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Clarice Molina es la matrona del hospital de Córdoba. Un día de abril de 1971 asiste un parto y la recién nacida es abandona, cuidar de ella le hace revivir heridas que creía olvidadas, haciendo de su estabilidad emocional un frágil hilo que puede romperse en cualquier momento. Vive en una época donde a las mujeres que no están casadas no se les permite adoptar y los huérfanos son tratados como un problema social a los que prefieren acumular en instituciones religiosas y casas de acogida. ¿Podrá enfrentarse a una sociedad patriarcal y machista? ¿O dejará que el olvido la envuelva de nuevo?
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Seitenzahl: 574
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© May S. Olmo
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1114-264-9
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A mis hijos, siempre. Ellos son el motor de mi vida, los que se sientan a mi lado mientras escribo, los que me guían por la vida, mi razón de ser.
A mi «pequeña huérfana»Carina, este libro va por ti, por mí.
Prólogo
Por alguna razón me otorgaron el nombre de Carina, que significa amada o querida. Supongo que con ello pretendían dar un hilo de esperanza sobre mi futuro, quizás, prediciendo que alguna vez sería amada por unos padres. No guardo resentimiento sobre mi pasado. No quiero decirte que, en el fondo, haya perdonado a Ana María por abandonarme, la aborrecí muchos años durante mi infancia y adolescencia, pero he aprendido a desprenderme de cualquier sentimiento hostil de mi corazón, he aprendido a pasar página y creo con firmeza que si ella se hubiera quedado conmigo yo no sería la persona que soy hoy en día. Ya no soy «la pequeña huérfana», he crecido, he pasado por muchas cosas que cualquiera podría pasar, y mi historia no es tan distante de las que cualquier persona podría contar. Sin embargo, forma parte de mi pasado, de mi futuro, de mí… He sacado un aprendizaje a pesar de todo, he crecido como persona y ser humano, me he forjado a mí misma. Ahora yo también soy madre de una niña y al mirarla entiendo el amor tan intenso que pueden sentir unos padres.
Estamos en 1996, tengo 25 años y mi hija duerme bajo el sosiego de la despreocupación propia de una niña de menos de tres años. Es una niña especial, desprende una dulzura angelical que hipnotiza a quienes la conocen. Desconozco las razones por las cuales Ana María decidió marcharse sin mirar atrás, entiendo que no es fácil desprenderse de un ser que has llevado en tu vientre por nueve meses, debió tener razones poderosas para ello, y no, no la justifico, solo trato de entenderla; prefiero creer que fue así y vivir en la dicha de la ignorancia. ¿Qué importa su pasado? ¿A quién le importan sus motivos? El daño ya está hecho, vivido y superado, tuve personas que lucharon por mí incansablemente, tuve personas que me hirieron y otras a las que simplemente nunca les importé.
Mañana temprano viajaré con mi marido y mi hija para recordar mi pasado, para reencontrarme con mi historia cara a cara y asegurarme, una vez más, que por muy lejana que me parezca, sigue siendo real. Para conocerme y entender el motivo que me empuja a realizar este viaje a un destino vencido, deberás conocer la historia desde el principio, desde mi abandono; pues antes de eso, la historia es insignificante.
Capítulo 1
Clarice, Córdoba – abril, 1971
A medida que pasaban los segundos, la intensidad de los gritos se avivaban desde el fondo del pasillo, dejando a las personas de la sala de espera con los rostros desencajados. La claridad de las luces no tardó en alumbrar a Ana, que desfallecía en una silla de ruedas empujada por un auxiliar, aquel momento devastador la empujaba a una realidad que, hasta ese momento, prefirió ignorar. Mientras se preguntaba a sí misma cómo podía haber llegado tan lejos, se retorcía y sujetaba su abultado vientre dejando que el dolor se apoderase de ella.
—¡Rápido! Avisa a Clarice. ¡La necesito aquí, ya! —ordenó el médico que apareció tras una puerta oscilante a la enfermera de la sala.
—¡Está sangrando mucho! —gritó el auxiliar.
Después, ambos desaparecieron al traspasar la puerta del paritorio, dejando atrás un hilo rojo a lo largo del pasillo. No tardaron en aparecer varias enfermeras con sus fonendos al cuello mientras corrían dando zancadas, atravesaron aquella misma puerta tras un empujón seco. Clarice —la matrona de guardia aquella noche— las seguía un par de pasos por detrás. La tranquilidad que se había apoderado de las nocturnas guardias en los últimos días de abril se vio interrumpida en la última media hora. Primero un accidente de tráfico y, después, una parturienta con hemorragia.
—¡Ven aquí y ayúdame, Clarice! —le dijo el médico sin alzar la vista—. El bebé está en posición cefálica. Tiene el cordón enrollado, hay sufrimiento fetal.
—Necesita una cesárea urgente. Lo prepararé todo enseguida.
El médico miraba la pantalla del ecógrafo, su rostro permanecía inmóvil, absorto en las imágenes que proyectaba el aparato. Rascó con suavidad la canosa barba de su mentón y apagó la pantalla. Limpió el vientre de la mujer que aún gritaba apretando los dientes y los párpados mientras ocultaba su rostro como podía en la almohada.
—¡La subimos ya! No hay tiempo que perder.
—¡Rápido! Moveos y llamad al anestesista de guardia —ordenó Clarice a las enfermeras que estaban ahí paradas.
La ineptitud que desprendían la enfermaba. Estas, al oírla, se apresuraron, saliendo tras la puerta oscilante a toda velocidad. Después, ella se acercó a la mujer que se retorcía en la camilla, y con un gesto afable le apartó el pelo de la frente.
—¡Tranquila, cielo! —le dijo Clarice en un intento de tranquilizarla—. Pronto acabará todo. ¡Te pondré algo para relajarte y te sentirás mejor!
Todo se tornó confuso para ella, sintió cómo se adormecía mientras veía a los sanitarios con sábanas verdes de aquí para allá, murmurando cosas que no alcanzaba a entender. Tenía sueño y los dolores se habían disipado. Lo último que recordó antes de caer en el letargo fue el llanto ahogado de su bebé y las luces blancas encima de su cabeza.
Cuando despertó estaba en una sala, con algunos cables por el cuerpo y un fino tubo en su nariz que le proporcionaba oxígeno. Los sonidos de las máquinas a su alrededor la manteníanen un estado de aturdimiento. Sus párpados pesaban, pero lograba distinguir los cuerpos de médicos y enfermeras vestidos de blanco y azul, caminado de un lado al otro murmurando. Una mujer de blanco se acercó a ella. Le mascullaba algunas frases que no podía distinguir.
—¿Me oyes? ¿Cómo te sientes?
—¡Déjala! —susurró Clarice—. Aún está bajo los efectos de la anestesia.
Cuando por fin abrió los ojos, los primeros rayos del sol traspasaban las rendijas de la persiana. Giró la cabeza y miró a su alrededor. Se encontraba en una habitación con paredes blancas, menos la pared que se encontraba al cabecero de la cama, aquella pared estaba cubierta por azulejos grisáceos con una cenefa azul oscuro floreada. En ella había unas luces abombadas con tulipas metálicas que colgaban justo encima de su cabeza. A los lados algunas máquinas apagadas y una mesita alta con una botella de agua de cristal. El silencio absoluto de aquella habitación era desconcertante. Minutos después una puerta se abrió, dando paso a una enfermera con cofia blanca y unas siglas bordadas en la solapa del bolsillo de su camisa.
—¡Vaya! —exclamó—. ¡Por fin te despiertas!
Ella la miró sin decir nada.
—¿Cómo estás?
—Un poco mejor. No puedo moverme, me duele el vientre.
—Es normal, son los puntos de la cesárea. No te esfuerces; podrían romperse.
La enfermera tomó su temperatura y después escudriñó las sábanas por debajo del colchón, le dio unos toquecitos para alisar las arrugas y salió por la puerta diciendo: «Te traeré algo de comer».
