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Ven a conocer a los niños de Nuncanada. Te esperan en su hogar perdido en las Montañas Rocosas. Y no están solos. En medio de la noche, Riley saca a su hermano pequeño de la cama para fugarse de su casa de acogida. Quieren encontrar a un grupo de adolescentes que ocupan las ruinas del rancho Nuncanada, donde el infame actor Leaf Winham se ocultó de su fama, ocultó sus crímenes y todo se perdió en un incendio que mostró el asesino que fue. Pero en este rancho de niños salvajes no entran los adultos y, por mucho que Riley espere encontrar un nuevo hogar, algo se oculta en las brasas de Nuncanada, algo que pide un pago horrible a cambio de santuario.
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Seitenzahl: 442
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Para mi madre, Isabelle Ruth Learmont Ward,la primera persona que conocí y a la que echode menos con toda el alma.
«La infancia es el reino donde nadie muere».
Edna St. Vincent Millay
Hay personas que atraen a la muerte. La muerte las adora, se enrosca en ellas como si fuera una hiedra, las sigue toda la vida. Hace tiempo que Riley sospecha que la muerte le pisa los talones. Así que, ese día de verano, cuando el chico de verde la sigue por la calle, cree por un momento que se trata de la muerte, que por fin le ha dado alcance.
Riley está de camino a casa, o más bien de vuelta a casa de Primo, cuando nota que la sigue. El chico se mueve entre las sombras. Es flaco y parece más o menos de su edad. Camiseta verde, tejanos con manchas verdes en las rodillas, como si hubiera estado trepando a los árboles o tirándose por el suelo en la ladera de una colina. Se escabulle a la sombra de la tienda de Higgers, luego detrás de un coche. Cada vez que Riley se da la vuelta, lo atisba por los pelos: apenas un destello de brazos flacos. Seguramente, si no hubiera intentado esconderse, ni siquiera se habría fijado en él.
Hace un calor excesivo para los primeros días del verano y, más allá de la ciudad, la blancura de la nieve se divisa solo en la cima de las montañas. El asfalto está caliente y los dientes de león brotan aquí y allá en las grietas de la acera. La gente empieza a salir a la calle, camina despacio en el calor que ha dejado atrás el día, bajándose el ala del sombrero para protegerse del sol de la tarde.
Sale de la avenida con la tienda de barrio en la esquina para bajar por una calle tranquila, silenciosa, flanqueada de viejos edificios victorianos. Casi le parece oír cómo la pintura burbujea y se resquebraja con el calor. Suena como una ramita cuando la pisas, o eso le parece. El sonido le llega de nuevo y Riley coge aire bruscamente al darse cuenta de que no es solo su imaginación. El sonido está aquí, en el mundo real, con ella. Y no es la pintura que se resquebraja al sol. Son pisadas, alguien camina con sigilo, la sigue. Riley contiene la respiración y se vuelve bruscamente, escudriña las sombras que proyectan las vallas, los cobertizos, los aguilones de las casas, erosionados por los elementos. La calle le devuelve la mirada bajo la caricia del sol. No ve a nadie. Un abejorro pasa junto a ella zumbando amodorrado. El sonido le vibra por todo el cuerpo. Riley sabe que no puede confiar en la calle, en ese aire perezoso de calma estival. Alguien la sigue.
Se da media vuelta y camina, deprisa, pero sin correr. Nota cómo se agita el líquido del bidón de leche que lleva en la mochila. Mira al frente sin titubear. Riley, como todos los niños, sabe que el mejor camuflaje es hacer como si el miedo no existiera: cierra los ojos y esa cosa mala —esa forma flaca y alta al pie de la cama, esas pisadas que te siguen por una calle desierta— no te verá. Cuando te fijas en la cosa mala, la cosa mala se fija en ti. Se alimenta de atención, de miedo, de miradas por el rabillo del ojo.
Riley dobla la esquina de la calle sin salida al final de la cual se alza la casa de Primo. Acelera el paso, avanza a zancadas rápidas, casi a punto de echarse a correr. Porque hay otra regla: no corras. Solo las presas corren. Le llega un olor en el aire, como a carne asada, y sabe que procede de él, del chico. Está cerca, casi nota su aliento en la nuca.
Empuja la destartalada puerta de la valla de Primo y, ahora sí, corre a toda prisa por el camino. Se lanza hacia la puerta principal y la cierra de golpe. Echa la cerradura, apoya la espalda contra la madera y respira hondo. Ya está dentro, a salvo. Los monstruos no pueden cruzar los límites si no se lo permites. Es muy importante creerlo.
Recupera el aliento antes de llamarlo. No quiere que el miedo lo toque.
—¿Oliver?
No hay más respuesta que el silencio, pero percibe la presencia menuda y cálida de su hermano. El niño tiene tres escondites y Riley sabe cuál habrá elegido hoy.
—Pero ¿dónde estará? —pregunta como si hablara sola mientras sube por la escalera—. ¿Dónde se habrá metido mi Oliver Olive?
Por la mañana, Oliver estaba asustado; Primo lo obligó a hacer cajas durante una hora, así que Riley sabe que Oliver se habrá metido en su lugar pequeño y oscuro, cerca del suelo. Cuando está contento, sube alto, se agazapa sobre el armario de la cocina como un aguilucho.
Riley entra en el pequeño cuarto de baño que comparten con Primo. Abre el armario que hay bajo el lavabo resquebrajado.
Oliver está tan doblado que por un momento teme que no esté vivo, contorsionado de esa manera, doblado en ángulos como una navaja plegable. Pero tiene los ojos brillantes y oscuros cuando los clava en los de ella.
—Venga —le dice—. Deprisa, este turno termina a las cuatro.
Riley llena de leche un tarro vacío de mermelada que ha encontrado bajo el fregadero de la cocina. No se atreve a tocar las jarras y vasos del armario. Primo es muy preciso. Si mueve algo, se dará cuenta.
Ayer, Primo les dio a cada uno un plato de arroz y, esta mañana, una pieza de fruta. Nada más. Al demonio hay que matarlo de hambre, es bien sabido.
—Bebe —dice Riley.
Oliver se lleva el tarro a la boca. Bebe demasiado deprisa, se atraganta, tose. Riley le da palmaditas en la espalda.
—Vamos —lo anima cuando se recupera—. Más. Pero despacio. Otra vez —le dice cuando se termina el tarro. Oliver se bebe el segundo de buena gana—. Otra vez.
Cuando se termina el quinto, se frota el vientre.
—Ya no más, Riley —dice—. No me cabe.
—¿Seguro? —le pregunta, y la desesperación se le oye en la voz—. ¿Seguro que no puedes con un poquito más, Oliver Olive?
El niño niega con la cabeza y eructa, se le llenan los ojos de lágrimas.
—Vale —le dice—. Está bien.
Se lleva a la boca el bidón de plástico y se bebe el resto a tragos. Se llena de leche hasta que tiene la barriga tensa como un tambor.
—¿Mejor ahora? —Le acaricia el pelo a Oliver.
