Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Europa se fragmenta, se desgarra, se desacredita. Los refugiados políticos y climáticos aumentan dramáticamente; los partidos xenófobos recogen el sentimiento de abandono de la población empobrecida; las vidas rotas por el desempleo son incontables. Y sin embargo, las fuerzas responsables de la crisis económica de la última década parecen fortalecidas. ¿Cómo explicarlo? En esta obra, última parte de una trilogía iniciada con La nueva razón del mundo y Común (Gedisa, 2013 y 2015), Christian Laval y Pierre Dardot vuelven a estimular nuestra reflexión con un brillante ensayo que pone su acento en la necesidad de comprender la lógica profunda de esta radicalización neoliberal, la cual lleva a cabo una confiscación de la experiencia común y funciona como un metódico sistema de vaciamiento de la democracia. Pero los autores también nos recuerdan que nada está decidido todavía. El despertar de la actividad democrática que vemos emerger en los movimientos y experimentos políticos de los últimos años es una señal de que la lucha contra el neoliberalismo y por habitar otra Europa ya ha comenzado.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 247
Veröffentlichungsjahr: 2017
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Título original en francés:
Ce cauchemar qui n’en finit pas, Pierre Dardot y Christian Laval
© Éditions La Découverte, Paris, 2016
9 bis, rue Abel Hovelacque
75013 Paris
© De la traducción: Alfonso Díez
Corrección: Marta Beltrán Bahón
Diseño de cubierta: Juan Pablo Venditti
Primera edición: abril de 2017, Barcelona
Derechos reservados para todas las ediciones castellano en todo el mundo
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. Tibidabo, 12, 3º
08022 Barcelona (España)
Tel. 93 253 09 04
http://www.gedisa.com
Preimpresión:
Editor Service S.L.
Diagonal 299, entresol 1ª – 08013 Barcelona
eISBN: 978-84-16919-49-9
Esta obra se benefició del apoyo de los Programas de ayuda a la publicación del Institut français.
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.
Índice
Introducción. A peor
1 Gobernar mediante la crisis
Oligarquía contra democracia
La radicalización del neoliberalismo
La crisis como forma de gobierno
La crisis como arma de guerra
2 El proyecto neoliberal, un proyecto antidemocrático
Contra la «soberanía del pueblo»
La superioridad del derecho privado sobre el gobierno y el Estado
La «demarquía» o la constitucionalización del derecho privado
La idea ordoliberal de una «constitución económica»
3 Sistema neoliberaly capitalismo
El sistema disciplinario de la competencia
Sistema neoliberal y «leyes» del capital
Hacer retroceder cada vez más las fronteras de la apropiación de la naturaleza
La ilimitación como régimen de la subjetividad
4 La Unión Europea o el Imperio de las normas
El «proyecto europeo»: del relato de los orígenes a la realidad histórica
La construcción del gran mercado
La gobernanza expertocrática de la Unión Europea
El presupuesto y la moneda como instrumentos de disciplina
¿De qué manera es «social» la Unión Europea?