La mujer no respondió.
—Vamos, esfuérzate un poco por caminar. Tienes que moverte —le decía la auxiliar que la acompañaba mientras sostenía su brazo.
—¿Cómo vas hoy, Ana?
Clarice se había topado con ellas en mitad del pasillo.
—¡Mejor! —se limitó a decir.
—Aún está débil. No quiere caminar ni comer —negó la auxiliar.
—¡Esto no puede ser! Tienes que coger fuerzas. Todavía no has visto a tu bebé. Es una niña preciosa, ha pesado dos…
—¡No quiero saberlo! ¡Déjame en paz! —interrumpió a Clarice haciendo que borrara su sonrisa de sopetón.
Ana agachó la cabeza enfurruñada y se dio la vuelta regresando a su habitación mientras se sostenía en las paredes del pasillo. Clarice y la auxiliar se quedaron perplejas. ¿Qué clase de mujer no quiere ver a su hija?
—¿Has visto eso? —Señaló con el dedo la auxiliar—. ¿Qué le pasa a esta mujer? —refunfuñó.
—No lo sé. La verdad es que no lo entiendo. Lleva dos días aquí y ni ha preguntado por ella. Ni siquiera sabe que su hija estuvo a punto de morirse.
Clarice dejó caer un largo suspiro. Anotó algo en la carpeta que llevaba consigo y dijo:
—Me voy a Neonatos, si cambia de opinión, avísame.
«¡Lo dudo!», pensó ella mientras retorcía los labios. Clarice se alejó por el pasillo, desapareciendo tras las puertas de cristales que separaban el área de maternidad con el pasillo principal del hospital. Llegó hasta Pediatría y se detuvo un instante a mirar por el pequeño cristal de una puerta. Al otro lado se encontraba Ricardo con una madre y un niño de pocos años. Siguió su camino y llegó a Neonatos. Se enfundó una fina bata de algodón, cubrió su pelo por un gorro elástico y unas fundasen sus zuecos del mismo material. Abrió la puerta con sigilo y la cerró tras de sí. Observó varias incubadoras a su alrededor, algunas contenían bebés que ya abrían los ojos y se movían con mayor soltura. La mayoría tenían madres y padres a su alrededor. La niña de Ana aún no tenía nombre, y salvo el personal de Pediatría, nadie había preguntado por ella.
Clarice se acercó con cuidado, procurando no hacer mayor ruido. La niña permanecía dormida, vestía tan solo con un pañal que le quedaba grande, llena de cables y tubos que le proporcionaban oxígeno y mantenían sus constantes vitales vigiladas en todo momento. Sintió una pesadumbre sobre sí misma. Acarició la incubadora imaginando rozar su delicada piel, parecía tan frágil desde su posición. Recordó algunos años atrás, cuando perdió a su bebé con tan solo dieciocho años. Recordó la sangre en el baño mientras se retorcía de dolor tirada en el suelo. Fue casi un milagro que sobreviviera a aquella paliza. Pero nunca se perdonó perder a su bebé. Nunca se perdonó no haber sido más inteligente para dejar a aquel hombre cuando aún tuvo tiempo. Su bebé murió, no solo por la paliza que le propinó aquel tipo, sino por no abrir los ojos a tiempo. Por permitir que las lágrimas y súplicas de su pareja la convencieran una vez más de perdonarlo. Pasó días ingresada por su culpa. Y aún arrastra consigo el dolor de la pérdida de su hija. Sí. Era una niña, y su embarazo estaba en el quinto mes de gestación. Perdió una hija por la brutalidad de un borracho incapaz de controlarse. Incapaz de amar algo más que no fuera una buena copa de coñac, incapaz de amarla a ella. Recuerda los golpes, los jalones de pelo mientras la arrastraba por el suelo, la ropa hecha jirones, la patada en su vientre mientras deseaba que perdiera, según él, el bastardo de otro hombre.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientrasobservaba a la niña dormida. Una enfermera se acercó a ella sacándola de su letargo.
—Clarice. ¿Te sientes bien? —masculló apoyando la mano en su espalda.
—Sí. ¡Estoy bien, no pasa nada, Isabel! —Se apresuró a secarse las lágrimas y escudriñar su vestuario.
Después, se marchó de allí agachando la mirada, apresurada. No quería que nadie la viera llorando y tener que dar explicaciones del porqué. Su pasado era cosa suya, no le incumbía a nadie. Tardó más de dos años de terapia para superar la depresión que le causó la pérdida de su bebé por los golpes de aquel maldito bastardo. De ninguna de las maneras quería remover aquellos turbios recuerdos. Se encerró a oscuras en su cubículo al que llamaba despacho. Bajó las persianas, y se permitió unos momentos de silenciosa soledad a oscuras.
—No. No quiero verla. ¡Llévatela de aquí! —gritó Ana con la cabeza ladeada.
—¡Pero es tu bebé! ¡Mírala, es preciosa!
—¡No! ¡No! ¡Llévatela ya, por favor! —sollozaba—. No la quiero ver más.
Ana empezó a agitarse, le faltaba el aire. Se agarraba del cuello del pijama mientras intentaba contener la respiración. Clarice corrió hacia ella, poniéndole una máscara de oxígeno y ordenando a la otra que se marchara de allí y devolviera la niña a Neonatos. Aquel día Ana sufrió una fuerte crisis de ansiedad que la mantuvo bajo los efectos de los sedantes hasta el día siguiente.
—Llama a Psiquiatría —ordenó Clarice a una auxiliar al salir de la habitación y cerró con cuidado.
—Enseguida.
Al terminar el turno salió del hospital abstraída en sus pensamientos. El día había sido largo y duro, nunca se le había presentado un caso similar. Era cierto que algunas madres se sentían exhaustas o con miedo de coger a su bebé en brazos. Incluso había oído hablar de la depresión posparto. Pero algo en su interior le decía que ese no era el caso de Ana. Se notaba que aquella mujer en realidad aborrecía mirar a su hija. Quiso creer que después de algunos días cedería, que sería algo pasajero.
Llegó al aparcamiento, se subió a su vehículo y lo puso en marcha. Quince minutos después aparcaba frente a su casa, en un barrio residencial de lo más tranquilo. Rodeado de edificios donde vivían en su mayoría, ancianos y familias con hijos.
Clarice era una mujer que rondaba ya los veintiséis, tenía dos hermanos que vivían lejos de su ciudad —Córdoba—, con los cuales hablaba por teléfono varias veces en semana, quizás más con su hermana pequeña Helen, pues Raúl —su hermano mayor— casi siempre tenía alguna excusa con la que salir airoso de las llamadas; el trabajo, los niños, su mujer…
Sus padres vivían en una pequeña casa en la otra punta de la ciudad. Los visitaba algunos días entre semana y los días que libraba. Nunca estuvo casada, ni siquiera tenía pareja en la actualidad. Hace algún tiempo rompió su relación con un hombre con el que convivió los últimos años, él le sacaba poco más de diez años. Él la quería con locura y la respetaba, pero se negaba a tener hijos. Su vida social se limitaba a atender al cartero las pocas veces que este tocaba la puerta. La vida de Clarice a su lado era monótona, se había acostumbrado a trabajar largos turnos. Prefería hacer guardias extras, centraba su vida en su trabajo; cualquier cosa para evitar regresar a casa.
