La lluvia de verano - Marguerite Duras - E-Book

La lluvia de verano E-Book

Marguerite Duras

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Beschreibung

La acción de "La lluvia de verano" (1990) se teje en torno a una familia de inmigrantes cautivadora en su pobreza: el padre, un obrero italiano enamorado de su esposa con la pasión de quien vive obsesionado por un temido abandono; la madre, rodeada por un halo de misterio, ignorante de su poder de fascinación, ajena, animada por el recuerdo luminoso del amante de una noche en un país lejano; los hijos, seductores natos en su atractivo físico, en su libertad, en su clara inteligencia, y sobre todos ellos Ernesto, el mayor, quien, dueño de un talento privilegiado y cobijado en la complicidad que experimenta con su hermana Jeanne, se levanta en medio de una árida soledad sin recursos como el árbol que, insólito en su belleza, crece en un yermo paisaje. En "La lluvia de verano" el lector reconocerá algunos de los temas recurrentes en la obra de Marguerite Duras (1914-1996), como son la infancia, la soledad, el amor, el dolor, la desesperanza. Traducción de M.ª Teresa Gallego Urrutia y M.ª Isabel Reverte Cejudo

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Seitenzahl: 153

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Marguerite Duras

La lluvia de verano

Versión española de María Teresa Gallego Urrutia y María Isabel Reverte Cejudo

Índice

La lluvia de verano

Créditos

Para Hervé Sors

El padre se encontraba los libros en los trenes de cercanías. También se los encontraba al lado de los cubos de la basura, como si fueran un regalo, tras los fallecimientos o las mudanzas. Una vez se había encontrado la Vida de Georges Pompidou. Ése se lo había leído dos veces. También había revistas técnicas viejas, atadas en paquetes, al lado de los cubos de basura corrientes, pero ésas no las cogía. La madre también se leyó la Vida de Georges Pompidou. Aquella Vida les había interesado una barbaridad a los dos. Después de habérsela encontrado, habían andado buscando más Vidas de hombres célebres –que era como se llamaban aquellas colecciones–, pero nunca más habían encontrado ninguna tan interesante como la de Georges Pompidou, quizá porque el nombre de aquellas personas no les decía nada. Habían robado libros de ésos en los tenderetes de saldo que ponen delante de las librerías. Eran tan baratas las Vidas que los libreros hacían la vista gorda.

El padre y la madre habían preferido el relato de la vida de Georges Pompidou a cualquier novela. No había sido sólo por su fama por lo que aquel hombre había interesado a los padres, antes bien los autores del libro habían narrado la vida de Georges Pompidou tomando como base la lógica que comparten todas las vidas, haciendo caso omiso de lo importante que hubiera sido el hombre aquel. El padre se reconocía en la vida de Georges Pompidou y la madre en la de su mujer. Se trataba de unas existencias que no les eran ajenas y que no dejaban de tener incluso relación con la suya.

Menos en lo de los chicos, decía la madre.

Es verdad, decía el padre, menos en lo de los chicos.

Lo que les interesaba cuando leían alguna biografía era en qué se empleaba el tiempo de una vida y no los accidentes singulares que la convertían en existencia privilegiada o desastrosa. Además, a decir verdad, incluso aquellos destinos se parecían a veces entre sí. Antes de aquel libro, el padre y la madre no sabían hasta qué punto su existencia se parecía a otras existencias.

Todas las vidas eran iguales, decía la madre, menos en lo de los chicos. Con los chicos, nunca se sabe.

Es verdad, decía el padre, con los chicos nunca se sabe.

Cuando empezaban un libro, los padres lo acababan siempre, aunque les resultase enseguida aburrido y les llevara meses leerlo. Eso es lo que les había pasado con el libro de Édouard Herriot, El bosque normando, que no hablaba de nadie, sólo del bosque normando, del principio al fin.