Oliver se encoge de hombros, muy pálido. Riley desea con todas sus fuerzas que no vomite. Tiene que digerir la leche. Es entera, casi nata, y lo alimentará para un par de días. Las rodillas de Oliver son dos bultos que sobresalen de las piernas flacas. Tiene el rostro tan demacrado que parece simiesco. Tiene un par de dientes que le bailan, Riley lo notó la noche anterior mientras se los cepillaba. Puede que sea lo normal a su edad, que esté perdiendo los dientes de leche. Pero tiene miedo. Hace no tanto era un pícaro regordete, infantil.
—¿Ha sido el demonio el que nos ha hecho desobedecer? —pregunta Oliver.
Por un momento, Riley nota una sensación fría de intranquilidad. A veces, cuando está comiendo o bebiendo, casi nota cómo se relame el demonio que lleva dentro, cómo disfruta con el alimento. Trata de quitarse esa sensación.
—No hay ningún demonio, Oliver Olive. Son cuentos de Primo, acuérdate.
—Claro, Riley. —Sonríe, y ella le devuelve la sonrisa.
Riley lava en el fregadero el recipiente de la leche, ya vacío, y sale por la puerta trasera. Lo entierra al fondo del cubo de basura del vecino. Respira hondo una vez, dos, todavía con la tapa del cubo en la mano, aún caliente por el sol. «Calma», se dice. Primo no es Dios ni nada así. No ve todo lo que hace.
Cuando Riley vuelve a entrar, Oliver tiene la cabeza apoyada entre los brazos cruzados sobre la encimera de la cocina. Está cansado. Tiene que mantenerlo alerta, al menos un rato más. Si se duerme, no lo podrá despertar, y tiene que estar despierto cuando Primo vuelva a casa.
—¿Leemos un cuento? —le pregunta en tono animado—. Venga, siéntate conmigo.
No sabe si está haciendo bien al tratar de reconfortarlo. ¿No sería mejor gritar, llorar? ¿Y si Oliver cree que es normal que la vida sea así? A veces Riley hasta echa de menos a su madre.
Oliver se acurruca junto a Riley en el sofá, cálido y sólido contra ella. Coge un libro sobre un perrito desobediente y ella se lo lee. Oliver se ríe con los chistes y señala los detalles que le gustan en los dibujos. O mueve los labios como si leyera las palabras. Es tan listo que a Riley le dan ganas de llorar, pero no permite que se le quiebre la voz. Sigue leyendo en tono sereno.
Terminan ese libro y van por la mitad de uno de Dr. Seuss cuando llega Primo. Su andar es pesado como una tormenta, sacude la casa entera. Cuelga la chaqueta y se quita la corbata. Riley y Oliver se ponen tensos como cables, y Riley mete a toda prisa al Dr. Seuss debajo del cojín del sofá. Coge de la mesita el cuaderno de ejercicios Juguemos con fonemas y le pone un lápiz en la mano a Oliver.
Primo aparece por la puerta. Se rasca la mejilla y los mira con la cabeza inclinada hacia un lado.
—Hola, Primo —saluda Riley, animada—. ¿Qué tal el día?
—Aceptable —responde Primo. Consulta el reloj—. Cajas, Oliver —dice en tono amable—. Una hora.
Riley se queda sentada en la habitación que comparte con Riley y lo oye jadear escalera arriba, escalera abajo, cargando con la caja de cartón llena de ladrillos. Tiene la respiración entrecortada. A veces tropieza, y Riley se encoge, pero Oliver recupera el equilibrio, no se cae. Al final de la hora, casi no se tiene en pie.
—Vamos, señorito —oye murmurar a Primo.
Le gusta impostar un acento británico, cree que lo hace sonar más elegante. Lo saca de los programas de televisión, y cada vez que puede suelta una frase hecha. Riley daría cualquier cosa por ir con Oliver, pero sabe lo que pasará si intenta ayudarlo.
Riley le cepilla los dientes a Oliver con delicadeza para no presionar demasiado el canino y el incisivo que se le mueven. Cuando termina, hay un poco de sangre en el cepillo de dientes, así que lo lava a toda prisa bajo el grifo de modo que él no la vea. No sabe si es normal que pierda tantos dientes tan deprisa. Puede que sea cosa de la edad, Riley no lo recuerda. Todo lo que pasó antes de la muerte de su madre está envuelto en una neblina. A Oliver se le cierran los ojos y se mece. Entre comer tan poco y hacer las cajas a diario, a veces se duerme de pie.
Riley arropa a Oliver y se mete en la cama ella también. La suya está bajo la ventana. No se duerme de inmediato, sino que mira por la ventana y, como hace todas las noches, trata de pensar cómo salir de allí. Ella va a clase, así que le convalidarán la secundaria. Oliver estudia en casa. Su educación consiste sobre todo en hacer cajas y en la Biblia, además del viejo libro de fonemas que Primo compró en una tienda de segunda mano. Riley cree que Primo permite que vaya a clase para que lo ayude en la funeraria. Con la contabilidad. Se comporta como si fuera a hacerlo, porque de lo contrario ella tampoco estudiaría. Escucha la respiración de Oliver, cada vez más lenta y regular. Al menos ya está descansando.
El olor le llega fuerte y repentino, la asalta como si alguien acabara de abrir la puerta. Olor a asado, a carne quemada. Es más tenue que por la tarde, pero eso no mejora nada, porque viene por la ventana, se filtra entre las rendijas. Riley se incorpora. El corazón le late a toda prisa. Cuando empieza el sonido es quedo, pero la sobresalta.
Tap, tap, tap. Riley se agarra a la manta.
Tap, tap, tap. Una uña contra el cristal, una llamada.
«Cálmate», se dice. «No te pongas nerviosa». Si quisiera matarla, no habría empezado por dar golpecitos en la ventana, ¿no?
Tap, tap, tap.
El sonido es cada vez más brusco, más insistente. Denota impaciencia. Riley, nerviosa, piensa en Primo, que duerme al otro lado del pasillo. ¿Será posible romper un cristal con una uña?
Se inclina hacia delante para mirar.
Detrás del cristal está el chico de la camiseta verde, con una sonrisa que parece una máscara. Lleva muy corto el pelo rubio pajizo y es muy delgado. Puede que tenga unos quince o dieciséis años. Los ojos castaños son muy grandes. Deberían parecer inocentes, pero Riley no ve en ellos más que placer. El chico se tapa la boca con una mano y se ríe del espanto que ve en su cara. Debe de estar agarrado al marco de la ventana solo con una mano, pero parece relajado, tranquilo, como si flotara en el aire. Mueve un dedo para indicarle que suba la ventana de guillotina.
Riley levanta despacio la ventana, apenas unos centímetros, y se agacha para mirar por la ranura. Comprende que lo que pasa ya no depende de ella, sino que ha cogido un impulso que no se puede detener. El olor es muy fuerte, entra por la ventana: a carbón, a carne, a humo.
—Me has seguido desde la tienda —dice Riley—. ¿Qué quieres?
