La revelación - Jordi Egea Ruiz - E-Book

La revelación E-Book

Jordi Egea Ruiz

0,0

Beschreibung

Barcelona, año 2017, ese año ocurrirán muchas cosas en la vida de Daniel. Daniel no podría imaginar que en su muerte emprendería una vertiginosa aventura. Con ayuda de sus nuevos amigos nos adentramos en un mundo en el que el amor lucha contra la maldad del ser humano, haciéndonos reflexionar sobre nuestros valores, qué decisiones realmente tomaríamos bajo circunstancias inimaginables, cuando nos otorgan un poder con el cual podemos impartir nuestra propia justicia. Tendrá la oportunidad de ser aquello que siempre fue y que nunca mostró, y aceptará ser dueño de su presente, sin olvidar su pasado ni temor al futuro. De la lectura de La Revelación no sales indemne. Esta obra nos transporta a un universo paralelo en una trama en la que se entrecruzan acción, emoción, intriga, lealtad y pasión. Una historia de principio a fin. El discurso ágil y ameno te lleva a escenarios que reconoces, que te envuelven, pasas a formar parte de la historia y visualizas perfectamente aquello que se narra. En ocasiones extremadamente dura y en otros lo suficientemente tierna como para emocionarte. La Revelación es la plasmación en papel de lo que es el ser humano, ángel y demonio, creación y destrucción, esa dualidad que nos lleva a reconocernos en sus protagonistas. Es un canto a la vida, a la esperanza, a poder volver a empezar cuando lo pierdes todo, a construir incluso desde la desgracia. La sensación más reconfortante que te ofrece el libro es cuando hambriento de más capítulos llegas al final. Es ahí cuando entiendes todo y te das cuenta de que no necesitas saber más porque ya has llegado a entenderlo todo, y en ese momento te sientes bien. El final del libro es el comienzo de otra historia, de una historia propia del lector que entiende lo narrado como una lección de vida. Jordi Egea nos hace partícipes de cómo el ser humano puede resurgir de sus cenizas en el más allá, cuando crees que lo has perdido todo y comienzas a construir desde la destrucción, con un objetivo: proteger a la familia.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 430

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Jordi Egea Ruiz

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-932-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A Ramona, Catalina y Kira.

Aleph

¿Cómo empezar una historia que acaba?

Vamos con lo sencillo. Daniel tenía treinta y tres años, había nacido en Barcelona y ahora sabía a ciencia cierta que también moriría en esta ciudad; de hecho, estaba muriendo.

Siempre habían descrito a Daniel como un hombre con cierta vida interior y profundidad, alguien astuto e inteligente, buen conversador, perfeccionista, ágil, con un punto reflexivo. Pero allí, en el segundo de su transición a la muerte, los pensamientos que le asaltaron fueron dos: lo mucho que le habría gustado ser parte de la tuna de su universidad y que el suelo estaba tremendamente frío. También se acordó de su madre diciéndole que llevara ropa interior limpia cuando saliera en moto, por si tenía un accidente y le pasaba algo que requiriera atención médica. Esto siempre le generaba cierta gracia, ya que parecía preocuparse más porque su ropa interior estuviera impoluta que si resultaba herido en el supuesto accidente.

Y helo aquí, a punto de realizar el tránsito final de su vida, desnudo y pensando en cómo podía tener esas estupideces en la cabeza, por lo cual ni se veía tan profundo, ni tan inteligente, aunque, para su consuelo, sabía que no disgustaría a su madre por llevar una ropa interior inapropiada en ese momento.

Pero mejor retrocedamos veinticuatro horas para empezar esta historia.

Era jueves a las nueve de la mañana, Daniel se encontraba en el café delante de su oficina. La Avenida Diagonal estaba llena de vida y él también. No pudo evitar fijarse, por encima de su conversación por WhatsApp, en una pareja atípica que se encontraba sentada frente a él y que, a su parecer, parecía sacada de una novela de Verne. Nunca, en los últimos tres años, los había visto allí. A esas horas en la cafetería, siempre solía coincidir con las mismas personas que, como rutina, paraban allí antes de iniciar la jornada. Su look se parecía mucho a como se concebía el futuro en el año 1900, lo que les confería un aire de solemnidad acentuado por su pose seria. Esto le resultaba gracioso a Daniel, quien lo veía como un modo de ser distinto bastante divertido. «Deben ser turistas», pensó.

El hombre era un tipo afilado de unos cuarenta y tantos años, con unos rasgos neutros, pero que hacían que no pudieras dejar de mirarlo. Su acompañante, una mujer de unos treinta y pocos, tenía rasgos fuertes, como si estuviera reteniendo rabia de manera constante, y su mirada era intimidatoria, por lo que Daniel, lejos de ser un tipo de duelos de miradas, solo la miró a los ojos por unos segundos.

Al salir de la cafetería para dirigirse a su oficina, quizá porque habían notado que en sus breves miradas trataba de evaluarlos, se despidieron de él:

—Que tengas un buen día, nos vemos…

A lo que Daniel pensó para sí, «dentro de unos treinta años, posiblemente».

Ese día transcurrió con total normalidad: reuniones, documentos, firmas, pocas sonrisas —casi siempre ajenas a la situación, ya que Daniel no era un tipo que regalara sonrisas por complacencia, ni charlas con su jefe o compañeros—, algún que otro café en el office del despacho —donde las conversaciones sociales eran cortas, sin profundidad— y las ganas de acabar la jornada para encontrarse con Esther.

Esther era su último romance, una chica despierta y graciosa que había conocido unas semanas antes, con la que, al igual que muchos en esta sociedad, vivía un amor intenso pero con fecha de caducidad. Su amor gozaba de esa complicidad temporal que ahora es tan común, como un fuego de artificio que nos deja ensimismados con sus colores, pero que más pronto que tarde se desvanece.

Cuando la jornada acabara, le esperaban una cena en un restaurante situado en la calle Enric Granados y una copa después mientras hablaban de sus respectivas jornadas. Era un día más, aunque ese día tres de noviembre era el cumpleaños de Daniel, una fecha que a él no le decía mucho, y de no ser porque sus allegados se lo recordaban, realmente no habría sido más que cualquier otro día. Esther le había regalado una estilográfica Montblanc con sus iniciales en el clip, y como siempre, Daniel no había sabido cómo reaccionar. ¿Qué cara se pone cuando te hacen un regalo? Era un hombre curtido en muchos sentidos, pero nunca sabía qué cara debía poner cuando alguien le regalaba algo. No es que no lo valorara, sino que algunas reacciones sociales siempre se le habían resistido.

