La nación por-venir - Sergio Tejada - E-Book

La nación por-venir E-Book

Sergio Tejada

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Beschreibung

No hay nación sin un proyecto nacional y este se construye desde la política, en la cual la cultura juega un papel central. Hoy la cultura popular ha impreso su sello invadiendo silenciosamente los espacios hegemónicos de la cultura "oficial". Esta irrupción es también política y da cuenta del agotamiento de un Estado que no ha podido representar la diversidad. En este libro, Sergio Tejada navega con solvencia por la literatura sobre cómo ha sido pensada la nación, tanto en Europa como en América, para explicar la historia del nacionalismo en el Perú. Este recuento pasa por los principales movimientos e insurgencias populares en el Perú, desde Túpac Amaru hasta Humala y el proyecto nacionalista, pasando por el APRA primigenio y los gobiernos que han mantenido un sello popular a lo largo del siglo XX; así como por el análisis del pensamiento político desde los primeros cronistas hasta Basadre, siguiendo en su trayectoria a González Prada, Mariátegui y Haya de la Torre. En el marco del bicentenario, está pendiente la tarea de articular una voluntad colectiva nacional-popular que devenga nación. Las diferencias y los conflictos pueden ser parte de la historia nacional, de un pasado difícil que se debe resolver si se busca la unidad: no es el olvido sino el reencuentro con la propia historia lo fundamental para la consolidación de la nación.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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Sergio Tejada Galindo nació en Lima en 1980. Realizó sus estudios secundarios en México y Bolivia. Es egresado de la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP en la especialidad de Sociología. Tiene estudios de posgrado en Ciencias Políticas y Sociología en FLACSO Argentina y actualmente cursa la maestría en Estudios Culturales en la PUCP. En el año 2008 publicó como coautor el libro Soberanía alimentaria: la libertad de elegir para asegurar nuestra alimentación. Fue elegido Congresista de la República para el periodo 2011-2016 por el Partido Nacionalista Peruano.

Sergio Tejada Galindo

LA NACIÓN POR-VENIR

El bicentenario y lo nacional-popular en el Perú

La nación por-venir El bicentenario y lo nacional-popular en el PerúSergio Tejada Galindo

© Sergio Tejada Galindo, 2014

© Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) [email protected]

Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.

ISBN: 978-612-317-049-3

A Isabel, Marcelo y Lucía, con amor

Agradecimientos

El presente libro es producto de varios años de lecturas y debates en torno a la nación y el nacionalismo. Desde el año 2009 empecé a escribir algunos artículos breves orientados a la formación política militante. Básicamente se trataba de reivindicar a figuras de nuestra historia nacional que no habían recibido la atención que merecían, como Juan Bustamante y Guillermo Billinghurst. Otro hilo conductor de estos artículos es que mostraban proyectos nacional-populares truncos, lo cual conducía inevitablemente a una serie de interrogantes: ¿qué relaciones de poder impidieron el avance de estos proyectos de nación? ¿Podemos hablar hoy de una nación peruana? ¿Cómo entender la nación y el nacionalismo en el siglo XXI? El intento de responder a estas preguntas fue dando forma a La nación por-venir.

Tengo que agradecer a todas las personas que leyeron las versiones preliminares del libro y me animaron a concluirlo y publicarlo. Empiezo por Isabel, mi esposa, que me ha acompañado en todas mis luchas y ha sido copartícipe de mis decisiones. De igual manera a mis padres por su apoyo incondicional. Los sábados de tertulias políticas con la familia Tejada fueron decisivos. Asimismo, mi reconocimiento a Rafael Tapia, cuyo entusiasmo por reflexionar sobre el Perú siempre es contagioso. Desde que le comenté que tenía algunos capítulos escritos se preocupó regularmente de que concluyera el libro. Similar preocupación tuvo Fernando Lecaros, que realizó la corrección de estilo e hizo agudas observaciones al texto.

Agradezco a los impulsores del proyecto «Quijote para la vida», que busca promover el arte y la lectura entre niños y jóvenes de Puente Piedra. El mural que está en la portada del libro fue pintado en el marco de este proyecto y la fotografía fue tomada por Eddy Ramos.

Finalmente, quiero agradecer a Gonzalo Portocarrero, quien me animó a presentar este libro al comité directivo del Fondo Editorial de la PUCP. Mi gratitud con Patricia Arévalo, directora general del Fondo Editorial, quien realizó los aportes y observaciones finales, los cuales sin duda han enriquecido el libro.

