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La obra de un discípulo adelantado de Maquiavelo y Gracián que sabe que, una vez perdida la dignidad, solo queda el arte de la apariencia; el cinismo en estado puro. Un agudo estudio del poder en todos sus aspectos. «Conócete a ti mismo», «Conoce a los demás», «Simula y disimula». ¿Qué sentido tienen en la actualidad estos tres inseparables mantras de Mazarino, al que habría que añadir el muy representativo de la clase política: «Nunca te fíes»? El cardenal Mazarino, personaje imprescindible para entender la monarquía absoluta de Luis XIV, conocido como el Rey Sol, no ha sido reconocido en la historia de acuerdo con sus méritos. En esta obra se nos desvela el diplomático, estratega y solucionador de conflictos, quien, a pesar de su origen, logró ascender hasta ser uno de los hombres más poderosos de Europa en su momento. Mazarino dejó escritas sus filias, fobias, miedos y, sobre todo, demostró ser un verdadero maestro del arte del disimulo; una danza entre la ocultación y el sigilo para la que es necesaria inteligencia y prudencia, virtudes que también son propias de los grandes estrategas empresariales y de cualquiera que aspire a formar parte del teatro del poder. Una lúcida actualización de un clásico a los problemas de nuestro tiempo. Además de La política del disimulo, esta obra incluye una nueva traducción del Breviario para políticos del cardenal Mazarino.
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Seitenzahl: 313
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Derechos exclusivos de la presente edición en español
© 2024, editorial Rosamerón, sello de Utopías Literarias, S.L.
Primera edición: abril de 2024
© 2024, María Blanco
© 2024, Alberto Torrego, por la traducción del Breviario para políticos
Ilustración de cubierta: Luciano Lozano
Imágenes: grabado de Mazarino, Cornelys Mayssens, 1670; otro grabado del cardenal, de Friedrich Wilhelm Burmeister, 1865; ilustración de Fédéric Lix para el Diccionaire populaire illustré editado por Edmond Alonnier y Joseph Décembre, 1863; acuarela de Anselmus Boëtius de Boodt, 1596-1610.
ISBN (papel): 978-84-128182-4-6
ISBN (ebook): 978-84-128182-5-3
Diseño de la colección, del interior y de cubierta: J. Mauricio Restrepo
Compaginación: M. I. Maquetación, S. L.
Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo excepción prevista por la ley, cualquier forma de reproducción, distribución y transformación total o parcial de esta obra por cualquier medio mecánico o electrónico, actual o futuro, sin contar con la autorización de los titulares del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal).
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A todas las personas que se han ocupado de mí
en estos dos difíciles años y me han ayudado,
consciente o inconscientemente.
A mis doctores, enfermeras y todo
el personal que me sonrió siempre.
A quienes me siguen ayudando y sonriendo.
A la vida por la oportunidad de aprender tanto,
de darle la vuelta a lo terrible y superarme.
A mis padres
Y como siempre, a mis hijos, mi fuerza motora.
Índice
La política del disimulo
Prefacio
Introducción
La obra
El autor
BREVIARIO PARA POLÍTICOS
Introducción
PRIMERA PARTE. Del conocimiento de los hombres
Conócete a ti mismo
Y conoce a los demás
SEGUNDA PARTE. Los hombres en sociedad
Obtener el favor de otro
Conocer a los amigos del otro
Obtener estimación y fama
Administrar el tiempo dedicado a los negocios
Obtener el favor del otro
Leer, escribir
Dar favores
Pedir
Aconsejar
No dejarse sorprender
Conservarse en buena salud
Evitar el odio
Arrancar secretos
Conocer las intenciones que se esconden detrás de las palabras
Evitar las ofensas
Incitar a la acción
Adquirir sabiduría
Obrar con prudencia
Desembarazarse de un huésped incómodo
De la conversación
Las bromas
Evita las trampas
El dinero: ganarlo y conservarlo
Obtener y discernir honores
Responder a las peticiones
La simulación de los sentimientos
Dar fiestas
Limita los daños
Innovar
Salvar la apuesta
Disimular los errores
Excitar el odio contra un adversario
Poner fin a una amistad
El elogio del otro
Impedir que alguien rechace un cargo
Contener la ira
Huir
Corregir y castigar
Poner fin a una sedición
Escuchar y pronunciar justas alabanzas
Mantener la serenidad
Despreciar los ataques verbales
Adquirir habilidad
Desviar las sospechas
Deshacerse de un adversario
Viajar
No correr tras las satisfacciones del amor propio
Criticar, reprochar
Disimula los sentimientos
Prestar
Obtener la verdad
Acusar
Ser acusado
Viajar a provincias o al extranjero
Leer libros teóricos
Axiomas
En resumen
Simula, disimula
No te fíes de nadie
Habla bien de todos
Prevé lo que vayas a hacer
LA POLÍTICA DEL DISIMULO
Un entorno hostil
La forja de un estratega
La identidad de Mazarino
La identidad y el poder, hoy
Los trabajos de Mazarino: la paz
Mazarino y la complejidad
El factor X en la Francia de Mazarino
Mazarino y el pueblo
Los superpoderes de Mazarino
El secretismo
La riqueza siempre ayuda
La dependencia como estrategia
La importancia de la comunicación
Pero ¿qué hacemos con los otros?