¿Cómo va a hacerle daño el chico, exactamente? Ahora acepta que el dolor forma parte de todo. Los demonios no son reales, pero las personas, sí.
—Solo quería hablar contigo —dice el chico, sobresaltado. Al oír la voz, Riley se da cuenta de que se ha equivocado—. Parecías triste. Y te vi robar la leche.
—Eres una chica —dice Riley.
—Claro —responde ella. Se toca la cabeza rapada—. Me lo tuve que cortar así porque lo tenía más lleno de nudos que un rey de las ratas.
Riley se da cuenta de que el olor que envuelve a la chica es sobre todo a suciedad, a humo, a ropa si lavar. No a carne ni a azufre.
—Me llamo Mediodía.
La chica mete una mano por la abertura de la ventana para que Riley se la estreche. Es un gesto tan cotidiano y normal en una situación tan extraña que Riley no se puede contener y sonríe. La chica tiene la mano cálida y sucia, con callos y arañazos de tanto trabajar. Es una mano normal. Aprieta la de Riley y no la suelta.
—¿Cómo has llegado aquí? —pregunta Riley—. ¿En qué estás subida?
No soporta las alturas, y la desazona solo pensar en que la chica está agarrada a su alfeizar, a dos pisos de altura.
—Se me da muy bien trepar. ¿Por qué estabas tan triste? —pregunta Mediodía. Le gira la mano a Riley y le mira la palma, los huesos que se le marcan en la muñeca. Le agarra el brazo y se lo aprieta, como para valorarlo. Es delicada, Riley no siente la repulsión que por lo general le provoca el contacto con los demás. Es como si Mediodía fuera médico o algo así—. No te da de comer —dice—. Pero él es grande.
En la casa aún perdura el olor al beicon frito y a los huevos que Riley le hizo a Primo para cenar. Al principio, cuando fueron a vivir con él, Riley siempre tenía hambre, pero ahora el olor de la comida, de la grasa y los huevos chisporroteando en la sartén, le da nauseas. Solo le preocupa Oliver.
—En el lugar donde vivo, pescamos peces del arroyo y los asamos sobre la hoguera —dice Mediodía—. Cultivamos las verduras que comemos. Si nos hace falta algo que no podamos cultivar o cazar… —se inclina para hablarle al oído—. Venimos a la ciudad y lo robamos.
Su aliento cálido llena todos los espacios en la cabeza de Riley. El olor la envuelve ahora, pero de pronto es a tierra caldeada por el sol, a algo especiado. Lo inhala y nota que se le va la cabeza.
—A mí no me puedes robar.
Mediodía exhibe su sonrisa de máscara.
—No te quiero robar.
—¿No? —Riley nota un aleteo, puede que sea miedo u otra cosa, no lo sabe bien.
—No. Ven porque quieras. ¿No te gustaría ser libre? ¿Vivir en las montañas, bajo el sol y las estrellas, donde todo el mundo recibe amor y respeto? Todos somos niños, todos hemos escapado de algo malo. Y hemos decidido hacernos un lugar mejor.
Riley aprieta la mano de Mediodía.
—Como historia es bonita —dice con tristeza.
—Ven a verlo con tus propios ojos. Sal por la ventana y vámonos.
—Me caeré…
—Te cogeré.
—No puedo dejar aquí a Oliver —dice Riley.
—Pues tráelo.
—No podemos andar por las montañas ahora, es de noche.
—Entonces, volaremos.
Riley se ríe, pero vuelve a fijarse en que Mediodía parece suspendida en la oscuridad, y le parece que sube y baja como si estuviera flotando en el aire.
Oye un ruido en el pasillo. Primo va al cuarto de baño.
—Tengo que irme —susurra.
—Toma —Mediodía se saca del bolsillo un papel. Está sucio, con palabras trabajosamente escritas en mayúsculas torpes—. Te lo he escrito aquí. Para llegar.
—¿Para llegar a dónde?
—A Nuncanada —responde Mediodía—. Ven con nosotros.
—Ese lugar —susurra Riley. El miedo vuelve como un golpe frío que le recorre la columna con mil patitas heladas—. Mi madre me habló de Nuncanada. —Se suelta de la mano de Mediodía a toda prisa—. El rancho de Leaf Winham, donde mató a toda aquella gente. —Mira a Mediodía cada vez con más espanto—. ¿Cómo estás aquí, ante la ventana?
Se oye el ruido de la cisterna. Primo va a salir.
—Vete —dice Riley—. No vuelvas a seguirme. Eres un sueño. Llamaré a la policía.
Cierra la ventana tan deprisa como puede sin hacer ruido, y estruja en el puño el papel con las instrucciones y busca desesperada un lugar donde ponerlo. Primo no les deja tener papelera en su cuarto. Cada mañana hace la inspección, a veces los despierta por la noche para hacer un registro adicional. Mira en los cajones y huele las sábanas por si hay rastro del demonio. Busca bajo los colchones, en las suelas de las zapatillas, en todos los bolsillos. Si encuentra comida, golosinas, algo escrito o un dibujo que no sea de sus estudios, el castigo es la habitación silenciosa del sótano. Riley no quiere ir ahí. ¿Es demasiado grande el papel como para comérselo? Sí, de modo que se lo mete a toda prisa bajo la ropa interior.
Mira por la ventana mientras vuelve a meterse en la cama a toda prisa. No hay nadie, solo los círculos amarillos de las farolas y, más allá, la oscuridad, la luna entre las nubes que pende sobre las montañas lejanas.
Cuando la puerta del dormitorio chirría al abrirse y la silueta de Primo aparece en la entrada, Riley ya está tumbada, en silencio, con la respiración pausada, inmóvil como la muerte. Sigue sin moverse incluso después de que la puerta se vuelva a cerrar. A veces Primo se queda escuchando, con la oreja pegada a la madera.
Bajo las mantas, Riley le muestra el dedo corazón al viejo del cielo, como todas las noches. «Que te den», formula las palabras con los labios, sin sonido. «Seguiré así hasta que acabe los estudios. Cuatro años más. Luego, me llevaré de aquí a Oliver». Las palabras le palpitan en el cerebro con un ritmo blanco y negro hasta que el negro lo domina todo y la llevan hacia el sueño.
Por la mañana, se despierta con un ánimo desacostumbrado, una sensación que recuerda vagamente de otros tiempos. Se da cuenta de que es felicidad, aunque no tiene sentido. Solo sabe que el chico/chica de la ventana fue un sueño. El recuerdo va con una extraña sensación de otredad, de estar desconectada de la realidad, pero, cuando le dijo a la chica que se marchara, experimentó un destello de ira y, por un momento, volvió a ser ella misma.
Nota algo que la araña. Riley se mete la mano en la ropa interior y nota el papel doblado contra la piel.
La primera vez que robó leche en el Mountain Foods and Goods, la pillaron.
El hijo del señor Assadaya estaba en la caja registradora. Era un hombre callado, de veintipocos años. Riley nunca se había fijado en él, pero aquel día pasó por delante de donde estaba tratando de no llamar la atención. Tenía que darle algo de comer a Oliver, algo que Primo no notara, que no delatara que estaban haciendo trampas. A veces les palpaba la barriga, iba al baño detrás de ellos. Riley lo había pensado muy bien, y la solución era la leche.
