La vida material - Marguerite Duras - E-Book

La vida material E-Book

Marguerite Duras

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Beschreibung

Libro singular y extraordinario, "La vida material" es muy posiblemente una de las vías mejores para acercarse a la imponente figura de Marguerite Duras (1914-1996). A lo largo de sus páginas encontramos su ser más auténtico, sus muy humanas debilidades que son al tiempo sus fortalezas, su particular y siempre estimulante mirada ante el amor, los hombres (hetero y homosexuales), la casa, la mujer y su valía, el cine, la escritura, el alcohol..., todo aquello que vino a constituir en definitiva su existencia, la "vida material" que da título al volumen. Contextualizada por las valiosas anotaciones que acompañan discretamente su discurso, la obra, bajo su aparente modestia, acaba revelándose, por su autenticidad y su calado, como una de las creaciones mayores de la autora. Traducción y posdata de Menene Gras Balaguer

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Seitenzahl: 251

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Marguerite Duras

La vida material

Marguerite Duras hablaa Jérôme Beaujour

Traducción, posdata y notas de Menene Gras Balaguer

Índice

La vida material

El olor químico

Las Damas de las Rocas Negras

La autopista de la palabra

El teatro

El último cliente de la noche

El alcohol

Los placeres del VI

Vinh Long

Hanoi

El cuaderno negro

Bonnard

El azul del chal

Los hombres

La casa

Cabourg

Animales

Trouville

La estrella

El uniforme M.D.

El cuerpo de los escritores

Alain Veinstein

Los bosques de Racine

El tren de Burdeos

El libro

Quillebeuf

El hombre atrapado

Las fotografías

El Cortador del agua

Figon Georges

La mujer de Walesa

La tele y la muerte

La palabra que da suerte

El bistec verde

¿No quiere?

Las torres de vigilancia de Poissy

La Grande Bleue

París

El diván rojo

Las piedras redondas

La cómoda

Perder el tiempo

Las chimeneas de India Song

La voz de LeNavire Night

Comer por la noche

Octubre del 82

El estado peligroso

Las cartas

La población nocturna

Posdata: Traducir a Marguerite Duras

Créditos

La vida material

Este libro nos hizo pasar el rato desde principios de otoño hasta finales de invierno. Narré todos los textos oralmente a Jérôme Beaujour1, salvo muy pocas excepciones. Luego nos dedicamos a leer los textos descifrados. Tras nuestras mutuas observaciones, yo corregía los textos y Jérôme Beaujour por su lado los repasaba. Los primeros tiempos fue difícil. Aunque no tardamos en abandonar las dudas. Intentamos abordarlo por temas, pero también lo dejamos. La última parte del trabajo la dediqué a abreviar los textos, a aligerarlos y a suavizarlos. Eso fue de común acuerdo. Por lo tanto, ninguno de los textos es exhaustivo. Ninguno refleja lo que yo pienso en general del tema que abordo, porque yo no pienso nada en general sobre nadaw, salvo sobre la injusticia social. El libro sólo representa, en el mejor de los casos, aquello que yo pienso algunas veces, y algunos días, de ciertas cosas. Así que también representa lo que pienso. No llevo dentro de mí la losa del pensamiento totalitario, quiero decir: definitivo. He evitado esta plaga.

Este libro no tiene principio ni fin, y tampoco tiene centro. Desde el momento en que no existe ningún libro sin razón de ser, este libro no es un libro. Tampoco es un diario, ni es un reportaje, emana del acontecimiento cotidiano. Digamos que es un libro al fin y al cabo. Dista de ser una novela, pero es más afín a su escritura –resulta curioso desde el momento en que es oral–2 que a la del editorial de un periódico. He dudado en publicarlo, pero ningún formato libresco previsto o en curso habría podido contener esta escritura flotante de La vida material, estas idas y venidas entre yo y yo, y entre vosotros y yo en este tiempo que compartimos.

Marguerite Duras

1. Jérôme Beaujour (París, 1946) es un escritor y realizador francés, amigo incondicional de M.D., al que ésta narró oralmente La vida material y a la vez con la que trabajó en gran parte de su obra cinematográfica.

