, HE VUELTO AL trabajo después de las vacaciones de año nuevo y en seguida me han entrado ganas de quemarme a lo bonzo. Llevo tres años trabajando en este periódico y así, a ojo, lo he pasado bien tres semanas. Tras salir del insti como alma que lleva el diablo a los diecisiete, un curro de comercial de publicidad era prácticamente el único trabajo en el que mi personalidad supuestamente encantadora pesaba más que mis cualificaciones. Y menos mal, porque saqué un sufi raspado en lengua y un máster en falsificaciones tras pasarme el último año de instituto imitando la letra de mi madre en justificantes del médico. Me extraña que en el insti no organizasen una carrera con el fin de recaudar fondos para mi enfermedad o algo por el estilo. Lo malo de mi trabajo es que se supone que se me tienen que dar bien las personas. Tengo que ser encantadora, incluso. Interesarme por lo que tienen que decir y conseguir que confíen en mí; no: que me ADOREN hasta el punto de ponerle mi nombre a su primogénito y después excluir al niño del testamento porque me quieren más a mí. Pero en realidad se me da fatal charlar, lo odio, y si alguien no quiere comprar espacio para su publicidad en nuestro periódico, por mí perfecto; la verdad es que me da lo mismo. Esa última frase resume perfectamente mi actitud hacia mi trabajo: ME DA LO MISMO. Pero hago lo que puedo por resultar convincente y vendo mi alma a diario porque tengo que pagar el alquiler. Compartimos la oficina con otras diez empresas, la mayoría de las cuales se dedican al sector financiero, así que a menudo me veo obligada a ir en el ascensor con imbéciles que llevan corbatas ridículas y hablan de cifras y de golf. Lo bueno es que el sitio es de lo mejorcito: a dos minutos andando de la estación de tren y encima de una tienda de sándwiches donde me encontrarías la mayoría de las mañanas comprando un café y una tostada. La planta de ventas es un espacio casi completamente abierto, y por desgracia mi escritorio está justo enfrente de la oficina de mi jefe, Frank, lo cual le proporciona una vista inmejorable de lo que hago durante todo el día (que, normalmente, no es nada). La mayoría de los empleados tienen fotos de sus familias sobre sus mesas, pero «esa leonera que yo llamo espacio de trabajo» (en palabras de Frank) está decorada con la foto de un gato con una sandía en la cabeza, prácticamente cubierta por tazas de café vacías y envases de aspirinas. La consabida reunión de primera hora de hoy fue indolora: un montón de ánimos por parte de dicho jefe, que es el mayor fantasmón sobre la faz de la tierra, a los que nadie prestó ninguna atención. Después me puse al día con los cuatrocientos correos que habían llegado durante las Navidades y que el personal de servicios mínimos había preferido ignorar. Lucy llegó tarde, como siempre, con la boca llena de rosquilla y tomando tragos de café de su termo de purpurina.
—¿Estás bien, guapa? —gritó, en dirección a mí—. ¿Ya te has recuperado?
—Sí, estoy bien. ¿Te apetece salir a cenar esta noche? ¿Sushi?
—No puedo. Ya tengo planes.
—¿Un chico nuevo?
—Un chico viejo. El tío aquel con el que salía el año pasado, el del perro pesado al que tanto odiaba.
—Dijiste que nunca volverías a salir con nadie que tuviese perro. ¿Qué es lo que ha cambiado?
—Se le ha muerto el perro.
Estoy un 43% 97% segura de que Lucy no tuvo nada que ver con el fallecimiento del perro. Lucy, igual que Oliver, sale con un tipo detrás de otro. Cuando empecé a trabajar en The Post, estaba saliendo con dos hombres a la vez y le parecía perfectamente aceptable. Es como el flautista de Hamelín con los hombres: la siguen allá donde va y ella no tiene intención de atarse en el futuro próximo.
—Tener citas con alguien es la parte divertida. Una vez empiezas con todas esas tonterías de iros a vivir juntos, se vuelve un auténtico coñazo; así que prefiero no complicarme la vida. Me encanta la fase de «llegar a conocerse».
A mí, por otro lado, nunca se me ha dado muy bien salir con hombres, y la fase de «llegar a conocerse» me da un miedo de muerte. He tenido cinco citas en toda mi vida y todas terminaron en una relación de alguna clase. Están Chris, mi primer novio del colegio, que duró justamente seis meses, hasta que se fue a Manchester para ir a la universidad; Adam, que la tenía enormemente grande, con el que salí durante cinco meses hasta que él decidió que prefería largarse y unirse a las fuerzas aéreas a quedarse en Glasgow conmigo; Joseph, que solo duró tres meses porque tenía problemas de intimidad y era un manta en la cama; James, con el que salí durante un año pero que era profundamente molesto y tenía una fobia paralizante a las judías en lata, y por último Alex, que resultó ser el mayor error de mi vida. Aunque ha pasado casi un año desde que nos separamos, la idea de tener que encontrar a otro hombre sigue resultándome aterradora, y no me veo saliendo a la calle a conocer a nadie en breve.
HOY HE PENSADO MUCHO en Alex, pero también he pensado mucho en ella, con sus rizos saltarines y sus tetas saltarinas, realzadas por su gigantesco sujetador rosa. Me imagino que descubrir que alguien te ha puesto los cuernos nunca es fácil, pero cuando de verdad lo pillas follando en tu cama, resulta difícil borrarte la imagen de la mente. Nunca llegué a entender qué vio en ella, pero, como siempre, Lucy está dispuesta a compartir conmigo su sabiduría:
—¡Te voy a decir qué vio en ella! —bramó, a través de la línea de teléfono—. Vio a su jodida madre. Es su complejo de Edipo. Su padre está muerto, ¿verdad? Eso lo dice todo.
