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En las prácticas de meditación, el cuerpo es tan importante como la mente aunque muchas veces quede relegado a un segundo lugar. Conseguir un estado de "relajación alerta" es el denominador común de tantas técnicas meditativas que despejan la mente, abren el corazón y activan las energías sanadoras naturales, tanto del cuerpo como de la mente. Will Johnson se propone guiar a todas aquellas personas que se atrevan a adentrarse en estas prácticas, con ejercicios para trabajar posturas y consejos que trasladan los beneficios de la meditación a todos los aspectos de la vida. El objetivo es conseguir despertar la inteligencia innata del cuerpo y facilitar el camino hacia una vida rica y plena. El despertar espiritual no es una huida del cuerpo humano, sino una entrega consciente a la experiencia de ser plenamente humano.
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Seitenzahl: 135
Veröffentlichungsjahr: 2012
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WILL JOHNSON
LA POSTURA DE MEDITACIÓN
Manual práctico para meditadores de todas las tradiciones
Herder
www.herdereditorial.com
Título original: The Posture of Meditation
Traducción: Juan Carlos Valdovinos
Diseño de cubierta: Claudio Bado
Maquetación electrónica: José Toribio Barba
© 1996, Will Johnson, published in arrangement with Shambhala Publications Inc., Boston
© 2009, Herder Editorial, S. L., Barcelona
© 2012, de la presente edición, Herder Editorial, S. L., Barcelona
ISBN DIGITAL: 978-84-254-3026-8
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
Herder
www.herdereditorial.com
Este libro está dedicado a todas las personas que han tenido la buena fortuna de introducir una práctica de meditación sentada en su vida, con la esperanza de que la información que contiene les ayude y apoye en su práctica.
Índice
Agradecimientos
Introducción
Primera parte. Práctica formal
1. Actitudes preliminares
2. Alineación
Ejercicios
3. Relajación
Ejercicios
4. Elasticidad
Ejercicios
5. Integración
Segunda parte. Práctica informal
Agradecimientos
Expreso mi agradecimiento y aprecio a todos mis profesores de meditación sentada: Koon Kum Heng, Tarthang Tulku, Ruth Denison, Hari Das Baba, Yogi Bhajan, Jack Kornfield, Joseph Goldstein, S. N. Goenka y Namkhai Norbu. Quiero dedicar un agradecimiento y reconocimiento especial a Ida Rolf, quien me llevó a entender que la armonización del campo energético del cuerpo con el campo gravitatorio de la tierra es un requisito previo para el desarrollo espiritual, y a Judith Aston, quien me inspiró a llevar esa armonización un poco más lejos y a explorar como se mueve un cuerpo alineado. Doy las gracias también a Emily Hilburn Sell y a Dave O’Neal, de Shambhala Publications, por la eficiencia con que llevaron adelante la edición de este libro y a Lis Erling Bailly por crear los elegantes dibujos y símbolos.
Muchos de los principios estructurales e ideas que aparecen en esta obra se expusieron por primera vez en mi libro Balance of Body, Balance of Mind: A Rolfer’s Vision of Buddhist Practice in the West (Atlanta, Humanics, 1994), que sería de especial interés para el lector que quiera ahondar en los efectos de la postura de meditación.
LA POSTURA DE MEDITACIÓN
Introducción
Normalmente pensamos en la postura de meditación como una actividad que involucra a nuestra mente, pero lo cierto es que la meditación se inicia asumiendo un gesto concreto con el cuerpo. Este gesto o postura forma la base literal de sustentación de la que en definitiva depende la indagación focalizada de la meditación. Si construimos una casa con cimientos defectuosos, nos creamos grandes dificultades a la hora de habitarla. De igual modo, si no concentramos nuestra atención inicialmente en establecer una postura que apoye y facilite de forma natural el proceso de meditación, nos creamos muchas dificultades a la hora de intentar avanzar en nuestra búsqueda meditativa.