5 El nudo corredizo de la deuda
La deuda como instrumento de gobierno
Una nueva concepción de soberanía
Todo vale
Una lógica de guerra política
La «deudocracia» o el poder soberano de los acreedores
Sociedades esclavizadas por la deuda
6 El bloque oligárquiconeoliberal
Los actores de la radicalización
La política profesional y la dominación neoliberal
La corrupción sistémica
La era del corporate power
La ósmosis de la banca y de la alta administración
Los expertos en economía y el modelaje mediático de la realidad
El bloque oligárquico y la izquierda de derechas
Conclusión La democracia como experimentación de lo común
Una crisis histórica de la izquierda
El experimento de lo común contra la expertocracia
La estrategia del bloque democrático
Introducción. A peor1
Escribimos este libro con cierto sentimiento de urgencia. La carrera ya ha empezado. Estamos viviendo una aceleración decisiva de los procesos económicos y securitarios que transforman en profundidad nuestras sociedades, así como las relaciones políticas entre gobernados y gobernantes. Aunque este cambio de ritmo también se alimenta de la crisis financiera, de la crisis de la deuda en Europa, de la llegada de refugiados sirios, de los atentados terroristas o del auge electoral de la extrema derecha, su dirección dominante no se modifica. Se trata de una aceleración de la salida de la democracia. Esta salida tiene dos aspectos complementarios: por una parte, el poder renovado de la ofensiva oligárquica contra los derechos sociales y económicos de los ciudadanos; por otra, la multiplicación de los dispositivos securitarios dirigidos contra los derechos civiles de los mismos ciudadanos. Estos dos aspectos no corresponden a dos «políticas», una política «liberal» por un lado y una política «securitaria» por otro, entre las cuales los gobiernos podrían elegir según las circunstancias y las citas electorales. ¿Hay que recordarlo? La fórmula, hoy tan repetida, «la seguridad es la primera de las libertades» figura en el informe Respuestas a la violencia de 1977, publicado por el Comité de estudios sobre la violencia presidido por Alain Peyrefitte, informe que constituye el fundamento de la ley de Seguridad y libertad de febrero de 1981, elaborada por el mismo Peyrefitte que luego sería Ministro de Justicia. Con la derecha giscardiana, el neoliberalismo francés hizo muy pronto el papel de pionero al articular «liberalismo avanzado» con securitarismo de Estado.
La fórmula de Peyrefitte tiene la ventaja de ocultar la naturaleza de esta articulación identificando sin ninguna otra clase de proceso la seguridad con una de las libertades. En realidad, es la «libertad» de competencia, la competición encarnizada sin límites entre los actores, la que exige el reforzamiento de la «seguridad», o más aún, ella misma produce lo «securitario» como condición indispensable de su despliegue.2 Ya que es preciso distinguir entre la seguridad y lo securitario,3 promovido por su propia lógica. Si la seguridad es uno de los derechos fundamentales reconocidos en la Declaración de 1789, es porque es una garantía destinada a proteger al ciudadano de lo arbitrario, en primer lugar de lo arbitrario del Estado. Y si Montesquieu y Rousseau pueden identificar la «libertad política» con la «seguridad»4 es precisamente porque no hacen de ella una libertad, tampoco la primera de ellas. Así, no es en absoluto irrelevante que sea lo securitario lo que triunfa con el neoliberalismo: mientras que la seguridad protege a las personas de los abusos de la autoridad del Estado, lo securitario corresponde al arbitraje exclusivo del Estado.5 Se trata en realidad de una orientación fundamental que prevalece desde hace más de tres décadas y que se acelera con el encadenamiento cada vez más rápido de las «crisis». Esta orientación surge de una única racionalidad: el neoliberalismo. En su principio mismo, al concentrar la realidad del poder en manos de los actores económicos más poderosos en detrimento de la masa de los ciudadanos, la razón política neoliberal somete a la población a la inseguridad y procede a disciplinarla, desactiva la democracia y fragmenta la sociedad.
Por «neoliberalismo», nosotros entendemos algo muy distinto de la acepción corriente del término. No el conjunto de las doctrinas, las corrientes o los actores más diversos —y en ciertos puntos, opuestos— que la historia política y económica gusta de poner bajo esta enseña, demasiado amplia. Tampoco políticas económicas que resultarían de la voluntad de debilitar el Estado en favor del mercado. Sino más bien lo que hemos analizado como una «razón-mundo», cuya característica es extender e imponer la lógica del capital a todas las relaciones sociales, hasta hacer de ella la forma misma de nuestras vidas.6 Las ideologías más diversas se acomodan perfectamente a esta lógica, más aún, la secundan activamente. El ejemplo del gobierno del AKP en Turquía es a este respecto muy revelador. Es bien conocida la reislamización de la sociedad llevada a cabo con tenacidad por Erdogan desde hace algunos años. Ahora bien, este mismo dirigente declaraba en 2015: «Me gustaría dirigir este país como si fuera una gran empresa».7 Ese mismo año hizo votar una ley de educación superior que reorganizaba por completo las universidades de acuerdo con los principios de la competencia y del rendimiento, y reestructuró el sistema sanitario favoreciendo a los hospitales privados. No es que el neoliberalismo sea «islamo-compatible», o que el islam haya reformado conscientemente su contenido para adaptarse a la globalización, sino que el neoliberalismo es capaz de atrapar en su lógica al conservadurismo islámico, así como a otras ideologías que compiten con él en el mercado de las «identidades culturales». Es esta capacidad lo que constituye la principal fuerza de una racionalidad mundial.