—Su padre está vivito y coleando, pero es una teoría excelente. En fin, ¿qué tal te fue la cita libre de perros?
—Fue horrible. Me habló del perro, me enseñó fotos del perro y dice que, como su vida está tan vacía, se está planteando comprarse unos hámsteres. ¿Qué es? ¿Una niña de ocho años? Ni muerta empezaría a salir con un hombre adulto que tiene roedores como mascota. Bueno, tengo que irme, pero, por favor, intenta no darle demasiadas vueltas a lo de Alex. Te vas a volver loca.
TRES HORAS MÁS TARDE, sigo dándole vueltas. Tengo cantidad de preguntas sin respuesta que sé que nunca tendrán contestación. Aunque me enfrentase con Alex, dudo que me satisficiese, o incluso que me llegase a creer una sola palabra que saliese de su boca. Todavía siento algo por él... eso está claro. No sé si es amor o la necesidad de poner punto final a nuestra historia. Creo que Oliver se equivoca: no debería intentar encontrar a «la antigua Phoebe». Ni yo misma reconozco a mi antiguo yo a estas alturas. Puede que Oliver siga viéndome como esa chica de diecisiete años que fumaba hierba en su dormitorio y se colaba en las discotecas con él los fines de semana. Pero hace mucho que no soy esa chica. Creo que, en vez de buscar a la antigua Phoebe, debería aceptar la llegada de una nueva Phoebe. Una mujer de éxito, liberada y valiente que no hable de sí misma en tercera persona. Oliver me escribió un mensaje cuando iba de camino a casa después del trabajo:
Mañana por la noche: tú, yo, Jack Daniels y The Human League.
O bien intenta animarme o ha dejado a la novia.
KELLY, QUE TRABAJA EN la sección de belleza y salud, es un bicho raro. Nadie (excepto Frank, supongo) se imagina ni remotamente cuántos años tiene. Viste como una chica de veintitantos, pero tiene el rostro curtido de una mujer del doble de edad que además se haya pasado los últimos veinte años dormida en una cabina de rayos uva. A veces es difícil trabajar con ella, ya que no solo no se molesta en disimular el desprecio que siente por el resto de nosotros sino que prefiere expresarlo con caras largas, rabietas y fastidiando al personal. Esta mañana no iba a ser distinta.
—Si vas a cogerme el boli, Brian, te agradecería que volvieras a ponerlo exactamente donde lo encontraste. ¿Cómo se supone que voy a anotar la información cuando me has quitado el jodido boli?
Kelly odia a Brian, y el sentimiento es mutuo. Brian trabaja en la sección de contrataciones, y aunque se le da bien lo que hace, es un capullo bocazas y arrogante, famoso en toda la oficina por sus opiniones sexistas y su obsesión con las mujeres de pechos grandes. Aparentemente, nos llevamos bastante bien, aunque supongo que en parte se debe a que tengo una buena delantera. Brian miró el bolígrafo anodino que tenía en la mano.
—Podrías comprarte otro boli y así tendrías uno de sobra. Estoy seguro de que estos trastos vienen en packs de diez.
—No se trata de eso. Se trata de lo siguiente: no toques mis cosas y cómprate un boli. Y ahora, devuélveme ese.
—Lo dices en serio, ¿verdad? —Brian se echó a reír.
—Por supuesto que sí. Devuélvemelo.
Brian se incorporó, negando con la cabeza. Después, se levantó, se metió el boli en el agujero izquierdo de la nariz y se lo dejó allí colgado mientras se acercaba al escritorio de Kelly.
—Siento haberte cogido ese boli tan importante, Kelly. Toma. Te lo devuelvo.
—¡Eres un inmaduro y un asqueroso! —exclamó ella, y, de un tortazo rápido, le sacó el boli de la nariz, que cayó al suelo. Todavía estaba riéndome cuando pasó hecha una furia junto a mi escritorio y entró directa a la oficina de Frank. Encogiéndose de hombros, Brian recogió el boli y volvió a colocarlo sobre el escritorio de Kelly. Y es que la gente está muy loca.
ESTA NOCHE Oliver llegó a las siete y pico con una enorme bolsa de viaje y una botella de bourbon.
—¿Te mudas a mi piso? —le pregunté, mientras cerraba la puerta tras él.
—No. Me voy a Edimburgo por trabajo mañana por la tarde y no quería dejar mis cosas en el coche. Pero esta noche voy a sobar en tu sofá. Y pienso pillarme un buen pedo.
Me pasó la botella y sacó un CD de «Lo mejor de los 80» de la bolsa.
—Sírvelo, que yo pongo esto. Si no estás bailando dentro de seis canciones, no podremos seguir siendo amigos.
Cinco canciones más tarde (con Kids in America), me estaba sirviendo mi segunda copa y arrastrando los pies por las baldosas de la cocina con mis calcetines de andar por casa color rosa. Cuando se terminó el CD, los dos estábamos ya ciegos y enfrascados en una conversación.
—Eres como un hermano para mí.
—¿Qué cojones? ¡No digas eso! Me da mal rollo.
—No, quiero decir que eres como alguien de mi familia. Eres más que un colega.
—Sí, pero ¿tu hermano? No podrías pillarte por tu hermano.
—¿Qué? ¡No estoy pillada por ti! Te crees que todo el mundo está pillado por ti.
—Porque es la verdad. Soy la caña.
—No, la caña soy YO. Tú simplemente eres guapo.
—Eres la caña y, además, guapa, Miss Henderson.
—¿Ah, sí? ¿Estás pillado por mí?
—No.