Los padres eran unos extranjeros que llevaban en Vitry cerca de veinte años, igual más de veinte años. Allí, en Vitry, se habían conocido y se habían casado. De tarjeta de residente en tarjeta de residente, allí seguían, provisionales. Desde hacía mucho. Y en el paro. Nadie había querido darles trabajo nunca, porque no estaban muy enterados de sus propios orígenes y no tenían ninguna especialidad. Y ellos nunca habían insistido. Sus hijos habían nacido también en Vitry, incluso el mayor, que se les había muerto. Les habían dado casa gracias a aquellos hijos. En cuanto vino el segundo, les concedieron una casa que aún no habían acabado de derribar, a la espera de alojarlos en una vivienda de protección oficial. Pero aquellas viviendas no habían llegado a construirlas nunca y se habían quedado en esa casa, dos habitaciones, dormitorio y cocina, hasta que –como cada año llegaba otro niño– el ayuntamiento mandó construir un dormitorio grande, prefabricado, separado de la cocina por un pasillo. En aquel pasillo dormían Jeanne y Ernesto, los mayores de los siete hijos. Y los demás en el dormitorio grande. El Socorro Católico les había regalado unas estufas de fuel en buen estado.

El problema de la escolarización de los niños no se les había planteado nunca en serio ni a los empleados del ayuntamiento ni a los niños ni a los padres. También es verdad que, en una ocasión, habían pedido que les trajeran un maestro para darles clase a sus hijos, pero les habían dicho que qué pretensiones y que qué más. Así había sido la cosa. En los informes del ayuntamiento que hablaban de ellos se exponía la mala voluntad de aquella gente y la curiosa obstinación con que se empecinaban en ella.

Así que aquella gente leía libros que se encontraba o en los trenes o en los tenderetes, delante de las librerías de lance, o cerca de los cubos de la basura. Cierto es que habían solicitado poder sacar libros de la biblioteca municipal de Vitry. Pero les habían contestado que hasta ahí podíamos llegar y no habían insistido. Menos mal que estaban los trenes de cercanías, donde se podían encontrar libros, y los cubos de la basura. El padre y la madre tenían tarjetas gratuitas de transporte por ser familia numerosa e iban muchas veces a París, ida y vuelta, sobre todo después de leer el libro sobre Georges Pompidou, que les había durado un año.

Una vez había habido otra historia con un libro en aquella familia. Había sido cosa de los chicos, al empezar la primavera.

Por entonces, Ernesto debía de tener entre doce y veinte años. Ernesto no sabía qué edad tenía, como tampoco sabía leer. Sólo sabía cómo se llamaba.

Había sucedido en el sótano de una casa vecina, una especie de cobertizo que la gente dejaba siempre abierto para aquellos niños, y donde éstos iban a refugiarse todos los días cuando se ponía el sol o por la tarde, cuando hacía frío o llovía, hasta la hora de la cena. En aquel cobertizo, en una galería por la que pasaban los tubos de la calefacción, era donde habían encontrado el libro, debajo de unos escombros, los brothers1 más pequeños. Se lo habían llevado a Ernesto y éste lo había estado mirando mucho rato. Era un libro muy gordo encuadernado en cuero negro: tenía una quemadura de tapa a tapa, hecha por vaya usted a saber qué artefacto, alguno de aterradora potencia, algo así como un soplete o una barra de hierro al rojo. El agujero de la quemadura era completamente redondo. Alrededor, el libro estaba como antes de que lo quemaran y se hubiera podido leer la parte de las páginas que lo rodeaba. Los niños habían visto ya libros en los escaparates de las librerías, y en casa, pero nunca habían visto libro tan maltratado como aquél. Los brothers y sisters más pequeños habían llorado.

Durante los días posteriores al descubrimiento del libro quemado, Ernesto había entrado en una fase de silencio. Se había quedado tardes enteras en el cobertizo, encerrado con el libro quemado.

Y luego, de pronto, Ernesto debía de haberse acordado del árbol.

Era un jardín que hacía esquina a la calle Berlioz y a otra calle, casi siempre desierta, la calle Camélinat, que tenía una cuesta muy empinada e iba a dar a la cuneta de la autopista y al Port-à-l’Anglais de Vitry. Rodeaba ese jardín una verja sostenida por unas barras de hierro, un conjunto muy cuidado, lo mismo que los demás jardines de la calle, que tenían la misma superficie más o menos y una forma semejante.