Introducción El problema nacional en el bicentenario

Se empieza a percibir en América Latina un clima de celebración y reflexión a propósito del bicentenario de la Independencia, que trae consigo una revisión de nuestra historia compartida y la oportunidad de un futuro promisorio que consolide la unión de nuestros pueblos. A casi doscientos años de la conformación de nuestras repúblicas, nos preguntamos dónde se lograron consolidar las naciones y dónde continúan siendo proyectos inconclusos; dónde y en qué etapas se pudo avanzar más en el ejercicio de derechos ciudadanos; y qué tareas tenemos por delante, habiendo constatado que no hemos encontrado aún soluciones a la exclusión, la pobreza y la desigualdad.

Tuvieron que pasar muchos años para que las clases ilustradas dedicaran sus reflexiones al descontento y la situación de postergación de las grandes mayorías frente a las limitaciones de la promesa republicana; en otras palabras, para que se evidencie la existencia de un «problema nacional». En el Perú este problema se empieza a vislumbrar en la segunda mitad del siglo XIX, cuando algunas voces aisladas denunciaron que los beneficios de la República no se habían hecho extensivos a la población indígena. A pesar de los años transcurridos y la sucesión de generaciones, el «problema nacional» sigue en debate en el marco del bicentenario del proceso independentista. ¿Hemos resuelto el problema de la identidad nacional? ¿Las grandes mayorías se sienten parte de un mismo proyecto nacional? ¿Es la peruanidad una conciencia de pertenencia que atraviesa costa, sierra y selva, norte, centro y sur? ¿Si existe una nación, ha podido esta construir un Estado a su imagen y semejanza, que refleje política e institucionalmente su heterogeneidad?

Partimos de la convicción de que el primer paso para transformar el país es la consolidación de la nación; pero ¿qué entendemos por «nación»? Se trata de uno de aquellos conceptos que ha sido ampliamente usado antes de que exista un esfuerzo serio por definirlo; de aquellos que se «sobreentienden» en una conversación pero que pueden poner en dificultades a quien lo utiliza si se le pide precisión. Y a pesar de su ambigüedad, en determinados momentos históricos puede cobrar una fuerza inusitada.

La nación es, pues, un concepto de amplio uso cuya definición ha sido problemática incluso para los más brillantes pensadores. Es más, en contextos espaciales y temporales similares, unos pensadores se interesaron por explicar este concepto y otros no. Podríamos preguntarnos por qué Adam Smith o Karl Marx utilizaron la palabra «nación» sin realizar el menor esfuerzo por definirla (¿estaría sobreentendido?), mientras Johann Fichte, Ernst Renan o Max Weber sí consideraron importante hacerlo.

Propongamos por un momento que hay dos formas de aproximarse a la comprensión del fenómeno nacional. Una primera tiene que ver con la búsqueda de una explicación sobre qué es una nación, y la segunda, con la intencionalidad de movilizar a una colectividad en torno a la idea nacional. A la primera aproximación la podríamos llamar académica (como una manera de englobar los análisis provenientes de la historia, la filosofía, la sociología, etcétera), mientras que a la segunda, política. La política, por supuesto, moviliza sobre la base de una explicación que puede cruzarse o coincidir en muchos puntos con una aproximación académica, aunque es usual que se diga que el discurso político apunta a los sentimientos más que a las razones. Sin embargo, no creemos que exista una separación radical, cartesiana, entre ambas. No hay ­observador neutral: todos tenemos, en mayor o menor grado, una «filiación y una fe», como diría el Amauta José Carlos Mariátegui. Desde la academia, nuestros análisis más pretendidamente objetivos en algún momento toman posición; y cuando se toma la decisión de actuar en la arena política, habrá programas y orientaciones ideológicas que marquen nuestras interpretaciones y acciones sobre la realidad. Este libro es ajeno a cualquier pretensión de neutralidad u objetividad, aunque gran parte esté conformado por exposiciones de los planteamientos de una serie de pensadores que he considerado claves para entender la idea de nación (además, provenientes de distintas latitudes, tiempos y tendencias). Hacia el final presento mis propias reflexiones, lo que entiendo por nación y las que considero las principales tareas nacionales en el momento actual. En cierta forma, se trata de una selección de escritos y hechos históricos, y una reflexión a partir de estos.

Me pregunto por qué a partir de las revoluciones burguesas en Europa y el proceso de conformación de los Estados modernos, la nación adquiere una centralidad capaz de movilizar a millones de seres humanos (al margen de sus efectos o direcciones). Fuera de Europa, la «idea nacional» ha movilizado también a quienes apostaron por construir Estados independientes en los territorios colonizados, y ha sido una fuerza aglutinadora en las revoluciones de la periferia al mundo occidental-moderno. Basta con pensar en la disyuntiva («inconmensurable» diría Alan Badiou) «Patria o Muerte» como una de las frases más características de las revoluciones latinoamericanas del siglo XX1.

