La pequeña Eve - Catriona Ward - E-Book

La pequeña Eve E-Book

Catriona Ward

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Beschreibung

Premio Shirley Jackson y premio August Derleth a la mejor novela de horror de los British Fantasy Awards 2019. «¿Dónde está Evelyn? Ah, ya me acuerdo. Nos quitó los ojos.» Día de año nuevo, 1921. Siete cuerpos mutilados aparecen en un antiguo círculo de piedras en Altnaharra, una remota isla escocesa. Son "los Niños", miembros de un culto gobernado por una sádica figura a quien llaman "el tío". La única superviviente, Dinah, afirma que los ha asesinado Eve, que se habría ahogado al intentar escapar. Sin embargo, a medida que nos adentramos en la historia de Eve y Dinah hasta la masacre, va surgiendo una verdad más oscura y extraña. La isla es todo lo que los Niños conocen, el tío no permite ningún contacto con el mundo exterior. Pero el mundo está en guerra y alcanza incluso a la solitaria comunidad de Altnaharra. "Un maravilloso cuento gótico." Sarah Pinborough

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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LA PEQUEÑA EVE

CATRIONA WARD

Traducción de Cristina Macía

Para Wolf Alexander Ward Enoch, mi sobrino,que nació el 17 de mayo de 2018.

A ’nighean mar a máthair

«De tal madre, tal hija»

Refrán de las Tierras Altas de Escocia

Dinah

1921

Mi corazón es un pasillo oscuro flanqueado por hileras de tarros relucientes. Cada uno tiene algo flotando dentro. El pasado, conservado como en espíritu. Ahí está el olor de la hierba y el mar; ahí, el traqueteo de las ruedas por un sendero irregular; ahí, el pico amarillo intenso de una gaviota. La sensación de la sangre al secarse en mi mejilla al viento. Abel cuando lloraba por su madre. La mano de mi tío sobre mí. Plata sobre la clavícula blanca. La conciencia de la pérdida, que llega de pronto como un golpe en el corazón o en el estómago, y solo después viaja hasta la mente.

También está ella, claro. Evelyn. Entre las hileras, tras el cristal, flota en el aire de la penumbra. No la busco. Me va en ello la vida.

Después de todo, y contra todo pronóstico, se me ha concedido una oportunidad. Una vida. Da igual qué vida. Tengo gente que depende de mí y yo de ellos. Da igual quiénes sean.

Estoy llena de recuerdos. Tengo que hacer sitio en el pasillo oscuro. Así que me deshago de él. Te lo entrego. Hoy es el día en el que me convierto en lo que soy.

La mañana del 2 de enero de 1921, el silencio despertó a James MacRaith. La tempestad que había azotado la costa tres días seguidos se había calmado. Los tordos y los ampelis piaban en los abedules que bordeaban la angosta calle empedrada de Loyal. Eran las seis y media, y allí, en el norte, aún faltaban horas para el amanecer.

Jamie tenía veintiocho años, gozaba de buena salud y nunca se había casado. Se vistió a la luz de la vela frente al cuadradito de cristal colgado de la pared sobre la cómoda de cajones. Camiseta, gruesos calcetines de lana con polainas, el cuello de la camisa de algodón cerrado con un pañuelo color rojo vivo y un chaleco de pellejo de oveja que despedía un intenso olor a lanolina. Sacó espuma como pudo de un trocito de jabón y afiló la navaja. Se colocó el artilugio dental que rellenaba el hueco de la mandíbula superior con un incisivo y un canino. Había perdido aquellos dientes en una explosión, en Francia. Por último, se puso con esmero los gemelos que le había legado su padre. Eran de plata batida con incrustaciones de marfil cada vez más amarillento. A Jamie MacRaith le habían gustado muchísimo desde siempre. Cuando los tenía en la mano, sentía la oscilación de una trompa larga, el paso ponderoso de unas patas sobre la tierra polvorienta, le llegaba el aroma del hibisco en flor. Los gemelos también le recordaban la muerte de su padre.

En el piso superior de la casita había dos dormitorios. Uno era el de Jamie. El otro había sido el de su padre y estaba desocupado. A veces seguía oyendo a su padre moverse por allí.

Jamie se comió unos albaricoques en conserva que sacó de un tarro. Fumó cigarrillos Woodbine mientras bebía un té bien cargado. Untó con mantequilla dos trozos de pan blanco y espolvoreó azúcar por encima para después envolverlos con cuidado en papel encerado y metérselos en el bolsillo de la chaqueta para comer más tarde. Leyó unas pocas páginas de Tarzán y los hombres hormiga, de Edgar Rice Burroughs. En aquella historia, una raza de personas diminutas hacía prisionero a Tarzán para que trabajara como esclavo en las minas. A Jamie MacRaith le gustaba leer, sobre todo historias de aventuras y asesinatos. Los otros libros que tenía en préstamo de la biblioteca ambulante aquel día de enero eran El misterioso caso de Styles y un manual de instrucciones para construir un motor de carburación.

Jamie cerró la puerta de la casita y escondió las llaves en un montón de tejas que tenía junto a la puerta trasera. En Loyal nadie había cerrado la puerta hasta hacía tres años, cuando fue asesinado el padre de Jamie MacRaith. Fue a buscar a Bill, el poni, al cercado que había tras el gallinero. Las crines alborotadas de Bill estaban salpicadas de cristales de hielo.

Loyal, el pueblo, es una calle bordeada de casas encaladas, en la costa norte de Gran Bretaña. Allí se establecieron en el siglo XIX los escoceses de las Tierras Altas que huían de la sangre y el fuego de las Expulsiones y se dedicaron a recoger algas kelp hasta que acabaron con ellas. La guerra se había llevado a la mayoría de los jóvenes, y ahora era un pueblo de tullidos y viejas que ostentaban los nombres de clanes regios destruidos mucho tiempo atrás. MacRaith, McRae, Buchanan. Aún se lloraba por el pasado. Aún se conservaba el recuerdo de los abuelos.

Jamie guio a Bill, el poni, por la calle oscura que discurría junto al diminuto puerto de Loyal. El olor aceitoso de la sal lo persiguió por el aire frío. Los botes estaban muy por encima del nivel del agua para protegerlos de la tormenta, en la calle empedrada, con el palo bajado y asegurado con maromas. Yacían de costado, y a Jamie le recordaron a monstruos marinos varados en la playa.