La palabra «postura» viene del latín positura, que significa «posición», y ponere, «poner». Aplicada, como es costumbre, a la estructura y apariencia de nuestro cuerpo, se refiere a cómo lo posicionamos o colocamos en el espacio y a cómo los distintos segmentos del cuerpo se relacionan entre sí. Además, la postura o la adopción de posturas puede referirse a una actitud o imagen de nosotros mismos que creamos, con la que nos identificamos y que proyectamos conscientemente. El andar resueltamente desgarbado de una persona alienada o enfadada, la musculatura excesivamente desarrollada que trata de ocultar inseguridad y la afectación de confianza desenfadada que adopta un abogado empeñado en convencer a un jurado son imágenes de sí mismo que dependen del posicionamiento del cuerpo para conseguir el efecto buscado. Haciendo esto creamos diferentes posturas que expresan diferentes actitudes.
En la mayoría de casos la adopción de posturas o poses de esta clase va acompañada de una connotación de falta de naturalidad. Podemos tensar los músculos del cuerpo y mantener distintas posturas para crear la personalidado imagen de nosotros mismos que nos apetece. Esto es precisamente lo que hacen los actores cuando intentan tomar posesión de un papel y es por ello que en las escuelas de teatro se dedican muchas horas al aspecto puramente físico del oficio de actor. Sin embargo, el estado natural del ser humano, como el de cualquier animal, es estar equilibrado y relajado. Manipulando nuestro cuerpo conscientemente para poder crear y proyectar una imagen determinada de nosotros mismos, limitamos nuestro espectro de expresión, restringimos la circulación natural de la energía por el cuerpo y la mente y renunciamos a la facilidad de equilibrio y relajación que nos pertenece como auténtico derecho fundamental.
La voz francesa poseur describe esta condición con toda exactitud. Se refiere a alguien que intenta ser algo distinto de lo que él o ella naturalmente es, a un impostor. Contrastada con esta forma antinatural de estar en el cuerpo, la postura de meditación alinea nuestro cuerpo y mente de la manera más cómoda y desprovista de afectación con las grandes fuerzas de la naturaleza que nos condicionan. De esta manera nos aceptamos como somos de verdad y no sentimos ninguna necesidad de ser algo distinto de lo que naturalmente ya somos. A medida que aprendemos a dejar atrás algunas de nuestras posturas o poses no naturales y entramos más cómodamente en la postura de meditación descubrimos que lo que naturalmente somos es bastante maravilloso. Experimentamos un bienestar y una relajación que revelan aspectos cada vez más profundos de nuestra verdadera naturaleza.
De igual modo que la evolución gradual pero continua de la especie humana hacia una postura más erguida y vertical ha ido acompañada de un crecimiento y expansión paralelos de la conciencia, los estados de conciencia «superiores» que es posible alcanzar mediante el proceso de meditación dependen también de un afinamiento continuo de la verticalidad y del equilibrio relajado del cuerpo. No obstante, este acto preliminar de equilibrarse, que representa la condición básica para iniciar la búsqueda meditativa, muchas veces se pasa por alto. En cambio, la meditación se presenta como una pluralidad de técnicas o actividades diferentes en las que ocupamos nuestra mente y centramos nuestra atención. Por ejemplo, se nos puede decir que nos sentemos y repitamos una palabra o frase en silencio o que visualicemos y nos fusionemos con la imagen de una deidad. Se nos puede pedir que nos sentemos y prestemos atención al paso de la respiración conforme entra y sale de nuestro cuerpo o que observemos el cambio incesante del contenido del cuerpo y la mente. Se nos puede pedir que nos sentemos y tratemos de hallar una solución a un acertijo insoluble o imaginemos que hay un hilo expansivo de luz blanca en nuestra columna vertebral. Se nos puede decir que nos sentemos y prestemos atención a los sonidos internos del cuerpo o que nos concentremos en un punto determinado del cuerpo con exclusión de todos los demás. Puede que nos sentemos y contemplemos el significado de determinado pasaje de un libro que valoramos o que se nos diga que nos sentemos y no hagamos «nada en absoluto».
Las técnicas de meditación son extremadamente variadas. El Buda enumeró aproximadamente cuarenta técnicas distintas y en el Vijñana Bhairava Tantra (que Paul Reps tradujo en Zen Flesh, Zen Bones), se enumeran 108 formas distintas de practicar, cualquiera de las cuales puede llevar al practicante a los estadios más altos de realización. Es enteramente apropiado que exista un abanico tan amplio de técnicas de meditación, pues todos tenemos temperamentos e inclinaciones diferentes que pueden hacer que una técnica sea una vía de exploración más idónea para nosotros que otra. Muchos caminos pueden llevar al mismo lugar y en definitiva poco importa cuál elijamos, con tal de que se adapte a nuestro temperamento y capacidad y nos permita alcanzar nuestra meta. A la postre, la mejor técnica es la que adoptamos nosotros mismos.