—Ja ja. Que te den.
A las cinco de la mañana me fui a la cama y dejé al cañón de Oliver dormido en el sofá. Puede que esté un pelín pillada por él, pero no pienso decírselo.
NO ME LEVANTÉ HASTA las cuatro de la tarde y Oliver ya se había marchado a Edimburgo. Pensé en hacer algo productivo, pero decidí que ver Dexter y comer pastas de té era una manera mucho mejor de desperdiciar un día entero. Ahora son las once de la noche, no tengo ni pizca de sueño y estoy cachonda. Absurdamente cachonda. Los calentones de después de una resaca son brutales. Y además, estoy pensando en el imbécil de Alex y en cómo quitármelo de la cabeza. ¿Y si Oliver y Lucy tuviesen razón? No me he acostado con nadie desde que rompimos y estoy empezando a convertirme en un manojo de hormonas desbocadas que escribe sus deseos en Twitter porque no tiene a nadie a quien tirarse. Ahora que lo pienso, mi vida sexual siempre ha sido un tanto irregular. La gente se enrolla como putas persianas hablando de lo fantástico que es el sexo, y aunque yo también lo he disfrutado, es como ver la segunda peli de Matrix: algunas partes estaban bien, pero tampoco es que fuese la repera. Pero nunca me he acostado con nadie solo por mí; siempre lo he hecho por la otra persona. Tal vez sea hora de empezar a cuidar de mí misma por una vez. Si me centro en mí, no tendré tiempo de pensar en ese capullo, ¿verdad? Puede que la mejor manera de superar lo que me pasó con él sea superar mis inhibiciones. La antigua Phoebe, la que sigue enamorada de Alex, es un felpudo tímido y sexualmente inhibido. Si consigo librarme de ella, ya no lo necesitaré a él. ¡Eso es! Eso es lo que voy a cambiar, lo que voy a hacer de forma distinta este año. Va a ser mi único propósito de año nuevo: ¡voy a mejorar mi vida sexual!
Hay montones de cosas que siempre he querido probar... Pienso tomar el timón de mi vida y descubrir si el sexo es tan genial como lo pintan.
MI PISO NECESITA urgentemente alguna especie de cambio radical, pero no tengo ni los fondos ni la motivación para hacer nada. Es una diminuta caja de zapatos de un solo dormitorio, aproximadamente un octavo del piso que compartía con Alex. Tiene una cocina/salón de planta abierta, lo cual quiere decir que cuando cocino cualquier cosa el piso apesta a fritanga durante días, y las paredes están hechas de papel de fumar. Oigo a la señora mayor que vive arriba toser por las noches, así que Dios sabe qué me habrá oído hacer. En la parte delantera, hay un pequeño jardín donde las flores van a morir, y si alguna vez consigo mudarme, pienso tirar una cerilla encendida tras de mí cuando me marche.
Lucy se pasó por mi apartamento esta noche después de la cena, se fue derecha al sofá y se dejó caer de bruces.
—Buenas noches, Lucy. Hum... ¿por qué llevas pantalones tobilleros en enero? ¿Es que todavía no ha llegado el invierno a tu planeta?
—El estilo no sabe de límites estacionales —dijo, con la voz amortiguada por los cojines azul descolorido de mi sofá—. He venido a reclamar lo que me corresponde por derecho. Devuélveme mi plancha del pelo.
—Está en mi habitación. ¿Te encuentras mal?
Se oyó un gemido, seguido de otro sonido sin identificar que podría haber sido un pedo.
—Arg. Todos tus vecinos estaban pasando el rato ahí fuera, vestidos de terciopelo y pimplando. ¿Por qué vives en este basurero?
—Es lo único que puedo permitirme. Y además, me paso el día en el trabajo; apenas los veo.
—Seguramente se preguntarán adónde vas durante el día. Y hablando del trabajo: no quiero volver al curro el lunes. ¿Puedes romperme las dos piernas, pero sin que me duela?
—No —contesté, sin apartar los ojos de una revista—. Me aburriría sin ti.
—No seas egoísta. Pero bueno, ¿qué es lo que pasa?
—Tienes que ayudarme con mi vida sexual.
Empezó a refregarse con el sofá.
—¡Lo digo en serio! No me he acostado con nadie desde lo de Alex.
—¿Qué? Creí que habías dicho que tu vida sexual estaba bien. ¿UN AÑO ENTERO? ¿Qué demonios te pasa?
—¡Nada! Quiero acostarme con alguien, pero no quiero ni pensar en echar otro polvo de mierda, tener que fingir y, después, hacer como que el tío me ha hecho algo increíble. ¡Quiero que SEA increíble de verdad! Sé que puedes ayudarme: ¿qué puedo hacer para cambiar las cosas?
Lucy había dejado de hablar. Y de refregarse. Se giró para darme la cara y se apartó el pelo rojizo de los ojos.
—¡No me puedo creer que sigas fingiendo a los treinta y tantos! ¿O es que secretamente eres una de esas mujeres que preferirían comerse un huevo de Pascua de chocolate entero a acostarse con alguien?
—Ja ja. ¡NO! —insistí—. Me encanta el sexo... lo que pasa es que nunca ha sido nada del otro jueves. Bueno, estoy segura de que no TODOS los tíos con los que me he acostado han sido unos mantas...
—¿Joseph?
—¡Madre mía! Sí, ese era un manta.
—Pero ¿por qué demonios finges? —preguntó, y parecía sinceramente confundida.