A las ocho menos diez ya estaba abriendo la tienda. Hacía dos años que era el carnicero de Loyal, desde que volviera de la guerra. Bajó a la bodega, descolgó del gancho un cuarto de res y lo envolvió en una sábana. Lo arrastró hasta donde había dejado atado a Bill, ante la tienda. Jamie se había pasado meses entrenando al poni para que no se espantara con el olor a sangre, pero, pese a todo, Bill seguía reculando de cuando en cuando. La carne era un pedido del castillo de Altnaharra para Nochevieja, que en aquella zona se conocía como Hogmanay. Llegaba con tres días de retraso debido a la tempestad, y Jamie estaba inquieto por el tema del pago.

Cargó la carne en el poni con un sistema de arneses y sujeciones que él mismo había diseñado y emprendió la marcha por el camino que bordeaba el mar.

No vio a nadie en todo el trayecto. A las nueve, la hora a la que salía el sol en invierno, el mundo empezó a revelarse a su alrededor. Los pájaros volaron en círculos por el cielo que se iba aclarando; las colinas se pintaron de castaño rojizo y gris en su ruta ondulante hacia el norte. En el mar, el sol era una bola de fuego que proyectaba sobre el agua su luz quebrada.

El castillo de Altnaharra se alzaba en la isla del mismo nombre, a cuatrocientos metros de la costa oeste de la península. En 1898, el coronel John Bearings había regresado de la India y viajó hasta el norte, adentrándose en las Tierras Altas, para tomar posesión de su herencia, un castillo casi en ruinas en una isla azotada por los vientos. Reconstruyó el castillo, plantó jardines e hizo instalar colmenas. Dos mujeres lo acompañaron: Alice Seddington y Nora Marr. Acogieron a cuatro bebés, huérfanos arrancados de las muchas comunidades depauperadas de las Tierras Altas. Los habitantes de Altnaharra iban de cuando en cuando al pueblo a comprar cordones para las botas o a reparar los arneses. Los locales los consideraban extraños, pero no se metían con ellos.

Después del asesinato, en 1917, apareció un portón de acero en el paso de piedras que conectaba Altnaharra con tierra firme. Los niños dejaron de asistir a la escuela en Loyal. Las mujeres ya no acudieron más a comprar cordones para las botas ni a recoger madera de deriva en la orilla. Se retiraron, se aislaron.

Los únicos indicios de vida eran las notas corteses que dejaban a los comerciantes en la cesta de alambre que colgaba del portón. «Lana color verde claro, del tono del corazón de una col. Tres agujas de tejer. Tres cuchillos de desollar bien afilados y un ovillo de cordel (grande). Carne para Hogmanay, por favor, madurada al menos tres semanas». La gente de Loyal se había acostumbrado a revisar la cesta al pasar por allí, y en el mismo lugar dejaban la mercancía cuando volvían. El pago aparecía en la cesta sin que faltara nunca ni una moneda.

En Loyal se decía que los residentes de Altnaharra abrían el portón de noche, bajo la luna de otoño, y corrían como salvajes por los páramos, pintados de azul, en busca de almas que llevarse. También se decía que todos habían muerto hacía tiempo y que en la isla solo quedaban los fantasmas. Jamie no daba ningún crédito a estas historias. Los fantasmas y los duendes no hacían pedidos de cordero picado o lana.

Tenía ante él el camino hacia la isla, bajo un par de centímetros de agua centelleante. Se felicitó para sus adentros por haber calculado tan bien el viaje, porque la marea no tardaría en volver a subir. Solo era posible llegar a Altnaharra con la marea baja; si se hubiera demorado, el agua le habría llegado a los muslos a la hora de cruzar.

Pero Bill reculó y plantó las cuatro patas con fuerza, negándose a meter los cascos en el agua. Jamie trató de persuadirlo con un trozo de pan con azúcar que guardaba para almorzar él. Lo acarició y lo amenazó sin resultado. El poni se negó a cruzar. Para no seguir discutiendo con doscientos cincuenta kilos de testarudez escocesa, Jamie soltó el arnés, se lo echó a la espalda con resignación y vadeó hacia la isla.

La tempestad había dejado a su paso un viento fuerte que estuvo a punto de hacer que perdiera el equilibrio más de una vez, cargado como iba con el peso de la carne. Oyó el ladrido distante de las focas. No le apetecía nada caer al agua cargado con cincuenta kilos de res. Los animales que pasaban el invierno en Altnaharra eran focas grandes, fuertes, fieras. Más de una vez habían atacado al sentir el olor de la carne.

A medida que se acercaba, oyó el viento que cantaba contra el portón de acero. Medía cinco metros de altura, se alzaba entre enormes pilares, cerrado con cadenas muy pesadas. Jamie descargó la carne en la cesta. Al darse la vuelta para marcharse, tropezó en las aguas bajas y trató de recuperar el equilibrio agarrándose a un travesaño del portón. La puerta se abrió con su peso y Jamie cayó hacia delante, de rodillas, al agua.

Ante él había una playa azul de guijarros y un sendero que ascendía por una colina de hierba amarillenta de invierno. Las ovejas pastaban lúgubres. Más arriba, la silueta en ruinas del castillo se recortaba ominosa contra el cielo.

Jamie se levantó a toda prisa y llamó en voz alta. Las ovejas se sobresaltaron, pero no acudió nadie.

—Pensé que querían que subiera la carne al castillo —dijo más adelante durante la investigación—, y que me habían dejado la puerta abierta.

Jamie volvió a echarse la carne a la espalda. Ascendió por el estrecho sendero pedregoso. El cielo se iba aclarando para dejar paso al azul gélido de un día de invierno. El mar ondulaba, centelleante. A su espalda, hacia el oeste, la luz bañaba las tierras. Jamie se sentía más y más incómodo a cada paso, como si estuviera entrando en una zona prohibida.

En torno al castillo había un foso antiguo, medio derruido. El rastrillo oxidado estaba bajado a medias. Al otro lado, en el patio, el viento agitaba con violencia unos pañuelos o papeles blancos.

Las púas del rastrillo parecían afiladas, y Jamie no quería meterse debajo porque «parecía que en cualquier momento iban a caer de golpe, encima de mí». Volvió a llamar a gritos. No obtuvo respuesta.

Empujó la carne para pasarla bajo las lanzas de metal y después, de mala gana y con los ojos cerrados, pasó por debajo como pudo, esperando que en cualquier momento el hierro viejo descendiera de golpe sobre sus costillas.

Volvió a llamar ya en el patio, otra vez sin respuesta. Jamie empezó a enfadarse, pensando que tal vez se estaban burlando de él o le estaban tomando el pelo.

Se acercó a la puerta de la cocina y vio que los pañuelos blancos eran en realidad cinco o seis gaviotas que se disputaban los restos de algo. Alzó el puño para golpear el roble y, en aquel momento, una gaviota pasó entre sus piernas seguida por sus congéneres. Soltó a los pies de Jamie MacRaith lo que llevaba en el pico. Resultó ser un pulgar humano, cortado limpiamente por la articulación.

