PRÓLOGO
Este libro no propone una
contribución más o menos original o ecléctica al progreso de la
filosofía moral, sino una revisión de varios de los supuestos
esenciales de dicha disciplina y de algunas de las creencias más
arraigadas entre sus cultivadores. No se ubica, de hecho, en
ninguna corriente o escuela particular ni es fruto de la
preocupación por tomar partido en lo que suele llamarse la
discusión contemporánea. En realidad trata sobre asuntos muy viejos
y nada actuales, que no interesarán mucho a quien se apasione por
estar al día y presuma de ser un hombre o una mujer de su tiempo.
La relación de la filosofía con el presente es demasiado tormentosa
e incierta para que quepa confiar demasiado en el trillado tópico
de que el pensamiento tiene como fin iluminar la autoconciencia de
la propia época. En caso de que la filosofía sirva para entender lo
que nos ocurre o para aclararlo, semejante hallazgo habrá de ser el
efecto no intencionado de haber buscado otro fin, porque la
comprensión adecuada del presente no es un logro que quepa obtener
a base de proponérselo. Entender medianamente cualquier cosa
implica sobre todo verla como algo que no tiene nada que ver con lo
que se suponía que la cosa era cuando no se la entendía, y de esa
condición no está claro que haya de librarse el presente. Quien
quiera comprender el propio tiempo hará bien, por tanto, en
intentar otro propósito.Aquí no nos ocuparemos del estado presente
de las cuestiones habitualmente tenidas por morales, sino más bien
de algunas de las creencias tácitas gracias a las cuales esas
cuestiones son objeto de discusión seria y hasta de disputa
apasionada. Para entender el tiempo en que uno vive, el primer paso
es extrañarse de él y acostumbrarse a no reconocerlo como propio,
ni en materia de moral ni en ninguna otra.
Aquello a lo que llamamos moral tiene
doble faz, y está engañado quien se olvide de alguna de sus caras.
Hay un rostro oficial de la moral o si se quiere una máscara y
otro secreto y apenas reconocido. En su versión oficial la moral es
un conjunto sistemático de mandatos universales que responsabiliza
a todos de su cumplimiento, obligando a tomar la propia persona
como intercambiable por la de cualquiera y la de cualquiera por la
propia, y esto sin constricción exterior: como una obligación
libremente surgida de uno en su fuero interno, en una interioridad
que, aun siendo propia, es imparcial e impersonal.Tan prestigiosa
institución puede resultar, según gustos y doctrinas, sublime,
antipática, imprescindible, ominosa o estúpida, pero lo cierto es
que, con aprobación o sin ella, por moral se entiende algo muy
parecido a lo anterior. El conjunto de obligaciones llamado moral
adopta la forma de un orden sistemático e inexorable, de una
naturaleza duplicada, una segunda naturaleza que puede concebirse
como opuesta a la ordinaria (al mundo constituido por aquello a lo
que se llama hechos) o como la propia naturaleza ordinaria llevada
a su plenitud. La forma oficial de la moral es la de un
mundo distinto del dado y en el que el mundo dado está
obligado a transformarse o, si se prefiere, la forma íntima y
genuina del mundo, la que este muestra cuando se lo depura de sus
vicios y se lo completa debidamente. La moral oficial manda
concebir un mundo bien ordenado, un todo en el que cada parte esté
en su sitio y cada momento en su tiempo, un mundo bien hecho, digno
de ser aceptado y de ser reconocido como propio. La historia
oficial de lo que llamamos moral es la sucesión de diversas maneras
de concebir o imaginar ese mundo bien hecho o esa naturaleza
mejorada y reconciliada consigo misma, maneras ambiciosas y
arrogantes, moderadas y cautas o humildes y temblorosas.
Pero esa no es toda la historia,
porque la moral tiene otro rostro. Por entre el mundo bien hecho y
la naturaleza moralizada de filósofos, sacerdotes, mandarines,
revolucionarios y reformadores, surgen a veces rarezas y anomalías,
excepciones que carecen de sitio en el orden normal de las cosas,
irrupciones inopinadas que trastornan el curso del tiempo,
portentos que asombran, monstruos que repelen, maravillas que
fascinan, episodios o seres que parecen cargados de un valor
inconmensurable, desproporcionadamente superior al de cualquier
otro bien, o tan saturados de maldad que se llevan por delante
cualquier estimación pasada de los bienes y los males. Los bienes
anómalos no forman parte del mundo bien hecho de la moral oficial y
los males descomunales tampoco tienen un lugar en el mundo todavía
imperfecto que esa moral se esfuerza por enderezar. En realidad no
son de ningún mundo y se distinguen precisamente por salirse de
cualquier orden y estructura: al experimentarlos como bienes o como
males, las condiciones normales de la experiencia quedan en
suspenso. A estas anomalías de la moral (lo anómalo es lo que no es
homalós, lo que no es llano y recto, lo que es oblicuo o
torcido o presenta relieve) no se las puede hacer encajar con el
sistema de los males o de los bienes. Propiamente no pertenecen a
ningún sistema y lo que hacen es más bien romper los sistemas
habidos o declararlos desprovistos de valor. No encajan con el
resto porque no dejan ningún resto: después de ellas ya no
queda nada como estaba. Los bienes y los males anómalos son
rarezas en la estructura normal de la moral, pero no por ello son
infrecuentes; el mundo está lleno de anomalías, aunque esas
anomalías vayan a contrapelo del mundo y se salgan de su
plan.
Si se habla de anomalías de
la moral conviene detenerse en la preposición y en sus dos valores
superpuestos, uno de ablativo y el otro de genitivo. Que las
anomalías lo sean de la moral quiere decir, conforme al primer
sentido, que lo son con respecto a ella y por oposición a ella, y
entonces la moral se distinguirá por rehuir todas las excepciones
aherrojándolas fuera de sí, sin ocuparse de si van al cielo de los
milagros o al infierno de los monstruos. Si la moral tiene
vigencia, la tendrá de manera sistemática y sujeta a control
racional, y precisamente por haberse librado de todo tipo de
anomalías. Pero en un segundo sentido las anomalías lo son
de la moral porque, al suscitarse y al subvertir el orden
normal de los bienes y de los males, no dejan inalterado lo que
antes de ellas era la moral, sino que esta tiene que volver a
definirse en función de ellas, tratando infructuosamente de
adueñárselas y teniendo que definirse como lo que ellas no son.Al
igual que uno habla con toda propiedad de sus enemigos
unos enemigos que ciertamente son suyos, la moral no
sería lo que es sin sus anomalías, y estas no serían lo
que son si no fueran anomalías de la moral.