En consecuencia, es importante que nos preguntemos aquí, a la luz de todo lo ocurrido desde la crisis de 2008, por el carácter sistémico del dispositivo neoliberal, que hace que cualquier cambio en las políticas que se llevan a cabo resulte difícil, incluso imposible, puesto que ellas mismas mantienen activos los factores de crisis y agravan la situación social. En realidad, ya no nos enfrentamos a un marco abierto en el que puedan tomar posición «opciones políticas» diferentes, por ejemplo socialdemócratas en el sentido más tradicional del término. Nos enfrentamos a un sistema neoliberal mundial que ya no tolera desvío alguno respecto al establecimiento de un programa de transformación radical de la sociedad y de los individuos. Ciertamente, no es un sistema de partido único, pero es con toda seguridad un sistema de razón política única. Y a esta razón deben someterse tanto la competencia entre los partidos como la alternancia de la derecha y la izquierda. He aquí lo que es preciso empezar a pensar, para poner freno a este movimiento infernal y librarnos de la «jaula de acero» en la que estamos encerrados.
La situación está plagada de peligros, y no solamente en Francia. Ya no hay nada en común entre aquello que viven, sienten y piensan la mayoría de la gente y lo que perciben y entienden de la misma situación los poderosos, aislados en su «caja sensorial» hermética, ni tan sólo el mínimo que hace posible compartir una experiencia. Éste es el mayor de los peligros. Ninguna campaña de comunicación «pedagógica» es capaz, hoy en día, de devolver una legitimidad a los grupos oligárquicos. A falta de una respuesta alternativa creíble, surgida de la base de la sociedad y resultante de las luchas, se está formando y acumulando un enorme resentimiento, que se expresa en las ganas de «romper el tablero», la retirada indiferente o la xenofobia. Los éxitos electorales de los partidos de extrema derecha, como el Frente Nacional, son consecuencia tanto del consenso neoliberal «de arriba» como de su rechazo «desde abajo». La austeridad en Europa conduce a una catástrofe política ya hoy perfectamente previsible. La victoria del neofascismo se ha convertido en una posibilidad a tener en cuenta. Nadie podrá decir: «No lo sabíamos».
Las autoridades políticas parecen estar presas de la sinrazón. Frente a los profundos efectos del sistema neoliberal sobre la sociedad, ante las «guerras de las identidades» que la dividen más y más y exacerban la lógica de la competencia, parecen no poder imaginar otra respuesta más que reforzar los poderes de la policía, los encarcelamientos arbitrarios o la vigilancia generalizada, en resumen, la erosión del Estado de derecho.8 La historia no les ha enseñado nada. Sin embargo, es muy peligroso que los Estados que se autodenominan «democracias» proporcionen su arsenal jurídico a las tiranías que se anuncian. Pero lo que es aún más inquietante —si ello es posible— es el «furor nacionalista» que recorre Europa y Francia, y que contamina tanto a la derecha como a la izquierda. La rabies nationalis de la que Nietzsche hablaba en julio de 1888 es todavía «esa última enfermedad de la razón europea» que ha provocado en el siglo XX todas las desgracias que ya conocemos.9 Pero, circunstancia agravante, mientras que el nacionalismo de los años 1880 se inscribía en un contexto de afirmación de la soberanía de las naciones jóvenes tras las insurrecciones de 1848, el nacionalismo actual es animado, ante todo, por el deseo de restaurar una soberanía perdida, con la que se fantasea de un modo nostálgico y reactivo.
