La nueva ideología - Oscar Pintado - E-Book

La nueva ideología E-Book

Oscar Pintado

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Beschreibung

La ideología alude a la lucha por el poder. En toda democracia hay varias, que luchan por poseerlo. En las dictaduras, una, que busca perpetuarlo. Ideología no es sinónimo de pensamiento, opinión o creencia. Tiende a usar el lenguaje como arma, y por eso hay que criticar sus palabras: a veces se viste de ciencia, y no lo es. Busca hacer creer que el pueblo tiene el poder, que su voto decide, pero luego es ninguneado por oligarquías, y lo paga con desconfianza hacia la clase política. La ideología puede manipular el pasado, retorcerlo, e imponer esa nueva visión mediante la educación. El juego de la paradoja puede sanar el lenguaje y servir de antídoto al adoctrinamiento ideológico. Eso propone el autor en este breve y sugerente libro.

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Seitenzahl: 241

Veröffentlichungsjahr: 2023

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ÓSCAR PINTADO FERNÁNDEZ

LA NUEVA IDEOLOGÍA

Filosofía paradójica

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2023 by Óscar Pintado Fernández

© 2023 by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (versión impresa): 978-84-321-6319-7

ISBN (versión digital): 978-84-321-6320-3

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A Daniel, Carmen, Alicia y Luis

ÍNDICE

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

PARTE 1. LA IDEOLOGÍA

1. EL CONCEPTO DE «IDEOLOGÍA»

Un término confuso

Un poco de historia

Jóvenes, pero sobradamente ideologizados

¿Ideas claras o versos abiertos?

El pensamiento petrificado

Las ortodoxias flexibles

2. IDEOLOGÍA E IGNORANCIA

No me toques la moral

La moral está pasada

Opinar es una suerte

Ante todo, cualquier cosa

Estos son mis principios

Casualidades causales

3. LA PANDEMIA HISTÓRICA

PARTE 2. FILOSOFÍA PARADÓJICA

1. UNA FILOSOFÍA PARA EL SIGLO XXI

Lo que tiene sentido

¿Qué es la paradoja?

La inspiración cristiana y la filosofía del XX

La filosofía paradójica

El arma más estéril

La lógica de la locura

2. EL MÉTODO

PARADÓJICO

Las razones de la razón

Lenguaje, método y poesía

Nietzsche, filósofo cristiano

Paradojas y malentendidos

Un mundo pensado por otros

Una teoría de las buenas prácticas

Pensar de otro modo

3. FILOSOFÍA DE LA EXCEPCIÓN

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Comenzar a leer

PRÓLOGO

ESCRIBO A GUSTO UN PRÓLOGO a este buen libro de Óscar Pintado, no solo porque es mi amigo, que también, sino porque incide, desde otras perspectivas, en algo sobre lo que vengo pensando, escribiendo y publicando desde hace tiempo. En síntesis: la defensa de lo individual para que no sea fagocitado por lo genérico, por las generalizaciones abusivas, por lo «social» o lo «global» como presuntas panaceas de cualquier problema humano.

Eso «social genérico» es el ámbito de la ideología. Alguna vez he escrito una descripción caricaturesca de «ideología»: «Conjunto de verdades, medias verdades, sentimientos, pasiones, imágenes y eslóganes para alcanzar el poder». Deberíamos limitar el término «ideología» al terreno de la política partidista, a la lucha por el poder. Hay «ideologías» plurales en la democracia y hay una «ideología» en los regímenes autocráticos o dictatoriales. En un caso, para lograr el poder. En otro, para perpetuarlo en pocas manos. O en una sola.

«Ideología» no es, por tanto, sinónimo de «pensamiento», de «creencia» y ni siquiera de «opinión» individual. En este libro hay un acertado análisis que distingue lo que son opiniones y lo que son creencias, las religiosas (cuando se dan sin mezcla de ideologías ni de superstición) y las que Óscar Pintado llama «cordiales», las que proceden del corazón que, como bien decía Pascal, «tiene sus razones que la razón no conoce».