El disimulo: entre el miedo y el amor
Adaptarse o morir
Consejos tengo, que para mí no quiero
Conclusión
Bibliografía
Notas
Prefacio
I
Me presento a candidata. De nada han servido los consejos de mis amigos y familiares. «Esto no es para ti», «Eres demasiado ingenua», «¡Con lo bien que estás en la universidad!, ¿para qué vas a cambiar ahora?». Pero es una decisión irreversible. Lo he pensado mucho y estoy decidida. Tampoco soy tonta: conozco mis fallos, mis carencias. Es verdad, soy ingenua. De alguna manera, poco lista. Inteligente, pero poco lista. Como me decía aquel catedrático: «Si no fuera por esos estúpidos escrúpulos de conciencia que tienes...!».
Mi antiguo compañero de despacho, que se dedicó a la política durante muchos años, me manda un mensaje: «¡Mucha suerte, Mary White! Si necesitas a alguien que te lleve de la mano, llama a Giulio. Sus éxitos lo avalan». «Gracias, Antonio, lo haré», le contesto.
Hago un barrido en internet para ver quién es el tal Giulio. Horror: típico conferenciante con cientos de miles de seguidores de toda Europa. Su foto de perfil nos lo muestra encima de un escenario de una charla multitudinaria, con una pantalla gigante a sus espaldas donde se lee: «Conócete a ti mismo. Conoce a los demás». Mal empezamos. Conociéndome como me conoce, ¿qué le hizo pensar a Antonio que necesito un gurú? A pesar de todo, decido darle una oportunidad.
Llamo por teléfono y pido cita, con la recomendación de mi amigo. Una voz femenina me contesta, su asistente personal: «Giulio está en Roma. En estos momentos tiene una reunión en el Vaticano. ¿Qué tal la semana que viene?». Perfecto. Ya tengo cita. «¿Giulio?», me pregunta mi hija, «tiene nombre de peluquero». Sonríe, enfrascada en su libro, mientras me voy rezongando por el pasillo. ¡Qué duro se me va a hacer esto!
Giulio, mi coach político tiene su oficina en la calle Eduardo Dato de Madrid. Es un italiano afrancesado, con calva en la coronilla, tipo tonsura, y pinta de peluquero. Me acuerdo de Carlota. «Cuando se lo cuente, voy a ser el hazmerreír de mis hijos, ¡otra vez!», pienso conteniendo la risa.
Me saluda cortésmente con besamanos e inclinación de cabeza. Con una mirada indica a su asistente que traiga el té con pastas. No cualquier té, no cualquier pasta, no cualquier vajilla. Tendrá pinta de peluquero, pero Giulio tiene gustos refinados. Conversamos. Él también me radiografía.
—¿Y qué le ha sorprendido más de mi perfil, antes de conocerme? Porque me ha buscado en internet, estoy seguro.
—Conócete a ti mismo —le respondo—. No sé, me suena muy manido.
—Mais oui! Para conocer las sombras de los demás tienes que conocer primero las tuyas. Es de primero de estrategia política. De lo contrario, corres el peligro de quedar atrapado en el juego de la seducción. Porque en eso consiste el poder. N’est-ce pas?
Sonrío.
—No lo sé. Estoy aquí para aprender.
Me mira divertido, coge mi mano, se acerca y me dice en bajito:
—Aquí no puede disimular, ma chérie. Lleva usted toda la vida jugando a ese juego. Es usted una experta política, aunque no haya dado cuenta aún. Solamente le frenan esos escrúpulos de conciencia.
No me puedo creer que haya empleado esa frase. Se levanta de su silloncito estilo Luis XIV, toma un librito de la librería y me lo ofrece.
—Chère madame, empiece por leer esto y hablamos, ¿le parece?
—Entiendo que tenemos un trato. Sabiendo lo ocupado que está, se lo agradezco.
Miro el libro: Breviario para políticos.
—¿Breviario? ¿Como el catecismo?
—Interprételo como quiera. Le acompaño a la puerta.
II
—Creo que me falta instinto asesino. Lo que hoy se conoce como «ser una killer» —le digo a mi mentor.
—Te equivocas —me corrige—. El arte de la política no está en hacer tomar decisiones drásticas, ser duro, avasallar. Eso déjalo para los políticos menores.
Sonríe, percibiendo, sin mirarme, mi cara de estupor.
—Piensas en los portavoces, presidentes, ministros. Esos son los políticos de trinchera. No todos son excelentes en el verdadero arte de la política. Este arte consiste en ser el catalizador, el generador del cambio, el responsable de que otros, esos en quienes piensas, hagan las cosas. Ser killers, como se dice ahora, es un camino tan fácil como pasajero. Pero si sueñas con la posteridad, entonces la cosa cambia.
Giulio se queda pensando mientras caminamos por Alcalá de Henares. Me quiere enseñar la universidad.