—Creo que si me esfuerzo porque el tío pase un buen rato y le hago creer que es un fenómeno en la cama, seguirá quedando conmigo y quizá la cosa vaya a mejor. En fin, no soy ninguna puritana: hay un millón de cosas que siempre he querido probar, pero nunca he tenido el valor, ni tampoco una pareja sexualmente atrevida. Alex no era una persona atrevida: era el jodido rey del misionero. Dios, no sé ni por dónde empezar. Pero he estado pensando en lo único que quiero cambiar este año y es justamente eso: quiero cambiar mi vida sexual. ¡Quiero explorar todas las fantasías sórdidas que se me vengan a la cabeza!
Tenía muchas ganas de contarle la otra razón que había detrás de todo esto, pero sabía que se limitaría a suspirar de frustración si descubría que Alex tenía algo que ver con mi decisión.
Lucy se vino arriba de repente.
—¡Deberías hacer una lista!
—¿Una lista de qué? ¿De formas de pasar el rato mientras espero a recuperar mi virginidad?
—Ya sabes, una de esas listas que publican en internet de «Veinte cosas que deberías hacer antes de morir» o «Diez sitios que visitar antes de tener hijos y que te los arruinen por completo». Bueno, deberías escribir tu propia lista... una lista de desafíos sexuales. Yo te ayudaré. Oh, ¡cómo nos lo vamos a pasar!
Así que pusimos música y el resto de la noche nos la pasamos bebiendo vino, confeccionando mi lista y, de vez en cuando, haciendo una pausa para cantarnos a pleno pulmón la una a la otra. Nuestro dúo de Eminem-Dido fue especialmente impresionante. Hubo cosas que no llegamos a incluir en la lista, más que nada porque eran completas chorradas, como tirarse a alguna estrella de cine de los noventa. Por mucho que me pierdan Christian Slater y Johnny Depp, no pienso arriesgarme a que me pongan una orden de alejamiento intentando averiguar si estarían dispuestos. Al final, acabamos con esto:
LA LISTA
1.Decir cochinadas. Se me da fatal.
2.Masturbación. Esto se me da genial, pero, en cualquier caso, la práctica hace al maestro y siento mucha curiosidad por la eyaculación femenina.
3.Hombres más jóvenes. Digo «hombres», pero con uno me basta.
4.Sexo anal. Esto podría salir fatal. FATAL.
5.Juegos de rol. ¡Hora de disfrazarse!
6.Sexo al descubierto. Quiero follar en plena naturaleza. Bueno, dejémoslo en un jardín de tamaño razonable.
7.Sexo en grupo. Un trío y/o hacerlo con otra pareja. Pero nada de bukkake... qué asco.
8.Sexo con un completo extraño. Como un rollo de una noche, pero sin la vergonzosa charla de antes ni después.
9.Bondage. Pero nada de esposas peludas.
10.Voyeurismo. Consentido, obviamente. No pienso asomarme por ninguna ventana.
La primera regla es «nada de hacerlo a pelo», pero también he elaborado una pequeña lista de cosas que ni hablar del peluquín. Aunque me considero una chica de mente abierta, todas tenemos nuestros límites, y estos son los míos:
1.Todo lo que tenga que ver con los pies. Odio los pies. Son monstruosidades antiestéticas recubiertas de callosidades que deberían mantenerse alejadas de mi cara en todo momento. Jamás soñaría con meterle el dedo gordo del pie en la boca a nadie, aunque puede que sea porque tengo unas pezuñitas de lo más horrorosas.
2.Mear/cagar. ¿POR QUÉ, DIOS, POR QUÉ? Que alguien me lo explique. La mierda no es sexy; ni la mía, ni mucho menos la de otro. Y te digo sinceramente que nunca me mearía encima de nadie, ni aunque estuviese envuelto en llamas o lo hubiese picado una medusa satánica. Ni siquiera hago pis en la ducha, así que ni hablar.
3.Fisting. ¿Como dar a luz, solo que al revés? Estoy segura de que tendrá sus cosas buenas, pero no tengo intención de descubrirlas. Después de hacerlo con un chico que la tenga especialmente grande, me quedo como si me hubieran violado; así que estoy segura de que el puño de un tío acabaría conmigo.
4.Animales. Cuando era adolescente, vi un vídeo de una mujer que se la chupaba a un caballo. Me pasé todo el rato esperando que le diese una coz en la cara. Pero no ocurrió.
5.Eyaculación en la cara. La idea en sí ya me parece completamente degradante, pero entiendo que es más para que lo disfrute el chico que la chica (obviamente). Dicho esto, no quiero la imagen de mi cara cubierta de leche grabada en la mente de algún tío para toda la eternidad. La única vez en que hice algo parecido fue cuando tenía diecisiete años y le hice una paja a mi novio en su sofá. Fue mala puntería por su parte, y casi toda me entró en el ojo. Acabé con ceguera temporal y muerta de vergüenza, mientras que él se descojonaba, más contento que unas pascuas.
Lucy es mucho más tolerantecon la eyaculación facial.
—Creo que es su instinto de marcar el territorio. Mejor eso a que se meen en un rincón de la habitación. —No deja de tener razón. Sin duda, hay un millón de cosas más que no quiero o no puedo hacer, pero de momento ya he trazado la raya con un rotulador negro y bien gordo—. Bueno, me largo —dijo Lucy, poniéndose el abrigo—. Pero, antes de marcharme, hay una cosa que tienes que plantearte. Me parece que hemos pasado algo por alto. Un detalle insignificante, pero bastante crucial.
—¿Qué? ¿Qué se nos ha olvidado?
—Alguien con el que puedas poner en práctica estos desafíos. Oh, y mi plancha del pelo.
POR DESGRACIA, una oficina de ventas en plena ebullición no es el mejor lugar cuando lo único en que consigo concentrarme es en el sexo, o, mejor dicho, en a quién voy a reclutar para ayudarme en mi aventura. Lucy llegó a las nueve y media y en seguida cogió el teléfono para hablar conmigo.
