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Tomás Alcoverro, el decano de los corresponsales españoles en Beirut y embajador entre dos mundos, nos transporta al otro extremo del Mediterráneo para explorar el Líbano, laberinto de civilizaciones que un día fue conocido como "La Suiza de Oriente Medio".
Edición digital actualizada de esta obra de referencia sobre el Líbano, con los últimos acontecimientos del país (desde la explosión de los silos del puerto de Beirut, a su crisis financiera y política) y con nuevos personajes y crónicas.
Precio especial de lanzamiento, ¡duración limitada!
El mítico corresponsal y uno de los periodistas internacionales más premiados de nuestro país, nos muestra el Líbano lejos de visiones occidentalizantes y exotismos, transmitiendo con su estilo vivaz, preciso y preciosista su compleja realidad.
A través de rutas por el país, perfiles biográficos y reportajes políticos, culturales y sociales, Alcoverro se convierte en el mejor guía de un viaje que nos ayudará a conocer uno de los países más fascinantes del mundo actual: el Líbano, laberíntico estado donde árabes y cristianos conviven en una particular idiosincrasia que ha enamorado a miles de viajeros.
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Seitenzahl: 231
Veröffentlichungsjahr: 2023
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La noria de Beirut
Tomás Alcoverro
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte.
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU.
Primera edición impresa: abril de 2018
Segunda edición impresa: abril de 2018
Primera edición digital: agosto de 2023
© del texto: Tomás Alcoverro
© de la foto de portada: kateafter / iStock
© de la foto del autor: Wissam Hojaiban
© de esta edición:
Editorial Diéresis, S.L.
Travessera de les Corts, 171, 5º-1ª
08028 Barcelona
Tel: 93 491 15 60
Diseño: dtm+tagstudy
Impreso en España
ISBN libro: 978-84-946289-9-3
ISBN ebook: 978-84-18011-42-9
IBIC: HBJF1
Depósito legal: B 5345-2018
Todos los derechos reservados.
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los autores del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento informático, y su distribución mediante alquiler o préstamos públicos.
editorialdieresis.com
Twitter: @EdDieresis
Índice
La ciudad que siempre renace
Étranger parmi les étrangers
El día que tembló Beirut
Beirut, la verdad oculta
Beirut como obra de arte
La burbuja
El antiguo bar de los espías del Oriente Medio
La meca de los secuestradores
Guerra y télex en el Commodore
El desierto de los autobuses
Vinos en el hipódromo de Beirut
La fuentecilla de Hamra
Elegía por el Café de los Espejos
La sombra de los judíos
Pobres chicas las que tienen que servir (en los países árabes)
Basuras confesionales
La frustración de Sabra y Shatila
Revuelo por De Gaulle
Por la patria de Adonis
El mito de Adonis
El istmo de Alejandro
Centinelas invisibles
Visita a la isla desconocida
Yezin sueña con otra Alhambra
De la fuente del Orontes a Baalbek
El corazón cristiano
Navidad a pesar de todas las guerras
Personajes
Darío, el último ermitaño
El dólar, rey del Líbano
El guardián de la Beqaa
Joseph Iskanian, o la pasión por la guitarra española
Adiós a Maite y Faruk
Mi amigo, el profesor Roncaglia
«Llámame Mila»
Pequeña historia española beirutí
Sabah, dama de la canción
La estrella erótica de los árabes
De Molins de Rei al palacio del rey
La vida sin cedros
Elegía de los cedros
Un país sin pájaros
El aire del Líbano
El invisible tren
La olvidada aventura espacial
Soluciones a la libanesa
La Suiza que no fue
Una película que divide
La sonrisa que frenó a un imperio
La guerra subterránea
El país de Hizbulah
Morir por las ideas
Los herederos de Biblos
Biblos y el alfabeto fenicio
Decadencia de los calígrafos
Said Akl, ha muerto un cedro del Líbano
Joumana Haddad, la asesina de Sherezade
Adiós al diario progre
La voz francesa
La guerra no ha podido con la palabra
La atracción de Beirut sobre las escritoras
Colofón
La nueva cuestión de Oriente
Lamento por el Levante
En el hospital
Me resisto a escribir una elegía de Beirut
El autor
La ciudad que siempre renace
Étranger parmi les étrangers
Gira y gira la noria de Beirut. Con una suave sirena anuncia el inicio del movimiento de su gigantesca y vieja rueda, con sus pequeñas cabinas amarillas y azules, sobre este paraje marítimo de la ciudad. Construida por la familia Rifai en un parque de atracciones decrépito y casi cutre, funcionó durante tres lustros de la guerra civil libanesa, interrumpiendo su incesante girar en algunos de sus periodos más feroces y cuando fue arrastrada por una impetuosa tempestad de arena procedente del África.