Las sensaciones eran algo que Daniel siempre analizaba y disfrutaba. La vuelta a casa con esa agradable sensación de frío que se siente al ir en moto en noviembre por Barcelona, la música italiana de fondo en el dormitorio y el contraste del calor de los cuerpos en el sexo cómplice, acabar durmiendo abrazado a ella e imaginando que era a quien todavía echaba de menos, la que fue su amor verdadero, que desde luego no era ella. A Esther le bastaba con la sensación, y aun sintiendo que esa intensidad no era para ella, la disfrutaba.

El despertador sonó, como todos los días, a las siete. Daniel se despertó con la alegría de quien se siente bien consigo mismo y preparó un par de cafés para concluir la cita. Desde el ventanal, vio a Esther marcharse con cierta prisa. Siempre parecía ir tarde a todos los lugares, pero a veces parecía flotar. Realmente era alguien dulce, y Daniel pensaba que se merecía algo más que él.

Fue mientras la miraba alejarse cuando notó, como diría un relato de Poe, a «la fría parca, clavar sus garras en su pecho». Fue un mareo seguido de un dolor agudo en el pecho. Acto seguido estaba en el suelo, pensando en las estupideces que ya he explicado, así que volvemos al punto de inicio.

No se puede decir que sintiera miedo, pero si hay que explicar que pese a declararse agnóstico de pro, abanderado de la negación de todo lo que habían contado de la existencia de dios. Siguiendo con los pensamientos idiotas, se acordó de una historia que le había contado su abuela siendo muy niño, la única historia relacionada con el cristianismo, ya que venía de una familia de agnósticos y ateos. Pero en esa historia, en la que un hombre poco cristiano y avaro rezaba todas las noches un avemaría, en la que la balanza del bien y el mal en el juicio divino apuntaba a que sería enviado de cabeza al infierno, la virgen lloró y sus lágrimas, al caer en la balanza, hicieron que esta se inclinara hacia las buenas acciones y el individuo, quien pese a ser algo miserable, fue alado y elevado a los cielos.

Así, Daniel, pese a que se declaraba agnóstico de pro y era un abanderado de la negación de todo lo que le habían contado de la existencia de dios, pese a ser alguien consecuente en su vida y aunque no se puede decir que sintiera miedo, en ese segundo antes de la muerte rezó el padrenuestro más sentido que jamás nadie había rezado, ni tan siquiera en la curia vaticana. No tenía nada en contra de la virgen, pero había sido un poco malvado en algunas épocas de su vida y necesitaría que alguien con relevancia absoluta intercediese por él. Luego pensó en Jesucristo, en el que le habían vendido en esos días en que hacer la comunión era tan necesario como el hecho de crecer, así que les rezó a ambos por si acaso. Su balanza necesitaría muchas lágrimas para garantizar que se inclinara a su favor.

De repente, estando ojiplático, desnudo y muriendo, vio de nuevo a la pareja verniana que había visto en el bar. No sabía si eran alucinaciones previas a la muerte o era que, además de morirse, se iba a estrenar en que dos asaltantes vestidos de época entraran en su domicilio a darle el palo, como un pleno, todo en el mismo día y momento.

Y así, la joven con los ojos clavados en Daniel, y Daniel mirando a la misteriosa mujer, la muerte se lo llevó.

Sin saber cómo, por qué o el tiempo transcurrido, despertó en una sala gris, aséptica, con la misma pareja que había presenciado su muerte, casi en la misma tesitura; por suerte estaba vestido, ya que aunque no se caracterizaba por su timidez, Daniel creía que era mucha la diferencia entre las ropas con esa clase que tienen los atuendos góticos y su desnudo pálido de otoño, bastante poca solemnidad tenía haber muerto mientras le observan agonizante y desnudo.

Asier, que así se llamaba el tipo afinado, dijo con un tono casi festivo:

—Lucía, haz los honores.

Lucía, que así se llamaba la mujer, ya no tenía los rasgos duros, sino que había pasado a tener un semblante infantil y dulce.

—Bienvenido a tu resurrección —le dijo a Daniel con un tono feliz, como si se alegrase de que él estuviera completamente alucinado y agobiado ante la sensación de no tener ni idea de qué estaba pasando, y desde luego, si sentía algo, no era felicidad ni alegría.

Fue en ese momento que le invitaron a acompañarlos, pidiéndole expresamente que no hiciese preguntas. Siguiendo las indicaciones, los acompañó por una serie de pasillos asépticos e interminables, hasta un despacho en el que lucía un nombre en la puerta que, pese a ser agnóstico, hizo que sus carnes temblaran. En el rótulo se podía leer «Samael». Pese a su falta de credulidad en vida de los temas religiosos, reconoció a aquel como uno de los nombres de Lucifer, y debajo, como pintado con un marcador rojo, la inscripción «Soy el más reconocido de los putos demonios». Realmente esperaba despertarse de un momento a otro y que todo fuera un sueño bizarro, pero no, Daniel no se despertaría nunca más.

Pensó que al cruzar la puerta se encontraría con un diablo rojo, con cuernos y patas de carnero, o sencillamente con un tipo atractivo, elegante, sarcástico y al que temer, como suelen describir al diablo en algunas películas, pero no. Tras una mesa franqueada por unos marcos de fotos y un ordenador que por su apariencia parecía diseñado por un híbrido entre Gaudí y Steve Jones, apareció un señor con gafas e imagen realmente afable, con una sonrisa amplia que transmitía tranquilidad, de gesto dócil y medido.

Le miró y, con una voz agradable y tranquilizadora, le dijo:

—Bienvenido a la ciudadela, Daniel. A partir de ahora nosotros seremos tu familia.

Después de todo el estrés que había vivido, después de experimentar tanta tensión fingiendo normalidad en una situación que le había sobrepasado desde el minuto uno, Daniel sintió tranquilidad, incluso podría haberlo abrazado en busca de consuelo.

—Como ya te habrán explicado, esto es tu resurrección. Ya no eres humano. Vamos a tratar de explicarte qué eres, por qué estás aquí y en qué va a consistir tu tiempo ahora. No nos gusta llamarlo entrenamiento, pero sí que es, en cierto grado, una capacitación para tu nuevo ser —continuó diciendo el más gentil de todos los diablos.