—Yo estuve viviendo aquí en mi época de estudiante. Aquí me enamoré por primera vez, pero tuve que volver a Roma. Nadie sabe qué habría sido de mí si me hubiera quedado. Probablemente nada bueno.
—¿Por qué?
—Era un adolescente exitoso, con presencia, consciente de mi poder de seducción. ¡Era tan joven!
Se quedó pensativo un instante y continuó:
—Jugaba a las cartas y no siempre ganaba. Y las deudas, la mayoría de las ocasiones, no son recomendables. ¡Especialmente cuando las tienes que pagar tú! Aunque otras veces...
—¿Qué pueden tener de bueno las deudas?
—Bueno, cuando quieres que el rey para quien trabajas sea tan importante en el mundo como lo es el Sol en el firmamento, tienes que gastar en guerras, prebendas, negociaciones... Sobre todo, tienes que gastar en acordar la paz. Todo tiene un coste.
Mira la hora y se levanta extendiéndome la mano.
—Se hace tarde y quiero enseñarte a los padres del derecho internacional. Hay muy pocas cosas inventadas. Por increíble que te parezca, el libro que te he regalado serviría para cualquier época. Es pura naturaleza humana.
—¿De verdad me vas a enseñar a los autores de la Escuela de Salamanca que tanto he estudiado? Pues deja que te recuerde que apenas tuvieron repercusión en su época. No afectaron al comportamiento de la Corona.
—Porque eran unos moralistas. Como Gracián. Gran conocedor de la esencia de nuestra naturaleza, pero con las manos limpias. Yo tuve que desplegar todos mis dones y ponerlos en práctica para llegar donde llegué. Sufrí mucho durante varios años, pero estaba determinado y sabía cuál era mi objetivo. Y esa es otra lección. La paciencia y la serenidad deben ser tus guías. Cuando yo estudiaba aquí, en Alcalá, nunca imaginé que llegaría a ser el sucesor del mismísimo Richelieu.
—¿Pero eso no fue una espada de doble filo? Suceder a Richelieu es como ser hijo de Julio Iglesias y dedicarte a la música, o de Mario Vargas Llosa y ser escritor.
Giulio ríe abiertamente. Coge mi mano y me invita a cogerle del brazo mientras me explica:
—El cardenal Richelieu dejó en mis manos la corona y la paz de Francia. Yo hice de Luis el soberano más poderoso del mundo, el Rey Sol. Y, de paso, eduqué para él a sus mejores consejeros: Le Tellier, Lionne, el gran Colbert...
—¡Colbert! ¡El mercantilista francés! Un intervencionista de primera... —exclamé abruptamente, con cara de desagrado.
—Fue mi asesor financiero mientras estuve en el exilio y multiplicó mi fortuna.
—¿Y para qué sirvieron tus años en España?
—Para comunicarme, ¿te parece poco? Me sirvió para firmar la paz con los españoles muchos años después. Si es importante conocerse a uno mismo, igualmente importante es conocer a los demás. Solamente así puedes pretender que tienes aquello que los demás necesitan y que eres la persona que les conviene. Y conocer su idioma es muy importante. Yo absorbí la cultura española, sus tradiciones, su arte, el orgullo castellano ¿Cómo iba a lograr tratar con sus ministros y generales sin conocer su idiosincrasia, simplemente a través de un traductor? Hay cosas para las que sobran los intermediarios. En el mundo de la política, la realidad es el relato. Y eso no es algo nuevo, del siglo XXI; es así desde siempre. También me sirvió para entablar una sincera amistad con la reina, y ganarme su confianza. Recuerda que Ana, la regente, era de Valladolid.
—¿Y hablabais en español en la intimidad?
Giulio me miró contrariado.
—¿Te imaginas que con quince años te casan con un príncipe extranjero, de tu edad, a quien no le gustas, como parte de un pacto político? Luis, su marido, era bastante raro. No la tocó hasta pasados unos cuantos años, y luego la humilló sin ningún tipo de miramientos. En la Corte la odiaba todo el mundo, desde su suegra hasta los generales. Su salvación fue ser madre del heredero. Y eso que lo tuvo siendo mayor para la época, ya. Ahí tuvieron que respetarla.
Permanecimos en silencio. Me di cuenta de que la situación no es comparable. La política de ahora y la de antes no son lo mismo. Conversar con Giulio es maravilloso, pero no sé si puede ser el asesor que necesito, a pesar de su insistencia en que me puede ayudar. ¿Es cierto que, más allá de las diferencias históricas, lo esencial reside en una naturaleza humana sometida al juego de expectativas y de sesgos?
Los eslóganes de Mazarino, «Conócete a ti mismo» y «Conoce a los demás», hoy adquieren un significado diferente para mí gracias a Giulio, mi mentor. No es un significado conectado con la psicología o con alguna pseudofilosofía inspirada en el budismo. Hay una intención utilitarista. No tiene nada que ver con las típicas frases del mindfulness que recomiendan para combatir el estrés. El sentido que él imprime a esas dos frases es otro. Mira bien tus luces y tus sombras para poder protegerte. Conoce a los demás para saber qué personaje, qué máscara tienes que presentar y así evitar que puedan hacerte daño. No es un manual de autoayuda. Es una guía para viajar por las grietas del poder.