Cuando ella regresaba siempre se encontraba la misma imagen; él frente al televisor, con las persianas oscureciendo la sala, tomando notas en su cuaderno y bosquejando algunos diseños. No hacía otra cosa en el día más que ver programas de construcción moderna. Fue un buen arquitecto durante muchos años, cuando el trabajo de la construcción era la principal fuente de ingresos del ochenta por ciento de los españoles. Aquellos años dorados lo hicieron uno de los arquitectos más cotizados de la ciudad, hasta que el derrumbamiento de un muro cayó sobre él. Pasó más de un año para que su pierna se recuperase del todo después de la operación. Cuando quiso regresar al trabajo se vio sustituido por un chaval mucho más joven, recién graduado y con ideas frescas sobre arquitectura moderna. Desde entonces, volver a encontrar un trabajo se transformó en una tarea tediosa. Aquello lo sumergió en una depresión. Su obsesión por modernizarse lo volvía loco, tanto que no había otro tema de conversación en casa. No se interesaba por Clarice; si estaba cansada, si había tenido un buen o mal día. ¿Qué necesitaba ella de él? Solía decir que estaba viejo para volver a los estudios, que aprendería por sus propios medios. Juraba que cuando regresara al trabajo volvería a ser tan o más cotizado que antes. Llegar a casa resultaba abrumador, la vida a su lado le parecía nula y sin sentido. Él la hacía sentir fracasada.
Hacía menos de un año que Clarice decidió que ya era hora de acabar con esto, no estaba dispuesta a seguir así. Se desprendió de lo que la ataba a él, recogió sus pertenencias y sin más abandonó aquella casa. No hubo súplicas ni llantos por su parte, no le importó su partida. Se limitó a permanecer en silencio, observó cómo salía tras la puerta y miró hacia otro lado. En el fondo ambos sabían que sería cuestión de tiempo. Quizás se había demorado demasiado en marcharse. Tanto que a él no le sorprendió en absoluto.
Le tomó unos días recomponerse del cambio, su relación hacía tanto tiempo que se había acabado que no derramó ni una gota de lágrima por sus mejillas. Desde entonces su humor empezó a mejorar y eso se reflejaba en su rostro, sus ojos no se ocultaban tras las marcadas ojeras que la habían acompañado los últimos meses. Su piel tomó un color más vivo, devolviéndole al cuerpo una energía que creía perdida. Solía tomar café con las compañeras en las tardes, y algún fin de semana una copa en el local de moda. Hacía tiempo que no se reía a carcajadas, aquello le sentaba bien, sus amigos solían decir que era una persona nueva. En realidad, lo era, se permitió recuperar su vida, su imagen y su personalidad. Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de sí misma; de algo tan sencillo como un baño relajante, o del silencio de su hogar aromatizado con las velas perfumadas de lavanda.
A las ocho de la mañana comenzaban las rondas en las habitaciones de Maternidad, aunque ella solía ir desde muy temprano al hospital. Estuvo muy pendiente del bebé de Ana durante toda la semana. Había empezado a coger algo de peso y permanecer despierta por más tiempo. Algunos días pasaba parte de la mañana sentada con ella en su regazo. Aquella mañana, antes de comenzar el turno, pasó por Neonatos, la observó dormida plácidamente con las manitas sobre la mejilla sonrojada. «¿Cómo la llamará?», se preguntó.
Regresó a la sala de enfermeras, se sirvió una humeante taza de café y se sentó a revisar su carpeta. La puerta se abrió, y tras ella aparecieron algunas enfermeras posando sus bolsos en un mueble. Clarice dio un sorbo, recogió algunos informes y lavó su taza. Se apresuró a salir de la sala, colocó el fonendo en su cuello y los bolígrafos en el bolsillo, ajustó su bata y se dirigió a una habitación. Tocó la puerta, abrió despacio, observando su interior. No quería interrumpir el sueño de la paciente, en el informe decía que pasó la noche con algo de fiebre.
—¡Buenos días! Señora Fernández, ¿cómo amaneciste hoy? ¿Y el pequeño Matías?
—Regular. Aunque hemos podido dormido varias horas. Me duelen los puntos al moverme —masculló mientras intentaba sentarse al borde de la cama—. Matías se ha portado muy bien, apenas ha llorado por la noche.
—¡Déjame revisarte los puntos! —le indicó que se tumbara y descubrió la venda de su vientre—. ¡Están bien! Aunque veo que has tenido fiebre.
—Sí. Me dolía la cabeza. Pero Isabel me dio un analgésico y después pude descansar un poco.
—En un rato se llevarán a Matías para bañarlo, así podrás descansar un poco. —Sonrió Clarice mientras acariciaba al pequeño—. Más tarde pasará la ginecóloga a verte. Nos vemos en unas horas.
—De acuerdo. Gracias, Clari.
La ayudó a reincorporarse para que tomara su desayuno, indicó a la enfermera que después del baño del bebé lo llevaran a Pediatría unas horas para que la madre pudiera descansar. Anotó algunos datos en su ficha y se marchó de la habitación. Después de varias habitaciones decidió pasar por la de Ana, no había nada apuntado en su ficha sobre cómo pasó la noche, salvo la temperatura. Tocó con suavidad la puerta y la abrió.
—¡Buenos días! ¿Qué tal has amanecido?
Miró a la cama y la encontró vacía. Se acercó a la puerta del baño intentando pegar la oreja para escuchar algún ruido en su interior. Tras el silencio, tocó con los nudillos.
—¿Estás en el baño, Ana? —Tocó una vez más—. ¿Hola? ¿Ana?
Abrió con sigilo, pero no había nadie en su interior. «¿Estará por las zonas comunes, o en Pediatría?» se preguntó. Desconcertada, regresó a la sala de enfermeras, preguntó a varias de ellas, pero estas negaron haberla visto. A Clarice aquello le resultó de lo más extraño, Ana no solía salir de su habitación y hasta ahora no quiso ver a la niña en ningún momento. El psiquiatra la estaba tratando desde hace varios días. Segúnél, Ana estaba perfectamente bien, ignoraba sus razones para comportarse así, y argumentó que en cuestión de días su ánimo mejoraría. Se dirigió por los pasillos y la terraza, sin encontrarla. Quiso creer que el psiquiatra estaba en lo cierto, quizás hoy se levantó con ánimos de verla. Estaba segura de que la encontraría en Neonatos con su hija en brazos.
Traspasó la puerta. Agarró del brazo a una de las enfermeras obligándola a detenerse y le preguntó.
—¿Has visto a la señora de la 115? ¿Ha venido por aquí a ver a su bebé?
—No, lo siento. La señora dejó muy claro que no quería ver al bebé —respondió—. Las compañeras me comentaron que las echó de la habitación varias veces anoche. No dejó que nadie la atendiera. Así que decidieron no molestarla.
—Pensé que quizás estaría aquí.
—Pensábamos hacer de nuevo un intento ahora en unos minutos y llevarle a su pequeña. —La enfermera miró hacia la cuna de la niña y sonrió—. ¡Mírala, Clarice! ¡Esta niña es un ángel! Se ha tomado el biberón a sus horas y no ha llorado en toda la noche.
Clarice la miró ensimismada, con los ojos brillantes y una sonrisa enternecedora. La pequeña yacía dormida, se podía notar su respiración en el suave balanceo de su pecho. Sus mejillas rosadas destacaban en aquella aterciopelada piel blanquecina.
—¿Sabías que tiene una manchita de nacimiento? —interrumpió la enfermera volviendo la mirada—, es muy mona, con forma de flor en la muñeca. ¡Qué curioso! —Rio.
—¡No me había dado cuenta! —masculló.
Cuando salió de su letargo, frunció el ceño. Miró de nuevo a la enfermera que aún se encontraba con la mirada absorta a través del cristal.
—¿Dónde estará la madre? —preguntó elevando el tono mientras ponía los brazos en jarra sobre su cintura.
La enfermera se encogió de hombros.