Fue así como Samael le explicó que lo que la iglesia apostólica y romana, al igual que otras religiones, había deformado a su antojo era, en realidad, ese lugar, el sitio donde se creó todo: lo que unos llamaban cielo, otros paraíso y términos similares. Era el centro de la creación, donde estaban los responsables de la existencia del ser humano, los que habían decidido que el hombre evolucionara de un ser marino unicelular a lo que vemos frente al espejo por la mañana, y realmente sí, sí que tenían su forma y semejanza, como decía la biblia.

Pero en lo único que coincidían, y no siempre, era en los nombres, y eso le resultaba curioso. Cuando empezó a conocer a los seres divinos con los que tendría que relacionarse y pasar algún tiempo, los relacionó con la imagen que habían presentado las distintas religiones de ese lugar y de esas imágenes de santos con auras y coros celestiales. No podían ser más erróneas. Así, sorprendía ver a Pedro, el encargado de acomodarle a su llegada, al que algunos le hacían la broma de llamarlo San Pedro, pero que nadie asociaría con un santo al oír las palabras que podían salir de su boca e iban dedicadas al bromista. Pedro, como digo, en lugar de tener una barba, llevar una túnica con unas llaves en el cinto y estar acompañado de seres alados, en realidad era un tipo joven, elegante, que siempre vestía de traje. El día que acomodó a Daniel vestía un traje marengo con forro interior color lila, llevaba un pañuelo de bolsillo, corbata y gemelos a juego. Daniel se imaginaba las vidrieras de las catedrales del mundo con su imagen real y le generaba cierta gracia.

De hecho, algo que le llamaba la atención era la multitud de estilos que vestían los que eran en teoría seres divinos, aunque todos coincidían en vestir su propio estilo y seguir la moda de líneas temporales distintas con una elegancia que, cuando te acostumbrabas a verlos, realmente llegabas a asociarlos con esa imagen y con un periodo determinado de la historia.

María, por ejemplo, la que la biblia describía como María de Magdala, era en realidad una mujer de no más de veinte años que normalmente vestía ropa juvenil y calzado cómodo —no era difícil encontrarla con un vestido de verano y unas botas de caña por encima del tobillo y suela prominente, con una cara dulce y repartiendo las sonrisas que una adolescente feliz regala por donde quiera que vaya. Ella reclutaba a los nuevos activos para Samael, pues era la única que tenía el poder que otorgaba el Ángelus. Posteriormente, entrenaba a los recién llegados.

Aunque originariamente los ángeles habían sido creados con el fin de cuidar y vigilar a los humanos, realmente no podían saber lo que sentían, así como tampoco podían intervenir en su vida de un modo directo, ya que no interactuaban con los humanos salvo en situaciones determinadas. Eso, en muchas ocasiones no les permitía empatizar o entender la naturaleza misma del ser humano y su forma de racionalizar algunas cosas, haciendo que fueran inhábiles. Esta era la razón por la que Daniel estaba allí.

Cuando se crearon los nuevos ángeles, los que lo habían sido hasta ese momento pasaron a ser ángeles acompañantes y su tarea pasó a ser, básicamente, acudir en ocasiones puntuales o Principados en función de sus cualidades.

Pese a estar en el escalafón divino más bajo, los nuevos ángeles tenían algo que los demás seres no tenían, libre albedrío, algo que generó controversia y cierto malestar entre los creadores. Sin embargo, Samael y María no transigieron, pues mantenían la capacidad de hacer las cosas a su modo, aunque con ciertas limitaciones, y su sexualidad, la cual no se podía eliminar porque alteraba el carácter y era este el que les hacía aprobar las oposiciones a ángel, sin saber que estaban examinándose.

Pese al poder y la responsabilidad de que Daniel estuviera allí, María siempre que se cruzaba con él le dedicaba una mueca y una sonrisa amplia. Este gesto hacía que Daniel dibujara en su rostro otra sonrisa en contestación a la de ella.

Así empezó su entrenamiento Daniel. Pasaba el tiempo aprendiendo a controlar nuevas habilidades y técnicas para no deshumanizarse, ya que, al no ser humano, tenía que aprovechar lo reciente de su cambio para no perder las sensaciones que solo le son concedidas de modo natural a los humanos.

Allí el tiempo era relativo, sin horas o días con sus noches. En realidad, era como vivir en una metrópoli, ya que a cualquier hora había vida, si así se le podía llamar. Lo único que tenía claro era que ya no estaba vivo. Incluso hubo ciertas rutinas a las que le costó acostumbrarse: ya no necesitaba dormir, no tenía necesidad de comer ni de otras funciones fisiológicas.

Hablando de necesidades fisiológicas, es necesario aclarar que la asexualidad de los ángeles y de los seres creadores es totalmente falsa. Si bien es cierto que desde que uno de los seres divinos se enamoró de un ser humano y este murió en pleno acto por la incompatibilidad de energías se prohibieron las relaciones con estos, sí que se pueden mantener relaciones entre seres del mismo plano, pero solo los días en que se produce lo que denominan «encarnación total», que son los días en que hay eclipse de luna, lo que vulgarmente se llama luna de sangre. Esto significa que solo pueden mantenerse relaciones entre dos y cinco veces al año, lo que hace que sea más especial y esperado que cuando se es humano, aunque, siendo sinceros, la sexualidad de Daniel en esos momentos estaba en el nivel más bajo que él recordara.

Puestos a desmentir mitos, hay que decir que el cielo de nubes esponjosas, llenas de gente muerta feliz, no existe. Sí existe una especie de paraíso al que llaman el Jardín, lo que en unas de sus libres interpretaciones los humanos llamaron el Edén. Este no deja de ser un lugar lleno de praderas verdes infinitas, con una temperatura agradable, con agua y algo parecido a los días terrenales. Ese sitio está reservado solo a las almas puras, por lo que, aparte de los animales, solo estaba destinado a los humanos que realmente nunca hubieran tenido maldad, por lo que, como imaginareis, allí hay niños, muchos niños. Algunos hicieron su tránsito a edad temprana, otros, en cambio, son adultos que, una vez llegados, eligieron la apariencia del momento más feliz de sus vidas mortales, por lo que muchos volvían a edades muy tempranas, supongo que porque a esa edad aún no se han vivido grandes pérdidas o sufrimientos. A Daniel le alegró mucho saber eso, en especial al pensar en quienes maltrataban a los animales, ya que ellos no entrarían allí, pero, justamente, esos animales a quienes maltrataron tienen garantizada su entrada y habitan ese lugar de tú a tú con los humanos.

Para Daniel, los animales eran un sinónimo de pureza, por lo que disfrutaba de ver a animales de todas las especies ser felices en el Jardín. Pese a que ya no tenía las mismas sensaciones humanas, Daniel sentía algo que le inundaba y le llenaba cada vez que veía ese lugar durante su entrenamiento.

