La nación singular - Luisa Elena Delgado - E-Book

La nación singular E-Book

Luisa Elena Delgado

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Beschreibung

España vive una crisis sin precedentes que ha reducido los problemas de la ciudadanía a cifras y balances que no cuadran. Una crisis que ha enrarecido un ambiente político y mediático en constante ajuste de cuentas, literal y simbólico. A pesar de ello, políticos y personajes públicos de todo signo instan a la ciudadanía a superar "particularismos" para unirse firmemente en defensa de "lo que nos une". Lo que se espera, de hecho, es la adhesión de una ciudadanía cohesionada y dócil a lo que se determina que constituye el "sentido común". La cultura democrática española se sostiene sobre una fantasía de normalidad y consenso que requiere la identificación incuestionable con el todo como única forma de "ser en común". De esta manera, cuando una parte importante de la ciudadanía, por motivos diferentes, no se siente incluida en ese todo, la discrepancia se interpreta como una fractura que debe ser soldada para preservar la cohesión social y nacional. Este libro plantea la posibilidad de analizar la situación con una lógica diferente: la lógica del disenso, que sostiene que la cualidad esencial de la democracia consiste en la apertura a formas singulares de pertenecer a ella, así como en la posibilidad de cuestionamiento de las formas de compartir, dividir, adjudicar y relacionarse dentro de lo común.

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Seitenzahl: 612

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Siglo XXI

Luisa Elena Delgado

La nación singular

Fantasía de la normalidad democrática española (1996-2011)

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Luisa Elena Delgado, 2014

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2014

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-1713-2

Agradecimientos

El proceso de conceptualización y escritura de cualquier libro es largo y arduo, y el de este ha sido particularmente largo y arduo. En varios momentos decidí que el tema era demasiado amplio, demasiado lleno de aristas, demasiado explícitamente político, y lo abandoné para enfocarme en otros proyectos de temática más reconfortante. En última instancia, sin embargo, el deseo de ahondar en las cuestiones aquí estudiadas acabó imponiéndose, particularmente porque las consecuencias negativas de querer evitar o anestesiar lo problemático es precisamente uno de los hilos conductores del trabajo. En cualquier caso, si a pesar de las interrupciones y los desvíos el proyecto se ha podido llevar a cabo, es gracias a la colaboración, directa e indirecta, de instituciones e individuos, la cual me es muy grato reconocer.

El tipo de análisis que llevo a cabo en este libro es un resultado directo de mi afiliación profesional con la Universidad de Illinois (Urbana-Champaign), y en particular con su Unit for Interpretive Criticism and Critical Theory, que desde 1981 es uno de los centros más importantes de crítica cultural de Estados Unidos. La impresionante actividad de dicho centro, en particular sus conferencias, seminarios y publicaciones, me abrieron la puerta a un tipo de investigación interdisciplinaria y teórica que ha marcado un antes y un después en mi evolución crítica. Un papel muy importante, en una línea similar, ha tenido el Illinois Program for Research in the Humanities. He sido afortunada por poder trabajar en un entorno que no solo respetaba la libertad de cátedra, sino donde era posible crecer intelectualmente, sin encasillamientos. Agradezco a Diane Musumeci su apoyo a mi deseo de integrar el análisis cultural a mi actividad docente e investigadora. En un determinado momento, Silvina Montrul supo hacerme ver que a veces la única manera de avanzar es detenerse a recuperar el aliento. Espero que lo que ha sido una de las mejores universidades públicas de Estados Unidos sepa mantener su compromiso con los principios con que se fundó, buscando soluciones inteligentes a los retos con que se enfrenta. Espero también que esa solución consiga evitar reducir la actividad crítica y creativa a una gestión administrativa de recursos que exige, además, la aquiescencia como única reacción legítima.

El departamento de Español de la Universidad de Illinois se ha caracterizado por su énfasis en la consideración de las culturas nacionales como construcciones complejas, y marcadas por la tensión entre una gran narrativa de homogeneidad, y la realidad que siempre es plural y contradictoria. Es también un departamento donde se enseñan las cuatro lenguas peninsulares, que se pueden escuchar de forma habitual en los pasillos. Es indudable que un libro como este se ha beneficiado de ese entorno cultural y humano. Mis alumnos, en particular los de doctorado, han sido parte fundamental de la manera en que ha ido evolucionando mi pensamiento. Han sido ellos los que muchas veces me han hecho recuperar la esperanza de que la discusión honesta entre posiciones antagónicas sea posible. Un reconocimiento especial tienen Toni Prado, Iker González Allende, Ana Vivancos, Jordi Olivar, Sally Perret, Kristina Pittman, Mario López González, Luján Stasevicius, Fernando Herrero Matoses y Emily di Filippo, todos los cuales han contribuido con sus ideas, sus discusiones y su apoyo a este proyecto.

Agradezco el apoyo económico del Programa de Cooperación entre las universidades norteamericanas y el Ministerio de Cultura español, programa ahora, como tantas otras cosas, suspendido. El Research Board de la Universidad de Illinois me concedió un semestre libre de responsabilidades docentes; ese periodo, unido a otro semestre sabático, fue lo que dio el impulso final a esta obra.

El tema de este libro requería la inmersión no solo en un archivo textual (libros, periódicos, revistas, cine, televisión, teatros), sino también en debates académicos, foros y tertulias. Lo que se discute y cómo se discute, las reacciones en entornos profesionales pero también en la calle, es parte fundamental de un estudio que toma en cuenta no solo la realidad legal o política de las cosas, sino su percepción desde distintos contextos. En ese sentido, me he beneficiado enormemente del intercambio personal y profesional con Akiko Tsuchiya, Joseba Gabilondo, Joan Oleza, Facundo Tomás, Pura Fernández, Teresa Ferrer, Iban Zaldúa, Jonathan Mayhew, Germán Labrador Méndez, Maite Zubiaurre y Josep-Anton Fernàndez. Mis colegas en el Journal of Spanish Cultural Studies han contribuido en numerosas ocasiones a un diálogo enriquecedor sobre prácticas culturales en general y sobre cultura española en particular. Joan Ramon Resina ha sido un interlocutor importante en los últimos años, en los cuales me he beneficiado de su profundo conocimiento de la cultura catalana, de su rigor crítico y de su amistad. A lo largo de los años, Joseba Gabilondo y yo hemos mantenido numerosas conversaciones sobre los límites y la función de las fantasías nacionales. Sus propios análisis sobre las literaturas vasca y española me han resultado enriquecedores. Mención especial merece Jo Labanyi, que es para mí un modelo a muchos niveles: como crítica, por su brillantez, su amplitud de conocimientos y su respeto a las ideas ajenas; como editora y profesora, por su generosidad, su integridad y responsabilidad; como amiga, porque su lealtad, comprensión y sentido del humor me han sostenido e impulsado en muchas ocasiones.

Anaclet Pons y Justo Serna fueron lectores generosos de un proyecto un tanto alejado de su propia práctica crítica, pero que se ha beneficiado de la inteligencia e integridad que la caracteriza. Tomás Rodríguez ha sido el editor que todo autor desearía tener, por su inteligencia, por su compromiso y por el tipo de trato respetuoso y cordial que establece en sus relaciones con los demás. Montserrat Pruna colaboró con excelente criterio a editar el texto final, que se ha beneficiado de su buen ojo crítico y de su profesionalidad.