2. Es un libro oral, donde la escritora, que perdía cada vez más la vista, recurre a la conversación para narrar lo que quiere comunicar. Las grabaciones de su relato empiezan el 13 de septiembre de 1986 en el apartamento que ella tenía en Trouville y a mediados de octubre se prolongaron en la casa de ella en París, en la rue Saint-Benoît, hasta diciembre de ese mismo año. La primera grabación está fechada el 13 de septiembre de 1986 y la última data del 4 de diciembre del mismo año. A las correspondientes transcripciones siguieron la lectura de los textos y las correcciones que compartieron ambos.

El olor químico

En 1986, permanecí casi cuatro meses en Trouville, de mediados de junio a mediados de octubre, ya pasado el verano. En cuanto me alejo de Trouville, tengo la sensación de quedarme sin luz. No sólo sin la luz directa del pleno sol, sino de la difusa y blanca del cielo cubierto y de la de color carbón de las borrascas. A finales de verano, cuando me encuentro lejos de este lugar, me quedo sin los cielos que salen de debajo del Atlántico, esos cielos viajeros de “larga distancia”. En otoño, me pierdo la bruma de la pleamar, el viento, las miasmas petrolíferas de El Havre y el olor químico. Cuando te levantas temprano, puedes ver sobre la playa vacía el diagrama perfecto de las Rocas Negras ligeramente deportado hacia el norte. Luego, con las horas, la sombra disminuye de altura hasta desaparecer.

Durante años, he vivido entre las casas de Neauphle, de Trouville y de París. Para poder estar en Neauphle, dejé de ir a Trouville al menos diez años, e incluso alquilé la casa durante varios veranos para compensar los elevados gastos derivados de la copropiedad. Esos años, viví sola en Neauphle, por lo que durante mucho tiempo no conocí a nadie nuevo en el hotel de las Rocas Negras3. Si me instalaba en alguna parte para pasar el verano, era más bien en Neauphle-le-Château, donde conocía a todo el pueblo.

Nunca he estado en el sitio donde me habría gustado estar, siempre he ido a remolque, a la búsqueda de un lugar y de un horario, y nunca me he encontrado allí donde quería estar, salvo en Neauphle tal vez, algunos veranos, y en un estado de cierta desdicha dichosa. En aquel jardín cerrado de El hombre atlántico4, la desesperación de amarle a él estaba en aquel jardín ahora abandonado. Todavía me veo allí, replegada sobre mí misma y atrapada en las heladas de los jardines desamparados.

Soy alguien que nunca llega puntual a ningún almuerzo ni a ninguna cita, ni al cine ni al teatro ni a los aviones, siempre es en el último momento. Ahora desconfío tanto de mí, que llego con una hora de antelación al teatro. Disfruto viendo a otras personas corriendo por temor a llegar tarde. Siempre iba a la playa cuando la gente ya se marchaba. Nunca me he puesto morena en la playa, porque me horroriza tomar el sol y llenarme de arena la piel y los cabellos. Me he puesto morena al volante de mi coche paseando por España o por Italia.

No obstante, durante gran parte de mi existencia, tuve el ardiente deseo de poder tomar el sol. Eso duró mucho tiempo. Elaboraba sistemas para hacer todo lo que hacían los demás. De ahí que llegara tarde a todas partes y lo pasara mal. Hacía como los demás, iba a la playa, pero al atardecer. Hacía las cosas a medias, por el mero hecho de hacerlas, pero no conseguía lo que quería. Lamento mucho haber sido así, tan reglamentaria, pero nunca contenta. Cada final de verano parezco una idiota que no comprende lo que ha ocurrido, aunque sí comprende que es demasiado tarde para vivirlo. Si hay algo que sé hacer es mirar el mar, poca gente ha escrito sobre el mar como lo he hecho yo en El verano del 805. Así es: el mar en El verano del 80 es lo que no he vivido, es lo que deposité en un libro porque no habría podido vivirlo. Este paso del tiempo siempre ha sido igual toda mi vida. Durante toda mi vida.

Habría podido continuar después de El verano del 80. No hacer nada más. El diario del mar y del tiempo, el de la lluvia, de las mareas y del viento, de aquel viento brutal que arranca las sombrillas y las lonas, y de este otro que se agazapa alrededor de los cuerpos de los niños en las hondonadas de las playas, detrás de los muros de los hoteles. Con el tiempo detenido, la gran barrera del frío y el invierno polar ante mí. El verano del 80 se ha convertido ahora en el único diario de mi vida. El de mi perdición junto al mar, aquel verano infeliz de 1980.