Una vez fue testigo de la reunión entre un humano y los que habían sido su familia animal, fue la primera vez que echó de menos poder llorar, ya que el cuello se le secó hasta el punto de comprimirse. Seguro que, de haber podido llorar, lo habría hecho de emoción.

También le hacía pensar en la que fue su hermana durante diecisiete años, su hermana blanca y peluda, Kira, una samoyedo que seguramente estaba allí, y aunque no podía estar con ella, sabía que estaría feliz corriendo por esos prados y nadando en esos ríos cristalinos o playas turquesas, eso le hacía vibrar lento y pleno.

Los humanos que no han aprendido a ser dignos estaban destinados a la resurrección, el regreso a la vida en otra forma, sexo y religión, hasta que pudieran entrar en el jardín. Esto implicaba regresar en bucle, una y otra vez, a repetir su paso por esa esfera a la que llaman tierra.

Para Daniel, fue interesante el tiempo que le tomó conocer su nuevo estado. Allí le asignaron un grado, el más bajo de todos, lo que vendría a ser el peón de negras del organigrama. Todo le resultaba sorprendente, desde saber realmente cómo funcionaba el sitio donde había sido creado todo hasta, sobre todo, quiénes eran los creadores y la realidad de cómo había sido la creación.

Al que en la tierra se reconoce como dios, tiene un nombre y es El. En realidad, Samael no es un ángel caído ni existió una guerra por el poder entre creadores y ángeles. Simplemente, los creadores hicieron sus propias creaciones para habitar el Jardín y después quisieron crear una especie con una imagen física similar a la suya, pero obviamente sin ningún tipo de poder más que el de la propia vida. Fue así como al ser humano se le concedió el libre albedrío para compensar su falta de virtudes.

Ahí empezó todo el problema, pues al otorgarle el libre albedrío, el ser humano vio nacer la maldad, la que lo hizo una obra fallida ante los ojos de El. Así se decidió otorgarle un cuerpo mortal y un alma inmortal a toda la humanidad, inmortal irrevocablemente, así como un tiempo finito en el cual demostrar que era merecedora de habitar el Jardín, un sitio donde se encontraría la felicidad eterna. Sí, como si la humanidad fuera su mascota o una especie de SIMS.

Pero solos no podían crear ese nuevo mundo, por lo que tuvieron que aunar fuerzas. Así, El, Samael y María unieron sus poderes para la creación. En realidad, Samael quería que la especie viviera en un jardín, en un nuevo planeta infinito y eterno, fue El quien, después de un pequeño experimento con varios individuos y al observar el nacimiento de la maldad en su creación, decidió proponer otra cosa. Entonces, se decidió que esa nueva especie tendría que demostrar ser merecedora del Jardín eterno. Así se crearon la mortalidad, la inmortalidad, la reencarnación y el vacío.

Al principio de la creación, Samael sería quien decidiría qué humanos entrarían en el Jardín, a modo de juez o fiscal, y El sería una especie de abogado defensor de los nuevos seres, el que expondría sus virtudes. Con el paso del tiempo, El estaba cada vez más desencantado con su creación y, en lo que llamaron «la última oportunidad», mandó a un grupo de ángeles, encabezado por la otra creadora, María, y dos mortales programados para concienciar al ser humano, a tratar de extirpar la maldad, como si del mismo modo que había nacido la maldad se extinguiese o al menos se diluyese. La comitiva estaba compuesta por Jesús y José, a quienes emplazó en Nazaret, María, que decidió vivir en Magdala, Jacobo, uno de los ángeles que apoyaría la operación en Zabedeo, y otros más. Para no despertar recelos entre la humanidad, les quitó casi todos sus poderes y les encargó reconducir la maldad que, según El, parecía innata en su creación.

Fue así como Jesús y José nacieron del vientre de otra mortal, que únicamente por el azar se llamaba María, a la que los humanos muchas veces confundían en los escritos con la otra María, la creadora enviada para cuidar a esos niños, la que no envejecía.

Después de lo que ocurrió con esa misión, El se radicalizó mucho más y llegó a aborrecer a los humanos, siendo mucho más duro que Samael, que teóricamente era el que tenía que juzgarlos.

Llegados a ese punto, Samael, que no había perdido la fe en los humanos, le propuso a El intercambiar funciones. Así, Samael sería a partir de ese momento el encargado de valorar a los humanos y El solo tendría como misión guiarlos y «repararlos».

Obviamente eso tampoco salió bien, ya que Samael siempre recordaba cómo los humanos cambiaron la información recibida por los ángeles que enviaron en su propio provecho: las religiones se usaron mal y él acabó siendo el demonio, tal como nos lo presentan las religiones, mientras que dios es el misericordioso, cuando en realidad aborrecía a su creación y cualquier rasgo puramente humano.

Después de un tiempo, El se retiró al Alcázar —una especie de palacio alejado de la ciudadela y custodiado por las Dominaciones— junto a un reducido grupo de seres divinos y se aisló del resto de creadores. En la Ciudadela había más tipos de ángeles, los cuales tenían funciones concretas.

Os haré una breve introducción, que espero no os sea muy aburrida, ya que la necesitaréis para entender cómo funcionan las cosas allí. En la Ciudadela están los creadores, quienes tienen el poder de crear o transmutar. Ellos son los seres originales, tienen una fuerza distinta en su poder, cada uno tiene sus poderes exclusivos y sus limitaciones. También allí habitan los ángeles, que están organizados en grupos con jerarquías, derechos y deberes distintos o complementarios entre sí.

Los seres de primer orden, o Epifanía, viven en el Alcázar junto a El —por tanto, apartados de los demás— en unas instalaciones similares a las de la Ciudadela. El grupo más alto en la jerarquía angelical, los Serafines, está compuesto por una especie de radicales que secundan sin dudar ni cuestionar cualquier propuesta de El, por errónea que sea. Dentro de este primer orden también están los Querubines, que son los más inteligentes del primer grado y los principales consejeros de El por su grado de convencimiento y justicia; sin ellos, la humanidad estaría realmente jodida. Por último, están los Tronos, que son los sirvientes de todos los anteriores.