III
—Cuanto más avanzamos en nuestras conversaciones, menos claro tengo que la política sea para mí, Giulio.
—Querida, tienes que saber a quién representas y cuál es tu objetivo.
—¿Cómo supiste cuál era el tuyo?
—Fue fácil. Al principio, mi objetivo era salir del círculo social de mi padre. Eso me llevó, primero al ejército vaticano, que era como los cascos azules de entonces, y, después, a la diplomacia. Y entonces mi objetivo se convirtió en entrar en el círculo más alto del poder. Dos círculos muy alejados. Todo un salto social. Cuando por fin llegué, me di cuenta de cuál era mi verdadera misión: lograr la paz y educar y proteger al futuro rey de Francia.
—¿No echabas de menos tu patria?
—¿Qué patria? Mi patria era yo, mi patria era mi misión. Un italiano de costumbres licenciosas representando al estado papal en Francia y asesorando a una reina regente española. ¿Qué sentido tiene hablar de patria? Mi única patria siempre fue Roma. Roma era mi casa, pero cuando regresé después de mi misión como representante papal, Roma dejó de ser mi patria para ser mi infierno.
—¿Y la riqueza?
Giulio se detuvo bruscamente. Paseamos por los jardines que median entre el Palacio Real y el Teatro de la Ópera de Madrid. Es una tarde otoñal, demasiado cálida para ser octubre, con decenas de paseantes que disfrutan de su ocio familiar.
—¿Qué insinúas? ¿Crees que hice todo lo que hice por dinero? Es verdad que me enriquecí, pero si hubiera sido banquero o mercader también habría hecho fortuna. Siendo el encargado de educar al futuro rey, el protector de la reina, el designado por Luis XIII y por Richelieu para hacerme cargo de semejantes responsabilidades, ¿no merecía disfrutar de un estatus económico a la altura de una monarquía como la de Francia? ¿Qué imagen habría dado la monarquía si yo hubiera vivido como un monje?
Giulio mira al Teatro Real.
—¿Sabes que fui yo quien introdujo la ópera en Francia? No estaban preparados... ¡una pena! Quería que la boda de mi ahijado, Luis XIV, fuera única. Me traje a arquitectos, a libretistas, hasta Lulli el violinista era italiano. Le pagué una fortuna a Cavalli. La obra Ercole amante no podía ser más adecuada. Hércules como Luis, la Belleza como Teresa, la novia... pero el público prefería la danza. No entendieron la ópera hasta mucho después.
No sabía muy bien a qué se refería. Hablaba como si se tratara de la boda de un hijo. Giulio bajó la cabeza, con una mirada que reflejaba tristeza y frustración. Y tras un gran suspiro, como si pudiera leerme la mente, dijo:
—No creas que mi misión fue fácil. Tuve que defender primero a la madre y después al hijo. Y lo logré. Cuando Luis accedió a la corona, se deshizo de los intrigantes y cogió las riendas de esa gran nación. Ningún otro monarca es conocido como El Rey Sol, el paradigma de la monarquía absoluta, del poder absoluto. Fue muy complicado y tuve que soportar muchos ataques. Les molestaba el amor de la reina, mi influencia sobre su hijo, les molestaban mis riquezas, mi habilidad para los negocios, mi cultura, mi savoir-faire. Me atacaron por ser extranjero, por mis orígenes, por el trabajo de mi padre.
—¿Y cuál es el secreto para superar todo eso?
—Te lo he dicho varias veces: finge, disimula, no te fíes de nadie, piensa antes de actuar y no hables mal de tus enemigos, ni siquiera teniendo motivos.
—Eso es imposible, Giulio. Mira la prensa, los programas de televisión. Hablar mal de los demás es un deporte nacional (¡o internacional!). Y, además, ¡es un gran negocio! Mucha gente vive de ello.
Giulio rio abiertamente. Me miró, como siempre, con mezcla de reprobación y ternura:
—¿Y crees que no había chismes en la corte? ¿Tú sabes las cosas que llegaron a decir de mí los aristócratas que querían echarme? ¡Y casi lo logran! Tuve que exiliarme por el bien de la Corona.
Por el bien de la Corona. Por el bien del pueblo. Por el interés general. Por tu propio bien. ¡Qué cantidad de acciones, con resultados indeseables, se han llevado a cabo invocando el bien de algo o de alguien! Pienso en qué sustituye hoy la protección de la Corona, esa supuesta misión de Giulio, y no se me ocurre nada. ¿Los partidos políticos y la protección de la democracia? ¿La agenda global y la protección del medioambiente? Me pregunto qué político tendría hoy la determinación para seguir en la brecha con dos exilios a sus espaldas y rodeado de tiburones.
—¿Cómo se hace para nadar entre tiburones y salir vivo?