Avisó a los vigilantes. Después ordenó a celadores y enfermeras que si la veían la avisaran de inmediato. Siguió buscando por las plantas del hospital sin encontrarla. Concluyó que se había escapado; era la única opción que le quedaba por pensar. No quiso creer que aquella mujer se había atrevido a marcharse del hospital sin el alta, dejando allí a su hija. No le pareció del todo tan extraño, al fin y al cabo, su comportamiento había sido decepcionante desde el principio. Después de dar parte de la desaparición a la policía, no le quedó más remedio que avisar a Asuntos Sociales para que se ocuparan de la niña. Cuando acabó el turno, su humor respecto a la huida de Ana no había mejorado en absoluto. De hecho, estaba al borde de la cólera. Pidió explicaciones a quienes estuvieron en el turno anterior. A los vigilantes, enfermeras, auxiliares y celadores; a todo el que veía pasar.
—¿Cómo se os puede escapar un paciente sin que nadie la vea? —gritó enfurecida.
Se había marchado a hurtadillas, seguramente mientras las enfermeras estaban en la sala hablando. Eso quería decir que ninguna vigilaba las habitaciones, cosa que irritó a Clarice, quien se sentía responsable de la ineptidud de las enfermeras. Al fin y al cabo, cuando se pidieran explicaciones al personal su cabeza estaría por encima de las de sus compañeros. Ana se fue y dejó a su pequeña abandonada en el hospital, no quiso conocerla, aprovechó las horas nocturnas para desaparecer sin dejar rastro.
La matrona se quedó enfrascada en sus pensamientos. Nunca hubiera imaginado semejante situación cuando se levantó aquella mañana.
Pasaron varias horas antes de que un celador la interrumpiera para decirle que una señora de Asuntos Sociales preguntaba por ella. El día con sus largas horas la dejaron abatida.
—¿Clarice Molina? ¿Es usted la matrona? —preguntó una mujer de fina figura y trajeada que sostenía una carpeta negra entre sus brazos—. Soy Susana, de Asuntos Sociales. Me informaron de un caso de abandono de una menor.
—Sí, soy yo. —Clarice tendió su mano para saludarla—. Acompáñeme a Pediatría, es una niña recién nacida. Su madre ingresó de urgencias hace más de una semana y se le practicó una cesárea de urgencias. No quiso ver a la niña en ningún momento —explicó mientras caminaban por el pasillo—. Nunca he tenido un caso así.
—¡Clarice! —interrumpió la asistente social—. Esto es más frecuente de lo que usted cree, es su primer caso, pero en mi profesión por desgracia es algo muy común. A veces las madres nos entregan los niños directamente a nosotras. Otras veces los abandonan en hospitales, centros, parques o cualquier sitio; hemos visto de todo. —Dejó caer sus hombros con frialdad—. Abandonan bebés, e incluso niños de varios años. Es muy triste, pero por lo menos esta pequeña tiene suerte de no enterarse de nada. Tenemos niños de todas las edades, los mayores entran en depresión por el abandono o muerte de sus padres y es más difícil colocarlos en un hogar.
—¿Que pasará ahora? —preguntó Clarice con el rostro desencajado.
—Se hará un estudio detallado y daremos parte a la policía, con los datos que podáis aportar. Haremos un seguimiento del bebé hasta que le den el alta y será trasladado a una casa cuna de nuestra colaboración.
—Estará bien, ¿verdad?
—Por supuesto, cuidaremos de ella y cuando esté todo en orden le buscaremos una familia. Los bebés son más fáciles de dar en adopción. ¡No se preocupe!
Clarice la miró cabizbaja. ¿Cómo no iba a estar preocupada con todo lo sucedido? Aquella niña había despertado en ella unos sentimientos que creía muertos. Observó a Susana coger a la pequeña huérfana en brazos y arrullarla con ternura. Minutos antes, mientras conversaban hubiera jurado que esa mujer no tenía sentimientos, pero al verla con ella en brazos no puedo evitar derramar una lágrima.
Al acabar el turno se marchó a casa, disgregada por lo que ocurrió ese día. Le costó conciliar el sueño, su cabeza estaba en cualquier lugar menos sobre su almohada. Los días siguientes pasaron lentos. El personal murmuraba por los rincones, para después dispersarse cuando Clarice se acercaba por los pasillos. Ella visitaba a la niña varias veces a lo largo del turno. Le daba el biberón, la bañaba y le tatareaba hasta quedarse dormida. Revisaba minuciosamente todo lo que apuntaban las enfermeras y lo comprobaba después. La pequeña mejoraba poco a poco, y el pediatra decía que en cuanto cogiera algo más de peso podrían darle el alta. Eso significaba que Susana se la llevaría de allí y que ya no podría verla todos los días. Incluso puede que ya hubiera alguna familia interesada en su adopción. La sola idea de separarse de ella le oprimía el pecho, dejándola embaucada en el desasosiego durante todo el día.
—¡Hola, preciosa! —le decía mientras acariciaba su amelocotonada piel—. ¡Qué bonita estás hoy! Eres tan pequeñita.
La pequeña la miró desde el interior de la cuna. Sus grandes ojos empezaban a oscurecerse. Estaba tranquila, mirando todo a su alrededor mientras movía los pies por debajo de la sábana. A Clarice se le cambiaba la expresión cuando la tenía cerca, su rostro se volvía más iluminado, su piel se erizaba al sostenerla. Podía pasar horas y días admirándola. En alguna ocasión se quedaba dormida con ella en una de las mecedoras de la sala de lactancia. Su suave respiración y el calor de su piel eran como un bálsamo, un remanso de paz que no hallaba en ningún otro lugar.
La noche anterior al día del alta, Clarice la pasó contemplando el angelical rostro de la niña, mientras esta dormía plácida en su cuna. Sabía que por la mañana Susana vendría a buscarla, a pesar de que ella consideraba que aún estaba débil. No pudo hacer nada por evitarlo, ni siquiera el director del hospital le dio la razón en esta ocasión. Según Pediatría, la niña estaba lo suficientemente recuperada, su peso era bajo, pero no requería más hospitalización. Por la mañana todo el personal del hospital estuvo muy atento cuando Susana recorrió los pasillos, para tiempo después volver a hacer el mismo trayecto con el bebé en brazos. Clarice no era la única que la echaría de menos ni la única que derramaría algunas lágrimas. Después de casi tres meses allí, todo el personal se había encariñado con ella. Quizás por ser la única desamparada, algunas madres la visitaban, cogiéndola en brazos para mecerla y darle algo de cariño. Resultaba muy duro ver cómo pasaban las horas, los días y los meses sin que nadie la reclamara, sin que la mujer que le había dado la vida regresara a buscarla arrepentida.
Susana se presentó desde primera hora de la mañana, había papeleo que gestionar antes de llevársela. Después salió del despacho del director con él caminando a su lado, Clarice los vio acercarse a través del cristal de Pediatría. Ella estaba sentada en el sillón de la sala, con la pequeña dormida en sus brazos. Aprovechando hasta el último segundo para embriagarse del olor de su piel. Presintió que después de aquel día nadie ocuparía el vacío que la pequeña dejaría en ella. No se sentía con fuerzas de soportar de nuevo la pérdida. El dolor de separarse de su bebé. Y aunque no era suyo, deseaba que lo fuera, deseaba más que nada en el mundo que le permitieran quedársela. Estaba segura de que nadie la querría ni la cuidaría como ella. Nadie le daría tanto amor y dedicación. Ella era muy capaz de cuidarla y quererla. ¿Por qué separarlas entonces?
No. No era tan sencillo como parecía, aunque pudo serlo si la burocracia no fuera tan estricta en el tema de las adopciones. Por desgracia, la sociedad prefería amontonar niños en un orfanato, a la espera de ir de casa en casa de acogida. Algunos quizás nunca serían adoptados, y posiblemente acabarían con una personalidad conflictiva que los llevaría a tener una vida desgraciada.
—¡Buenos días! —exclamó aquella mujer trajeada con falda de media pierna y chaqueta oscura—. ¡Es hora de llevármela! —extendió los brazos.