—¡Buenos días, guapa! ¿Ya has pensado a quién podrías pedirle que fuese tu follamigo?
—Todavía no. Para el carro. ¡Todo esto me da más miedo que vergüenza! Sé que tú estás acostumbrada, pero yo no. Nunca me he acostado con un chico con el que no estuviera saliendo. ¿Y si me entra el pánico y no consigo hacer lo que me proponía? Porque es una posibilidad muy real.
Lucy siempre ha sido más atrevida que yo, y antes tenía su propio blog en el que detallaba sus abundantes polvos y les ponía nota. Aunque tal vez tenga razón: puede que el truco consista en evitar entablar conversación y simplemente gruñirse el uno al otro antes de ir, bueno, a gruñirse el uno al otro. Pero tengo un problema con lo de que sea algo SOLO físico. Para mí el sexo incluye más que la pura atracción física, y no me pone demasiado la idea de tirarme a alguien que ni siquiera me cae bien. ¿Qué gracia tendría? Si apenas puedo hablar del tiempo con alguien que no me entusiasme demasiado, mucho menos iba a dejar que tuviese acceso a mis partes. Quiero alguien con el que también pueda conectar mentalmente; no necesariamente en el plano emocional, pero sí es importante saber que, por lo menos, estamos aproximadamente en la misma onda. Mientras tenía que estar trabajando, empecé a hacer una lista de posibles candidatos.
De: Phoebe Henderson
Para: Lucy Jacobs
Asunto: Hombres
Vale, he escrito una lista de tíos que creo que podrían estar dispuestos... quiero tu opinión y comentarios.
Brian: sí, ya sé que es un capullo, pero está soltero y es guapo.
Paul: ya ha vuelto de Nueva York.
Oliver: obviamente, sería mi último recurso, y dudo que me dijese que sí, pero está bueno y, por lo que he oído a través de las paredes, parece que sabe lo que hace. Además, ¿sigue con aquella chica, Pedra? Porque no me acuerdo.
Besos.
De: Lucy Jacobs
Para: Phoebe Henderson
Asunto: Re: Hombres
Mis comentarios.
Brian: sí, ya sé que es un capullo, pero está soltero y es guapo. Estoy de acuerdo, pero es más joven, un niñato total, y me juego el cuello a que se lo contaría a toda la oficina.
Paul: ya ha vuelto de Nueva York. A lo mejor... Está bastante bien, pero no lo encuentro sexy. Aunque no estamos hablando de mí, ¿verdad?
Oliver: obviamente, sería mi último recurso, y dudo que me dijese que sí, pero está bueno y, por lo que he oído a través de las paredes, parece que sabe lo que hace. Además, ¿sigue con aquella chica, Pedra? Porque no me acuerdo. No tengo ni idea, pero eres amiga de Oliver desde hace dieciséis años... solo pedirle que haga esto contigo puede acabar con vuestra amistad. Así que ve con cuidado. Espera. Si dejáis de ser amigos, podré acostarme con él, así que olvídate de lo que te acabo de decir. ¡ESCÓGELO A ÉL!
De: Phoebe Henderson
Para: Lucy Jacobs
Asunto: Re: Hombres
No dejaría que te acostaras con Oliver, pase lo que pase. Es uno de mis mejores amigos, y tienes la costumbre de hacer llorar a los hombres. Supongo que, ya que Brian está sentado a metro y medio de distancia, podría empezar con él. Aunque voy a tener que encontrar la manera de abordar el tema sin soltárselo a bocajarro y, después, ver cómo me dice que pasa de mí o se muere de risa. ¿Alguna idea? Por cierto, hoy tienes el pelo precioso.
De: Lucy Jacobs
Para: Phoebe Henderson
Asunto: Re: Hombres
¿En serio?, gracias. A no ser que con «precioso» quieras decir «encrespado», en cuyo caso puedes meterte el cumplido por donde te quepa. Tienes razón: no hay nada peor que ver a alguien intentar escaquearse de una situación difícil. Emborráchalo y niégalo todo si la cosa se pone fea.
Así que he quedado para un almuerzo alcohólico con Brian el lunes. Rezo porque no me salga el tiro por la culata.
ANOCHE SOÑÉ QUE estaba en el pub con Hazel y entraba Doña Tetas. Rápidamente la saqué del local agarrándola por los tirantes del sujetador y le di una paliza de muerte haciendo gala de mis katas de kung-fu. Se me da genial el kung-fu en sueños.
Me levanté temprano para hacer las tareas de casa que tenía atrasadas, pero unos siete minutos después de empezar me acordé de que las tareas son increíblemente aburridas y volví a parar. Después de este intermedio, me di una ducha, comí algo y recibí una llamada de Oliver.
—¿Te apetece ir al cine esta noche?
—¿Qué ponen? No pienso tragarme ningún bodrio de superhéroes contigo, Oliver.
—Ponen El club de los cinco en el GFT.
—¿En serio? ¡Me encanta esa película! «NO, DIME, PAPÁ, ¿CÓMO ESTÁS?»
—Phoebe, no pienso dejar que vengas si piensas pasarte la noche gritando frases de la peli sin ton ni son.
—¿«Nos van a proporcionar algo de leche»?
—Olvídalo, ya iré con otra persona.
—Ja ja jaa, nooo. Perdona. Ya paro. Me encantaría ir.
—Vale, empieza a las ocho. Nos vemos allí.
