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Inspirada por su última relación de pareja, Marguerite Duras (1914-1996) compendia en las pocas y hermosas páginas de "Yann Andréa Steiner" (1992) la mayor parte de los asuntos y preocupaciones recurrentes a lo largo de su obra. Entreverando con la soledad siempre de fondo la historia del encuentro de una autora vieja con un autor joven, la de una muchacha que aguarda en una estación el tren que ha de llevarla a Auschwitz y la relación de un niño huérfano, judío, de seis años, con su monitora de dieciocho en una colonia de vacaciones, la autora francesa teje en esta novela una malla sutil que integran de forma indiscernible la sensualidad y la sensibilidad femenina, la soledad y el amor, el presente y el recuerdo, la escritura y la vivencia, el Holocausto, la infancia, la autobiografía y la nostalgia. Traducción de Manuel de Lope
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Seitenzahl: 85
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Marguerite Duras
Yann Andréa Steiner
Traducción de Manuel de Lope
Yann Andréa Steiner
Créditos
Ante todo, en el comienzo de la historia que aquí se cuenta tuvo lugar la proyección de India Song en un cine de arte y ensayo de esta gran ciudad en la que vives. Después de la película hubo un debate en el que participaste. A continuación, terminado el debate, fuimos a un bar con los jóvenes candidatos a una cátedra de filosofía, entre los que te encontrabas. Fuiste tú mismo quien me hizo recordar después, mucho después, la existencia de ese bar, bastante elegante, agradable, y también que aquella noche yo había bebido dos whiskies. Yo no guardaba ningún recuerdo de aquellos whiskies, ni de ti, ni de los demás candidatos, ni del lugar. Me acordaba, o más bien conservaba la impresión, de que me habías acompañado al aparcamiento del cine, donde había dejado mi automóvil. Yo tenía todavía aquel R-16 que adoraba y que conducía aún bastante rápido en aquella época, incluso después de los percances de salud que padecí por culpa del alcohol. Me preguntaste si tenía amantes. Dije: Ninguno ya, y era cierto. Preguntaste a qué velocidad circulaba yo por la noche. Dije a ciento cuarenta. Como todo el mundo con un R-16. Era magnífico.
Comenzaste a escribirme cartas después de aquella velada. Muchas cartas. Algunas veces una al día. Eran cartas muy cortas, una especie de billetes, eran, sí, como llamadas lanzadas desde algún lugar imposible para vivir, mortal, una especie de desierto. Aquellos gritos eran de una belleza evidente.
Yo no te contestaba.
Conservaba todas las cartas.
En el encabezamiento de las cartas podía leerse el nombre del lugar en que habían sido escritas y la hora o el tiempo que hacía: Sol o Lluvia. O Frío. O: Solo.
Y luego, una vez, dejaste pasar bastante tiempo sin escribir. Un mes quizá, ya no sé cuánto duró aquello.
Entonces, a mi vez, en el vacío que había dejado aquella ausencia de cartas, de llamadas, te escribí para saber por qué no me escribías, por qué así, de repente, por qué habías dejado de escribir como si te vieras absolutamente impedido de hacerlo, por ejemplo a causa de la muerte.
Te escribí esta carta:
Yann Andréa, este verano encontré a alguien que conoces, Jean-Pierre Ceton. Hemos hablado de ti, no hubiera podido adivinar que os conocíais. Y después, hubo tu nota bajo mi puerta en París luego de Navire Night. Intenté telefonearte, pero no encontré tu número. Y después hubo tu carta de enero –una vez más yo estaba en el hospital, otra vez enferma, ya no sé exactamente de qué, me dijeron que intoxicada por los nuevos medicamentos llamados antidepresivos–. Siempre la misma cantinela. No era nada, el corazón no tenía nada, yo ni siquiera estaba triste, había llegado al cabo de alguna cosa, eso era todo. Bebía todavía, sí, en invierno, por las noches. Hacía años había dicho a mis amigos que no vinieran de fin de semana. Vivía sola en aquella casa de Neauphle donde podrían habitar diez personas. Sola en catorce habitaciones. Una se acostumbra al eco. Eso es todo. Y luego, te escribí para comunicarte que acababa de terminar la película Su Nombre de Venecia en Calcuta desierta, ya no sé muy bien lo que te decía de ella, sin duda que me gustaba como me gustan casi todas mis películas. No contestaste aquella carta. Después hubo los poemas que me enviaste, algunos de los cuales me parecieron muy hermosos, otros menos, y eso no sabía cómo decírtelo. Eso es todo. Eso es todo, sí. Que tus cartas eran tus poemas. Tus cartas son bellas, las más bellas que he recibido en mi vida, me parecía, hasta el punto de ser dolorosas. Quisiera hablarte hoy. Me encuentro algo convaleciente pero escribo. Trabajo. Creo que la segunda Aurelia Steiner ha sido escrita para ti.
Me parecía que tampoco aquella carta pedía respuesta. Te daba noticias mías. La recuerdo como una carta afligida, descompuesta, yo estaba como desanimada por no sé qué inconveniente acaecido en mi vida, qué nueva soledad inesperada, reciente. Durante mucho tiempo no supe casi nada de aquella carta, ni siquiera estaba segura de si la había escrito aquel verano en que apareciste en mi vida. Ni desde qué lugar de mi vida la había escrito. No creía que fuera desde aquel lugar junto al mar, pero tampoco sabía desde qué otro lugar. Mucho después creí recordar el ámbito de mi habitación alrededor de mi carta, la chimenea de mármol negro y el espejo frente al que precisamente me encontraba. Me pregunté si era necesario enviártela. No estuve segura de haberla enviado hasta que me dijiste haber recibido una carta mía de ese tipo, dos años antes.