Clarice la observó sin musitar ni una palabra. Se balanceaba con la pequeña en brazos mientras requisaba las fracciones de quien había venido a llevársela. Observó en ella un rostro adusto e impaciente. No mostraba ni pizca de compasión. Quizás para aquella mujer fuera muy fácil desprenderse de niños como quien se desprende de ropa vieja y usada con facilidad. Ella estaba acostumbrada a los vaivenes de niños abandonados por sus padres, huérfanos tratados como despojos de la sociedad. Las sobras de deshechos humanos que ni sus propias familias quieren. Clarice sabía que detrás de esa «apariencia social» el trato a los huérfanos no era ni remotamente aceptable. Muchos matrimonios solo adoptaban o acogían por las ayudas que el Gobierno les ofrecía. Aparentando un profundo amor de padres cuando las asistentes visitaban sus hogares. Lo cierto es que la mayoría de los huérfanos estaban predestinados a sufrir toda su vida.
Clarice miró los grisáceos ojos de la pequeña y no pudo evitar derramar una lágrima. ¿Por qué debía permitir que a ella le sucediera lo mismo? Se juró que haría lo que estuviera a su alcance por impedirlo.
—¿Podré visitarla? —preguntó mientras se levantaba del sillón, sosteniéndola en brazos.
—Me temo que no será posible.
Susana la cogió mientras Clarice la miró boquiabierta. ¿Tampoco podría visitarla?
—El procedimiento es muy claro en estos casos.
—¿El procedimiento? —Frunció el ceño—. Explíquese.
—Se rompen los lazos con todo su pasado para procurarle los menos traumas posibles. De este modo podrán adaptarse con mayor facilidad a un nuevo hogar.
—¿Qué pasado? ¡Aún no tiene ni tres meses! — refunfuñó—. ¿Qué puedo hacer para adoptarla?
—¿Usted? ¿Quiere adoptarla? —Rio.
Clarice la miró enfurecida, deseaba arrancarle a la pequeña de sus brazos. ¿Cómo podía ser tan frívola? Pero sabía que si hacía eso podría perjudicarla.
—Ya me advirtieron de esto —masculló la mujer mientras cruzaba sus brazos—. Se ha encariñado demasiado con la niña.
—¿Hay algo de malo en ello?
—Verá, señorita Molina. Desconozco cuál ha sido el motivo por el que se ha encariñado tanto con ella. Pero tengo entendido que usted no está casada. Como ya sabrá solo se dan niños en adopciones a matrimonios que tengan un hogar apropiado y puedan sustentarla económicamente sin problemas.
—Eso es una tontería. Yo la cuidaré mucho mejor. Estoy segura de ello —añadió ofuscada—. ¡Por supuesto que puedo mantenerla!
—No lo dudo. Pero es la ley y hay que cumplirla.
Susana se dio media vuelta con la pequeña en brazos, dejando a Clarice al borde del colapso. Finalizando la conversación sin dejarle la oportunidad de pronunciar una sola palabra más.
Clarice se despidió de la niña a lo lejos, mientras sus ojos se inundaban de lágrimas, con la voz entrecortada y temblorosa. La angustia le sacudió el cuerpo dejándola paralizada, mirando cómo la pequeña se alejaba en otros brazos para no volver a verla nunca más. Se encogió de hombros cruzando sus brazos delante de su pecho, intentando ser fuerte, sabía que tenía que ser así y que no podría hacer nada para cambiar la situación. Maldijo las palabras de Susana, la maldijo a ella y a todo el sistema.
Las siguientes semanas fueron tan duras para ella que no logró centrarse en su trabajo, y fuera de este su único pensamiento era el bebé. La dirección del hospital decidió darle vacaciones, sabían que necesitaba recomponerse y aclarar su vida. En un primer intento, ella las rechazó, ella quería seguir trabajando. El director se recostó en el respaldo de su sillón: «No es una opción. Cógelas y soluciona tus asuntos, cuando regreses espero que tus ánimos hayan mejorado y trabajes como siempre», dijo. Lo miró con detenimiento y se dio cuenta de que era eso o perder el trabajo, así que asintió y firmó el parte.
Córdoba – julio, 1971
En el orfanato todo transcurría con aparente normalidad, las familias de acogida visitaban el centro una vez por quincena para familiarizarse con los niños y adaptarse al proceso, mientras que otros matrimonios los visitaban buscando enamorarse de alguno de ellos. Una de las cuidadoras llamó Carina a la pequeña huérfana, porque significaba amada, y eso es lo que esperaba de la vida para ella, que fuera una niña querida y amada por quienes decidieran adoptarla. Carina crecía bajo el cuidado de las asistentas del centro, siendo ella la más pequeña en ese momento. La pequeña convivía con siete bebés más con los que compartía habitación y ropa.
Un bebé de cinco meses a cuya madre toxicómana le fue retirada la custodia. Otro niño de ocho meses que llegó al centro por maltratos después de que una vecina avisara a la policía; aquella noche el niño lloraba más de la cuenta y se escuchaban gritos, ruidos fuertes y cristales rotos, la policía encontró al pequeño con golpes en la cara, en el brazo y en el costado, su padre estaba borracho y la madre inconsciente en el suelo tras ser brutalmente golpeada por su marido. Ella quedó ingresada en un coma del que aún no salía. El bebé estuvo casi 15 días ingresado por las lesiones y con el brazo escayolado por una fractura que le ocasionó su padre. Según las declaraciones: le pegó para callarlo. Porque no dejaba de llorar mientras este golpeaba a su madre.
Había otro caso en el que una niña de 15 años quedó embarazada y sus padres la obligaron a dar al bebé en adopción. La hija era una niña de 7 meses que compartía cuna al lado de la de Carina.
El centro en realidad era una vieja casa del sigloxixreformada por el Estado y adaptada para ser habilitada como orfanato neonatal. La Casa-Cuna, llamada así popularmente,aún conservaba unas losetas hidráulicas que conformaban un azulado mosaico que revestían todo el suelo, parecía una gigantesca alfombra que alguien había dibujado en el suelo a propósito. Las paredes estaban cubiertas de un gotelé avainillado del que colgaban cuadros de colores pintorescos. Las ventanas de cristales cuadriculados lucían un marco de madera que había sido lijado a conciencia, para después envejecerlo con un tinte ébano que combinaba con las grotescas puertas oscuras a la perfección.
*****
Clarice se dirigió a su taquilla, recogió algunas prendas y enseres de higiene que guardaba allí. Se cambió de ropa recogiéndose el pelo en un despeinado moño, y cerró la puerta tras de sí atravesando el pasillo que cruzaba por pediatría. Se detuvo unos instantes delante de las puertas que separaban aquella zona y su cuerpo se estremeció. Continuó su paso mientras el pasillo parecía hacerse más largo cada vez que intentaba avanzar, las paredes, puertas y ventanas se distorsionaban, el aire se sentía opresivo dentro de sus pulmones haciéndola desvanecerse. Una voz gentil y conocida se le acercó mientras la agarraba del brazo.
—¡Clarice! ¿Estás bien? He oído que coges unas semanas de vacaciones —dijo Ricardo.
—Sí. Necesito arreglar unos asuntos.
—¿Esos asuntos tienen algo que ver con lo ocurrido hace unas semanas? —Levantó la ceja—. Sabes que si puedo ayudar en algo…
—Tranquilo. Estaré bien —aseguró ella con una sonrisa forzada—. Te veré a la vuelta, Riki.
La relación entre el Dr. Tejera —otorrino infantil— y Clarice sobrepasaba de cierta manera lo profesional. A pesar de que su «amistad» nunca había traspasado las puertas del hospital, ellos tenían una conexión innata desde el momento en el que él llegó al centro. Él era correcto, educado y muy trabajador. Rara vez se veía involucrado en asuntos que no fueran meramente profesionales. De hecho, el personal desconocía su vida fuera de aquellas paredes, no dejaba que nadie tomase confianzas que él no le hubiera atribuido. Salvo a Clarice, a ella le podía consentir cualquier cosa. Pero sabía que ella jamás tomaría confianzas que no se le hubieran dado. Era una mujer de valores anticuados, su educación muy bien conservada había sido inculcada a conciencia para que fuera una mujer decente y trabajadora. Toda una mujer de los pies a la cabeza, al menos así la veía él. Aquello causaba en Ricardo algo más que admiración. Ella lo intuía, pero después de sus últimas relaciones no tenía intención de complicarse más la vida.