A Jamie empezó a latirle el corazón a toda velocidad. Soltó a toda prisa la carne, recogió el pulgar, lo envolvió en el pañuelo y se lo guardó en el bolsillo. Las gaviotas, furiosas, le lanzaron picotazos a los dedos. Luego, sacó de la carne el gancho del que había estado colgada y lo esgrimió a modo de arma. Abrió la puerta y entró con sigilo en la cocina de vigas altas.

Más adelante dijo que lo había sabido en el momento en que entró en Altnaharra. Allí, en el silencio, respirando aquel aire, supo que estaban todos muertos. Recorrió con la mirada la estancia, la mesa de cocina de madera recia y los fogones de hierro, cuatro veces más grandes que los de su casa. La estufa estaba fría; nadie la había encendido aquel día. En el suelo había un hachuela y un saco de harina rajado. La corriente de aire había dispersado una fina capa de polvo blanco por toda la estancia. En la harina se veían dos series de huellas. Las siguió con cuidado para no borrarlas. Para algo había leído tantas novelas de detectives.

En el pasillo, las losas de piedra estaban manchadas de lodo negro, charcos enteros de suciedad por el suelo, no del todo secos. Jamie advirtió con espanto que el lodo estaba teñido de rojo. En algún lugar, más arriba, se oyó un sonido semejante a un disparo. Más tarde, Jamie contaría a la policía que «todo se quedó helado, se detuvo». Unos momentos después volvió a oírse el sonido, y recuperó la sensatez. Solo era una puerta sacudida por el viento en alguna habitación del piso superior.

Se dirigió hacia la entrada de la sala mayor. Las altas ventanas daban al mar, hacia el este, y el reflejo de las aguas jugueteaba entre las paredes y las vigas del techo abovedado. Le llegó un olor dulzón, fermentado. Las sillas estaban echadas hacia atrás, como movidas a toda prisa, y las velas consumidas en los candelabros. En un rincón, dos gallinas picoteaban hambrientas las losas frías. En el piso de arriba, la puerta golpeó de nuevo con estrépito. Jamie MacRaith tardó un momento en recuperar el ritmo de su corazón para seguir el rastro de lodo y sangre.

Llegó a la puerta que llevaba al este de la isla y salió con alivio al aire, al cielo. Pero había una huella de mano color óxido en el dintel. El sendero bajo sus pies estaba salpicado de gotas oscuras. Llevaba al mar. Lo siguió, como sabía que debía hacer, con una pregunta y una respuesta que se le repetían en la cabeza como una canción infantil casi olvidada. ¿Aquí qué ha pasado? Algo muy malo ha pasado.

Llegó a la cima de la colina, una ladera suave y verde que descendía hacia la mole cálida de una iglesia en ruinas. Más allá estaban las piedras erguidas. Se alzaban como dedos hacia el cielo y proyectaban sombras alargadas sobre la hierba. La piedra más alta, la conocida como Ben el Frío, estaba tirada junto al agujero de donde la habían arrancado de la tierra.

Fue entonces cuando Jamie los vio.

En el centro del círculo de piedra yacían cinco formas dispuestas formando una estrella. Las gaviotas se estaban cebando con ellas. Cuando Jamie se acercó, los pájaros alzaron el vuelo con un batir de alas blancas.

Las formas eran seres humanos tendidos en calma, como en un juego de niños. Los pies apuntaban hacia el centro del círculo y las cabezas, hacia fuera; los cuerpos eran los puntos de la brújula. Estaban envueltos con ropas de lana blanca. Jamie vio los rostros y supo que estaban muertos.

Su primer instinto fue darse media vuelta y escapar. Lo consiguió controlar. El segundo fue vomitar, y se pasó unos momentos sobre las manos y las rodillas. Cuando se recuperó, recorrió el círculo a toda prisa y buscó el pulso en las muñecas. Los corazones no latían. A todos los cuerpos les faltaba el ojo derecho. Las órbitas eran como agujeros rojos, boqueantes.

El cadáver de Elizabeth estaba tendido de este a oeste, apuntando hacia el mar. Su cabeza reposaba sobre la piedra caída. Tenía catorce años. El viento le agitaba el pelo rizado. Junto a ella estaba John Bearings, con la piel como el mármol y la carne rígida, el pelo caído sobre la frente. Le faltaba el pulgar, cortado limpiamente a la altura del nudillo. La siguiente era Nora. El ojo que le quedaba era gris y lo tenía muy abierto. Dinah estaba en el punto más lejano del círculo, y a su lado, Sarah Buchanan, una chica del pueblo. Jamie no sabía qué destino funesto la había llevado a Altnaharra.

Allí estaban todos los habitantes de la isla menos uno: Evelyn no se contaba entre los muertos.

Las gaviotas se volvieron a aproximar con cautela. Una se posó en la cara de Dinah y metió el pico en el hueco del ojo. Jamie lanzó un alarido de terror y corrió hacia el animal, que revoloteó y fue a posarse a un par de metros fuera de su alcance, en el pie de Nora. Jamie la espantó de nuevo entre sollozos, pero, cuando se dio la vuelta, había diez gaviotas más, lanzando picotazos codiciosos.

Jamie corrió en círculos mientras agitaba los brazos. Las gaviotas alzaron el vuelo y se volvieron a posar en oleadas de plumas blancas para esquivar sus ataques inofensivos. Se llenaron la barriga con la carne tierna de los muertos.

Jamie no paraba de gritar, así que la primera vez no oyó que lo llamaban con voz débil. Dinah volvió a llamarlo. Movió los dedos. Tenía el rostro blanco como un espectro y arrastraba las palabras al hablar, se le mecía la cabeza sin control y un hilillo de sangre le corría por la mejilla, pero estaba viva. Jamie la acunó entre sus brazos sin dejar de llorar.

—¿Dónde está Evelyn? —preguntó la chica—. Ah, ya me acuerdo. Nos quitó los ojos.

Jamie MacRaith miró a su alrededor como si Evelyn pudiera acecharlos desde detrás de las piedras o entre la hierba crecida, pero allí no había nada salvo la mañana luminosa.

Jamie volvió a Loyal al galope. El poni temblaba de agotamiento, con las crines largas y empapadas de sudor. La señora Smith, que había salido a la puerta de su casa para reparar una red de pesca, los recibió con mirada atónita. Trató de hacer entrar a Jamie para que comiera algo y se recuperara, pero él se negó, sin dejar de apuntar una y otra vez con el dedo tembloroso: al otro lado del páramo, hacia el este, hacia el mar, como si todas aquellas cosas hubieran hecho algo malo.