Suele decirse que el mal descomunal,
desmesurado y casi absoluto, tal como se experimentó en algunos
hechos de mediados del siglo XX que se designan con la sinécdoque
«Auschwitz», debe su desmesura a carecer de precedentes. No es
necesario entrar en tan procelosa discusión para afirmar que esa
experiencia del mal trivializa la tabla de males conocida hasta
entonces; introduce la desmesura y el exceso insoportable como
ingredientes del mal y convierte al mal en algo inclasificable, que
no es miembro de ningún género y que no puede comprenderse como la
mera infracción o quebrantamiento de una norma o de un sistema de
normas. Esto, que es casi un lugar común de la cultura
contemporánea, estuvo quizá igual de claro desde que se inventó el
mal, aunque faltasen conceptos con que expresarlo. Raro es que
alguien no haya tropezado por lo menos una vez con males
descomunales que exceden toda medida. Quien es ajeno a esa
experiencia y conoce sólo los males normales sabe muy poco
de la naturaleza del mal; sabrá, si acaso, de los males que tienen
una naturaleza o que apuntan a un lugar defectuoso o vacío del
orden natural, pero el mal descomunal se distingue por su enormidad
y por carecer de género en el que incluirlo y de naturaleza a la
que corresponder. Esto pertenece a la sabiduría humana ancestral, y
solo el optimismo de la teodicea ilustrada hizo creer lo contrario
en ciertos ambientes durante cierto número de décadas. Algo
semejante debe decirse del bien cuando se presenta fuera de medida,
de serie y de expectativa; tomarlo como un caso o muestra de cierta
especie de bienes, explicarlo distinguiendo sus predicados y
mostrando a qué otros bienes puede reducirse, dar razón de por qué
ha de apreciarse y de cuánto se perdería si se lo desatendiese son
operaciones desvalorizadoras cercanas a lo blasfemo; solo el
incapaz de apreciar algo lo normalizará de ese modo, y seguramente
lo hará para privar a otros de su disfrute. Lo que es bueno de
verdad sobresale por todas partes y no se ciñe al molde en el que
está metido, sino que lo revienta y lo hace pedazos.A aquellos
bienes que lo dejan todo igual que estaba se los llama bienes solo
por cortesía; son como los amores en los que no hay locura, algo a
lo que se llama amores más que nada por educación. Una moral de la
que estuvieran excluidos el espanto del mal descomunal y el hechizo
del bien extraordinario sería una moral considerablemente
disminuida, apta tan solo para circunstancias normales y ordenadas,
que son las que menos necesitan de moral alguna. Pero esa es
precisamente la moral que la historia de la filosofía ha producido,
y con tanto éxito que el producto pasa por ser casi natural: al
igual que nos hemos acostumbrado a alternar el sueño y la vigilia
conforme a un orden regular, así también aquellas partes de nuestra
conducta que se refieren a la limitación del propio interés han
acabado acostumbradas a cierta forma de derecho que usa como
policía a los argumentos y como juez a la conciencia. Eso es la
moral y todos lo sabemos.
Pero la teoría consiste en dejar de
saber lo que todos sabemos. Este libro sostiene la tesis de que en
la moral lo que verdaderamente importa son las anomalías. Si la
moral se redujera a su rostro oficial no sería un objeto de estudio
demasiado interesante, y los filósofos se lo podrían ceder de buen
grado a los ideólogos, los propagandistas, los censores y las
organizaciones de beneficencia. La moral no importa por lo que
contiene, sino por lo que se le escapa, y la filosofía moral haría
muy bien en dejar de ser una disciplina edificante para ocuparse
más bien de las rarezas que anidan en todo sistema de valores, de
lo que rompe, violenta o resquebraja los sistemas valorativos
vigentes, deseables o imaginables. Sin embargo, este libro se
ocupará de la moral oficial, y más en particular de lo que quizá
sea su pieza básica, la piedra angular sin la cual ese edificio tan
virtuosamente levantado se vendría abajo en seguida. La moral
oficial, normativa y deuterofisita, [1] gira, en efecto, alrededor de un único
concepto central, que es la responsabilidad. Y no es que la moral,
entendida como una segunda naturaleza de deberes universales,
altruistas e interiorizados, exija para funcionar cierto concepto
de la responsabilidad; lo que ocurre más bien es que
consiste en un sistema de responsabilidades. La obligación
de ser responsable es la obligación de las obligaciones, es como el
deber que uno tiene de tener deberes. Estar sujeto a normas morales
significa ser responsable ante uno mismo de los incumplimientos que
ha cometido en el pasado y de los cumplimientos que debe realizar
en el futuro, y responder de los unos y de los otros ante cierta
comunidad humana que nunca dejará de pedir cuentas, recordando lo
que no se hizo o se hizo mal y lo que falta por hacer o por
completar. Describir ese sistema de responsabilidades es lo mismo
que describir la moral. Uno puede ser desprendido, filántropo,
valiente, juicioso, moderado, compasivo, cuidadoso y sobrio y ser
sin embargo un inmoral, pero sería incorrecto calificar de inmoral
a alguien de quien se dice que es una persona responsable, porque
actuar con responsabilidad es lo mismo que actuar de manera
moralmente correcta. La moral deuterofisita es un sistema de
responsabilidades porque es una naturaleza paralela que tiene la
forma de lo obligado y exigido, de aquello que a la naturaleza
física le falta: estamos en deuda con el mundo moral por
no haberlo traído aún a la tierra y por todo lo que llevamos hecho
en contra de su advenimiento. Pero la responsabilidad deuterofisita
se distingue además por no tener fin. Es una máquina en perpetuo
funcionamiento, porque nada más solventarse un caso de
responsabilidad tiene que aparecer otro. Cuando la máquina de la
responsabilidad deja una exigencia sin responder, se entrega
vertiginosamente a otra, y lo mismo cuando da una demanda por
respondida. Lo que resultaría inconcebible es un estado en el que
todas las responsabilidades se hubieran satisfecho ya; eso sería
como declarar que la segunda naturaleza moral se ha instalado en el
mundo y ha hecho desaparecer a la primera, cosa que no forma parte,
salvo como ideal, de la moral deutero-fisita.
Sin embargo, en este libro se
sostendrá que el concepto de responsabilidad cumple muy
defectuosamente las obligaciones que le están asignadas. La
responsabilidad debería ser la virtud de las virtudes, una noción
pétrea, diamantina e inexorable, una palabra cuya sola
pronunciación debería aplacar las como anomalía pasiones y elevar
los espíritus. Pero en cuanto la responsabilidad se examina sin
intención edificante no tarda en advertirse que, más que un
concepto claro, es una colección de anomalías. Se supone que sin
responsabilidad no habría orden público, moral ni civilización,
pero la responsabilidad apenas se mueve nunca a la altura de sus
exigencias. Las prácticas en las que interviene este concepto están
llenas de excepciones, de suspensiones, de cancelaciones, de
ironías, de convenios ficticios, de autoengaños, de
inconsistencias, de efectos perversos, de astucias y de opacidades.
Están llenas de episodios de los que no cabe responder y que hay
que pasar por alto para seguir creyendo que la responsabilidad y
con ella la moral oficial funciona adecuadamente. En los cuatro
ensayos de este libro se muestran otros tantos episodios de ese
tipo. Si lo que exponen es acertado, habrá que concluir que las
anomalías no están solo en los márgenes de la moral oficial o en
sus afueras, sino también en sus interioridades más
profundas.
Si bien se mira, la idea misma del
responder, el supuesto de que las personas responden a
fines, a intereses, a pasiones o a principios, que los
acontecimientos responden a causas y a veces a razones, que la
historia responde a un plan o a un disparate, que la realidad en su
conjunto responde o no responde a cierta racionalidad,
proporciona un modo de pensar vigente en los registros más
variados. Cualquier actividad humana y cualquier ausencia de
actividad se puede ver como un dar respuesta, y quizás también la
naturaleza no humana es inteligible solo en la medida en que se le
atribuye la sospechosa capacidad de contestar a las preguntas que
se le hacen. La responsabilidad llamada moral es una de las muchas
formas que puede adoptar el responder, de modo que las anomalías de
la moral muy bien podrían ser un caso particular de la condición
anómala de que adolecen en general las respuestas.Alguien que
perdiese toda idea de lo que significa dar respuesta habría perdido
seguramente cualquier orientación en el mundo, pero conviene no
engañarse sobre la claridad de que goza esa idea y tampoco sobre su
robustez.
