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Ángel Zugasti, un avezado científico adelantado a su tiempo, es asesinado antes de alumbrar, lo que se presume, la solución al problema energético mundial. Victoria Martínez, una joven de un inconmensurable talento por descubrir, se verá involucrada en contra de su voluntad en la resolución del caso. Junto a los inspectores Ricardo Sandúa y Daniel García, la joven deberá desentrañar los misterios ocultos, ideados por la víctima, para que su trabajo vea la luz. Misterio, ciencia, acción o poder son algunos de los ingredientes que muestra este thriller; con un ritmo trepidante y donde nada ni nadie es lo que aparenta ser. Tanto los personajes como el lector se embarcarán en una inolvidable aventura en aras de la verdad.
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Seitenzahl: 400
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Diego Herrero
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-925-9
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PRÓLOGO7 de noviembre; jueves
«La verdad solo se presenta a quien está dispuesto a asumir sus consecuencias».
Diego Herrero
La luz había sucumbido a la lobreguez de las tinieblas y el reloj aventajado a la medianoche. Eran las tres de la madrugada en el centro penitenciario de Pamplona y Martín, un novel e inexperto funcionario de prisiones, con las heridas de la oposición todavía supurando, se disponía a realizar su rutinario y tedioso recorrido por las desoladoras instalaciones.
Su misión era sencilla en primera instancia. Con el gesto torcido, se vio en la tesitura de interrumpir la partida de ajedrez online para atender a las obligaciones de su sueldo público. Su destreza sobre el tablero distaba de ser brillante, pero le era de utilidad para sobrellevar las horas de ardua vigilancia. Se incorporó de su vejada silla de oficina, a quien las mieles de la jubilación le eran esquivas, se ajustó sus escasas herramientas de trabajo y salió del habitáculo.
Los corredores eran fríos y de lánguida iluminación. Apenas los indicadores de emergencia daban señales de vida. No obstante, la luna se encontraba en su fase plena, completa. La luz que reflejaba el satélite se escurría por las ventanas de las celdas proyectando en la pared opuesta del pasillo un prisma perfecto, perfilando con avidez la geometría del ventanuco de cada renovada mazmorra. La pared del corredor se llenó de figuras equidistantes, uniformes, de un relleno lunar inmaculado.
Martín había recibido una sacra educación y recorría las instalaciones con sigilo, sin despertar a los huéspedes. Aquellas personas, aun estando en el otro lado del acero que delimitaba su libertad, no dejaban de irradiar esa aura de respeto e intimidación.
La apacible velada se vio truncada al entrar en el último de los corredores y una sensación de paz quebrada invadió al benjamín de los centinelas. Observó la pared opuesta a las celdas donde se repetía el mismo patrón que en el resto de la prisión. Todo se disponía en la misma secuencia hasta que llegó con la mirada a la proyección que despedía la celda cuarenta y uno. El prisma ya no era límpido, uniforme. En su lugar, la escasa luminiscencia permitía vislumbrar borrones de diferentes tamaños que rompían la hegemonía de aquella composición. Si se miraba con detenimiento, parecía el difuso contorno de una… ¿mano?
Martín aceleró el paso obviando todo aquello que se interponía entre él y aquella celda. Comenzó a hacer cábalas, intentando dar sentido a aquello, hasta que la peor de sus elucubraciones se tornó en realidad. El huésped de la suite cuarenta y uno se había cercenado las venas, no sin antes dejar un mensaje de su puño y letra en la pared, y utilizando como tinta la sangre que emanaba de sus muñecas. Mientras la vida se escapaba entre sus dedos y le humedecía las manos, pudo escribir en color carmesí:
MI VIDA ES UN PRECIO JUSTO.
VICTORIA, TIENES QUE CERRAR EL CÍRCULO.
Después de redactar sus últimas palabras, el preso apoyó su mano sobre la puerta para no dejar su cuerpo a merced de la gravedad. De forma inexorable, se dejó caer con suavidad hasta quedar sumido en las tinieblas.
Dos semanas antes…
El tiempo apremiaba al joven Ángel Zugasti, un físico brillante y adelantado a su tiempo; una mente preclara que vivía en un mundo que no estaba a la altura. Ángel estaba en peligro, lo sabía, pero no podía dejar sus últimas averiguaciones abandonadas a su suerte. Solo había una persona en el mundo a quien confiarle su secreto, la razón de su excelsa existencia y la herencia para la humanidad de su paso por la vida.
Todo estaba dispuesto; si tenía que hacerle frente a la oscuridad perpetua, el testigo pasaría a Victoria Martínez. De alguna manera tenía que hacerla partícipe para que solo ella alcanzara la verdad. Marcar la senda a una aventajada discípula y que solo ella desentrañara los misterios de un camino incierto. De esta forma, en caso de ser interceptado el mensaje, el verdadero contenido seguiría a salvo, vivo, eterno.
Inmersos en la era digital, utilizaría un método más arcaico, y bajo su prisma, el más seguro y efectivo. La vulnerabilidad de la información sigue el vertiginoso ascenso que le brinda la propulsión de la tecnología, donde la ciencia, una vez más, se convierte en moneda de dos caras.
Después de horas de meditación, bajo la tenue luz del flexo de diseño que presidía el escritorio de su piso en la calle Sancho el Fuerte de Pamplona, el científico escribió:
Victoria, si recibes este sobre es porque algo terrible me ha ocurrido. Para ti, capaz de ver lo que otros no saben ver.
Con la llama del origen, quien en nosotros cree, prenderá el fuego de la historia. Para nosotros inalcanzable. Para ti, primera de una estirpe, verás la luz entre la oscuridad.
P. S.: Encontrarás la llave en la mirada de la verdad.
CAPÍTULO 11 de noviembre; viernes
El día despertaba con el despunte de los primeros rayos de sol, dando color a los extensos olivares que arropaban al pequeño pueblo cuyo nombre nadie quiere recordar, pero del que resulta imposible olvidarse. La obertura de multitud de aves, cada una interpretando su partitura, daba comienzo a una nueva jornada de supervivencia.
Era uno de noviembre y los primeros zorzales habían llegado a la península desde el norte de Europa. Advertían el vuelo con su peculiar llamada breve y estridente, pero sin duda distintiva e inimitable para los paisanos del lugar; más aún, si practicaban la ancestral maestría de la caza.