—Tienen que ir a Altnaharra —dijo—. La policía. Los han matado a todos. Solo queda Dinah.

¿Aquí qué ha pasado? Algo muy malo ha pasado.

Así sobreviví, aunque en aquel momento no lo habría querido. Me llevaron a Loyal en unas parihuelas. Miré hacia el cielo con el ojo que me quedaba. Las nubes se enroscaban, cobraban formas diferentes. En ellas vi los rostros de los muertos.

La gente fue saliendo de las casas a medida que nos acercábamos a Loyal. Nos convertimos en una procesión. Había ojos y manos por doquier. Me miraban y me pareció que se relamían. Un niño me tocó una mancha de sangre en la camisa con el dedo sucio. Grité. No paré de gritar hasta que estuvimos dentro de la posada, con la puerta cerrada con llave. Aún los oía respirar junto a la puerta. Toda aquella gente. Yo no había salido de la isla desde hacía años.

Me instalaron en una habitación sobre el bar donde guardaban las cosas rotas que querían reparar: un arado, un pichel, una caja de platos, unos estribos de cuero, una peonza con la pintura roja y azul descascarillada.

Un médico viejo me vendó el ojo. Olía a tabaco y a aceite de alcanfor, y no paré de llorar. Es raro que el ojo que no tienes aún pueda llorar.

—Me llamo McClintock —dijo.

Pregunté de nuevo por el tío, por Nora, por Elizabeth. Dije que tenía que ser un error, que no podían estar muertos. Me dijo que sí estaban muertos. Me arranqué mechones de pelo, me arañé la cara. Él me dio leche con algo. Yo no sabía qué hacer y me la bebí. Aquello hizo que me diera vueltas la cabeza y se me colapsara suavemente.

—¿Por qué os quitó los ojos? —me preguntó el viejo.

—Creyó que le darían poder —respondí—. Hace tres años se sacó el ojo ella. Pero no le bastó.

Dejó escapar un gruñido de desaprobación.

—A esas tonterías se van a aferrar. Ya están hablando de las viejas leyendas. Dicen que ha sido la Eubha Muir. —El viejo se levantó con un crujido de huesos—. Ya he cuidado de los vivos. Ahora, a por los otros.

Tonterías o no, quería estar lo más lejos posible de mí.

—Tengo que ir con ellos —dije.

Pese a su oposición, lo seguí y crucé la calle descalza, entre el gentío expectante. Los cadáveres estaban en la bodega de Jamie MacRaith, con la carne de res. Bajé por las escaleras detrás de él. Cuando los vi, empecé a llorar de nuevo. Intenté subirme a la mesa para abrazarme a Elizabeth. El médico no me lo permitió.

—Soy como ellos —dije—. Yo también estoy muerta.

—Bájate. Tengo que hacer mi trabajo. Hay que orear los cuerpos, según el viejo método parisino. No te va a gustar.

—No puedo volver a la posada. Con tantos ojos, con tantas manos…

Me miró con impaciencia y algo de compasión.

—No hay nada que temer —dijo.

—A Evelyn.

—Bah, la atraparán y la ahorcarán —dijo—. O morirá de frío. Nadie le va a dar refugio. No es la Eubha Muir, solo es una mujer mala.

—Quiero quedarme.

El viejo se encogió de hombros, como si dijera: «Lo que quieras; tengo trabajo». Se dirigió hacia el cuerpo del tío, tan blanco sobre la mesa. Hizo una incisión en la carne. El escalpelo refulgía a la escasa luz. Se oyó el siseo del gas al salir del cadáver. Encendió una cerilla y la acercó a la herida. La incisión empezó a arder con una llama verde azulada. Repitió la operación con los pulmones y el abdomen. Transformó a los muertos en velas.

Me tumbé en la entrada del sótano. La droga me estaba haciendo efecto. Todo titilaba; los cadáveres estaban encendidos como velas votivas. Alrededor, los trozos de res se mecían colgados de los ganchos. Yo había cambiado.

Aquí está el tarro con su contenido blancuzco. Ahora es tuyo. Espero que atormente tus noches. Creo que será así.

Puede que no mande esto. Si lo mando, será desde otra ciudad. No vengas a buscarme. Me lo debes.

D.

Evelyn

1917

La puerta se cierra a mi espalda con una nota larga, aguda. Hago una mueca de grito silencioso. Dinah se habrá despertado. Pero sigue durmiendo, con el pelo revuelto sobre los labios entreabiertos, los brazos extendidos como si cayera desde una gran altura.

La miro. Es blanca, con la carne derramada sobre los huesos delicados, como cera, pestañas como las largas sombras de arbolillos al anochecer. Tiene las sienes húmedas y el pelo como un montón de monedas bruñidas derramadas sobre la cama. Este verano se ha vuelto todo ojos y labios, y a veces me pregunto: «¿Quién es esa mujer?». Como si dentro de ella siempre hubiera vivido una desconocida y ahora estuviera saliendo a la luz.

La noche agoniza al otro lado de la ventana abierta. El aire oscuro lleva dentro la promesa de luz. Es ese momento de pausa densa antes del amanecer. Abajo, la niebla pende sobre el mar. Es Su aliento sobre las aguas. Bajo las olas, Su cuerpo lento y pesado se enrosca para avanzar por las profundidades.

—No vengas hoy a por Dinah —rezo—. No quiere.

Dinah gime en sueños. Duerme muy profundo y le cuesta despertar. Cruza la frontera muy despacio.

Si la dejo, Dinah seguirá durmiendo hasta que venga el tío. Se despertará aturdida, y él se mostrará decepcionado. Yo seré rápida y aguda como un cuchillo. El tío me pondrá la mano sobre la cabeza y su calor me recorrerá entera. ¡Eve está despierta temprano! El tío verá por fin que soy su favorita.

Suspiro. Le doy un pellizco en la piel blanca de la cara interior del muslo.

—Despierta, babosa.

Dinah me agarra el brazo con fuerza sorprendente; me clava cinco uñas.

—Eve. —Tiene la voz espesa, lejana—. Éramos conejos blancos. Estábamos encerradas. No podíamos salir. El humarajo estaba con nosotras y tenía los dientes blancos. No sabíamos cuándo nos iba a atacar.

El humarajo es el monstruo de Dinah. Lleva con ella desde que su mente empezó a fabricar sueños.

—Ya es hora, Dinah.

Se incorpora cansina, de regreso, y luego gruñe y se levanta, los pies descalzos sobre las baldosas heladas. La cerilla chisporrotea entre sus dedos; la vela caldea la oscuridad.