En un periodo tan particular como el contemporáneo, donde la globalización desdibuja las fronteras nacionales, la defensa de la nación adquiere una nueva fuerza y connotación. La sensación de que ciertos «muros» vienen siendo derribados para facilitar el ingreso voraz del capital transnacional no alude simplemente a fronteras estatales o ­arancelarias, sino a instituciones, a identidades, a tradiciones culturales, que se ven agredidas por la mercantilización de la vida social y la homogeneización del ser humano para convertirlo en un consumidor estándar. Como periodo histórico, tiene sus propias contradicciones: mientras estos muros son derribados, se construyen muros físicos que segregan a los seres humanos, que impiden que el derecho de libre tránsito del que goza crecientemente el capital sea ejercido también por las personas. Ahí están los muros entre México y Estados Unidos, y entre Israel y Palestina, muros reales pero con un enorme contenido simbólico: están allí para dejar en claro que ciertas libertades no son para todos y todas, que el neoliberalismo es el gobierno del capital. ¿Pero es este el único destino de tenemos?

En este contexto, no debería sorprender el resurgimiento del nacionalismo. Lo que no deberíamos perder de vista es que un proyecto nacional es siempre una construcción política, por ello su orientación (es decir, qué significado adquiere la nación o el nacionalismo en un tiempo y espacio determinado) no está nunca establecida de antemano. Siguiendo a Ernesto Laclau, dependerá de la cadena de equivalencias que articule la idea de nación2. La nación dista hoy de ser un proyecto homogeneizador, es más bien heterogéneo, intercultural y diverso. Debe surgir desde abajo como un anhelo de las mayorías excluidas de concluir un proceso que no fue capaz de conducir nuestra clase dirigente. Es que —­como diría Jorge Basadre—­ nuestra clase política, llamada a construir un proyecto nacional, no llegó a ser una clase dirigente, lo cual ha dejado una tarea pendiente que deben concluir los pueblos, los sectores que a pesar de su exclusión y postergación llevan en sí un fuerte sentimiento nacional. No por casualidad tanto las elecciones presidenciales de 2006 como las de 2011 demostraron que el discurso nacionalista calaba en los sectores históricamente marginados por el Estado y la cultura dominante. Comprender el sentido o interpretación que le dieron a este discurso los sectores populares, los campesinos, la población indígena, es una tarea de los intelectuales y políticos que modestamente queremos contribuir a la construcción de la nación peruana, al sueño de Mariátegui de peruanizar al Perú.

El presente libro aborda estas cuestiones. Parte de una revisión del pensamiento moderno —­tanto europeo como latinoamericano, tanto socialista como liberal e independentista—­ en torno a la nación. He llamado al siglo XIX el «siglo de las nacionalidades», pues es el periodo en que se consolidan las principales naciones europeas, se empieza a teorizar sobre el significado de lo «nacional» y se produce la independencia de casi todos los países americanos3. Por ello el siglo está dividido en dos partes. En la primera, recojo los aportes desde Europa, deteniéndome en Ernest Renan y Max Weber, en quienes se percibe un esfuerzo por explicar histórica y sociológicamente qué es una nación; en Johann Fichte, para quien la reflexión sobre la nación tenía un fin más bien de movilización política, de unidad frente a la agresión externa y de «regeneración» del pueblo alemán; y en Pasquale Mancini, quien desde la academia hace un llamado a las nuevas generaciones a comprometerse con la unificación italiana y a defender el derecho a la nacionalidad como fundamento del derecho internacional. En la segunda parte abordo el pensamiento nacional desde América Latina, partiendo de los procesos independentistas. Como veremos, el pensamiento de los dirigentes de este proceso se nutre de los valores de la Revolución Francesa y la independencia norteamericana, y se enmarca más en las ideas republicanas que en las nacionalistas. De hecho, no he encontrado en este periodo a un pensador que se pregunte qué es una nación. No obstante, para los fines del libro, será importante analizar el pensamiento de próceres como José Faustino Sánchez Carrión, Manuel Lorenzo de Vidaurre e Hipólito Unanue, así como, por supuesto, las ideas de los libertadores del norte y el sur, Simón Bolívar y José de San Martín. Dentro de este capítulo he considerado necesario incorporar las reflexiones de Juan Bustamante, conocido como «el defensor de los indios», pues es uno de los primeros peruanos que denuncia la explotación indígena y el «problema nacional» que esta suponía.

El capítulo 4 aborda el debate sobre la nación desde el marxismo. Si bien Marx fue un intelectual cosmopolita con escaso (o nulo) arraigo nacional, se interesó y comprometió con movimientos nacionales como el irlandés, en la medida en que implicaba la resistencia frente al avance del capital y la dominación de Inglaterra, el país con mayor desarrollo capitalista. A la muerte de Marx, los pensadores y políticos marxistas se interesaron de distintas maneras por la «cuestión nacional», generando airadas polémicas. En este capítulo abordaré los principales debates desde el marxismo en relación con las «reivindicaciones nacionales», como el debate entre Bauer y Pannekoek, y entre Luxemburgo y Lenin. Cerrando el capítulo, presento el aporte fundamental de Antonio Gramsci al pensamiento sobre la nación, principalmente su desarrollo de lo «nacional-popular».