Abrió la puerta de la nevera y sacó el bidón de cuatro litros en silencio. La tienda estaba desierta, era un buen momento. No había hecho más que empezar a meter la leche en la mochila cuando alzó la vista.
En la esquina del techo estaba el gran espejo convexo. El hijo del señor Assadaya estaba mirándola fijamente. Riley se quedó paralizada. Se miraron durante lo que le pareció una eternidad. Se quedó esperando que dijera algo, que cogiera el teléfono para llamar a la policía, que avisara a su padre en la trastienda. Pero, al final, él apartó los ojos y siguió haciendo algo con los cigarrillos tras el mostrador. Riley cerró la mochila y pasó delante de él para salir de la tienda sin mirar a derecha o izquierda. El hombre no la miró.
Riley salió al aire fresco y echó a correr. Nadie fue tras ella. La leche se agitó en la mochila. El mundo estaba lleno de color. Ahora lo notaba, lo comprendía. Había un poder que ponía orden en el universo, y le había dicho al hijo del señor Assadaya que la dejara en paz. Se rio mientras corría, jadeante, llena de alegría y gratitud, de seguridad en el orden universal. Riley había visto en los ojos de Primo esa certidumbre. La había visto en la cara de su madre. ¿Por qué no iba a tener esa seguridad ella también?
Al doblar la esquina, Riley dejó de correr. La casa de Primo estaba al final de la calle. Riley comprendió, como todos los días, que tenía que dormir, que vivir allí. Recordó el lugar solitario en el sótano, que sus padres estaban muertos. Se dejó caer de rodillas en la acera para recobrar el aliento. Fue entonces cuando entendió lo espantoso de la situación con Primo. Un poder superior no la había ayudado a robar la leche. No era una señal del cielo. Era una señal de que un adulto la había mirado y había visto lo mal que estaba. Tanto como para permitir que le robara.
Riley se secó los ojos y se sonó la nariz con un recibo que llevaba en el bolsillo. Se levantó de la acera y caminó a paso vivo hacia Oliver. Tenían que beberse cuatro litros de leche antes de que Primo volviera a casa.
Su madre se suicidó el día que el padre de Riley habló con ella a través del tablero. Llevaba muerto doce años. Riley sabe que su padre no le dijo nada a su madre en la ouija. Ella quería morir, y ya.
Solo existe un mundo, este. Riley lo sabe. No hay nunca nada hacia donde huir.
Hoy Riley vuelve de clase un poco más tarde, así que Oliver ha tenido mucho tiempo para esconderse.
—¿Dónde estará? —pregunta en voz alta, de habitación en habitación. Pero Oliver no está en el lugar alto. Tampoco está en el bajo, debajo del lavabo—. ¡Oliver Olive! —Lo sigue llamando con su voz normal. No quiere que se dé cuenta de que empieza a tener miedo. Busca en el dormitorio, en el cuarto de baño y en la sala de estar, y ya no le quedan sitios donde buscar, solo el sótano.
Trata de no sentir nada, pero al bajar por las escaleras se le eriza todo el vello del cuerpo.
El sótano parece inofensivo. Es como una sala con una alfombra de pelo beis sucio, un sofá roto que se hunde por el centro tapado con una manta vieja. Hay una tele, pero no funciona. Hay un tocadiscos y unos cuantos discos de funda descolorida inclinados contra él. Las paredes son de pino oscuro y la bombilla cuelga sin pantalla de un tubo del techo. A veces hay ratas o ratones, es inevitable. Una de las tareas de Riley es llenar de veneno rosado los cuencos de las esquinas y luego recoger los cadáveres.
Parece un sótano normal excepto por el cubículo del rincón. Dentro hay un retrete, así que tal vez en el pasado solo fue un cuarto de baño. Riley no lo sabe. La puerta está entreabierta y alguien llora dentro con sollozos quedos.
—Eh —le dice Riley con afecto. Oliver está sentado en el taburete de los castigos. Ella le acaricia la cabeza—. Vamos arriba. A leer un cuento. O a cantar.
—No puedo.
—Claro que puedes. Vamos, Oliver Olive.
Tira de él con delicadeza, pero el niño retrocede, se refugia aún más en la habitación solitaria.
—¡Que no puedo, Riley! —Tiene una voz rota, chillona, que la detiene en seco—. Llevo al demonio dentro, tengo que quedarme aquí.
—Faltan horas para que Primo vuelva del trabajo —dice—. No te puede obligar.
—No me obliga —dice Oliver—. Tengo que recibir el castigo. Lo noto.
Está temblando, se abraza las piernas.
—¿Qué notas?
—Al demonio.
El mundo se tambalea helado en torno a Riley.
—El demonio no existe, Oliver.
—Sí que existe —susurra—. Si no, ¿por qué nos tiene que ayudar tanto Primo? Lo tengo en la cabeza, me dice cosas, como nos ha explicado Primo. Me dice que coma. Que rompa el cerrojo de la despensa. —Oliver no para de temblar.
—Tienes hambre, Oliver —le dice Riley—. No hay ningún demonio.
—Entonces, ¿por qué lo noto? —Oliver se pega un puñetazo en la cabeza—. ¿Por qué lo oigo, Riley? —Otro golpe, y otro más. Ella lo agarra y lo saca de la habitación—. ¡Déjame! —grita.
—Oliver —Riley trata de calmarlo, pero el niño forcejea, se escabulle.
—Quiero sacarme al demonio de dentro, como dice Primo, ¡tú eres mala!
—¿Te acuerdas del plan, Oliver? —Riley lo sujeta con fuerza, Oliver la golpea con los puños—. El plan es esperar a que acabe los estudios y luego marcharnos. Busco un trabajo y cuido de ti. Y vuelves al colegio. Te encantaba el colegio.
—¡No! —Los sollozos sacuden a Oliver—. Yo solo quiero ser bueno. Si fuéramos buenos, si no dejáramos entrar al demonio, mamá no habría muerto, Riley.
—No, no es verdad.
Riley le acaricia la espalda, está calado de lágrimas y sudor. El centro de equilibrio ha cambiado, ve que ya no les queda tiempo. Oliver se está derrumbando. Necesitan otro plan.
Oliver trata de apartarla. Tiene los brazos como ramitas.
—Eso lo dice tu demonio. Tu demonio quiere que desobedezcas a Primo todo el tiempo. Además… —Sorbe por la nariz—. ¿A dónde vamos? No podemos volver a casa. —Tiembla y se frota la nariz con el dorso de la mano—. No podemos volver.
—No. —Riley piensa a toda velocidad. Le pone un pañuelo de papel en la nariz para que se suene. Le acaricia el pelo—. Algo se me ocurrirá.
Va hacia el armario y vierte los granos rosados de veneno en las bandejitas de plástico.