Dinah contempla su reflejo en el cuadradito de cristal quebrado de la pared como quien presencia un misterio. Ha empezado a sospechar que es hermosa, pero aún no está segura. Se toca con la lengua el labio superior magullado y hace una mueca de dolor.

—¿Crees que se me habrá quitado para cuando empiece la escuela? Espero que sí.

Cuando Dinah tiene miedo va tan despacio que casi se detiene, centra la atención, se enfoca por completo.

La miro mientras se separa la melena rojiza en cascadas y se la trenza. Cuando termina es como si llevara una diadema. Nora ha enseñado a Dinah a peinarse. Mis dedos se niegan a aprender. O puede que sea que Nora no me enseña. No nos caemos bien.

—Ven aquí, babosa —dice Dinah.

Tiene dedos rápidos y ágiles que me atan el pelo contra el cráneo. Es su manera de darme las gracias. Podría haberla dejado dormir.

Se saca el cuchillo de la manga y se corta un hilo suelto de la falda. Ata la punta de la trenza.

—¿A dónde has ido esta noche?

—He estado durmiendo a tu lado —le digo.

—No —responde—. Fuiste a alguna parte y luego volviste. La puerta hace un ruido que parece un cordero enfermo.

—¡Qué sueños tienes, Dinah!

Me mira con los ojos oscuros muy abiertos.

—Ojalá acabara ya la prueba.

El tío está en la puerta. Su monóculo centellea a la luz de la vela. El tío es menudo, tímido. Camina envuelto en una nube de retraimiento. Tiene los ojos muy jóvenes; la barba castaña y el bigote le salen de la cara como matorrales y casi ocultan las cicatrices de debajo, como piedras de río bajo el agua corriente. Como siempre, cuando aparece el mundo se reajusta, cobra color y detalle.

—Dinah, despierta temprano. Y preparada.

Su aprobación es como una caricia. La veo pasar hacia ella y caldearle las mejillas, dibujarle una sonrisa en los labios. Parece estúpida. El ansia me deja un sabor amargo en la garganta.

—Y Eve, también despierta. —El tío abre los brazos.

Las dos corremos hacia él. Es como si nos estrechara un tigre cariñoso, nos acariciara con el hocico.

—Venga, deprisa —dice el tío—. Ya está aquí el amanecer —canturrea.

Los peldaños de la torreta están desgastados por siglos de pies; las antiguas troneras son ojos de serpiente enmarcados en musgo y helechos. El patio en ruinas está rodeado de almenas inclinadas, como devorado por gigantes. Arriba, el cielo es acerado y lo puebla el canto de las aves. Los conejillos negros corretean por la hierba rala y muestran las patas blancas.

Nos agachamos para pasar bajo el rastrillo oxidado y salir de la protección de los brazos decrépitos del castillo. El viento nos golpea. Es una constante en Altnaharra. El gemido, el ataque constante en los oídos. Ante nosotros, las piedras se alzan negras contra el mar que empieza a iluminarse. Unas son altas, con muescas; otras, anchas y planas, pulidas por el tiempo. Están inclinadas en ángulos dispares. Al acercarnos, cada piedra tira de mí. Pequeños ramalazos de poder. Ben el Frío está inclinado hacia el este. No es la piedra más grande, pero sí la más poderosa. Su voluntad se palpa en el aire.

Vamos cada uno a nuestro sitio, ordenados por edad. Dinah está junto a Abel, que está cerca de los quince ciclos, pero soy casi tan alta como él y no le gusta nada. Tiene la cara muy pálida bajo la mata de pelo rubio, casi blanco. Abel es esquivo. Mira hacia delante, pero su mano acaricia la de Dinah, meñique contra meñique. Ella se estremece de gratitud.

Ocupo mi lugar al otro lado de Abel. Elizabeth, la bebé, va de la mano de Alice. Lleva una cuchara de madera en brazos y la mece como si fuera un animalito suave. La luz tenue transforma su pelo en una aureola. Elizabeth ha visto ya once ciclos de las estaciones, pero siempre será nuestra bebé. No habla. Dejó de hablar hace dos ciclos, de repente, sin más.

Nora y Alice están vestidas de color blanco crema de la cabeza a los pies. Bajo el pico de la capucha las dos tienen el rostro oculto, hermoso. El blanco las asemeja a dos pájaros enormes que comen tranquilos entre los humanos. Todas las chicas vestiremos el blanco algún día.

El aire está pleno, a la espera de color.

El tío le da a Alice miel con las manos. Le saca una perla de sangre del pulgar. Se nos va acercando a todos con la miel y el cuchillo. Sostenemos entre los dedos los glóbulos rojos, temblorosos. La dulce embriaguez de la sangre me recorre.

Un dedo de fuego recorre la bahía y el aire cobra vida. Las siluetas de las piedras se recortan contra el cielo en llamas. El mar es una llanura de cristales rotos.

Dejamos que la sangre caiga a la tierra.

El tío llama a Dinah al centro de las piedras. Ella se adelanta aturdida, estúpida. Tiene los labios entreabiertos, bebe sorbos de aire.

El tío abre la cesta de mimbre que tiene a los pies y la inclina con suavidad. Hércules sale de ella; las ondas plateadas fluyen como un río cuando se mueve. El tío lo coge con las manos. Me fijo dónde pone el pulgar, tras la mandíbula de Hércules.

Hércules se retuerce y luego se queda inmóvil. El tío lo alza, una ofrenda al cielo.

—Cógelo —dice.

Dinah respira hondo. Tiene el rostro congelado. Adelanta las manos temblorosas hacia Hércules. Lo coge por la cola, por el cuello. Mueve los labios. Mira a la serpiente. Trata de entrar en su interior.

Hércules se retuerce y muestra el vientre blanco. Su cabeza es una mancha borrosa. Se oye un sonido como el de una rama verde al quebrarse. Dinah lanza un grito.

El tío chasquea los labios y vuelve a coger a Hércules con delicadeza para meterlo en la cesta.

—Se acabó —dice—. No ha permitido que Dinah vea por sus ojos.

Altnaharra se vuelve real a nuestro alrededor. El canto de los pájaros y el viento. Dinah está empezando a sudar. Se sujeta el brazo con una mueca. Dos puntos brillantes. En torno a ellos, la carne se hincha ante mis ojos.

El tío coge la cesta de Hércules y empieza a subir hacia el castillo.

—Vamos —dice a Nora y a Alice—. Se nos escapa el día.

Se apresuran tras él con un revoloteo de faldas, llevando a Elizabeth una por cada mano.

Dinah se sienta en las piedras haciendo un ruido agudo como una aguja. Le tiemblan los hombros. Me dirijo hacia ella, pero Abel me aparta a un lado. Rodea a Dinah con los brazos flacos y le susurra algo con esa voz que solo utilizan cuando hablan entre ellos.