—Conócelos como si fueras uno de ellos, como si tú hubieras inventado su comportamiento. No te distraigas de tu objetivo, sabiendo que este es flexible, porque la vida viene con sorpresas. Anticípate. Muéstrales lo que quieren ver, diles lo que quieren escuchar. Compórtate como la persona que quieren que seas, que necesitan que seas.
Introducción
La ficción en tres escenas que introduce este ensayo tiene como objetivo traer al presente una figura caleidoscópica, difícil de clasificar y poco conocida por la mayoría de los ciudadanos de nuestro siglo XXI. Soy consciente del fracaso de mi cometido, precisamente por la complejidad del personaje, y también porque el siglo XVII y las circunstancias históricas y políticas de la Francia de entonces poco se parecen al mundo actual.
A pesar de ello, voy a tratar de analizar esas diferencias y rescatar aquello de la vida y obra de Mazarino que se refleja en nuestros días y, en particular, de su Breviario para políticos, una obra que incluimos también en esta edición, y que puede servirnos de inspiración o de reflexión. En las próximas páginas propongo así un recorrido de la mano de Mazarino por los entresijos de la política, el poder y el comportamiento humano.
En ocasiones, serán comportamientos indeseados; otras veces, ejemplares. No obstante, siempre merecerá la pena el viaje, porque la naturaleza humana es invariable. Se amolda a las circunstancias para poder sobrevivir al entorno cambiante. Lo que nos mueve, desde que caminamos erguidos, como poco, son los incentivos, los sesgos y las expectativas. Aunque esa afirmación pueda sonar demasiado manida, especialmente para quienes nos dedicamos de una u otra forma al estudio del comportamiento humano —en mi caso, del económico—, se nos olvida lo que significa. Continúa sorprendiendo que sigamos siendo los mismos, porque las diferencias en el entorno histórico, político, económico y social son grandes y porque, en ocasiones, atribuimos intenciones que responden al contexto actual a situaciones del pasado.
Las aspiraciones y expectativas de un joven Mazarino que estrecha la mano del todopoderoso Richelieu, los sentimientos apasionados de un adolescente como Luis XIV que se enamora por primera vez de quien no debe, la soledad de una mujer consciente de sus responsabilidades pero desatendida por su marido, como la reina Ana de Austria, van más allá del decorado barroco, porque son eternos.
Por eso ha aparecido Giulio como un coach político, un hombre sabio y no siempre con una moral estricta, pero con principios, que tiene todas las claves de la lucha por el poder, de la ambición humana, y también de la diplomacia, la gestión de equipos y la resolución de problemas. Un hombre perfectamente reconocible hoy en día, que podría aparecer en un gran escenario para dar una charla tipo TED sobre lo suyo, o bien un asesor en alguna institución supranacional, o presidente de esa organización. ¿Por qué no? Muchos de sus consejos son actuales, otros no tanto, pero todos ellos invitan a la reflexión, siempre con la esencia del cardenal Mazarino.
Por supuesto, la idea de presentarme como candidata a nada que tenga que ver con la política jamás ha cruzado mi mente. Yo no valgo para eso. No tengo las habilidades de Giulio. Aunque después de nuestras conversaciones ficticias, de las que solamente muestro un botón, empiezo a pensar que podría aprender. También he de confesar que, desde mi punto de vista, creo que tampoco valen para ello muchos de quienes hoy en día ocupan posiciones en el ámbito político nacional e internacional. No pasa nada. No todos los toreros son Manolete, ni todos los cantantes son Pavarotti. La mediocridad impera en el mundo, y lo hace desde siempre. En todas las actividades, se impone la campana de Gauss: una mayoría mediocre y dos extremos minoritarios, uno excelente y otro insuficiente. Pretender mover la aguja de esa realidad es una ardua tarea que Mazarino nunca pretendió lograr. Él simplemente trataba de demostrar su propia excelencia en un mundo en el que destacaba por pura genética, por la nobleza de la cuna. La humanidad puede haber mejorado, la civilización puede haber progresado, al menos en el largo plazo. Pero la sensación de que la excelencia no es un objetivo para muchos que son referente de masas, probablemente por falta de miras y de voluntad, es permanente.
Como decía, al repasar los hechos históricos que vivió el cardenal Mazarino, nos encontramos con comportamientos y reacciones movidas por los mismos hilos que hoy. Los egos, el miedo, los complejos, el resentimiento. Mi intención es acercar al siglo XXI al personaje, al joven romano Giulio, al cardenal francés Jules. Pretendo poner de manifiesto esa naturaleza humana que él conocía tan bien para que sus consejos se puedan interpretar adecuadamente y puedan ser de utilidad también a los ciudadanos del siglo XXI.
Por otro lado, tampoco quisiera exagerar sus logros. Todos tenemos luces y sombras. Y tanto entonces como ahora, y no solamente en el mundo de la política, no es fácil ser bueno en muchas cosas. No hay nadie perfecto. Ni siquiera un superdotado detectado desde su más tierna infancia, polímata y autodidacta en muchas disciplinas científicas y artísticas, como Mazarino[1]. Quien es excelente en una habilidad puede ser un desastre en otra cosa, o mediocre en otras. Por ejemplo, el cardenal era un gran político, diplomático y estadista y, al mismo tiempo, su ética dejaba mucho que desear, no predicaba con el ejemplo y sinceramente, a tenor de lo que escribió en el libro que nos ocupa, no sé si me gustaría tener un amigo tan cínico. Probablemente, como ha sucedido en nuestras imaginarias conversaciones, nos iríamos tomando confianza y acabaríamos compartiendo un vínculo que bien pudiera llamarse amistad.