Sabemos que hay resistencias, hemos analizado las prácticas alternativas, hemos extraído el principio todavía activo de las luchas y de los experimentos portadores de la promesa de «otro mundo».10 Para nosotros la neoliberalización acelerada de las sociedades no es un destino fatal. Tiene sus razones inmediatas en la actual desproporción de las fuerzas entre una lógica dominante y una lógica minoritaria. La lógica dominante se nutre a su vez de «fenómenos mórbidos», de «monstruos» aterradores y despiadados que someten a la sociedad a principios etno-identitarios.11 Estos «monstruos» son tanto más inquietantes cuanto que crecen con la cólera social y se alimentan entre ellos con su odio mutuo. Por otro lado, la lógica minoritaria de lo común aún no ha encontrado su expresión de masas, sus marcos institucionales o su gramática política. Tan sólo estamos al principio de una nueva configuración revolucionaria. Y este retraso nos inquieta. La izquierda llamada «radical» o «crítica» tropieza y a veces recula. También sucede que capitula frente al adversario, como Syriza, en Grecia, en 2015.
Sea como sea, no podemos contentarnos con eslóganes. Una de las debilidades de la izquierda crítica es que se conforma demasiado con fórmulas prefabricadas, denuncias superficiales e invocaciones estériles. El «ultraliberalismo», el «totalitarismo neoliberal» o el «capitalismo» reducido a un único sistema de producción son conceptos totalmente impropios para designar una madeja de procesos de autorrefuerzo que reclaman análisis más detallados. Las viejas recetas del estatalismo nacional son inoperantes, cuando no se reducen a tomar prestada la retórica de la derecha en un deslizamiento peligroso.12 De lo que se trata aquí es de tener en cuenta la radicalización neoliberal en toda la diversidad y complejidad de sus aspectos. Se trata de entender de qué modo la crisis multiforme que estamos viviendo, lejos de ser un freno, se ha vuelto un medio para gobernar. El neoliberalismo no cesa, mediante los efectos de inseguridad y destrucción que él mismo engendra, de autoalimentarse y autorreforzarse. Intentar entender cómo lo hace es la ambición del presente ensayo.
Notas:
1. N. del T.: Juego intraducible sobre la homofonía de en pire (como en la expresión de pire en pire: «cada vez peor», y empire: «imperio»).
2. Foucault lo mostró muy bien: las estrategias de seguridad son «el reverso de la condición» de la gobernabilidad liberal (Naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France 1978-1979, Gallimard-Seuil, París, 2004, pág. 67. [Trad. cast.: Nacimiento de la biopolítica. Curso del Collège de France (1978-1979), Akal, Madrid, 2009]). Lo que es válido para el liberalismo, que promueve la libertad del comercio y del mercado, lo es aún más para el neoliberalismo, que promueve la libertad de la competencia. Existe por tanto todo un «juego seguridad/libertad» mediante el cual se trata de arbitrar la seguridad y la libertad en función de los peligros que nacen de la divergencia de los intereses.
3. N. del T.:Sureté/sécurité: en español no existe esta diferencia, pero el uso del término «securitario» empieza a extenderse.
4. Montesquieu en el capítulo II del libro XII de El espíritu de las leyes,Rousseau en el capítulo IV del libro II del Contrato social.
5. Desde este punto de vista, la constitucionalización del estado de urgencia o la inserción de su contenido en una ley ordinaria, al elevar el imperativo de la seguridad por encima del control judicial, atentan gravemente contra la protección de los ciudadanos.