Los seres de segundo orden, o Hyperfanía, incluyen a las Dominaciones, los guerreros más duros y preparados únicamente para la defensa de toda la Ciudadela, especialmente el Alcázar. Las Virtudes, que son quienes recompensan a los humanos en su vida mortal, nunca se dejan ver, viven recluidos, yo me los imagino viendo televisión y descansando siempre enfundados en batas de watiné y calzando pantuflas. En tercer lugar, están las Potestades, el grupo encargado de defender al ser humano documentando para ello de manera constante las buenas acciones y virtudes de la creación, tienen más afinidad, como es de entender, con Samael.

Por último, está el tercer grado o Hypofanía. Este también está compuesto por grupos de mayor o menor poder, empezando por los Principados, que son los observadores sobre el terreno, serían esa representación del ojo de dios que lo ve todo. El caso de los Arcángeles es distinto a todos los demás, ya que cada uno de ellos tiene una misión específica: desde ayudar al humano hasta castigar a toda la humanidad. Es el único grupo regido por El que puede intervenir directamente entre los humanos si así se decide, por eso son singulares y se les reconoce por sus nombres. Como particularidad, decir que todos sus nombres acaban en -El, ya que solo responden ante este. Seguro que los conocéis porque en algún momento habréis oído sus nombres, como el arcángel Miguel, el arcángel Gabriel o el arcángel Rafael, por poner algunos ejemplos. Daniel los llamaba los T mil, porque son lo más parecido a un terminator, si el terminator tuviera la capacidad de enfadarse de un modo bestial. En el último grado de este grupo están los Ángeles, los llaman así porque no tienen una función específica, de hecho, no suelen habitar la Ciudadela, ya que su tiempo lo pasan mezclados con los humanos. Estos ángeles fueron creados por Samael y María en el momento de la creación original del humano. Sí, son lo más bajo en escalafón, pero son los únicos que pueden interactuar con los humanos de un modo encarnado, o como dirían los muy modernos, PtP. Están encarnados, lo que significa que tienen un cuerpo idéntico al humano, pero con una mínima diferencia: su cuerpo no es mortal y tienen poderes. Para el resto de divinidades vendrían a ser unos poderes mínimos, pero entre los humanos ese mínimo es la auténtica leche. Son los ángeles de toda la vida, solo que, al contrario de los Arcángeles, solo responden ante Samael y María. ¿Qué pensaría la iglesia si supiera que los ángeles son una creación del que ellos denominan Satanás? Teóricamente, son los que pintaban como niños con alas... En realidad, os puedo decir que si tuvieran que moverse entre la humanidad como adultos con un pañal, sería una imagen violenta y ridícula a partes iguales, incluso aunque tuvieran unas alas hipnóticas como las de un pavo real. Tratemos de borrar esa imagen.

La manía de representarlos con alas comenzó cuando un ángel sumamente cabreado se cruzó con un humano capaz de verlo y, peor aún, dibujarlo. En realidad, lo que sucede es que, según la energía que tiene un ángel en un momento determinado, desprende un destello de luz, una luz tan intensa que parece sólida y que, normalmente, genera una forma alargada detrás de ellos. Pero os garantizo que ni con todos los ángeles podríais llenar una almohada pequeña con las plumas de sus alas inexistentes.

Transmutación

Al principio de estar allí, Daniel se pasó semanas enteras mirando la espalda de todos, e incluso la suya, con cierta curiosidad y ganas, intentando descifrar de dónde le brotarían las alas, hasta que le explicaron que no era un ganso y que jamás tendría alas.

Llegados a este punto os preguntareis, ¿si hay ángeles, no hay demonios? Pues… ¿Cómo decir esto sin que sintáis un miedo recorrer de punta a punta vuestro cuerpo?

Sí, los demonios son la parte más chunga de un ángel, os lo explico.

Para ser un ángel existen tres requisitos fundamentales: ser justo, ser ecuánime y haber sufrido algo inaguantable cuando eras humano… y haberlo aguantado, lo que genera lo que los seres divinos llaman «el vibrar». Si queréis saber qué es el vibrar, de un modo coloquial, es eso que os llevará al Jardín o que podría incluíos en la lista de «no ha sido bueno». De ser la segunda opción, quizá os haría replanteaos vuestras acciones diarias, pero si apareces en la lista de «malditos» definitivamente debería haceos cagar de miedo.

La función de un ángel es sencilla, interactúan con los humanos y los acompañan en su tránsito a la exhalación, haciendo que esta sea lo menos traumática posible o la experiencia más terrible si se trata de un condenado o maldito. Incluso, los ángeles ayudan a los malditos para que su viaje empiece antes de lo que el destino le tenía asignado. En el momento de la muerte, existen unos ángeles especializados en ese tránsito —de vivo a muerto— y acompañan a cada cual a su destino.

El infierno como tal, en forma bíblica, no existe. Cuando no es posible reinsertar a un humano porque se lo considera un mal producto, este es condenado a la soledad más absoluta, se lo despoja de sus recuerdos y pensamiento lógico. Ni la peor pesadilla humana podría imaginar lo que sería pasar la eternidad consigo mismo, sin recuerdos ni pensamientos. Casi que sería preferible el infierno de opereta de fuego y ollas.

Y hasta aquí, la parte didáctica.

Después de aprender a controlar su nueva realidad, Daniel volvió a la tierra, a su tierra, a su ciudad, pero treinta años después, el tiempo que tardó en aprender a controlar sus nuevas habilidades, ya que no era algo sencillo de aprender. Además, tenía que adaptarse a una nueva realidad, con unas limitaciones humanas adquiridas y en una vida que ya no existía.

Sé qué queréis saber cuáles son esas habilidades, porque también el ser humano fue creado con la curiosidad, por lo que no os atormentéis si os consideran un poco cotillas, es parte de vuestra creación. Os explico sus nuevos poderes.

La trasmutación, que era muy útil en caso de que alguien de su pasado pudiera reconocerle. En treinta años algunos habrían cambiado, pero él no. Así que podía ser necesario cambiar precipitadamente de aspecto físico o simplemente si quería poner algo de imaginación y convertirse en un personaje aterrador, el monstruo más espantoso que sean capaces de imaginar, o simplemente alguien anónimo. Este poder le resultaba gracioso a Daniel, que pensaba en las situaciones en las que podría transformarse y se reía imaginando el miedo que daría.

También existía el poder de ver, lo que denominan «reverso», que no es más que conocer la esencia de una persona y fijarse en una situación pasada de su vida. Esta es la herramienta para evaluar y decidir sobre un individuo, ya que los ángeles pueden ver cualquier decisión pasada o futura. Sin duda, el poder más importante.