Si a veces cuesta entender eso es a causa de lo que Wittgenstein llamaba «la trampa del lenguaje». Que el lenguaje es un instrumento de doble filo se sabe desde hace mucho. Uno de los dichos atribuidos a Confucio reza así: «Si se desea corromper una sociedad se empieza por corromper las palabras». No otra cosa es lo «políticamente correcto» o «socialmente correcto», que es el lecho donde prospera la ideología.

El lenguaje, por su propia lógica, lleva a generalizar. Pero, precisamente por eso, hay que criticar al lenguaje mientras se utiliza. Si se cuela «ideología» como sinónimo de «ciencia», hay que bajarle los humos y dejarla en lo que es, un constructo para la lucha política. Y, a la vez, hay que recordar que la realidad es individual, que cada persona es un mundo, que nadie es sustituible por nadie, porque nadie es más o menos que nadie.

La invasión de lo ideológico (político), como se apunta en este libro, viene de la Ilustración, especialmente de la francesa, porque hubo varias ilustraciones, algunas muy lúcidas y nada sectarias. En la francesa, al menos en algunos de sus líderes filosóficos o ensayistas (Voltaire, Diderot, Holbach, La Mettrie), no en los científicos, se intentó que desapareciera la fe cristiana, sustituida por la pura razón. Esa Razón a la que, en la Revolución francesa, se rindió culto en Notre Dame, encarnada en una mujer cualquiera. Auguste Comte, también citado en este libro, iniciador del positivismo científico como superación de la religión, inventó al final de sus días una religión de la humanidad, inspirada en una dama católica, a la que él amó sin ser correspondido. Y es que la creencia religiosa es inextinguible. Henri Bergson escribió que la religión, por estar presente en todas las culturas, tenía que pertenecer a la estructura del ser humano.

Hay muchos apuntes interesantes en este libro. Uno de ellos es cierto escepticismo sobre el régimen democrático tal como se practica. Por esa línea van hoy los pensadores políticos más independientes y críticos. Con las ideologías democráticas se ha hecho creer que el pueblo tiene el poder. En realidad, el pueblo es periódicamente ilusionado y luego desengañado. Se le hace creer que su voto decide. Decide, indirecta más que directamente, quién puede gobernar, pero después es ninguneado por las oligarquías que acaban formándose en cualquier partido. La ideología fagocita lo real democrático, y pone una venda en los ojos para que eso no se vea. Aunque el pueblo lo paga con la creciente desconfianza y desafección hacia la clase política.

Otro tema tratado en este libro es la manipulación ideológica del pasado histórico: contar la historia y, lo que es peor, imponerla en la educación, no tal como fue (con contrastes, contradicciones, preguntas sin respuestas) sino como se desea que hubiese sido, de acuerdo con la ideología de quienes hacen las leyes de educación.

La segunda parte del libro, Filosofía paradójica, es la pars construens. Supone un importante cambio de registro. Un método que trabaja con la paradoja. Paradoja no es sinónimo de aparente contradicción. La paradoja expresa una verdad que solo se advierte asombrándose del enunciado y volviendo a pensar.

Esta segunda parte pretende dar con la verdad (y sin ese aliento no hay filosofía), no limitando el campo a, podríamos decir, lo académico, sino combinando filosofía (antropología filosófica y cultural) con poesía y fe religiosa. Y todo como una experiencia personal, en la historia, no como un catálogo de enunciados.

No comentaré lo que Óscar Pintado extrae con el «método paradójico», porque la gracia de un libro está en que quien lo lee vaya descubriendo cosas distintas (si las hay; aquí, sí) y vaya, a la vez, haciendo la propia filosofía personal, desde lo que puede parecer una provocación.

Me referí antes, sobre Wittgenstein, a «la trampa del lenguaje». En esta segunda parte, Óscar Pintado va al «segundo» Wittgenstein para hablar de «los juegos del lenguaje», defendiendo que un juego poético del lenguaje podría curar a ese mismo lenguaje de su limitación. Hay realidades a las que solo se accede con el silencio, porque cualquier lenguaje deja —como decía san Juan de la Cruz, paradójicamente con un bello lenguaje— «un no sé qué que queda balbuciendo». Óscar Pintado afirma que también en el silencio habla el lenguaje. Pero es que hay silencios y silencios.