Riley fríe pollo para la cena de Primo. También le hace bollitos salados con salsa de carne. Le gustan esas cosas. Y le hace una tarta de fresa. Se sienta a la mesa con él para comerse la tostada y la manzana a mordisquitos. A Primo le gusta estar acompañado y dice que para ella es bueno verlo comer. Le da el don de la humildad y la gratitud.
El olor dulce impregna el aire cuando Primo se corta una porción de la tarta templada. Le ha salido perfecta. La masa está dorada y crujiente. Las fresas se derraman en una brillante marea roja.
Riley despierta a Oliver a medianoche.
El niño duerme siempre con la cabeza debajo de las sábanas como un cadáver tapado. Las aparta para ver el rostro menudo, el pelo oscuro revuelto.
Oliver se frota los ojos.
—Quita, Riley. —Las hermanas mayores no tienen el menor respeto.
—Ponte los pantalones. Venga.
—¿Por qué? Es de noche.
Tiene las piernas tan flacas… Nota una puñalada en el corazón cuando le sube los pantalones.
—¿Por qué inhalas así? —Riley le enseñó la palabra «inhalar» unos días antes.
—Viene el demonio —le susurra—. Tenemos que salir de Boulder.
De repente parece muy pequeño, mucho más pequeño de lo que le corresponde a los siete años.
—¿Mi demonio? —susurra.
—El nuestro. Pero podemos escapar de él.
Ya no discute más.
Le pone los calcetines. Son sus favoritos, con dibujos de un perro bobalicón de un programa que antes veía en la tele. Es hembra y tiene unos ojos enormes lunáticos, y se llama Banana, Nana para abreviar. A Riley le parece aterradora, o quizá aterrada. Pero Oliver la adora, y adora estos calcetines.
—Los zapatos. —Le calza las zapatillas deportivas y le pone un jersey sobre un hombro huesudo, luego sobre el otro—. Va a hacer frío. Y lo que no llevemos puesto tenemos que cargarlo. —Ya no le nota el brazo debajo de todas las prendas. Es como si hubiera desaparecido. A veces la asalta este mismo miedo paralizante, la sensación de que Oliver se ha ido, se ha esfumado en el aire. Se apresura a tocarle la cabeza, cálida y real—. He recogido todo lo que necesitamos —le dice—. Tenemos que ir en silencio para que el demonio no nos oiga. —No está nada segura de Primo.
Oliver está despierto solo a medias, se tambalea y se va contra la pared cuando bajan por la escalera. Riley presta atención por si algo se mueve, pero no.
—Deprisa —dice—. Nos persigue.
Casi ve cómo palidece y en ese momento se odia a sí misma. Le duele utilizar las palabras de Primo para llevarse a Oliver lejos de él. Pero tienen que escapar de allí, y se recuerda que no es como Primo, no, para nada. Ella lo hace por un buen motivo.
Ya están junto a la puerta y Riley va a descorrer el cerrojo cuando se detiene en seco. Casi se le olvida.
—¡Tenemos que irnos, Riley! —susurra Oliver—. ¡El demonio!
Tal vez haya sido demasiado convincente.
—Es solo un momento, Oliver Olive.
Riley corre hacia la caja de popurrí que hay sobre la repisa de la chimenea. Apesta a esencia sintética de rosa. El olor le repugna.
Mete la mano en la caja. Las cáscaras secas le parecen bichos muertos, pero lo encuentra en el fondo. Primo no puede esconderle nada a Riley. Lo ha estado vigilando desde que llegó. Sabe dónde lo guarda.
El guardapelo le cuelga del cuello, sobre el esternón. Nota la plata fría contra la piel.
—Es el medallón de mamá —dice Oliver.
—Ahora es mío.
Salen a la noche. Riley pasa la uña del pulgar por la hendidura y trata de abrir el guardapelo, pero no lo logra. Nunca lo ha conseguido, y es lo que más le gusta del objeto. Puede imaginarse que dentro hay lo que ella elija.
Oliver camina despacio. Ya está cansado. Riley arranca trozos de una barrita energética y se los va dando mientras caminan. Esa noche ha roto el cerrojo de la despensa y la alacena, y las ha tomado por asalto.
Ha sido definitivo. Ya no podrán volver a casa de Primo.
Toman el autobús en la esquina de Front Street, y el fulgor del neón los hace parpadear. El conductor tiene el rostro bondadoso y abolsado de un orangután viejo. Riley nota que Oliver quiere hablar con él. No tiene contacto con casi nadie. Con delicadeza, se lo lleva hacia el final del autobús.
—Si el demonio nos está buscando, es mejor no llamar la atención —le dice.
El trayecto hasta el parque nacional de las Montañas Rocosas dura veinte minutos. Riley se da cuenta de que el conductor los está mirando por el espejo retrovisor. Sabe que Oliver y ella son demasiado pequeños para andar solos a esas horas de la noche.
—¿Viene alguien a buscaros? —les pregunta cuando el autobús se detiene ante la verja a oscuras.
—Nuestra madre acaba de empezar a trabajar ahí de camarera de piso —responde, animada, al tiempo que agarra con fuerza la mano de Oliver y señala un motel tras el que se alzan las Rocosas—. Su turno termina ahora y ella tiene el coche. Le tengo que devolver las llaves a la tía Mimi, que ya no conduce porque no distingue la derecha de la izquierda desde que se dio un golpe en la cabeza con la grúa de la cámara en un plató de televisión. Era la encargada de cáterin y no le…
—Vale, vale —se apresura a interrumpirla el conductor del autobús.
Hace días que Riley ha desarrollado una habilidad para esto. Se le da bien mentir.
Se agacha y hace como si se atara el cordón del zapato hasta que los ojos rojos del autobús se cierran en la distancia oscura.
—Venga —dice—. ¡Vamos!
Oliver camina feliz tras ella. Ya no parece preocupado por el demonio. Para los niños, la vida real siempre parece medio imaginada.
Caminan a toda prisa junto a las taquillas vacías y la caseta de los guardabosques. Oliver no tiene que agacharse para pasar bajo la barrera.
Una vez dentro del parque, todo es diferente. Silencioso, pero respira como si los hubiera estado esperando. Un pájaro lanza su llamada en la noche. «Tan cerca de la entrada no habrá pumas», piensa Riley. «Ni osos. Seguro».
Mete la mano en la mochila y la saca. Oliver ahoga una exclamación. Está horrorizado y emocionado a la vez.
—No tocaremos la pistola de Primo —recita.
—Yo, sí. Tú, no, ni se te ocurra.
Ha visto una y otra vez, con los ojos entrecerrados cómo Primo tecleaba el código de seguridad en la caja fuerte del arma. Sabía que le podía hacer falta.
Comprueba que el seguro esté puesto y se la mete en el bolsillo de la chaqueta. Solo es una calibre 22, pero le servirá. «¿En la oscuridad? ¿Contra un oso de trescientos kilos? Cállate, cerebro». En la caja fuerte había otras armas, hileras de metal brillante. Riley cogió esta, vieja, con la culata de madera astillada y hacia la izquierda. Sabe muy poco de armas. Su madre tenía una frase: «Siempre buscan algo que morder, les da igual lo que sea». De modo que por eso no cogió una más potente, con fauces más grandes.