Estos ingenuos inmigrantes, en el ocaso del otoño, emprenden el viaje a nuestra hermosa piel de toro en busca de un lugar menos inhóspito que los gélidos páramos del norte. A eso, y a devastar de forma implacable el fruto del olivo. Sin embargo, con la salvedad de los más aventajados, gran parte de ellos pasarán de la batalla del frío a la guerra del plomo.
Guzmán y su hijo Javier estaban impacientes por desenfundar sus semiautomáticas e inaugurar la desveda. Impacientes por tratarlo con la ingenuidad del profano en estas artes. Para ellos era todo un ritual, una tradición, una forma de entender la vida.
La luz de los albores, convertida en dagas de fuego, comenzaba a lamer el acero de las armas que reclamaban los efluvios de una pólvora entregada al cielo, sus exhalaciones en volutas perfilando arabescos en el aire.
Pasaban las siete de la mañana, todavía no se veía con claridad y la luna no había dicho su última palabra, pero ellos estaban en la senda del puesto acorde a sus expectativas.
No habían avanzado ni doscientos metros cuando Javier se tropezó y cayó de bruces contra el suelo, un terreno que todavía conservaba los ecos de la tormenta del día anterior. No fue una tormenta de las que precipita escombro, pero suficiente para dejar parte de la silueta estampada y el uniforme recién estrenado cubierto de barro. Una vez que consiguió recomponerse y recuperar la verticalidad, ambos se miraron el uno al otro.
—Hijo, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño? —preguntó Guzmán.
—En principio no —dijo Javier en un primer diagnóstico.
—Tienes que mirar dónde pisas, que pareces nuevo.
—¿Pero con qué narices me he tropezado? —dijo Javier mirando en derredor, ya que había atravesado aquellos parajes infinidad de veces.
Ambos giraron la cabeza a cámara lenta y al mismo tiempo, como si hubiesen estado ensayando la escena en la intimidad. Comenzaron a recorrer con la mirada, en la penumbra del amanecer, el suelo que acababan de dejar atrás.
El horror enmudeció a la pareja de cazadores cuando llegaron hasta un bulto que sobresalía del terreno. A primera vista, ambos intuyeron el cadáver de algún animal con mala fortuna. Con la claridad de una distancia cada vez más próxima, padre e hijo comprendieron que lo que había allí tendido, abandonado a su suerte, era el cuerpo sin vida de un hombre brutalmente asesinado. Guzmán, presa del horror, cogió instintivamente el teléfono de uno de los bolsillos de su recién investido chaleco de caza y llamó a la policía. Envió su ubicación y esperaron a que los agentes se desplazaran hasta aquel lugar a una distancia moderada de cualquier rescoldo de civilización.
El terror fue en aumentocuando al escrutar los rasgos del cadáver descubrieron a un joven vecino del pueblo. Un hombre lleno de vida al que habían visto crecer y con el que habían compartido momentos de convivencia.
Guzmán dirigió la mirada hacia su hijo, que observaba la escena con el rostro desencajado.
—Hijo, creo que por hoy ya hemos cazado —terminó por decir el padre.
CAPÍTULO 2
A las ocho de la mañana, aquel solitario paraje se había convertido en un aquelarre de uniformes escarlata. Toda una horda de policía foral se había desplazado desde el cuartel más cercano. Estaba localizado en la periferia de Tudela, a escasos veinte minutos del lugar donde Guzmán y su hijo habían encontrado el cuerpo sin vida del joven Ángel.
Además de los agentes correspondientes, se encontraba en el lugar el personal forense; que escrutaba cada milímetro de la escena intentando recabar toda la información posible que fuera de utilidad.
Apenas hora y media más tarde, el inspector de homicidios Ricardo Sandúa y el subinspector Daniel García hacían su aparición en la escena. Ambos acababan de llegar desde el cuartel general de la Policía Foral, y eran los comisionados de las fuerzas y cuerpos de seguridad para descubrir quién había alentado y perpetrado el crimen que había privado de la vida a aquel joven.
El primero en intervenir fue el inspector, haciendo honor a esos tres ángulos blancos en la chaqueta, histórico símbolo de virilidad masculina que, en esta ocasión, indicaba que era el agente de mayor rango en el lugar.
—Buenos días, agentes, soy el inspector Ricardo Sandúa, de homicidios. Este es mi compañero, el subinspector Daniel García. Ambos nos haremos cargo de este caso —introdujo el inspector con el peso de la autoridad que ostentaba—. ¿Tenemos algo de información? —preguntó.
El agente que había tomado declaración a la pareja de cazadores se aproximó hasta donde se encontraba el inspector, se cuadró delante de él, y relató los hechos de forma sucinta.
—La víctima era un varón de treinta y dos años y vecino del pueblo, según afirma la pareja de cazadores que ha descubierto el cuerpo. Se llamaba Ángel Zugasti y había venido a pasar unos días con su madre y su hermano aprovechando la festividad de Todos los Santos. Su padre murió hace varios años de un fallo cardiovascular y viene siempre sin falta con motivo de este aniversario.
Justo después de que el agente terminara su intervención, el subinspector García se quedó mirando el cuerpo con el rostro gélido, inerte, varado en la repulsión. Sintió una punzada que le traspasó el pecho y el estómago invirtió su polaridad. Con el gesto consumido por el horror gritó:
—¡No puede ser!… ¡Es Ángel!
El policía tuvo que hacer un ejercicio de autocontención para no derrumbarse en medio de la escena del crimen.
Daniel García era un hombre joven para haber alcanzado el rango de subinspector, pero tenía grandes cualidades que no habían pasado desapercibidas para sus superiores. Estas cualidades eran inversamente proporcionales a su atractivo, a pesar de ser una persona atlética que contaba con un cuerpo esculpido a base de horas de gimnasio. La causa eran las partes que no acostumbramos a cubrir. Tenía el pelo ralo, dejando intuir una incipiente alopecia de herencia paterna. Se encontraba en el determinante desencuentro con la vida de todo hombre en el que hay que tomar la ineludible decisión de raparse la cabeza o acudir a un centro especializado en las artes del injerto capilar. La piel era de un lechoso enfermizo, donde el sol parecía un privilegio fuera de su alcance. Tenía un año menos que la víctima. Formaban parte del mismo grupo de amistades, aunque desde los dieciocho años cada uno voló del nido y siguió su camino. Esto no era óbice para juntarse en puentes, vacaciones o fiestas señaladas. Además, vivían actualmente en Pamplona por cuestiones de trabajo, y de vez en cuando, se permitían el disfrute de una merecida cerveza aderezada de batallas laborales bajo el embrujo de la parte vieja de la ciudad. De hecho, disponían de la suscripción al gimnasio local, donde continuaban sus entrenamientos cuando no estaban en la capital. Les atraía la idea, ya que contaba con todo lo necesario en un ambiente más tranquilo e íntimo.