Dara Goldman y Ann Abbott han sido colegas, confidentes y amigas, en los buenos momentos y en los malos. Su inteligencia, sentido del humor y capacidad de comprensión enriquecen mi vida y la convivencia en el entorno laboral. Angelina Cotler ha traído con ella música y sentido del humor, así como importantes conversaciones sobre la realidad latinoamericana y española.

Dr. Avis Bernstein taught me invaluable lessons about mindfulness and acceptance. Her sensibility, intelligence and sense of humor provided a much needed anchor in the midst of a storm, as well as an example of what a constructive dialogue should be.

La fase final de preparación de este libro se hizo en Barcelona, en el contexto de una nueva situación laboral y personal, por un lado enriquecedora y, por otro, exigente. Agradezco su ayuda al equipo del programa de las universidades de Illinois y California, sin la cual mi trabajo administrativo hubiera sido mucho más difícil: gracias, por tanto, a Mar Puchau, Axel Forrestier y, sobre todo, a Gemma de Blas: moltes gràcies per tot. El grupo de estudiantes de las universidades de Illinois y California (2013-2014) me ayudó a entender mejor el proceso de mi propia relocalización cultural, contribuyendo con su alegría y su comportamiento a hacer que el día a día fuera enriquecedor.

Mi familia, como tantas otras, es complicada y diversa, cultural e ideológicamente. Esa diversidad dificulta las relaciones, pero también nos obliga a aprender a buscar puntos de encuentro. Haber crecido en un entorno donde había republicanos (anticlericales y creyentes), franquistas, socialistas, comunistas, catalanistas, y –en otro contexto– peronistas, todo ello repartido entre exiliados, emigrantes y otros que no tuvieron que moverse nunca de donde estaban, explica el impulso que me llevó a analizar las tensiones entre diferentes ideas de España en el presente. Agradezco a mis padres, Marisa García y Diego Delgado, el compromiso con la educación de sus hijas, algo que ha sido la base de nuestra independencia y nuestra vida profesional. Mi hermana Sylvia encontró su vocación de filóloga y escritora en los últimos años de redacción de este libro, pero, sobre todo, se empezó a encontrar a sí misma, lo cual me enorgullece y me llena de alegría. A lo largo de los años, mi hermana Alicia ha resuelto con paciencia infinita innumerables problemas informáticos, técnicos y logísticos, además de aportar su capacidad de comunicación visual a numerosos proyectos. Sobre todo, ha sido mi gran apoyo, mi aliada incondicional y mi mejor amiga: su generosidad y su persistencia en llevarme al barrio de la alegría son un regalo que nunca podré agradecer bastante.

Adrián, Daniel y Nico han sido un ejemplo de lo que puede ser una unión que no se basa en la biología, ni en el deber, sino en la voluntad de entenderse y apreciarse. Su cariño y su apoyo enriquecen mi vida. Mi hijo Álvaro ha sido un ejemplo de superación personal y madurez. De él he aprendido a juzgar menos, aceptar más y tomarme las cosas con más sentido del humor (I’m working on it!). Su aceptación de las contradicciones y ventajas de una identidad nacional múltiple es un ejemplo de que lo que no se plantea como problema, no lo es. Agradezco también su generosa confianza en que este proyecto, que ha mantenido a su madre durante años con la cabeza siempre sepultada entre libros y papeles, llegaría a buen puerto. En un sentido más concreto, el capítulo sobre el fútbol y el goce nacional no se hubiera escrito sin el ejemplo de su propia pasión fútbolística, vivida con intensidad desde una ciudad universitaria de Illinois, rodeada por campos de maíz. A él está dedicado el capítulo, en recuerdo emocionado de los momentos especiales que hemos compartido juntos en relación a un deporte que tanto ha aportado a su vida.

El tema y el enfoque de este libro están muy profundamente influidos por dos décadas de convivencia con Mauricio Parra. En todo este tiempo, hemos compartido el día a día profesional y personal, desde el acuerdo, el consenso y también desde el disenso. Este libro lleva la impronta de sus ideas y su sensibilidad sobre la justicia y la igualdad; sobre el valor de lo público y la necesidad de la política; sobre las deudas sociales que quedan siempre sin pagar y que, sin embargo, cada vez cuentan menos. Más allá de sus palabras y sus ideas, sin embargo, le agradezco, más de lo que puedo expresar, sus acciones: la inteligencia, la generosidad y el amor que ha puesto siempre en preservar y enriquecer nuestro espacio común.

En cierto sentido, este libro empezó a escribirse hace mucho, cuando dos niñas, hijas y nietas de españoles pero nacidas en Caracas, llegaron a un Madrid que en ese entonces les pareció gris, frío y no particularmente acogedor. Esas niñas oyeron una y otra vez que su acento venezolano era raro, igual que el de su padre, canario, cuya tierra apenas aparecía en un recuadro del mapa del tiempo, en una España donde todos los locutores tenían el mismo acento. Raro también era tener una madre que trabajaba fuera de casa y hablaba bien inglés. En realidad, todo lo que no se ajustaba a ciertas normas culturales era raro o, como se decía entonces, «anormal». Esas niñas oían a sus abuelos, madrileños que también habían ido y vuelto de Venezuela, mencionar con tristeza una guerra de la que no se daban los detalles, simplemente se constataba su carácter de terrible catástrofe. Años más tarde, entendería el porqué de sus silencios, pero siempre lamentaré no haberles hecho más preguntas. Me enorgullezco, en cambio, de haberles acompañado a votar libremente por la opción política por la que habían luchado en el pasado: su emoción al constatar que podían ayudar a decidir el futuro de su país de forma pacífica, y que su idea de España volvía a contar, es uno de los mejores recuerdos de mi vida.

Agradezco a Juan Miguel Ribera Llopis que en los años ochenta del siglo pasado preguntara a los alumnos de cuarto de Filología Hispánica de la Universidad Complutense de Madrid si querían dar la clase optativa de Introducción a la literatura catalana en catalán, aclarando que se traduciría lo que fuera necesario. Que los alumnos dijeran mayoritariamente que sí, a pesar de no tener conocimiento previo de catalán ni ser, en la mayoría de los casos, de origen catalán, da la medida de cómo han cambiado a peor las cosas en España. Pero las puertas que se abren no se pueden volver a cerrar como si no hubiera pasado nada, y esa puerta abierta me ha llevado a conocer mejor, y a estimar (en sentido catalán y castellano), las palabras y las razones de una cultura fascinante; también a reflexionar sobre la pluralidad de lo que se nos presentaba como singular. En esa misma época, mi familia se amplió con un padrastro catalán cuya familia también había vivido el exilio en Argentina, donde intentó mantener viva la lengua y la cultura que habían tenido que dejar. Entraron también otros familiares catalano-vascos-argentinos que recalaron en Suecia, huyendo de la guerra sucia de Videla, así como una familia colombiana también marcada por la complejidad de su realidad nacional. A pesar de las vicisitudes en común, el entendimiento entre todas esas experiencias es complicado, a veces, de hecho, casi imposible, porque no siempre se puede ir más allá de lo que nos ancla a ciertas experiencias y perspectivas. Y sin embargo, todos, o casi todos, hemos querido seguir intentándolo para poder compartir, aun de manera imperfecta, un espacio común.