3. El Grand Hotel des Roches Noires es un palacio que se construyó en Trouville-sur-Mer en 1866, como el segundo hotel de lujo de la costa de Normandía. Marguerite Duras, que fue por primera vez allí cuando tenía dieciocho años, compró un pequeño apartamento en 1963, el número 105, en el mismo edificio, en el que solía pasar largas temporadas todos los veranos hasta 1993, dos años antes de fallecer. El hotel sigue abierto todo el año y se promociona como un lugar de vacaciones de cuatro estrellas, con una valoración excepcional por su pasado, su arquitectura y su ubicación.

4. Esta obra es un mediometraje de 45 minutos que dirigió M.D. en 1981, con Yann Andréa (v. infra p. 172, n. 1) como intérprete principal. Se trataba de la adaptación del libro del mismo nombre que se publicó no obstante al año siguiente, en 1982, en Éditions de Minuit. Evocación ambigua de la asfixia de la desesperación de amar y de la incertidumbre acerca del lugar en el que se encuentran los amantes –«ya no sé dónde estamos, qué otra historia de amor estamos reiniciando, ni en qué historia nos hemos extraviado»–. El libro se presenta en formato de guión, en el que se recogen las instrucciones para el protagonista, que ha de representar la ausencia y la pérdida delante del mar, un día gris, casi oscuro, donde las voces realmente se imponen a las imágenes en la casi oscuridad total. Según Laure Adler en su biografía de la autora (Marguerite Duras, Anagrama, 2000), M.D. escribe este libro con el único propósito de retener a Yann. «En esa extensa carta de amor y de desesperación pone el mundo por testigo del dolor de ese amor que por otro lado tampoco quiere romper. El alcohol sólo sirve para aumentar la violencia y exacerbar su deseo. Es eso o no escribir. Es eso o morir.»

5. A petición de Serge July, director del periódico Libération en aquel entonces, M.D. escribió diez crónicas que reunió en este libro publicado por Éditions de Minuit ese mismo año y por primera vez en español por Bid & Co en 2010. El libro es una crónica de paisajes interiores que se solapa con la crónica de sucesos que acontecieron aquel verano –la invasión soviética de Afganistán, los Juegos Olímpicos de Moscú y la huelga de solidaridad en Polonia, entre otros conflictos internacionales.

Las Damas de las Rocas Negras

En verano, unas señoras ya mayores se dan cita cada tarde en la terraza del hotel de las Rocas Negras y no paran de hablar. Las llaman las Damas de las Rocas Negras. Todos los días, todas las tardes y todo el verano. Podemos hablar de nuestra vida toda la vida, la vida da para mucho. Estas mujeres charlan en la terraza que da al mar hasta que refresca y se va haciendo de noche. A menudo la gente que pasa se queda escuchando. A veces, invitan a alguien a sentarse con ellas. Son mujeres que narran de una manera insuperable cosas que les han ocurrido en la vida o que han ocurrido a otros y en el mundo. Resurgidas de los escombros de la guerra, hablan desde hace cuarenta años del centro de Europa. Hay personas que se encuentran cada año en ese gran hotel de la costa de La Mancha. Para eso, para hablar.

En 1940, tenían entre veinte y treinta y cinco años. Algunas viven en Passy, en Francia. La palabra damas no quiere decir nada si no se conoce a las de La Mancha.

En verano reconstruyen Europa a partir de sus redes de amistades, de encuentros, de relaciones mundanas y diplomáticas, de los bailes de Viena, de París, de los muertos de Auschwitz y del exilio.

Proust se alojaba a veces en este hotel6. Algunas debieron de conocerle. Tenía la habitación 111, que daba al mar. Es como si Swann estuviera aún por los pasillos. Cuando ellas recuperan la juventud, es entonces cuando Swann pasa.

6. Entre los huéspedes ilustres del hotel suelen citarse Claude Monet, que lo pintó en 1870 y cuyo cuadro con ese título se encuentra actualmente en el Musée du Quai d’Orsay; Gustave Flaubert, que descubrió allí a Élisa Schlesinger, el amor imaginario de su vida y objeto de su pasión como la describe en las Memorias de un loco y en La educación sentimental; y Marcel Proust, que se alojó regularmente entre 1880 y 1915.