No sé si he vuelto a ver aquella carta. Me hablaste mucho de ella. Te sorprendió. Decías que era terrible, que contaba toda mi vida, mi trabajo, pero ni por un momento mi vida era enunciada. Y ello en una suerte de indiferencia, de distracción, que te había espantado. Me hiciste saber que te la había enviado desde Taormina. Pero que estaba fechada en París, cinco días antes.
Años más tarde, aquella larga carta mía se extravió. Decías que la habías colocado en un cajón de la cómoda del apartamento de Trouville, y que después fui yo misma quien probablemente la retiró de la cómoda. Pero aquel día ya no sabías nada de lo que sucedía en la casa ni en otra parte. Estabas en los parques y en los bares de los grandes hoteles de Mont Canisy, en busca de los guapos camareros de Buenos Aires y de Santiago contratados durante la temporada de verano. Mientras yo andaba perdida en el laberinto sexual de Los ojos azules pelo negro. Mucho después, cuando hablé de aquella historia tuya y mía en ese libro, encontré la carta en la cómoda, de donde nunca había salido.
Dos días después de haber encontrado aquella carta me telefoneaste aquí, a Roches Noires, para decirme que vendrías a verme.
Al teléfono tu voz sonaba ligeramente alterada como por el miedo, intimidada. Yo no la reconocía. Era... no sé decirlo... sí, eso es, era la voz de tus cartas, que precisamente yo inventaba cuando telefoneaste.
Escribiste: Voy a ir.
Yo pregunté: Para qué venir.
Dijiste: Para conocernos.
En aquella etapa de mi vida, que vinieran a verme así, de lejos, era un acontecimiento espantoso. Es verdad que nunca, nunca hablé de mi soledad en aquella etapa de mi vida. Aquella soledad que vino después de El arrebato de Lol V. Stein, la de Blue Moon, El amor, El vicecónsul. Aquella soledad era la más profunda de mi vida, pero a la vez también la más feliz. No la sentía como tal sino como la oportunidad de una libertad decisiva en mi vida pero hasta entonces ignorada. Comía en el Central –siempre igual– cigalas al natural y un Mont Blanc. No me bañaba. El mar estaba tan poblado como la ciudad. Lo hacía por la noche, cuando mis amigos Henry Chatelain y Serge Derumier venían.
Dijiste que después de aquella llamada telefónica me telefoneaste varios días seguidos, y que yo no estaba allí. Después te dije la razón, te recordé mi viaje a Taormina, el festival de cine donde debía reunirme con un amigo muy querido, Benoit Jacquot. Pero que pronto estaría allí, de nuevo a la orilla del mar, para escribir también cada semana las crónicas del verano de 1980 para Libération, como sabías.
Te pregunté también: ¿Para qué venir?
Dijiste: Para hablarte de Théodora Kats.
Dije que había abandonado ese libro sobre Théodora Kats que durante años había creído posible. Que lo había ocultado para la eternidad de mi muerte en un lugar judío, una tumba sagrada para mí, inmensa, sin fondo, prohibida a los traidores, esos muertos-vivientes de la traición fundamental.
Pregunté cuándo llegabas. Contestaste: Mañana por la mañana, el autobús llega a las diez y media, estaré en tu casa a las once.
Te esperé en el balcón de mi habitación. Cruzaste el patio de Roches Noires.
Había olvidado al hombre de India Song.
Eras una suerte de bretón alto y delgado. Me resultaste discretamente elegante; tú no sabías que lo eras, eso se ve siempre. Andabas sin mirar el gran edificio de la Residencia. Sin mirar en absoluto hacia mí. Llevabas un gran paraguas de madera, una especie de parasol chino de tela barnizada que muy pocos jóvenes tenían entonces, en los años ochenta. Llevabas también un pequeño equipaje, una bolsa de tela negra.
Cruzaste el patio a lo largo del seto, te dirigiste oblicuamente hacia el mar y desapareciste en el vestíbulo de Roches Noires sin haber levantado la vista hacia mí.
Eran pues las once de la mañana, a principios del mes de julio.
Era el verano de 1980. Verano de viento y de lluvia. El verano de Gdansk. El del niño que lloraba. El de aquella joven monitora. El de nuestra historia. El de la historia que aquí se cuenta, la del primer verano de 1980, la historia entre el jovencísimo Yann Andréa Steiner y aquella mujer que escribía libros y era vieja, ella, y estaba sola como él en aquel verano de por sí grande como toda Europa.
Te había dicho cómo encontrar mi apartamento, el piso, el corredor, la puerta.
Tú nunca volviste a la gran ciudad de Caen. Era en julio de 1980. Hace doce años. Tú sigues allí, en ese apartamento, aquí, durante los seis meses de vacaciones anuales que tomo desde aquella enfermedad que duró dos años. Un coma espantoso. Algunos días antes de que me desahuciaran por decisión unánime de los médicos de mi sección del hospital, abrí los ojos. Miré. Las personas, la habitación. Me lo contaron. Miré a aquellas personas inmóviles, de bata blanca, que me sonreían con una especie de locura, una felicidad demencial y silenciosa. No reconocí sus rostros pero reconocí su forma de seres humanos, no reparé en las paredes, ni en los aparatos, sólo en aquellas personas con ojos que me miraban. Y después volví a cerrar los ojos. Para volverlos a abrir a continuación, para verles aún mientras, según me contaron, esbozaba una sonrisa divertida en los ojos.
Hubo un silencio.