Pero en aquel jardín no había ninguna variedad, ningún arriate, ni una flor, ni una planta, ni un macizo. No había más que un árbol. Uno sólo. El jardín era eso, ese árbol.

Los niños no habían visto nunca otro árbol de esa clase. Era único en Vitry e incluso, quizá, en Francia. Habría podido parecer corriente, habría podido uno no fijarse en él. Pero una vez que se había visto, ya no se iba de la cabeza. Era regular de alto. Con el tronco tan recto como una raya en una página en blanco. Con la copa como una cúpula, tan bella y espesa como una hermosa cabellera recién salida del agua. Pero, bajo aquel follaje, el jardín era un desierto. Allí no crecía nada por falta de luz.

Aquel árbol no tenía edad y permanecía indiferente a las estaciones, a las latitudes, en una soledad sin recursos. Seguramente no lo nombraban ya en los libros de este país. A lo mejor no lo nombraban ya en ninguna parte.

Unos días después de haber descubierto el libro, Ernesto había ido a ver el árbol y se había quedado a hacerle compañía, sentado en el talud, frente a la verja que lo rodeaba. Luego había ido todos los días. A veces se quedaba mucho rato, pero siempre solo. No le hablaba a nadie más que a Jeanne de las visitas que le hacía al árbol. Curiosamente, era el único sitio al que los brothers y las sisters no iban a buscar a Ernesto.

Quizá había sido el árbol, junto con el libro quemado, lo que había empezado a trastornarlo. Eso era lo que pensaban los brothers y las sisters. Pero qué tipo de trastorno era, eso creían que no lo sabrían nunca.

Una tarde, los brothers y las sisters le habían preguntado a Jeanne que qué le parecía a ella, que si tenía idea. Y ella creía que a Ernesto debía de haberlo impresionado la soledad del árbol y la del libro. Ella creía que Ernesto debía de haber reunido el martirio del libro y la soledad del árbol en un mismo destino. Ernesto le había dicho que, al descubrir el libro quemado, se había acordado del árbol encerrado. Había pensado en las dos cosas juntas, en cómo hacer para que sus destinos se tocaran, se fundieran, se le mezclaran en la cabeza y en el cuerpo, en la cabeza y en el cuerpo suyos, de Ernesto, hasta que él pudiera arribar a la parte desconocida de la vida en su totalidad.

Jeanne había añadido: Y Ernesto pensó también en mí.

Pero los brothers y las sisters no habían entendido nada de lo que había dicho Jeanne, y se habían quedado dormidos. Jeanne no se había dado cuenta y había seguido hablando del árbol y de Ernesto.

Para ella, para Jeanne, desde que Ernesto le había dicho aquellas cosas, el libro quemado y el árbol se habían convertido en algo que pertenecía a Ernesto, que éste había tocado con las manos, con los ojos, con el pensamiento, y que Ernesto le había regalado a ella.

Se suponía que Ernesto, en aquel momento de su vida, no sabía todavía leer y, sin embargo, decía que había leído en parte el libro quemado. Así –decía–, sin darse cuenta, e incluso sin saber que lo estaba leyendo, y luego, bueno, pues luego ya no se había planteado nada, ni si se equivocaba, ni si leía de verdad o no, ni siquiera qué demonios podía leer, así o de otra manera. Decía que al principio lo había intentado del siguiente modo: le había dado a determinado dibujo de palabra, de forma totalmente arbitraria, un primer sentido. Luego a la palabra que venía detrás le había dado otro sentido, pero en función del primer sentido del que había dotado a la primera palabra, y así sucesivamente hasta que toda la frase quisiera decir algo sensato. Así era como había entendido que la lectura era una especie de desarrollo continuo, dentro del propio cuerpo, de una historia que uno se inventaba. De tal forma había creído comprender que en aquel libro se hablaba de un rey que había reinado en un país lejos de Francia, extranjero también, hacía mucho, mucho tiempo. Había creído leer no historias de reyes, sino la de determinado rey de determinado país en determinada época. Un poco de aquella historia nada más, a causa de la destrucción del libro, únicamente lo que se refería a algunos episodios de la vida y ocupaciones de aquel rey. Se lo había dicho a sus brothers y sisters. Pero ellos, que tenían celos del libro, le habían dicho a Ernesto:

–¿Cómo vas a poder leer ese libro, so idiota, si no sabes leer, si nunca has sabido leer?