La especulación inmobiliaria ha erigido rascacielos, altos edificios residenciales sobre la Corniche (o paseo marítimo) de Rauche, donde todavía quedan restaurantes populares como Al Rauda, Arus el Bahar, o el Sporting Club con su terraza de madera renovada, uno de los lugares más amenos de estos barrios del centro de la ciudad cabe al pequeño estadio de fútbol de Nehme, bajo la ladera rocosa con un puesto de vigilancia del ejército.
Es pequeño el recinto de este parque de atracciones, el primero que se levantó en el Líbano, construido en la década de los 60 del esplendor de Beirut, entonces la ciudad alegre y confiada del Mediterráneo oriental. Familias, sobre todo musulmanas libanesas y sirias, acuden con sus hijos los días festivos, especialmente los domingos, a sus despintados autos de choque, su modesto tiovivo, sus montañas rusas. Todas estas atracciones fueron adquiridas en Italia al acabar en 1990 la guerra.
Por cuatro mil libras libanesas –dos euros– se puede subir a la noria. Con las nuevas edificaciones, una promotora trata de adquirir este Luna Park vetusto que, en su opinión, «afea la vista desde los nuevos apartamentos de lujo».
Los otros establecimientos vecinos, como el Sporting Club, con sus piscinas y su amplio espacio en la orilla del mar, en el que se descubre la sorpresa de la pintoresca roca de Rauche casi pegada a la orilla, resisten a los proyectos de convertir todo este tramo de costa en un futuro centro hotelero.
Ha pasado mucho tiempo hasta que no he vuelto a subir a la noria de Beirut. Maruja Torres se acordará de aquella vez, durante la guerra, en que nos decidimos a montar en una de sus desgastadas cabinas. La noria es la mejor metáfora de Beirut, con su ininterrumpido girar. Maruja, gran amante de esta ciudad, me telefoneaba a veces desde Barcelona para inquirirse de su buen funcionamiento, ante rumores que a veces se propalaban de que había dejado de girar.
Durante muchos años, he vivido casi sin darme cuenta a su alrededor: en el Hotel Mediterranée, recién casado, en los apartamentos amueblados Marhaba, en mi piso de la calle de Australia, siempre muy cerca del mar… Sólo después de mi regreso a Beirut en 1983, tras estancias en París y en Atenas, me alejé de la noria, de la que, sin embargo, sólo me separa una corta distancia, en el mismo barrio de Ras Beirut, una península urbanizada, cuyo trazado se asemeja a la efigie de una salamandra.
No sólo en el Líbano sino en medio mundo, los edificios y las viviendas adquieren un nombre porque están cerca de una mezquita, de una iglesia, de una panadería, de un hotel. Yo vivo en el inmueble Saad, llamado ahora Mastercard, porque en él se encuentran las oficinas de esta famosa tarjeta de crédito, junto al hotel Commodore. En un primer momento alquilé el piso, en los días de la guerra, porque estaba junto a ese hotel en el barrio de Hamra, menos inseguro que otros del oeste de Beirut y, sobre todo porque el hotel contaba con un servicio de télex en el vestíbulo, uno de los pocos de la ciudad, a través del que se enviaban las crónicas. Hacía años que el teléfono no funcionaba regularmente. El hotel y el barrio fueron muy frecuentados por los corresponsales extranjeros.