Un último apunte. La filosofía paradójica se propone como una especie de antídoto contra el doctrinarismo ideológico. Así se enlaza esta parte con la primera, como en el mítico símbolo del uróboros, la serpiente que se muerde la cola.

RAFAEL GÓMEZ PÉREZ

INTRODUCCIÓN

HACE AÑOS QUE COMPROMETÍ con unos alumnos de una academia de oposiciones la escritura de un libro de filosofía política. En una de aquellas deliciosas conversaciones que manteníamos en el breve descanso de las clases, solíamos llegar a la conclusión de que era responsabilidad de los filósofos ofrecer ideas políticas. La política y las ideas no son una exclusiva de los profesionales de esta disciplina, sino que nos atañen a todos. La vida en común está en la raíz de lo humano y por ello es intrínseco a nosotros el organizarnos para convivir. Pero las épocas ven nacer nuevas formas de vida, costumbres añejas se pierden y otras llegan para ocupar su lugar. La adopción de hábitos novedosos exige ideas para trazarlos a partir de lo heredado. Tal es la existencia humana, que vive en la cultura como su natural modo de ser.

He tardado más de lo prometido, pero al fin cumplo con lo pactado y entrego este trabajo que no es solo de filosofía, ni de filosofía política. En él he intentado también introducir algo de luz acerca del concepto de «moral», a fin de esclarecer la tesis siguiente: no existe una moral universalmente válida porque la moralidad es algo práctico, no teórico. Pero ello no comporta el que la moral sea personal y no extensiva a una comunidad. Nuestras costumbres son el fruto de la historia que se nos ha dado, no la consecuencia del aprendizaje de unas cuantas recetas teóricas incontrovertibles. Sin embargo, es perfectamente legítimo pensar que hay algo así como una «moral natural». Una serie de reglas no escritas que todo ser humano puede comprender como buenas para cualquier individuo y para cualquier colectividad. Digo que ese punto de vista es legítimo, pero no sé si es indiscutible. Esto no es relevante, a menos que pensemos que la moral es aquello que se ha de imponer a los que no saben cómo se han de comportar. En este sentido, he pretendido decir que entre las diversas posiciones morales hay una que no puede poseer validez. Se trata de la tesis que defiende que nadie puede pretender que exista una moral universal. Este punto de vista se intenta imponer desde algunas instancias políticas y es el reflejo de cómo la moral se ha relativizado hasta el punto de ser sustituida por la gestión política o, más en concreto, por la legalidad. Estamos ante un gazapo racional no pequeño.

No creo, por tanto, que haya una moral universalmente válida pero tampoco que defender esa idea sea ilegítimo. Quien niega la universalidad ética lo hace desde una posición a su vez, universalista, por muy relativista que pretenda ser. Si alguien afirma que «todo es relativo», este enunciado tiene que ser también relativo y, por ende, no es correcta la utilización de «todo». Pienso, insisto, que la moral es una cuestión referida a las acciones, no a las ideas. Tanto en Oriente como en Occidente. Pero mientras que los orientales tienden a extraer ideas a partir de sus modos de vida, los occidentales solemos partir de ideas que ponemos en práctica. Lo que juzguemos como moral o inmoral serán las acciones, en todo caso. O sea, buenas o malas costumbres. La razón de que una acción sea moralmente buena es de índole histórica, en la medida en que se fundamenta en una manera de vivir, en una tradición, una «concepción del mundo». Toda una amalgama de cuestiones que hablan de religión, de lenguaje, de manifestaciones artísticas, de símbolos… Una cultura.