El capítulo 5 aborda el debate latinoamericano sobre lo popular y algunos ejemplos de proyectos nacionales pensados desde el campo popular, específicamente la obra de Vivián Trías, socialista uruguayo impulsor de la Unión Nacional y Popular, que entendió claramente el sinsentido de la sujeción de los partidos de izquierda a corrientes internacionales, sean rusas o chinas; y de los bolivianos Fausto Reinaga y René Zavaleta, teóricos indianista y de lo nacional-popular, respectivamente. En el caso de Zavaleta, sus aportes vienen siendo debatidos por intelectuales de distintas latitudes por iniciativa de uno de sus lectores, el vicepresidente boliviano Álvaro García-Linera. Nuevamente, en cada caso podría mencionar a más autores que han tenido aportes importantes, pero he querido mantener la misma lógica de la «selección de autores» de los capítulos previos.

A continuación paso a abordar el debate contemporáneo sobre la nación. Este debate está marcado por las consecuencias del derrumbe del bloque soviético y hechos como la disolución de Yugoslavia, pero también por las implicancias históricas del surgimiento de nacionalismos fanáticos algunas décadas atrás, como los proyectos totalitarios y asesinos de Hitler, Franco y Mussolini4, que nos han enseñado lo peligroso que puede ser el discurso nacional cuando se basa en concepciones racistas o en exigencias fanáticas de renuncia a la libertad individual. Esta época oscura del nacionalismo constituye en este libro una antesala al debate que se ha originado en las últimas décadas con libros ya clásicos como Comunidades imaginadas, de Benedict ­Anderson (1983) o Naciones y nacionalismo desde 1870, de Eric Hobsbawm (1990). A este debate se suman los llamados «estudios poscoloniales», en los que se cuestionan las perspectivas eurocéntricas y se resalta el pensamiento e imaginación de los de abajo, de los oprimidos y los colonizados. No cabe duda de que el neoliberalismo ha generado distintos tipos de resistencias, algunas de los cuales han tomado la forma de movimientos nacionalistas. La defensa de la nación se ha convertido en una forma extendida de lucha contra el dominio del capital transnacional.

El capítulo siguiente se centra en el Perú. Parto del hecho de que aquí aún no se ha consolidado la nación. Somos un país en el que la discriminación y el racismo siguen creando brechas y escisiones entre peruanos, afectando las relaciones humanas y el modo en el que el Estado se acerca, diferenciadamente, hacia sus ciudadanos. Estamos marcados por lo que Aníbal Quijano ha llamado la «colonialidad del poder»5. La conquista truncó el proceso endógeno de construcción de una comunidad nacional y la independencia —­una vez ­derrotados los proyectos anticoloniales de raigambre indígena—­ no hubiera sido posible sin la participación extranjera, sin Bolívar y San Martín. La República que nació en 1821 y se consolidó en 1824 tras las batallas de Junín y Ayacucho, no llegó a incorporar a las grandes mayorías y no creó instituciones representativas de nuestra diversidad. El avance en la democratización de las relaciones sociales, parcial hasta el momento, ha sido resultado de las luchas de los de abajo, en las calles, en las fábricas y en el campo. Brevemente exploro el nacimiento de un sentido de peruanidad en personajes como el Inca Garcilaso de la Vega y Felipe Guamán Poma de Ayala, cuyo mensaje buscaba una «reconciliación» entre conquistados y conquistadores, a partir del reconocimiento de los primeros en tanto constructores de una gran civilización. Se trata de un discurso que no iba en la dirección de la resistencia a la invasión, como pudo haber sido la lucha desde Manco Inca hasta Titu Cusi Yupanqui en Vilcabamba. Pero si queremos hablar de los orígenes del nacionalismo peruano, el punto de partida ineludible lo tiene el nacionalismo indiano de José Gabriel Túpac Amaru. De la Gran Rebelión paso a abordar algunos hechos y personajes históricos destacables en el intento de construir un proyecto nacional: el discurso crítico de la clase política y reivindicativo del obrero y el indio en Manuel González Prada; el breve gobierno de Guillermo Billinghurst, a quien Peter Blanchard calificó de «precursor del populismo»; la polémica de Mariátegui con la Komintern —­o, de manera más amplia, su esfuerzo por conjugar marxismo y nación—­, tan bien explorada en La agonía de Mariátegui (1980), de Alberto Flores Galindo; el proyecto nacional-popular del joven Víctor Raúl Haya de la Torre; el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, primer intento real «desde arriba» de afrontar las causas estructurales del llamado «problema nacional»; y la irrupción de Ollanta Humala y el Partido Nacionalista Peruano en la política nacional, desde su levantamiento en Locumba hasta que asumió la presidencia en julio de 2011.

