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Todo lo que Rob quería era una vida normal. Y casi la consigue: un marido, dos hijas, una bonita casa en las afueras. Pero bajo este barniz de normalidad, Rob teme por sus hijas: por Callie, que colecciona pequeños huesos y susurra a amigos imaginarios; por Annie, y lo que Callie podría hacerle. Rob ve en Callie algo oscuro que le recuerda a la familia que dejó atrás y decide llevar a Callie a Sundial, la casa de su infancia en el desierto de Mojave. Callie tiene miedo a su madre. Rob ha empezado a mirarla de forma extraña, a contarle secretos de su pasado que la inquietan y la excitan. Y Callie empieza a preguntarse si una de las dos no saldrá viva de Sundial. "No te pierdas este libro". Stephen King
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Seitenzahl: 491
Veröffentlichungsjahr: 2023
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SUNDIAL
CATRIONA WARD
Traducción de Cristina Macía
ALIANZA EDITORIAL
Para Agnes Matilda Cavendish Gibbons y Jackson Blair Miller,los ahijados más deslumbrantes que nadie pueda imaginar.
La varicela me lo confirma: mi marido tiene otra aventura.
Le encuentro la primera ampolla a Annie la mañana de la fiesta en casa de los Goodwin. Está en la bañera y la ventana es un cuadrado azul de cielo invernal. La sombra de las ramas desnudas del sicomoro aparece bien definida contra los azulejos blancos. Annie está sentada en el agua tibia, con las piernas cruzadas. Mueve los labios con una canción secreta que solo oyen los animales de plástico que flotan a su alrededor. Annie nunca se baña a temperatura superior a la de la sangre. No le gustan las cosas muy saladas, ni muy dulces, ni muy ácidas, y en sus cuentos favoritos no sucede nada. Desconfía de los extremos. Me preocupa el físico de mi segunda hija como nunca me preocupó el de Callie. Annie es menuda para tener nueve años. Todo el que la ve cree que es más pequeña. Callie me preocupa por otras cosas.
La fiesta de los Goodwin es una tradición de enero. Como ellos dicen, «toca tunda a la tristeza». Son nuestros vecinos de la izquierda, una familia alegre. Tienen dos hijos muy espabilados, Sam y Nathan, más o menos de la edad de Callie. También tienen amigos interesantes y muy buen gusto para el vino, la comida y el arte. Nuestra familia aguarda siempre con expectación el acontecimiento. En casa de los Goodwin lo pasamos muy bien.
Annie se inclina hacia delante y habla en susurros con el patito de goma que tiene en el regazo. Le veo la columna vulnerable, las pinceladas oscuras de pelo contra el cuello, y se me hace un nudo caliente en la garganta. No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero muchas veces soy incapaz de distinguir el amor de las náuseas.
—Arriba las manos —digo.
Annie obedece, y entonces lo veo: tiene una marquita roja en el brazo. La identifico al instante. Le pongo una mano en la frente, en la espalda. Tiene la piel caliente. Demasiado caliente.
Annie se rasca el sarpullido y le cojo la mano.
—Para —le digo con cariño—. O se te pondrá peor, remolachita.
Deja escapar un bufido consternado.
—No soy una remolacha —dice.
—Entonces eres una coliflor.
—¡No!
—¿Una lechuga?
—¡No, mamá!
Pero deja de rascarse. Mi hija es dócil.
Me doy cuenta de que me estoy rascando el brazo por imitación. A veces confundo el cuerpo de mis hijas con el mío.
Meto a Annie en la cama y abro el armario del cuarto de baño. Son los estantes atestados de una familia ajetreada y con dos niñas. Aparto el jarabe para la tos, las maquinillas de afeitar, los cortaúñas, la medicación de Irving para la diabetes, mis píldoras anticonceptivas, un irrigador bucal que no usamos nunca, analgésicos, una cajita rota de polvos compactos. Voy a hacer limpieza en cuanto tenga un momento. Encuentro al fondo lo que busco: un frasco entero de calamina. Hay una costra de restos secos en la boca del recipiente, pero no está caducada. La compré hace unos meses para el eccema de Callie.
Annie tiene casi 39 y la mirada más perdida que de costumbre. Debería haberme dado cuenta antes. El reflujo de culpa me sube desde el estómago. Se rasca el brazo.
—No, cariño —le digo.
Le cojo unos guantes del cajón, busco cinta adhesiva en la caja de herramientas de Irving y se los pego a las mangas del pijama. Le doy paracetamol y le pongo calamina por todo el cuerpo.
—Rob —me llama Irving desde el piso de abajo. Tiene voz de mañana, ronca—. La avena ya está. —Carraspea, tose—. Y el café —añade.
Me siento al lado de Annie y, por un segundo, me dejo dominar por el agotamiento. La presencia de mi hija menor me resulta tranquilizadora, me hace proclive a la meditación. Irving y yo llevamos mucho tiempo en este tiovivo.
Visualizo mentalmente un árbol de decisiones. Luego, bajo para dar la noticia.
En la cocina, Callie está hablando en voz alta, efervescente.
—Y lo han pillado por la cámara de seguridad de la estación de servicio. Compró el cemento ahí.
—¿Eso quién te lo ha dicho, cariño? —pregunta Irving con cierta tensión en la voz. Casi me da pena. A Callie le encanta hablar de asesinatos durante el desayuno—. ¿Qué has estado leyendo?
—Cosas, por ahí —dice Callie—. A la mujer la absolvieron. Era difícil de demostrar. Le habían inyectado aire, ¡aire, nada más! Em-bo-lis-mo... ¿emblismo? No, embolismo.
Voy con Irving, que está ante la cafetera.
—Annie tiene varicela —le digo en voz baja—. ¿Cómo es posible? ¿Dónde se ha contagiado? Además, está vacunada.
—La vacuna no es cien por cien efectiva.
Irving tiene ojeras profundas y bolsas en torno a los ojos cargados de secretos. Ha pasado mala noche.
—Qué suerte tenemos, somos del uno por ciento —digo.
Sonríe con los labios apretados y sirve cucharadas de avena en el cuenco de Callie, que tiene dibujitos de ciervos que corren por el borde, justo por encima de los copos. Añade cuatro trozos de fresa y vierte por encima el sirope dulzón que a ella le encanta. Le pongo una mano en el hombro a modo de aviso. No te pases. El organismo de Callie no le dice cuándo está saciada. Si no la vigilamos, sigue comiendo hasta que le duele, hasta que vomita. Dos niñas enfermas el mismo día sería demasiado para mí.
Irving se sacude mi mano como un caballo para quitarse de encima una mosca y sigue añadiendo sirope. Le encanta el dulce, pero no puede comerlo. Atiborra a su hija con todo lo que a él no se le permite. Pero luego no se queda en vela junto a su cama por la noche.
Callie, sentada a la mesa, nos está mirando. Ha visto que he intentado evitar que su padre le echara demasiado sirope. Estoy segura. Noto una burbuja de incomodidad que me sube por la garganta. Nunca sé qué está pensando.
—Pobre Annie —dice, y se mordisquea una uña—. Carita triste.
Es una costumbre reciente: habla como esos dibujitos que se mandan en los mensajes de texto. Unas veces me resulta desquiciante; otras, divertido.
Irving le pone delante la avena. Callie es corpulenta para su edad. Tiene la piel dorada; el rostro, ancho y anguloso, y unos ojos verdes siempre apasionados. Habla con esfuerzo, como si la apretaran igual que un acordeón.