—Lo siento, subinspector, desconocía su proximidad con la víctima —el tono del inspector Sandúa pasó de la autoridad al respeto, en consideración a su compañero.
—Así es, inspector. Éramos amigos desde la infancia —añadió Daniel con los ojos tornados en cristal de bohemia.
—¿Creé que será capaz de enfrentarse a este caso? Le necesito al completo, como siempre —adujo el inspector en tono comprensivo.
—Sí, señor, no le quepa ninguna duda. Vamos a meter entre rejas a quien haya acabado con la vida de Ángel —terminó por decir visiblemente abatido.
—De acuerdo, subinspector, comencemos entonces; confío en usted. Veamos qué nos cuenta la científica. Luego hablamos más tranquilamente y en profundidad. Necesito que me diga lo que sepa acerca de la víctima.
Ambos se acercaron con paso inquebrantable hasta donde se encontraba el cuerpo sin vida de Ángel. La instantánea que encontraron fue aterradora. Entre la maleza, se encontraba el rostro lívido y exánime de un joven con la parte posterior del cráneo desquebrajado. Los golpes habían desdibujado cualquier resquicio de forma humana, y podía verse a simple vista los restos de lo que un día fue baluarte de su cerebro. El cuerpo reposaba sobre un lecho que la naturaleza había construido con los exiguos restos de hojarasca que había dejado la tormenta; mientras, su extinta voz pedía auxilio por conservar los rasgos que permitieran su reconocimiento. Todavía podía sentirse la brutalidad y el odio que volcaron sobre aquella cabeza observándolos desde la distancia. Las extremidades, que un día mantuvieron aquel cuerpo erguido, se encontraban en una posición antinatural, resultado de la barbarie.
El primero en hablar fue el inspector Sandúa, como no podía ser de otra manera.
—¡Buenos días! ¿Qué tenemos por ahora?
La pregunta del inspector tardó unos segundos en encontrar respuesta. Una voz honda y gutural emergió desde las profundidades del silencio, hablando a mitad de velocidad. El rostro del que se proyectaban aquellas palabras presentaba un aspecto inquietante. La piel había perdido su pigmento y sus ojos se encontraban soterrados en dos cráteres violáceos, dando un aspecto mortecino a aquel hombre. Debajo de aquella bata podía intuirse una anatomía famélica y alejada de los placeres de la vida, que, unido a su profesión, hacían del doctor Ignacio Ferrer un personaje de novela de terror. Sin mediar saludo, comenzó a esputar información separada por puntos y comas.
—¡Buenos días, inspector! Por ahora no tenemos mucho. Lo que se ve: la víctima murió de un fuerte traumatismo en la cabeza; no hay restos de sangre fuera del cuerpo, luego no murió aquí; no hay signos de que lo hayan arrastrado en esta zona, así que murió en otro lugar y lo abandonaron; por la posición, diría que lo han dejado caer y se han marchado. Sin embargo, tiene la piel de manos y brazos hecha jirones. Es un hombre corpulento, así que lo arrastrarían en el lugar donde realmente murió.
—Veo que también hay restos de huellas de zapatillas deportivas —apuntó el subinspector García.
—Sí, correcto. Un cuarenta y dos. El asesino las ha borrado casi por completo salvo una. La tapó la víctima al caer y el asesino no llegó a descubrirla antes de huir. No puedo decirles nada más hasta que llevemos el cuerpo y las pruebas a analizar. Lo que sí puedo decirles es que el cuerpo lo dejaron aquí después de que cesaran las inclemencias del tiempo.
Según los partes meteorológicos, estuvo lloviendo hasta la madrugada del día anterior. Por lo tanto, ambos inspectores tenían un buen punto de partida para situar la hora en la que el cadáver fue abandonado a su suerte en aquel lugar.
El subinspector intervino en la conversación y añadió:
—Eso lo afirma porque los restos de sangre de la cara y ropa están intactos, ¿verdad?
—Exacto. El agua los hubiera limpiado, o al menos difuminado. Además, la sangre ya estaba seca cuando dejaron aquí el cuerpo, ya que la trayectoria de las gotas no se corresponde con la posición en la que está el cadáver. La gravedad, ya saben. Eso… y porque el móvil está en perfectas condiciones.
—¿Llevaba el teléfono? —preguntó con incredulidad el inspector.
—Sí.
Tras la sorpresa de que el asesino no se hubiera deshecho del dispositivo, el subinspector volvió a fijar su atención en los ecos de las pisadas.
—No obstante, cuando tenga los resultados me pondré en contacto con ustedes y les reportaré mis conclusiones —dijo finalmente el forense tratando de no alargar aquella escena.
Los dos agentes se encontraban en la senda del coche oficial para dirigirse al cuartel de la Policía Foral de Tudela, vestirse de paisanos y comenzar con la investigación de campo cuando un grito hizo que se detuvieran y dieran media vuelta.
—¡Inspector! —Era el forense—. Una cosa más. Su teléfono móvil no deja de sonar desde las ocho de la mañana con un recordatorio del Outlook.
El forense mostró el teléfono al inspector a través de la bolsa de plástico que lo encumbraba a la categoría de prueba. No obstante, podía verse la pantalla con total nitidez. Un recordatorio llevaba repitiéndose desde las ocho de la mañana, cada cinco minutos, con un rótulo en rojo que indicaba, insistentemente, «importancia alta». Un mensaje que rezaba: «Hablar con Victoria Martínez. Contar secreto».
Y la fecha de aquel día: uno de noviembre.
—Subinspector, ¿conoce a esta tal Victoria?
—Sí —dijo aún sorprendido—. Es una vecina del pueblo. Es amiga común de la víctima y mía.