La autopista de la palabra

En esta especie de libro que no es un libro, me habría gustado hablar de todo y de nada, como cada día en el transcurso de una jornada como las demás, trivial. Tomar la gran autopista, la vía general de la palabra, sin referirme a nada en particular. Pero es imposible hacerlo, evadirse del sentido, no ir a ningún sitio y limitarse a hablar sin partir de un punto dado de conocimiento o de ignorancia, hasta encontrarse al azar en medio de la muchedumbre de palabras. No se puede. No se puede saber y no saber al mismo tiempo. Por lo tanto, este libro, que me habría gustado que fuera en última instancia como una autopista, que habría debido ir en todas direcciones a la vez, quedará como un libro que quiere ir a todas partes y que sólo va a un lugar, y que volverá y se irá de nuevo, como todo el mundo y como todos los libros, a menos que me calle, pero eso, eso no se escribe.

El teatro

Este invierno voy a hacer teatro, y espero salir de mi casa, hacer teatro leído, no representado. La representación despoja al texto, no le aporta nada, es lo opuesto, resta presencia, profundidad, músculos y sangre al texto. Hoy pienso así. Pero pienso así a menudo. Pienso así del teatro en mi fuero interno, aunque como ningún teatro se lee, empiezo a pensar de nuevo en el teatro habitual y me olvido. Pero, desde mi experiencia en el teatro del Rond-Point en enero del 85, estoy convencida por completo y sin rodeos de lo que acabo de decir7.

Un actor que lee un libro en voz alta, como lo haría en Los ojos azules, pelo negro8, sin nada más que hacer, nada más que mantenerse inmóvil, nada más que extraer el texto del libro sólo mediante la voz, sin las gesticulaciones para hacer creer en el drama del cuerpo sufriente a causa de las palabras dichas, en tanto que el drama entero está en las palabras y el cuerpo ni parpadea. No conozco ninguna palabra teatral que iguale en potencia a la de los celebrantes de una misa cualquiera. Los que rodean al Papa hablan y cantan en una lengua extraña, con una pronunciación clara, sin acento tónico, sin ningún acento, llana y sin precedentes ni en el teatro ni en la ópera. En los recitativos de las Pasiones según San Juan y San Mateo, y en algunas obras de Stravinsky, como en las Bodas y en la Sinfonía de los Salmos, encontramos estos campos sonoros creados como si cada vez fuera la primera vez y pronunciados hasta la resonancia de la palabra, con el sonido que le corresponde, nunca oído en la vida corriente. Sólo creo en eso. En la Berenice de Grüber9, donde ésta permanecía casi inmóvil, lamenté el inicio de los movimientos porque éstos alejaban la palabra. Las súplicas de Berenice, pese a la interpretación de la maravillosa actriz que es Ludmilla Michaël10, no disponían del campo sonoro que merecían. ¿Por qué seguir engañándonos? Berenice y Tito son los que recitan, el escenógrafo es Racine, y la sala es la Humanidad. ¿Por qué representar esto en un salón o una alcoba? No me importa lo que penséis a propósito de lo que digo. Dadme una sala para que Berenice se lea y lo comprobaréis. En Savannah Bay11, durante la conversación que llamamos la de las “voces restituidas” de los jóvenes amantes, las voces se anticipaban a lo que yo digo. En La Haya ocurrió algo extraño que nunca habían conseguido mis dos actrices favoritas. Tenían el teatro entero ante sus ojos, miraban la sala y al mismo tiempo mostraban lo que ocurre en un teatro cuando se cuenta la historia de unos amantes.

Desde 1900, no se representaban obras de mujeres en la Comédie-Française, ni en el T.N.P. con Vilar, ni en el Odéon, ni en Villeurbanne, ni en la Schaubühne, ni en el Piccolo Teatro de Strehler, ni de ninguna autora ni de ninguna directora de escena12. Un día, Sarraute y yo empezamos a ser representadas en los Barrault13. Mientras que George Sand sí se representaba en los teatros de París. Esto se prolongó más de 70, 80 o 90 años. Ninguna obra hecha por una mujer en París, ni tampoco en Europa quizá. Lo descubrí. Nadie me lo había dicho jamás. Sin embargo, esto sucedía a nuestro alrededor. Hasta que un día recibí una carta de Jean-Louis Barrault preguntándome si quería adaptar para el teatro mi novela corta titulada Días enteros en las ramas14. Acepté. La adaptación fue rechazada por la censura. Hubo que esperar hasta 1965 para poder representar la obra. Fue un gran éxito. Pero ningún crítico destacó que era la primera obra de teatro escrita por una mujer que se representaba en Francia desde hacía casi un siglo.