—¡No llores, Dinah! —le digo.

—Lárgate, Eve —me dice Abel, chillón.

Acaricia la mejilla de Dinah, brillante de lágrimas. Ella no me mira.

Se me cierra la garganta con un nudo espeso, caliente. Dinah es el punto fijo. Cobro forma en torno a ella. Cuando no me ve, me desvanezco por los bordes y no sé qué hacer.

A la luz gris de la cocina, el tío me pone una mano en la cabeza.

—No estés triste por Dinah —me dice—. Eso es ya pasado.

Alice se ríe de algo que le ha dicho Nora entre dientes con su voz profunda. Son vocales extrañas que vienen de lejos. Tienen las mejillas sonrojadas. Cuando el tío las mira se ponen serias, la luz les parpadea en los ojos oscuros. Él les dedica una sonrisa. En los últimos meses, Nora ha engordado mucho. El estómago le sobresale como una roca. A veces se lo sujeta como si le gustara o como si le doliera. El mar ha venido a Nora y le ha puesto dentro un bebé.

Bajamos la vista y nos cogemos de la mano.

—A Él damos las gracias —dice el tío—. Que pronto se enrosque en torno al mundo.

Nora sirve gachas y miel. Cinco bocados. Comemos como las serpientes, poco y rara vez. El hambre nos acerca a Él.

Cuando el tío se acaba las gachas, Nora le trae panceta y champiñones. Su aroma impregna el aire, denso y salado, y se me hace la boca agua. Me pregunto si la carne sabe como huele, a consuelo y dolor a la vez.

Alice y Nora están hablando del circo. Han oído hablar de él en el mercado. El circo de Orde llega a Loyal algunos años, de paso hacia el sur, hacia Inglaterra. Acampan al pie de Ardentinny.

—Un quiromántico —dice Nora—. ¡Una mujer barbuda! ¡Una adivina!

—¿Qué es una adivina? —pregunto. Me gusta la palabra—. Adivina, adivina, adivina.

—Para ya —me dice Nora—. Es una persona impura que finge tener el poder del ojo y lo vende por dinero.

—Eres muy joven y no recuerdas la última vez que pasaron por Loyal —dice Alice—. Tienen elefantes, pobrecitos, y les ponen abrigos como a esos perritos bobos de las viejas de Edimburgo…

Nora le lanza una mirada de advertencia y Alice se pone roja y se tapa la mano con la boca.

—Perdóname —dice al tío.

—¿Cómo son de grandes los elefantes, tío? —me apresuro a preguntar—. ¿Son así de grandes? —Abro los brazos para hacerlo reír.

—Mucho más grandes —responde con una sonrisa—. Venga, a vuestras tareas.

Por supuesto, yo ya sé que el Loxodonta africana tiene una alzada de cinco metros, y el Elephas maximux, de tres metros.

Hoy toca alimentar a Hércules. Hércules es labor para el tío, igual que los pollos lo son para mí, las ovejas para Abel, y Almiar, el poni, para Dinah, igual que Alice nos cura cuando nos caemos y Nora se encarga de las abejas. El tanque de Hércules está junto a la cocina. Cuando hace calor, el tío lo lleva al sol durante el día.

El tío tiene en la mano una rana grande, brillante. Se le mueve la garganta. La deja caer en el tanque de Hércules y cierra la tapa.

La rana mira a su alrededor y da un salto con sus patas fuertes. Hércules se desenrosca, se proyecta hacia delante. Atrapa a la rana en el aire entre sus mandíbulas. La rana sigue pateando. Hércules se disloca la mandíbula inferior y engulle a la rana. Me mira con los ojos rojos.

«Cuando llegue mi día, estaré preparada», le prometo en silencio.

Tras dar de comer a los pollos y recoger los huevos, voy a la costa oeste. La marea se ha retirado y el agua refulge en los charcos, entre las rocas. No me cuesta nada encontrarlo, como si acudiera a mi llamada. Su caparazón redondeado es de un delicado naranja y rosa con toques de verde y azul. Los colores de la carne magullada. Lo levanto con cuidado. Mueve en el aire las diez patas blindadas. Decimos que es un cangrejo de mar, pero tiene un nombre secreto.

Subo con él a mi escondite, sobre el mar. Está rodeado de rocas y cubierto de líquenes, excrementos de gaviotas y algas arrancadas que las tormentas han depositado allí. Hay un intenso olor a pescado muerto. Es terreno de caza para muchos cangrejos de arena. Aquí no viene nunca nadie, solo yo.

Saco de debajo de una roca un paquete envuelto en hule marrón. Es pesado y casi no puedo levantarlo. Acaricio el cuero agrietado. Clases del reino animal y el reino de las plantas, dice el título en letras de oro difuminadas, grabadas en la piel del libro.

Los nombres crean formas maravillosas en la boca. Los animales marinos se convierten en Brachiopoda, Crustacea, Chordata, Loricifera. El reino animal habla de cosas que conozco: focas y caracoles, gusanos y ovejas, todo lo que habita bajo el techo cristalino del océano. Habla también de criaturas que no conozco, forjadas por el calor, la arena y el aire.

Paso páginas hasta encontrarlo. Ahí está. Carcinus maenas. Formo las palabras con los labios.

Encontré el libro en un cofre, en una habitación donde antes había libros. Ahora guardamos allí las redes de pesca. El tío dice que ya no nos hacen falta libros. La verdad y el conocimiento están en el océano. Pero ¿no se puede encontrar la verdad en dos lugares diferentes a la vez?

El libro no es como la escuela, que me hace sentir fría y sola. Esa casita blanca de Loyal donde escuchamos las lecciones del señor MacRaith. El tío dice que tenemos que ir, que tenemos que hacer lo mínimo para que parezca que somos como los otros. Los días de escuela somos huérfanos, niños abandonados que el tío ha acogido. Detesto esa mentira. Me quema en la boca. Es como esconder una luz inmensa bajo arpillera.

Suelto al cangrejo, que se aleja hacia el borde del acantilado.

—Carcinus maenas —digo en voz baja.

Se detiene un instante, atrapado por el poder de su nombre.

Nora apaga nuestra vela y se aleja por el pasillo. La oigo gemir. No me extraña, está tan gorda…

—Eve —dice Dinah a mi lado.

—Ya voy. —Me bajo de la cama, voy hasta la ventana y la dejo entreabierta. El viento silba, mete en el cuarto un dedo helado. Luego abro la puerta una rendija y pongo un taburete para que no se cierre—. ¿Mejor?

—Sí —dice Dinah, y el alivio le recorre la voz como una vena.