Estaba claro que este crimen involucraba al subinspector más allá de lo estrictamente profesional, quizás demasiado; que ya imaginaba cómo abordar la conversación con Victoria sin hacerla parecer sospechosa. No era un caso más. Era el brutal asesinato de un amigo.
—Verá, inspector, Victoria es una chica un tanto…
—¿Un tanto qué, subinspector?
Tras unos segundos de silencio…
—Un tanto especial —dijo finalmente Daniel, después de buscar en todo su diccionario mental algún adjetivo que se aproximara ligeramente a describirla; no lo encontró.
—Pues ya tenemos por dónde empezar —sentenció el inspector Sandúa.
CAPÍTULO 3
Eran las tres de la tarde del Día de Todos los Santos, día festivo en todo el territorio nacional. El festín culinario que se estila en estos días dio paso a la elaboración de la más preciada de las pócimas para Victoria, una mezcolanza de poleo con un ligero agregado de anís. Una confluencia de sabores que le hacía relajarse, trascender al codiciado estado de paz espiritual y despejar de su mente los malos augurios. Los efluvios que emanaban de la porcelana ascendían en volutas de vapor impregnando la estancia de alquimia y sosiego.
Taza en mano, se colocó junto a su sofá de lectura y se dejó a merced de la gravedad. El tiempo había arañado la piel de aquel mueble de época, pero acogió en su infinita misericordia las curvas de la joven presagiando una dilatada jornada de disfrute con la palabra escrita.
Acto seguido, se desprendió de sus calcetines como quien consigue zafarse de la camisa de fuerza después de una década de opresión miliciana, asió a su presa, su nueva novela que pensaba devorar durante el puente, y comenzó con una de sus actividades predilectas: leer.
Acarició el lomo por estrenar del thriller que le habían aconsejado en uno de los múltiples foros de lectura como quien amansa a una fiera, se conectó por bluetooth a su torre de sonido y seleccionó una de sus interminables listas de reproducción de jazz. Hoy tocaba el genuino e irrepetible Wynton Marsalis. Todo parecía indicar que las agujas del reloj darían varias vueltas al compás de intrincados misterios y desgarradores personajes.
Victoria tenía cierta obsesión por el género del suspense. Cualquier thriller se acomodaba a su sed de intriga para comerle las horas al cronógrafo que pendía de la pared, y no solo en formato impreso, el cual ostentaba la primera posición, sino también audiovisual. Por su mente y sus ojos habían desfilado infinidad de títulos, escritos en cualquier momento del tiempo.
En esta ocasión, optó por seguir disfrutando con la delicada prosa de una de las plumas más insignes de la novela negra nacional.
Su pulgar apenas había dejado resbalar las hojas del prólogo cuando una enorme cabeza negra y peluda aterrizó sobre su muslo. Ahí permanecería impertérrita hasta que el tiempo o Victoria decidiesen que la sesión literaria había satisfecho su sed de argumentos arcanos. Era algo habitual y a lo que ambas estaban acostumbradas.
Arya era su perra, una preciosa labradora retriever de pelaje azabache que había acogido cinco años atrás. Un animal extraordinario, pero, sobre todo, era un miembro más de la familia. Todavía recordaba deshaciéndose en ternura la tarde en que fue a recogerla. Estaba sola, alejada de la manada. Deambulaba meditabunda por los rincones del jardín, ajena al estrepitoso espectáculo circense que preparaban sus seis hermanos, descubriendo el mundo a su manera mientras las saetas que lanzaba un sol tardío rasgaban el manto que cubría al animal, creando surcos de cobre. Siempre le asalta el recuerdo de haberla escogido porque le resultó cómica, pero en el fondo le recordó un poco a ella misma.
Victoria nunca conoció a su padre y era hija única. Así que cuando Arya apareció en su vida casi sin quererlo, se convirtió en lo más parecido a una hermana.
Era una joven de inteligencia sesgada al alza respecto a la media, quizás demasiado. Un talento y aptitudes a las que no sacaba ningún provecho. Quizás se había cansado de buscar oportunidades y de luchar en un mundo profundamente injusto, de hacerse valer incansablemente hasta darse cuenta de que no era garantía de recompensa, de intentar zafarse de las arenas movedizas de una realidad en la que, además de dejarse la vida en lo que hacía, entraba en juego el factor suerte; y esto estaba fuera de su control. Quizás, su forma de ser y entender la vida eran las responsables del estado mental en el que se encontraba.
Victoria era una misántropa de manual, cuyos fracasos sociales solo eran superados por los laborales. Quizás nació así o, quizás, los embates de la vida le hicieron transformarse. No obstante, resulta indescifrable cómo un ser de esta índole goce de una empatía suprema y la capacidad para entender y ahondar en las personas como lo hace Victoria. Este choque de trenes, esta batalla a campo abierto que se libraba en su interior, hacía insufrible entablar cualquier tipo de relación o acercamiento personal.
Tenía treinta y tres primaveras recién inauguradas. Era una mujer atractiva, a pesar de su indolencia por mantener una apariencia femenina. Se encontraba varada en la perpetua lucha en contra de su genética, aunque su mirada felina y sus rasgos de guerrera amazona la delataban. Pelo rubio a media melena, ojos verdes; que cuando te miran dan la sensación de ir un paso por delante, y unos labios con el grosor ideal para imprimir la sensualidad perfecta a sus palabras. Tenía una estatura media y un cuerpo bastante proporcionado. Hacía ejercicio con regularidad, bien en el gimnasio local o bien mediante las interminables caminatas junto a su fiel escudera. Así que el ostracismo de Victoria no estaba tanto en su apariencia física, sino en el momento de utilizar la palabra.
Apenas había avanzado dos páginas más cuando una nueva interrupción iba a tener lugar, y esta vez no iba a ser tan agradable como la anterior. Su teléfono móvil comenzó a protestar y la joven dejó que sonara unos segundos. No lo hacía por fastidiar, solo le gustaba escuchar un poco de la banda sonora de El Padrino cada vez que osaban importunarla.
En la pantalla podía leerse «Daniel Foral» y una foto de la cara del subinspector. Así que, después de los primeros compases de uno de los himnos del séptimo arte, se decidió a contestar.
—Hola, Daniel ¿qué pasa? —respondió con displicencia.