7. Se trata de La música, obra que surgió de un encargo que la televisión inglesa hizo a M.D. para una serie –Love Stories– en 1965. Este mismo año se representó por primera vez en el estudio de los Champs Elysées y Éditions de Minuit publicó el texto. En 1966 fue objeto de la primera adaptación cinematográfica de M.D. con Paul Seban y en 1985 la escritora lo amplió para su representación en el teatro del Rond-Point, que había abierto sus puertas en 1981. Un hombre y una mujer se encuentran en un hotel dos años después de separarse dispuestos a contarse la verdad y a reconocer su infidelidad, que no obstante justifican ante el desgaste de la relación y la necesidad de volver a experimentar la pasión de la primera vez.

8. Los ojos azules, pelo negro fue traducida al español por Clara Janés y publicada por Edit. Tusquets en 1987. Es la historia de la relación entre dos hombres. El homosexual se enamora de un joven de ojos azules y pelo negro, a quien sólo verá en dos ocasiones fugazmente y que desaparece con una mujer, a la que a continuación, sin saberlo, pagará desesperado para que pase las noches con él. Ella, no obstante, vivirá con otro lo que éste no puede darle. El deseo, la vergüenza, el desgarro, la pasión no correspondida y la soledad se unen y se confunden.

9. Klaus Michael Grüber (1941-2008) fue un escenógrafo y actor muy influyente para directores de escena como Patrice Chéreau, Luc Bondy y Robert Wilson. Trabajó con varios artistas para los decorados de las obras que escenificó, sobre todo pintores, como Eduardo Arroyo o Gilles Aillaud. En la Comédie Française puso en escena la Berenice de Racine con la célebre Ludmila Mikaël en el papel protagonista.

10. Ludmila Mikaël (1947), descendiente de pintor y de pianista, entró en la Comédie Française en 1967. Paralelamente a su carrera teatral, debutó en el cine en 1966 en Des garçons et des filles.

11. M.D. escribió esta obra para Madeleine Renaud (1900-1994), actriz y gran amiga de la escritora, consistente en un diálogo entre ella y una joven que desea conocer la verdad sobre su madre. M.D. solía decir que Madeleine era su madre de teatro. Savannah es el nombre de la joven y el nombre de un pueblo de Tailandia. La narración que intercambian las dos mujeres reconstruye los hechos y los lugares donde éstos suceden. En el teatro, la voz de Edith Piaf, a quien M.D. rinde homenaje, introduce el relato cantando Les mots d’amour.

12. M.D. se refiere a Jean Vilar, que dirigió el Théâtre National Populaire de 1951 a 1953 y contribuyó a cambiar las políticas públicas para la democratización y socialización de la cultura en Francia, y a Giorgio Strehler (1921-1997), cofundador y director del Piccolo Teatro de Milán.

13. Jean-Louis Barrault (1910-1994) fue actor, director de teatro, guionista, director de cine y marido de Madeleine Renaud. Tras la Segunda Guerra Mundial fundaron su propia compañía, Barrault-Renaud (1946). Escribió Reflexiones sobre el teatro (1949) y Mi vida en el teatro (1975), entre otros libros.

14. El libro se publicó por primera vez en Éditions Gallimard en 1954, y en español en 1976, en la editorial Seix Barral. M.D. plantea en tres relatos el conflicto existencial que opone al hombre y el mundo, y la muerte: en el primero, la relación de una madre y su hijo descarriado; en el segundo, el amor imposible de una anciana por un joven; y en el tercero la resignación. La obra fue llevada al cine y Jean-Louis Barrault asumió su puesta en escena en el Théâtre des Celestins en 1965.