Estaba de pie en la calle, fumando, cuando llegué. El grupo de chicas que tenía detrás no dejaba de mirar en dirección a él y de reírse, claramente hablando de lo bueno que estaba. Sus miradas de lujuria por él rápidamente se convirtieron en miradas de odio hacia mí cuando lo saludé con un abrazo. Cuando lo vi fumándose el cigarrillo, me acordé de la frase «toma, para que fumes, Johnny» de la peli... la peli de la que había prometido no gritar frasecitas. Fruncí los labios.
Oliver se dio cuenta.
—Te mueres por decirlo, ¿verdad? —se echó a reír.
—¿Humm? ¿Decir qué? No iba a decir nada —mentí, porque la verdad era que, en aquel momento, mi necesidad de decirlo era mayor que mi necesidad de respirar.
Oliver empezó a darle caladas al cigarrillo a propósito, con una sonrisa pícara. Era una tortura, pero estaba decidida a mantenerme firme. NO IBA A PODER CONMIGO. Si dejaba de pensarlo, se me pasarían las ganas y...
—¡«TOMA, PARA QUE FUMES, JOHNNY»! —le grité a la cara mientras le daba la última calada al cigarrillo y echaba a andar hacia el cine, dejando a su grupo de admiradoras muertas de risa, y a mí, maldiciéndome a mí misma por no ser capaz de controlar mi lado friki.
Después, Oliver me dejó en casa, y llevo un cuarto de hora aquí sola, sin nadie a quien soltarle frasecitas de la peli. Mierda. Por suerte, Twitter está lleno de frikis como yo.
DESPUÉS DE LA reunión de ventas de la mañana, Marion anunció que iba a tomarse la baja por maternidad una semana antes de lo previsto, y el motivo era: «estoy demasiada gorda y demasiado cansada para esta mierda». Frank se mostró de acuerdo en que se despidiese al final del día y después todos vimos cómo le invadía el pánico porque, obviamente, se había olvidado siquiera de molestarse en buscar a alguien que cubriese la sección de Marion. Le recordé a Brian que habíamos quedado para el almuerzo y fui al baño a retocarme el maquillaje para darle a mi posible ayudante sexual una razón menos para decirme que no.
Bajamos penosamente las escaleras, pedimos la comida y empezamos a charlar. Unos quince minutos más tarde se me hizo un nudo en el estómago. Supe que no iba a funcionar. Estaba clarísimo que Brian no era el hombre al que buscaba. Tímidamente, abordé el tema del sexo (en el que estuvo más que dispuesto a adentrarse), pero luego tuve que escuchar, con la boca abierta, cómo fanfarroneaba de su última «conquista», que por lo visto no valía un duro en la cama y no tenía tetas, y después la historia de aquella vez en que había reenviado un mensaje de texto sexual de una chica de la facultad a todos sus colegas para echarse unas risas.
—Fue un descojone; deberías haberle visto la cara.
Bah. Lucy tenía razón. Este tipo se lo contaría a la oficina, a sus amigos, a los amigos de sus amigos y al tipo que vende el periódico de los sin techo a la puerta de los grandes almacenes. Y, seguramente, a su madre. No era precisamente la actitud discreta y madura que tenía en mente. Cambié el tema a algo menos escabroso, me terminé el sándwich y le dije que era un capullo. Pensó que lo decía en broma. Me pasé el resto de la tarde dibujando monigotes de Brian y poniéndoles una soga al cuello.
Fui a ver a Hazel después del trabajo. El día de año nuevo había ido a visitar a su familia de Londres para presumir de su bebé, Grace, que, para ser un bebé, es asquerosamente mona. El paseo hasta allí fue gélido y letal por el hielo que cubría las aceras. Odio enero. Es frío y resbaladizo, y me paso la mayor parte del mes con el culo hecho trizas después de alguna espectacular caída en público. Hazel me dio la bienvenida con un grito muy agudo y me hizo pasar a la cocina, donde había servido tartaletas de fruta y algo de ponche. Tiene una casa impresionante: suelos de madera, unas habitaciones enormes y un jardín gigantesco con una hamaca colgada entre dos árboles altos en el centro (de la que me he caído, borracha, más veces de las que quiero acordarme). Su casa es cómoda; da la impresión de ser una casa familiar. Cada vez que vengo, me acuerdo de lo mucho que odio mi piso.
—Por eso te quiero —dije, sentándome a la mesa y cogiendo una tartaleta—. ¿Qué tal el viaje? ¿Lo pasasteis bien?
Hazel me dio una copa.
—Fue genial. La familia de Kevin está forrada. Tienen un jodido jacuzzi. Prácticamente vivía allí. Solo salía para darle el pecho a Grace y comer scones. Pero bueno, Grace está dormida con Kevin y yo necesito una copa. —¿Cómo estás? ¿Has pasado bien las primeras Navidades sin Alex?
—Sí, estoy bien. No me malinterpretes: he pensado en él, pero he decidido que ha llegado la hora de sacármelo de la cabeza de una vez por todas. Joder, últimamente no hablo de otra cosa... con Lucy, con Oliver, con Pam Potter y ahora contigo. ¿Cuándo acabará?
—Es un hábito que tienes que romper. Igual que fumar. O aquella vez que fuimos al gimnasio tres veces en un mes.
—Me gusta fumar, y un mes de matrícula gratis en un gimnasio no puede calificarse como hábito, ¿no crees? Aunque, de no ser por ese mes, nunca habrías conocido a Kevin.
—Ah, sí. En un mar de tabletas de chocolate, decidí enamorarme del gordito de la cinta andadora. Tenía una resistencia increíble. Y la sigue teniendo. —Sonrió de oreja a oreja.
—No tengo ni idea de qué decir a eso.
Hazel sirvió algo más de ponche.