Por suerte para él, el Breviario para políticos se publicó póstumamente por orden de su ahijado, Luis XIV, así que nadie pudo ir a reclamarle ninguno de sus consejos.
En mi descargo, tengo que confesar lo difícil que ha resultado no repetir pasajes de su vida que justifican o están asociados por este consejo, o con el otro. O que, simplemente, me parecía relevante recordar para tener una visión de conjunto del autor, la obra y el entorno.
La propuesta de este libro es diferente. La idea es que haya cierta interacción, en la medida de lo posible, entre el protagonista, Mazarino, y los lectores, de manera parecida a mis ficticias conversaciones, que me ayudaron a entender la obra y el personaje.
La obra
Así que vayamos al libro en cuestión. La primera vez que me enfrenté a sus páginas me pregunté: ¿Qué es esto? ¿Es un tratado de autoayuda? ¿Es un texto de marketing político? ¿Es un manual de sabiduría? ¿Es un libro de coaching político? ¿En qué estante de las librerías lo ponemos? Pues es un poco de todo. Depende, sobre todo, del ojo del lector. Porque es, como diría mi amigo Javier González Recuenco, un libro «de Rorschach»[2]. Dicho de otro modo, cada uno ve en él lo que necesita ver. El libro responde a tus necesidades, esas que descansan en lo profundo de tus entrañas y tu inconsciente. Así que, de algún modo, al tratar de analizarlo, estoy dejando al descubierto mis intereses y mis necesidades. Yo también interpreto lo que necesito. Tal vez por eso, además de un diplomático, veo en Giulio a un estratega, un solucionador de problemas, un maestro en el manejo de situaciones complejas.
Pero la intriga va más allá, porque hay dudas acerca de la autoría real del libro. Es decir, parece que Mazarino no se sentaba cada tarde a escribir el Breviario, sino que se recogieron, o él mismo recogió, estos consejos a lo largo de su vida. Sin embargo, tanto da si la escritura es suya como si es de otros; el mensaje es inconfundiblemente suyo.
El cardenal recomendaba escribir un diario y tenía la costumbre de recoger por escrito, a menudo codificado, todo: sus cuentas, hacienda, impresiones del día... No sería de extrañar que hubiera recogido también estos consejos.
Pero ¿por qué ese título? Un breviario, en principio, en su significado laico, es un conjunto de notas recogidas de diferentes fuentes. Pero el autor es un cardenal que trabajó media vida para el Vaticano. ¿No titularía este ensayo de otra manera si no quisiera darle un sentido religioso? ¿No lo llamaría «compendio», por ejemplo? Porque hay una sutil diferencia en el significado de la palabra breviario en esos dos ámbitos. Desde un punto de vista religioso, un breviario recoge las obligaciones públicas religiosas diarias del clero. ¿Pretende Mazarino establecer normas obligatorias, más que consejos? Vamos a ver que no. Es más un manual de supervivencia que otra cosa. No obstante, tratándose de una persona tan ambigua como él, tiene sentido plantearse esta cuestión.
¿A quién va dirigida la obra? Esa es otra incógnita sin resolver. La respuesta fácil e intuitiva es que iba dirigida a su pupilo, ahijado, heredero de la Corona francesa, Luis XIV. Pero no parece que sea ese el caso porque, a menudo, habla al interlocutor como si este trabajara para alguien. Habla del patrón, del maestro, del señor, del príncipe. Se diría que son los consejos que le habría gustado que le dieran a él. Tampoco es un manual de comportamiento basado en el suyo propio, como vamos a comprobar más adelante. Por ejemplo, no era muy recatado en la ostentación de su riqueza. De hecho, se diría que provenía de una familia humilde y que, con esa exhibición y amaneramiento, trataba de compensar su pasado. Su madre era de origen noble pero pobre, y su padre, aunque no era un lacayo, había progresado como mayordomo y le llevaba negocios a la familia Colonna. Era una familia modesta pero no humilde. Y fue criado como un noble, por «invitación». No obstante, esa primera sensación de sobrecompensación de sus orígenes (o de ocultación) es cierta y, efectivamente, las penosas circunstancias de su padre le hicieron resentirse y tratar de huir del entorno que el destino le había designado.
¿Qué mueve a Mazarino a escribir esta obra? Probablemente el dolor que padeció debido a los avatares de su vida y que se cuidó mucho de mostrar. El disimulo era su santo y seña. Y mostrar tu herida te hace vulnerable.
Hay un aspecto interesante si analizamos cuáles son las situaciones y las acciones sobre las que Mazarino hace una recomendación, porque eso refleja qué cuestiones le parecían más relevantes.