—¡No me convence en absoluto! —afirmó Ricardo mientras la miraba dubitativo.
—¡Está bien! No puedo mentirte. —Agachó la cabeza dejando caer los hombros—. Estoy mal por lo de la niña y me siento agobiada, no puedo centrarme y Dirección a decidido que necesito vacaciones y terapia. Accedí a las vacaciones, pero desde luego no pienso ir a terapia. No estoy depresiva, es solo…
—¡No me digas más! —interrumpió poniendo su mano en su brazo—. Esta noche cenamos y los hablamos. Para eso estamos los amigos.
—De acuerdo, te acepto la cena. Pero déjate de terapias conmigo y solo sé mi amigo.
—Nada de dramas. ¡Lo prometo!
Clarice frotaba la mano contra su hombro mientras sus labios dibujan una tímida sonrisa. Él le guiñó un ojo, después besó su mejilla.
A las diez y cuarto de la noche sonó el timbre de la puerta. Riki la esperaba ansioso, se vistió con aire informal, aunque algo más elegante que de costumbre. Llevaba unos ajustados vaqueros, unas botas de piel marrón oscuro que se compró el año pasado y solo se había puesto en dos ocasiones, tres con esta; una camisa negra ceñida que marcaba su musculoso torso a la perfección, para después cubrir sus hombros con esa chaqueta de cuero negra que le daba un toque gamberro. Peinó su pelo con un tupé muy natural que combinaba con las finas monturas de sus gafas.
—¡Hola, Riki! Entra, no tardo nada —dijo ella al abrir la puerta. Después se marchó a la habitación para terminar de retocarse, dejándolo solo en el salón.
—¿Vamos al bar de tapas de la plaza? Me muero de hambre —dijo él mientras se sentaba en el sillón, admirando aquella casa por primera vez—. Podemos tomar unas copas y picar algo; hacen unas tapas buenísimas.
—Sí, ¡perfecto! —afirmó alzando un poco la voz desde el baño.
Salió pocos minutos después, embriagando toda la sala con su perfume. Se apresuró a buscar su bolso, sin percatarse de que Ricardo se quedó hipnotizado mirando sus curvas, sus largas y esbeltas piernas estaban cubiertas con medias negras transparentes para terminar en unos elegantes zapatos de tacón. No eran nada escandalosos, pero resaltaban aún más sus piernas. Sus caderas se escondían en una ajustada falda negra. Ricardo subió la mirada por su contoneada figura, observando una camisa blanca de mangas largas y puños fruncidos. La holgura del tejido quedaba fajada por dentro de la falda, como si de una ejecutiva se tratase. Llevaba el cuello de la camisa desabrochado hasta la altura del canalillo. Riki se levantó para ayudarla a buscar el bolso, esperando que ella no se hubiera percatado de nada.
—¡Aquí está! —Resopló mientras guardaba las llaves dentro del bolso—. Ya podemos irnos, Riki.
—Bien, vámonos. ¡Estás muy guapa!
Ella le sonrió y salió sin decir nada.
La noche estaba despejada y la temperatura rondaba los diecisiete grados. El local estaba atestado de gente, pero se respiraba un ambiente acogedor a pesar dela muchedumbre. Se sentaron en una mesa y pidieron algo de beber.
—¿Ya has pensado qué vas a hacer en tus vacaciones? —preguntó Ricardo mientras se apartaba un poco para que la camarera sirviera las bebidas.
—¡Aún no! Pero me gustaría visitar algún lugar que aún no conozca.
—¿Has estado alguna vez en Mallorca? —Tomó un trago de la copa—. Tiene unas playas espectaculares. Estuve hace algunos años y me enamoré del lugar.
—He visto algunas fotos —dijo ella mientras lo miraba a los ojos—. Es un lugar precioso, sin duda.
—Si te decides a visitarlo, no dejes de ir a la cala Millor, ¡te encantará!
—¡Es una posibilidad! —Rio.
Pasaron la noche entre charlas y risas. Ricardo insistió en que le contase qué le había pasado con la niña, ¿por qué le había afectado tanto? Ella se sinceró con él, le contó de su embarazo hacía algunos años y de la pérdida. Él la tomó de las manos acariciándolas, le aseguró que en él podía confiar, que estaría ahí siempre que lo necesitara. Ella suspiró aliviada, él la hacía sentir segura y reconfortada, de una manera que hasta ahora no conocía. Después cambiaron de tema, hacía largas semanas que Clarice no se reía de aquella manera. Pasearon durante largo tiempo entre la oscuridad de las calles, alejados del ruido de la gente, mientras contemplaban las luminosas estrellas que resplandecían el oscuro cielo. Contándose cosas de su infancia y sus vivencias.
Cuando él la dejó en la puerta de su casa, se despidió con un dulce beso en la mejilla, ansioso de atreverse a más. Ella se despidió acariciando con los dedos la barba rasurada de su mentón. Se contemplaron unos instantes, con una mirada profunda, sin atreverse a decir ni una sola palabra de las que pasaban por sus mentes. Él regresó al coche, sintiendo las palpitaciones con fuerza debajo de su chaqueta. Encendió el motor y se alejó por el asfalto.
Clarice no lo pensó mucho a la hora de decidir el lugar de sus vacaciones, se dejó llevar por las recomendaciones de Ricardo. En realidad, le daba igual el sitio, lo único que necesitaba era despejar la cabeza y olvidarse de todo. A menudo pensaba en la niña y se preguntaba si ya la habían adoptado, en cómo se llamaría, o si estaría bien. Intentaba no pensar en ello y distraerse ocupando su tiempo en visitar la zona. Pero en los momentos de soledad no podía evitar recordarla.
En las tardes solía pasear por la playa, admirando en silencio la arena y el mar, sumergida en sus pensamientos. En las tardes solía sentarse a pocos metros de la orilla con un libro en las manos, pasando las páginas mientras se mantenía sumergida en la lectura hasta que el sol se pusiera y la claridad del lugar se desvaneciera dando paso al tenue resplandor de la luna. Aquella tarde ella llevaba un vestido largo de color crema con flores azules y blancas, caminaba descalza con las chanclas en una mano y el libro en la otra. Observaba la puesta de sol, pensó en Ricardo, aquel viaje la hizo pensar mucho en él, se planteó si quizás no estaba siendo demasiado cobarde para dejar que entrase en su corazón. Hasta ahora no se había detenido a pensar en lo mucho que le atraía, él era el hombre perfecto para ella. No solo por su físico, que a primera vista era el deseo de cualquier mujer, al margen de eso, la personalidad de Ricardo la atrapaba por completo, era un hombre intelectual, misterioso, cordial. ¿Qué más podía pedir?
No se atrevía a lanzarse a sus brazos, le resultaba más fácil pensar que era una situación complicada y que era mejor ignorar esos pensamientos. Cada vez que su imaginación la dejaba ensimismarse en una relación con Ricardo, el recuerdo de su ex se interponía en su cabeza como unflashback. Eso la aturdía, no quería que se repitiera la misma historia, todas sus parejas anteriores aparentaban ser los hombres perfectos pero resultaban no serlo en absoluto.