—¿Es para el demonio? —pregunta Oliver.
—Sí. Si nos sigue, lo mato de un tiro.
El niño asiente, conforme. Riley enciende la linterna, que proyecta un amplio haz de luz en el sendero angosto que sale de la carretera. Todo cuesta arriba, más allá de los árboles, hasta la cresta. Una vez salgan de entre los árboles, la luna los iluminará, pero también verán a cualquiera que se acerque.
Se saca las instrucciones del bolsillo. Mediodía se las anotó en un papel que ya estaba gastado, delicado. Riley lo maneja con cuidado.
DÍA UNO
ENTRADA OESTE, A LA DERECHA
SUBIR A LA CRESTA DE LA LUNA
SEGUIR CAMINO SEÑALADO
CABAÑA DE CAZA
DÍA DOS
22 KILÓMETROS
SALIR DEL CAMINO PRINCIPAL AL OESTE, PUERTA DE LILAS
SENDERO DE CIERVOS
CRUZAR EL CLARO BAJO EL ÁRBOL COMO UN BARCO
DÍA TRES
SENDERO DE CIERVOS
POR EL PASO DE MONTAÑA DONDE LOS PICOS
TIENEN OREJAS DE GATO
CAMINO DEL BARRANCO
OESTE, BOSQUE DE VERANO
BARRANCO, EL FINAL
AHORA VUELA
NUNCANADA
«No lo encontraremos nunca», piensa Riley. «Nunca». Y no hay manera de interpretar la última instrucción. Pero tampoco hay otro sitio a donde ir.
«Te crees muy lista». Oye la voz de Primo con total claridad.
Riley sabe desde hace tiempo que es verdad, tiene un demonio dentro. Es Primo, se le ha metido en la cabeza.
—Cállate, imbécil —masculla. Eso la anima un poco—. Qué modales los míos —dice en voz más alta, en una imitación del tono de Primo—. ¿Es que has nacido en un zoo? ¿Te has criado entre lobos?
—Sonríe, niña —aporta Oliver—. No seas gruñona.
A veces, el único poder que te queda es burlarte del otro.
La subida es ardua para Oliver. Tiene la respiración entrecortada. La ladera rocosa se desmorona como las migas de una tostada reseca, resbalan más de una vez, con las manos arañadas buscan asideros en el pedregal.
—Lo estás haciendo muy bien —le dice Riley a Oliver una y otra vez, y es verdad—. Esta es la parte más difícil. —Mentira.
Al final, salen de la oscuridad con olor a pino. Están en la cresta. La luna ilumina la tierra y la tiñe de gris, deja charcos negros en las hondonadas. Es como estar en la propia luna. Riley le agarra la mano a Oliver con fuerza.
Son los únicos seres vivos en muchos kilómetros. O eso les parece.
—¿A dónde vamos? —pregunta Oliver.
—Más arriba y más allá. —Señala a lo lejos—. Llegaremos enseguida. —El viento le mete los dedos fríos en el pelo húmedo, le roba todo el calor. Se estremece—. Cómete esto y seguimos. —Tira al suelo el envoltorio de la barrita de energía.
—El plástico tarda hasta quinientos años en biodegradarse —dice Oliver, y le da una patada con fuerza al camino que tienen por delante. Los guijarros saltan, el sonido rebota contra las paredes rocosas que los rodean.
—No hagas eso.
—¿Cuánto queda, Riley?
Aún están en el camino principal. Faltan unas horas para el amanecer.
—No lo sé.
—Pero ¿cuánto…?
—Calla, Oliver. —Sabe que le sale una voz odiosa, tensa. Tenía la esperanza de ir más deprisa, pero Oliver está tan débil…
—Estoy cansado.
—He dicho que te calles.
Tiene miedo de haber venido aquí para morir los dos. Aquí la muerte acecha de muchas maneras.
Oliver empieza a llorar y Riley se detiene, lo estrecha entre sus brazos. Él la rechaza con los puñitos apretados.
—Oliver Olive —le dice.
Niega con la cabeza. Cuando Oliver se enfada con ella, siente como si le faltara una parte de su propio cuerpo.
—Eres un demonio, Riley.
Cierra la boca y se detiene un momento antes de responder.
—Tienes que ir al baño y lavarte los dientes, ¿vale?
—¡No quiero! —La señala con el dedo—. ¡Demonio!
—¿Un demonio te diría que te lavaras los dientes?
Se ha acordado de traer papel higiénico. Cava un hoyo al pie de un matorral de brezo y luego lo vuelve a llenar. Le desinfecta las manos a Oliver, le da agua y otra barrita energética, y comen mientras caminan. La luna transforma sus sombras en gigantes larguiruchos.
—¿Sigues sin hablarme?
Todavía están ascendiendo y el aliento se les condensa en nubes blancas en el aire. Oliver niega con la cabeza, pero puede que sea porque está jadeando. Además, acabará por perdonarla. No le queda más remedio. Solo se tienen el uno al otro.
Cuando Riley alza la vista, lo ve con claridad: la silueta esbelta recortada oscura contra la noche. El puma se escabulle por la cresta, al mismo ritmo que ellos avanzan despacio por el camino. Un guijarro cae de las alturas al sendero y el sonido retumba en el cañón. Riley tiene el pánico alojado en las entrañas. Casi le parece verlo, los ojos dorados a la luz de la luna, el pelaje jaspeado, claroscuro, la lengua que se relame. Le llega el olor claro a hierba seca y amargor; lo captaba a veces con su madre, en los viejos tiempos, cuando iban de excursión: es el rastro de lo salvaje que pende en el aire.
Traga saliva y chasquea la lengua.
—No te apartes de mí, Oliver.
El niño masculla algo en tono de protesta, pero lo agarra del brazo con fuerza y lo atrae hacia ella. Saca la pistola despacio, apunta hacia la cresta. No se ve nada. Nada se mueve.
—Tenemos que darnos prisa —dice.
Desea con todas sus fuerzas que sea cierto que están cerca, ya próximos a la cabaña de caza de las instrucciones.
«Estúpida», le susurra Primo al oído. «Vais a morir los dos, os va a hacer pedazos y…».
«Cállate».
—¿Riley?
—No pasa nada, Oliver Olive. Es que hablo sola.
«Camina, no corras». Lo leyó no sabe dónde. Correr despierta los instintos del depredador. Tira de Oliver tras ella a paso vivo. Nota que el puma está ahí. El puma y ella están concentrados el uno en el otro, enfocados con tanta intensidad que parecen brillar como faros en la noche.
—No vayas tan deprisa, Riley —dice Oliver—. Me duelen las piernas.
—No te pares.
—Riley…
—Un paso y luego otro —le dice—. Respira hondo.
Ve algo que reluce más adelante. «¿Unos ojos?», piensa Riley. Pero es la luna sobre un cristal. La cabaña de caza aparece ante ellos al doblar un recodo, con el cielo nocturno reflejado en las ventanas.