6.VéasePierre Dardot y Christian Laval, La nueva razón del mundo, Gedisa, Barcelona, 2013. Éste es el corazón de la «ley trabajo» de El Khomry (2016): se trata, ni más ni menos, de subordinar los derechos de las personas a las sacrosantas «necesidades de las empresas» y de este modo disciplinar la vida de los individuos en función de dichas necesidades.
7. Declaración del 15 de marzo de 2015.
8. Éste, hay que recordarlo en tiempos de confusión, es menos una forma particular de Estado que una limitación del Estado, sea cual sea su forma, mediante la autoridad superior del derecho.
9. Friedrich Nietzsche, Oeuvres complètes, tomo XIV, Fragments posthumes, Gallimard, París, 1977, pág. 280. [Trad. cast.: Obras completas, Tecnos, Madrid, 2011].Rabies nationalis significa «rabia nacionalista».
10.VéasePierre Dardot y Christian Laval, Común. Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI, Gedisa, Barcelona, 2015.
11.VéaseAntonio Gramsci, Cahiers de prison, nº 3, pág. 34, Gallimard, París, pág. 283. [Trad. cast.: Cuadernos desde la cárcel, Veintisiete Letras, Madrid, 2010].
12.Véase sobre este punto la aclaración aportada por Luc Boltanski y Arnaud Esquerre, Vers l’extrême. Extension des domaines de la droite,Dehors, París, 2014.
1 Gobernar mediante la crisis
Es una historia griega. Una historia que arroja una luz singularmente viva sobre nuestro presente. En concreto, una comedia de Aristófanes representada en el año 388 a.C. cuyo título es Pluto. El designado con este nombre no es sino el dios de la riqueza y del dinero, el «dios de la pasta».13 Se presenta aquí como un viejo harapiento, cegado por Zeus, que vaga por los caminos. Mientras que a menudo Pluto es representado como ciego porque reparte la riqueza al azar, tanto a los ricos como a los pobres, el personaje de la obra reserva sus favores a la gente rica, cuando no directamente a timadores y malhechores. Curado de su enfermedad gracias a los cuidados del dios Esculapio, promete la abundancia para todos. Penía (la Pobreza) objeta que si todos los pobres se convierten en ricos ya nadie querrá trabajar, al prevalecer la promesa de la riqueza universal. Todos festejan la curación de Pluto. La obra se termina en forma de una «apoteosis inversa»:14 una solemne procesión se dirige a la Acrópolis, al ritmo de una danza e iluminada por antorchas, para instalar a Pluto en la sala posterior del templo de Atenea y de la Ciudad.
Oligarquía contra democracia
La comedia revela con este triunfo de Pluto un verdadero «mundo al revés».15 Que el dios del dinero sea consagrado como guardián del santuario de la diosa, he aquí algo que mina los fundamentos mismos de la Ciudad (polis). En efecto, esta última se basa en la consagración de la supremacía de Atenea sobre los poderes privados, los de las grandes familias aristocráticas sometidas a la terrible ley de la sangre. Son precisamente estas potencias las que quedan relegadas a un altar situado al pie de la Acrópolis. Basta con decir que la diosa mantiene con la Ciudad una relación muy estrecha. No se trata de una divinidad entre otras. Como dice Hegel, Atenea, la diosa, es Atenas, la Ciudad, o sea, el espíritu real de los ciudadanos que vive a través de las instituciones de la democracia.16 La inversión escenificada por Aristófanes (Pluto instalado en lo alto de la Acrópolis) muestra así que lo que ha sido infectado por el culto del dinero y el deseo desenfrenado de riqueza es el corazón mismo de la democracia política. Si todos acaban cediendo, es porque se ha prometido a los pobres una riqueza universalmente extendida, y ya no ciegamente reservada a los ricos y a los pícaros.