El último cliente de la noche15

La carretera atravesaba la Auvernia y el Cantal. Habíamos salido de Saint-Tropez por la tarde y condujimos hasta entrada la noche. No recuerdo exactamente qué año era, fue en pleno verano. Le conocía desde principios de año. Tropecé con él en un baile al que había ido sola. Pero eso es otra historia. Quiso parar antes del amanecer en Aurillac. El telegrama había llegado con retraso, lo habían enviado a París, y de París lo reenviaron a Saint-Tropez. El entierro debía tener lugar al día siguiente, a última hora de la tarde. Hicimos el amor en el hotel de Aurillac, y lo volvimos a hacer. Por la mañana lo hicimos de nuevo otra vez. Creo que fue allí, durante aquel viaje, cuando mi apego se hizo evidente en mi cabeza. Por él. Creo. Aunque no estoy tan segura. Pero por él, seguro, sí, desde el momento en que él sentía el mismo deseo que yo. Pero él como otro, como el último cliente de la noche. Apenas dormimos, y reemprendimos el viaje muy temprano. Era una carretera muy bonita pero terrible e interminable, con curvas cada cien metros. Sí, fue durante aquel viaje. Nunca más ha vuelto a pasarme algo así en la vida. El sitio ya existía. Aquellas habitaciones de hotel. En las orillas arenosas del río. Era de noche. También formaban parte del lugar los castillos y sus muros. La crueldad de las cacerías. Los hombres. El miedo. Los bosques. Las alamedas desiertas. Los estanques. El cielo. Tomamos una habitación a orillas del río. Hicimos otra vez el amor. Dejamos de hablar. Bebimos. Me pegaba impasible. En la cara. Y en ciertas partes del cuerpo. No podíamos acercarnos más el uno al otro sin tener miedo, sin temblar. Me llevó hasta lo alto del parque, a la entrada del castillo16. Estaban los de Pompas Fúnebres, los guardianes del castillo, el ama de mi madre y mi hermano mayor. A mi madre no la habían metido todavía en el ataúd. Todo el mundo me esperaba. Mi madre. Besé la frente helada. Mi hermano lloraba. En la iglesia de Onzain éramos tres, los guardianes se habían quedado en el castillo. Yo pensaba en este hombre que me esperaba en el hotel a orillas del río. No me daban pena ni la difunta ni el hombre que lloraba, su hijo. Nunca me la dieron. Después acudí a la cita con el notario. Di mi consentimiento a las disposiciones testamentarias de mi madre y me desheredé.

Él me esperaba en el parque. Dormimos en aquel hotel a orillas del Loira. Después, nos quedamos varios días junto al río, dando vueltas por allí. Permanecíamos en la habitación hasta entrada la tarde. Bebíamos. Salíamos para beber. Volvíamos a la habitación. Por la noche salíamos de nuevo. Buscábamos cafés abiertos. Era la locura. No podíamos marcharnos del Loira, de ese lugar. Tampoco hablábamos de lo que buscábamos. A veces teníamos miedo. Sentíamos una profunda lástima. Llorábamos. No pronunciábamos la palabra. Lamentábamos no amarnos. Ya no sabíamos nada. Existía sólo lo que decíamos. Sabíamos que esto no volvería a sucedernos en la vida, pero de eso no decíamos nada, ni de que éramos los mismos frente a esta extraña disposición de nuestro deseo. Siguió siendo la locura todo el invierno. Al final, fue menos grave, una historia de amor. Y más tarde escribí Moderato Cantabile17.

15. M.D. no da nombres, sólo se refiere al «último cliente de la noche» como si se tratara de un desconocido que retribuye sus servicios sexuales. Pero se trata sin duda de Gérard Jarlot (1923-1966), al que conoció en 1957 y fue uno de los cuatro grandes amores de su vida, quien no obstante la hizo sufrir constantemente con sus infidelidades. Le precedieron Robert Antelme, con el que se casó en 1939 y a quien inmortalizó en El dolor (1985; Alianza Editorial, 2019), y Dionys Mascolo al que conoció en 1942. Después de Jarlot vino Yann Andréa, que la acompañó hasta el fin de sus días.