Se podría pensar que, si la moral depende de la cultura, entonces la moral no puede ser universal, puesto que hay diversas culturas. Pues bien, esta es una apreciación cultural, típicamente occidental. De lo que no cabe duda es de que hay mejores y peores costumbres, con independencia de que en una cultura estén más o menos arraigadas. Ofrecer en sacrificio al primogénito, como sucedía en el antiguo judaísmo, es moralmente condenable. Es una mala costumbre, es inmoral. La cuestión es sutil porque estamos acostumbrados a pensar en bruto, en términos de todo o nada. Si no hay moral universal, entonces toda moral es cultural y, por extensión, subjetiva. Este es un mal razonamiento. No hay una moral universal porque toda moral es necesariamente cultural, en tanto que mores significa hábito o costumbre. Pero que las costumbres sean diversas no implica que no puedan ser mejores o peores. ¿En virtud de qué instancia universal? En virtud de lo que significa ser humano, algo que siempre es cultural y que, a la vez, posee un contenido bastante semejante en todas las culturas. Así que, si afinamos un poco, podríamos llegar a entender que no hay una moral universal y sí una moral común. Nunca haremos una ciencia positiva, al modo de la física, para las cuestiones éticas. Pero nunca se impondrá en ninguna cultura que sea bueno matar al padre o torturar al inocente. La teoría lo soporta todo, las prácticas son reales. Esa es la razón de que las discusiones morales en este nivel suelan introducirse en un círculo vicioso. Lo curioso y paradójico es contemplar cómo el relativismo moral es el más doctrinario de los sistemas morales, teniendo el defecto añadido de no hablar de costumbres al referirse a la eticidad, quedándose en la teoría.

Aparte de mi escueta aportación a la cuestión moral, ante todo he creído necesario explicar qué es la ideología, pues estoy convencido de que su presencia y su importancia son crecientes y preocupantes. En las páginas que siguen se expone un intento de profundización en el concepto mismo de ideología para dar con la raíz de la que parte. Si se pudiese hablar de pensamiento ideológico, este vendría a ser como la antesala de la vida anestesiada, cómoda e indiferente, cuando no la causa directa de ella. Sin embargo, no he pretendido hacer una crítica sin más. No es mi intención derribar las bases de la ideología con un afán destructivo, sencillamente considero que la ideología es una fase del pensamiento que se ha de superar. He querido despertar al lector dormido para que piense si la realidad que vivimos está trenzada con los mimbres del ser real y del lenguaje honrado; o si a la inversa, un sueño de pacto social inocuo adormece nuestra capacidad de idear, de pensar por nosotros mismos. Considero que la ideología arruina el pensamiento, además de erigirse a hurtadillas como una ética universalmente válida (me tomo la licencia de usar moral y ética como sinónimos, partiendo de que provienen de un mismo significado de dos términos, latino y griego, respectivamente: mores y ethos, costumbres). Toda la parte dedicada a la ideología persigue aportar algo al pensamiento político y considero que está basada en la época que vivimos.

He intentado aclarar una connotación muy concreta de «ideología», que considero imprescindible rescatar, aunque aquí el diccionario aún no haya asumido tal matiz significativo. A partir de esa aclaración he ensayado una profundización de la ideologización occidental que están viviendo la vieja Europa y las Américas del norte, del centro y del sur. El oficio de la filosofía en ocasiones consiste en anticipar ideas, otras veces parece residir en interpretar el presente. Esta última es mi apuesta, clarificar qué está pasando en nuestro mundo en nuestro siglo. Realizar una lectura de lo que hay, puede servir como ensayo de filosofía política, que no es otra cosa que la reflexión acerca de cómo nos organizamos en la vida social. Pero no he querido olvidarme de una inquietud que me persigue desde hace años y que me divierte enormemente: presentar una alternativa al pensamiento estrecho, a través de la vía de lo poético, de lo paradójico, de lo simbólico, de lo que da que pensar. A ella he dedicado la segunda parte del libro.

Consiste en una alternativa que hoy podríamos llamar «saludable». A mí me gusta llamarla filosofía paradójica o pensamiento poético. Se trata de un proyecto con vocación de continuidad. Brota de la convicción de que pensar es algo tan divertido como contar chistes en una reunión con amigos. El lenguaje y la realidad tienen la mágica cualidad de enredarse para enriquecerse mutuamente. Los malentendidos son una fuente de inspiración, abren la puerta al buen humor y hacen más respirable el pensamiento. Darse cuenta de que nuestra comunicación está inevitablemente impregnada de incontables paradojas supone un punto de partida para pensar de otro modo. Esa misma conciencia además nos puede descubrir que también el mundo tiene diversas caras. No solo el lenguaje es interpretable, la realidad a su vez se muestra en muy variadas apariciones.