Leyendo estas páginas escritas hace 2.600 años, es difícil no pensar en la situación de la Grecia de hoy. Desde hace algunos años, los gobiernos, sometidos de buen grado o intentando resistir antes de inclinarse, intentan calmar la sed insaciable del dios de los mercados financieros, un Pluto completamente liberado desde hace tiempo de los límites de la cultura de la tierra, así como de los de cualquier producción real, y dedicado exclusivamente a acrecentar de forma indefinida los costes de su propio mantenimiento. Ello hasta tal punto que algunos de los artífices de los planes de privatización de la Troika han llegado a imaginar la subasta del mismísimo Partenón.17 En este sentido, el neoliberalismo es ciertamente la inversión hecha realidad, el verdadero «mundo al revés» del que habla Aristófanes. La financiarización de la economía es el resultado directo de las políticas neoliberales. Los fondos de inversión y los grandes bancos sistémicos acaparan mediante la renta financiera una parte cada vez mayor de la riqueza producida por la economía «real». Este hecho, lejos de ser el resultado de una perversión y de un funcionamiento parasitario, debe entenderse como un conjunto de relaciones de poder mediante las cuales las sociedades y sus instituciones, así como también la naturaleza y las subjetividades, son sometidas a la ley de la acumulación del capital financiero.
Pero, se objetará, ¿por qué esta autonomización del dinero abandonado a su propia desmesura (hybris) sería una amenaza para la democracia? ¿Y por qué debería morir la democracia a causa de la promesa de una riqueza universal con la que Pluto deslumbra a los pobres? ¿Es ello debido a la corrupción universal que inevitablemente genera? ¿Qué hay que entender entonces por «democracia», es decir, el poder (kratos) del pueblo (demos)? El término kratos significa muy prosaicamente la superioridad o la victoria en una guerra contra enemigos tanto interiores como exteriores. También puede significar la victoria de una opinión en una asamblea. Pero se trata siempre de una victoria conseguida en una confrontación. Por eso es, en la ciudad, una «palabra con mala fama», tanto es así que los mismos demócratas se niegan a utilizarla, pues da a entender que el poder del pueblo no es el poder ejercido por el pueblo como un todo, sino que procede de una victoria conseguida por el «partido» popular contra el «partido» oligárquico.18 Si esto es así, es porque los mismos demócratas, una vez llegados al poder, ceden a la «fantasía de una ciudad una e indivisible» y se esfuerzan en reprimir la guerra interior a la que, sin embargo, deben su propia posición. Esta guerra recibe, con razón, el nombre de stasis, palabra que en griego significa tanto «posición» o «mantenerse en pie» como la insurrección violenta, la «sedición». Que el sentido peyorativo de «sedición», incluso de guerra civil abierta, haya acabado por consolidarse no nos autoriza de ningún modo a ignorar que, en una ciudad basada en la participación popular, toda posición política u otra —la política en su totalidad— era en cierto sentido «sediciosa».19 Por eso es importante, hoy en día, hacer resonar este sentido original de la palabra «democracia»: no la gestión pacificada de los conflictos mediante el consenso, sino el poder conquistado por una parte de la ciudad en una guerra contra el enemigo oligárquico.
¿Define este poder acaso un régimen político específico? Si nos remitimos a la historia constitucional de Atenas, tal régimen se impuso en el año 403 a.C. y desde entonces «el pueblo se hizo él mismo dueño (kyrion) de todo, todos los asuntos se administraron mediante decretos y en tribunales en los cuales el pueblo (ho demos) detenta el poder (ho kraton)».20 En un sentido más conceptual, demokratia es el nombre de un régimen en el que el poder es ejercido por la masa de los pobres, en oposición a la oligarquía, en la cual el poder está en manos de la minoría de los ricos: «Hay una oligarquía cuando los que tienen la riqueza son soberanos en la constitución. La democracia, al contrario, es cuando lo son aquéllos que no tienen mucha riqueza (aporoi) y son gente modesta».21 Esta notable definición de la democracia, generalmente omitida de la lista de las acepciones eruditas del término,22 eleva a la categoría de criterio esencial, más que el número, el contenido social. Que Pluto sea instalado en lo alto de la Acrópolis por la mayoría de ciudadanos, como en la comedia de Aristófanes, no cambia nada y no metamorfosea una oligarquía en una democracia. Un régimen en el que una mayoría de ricos ejerciera el poder no debería ser designado como una democracia, como tampoco un régimen en el que gobierne una minoría de pobres debería ser llamado una oligarquía.