La idea de respuesta se empareja,
antes que con ninguna otra, con la de pregunta, aunque sería
erróneo creer que son las preguntas lo único que permite responder
o que lo exige. Se responde o se deja de responder a preguntas,
pero también a conflictos y a problemas, y también a órdenes y
mandatos, y desde luego se responde a afirmaciones y se responde de
ellas (con otras afirmaciones o con preguntas, conflictos,
problemas y mandatos); se responde a las provocaciones, a las
ofensas y a los desafíos, pero también a los elogios, los regalos y
los favores. En realidad toda virtud, de las personas y de las
cosas, podría reducirse al arte de saber dar respuesta en un ámbito
determinado, y quien tuviera interés en conocer los atributos del
ser perfecto podría quedar razonablemente satisfecho con la idea de
que ese ser es apto para proporcionar siempre la respuesta correcta
en cualquier ámbito y circunstancia, mientras que cualquier
respuesta que se le diese a él sería siempre defectuosa. La
respuesta correcta se distingue por ajustarse del todo a lo que se
preguntaba o a lo que estaba en litigio o a lo que se necesitaba
resolver o a lo que se había mandado, por corresponder debidamente
a lo que motivó la respuesta, por satisfacer algo que se
pedía o demandaba, de manera semejante a lo que se entiende por
satisfacción en los duelos y desafíos. En torno al responder se
reúne la mayor parte de las ideas y creencias vulgares y doctas
acerca del orden último y definitivo de las cosas. Para la
ortodoxia de la filosofía y la cultura occidentales lo real es
concebible porque responde, porque tiene forma de
respuesta o de correspondencia y porque se ajusta a lo que pensamos
sobre ello cuando nuestros conceptos se usan con responsabilidad.
Lo verdadero, lo bueno y lo justo son aquello que
corresponde pensar, decir o hacer, y toda falta es una falta
de correspondencia con algo: con el mundo tal como es o tal como se
concibe que debería ser.
Importa mucho advertir la estructura
común que tienen problemas, preguntas y conflictos, tres tipos de
episodios unidos por su carácter suspenso y su necesidad de algo
que al mismo tiempo los complete y los cancele. El convencimiento
de que toda pregunta que esté bien expresada y no sea fraudulenta
tiene una respuesta correcta y solo una es análogo a la idea de que
todo problema que no sea ficticio tiene una sola solución y a la de
que siempre hay un modo de reducir los conflictos a acuerdos.
Resulta tentador afirmar que se trata de tres variantes o modos de
un solo principio, el principium grande enunciado por
Leibniz y más conocido por su otra denominación de principium
rationis sufficientis.Tal principio se distingue porque a la
hora de la verdad todo el mundo lo admite en alguna versión o
variante, incluidas las personas a quienes disgusta, las que le
profesan antipatía o aquellas a las que parece falso; sin él se
vendría abajo la inteligibilidad de los hechos y la racionalidad de
las acciones. Quien lo rechace en términos absolutos está condenado
a ver el mundo como un torpe y destemplado disparate y sus propias
acciones y las ajenas como los palos de ciego de una horda
intoxicada y estúpida, pero aun para cumplir esa condena tendrá que
echar mano del principio mismo que pretende negar, de manera que la
condena será doble. Haría falta rebelarse contra una tradición muy
poderosa y ubicua para sacudirse la obediencia a ese principio, un
principio al que la mayor parte de los filósofos ha profesado
altísima estima pero al que muy pocos han prestado obediencia más
bien al contrario: apenas puede contarse la historia de algo tan
perpetuamente conflictivo como la filosofía misma.
La veta de la tradición filosófica
que guarda una relación más o menos estrecha con lo que llamamos
moral se distingue por prestar atención a aquellas variantes del
Gran Principio que hacen hincapié, por un lado, en los mandatos y
sus cumplimientos y, por otro, en los conflictos y sus arreglos.
Cualquier episodio llevado a cabo por animales humanos que sea
digno de elogio o de una estimación favorable se considerará que es
el resultado de haber cumplido cierto mandato, de haber completado
algo que faltaba y que ahora puede darse por satisfecho, es decir,
por llevado a cabo y logrado. Y se juzgará también que cualquier
acción merecedora de aprobación o cualquier objeto digno de estima
se distinguirán por no entrar en conflicto con ninguna otra acción
u objeto correctos o estimables. Las normas obedecidas y los
conflictos desaparecidos proporcionan la forma del bien, y a esa
forma se la llama moral. Siempre habrá, desde luego, una cantidad
ingente de conflictos sin resolver y de casos en donde no se sabe
qué norma ha de obedecerse, pero cancelar todos estos casos es
precisamente la heroica carga que la moral echa sobre sus hombros,
una tarea ardua y prolongada, aunque ineludible.
Que la responsabilidad esté
infestada de anomalías tiene consecuencias, como se ha sugerido,
más allá de lo que suele llamarse moral. Porque si el responder
mismo está lleno de inadecuaciones, puede que la forma del ser y
del bien no sea el ajuste y la concordancia, sino más bien el
desquiciamiento, la dislocación y la falta de forma. Si las cosas
están desquiciadas las unas respecto de las otras, el conocimiento
y la acción memorables no consistirán en encontrar su quicio, sino
la medida exacta de su desajuste, ni tampoco en restaurar cierto
orden perdido u olvidado, sino en producir desórdenes dignos de
recuerdo. Se nos ha enseñado durante siglos que la teoría es la
contemplación del orden, y eso es lo que seguramente tiene que
creer cualquier persona responsable. Por lo que toca a la teoría
moral, se acostumbra a representarla como una preparación de la
práctica, como algo que tiene que medirse con la práctica y
responder ante ella. A la teoría moral no se le exige que
contemple, sino que conciba aquello que merecería la pena
contemplar; es la teoría de lo que debe contemplarse, de lo que se
contemplará con aprobación, de lo que corresponde
contemplar. Sin embargo, las anomalías son desórdenes y el desorden
no se contempla, porque la contemplación exige permanencia en lo
que se mira y el desorden es inconstante y tornadizo. Los
desórdenes se entrevén o se vislumbran, y cuando se los quiere
empezar a contemplar ya han desaparecido de la vista. Si la
anomalía está en el corazón de la moral, entonces la teoría moral
tampoco tendrá ningún objeto de contemplación. Pero quizá la mejor
teoría moral y de cualquier otro tipo consiste en mirar la falta
de forma sin verla como una falta, en ver las cosas escapándose del
contexto en que están, despojándose de familiaridad y perdiendo sus
alrededores. La teoría moral consistirá en poner en suspenso los
supuestos oficiales de la moral, en ver a la moral fuera del lugar
que le ha correspondido, como algo de lo que nunca nos extrañaremos
lo bastante, como se mira el propio país cuando ya nadie sabe quién
es uno. La enseñanza oficial dice que el teórico es un buscador de
ajustes, pero lo mejor que puede hacer el teórico es tratar de
describir ciertos desajustes memorables que acertó fugazmente a
vislumbrar. Entre ellos y en primer lugar, la visión de lo normal
como algo desajustado.