Dominando la esquina de las calles de Baalbek y de Jeanne d’Arc, el inmueble es un edificio de buena planta, ahora con su fachada remozada, aunque guarda numerosos impactos de bala, y con guardias privados en la puerta. Había sido un edificio original, habitado por diplomáticos sobre todo franceses, corresponsales de prensa, dos de los cuales, mis vecinos del tercero y del quinto –yo vivo en el cuarto–, Roger Auque y Charles Grass, fueron secuestrados en la década de los ochenta. Era el tiempo en que Irán y sus aliados chiíes locales tomaban como rehenes a periodistas, profesores, residentes occidentales, en el sector musulmán de la capital, con el propósito de forzar a sus gobiernos –Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia– para que no armasen al ejército del rais Saddam Hussein, entonces bien acogido en América y en Europa. Fueron mis vecinos corresponsales como Ignacio Cembrero, mi amigo Javier Valenzuela, el boliviano Juan Carlos Gumucio –que años más tarde se suicidó en Cochabamba–, o la estadounidense Marie Colvin, reconocible por su ojo tapado y que murió veinte años después en la batalla de Homs en Siria.
El inmueble Saad, nombre de su antiguo propietario, negociante libanés casado con una mujer de Damasco, era un edificio original y divertido. Estoy enamorado de mi piso, alegre y armonioso, refugio de batallas y miedo, con tres balcones colgados –sin exageración– sobre la Historia, desde los que he podido escribir a menudo mis crónicas con lo que directamente veía y escuchaba. La esquina fue, alguna que otra vez, lugar de combate de milicianos y el hotel sufrió la lucha de drusos de Jumblat y chiíes de Berri, que se enfrentaban para desalojar habitación tras habitación en una batalla llamada «de las banderas». Yasser Arafat y los jefes palestinos lo utilizaron para sus conferencias de prensa durante la invasión israelí del verano de 1982 y, a veces, para sus reuniones. Entonces el director del Commodore era un palestino. Soldados israelíes y después sirios se instalaron en él. Los del Tsahal, el ejército judío, por un tiempo muy corto; los del ejército sirio, durante varios años.
Una noche de la primavera de 1985, cuando mi amigo Antonio Santacreu y yo bebíamos unos whiskies en el balcón de la calle Baalbek, llamaron al timbre de la puerta, una puerta reforzada con otra de hierro instalada como protección que ahora nunca cierro. La insistente llamada nos alarmó. Tres hombres la franquearon, milicianos a los que reconocí enseguida porque días antes habían irrumpido en mi piso con la excusa de que debían verificar si yo escondía armas.
Uno de ellos, con una boina roja sobre su grasienta pelambrera, llevaba un brazal de la policía del partido de Jumblat. Otro traía la cabeza envuelta en una kefía a cuadros rojos y blancos usada por los fedayines palestinos. El tercero, más joven, iba descubierto. Registraron las habitaciones, buscaron entre los libros de la biblioteca, me amenazaron con que me llevarían con ellos a no sé qué sórdido cuartelillo. El que pretendía ser palestino hizo un gesto para sacar su revólver. En vano les mostré mis papeles: salvoconductos de Jumblat, un carnet de Amal, recortes de unos diarios que anunciaban la conferencia que debía pronunciar sobre Beirut, mi ciudad. Saqué entonces todo el dinero de mis bolsillos y se lo ofrecí con la duda de si lo despreciarían. Los tres milicianos o bandidos se dieron por satisfechos, llevándose además el maletín de viaje de Santacreu. Antes de salir, se despidieron y me besaron en la mejilla. Dijeron que nunca más iban a volver. Aquella puerta de hierro sigue cerrando mi piso.
Años antes, en el invierno de 1976, una familia armenia comunista ocupó durante semanas mi apartamento de Rauche, no lejos del parque de atracciones de la noria, mientras yo me hallaba en Damasco. Cuando llegué, advertido por un amigo de la embajada italiana a través de un mensaje de radio, llamé a la puerta, me presenté –la mujer armenia me reconoció enseguida porque había visto mi fotografía en los álbumes de mi despacho–, introduje mi equipaje, lo dejé en el vestíbulo y me dirigí al salón. Hablamos un poco, les di a entender que podían quedarse en mi casa y que eran mis huéspedes hasta que encontrasen otro alojamiento vacío mejor en estos barrios del oeste de Beirut y que me hacía cargo de su situación de ser víctimas de los milicianos cristianos de la otra parte de la ciudad.