—Que se quede mamá con Annie —dice Callie—. Papá, tú y yo vamos a casa de los Goodwin. —Mete el dedo en la avena y se lo lame sin dejar de mirarme—. Gorro de fiesta, copa de vino.
Irving y Callie tienen un club privado, solo para ellos.
Irving me mira con una ceja arqueada. Así me miró en el bar el día que nos conocimos. Es un gesto que antes me aceleraba el pulso. Íntimo. La pregunta silenciosa para la que solo yo tengo respuesta.
—Con la cuchara, por favor —digo a Callie—. No, nena, lo siento. Nos tenemos que quedar todos en casa. Puede que lleves varicela en la ropa. En la fiesta habrá muchos niños pequeños y pueden ponerse malos por nuestra culpa.
—Déjala ir, Rob —dice Irving.
Irving quiere lucir sus galas de fiesta, ser el atractivo profesor de ciencias, arquear la ceja para gente que no lo ha visto ya un millón de veces. Sobre todo, quiere estar con ella en medio de la multitud, cruzar miradas desde lejos mientras hablan con otras personas, dejar huellas húmedas con los dedos en las copas de vino, que el hilo del deseo los una como una hebra de oro. No es la primera vez que lo veo, y sé que no será la última.
—¡Quiero ver a Nathan y a Sam! —dice Callie.
—Puedes verlos cuando quieras. Son nuestros vecinos.
—Si me rompo las costillas, no. Si tengo hepatitis, no. Si bebo lejía y me muero, no.
—Callie, por favor. En la fiesta habrá bebés, mujeres embarazadas, personas mayores. A lo mejor hay niños que no están vacunados. ¿Quieres que se pongan malos por tu culpa? No vamos a salir de casa. Estas cosas se contagian con nada. Si uno de mis alumnos de cuarto pilla la gripe, antes de una semana la pillan todos.
El grito de Callie le nace de la parte baja del abdomen, como el gruñido de un felino grande. Luego asciende como un cohete propulsado y rompe los tímpanos. Es tan alto que parece un puñetazo, tan alto que lo veo subir hacia las estrellas. Irving se inclina hacia ella y le dice algo al oído. Callie grita más alto, más alto, más alto. Miro a Irving a los ojos. Subo una comisura de la boca apenas un milímetro. «Vuelve a desautorizarme si te atreves —le digo mentalmente—. Dile a Callie que vais a ir a la fiesta».
Baja la vista y acaricia a Callie en un hombro mientras le dice algo sobre tortitas. Callie deja de gritar y empieza a reírse entre dientes. Irving y ella me miran, los dos con la misma sonrisa juguetona en la boca. Tienen los mismos labios. Eso es lo que me hace perder el control.
—¡Ya está bien! —grito—. Ve a limpiar tu cuarto. Cambia las sábanas, a ver si así se va el olor.
Callie se tapa la boca con la mano y se sigue riendo. Irving se levanta y empieza a fregar los platos como si la cosa no fuera con él. Le miro la nuca, la zona enrojecida donde al barbero casi se le fue la mano. Me gustaría tirar algo, como hace él. Pero carezco de poder.
Cojo el cuenco de avena de Callie y lo llevo al piso de arriba. Pongo la avena en el sarpullido de Annie. Es refrescante. Posa la mejilla caliente contra mi mano, y me siento un poco mejor.
Le mando un mensaje a Hannah Goodwin. ¡Lo siento mucho! Tenemos un caso de varicela. Mejor nos quedamos en casa. Carita triste. Borro esto último, molesta. La costumbre de Callie es contagiosa. Pasadlo bien. Venid a tomar algo la semana que viene. R.
Lo releo con cuidado y cambio la «R» por «Rob x». Así queda mejor. Así suena normal.
—Nos lo pasaremos bien —digo a Irving y a Callie—. Un día en familia. Películas, juegos, comida china…
Todos ponemos inconvenientes a las propuestas de películas de los demás. Tomamos el camino de la mínima resistencia y acabamos poniendo una que nadie quiere ver, de un hombre al que sigue un conejo gigante que quizá está en su imaginación. Irving se sienta entre Callie y yo y nos rodea a cada una con un brazo. Cada media hora, voy a ver cómo está Annie. Son poco más de las once de la mañana cuando la música empieza a sonar en la casa de al lado. Empiezan también las risas, las conversaciones en tono alegre, sonidos que pronto se convierten en un murmullo febril. En un par de ocasiones nos llega el ruido de cristal roto. Irving sube el volumen, pero la película es tan tonta que ninguno le hacemos caso.
—Voy a la tienda a comprar avena y calamina —dice.
Ya sé lo que significa eso. Lo veo en la manera casi imperceptible en que se le tensa la mandíbula. Irá a la tienda y, al volver, como es natural, pasará por la fiesta a tomarse una copa. Solo una, claro. Al principio. Estoy tan rabiosa que me cuesta ver. Me pasan puntos negros ante los ojos.
—Ya tenemos avena y calamina —digo.
—Igual eres infeccioso, como dice mamá —señala Callie muy seria—. Puedes hacer que un niño se ponga malo.
Siento hacia ella una oleada de amor y gratitud, cosa que no pasa a menudo. Aunque sospecho que lo dice para no quedarse a solas conmigo.
A mi lado, el humor de Irving baja al mínimo. Nadie habla. En la pantalla, el conejo imaginario sigue al hombre. En la casa vecina suena el jazz entre las voces alegres.
—Se acabó —digo al cabo de un rato, y apago la película.
Esto es para mí la vida en familia. Siempre intento hacer cosas como las familias de las revistas o la televisión, y al final caigo en picado hacia el fracaso.
No me gusta la televisión. La primera vez que vi una película de acción estuve a punto de morir de la taquicardia, o eso me pareció. A día de hoy sigo sin entender por qué la gente ve series o va al cine. No leo ni veo las noticias. Me basta con la vida. La vida, tan intensa y dolorosa.
Me costó meses de súplicas y chantajes con Irving, pero al final gané la batalla, terminé la universidad y, después de tener a Annie, volví a trabajar como maestra. Para Irving, los valores tradicionales son importantes. Si lo convencí fue solo porque había una vacante en la escuela de las niñas, así que iba a estar con ellas todo el día. Eso y que nos hacía falta el dinero. El padre de Irving perdió una fortuna en la última crisis.
Me encanta mi trabajo. En el colegio me llaman «la que susurra a los niños». Es una broma, pero lo cierto es que obro magia con los estudiantes. Los niños más introvertidos florecen tímidamente bajo mi tutela. Los hiperactivos se muestran tranquilos y dóciles en cuanto aparezco. Una niña de cuarto, a la que llamábamos «galápago» por su tendencia a morder cuando se aburría, escribe para mí trabajos apasionados sobre los libros de Maya Angelou. En casa no tengo poderes.