Para cuando se empezó este libro, yo llevaba casi dos décadas de residencia y vida profesional en Estados Unidos, primero en California y luego en Illinois, trabajando en inglés y en español, dentro y fuera del hispanismo. De este modo, todas las experiencias previas se mezclaron con las vividas en una sociedad mucho más compleja que su estereotipo y que me planteó otra serie de retos y oportunidades. La perspectiva de este trabajo está, por tanto, inevitablemente marcada por la realidad del desplazamiento, tanto geográfico como simbólico, la reflexión sobre las distintas condiciones en que ocurren y la constatación de las dificultades, pero también del enriquecimiento que implica salir de lo que creemos es nuestro lugar en el mundo. Ojalá llegue el día en que las fantasías identitarias asentadas sobre ideas fijas de lo que inevitablemente somos se sustituyan con una reflexión abierta sobre los motivos, los objetivos y la mejor manera de ser en común.

A Mauricio,

Por querer encontrarme en las terrazas del gozo y de lo cierto.

A Álvaro,

Por llenar todos los espacios con su luz.

A l@s que, siendo considerados la parte sin parte de un todo, han luchado por contar y ser contad@s.

Introducción

Que quinientos años más tarde, los historiadores llamen españoles a los numantinos, a Viriato y al emperador Teodosio y a los godos, es solo un síntoma de la radical anormalidad de la historiografía hoy padecida por un pueblo, cuya conciencia colectiva se nutre de ilusorias fantasías, y carece de un objeto real a que referirse, situado en un tiempo y en un espacio rigurosamente determinados.

Américo Castro: español, palabra extranjera

Este libro presenta un análisis de un tipo de lógica cultural movilizada durante la democracia española, desde los años del primer gobierno de José M. Aznar, cuando España aparentemente iba bien y estaba instalada en la normalidad democrática, hasta el final del gobierno socialista en 2011. Las reflexiones finales se sitúan ya en un estado de crisis sin precedentes y de consecuencias impredecibles, pero uno de cuyos más claros síntomas es la reducción de la realidad social a listas de cifras y cuentas, unas cuentas cuyos balances no cuadran: ni los de las instituciones financieras que necesitan rescates millonarios; ni los de las inversiones públicas que lejos de generar un beneficio público, se convierten en rémoras sociales y económicas; ni los de la sanidad y la educación públicas, en situación de emergencia y vía de privatización. Y qué decir de los presupuestos de los más de seis millones de personas, hombres, mujeres, jóvenes, cuya situación de extrema precariedad ya parece haberse convertido en una circunstancia permanente. Las cifras y los porcentajes del desastre se usan además como arma arrojadiza. El gobierno usa las suyas para demostrar la ineptitud de la oposición y su herencia envenenada; y la oposición demuestra que los mecanismos oficiales maquillan la realidad. Los casos de corrupción de un partido político se justifican con los de otro, la calamitosa gestión de una comunidad autónoma se justifica comparándola con la más calamitosa de otro y la lógica del «y tú más» se mantiene operativa al más alto nivel político.

En el estado de excepción normalizado en que vivimos, la ciudadanía es interpelada con un lenguaje que la infantiliza y reduce a gestión económica la tarea política: es necesario «hacer los deberes» y «cuadrar los balances», hacer que todo encaje en la columna apropiada para que los políticos-gestores, y sobre todo los auditores foráneos, nos aprueben o nos suspendan. La desafección y la ira de los ciudadanos quedan manifiestas en la presencia casi diaria en las calles de movimientos de protesta de distinta índole, cuyo mensaje se califica en virtud de las cifras de asistentes manejadas, siempre disputadas. Es más, hasta el propio derecho de manifestación, la protesta, se quiere someter a un proceso de regulación jurídico que se justifica también con motivos cuantificables: el grado de «conflictividad razonable» que exige el buen funcionamiento democrático. Asimismo, las manifestaciones del descontento ciudadano se interpretan como reflejo de la «anorexia patriótica» que afecta históricamente a España, patología que se quiere combatir con un incremento en las dosis de patriotismo inculcadas a la ciudadanía desde el gobierno y los medios de comunicación. Las protestas en los espacios públicos se entienden como contrarias a la lealtad nacional por el perjuicio que suponen para la proyección internacional de la «marca España», definida oficialmente como una estrategia pilotada desde el estado, que es el que debe dirimir entre intereses contradictorios, determinando así lo que representa el bien común.

La nación singular parte de una premisa diferente, del cuestionamiento de lo que debe contar en un sistema democrático, esto es, lo que debe computarse, pero también lo que debe ser tenido en cuenta y referido. Para ello, hay que utilizar un modelo de contabilidad en el que la lógica de la acumulación, el beneficio y el endeudamiento se someta a un tipo de auditoría diferente. Mi argumento, desarrollado teóricamente por pensadores como J. Rancière, J. L. Nancy y R. Esposito, sostiene que la crisis económica es la manifestación más evidente de otro tipo de cuentas erróneas, unas cuentas que justifican la contabilidad simbólica de la llamada democracia de consenso (o posdemocracia) de la que España es un ejemplo singular, pero, desde luego, no único. En efecto, el estado de consenso se sostiene sobre un cómputo equivocado: entender que son todos los que (ya) están, y que (ya) están todos los que son. Presume, asimismo, de tener la capacidad y la legitimidad de representar el todo («lo común») cuando lo cierto es que una parte muy significativa de la ciudadanía, por motivos diferentes, no se siente en absoluto parte de ese todo, ni siquiera se reconoce representada por los políticos y las instituciones. Mi propuesta es que esa discrepancia, lejos de constituir una fractura que debe ser soldada para preservar la cohesión social y nacional, apunta precisamente a la cualidad esencial de la democracia, que consiste en la posibilidad de cuestionamiento de las formas de compartir, dividir, adjudicar y relacionarse dentro de lo común. La política democrática se hace precisamente a base de cuentas erróneas: las que surgen cuando se toma en cuenta la «parte sin parte», cuando se hacen visibles los elementos que no contaban desde el principio, cuando se incluyen en el cómputo los excedentes y las carencias. En ese marco, la política deja de ser un mero intercambio de bienes y servicios, o de pérdidas y ganancias; deja de plantearse también como la alternancia entre el orden y la revuelta, para identificarse precisamente como la tarea constante, y siempre inacabada, de definir y repartir lo común.