Algunos consejos son puramente estratégicos, como, por ejemplo, cómo incitar a la acción, cómo excitar el odio contra un adversario, cómo poner fin a una sedición o cómo deshacerse de un rival. En todos ellos, se trata de que el sujeto que incita y excita, termina o se deshace, queda oculto a los ojos de los demás, porque siempre emplea métodos retorcidos para lograr el objetivo.
También hay otros meramente prácticos como, por ejemplo, cómo comportarse en fiestas, en un viaje, cómo prestar, cómo ganar dinero y guardarlo, cómo leer y escribir. En este tipo de consejos, sorprende que no se dedique a detallar las normas de etiqueta. Él no está preocupado por el cuidado de tu comportamiento social, más o menos refinado, que se diría que da por hecho, sino de cómo disimular tu personalidad, protegiéndote de los ojos indiscretos, en las acciones más cotidianas.
Pero casi todos son reglas de control emocional, normas higiénicas que todo el tiempo pretenden proteger al lector frente a las perturbaciones propias de la complicada carrera hacia el poder. Así, tenemos aquellos consejos que te ayudan a mantener el buen nombre, a disimular los errores, a evitar las trampas, a despreciar los ataques verbales, a demostrar habilidad en el propósito o a desmontar sospechas.
Muchos de ellos hablan de prudencia, de serenidad, de contención de la cólera. Es de vital importancia ocultar los sentimientos cuando te elogian, cuando te mienten o cuando te acusan.
Son muy divertidos los consejos sobre cómo huir. Además, son tan específicos que resulta casi imposible no imaginarse la escena, que resulta cómica por lo estrafalaria. No puede una dejar de preguntarse de dónde los sacó, si los tuvo que poner en práctica o si conoció a alguien que los utilizó. Por ejemplo, recomienda que, si estás retenido en tu alcoba o en otra estancia, pidas al guardia que te traigan una bebida alcohólica para calentar tu espíritu. Entonces, arrójalo sobre tus vestidos y mételes fuego. El guardián creerá que has querido poner fin a tus días por pura desesperación y dará la alerta para apagar el fuego, olvidando vigilarte. En esos momentos hay que aprovechar la ocasión para huir, incluso si tienes que despojarte de los ropajes encendidos. Otra opción es fingir enfermedad. Para ello, Mazarino conoce qué alimentos ingerir de manera que las heces parezcan sanguinolentas o para acelerar tu pulso. Cuando acuda el médico pídele somníferos para sobrellevar el insomnio. Entonces, ofrece comida a los guardas o distráelos, y aprovecha la distracción para echar el somnífero en su bebida, y huir. Resulta rocambolesco, si no fuera porque Mazarino estuvo retenido, y porque la época se prestaba a este tipo de situaciones. Además, estos dos ejemplos me permiten desvelar desde el principio lo específico que es Mazarino, lo pragmático y lo sinuoso de su mente.
Se podría caer en la tentación de concluir que se trata de un libro para fomentar la virtud, similar a los de nuestro Baltasar Gracián. Nada más lejos de la realidad. Eso queda claro desde el principio.
Por otro lado, aunque no parece que esté enteramente basado en lo que él hizo, seguro que sí en gran medida. Y también que muchos de los trucos que aconseja los puso en práctica. Tuvo una vida llena de acontecimientos históricos de los que fue protagonista, más o menos directo, casi siempre en la sombra. Posiblemente, fue testigo de otros tantos. Pero en muchas ocasiones, es muy evidente que son consejos normativos que expresan lo que él cree que se debería hacer, no para ser virtuoso, sino para sobrellevar mejor la batalla por el poder. Esto es tanto más obvio cuando se conoce quién fue y qué hizo Mazarino.
El autor
Jules Mazarin, o Giulio Mazarinni[3], fue un cardenal, que no sacerdote, del siglo XVII, mentor y asesor de la corona francesa, en concreto de Luis XIV, el llamado Rey Sol. Su figura y sus talentos han quedado oscurecidas ante el gran público, probablemente debido a la popularidad de Richelieu, su predecesor. A este es al que se le dedica más texto en los libros de historia y, por superficial que parezca, es conocido por su estelar aparición en los libros de mosqueteros de Dumas, y en las películas de cine y televisión que se han filmado en siglos posteriores. Para las generaciones no tan jóvenes, tú dices «Richelieu» y ellos piensan en los Mosqueperros, por la serie infantil de otros tiempos, en la que D’Artagnan era un perro y el cardenal un zorro. Pobre Mazarino. ¡Con lo que le costó llegar donde llegó!
El mismo Henry Kissinger, en su libro Diplomacia, destaca en la primera página al cardenal Richelieu como el político que, en el siglo XVII, «dio un enfoque moderno a las relaciones internacionales, basado en la nación». Y, pocas páginas más adelante, afirma: «En Occidente, los únicos ejemplos de eficientes sistemas de equilibrio del poder, se dieron entre las ciudades-Estado de la antigua Grecia y de la Italia renacentista, y durante el sistema de Estados europeos que surgió de la Paz de Westfalia, en 1648». Pero olvida destacar que uno de los principales artífices de esos tratados fue nuestro cardenal Mazarino. Y no se puede decir que el autor de esas palabras fuera precisamente ignorante, simplemente, Mazarino ha quedado atrapado en el olvido. Por eso es tan necesaria esta edición de su obra.