También me encanta mi casa, típica de Cape Cod, en un terreno de dimensiones muy razonables, con césped en pendiente. La mujer es la que da a la casa su energía y estilo, o eso se dice, ¿no? A cada lado de la puerta crece un roble. En la parte de atrás hay un porche de madera de pino que recibe la sombra de los arces que crecen entre la casa y la valla. El porche lo construí yo misma en tres fines de semana con un diseño que vi en un libro de la biblioteca. No fue difícil. Solo tuve que encargar la madera y montarla como un rompecabezas. Es una de las pocas cosas en las que Callie y yo nos parecemos: casi todo lo que sabemos de la vida lo hemos aprendido de libros de la biblioteca. El caso es que es maravilloso sentarse ahí al anochecer de un día caluroso, bajo el verdor de los arces. Me siento como si estuviera en la copa de un árbol. Y se limpia muy bien. La asociación de vecinos nunca ha tenido que decirnos que seguemos la hierba, o que echemos mantillo en los dos parterres, o que quitemos las hojas del sendero de guijarros que sube en curva hasta el porche de la entrada. Lo tengo todo siempre perfecto. Me encanta la simplicidad y contención del patio. Es muy diferente del lugar donde me crie, todo arena ardiente y muerta, rocas hasta donde alcanza la vista. Cuando ves eso día tras día enseguida empiezas a sentirte como en una trampa.
Aquí, entre las hileras organizadas de casas unifamiliares, me siento a salvo. De cuando en cuando se ve un indicio de individualidad: este patio tiene un bebedero para pájaros, o quizá un pequeño estanque. Los listones de esa fachada están pintados de un rosa muy llamativo. Vidrieras en las ventanas, llamadores de diferentes estilos, otro tipo de piedras para el camino… hasta ahí se puede elegir. Son opciones que tienen un sentido. Son la marca que las personas dejan en el mundo.
He dicho que aquí me siento a salvo. Lo que quiero decir es que mis hijas están a salvo. Una cosa no conlleva necesariamente la otra. Puede que, en algún momento, todos tengamos que elegir. Es mejor ser parte de una unidad, «los Cussen», en vez de individuos. Así se llama menos la atención.
Irving se mete en su despacho y cierra la puerta. Callie saca los lápices de colores. Nunca le ha costado entretenerse sola, y nunca he tenido que perseguirla para que haga los deberes. Son inesperados puntos de alivio en su personalidad. Se sienta ante el escritorio de tapa corrediza de la sala, inclinada sobre el papel. El lápiz desgrana sonidos adormilados. Callie empieza a tararear sin seguir ninguna melodía. Es muy molesto y quiero decirle que se ponga las gafas, pero ahogo los dos impulsos. Hace tiempo que aprendí las tácticas. Hay que elegir bien las batallas.
A la una de la tarde, a Annie se le ha extendido el sarpullido. Tiene bajo la barbilla las manitas enfundadas en los guantes. El pelo oscuro le cae sobre la mejilla y se le mueve con el aliento. Compruebo que los guantes sigan fijados con la cinta adhesiva y le aparto el pelo de la boca.
—Hay mucha luz —murmura, así que corro las cortinas para dejar la habitación en una oscuridad plateada, vaga.
—¿Te enciendo la estrella? —le susurro.
—Sí —me responde también en susurros.
Voy hacia la repisa de la ventana y enciendo la lamparita de noche. Tiene forma de estrella y llena la penumbra con una luz tenue, rosa pálido, el color del algodón de azúcar, del corazón de una peonía, de los sueños de las niñas. Siempre tengo la sensación de que, con la lamparita encendida, Annie está a salvo. Ya sé que es una tontería.
Alzo la vista y veo a Irving en la puerta. No lo he oído acercarse. Siempre ha tenido la habilidad de quedarse inmóvil por completo, como si ni siquiera respirase. Resulta incómodo.
—¿Cómo está?
—Se ha dormido.
—No lo pagues con las niñas, Rob —dice—. Callie se muere por ir a la fiesta. Déjala. No la puedes tener encerrada por culpa de Annie.
Annie se mueve, abre un ojo.
—Agua —dice con un hilo de voz.
—Ahora mismo, cariño. Mamá te la trae. Aparta —le digo a él con los labios tensos—. Esto es culpa tuya.
Me da la espalda con rabia y se mete en el baño para tomarse las pastillas de la diabetes. Va a tardar un par de minutos en dar con la medicación. Las he puesto al fondo del armario, detrás de un bote viejo de vaselina. Es un gesto nimio, pero solo me queda eso.
Las peleas siempre empiezan de manera diferente y terminan de la misma: discutimos como serpientes, siseamos mientras yo meto los platos en el lavavajillas o doblo la ropa limpia y él corrige exámenes, ambos conscientes de que las niñas duermen en el piso de arriba. Llevamos años haciéndolo. Al final, caemos en la cama exhaustos, agotados y debilitados por el veneno que nos consume.
Anoche empezó por los cepillos de dientes eléctricos, que estaban sin batería. Los dos estaban en el cargador, pero alguien había apagado el interruptor de seguridad de los enchufes del baño. Callie tiene la mala costumbre de jugar con los interruptores.
Empezó por los cepillos de dientes pero enseguida pasamos a Katherine, la ayudante de laboratorio. Irving trabaja hasta tarde. Eso no me molesta. La ayudante de laboratorio también trabaja hasta tarde. El perfume de Katie, como la llama él, es Sentient. Lo sé porque Irving lo lleva en el traje. Su armario apesta.
Siseé con los puños apretados, la garganta tan cerrada que apenas me salían las palabras como bilis. Me quemaban los ojos.
Irving empezó a señalar. Nunca me toca. Me apunta con el dedo. Lo agitó a centímetros de mi cara, lo sacudió al ritmo de las palabras.
—Tú eras la que querías esto —dijo—. Es lo que siempre has querido, desde que nos conocimos. Y ahora que lo tienes todo no haces más que quejarte.
Desastrosa vida de adultos, cuando los dos hemos cavado tanto, cuando la culpa es un tapiz tejido tan prieto que ya no hay manera de soltar las puntadas.
Estoy tratando de leer cuando oigo a Annie llorar en el piso de arriba.
—No —solloza—. ¡No, no!
Abro su puerta. Callie y ella están forcejeando, tirando de algo. Es la lámpara de estrella. Annie tiene la cabeza echada hacia atrás. Ha formado con la boca un círculo de pesar. Callie está inexpresiva, como siempre, pero se muerde el labio inferior.
—Dámelo —dice con voz tensa—. O alguien morirá.
—¡Eres mala, Callie! —dice Annie—. ¡Dios te va a castigar!
Intenta golpearla con un puñito enguantado.
Las aparto. No sé cómo, pero la lamparita rosa sigue intacta. Se la quito a Callie de entre las manos húmedas y la pongo fuera de su alcance, en la repisa de la ventana. A saber para qué la quiere.
—¡Mamá! —grita Callie—. ¡No se la des!
—¡Callie es mala conmigo!
—¡Por dios santo! —grito—. ¡Callaos las dos! ¡Leed un libro!
Irving está sentado ante la isla de la cocina con los pies en una silla. Me contengo para no saltar. Sabe que no soporto que ponga los pies sucios en mis preciosas sillas.
Lo que más me gusta es mi cocina. Tardé siglos en elegir la madera para la isla y no dejo pasar un domingo sin darle aceite. Yo diseñé el dibujo que siguen las baldosas del suelo, las espirales de terracota brillante, de un azul grisáceo claro. Yo misma monté el escurridor para platos igual que hice con la terraza. La carpintería no es difícil si te tomas tiempo. Cuelgo los cazos de fondo de cobre en orden ascendente de tamaño.
En el centro de la isla, en el lugar de honor, hay un cuenco con algo blancuzco.
—¿Qué es eso?
Abro el armario en busca de una aspirina. No es para Annie, es para mí.