La filosofía paradójica no se opone a ninguna forma de pensamiento por no tener un límite claro, a pesar de resultar un antídoto útil a la ideología. Al no ser propiamente hablando, metódica, sugiere sin imponer. Se trata de una invitación, nada hay que pagar. Con todo, vista a la luz de la ideología se hace transparente que el pensamiento es lo que siempre da más de sí. Las paradojas son caprichos del lenguaje y de su significado. Son malentendidos que brotan de la realidad antes y después de surgir en las palabras. Un comportamiento infantil puede ser el más maduro. Una decisión consensuada puede ser la más controvertida. Una piedra preciosa puede ser horrible como un horrible suceso puede ser un espectáculo incomparable (la erupción de un volcán, por ejemplo). Así que he tratado de introducir al lector en un estilo de pensamiento que pueda ser de su utilidad, esto es, que no sirva para nada, exceptuando el beneficio de la propia reflexión. La diversión debería estar asegurada.

Pero la paradoja no solo habita el pensamiento, también el tiempo, el espacio, el alma humana, la moral... Confío en poder desarrollar alguna de estas intuiciones en posteriores entregas.

En fin, la política corre el riesgo de sumirse en las sombras ideológicas, a fuerza de querer tocar el suelo firme, «los problemas de la gente», que diría el otro. La política hoy rehúye la calidez de un lenguaje capaz de elevar el pensamiento, de dirigirse a su cielo, la verdad. Los políticos se alejan entonces de las nubes, donde habitan los significados más hondos, paradójicamente elevados. La verdad poética se evapora conformando esa nube redonda en la que siempre anda distraído el filósofo, dándole vueltas a lo movedizo de la tierra firme. No sé si estamos obligados a elegir entre la ideología a ras de suelo o la poesía en la nube. Yo me siento en el deber de invitar a lo segundo, pues parece demostrado que el suelo político, la realidad tozuda del discurso oficial, quizá se encuentre algo embarrada.

PARTE 1LA IDEOLOGÍA

1.EL CONCEPTO DE «IDEOLOGÍA»

UN TÉRMINO CONFUSO

Es importante destacar que el uso habitual que hacemos del término «ideología» puede llevar a equívocos. En el castellano habitual lo utilizamos de manera indistinta para hablar del conjunto de ideas que conforma el armazón intelectual de una persona o un grupo de personas determinado. Así, decimos que «Pedro tiene su propia ideología» o que «respetamos la ideología cristiana». Hay quien traduce ideología como creencia religiosa o como inclinación política. De ahí que entendamos el significado de «Pepe tiene una ideología religiosa muy radical» o «El Partido Verde tiene una ideología liberal». Sin embargo, considero que esos usos de la palabra, aun siendo correctos según el diccionario, pueden conducirnos a múltiples malentendidos puesto que se asimila la ideología a las ideas. Pero es que la ideología debería entenderse como el estudio de las ideas.

Quizá no dispongamos de un término coloquial para nombrar los conjuntos de ideas o las inclinaciones de fe y esa sea la razón de que utilicemos «ideología» para referirnos a ellos. Pero si nos dejamos llevar por esta tendencia, entonces no habrá manera de distinguir con claridad realidades tan heterogéneas como el armazón intelectual de Kant, la fe de Abraham y el marxismo de Lenin. Por ello, se antoja recomendable discriminar entre «ideario», «doctrina», «mentalidad», «filosofía», «pensamiento», «cosmovisión», etcétera, en lugar de resumirlo —confundirlo— todo con «ideología».