Este libro, el Breviario para políticos, escrito en latín, como era de rigor, y traducido mucho más tarde al francés y al italiano, podría interpretarse en la actualidad como una suerte de «curso de coaching para políticos en ciernes», si no fuera porque el entorno de entonces y el de ahora son bien diferentes. Actualmente, Francia es una república y, en las monarquías europeas, los reyes y reinas tienen un rol muy secundario, comparado con el que tenían las monarquías barrocas, déspotas y autoritarias. La influencia del Vaticano en los gobiernos europeos hoy es mucho menor. No existían los Estados Unidos, China o Rusia como grandes actores del equilibrio político mundial. El petróleo y la energía no eran desencadenantes de guerras o de acuerdos imposibles. Qué decir de los medios de comunicación, la producción en cadena, la logística y el comercio mundial, el desarrollo de los instrumentos financieros, la inteligencia artificial, el veloz avance de la tecnología y su inmersión, casi irreversible, en la vida cotidiana de los ciudadanos. Todo es bien distinto. Y, sin embargo, los consejos de Giulio son tan modernos que me servirían a mí si, efectivamente, en un brote de inconsciencia, decidiera dedicarme a la política.
Comenta Umberto Eco, en la presentación de la edición francesa del Bréviaire des politiciens, que Mazarino confecciona un retrato robot cotidiano de los políticos en general: «Lo que tenemos aquí es un modelo de estrategia democrática, ¡para la era del absolutismo!».
¿Hasta qué punto eso es así? ¿Podemos reconocer los atributos y comportamientos de ese retrato robot en los políticos del siglo XXI? ¡Qué difícil es responder a esa pregunta!
En primer lugar, porque hacer una lista de las características de Mazarino como político requiere añadir su personalidad como diplomático, como jugador de cartas, como mentor del delfín de Francia y como hombre. Y eso es mucho.
En segundo lugar, porque la especialización de nuestra era y un sistema político basado en los partidos políticos explican que la tarea sea, más que ardua, casi imposible.
Si Giulio Mazarinni hubiera nacido en el siglo XX, tal vez no habría llegado a ser el Jules Mazarin histórico. Pero si, después de analizar su vida, trato de encontrar un personaje histórico del siglo XX similar, se me ocurren nombres como, precisamente, Henry Kissinger en Estados Unidos, y tal vez Winston Churchill en el Reino Unido. Una persona con dotes diplomáticas singulares, políglota, poderoso rodeado de poderosos y susurrando en la oreja de los decisores internacionales más importantes.
Si tuviera que describir al personaje en función de su obra y no de sus actos, la cosa cambiaría. Porque nadie asociaría a Kissinger o a Churchill con un pequeño manual de recomendaciones tan concretas y pragmáticas como las que sugiere el Breviario. Cuestiones tan simples y aparentemente retorcidas a un tiempo como, por ejemplo, tapar la hoja del libro que estás leyendo para que nadie sepa tus gustos y aficiones.
Sin embargo, esta obra tan desconocida, es la punta del iceberg de su evolución. En cada consejo podemos ver el reflejo de una herida, de un miedo, de un mal recuerdo, o de una victoria diplomática.
Como avanzaba en la introducción, nació en una familia noble sin dinero. El niño estudió en el prestigioso colegio de los jesuitas en Roma, y siempre sintió que él era el diferente entre sus amigos. Y lo era, no solamente por cuestiones monetarias, sino por su intelecto. Era superdotado. Se lo detectaron siendo muy niño y su madre lo exhibía a sus amistades por esa razón. De hecho, los recibos de su colegio eran financiados por ricos aristócratas asombrados por la capacidad del niño, a quien su madre le hacía recitar el sermón dominical, que memorizaba con pelos y señales escuchándolo solamente una vez, con apenas cinco años. Fue un dinero bien invertido.
Al acabar sus estudios con los jesuitas presentó su tesis sobre los cometas y lo hizo de manera brillante. La elección del tema no era cualquier cosa. Tras sus estudios de literatura, religión y ciencias, se sintió muy atraído por la astronomía. Y el momento histórico era delicado. A pesar de su amistad con la poderosa familia Barberini, Galileo se veía cuestionado. De hecho, los jesuitas le retiraron su apoyo en esos años. Eran unos tiempos en los que la Iglesia católica señalaba con el dedo acusador a Copérnico y a Galileo. La tesis de Mazarino era «fronteriza». El tema era polémico, pero no transgredía ningún principio y fue aplaudido por su brillantez y prudencia. No obstante, a pesar de lo que se podría pensar, la razón que le llevó a presentar esa tesis en lugar de otra menos polémica no era la rebeldía. Simplemente, no le gustaban los debates de las ideas. No era un polemista. No estaba interesado en la batalla de las ideas, o en dar la vuelta al statu quo