El teórico moral no tiene como
misión enseñar a sus contemporáneos a ser responsables, sino
explicar por qué la responsabilidad no da de sí lo que de ella se
espera. La teoría se ocupa de conceptos, pero su misión no es
repararlos y sacarles lustre para que puedan usarse a plena
satisfacción del usuario. No arregla el mundo ni resuelve los
problemas, y ni siquiera es el primer paso (o un paso necesario)
para ese arreglo y esa resolución; más bien lo desordena todo y
crea problemas donde no los había. La teoría no sirve a nadie ni
sirve para nada. Puede que tenga efectos prácticos, pero sería muy
poco sensato tratar de predecirlos, y además no todos ellos serán
beneficiosos ni deseables. No siempre que la verdad es atrapada por
la teoría se sigue un resultado de felicidad, provecho o mejora
moral; a menudo la teoría es amarga y corrosiva y echa a perder las
intenciones más elevadas. La teoría de la responsabilidad que se
propone en este libro muestra que no hay un orden en el que los
animales racionales y las palabras y cosas que manejan se
correspondan adecuadamente entre sí, que la idea misma del
corresponder excluye un orden como ese y que lo más digno de
aprecio adopta por lo general la forma (aunque ni es forma ni es
general) de una falta de correspondencia. Respecto de la utilidad o
perjuicio de estas consideraciones para la vida, al autor sólo le
cabe hacer profesión de ignorancia, aunque se atreve a suponer que
ni la utilidad será muy grande ni el perjuicio muy
irreparable.
Los cuatro ensayos de que se compone
este libro muestran sendas anomalías de la moral y sendas quiebras
o suspensiones de la responsabilidad, y expresan de distintos modos
la intención que acaba de exponerse. Obedecen a un propósito (o a
un despropósito) común, pero pueden leerse de manera independiente,
y también con un orden distinto del que aquí tienen. Escribir un
libro de filosofía implica entrar en un complicado sistema de
responsabilidades, en el que cada afirmación puede ser respondida
de múltiples maneras y es a su vez la respuesta a una enorme
colección de estímulos, la mayor parte de ellos inadvertidos por el
autor. Los libros de filosofía se escriben pensando en un lector
implacable, atento, inquisitivo y torvo, que pedirá cuentas de todo
lo que uno dice y también de lo que calla. En realidad, la idea que
de nuestros lectores tenemos los autores de libros de filosofía
suele ser un tanto siniestra, además de injusta. De ordinario ese
lector no existe, como tampoco suelen existir los lectores
imaginados de todos los demás géneros de escritura, aunque tal cosa
no convierte a los libros de filosofía en una muestra de
irresponsabilidad, o por lo menos no de manera necesaria. La
lectura también tiene sus responsabilidades y estas sus anomalías
(a la más aparatosa de todas se la llama relectura), y hasta es
posible que si los animales humanos no hubieran inventado la
escritura tampoco habrían concebido la responsabilidad. La
escritura se inventó para estar uno siempre atado a lo que ha
dicho, pero quizá lo mejor que pueda pasarle a un libro es que se
le pidan cuentas con las que el libro no contaba y que el lector y
el autor saben imposibles de saldar. [2]
Madrid, 28
de junio de 2006
Ensayo
1.º
La Naturaleza por duplicado
1. Las esposas del
entendimiento
En el libro VI de lingua
Latina, de Marco Terencio Varrón, se encuentra el primer
estudio atento de la idea de responsabilidad de que se tiene
noticia. O, por lo menos, cierto tipo especial de estudio, el
conveniente a una de las dos naturalezas que a toda palabra tocan
según el propio Varrón. Porque no solo a las cosas corresponden,
como se verá, dos maneras de ser: también las palabras miran
siempre hacia dos lados, aunque el uno y el otro puedan confundirse
a veces. En el libro V de la misma obra se había dicho, en efecto,
que las palabras poseen una condición doble, definida por la cosa
a partir de la cual se imponen (lo que los griegos habían
llamado etimología) y por aquella en la cual quedan
impuestas (algo muy semejante a lo que hoy suele llamarse
referencia). [3] Conforme a esta doctrina, todo vocablo se
impone o aplica a determinadas cosas y se toma también de ciertas
entidades, pero las primeras y las segundas no son siempre las
mismas. Averiguar de dónde proviene el uocabulum admite,
según Varrón, cuatro grados de dificultad. El primero y más
elemental corresponde, por ejemplo, al conocimiento de que
argentifodinae quiere decir «minas de plata» o de que el
uiocurus es el inspector de caminos; se trata de palabras
cuya condición compuesta salta a la vista y cuyo origen es
transparente del todo para cualquier hablante del latín. El segundo
grado conviene a palabras nuevas acuñadas de manera artificiosa por
los poetas, [4] como cuando Pacuvio llama incuruiceruicum
pecus, es decir, «rebaño de corvada cerviz» a un banco de
delfines. Por su parte, el origen de las palabras del tercer grado,
a causa de su dificultad, solo está al alcance de los filósofos. Se
trata de términos de uso corriente y que no son compuestos ni
muestran huella de otras palabras, como oppidum (ciudad),
uicus (aldea) o uia (camino), palabras cuyo
origen resulta francamente opaco, incierto y confuso para quien no
posea saberes muy poco comunes. Y el cuarto grado, en fin,
corresponde a vocablos impenetrables cuyos orígenes radican ubi
est adytum et initia regis, es decir, allí donde se hallan «lo
sagrado y los secretos iniciáticos regios»: ciertas palabras de
condición genuinamente esotérica y cuyo verdadero sentido parece
vedado a todos o a casi todos. Por lo que toca a sí mismo,Varrón
declara carecer de méritos bastantes para ascender con plenitud a
los dos últimos escalones, aunque confía en poder sobrepasar alguna
vez el segundo.
De lo que sí está convencido
el gramático romano es de que al proclamar cuál es la cosa a la que
se aplica la palabra se enuncia tan solo la mitad de lo que
interesa saber sobre esta; la otra mitad no siempre es fácil de
conocer y a menudo no podrá desentrañarla nadie. Si la palabra es
un compuesto artificioso o se debe a la invención de un poeta,
entonces sí será sencillo, por regla general, descubrir a partir de
qué cosa se impone y «por qué y de dónde» se da. Por ejemplo,
alguien que no acierte a ver que incuruiceruicum se aplica
al delfín a causa de la curvatura de la cabeza de este animal no
solo ignorará la etimología de la palabra, sino que su conocimiento
de la referencia se producirá en cierto modo a ciegas, sin saber
cuál es la causa de que se usen tales sonidos y no otros
cualesquiera. [5] Pero eso es precisamente lo que ocurre cada
vez que el hombre ordinario usa la palabra «aldea» o la palabra
«vía»; sabe muy bien a qué objetos se les impone el nombre
correspondiente aunque ignora del todo por qué se usa precisamente
una palabra que suena así y no otra cualquiera.Averiguarlo allí
donde sea posible es tarea de filósofos, aunque habrá ocasiones en
que el por qué y el de dónde de las palabras sea sagrado y, por
tanto, oculto y secreto. Que Varrón tuviera de la filosofía una
noción esencialmente profana es un corolario muy tentador,
aunque demasiado conjetural para afirmarlo responsablemente.
En cierto modo, la
investigación etimológica consiste en tomar como si fueran
«ficticias» o derivadas todas las palabras con aspecto de naturales
u originarias y en atribuirles un poeta que las urdió, aunque tal
poeta no haya existido nunca y sea más bien una fuerza impersonal.