Victoria tenía cierta amistad con el policía. Era de las pocas personas que se había molestado en intentar entenderla e incluso la había apoyado en algún momento puntual, aunque las intenciones del subinspector fueran harina de otro costal. Siempre se había sentido atraído por ella y Victoria lo sabía, pero esos sentimientos resbalaban por la coraza que se había construido como las gotas de lluvia por el chubasquero. Un inmisericorde amor no correspondido era el halo que envolvía la relación entre ambos.
—Es Ángel, ¡tenemos que hablar!
—¿Qué le pasa a Ángel? —dijo mientras notaba cómo el ritmo cardiaco subía de revoluciones.
—Tengo que hablar contigo, como amigo y como policía.
Después de aquel comentario, Victoria advirtió en el tono del subinspector que se cernía una mala noticia. Lo que no imaginaba era los inexorables acontecimientos que se iban a desencadenar para dar un vuelco a su aburrida y rutinaria vida.
—Vale. Tranquilo. En una hora te espero en mi casa. Pero dime qué ha pasado.
—Ángel ha muerto, lo han asesinado.
Y después de soltar esa bomba atómica, el subinspector colgó el teléfono.
CAPÍTULO 4Dos años antes del asesinato…
Ángel estaba eufórico, tenía en sus manos la solución al problema energético. La incertidumbre que asolaría a la humanidad en los años venideros. Su último descubrimiento sobre un compuesto superconductor desconocido hasta el momento le otorgaba el estatus de viable a sus elucubraciones. Quedaba, si cabe, el más difícil de los retos: conseguir la financiación para llevar a cabo el proyecto.
Llevaba varios días preparando su presentación ante el consejo directivo de Future Energy, la empresa donde trabajaba desde que terminó sus estudios universitarios, y ante su CEO, el magnate energético Salvador Medina. Un escollo de notables dimensiones que debía sortear si quería llevar su barco a buen puerto.
Sobre el papel quedaba demostrada la viabilidad tecnológica y, lo más importante en proyectos de esta magnitud, la factibilidad económica. Una vez concluido el proyecto, Future Energy tendría la patente del primer reactor comercial basado en la fusión de isótopos de hidrógeno. Una energía limpia y cuyo combustible era simple y llanamente el agua.
El joven se encontraba en la sala de reuniones principal, sus manos sudaban a raudales, pero apenas se percató de ello. Estaba ultimando los detalles de la presentación mientras los últimos miembros del consejo de dirección se hacían de rogar. El último de ellos entró en la sala siguiendo la estela del CEO, que ocupó el sillón presidencial. En ese momento, el magnate llamó a la calma y se dirigió al joven físico.
—Ángel, cuando quieras puedes empezar.
Después del beneplácito de Medina, Ángel apagó la luz de la sala e inició su presentación. Una imagen del sol ocupó toda la proyección.
—¿Se imaginan poder reproducir las reacciones que suceden de forma espontánea y natural en el sol? ¿Se imaginan construir un reactor comercial que libere esa cantidad de energía de forma totalmente controlada y sostenible a partir de… agua? Les propongo adelantarnos al resto del mundo y dejar atrás la dicotomía entre producir energía o destruir el planeta. Abandonar la necesidad de estar a merced de deidades que decidan cómo y cuándo sopla el viento. Les doy la solución al problema energético mundial, durante al menos, unos cuantos siglos.
Ángel pudo ver entre los destellos del aparato de proyección cómo todos los miembros del consejo, con Salvador a la cabeza, estaban absortos en la presentación. Pudo ver y sentir el cien por cien de su atención auscultando cada una de sus palabras.
—Hace apenas un mes descubrimos un compuesto superconductor hasta el momento desconocido. Con él, y a juzgar por las leyes del electromagnetismo, podemos ser capaces de crear electroimanes mucho más potentes que el mayor conocido hasta nuestros días. No solo eso, sino que estos campos, al tener un origen eléctrico, son del todo variables y configurables. Seremos capaces de influir sobre las propiedades atómicas de los elementos y, lo más importante, es totalmente viable el confinamiento magnético controlado de plasma dentro de un reactor. Algo que hasta hoy está en fase experimental y sin resultados viables. Tenemos algo que los demás no tienen, ¡vamos a aprovecharlo! Es cuestión de tiempo que den con el compuesto en cualquier parte del mundo.
En la sala reinaba un silencio sepulcral, solo interrumpido por cada uno de los alegatos del físico. Después de enseñarles de forma visual la viabilidad tecnológica, terminó diciendo:
—Les propongo usar el material superconductor para fabricar un reactor capaz de influir en la estructura atómica del elemento en origen, creando así unas condiciones para la reacción abarcables con los recursos tecnológicos que acabo de mencionar. Después, propongo llevarlo al estado de plasma mientras se confina magnéticamente en el interior del reactor, y finalmente, llevar a cabo la reacción y la liberación de ingentes cantidades de energía. Les propongo recrear en la tierra las reacciones que surgen de manera espontánea en el sol, y que alimentan a todo el sistema solar. Les propongo, en definitiva, una solución al paradigma energético de nuestros días. Les descubro el camino para hacer posible la fusión nuclear.
La energía nuclear, tal y como la conocemos en la actualidad, está basada en la fisión. Es decir, en la ruptura o separación de los núcleos de determinados elementos. Una energía que es igual de rentable que de letal y mortífera. Dando como resultado, además de energía, residuos nucleares del todo inestables.
La fusión, en cambio, aunque tengan el mismo apellido, se basa en la unión de dos núcleos, liberando un isótopo completamente estable e inofensivo e ingentes cantidades de energía. Una energía completamente limpia. El problema durante todos estos años es que el hombre no dispone de recursos tecnológicos para llevar a cabo este fenómeno de una forma estable y controlada. Recrear las condiciones físicas que se dan en el sol, por ejemplo, era imposible hasta que escucharon a Ángel.
El consejo de dirección se quedó unos minutos en silencio tras las últimas palabras del físico.
No hubo preguntas.
El CEO tomó la palabra e hizo salir a Ángel de la sala. Sin mediar palabra, el joven salió por la puerta con la sensación de ir a hombros tras una inolvidable faena.
Esperaba fuera intentando percibir alguna de las palabras que se escapaban por las comisuras de la carpintería.
Era imposible. Los directivos hablaban en un tono ultrasónico.