—Estoy preparando un budín de pasas —dice Irving,
No cocina nunca, pero está muy orgulloso de sus bizcochos y sus budines, recetas inglesas insípidas y harinosas que hay que hacer al vapor. Cree que son de lo más elegante.
—Eh, Rob —me dice—. Prueba eso y dime si le pongo más pasas.
Nada me apetece menos, pero de nuevo tengo que elegir las batallas. Cojo una cuchara sin dejar de pensar en Annie y Callie con tristeza. Antes eran buenas amigas y siempre jugaban juntas. Quiero atribuirlo a que Callie está en una edad difícil, pero todas las edades de Callie han sido difíciles.
Meto la cuchara en el cuenco antes de darme cuenta de lo que es. Grito, no puedo evitarlo, aunque sé muy bien que eso es lo que quiere.
Se está riendo, doblado por la cintura, casi sin respiración.
—¡La cara que has puesto!
—Es horrible. —Me tiembla la voz—. Esto no se le hace a nadie.
—Tengo que calentarlos —me explica con paciencia—. Mañana voy a pescar con John.
Ahora me llega el olor de los gusanos, la podredumbre ácida, amoniacal. Irving guarda grandes bloques de cebo en la nevera del garaje. Tendría que haberme imaginado que se vengaría por privarlo de la fiesta. En el cuenco, los gusanos, revividos por la temperatura, mueven las cabecitas romas. Sus cuerpos son rojos como la sangre.
Creo que todo el mundo tiene una historia que los explica por completo. Esta es la mía.
Callie tenía dos años y era una niñita difícil. Aún no hablaba y estaba llena de una ira silenciosa. Ya entonces tenía siempre el ceño fruncido… excepto al mirar a su padre. En esos momentos, se le dibujaba en la cara una sonrisa tímida, y me daba cuenta de que no era más que un bebé.
También era una escapista. Era capaz de abrir puertas, armarios, cajones, de manipular pestillos y cerrojos más allá de lo imaginable para unas manos diminutas.
Irving iba a volver de un congreso aquella tarde. Callie se había pasado la noche despierta. Nunca, nunca dormía cuando su padre había salido de viaje. Yo estaba agotada. El aire me parecía denso, enmarañado, igual que me sentía yo. La puse en la trona para ir al baño. No tardé ni treinta segundos, lo juro. Cuando volví, había sacado medio cuerpo de la silla, hacia el fregadero, y tenía el bracito metido hasta el hombro en el triturador de basura. Tenía los ojos concentrados y estiraba la manita hacia el interruptor de la pared.
Corrí hacia ella, la agarré y la estreché contra mí.
—¡No vuelvas a hacer eso nunca, nunca! —le grité.
Alzó la vista hacia mí, extrañada, y abrió mucho la boca. Y empezó a gritar. Fue como si me clavaran una aguja en el cerebro.
Pasaron horas antes de que por fin pudiera acostarla en la cuna. El mundo a mi alrededor temblaba como gelatina. Me derrumbé en el sofá y me dormí al instante.
Me desperté cuando me puso la mano en la cabeza. Irving me estaba mirando desde arriba con los ojos oscuros muy fijos.
—Callie ha sido atroz —dije.
—Estoy bien, gracias —replicó con sarcasmo—. El congreso ha ido de maravilla.
—No me imaginaba que iba a ser así. Creo que no le gusto.
El tono lloriqueante hizo que hasta yo me detestara.
—No es más que una niña. Por favor, mira las cosas con perspectiva.
La frase tenía una cadencia desconocida. Se me encogió el corazón. Otra más. Cuando Irving se encandilaba con una mujer, durante los primeros días adoptaba sus mismas expresiones.
Me incorporé y me acerqué a él como si fuera a darle un beso. Su aliento apestaba a whisky.
—¿Ha habido un congreso de verdad? —pregunté.
Me sorprendió mi propia franqueza.
Me agarró un mechón de pelo entre el índice y el pulgar, y tiró hasta que me lloraron los ojos.
—Ve a ver cómo está tu hija —dijo—. Dios.
Me soltó el pelo y se frotó las manos contra el pantalón como para limpiárselas de algo repulsivo.
Me levanté del sofá, pero no subí a ver a Callie. Estaba llena de algo salvaje, efervescente, a punto de desbordarme.
—No puedo seguir así —dije. Me sorprendió lo razonable que sonaba mi voz—. Me marcho. No estamos obligados a seguir casados, Irving.
Fue como una revelación, como un rayo de luz. Pero, cuando vi lo que se reflejaba en su rostro, eché a correr.
Tras un instante de sorpresa, Irving me persiguió. Atravesé la casa corriendo, asiendo los marcos de las puertas al pasar. Y, mientras corría, sucedió algo terrible. Mi cuerpo lo recordó. Recordó la huida, la carrera, el miedo, la respiración jadeante que me pisaba los talones. El recuerdo afloró de repente y me agarró por la garganta. Creo que por eso hice lo que hice a continuación. Abrí la puerta de la entrada. El aire de la tarde entró como un aliento de libertad. Pero no salí. Esperé hasta que Irving estuvo justo detrás de mí, y entonces salí al porche y cerré de golpe, contra la mano que intentaba agarrarme. Oí el crujido y luego el grito de dolor. Me di la vuelta. «Ya nadie puede obligarme a hacer esto», pensé.
Crucé el patio delantero, que no era más que tierra hasta la calle. Aún no habíamos tenido tiempo de arreglarlo. «¿Qué voy a hacer?», pensé. No tenía trabajo, ni amigos.
Había algo en la base del terraplén, en el bordillo de la acera. Pensé que se trataba de un cojín o un escabel que habían dejado allí por si alguien lo quería. Son cosas que pasan hasta en barrios buenos como el nuestro. Pero era Callie, acuclillada, casi en el asfalto, con su pelele gris de elefantitos rosas.
Corrí hacia ella con el cuerpo hecho miedo.
Alzó hacia mí los ojos grandes todavía hinchados de tanto llorar.
—Blanca —dijo.
Estaba acariciando una hierba seca, parda, que había brotado en una grieta del asfalto. En la punta tenía una flor mustia. Me senté junto a ella. De repente estaba agotada.
—Lo siento, cariño —dije—. Lo siento.
En ese momento supe que no me iba a marchar. Ella no tenía la culpa de nada.
La cogí en brazos. Por una vez, no se resistió, sino que apoyó la cabeza en mi hombro. Volvimos a casa muy despacio. Deposité a Callie en la cuna.
—Te voy a hacer un jardín —le dije, y le di un beso en la cabeza.
No iba a permitirme que la quisiera, pero tal vez pudiera cuidar de ella.
Irving tenía la mano magullada, pero no rota, así que le puse hielo y los dos nos sentamos ante la isla de formica, agotados tras la pelea. «Tengo que hacer algo con esta cocina», pensé. Era demasiado austera, con acabados baratos. El linóleo del suelo tenía grietas y el grifo goteaba. Me imaginé colgadores con cazuelas de fondo de cobre, botes de hierbas en la repisa de la ventana, tal vez un estante para las especias.
—Se acabó trabajar hasta tarde —dije a Irving. No me refería a trabajar hasta tarde. Me refería a que no volviera nunca más por la mañana hablando con la voz de otra mujer—. ¿De acuerdo?
Me miró, calculador. Se señaló la mano magullada.
—No puedes pedir favores.