—Me hicieron falta dos años y un gotero de tequila para superar a Jon. Tenía treinta y cuatro años cuando me divorcié de él, y a los treinta y siete ya estaba casada con Kevin. La vida sigue.
—Nosotros nunca hicimos planes de boda. Alex me dejó claro desde el principio que no quería. Y supongo que le seguí el juego por si alguna vez cambiaba de opinión.
Hazel se quedó callada un momento, masticando una tartaleta, y supe que estaba pensando en Jon. Cuando nos conocimos, llevaba dos años divorciada y hablaba de él en contadas ocasiones, pero lo que sí sé es que Jon era médico y lo habían suspendido por conducta inapropiada con una paciente de diecisiete años.
—¿Piensas mucho en Jon? —dije, y me pregunté si debía haber mantenido la boca cerrada; pero ella se rio sin levantar la vista de la copa.
—A veces, pero nunca con cariño. Si te soy sincera, el acuerdo de divorcio me permitió dejar de trabajar para aquella agencia publicitaria y empezar a hacerlo desde casa, y es algo por lo que tengo que estar agradecida.
»Pero bueno, ahora no tengo excusa para visitar tu oficina y hacer como que hablamos de algún cliente. Por culpa de Jon, mis días son más largos; así que ahí tienes otra razón para odiarlo.
Hazel entrechocó su copa con la mía.
—No es que me hagan falta más razones, pero la acepto. ¿Te das cuenta de que han pasado tres años desde la primera vez que entraste en mi oficina? Ojalá te hubiese conocido antes de estar con Alex. Habría sabido ayudarte mejor para que vuelvas a recuperar tu antiguo yo.
—¡Dios! Todo el mundo quiere que vuelva a recuperar mi «antiguo» yo. Que le den a la antigua yo. Tengo pensado convertirme en una mujer nueva.
Le detallé mi plan de liberación sexual, enumerando las cosas que quería probar, aunque en voz baja, por si nos oía Kevin. Hazel me escuchó con una enorme sonrisa en la cara.
—¡Toma ya! Eres toda una valiente. Ahora mismo mi vida sexual es inexistente. Echamos algún que otro polvo rápido mientras Grace está dormida, aunque me parece que sigo teniendo la vagina traumatizada desde el parto. Pero quiero que me cuentes todo lo que hagas. A lo mejor me inspiras.
—Espero inspirarme a mí misma. Quiero pasar página con Alex.
—A la mierda Alex. Ya ha pasado un año; a partir de ahora te resultará más fácil. Te pondrás bien. Créeme.
Por supuesto que me pondré bien. Más me vale... la alternativa es demasiado negra como para planteármela.
MIENTRAS IBA POR la calle de camino al trabajo esta mañana, vi a Alex. A Alex el sabelotodo, el que me sacaba de quicio, pero no puedo negar que es guapo. Tengo que acordarme de no salir NUNCA con alguien que trabaje cerca de la oficina, ni mucho menos irme a vivir con él. Habría sido más fácil si hubiera estado solo, pero no; tenía que ir acompañado de Doña Tetas, mientras ambos se metían en el llamativo coche de ella. Si hubiera podido salir corriendo sin que me viesen, alegremente me habría quitado los tacones y hecho un sprint, pero lo mismo habría dado que hubiese llevado una pancarta con la palabra «¡AQUÍ!» pintada en letras de neón, ya que los dos me vieron justo a la vez. Prácticamente noté cómo me aparecía la mirilla de Doña Tetas en la frente, como si fuese un objetivo enemigo. Fue ELLA la que me robó el novio, no al revés.
No hubo conversación, solo un incómodo asentimiento de cabeza de reconocimiento por parte de él. Hice todo lo que pude por no dejar de mirar al frente cuando, pensándolo mejor, debería haberlos echado a los dos delante de un coche que se acercaba en sentido contrario a golpes de kárate. Alex me rompió el corazón con esa mujer y ni siquiera han tenido la decencia de morir en algún misterioso incidente tipo «pareja malvada devorada por pandas» o, por lo menos, de salir del país. A veces, cuando pienso en todo lo que pasó, me imagino a mí misma en uno de esos extraños documentales sobre mujeres asesinas, mientras la voz en off entona con dramatismo: «ELLOS LE ROMPIERON EL CORAZÓN... ASÍ QUE ELLA LES ROMPIÓ EL CUELLO». Entré en la oficina y me fui corriendo a los baños. Ni siquiera oí llegar a Lucy. Te juro que la tía se mueve como si tuviera ruedecitas.
—¿Qué pasa? No estarás vomitando, ¿no? Porque como estés potando, te vas a quedar más sola que la una... soy alérgica al vómito.
—Acabo de ver a Alex y a esa mujer ahí fuera. Créeme, me dan ganas de vomitar. Los vi y fue como si me dieran un puñetazo en la cara y en la barriga al mismo tiempo. Se los veía... felices, joder.
Después de escuchar cómo Lucy lo insultaba con todos los tacos jamás inventados (y algunos que no había oído nunca, incluido «gilimierdas»), me sentí mejor.
ESTA MAÑANA LLEGUÉ al trabajo y me encontré a un chico nuevo sentado al viejo escritorio de Marion. De un atractivo que me desconcentra. Tan atractivo, de hecho, que me dan ganas de tocar una bocina para demostrarle mi gratitud cada vez que pasa junto a mi escritorio. Tras una presentación rápida, descubrí que se llama Stuart. Vi cómo a Lucy se le caía la baba con él antes de enviarme un correo.