Los minutos pasaban y Ángel solo quería escuchar el veredicto. En la improbable situación de que sus palabras no hubieran ahondado en sus mentes empresariales, iría con su idea a otra parte. Creía en el proyecto y creía en sí mismo. Estaba dispuesto a cambiar el mundo y no iba a permitir que un puñado de mentes obtusas frenara el progreso.
De pronto, se interrumpió el ininteligible murmullo del interior de la sala y unos pasos decididos se aproximaron hasta la puerta. Esta se abrió y la figura del magnate se plantó en el umbral.
—Ángel, ¿puedes pasar a la sala, por favor?
El joven se levantó de la silla y entró en la habitación con paso firme, seguro, sabiendo que cada metro que recorría lo acercaba más a su sueño.
El CEO volvió a tomar su asiento presidencial y, sin ningún tipo de preámbulo, dijo:
—Ángel, tienes vía libre. El proyecto sigue adelante.
CAPÍTULO 5
Los dos policías se habían desprendido de su indumentaria oficial y adoptado una apariencia mundana. Se montaron en el SUV que disponía la Policía Foral para ir de paisano y se dirigieron a casa de Victoria.
—Subinspector, hábleme un poco más de la víctima —dijo el inspector Sandúa, intentando darle utilidad al tiempo que iban a pasar en el coche.
Daniel empezó a contarle a su superior todo lo que sabía sobre su amigo, destilando nostalgia en cada una de sus palabras.
—Ángel Zugasti tenía treinta y dos años. Era físico de formación y trabajaba en Pamplona, en la empresa Future Energy. Recién finalizados los estudios, fue reclutado para hacer unas prácticas y al poco tiempo ya tenía un contrato fijo. Era un estudiante brillante y, por lo que dejaba entrever, también lo era en su trabajo. Estuvo becado durante toda su trayectoria en la universidad debido a sus logros académicos. Finalizó su último año con un premio nacional por su trabajo final de carrera relacionado con la generación de energía, o algo así… Fue hace varios años. Esto fue el detonante para que la empresa se interesara por él.
—Y en relación a su trabajo, ¿qué es exactamente lo que hacía en Future Energy?
—Ahí no puedo ayudarle inspector. Ángel apenas hablaba de lo que hacía. Siempre decía que era confidencial y bromeaba diciendo: «Si os lo digo tendría que mataros…». Nos decía que estaba trabajando para cambiar el mundo y que cada vez estaba un poco más cerca.
—¿Tenía pareja? ¿Vivía solo?
—Vivía solo en el centro de Pamplona. En el cruce entre Sancho el Fuerte y la avenida de Pío XII. Es una zona pudiente, pero se lo podía permitir. Hacía mes y medio que había roto con su pareja, Andrea. Los fines de semana, festivos y temporadas que venía al pueblo, vivía con su madre y su hermano Jon. Tras la repentina muerte de su padre, las visitas se habían convertido cada vez en algo más frecuente.
Viajar al pueblo no era ningún sacrificio para Ángel. Lo adoraba. Le gustaba sentir a la gente cerca y conversar de temas fuera del estresante entorno laboral. Se sentía libre, más humano. Disfrutaba de la naturaleza característica de la zona, pensaba y reflexionaba a un nivel metafísico y espiritual, en contraposición al empirismo exacerbado de su día a día. En definitiva, le servía de válvula de escape para reordenar su trabajado cerebro. Hasta las cervezas sabían diferente…
—En cuanto hablemos con esa tal Victoria y la gente del pueblo, hay que hacerle una visita a su expareja y a la empresa… Future Energy. A ver qué película nos cuentan.
El inspector estuvo unos segundos sin hablar, mirando fijamente el asfalto mientras conducía.
—Y esta tal Victoria… ¿Qué relación tenía con la víctima? Parece bastante sospechoso que tuviera tanta urgencia en hablar con ella justo el día que aparece muerto, ¿no cree, subinspector?
Daniel miró a Sandúa fijamente a los ojos, como si a través de la mente pudiera decir que él llevaba haciéndose esa misma pregunta desde que vio el recordatorio a través de aquella bolsa de pruebas.
—Victoria, Ángel y yo formábamos parte del mismo grupo de amigos. Como ya le dije, Victoria es una chica un poco… especial. Digamos que no es el alma de las fiestas ni la paladina de las relaciones sociales.
—Que es un bicho raro, vaya. Me parece muy bien que sea su amiga, subinspector, pero hable con claridad.
—Sí, algo así. Pero es incapaz de atentar contra la vida de ningún ser vivo. Y menos, de Ángel —dijo el subinspector con convicción—. Victoria no tiene ningún amigo como usted y yo definiríamos a un amigo. Ángel era lo que más se asemejaba. Desde niños siempre han tenido bastante afinidad a pesar de tener caracteres dispares. Era la única persona con la que hablaba fuera de lo estrictamente necesario que dictan las normas de educación.
—¿Deduzco entonces que no tenían ninguna relación sentimental?
—No. Nada. Nunca. Ángel ha tenido siempre pareja al margen de Victoria. Lo cierto es que era una relación que, al parecer, solo ellos comprendían.
El subinspector se quedó unos segundos pensativo, dándose cuenta de que ésa era la relación que bien le gustaría tener a él con Victoria, pero decidió omitirlo del resumen.
La lluvia no había hecho acto de presencia, sin embargo, en el cielo comenzó el desfile de todo un elenco de tonos plomizos que amenazaban la serenidad del paisaje. Cada pocos segundos se veía un destello de energía que partía las nubes en varios pedazos y que, poco después, resonaba con tal fuerza que te reubicaba el corazón. Parecía que se aproximaban a las tierras de Isengard o que el mismísimo Thor iba a hacer su aparición.
El inspector despertó a los leones que había bajo el capó del coche para llegar lo antes posible al pueblo. Allí les esperaba Victoria, sin todavía creerse lo que le habían contado apenas una hora antes.
Los adustos semblantes de ambos agentes se encontraban frente a la puerta de la chica, con el tiempo justo para hacer las presentaciones de cortesía y pasar al interior, antes de que cayese del cielo lo que no estaba escrito ni en los más fatales presagios bíblicos. El subinspector tocó el timbre y una voz contestó desde el otro lado.
—¿Quién es? —dijo Victoria desde el interior.