Tenía que arreglarlo como fuera. Tenía que hacer que la situación fuera tolerable. Le puse la mano sobre la mano sana.
—Callie ha dicho otra palabra.
Le conté la historia entre risas, también con algunas lágrimas. Sonrió y me estremecí de alivio al sentirme perdonada. Y de orgullo porque me la había dicho a mí, no a él. En ese momento supe lo que tenía que hacer.
—Tengamos otro bebé —dije.
—Sí —respondió, y casi lloré de alivio con la oleada cálida de su aprobación.
Y si eran dos, tal vez Irving me permitiría recibir un poco de su amor.
Desde entonces no he dejado de preguntarme por qué accedió. Su padre aún no lo había perdido todo. Creo que Irving tenía la esperanza de que fuera un chico, de que el viejo fuera más generoso si le dábamos un nieto. En cuanto a mí, dios santo, quería un bebé todo mío. Callie siempre había sido de Irving. Las razones para tener un hijo deberían ser menos egoístas.
Mi deseo se cumplió. Cuando nació Annie, lo sentí de inmediato: una luz cálida me inundó cuando abrió los ojos de un azul oscuro, intenso. Fue una bebé buena desde el principio, y era mía. Encajábamos, estábamos unidas de una manera que nunca había sentido con Callie.
No todo salió bien. Las niñas han alejado a Irving del centro cada vez más. No le gusta estar en segundo plano. Y no llegó el varón para el que el padre de Irving iba a mandar cheques. Pero aguanto, porque así proporciono a mis hijas dos progenitores que cuidan de ellas, una casa llena de luz y flores, un jardín que huele bien, hierba sobre la que caminar. Y aguanto cada vez que Irving vuelve a trabajar hasta tarde, cosa que sucede siempre.
Lo hago por ella, pero también por mí misma. Sundial, Falcon, Mia, lo que pasó con Jack… todo eso me hace diferente de los demás, y sigo teniendo la necesidad desesperada de encajar. Anhelo difuminarme en la marea corriente de mujeres con familias y casas en las urbanizaciones de las afueras, empleo en la enseñanza y ambiciones menudas. En cuanto a Callie, es mi hija y la quiero. Nunca, nunca, permitiré que se dé cuenta de que, a veces, no me gusta. De que a veces tengo que hacer un esfuerzo inmenso para quererla.
Esa es la persona que soy. Al menos es la que soy ahora. Hay otras historias, más antiguas, pero hablan de una Rob que desapareció hace años. La he enterrado, la he sepultado en la oscuridad. Puede que aquella niña esperanzada muriera de hambre y esté enterrada bajo la arena del desierto. Y puede que sea lo mejor. En esta familia no hay sitio para ella.
Tardé mucho en darme cuenta de que «blanca» era una palabra muy rara para una niña de dos años. A veces me he preguntado por qué la dijo.
El timbre de la puerta interrumpe mis meditaciones con su estrépito agudo. Estoy en la sala, en el sofá, con una libreta abierta sobre el regazo. Debería haber preparado la clase de la próxima semana acerca de Mark Twain (ay, las cosas que enseñamos a los niños), pero veo que he estado escribiendo en el mundo de Arrowood. Callie está en el rincón, dibujando. ¿Cuánto tiempo llevamos sentadas así? June, la terapeuta, lo llama «disociación». Para mí es un grato descanso. El timbre suena otra vez.
—¿No vas a abrir?
Callie, ácida. No levanta la vista del papel.
Me levanto, azorada. La libreta se me cae al suelo. La recojo a toda prisa y me la meto en el bolsillo. Camino apresurada por el pasillo y oigo el chirrido de la solapa del buzón. Hay que engrasar las bisagras. Alguien habla desde el otro lado.
—¿Hay alguien?
Se me retuercen las tripas como ratoncitos, pero sonrío, aunque ella aún no me ve. Si no sonríes, la gente te lo nota en la voz.
—¡Hannah! ¿Cómo va la fiesta?
Los ojos de Hannah Goodwin son dos lunas azules bordeadas de pestañas color castaño rojizo. Se entrecierran al verme. No soy la única que finge la sonrisa.
Me detengo a medio metro de la puerta.
—No voy a acercarme más —digo—. Más vale prevenir.
Me doy cuenta de que sigo en bata. Con todo lo que ha pasado esta mañana no he tenido tiempo de vestirme.
—¿Cómo estás? —me pregunta.
—Ah, muy bien —digo—. La única que lo tiene es Annie, pero hemos pensando que más vale prevenir.
—Pobre Annie. Os estamos echando de menos. Oye, había una ardilla o algo así en vuestro camino, estaba muerta. Debe de haber sido un gato. La he tirado a la basura, pero ha dejado una gran mancha. Dile a Irving que le dé luego con la manguera, ¿eh, princesa?
Es una broma compartida: nos llamamos con apelativos cariñosos y acento anticuado, como estrellas de cine de los años cuarenta.
—Gracias —le digo.
—¿Estás bien? —Me mira con preocupación—. A ver si nos tomamos una copa y nos ponemos al día, Rob. —El sonido de los trombones de jazz en la casa contigua subraya sus palabras—. Tenemos que organizar un fin de semana fuera. Los chicos se acuerdan mucho del Día de los Caídos cuando fuimos al desierto…
Sonrío para mis adentros. Una vez los invitamos a Sundial y Hannah ha dejado caer más de una vez que le encantaría repetir. Los Goodwin tienen una casa en multipropiedad en Florida. Es lo que prefiere Nick Goodwin, pero los gustos de Hannah son más refinados. Prefiere hablar del desierto con su grupo de yoga. El Mojave es tan espiritual… ahí es fácil reconectar con uno mismo.
—¿Rob?
—Perdona, me estaba acordando de una cosa.
—¿Te hace falta algo? Puedo ir a la tienda…
—Eres un tesoro —le digo—. Tenemos de todo. Ayer me trajeron la compra, así que no nos falta nada.
Hannah vuelve a entrecerrar los ojos.
—Bueno, ya sabes dónde estoy. Solo tienes que decirlo. Sam la pasó hace un mes y fue un horror.
Lo recuerdo. Hace un mes, o veintidós días, para ser exactos, los Goodwin volvieron de Australia. Sam Goodwin empezó con varicela al día siguiente. Así que llevamos un tiempo sin ver a Hannah. Bueno, yo llevo un tiempo sin verla.
—Te he traído algo para todos. Te lo dejo en el peldaño. ¡Hasta luego, muñeca!
—Hasta la vista, encanto —respondo.
—Llámame luego.
Hannah y yo solemos charlar una o dos veces a la semana, al anochecer. No creo que fuéramos amigas si no viviéramos en casas contiguas y tuviéramos hijos de edades similares. Somos muy diferentes. Pero nos une la experiencia agotadora de la maternidad, el equilibrio constante entre las risas y las lágrimas, ese amor extenuante hacia nuestros hijos que está tan arraigado en todo lo que somos. Me cae bien. Es el tipo de amiga que quería tener de niña, antes de entender lo que eran los amigos.
Cuando estamos en el columpio del porche y me mira de reojo con humor, y la noche es cálida y las niñas están durmiendo, casi puedo creerme que esto es todo lo que soy: Rob, la maestra que vive en la urbanización de las afueras, con su apuesto marido profesor de ciencias, que por fin ha encontrado una amiga que la comprende.
No sé si se merece los pensamientos mezquinos que le he dedicado. Le encantó Sundial. Ese lugar te atrapa. Muchos se dan cuenta, pero pocos lo comprenden. Menos mal.