En su libro El desacuerdo, Jacques Rancière define la democracia de consenso como «la práctica gubernamental y la legitimación conceptual de una democracia después del demos. Una democracia que ha eliminado la apariencia, el error de cálculo y la contienda del pueblo, y por consiguiente es reductible a la sola interacción de mecanismos estatales y combinaciones de energías e intereses sociales»1. Ese marco político implica la consideración del orden social como no contencioso, debido a la armonía fundamental entre una determinada forma de ser y unos valores. Asimismo, la visión consensual de la política define las opciones presentadas a la ciudadanía como objetivas y unívocas2. Dicha visión, característica del estado moderno gerencial, convierte la política en el oficio de unos pocos expertos y políticos profesionales cuya función no es otra que el arbitraje de las posibilidades marginales y residuales que la situación de crisis permite3. Si bien se mantiene el aspecto formal de las instituciones democráticas, el funcionamiento de estas cada vez es más restringido, y la política se convierte en un espectáculo controlado, manejado por grupos de expertos y circunscrito a temas específicos que parecen circular continuamente4. La ciudadanía, inmersa en la lógica del goce consumista, se vuelve cada vez más apática, y en gran medida se identifica con un escenario en el que los antagonistas políticos o culturales son demonizados. En verdad, lo único que hoy se espera del buen ciudadano es su consentimiento a las medidas que se toman en su nombre, y que mantenga la formalidad democrática votando cada cuatro años a unas alternativas que se presentan como las únicas posibles «con la que está cayendo».

Desde el colapso de la Unión Soviética (esto es, desde los años ochenta del siglo pasado), la actividad política de las democracias occidentales está marcada por esta concepción del «estado de consenso». En ese marco, todo litigio político y social se entiende como problemático, puesto que atenta contra la normalidad de una comunidad definida en virtud de su cohesión y cuyos componentes se presumen bien integrados, y representados en el todo. Esto, por supuesto, contradice lo que la política representa en verdad, desde Atenas a Berlín, desde Praga a la Plaza de Mayo: el momento en que los excluidos del orden político, la parte sin parte del sistema, o aquellos (aquellas) a los que se asigna un orden subordinado o marginal, renuncian a su lugar preestablecido en el statu quo y demandan ser vistos y escuchados, reorganizando así la topografía social. Esto es, la democracia implica la posibilidad de que lo que no contaba desde el principio, acabe contando; que el sujeto cuya historia era invisible, se haga ver. En la misma línea, un argumento pasa a ser político cuando está articulado por un sujeto que se considera con derecho a hacerlo y está dirigido a un interlocutor de quien se exige que escuche algo que en circunstancias normales no consideraría. En otras palabras, el litigio político no implica un intercambio entre grupos de intereses diferentes y bien delimitados, ya apropiadamente distribuidos en el sistema social, sino el enfrentamiento entre lógicas distintas, entre modos diversos de contar las partes que constituyen una comunidad.

En el caso español, la expresión «democracia de consenso» se ajusta perfectamente al ideal político democrático consolidado con la mitificada Transición, que propugnaba, ante todo, una equivalencia entre la normalidad democrática y la unidad y estabilidad del país. Que esos fueran los objetivos del gobierno en 1978 es comprensible, dadas las peculiares circunstancias en que se produce dicha Transición, discutidas en el primer y segundo capítulo de este trabajo y analizadas, por lo demás por numerosos expertos. Que la lógica del consenso se haya mantenido intacta hasta nuestros días, y que además se presente como la única forma legítima de actuación democrática, ya tiene otras implicaciones. Muchas de ellas han sido analizadas por Guillem Martínez, que ha acuñado el término CT (Cultura de la Transición) para denominar el paradigma cultural dominante en la España democrática, caracterizado por su verticalismo, la desproblematización de la realidad, y preocupación obsesiva por la cohesión y la estabilidad. La CT aspira a una identidad nacional «vertebrada», unida en sus objetivos, en sus representaciones culturales y defendida desde el estado de los elementos ajenos que amenazan su estabilidad. Por su parte, Amador Fernández-Savater ha analizado con gran brillantez en numerosos textos el funcionamiento de esa CT entendida como ámbito de lo decible, visible y pensable, esto es, utilizando también a Rancière, entre muchos otros apoyos teóricos. El mayor éxito de esa cultura de consenso, subraya Fernádez Savater, ha sido su monopolio del «sentido común» ejercido a través de ciertas «palabras rodillo» (cohesión, estabilidad, vertebración, normalidad, unidad) y de una serie de clasificaciones binarias incuestionables (PP o PSOE; la cadena SER o la COPE; Barcelona o Real Madrid)5. La negociación a la baja que implica el consenso se ha presentado además como la única posibilidad democrática, la alternativa a la presencia fantasmática de la violencia y la discordia civil. Como desarrollo en el libro, la obsesión con el consenso afecta no solo a las prácticas políticas, en particular las relacionadas con el modelo de estado, sino también a todas las discusiones sobre el pasado, sea desde un punto de vista histórico, literario, económico o legal. La necesidad de no separarse del marco de la democracia consensual se vuelve a considerar imperativa precisamente en un momento en que su funcionalidad empieza a ser cuestionada.

Hasta el momento en que la crisis sacó literalmente de quicio las cosas (esto es, las desencajó del marco que las sostenía), la articulación de la idea de la España democrática fue en efecto inseparable de los conceptos de «normalización» y «normalidad», términos ubicuos que se utilizaban de muy distinta forma y con muy distintos fines: en relación a la política del gobierno, por supuesto, pero también de varias comunidades autónomas que llevaron a cabo sus propios procesos de normalización política y cultural6; en relación a ciertos tipos de creación literaria o de comportamiento social. Desde el estado, cuando España iba bien, se entendía que el problema eran, desde luego, los otros, los aguafiestas que no se sentían felices de participar en el goce de una españolidad triunfante. Esto es, el sentido común nacional siempre se presentaba en relación de oposición a sus excedentes, entre los cuales destacaban, por supuesto, los nacionalismos periféricos (en particular, el vasco y el catalán) presentados como irracionales, intransigentes, insaciables en sus peticiones y empeñados en impedir el disfrute pleno de la nueva plenitud nacional7. El litigio y el antagonismo político, representado por los que han querido cuestionar la premisa de una España unida por un sentido común incuestionable, se han considerado (entonces y ahora) como graves fracturas que deben ser soldadas desde el estado para preservar la vertebración del cuerpo nacional, sin la cual no es posible su funcionamiento normal. Como veremos en el capítulo primero, esta posición enlaza con la idea de unidad nacional consustancial al franquismo (deudor en esto de las teorías del jurista del nazismo Carl Schmitt), pero también con la concepción unitaria y centralizada del estado consolidada desde el siglo xviii. En última instancia, por supuesto, la consideración de la diferencia y la disidencia cultural o religiosa como amenazas a la esencia nacional se remontan en el tiempo y se celebran con términos como «Reconquista» o con la fecha mítica de 1492, cuya importancia para el imaginario nacional español se ha vuelto a destacar con la emisión de la exitosa serie Isabel (emitida en 2012 y 2013), en la que se justifica la expulsión de los judíos y la lucha contra el enemigo árabe por razones de estado.