Nótese que en los dos primeros tipos las palabras transparentan sin
dificultad su procedencia, mientras que en los dos últimos no
resulta nada claro que posean un origen distinto de ellas mismas;
las palabras de los tipos tercero y cuarto parecen, en efecto,
originarias, y el mostrar que no lo son es tarea de filósofos o de
sabios aún más profundos. Lo anterior conduce en seguida al
vertiginoso asunto de si puede encontrarse un origen absoluto y
hay, por tanto, palabras naturales del todo. Desde luego,
uiocurus no lo es y uia sí que lo parece, mas lo
que haría el filósofo que lograse desentrañar el origen de
uia es mostrar que proviene de otra palabra, a la espera
quizá de poder mostrar que esta también es fingida, como si el
progreso de la filosofía fuese el mismo que el del descubrimiento
de las ficciones y como si se llamase naturaleza a lo que todavía
no ha logrado mostrarse como artificio. Pero Varrón parece creer
que, por fortuna, la ignorancia humana no penetrará nunca en
determinados arcanos, de modo que siempre quedará un lugar casi
numinoso habitado por palabras originarias y no fingidas, es decir,
irreductibles a otras.
Para tomar posesión cabal de
un término habría que conocer sus dos naturalezas, aunque el
gramático está convencido de que la primera de ellas se oculta muy
a menudo (quizá tanto más cuanto más importante sea) y apenas se
muestra nunca en su plenitud (salvo que se trate de algo
trivialmente transparente por ser un artificio). Conocer bien
cierta palabra es saber a qué objetos se impone y a cuáles otros
ha dejado de imponerse: qué objetos están señalados por
ella y de cuáles se ha olvidado. El abandono de las cosas por las
palabras es tan frecuente como su mutua compañía, aunque se oculta
cuidadosamente borrando todas las huellas que las palabras dejaron
en sus anteriores imposiciones. La filosofía podrá restablecer
algunas de estas huellas, pero hacerlo con otras resultaría
sacrílego, casi como lo sería oficiar sin autorización en un
recinto sagrado. La etimología es la otra cara de la referencia; es
un inventario de referencias obsoletas que, sin embargo, dicen algo
importante sobre el futuro de la palabra: advierten de que la
referencia actual también está condenada a ser, más tarde o más
temprano, mera etimología. Averiguar de dónde viene una palabra y
por qué viene de allí no sirve para saber lo que la palabra
propiamente es, pero quizá esto no tenga demasiada importancia
porque acaso lo más destacable de una palabra no es aquello a lo
que se aplica, sino ciertas cosas a las que no: las referencias que
ha abandonado o por las que ha sido repudiada.
Varrón expone una tesis muy
precisa sobre la etimología de spondere y de su derivado
respondere, los ancestros de nuestra «responsabilidad».
[6] Aunque no todo lo que afirma pueda sostenerlo
la filología de hoy, las anotaciones del gramático romano no
carecen ni mucho menos de interés; lo cierto es que algunas
etimologías incorrectas resultan más útiles que las verdaderas y a
veces no importa demasiado a partir de qué cosa se impuso realmente
un vocablo, sino qué se cree o se ha creído acerca de ello y qué
objetos se tienen, con motivo o sin él, por antecesores de los que
hoy acompañan a la palabra. Varrón comienza proclamando que
spondere significa «decir spondeo», o sea, «decir
"prometo"»; [7]spondere es un performativo
emparentado con despondere (que también quiere decir
«prometer», aunque con las peculiaridades que se verán más
adelante), con respondere (responder), con
desponsor (casamentero) y con sponsa
(prometida).Todo esto es cierto, pero el gramático pretende además
que spondere derive de sponte (o sea, de
«voluntariamente», «por propia voluntad») [8] y, además de mostrar la semejanza entre ambas
palabras, usa de un argumento que no puede sonar más natural: quien
promete algo debe actuar de manera voluntaria para que la promesa
sea válida; quien dice «spondeo» tiene que decirlo
sponte sua, pues de lo contrario no cabría tomar su
proclamación como una verdadera promesa. Esta tesis no se atiene a
la historia previa de la palabra, pero ha gozado de enorme fortuna,
tanta que muy bien podría valer como el acta fundacional de algunas
creencias sobre la responsabilidad cuya vigencia llega hasta hoy
mismo.
En efecto, parece que el
prometer algo y el comprometerse con algo tienen que hacerse de
manera voluntaria. Un acto de este tipo es de índole
semelyusiva, [9] es decir, uno pronuncia en él ciertas palabras
pudiendo no haberlas pronunciado, pero después de hacerlo queda
atado a lo que dijo como si de una atadura natural se tratase. La
esencia de dicho acto radica en que uno ya no puede volverse atrás,
pero también en que, hasta solo un momento antes del compromiso,
este podría haberse evitado. Se supone que todo acto semelyusivo
fue precedido de cierta deliberación de lo contrario se habría
tratado de una acción reactiva o puramente maquinal y que esa
deliberación quedó interrumpida en determinado momento, a partir
del cual queda prohibido seguir deliberando sobre el asunto.Tan
letal sería faltar al compromiso (y aun pensar seriamente en
quebrantarlo) como haberlo asumido a tontas y a locas, sin la
adecuada deliberación y la debida voluntariedad. Pero, si
bien se mira, esto es precisamente en lo que consiste
responsabilizarse de algo: asumir cierta clase de
compromiso y hacerlo de tal modo que uno no pueda alegar que lo
asumió en forma inconsciente, forzada o involuntaria. [10] Poco importa que la tesis de Varrón sea
correcta o no; lo decisivo es que a sus lectores de todas las
épocas tiene que parecerles en extremo plausible. Un compromiso
involuntariamente contraído no es un genuino compromiso, y resulta
muy natural la pretensión de que la etimología consagre semejante
exigencia.
Términos estrechamente
emparentados con los anteriores son, según Varrón, sponsor
(el que dando garantías sale fiador o responsable) o
consponsi (los que están sujetos a una misma obligación).
Los casos más elocuentes serán la promesa de cierta entrega de
dinero o de una hija para el matrimonio; tanto el dinero como la
hija se llamaban sponsa, y el compromiso mismo recibía el
nombre de sponsus, [11] mientras que la sponsio era la
cantidad que el novio recibía como garantía. El padre comprometido
a entregar a su hija se había despojado en cierto modo de ella,
[12] a semejanza de quien pierde el ímpetu o el
coraje (despondere animum), [13] de manera que spondere implica
despondere, es decir: asumir o tomar sobre sí implica a
veces (quizá siempre) declinar o abandonar. Pero si
spondere es prometer, respondere es comprometerse
en virtud del compromiso de otro. Debe advertirse que el
«responder» se llevaba a cabo originariamente con promesas; ciertos
compromisos contraídos por alguien provocaban que otro tuviera
también que comprometerse: que hubiera de «responder» o
«corresponder».Así, un responsum era la «respuesta» dada
por el oráculo después de que alguien hubiera adoptado un
compromiso. [14] Hay actos semelyusivos de una sola dirección
(cuando alguien se compromete a algo sin que ello desencadene en
otras personas nuevos actos semelyusivos) y también de dirección
doble, cada vez que el acto repercute en uno nuevo y se
reduplica.