16. En El amante, M.D. se refiere al regreso de su madre a Francia y a la adquisición que ésta hizo de un falso castillo de Loire-et-Cher, estilo Luis XIV, casi en ruinas, donde vivió hasta su muerte. Ella cuenta que debido al mal estado de las instalaciones, cuando llovía las goteras inundaban el primer piso, y «después del falso testamento, el falso castillo Luis XIV fue vendido por un mendrugo de pan. La venta estuvo trucada como el testamento», concluye. Aurillac es una ciudad monumental en la que hay otro castillo, que se remonta al siglo IX, de arquitectura medieval, con su alto torreón cuadrado sobresaliendo por encima de los demás.

17. M.D. dedicó Moderato Cantabile (1958) a Gérard Jarlot, «el último cliente de la noche». El título lo sacó de la sonatina de Diabelli que practica el hijo de Anne Desbaresdes en las clases particulares de piano. Anne es la mujer de un adinerado empresario, dueño de Import/Export y Fonderies de la Côte. Un día durante la clase oye el grito de una mujer y acude al café de la esquina para saber qué ha ocurrido y cuáles han sido los móviles del crimen cometido. El vino hace hablar a la protagonista y a su interlocutor, mientras la acción se desarrolla en la conversación que mantienen ambos. La novela recibió el Prix de Mai, que le concedió un jurado reunido por Alain Robe-Grillet, con Roland Barthes, Maurice Nadeau, Georges Bataille, Natalie Sarraute y Louis-René des Fôrets en la librería La Hune. Ella y Gérard Jarlot adaptaron juntos la novela para la película del mismo título que dirigió Peter Brook en 1959, con Jeanne Moreau, premio a la mejor interpretación femenina en el festival de Cannes (1960), y Jean-Paul Belmondo.

El alcohol

He vivido sola con el alcohol durante veranos enteros en Neauphle. La gente venía los fines de semana. Durante la semana, me quedaba sola en aquella casa tan grande, y allí el alcohol adquirió todo su sentido. El alcohol hace resonar la soledad y termina por hacer que se lo prefiera antes que cualquier otra cosa. Beber no es obligatoriamente querer morir, no. Pero no puedes beber sin pensar que te estás matando. Vivir con el alcohol es vivir con la muerte al alcance de la mano. Lo que impide que acabes contigo cuando enloqueces a causa de la embriaguez alcohólica es la idea de que una vez que hayas muerto no podrás beber más. Empecé a beber en las fiestas y en las reuniones políticas, primero copas de vino y luego whisky. Y a los cuarenta y un años, encontré a alguien que le gustaba de verdad el alcohol, y que bebía todos los días, aunque de una manera razonable. Lo superé muy deprisa. Pasaron diez años. Hasta la cirrosis y los vómitos de sangre. Paré otros diez años. Era la primera vez. Volví a empezar, y volví a parar, ya no sé por qué. Luego, dejé de fumar, y sólo pude hacerlo volviendo a beber. Es la tercera vez que paro. Nunca, nunca he fumado opio ni hachís. Me he “drogado” con aspirina todos los días durante quince años. Nunca me he drogado de verdad. Al principio, bebía whisky y calvados, lo que llamo alcoholes insípidos, cerveza y verbena de Velay –lo peor para el hígado, dicen–. Pero al final empecé a beber vino y ya no paré nunca más.

Desde que empecé a beber, me convertí en una alcohólica. No tardé en beber como una alcohólica. Dejé a todo el mundo atrás. Empecé a beber cuando anochecía, luego empecé a hacerlo a mediodía, después por las mañanas, y a continuación empecé a beber por las noches. Una vez por noche, y luego cada dos horas. Nunca me he drogado con otra cosa. Siempre supe que si me metía con la heroína, la escalada sería rápida. Siempre he bebido con hombres. El alcohol permanece asociado al recuerdo de la violencia sexual, la hace resplandecer y resulta indisociable de ésta. Pero mentalmente. El alcohol sustituye el acontecimiento del goce, aunque no ocupa su lugar. En general, los obsesos sexuales no son alcohólicos. Los alcohólicos, incluso los más “tirados”, son unos intelectuales. El proletariado, que ahora es una clase más intelectual que la clase burguesa con mucha diferencia, tiene propensión al alcohol, y eso es así en el mundo entero. El trabajo manual es probablemente de todas las ocupaciones del hombre la que le lleva más directamente hacia la reflexión, y por lo tanto a la bebida. Mirad la historia de las ideas. El alcohol hace hablar.