Aunque las técnicas concretas de meditación son muy variadas, todas tienen un denominador común que es la postura de meditación en sí. A un observador, incluso a uno que esté familiarizado con el proceso de meditación, le resultaría muy difícil discernir qué técnica en particular puede estar practicando alguien que medita. Lo único que el observador puede determinar a ciencia cierta es que lo que esa persona hace es estar sentada. En definitiva, el propio acto de sentarse puede cobrar más importancia que la técnica que presumiblemente practiquemos mientras estamos sentados. Dicho de otro modo, las técnicas por sí mismas pueden ser formas necesarias de mantenernos ocupados mientras nuestro cuerpo y mente aprenden lentamente a asumir la postura de meditación. Desde esta óptica, la postura de meditación puede ser vista como el punto de partida de la práctica y como su objetivo último.
La mayoría de los profesores de meditación dan instrucciones iniciales sobre la importancia de la postura. Estas instrucciones suelen revestir la siguiente forma: «Siéntese con la espalda derecha y el cuerpo relajado. Permanezca muy quieto y respire con soltura y naturalidad.» En la primera parte de este corto volumen estas instrucciones se analizan en cada una de las partes, con la esperanza de conseguir que le resulte mucho más fácil ponerlas en práctica. Por simples que estas instrucciones sean, representan una de las tareas más difíciles que podemos intentar acometer. Si nos concentramos en sentarnos derechos o muy quietos, muchas veces nos ponemos rígidos y se nos hace muy difícil relajarnos. O, si nos concentramos conscientemente en la relajación, posiblemente observemos que la estructura de nuestro cuerpo se empieza a colapsar lentamente. La cabeza empieza a caer hacia adelante, la parte delantera del cuerpo se acorta, mientras que la espalda se alarga demasiado, y perdemos nuestra verticalidad. Cualquiera de estas posiciones comunes compromete y entorpece seriamente el flujo natural y cómodo de la respiración. La postura de meditación nos enseña cómo equilibrarnos e integrar cada una de estas instrucciones corporales en nuestra práctica de sentarnos.
La postura de meditación depende de tres atributos básicos: alineación, relajación y elasticidad. Cada uno de estos atributos es igual de importante y cada uno de ellos favorece la manifestación de los otros. Cuando aparecen simultáneamente en una relación de armonía recíproca, tienen un fuerte efecto catalizador sobre el proceso de meditación. En esta postura las energías sanadoras del cuerpo y la mente se activan de forma natural y el proceso de transformación se inicia espontáneamente. De hecho, la postura de meditación puede ser vista como un mudra de transformación, un gesto o actitud corporal que hace que el proceso de transformación no tenga más remedio que ponerse en marcha. Cualquier hábito postural o mental que contribuye a oscurecer la verdad de nuestra naturaleza iluminada se disuelve gradualmente asumiendo esta postura, de igual modo que el continuo flujo sin obstáculos del agua disuelve la piedra gres. Este poderoso efecto catalizador lo experimentamos de manera natural como un ahondamiento de nuestra meditación. El cuerpo y la mente se integran progresivamente y la división artificial entre nuestros mundos interior y exterior empieza a venirse abajo. Si alguno de estos atributos primordiales falta, el proceso de meditación puede seguir adelante igualmente, pero lo hará mucho más lentamente.
La primera parte de este libro trata de la mecánica de la postura de meditación aplicada concretamente a nuestra práctica formal de sentarnos. En la segunda parte ampliaremos el ámbito de nuestra práctica y veremos que estos mismos principios se pueden aplicar a lo que podríamos llamar práctica informal, a los quehaceres cotidianos de la vida. Las secciones que hay al final de cada capítulo contienen ejercicios ideados para ayudar al lector a experimentar el aspecto de la postura de meditación tratado en cada uno de ellos. Una última observación para terminar: la forma personal de practicar sentado del autor ha sido fuertemente influenciada por la rica y variada tradición del budismo y, de hecho, en el texto se hará referencia a ella de tanto en tanto. Con todo, los principios en que descansa la postura de meditación son de aplicación universal. Se aplican por igual al meditador que sigue una práctica de conciencia Theravada, una forma de contemplación cristiana o una práctica mística hindú. Se aplican a todos los que hemos tenido la buena fortuna de reconocer que el simple acto de sentarnos puede ser uno de los gestos más poderosos que somos capaces de asumir.