Pues bien, una de las primeras dificultades a que nos hemos de enfrentar en el intento de mantener un rumbo seguro en la cuestión que manejamos es la confusión que suele acompañar al concepto mismo de «ideología». Si nos atenemos a la primera acepción del diccionario, entenderemos que se trata de un «conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.». Esta primera definición, que no tiene en cuenta la procedencia de la palabra del francés, idéologie, tampoco atiende a su significado etimológico, que sin embargo sí es tenido en cuenta en la segunda acepción. Desde este punto de vista, la ideología sería un logos, un saber o conocimiento acerca de ideas. Así es como fue entendida en sus orígenes, a los que me referiré enseguida. Pero antes se hace preciso realizar una matización. Si hemos de aceptar la primera acepción, ¿en qué se diferencia la «ideología» del «ideario»? Puesto que este es definido del siguiente modo por el diccionario de la Academia: «Repertorio de las principales ideas de un autor, de una escuela o de una colectividad». Por tanto, desde una interpretación de lo más natural, las ideologías y los idearios son lo mismo. Se trataría de palabras exactamente sinónimas. Sin embargo, el concepto de «ideología» no debería entenderse como un mero agregado de ideas, al menos si atendemos a la importancia que ha tenido en la configuración de algunos sistemas de pensamiento desde el siglo XIX.

Se hace imprescindible aclarar a qué voy a referirme con ese término a fin de evitar desde el inicio cualquier tipo de malentendido. De hecho, una de las metas que se ha de perseguir es precisamente la aclaración misma del significado de la palabra, para no tener que oír hablar de «la ideología de Aristóteles», por ejemplo.

UN POCO DE HISTORIA

En 1801 un filósofo francés llamado Destutt de Tracy comenzó una obra en cuatro volúmenes que llevaría por título Eléments d’idéologie. A él se debe el concepto del que se viene hablando. Si bien mi afán está muy alejado de la explicación de lo que en su origen fue la ideología, parece imprescindible introducir al menos el contexto en el que nace. Destutt de Tracy fue un digno heredero del enciclopedismo francés, un perfecto ilustrado. Y como tal, un hombre capaz de depositar toda su fe en la fuerza de la razón. Los enciclopedistas como Condorcet o d’Alambert formaban parte de un buen número de intelectuales, filósofos, científicos y hombres de letras que protagonizaron la Ilustración en Francia. A todos ellos les unía una admiración por el método cartesiano. Si bien es cierto que no estaban de acuerdo con las conclusiones del fundador del racionalismo, también lo es que el rigor del método y el intento de hacer de la filosofía una ciencia rigurosa modela la forma mentis de estos autores.

En este caldo de cultivo, Destutt pretende aventurarse en la vasta obra aludida por los recovecos de una teoría del conocimiento o teoría de las ideas en sentido amplio. La ideología conceptualmente surge como una interpretación estricta, literal, etimológica: conocimiento de ideas. Se dice incluso que inspiró el positivismo social de Comte. Y merece la pena subrayar este detalle, porque puede ayudar a comprender que la ideología nace con una vocación sociopolítica: conocer las ideas objetivas que hay detrás del comportamiento social. No hemos de olvidar que Auguste Comte es el fundador de la sociología positiva. Un estudio de la realidad social realizado según un plan perfectamente objetivo o científico. Asegurar una física social para alumbrar la tarea política, podría decirse. Por lo tanto, la ideología en sus orígenes se asocia al intento de hermanar las ciencias sociales con el método propio de las ciencias de la naturaleza y, por concretar más, aplicar el rigor de la física a las humanidades.

Napoleón Bonaparte sería uno de los primeros críticos con esta visión de la sociedad y de la política, y se referiría a la ideología con un sentido despectivo (no en vano, los ideólogos consideraban el despotismo político como una forma de irracionalidad). Pero no se trata aquí de abundar en un concepto que, por lo demás, ha tenido su influjo fundamental en la filología y la pedagogía. En filosofía pasó a tener un sentido diferente a partir del uso que le dio Marx. Para el sociólogo prusiano la ideología es el conjunto de ideas que se encuentran en el trasfondo de la cultura que da lugar a las diferencias sociales. La ideología sería la agrupación de ideas que sostiene la injusticia entre las diferentes clases sociales. Está compuesta por los intereses económicos, estéticos, religiosos, etcétera, de una clase dominante que, a través de dicha estructura de ideas, pretende prolongar el sometimiento de las clases desfavorecidas o marginadas por el sistema. Por ello, no arriesgamos mucho al afirmar que ya Marx contempla un sentido peyorativo del término. Sin embargo, en su intento de transformación social, el autor de El Capital quiere invertir la ideología dominante por un nuevo sistema de ideas. Importa remarcar lo de «sistema», pues ello obedece tanto a la estructura de la filosofía hegeliana —influencia decisiva en el pensamiento marxista—, como su resonancia en el concepto que toma cuerpo en la aludida obra fundacional de Destutt de Tracy. Para decirlo muy sencillamente: en Marx aparece un intento de hacer «científicas» las ideas.