La premisa que se desarrolla en este libro es que la insistencia por parte del estado democrático español en defender a ultranza la asociación entre normalidad nacional y cohesión (o vertebración) constituye una fantasía, entendiendo el término no en su significado coloquial (una representación imaginaria subjetiva), sino en el que tiene en teoría psicoanalítica: el apoyo que da coherencia a lo que llamamos realidad, lo que hace posible e imposible a la vez la identificación colectiva. Para el psicoanálisis, la realidad social siempre está atravesada por una imposibilidad fundamental, por un antagonismo que impide que pueda ser simbolizada por completo. La fantasía, entonces, funciona como el escenario que esconde la inconsistencia social. Toda construcción social de la realidad depende de un marco fantasmático, de ahí que las grandes promesas políticas estén ligadas a un escenario de pérdida (de un pasado de plenitud) y de posible recuperación y armonía. Sin embargo, la fantasía no puede hacer realidad el deseo, sino solo sostenerlo, enseñarnos cómo desear (premisa desarrollada en el capítulo uno). La fantasía social otorga un sentido de coherencia a las construcciones identitarias, pero esa coherencia se mantiene a costa de la negación o neutralización del síntoma, del elemento que interrumpe esa simbolización armoniosa y que no es otra cosa que lo real. El síntoma se entiende así como una presencia intrusa, ajena al sistema, su excedente, y no como el punto de erupción de las verdades escondidas del orden social8. Por supuesto, en un determinado momento, puede haber varias fantasías nacionales luchando por la hegemonía, y la articulación de nuevos sujetos políticos se canaliza, a su vez, a través de nuevas fantasías. La fantasía también está ligada a la forma en que se estructura el goce (jouissance) y, de hecho, no hay política que no se sostenga sobre concepciones específicas de lo que constituye el goce, ni los elementos que lo amenazan. De ahí la importancia de entender cómo se moviliza ese concepto en el discurso político, y cómo deberían integrarse los afectos en las movilizaciones colectivas, algo que estudio en el capítulo cuarto.

Este entendimiento de la fantasía es el que se utiliza en la crítica de la ideología lacaniana, también llamada «izquierda lacaniana», en particular por Slavoj Žižek, Chantal Mouffe, Ernesto Laclau y Yannis Stavrakakis. La denominación «izquierda lacaniana» no se refiere a un proyecto político relacionado con determinados partidos, sino a una reconsideración radical de la democracia y la ciudadanía democrática. Desde diferentes ángulos, los críticos mencionados –cuyas propuestas son, por lo demás, muy diferentes– desarrollan sus argumentos a partir de la consideración de una afinidad estructural entre el inconsciente y la política. Todos coinciden también en interpretar las tensiones no como externas al demos, sino inherentes a este, que debe ser capaz de asumirlas y no perpetuarse en la construcción discursiva de una nación coherente y triunfalista, basada en la proyección fantasmática que promete un encuentro con la plenitud del goce situado en las raíces de la historia nacional9. Mi análisis es deudor muy en particular de la concepción de la fantasía nacional que desarrolla en toda su obra Jacqueline Rose, cuya crítica, aunque también inserta en un marco psicoanalítico, tiene un perfil más amplio que incluye el feminismo, los estudios judíos, o la literatura inglesa y sudafricana, por escoger las áreas más destacadas. El trabajo de Rose es particularmente útil para analizar las fantasías del estado (de los estados), algo que ella hace con apabullante brillantez en relación a Israel, Sudáfrica y el Reino Unido. Rose también se hace importantes preguntas, de las que me hago eco en distintos momentos de mi análisis. Su planteamiento nos lleva a cuestionar, en primer lugar, las políticas identitarias dependientes de una fantasía de coherencia y continuidad. En segundo lugar, si se cambia el foco desde lo identitario hacia la identificación, entonces habría que plantearse lo que permite o impide ciertas identificaciones, lo que hace que podamos amar o no al prójimo y convivir con el vecino10. En un contexto peninsular, la función de la fantasía en relación a una determinada concepción nacional ha sido bien estudiada por Begoña Aretxaga en el contexto vasco y Josep-Anton Fernàndez en el catalán. Ambos coinciden en la interpretación de dicho concepto como componente fundamental de la vida política y factor esencial en la estructuración de las relaciones de poder11. Por lo demás, los enfoques de sus libros son muy diferentes, ya que uno se ocupa de contextos históricos marcados por la violencia (el País Vasco e Irlanda del Norte) y otro de la fantasía de la normalización en Cataluña, subrayando sus implicaciones como proceso político, y de transformación cultural y social. Las proyecciones fantásticas identitarias han sido también exploradas por Joseba Gabilondo en numerosos y sugerentes trabajos sobre cultura española y vasca a los que hago referencia.

El concepto de fantasía ideológica en relación al estado-nación permite explorar los puntos ciegos de los imaginarios nacionales y toda su carga afectiva, identificando lo que emerge como su excepción constitutiva: aquello que constituye el apoyo necesario para el sistema a la vez que su mayor amenaza. Como demuestra el repaso fundamental a los debates más frecuentes en prensa escrita, tertulias de radio y televisión, «los nacionalismos» –entre los que nunca se encuentra, por supuesto, el del estado que se identifica como un patriotismo constitucional exento de ideología– han sido representados como el gran problema del estado democrático. Durante muchos años, la violencia representada por ETA y, por asociación, todo el nacionalismo vasco, marcó el límite entre la democracia y la barbarie, entre nosotros y ellos. Terminado el conflicto armado (por mucho que se siga oyendo que la decisión es insuficiente o tramposa), el gran problema de España ha pasado a ser un proceso no violento, «el desafío secesionista» catalán que ha pasado a hacer del fantasma de la fractura nacional una presencia palpable y verificable. Y sin embargo, si algo ha puesto de manifiesto el colapso económico, político y de representatividad de los últimos años, es que no son vascos y catalanes los únicos excedentes de la nación ni los únicos elementos que se representan como amenazas a la consistencia de esta, impidiendo además el goce pleno de lo español. Una función similar ejercen todos los segmentos de la población que disienten, en el sentido más literal del término, de la política oficial del estado: las múltiples «mareas» de personas que han tomado las calles para protestar contra los recortes en educación y sanidad, contra los copagos sanitarios, contra los cierres de minas, contra los desahucios, contra la nueva ley del aborto. En el momento en que este libro iba a prensa (principios de 2014), el barrio obrero de Gamonal, en Burgos, se estaba manifestado de forma contundente en las calles para cuestionar, precisamente, el uso del espacio público que hace su gobierno local. La manera en que la prensa conservadora criminalizó la protesta se interpretó como una «batasunización» de la población, con el argumento de que «los violentos» no eran vecinos de Gamonal, sino venidos de fuera. Esto es, el que una ciudad tan fundamental para el imaginario nacional conservador como Burgos fuera testigo de una protesta de tal magnitud solo se podía explicar, dentro de ese mismo imaginario, como resultado de una infiltración de elementos extraños, algo que era por lo demás incierto, tal como se pudo comprobar con los documentos de identidad de los detenidos por la policía. Por los mismos días, la vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, se reconocía perpleja por la continua manifestación de indignación ciudadana que había en las calles españolas, cuando, según ella y el gobierno que representa, en España las cosas habían mejorado notablemente. Los hechos de Gamonal fueron también calificados de «atentados» por parte de la alcaldesa de Madrid, que hizo así un trasvase simbólico de lo que era una protesta ciudadana (aunque tuviera ocasionales erupciones de violencia contra la propiedad) hacia el terrorismo. De manera consistente, los manifestantes, como los del 15-M, como los que protestan diariamente en frente de la sede de un Congreso protegido con vallas, se caracterizaron como «enemigos de la recuperación de España», como manifestó un diario nacional, que, por cierto, muy dentro de la lógica dominante, encontró la forma de ligar los disturbios con la «huida secesionista» de Artur Mas12.