Al día siguiente, por la mañana temprano, aquella familia de refugiados ahuyentada por los falangistas abandonó mi piso llevándose el aparato de televisión y algunos enseres domésticos. «Ha tenido suerte –me dijo el conserje asirio del edificio–, si hubiesen sido palestinos no se habrían ido tan fácilmente».
Soy, hasta ahora, el único español que ha adquirido un bien inmueble en Beirut. Durante los quince años de la guerra civil, la ciudad quedó totalmente desgarrada entre la zona occidental, llamada musulmana, y la oriental, habitada por los cristianos. Una de las consecuencias de esta división fue que muchos libaneses, atrapados en los diversos barrios, optaron por abandonar sus casas para instalarse en las zonas de su comunidad predominante. Cristianos que vivían en la calle Baalbek y en el barrio de Hamra decidieron trasladarse a la otra parte de la capital por razones de seguridad o porque se había extinguido el ambiente que habían disfrutado durante años.
La propietaria de mi inmueble, Madame Saad, se trasladó al lado este de la ciudad porque allí podía continuar con sus habituales costumbres: verse con las amigas, jugar al bridge y, en una palabra, sentirse en su propio mundo. Decidió entonces poner en venta su edificio en plena guerra. ¿Quién iba a comprarlo en aquellos años de incertidumbre completa sobre el futuro del Líbano? Al no encontrar ningún interesado, ofreció los pisos a sus inquilinos y fue entonces cuando, liándome la manta a la cabeza, me aventuré a comprarlo. Mi querido amigo Javier Valenzuela me dijo que estaba más loco de lo que él creía. Mis cálculos fueron que el piso posiblemente sería ocupado por bandas de milicianos, pero que valía la pena arriesgarse. Lo pagué poco a poco y nunca más ningún miliciano lo ocupó.
En aquellos años, Beirut y el Líbano eran un lugar muy apetecible para que los extranjeros, sobre todo del Golfo petrolífero, los príncipes y potentados árabes, adquirieran villas, chalés, edificios, propiedades. Para evitar que todo cayera en manos de extranjeros, se adoptaron leyes que les imponían condiciones para comprar, a veces muy difíciles de cumplir. Una de las palabras que aprendí más fácilmente en árabe es la palabra marshum, decreto. Necesitaba un decreto del presidente de la República a mi nombre para tener el derecho de adquirir un piso.
Después de muchas gestiones a través de un abogado local, de varios años de incertidumbre, el letrado me hizo llegar un mensaje desesperanzador: todo mi expediente estaba en la presidencia de la República y era yo el que tenía que buscar la manera de conseguir la firma del Jefe del Estado, Elías Hrawi. «Usted −me dijo− conoce a mucha gente, es amigo de embajadores españoles y otros diplomáticos; haga usted lo que pueda, porque yo no puedo hacer más».
Traté de que los embajadores, en sus audiencias con el presidente de la República, abordaran mi caso tan especial, insistiendo en que muchos libaneses habían podido adquirir bienes inmuebles en España sin dificultad. Lamentablemente, no conseguí nada hasta que un buen día, un vecino me recomendó a un lejano pariente suyo, que trabajaba como chico de los recados en una oficina inmobiliaria. Me dijo que podría echarme una mano. Se trataba simplemente de empujar los expedientes encima de alguna mesa desbordante de papeles oficiales. De vez en cuando me pedía dinero, sin ninguna factura evidentemente, destinado a sobornar a los funcionarios. Hasta que, un buen día, me advirtió de que necesitaba más dinero porque el empleado con el que había tratado mi asunto estaba a punto de jubilarse. Yo pagué la última suma y agradablemente, poco después, conseguía el anhelado decreto o marshum. Estaba de vacaciones en Barcelona y, muy satisfecho, llamé por teléfono a un buen amigo libanés en Beirut que me hizo el gran favor de recordarme que no olvidara –«Tomás, tú eres abogado»– que ningún decreto ni ley entraba en vigor hasta su publicación en el Boletín Oficial del Estado. Envié los últimos centenares de dólares necesarios para empujar ese último trámite y, por fin, tuve la gran ilusión de ver impreso el título de propiedad. En pocas palabras, pagué tanto por el piso como por la obtención del famoso marshum.