Otro poder es el de cambiar el estado de una persona por un tiempo determinado, haciendo que el nervioso se tranquilice, que un cúmulo de pensamientos se convierta en un pensamiento claro, que el inseguro deje de serlo, que alguien asustado tenga valor, que alguien que se cree intocable sienta terror, etc.

El poder de hacerse invisible, el cual no tiene mucha explicación. Como apunte, decir que esto para cualquier adolescente hubiera sido increíble, y en parte creo que todos tenemos un punto de voyeur. Por tanto, esta habilidad habría sido la leche.

Por último, el poder de la manifestación, que no es más que un teletransporte para llegar allá donde necesiten o quieran. Daniel hacía dos apuntes a esta habilidad. Uno, que siendo humano habría sido grandioso poder viajar a donde quisiera sin gastar un euro y, sobre todo, sin esperas, tensiones, aeropuertos. Dos, que la manifestación carecía de marketing: ni niebla, ni rayos, ni música de arpa. A su parecer, estaba completamente desaprovechado ese impacto visual.

Una de las cosas más importantes para un Ángel era aprender a detectar las alteraciones, ya que podían significar una infinidad de cosas: que estaba pasando algo lo suficientemente grave como para intervenir, que un creador u otro Ángel necesitaba ayuda, o simplemente que había que localizar un objetivo. Una vez controlada esta habilidad, los Ángeles podían detectar, diferenciar y ubicar todas las alteraciones.

Cada alteración significaba algo distinto, pero, en general, se parecen bastante a ese dolor leve que sienten los humanos en las antiguas lesiones cuando va a cambiar el tiempo.

En el caso de Daniel, cuando la alteración era generada por un humano que iba a hacer su transición, tenía una sensación en los ojos, como si en un segundo se le generara una neblina que hacía que se los tuviera que frotar.

Los humanos no necesitan un Ángel que los guíe o acompañe en ese trance, porque, al morir, están los Ángeles encargados de esperarles, y más tarde, Pedro es el encargado de ubicarlos cuando llegan allí donde deben estar. Sin embargo, hay ocasiones en que la situación es traumática y el cerebro humano podría colapsar. Como este sufrimiento es innecesario, los Ángeles como Daniel son los únicos que están entre los dos mundos para ayudar a realizar el tránsito. Puede ser tranquilizador realizar este paso acompañado, aunque solo sea cogiéndole la mano al humano.

Cuando la sensación que tenía era un pitido agudo en los oídos —no molesto, sino como si fuera un silbido ligero—, sin duda, alguien le requería. Este silbido se volvía más grave cuando se cruzaba con otro ser del plano divino en la tierra. Por lo general, no eran seres cordiales, ni siquiera eran gregarios como los humanos, al contrario, fuera de su «familia asignada» no tenían relación con otros mientras estaban en la tierra. Solo en las reuniones de luna roja se relacionaban de manera abierta con los demás.

En cuanto a las sensaciones, la última era la más intensa, una presión en la sien que llegaba acompañada de una reacción anímica, química en estado puro. Su humor se tornaba, en una escala del uno al diez, de malo a «más vale que no seas tú a quien busco».

También le explicaron a Daniel la importancia de seguir humanizado, pero sin ser humano. Unos utilizaban fotos, otros escribían, leían noticias o veían vídeos de cachorros en YouTube, cada cual tenía su técnica, pero tenían que ser capaces de mantener ese equilibrio, ya que su labor era cuidar, proteger, juzgar o castigar a los humanos sin que ello les afectara. No sabían qué podía pasar si se cruzara el límite hacia uno de los dos valores, si se deshumanizasen o se humanizasen por completo. Hay que recordar que estos Ángeles están en su fase inicial, por lo que yo no querría imaginarme a un ángel desequilibrado.

Allí radicaba la importancia de vivir en binomios y la licencia de juntarse en las lunas de sangre, donde, por lo que le habían contado, se organizaban encuentros masivos y se daba rienda suelta al comportamiento fisiológico más esperado por cualquiera que tenga ese instinto.

Como no le gustaba la palabra resurrección, pese a que le dijeron que era justo eso lo que le había sucedido, Daniel prefería llamar a ese momento, ya que era su momento, el Aleph.

Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo, persa y arábigo. El matemático Georg Cantor asignaba este símbolo a la cardinalidad de los números infinitos, pero Daniel lo asociaba a un libro que lo había marcado, El Aleph, de Jorge Luis Borges. Según él, el Aleph es el punto mítico del universo donde todos los actos, todos los tiempos, el presente, pasado y futuro ocupan «el mismo punto, sin superposición y sin transparencia». De lo cual se desprende que el Aleph representa, tal como en matemáticas, el infinito y, por extensión, el universo.

Retorno

Como si de una situación bucólica se tratase, ahí estaba Daniel de nuevo, Barcelona en un mes de octubre frío, húmedo y brumoso. Siempre había confesado que esos días le gustaban, porque dependiendo del barrio por el que paseara de pronto podía sumergirse, con un poco de imaginación, en líneas temporales distintas. Así, paseando por la catedral, el barrio gótico y la muralla, imaginaba estar en 1800; o si lo hacía por Paseo de Gracia, en 1927, incluso, si tenía mucha imaginación, podía visualizar el recorrido de los tranvías tirados por caballos y la gente saludándose con un gesto ligero de sobrero. Siempre creyó que esa época debía ser interesante para vivirla.

Ahora vivía la ciudad de un modo distinto, y digo vivía porque salir a pasear por la ciudad sin rumbo era lo mejor de su nueva vida. Sus paseos le hacían sentir vivo, aunque siempre alguien le recordaba qué era en realidad. Pues ahí estaba, franqueado por los dos nuevos miembros de su familia, Asier y Lucía, igual que una familia que no se elige al nacer. Eran un trío de lo más disonante.

Asier tenía cuarenta y seis años cuando realizó su transformación. En su etapa como humano fue profesor de literatura en un colegio ubicado en el centro de Madrid. Vasco de nacimiento, llegó a la capital buscando la libertad que no encontraba en su tierra en aquellos tiempos, la libertad de poder ser y amar a quien quisiera. Al estallar la guerra civil se alistó en el bando republicano y tuvo una carrera militar fulgurante, ya que ser profesor, saber leer y hablar en varios idiomas le granjeó un empleo de teniente.

Asier era un tipo dinámico y hábil que funcionaba en dos ciclos. A veces era próximo e incluso cariñoso, pero hay que reconocer que esas eran las menos. Otras veces era ácido, rotundo, extremadamente perfeccionista. Sin embargo, quienes lo conocían llegaban a entender (o eso creían) en poco tiempo por qué era así.