La estrategia de etiquetar con el estigma de «extranjero» o «ajeno a la comunidad» a los que protestan es consistente con la lógica del consenso, según la cual las tensiones y conflictos políticos están siempre ligados a una fractura causada por presiones externas cuya soldadura devolvería la cohesión y la funcionalidad (la normalidad) a la comunidad. Pero esa normalidad es, por supuesto, solo virtual: la crisis, el deseo siempre diferido de la comunidad ideal, es en realidad el estado operativo de cualquier estructura subjetiva de pertenencia comunitaria. Las crisis se usan para azuzar reacciones viscerales de un nacionalismo acrítico que finalmente se ampara en las instituciones y procedimientos formales de la democracia para que las aguas vuelvan a su cauce. Por otro lado, las últimas encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas, que depende del mismo estado (y es, en ese sentido, una anomalía europea, ya que no hay otros gobiernos que tengan sus propios centros de encuestas), revelan datos muy consistentes. Incluso con preguntas muy selectivamente escogidas, el principal problema para los españoles es, con gran diferencia, el paro; le siguen la corrupción y los problemas económicos. Los nacionalismos y el Estatuto de Cataluña representaban en 2013 una preocupación mínima, y la negociación con ETA no parecía preocupar a ninguno de los encuestados. Esto es, los problemas en los que se hace énfasis desde el gobierno, sus instituciones y medios de comunicación afines no parecen corresponder en absoluto a las preocupaciones de los ciudadanos españoles, pero quizá precisamente por eso, ciertas cuestiones se repiten tan machaconamente, como mecanismo de distracción13. La absoluta perplejidad del gobierno ante la protesta de los vecinos de Gamonal solo es comprensible en el contexto de la habitual sordera e indiferencia de los responsables políticos a las peticiones ciudadanas. La realidad es que lo que se presentó como un foco incontrolable y repentino de violencia, relacionado con la alta tasa de paro actual de la ciudad, era una demanda ciudadana que se remontaba a 2005. En ese año, el documental «¿De quién es la calle?» ya retrataba exactamente la misma situación que se repitió en 2014: la oposición de los vecinos de Gamonal a los planes urbanísticos del ayuntamiento y una constructora; los enfrentamientos con la policía y la eventual cancelación de los planes municipales como consecuencia de la reacción vecinal. Como bien ha visto Germán Labrador Méndez, el episodio actualiza en plena democracia la experiencia de las luchas y resistencias a nivel vecinal de los años setenta, algo que, como menciono en el capítulo primero de este trabajo, fue fundamental para socavar la lógica del franquismo14. En ese sentido, el título del documental, alusivo a la famosa frase de Fraga Iribarne «La calle es mía», es significativo. En 2005, esta primera protesta no tuvo gran trascendencia política ni eco mediático. Siete años después, el país había cambiado: ya había otra conciencia social, influida por el 15-M y por la extensión del desastre económico, y por tanto la repercusión social y mediática del hecho fue muy diferente. En 2014, la situación de Gamonal suscitó el apoyo de muchas otras ciudades españolas, que se manifestaron con el lema «España entera es gamonalera». Esta reverberación de una protesta de barrio pone de manifiesto cómo un síntoma «local» puede sacar a la luz las grandes verdades de la sociedad (en este caso, la privatización del espacio público, la especulación del suelo, la irregularidad y opacidad en la adjudicación de obras públicas). Así, el problema de Gamonal «en particular» acabó convirtiéndose en un problema «general» con el que era posible identificarse, impidiéndose así la habitual estrategia de convertir lo que son síntomas de una problemática estructural en simbólicas cabezas de turco individuales. Esto es, en el marco teórico en que se desarrolla este libro, la protesta de Gamonal funciona como síntoma, es decir, como el «elemento particular que subvierte su propio género», el punto de ruptura de un campo ideológico y a la vez lo necesario para que ese campo logre su clausura15.

Mi análisis quiere cuestionar la idea, consustancial a la democracia española, de que sea el estado el encargado de definir, defender y adjudicar lo que constituye «lo común» y los intereses de la comunidad. Al contrario, utilizando como base las teorías sobre el disenso y el litigio de Jacques Rancière y la idea de comunidad de Roberto Esposito, sostengo que la expresión «democracia consensual» pone en relación dos términos contradictorios, que corresponden a dos lógicas muy diferentes. La lógica del consenso entiende la comunidad como el resultado natural de una forma común de ser, la suma de todas las partes de un todo. Bajo ese prisma, la identificación con el todo es la única forma de «ser en común», y esa forma a su vez está siempre mediada por el estado. La lógica del disenso, por el contrario, sostiene que la democracia implica un debate abierto sobre lo que constituye lo común y la división del todo. En efecto, la comunidad democrática no se puede dar nunca por cerrada, como constituida de forma permanente. Antes al contrario, tiene que existir la posibilidad de que en ella quepan formas singulares de pertenecer a ella. A la vez, la pertenencia a una comunidad no puede excluir la realidad del litigio político, ni de un antagonismo que tiene que ser reconocido y negociado. Esto implica una forma de entender la comunidad, que no se define en base a una delimitación constante de «lo nuestro», ni en la convergencia y la cohesión ni en la aspiración siempre frustrada a la plenitud del todo. La comunidad en su sentido más democrático debe entenderse como relación transversal, como movimiento que nos pone en contacto con lo que queda fuera de nosotros, con lo que evidencia una falta que nos constituye, pero también nos relaciona con otros.

Además del marco teórico ya comentado, el libro quiere establecer un diálogo con críticas y prácticas culturales que desde España analizan muchos de los problemas aquí presentados. Una de las consecuencias más lamentables del énfasis en el consenso es que parece haber una unanimidad de opinión sobre ciertos asuntos cuando la realidad es, siempre, mucho más compleja y diversa. Mi visión de la cultura española contemporánea, de los debates identitarios actuales, así como de las consecuencias de la crisis y las alternativas a las formas tradicionales de entender lo común y la comunidad nacional, se ha beneficiado de la lectura de ciertos autores. Debo destacar particularmente el trabajo de Amador Fernández Savater, que también ha usado las teorías de Rancière para analizar la democracia consensual española y que es alguien que toma bien el pulso no solo de la España que tenemos, sino de la que muchos querríamos construir. Guillem Martínez, como ya he dicho, dio nombre a un tipo de lógica cultural (la CT o Cultura de la Transición) predominante en el periodo que analizo. Sus críticas, hechas en tono humorístico y en un estilo diferente al tradicional en el ensayo académico, causan irritación en ciertos sectores, pero me parecen bien fundadas y muy perceptivas. Considero fundamental también la labor de Josep Ramoneda, tanto en sus libros como en sus artículos de opinión y en su más reciente proyecto, la revista La maleta de Portbou. Mi interpretación de la política cultural del estado español democrático es deudora de los incisivos análisis de Jorge Luis Marzo y mi visión del nacionalismo español coincide a grandes líneas con las premisas de Carlos Taibo y X. M. Núñez Seixas. Conocí el excelente trabajo de Marta Segarra cuando este libro ya estaba terminado, pero comparto sus premisas teóricas y su concepción de la comunidad, así como su interés en considerar la manera en que el género y la sexualidad inciden en los modos de pensar lo común. De más está decir que los autores aquí citados no comparten necesariamente mis interpretaciones y no tienen responsabilidad alguna por la forma en que interpreto su trabajo.