Estoy percatado de que Beirut es una ciudad propicia a los buenos encuentros y de que me sigue insuflando vida. Nadie puede explicar Beirut, aprehenderlo, fijarlo en una cartulina como el entomólogo fija un insecto raro con una aguja. Nadie pudo entender que en esta ciudad, desahuciada durante años, la vida tuviese suavidad, ternura. Al querer definirla a toda costa se abusó del calificativo de «surrealista». «Capital del surrealismo», la llamé yo mismo en mis primeros años de estancia.
Llegué a Beirut en otoño de 1970, cuando nadie podía imaginar que la ciudad se convirtiera en campo de batalla. Estas guerras del Levante se han ensañado con sus más significativas ciudades, no sólo Beirut, sino Bagdad, Homs, Alepo, o la periferia de Damasco, donde el oasis de la Guta ha sido su última víctima. Sin embargo, en 1958 la capital libanesa ya quedó escindida en un sector cristiano y otro musulmán, y la calle Damasco fue su frente inmóvil durante meses.
En aquellos años prósperos, Beirut no sólo era un mito para los occidentales. En El Cairo, en Bagdad, en Jartum, la llamaban «novia de los árabes». No me cansaré de repetir el verso de mi amigo Federico Palomera cuando, siendo secretario de la embajada de España, escribió: «Hay ciudades que tienen nombre de puta exótica». Beirut es una ciudad sensual y vulnerable, occidentalizada y tribal, árabe y mediterránea, hecha de espejismos, con una vitalidad arrolladora.
Who is who in town? ¿Quién es quién en la ciudad? Beirut sufre el vértigo de sus identidades, a veces asesinas. Puerta de Oriente, París del Levante, Suiza oriental… han sido algunos de sus manoseados lugares comunes, que todavía persisten.
Cuando aquella primavera del 75 llegó la guerra, nadie creía en ella. Los combates se contaban como rounds y los luchadores, como si se hubiesen puesto de acuerdo, al llegar el fin de semana descansaban hasta que volvían a empuñar sus armas los domingos al atardecer.
Las colonias extranjeras habían sido muy numerosas en Beirut. Todavía, los principados del Golfo como Dubái, Abu Dhabi o Quatar no se habían convertido en opulentas ciudades-estado globalizadas. Los occidentales siempre fueron muy bien acogidos, yo diría incluso mimados, en Beirut, cuya población presumía de estar abierta de par en par al mundo. La guerra y la división de la capital forzó su salida de los barrios del oeste de población musulmana. El secuestro de rehenes occidentales –el primero fue el del rector de la Universidad Americana de Beirut en enero de 1982– era difícil de explicar, porque no estaban provocados por razones políticas internas sino por la guerra entre Irán e Irak, en la que los gobiernos occidentales armaban al rais Saddam Hussein. La geografía urbana en la que se perpetraron los secuestros era muy exigua. Se extendía desde el aeropuerto hasta el barrio de Hamra (un par de kilómetros cuadrados) llegando a la «línea verde» que dividía dos sectores de la capital y a la corniche de Rauche, donde sigue girando la noria.
La zona Este, dominada por los cristianos, gozó de una mayor seguridad, por lo que gran parte de los extranjeros, embajadas y compañías de Europa y América se refugiaron en sus barrios. Había ciertas leyes sobre el secuestro. Las mujeres nunca fueron una presa interesante para los secuestradores. Algunas partes de la ciudad, como la carretera del aeropuerto, resultaban peligrosas, incluso también ciertos bares, como el Back Street de Hamra, a poca distancia de mi domicilio.
Fui el último español en salir de mi barrio en aquel año aciago de 1986, ante los peligros de secuestro, aunque regresé a mi casa después de muy pocas semanas. En cuatro décadas ha surgido un nuevo Beirut, el de los barrios chiíes o dehaye, que no existía cuando yo llegué, junto al oeste musulmán suní y al este cristiano, y la ciudad ha perdido su corazón.