De: Lucy Jacobs
Para: Phoebe Henderson
Asunto: Mu rico
Es guapísimo. Creo que me he enamorado. Pienso averiguar su dirección, forzar la cerradura y observarlo mientras duerme. Deberías añadirlo a tu lista. Aunque ni siquiera tengo una lista, te aseguro que está en la mía.
De: Phoebe Henderson
Para: Lucy Jacobs
Asunto: Re: Mu rico
Sí, buena idea. «Bienvenido a la empresa, Stuart. Sé que solo llevas trece segundos aquí, pero ¿te apetece acostarte conmigo sin compromiso pero con discreción? ¿Qué me dices?».
Todo esto me recordó que tenía que seguir con la búsqueda, así que llamé al siguiente candidato de la lista, Paul, y quedamos en vernos esta tarde. Normalmente, no me van los rubios, pero Paul tiene algo entrañable. Trabajaba en The Post antes de volver a la universidad para estudiar empresariales y hemos seguido en contacto desde que se fue. Es un tío estupendo, pero nunca pasó nada entre nosotros y siempre me he preguntado en secreto por qué. Muy pocas veces hablamos de novios, de sexo o de nada concreto, la verdad, aparte de nuestros amigos, de música o de cuántas drogas se había metido el fin de semana anterior y yo no. Ha pasado los últimos seis meses en Nueva York y ha vuelto a Glasgow para firmar los papeles de un piso que acaba de comprar y fijar la fecha de mudanza.
10 p.m. Acabo de volver de visitar a Paul. Quedamos en casa de sus padres y tomamos el té (no es precisamente la situación ideal cuando una anda en busca de pistas para averiguar si estaría dispuesto a echar algún que otro polvo).
—¿Cómo te está sentando lo de estar en casa? —pregunté, mientras paseaba la mirada por su dormitorio—. Madre mía, Paul, ¿tus padres han dejado esta habitación EXACTAMENTE como estaba desde que te fuiste de casa?
—Básicamente. —Sonrió de oreja a oreja—. Aunque antes había una foto firmada del Celtic en la pared del fondo. Seguramente mi padre me la ha mangado para su cobertizo. Pues la verdad es que me resulta un poco raro... han pasado tantas cosas desde la última vez que estuve aquí.
—Y que lo digas. Yo me he visto obligada a ir al cine sola porque «las pelis de miedo son para imbéciles sin imaginación».
—¿Lucy?
—¿Quién si no? Pero todo el mundo está deseando verte. Oliver dice que tienes que llamarle para echar un partidito.
—¿Y qué te ha pasado a ti?
—Un aburrimiento, como siempre —mentí—. Mato el tiempo con el trabajo, programas de televisión americanos y poco más. Prefiero que me cuentes qué has estado haciendo tú.
—Un montón de sexo —dijo, con confianza—. Ha sido genial.
—¡Suertudo! ¿Será el acento escocés? ¿Con cuántas mujeres te has acostado?
—Hum... con ninguna —dijo, sonriendo—. En realidad, salí del armario en Nueva York. Conocí a un chico.
—¿Que saliste del armario dónde? Espera. ¿Qué? ¿QUÉ? Oh. ¡Vaya! ¡No tenía ni idea!
—Sí, he tardado lo mío; pero por fin he dado el paso. Con mi madre no hay problema, pero mi padre no se lo ha tomado demasiado bien. No deja de preguntarme si me apetece vestirme de mujer y ver Glee.
Decidí no contarle la verdadera razón por la que había insistido en quedar con él. Su noticia era mucho más importante que la mía. Ponen una sesión doble de pelis de terror en el cine la próxima semana, así que entonces le contaré lo de mi plan para este año. El caso es que lo he tachado de la lista de candidatos y por fin he cerrado el capítulo de «Por qué nunca nos acostamos» y lo he archivado en la sección de «Porque no soy un hombre». Dos fuera y solo queda Oliver. Puede que esto sea un error enorme.
INVITÉ A OLIVER A tomar una copa esta noche y por supuesto me dijo que sí. No porque sea yo; simplemente porque el tío nunca le dice que no a una pinta. Me hizo esperar como un cuarto de hora, muerta de la preocupación por si, de alguna manera, hubiese averiguado por arte de magia lo que pretendía y hubiera huido del país, pero por fin llegó. Cuando entró en el pub, por un segundo me pareció el mismo chico de dieciséis años que había entrado en mi instituto en secundaria. Recuerdo que su sonrisa y esa pelambrera negra y rizada me hechizaron y en seguida nos hicimos amigos, para asco de todas las demás chicas del instituto, que estaban loquitas por sus huesos. Nunca me puso un dedo encima, pero conocíamos todos los detalles escabrosos de los primeros manoseos de cada uno. Normalmente me resultaba fácil hablar de sexo con Oliver, pero esta noche estaba nerviosa.
Oliver se acercó desde la barra con un cóctel muy elaborado y una pinta de Guinness en la mano.
—¿Qué demonios es eso? —pregunté, mirando fijamente la monstruosidad azul que me puso delante.
—Se llama «Moody Blue». No tengo ni idea de lo que lleva, pero parecerás una auténtica idiota mientras te lo bebes.
—Yo consigo que cualquier cosa tenga buena pinta —mentí, dándole un sorbo y reprimiendo las arcadas que me causó el brebaje exageradamente dulce—. ¡Joder! Esto sabe a sobaco.
—Y ahora tienes los labios manchados de azul. Dos libras bien gastadas.
Se quitó la bufanda, miró hacia la barra y le guiñó el ojo a una chica que estaba de pie junto a un hombre gordo y bajito que llevaba una parca.
—Compórtate. ¿Qué iba a pensar Pedra? —pregunté, mientras me frotaba los labios azules con una servilleta.
—Ni idea. Ya no estamos juntos.