Ernesto decía que era cierto, que no sabía cómo había podido leer sin saber leer. Incluso a él le preocupaba algo la cosa. Y también se lo había dicho a sus brothers y sisters.

Entonces habían tomado juntos la decisión de comprobar lo que decía Ernesto. Ernesto había ido a ver al hijo de un vecino que sí había ido al colegio, que todavía iba y que sí tenía una edad concreta, catorce años. Le había pedido que leyera la parte del libro que él, Ernesto, creía haber leído: ¿qué dice ahí, en la parte de arriba del libro?

También había ido a ver a un maestro de Vitry que sí tenía un título y, como el hijo del vecino, una edad concreta, treinta y ocho años. Y los dos habían dicho más o menos lo mismo, que era la historia de un rey. Judío, había añadido el maestro. Era la única diferencia entre las dos lecturas. A Ernesto le habría gustado hacer otra comprobación después con su padre, pero, cosa rara, el padre había escurrido el bulto, se había sacudido el problema, había dicho que había que creer lo que decía el maestro. Luego el maestro había ido a ver a los padres para decirles que mandaran a Ernesto al colegio y también a su hermana, que no tenían derecho a dejar en casa2 a unos chicos tan listos y con tal ansia de saber.

–¿Y los brothers y las sisters? –había preguntado Ernesto–. ¿Quién los va a cuidar a ésos?

–Que se cuiden solos –había dicho la madre.

A la madre le había parecido bien lo que decía el maestro, había dicho que qué oportuno, que todos esos brothers y sisters tenían que acostumbrarse a que no estuviera Ernesto, que, antes o después, habrían tenido que apañárselas sin Ernesto y que, además, antes o después, todos se iban a separar de todos y para siempre. Que, para empezar, más tarde o más temprano, vendrían separaciones aisladas. Y que, después, lo que quedara se volatilizaría a su vez. Porque sí, porque así era la vida. Y que, en lo referente a Ernesto, se les había olvidado mandarlo al colegio, era tan fácil olvidarse de cosas de ésas con Ernesto; pero que él también tendría que separarse un día u otro de sus brothers and sisters. Que así era la vida, sí, sólo la vida y nada más. Que dejar a los padres o ir al colegio era lo mismo.

Así que Ernesto había ido al colegio público Blaise Pascal de Vitry-sur-Seine.

Mientras estaba en el colegio, los brothers y las sisters de Ernesto se habían quedado todas las tardes esperando a que volviera escondidos en un terreno del ayuntamiento, un antiguo campo de alfalfa cubierto de brotes donde la gente tiraba los juguetes viejos de los niños, patinetes viejos, cochecitos viejos, triciclos viejos, bicicletas viejas, muchas bicicletas viejas. Cuando Ernesto volvía del colegio o de otro sitio, los brothers y las sisters lo seguían. Fuera adonde fuera, viniera de donde viniera, incluso más adelante, y más adelante aún, cuando Ernesto ya había salido de la fase del silencio, habían continuado siguiéndolo. Cuando Ernesto iba al cobertizo, ellos iban también. Allí esperaban juntos la señal de la cena, el silbido del padre. E iban con él a casa. Los brothers y las sisters no volvían nunca a casa sin él.

El encierro de Ernesto en el recinto del colegio había durado diez días. Había transcurrido sin incidente alguno.

Durante diez días, Ernesto había escuchado al maestro muy atento.

No había preguntado nada.

Y luego, la mañana del décimo día desde el comienzo de su escolarización, Ernesto había vuelto a casa.

Es por la mañana temprano. Estamos en la cocina, la habitación principal del domicilio. Hay una larga mesa rectangular, bancos y dos sillas. La madre está allí siempre. Esa mujer sentada que mira entrar a Ernesto. Mira y luego sigue pelando patatas.