Primera parte
1 Actitudes preliminares
Es costumbre iniciar un curso de meditación con un reconocimiento formal de las actitudes y fuerzas que más pueden facilitar la tarea a menudo muy ardua que se inicia. En la tradición budista este reconocimiento ha cobrado la forma de una declaración llamada «Tomar refugio en la triple joya», siendo las tres joyas o actitudes preciosas el Buda, o la mente iluminada innata; el Dharma, o las enseñanzas que nos ayudan a reconectar con la naturaleza iluminada de la mente; y la Sangha, o la comunidad de los practicantes que recorren este camino en nuestra compañía. Ya sea que se expresen en la lengua tradicional pali en que las enseñanzas se expusieron originalmente o en la lengua contemporánea del practicante de hoy, se pide al estudiante que recite tres veces:
Tomo refugio en el Buda.
Tomo refugio en el Dharma.
Tomo refugio en la Sangha.
Con este anuncio preliminar aparentemente simple se da comienzo a la práctica. Sin embargo, las implicaciones de la declaración van mucho más allá de la engañosa simplicidad de su forma. Esta fórmula elemental contiene algunas de las enseñanzas más importantes de todas las que se expondrán más adelante. Cuando se examinan detenidamente, es posible observar que cada uno de estos elementos no sólo revela una actitud correcta que servirá de cauce para que se revelen las enseñanzas mismas, sino que también insinúan las posturas físicas que más nos ayudarán a encarnar esas actitudes.
El propósito de la toma de refugio es buscar cobijo y protección, para asegurar unas condiciones en las que podamos vivir con seguridad. La supervivencia física del cuerpo humano depende de condiciones y cobijos físicos de distinta clase, mientras que el nutrimiento, crecimiento y maduración continuos del ser humano dependen de diversos factores psicológicos que se pueden cultivar y poner de manifiesto a través del cuerpo y la mente. De igual modo que lo primero que hemos de hacer es construir nuestra morada y procurarnos los alimentos que protegen nuestro cuerpo, seguidamente podemos aplicarnos también a crear las condiciones que nos permitan experimentar el potencial máximo que todo ser humano tiene a su alcance. El acto budista preliminar de tomar refugio implica que la seguridad del ser humano, vista desde la óptica de nuestro bienestar físico y mental, se ha de hallar en el marco de las actitudes y fuerzas definidas por el Buda, el Dharma y la Sangha. Sin la protección ofrecida por nuestra voluntad de abrirnos a estas actitudes y fuerzas y abrazarlas, quedamos expuestos y en algún grado de peligro.
Buda, la primera de las actitudes preciosas, no es sólo el nombre dado a la figura histórica de Siddhartha Gautama, príncipe del norte de la India que vivió hace 2.500 años y experimentó una transformación extraordinaria que dio origen a todo un sistema filosófico y psicológico de enseñanza. Se refiere también a la naturaleza iluminada de la mente y a la experiencia que Gautama desveló en sí mismo y sabía que existía también en forma de semilla en cada hombre y cada mujer. Si bien es normal que todo practicante desarrolle en algún momento un hondo sentimiento de gratitud y admiración por la labor precursora del Buda (o por el principal maestro de la línea de práctica que pueda estar explorando), no se le alienta a tomar refugio en el Buda histórico, sino en la naturaleza potencialmente iluminada de su propia mente y experiencia. De hecho, Gautama advirtió contra el culto a la personalidad que a menudo se desarrolla en torno a una figura particularmente dinámica. Reverenciar a esa persona puede incluso entorpecer la tarea a la que se enfrenta el practicante, la de convertirse en un Buda para sí mismo. Esta transformación sólo puede tener posibilidades de ocurrir gracias a la perseverancia personal y la aplicación diligente de las enseñanzas y técnicas.