Carina, Córdoba – octubre, 1971
Carina cumplía seis meses. Su estancia en el centro hizo que se ganara el corazón de las cuidadoras, era muy risueña. Pronto recibiría la visita de un matrimonio que se había interesado en ella, eran gente sencilla. Después de tres años de matrimonio en los cuales no habían podido concebir por razones que aún desconocían, se habían decidido a adoptar. En cuanto la vieron, supieron de inmediato que ella era el bebé que tanto habían deseado. Años atrás perdieron un bebé de seis semanas tras una fecundaciónin vitro. No quisieron volver a intentarlo, aquello les causó un gran dolor durante mucho tiempo. Hasta que de casualidad una conocida les habló del orfanato y, tras dudarlo en varias ocasiones, lo visitaron. Él trabajaba en una tienda de náutica y ella llevaba varios años trabajando en un colegio de primaria. Aquello los hacía candidatos perfectos para la adopción.
—¡Buenos días! Soy la directora del centro infantil, me avisaron que hoy llegaban para visitar a la pequeña Carina. —La directora los recibió alargando la mano mientras los invitaba a pasar al despacho.
—¡Buenos días! Sí, hoy teníamos cita con usted y la señorita Susana. Habíamos quedado en visitar a la niña —respondió la mujer—. Llevamos un tiempo en la lista, y hace unos días nos avisaron de que podríamos ser candidatos a la adopción. Hoy por fin podremos conocerla.
—Bien, os veo entusiasmados. Pasen al despacho, en breve llegará la asistente y comenzaremos la visita. Mientras, necesito algunos datos.
Los invitó a sentarse, cerrando la puerta tras ellos, y les dio unos formularios mientras esperaban a Susana.
En la habitación contigua una cuidadora daba de comer a la pequeña mientras la sostenía en su regazo. Susana no tardó en hacer acto de presencia, tocó ligeramente la puerta, después entró con su carpeta en las manos. Saludó con cordialidad al matrimonio mientras la directora indicaba a los futuros padres que era el momento de conocer a la niña. Ambos se miraron con los rostros sobrecogidos, recogieron los papeles que la directora les había puesto sobre la mesa y salieron hacia el pasillo. Susana iba por delante de ellos, se detuvo en una puerta a escasos metros de la del despacho, la abrió y les indicó pasar.
Al entrar se acercaron a la cuidadora que la sostenía en brazos, esta levantó a la niña ofreciéndosela. La mujer no dudó en cogerla entre sus brazos, colmándola de besos mientras que su marido acariciaba la espalda del bebé. Sus ojos se aguaron.
Ese mismo día se la llevaron a casa, a una habitación decorada desde hacía meses a la espera de un bebé en adopción. Aquella casa era ahora su hogar, donde crecer como cualquier otra niña normal en los cálidos brazos de unos padres amorosos. Tendría una familia y con suerte nunca se enteraría de que era adoptada. Aquel matrimonio siempre tuvo claro que nunca se lo diría.
Carina crecía feliz, querida por su nueva familia, su madre hacía pocos días que se había enterado de que estaba embarazada de unas pocas semanas. Ella estaba feliz, no sabían cómo había pasado ni por qué, después de años nunca pensó que quedaría embarazada de forma natural, y mucho menos sin planearlo. El matrimonio estaba feliz pero un poco asustado, Carina solo tenía once meses y aún estaban adaptándose a ser padres, en unos meses tendrían otro bebé en casa y ya serían dos.
—No lo puedo creer, ¡otro bebé! —decía la mujer incrédula.
—Esto es increíble, ¡voy a ser padre! —Se acercó y la abrazó mientras sollozaba.
Algunas semanas después ella empezó a sentir los estragos del embarazo, le sentaba fatal, estaba muy irritada, vomitaba a todas horas, le costaba dormir y en las noches se levantaba a vomitar. Carina empezó a tener crisis nocturnas de cólicos, la madre empezó a sentirse estresada, agotada por la falta de sueño y el malestar. El padre intentaba ayudar en lo que podía levantándose por las noches a atender a Carina. Los médicos le mandaron guardar reposo por ser un embarazo de riesgo, debido a su historial clínico y los síntomas que tenía, que sobrepasaban a los de cualquier embarazada en su primer trimestre. Dos meses después aquella mujer seguía en estricto reposo, tuvo que dejar el trabajo y el padre tuvo que hacer horas extras los días libres en un comercio de ventas de coche de segunda mano, para solventar las deudas que se les estaba creando. Allí conoció a una mujer más joven que él, una compañera de trabajo. Esta le coqueteaba, pero él no le seguía el juego.
La vida familiar se tornó complicada, su mujer estaba siempre irritada, había descuidado su cuerpo luciendo una imagen desaliñada, dejó de cuidar a Carina, siempre decía que no se sentía bien y eso era un motivo de disputa constante entre ella y su marido. Él empezó a arrepentirse del embarazo y de la adopción, aquello le superaba, se sentía cansado con los dos trabajos, atender a Carina y aguantar las discusiones de su mujer por no estar más tiempo en casa para ayudarla. Solo quería salir corriendo de aquella casa, huir y no regresar más, pero su conciencia no le permitía hacerlo, sabía que era su responsabilidad cuidar de su hija y de su mujer.
En una ocasión, en una acalorada discusión donde ella le reclamaba que tenía que ocuparse más a menudo por las noches de su hija, él estalló en furia.
—¡No es mi hija! —a medida que pronunciaba esas palabras se arrepentía. Las dejó salir sin poder evitarlo.
—¡Como puedes decir eso! Carina es nuestra hija, la hemos adoptado y es nuestra —gritó ella apretando los puños.
Lo había dicho, y si lo dijo era porque así lo sentía, no valían excusas ahora. Eso empeoró la situación hasta el punto de que ella lo echó de la habitación y desde ese día empezaron a dormir en habitaciones separadas. La vida en esa casa se volvió hostil y fría, apenas se dirigían la palabra, él iba y venía del trabajo, y cuando quería coger a Carina en brazos, ella se la arrebataba de un tirón.
Una noche después de un estresante día, tras el cierre del comercio, decidió quedarse un poco más a terminar con unos documentos, cualquier cosa era la excusa perfecta para regresar a casa tarde. Su compañera volvió a la oficina, no se había olvidado de nada, se percató de que él se había quedado dentro y tocó la puerta de su despacho. Cuando él abrió, se lanzó a sus brazos y lo besó, este dudó en apartarla por unas décimas de segundo, pero no lo hizo, se dejó llevar por la excitación que aquella mujer le causó en ese momento. Aunque no lo buscó, no se arrepintió; eso empezó a ser costumbre varias veces en semana, él lo tomaba como un desahogo sin darle mayor importancia. Le decía a su mujer que tenía que hacer más horas para poner los archivos al día.
La aventura duró varios meses más hasta que alguien los vio salir de la oficina despidiéndose muy cariñosamente, aquello llegó a oídos de su mujer y esa noche lo esperó despierta. Cuando él llegó, empezó a lanzarle cosas mientras le gritaba fuera de sí, todo había sido mentira, la había engañado, a ella y a su hija, había traicionado a su familia, se sorprendió al pensar en lo mucho que había cambiado su vida ese último año. Estaba hecha una furia, él trató de disculparse con lágrimas en los ojos, le pedía perdón y le aseguraba que ella no significaba nada para él. Ella se negó a perdonarlo, a pesar de los gritos Carina dormía como un tronco, llevaba varios días durmiendo mal y aquella noche tenía un sueño pesado de puro agotamiento. Poco después, él decidió marcharse de casa, no podía más con aquella situación. Desde hace años la relación con su mujer estaba abocada al fracaso, los intentos de tener un hijo habían desgastado su vida en pareja, en el pasado ella sufrió una pequeña depresión y eso empeoró su matrimonio, él tuvo que asumir todos los papeles del hogar durante mucho tiempo e intentó apoyar a su mujer a superar su depresión, pero ella era una mujer difícil y no colaboraba. La adopción no era la mejor de las opciones para él, pero accedió por ella, sabía cuánto deseaba ser madre y eso los ayudaría a normalizar su vida. Estaba tan abrumado por todo lo acontecido que ni siquiera pensó en el bebé que venía en camino, simplemente decidió huir de aquella situación tan opresiva.