Por su parte, el filósofo político Kenneth Minogue vino a destacar, a fin de desenmascarar el marxismo, que las auténticas ideologías reducen toda la realidad a la existencia de grupos con intereses opuestos predeterminados. Digamos que la crítica de Marx a lo ideológico pasa por imponer una ideología alternativa. Siguiendo al filósofo australiano Minogue, las ideologías interpretan ciegamente el concepto de liberación como eliminación de los intereses contrapuestos. Las ideologías serían falsas racionalizaciones de ideales revolucionarios. En esta línea empieza a aclararse el concepto del que deseo hablar y al que me propongo dedicar la mitad del contenido del presente trabajo.

Existe una especie de diccionario enciclopédico cubano, una página llamada «ecured.cu» en la que, además de un extenso e interesante detalle acerca del término, leemos la siguiente cita, para mi gusto enormemente reveladora: «La ideología puede constituir un reflejo verdadero o falso de la realidad, puede ser científica o no científica. Los intereses de las clases reaccionarias dan origen a una ideología falsa; los intereses de las clases progresivas, revolucionarias, contribuyen a la formación de una ideología científica». Esta ideología que es científica, que se erige en la edificación de la verdad social, religiosa, estética, económica, filosófica y política, tiene su génesis en la sociología de Marx, sobre la que volveré en más de una ocasión.

Así pues, en lo que sigue, y en pos de la claridad, me propongo hablar de ideología para referirme al conjunto de ideas que componen una manera de entender y dirigir la acción política y social, que encuentra su origen en la Revolución Francesa y que posee su momento álgido en la obra de Marx. La ideología es de suyo liberadora, se propone como el único camino posible para la salvación de la sociedad y se reserva para sí un halo de cientificidad, ausente al parecer en otras interpretaciones de la realidad política.

Con el decurso del último siglo, la ideología ha venido a convertirse en un plan para la explicación de la totalidad de lo real. Surgida en el marco de la reflexión sociopolítica, ha terminado por ser una suerte de metafísica o de teoría general del ser humano. De no ser así, considero que no ofrecería excesivo interés. Si la ideología, según parecía proponerse en los años treinta del siglo XX, no pasase de ser la denominación del socialismo marxista, carecería de interés para la filosofía. Pero en realidad, en el primer cuarto del siglo XXI, se ha instaurado en el contexto del Estado del bienestar europeo y, en general, occidental, como el modo de pensar y de vivir más aceptado. Pero no solo en el marco del llamado mundo rico, sino que también se empieza a imponer con enorme aceptación en países latinoamericanos de primer orden. Argentina, Colombia, México, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Perú, Chile… De manera que la ideología interesa hoy a la filosofía de la cultura y a la antropología filosófica, pero se acusa de modo muy especial en los debates políticos y sociales del siglo XXI a escala mundial.

JÓVENES, PERO SOBRADAMENTE IDEOLOGIZADOS

La ideología ha llegado a emparentarse de manera creciente y sorprendente con las modas sociales y políticas. La enjundiosa expresión de lo «políticamente correcto» apunta precisamente a los efectos de la toma de posición de lo ideológico en el ambiente social. Es correcto políticamente lo que no pone en cuestión lo incuestionable, lo que la ideología señala como barrera que no se puede rebasar. Pero ello no es obstáculo para que lo ideológico avance sin freno en un rápido regreso hacia viejas fórmulas. Esto es, la corrección política se encuentra dentro de los límites de lo ideológico en la medida en que los nuevos dogmas se asientan como el progreso. Aunque en el fondo de su interés no hay mucho más que un regreso a antiguas recetas decimonónicas.

En definitiva, la ideología no ha cambiado mucho con los años, pero sí lo ha hecho el nivel de aceptación social de sus dictados, que parecen irrefutables justamente por ser modernos