Cuando estoy segura de que se ha marchado, abro la puerta con cautela. En el patio de los Goodwin, los banderines ondean en el árbol. La fiesta es cada vez más ruidosa con el regocijo del alcohol. El aire fresco trae humo de tabaco.
En el suelo, a mis pies, hay una tarta de limón y merengue. Más allá, en medio del camino, veo la mancha brillante y viscosa que ha dejado el cadáver de la ardilla. Casi me parece percibir el olor a carne muerta que llega desde la basura.
Tardé meses en conseguir losas negras para el camino a un precio que nos pudiéramos permitir. Me encanta la textura áspera y su manera de retener el calor del sol y transmitirlo a las plantas de los pies. Le pedí al paisajista que no lo trazara recto, sino en curva desde la puerta de entrada. En verano, lo bordean matas de romero, tomillo, lavanda y salvia, todo salpicado de lobelias rojas. Elegí los colores con mucho cuidado.
Ahora, cuando miro mi hermoso camino, solo veo muerte y sangre viscosa.
Hay alguien detrás de mí. No tengo que darme la vuelta para saber que es Callie. Tiene un sexto sentido para el azúcar. Me inclino y recojo la tarta del peldaño.
—Para después de cenar —digo, y cierro la puerta.
—Papá acaba de salir por detrás —dice.
Claro. Claro. De pronto, es demasiado. Me dejo caer sentada con la espalda contra la puerta. Las lágrimas ardientes me corren por la cara. Me cuesta respirar. Tengo la nariz taponada como si me hubieran metido cemento, y la cara tan hinchada y tensa como la de una muñeca de plástico, pero las lágrimas no cesan.
—¿Mamá?
Ay, dios. Callie. Tengo que recuperar la compostura. Trato de respirar con calma, de que no se asuste. Aunque… no sé si Callie se asusta. No como los demás, eso seguro. Las cosas que se le ocurren a una cuando está tirada en el pasillo de su casa como un ciervo recién nacido, llorando delante de su hija preadolescente.
—No llores, mamá —dice Callie—. Espera, ahora mismo vengo.
Se levanta y la oigo rebuscar en la cocina. Noto la cabeza muy pesada entre las manos.
—Toma. —Algo aparece ante mi vista. Un tenedor cargado de tarta de limón y merengue. Un sonido me sube de la garganta, agudo, sonoro, breve. Es un sonido desconcertante hasta para mí. Callie no pestañea. Me sostiene la mirada—. Te sentará bien —dice.
Así que acepto. El limón se me agarra a la lengua, ácido, mientras que el merengue se me funde en la boca como un torrente azucarado. Me sienta bien.
—Gracias —digo.
Casi me río porque es conmovedor que me dé tarta para animarme, pero hay una parte de mí que se quiere echar a llorar otra vez porque esto es el consuelo en el escaso vocabulario emocional de mi hija: clara de huevo, crema de limón y azúcar, todo hecho por la mujer que su padre… En fin.
—Ya estoy bien. Gracias, cariño.
Me como otro bocado de tarta para confirmárselo.
Callie me mira con la cabeza inclinada hacia un lado y luego asiente, satisfecha. Casi veo cómo aparece la cruz junto a mi nombre para quitarme de la lista de tareas pendientes. Ya me ha arreglado, no se tiene que preocupar más por mí. Vuelve a dibujar. Vuelve a tararear.
Yo sigo comiendo. La tarta está buena.
Hace tiempo que sospecho lo de Irving y Hannah. He visto indicios. Un par de noches, el suave «clic» de la puerta trasera me ha sacado de las profundidades de los sueños. Las duchas largas que se da, el cansancio. El vino en el aliento a mitad del día. Y parecía contento, cosa que sabía que venía de algo ajeno a nuestro matrimonio.
Cuando vi la ampolla de varicela en el brazo de Annie fue como si encajaran los engranajes de una antigua caja fuerte, como si una pelota de golf se deslizara por el césped para entrar en el agujero. Lo supe. Nadie de nuestra casa había estado en casa de los Goodwin mientras Sam estuvo enfermo, ni viceversa. O esa era la idea. Supongo que no se pudieron aguantar. ¿Se llevó a Annie con él cuando tenía que estar cuidándola? No importa cómo fue, la verdad. Mi marido ha puesto en peligro a mi niña. Y esto no se lo perdonaré jamás. Pienso en las tripas de la ardilla desparramadas sobre la piedra caliente.
Irving sabe que ha saltado la liebre. Se lo he visto antes en los ojos, cuando le he dicho que Annie tenía varicela. Miro la tarta de limón, en el suelo, a mi lado, el tenedor clavado vertical en las capas de merengue, crema de limón y hojaldre. ¿Lo han organizado? Ella me tenía que distraer mientras él salía por la puerta de atrás. Para ir a reunirse… ¿dónde? ¿En la maleza crecida de la parcela contigua, que en verano está llena de serpientes pardas? ¿O van en coche a alguna parte?
Me he fijado en que Nick Goodwin nunca mira a Irving ni lo llama por su nombre. Siempre es «chavalote», «colega» o «muchacho», palabras que suenan bien, pero son las que utilizarías para dirigirte a un niño. Siempre mira a un punto más allá del hombro de Irving. Nick lo sabe, aunque quizá aún no sea consciente.
No podrá seguir haciendo caso omiso mucho tiempo. ¿Qué hará? ¿Vivir en la negación o buscar el enfrentamiento? Creo que optará por la negación. Es agente inmobiliario, se les da bien amoldarse a la realidad. Yo elijo la tercera vía: por dentro ardo de rabia y por fuera parezco impasible. No lo recomiendo.
Lo que no puedo dejar de pensar es que me cae bien Hannah. Hay días en que me cae mejor que Irving. La pérdida de nuestra amistad es como un dolor físico. Un dolor sordo. El dolor de la regla, por ejemplo. Quiero decirle «Elígeme a mí, no tienes ni idea de cómo es él en realidad». No soy capaz de sentir nada apropiado ni siquiera en lo relativo a las aventuras de mi marido.
Annie se come la tarta con los dedos, delicadamente. Suele seguir el ejemplo de Callie con intensidad redoblada. En un par de ocasiones, Callie rechazó el tenedor, y ahora Annie se niega a utilizar cubiertos.
—Cariño —le digo.
Luego lo dejo correr. Que haga lo que quiera.
—¿Os estáis peleando papá y tú? —me pregunta.
—¿Por qué lo dices?
La culpa me estruja el corazón.
—Cuando os miráis, os ponéis negros y con pinchos.
Los niños se dan cuenta de tantas cosas… A veces da miedo.
—Los adultos se pelean de cuando en cuando, y no pasa nada —le digo—. Así sacan lo que tienen dentro y luego vuelven a ser amigos.
—¿Papá y tú sois amigos?
—Tu padre y yo somos superamigos. Como Maria y tú.
Annie da vueltas entre los dedos a un trocito de merengue.
—A Maria ya no le caigo bien —dice. Frunce los labios en una expresión de pesar tan adulta que da miedo—. En el colegio me insulta. Ya no comemos juntas. Estoy muy triste. Me dan ganas de morirme.
—No digas esas cosas, cariño.
La cojo en brazos.