El capítulo final está reservado a una reflexión sobre la nación y lo nacional-popular en el marco del bicentenario. Intento comprender cómo se ha gestado, desarrollado y transformado el espacio nacional-popular, como una necesidad histórica de amplios sectores de la sociedad de ser incluidos en un proyecto nacional democrático y plural. El nacionalismo peruano del siglo XXI, que tiene como hito la gesta de Locumba, se instala en el espacio nacional-popular, se plantea como tarea histórica la consolidación de la nación peruana y la construcción de un Estado diferente al criollo monocultural que la represente. Se trata de pensar la nación desde el pueblo, con su riqueza y su diversidad, pero también con sus problemas y contradicciones. Para ello es necesaria una mejor comprensión de ese concepto tan utilizado y tan difícil de definir, la «nación», para, a partir de allí, construir una narrativa nacional desde otra óptica, la de los «de abajo».

Cabe mencionar, finalmente, que algunos acápites del libro tienen como base documentos y artículos que elaboré, a veces de forma anónima, como miembro de la Comisión Nacional de Formación Política del Partido Nacionalista Peruano, cargo que desempeñé desde 2008 hasta 2010. Por supuesto, lo vertido aquí es de mi exclusiva responsabilidad. Espero que este libro sea una contribución al debate fuera del ámbito estrictamente político, pues se requiere mayor interacción y discusión entre quienes hemos asumido un compromiso militante y la academia, pero también con la sociedad en su conjunto.

1 En esta misma dirección hay que mencionar cómo dichas revoluciones se han inspirado en sus héroes nacionales, como José Martí en Cuba o Augusto Sandino en Nicaragua, por citar dos ejemplos.

2 En el capítulo 5 me detendré a explicar las nociones de «significante vacío», «cadenas de equivalencias», entre otras, en la obra de Laclau. Considero que su aporte es fundamental para entender cómo se construyen las identidades políticas y populares.

3 Con excepción de los Estados Unidos, cuya independencia se proclama en 1776, y de los países cuya independencia se consiguió bien entrado el siglo XX, como Guyana, Surinam, Belice, Puerto Rico, y de las islas aún bajo control de países europeos.

4 Y desde el bloque soviético el proyecto totalitario de Joseph Stalin.

5 Con este concepto Quijano (2000) hace referencia a la clasificación de la población en torno a la idea de «raza», siendo esta una construcción social que tiene sus orígenes en la conquista de América y en los certificados de pureza de sangre (en el marco de la llamada reconquista española sobre Granada), según la cual las capacidades y creencias de las personas se transmiten por la sangre, habiendo personas «naturalmente» superiores a otras.

Capítulo 1. El siglo de las nacionalidades I: la mirada europea

El siglo XIX puede ser considerado, desde Europa y América, como el siglo de las nacionalidades. A lo largo de sus años se consolidaron casi todos los actuales Estados-nación europeos. Mientras algunas naciones venían de una formación de más largo aliento, como Francia, otras lograron su unificación bien entrado el siglo, como en el caso italiano. Durante la primera mitad del siglo XIX se conforman en prácticamente todo el territorio americano, al menos formalmente, repúblicas independientes, liberadas del yugo de las coronas española y portuguesa. Si bien un enfoque eurocéntrico puede atribuir el impulso independentista latinoamericano exclusivamente a la influencia de la Revolución Francesa y la independencia de los Estados Unidos, también se puede interpretar la historia partiendo de la existencia de una influencia recíproca: desde la conquista de América, los relatos que llegan a Europa sobre la abundancia, los paisajes y las formas comunitarias de vida, influyen en la imaginación de escritores y pensadores. No es casual que desde el siglo XVI, después de la conquista, empiecen a aparecer y tener gran popularidad libros como Utopía de Tomás Moro (1516), Ciudad del sol de Tommaso Campanella (1623) o La nueva Atlántida6 de ­Francis Bacon (1626)7. A esto se suma el redescubrimiento por parte de las élites intelectuales europeas del legado grecorromano y la Ilustración, que introducen en el debate político las ideas republicanas. Los valores centrales de la Revolución Francesa —­la libertad, la igualdad y la fraternidad—­ no se explicarían sin estas influencias. Pero, además, es necesario recordar que la rebelión de Túpac Amaru II se inicia en 1780, nueve años antes de la Revolución Francesa, y tuvo enormes repercusiones en los virreinatos españoles y en la Metrópoli; y la revolución haitiana de 1791 tuvo como antecedente una serie de revueltas que generaron polémicas en Europa, pánico entre los colonialistas y simpatías entre pequeños sectores intelectuales que desde el viejo continente abogaban por la abolición de la esclavitud.