Algo se mueve entre las rocas; una forma baja se separa de las piedras. Se mueve sin apenas desplazar aire. Una cola lo corta.
Riley corre con el corazón en un puño, lleva a Oliver mitad en volandas, mitad a rastras.
La cabaña tiene paredes de granito y la parte superior de madera, techo de chapas superpuestas, ventanas con persianas de madera por dentro. «Que esté abierta», piensa. «Es lo único que pido. Que la puerta esté abierta y no volveré a rezar por nada más en la vida». El picaporte no cede cuando lo baja. Grita, lo sacude.
La puerta se abre de repente y se precipitan hacia el interior. Riley la cierra de golpe. Oliver está llorando y ella tarda un momento en abrazarlo con fuerza. Esta vez, el niño le devuelve el abrazo.
—¿Están aquí? —pregunta entre lágrimas—. Los demonios.
—No pueden entrar —le dice.
Riley arrastra un pesado baúl del rincón de la habitación para ponerlo delante de la puerta. Tiene el pulso tan acelerado que se lo oye.
Aguardan a la escucha. Afuera solo se oye el viento. Poco a poco, Riley se va calmando. Puede que ni siquiera fuera un puma. Puede que no hubiera nada, que todo fueran imaginaciones suyas en la oscuridad.
O puede que fuera Primo, que los seguía por el camino, agitando los brazos, el rostro muy blanco lleno de moscas, el jugo rojo de las fresas derramado por la comisura de la boca.
«No».
Riley sabe que no debe pensar jamás en eso. Los pensamientos se reflejan en los ojos.
Riley y Oliver desenrollan los sacos de dormir. La lona huele a cera, a nuevo. Primo siempre decía que era experto en supervivencia, que amaba la naturaleza, pero en todo el tiempo que Riley y Oliver vivieron con él no salió de la ciudad ni una vez. Los sacos de dormir no se movieron del armario.
—Ven y lo compartimos, Oliver Olive —dice Riley.
Oliver se acurruca entre sus brazos y ella sube la cremallera. El niño se mueve hasta que los contornos de sus cuerpos encajan. Está temblando. Riley respira hondo, con calma, para que absorba la tranquilidad de su cuerpo.
—¿Te acuerdas de cómo te hacía cosquillas en los pies cuando naciste? —le pregunta.
—Sí. —Siempre dice que se acuerda de cosas que pasaron nada más nacer.
—Estaba sentada con vosotros, en la habitación del hospital. Mamá se había dormido, pero tú estabas despierto, y no parabas de mirarme. Parecías muy confuso.
—No entendía cómo estaba fuera, si antes estaba dentro.
—Ya me di cuenta. Demasiadas cosas nuevas a la vez. Pensabas que a lo mejor todos eran tus enemigos. Y claro, es natural. Así que te cogí los pies… —Riley baja la mano y le agarra los deditos embutidos en los calcetines, y Oliver chilla, encantado—. ¡Eso es, ese mismo ruido hiciste! Luego me intenté comer tu cabeza. —Gruñe y le roza el pelo con los dientes—. Y tú no hacías más que reírte. —Los dos están muertos de risa de repente, todo es muy tonto—. Mamá se despertó y se enfadó mucho, pero tú te reías, venga a reírte.
—Nos reíamos, venga a reírnos —dice, adormilado.
Riley le acaricia la cabeza despacio, muy despacio, hasta que la respiración del niño se acompasa y se queda dormido. Pese a todo, sigue confiando en ella. No tiene otra cosa.
No fue así, claro. Los bebés tan pequeños no se ríen. Pero le encanta que se lo cuente de esa manera, y se ha convertido en parte de su historia.
Riley apenas duerme. Tiene las manos libres, con la pistola en una. A ratos le parece oír una respiración, como si un hocico husmeara por debajo de la puerta. Pero se marcha, o tal vez fuera solo el viento.
Lo que sucedió de verdad fue que Riley estaba en aquella habitación de hospital junto a su madre, sin sentido, y miró a Oliver, tendido en la cuna. El niño movió la cabeza, casi sin ver con los ojitos azul oscuro recién estrenados, casi incapaz de agitar las manos y los pies diminutos, casi sin mover la cabecita perfecta. Ella tenía siete años. La gente no sabe que los niños de esa edad pueden sentir las cosas de manera muy profunda, pero así es. Algo se despertó dentro de ella, algo doloroso como un jirón en el mundo. Tal vez el amor sea siempre así. Riley no lo sabe. Solo sabe que quiere a Oliver.
Tocó la manita del bebé, la cabecita sedosa. «Nunca te abandonaré —le dijo—. Siempre estaré a tu lado».
Con el amanecer llega una bruma gélida. La noche anterior subieron bastante y están a dos mil metros de altura. Observa el rostro inmóvil de Oliver, los párpados cerrados, las pestañas largas y oscuras sobre la curva de las mejillas. Ojalá se encuentre bien. Dormido, parece que no respira del todo bien. Los dos tienen hambre y, cuanto más suben, menos real les parece todo.
Acaricia con los dedos el guardapelo que lleva por debajo de la camisa. No sabe por qué, pero su piel no consigue caldearlo. Lo lleva como un secreto helado contra el pecho.
En casa solo hubo una foto de su padre, y Riley no la ha visto nunca. Ahora la lleva en torno al cuello. El cierre está roto desde que ella tiene memoria, y pese a eso su madre lo llevaba siempre puesto. A veces, mientras fregaba los platos, o compraba en el supermercado, o hablaba por teléfono, se detenía y lo cogía en el puño, como si estuviera caliente o le diera fuerzas. Cuando fue por última vez al hospital, Riley se quedó sentada en el peldaño de entrada con el medallón en la mano y trató de abrirlo con una uña. No pudo. Se le pasó por la cabeza darle un martillazo, pero esto tampoco quería hacerlo. No se lo entregó a la funeraria, como había pedido su madre en la nota. Fingió que no lo encontraba y lo guardó bajo el colchón. Primo se lo quitó en uno de los registros de dormitorio, pero ahora Riley lo ha recuperado.
Puede que dentro haya una foto de una modelo, o de un perro, o del arco iris, o algo así. Puede que no haya nada. Tal vez nunca lo sepa. Riley no ha visto nunca el interior del medallón, igual que nunca conoció a su padre.
Al mediodía llegan junto una mata de lilas. Oliver va cada vez más despacio y jadea mucho. Riley está preocupada por el sonido trabajoso al inhalar, al exhalar. Cada vez que le mira las piernas flacas le dan ganas de llorar.
Le llega el olor dulce y mineral del aire. Las lilas la llaman con su perfume. En el aire vibra un zumbido, parece maquinaria, o un dolor de cabeza. Un lago púrpura sobre fondo verde. El arbusto está en flor y se aferra a las rocas del risco. Tiene alrededor nubes de moscas y mosquitos. En las flores púrpura, las mariposas abren y cierran las alas pausadas, ebrias.