La noche que él se marchó ella se derrumbó, estaba aturdida y fuera de control, no podía creer que su vida hubiera dado un giro de esa manera en tan poco tiempo, no podía creer que su marido la hubiera engañado así para después abandonarlas. Necesitaba tranquilizarse, así que, sin pensarlo, se dirigió a la cocina, abrió un pequeño armario y tomó las pastillas que en algún momento le había recetado su doctora. Aún guardaba una caja en el armario de las medicinas, por si en algún momento volvía a darle una crisis y necesitara recuperar el ánimo. Hacía bastante tiempo que no necesitaba de los ansiolíticos, incluso había olvidado que aún los tenía, pero no dudó en tomarse unos pocos, sabía que eran dosis bajas y pensó que no le harían mal, que la ayudarían a pasar mejor la noche, en ese momento no razonaba mucho, estaba hundida. Se sirvió un poco de agua y se los tomó, después se acostó a dormir.
A las nueve de la mañana se oyeron los llantos de Carina retumbando por toda la casa. La vecina del segundo piso salió a las escaleras comunes del edificio donde vivían desde hace algunos años, en un barrio residencial de la ciudad. Escuchó durante unos segundos cautelosa, y decidió bajar al primer piso, tocó varias veces la puerta del 1ºB, pero nadie le abría. Dentro se escuchaba el llanto agonizado de un bebé, no pasó mucho tiempo hasta que decidió llamar a la policía, creyendo que algo malo había sucedido o que quizás la pequeña estaba sola en casa. La mujer era una señora mayor que vivía sola, a la cual sus hijos apenas la visitaban, tenía el pelo canoso y solía andar vestida con su camisón de flores, su bata azul y sus zapatillas de estar por casa que parecían ser como dos tallas más del número que usaba. Le gustaba cotillear la vida de sus vecinos y tendía a dramatizar todo lo que sucedía a su alrededor. Quizás esta vez tuviera algo de razón.
Veinte minutos después llegó un coche de policía, dos agentes se adentraron al edificio y tras varios intentos para que alguien respondiera al timbre decidieron abrir la puerta a la fuerza. Segundos después encontraron a la madre en la cama acostada, inconsciente y sangrando, parecía sufrir un aborto por la intoxicación de los tranquilizantes. Carina se había despertado a su hora como siempre, lloraba de hambre, su pañal estaba sucio y nadie la atendía, la ambulancia llegó minutos después. Se la llevaron al hospital aún semiinconsciente y Carina pasó de nuevo a manos de Servicios Sociales. La mujer perdió a su bebé, estuvo ingresada durante varios días, los médicos creyeron que fue un intento de suicidio, ella lo negó, no le creyeron. Le retiraron la custodia de la niña prohibiéndole cualquier intento de acercamiento con la pequeña. Del padre no se supo más, aquella noche se fue sin remordimiento, ya con anterioridad dejó claro que Carina no era su hija.
Clarice, Córdoba – enero, 1972
Era su segunda cita formal con Ricardo, la noche estaba calurosa conel cielo despejado, la cena había sido muy saciante a pesar de la delicadez de lo que contenían aquellos platos. La luz tenue de las velas alumbraba la refinada elegancia del restaurante, sobre la mesa se encontraba un pequeño jarrón de cristal labrado con flores frescas que aromatizaban con su dulce aroma. Clarice tomó su copa de vino tinto, la alzó y bebió un sorbo, miró a Ricardo con el rostro iluminado y una tímida sonrisa. Él le contaba algunas anécdotas de sus pequeños pacientes en las horas de consulta, ella divagó observando las fracciones de su cara y creyó que se estaba enamorando de él, había tardado en darse cuenta, no quiso reconocerlo, pero estaba enamorada de él hacía tiempo. El camarero se acercó con la botella de vino en la mano y se ofreció a llenarles la copa, ellos accedieron y ordenaron el postre; una porción de tarta de queso con frambuesa, receta especial de la casa. Clarice se sentía como una colegiala de quince años cuando un chico la invita a un helado y pasean de la mano por un parque, con esa inocencia juvenil e inexperta que te hace delirar entre las nubes. Ricardo posó su mano sobre la de ella y con un gesto sutil la acarició con suavidad, eso la estremeció.
Él procuraba comportarse con toda la caballerosidad que podía, la noche le pareció especial, perfecta para que ella correspondiera a su amor, intuía que al fin ella le abría su corazón.
Después de la cena, pasearon por la avenida, la noche los acompañaba con su esplendoroso cielo estrellado. Se sentaron en un banco observando las estrellas, mientras seguían disfrutando de la compañía
—Hace una noche fantástica, podría coger una manta y dormir toda la noche mirando este cielo —dijo Clarice sin apartar la vista de las estrellas.
—¿Tienes frío, Clari? —pregunto él a la vez que se quitaba la chaqueta y se la ponía alrededor de los hombros.
—¡Gracias! Empieza a refrescar un poco. —Aceptó la chaqueta y se la ajustó, se inclinó hacia un lado apoyando su cabeza en su hombro, resguardándose del frío.
Ricardo la rodeó con su brazo, le sonrió sin apartarle la mirada, ella alzó la vista y se encontró con sus ojos clavados en su rostro. Pasaron unos segundos mirándose el uno al otro, sin decir nada. Él acercó su mano y le apartó el pelo de la cara recorriendo su contorno con la yema de sus dedos, detuvo su mano en su cuello y la deslizó hacia la nuca por debajo de su pelo, se acercó a sus labios y la besó con sus cálidos labios esperando no ser rechazado. Clarice se dejó llevar, rodeó su cuello con sus manos y le devolvió el beso con más intensidad. Estaba como en una nube, pensó cómo podía haber sido tan tonta de no haberse dado cuenta de lo importante que era él para ella. Su mundo pareció parársele, debería haber estado con él mucho antes. Todo lo que se había perdido por esa absurda idea de no querer abrir su corazón. En ese momento, él le parecía lo mejor que le había pasado hasta ahora, sus brazos le parecieron el lugar más seguro en el que había estado desde hacía mucho tiempo.
—Te acompaño a casa, hace bastante frío y no quiero que te enfermes.
—Está bien. Mañana tengo guardia y Maternidad está saturada —respondió desanimada mientras le miraba a los ojos. No quería apartarse de su lado, deseaba que ese momento fuera eterno.
—Clari, sabes que llevo mucho tiempo enamorado de ti. Nunca te lo he dicho, pero siempre supe que en el fondo tú ya lo sabías —dijo él sincerándose—. Hoy ha sido una noche fabulosa, espero que mañana no te arrepientas.
—Es cierto que siempre intuí que sentías algo. —Ella lo miró a los ojos y puso sus manos en sus mejillas—. La verdad es que me daba miedo volver a sentir esto por alguien.
—¿Acaso sientes algo tú también?
—Hasta esta noche no estaba muy segura, no sabía si era cariño, amistad o algo más, solo sé que estoy segura de que mañana no me arrepentiré de esto.
Ella lo miró a los ojos, y a él le pareció sincera.
—Espero que no. Pero si necesitas tiempo para pensarlo… —Suspiró—. No tengo prisa, puedo esperar un tiempo. No hay que apresurarse.
—No me apresuro. Estoy muy a gusto contigo. Siento algo por ti y no quiero ignorarlo. Vamos con calma a ver qué sucede. ¿Te parece bien? —dijo Clarice decidida a intentarlo.
—Me parece perfecto.
Él la tomó entre sus brazos y volvió a besarla con más pasión que antes.
De camino a casa apenas hablaron, solo se miraban con los ojos brillantes y con cierta timidez, como dos chavales adolescentes y enamorados. Ella caminaba aún con su chaqueta puesta por encima de los hombros apoyada sobre él, mientras que él con un paso más firme la rodeaba con su brazo.