A primera vista, la
reciprocidad es un elemento que puede añadirse a la noción de
compromiso o puede estar ausente de ella, pero quizá esto no
resulte tan sencillo como parece, porque en la naturaleza de los
actos semelyusivos está incluida cierta expectativa de
correspondencia y el respondere es casi consustancial al
spondere. En efecto, si alguien enajena su voluntad y la
empeña ante otro en el cumplimiento de la palabra dada, ha de
contar con que aquel ante quien lleva a cabo la enajenación entrará
a participar en un juego que le exigirá cierta clase de
compromiso.Aquel ante quien me comprometo queda atado a mis
palabras y se obliga a tenérmelas en cuenta y a no dispensarme de
cumplir lo anticipado por ellas; importa advertir que, de no darse
esta forma elemental de reciprocidad, no habría propiamente
compromiso. Si me comprometo con alguien a llevar a cabo cierta
acción (quizá en beneficio suyo) pero la persona con la que me
estoy comprometiendo [15] declara que no da mucha importancia a mi acto
semelyusivo, afirma que en realidad le da igual que el compromiso
se cumpla o no y manifiesta que no se preocupará de verificar su
ejecución (de hecho me pide que, si llego a cumplirlo, no le
moleste comunicándoselo); si se dan estas extravagantes
condiciones, entonces no resulta nada claro que a eso se lo pueda
llamar propiamente compromiso. [16] Cuando me ato a mis propias palabras no solo
me ato a mí mismo; una promesa que solo me comprometiera a mí y no
implicara ninguna atadura ajena no sería del todo una promesa.
[17] Para que se dé un compromiso debe darse al
mismo tiempo algún género de correspondencia, explícita o no.
Adoptar un compromiso no es, de hecho, una soberana decisión
individual.
Las esposas que uno se pone no
atan solamente los brazos de uno. No basta para estar comprometido
el decidir estarlo ni el creerlo: se necesita para ello una
ceremonia de reconocimiento institucional y reglada; se requiere,
por lo pronto, que alguien admita aquel acto como un compromiso, y
el admitirlo significa precisamente comprometerse a seguir
admitiéndolo como tal, pues ciertamente no basta un reconocimiento
momentáneo o que pueda olvidarse o cancelarse. Spondere es
siempre respondere; prometer algo a alguien es solo la
mitad de la promesa reduplicada en que consiste el responder.
Aquello a lo que se llama asumir una responsabilidad consiste en
adoptar cierto compromiso unido a la expectativa de que otros no
dejarán de pedirle a uno cuentas por ello. Quien se hace
responsable de algo ante otro convierte a este en responsable o da
por supuesto que ya lo era. Responsabilizarse significa entonces
obligarse a responder, y esto requiere sin duda alguien que demande
respuesta y que en cierto modo esté atado a ella, dependa de ella o
la necesite. Quien obliga a otro a hacer algo asume siempre alguna
obligación, a veces tan onerosa como la que impone; el adquirir
obligaciones y el imponerlas son dos formas, mutuamente
menesterosas, de empeñar la voluntad y la palabra. [18] Que alguien falte a la obligación que tiene
con otro es solo una de las maneras en que una obligación puede
quebrantarse; la otra, más grave e intolerable, consiste en que
alguien cumpla y el otro no cuente aquello como cumplimiento, lo
ignore, lo desatienda, haya olvidado la existencia de la obligación
o ya no la considere tal.
Obligarse uno a sí mismo
suele ser una forma más o menos perversa de imponer obligaciones a
otros, pero esto no ocurre solo cuando los otros son personas.
Sucede también cada vez que alguien asume la grave responsabilidad
de entender lo que pasa y cómo está hecha la realidad. Resulta
llamativo que la responsabilidad no se dé solo en las relaciones de
las personas entre ellas, sino también en las de estas con los
hechos. El ejercicio del entendimiento es una complicada serie de
promesas y responsabilidades, un conjunto de ataduras con el mundo
que nos amarran opresivamente a aquello que intentamos entender.
Como en los demás casos en los que alguien responde de algo, uno no
sería responsable de lo que entiende si fuera el único en serlo.
Para que alguien entienda algo ha de haber una legión inabarcable
de gentes que entiendan más o menos lo mismo, casi como una cuerda
de presos encadenados entre sí a la que uno se agrega cada vez que
cree saber algo sobre el mundo. Las responsabilidades del
entendimiento no se limitan, sin embargo, a los agentes humanos que
participan de dicha empresa, porque responder y corresponder no son
de ninguna manera negocio exclusivo de personas: de hecho, entender
las cosas es obligarlas a ellas a comprometerse con nuestro
entendimiento. La responsabilidad tiene forma de naturaleza y la
naturaleza, de responsabilidad; se llama naturaleza, no en vano, a
un vasto sistema de obligaciones y derechos, a una interminable
colección de demandas de conocimiento razonado ante las que siempre
seremos, en medida mayor o menor, culpables de ignorancia y, al
mismo tiempo, a un repertorio sobreabundante de entidades obligadas
a someterse a nuestros hábitos razonadores y remisas casi siempre a
cumplir del todo con su obligación. No habría naturaleza si ella no
pudiera correspondernos ni habría responsabilidad si los seres
responsables no formasen una naturaleza paralela. Porque, como se
intentará mostrar, no cabe entender el mundo sin hacerlo
responsable de lo que de él se conoce.
2. Naturaleza y
responsabilidad
Pertenece a las costumbres más
arraigadas de las personas razonables el no pedir responsabilidades
a la naturaleza por lo que sucede dentro de su ámbito. Preguntarle
a la tormenta qué razones tenía para que el rayo cayera justo esta
noche y aquí implica malentender de un modo quizá humanamente
comprensible pero desde luego irrazonable lo que significa la
existencia de una naturaleza independiente, con leyes privativas
suyas que no entienden de deseos ni conveniencia humana. Quien se
niegue a aceptar el curso de la naturaleza y le pida razones de sus
desvaríos puede mover a la compasión, pero no a la aprobación
razonada. Mera y desnuda naturaleza es aquel ámbito en el que las
responsabilidades no se piden, por oposición a aquel otro en que sí
cabe solicitarlas, por contraste con el dominio que no es meramente
natural, que es humano y que está en condiciones de dar respuesta a
las preguntas o demandas que se le dirijan, lo que es casi tanto
como decir el ámbito moral. En efecto, el reino de lo que
suele entenderse por moral y el de lo responsable o apto para la
responsabilidad poseen la misma extensión. Hay ocasiones en las que
se tiene la expectativa de hallar respuestas y la obligación de
responder a demandas sin que quepa declinar ni la expectativa ni
la obligación, pues son manifestaciones de lo mismo y ocasiones en
las que parece absurdo esperar que esto suceda. En el primer caso
se entiende que las preguntas piden respuestas que echen mano de
razones universales, altruistas, desinteresadas y nacidas del fuero
interno, razones que tienen que valer tanto para responder a esta
pregunta particular como a cualquier otra del mismo tipo. Para que
tales preguntas sean aceptables conviene que se refieran a cierta
limitación del interés egoísta propio, que se crean íntimamente y
que broten de una convicción profunda, no movida solo por la
conveniencia social. De quien se presta al juego de la moral y lo
hace de manera seria y constante puede decirse que es un individuo
responsable, y lo mismo vale a la inversa: si uno se ajusta a
ciertas pautas de responsabilidad, con ello ya se ha dicho que su
conducta es moralmente impecable.