Riley mira a su alrededor. No puede ser aquí, no hay ningún sendero. De todos modos, coge aliento y se mete en el arbusto. El olor es abrumador, casi le pica en la nariz. Oye a Oliver estornudar detrás de ella.
Sale tosiendo por el otro lado. Al principio no lo ve porque es muy estrecho, indefinido, recrecido de hierbajos. Un sendero de ciervos que va directo hacia lo más agreste.
—Vale —dice Riley—. Vale. Puerta de lilas.
—Quiero irme a casa —dice Oliver.
—El sitio de dónde venimos, donde está Primo, no es tu casa —le dice—. Tu casa soy yo, y tú eres la mía.
Hace un puchero y pasa de largo junto a ella. Su manera de apretar los dientes al caminar por el angosto sendero hace que se le encoja el corazón. Es tan pequeño… Acelera el paso para darle alcance.
—Vamos a hablar más de cómo naciste. ¿Te acuerdas del cuento que te contaba mamá? —Oliver niega con la cabeza en silencio, pero relaja un poco los hombros—. Ah, pues te lo recuerdo. Había una vez una señora que quería tener un bebé, y lo quería tanto que no pensaba en otra cosa. Quería que fuera un niño con los ojos verdes, como estos. —Riley dibuja círculos en torno a los ojos de Oliver—. Se lo imaginaba muy bien. Un niño con ojos verdes, ¡y que le gustaran mucho las cosquillas! —Le hace cosquillas en las costillas y Oliver chilla—. Lo deseaba con todas sus fuerzas y cada mañana salía al jardín a ver cómo se abrían las rosas. —Riley le hace cosquillas, cada vez más—. La rosa más bonita era una color rojo sangre. Una mañana, la señora estaba llorando cuando la rosa rojo sangre se abrió y en el centro había un bebé, un niño perfecto, con los ojos tan verdes como la hierba que había bajo sus pies. —Le clava los dedos en la barriga y Oliver chilla, encantado. Le coge la mano—. Mamá y tu papá estaban muy contentos de tenerte.
El padre de Oliver era un camarero de Ault. Hasta le mandaba dinero para el niño hasta que murió. Era un buen tipo. Oliver se mece de su mano.
—¿Y tu papá, Riley?
—Yo no tengo. Yo nací de un huevo, como los pollos.
—¡Qué va! —chilla, alegre—. ¡No es verdad!
—Te lo juro por dios. Mamá iba a hacer una tortilla conmigo para desayunar, pero tap tap tap, de repente se abrió una grieta en el huevo y salí yo.
Riley cree que la verdad está sobrevalorada. Oliver ya tiene bastantes cosas malas en la cabeza para su edad.
Vuelve a mirar las instrucciones. No puede hacer más que seguir adelante. Sobre ellos, los capullos blancos de magnolia apuntan hacia las nieves lejanas. Cuanto más alto se sube en la montaña, más tardío es el verano.
El camino serpentea entre las flores y todo huele a nuevo, a verde. Eso les levanta el ánimo. Oliver va dando saltitos por el camino. Grita al ver un colibrí. Solo tiene siete años y hay sol por todas partes. Riley se siente liberada. Ha hecho lo que debía. Ahora lo sabe.
—De quedarnos con Primo, habríamos muerto —le dice en voz baja a la montaña—. Tarde o temprano.
Primo ya no le habla al oído. Riley no cree en esas cosas, pero no se puede quitar de encima la idea de que eso quiere decir que está muerto.
Un cedro solitario se alza ante ellos. Las ramas parecen formar un barco con velas que se agitan con la brisa.
Al abrigo del tronco, Riley enciende una hoguera al anochecer. Aviva con cuidado las llamitas hasta que arden rojas, vibrantes. Lava en un arroyo los calcetines de Nada de Oliver y los pone a secar sobre una piedra.
El calor es reconfortante, igual que el chisporroteo de las llamas. Allí se siente protegida, mientras las velas del barco… no, recuerda, las hojas del árbol, crujen sobre ellos. Los árboles altos te cuidan, es bien sabido. Riley trata de hacer guardia, pero se le cierran los ojos. El mundo desaparece una y otra vez. ¿Sería real el puma? Las montañas encienden zonas antiguas de la mente, zonas salvajes. Acurruca a Oliver contra ella. «Una cabezadita», piensa. «Solo diez minutos».
Se despierta y está alerta al instante. La luna proyecta sombras y luces alargadas. El olor a amargor y a hierba seca le asalta las fosas nasales. El puma está cerca. No, ya está aquí.
La hoguera se ha apagado, solo quedan carbones grises, pero la luna brilla en lo más alto. Le muestra la silueta de un hombre acuclillado junto a los restos del fuego. Es alto. A la luz tenue, parece delgado y curtido por el tiempo. Registra la mochila de Riley con dedos bien entrenados, y ella tarda un segundo en entenderlo. ¿Desde cuándo caminan erguidos los pumas? Luego se da cuenta. «Claro. No era un puma».
—Nos ha estado siguiendo.
El hombre se vuelve y sonríe, y se le ven los huecos entre los dientes traseros. Eso hace que los delanteros parezcan colmillos.
—Hermana. —La voz es grave como el bosque—. ¿Tienes algo para los hambrientos?
Oliver no está a su lado. Una parte de ella piensa dónde se habrá metido. La otra lo felicita. «Muy bien, chico listo». Se saca una barrita energética del bolsillo y se la tira al hombre.
—Tenga. Y déjenos en paz.
—Se viaja mejor con compañía —dice. Está más cerca de ella, aunque no lo ha visto moverse. El aliento le huele a pelo quemado—. Parece que no quieres que te encuentren. Yo conozco estos caminos, los lugares donde no va nadie. Las cuevas, las quebradas, los sitios donde no te encontrarán.
Su hedor es tan intenso como el humo de la hoguera. Riley piensa en Mediodía. Huele igual que ella, a tierra y a humo. ¿La engañó Mediodía para que viniera aquí? ¿Ahora son su presa?
La mano del hombre pende sobre su rodilla, acaricia el aire, lo aprieta. Le está mostrando lo que pasará. Ve el muñón, le falta el dedo meñique.
—No me toque. —Trata de hablar con voz tranquila, pero le sale débil y aguda.
—No te iba a tocar —dice, ofendido—. Solo quería protegeros, niños.
Aún lleva puesto el disfraz de persona que quiere ayudar. En medio de la nada, la gente solo se disfraza si quieren hacer algo malo, cosas que su verdadero yo no podría aceptar.
—Gritaré. Voy a gritar.
Es lo que menos le convenía decir. Riley lo sabe nada más pronunciar las palabras. Ahora es la presa, la presa de verdad.
—Pero ¿por qué vas a gritar? Si voy a cuidar de ti. Además, aquí no te oye nadie. Esta ruta está cerrada. Hay muchos corrimientos de tierras. Por aquí no viene casi nadie. —Su empatía casi parece sincera—. ¿Dónde está el niño, tu hermano?
—No lo sé —responde sin faltar a la verdad—. Solo tiene siete años, igual se ha perdido.