Su transición no fue «tranquila» como la de Daniel: en su casa, fulminado por un infarto agudo que le paró en seco la válvula mitral, haciendo que el paso fuera relativamente rápido y, según sus nuevos compañeros, «casi indolora», aunque cuando le decían eso en su cabeza surgía la frase «y un huevo indolora». Asier, en cambio, murió cumpliendo con la máxima para ser un Ángel, sufriendo de un modo inhumano, siendo torturado por esos que se erigían como salvadores de no sé qué patria y que de un modo cobarde cortaban todo aquello que no secundaba sus ideas. Las guerras son guerras, en ellas sale lo peor del ser humano y la muerte es la protagonista. Son muchos los que se pierden, pero hay gente especialmente miserable que aprovecha las guerras para sacar su esencia más miserable, no importan los bandos, los motivos o las creencias.

Como digo tuvo un dolor físico que una persona de esta época, no sería capaz de imaginar, porque son de la época de los JASP (jóvenes, aunque sobradamente preparados), -o eso decía un anuncio publicitario.

Una época donde ya no había rojos, ni azules, ni salva patrias fascistas en exceso o con voz para atemorizar ya a nadie, aunque esa comodidad nos había hecho olvidar y eso nos condenaba a cometer de nuevo errores que quizás no deberíamos cometer. Pero volviendo al sufrimiento que le otorgo el ángelus a Asier un sufrimiento para tratar de sacarle una información «vital» que no era tan vital, que ni tan siquiera conocía… Antonio, el que fuera su amor verdadero, fue asesinado delante de él. Lo rompieron, y aunque seguía vivo, Asier murió con el último latido de Antonio, lo que hizo que su dolor y su muerte real llegasen antes que su muerte física. No emitió ni un solo grito de dolor, ni una sola queja, solo miró con esa mirada que le arranca la respiración a quien la recibe, dedicada a uno de sus torturadores, cuando dijo «este maricón aguanta todo».

En ese momento supo que, si tuviera de nuevo la oportunidad, no sería tan benévolo ni comprensivo con quien no lo merecía, entonces María supo que él estaba destinado a ser un ángel.

El Ángelus de Lucía también estuvo totalmente justificado. Tenía veintiocho años cuando hizo su transformación. Había nacido en el seno de una familia burguesa venida a menos, en el año 1890. Con dieciocho años quiso estudiar medicina. En esa época, ser mujer y rebelde era un reto reservado solo a las valientes, aunque ellas fueron las que construyeron una parte importante de la sociedad actual. Lucía odiaba el término feminismo, ya que ella luchaba por la igualdad plena en su vida mortal y no en una lucha de poderes que se decantara hacia un sexo.

Ella fue la primera humana que tras su muerte fue dotada del Ángelus, cosa que sucedió en una reunión tensa entre María, Samael y El. Cuando se tomó la decisión de crear a estos nuevos Ángeles —humanos capaces de ser justos de un modo natural, pues habían nacido con ese don—, Pedro, uno de los Serafines que odiaba a los humanos y siempre había expresado que la maldad era innata en ellos e indestructible, fue el más radical y le aconsejó a El dar paso al Armagedón. La imagen que Daniel tenía de María hacía imposible imaginarla enfadada, pero, por lo que Samael contaba de esa reunión, su halo se tornó rojo intenso, un rojo que se confundía con el negro, y, por lo visto, tanto El como Samael fueron incapaces de negarle nada, quizá por la lógica de su planteamiento de necesitar ángeles que hubieran sido humanos o por la impresión que les generó verla con ese grado de determinación y su enfado, que hacía que pareciera más una explosión que un creador.

La vida humana de Lucía fue feliz, en una familia venida a menos económicamente, pero venida a más en cuanto a comprensión y amor. Al llegar su cumpleaños número dieciséis, habló con sus padres y les expresó su interés por las Ciencias médicas, por lo que les pidió que, en su puesta de largo, la protegiesen ante eventuales enamorados con visiones de boda. Ella no quería ser una esposa devota, ella quería ser una mujer. Su madre le sonrió con complicidad, y su padre le dio un beso y le dijo:

—Yo no eduqué una devota, eduqué a una mujer destinada a hacer grandes cosas.

El día que Lucía le contó esta escena a Daniel, casi que se podían ver las lágrimas despuntando en sus ojos. Ella siempre echó de menos a sus padres, su recuerdo sigue vivo en ella todos los días, y como suele decir, es el modo de hacerlos inmortales.

En el año 1910, Lucía empezó a cursar sus estudios de Medicina y se licenció cuatro años más tarde, no sin rabia por parte de algunos hombres de esa época. Sin embargo, todo ese odio contrastaba con el orgullo de sus padres y su único hermano, seis años más joven que ella, alguien a quien protegía y trataba de ayudar desde niña, alguien que fortalecía ese vínculo que debía unirlos de cierta manera con la humanidad. Lucía ejerció la medicina durante cuatro años en pueblos cercanos al suyo, en la costa gallega. Fue en uno de esos trayectos que cuatro miserables —me niego a llamar hombre a quien daña sin escrúpulos ni motivo a alguien— la apartaron del camino y, al resistirse a la violación, la golpearon una y otra vez para someterla, pero no lo consiguieron. Fue por esa frustración y por el miedo a las posibles consecuencias que con un golpe certero con una piedra le quebraron el cráneo, le quebraron su vida y la vida de muchos a los que ella hacía felices. Lucía murió tal como nació: con sus enormes ojos azules abiertos, sin lágrimas y sin miedo.

Era una joven que en todos despertaba el cariño, tanto por su apariencia como por su capacidad de enseñar a ser un nuevo ángel. Con ella, los humanos aprendían como un niño aprende a lavarse las manos mirando a su madre. Daniel no era su primer pupilo, Asier lo había sido, y sin duda ella le había enseñado bien.

Esta era la nueva familia de Daniel. No la había elegido, pero ahí estaban y, al contario de su verdadera familia, ellos siempre estaban.

Bautismo

Los ángeles viven en pareja porque el miedo a que se deshumanicen es real, así mantienen la costumbre de ser seres sociales o algo parecido, a la vez que tienen a alguien con quien relacionarse y compartir experiencias que les sigan enseñando cuando no están en su ciudad asignada realizando sus deberes.