Puede afirmarse con alguna
salvedad con muy pocas si bien se mira que la responsabilidad y
la moralidad ocupan la misma extensión. [19] Pues muy bien cabe entender por
responsabilidad la capacidad que mueve a quien está dispuesto a dar
razones de lo que ha hecho cada vez que se le piden, y, cosa nada
desdeñable, que está igualmente dispuesto y lo está por los mismos
motivos a actuar de tal modo que en lo futuro pueda dar razón de
lo hecho de manera satisfactoria, tanto para él como para todo
aquel que le pida cuentas. Obrar de tal modo que uno pueda
siempre dar buenas razones de lo que ha hecho y de lo que se
propone: algo muy parecido a esto es lo que de ordinario se
entiende por conducta moral. Lo anterior excluye quizá el tener que
satisfacer a alguien que proceda en su petición de razones de modo
tramposo o ventajista, pero desde luego debo obrar de tal manera
que cualquiera que me pida razones y que lo haga
desinteresadamente, sin buscar ganancia para sí, con pureza de
corazón, con la debida transparencia y de un modo que él esté
dispuesto a generalizar a todo el mundo halle aceptable mi
actuación, bien por su propio juicio, bien por las explicaciones
que yo podría darle en caso de que le cupieran dudas sobre
ello. Pero esto es casi tanto como decir que debo obrar de manera
moralmente correcta. Para que haya moralidad debe haber ciertos
guardianes suyos ante los cuales uno tenga que acreditar la
actuación moralmente correcta, y en esto último consiste
precisamente la responsabilidad. Los europeos y americanos de los
últimos trescientos años estamos tan acostumbrados a estas maneras
de razonar que la moral y la responsabilidad así entendidas nos
parecen componentes obligados de la vida humana y del trato con la
realidad. Si no hubiera cuentas que dar y que pedir o si diese
igual darlas que no darlas, el mundo no sería mundo, sino una broma
macabra.
Resulta claro, conforme a esta
manera de pensar, que la naturaleza no tiene cuentas que rendirme
porque yo tampoco podría dárselas a ella: ni yo la admitiría como
alguien capaz de exigírmelas ni ella se tomaría nunca la molestia
de darme satisfacción. El pedir responsabilidades tiene que estar
sometido, como ya se ha visto, a condiciones de reciprocidad que la
mera naturaleza no puede cumplir. La naturaleza y yo tendremos, qué
duda cabe, muchas cosas en común (no en vano, yo formo parte de
ella, y ella también forma parte de mí), pero lo que no formamos es
una comunidad moral. La naturaleza parece ser una perfecta
irresponsable, y esto se pone de manifiesto cada vez que a alguien
se lo quiere sustraer al juego de la responsabilidad o al de la
culpa. Porque, en efecto, para persuadirse de que alguien no es
responsable de lo que hace, lo mejor es verlo como una fuerza o
expresión de la mera naturaleza, de la naturaleza cruda, ciega a
toda responsabilidad; si, por las causas que fueren, alguien se
conduce de un modo equiparable a los seres meramente naturales
aunque sólo lo haga de manera transitoria y accidental, eso basta
para eximirlo de responsabilidad o para atenuársela muchísimo,
conforme al mecanismo al que Javier Muguerza llama el «beneficio de
la causalidad». [20] La naturaleza, en resumen, es cruda, sorda y
opaca, no entiende de razones ni responde nunca a lo que se le
pregunta. [21]
Pero si se repara un poco se
advertirá que lo anterior apenas puede afirmarlo en términos tan
categóricos nadie que haya sido educado en alguna de las variedades
del espíritu europeo y americano de los últimos siglos. Porque, si
la naturaleza fuera sin más el lugar del desorden, si fuera
constantemente como a veces se ha querido y muchas veces se
quiere una sylva indómita, desarreglada, precaria y
excesiva, despilfarradora y árida, «sorda como el mar y rápida como
el fuego», [22] si no se supiera de manera clara qué es, cómo
procede y por qué causa y qué puede esperarse razonablemente de
ella, qué orden muestra y cuál es el lugar que ocupa cada uno de
sus miembros, de sus partes o de sus modos, entonces no tendríamos
naturaleza, sino otra cosa o ninguna. Para que, en lugar de un
universal disparate y un despropósito generalizado, haya naturaleza
es preciso que haya un orden cierto, aunque esquivo; que tengan
vigencia ciertas leyes aunque su letra no siempre pueda ser
conocida; que rija un imperio sólidamente asentado, aunque a veces
parezca que los súbditos se sustraen a la autoridad imperial.
[23] Si ha de haber naturaleza, esta tiene que
revelarse como tal y confirmarlo cuando se le pregunte, con tal de
que las preguntas que se le hagan no sean del mismo tipo
que las que se hacen a aquellos a los que se considera sujetos de
responsabilidad. Para que haya naturaleza tiene que haber causas
(esto lo aceptará cualquiera) y las causas no pueden permitirse
vacaciones, excepciones o suspensiones. En la naturaleza no hay
nada sin causa, pero esto es otra manera de decir que, en
general (pues la naturaleza es lo general, lo único de lo que
puede decirse propiamente que se habla en general y no en
particular, aquello dentro de lo cual cabe determinar especies sin
ser ella especie de otra cosa) nada hay sin razón, ya sea que esa
causa o esa razón haya sido comprendida o no por aquellos seres
naturales que están en condiciones de llevar a cabo una captación
semejante.
La mayor parte de quienes no
creen en la validez del principio de razón el principium
grande, magnum et nobilissimum que según Leibniz gobierna el
ámbito de la «necesidad moral» o «necesidad física» por
contraposición al de la necesidad lógica, metafísica o geométrica
(o «necesidad ciega»), sometido al principio de identidad
[24] son creyentes inconfesos de versiones suyas
disimuladas o de sucedáneos de bajo precio. No es fácil dejar de
creer que nihil est sine causa y nihil est sine
ratione, [25] porque no es sencillo afirmar que la realidad
es ininteligible o que entre nuestra mente y el mundo hay tan solo
relaciones extravagantes, inciertas, episódicas y azarosas. Es
verdad que no todas las personas creen en el principio de razón,
pero no basta con proclamar esa increencia para tenerla; de hecho,
el número de los que prestan asentimiento a este principio es muy
superior al de quienes confiesan hacerlo. Hoy día, los creyentes en
el principium grande suelen expresarse en forma
aparentemente más cauta que Leibniz, aunque más pedante y
enrevesada. No afirmarán, desde luego, que nada hay sin razón, pero
sí que la realidad es globalmente inteligible, o que el universo
tiene su propia legalidad y su propia economía, o que el mundo
posee un diseño concebido de tal o cual forma, o que es apto para
formar conexiones adecuadas con nuestra mente, o que nuestra imagen
del mundo está sujeta a la regla normativa de la racionalidad y se
atiene a ella de ordinario, o eufemismos varios de la idea de que
nada ocurre sin razón y todo lo real es racional. Una mezcolanza de
biología y economía empalagosa y cacofónica a más no poder, pero
muy acorde con el espíritu del tiempo ha sustituido a la
metafísica como medio de expresión del principium rationis
sufficientis.
Que el mundo esté
inteligiblemente ordenado quiere decir que en cada fenómeno
particular suyo se podría descubrir a la larga, con el debido
esfuerzo (o quizá con la ayuda de la suerte), cuáles son las leyes
o regularidades a las que se atiene el fenómeno correspondiente.
Pensar que el mundo no puede entenderse y se escapa a toda regla o
que tiene trozos ininteligibles, antojadizos o ajenos a toda ley
natural es fruto, para muchas gentes, de la superstición, de la
pereza o de la melancolía; aunque no conocemos todavía la
totalidad de las leyes naturales, la culpa de esa ignorancia se
cree a menudo no es de dichas leyes, sino de nuestras taras y
desistimientos. Basta, se dirá, con atender someramente al progreso
de las ciencias, en particular desde la época de la Ilustración,
para hacerse una idea de cuánto puede mejorar la comprensión que
tenemos de la trama íntima del mundo; es cierto que nuestros
saberes son todavía insuficientes y esa es, por cierto, la causa
de que a veces resulten destructivos y se vuelvan contra nosotros,
pero tal cosa se debe a que la implacable máquina del progreso
tiene todavía mucha tarea por delante: déjesela funcionar
normalmente y se verá cómo los secretos de la naturaleza se
desvelan uno detrás de otro y la inteligibilidad de lo real se nos
hace cada vez más transparente. La mayoría de quienes rechazan el
principio de razón admitirán de muy buen grado algunas o muchas de
las tesis anteriores, que no son sino adaptaciones del viejo
principium grande a los lugares comunes de la modernidad
tardía.