Siempre me han gustado estos destinos extraordinarios, fascinantes, de ciudades que por un tiempo crean un mundo de relaciones insólitas y en las que cada persona, cada barrio, cada calle, cada rinconada, guardan celosamente su nombre e identidad. Son ciudades como Estambul, como Alejandría o Tánger, seductoras, fulgurantes y codiciadas, a veces con una vida tan intensa que están condenadas a no durar.
Beirut me sigue dando vida y he resistido y he podido regresar a ella tras mis estancias en París y en Atenas. Quizás es que también en Beirut, paraíso e infierno de las identidades, me siento como en la canción de Georges Moustaki, étranger parmi les étrangers.
Beirut, por todo esto, porque estalla en el aire como castillo de fuegos artificiales y queda agarrada firme en la orilla del mar con su noria siempre girando, porque es la frontera entre todos los sentimientos y eso tan superficial que son las ideas, porque es el infierno, la imaginación, la ternura y la esperanza, y surge después de otra aurora roja, porque todos la habían desahuciado y nadie pudo arrancarla de su corazón, Beirut es también mi ciudad.
El día que tembló Beirut
5 de agosto de 2020
En esta noche de verano —los veranos son siempre en Oriente Medio tiempo de guerras, de violencias, golpes de Estado y catástrofes— Beirut vive bajo la dantesca explosión que retumbó en todos los barrios de esta desahuciada capital que antaño había descrito, una y otra vez, como «la ciudad alegre y confiada del Mediterráneo Oriental».
La enorme humareda rojiza que se elevó de un descollante depósito de color blanco del puerto se extendió sobre algunos de sus barrios mientras los edificios casi se tambaleaban hasta el extremo de que Viviane Edde, prestigiosa periodista libanesa que habita en la calle Monot, creyó por un momento que se trataba de un terremoto. «Vi desmoronarse el tejado de una iglesia paredaña, todo se hizo añicos en mi casa, porcelanas, cristales, se descoyuntaron las puertas, dos de mis vecinas quedaron heridas por la fuerza de la explosión, que las lanzó al suelo. El humo no me dejaba respirar. También tuve miedo de que fuese un bombardeo. Sabes que vivimos bajo el miedo de un ataque de Israel, avivado estos últimos días con los incidentes fronterizos».
Al iluminarse el cielo con la gran llamarada escarlata que emanaba de la explosión de los destartalados muelles de Beirut, estaba a punto de abrir la puerta de mi casa. El radio de la explosión me hizo recordar, irremediablemente, aquella que, en el año 2005, provocó el espectacular atentado contra el que había sido primer ministro Rafic el Hariri, sobre el cual el Tribunal Especial para el Líbano constituido por las Naciones Unidas acabó condenando como autor del magnicidio a un presunto miembro de Hizbulah.
Al abrir la puerta, la moqueta del rellano estaba sembrada de añicos de cristales, y a la puerta de mi desordenado despacho le faltaban los goznes. El salón de mi vecina Encarna Ruiz quedó desbaratado. Y en el quinto piso los empleados del banco resultaron atrapados por una puerta que se atrancó con el impulso de la explosión.
Ha sido tan extensa la destrucción en los aledaños del puerto, almacenes, depósitos, viviendas, oficinas, que el mohafez o gobernador describió Beirut como una ciudad «devastada». Las agencias locales de información difundieron imágenes de personas ensangrentadas y escenas de caos. «Vi una bola de fuego y de humo sobre Beirut —dijo un testigo a la agencia Reuters—. La gente gritaba y corría, algunos sangraban. Los balcones se caían de los edificios, las calles estaban cubiertas de vidrios de las ventanas». Un hospital comunicó haber recibido 400 heridos. Al día siguiente, el total era de unos 4.000 y se contaban al menos 70 muertos, pero aún había cuerpos bajo los escombros.