Estoy consternada. Maria es una niña preciosa, con pelo oscuro, liso y brillante como la seda. Parece una muñeca y siempre habla con frases completas. «Por favor, señora Cussen, ya he terminado de comerme el bizcocho». Annie y ella siempre han jugado juntas muy serias y tranquilas. Pensaba que era la amiga perfecta para mi hija.
—Me parece que Maria lo está pasando mal últimamente —le digo—. Se ha quedado con su madre, porque sus padres se están divorciando.
No puedo evitarlo, siento un cosquilleo de orgullo. Por mal que vayan las cosas, Irving y yo no hemos sometido a las niñas a eso. Al menos algo nos queda. Me da vergüenza el ramalazo de odio que siento hacia Maria, que ha herido la delicada sensibilidad de mi hija. Abrazo a Annie y aspiro la fragancia de su pelo.
El chorro de agua barre las losas y arranca las entrañas secas, negras. Si espero a que vuelva Irving para limpiar esto habrá ardilla por todo el camino hasta dios sabe cuándo. Además, ¿por qué lo tiene que hacer un hombre? ¿Por la sangre, por el olor? Cualquiera que haya pasado por un parto ha visto cosas mucho peores. Tiene gracia todo lo que olvidamos del momento de dar a luz: el dolor, el sonido de la carne al desgarrarse. Es autodefensa. El cuerpo tacha líneas enteras para proteger la mente.
A veces noto un sabor extraño en la boca cuando tengo miedo o estoy furiosa. Es dulzón, como a cocacola tras varios días en el vaso, sin gas. Me llega hasta en sueños. Ahora mismo lo noto en la boca y me dan ganas de escupir. Pero no puedo, claro. Alguien podría verme.
No es la primera vez que me encuentro con un animal muerto. Hannah dijo que lo debía de haber matado un gato, pero aquí la gente no deja salir a sus gatos a la calle. Yo creo que hay un depredador en los alrededores. Un coyote, o un zorro. Puede que un mapache, o un tejón. He leído que todos matan por placer. Sea lo que sea, ha elegido mis losas negras como mesa de comedor. He visto a menudo manchas, indicios, en el camino. En el resto del barrio me he encontrado con cadáveres, destripados, aplastados en las entradas, los caminos, los porches, lazos de intestinos a la luz del sol matinal, patitas engarfiadas en la muerte, ojos entrecerrados que muestran una luna de esclerótica azul. Muertos, tan muertos… Es espantoso que todo a tu alrededor parezca una metáfora de tu vida.
Estoy esperando junto a la puerta trasera, entre las largas sombras de enero, cuando entra Irving.
—Rob —dice al verme. Está muy borracho—. He ido a la tienda.
Mece la bolsa.
—¿Has comprado todo lo que te hacía falta?
Sonríe ante mi tono de voz.
—Sí —dice.
—Bien. Entra.
Cuando ha pasado, echo el cerrojo.
—Se acabó ir a la tienda —digo—. Tengo tus llaves. Si vuelves a salir, te quedas fuera.
—¿Estás loca? —pregunta muy despacio.
No me inmuto.
—Ve a ver a Callie. Ha estado preguntando por ti.
Se detiene, encorvado por la vergüenza. Conozco esa expresión. Necesita algo. Tener que pedirme lo que sea lo saca de quicio.
—Antes no he encontrado mi medicación —dice—. Ya lo sabes, tengo que tomarla todos los días a la misma hora. ¿Has…?
—Te la he escondido en el armarito del baño, detrás del bote de vaselina —digo—. Espero que la encuentres.
Viene por detrás, me sorprende antes de que me dé cuenta. Su brazo me rodea, me roza la garganta. No me retiene. La piel apenas roza la piel, como una promesa. Con la otra mano me tapa la luz. Por un momento creo que me va a tapar los ojos, como los niños cuando se te acercan por la espalda. Luego tengo miedo de que me meta los dedos en las órbitas, que me agarre el globo ocular entre el índice y el pulgar, y me lo arranque con delicadeza. Ahogo un gemido y manoteo. El grito que me nace en la garganta sale como un quejido ahogado. Pero la mano engarfiada de Irving se limita a planear ante mi rostro. Me respira al oído, me lo inunda de hedor a alcohol.
—Yo también lo espero —dice.
No me toca. No me ha puesto la mano encima desde aquel día, pero le gusta acercarse.
Callie tenía nueve años, y Annie, seis. Irving y yo estábamos en medio de la madre de todas las peleas. Llevábamos ya días. Nos escupíamos veneno cada vez que pensábamos que las niñas no nos oían. De noche, cuando estaban en la cama, nos gritábamos, llorábamos, nos tirábamos cosas. En alguna ocasión las despertamos. Annie sollozaba. Luego se volvía a dormir sin problema. Era demasiado pequeña para entender nada. Callie siempre había sido más rápida. Sé que lo entendía. Pero nunca lloraba, y nunca decía nada.
Una noche, mientras Callie estaba viendo la tele en la sala, fui a la cocina y él me estaba esperando inmóvil detrás de la puerta. Empecé a susurrar algo hiriente para soltar parte de la bilis acumulada. Irving me cogió por la nariz y apretó con tanta fuerza que me crujió el cartílago. El latigazo de dolor me recorrió como una ola de fuego. Pero me acordé de que Callie estaba al otro lado de la puerta y detuve el grito en la garganta. Me quedé inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas, aullando en silencio. Casi no me salió sangre, pero tuve varios días la nariz dolorida, sensible, hinchada como una ciruela madura. Annie no paraba de tocármela mientras decía «buu, buu».
La tarde siguiente, un sábado, íbamos a ir a jugar a los bolos con los Goodwin, como de costumbre. Les tocaba beber a Hannah y a Nick, así que Irving y yo teníamos que conducir los dos coches, para llevar a ambas familias. Metí a Annie en el jeep mientras Callie aguardaba en el peldaño de entrada a que Irving terminara lo que fuera que estuviera haciendo en casa. Siempre que salimos de casa, Irving se acuerda de que tiene que hacer algo en el último momento: sacar los platos del lavavajillas, colgar un cuadro, llamar a alguien. Es un ejercicio de poder: me hace esperar mientras la ansiedad crece y se nos hace tarde para lo que tengamos planeado. Además, creo que necesita la adrenalina de la prisa siempre que tiene que hacer algo.
Annie siempre iba conmigo, y Callie, con Irving. Era la configuración natural. Pero hice una pausa y llamé a Callie.
Cuando Irving salió, las dos niñas estaban ya instaladas en el jeep, Annie en la sillita para niños, Callie con el cinturón puesto en el asiento trasero.
—Adiós, Irving —dije, y metí marcha atrás.
El espanto se dibujó en su rostro. Creyó que me iba a llevar a sus hijas.
«Bien —pensé—. Ahora sabes lo que se siente».
—¿Por qué no voy con papá? —preguntó Callie.
—Porque me toca un ratito de Callie —dije.
El SUV nos siguió de cerca hasta llegar a la bolera. Vi a Irving por el retrovisor, echado sobre el volante, con los ojos como clavos de rabia. A su lado y en el asiento de atrás, los Goodwin no paraban de reír.
La bolera era un alegre caos de sábado familiar. Esperé a que los Goodwin estuvieran a un lado, poniéndose el calzado. Solo entonces hablé con Irving en susurros.
—No vuelvas a tocarme. Jamás.
Asintió una sola vez, inexpresivo. Comprendí con sorpresa que yo había ganado.