El pueblo o demos no es identificado aquí con la mayoría, ni tampoco con la totalidad de los ciudadanos, sino con la masa de los pobres, de tal modo que la democracia consiste en esencia en el poder de los pobres. De la misma forma, la oligarquía no consiste en el poder de unos pocos («algunos» u oligoi), sino esencialmente en el de los ricos (poroi). A todo ello hay que añadir que «democracia» designa una constitución «desviada»: los pobres gobiernan en favor de sus intereses como pobres y no del interés general. Así, solo el gobierno de los pobres para los pobres puede tener esta denominación.
El mérito irremplazable de esta oposición entre la democracia y la oligarquía a partir de los intereses sociales es, ante todo, el de mostrar crudamente, aunque sólo sea en negativo, la esencia oligárquica de la «gobernanza neoliberal» y su oposición feroz a la democracia entendida como «soberanía de las masas»: esta forma de gobernanza no constituye en sí misma un nuevo «régimen político» que se pueda añadir a la clasificación tradicional, sino un modelo híbrido de ejercicio del poder que es a la vez un gobierno de unos pocos o de la elite, en el sentido de una expertocracia, y un gobierno para los ricos, en cuanto a su finalidad social. Esta modalidad es la que queremos analizar con el fin de hacer inteligible la extrañeza de nuestra propia situación.
La radicalización del neoliberalismo
Podemos sorprendernos ante el hecho de que ya no cause sorpresa el fortalecimiento de las lógicas que engendraron una de las peores crisis desde la de 1929. Contrariamente a esta última, que condujo a un cuestionamiento bastante profundo de las políticas y doctrinas de la época, la de 2008 no ha provocado nada semejante. En un célebre artículo de julio de 2008 sobre el «final del neoliberalismo», Stiglitz hacía referencia al famoso texto de Keynes sobre el «final del laisser-faire» escrito en 1926.23 Desde esta perspectiva, daba a entender que los hechos de los años 1930 se estaban repitiendo. Ya sabemos lo que acabó pasando en realidad. El neoliberalismo, que estaba ampliamente desacreditado en sectores cada vez más amplios de la sociedad y provocaba resistencias multiformes, se radicalizó aprovechando la crisis. Mostró una capacidad de resiliencia única. Frustrando los pronósticos más optimistas, no se hundió, no cedió para dar paso a un nuevo modo de regulación. Lo único que hizo fue sobrevivirse a sí mismo, se reforzó radicalizándose. La crisis de 2008, que en la imaginación de muchos debería haber inaugurado una moderación posneoliberal, permitió una radicalización neoliberal. En un ensayo muy notable titulado La extraña no-muerte del neoliberalismo,el sociólogo británico Colin Crouch planteó la pregunta definitiva: ¿por qué el neoliberalismo salió reforzado de la crisis?24 La radicalización neoliberal es uno de los fenómenos más importantes del período en el que vivimos. Su máxima: cuanto peor vaya más debe continuar. Que las bajadas de impuestos favorables a los más ricos —y su contrapartida, las subidas para la mayoría— no hayan dado los resultados prometidos no supone que los gobiernos deban renunciar a ellas. Al contrario. Como estas bajadas y subidas no han sido lo suficientemente importantes, hay que continuar por el mismo camino.
Recordemos brevemente algunos hechos. La crisis financiera de 2008 detuvo el crecimiento, hizo aumentar el desempleo, supuso una considerable pérdida de riqueza: el 23% del PIB de la zona euro, el 10% del PIB mundial. Engendró un crecimiento espectacular de la deuda pública. Ésta pasó del 64% del PIB en 2007 en Francia al 82% en 2010, y en Estados Unidos del 65 al 93%. A escala mundial, se pasó del 53% del PIB al 70%, o sea, un aumento del 54% entre 2007 y 2011. Los Estados de la Unión Europea tuvieron que movilizar 4,5 billones de euros, es decir, el 37% del PIB, para evitar el hundimiento del sistema bancario.25 Aunque el coste final del rescate fue menor, se aprecia la magnitud de las sumas que fue preciso poner en juego para evitar el abismo.