Hace frío. En invierno nos despertamos con hielo en los labios. Pero la ventana tiene que quedar abierta. Dinah no soporta estar encerrada. Me meto tiritando en la cama y la abrazo fuerte mientras se duerme. Enseguida es como tener contra mí un cadáver cálido.

La suelto muy despacio, salgo de la cama y bajo a oscuras por el castillo hasta donde duerme Hércules en su cárcel de cristal.

Alguien tiene que ser la Víbora cuando falte el tío, alguien nos tiene que cuidar. Dinah no quiere. Abel tiene corrientes muy hondas en su interior. Ama y odia demasiado, así que no puede ser él. Elizabeth… algo roto dentro de ella, no solo la voz. Tengo que ser yo. Lo supe en cuanto el tío empezó la prueba.

¿Cuántas veces lo hemos intentado? Puede que cien, o hasta más. Nunca hemos conseguido ver a través de sus ojos. Nos ha mordido siempre.

Hércules es parte de Él, que vendrá del océano. Pero también es una serpiente, Vipera berus, una víbora común europea. Yo conozco sus dos naturalezas.

El tío siempre sujeta a Hércules de la misma manera. Sostiene su cuerpo a dos tercios de su longitud. Así consigue que Hércules se sienta seguro. No se mece. Con la otra mano, el tío lo agarra con delicadeza por detrás de la cabeza, de modo que no puede darse la vuelta y morder. Tiene la cabeza inmóvil, y por eso no ataca. Su cuerpo está en calma, así que él está en calma. Y conoce el olor del tío. Por eso no lo muerde.

Las paredes del tanque de cristal brillan a la escasa luz. ¿Hércules está despierto o dormido? Nunca cierra los ojos rojos.

Me saco el cuchillo de la manga. No lo veo en el interior oscuro, pero algo se mueve; es un susurro largo, seco. Parece emanar una sensación. Puede que sea curiosidad.

Me pincho el dedo con el cuchillo, cuesta parar y que sean solo unas gotas. Me llega la sensación agradable, mezclada con incomodidad. Solo la Víbora puede derramar sangre en la isla. Me recuerdo que no es un derramamiento de sangre real. Abel se hace arañazos al trepar por las rocas. El año pasado yo me hice un corte en la mano con el cuchillo. Dinah, Alice y Nora sangran cuando les llegan los días y están siempre enfadadas. Esto no es diferente.

Corro la tapa del tanque. Me imagino a Hércules, abajo, a la espera, la lengua negra como un relámpago en la oscuridad. Me saborea en el aire. Dejo caer la sangre del dedo.

Choca contra el cristal como un puño cuando ataca. Corro de golpe la cubierta para tapar el tanque. Se lanza de nuevo hacia arriba. La cabeza choca contra el cristal.

Llevo treinta y dos noches seguidas saliendo de la cama para hacer lo mismo. Hércules no da señal de estar acostumbrándose a mí.

No vuelvo directa a la cama. Tardo un rato en dejar de temblar.

Alice y Nora van a salir en una misión. Nos reunimos ante el paso de piedras para despedirlas. Se han quitado la ropa blanca. Llevan vestidos corrientes y delantales de arpillera. Parecen esposas de pescadores. Almiar, el poni, mordisquea la manga de Nora con los ojos misteriosamente ocultos tras el mechón de crines negras y pardas. Nora lo aparta de un empujón y se acaricia el vientre hinchado. El tío las abraza. Él nunca sale de la isla.

—¡Volved antes del anochecer! —dice.

Alice y Nora asienten. No hacía falta que se lo dijera.

El mundo cambia de noche. La oscuridad la pueblan cosas malas de los orígenes de la tierra. Tenemos que estar en la isla, a salvo, para cuando el sol se hunde en el mar.

La marea se ha retirado y el sendero de piedra llega hasta la orilla. Alice va a pie, junto a Almiar, tirando del carrito. Nora va montada sobre un barril de pescado en salazón. Hay jarras de leche de oveja, quesos amarillos envueltos en tela, cestos de turbera e hileras de conservas de verano, todo para venderlo en la plaza de Tongue, porque es día de mercado. Se me hace la boca agua con solo verlo. A veces resulta muy duro que casi todos los alimentos que hacemos en Altnaharra sean para el mercado. Pero así son las cosas. Seguimos a Alice y a Nora con la mirada hasta que se pierden en el horizonte.

—A vuestras tareas —dice el tío.

Dinah está pálida. A mí se me retuercen las tripas. Llevamos dos días y una noche de ayuno. Tenemos que estar purificados para mañana. Menos mal que tenemos que recoger peras, y no bucear para pescar almejas como Abel, o cortar leña.

—Esta está mala —dice Dinah.

Aprieto la fruta ambarina con delicadeza.

—Está buena.

Hago ademán de ponerla con las otras. Las peras están conversando, susurran en sus membranas de papel marrón. El aroma blanco que sale de la caja hace que me cante la boca. Bebo un sorbo de agua de la jarra de barro. Eso ayuda un poco.

Dinah me quita la pera de la mano y señala.

—Está agusanada, ha entrado por aquí. ¿Ves? No tiene arreglo. Habrá puesto huevos.

Es una marca minúscula, del tamaño de la huella de una hormiga.

—Es una marca del calor. —Vuelvo a coger la pera—. No es nada, Dinah.

—Pues espero que seas tú y no yo quien le dé al tío una pera podrida de postre.

Siento afán protector hacia la pera.

—Está buena. —Me la guardo en el bolsillo del delantal. Cuando rompamos el ayuno, me la comeré y le enseñaré a Dinah la pulpa blanca y limpia. La pera se aprieta contra mi cadera y bulle de emoción.

Dinah se da media vuelta y se encoge de hombros.

—Dinah, Dinah —canturreo—. Tienes la melena fina. Dinah, Dinah, Dinah, ¡hueles como un pez sin espinas!

Le tiro de una hebra de cobre oscuro que se le ha salido de la trenza y le cae sobre los hombros. Se va a enfadar conmigo, pero cualquier cosa con tal de que no me ignore. Dinah me lanza un papirotazo, pero hace lo que puede por contener la risa.

El árbol viejo cruje con la brisa salada. Algunas ramas bajas tocan el suelo y las hojas hacen cosquillas a la tierra. Hay muchas peras, doradas, gordas. Estos días antes del solsticio de verano han sido soleados. Buen clima para las peras. Pero algo flota en el aire. La brisa trae un aroma tenue.

—Viene tormenta —digo.

—La caja está llena. Si metemos más se echarán a perder. Llévalas abajo.

—No —digo para asustarla—. Yo me quedo aquí a coger más. Llévalas tú abajo.

A Dinah se le estremece la piel entera.