Varias personas a bordo de un buque italiano amarrado en el puerto, el Orient Queen, resultaron heridas y tuvieron que ser llevadas al hospital, según Al Yazira. «El barco está totalmente destruido, los camarotes, la sala principal, todo», dijo a este canal de televisión Vincenzo Orlandini, miembro de la tripulación.
El paisaje de los muelles es como una tierra devastada, con sus depósitos y contenedores quemados. Los silos de grano ardieron durante horas. Ya hace décadas que el puerto de Beirut, que fue origen del crecimiento y desarrollo de esta ciudad en la época del mandato francés, dejó de ser un puerto vibrante fruto de aquellas legendarias escalas de Levante.
Un destacamento de bomberos fue enviado al muelle para apagar un incendio antes de la explosión que resonó en toda la capital, y de hecho la autoridad portuaria de Beirut señaló al canal Sky News que un equipo de bomberos había desaparecido tras la explosión. La Agencia Nacional de Noticias informó de que la explosión —al menos la primera, hubo dos explosiones— fue precedida de un incendio en un hangar de silos de trigo del puerto.
En Líbano, el horrible estruendo se pudo oír a casi veinte o veinticinco kilómetros de Beirut. Sin montañas de por medio, la explosión pudo escucharse desde la isla de Chipre, a 240 kilómetros de distancia.
No se han dilucidado todavía las causas. Uno de los hombres más poderosos de esta república a la deriva, el general Abas Ibrahim, director de la seguridad del maltrecho estado libanés, dijo que se produjeron dos estallidos en un depósito repleto de materiales explosivos que habían sido almacenados desde hace años por sus hombres. En grabaciones de aficionados se pueden ver trayectorias de lo que parecen cohetes en medio de una gran columna de humo, apenas unos instantes antes de la pavorosa explosión. «Hablar de fuegos artificiales es ridículo —dijo Abas Ibrahim—. Parece que el evento tuvo lugar en un almacén de material explosivo confiscado». A este respecto, el ministro del Interior, Mohamed Fahmi, dijo que, según las primeras pesquisas, el almacén en cuestión contenía nitrato que había sido incautado de un barco hace un año.
Por su parte, el canal de televisión Al Mayadin, perteneciente a Hizbulah, citaba al director de la aduana, que afirmaba que varias toneladas de nitrato de amonio habían hecho explosión. Esta última versión recuerda lo sucedido el 17 de abril del 2013 en West (Texas), cuando 240 toneladas de nitrato de amonio de una compañía de fertilizantes hicieron explosión, causando 15 muertos, 160 heridos y daños en 150 edificios, algunos de los cuales quedaron destruidos. La nube de color anaranjado se debería al desprendimiento de gas de dióxido de nitrógeno que normalmente acompaña a una explosión que tenga que ver con nitratos.
Si se confirma esta versión oficial (Beirut siempre ha sido terreno abonado a toda suerte de las más rocambolescas especulaciones, especialmente las que se refieren a la larga mano de Israel, que se apresuró a desmentir tener nada que ver), el desmoronamiento de Líbano no tiene fin. Por culpa de la incuria de sus dirigentes, del mal estado de sus instalaciones portuarias, la ciudad vivió una jornada de pánico como en otros tiempos, de guerra y atentados, nunca olvidados.
Beirut, la verdad oculta
5 de agosto de 2022
Los silos del puerto de Beirut, milímetro a milímetro, se van desmoronando, sin apenas gran estruendo, con fulgores de incendios casi invisibles con su almacenamiento de trigo y cereales, cuando se cumplen los dos años de las explosiones que arrancaron la vida a 270 personas y devastaron el barrio cristiano más alegre y artístico de la capital a las seis de la tarde del 4 de agosto de 2020.
Mientras el Parlamento recién constituido, en cuyos escaños vuelven a sentarse algunos diputados del anterior gobierno acusado por su incuria, por su responsabilidad en aquella hecatombe, tiene intención de desmantelar los silos completamente, grupos de libaneses, incluyendo el respetado arzobispo griego ortodoxo monseñor Audi, con el que pude entrevistarme tras su homilía dominical en la catedral del centro de la ciudad, insisten en que «se conserven para que de esta suerte no se puedan borrar los indicios, las pruebas de aquella catástrofe mundial».
