La llave de las emociones - Silvia Congost Provensal - E-Book

La llave de las emociones E-Book

Silvia Congost Provensal

0,0

Beschreibung

Hay algo que no funciona. Desde hace demasiado tiempo, Alicia se siente atrapada en una relación de pareja que no la hace feliz. Ha dejado de ser ella y cada vez ve menos a sus amigos. El amor se ha ido desvaneciendo y se ha convertido en sufrimiento. Por esta razón decide recorrer a Armando Cortés, que la ayudará a descubrir las tres emociones que la retienen: la pena, la culpa y el miedo. Silvia Congost es psicóloga con una sólida formación en autoestima y dependencia emocional. Después de ayudar a abrir los ojos a miles de personas que sufrían relaciones tóxicas con el libro 'Cuando amar demasiado es depender', ahora nos sorprende con un relato emotivo y real que no nos deja indiferentes. En esta historia, descubrimos las claves para liberarnos de la dependencia emocional, recuperar la autoestima y vivir las relaciones de forma sana, sin sufrimiento ni dolor.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 57

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



La llave de las emociones

 

 

Primera edición: septiembre 2014Primera edición en digital: diciembre del 2023

© Silvia Congost

© Traducción: Alejandra Devoto

© Editorial Comanegra, 2014

    Consell de Cent, 159

    08015 Barcelona

    www.comanegra.com

Edición: Eva Mengual

Diseño de cubierta: Susana Catalán

Maquetación: aQuatinta

Producción del ePub: booqlab

ISBN: 978-84-19590-83-1

Quedan rigurosamente prohibidas y estarán sometidas a las sanciones establecidas por ley: la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluidos los medios reprográficos o informáticos, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin la autorización expresa de Editorial Comanegra. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

La llave de las emociones

Silvia Congost

A esa mente tuya, tan racional y tan emotivaA ese corazón tuyo tan fuerte y tan vulnerableA esa mirada blanda y sincera y profundaA esas manos fuertes y esa piel calienteExtremadamente analítico, empírico y científicoque me cuestionas todo y me obligas a cuestionarme todoy así puedo crecer y mejorary comprender que no hay verdades absolutas,que todo es relativo y que debemos ser felices porque, al final,

La vida es un soplo.

A ti.

1

—No puedes seguir así, Alicia. ¿No te das cuenta? Yo ya no te puedo ayudar, cielo. Me encantaría, pero te aseguro que no puedo hacer nada más. Hazme caso y llama a Armando Cortés. Estoy segura de que él sabrá ayudarte.

Fueron las últimas palabras de Mia antes de poner fin a la conversación.

Era una de mis mejores amigas y había tenido más paciencia de la que –creo– habría tenido yo en su lugar y por eso –lo tenía clarísimo–le estaré siempre agradecida, pero al final se había cansado –su paciencia había llegado al límite– y ya no podía más.

De todos modos, cuando Mia se apartaba, siempre ofrecía alternativas y, en mi caso –según ella–, la única opción era Armando Cortés, la única «eminencia» en quien depositaba su más absoluta confianza antes de renunciar definitivamente, como si yo fuese un caso perdido.

A decir verdad, hacía tiempo que me hablaba de él, pero hasta nuestra última conversación ni siquiera me había quedado con su nombre: en realidad, creo que ni le prestaba atención cuando me lo nombraba. Sé que ella conocía a alguien que había ido a verlo y en muy pocas sesiones lo había ayudado a salir del apuro en el que se encontraba, pero no tengo ni idea de quién era.

A falta de alternativas y como suele hacer hoy en día quienquiera que sienta un mínimo de curiosidad o interés por algún asunto, busqué su nombre en internet.

A pesar de mi escaso interés, me llevé una sorpresa mayúscula al descubrir que su nombre no aparecía en Google. ¡Increíble! ¿Cómo podía ser que un profesional que era una «eminencia» no figurase en internet?

En cualquier otra situación, lo habría borrado por completo de mi mente, pero algo me decía que no lo hiciera, tal vez porque no conocía a nadie más a quien recurrir o tal vez porque confiaba mucho en el criterio de Mia y no quería defraudarla: al fin y al cabo, me conocía mejor que nadie, no solo a mí sino también mi relación con Sergio, y con todo detalle…

Si ella estaba convencida de que aquel hombre podía ser mi «salvador», quizá valiese la pena arriesgarse, de modo que valoré los pros y los contras de llamarlo y al final llegué a la conclusión de que, puesto que ya estaba decepcionada, confusa y destrozada, por mal que me fuera no podría acabar peor.

Descolgué el teléfono y respiré hondo. Sin embargo, en vez de marcar el número, volví a colgar, como si me hubiese olvidado de pensar algo importante… De pronto me entró mucho calor y noté que enrojecía como un tomate. Me sentí como cuando, de pequeña, mi madre me obligaba a saludar a alguien que acabábamos de encontrar por la calle y yo me escondía tras ella como podía, como si aquello –¡cándida de mí!– me volviera invisible e intocable.

Mis propios pensamientos me hicieron reír y, sin darme cuenta, me tragué la vergüenza como si fuese un sorbo de agua y volví a descolgar el teléfono para marcar –ahora sí– aquel número mágico.

—Buenos días. Quisiera pedir hora con Armando Cortés para una primera sesión lo antes posible.

—Muy bien. ¿Cuándo te va bien comenzar? Tengo disponibles todas las tardes a partir de las tres.

Necesité unos instantes para procesar lo que acababa de oír.

Me respondió él mismo, de lo cual deduje que no solo no existía en internet sino que tampoco tenía secretaria y, para más inri, ¡me dejaba elegir el día y la hora! Pensé que no debía de tener mucho trabajo.

Cuando me recuperé de tantas decepciones, me armé de valor y proseguí la conversación, concentrándome en Mia y en su confianza en que aquel hombre sería mi «salvador».

—Vamos a ver: si puedo elegir, a mí me iría bien el miércoles a las seis, porque a esa hora habré acabado de trabajar.

—Perfecto. Quedamos entonces el próximo miércoles a las seis. ¿Me dices tu nombre?

—Alicia Prada.

—Estupendo, Alicia, te espero en la calle Galileo número 346, segundo piso, puerta A.

—Tomo nota. Hasta el miércoles y gracias.

En cuanto colgué caí en la cuenta de que el miércoles era el día siguiente y sentí el impulso irrefrenable de volver a llamarlo para decirle que, según acababa de recordar, aquel miércoles tenía otro compromiso y no podría ir, pero me pude contener.

Ya había tomado la decisión y, tal como me estaban yendo las cosas, no podía cancelar ni postergar aquella visita. Era hora de poner manos a la obra.

2

Salí de la gestoría a las cinco pasadas –no quería llegar tarde– y me subí al Mini en un santiamén. Tenía que atravesar media Barcelona para llegar al barrio de Les Corts, donde quedaba la consulta de Armando.

Mientras sonaba Thunder Road, mi canción preferida del viejo disco compacto de Bruce Springsteen que había recuperado hacía poco, traté de poner un poco de orden en toda la información que presentaría al tal Armando.

Sergio y yo llevábamos juntos casi cuatro años. Nos conocimos precisamente en una fiesta que dio Mia.