Las revoluciones burguesas en Europa y las luchas independentistas en América tuvieron sus propias causas. Se originan en condiciones internas (en Europa muchas revoluciones coinciden con crisis económicas cíclicas y en América con el impacto de las reformas borbónicas sobre la población indígena y la criolla), pero sin duda las noticias corrían entre uno y otro lado del Atlántico, y no deberíamos descartar una influencia mutua. La noticia de la invasión napoleónica a la Península Ibérica generó la instauración de juntas en todos los virreinatos (salvo en el Bajo Perú) y fue la Junta de Chuquisaca en el Alto Perú (Bolivia) la primera en rechazar frontalmente a la corona española. Es interesante notar que América fue más reacia a mantener algún ­vínculo con la realeza europea, mientras que en Europa se instauraron varias monarquías constitucionales. Las casas feudales jugaron un rol central en la conformación de ciertas naciones europeas (por ejemplo, la Casa de Orange en Holanda), algo que no ocurrió en América Latina, donde las naciones (o, más específicamente, los proyectos de nación) se construyeron sobre la base de los territorios de los virreinatos y los aparatos burocráticos, en gran medida heredados de la colonia.

La herencia colonial marcó un camino errático hacia la conformación de las naciones en esta parte del continente. Aquellas que tuvieron mayor éxito lo hicieron, irónicamente, sobre la base del virtual exterminio de la población originaria, que se había iniciado con la conquista. El modelo suizo de construir una nación multicultural a partir de un «contrato social» entre cantones (de lengua alemana, francesa e italiana) no fue pensado como una posibilidad. Al menos no conocemos que entre los precursores de la independencia se haya planteado que las nuevas repúblicas debían resultar de un acuerdo entre etnias o comunidades lingüísticas, que bien pudieron haber sido consideradas naciones en sí mismas8. El modelo que primó fue el de la homogeneización, y hacia la población indígena, cuando no el menosprecio, el paternalismo. Sobre todo en los países andinos, los Estados criollos monoculturales que se construyeron distaban mucho de ser «nacionales», su intervención sobre el conjunto de la sociedad (a través de la legislación, las políticas públicas, la formación de instituciones y organizaciones) no contribuía a la unidad nacional, sino, por el contrario, a la exclusión de las mayorías.

Por lo expuesto, el siglo XIX es central en la conformación de las naciones tanto en Europa como en América, y permite comprender su desarrollo posterior. A manera de «punto de partida», abordaremos cómo se pensó la nación desde Europa, con énfasis en Alemania, Francia e Italia. Cabe notar que en estos países existió un debate académico sobre el concepto de nación y el significado de lo nacional, mientras que en América este no se percibe claramente. El contexto de la independencia generaba debates en torno a las formas de gobierno de los países (entendidos como tales básicamente a los mismos territorios que abarcaban los virreinatos), sobre la república y la monarquía, mientras que la idea de patria, si bien era muy recurrente, fue influida por las ideas bolivarianas de la «Patria Grande», de manera que en muchos de sus usos distaba de la idea europea de nación. El debate sobre lo nacional en América, al menos en el área andina, empieza más tarde, con la identificación del «problema indígena». Por ello, Jorge Basadre sostuvo que el suceso más importante de la historia peruana del siglo XX fue el «redescubrimiento del indio». En consecuencia, es importante establecer la distinción entre «miradas», una europea y otra latinoamericana.

1. Herder y Fichte: los orígenes del nacionalismo alemán

El mayor exponente del nacionalismo alemán del siglo XIX es, sin duda, Johann Fichte. Nacido en 1762 en el seno de una familia con serias carencias económicas, Fichte tuvo que truncar su paso por la facultad de teología de la ciudad de Jena. Su incursión en la filosofía lo llevó a simpatizar con Kant, de quien fue discípulo algún tiempo hasta que se distanciaron.

El romanticismo alemán había propiciado algunas ideas sobre la «singularidad alemana». Johann Herder (1744-1803), teólogo luterano y filósofo de la historia, había introducido la idea del Volksgeist, el «­espíritu del pueblo», referido a lo propio de un pueblo y que lo diferencia de otros. Este espíritu sería una «fuerza creativa» expresada en la lengua, las costumbres, el arte, las leyes (García Martínez, 2007). La idea del Volksgeist influyó en el romanticismo y las ideas posteriores sobre el pueblo alemán, pero el hecho que despierta en determinados sectores la necesidad de defender la nación es la crisis que generó la entrada de Napoleón en Berlín en 1806. Para defender la nación había que definirla y entender que no era solo el territorio lo que se defendía sino algo más «esencial».