Ocho años después del comienzo de la crisis, las desigualdades crecen, la volatilidad del capital es aún igual de fuerte, los sacrificios pedidos a los más modestos se multiplican, la situación del mercado de trabajo sigue degradándose, los sindicatos están debilitados y la izquierda hecha migas, lo que queda de la socialdemocracia agoniza en numerosos países y la extrema derecha va viento en popa. Europa se fragmenta, se desgarra, se desacredita. La xenofobia se expande, los refugiados políticos y climáticos mueren en el mar y en las carreteras, las vidas rotas por el desempleo son incontables. Los corredores de Bolsa, por su parte, han roto muchos techos para luego volver a caer, los productos derivados proliferan, los bonus se reparten al alza, el shadow banking, que lleva a cabo operaciones de crédito en la más completa opacidad, ha tomado el relevo de los bancos clásicos, mientras que los hedge funds, al acecho de todas las ocasiones de beneficio rápido en los mercados, han conseguido hacerse con un lugar cómodo al lado de los inversores institucionales.
El sistema financiero mundial sigue bajo la amenaza de la explosión de burbujas financieras perfectamente previsibles: las «armas de destrucción masiva» (Warren Buffett) que son los productos financieros derivados están circulando libremente, los bancos centrales han inyectado trece billones sin otra consecuencia que el enriquecimiento de los bancos privados y la creación de nuevas burbujas.26 Los paraísos fiscales, donde están congelados entre 20.000 y 30.000 billones de dólares que escapan a toda fiscalidad, prosperan como nunca, evitando las supervisiones y los controles, hasta los más tímidos. Las finanzas, los negocios inmobiliarios y el mundo político continúan viviendo en estrecha simbiosis: nunca desde el siglo XIX, con sus banqueros corruptos y sus magnates ladrones, el dinero ha sometido tanto la política de los gobernantes a su ley. Las oligarquías políticas y económicas han impuesto la solución a la crisis: hacer pagar a la gran masa de asalariados y de jubilados las sumas desembolsadas para salvar de la quiebra al sistema financiero y disparar, con más fuerza aún si cabe, la acumulación de capital. De este modo, un gigantesco expolio obliga a las poblaciones a devolver una deuda que no han contraído. Es el verdadero «mundo al revés» del que hablaba Aristófanes. Pero el mundo al revés convertido en sistema.
La crisis como forma de gobierno
En estas condiciones, la crisis alimenta a la crisis en una espiral sin fin. La radicalización del neoliberalismo se sostiene en gran medida gracias a esta lógica de autoalimentación, o mejor dicho de autoagravamiento de la crisis. Si las economías capitalistas del «centro» se han vuelto a la vez más inestables y menos dinámicas, es porque las desigualdades y la precariedad creciente, relacionadas con la intensificación de la competencia y con la acumulación financiera improductiva, bloquean el crecimiento e impiden cualquier reabsorción del desempleo masivo. Hasta los economistas del FMI han acabado admitiendo que las crecientes desigualdades perjudican al crecimiento económico.27 En lugar de poner en práctica políticas activas más igualitarias y más ecológicas que sostengan la demanda popular, los gobiernos, presionados por las grandes empresas y los bancos, continúan llevando a cabo, cada uno en su rincón y en contra de los otros, «políticas de competitividad» que reducen la parte que corresponde a los salarios en el valor añadido, deprimen la demanda y debilitan al asalariado organizado. Ya que si algo se hace evidente es la destrucción de todo contrapeso, de toda oposición, de todo agente estabilizador.