Cuando volvimos a casa y metí a las niñas en la cama, me tumbé y escuché los sonidos de Irving en el cuarto de baño. Nunca uso el baño del dormitorio. El concepto se me escapa. ¿Quién puede defecar tan cerca de donde duerme? Yo quiero al menos dos puertas entre esas actividades. Por eso, entre otras cosas, me gustan tanto los barrios residenciales. Apenas prestan atención al hecho de que tenemos un cuerpo.
Cuando Irving salió, me incorporé. Ojalá no me hubiera acostado. No me gustaba alzar la vista hacia él.
Sonrió, arrepentido, y arqueó una ceja. Yo le devolví la sonrisa con alivio.
—Voy a esperar —dijo—. Esperaré a que termine esta pelea y volvamos a ser felices. Iremos a restaurantes franceses, como antes. Volveremos a enamorarnos. Estaremos tan enamorados que nos dolerá cada momento que no estemos juntos. Y entonces, un día... no sé, mientras desayunamos, o mientras vemos una película... lo que sea, algo normal... un día, te volverás hacia mí para hacer una broma o preguntarme algo, y no estaré. Irás a buscar a Callie y tampoco estará. Te voy a dejar cuando menos te lo esperes, y me la llevaré conmigo. —Se inclinó sobre mí y me dio un beso en la frente. Un beso ligero como una hoja seca—. Soy más listo que tú —dijo—. Y tengo más resistencia. Puedo esperar a que te duela de verdad.
Cogió el vaso de agua que tenía en la mesilla y lo estrelló contra la pared. Sonó como si el mundo se abriera. Los fragmentos de cristal volaron como diamantes. Irving sonrió. Luego, se metió en la cama y no tardó en quedarse dormido.
Yací a su lado con la vista fija en el agua que resbalaba por el ocre de las paredes del dormitorio. Había elegido ese color de pintura porque era relajante. Como una villa toscana bajo el sol del atardecer.
Irving cumplió su promesa. Desde aquel día no ha vuelto a ponerme la mano encima. Se desahoga con vasos, con platos. Y todos los días pienso... ¿será hoy el día? ¿Será hoy cuando estrellará mi cabeza contra la pared, en vez de un plato o una copa?
Annie se niega a probar la sopa que he preparado, o la naranja, o el bocadillo. Lo mando todo al cuerno y le doy una galleta que sobró de navidad. El glaseado es de un color rosa virulento. Annie no debería tomar más azúcar después del pastel de merengue y limón, lo sé, pero nada me importa. Se la come con ansia y luego se duerme.
Ahora es el rato de Rob.
Voy a mi estudio, junto a la sala de estar. Antes de hacer nada, siempre me siento en la silla y respiro hondo varias veces. Sitúate. No puedes escribir con la cabeza llena de varicela, de adulterio, de preocupación por tu hija mayor. Escribo a mano. Solo así puedo pensar.
Empecé a escribir la serie del Colegio Arrowood hace un par de años, de noche, cuando Irving trabajaba hasta tarde. Por aquel entonces era con una chef de un restaurante en Escondido. Debía de ser muy buena en lo suyo, porque ese año engordó bastante. La serie va de un internado de alto nivel en la costa de Nueva Inglaterra. De adolescente debí de leer más de cien veces Tercer trimestre en Bingley Hall. Los libros clavan garfios muy profundos en la mente a esa edad. Cuando decidí que quería ser maestra, tenía la secreta esperanza de que el colegio fuera como Bingley Hall. Bastó con el curso de aptitud para la enseñanza para acabar con esas ilusiones. Puede que haya colegios como Bingley Hall en el mundo. Tal vez en Inglaterra. Pero yo no los conozco. Tal vez los hubo en el pasado y han desaparecido. Tal vez es una suerte que solo existan en la imaginación.
Pero soñar es gratis. Este libro está escrito desde el punto de vista de una chica aficionada a los deportes. Tiene secretos. Creo que va a ser una ladrona. En todos los libros de Arrowood hay un escándalo. Mis adolescentes son de lo más problemático.
Es una buena distracción. No, es mucho más. Es un lugar donde refugiarme. Ya hay cuatro historias de Arrowood. Son largas, así que se podría decir que he escrito novelas. Nunca se las he dejado leer a nadie. ¿Por qué iba a hacerlo? Son personales.
Escribo a lápiz, porque lo último que hago, nada más terminar de escribir cada historia, es cambiar los nombres de todos los personajes. Mientras escribo, utilizo nombres de gente que conozco. Sobre todo, los de mi familia. Libro tras libro, Rob, Irving, Callie, Annie, Jack, Mia y Falcon se traicionan, traban amistad, se cuentan secretos. Caminan por las salas de Arrowood del brazo, llevan los libros a clase, discuten sobre quién va a ir con quién al baile de primavera con los chicos del colegio que hay cerca.
Nada de esto sucedió en la vida real, claro, pero, aun así, son recuerdos. Una especie de terapia.
Por fin termina la fiesta en la casa de al lado. La música cesa y se apagan las conversaciones. Se cierran las puertas de los coches, y creo que alguien tropieza y cae. Oigo el choque de la carne contra el asfalto. Meneo la cabeza, irritada. Van a despertar a las niñas. Además, la delegada de la clase iba a hacer una canallada de las suyas, y he perdido el hilo.
Respiro hondo y vuelvo a coger el lápiz. Todo lo demás se desactiva. Es maravilloso. Es como si desapareciera.
Callie bajó hacia el mar por el camino del acantilado con los libros de gramática cuneiforme bajo el brazo. Iba un poco retrasada en clase y pensaba estudiar a la sombra de las paredes rocosas, con los dedos de los pies enterrados en la arena. La señorita Grainger estaría muy orgullosa cuando viera que se había puesto al día pese a haberse pasado el semestre anterior pensando solo en el hockey. Callie estaba un poco enamorada de la señorita Grainger. Era tan lista, tan elegante con aquella melenita corta...
Pero, al llegar a la playa, Callie se dio cuenta de que había alguien allí. El viento le llevó el sonido de voces. Para no parecer entrometida, Callie, casi por instinto, se acuclilló tras un matorral de espadañas. Se arrepintió al instante: si la descubrían, pensarían que estaba escuchando a hurtadillas, y sería humillante.
Una voz le resultó familiar. Era la mejor amiga de Callie, Jack, que hablaba con alguien. Jack en realidad se llamaba Jacqueline, pero detestaba ese nombre. Ni siquiera las profesoras la llamaban así. Callie y Jack siempre iban juntas. Se lo contaban todo. Bueno, casi todo.
—Gracias por acceder a vernos aquí —dijo Jack—. No quería que la gente comentara nada.
—¿De qué se trata, Jack? Tengo una clase de soplado de vidrio en veinte minutos —respondió otra voz.
Callie casi dejó escapar un grito. Era la señorita Grainger. ¡Increíble! ¡Había estado pensando en ella hacía tan solo un momento!
—Tengo que contarle algo muy grave.
—Oh, cielos. Sigue, Jack, por favor.
—La que ha estado robando cosas a las otras chicas es Callie —dijo Jack—. Yo tenía cuarenta dólares en mi taquilla. Eran un regalo de mi tía para comprarme unas botas de fútbol nuevas. Y esta mañana me habían desaparecido.
—¿Has mirado debajo de todo? —preguntó la señorita Grainger—. Muchas veces, las cosas se van apilando unas encima de otras y si las buscas las encuentras.