Este es el contexto de los Discursos a la nación alemana que leyó Fichte en la Academia de Berlín entre 1807 y 1808, en los ­cuales ­buscaba elevar el espíritu del país y llamar al pueblo a la unidad nacional y la defensa de lo propio. Fichte realiza un diagnóstico de la nación alemana, lamentando el egoísmo y la falta de solidaridad entre sus miembros: «Cuando el egoísmo es tan completo, la unidad nacional se desquicia al primer ataque», y coloca la idea de «raza» en el centro de la nacionalidad: «La nación se ha separado traidoramente de la raza…» (1968, p. 18). Para revertir esta situación, propone una «nueva educación» que apunte a crear de nuevo la nacionalidad. Es decir, convive en Fichte una visión esencialista de la nación, que se manifiesta en la preponderancia que le da a la «raza» y los rasgos únicos y «primitivos»9 del alemán, y una visión que podríamos llamar historicista, expresada en la convicción de que una nación puede ser creada o recreada a partir de la educación, de la intervención consciente de los actores sociales.

Mediante un plan educativo se debía lograr «unir á (sic) todos los alemanes en un solo cuerpo, en el cual cada uno de los componentes se sienta ligado y vivificado por el mismo interés» (p. 22)10. Para este plan era fundamental el compromiso de las élites educadas, las únicas que podían llevar adelante esta empresa, pero más importante aún era la inclusión de las masas populares en los beneficios de la educación. Junto a esta apuesta, que aparentemente buscaba generar un grado básico de homogeneidad entre lo diverso, se encuentra un abierto racismo y una actitud xenófoba: el «alemanismo» de Fichte consiste en «impedir nuestra fusión con cualquier pueblo extraño y nuestra confusión con él, y en crearnos una nacionalidad independiente de todo poder ajeno» (p. 13).

La exaltación de «lo alemán» es constante en la obra de Fichte y, aunque el contexto de la invasión napoleónica exigía un discurso movilizador de la resistencia, es fácil encontrar en esta las raíces del racismo de Estado que llegó a su cenit con el nazismo. Fichte llega a afirmar que «únicamente el alemán, en razón de ser una raza viva, tiene verdadera patria y que «solo él es capaz de amor racional y personal hacia su nación, cosa que no puede lograr el hombre cuyos principios son arbitrarios y muertos» (p. 115).

El pensador alemán desarrolla la idea de «carácter nacional», entendido como la creencia en un sentido primario y en la eternidad de una colectividad o como el desarrollo de «lo primitivo y lo divino». Dicho carácter implica que sus habitantes tengan conciencia de la eternidad de su patria y tengan el deseo de legarle obras eternas. Si bien no hay una definición exacta del concepto de nación en los discursos de Fichte, se percibe la centralidad que le otorga a la raza, a la lengua, a la idea de un origen remoto del pueblo alemán que lo haría perdurar hasta la «eternidad» en la medida en que haya conciencia de la divinidad y grandeza del pueblo, forjada mediante la intervención de las élites instruidas en un proceso educativo hacia las nuevas generaciones. Como veremos, el concepto de «carácter nacional» de Fichte será recogido y resignificado un siglo después en Austria por una generación de pensadores marxistas preocupados por la llamada «cuestión nacional».

2. La aproximación socio-jurídica de Mancini

Para pensar la nación, encuentro particularmente interesante detenernos en el pensamiento italiano y su contexto. Italia es un país con una unificación nacional tardía en comparación con el resto de Europa. Tras sucesivas derrotas frente a los invasores, los Estados de la península se van cohesionando, identificándose unos con otros, y desarrollando una idea conjunta de nación que no logra materializarse ante las amenazas externas y la falta de una fuerza unificadora. La idea de nación se nutre del Renacimiento, del redescubrimiento del mundo romano (que, a diferencia del mundo árabe, casi toda Europa olvidó por varios siglos) y, posteriormente, de la ilustración. Desde los escritos de Maquiavelo podemos encontrar el anhelo de la unificación nacional y no es sino hasta 1861 que esta se inicia.

A pesar de ello, durante el siglo XX el «problema nacional» seguía teniendo vigencia en los debates académicos y políticos, en los cuales se percibe una serie de elementos de gran similitud con el contexto latinoamericano. El inicio del siglo muestra un cuadro de grandes diferencias entre los territorios industrializados del norte y las zonas agrarias empobrecidas del sur. Un país sin horizonte claro que excluía de un proyecto nacional a las crecientes masas populares y que pronto caería en el fascismo. Gramsci, ya desde las cárceles de Mussolini, dirá que en Italia existía un divorcio entre «nación» y «pueblo», y esto se reflejaba en la escasa participación de las grandes mayorías en un proyecto nacional.