Los datos y las citas aquí presentados son rigurosos, y por eso he querido incorporarlos tanto en notas como en una lista de obras citadas al final, para facilitar su consulta. Mi deseo ha sido que el libro fuera accesible no solo a académicos, sino también para un público más amplio. Soy consciente, sin embargo, de que en ocasiones el aparato teórico crea una cierta densidad en la escritura que espero haber podido aliviar con el uso de ejemplos pertinentes. He querido también romper con la aparente neutralidad del lenguaje académico, sobre todo el habitual en el ensayo anglosajón, y escribir con un estilo que no esconde mis propias posiciones ni está exento de afectividad.

La mayor parte de este libro se escribió en Estados Unidos, de ahí que la mayoría de las obras citadas en traducción lo sean por su versión inglesa que, en la mayoría de los casos, era la más accesible. En ciertos casos, cito también la edición en castellano, como ocurre con la obra de Žižek, disponible en español en traducciones excelentes de la editorial Akal.

El libro se divide en cinco partes, la última de las cuales funciona como «coda» de las anteriores, ya que se refiere al periodo 2011-2013. La primera parte, «El estado de consenso y la fantasía de la normalidad nacional», presenta la premisa teórica sobre la que descansa el análisis, la consideración de las fantasías que sostienen la política democrática española y los elementos que funcionan como excedentes de la plenitud de lo español. Asimismo, desarrollo los conceptos de consenso y disenso, y planteo la forma en que el ideal del consenso se ha establecido como representativo de un bien común gestionado desde el estado. Mi conclusión, basada en las teorías de Rancière, Mouffe y Žižek, es que la política no consiste en distribuir, ordenar y gestionar las cosas como ya están planteadas, sino en reconocer la parte sin parte que no tiene representación y, con ella, el desacuerdo y el litigio, lo cual implica la posibilidad de reconfiguración del orden social existente.

El segundo capítulo, «Razón de estado: la cultural nacional y el imperativo de cohesión», continúa el argumento en el contexto de la política cultural de la última década. En efecto, en la España democrática, el estado de la cultura ha sido, en gran medida, equivalente al de la cultura del estado, que la ha subvencionado generosamente y cuyo objetivo principal, declarado de forma explícita y oficial, es la cohesión social y nacional. Analizo, en ese contexto, la manera en que desde el estado se han leído ciertos autores y producciones culturales, borrando la complejidad de su localización y trayectoria original para ser integradas en un todo abarcador del que se quieren borrar los marcadores ideológicos. El tercer capítulo, «Unidad de destino en lo universal», analiza la manera en que desde el estado español (del signo político que sea) se establece como imperativo categórico el hecho de que la cultura oficial representa un sentido común profundo, una «coincidencia en lo sustancial» que une a todos los ciudadanos de manera natural, y que además se caracteriza por una proyección universal incuestionable. En ese contexto, planteo las implicaciones a la aspiración y presunción de universalidad de una determinada cultura. En el cuarto capítulo, «El ruido y la Furia Roja: el estado del goce español y sus puntos de adhesión», analizo el concepto de «goce» nacional en el marco de las reacciones provocadas por el éxito de la selección española de fútbol en el Mundial de 2010 y la posibilidad de una democracia «sensible», en la que se movilicen de forma positiva los afectos que inevitablemente funcionan en las identificaciones identitarias y sociopolíticas. Finalmente, el capítulo quinto funciona como una especie de recapitulación y coda, puesto que se refiere al periodo comprendido entre 2011 y finales de 2013. En él analizo lo que denomino las cuentas erróneas de la democracia, que no tienen que ver tanto con las cifras equívocas, ocultadas o manipuladas de la realidad económica, sino con la idea de Rancière de que la esencia misma de la política implica el cómputo erróneo de las partes del todo. A partir de esa premisa, planteo que la conflictividad social visible en las calles españolas, que el gobierno intenta reprimir por medios policiales y legales, es la manifestación de un intento de redistribución de las partes de un todo cuya legitimidad y funcionalidad empieza a cuestionarse de forma consistente. La hostilidad y la descalificación gubernamental a esa masiva presencia ciudadana en las calles demuestra que las nuevas demandas de la ciudadanía se entienden como algo «fuera de lo común», ruido político que impide el normal funcionamiento de las cosas. Mi premisa es que en pleno apogeo de la crisis económica y con la ciudadanía en un estado de indignación patente, la fantasía de normalidad democrática ha empezado a mostrar sus propias fracturas estructurales. En su lugar, vemos una involución, un retroceso a retóricas y políticas de gesto incuestionablemente autoritario, que se justifican además en nombre de la singularidad de la situación española: sea esta su necesidad de castigar adecuadamente al terrorismo etarra, la dificultad de defender de manera contundente sus fronteras con Marruecos, o de defender como progresistas la práctica derogación de la ley del aborto y la defensa de los derechos del nasciturus. Finalmente, concluyo con una reflexión, inspirada en la teoría sobre lo común de Roberto Esposito, sobre la posibilidad –y las consecuencias– de atravesar el territorio de las fantasías ideológicas nacionales y crear un nuevo concepto de comunidad que no requiere sumar más a lo mismo, sino restar: a los modos de ser que limitan nuestra relación con los demás; a los marcos conceptuales que limitan las preguntas que nos hacemos para establecer los lugares comunes de nuestra pertenencia.

El análisis aquí desarrollado cuestiona también explícita e implícitamente la idea predominante en la España democrática de la cultura como «marca», esto es, como estrategia de visualización y consumo de un producto reciclado que se tiene que presentar como singular e intransferible. Por el contrario, entiendo con Raymond Williams que la cultura es algo «ordinario», esto es, una serie de prácticas que no siempre son singulares, sino habituales y cotidianas. Entendida en ese sentido amplio, «cultura» no implica una taxonomía de textos, figuras, u objetos, sino perspectivas, interpretaciones, relaciones materiales y afectivas con lo que se identifica con una comunidad determinada. Parto también de la premisa, tan característica de la práctica crítica de Žižek, de que la verdad, lejos de ocultarse en rincones en los que solo puede indagar el especialista, está a la vista, en la apariencia. Desde ese punto de vista, mi archivo lo constituyen una multiplicidad de prácticas culturales del periodo que me ocupa: el ensayo político e histórico; las historias de la literatura; la producción literaria y artística; los artículos de opinión de la prensa diaria; las campañas publicitarias oficiales o privadas; los debates televisivos y radiofónicos; las campañas políticas de los principales partidos nacionales. Desde ese punto de vista, estudio no solo las manifestaciones culturales de un determinado momento o la forma en que se articulan oficialmente, sino también la manera en que se interpretan afectivamente, o, por decirlo con la famosa formulación de Williams, su «estructura de senti­miento»16. Parafraseando a la crítica Lauren Berlant, autora de una serie de libros brillantes sobre las fantasías de pertenencia en la cultura norteamericana, reconozco estar interesada en la generalización: utilizo casos concretos y documentados como ejemplos de la forma en que lo singular se convierte en general, o lo ejemplifica debido a su resonancia más allá del contexto que le da origen. De manera inversa, también me interesa la forma en que la conceptualización de «lo general» y el todo subsume o anula lo singular.