En este caso, la pareja se había transformado en un trío formado por Daniel, Asier y Lucía, lo que en cierta manera para ellos era perfecto, ya que los largos silencios de Asier contrastaban con Lucía y sus interminables charlas. A lo largo de los años había vivido tantas cosas que era como una enciclopedia, pero mantenía una gracia que hacía que pudieras sonreír mientras contaba algo trágico. Quizá esa era su forma de agradecer el tener compañeros, ya que había pasado casi veinte años sola, por lo que ahora no estaba dispuesta a guardar silencio si realmente quería hablar. Eso, sumado a que, como ya he dicho, los ángeles no necesitaban dormir, hacía que hubiera muchas horas en las que Lucía hablaba. Aunque a veces necesitaban el silencio, nunca nadie se sintió molesto por una conversación afable y una sonrisa cómplice. Por eso, al informar a Daniel de su nuevo estado, ella sonrió, pues tenía alguien más con quien hablar.

Como su trabajo antes de su muerte había estado relacionado con el mundo de la moda, Daniel siempre esperaba a ver el look diario de Asier y Lucía, porque, pese a que habían adaptado sus atuendos al tiempo actual, a veces parecían dos personajes salidos del futuro de Julio Verne.

Cuando llegó el momento de dar un paseo, lo que normalmente hacían solos, para controlar la ciudad y a los mortales que moran en ella, llevaron con ellos al nobel del grupo. Los primeros paseos del Ángel novato serían supervisados por Lucía o, mejor dicho, Daniel acompañaría con expectación el caminar de ella por la ciudad.

Su idea era vestir un pantalón tejano, una camiseta y una chaqueta ligera, ya que el frío no le preocupaba. Lucía apareció con unos pantalones elásticos que dibujaban su contorno, un vestido ceñido de tirantes con una especie de tutú, una chaqueta corta de cuero y un sombrero de copa adornado con unas gafas de piloto de los años treinta, un maquillaje ochentero que le tapaba el contorno de los ojos y se alargaba casi hasta la sien en tonos morados y rosas…. Toda ella parecía diseñada para cazar. Su estilo, así como la ropa negra y los colores cálidos en la cara, ni hablar de sus ojos destellantes azules, la hacían parecer un depredador que te atrapaba en sus colores, como una serpiente tigre, tan bonita como letal. Incluso ese sombrero inofensivo que era como un fetiche muy especial para ella… Si analizabas su mirada, daba algo de miedo. Por esto, Daniel decidió que su dress code a la hora de salir a enjaular a las almas malditas debía ser distinto, algo más acorde a la situación, pues, de lo contrario, sencillamente parecería el hermano bueno de la muerte.

Una vez estuvo vestido con un aire algo más solemne, comenzaron a deambular por la ciudad… No dejaba de ser un paseo en la noche. La bruma que se genera en otoño en Barcelona debido a la humedad, y que en otro tiempo le habría calado el cuerpo, era su única cómplice. Comenzaron a andar sin rumbo fijo. Al contrario de los humanos, en lugar de esquivar los barrios que podrían infundir respeto o un poco de temor, los recorrían íntegros, pues todos los barrios podían generar temor si eran ellos quienes los recorrían.

Daniel no era del todo consciente de su nueva condición y devenir. Eso cambió cuando, mientras Lucía le confesaba que ella sentía algo muy especial por el barrio de la Bonanova —por el que transitaban en ese momento— y que en los años treinta había sido uno de sus barrios preferidos, Daniel sintió un vibrar que rápidamente le generó un dolor leve detrás de los ojos e hizo que su pensar tranquilo fuera más rápido e inquieto.

Lucía lo paró en seco, le puso una mano en el pecho y le preguntó si podía indicarle qué dirección tomar. Daniel giró su cabeza lentamente de un lado al otro, como un lobo, como si olfatease la maldad, y sin mediar palabra empezó a seguir su instinto con Lucía siguiéndole de cerca. Su seguridad al andar dejaba claro que ella también sabía hacía dónde se dirigía. Así, después de andar varias manzanas callejeando, encontraron lo que habían olfateado, lo que habían venido a buscar. Esos dos personajes tenían una imagen que parecía diseñada para asustar a sus congéneres: su ropa, sus gestos, su expresión… Sus caras no eran distintas a la del resto de los mortales, pero sus ojos, sus ojos explicaban quiénes eran, su reverso explicaba cuanta maldad había en esas almas.

En ese momento, estaban intentando entrar en una casa, accediendo a ella por la puerta metálica exterior con una palanca que, sin duda, les ayudaría a reventar la cerradura. Se podía presuponer que llevaban armas, porque en su reverso decía claramente que entrarían a un hogar con cuatro mortales y saldrían dejando cuatro almas. Pero eso no sucedería.

Daniel y Lucía se dirigieron a ellos con paso firme. Daniel los miraba fijamente, mientras pensaba de qué manera de acabaría con esos dos despojos. Sin embargo, sin tan siquiera darse cuenta, Lucía le cerró el paso y se cruzó por delante de él, con una sola mirada Daniel entendió que debía mantenerse quieto y observar, ella no necesitaba su ayuda ni la nadie.

—¡Eh! ¡Despojos!

Las palabras salieron como un disparo. Los dos individuos se giraron con sorpresa, pero con la tranquilidad de quien no siente miedo a las leyes humanas. No puedo imaginar lo que debió pasar por su cabeza al ver a una especie de chica gótica maquillada como la Alaska en los años ochenta, plantada delante de ellos con actitud desafiante. Fuese lo que fuese, era totalmente erróneo. Con la falta de respeto a la vida humana que sentían, sonrieron y le dijeron:

—¿La hija de Willy Wonka se ha apuntado a las patrullas vecinales?

Uno de los dos individuos se abalanzó sobre ella, pero con un movimiento rápido Lucía lo paró casi en seco al cogerle por el cuello con una sola mano. En ese momento, los ojos del tipo se abrieron como buscando el truco, porque sus noventa y ocho kilos estaban ahí, inertes, paralizados por una mujer que no pesaría mucho más que la mitad que él. Entonces, Lucía, que desde su posición podía ver a Daniel, esbozó una leve sonrisa, como si dijese «atento», y acercó la boca a la oreja del tipo.

—Tu terror es mi paz —le susurró.

Casi de modo inmediato, el gesto del tipo empezó a cambiar. Por su cerebro empezaron a pasar imágenes aterradoras de sus miedos más íntimos, sin filtro ni censura, una tras otra, hasta que el miedo le paralizó la mente y luego la vida. Igual que había cambiado de violento a incrédulo, esta vez cambió de incrédulo a terror absoluto, el gesto prácticamente se desfiguró y poco a poco su color empezó a empalidecer… Sin duda, su alma había abandonado el cuerpo, su cara ya era completamente gris.