Si rastreamos los orígenes del nacionalismo italiano, es necesario detenernos en el brillante político del renacimiento italiano Nicolás Maquiavelo (1469-1527), un hombre de origen humilde, estudioso de las formas de gobierno, observador y sistematizador de aquellas prácticas de los soberanos (en esos tiempos los reyes) que los llevaban al éxito o al fracaso. Era además un republicano, quizás su faceta menos conocida, aunque el objetivo final de su obra más importante, El Príncipe, haya sido la búsqueda de la unificación italiana. Maquiavelo pertenece a la generación de pensadores que se nutrió del redescubrimiento del legado romano, que se desarrolló intelectualmente en Florencia, un centro urbano de importante desarrollo cultural donde desde finales del siglo XIV se inicia el Renacimiento.

Dadas las condiciones para la tarea de unificar Italia, vio como única alternativa el concurso de una fuerza unificadora, de un líder que pudiera ver en sus observaciones un camino para lograr el éxito. Por ello dirige su libro a Lorenzo II de Medici, pensando en él como el príncipe unificador de la República. Este es el sentido del último capítulo de El Príncipe, «Exhortación para tomar Italia y liberarla de manos de los Bárbaros». Para Maquiavelo la situación de Italia era óptima para que la acción del príncipe sea triunfante: «Para poder conocer la virtud de un espíritu italiano, era necesario que Italia se viera reducida a su actual situación, y que estuviese más esclavizada que los hebreos [...] sin jefe, sin orden, vencida, expoliada [...] desfallecida, espera a quien pueda curarle sus heridas y ponga fin a los saqueos de Lombardía, a los impuestos del reino de Nápoles y de Toscana. [...] Se la ve también pronta y dispuesta a seguir una bandera, con tal de que haya uno que la enarbole» (2007, pp. 139-140; las cursivas son mías).

La apelación constante a la «virtud italiana» es significativa e indesligable del nuevo interés que suscitaba el pasado romano. De ello da cuenta la referencia final a la canción de Francesco Petrarca: «El antiguo valor no ha muerto aún en los corazones itálicos». Maquiavelo le pide a Lorenzo II de Medici que a través de su enseñanza «la patria se ennoblezca». Detrás de la idea nacional hay, pues, una idea de pasado virtuoso que debe recuperarse o, más precisamente, despertarse. Además, hay una noción de «lo itálico», posiblemente influida por la intersección entre los límites del imperio romano, la lengua y las divisiones establecidas en el Tratado de Verdún, que equivaldría a la «patria» que requiere ser ennoblecida.

La influencia de Maquiavelo es notable en muchos pensadores italianos del siglo XIX. Este es el caso de Pasquale Mancini, nacido en la región de Campania, en 1817. Mancini fue docente universitario, jurista y parlamentario. Su aproximación al tema se dio desde el derecho internacional. En dos lecciones inaugurales de su curso de Derecho Internacional y Marítimo en la Universidad de Turín, en 1851 y 1852, planteó claramente su visión sobre la nación y la nacionalidad.

Destaca a Dante y Maquiavelo como los primeros en «alzar una voz poderosa para despertar en Italia el adormecido sentimiento de la propia nacionalidad». Una voz que fue «semilla esparcida sobre terreno abonado y fecundo» (Mancini, 1985, p. 5). Lo que resalta aquí Mancini es la existencia latente de un sentimiento nacional que solo requería ser despertado para que se haga manifiesto. La idea —­señala el jurista—­ precede a los grandes hechos, pero cabe preguntarse en qué consiste la «idea» y cómo se expresa:

… la idea de nacionalidad se ha venido manteniendo, a pesar de haberse empezado a experimentar ya su mágica potencia, en el estado de una vaga aspiración, de generoso deseo y tormento de espíritus elegidos, de misteriosa pasión, de indefinido y casi poético sentimiento, de impulso instintivo de virginales inteligencias (1985, pp. 5-6).

Resalta en el discurso de Mancini aquella «misteriosa pasión», que es perceptible en el relato que articula sobre el legado «italiano» y sus gloriosos pensadores. Señala, por ejemplo, la influencia del derecho privado romano en las relaciones entre naciones; habla de Italia como «cuna de instituciones mundiales» y de sus ciudades más prósperas como creadoras de un sistema de legislación marítima e industrial con gran influencia sobre la Europa moderna; rescata a Pierino Bello de Alba (1502-1575) como autor del primer tratado jurídico sobre el derecho de las gentes, y con ello reivindica «para este país [el Piamonte]11 y, en consecuencia, para Italia, otra gloria propia» (pp. 10, 12).