Este libro no quiere ser tanto una aportación más al interminable debate sobre la idea de España, aunque, en cierto modo, inevitablemente lo sea. No quiere ser tampoco un recuento exhaustivo de los grandes debates que marcan la política estatal y se discuten en los medios de comunicación. Quiere ser más bien un cuestionamiento de la lógica cultural y política que se moviliza a través de dichos debates. Como todo análisis cultural, el aquí desarrollado implica un posicionamiento político y aspira a ser también una intervención, un compromiso con la posibilidad de reconfigurar una determinada situación. Es evidente que en la gravísima coyuntura que atraviesa el país hay una necesidad de pensar y analizar en lo que nos ha traído hasta aquí y en discutir posibles soluciones. La gente quiere respuestas, pero también parece entenderse que para llegar a ellas necesitamos hacer preguntas diferentes y situarlas en marcos interpretativos también diferentes. Este libro quiere plantear algunas de esas preguntas, y no es casual que una parte de su armazón teórico sea el psicoanálisis, que consiste precisamente en analizar la realidad a partir del cuestionamiento, no de la afirmación. Las constantes alusiones a la «normalidad democrática» y al «Estado de derecho» del discurso político; la asociación de dicha normalidad con bajos niveles de tensión o con la resolución de los conflictos siempre apelando a un consenso que excluya «la ideología»; las llamadas de atención sobre fracturas que ponen en peligro la existencia misma de la nación y que hay que soldar precisamente para que la democracia no peligre; la defensa tautológica de la unidad de España; la visión de la cultura como lugar de encuentro y unidad de destino: todo ello forma parte del discurso y la lógica del consenso, que ha instituido el sentido común de la democracia española. Todo ello forma parte de un tipo de discurso y una lógica que se integran a su vez con la evolución de las democracias occidentales desde finales del siglo pasado (en esto y por una vez, España va en sintonía con el resto del mundo occidental). A qué responde ese tipo de discurso, qué función ejerce, quién se beneficia de su repetición y cuáles son algunas de las alternativas posibles a esa forma de pensar lo político, la ciudadanía y la cultura, será precisamente lo que se desarrolle en las siguientes páginas.

Luisa Elena Delgado,

Champaign (Illinois)-Madrid-Barcelona (2014).

1 Jacques Rancière, El desacuerdo. Política y Filosofía, Buenos Aires, Nueva Visión, 1996.

2 Steven Corcoran, introducción a Dissensus: On Politics and Aesthetics, Londres, Continuum, 2010, p. 5.

3 Jacques Rancière, Dissensus: On Politics and Aesthetics, cit., p. 5.

4 Yannis Stavrakakis, La izquierda lacaniana, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica Argentina, 2007, p. 296.

5 Amador Fernández-Savater, «La cultura de la Transición y el nuevo sentido común», Rebelión, 22 de junio de 2013.

6 Aunque el uso del término sea el mismo, no quiero equiparar los intentos de normalización de las culturas gallega, catalana y vasca a principios de la democracia con el empeño normalizador del estado español. Aunque creo que todo proceso «normalizador» depende de una lógica problemática, no es lo mismo intentar normalizar una cultura minoritaria y que ha sido reprimida que insistir en imponer una única versión de una cultura nacional que no se encuentra en absoluto en situación de precariedad. Sobre las limitaciones de la normalización en Cataluña, véase el excelente análisis de Josep-Anton Fernàndez, El malestar en la cultura catalana, Barcelona, Editorial Empúries, 2008; análisis que se ha continuado también en el proyecto de investigación «Funcions del passat en la cultura catalana contemporània: institucionalització, representacions i identitat» (FFI2011-24751), asociado al grupo «Llengua, cultura i identitat en l’era global» de la Universitat Oberta de Catalunya.

7 L. Elena Delgado, «Settled in Normal: Narratives of a Prozaic (Spanish) Nation», en Teresa Vilarós (ed.), Nationalisms, citado en Arizona Journal of Hispanic Cultural Studies 7 (2003), pp. 117-132.

8 Slavoj Žižek, Looking Awry, Cambridge, Mass., MIT Press, 1991, p. 40.

9 Y. Stavrakakis, La izquierda lacaniana, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica Argentina, 2010, p. 232.

10 Jacqueline Rose, «Just, Lasting, Comprehensive», en The Jacqueline Rose Reader, Durham, Duke University Press, 2001, p. 154.

11 Begoña Aretxaga, States of Terror, Reno, Universidad de Nevada, Reno, Center for Basque Studies, 2005. Josep-Anton Fernàndez, El malestar en la cultura catalana, Barcelona, Editorial Empúries. 2008.

12La Razón, 19 de enero de 2014.

13 Centro de Investigaciones Sociológicas, datos de febrero de 2013 [http://datos.cis.es/pdf/Es2978mar_A.pdf].

14 Agradezco a Germán Labrador Méndez esta referencia, incluida en su artículo inédito «“Ends of the world as we know it”. Cómo hacer historia cultural de la España contemporánea desde la temporalidad de crisis», presentado en la Modern Languages Association Conference en enero de 2014.

15 Slavoj Žižek, El Sublime objeto de la ideología, Madrid, Siglo XXI de España, 2010, p. 47.

16 Raymond Williams, Marxism and Literature, Oxford, Oxford University Press, 1977 [ed. cast.: Marxismo y literatura, Buenos Aires, Las Cuarenta, 2009].

I. El Estado de consenso y la fantasía de la normalidad nacional

«We had fed the heart on fantasies

The heart’s grown brutal from the fare,

More substance in our enmities

Than in our love»

W. B. Yeats, «Meditations in Time of Civil War».

«Un estado nacional homogéneo aparece entonces como algo normal; un estado al que le falta dicha homogeneidad tiene una anormalidad, algo que hace peligrar la paz.»

Carl Schmitt, Teoría de la Constitución.

«Y la noción de “status”, que evocaba una combinación de inmovilizaciones satisfechas de sí mismas: los tres estados, el estado español, estar en buen estado, mujeres en estado. “estado” era un término del régimen: la nave del estado, el hombre de estado, el perfecto estado de salud de Su Excelencia… Toda una semántica de estado que se colaba como un aire frío por cualquier rendija.»

Álvaro Pombo, El metro de platino iridiado1.

En 1997, apenas empezada la andadura en el gobierno del Partido Popular y su dirigente José María Aznar, Pedro Almodóvar estrena con éxito la película Carne trémula,