—Por favor, Eve —se limita a decir—. No puedo.

Levanto la caja y voy hacia las ruinas de la colina. Aquí hubo en el pasado una iglesia. La construyeron los impuros. También plantaron el peral. Ya no están y se ha derrumbado; la nave invadida por la hierba ha quedado abierta al aire del mar. Ladera arriba se alza el castillo, que domina la isla como un centinela. En esta misma ladera se encuentran las colmenas. Dentro hay miel, en panales de cera. Cuánto la desea mi boca. Cuánta hambre tengo. Pero la miel solo se puede tomar de la mano de la Víbora.

El pie se me queda enganchado. De repente, mi peso cambia, mi forma cambia en el aire. La tierra se inclina, el equilibrio ya no existe. Me voy a caer, la caja se romperá, y las peras reventarán entre gritos.

Me enderezo como puedo con la piel cosquilleante y doy una patada a las raíces fibrosas. Un arbusto de hojas oscuras y brillantes, con flores del color de un ocaso nublado. Parece que quiere estrangular la tierra. Es el reptador, o así lo llamo yo. El tío trajo al reptador de muy lejos y lo plantó aquí, en Altnaharra. No se parece a ninguna otra planta de la isla. Habla de distancia, de montañas frías donde escasea el aire y solo pueden subir las cabras con sus patas astutas que se aferran a todo. Nunca me ha gustado. Significa que hubo un tiempo anterior a la llegada del tío a la isla, anterior a los niños, anterior a mi existencia. Es una idea terrible, como aventurarse en el espacio.

Junto a las siete piedras, dejo la caja en el suelo y pongo las palmas de las manos sobre Ben el Frío. Hubo otros aquí antes de los Impuros. Los antiguos, los que lo conocieron a Él. Los que hicieron el círculo. Pero desaparecieron hace mucho. Ciclos más tarde, cuando todos habían olvidado ya el propósito de las piedras, los aldeanos trajeron aquí a las brujas para quemarlas metidas hasta la cintura en barriles de brea. Si me quedo muy quieta, en silencio, oigo bajo la brisa el crepitar del pelo al prenderse fuego. A las piedras no les importan los asuntos mortales. No piensan bien ni mal de nosotros. Pero recuerdan.

Muchas vidas han pasado en Altnaharra. Nosotros seremos las últimas.

La bodega es un mordisco de oscuridad en la pared del castillo. Bajo por los peldaños excavados en la roca. La puerta de madera está reforzada con barrotes de hierro y la humedad de las paredes brilla con las rendijas de luz. Los quesos están colgados como hombres muertos. Hay tarros de miel de Altnaharra, bandejas de sal sacada del mar, hay hileras de conservas. Todo preparado para llevarlo al mercado de Tongue. Toco la pera que llevo en el bolsillo. Me imagino sus jugos corriéndome por la barbilla. Me imagino hincando los dientes en un queso de oveja blanco, quebradizo. Pero el tío lo sabría.

La trampilla está en el centro del suelo. Alguien la ha dejado abierta y se ve la oscuridad. ¿Por qué está abierta? Debería cerrarla. No me gusta estar aquí. Solo vengo porque Dinah no puede. A toda prisa, pongo la caja de peras sobre las otras.

En lo alto, el castillo suspira y se mece. Cruje, crepita, suena y se mueve como si pasaran por él un vasto cuerpo oscuro que se le enrosca. Aquí abajo vive también la cosa de los sueños de Dinah. Sale por la trampilla.

Me doy media vuelta y corro hacia el aire, hacia la luz. Subo los peldaños de tres en tres. Recorro la tarde a toda velocidad, buscando el aire en lo más hondo de mis pulmones. No me detengo hasta llegar al árbol inclinado como una araña negra contra el mar, hasta que me llega del suelo el olor a peras rotas y podridas, hasta que me aferro a Dinah y siento cómo se estremece, sorprendida.

—¡Cuidado! —dice—. Que me tiras.

En esos momentos en que bajo la guardia, me recorre el miedo. ¿Será Él terrible cuando surja del océano?

—Es la última.

Dinah se seca la frente. El día se está difuminando y las cosas de la noche empiezan a despertar, porque llega su hora. Hacia el oeste, las nubes se enroscan oscuras en el cielo. Ya tenemos la tormenta casi encima.

Alice y Nora son dos figuras diminutas a lo lejos. Vienen corriendo, con las faldas arremangadas. Almiar trota y mece la cabeza. En el mar, las olas empiezan a ser torres, y las nubes se iluminan con relámpagos blancos a medida que avanza la tormenta.

Dinah y yo corremos mientras la lluvia cae en ráfagas frías, cada vez más rápidas, cada vez más violentas. Abel sujeta el portón del castillo. El viento trata de arrebatárselo y cerrarlo de golpe. Nora y Alice corren por las rocas con el agua hasta la cintura. Media hora más y habría sido demasiado tarde. Me estremezco solo de pensarlo.

Alice ayuda a Nora a salir del mar. El agua les chorrea de las faldas, el pelo, las mangas. Los relámpagos hacen que el mundo entero desaparezca y Almiar relincha. El carrito traquetea colina arriba y entra en el castillo. Nosotras corremos en pos de ellas. Los cascos de Almiar golpean las losas. Dinah lo desengancha y el poni entra al trote en la sala arrastrando la cuerda con la que Alice lo guiaba. Mira con ojos enloquecidos las ventanas. Al otro lado, los relámpagos rasgan el cielo sobre el mar. Abel y Dinah vuelven a salir bajo la lluvia gris, torrencial. Entran con las herramientas y Nora se apresura a secarlas con el delantal. No pueden oxidarse. Abel consigue cerrar la puerta con un golpe que rivaliza con los truenos. Justo a tiempo. La tormenta se desencadena con toda su fuerza, restalla contra las paredes, hace estremecer las antiguas vigas. El granizo golpea contra los cristales.

Corremos a colocar latas y ollas por donde entra el agua mientras Dinah trata de tirar del poni hacia la puerta.

—Déjalo —dice Alice—. Se ha ganado un rato junto al fuego.

Almiar lanza un bocado rencoroso al brazo de Dinah, que chilla y lo suelta. El poni trota hacia el fuego moribundo, donde Elizabeth le echa los brazos al cuello y suspira como si lo hubiera echado de menos durante todo el día. Puede que haya sido así.

Alice pone una brazada de hierba seca ante el poni, que come mostrando los fuertes dientes pardos entre los labios aterciopelados.

Elizabeth tira a Alice de la manga. Se señala la boca y emite un sonido semejante a un maullido.

—No, cariño. —Alice le acaricia la cabeza—. Mañana. Ya lo sabes.