—Soy Daniel. Hemos hablado antes. Tenemos que hacerte unas preguntas.
Un par de ladridos secos y profundos retumbaron separados de los agentes por una puerta hecha en la posguerra.
—Un segundo, ya os abro…
CAPÍTULO 6
Victoria todavía estaba recomponiéndose después de que el subinspector colgara el teléfono.
¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que en apenas tres segundos su vida diera tal bandazo? ¿Cómo era posible que tres palabras la hubieran hecho sentirse en la soledad más profunda? Victoria se encontraba a solo tres peldaños de alcanzar el fondo del sótano de su fracaso personal, y uno de esos escalones era Ángel. Ahora, estaba a solo dos. Cada vez estaba más abocada a engrosar la lista del hospital mental más cercano. Solo la separaba su madre, con la que cohabitaba, y otro ser vivo que ni siquiera era humano.
En medio de estas tristes pero innegables reflexiones, Arya levantó la cabeza en décimas de segundo, miró hacia la puerta de la entrada y se colocó a muestra a escasos treinta centímetros.
Victoria la miró, sabedora de que era un comportamiento habitual y advirtiendo lo que iba a suceder. Apenas diez segundos después del gesto reflejo de la perra, el timbre se dejó escuchar.
—Tranquila, Ary… Vienen unos señores a merendar —dijo Victoria en tono cariñoso para que la perra no se pusiera nerviosa.
—¿Quién es? —se escuchó desde el interior de la vivienda.
—Soy Daniel. Hemos hablado antes. Tenemos que hacerte unas preguntas.
—Un segundo. Ya os abro…
Victoria acudió hasta la puerta, le ordenó a su perra que se sentara y abrió las puertas de su fortaleza. A pesar de conocer al subinspector, fue el inspector Sandúa quien empezó a hablar haciendo notar su rango.
—Buenas tardes, señorita Martínez. Soy el inspector Ricardo Sandúa del departamento de homicidios de la Policía Foral. Este es mi compañero, el subinspector Daniel García —apuntó el inspector a modo de introducción mientras enseñaba su cartera con la placa de policía—. Según me ha informado de camino, ya os conocéis.
—Sí —dijo Victoria sin añadir ninguna otra palabra.
—Le agradecería, señorita Martínez, que guardara a ese animal durante nuestra entrevista. No me gustan los perros—añadió el inspector en tono autoritario; queriendo dar a entender quién iba a llevar las riendas de la conversación.
Victoria esperó unos segundos ante tal arrogancia y se pronunció.
—Qué curioso, a mí no me gustan los policías. Estamos en paz y… ¡la perra se queda!
El inspector, al no saber qué contestar, buscó apoyo en su compañero, pero este le miró sabiendo que algo así iba a tener lugar tarde o temprano, aunque confiaba que no fuera en la primera intervención.
—De acuerdo, que se quede —dijo finalmente el inspector, viendo que no tenía más opción.
Los dos agentes se adentraron en aquel museo siguiendo la figura de la chica y su sombra. La casa era antigua, construida en la posguerra y donde vivieron sus abuelos maternos. Cuando estos murieron, pasó a ser propiedad de su madre y es donde ambas han vivido toda la vida. Era una vivienda de una sola planta con un pequeño jardín en la parte posterior, territorio de la pequeña de los Stark. Arya pasaba allí tardes enteras viendo volar a los pájaros, moverse a las hojas o bronceándose la barriga en temporada estival. Además, era custodia de numerosos tesoros que había escondido por todo el jardín, y de los que solo ella conocía la ubicación.
A medida que avanzaban por el corredor principal, el inspector tenía la sensación de que el salón iba a estar iluminado por antorchas y una enorme mesa de madera lideraría la estancia, en la que se sentarían a degustar ricas viandas con las manos y a brindar con copas de latón envejecido al cobijo de una hoguera y el cantar de juglares.
—Victoria, si me permite la pregunta, ¿no ha pensado usted en cambiar un poco la decoración de la vivienda? ¿Sabe en qué siglo vivimos? —dijo el inspector intentando romper el hielo.
—La verdad es que no, aquí tengo todo lo que necesito. ¿Y… usted, inspector, ha pensado en contarle a su mujer que tiene una aventura?
Segundos de incómodo silencio…
—Señorita Martínez, otra impertinencia de ese calibre y hoy no duerme bajo el mismo techo que ese animal —dijo el inspector visiblemente alterado.
—Lo que usted diga, pero no me ha contestado…
—No tengo nada que contestar…
Los dos agentes y la joven siguieron caminando por el pasillo, pero justo antes de entrar en el salón, el inspector no pudo reprimir su sed de respuestas.
—Señorita Martínez, por curiosidad, ¿puede decirme por qué cree que tengo una aventura?
—Verá, lleva la marca de la alianza en el dedo. Sin embargo, no la lleva puesta. Es lo que hacen los adúlteros cuando cometen sus fechorías, como si la culpabilidad se pusiera y se quitara con un anillo. Y sé que está casado porque he visto la foto con su mujer y sus hijas en la cartera cuando me ha enseñado la placa. Además, luce esa barba de dos días que indica que hoy se ha despertado en un sitio sin kit de afeitado. Por último, lo primero que ha hecho cuando he abierto la puerta es mirarme los pechos…
El subinspector García se mantuvo al margen de los comentarios de Victoria. Primero, porque era su superior y, segundo, porque era conocedor de los escarceos amorosos del inspector.
Por otro lado, Victoria tenía la fortuna de ser mujer. De haber sido un hombre, le quedarían pocos huesos de la cara sanos. A ella siempre le gusta abrir las conversaciones con el clásico gambito de dama, como en el ajedrez. Te ofrece la primera frase y en el segundo movimiento ya te ha cogido ventaja.
Llegaron al salón sin más sobresaltos, se sentaron a la mesa y empezaron con el interrogatorio.
—Victoria, ¿cuándo fue la última vez que vio a la víctima? —empezó el inspector.
—Hace más de un mes.
—¿De qué hablaron? ¿Notó algo raro en Ángel?
—Me llamó e insistió bastante en que fuera a su casa antes de irse a Pamplona. Me dijo que igual tardaba en volver y quería charlar un poco. Es prácticamente la única persona con la que hablo, así que fui.