Sosiego.

La madre: Estás otra vez enfadado, Ernestino.

Ernesto: Sí.

La madre: A santo de qué... no lo sabrás. Como siempre.

Pausa.

Ernesto: Pues no, no lo sé.

La madre espera mucho rato y sin decir nada a que Ernesto hable. Conoce bien a Ernesto. Está enfadado por dentro. Mira hacia fuera, se olvida de la madre. Y luego vuelve a ella. Y se miran. Él no dice nada. Y ella lo deja. Y entonces él habla.

Ernesto: Estás pelando patatas.

La madre: Sí.

Pausa. Luego Ernesto grita.

Ernesto: Ahí tienes el mundo, por todos lados, pasan montones de cosas, acontecimientos de todas clases, y tú aquí, pelando patatas todo el santo día y todos los días del año... ¿No puedes poner otra cosa, o qué?

La madre. Lo mira.

La madre: No irás a llorar por eso. ¿Estás loco o qué, esta mañana?

Ernesto: No.

Vuelve el sosiego.

Pausa larga. La madre pela. Ernesto la mira.

La madre: ¿No es algo pronto para volver del colegio, Ernestino?

La madre espera. Ernesto calla. Pausa.

La madre: Igual me querías decir algo, Ernesto, ¿no?

Ernesto tarda en contestar.

Ernesto: No (pausa). Sí.

La madre: A veces pasa que uno quiere decir algo...

Ernesto: A veces pasa, sí.

La madre: Ya me parecía a mí...

Ernesto:Sí.

Pausa.

La madre: ¿También puede pasar al revés?

Ernesto: Sí, también.

Pausa.

La madre: Lo que tú quieras, Ernesto.

Ernesto: Sí.

Pausa.

La madre: Igual es que lo que me quieres decir no me lo puedes decir...

Ernesto: Eso. No te lo puedo decir...

Calma. Sosiego.

La madre: ¿Y eso?

Ernesto: Te iba a dar pena, así que no puedo.

La madre: ¿Y por qué me iba a dar pena?

Ernesto vacila.

Ernesto: Porque sí. Y además no ibas a entender lo que te iba a decir. Así que, como no me vas a entender, para qué te lo voy a decir.

La madre: Pero si no lo entiendo, no me dará pena.

Ernesto se queda callado ante su madre.

La madre: ¿Qué cuentos te traes hoy, Vladimir?

Ernesto: Lo que te iba a dar pena no es lo que yo dijera. Te daría pena no entenderlo.

Pausa. La madre mira a su hijo.

La madre: Dímelo de todas formas, Vladimir..., dímelo como lo dirías si valiera la pena decírmelo...

Ernesto: Pues... estaría aquí, igual que estoy ahora, mirándote pelar patatas, y luego, de pronto, te lo diría y ya está (pausa). Ya estaría dicho.

La madre espera. Pausa.

Luego Ernesto grita.

Ernesto: Mama, te diría, mama... mama, no voy a volver al colegio, porque en el colegio me enseñan cosas que no sé. Luego ya estaría dicho. Ya estaría dicho, hala.

La madre deja de pelar. Pausa.

La madre, repite despacio: Porque-en-el-colegio-me-enseñan-cosas-que-no-sé...

Ernesto: Eso mismo.

La madre piensa. Luego mira a Ernesto. Luego sonríe. Ernesto sonríe también.

La madre: Ésta sí que es buena.

Ernesto: ¿A que sí?

Ernesto se levanta, va por un cuchillo al cajón y vuelve a la mesa.

La madre mira un buen rato a su hijo Ernesto.

Pausa.

Luego los dos se echan a reír de repente... qué barbaridad. Se ríen. Pelan, se ríen.

Pausa.

Ernesto: ¿Entiendes lo que te he dicho, mama?

Pausa. La madre piensa.

La madre: Pues la verdá. No puedo decir cómo lo entiendo... si lo entiendo a derechas... pero algo me parece que sí entiendo, oyes.

Ernesto: Déjalo, mama.

La madre: Sí.

Pausa.