Desde antiguo, la idea de que
lo real es racional y de que todo se yergue sobre un fundamento se
ha expresado acudiendo a una metáfora muy poderosa sin la cual
habría resultado imposible creer en el principio de razón, tanto en
su versión pura y filosófica como en las eufemísticas, ideológicas
y populares. [26] Es la recogida por la expresión griega
lógon didónai, que suele traducirse por «dar cuenta y
razón». Como se supone que el mundo es en última instancia racional
aunque no siempre lo sean sus manifestaciones superficiales y
momentáneas, lo que hace quien da cuenta y razón de algo es darle
a cada trozo de mundo aquello que le falta para ser plenamente
comprensible. La expresión lógon didónai sugiere que la
razón es algo que se les da a las cosas para entenderlas,
pues sin esa dádiva resultarían alógicas, mudas e ininteligibles.
La metáfora del dar razón toma rebuscadamente la razón como una
especie de donativo o de préstamo, como si quien razona rectamente
sobre las cosas fuese el que las hace inteligibles proyectando
sobre ellas la facultad razonadora. Pero esta manera de entender la
metáfora es el resultado de vicios típicamente modernos. Lo que en
verdad se suponía cuando se usaba la expresión lógon
didónai era que las cosas poseen razón de por sí, en virtud de
la idea o forma a la que corresponde cada una de ellas, aunque esa
razón podía estar eclipsada o velada, bien por la incompetencia de
quien las examina, bien porque las apariencias sensibles han tejido
un velo que oculta la razón de las cosas. En estas dos frecuentes
circunstancias uno les devuelve a las cosas lo que les
falta para ser cabalmente entendidas y contempladas. La razón no se
les da propiamente a las cosas pues estas ya la tienen de por sí;
se les da más bien a quienes preguntan por ella a causa de no verla
con claridad o de suponer que no existe. En realidad, damos razón
de las cosas tomándosela a ellas. Que el mundo tiene lógos
se manifiesta en que si alguien nos lo pide podemos dárselo. Cuando
la expresión lógon didónai se tradujo al latín, se puso de
manifiesto una de las mayores dificultades que encerraba en griego.
Porque la traducción no fue rationem dare, sino otra más
complicada y exacta: rationem reddere, es decir, retornar
la razón o devolverla. «Retornar la razón» de algo da a entender
que uno restituye a la cosa la razón que legítimamente posee y de
la que había quedado despojada, por usurpación o por ignorancia. La
lógica sutil del rationem reddere se pone de manifiesto
cuando se examina lo que ocurre si alguien fracasa en ese empeño o
rehúye llevarlo a cabo. Si, queriendo retornarle a algo su razón
cometo un desacierto, y digo de lo que no es que es o de lo que es
que no es, eso significa que le he quitado a la cosa algo que le
correspondía, o que le he dado algo que no es suyo, sustrayéndoselo
quizás a otro sujeto al que el predicado sí se ajustaba.
La razón es, por tanto, algo
que se le da a su propietario o, mejor dicho, que se le devuelve o
reintegra, de modo que dar razón de algo es decir por qué es
racional, justificándolo pero no porque se lo convierta en cosa
justa, sino porque se proclama que lo era y se dice por qué y
pagando la deuda que se tiene con ello y con todos los seres
racionales, que han pactado dar razón de las cosas a cambio de que
los demás no dejen de hacerlo. [27] Uno es un ser racional porque es un deudor
el propio Dios lo es también, y de ahí la conveniencia de
justificarlo, que es lo que quiere decir precisamente «teodicea»,
y el ejercicio de la razón constituye el pago de esa deuda, una
deuda que desde luego no podrá saldarse nunca del todo, aunque sí
admitirá condonaciones parciales. La naturaleza es la totalidad de
aquello de lo que hay que dar razón, una totalidad ordenada y no
aleatoria que también demanda razones: exige, desde luego, dárselas
o reintegrárselas, pero también pedírselas. La razón es asunto de
respuesta y de correspondencia, de modo que ser racional es hacerse
responsable de la racionalidad de las cosas, atender a sus demandas
de justicia natural cada vez que exigen que se les dé lo
que es suyo y responder de ello ante cualquiera: ante alguien que
nos pide explicaciones, dándoselas, y, ante alguien que violenta el
ajuste natural de las razones, arrebatándole lo que ha usurpado. El
trato con otros seres racionales complica tremendamente la
responsabilidad natural, pero aunque uno fuera el último ser
racional que quedase en la tierra, no por ello quedaría exento de
dar razón.
La razón es la facultad de la
adecuación y de la correspondencia. Cuando se compara la
responsabilidad consistente en que las personas se pidan mutuamente
razones por lo que hacen con la derivada de que el mundo se atiene
a un vastísimo sistema de razones y causas no debe dejar de
advertirse que se trata de dos formas de lo mismo.Ver el mundo de
este modo es tratarlo como naturaleza y no como un caos o un
sinsentido. Que uno sea responsable frente a la verdad de las cosas
y que lo dicho sobre ellas haya de corresponderles y de hacerles
justicia no es, contra lo que podría parecer, una especie de
prosopopeya del mundo no humano, como si nos hubiésemos empeñado en
que nuestro trato con la naturaleza se pareciese al que mantenemos
entre nosotros. Al revés: la idea de la moralidad como un sistema
de responsabilidades mutuas es el resultado de darle a la
estimativa humana forma de naturaleza, de tomarla como una
totalidad ordenada en la que cada elemento debe ocupar su sitio y
en la que siempre cabe dar una respuesta y una sola sobre el lugar
de cada uno. [28] Forma de naturaleza es tanto como decir forma
de mundo, de un mundo duplicado o paralelo que no estará compuesto
por las cosas tal como son, sino tal como deberían ser si los seres
racionales se condujeran con arreglo a normas morales. La invención
moderna de la moralidad inventó al mismo tiempo toda una naturaleza
paralela, una responsabilidad natural duplicada en la que ya no
fuese necesario responder de las cosas ni ante ellas y bastase con
hacerlo ante seres racionales.Tal responsabilidad, correspondiente
a la segunda naturaleza, es como la que se da en la primera; no
puede interrumpirse y es ubicua, no admite suspensiones o
cancelaciones y tampoco espacios vacíos o libres de su exigencia.
Si me proclamo ahora responsable de tal o cual cosa en términos
morales o si mañana le exijo a otro responsabilidad por ello, pongo
en marcha una maquinaria que no podré detener nunca por
conveniencia, por desazón, por desinterés o por pereza. Hay
naturaleza o hay mundo porque nada acontece ni existe sin razón, de
manera que todo está igualado en lo que atañe a la exigencia de dar
razón de ello o de reintegrársela; todos hemos de dar razón de
nuestro ajuste con todo lo demás y con nosotros mismos, y eso es lo
que nos iguala. Se concibe una segunda naturaleza o un mundo moral
porque todos somos responsables de nuestra contribución al
advenimiento de ese mundo, de lo que hemos hecho y dejado de hacer
y de lo que esa naturaleza nos exige.
3. Naturaleza, género y
número