—¿Y eso por qué? —dijo esta vez el inspector, con temor por la posible respuesta.
—Porque a lo largo de mi vida es la única persona cuyas palabras he creído —sentenció Victoria.
—¿Y de qué hablaron?
—No hablamos de nada en concreto, solo tonterías y nimiedades. De hecho me fui de allí con la sensación de no saber para qué me había reclamado con tanto interés. No entendí la insistencia en vernos, para luego no hablar de nada. Creía que tenía algo importante que decirme, pero no fue así. Tomamos un refresco y unos encurtidos y me fui.
—Señorita Martínez, ¿tenía usted alguna relación sentimental con la víctima?
—No, solo éramos amigos desde niños —aclaró la joven.
Victoria torció el gesto después de esta última pregunta. No le gustaba tener que responder a lo mismo cada poco tiempo. Sentía una profunda amistad, solo eso.
—¿Hablaba usted con la víctima de su trabajo?
—Ángel era muy reservado con ese tema. Trabajaba en Pamplona en Future Energy. Me decía que no podía contarnos exactamente lo que hacía porque era confidencial, pero eso ya se lo habrá contado Daniel. Llevaba involucrado en el mismo proyecto desde que terminó la universidad, aunque solo sé que estaba relacionado con la energía. Siempre me decía, con una seriedad incierta, que iba a cambiar el mundo. Pobre soñador…, como si se pudiera revertir esta cloaca de egoísmo y corrupción que ha creado el ser humano.
—¿Cree que su expareja podía sentir celos de usted? O, dicho de otro modo, ¿cree que la relación que ustedes tenían pudo influir en su ruptura?
Victoria pensó un poco más esta respuesta, sabiendo la interpretación que podía tener.
—Esa lamia tenía celos de manera sistemática y veía infidelidades a la vuelta de cada esquina.
—Verá, Victoria. La víctima llevaba el teléfono cuando lo encontramos. Un recordatorio no dejaba de aparecer con la fecha de hoy: «Hablar con Victoria Martínez. Contar secreto».
—¿Sabe qué quiere decir? —inquirió Sandúa.
—No tengo la menor idea, inspector. Y antes de que me lo pregunte, sí, me parece muy extraño que el día que se encuentra el cadáver aparezca ese mensaje con mi nombre.
—Por último, el forense todavía no nos ha confirmado la hora de la muerte, pero necesitamos saber dónde estuvo usted ayer por la noche.
—Estuve en casa leyendo e intentando dormir. Mi madre os lo puede confirmar.
Victoria sabía que no era una coartada sólida, de hecho, era todo lo contrario, pero era la única que tenía.
—Verá, Victoria, esa coartada es bastante frágil. No creo que sea usted culpable porque el recordatorio tiene fecha posterior a la muerte. No iba usted a matar a su amigo y ponernos tras su propia pista. No obstante, sea culpable o no, parece ser que ese secreto es la clave y el móvil del crimen. La Víctima confiaba en usted como para revelárselo, así que tendrá que venir con nosotros. Ya he hablado con el comisario y nos ha autorizado a que nos acompañe durante la investigación en calidad de asesor.
—Eh… ¿Puedo negarme? —interrumpió la aludida.
—No. Salvo que quiera ir una temporada a la cárcel. Lo siento señorita Martínez. Hasta que esto se resuelva, tendrá que colaborar con nosotros. La recogeremos en su casa y la devolveremos sana y salva cada día. Y una cosa más…
—Bueno, si solo es una…
—Mantendrá la boca cerrada a menos que yo se lo diga y, por supuesto, está bajo mis órdenes. Mañana firmará todo el papeleo de confidencialidad en la comisaría.
Y esas fueron las últimas palabras del inspector en la tarde de Todos los Santos. Ambos agentes se levantaron de la mesa y se marcharon.
Justo antes de que la puerta se cerrara tras ellos, el subinspector García dijo:
—Que duermas bien, Victoria, mañana a las ocho pasamos a recogerte.
Victoria hizo un gesto de aprobación, sin mucho que poder decir al respecto. Luego de la marcha de los agentes, se apoyó de espaldas contra la puerta y se quedó mirando a Arya.
Sin darse cuenta y sin quererlo, estaba inmersa en una investigación policial. Se había convertido en el personaje de una de sus novelas, donde el papel protagonista estaba vacante y las páginas todavía estaban por escribir.
CAPÍTULO 7Día 1 de noviembre, 08:15
Una inoportuna alianza descansaba encima de la mesilla de uno de los hoteles más exclusivos de la capital navarra. El olor a sexo y adulterio rezumaba en la habitación veinticinco; la preferida del inspector Ricardo Sandúa para liquidar la maltrecha confianza de su mujer. Las cuatro paredes que escogía para desertar del sagrado sacramento del matrimonio, siempre bajo el amparo de un nuevo caso o una investigación en la que su papel para salvar al mundo, era similar al de los vengadores.
El teléfono se anticipó a la alarma que ya tenía programada. En la pantalla, podía leerse uno de esos contactos cuya llamada no puedes rechazar. El comisario Redrado sonó por el auricular con un tono más agresivo y acuciante de lo acostumbrado. Sandúa se incorporó y se escondió en el reluciente cuarto de baño antes de empezar con la conversación.
—Inspector, ¡buenos días! Escuche con atención.
En el tono del comisario podía leerse con claridad la urgencia de la llamada.
—¡Buenos días, comisario! ¿Qué ocurre?
—¡El objetivo ha muerto! Necesito que se traslade al lugar del crimen de inmediato. Ya sabe cómo tiene que actuar. Nos jugamos el cuello, usted y yo. Le acompañará el subinspector Daniel García. Es de la zona y conocía a la víctima. Le será de ayuda.
—¡Joder! ¿Y la información?
—No la tenemos, inspector. Se nos han adelantado. El objetivo ha muerto antes de tiempo. Por el momento no sabemos quién ha podido ser, así que tiene que estar alerta. Hay más gente detrás de esto.
—¿Qué hacemos con el subinspector cuando empiece a hacer preguntas? ¿O si descubre algo?
—Ya sabe lo que tiene que hacer.
—No se preocupe.
—El otro asunto que le voy a comentar tampoco va a ser de su agrado. Nos han informado que la víctima llevaba su teléfono encima y que no deja de salir un recordatorio:
