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Tras la catástrofe económica y humana del Gran Salto Adelante, un Mao envejecido diseñó un ambicioso plan para afianzar su liderazgo y su legado: la llamada Revolución Cultural, cuyo objetivo declarado era la purga definitiva de los burgueses infiltrados en el gobierno y la sociedad para minar el comunismo. No obstante, el plan servía al dictador para desembarazarse de veteranos miembros del Partido en la cúpula, a los que sometió a humillaciones públicas, encarcelamientos y torturas. El país no tardó en sumirse en una febril persecución de los sospechosos en nombre de la pureza revolucionaria, un caos que, inadvertidamente, sentaba las bases del fin del maoísmo. En esta magnífica conclusión a la aclamada «trilogía del pueblo», Dikötter indaga una vez más en documentos previamente secretos para dar voz a los protagonistas de la época más tumultuosa de la China comunista y reexaminar con rigor su estremecedora historia. «Tras el fallido Gran Salto Adelante, Mao se propuso con la Revolución Cultural erigirse en el histórico eje en torno al que iba a girar todo el universo socialista tras la traición soviética. La Revolución Cultural no causó tantos muertos, pero a juicio de Dikötter su impacto fue más profundo. El terror fue, sobre todo, el caos: la Revolución Cultural denunciaba en términos generales a "enemigos de clase", "partidarios de la vía capitalista" y "revisionistas", algo que dio pie a un frenesí de delaciones cruzadas y tomas de posición en las que el enemigo (y la víctima) podía ser cualquiera». Antonio G. Maldonado, El Cultural «La Revolución Cultural. Una historia popular es un relato valioso que pone luz a uno de los periodos más oscuros de la historia china pero también uno de los más determinantes para entender su devenir. Sin duda, el conocimiento es el "arma" más poderosa y, por extensión, los libros como éste, también». Teresa Sánchez González, El Imparcial «El texto de Dikötter es relevante por la minuciosidad de la investigación y por el rescate de diarios personales y otros testimonios, que demuestran que hubo por parte de la población y las familias mucha más resistencia de lo que la propaganda oficial permitía entrever». Mauricio Bach, The Objective «Lejos de limitarse a describir una tragedia, Frank Dikötter restituye las voces silenciadas y las fisuras del relato oficial, y defiende así una historia social de los totalitarismos que no pierde de vista el sufrimiento y la resistencia del pueblo». Darío Luque, Anika entre libros «Un libro revolucionario […] Rompiendo con la sutil ortodoxia que impera en algunas de nuestras mejores universidades, Dikötter señala que la China actual es un leviatán bajo el dominio de un partido totalitario». Michael Sheridan, Sunday Times
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Seitenzahl: 888
Veröffentlichungsjahr: 2025
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FRANK DIKÖTTER
LA REVOLUCIÓN
CULTURAL
UNA HISTORIA POPULAR
(1962-1976)
TRADUCCIÓN DEL INGLÉS
DE JOAN JOSEP MUSSARRA
ACANTILADO
BARCELONA 2025
CONTENIDO
Mapa
Prefacio
PRIMERA PARTELOS PRIMEROS AÑOS (1962-1966)
1. Dos dictadores
2. «No olvidéis la lucha de clases»
3. Guerra en el frente cultural
4. La Banda de los Cuatro
SEGUNDA PARTELOS AÑOS ROJOS (1966-1968)
5. La guerra de los carteles
6. Agosto rojo
7. La destrucción del mundo antiguo
8. El culto a Mao
9. Se unen fuerzas
10. Los rebeldes y los monárquicos
11. Interviene el ejército
12. La carrera armamentística
13. Se extinguen los incendios
TERCERA PARTELOS AÑOS NEGROS (1968-1971)
14. Depuración de las filas de clase
15. Subir a las montañas, bajar a las aldeas
16. Preparativos de guerra
17. «Aprended de Dazhai»
18. Nuevas purgas
19. La caída del supuesto sucesor
CUARTA PARTELOS AÑOS DE INDECISIÓN (1971-1976)
20. Recuperación
21. La revolución silenciosa
22. La segunda sociedad
23. Cambios de rumbo
24. Consecuencias
Cronología
Agradecimientos
Bibliografía selecta
Ilustraciones
Créditos de las ilustraciones
¿Quiénes son nuestros amigos?
¿Quiénes nuestros enemigos?
Ésa es la pregunta principal de la revolución.
MAO ZEDONG
En agosto de 1963, el presidente Mao recibió a un grupo de guerrilleros africanos en el salón de reuniones del Consejo de Estado, un elegante pabellón revestido de paneles de madera, situado en el corazón del recinto donde los máximos dirigentes de Beijing tenían su centro de mando. Uno de los jóvenes visitantes, un hombre corpulento y de espaldas anchas, procedente de Rodesia del Sur, tenía una pregunta. Pensaba que la estrella roja que brillaba sobre el Kremlin ya no estaba donde tenía que estar. Los mismos soviéticos que en otro tiempo habían auxiliado a los revolucionarios vendían armas a sus enemigos. «Lo que me preocupa de todo esto—dijo—es que la estrella roja de la plaza de Tiananmen, en China, también pueda apagarse. ¿Vosotros también nos abandonaréis? ¿También venderéis armas a nuestros opresores?». Mao se quedó pensativo y dio una calada a su cigarrillo. «Entiendo la pregunta—observó—. El caso es que la URSS se ha vuelto revisionista y ha traicionado a la revolución. ¿Puedo garantizarte que China no la traicionará? Ahora mismo no puedo ofrecerte semejante garantía. Nos esforzamos mucho por encontrar una manera de impedir que China se vuelva corrupta, burocrática y revisionista».1
Tres años más tarde, el primero de junio de 1966, un editorial incendiario publicado en el Renmin Ribao (‘Diario del Pueblo’, órgano oficial del Partido Comunista Chino) exhortaba a los lectores a «¡Barrer a todos los monstruos y demonios!». Era el inicio de la Revolución Cultural. Apremiaba a todo el mundo a denunciar a los representantes de la burguesía que buscaban «mentir, engañar y aturdir al pueblo trabajador, a fin de consolidar su propio y reaccionario poder estatal». Como si no hubiera bastado con esto, no tardó en salir a la luz que cuatro de los máximos dirigentes del Partido se hallaban bajo arresto, acusados de conspirar contra el presidente. El alcalde de Beijing era uno de ellos. Había tratado de convertir la capital en bastión del revisionismo ante las mismas narices del pueblo. Los contrarrevolucionarios se habían infiltrado en el Partido, el gobierno y el ejército, e intentaban llevar al país entero por la vía del capitalismo. Una nueva revolución empezaba en China y se animaba al pueblo a ponerse en pie y a expulsar a todos los que intentaran transformar la dictadura del proletariado en una dictadura de la burguesía.
No estaba nada claro quiénes eran exactamente los contrarrevolucionarios, ni cómo habían logrado infiltrarse en el Partido, pero el representante número uno del revisionismo moderno era Nikita Jruschov, líder soviético y secretario del Partido. En un discurso secreto de 1956 que había sacudido al bloque socialista hasta sus cimientos, Jruschov había echado por tierra la reputación de su predecesor, Iósif Stalin. Había contado en detalle los horrores de su gobierno y denunciado el culto de la personalidad. Dos años más tarde, Jruschov había propuesto una «coexistencia pacífica» con Occidente, un concepto que los comunistas fanáticos del mundo entero, como por ejemplo el joven guerrillero de Rodesia del Sur, consideraban una traición contra los principios del comunismo revolucionario.
Mao, que había tomado a Stalin como modelo, se sintió amenazado en un plano personal por la desestalinización. Debió de preguntarse cómo era posible que Jruschov, por sí solo, hubiera logrado organizar una reorientación política tan radical en la poderosa Unión Soviética, el primer país del mundo en declararse socialista. Al fin y al cabo, Vladimir Lenin, el fundador, había resistido con éxito los ataques concertados por las potencias extranjeras después de que los bolcheviques tomaran el poder en 1917, y Stalin había sobrevivido al ataque de la Alemania nazi un cuarto de siglo más tarde. La respuesta era que no se había hecho lo suficiente por cambiar la manera de pensar del pueblo. La burguesía había desaparecido, pero la ideología burguesa conservaba su poder, por lo que era posible que unas pocas personas situadas en los puestos más elevados erosionaran todo el sistema y acabaran por derribarlo.
Dicho en la jerga comunista: una vez finalizada la transformación socialista de la propiedad de los medios de producción, se requería una nueva revolución para hacer desaparecer de una vez por todas los restos de la cultura burguesa, desde los pensamientos privados hasta los mercados privados. Igual que la transición del capitalismo al socialismo había exigido una revolución, la transición del socialismo al comunismo requería otra. Mao la llamó Revolución Cultural.
Se trataba de un proyecto atrevido, que aspiraba a erradicar todas las trazas del pasado. Pero detrás de todas las justificaciones teóricas se hallaba la resolución de un dictador que se hacía viejo y quería consolidar su propio papel en la historia mundial. Mao estaba convencido de su propia grandeza, de la que hablaba sin cesar, y se consideraba a sí mismo la luminaria que guiaba el comunismo. No se trataba de mera presunción. El presidente había guiado a una cuarta parte de la humanidad a su liberación y luego había logrado quedar en tablas al enfrentarse al bloque imperialista en la guerra de Corea.
En 1958 Mao había llevado a cabo un primer intento de arrebatarle la antorcha a la Unión Soviética con el Gran Salto Adelante, en el que la gente del campo había tenido que juntarse en grandes organizaciones colectivas llamadas comunas populares. Se creyó capaz de catapultar al país a una posición más ventajosa que la de sus competidores, siempre que el trabajo sustituyera al capital y se explotara el enorme potencial de las masas. Estaba convencido de haber descubierto el puente dorado que llevaría al comunismo y se creía un mesías que guiaba a la humanidad hacia un mundo en el que todos vivirían en la abundancia. Pero el Gran Salto Adelante fue un experimento desastroso que costó la vida a decenas de millones de seres humanos.
La Revolución Cultural fue el segundo intento de Mao de erigirse en el histórico eje en torno al que iba a girar todo el universo socialista. Lenin había llevado a término la Gran Revolución Socialista de Octubre, que había sentado un precedente para el proletariado de todo el mundo, pero revisionistas modernos como Jruschov habían usurpado el liderazgo del Partido y habían guiado a la Unión Soviética por la vía de la restauración capitalista. La Gran Revolución Cultural Proletaria tenía que ser la segunda fase en la historia del movimiento comunista internacional y protegería la dictadura del proletariado contra el revisionismo. Los fundamentos del futuro comunista se estaban poniendo en China, porque el presidente guiaba a la gente oprimida y pisoteada del mundo entero hacia la libertad. Mao había heredado, defendido y desarrollado el marxismo-leninismo hasta llevarlo a un nuevo estadio, el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Zedong.
Igual que muchos otros dictadores, Mao combinaba ideas presuntuosas sobre su propio destino histórico con una capacidad extraordinaria para hacer el mal. Se ofendía y guardaba rencor con facilidad, y no olvidaba fácilmente los agravios. Insensible a la pérdida de vidas humanas, imponía con toda despreocupación cuotas de ejecuciones que habría que satisfacer durante las campañas que se lanzaban para atemorizar a la población. A medida que se hacía mayor, era cada vez más hostil con sus colegas y subordinados—algunos de ellos antiguos camaradas de armas—y los sometía a humillaciones públicas, cárcel y tortura. Así pues, la Revolución Cultural también se debió a que un viejo quiso ajustar cuentas personales hacia el final de su vida. Estos dos aspectos de la Revolución Cultural—la visión de un mundo socialista libre de revisionismo y las confabulaciones sórdidas y vengativas contra enemigos reales e imaginarios—no se excluían entre sí. Mao no hacía distinciones entre su propia persona y la revolución. Mao era la revolución. Un atisbo de insatisfacción con su autoridad era una amenaza directa contra la dictadura del proletariado.
Y tenía que enfrentarse a muchos desafíos para salvaguardar su posición. En 1956, algunos de los más allegados al presidente se habían justificado con el discurso secreto de Jruschov para borrar de la constitución todas las referencias al Pensamiento Mao Zedong y criticar el culto a la personalidad. Mao se enfureció, pero no le quedó otro remedio que avenirse a ello. Con todo, el golpe más duro se produjo como consecuencia del Gran Salto Adelante, una catástrofe sin precedentes, provocada directamente por la obcecación con que emprendía sus políticas. Mao creía que muchos de sus colegas querían despojarlo de su poder, y no se trataba de mera paranoia, porque éstos lo consideraban responsable de la hambruna a gran escala que había afectado a la gente corriente. Circulaban muchos rumores que lo acusaban de iluso, incompetente en materia de finanzas y peligroso. Todo su legado se hallaba en peligro. El presidente temía correr la misma suerte que Stalin y que lo denunciaran después de su muerte. ¿Quién sería el Jruschov de China?
Había un buen número de candidatos. Para empezar, estaba Peng Dehuai, un mariscal del ejército que en verano de 1959 había escrito una carta en la que criticaba el Gran Salto Adelante. Sin embargo, Liu Shaoqi, el número dos del Partido, era un candidato aún más probable a dicho título. En enero de 1962, había afirmado frente a miles de dirigentes del Partido que la hambruna había sido un desastre provocado por la mano del hombre. Al finalizar el congreso, Mao había empezado a desbrozar el terreno para una purga. Tal como dijo en diciembre de 1964: «Tenemos que castigar a este partido nuestro».2
Pero Mao tuvo buen cuidado de disimular su estrategia. La retórica de la Revolución Cultural adolecía de una deliberada vaguedad, porque denunciaba en términos generales a «enemigos de clase», «partidarios de la vía capitalista» y «revisionistas». Los dirigentes de primera línea que podían sentirse amenazados eran pocos, porque en 1965 no había verdaderos «partidarios de la vía capitalista» en los rangos más elevados del Partido, y los que menos merecían ese apelativo eran Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, secretario general del Partido. Aun cuando fueran los principales blancos de la cólera del presidente, no tenían ni idea de lo que iba a suceder. Entre 1962 y 1965, Liu había dirigido una de las purgas más crueles del Partido Comunista en la historia moderna. Cinco millones de miembros del Partido habían sufrido castigos. Liu estaba desesperado por demostrar que sería un digno sucesor del presidente. Deng, por su parte, era uno de los críticos más vociferantes del revisionismo soviético. Leonid Brezhnev, que llegó al poder en 1964, lo llamó «enano antisoviético». Los dos hombres apoyaron con entusiasmo al presidente y lo asistieron en las purgas contra las primeras víctimas de la Revolución Cultural, como por ejemplo el desprevenido alcalde de Beijing.
Mao se había propuesto atrapar a sus enemigos con la destreza de un trampero. Pero una vez hubo preparado el escenario y en verano de 1966 estalló la Revolución Cultural, ésta cobró vida propia y tuvo consecuencias indeseadas que ni siquiera el estratega más consumado habría podido anticipar. Mao quería purgar los peldaños más altos en el escalafón de poder, por lo que difícilmente podía confiar en que la maquinaria del Partido se encargara de la labor. Recurrió a estudiantes jóvenes y radicales—los había de no más de catorce años—y les dio licencia para denunciar toda autoridad y «bombardear las sedes». Pero los dirigentes del Partido habían perfeccionado su habilidad para la supervivencia durante décadas de luchas internas, y eran pocos los que se dejarían superar por un grupo de Guardias Rojos vociferantes y convencidos de la justicia de su causa. A fin de desviar la violencia que los amenazaba, muchos de ellos animaron a los jóvenes a saquear las casas de los enemigos de clase, estigmatizados como proscritos de la sociedad. Algunos de los cuadros fueron capaces, incluso, de organizar sus propios Guardias Rojos, todo ello en nombre del Pensamiento Mao Zedong y de la Revolución Cultural. En la jerga de aquella época se decía que «enarbolaban la bandera roja para luchar contra la bandera roja». Los Guardias Rojos empezaron a luchar entre sí, porque no estaban de acuerdo sobre quiénes eran los verdaderos «partidarios de la vía capitalista» en el seno del Partido. En algunos lugares, los activistas del Partido y los trabajadores de las fábricas salieron a defender a sus líderes acorralados.
En respuesta a todo ello, el presidente animó a la población en general a unirse a la revolución, y la exhortó a «hacerse con el poder» y derribar a los «burgueses que están al mando». El resultado fue una explosión social de una escala sin precedentes, porque se dio rienda suelta a todas las frustraciones acumuladas durante años de gobierno comunista. Las personas que guardaban rencor a funcionarios del Partido por antiguas ofensas no eran pocas. Pero las masas revolucionarias no barrieron limpiamente a todos los seguidores de la «línea reaccionaria burguesa», sino que también se dividieron, y distintas facciones lucharon por el poder y empezaron a pelear entre sí. Durante la Revolución Cultural, Mao usó al pueblo, pero muchas otras personas también manipularon la campaña para lograr sus propios objetivos.
En enero de 1967, el caos había llegado a tal punto que el ejército intervino. Apoyó a la «verdadera izquierda proletaria» con el objetivo de llevar la revolución a buen término y poner la situación bajo control. Como los distintos mandos militares apoyaban a facciones distintas, todas ellas convencidas de representar la verdadera voz de Mao Zedong, el país se deslizaba hacia la guerra civil.
Sin embargo, el presidente logró imponerse. Era un hombre frío y calculador, pero también imprevisible, caprichoso y dado a los accesos de cólera, y se crecía en el caos que él mismo había provocado. Improvisó, y por el camino destrozó la vida de millones de personas. Puede que no siempre controlara la situación, pero siempre estuvo al mando, y gozó de aquel juego en el que podía reescribir las normas sin cesar. Cada cierto tiempo intervenía para rescatar a un seguidor leal, o para arrojar a los leones a un colega de confianza. Con una sola frase decidía el destino de innumerables personas, al declarar que una u otra facción era «contrarrevolucionaria». Su veredicto podía cambiar de un día para otro y alimentaba un ciclo de violencia que parecía no tener fin, y en el que todos competían por demostrar su lealtad al presidente.
La primera fase de la Revolución Cultural tocó a su fin en verano de 1968, porque se formaron unos sedicentes «comités revolucionarios del Partido» que se adueñaron del Partido y del Estado. Los oficiales militares llevaban la voz cantante en los comités y entregaron el poder efectivo al ejército. Así se creó una cadena de mando simplificada que complacía al presidente, porque llevaba a cabo sus órdenes al instante y sin hacer preguntas. Durante los tres años siguientes transformaron el país en un Estado militar en el que los soldados supervisaban escuelas, fábricas y departamentos de la administración pública. Al principio, millones de elementos indeseables, incluidos estudiantes y otras personas que habían tomado al pie de la letra las afirmaciones del presidente, sufrieron destierro en el campo con el objetivo de que fueran «reeducados por los campesinos». Luego tuvo lugar una serie de purgas brutales, utilizadas por los comités revolucionarios del Partido para acabar con todos los que habían tomado la palabra en el momento álgido de la Revolución Cultural. Ya no se hablaba de «partidarios de la vía capitalista», sino de «traidores», «renegados» y «espías», y se crearon comités especiales que estudiaron las conexiones de personas corrientes y antiguos dirigentes con el enemigo. Después de una persecución política en todo el país, se puso en marcha una tremenda campaña contra la corrupción, que intimidó y sometió todavía más a la población, porque casi todos los actos y palabras podían constituir delito. En ciertas provincias, más de una de cada cincuenta personas fueron víctimas de alguna purga.
Pero Mao desconfiaba del ejército, y sobre todo de Lin Biao. Éste se había hecho cargo del Ministerio de Defensa en verano de 1959, después de que Peng Dehuai lo abandonara, y había sido pionero en el estudio del Pensamiento Mao Zedong en el ejército. Mao se había valido de Lin Biao para poner en marcha y sostener la Revolución Cultural, pero el mariscal, a su vez, había aprovechado el desorden reinante para acrecentar su propia influencia y colocar a sus seguidores en posiciones clave dentro de las fuerzas armadas. En septiembre de 1971 murió en un misterioso accidente de aviación, finalizando así el control del ejército sobre la vida civil.
Para entonces, el frenesí revolucionario había agotado a casi todo el mundo. Incluso en el momento álgido de la Revolución Cultural muchas personas corrientes que desconfiaban del Estado de partido único fingían acatarlo, mientras guardaban para sí sus pensamientos más íntimos y sus sentimientos personales. Ahora, muchos de ellos comprendieron que el Partido había quedado gravemente dañado tras la Revolución Cultural. Aprovecharon la oportunidad para seguir discretamente adelante con sus vidas, aun cuando el presidente siguió lanzando una facción contra otra durante sus últimos años en el poder. Sobre todo en el campo, donde el Gran Salto Adelante había puesto fin a la credibilidad del Partido, la Revolución Cultural debilitó su organización. Como en una revolución silenciosa, millones y millones de aldeanos retomaron subrepticiamente sus prácticas tradicionales, abrieron mercados ilegales, se repartieron bienes colectivos, dividieron las tierras y pusieron en marcha fábricas secretas. Aun antes de la muerte de Mao, acaecida en septiembre de 1976, buena parte del campo había abandonado la economía planificada.
Ése es uno de los legados más persistentes de toda una década de caos y terror. Ningún partido comunista habría tolerado una oposición organizada, pero los cuadros que se hallaban en el campo se veían impotentes ante la miríada de actos de silencioso desafío e interminables subterfugios que se sucedían a diario, pues la gente trataba de socavar el poder del Estado sobre la economía y reemplazarlo con su propia iniciativa e ingenio. Deng Xiaoping se hizo con las riendas del poder unos pocos años después de la muerte de Mao y llevó a cabo un breve intento de resucitar la economía planificada, pero no tardó en comprender que apenas le quedaba otra opción que navegar con la corriente. Las comunas populares, base de la economía planificada, se disolvieron en 1982.3
La debilitación progresiva de la economía planificada fue uno de los resultados no buscados de la Revolución Cultural. Otro fue la destrucción de los restos del marxismo-leninismo y del Pensamiento Mao Zedong. Al morir Mao, no sólo había numerosas personas en el campo que pugnaban por hallar mejores oportunidades económicas, sino que también eran muchos los que se habían liberado de los grilletes ideológicos impuestos por varias décadas de maoísmo. Las inacabables campañas de reforma del pensamiento habían terminado por producir un escepticismo generalizado entre los propios miembros del Partido.
Pero también pervivió una herencia mucho más siniestra. Aunque la mortandad provocada por la Revolución Cultural quedó muy por debajo de la de numerosas campañas anteriores, sobre todo en comparación con la catástrofe de la Gran Hambruna de Mao, dejó tras de sí una estela de vidas rotas y devastación cultural. Podemos determinar que durante los diez años de la Revolución Cultural murieron entre un millón y medio y dos de personas, pero fueron muchas más las vidas destrozadas por las denuncias sin fin, las falsas confesiones, las asambleas de denuncia y las campañas de persecución. Anne Thurston ha escrito con gran elocuencia que la Revolución Cultural no fue un desastre súbito ni un holocausto, sino una situación extrema caracterizada por las pérdidas que se produjeron en muchos planos distintos, «pérdida de cultura y valores espirituales, pérdida de estatus y honor, pérdida de carrera profesional, pérdida de dignidad» y, por supuesto, pérdida de confianza y predictibilidad en las relaciones humanas, porque las personas se atacaban entre sí.4
La magnitud de las pérdidas varía enormemente de una persona a otra. Algunas vidas quedaron aplastadas, mientras que otras lograron moverse entre las penalidades del día a día sin apenas sufrir daños. Unos pocos incluso lograron prosperar, sobre todo durante los últimos años de la Revolución Cultural. La imponente variedad de la experiencia humana durante la década final de la era maoísta, una variedad que se resiste a las explicaciones teóricas globales, se vuelve todavía más evidente cuando salimos de los corredores del poder y centramos nuestra atención en personas de todos los estratos sociales. Tal como indica el subtítulo de este libro, el pueblo tendrá un papel protagonista.
Hace unos pocos años habría sido inimaginable una historia que narrara lo que vivió el pueblo durante la Revolución Cultural, porque la mayor parte de la evidencia provenía de documentos oficiales del Partido y publicaciones de los Guardias Rojos. Pero durante estos últimos años los historiadores han podido disponer de un volumen cada vez mayor de fuentes primarias depositadas en los archivos del Partido en China. Este libro forma parte de una trilogía y, al igual que sus dos predecesores, se fundamenta en centenares de documentos de archivo. La mayoría de ellos se usan ahora por primera vez. Contienen información detallada sobre las víctimas de los Guardias Rojos, estadísticas sobre purgas políticas, investigaciones sobre las condiciones que reinaban en el campo, estudios de fábricas y talleres, informes policiales sobre mercados ilegales, incluso cartas de protesta escritas por aldeanos, y mucho más.
Por supuesto que se han publicado muchos libros con recuerdos de primera mano de la Revolución Cultural, y también los hemos tenido en cuenta. A fin de complementar algunos de los más populares, como Life and Death in Shanghai [‘Vida y muerte en Shangái’] de Nien Cheng, y Cisnes salvajes, de Jung Chang, he leído docenas de autobiografías editadas por sus propios autores. Se trata de un fenómeno editorial relativamente reciente. En chino se llaman ziyinshu, traducción literal de samizdat, si bien son muy distintos de los documentos censurados que circulaban entre los disidentes de la Unión Soviética. Muchos de ellos se deben a la pluma de miembros del escalafón más bajo del Partido, o incluso de personas corrientes, y ofrecen información que no se encuentra en los documentos oficiales. Otra fuente de igual importancia son las entrevistas, algunas de ellas publicadas, otras destinadas específicamente a este libro.
Los lectores interesados en la Revolución Cultural también hallarán una gran cantidad de fuentes secundarias. Desde el mismo instante en el que aparecieron en escena, los Guardias Rojos fascinaron tanto a los sinólogos profesionales como al público más amplio. Las bibliografías estándar sobre la Revolución Cultural constan de miles de artículos y libros tan sólo en inglés, y es verdad que los trabajos listados en ellas han hecho posible un avance inconmensurable en nuestra comprensión de la época maoísta.5 Pero a menudo las personas corrientes no aparecen en estos estudios. Este libro combina una visión histórica amplia con las narraciones de los hombres y mujeres que se hallaron en el centro de este drama humano. Desde los dirigentes en la cúspide del régimen hasta los aldeanos empobrecidos, todo el mundo tuvo que enfrentarse a circunstancias difíciles, y la mera complejidad de las decisiones que se adoptaron socava la imagen de absoluta conformidad que a menudo se cree que caracterizó la última década de la era de Mao. La suma de las opciones que siguieron acabó por empujar el país en una dirección muy distinta de la que había buscado el presidente. En vez de combatir los restos de cultura burguesa, pusieron fin a la economía planificada y vaciaron de contenido la ideología del Partido. En definitiva, enterraron el maoísmo.
En el corazón de Beijing hay un edificio enorme y monolítico que se sostiene sobre columnas y pilares de mármol. Dicho edificio proyecta su sombra sobre la plaza de Tiananmen, igual que el Partido Comunista de China domina la vida política del país. Es el Gran Salón del Pueblo y se construyó en un tiempo récord, porque tenía que estar a punto para el décimo aniversario de la Revolución China, celebrado con grandes fastos en octubre de 1959. Es una construcción grande, intimidante, muy influida por la arquitectura soviética, provista de un gran auditorio con capacidad para 10.000 delegados. Una gigantesca estrella roja circundada por centenares de luces brilla en el techo. Todo está bañado en rojo, desde las banderas y cortinas del podio hasta la gruesa alfombra de la galería y los balcones. También comprende docenas de grandes salas conocidas por los nombres de las provincias del país. La superficie de suelo del edificio supera la de la Ciudad Prohibida, el antiguo y extenso barrio cubierto de pabellones, patios y palacios de los emperadores de las dinastías Ming y Qing, situado frente a la plaza de Tiananmen.
En enero de 1962, unos 7000 cuadros llegaron de todo el país para tomar parte en el mayor congreso que jamás se hu biera celebrado en el Gran Salón del Pueblo. Los habían llamado a Beijing porque los máximos dirigentes estaban necesitados de su apoyo. Habían trabajado durante varios años bajo una presión implacable, porque el presidente Mao les había impuesto objetivos cada vez más dificultosos en todos los terrenos, desde la producción de acero hasta la de cereales. A los que no lograban satisfacer las cuotas se les había tildado de derechistas y expulsado del Partido. Se les había reemplazado con hombres duros y sin escrúpulos que desplegaban velas con el fin de beneficiarse de los vientos radicales que soplaban desde Beijing. Muchos de ellos habían mentido sobre sus propios logros y se habían inventado las cifras que remitían a sus jefes, los que estaban más arriba en el escalafón de poder. Otros habían impuesto un reinado de terror con el que habían obligado a los aldeanos que se hallaban bajo su supervisión a matarse de tanto trabajar. En aquel momento les echaban las culpas por la catástrofe que Mao había desencadenado al poner en marcha el Gran Salto Adelante.
Cuatro años antes, en 1958, Mao había conducido a su propio país a la locura, porque había obligado a los aldeanos a entrar en las gigantescas comunas populares que anunciaban el gran salto desde el socialismo al comunismo. Se reclutaba por la fuerza a las personas para que luchasen en una revolución continua y se las obligaba a hacer frente a una tarea tras otra, desde gigantescos proyectos de conservación de aguas durante los relajados meses de invierno hasta la producción de acero en hornos construidos en los patios traseros durante el verano. Uno de los eslóganes del Gran Salto Adelante había sido «Luchad arduamente por transformar el rostro de China en tres años», porque un futuro de abundancia aguardaba a la vuelta de la esquina. Otro de ellos era «Alcanzar a la Gran Bretaña y superar a los Estados Unidos». Pero, a pesar de toda la propaganda que hablaba de superar a los países capitalistas, el verdadero objetivo de Mao consistía en situar a China por encima de la Unión Soviética. Desde la muerte de Stalin en 1953, había querido hacerse con el liderazgo del bloque socialista.
Incluso en vida de Stalin, Mao se había considerado a sí mismo un revolucionario más hábil que éste. Era él, y no Stalin, quien había llevado a una cuarta parte de la humanidad al bloque socialista en 1949. Y había sido él, y no Stalin, quien un año más tarde se había enfrentado a los Estados Unidos y había logrado quedar en tablas en Corea. Pero al mismo tiempo, Mao era un fiel seguidor de su amo de Moscú, y por buenos motivos. Desde el principio, el Partido Comunista de China había dependido de la ayuda financiera y de la guía política de la Unión Soviética. Stalin había contribuido en persona al ascenso de Mao al poder. A menudo, la relación entre ambos había sido difícil, pero en 1949, tan pronto como la bandera roja ondeó sobre Beijing, Mao se apresuró a imponer un duro régimen comunista basado en el de la Unión Soviética. Mao era estalinista y se decantaba por la colectivización de la agricultura, el culto sin cortapisas al líder, la supresión de la propiedad privada, el control absoluto de la vida de la gente corriente y gastos elevados en defensa nacional.1
Resulta irónico que fuese el propio Stalin, atemorizado ante la posibilidad de que un vecino poderoso supusiera una amenaza contra su liderazgo, quien frenó la estalinización de China. Stalin había puesto en marcha durante los años 1929 y 1930 una implacable campaña de deskulakización, que tuvo como consecuencia la ejecución de miles de personas clasificadas como «campesinos ricos» y la deportación de casi dos millones a campos de trabajo ubicados en Siberia y en el Asia Central soviética. Pero en 1950 el propio Stalin aconsejó a Mao que dejara intacta la economía de los campesinos ricos con el fin de acelerar la recuperación de China tras varios años de guerra civil. Mao no siguió el consejo y obligó a las poblaciones rurales a participar en la denuncia, y a veces en el asesinato, de los dirigentes tradicionales de los pueblos. Todos los bienes de las víctimas quedaron en manos de las masas. Las tierras se mensuraron y se distribuyeron entre los pobres. Al implicar a una mayoría en el asesinato de una minoría seleccionada con gran cuidado, Mao logró crear un vínculo inquebrantable entre el pueblo y el Partido. No disponemos de cifras fiables sobre el número de víctimas que murieron durante la redistribución de tierras, pero es improbable que quedara por debajo de entre un millón y medio y dos de personas entre 1947 y 1952. Se estigmatizó a muchos otros millones como explotadores y enemigos de clase.
En 1952, una vez hubo finalizado la reforma agraria, Mao acudió a Stalin con la petición de que le otorgara un generoso préstamo para contribuir a la industrialización de China.
Stalin, siempre reticente, se negó, porque entendía que el ritmo de crecimiento que China quería alcanzar era «temerario». Impuso severos recortes, vetó varios proyectos relacionados con la defensa militar y redujo el número de instalaciones industriales que se iban a construir con asistencia soviética. Con todo, el propio Stalin había presidido la colectivización de la agricultura en la Unión Soviética entre 1929 y 1933, y había utilizado los cereales producidos por las granjas colectivas en el campo para alimentar a la creciente mano de obra industrial y pagar las importaciones de maquinaria desde Occidente. La experiencia condujo a una hambruna en Ucrania y en otras partes de la Unión Soviética. El número de muertes se estima entre cinco y diez millones de personas.
Stalin era la única persona capaz de frenar a Mao. Tras la muerte de su señor moscovita en marzo de 1953, Mao aceleró el ritmo de la colectivización. A finales de año introdujo un monopolio sobre los cereales que obligaba a los granjeros a vender sus cosechas por los precios que fijaba el Estado. En 1955-1956 se crearon colectivos semejantes a las granjas estatales de la Unión Soviética. Volvieron a quitarles la tierra a los granjeros y transformaron a los aldeanos en siervos de la gleba sometidos al Estado. En las ciudades, todo el comercio y la industria se transformaron también en funciones del Estado, porque el gobierno expropió las empresas privadas, los pequeños comercios y las grandes industrias. Mao lo llamó Marea Alta Socialista.
Pero en 1956 el programa de colectivización intensiva de Mao sufrió un fuerte revés. El 25 de febrero, día en que iba a finalizar el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Jruschov denunció las brutales purgas, deportaciones en masa y ejecuciones extrajudiciales ordenadas por Stalin. Durante varias horas habló sin parar en el Gran Palacio del Kremlin, la antigua residencia moscovita de los zares rusos, criticando el culto a la personalidad de Stalin y acusando a su antiguo señor de haber arruinado la agricultura a principio de la década de 1930. Dijo que Stalin «no iba nunca a ningún lado, no se reunía nunca con los trabajadores ni miembros de las granjas colectivas» y conocía el campo tan sólo a través de «películas que disfrazaban y embellecían la situación». Mao lo interpretó como un ataque personal contra su propia autoridad. Al fin y al cabo, él era el Stalin de China, y el discurso de Jruschov iba a suscitar dudas sobre su propio liderazgo, y más en concreto sobre el culto a la personalidad que lo rodeaba. Al cabo de unos meses, el primer ministro Zhou Enlai y otras personas se refirieron a la crítica de las granjas estatales efectuada por Jruschov como argumento para frenar el ritmo de la colectivización. Parecía que se dejara de lado a Mao.
La respuesta de Mao a la desestalinización tuvo lugar el 25 de abril de 1956. Durante una reunión del Politburó, pro nunció un discurso en el que hacía la apología del hombre corriente. Se presentó como protector de los valores democráticos con el fin de recobrar el liderazgo moral del Partido. Mao fue más allá que Jruschov. Dos meses antes se había visto obligado a ponerse a la defensiva, había llegado a parecer un dictador envejecido, sin contacto con la realidad, que se aferraba a un modelo que había fracasado. En aquellos momentos quería recobrar la iniciativa y adoptó un tono mucho más liberal y conciliador que su homólogo de Moscú. Una semana más tarde, el 2 de mayo, defendió la libertad de expresión para los intelectuales y exhortó al Partido a «dejar que florezcan cien flores, dejar que cien escuelas de pensamiento compitan».
Con todo, Mao se vio obligado a efectuar grandes concesiones a sus colegas. En el VIII Congreso del Partido, convocado para septiembre con la finalidad de elegir a un nuevo Comité Central por primera vez desde 1945, la Marea Alta Socialista se archivó discretamente, todas las referencias al Pensamiento Mao Zedong desaparecieron de la constitución y se denunció el culto a la personalidad. El liderazgo colectivo fue objeto de elogios. Acorralado por el discurso secreto de Jruschov, Mao se vio obligado a aceptar dichas medidas. Aunque conservara la presidencia del Partido, indicó que quería renunciar a la presidencia del Estado. Se trataba de un cargo básicamente honorífico que le desagradaba. Para probar la lealtad de sus colegas, insinuó que tal vez se retirara por problemas de salud. Pero Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, en vez de rogarle que se quedara, crearon un nuevo cargo de presidente honorífico para que Mao lo asumiera tan pronto como renunciase a la presidencia del Partido. En privado, el furioso Mao no ocultaba su cólera.2
La revuelta húngara brindó una oportunidad para que Mao volviera a imponerse. A principios de noviembre las tropas soviéticas aplastaron a los rebeldes en Budapest y el presidente culpó al Partido Comunista Húngaro de haberse labrado su propia desgracia al no prestar atención al descontento popular y haber permitido que se enquistara hasta escapar de todo control. Pensaba que el peligro que se corría en China no provenía tanto del malestar en el pueblo como de una rígida adhesión a las políticas del Partido. «Hay que impartir algunas lecciones al Partido. Es bueno que los estudiantes se manifiesten contra nosotros». Quería un gran ajuste de cuentas en el que personas ajenas al Partido Comunista presentaran sus críticas. «Los que insultan a las masas deben ser liquidados por las masas».3
Alentados por la exhortación a un debate más abierto formulada por Mao en mayo, descontentos de todos los estratos sociales empezaron a levantar la voz. La revuelta húngara había avivado aún más el malestar del pueblo, y estudiantes y trabajadores empezaron a invocar Budapest en actos de desafío contra el Estado. Cientos de estudiantes se congregaron frente a la oficina del alcalde de Nanjing y entonaron eslóganes en favor de la democracia y los derechos humanos. En ciudades de todo el país, los trabajadores se declararon en huelga para protestar por la pérdida de poder adquisitivo, la mala calidad de la vivienda y la reducción de los beneficios sociales. Algunas de las manifestaciones de Shanghái reunieron a miles de personas.
El malestar no se circunscribía sólo a las ciudades. Durante el invierno de 1956-1957, los granjeros empezaron a aban donar en masa los colectivos y se llevaron ganado, semillas y herramientas, resueltos a salir adelante por su cuenta.4
Como el propio presidente se había declarado defensor del pueblo y había apoyado su derecho democrático a ex presarse, el Partido no podía reprimir la oposición popular. En febrero de 1957, Mao fue más allá y animó a los intelectuales que hasta entonces se habían mantenido al margen a que se expresaran. Con un tono en apariencia sincero, enumeró ejemplos de graves errores cometidos por el Partido Comunista y lo acusó, en términos severos, de «dogmatismo», «burocratismo» y «subjetivismo». Mao apeló a la opinión pública para que ayudase a los miembros del Partido a mejorar su labor haciendo públicos los motivos de su descontento para que se pudieran resolver las injusticias sociales. Como un presagio de lo que ocurriría durante la Revolución Cultural, Mao utilizaba a los estudiantes y trabajadores como herramienta para aleccionar a sus propios camaradas.
No tardó en desatarse un torrente de críticas, pero Mao había errado penosamente en sus cálculos. Había contado con un torrente de adulaciones en el que los activistas seguirían sus indicaciones y castigarían al Partido que lo había marginado y había eliminado el Pensamiento Mao Zedong de la constitución, pero lo que sucedió fue que la gente escribió concisos eslóganes en favor de la democracia y los derechos humanos, y hubo quien llegó al extremo de solicitar que el Partido Comunista abandonase el poder. Los estudiantes habían realizado huelgas y manifestaciones esporádicas desde verano de 1956, pero en aquel momento decenas de miles salieron a la calle. El 4 de mayo de 1957 unos 8000 se concentraron en Beijing para celebrar el aniversario del Movimiento del 4 de Mayo, un alzamiento estudiantil que había fracasado en 1919. Erigieron un «Muro de la Democracia» cubierto de pósteres y eslóganes que culpaban al Partido Comunista por la «supresión de la libertad y la democracia en todas las instituciones educativas del país». En Shanghái, turbas airadas vilipendiaron, insultaron y se burlaron de los cuadros locales. En cientos de empresas se produjeron graves disturbios laborales que llegaron a implicar a más de 30.000 trabajadores. Nunca se había visto nada comparable en el país, ni siquiera durante el apogeo del régimen nacionalista en la década de 1930.5
La magnitud del descontento popular aguijoneó a Mao. Puso a Deng Xiaoping al mando de una campaña que denunció a medio millón de estudiantes e intelectuales como «derechistas» que buscaban la destrucción el Partido. A muchos de ellos los deportaron a comarcas remotas de Manchuria y Xinjiang para que realizaran trabajos forzados.
La apuesta de Mao había logrado un efecto opuesto al deseado, pero por lo menos el líder y sus camaradas de armas volvían a estar unidos en su voluntad de reprimir al pueblo. Una vez más al timón del Partido, Mao estaba deseoso de llevar adelante la colectivización radical del campo. En Moscú, adonde le invitaron en noviembre de 1957 junto con dirigentes comunistas del mundo entero para celebrar el cuadragésimo aniversario de la Revolución de Octubre, declaró ostensiblemente su adhesión a Jruschov al reconocerlo como líder del bloque socialista, pero al mismo tiempo desafió a su homólogo moscovita. Después de que Jruschov anunciara que la Unión Soviética se pondría a la altura de los Estados Unidos en producción per cápita de carne, leche y mantequilla, Mao tuvo la audacia de declarar que China tan sólo necesitaría quince años para superar a Gran Bretaña—que por aquel entonces todavía era una de las mayores potencias industriales—en producción de acero. El Gran Salto Adelante acababa de empezar.
En la propia China se reprendía a dirigentes como Zhou Enlai que pocos años antes no habían demostrado suficien te entusiasmo por la Marea Alta Socialista. Mao los humillaba en encuentros privados y en las reuniones del Partido. Bajo el redoble de los tambores de la propaganda se purgó a muchos de los dirigentes locales del Partido, así como a sus subalternos, y se les sustituyó por leales seguidores de Mao, que obligaron a los aldeanos a integrarse en gigantescas comunas populares que anunciaban el salto del socialismo al comunismo. La gente del campo perdió sus hogares, tierras, propiedades y medios de subsistencia. La comida se distribuía en las cantinas de los colectivos de acuerdo con los méritos individuales y se transformó en un arma que se utilizaba para obligar a todo el mundo a atenerse a los dictados del Partido. Al combinarse con la eliminación de la propiedad privada y del aliciente del lucro, estos experimentos provocaron un rápido declive en la producción de cereales. Pero en vez de dar la alarma, los cuadros locales cedían a la presión de sus superiores, que les exigían que mintieran y anunciaran cosechas cada vez mayores. Para no verse privados de sus puestos, entregaban al Estado porcentajes cada vez mayores de las cosechas, con lo que los aldeanos empezaron a pasar hambre.
En verano de 1959 los dirigentes del Partido celebraron un congreso en el complejo vacacional de la montaña de Lushan. El mariscal Peng Dehuai y otros presentaron tímidas críticas al Gran Salto Adelante. Al mismo tiempo, Jruschov condenó públicamente las comunas de Stalin durante una visita a la ciudad polaca de Poznań. Parecía un ataque cuidadosamente planeado contra Mao. El presidente temió que existiera un complot para derrocarlo y denunció a Peng y sus partidarios como camarilla antipartido, culpable de conspirar contra el Estado y el pueblo.
Empezó una persecución contra elementos «derechistas», porque se reemplazó a más de tres millones de cuadros por verdugos que se prestaban de buen grado a hacer todo lo necesario para alcanzar los objetivos fijados por el presidente. Como se hallaban bajo una presión constante para cumplir y superar los objetivos, muchos de ellos recurrían a medios de coerción todavía más duros, lo que resultó en una orgía de violencia todavía más extrema cuando los incentivos para el trabajo desaparecieron. En algunos lugares, tanto los aldeanos como los cuadros padecían tanta brutalidad que había que ampliar constantemente el alcance de la intimidación y la espiral de violencia fue cada vez mayor. A las personas que no trabajaban con suficiente ahínco las dejaban suspendidas en el aire y les pegaban palizas. A algunas las ahogaban en estanques. A otras las empapaban con orina o las obligaban a comer excrementos. En algunos casos les infligían mutilaciones. Un informe que llegó hasta los máximos dirigentes, incluido el presidente Mao, explicaba que le habían cortado una oreja a un hombre llamado Wang Ziyou, que le habían atado las piernas con alambre, habían dejado caer una piedra de diez kilos sobre su espalda y luego le habían marcado con un hierro al rojo vivo… como castigo por llevarse una patata de un sembrado.6 Incluso hubo casos de personas a las que las enterraron vivas. Un muchacho robó un puñado de cereales en un pueblo de Hunan y el dirigente local Xiong Dechang obligó al propio padre a enterrar vivo a su hijo. El hombre murió de dolor pocos días más tarde.7
No obstante, el arma más habitual era la comida, porque el hambre se transformó en castigo de primera instancia. Por todo el país, se privaba de comida a los que estaban demasiado enfermos para trabajar. Se prohibía el acceso a la cantina y se mataba de hambre a los enfermos, seres vulnerables y ancianos, porque los cuadros repetían la sentencia de Lenin: «El que no trabaja no debe comer». Se dejó morir a innumerables personas por pura negligencia, porque los cuadros locales se veían obligados a preocuparse por las cifras y no por las personas, y tenían que asegurarse de cumplir los objetivos dictados por los planificadores de Beijing. El experimento culminó en una de las matanzas más extraordinarias de la historia, en la que por lo menos 45 millones de personas murieron como consecuencia de los trabajos forzados, el hambre o los castigos físicos.8
A finales de 1960, la magnitud de la catástrofe obligó a Mao a permitir que Zhou Enlai y otros introdujesen medidas destinadas a debilitar el poder de las comunas sobre los aldeanos. Los mercados locales reabrieron y se autorizó de nuevo el cultivo de parcelas privadas. Se importaron cereales del extranjero. Fue el principio del fin de la hambruna. Pero al moderarse la presión para producir cereales, carbón y otros bienes al servicio del Estado, algunas de las grandes ciudades empezaron a sufrir graves carestías. En verano de 1961, Li Xiannian, ministro de Finanzas, anunció que los graneros estatales vacíos eran el problema más urgente que debía resolver el Partido.9 El campo estaba dejando Beijing, Tianjin y Shanghái sin abastecimiento, y obligaba a las instancias centrales a escuchar.
La estrella de Mao llegó a su punto más bajo en enero de 1962, durante el Congreso de los Siete Mil Cuadros del Partido, conocido por ese nombre a causa del número de asistentes. Si hubo algún momento en el que fue posible su destitución, fue en aquella reunión multitudinaria, porque cuadros de todos los rincones del país se reunieron por fin para intercambiar impresiones y posicionarse contra el desastre ocasionado por el Gran Salto Adelante. Llegaron a circular rumores de que un par de meses antes de la reunión el alcalde de Beijing, Peng Zhen, un hombre alto y delgado con una mano tullida, había pedido a uno de sus subordinados, un intelectual del Partido llamado Deng Tuo, que preparase un dosier sobre la hambruna y sobre el papel que Mao había tenido en ella. La investigación se llevó a cabo con el conocimiento de Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, y se celebraron varias reuniones secretas en un palacio de estilo barroco construido para la emperatriz viuda en el zoo de Beijing. Se dijo que Peng Zhen estaba dispuesto a encararse con el presidente.10
Décadas atrás, Stalin se había enfrentado a un reto parecido. En 1934, unos 2000 delegados se habían reunido en el Gran Salón del Kremlin para el Congreso de Vencedores en el que se celebraría el éxito de la colectivización agraria y la industrialización acelerada. Recibieron a Stalin con aplausos entusiastas. Por lo bajo, murmuraban contra sus métodos, y temían su ambición. Varios dirigentes del Partido que no veían con buenos ojos las dimensiones que había alcanzado el culto a la personalidad que lo rodeaba se reunieron en privado para discutir las posibilidades de destituirlo. Corrió el rumor de que había recibido tantos votos negativos que hubo que destruir una parte de las papeletas. Buena parte de la disconformidad en las filas del Partido se debía a la hambruna, porque se creía que Stalin era el responsable de ella. Sin embargo, nadie criticó en público al líder.11
Mao también recibía aplausos en Beijing. Muchos de los delegados buscaban la oportunidad de fotografiarse con el presidente.12 Ni siquiera los dirigentes de mayor rango se enfrentaban a él. Pero Liu Shaoqi habló largo y tendido sobre la hambruna al presentar su informe oficial ante un auditorio abarrotado. Liu era un hombre adusto, severo, de rostro arrugado y fofo. A menudo se pasaba toda la noche trabajando. La mayoría de los dirigentes iban con la cabeza descubierta, pero Liu se cubría siempre con un gorro de tela proletario. Un año antes, en abril de 1961, Mao lo había enviado al campo junto con otros dirigentes para que investigasen la hambruna. Liu había quedado realmente consternado al descubrir el estado en el que se hallaba su pueblo natal. En aquellos momentos informaba al auditorio de que los granjeros de Hunan creían que el desastre se debía en un 70 % a la acción humana y atribuían tan sólo un 30 % a causas naturales. El propio uso del término renhuo (‘desastre provocado por el hombre’) cayó como una bomba y se oyeron gritos ahogados entre el público. Liu también rechazó la frase «nueve dedos frente a uno», la expresión favorita de Mao para resaltar los éxitos por encima de los contratiempos. La tensión era palpable. «Me pregunto si podríamos decir que, en términos generales, la relación de éxitos frente a la de reveses es de siete a tres, aunque cada región es distinta. Un dedo frente a nueve dedos no se aplica a todos los lugares. Son muy pocas las regiones en las que los errores equivalen a un dedo y los éxitos a nueve dedos». Un Mao visiblemente molesto interrumpió a Liu: «¡Para nada son muy pocas, por ejemplo, la producción ha disminuido tan sólo en un 20 % de las regiones de Hebei, y en Jiangsu el 30 % de las regiones ha incrementado la producción un año tras otro!». Liu no se dejó intimidar y prosiguió: «En general, no podemos decir que se trate de un solo dedo, más bien de tres, y en algunos lugares incluso más».13
Pero, de todos modos, Liu trató de defender el Gran Salto Adelante. Igual que había ocurrido más de treinta años antes en Moscú, todos los delegados se apresuraron a proclamar que la «línea general» era correcta, lo que había fallado era su aplicación.
Hubo un hombre que empleó toda su influencia en respaldar al presidente. Lin Biao gozaba de una amplia consideración como uno de los estrategas más brillantes de la guerra civil. Era un hombre flaco, de piel blanca como la tiza. Sufría una amplia variedad de fobias relacionadas con el agua, el viento y el frío. Sólo con oír el rumor de agua corriente padecía diarrea. No bebía líquidos de ningún tipo y su mujer tenía que darle bollos al vapor empapados en agua para que no se deshidratara. Se cubría la cabeza casi en todo momento con su gorra militar para que no se le viera el cráneo mustio y sin cabello. A menudo se ausentaba por enfermedad, pero en el verano de 1959 había abandonado su vida recluida para acudir a la defensa del presidente en el pleno de Lushan. Como recompensa por su actuación, sustituyó a Peng Dehuai al frente del ejército. En la ocasión de la que estamos hablando elogió de nuevo al presidente y celebró el Gran Salto Adelante como un éxito sin precedentes en la historia china: «Los pensamientos del presidente Mao son siempre correctos […] jamás pierde de vista la realidad […] siento hasta lo más hondo que todas las veces en las que nuestro trabajo salió bien se debió precisamente a que aplicamos de manera exhaustiva el pensamiento del presidente Mao y no tratamos de modificarlo. Todas las ocasiones en que las ideas del presidente Mao no se respetaron lo suficiente, o se intentó modificarlas, aparecieron problemas. Eso es, esencialmente, lo que demuestra la historia de nuestro Partido durante las últimas décadas».14
Mao estaba satisfecho con Lin, pero recelaba de todos los demás. Ponía la mejor cara que podía y hacía el papel de an ciano paternal y benévolo, «un gigante de carácter dulce que hablaba sin cesar sobre la historia de China y citaba narrativa de ficción clásica. Una deidad olímpica dispuesta a reconocer que también era capaz de equivocarse».15 Trataba de desarmar a los delegados y apaciguar sus miedos. Promovía un entorno abierto y democrático en el que todo el mundo podía hablar sin miedo a represalias. En realidad, quería descubrir qué pensaba cada uno de ellos. En los grupos de discusión más pequeños, que se reunían aparte de los grandes discursos del Partido, algunos de los delegados expresaban peligrosas críticas. Unos pocos dirigentes provinciales pensaban que la hambruna se debía por completo a la acción humana. Otros se preguntaban cuántos millones habrían muerto y comparaban los datos de sus respectivas provincias. Los había, incluso, que creían que el presidente no podía rehuir sus culpas: «Ante un problema tan grave, el presidente Mao debería asumir su responsabilidad».16 Uno de los delegados señaló que las comunas populares habían sido idea del presidente. Mao leía las transcripciones de los debates con un gran desprecio: «Se quejan todo el día y van a ver espectáculos durante la noche. Comen tres veces al día… y se tiran pedos. Eso es todo lo que el marxismo-leninismo significa para ellos».17
Sin embargo, Mao ofreció una disculpa simbólica. Reconoció que, en calidad de presidente del Partido, cargaba por lo menos con una parte de las responsabilidades. Fue una maniobra astuta, porque obligó a los demás líderes a seguir su ejemplo y reconocer sus propios fallos. Entonces tuvo lugar una retahíla de confesiones. Zhou Enlai, por ejemplo, aceptó su responsabilidad personal por las requisas de cereales excesivas, las cifras de producción hinchadas, el expolio de cereales en las provincias y las exportaciones de alimentos cada vez mayores. Asistente hábil y leal, de rasgos faciales muy marcados, ojos grandes y cejas pobladas, y maneras algo afeminadas, se había vuelto indispensable porque era un excelente administrador. En los inicios de su carrera revolucionaria, Zhou había resuelto que no desafiaría jamás a Mao, aunque su señor lo humillara periódicamente ante los otros dirigentes, como por ejemplo durante los primeros meses de 1958, en los que Mao lo había censurado por manifestar un entusiasmo insuficiente por la colectivización de la agricultura. Zhou había trabajado sin descanso durante el Gran Salto Adelante para probarse. En aquel momento declaraba: «Los defectos y errores de los últimos años tuvieron lugar precisamente cuando contravinimos la línea general y las preciosas instrucciones del presidente Mao».18 Wang Renzhong, abyecto seguidor de Mao y secretario del Partido en Hubei, confesó que su provincia había inducido a error a Beijing al hinchar las cifras de producción. Liu Zihou admitió que Hebei, la provincia que se hallaba bajo su autoridad, se había inventado las cosechas récord de varios condados que luego Beijing había puesto como modelo. Zhou Lin, máximo dirigente de Guizhou, fue todavía más allá y reconoció que los aldeanos sobre los que tenía autoridad habían sufrido persecuciones injustas bajo la falsa acusación de ocultar cereales.19
Todas estas confesiones desviaron la atención que de otro modo habría recaído sobre Mao. Lo más importante fue que contrarrestaron el intento de Peng Zhen de desacreditar al presidente. El largo informe que el alcalde de Beijing había preparado meses antes no llegó a ver la luz del día. En definitiva, el Partido no tomó medidas para evitar que su presidente pudiera provocar un nuevo desastre, sino que le ayudó a salvar su imagen.
Mao sobrevivió al Congreso de los Siete Mil Cuadros del Partido, pero, más que nunca, temía perder el control sobre el Partido. En 1934, el Congreso de Vencedores realizado en la Unión Soviética acabó por convertirse en un congreso de víctimas. Durante los cuatro años siguientes, más de la mitad de los 2000 delegados fueron ejecutados o enviados al gulag. Stalin llevó a cabo una excelente labor de persecución contra sus enemigos durante el Gran Terror. En palabras del historiador Robert Service: «Su brutalidad funcionaba mecánicamente, como una trampa para tejones».20 Mao actuó de una manera mucho más caprichosa. Puso patas arriba deliberadamente a una sociedad entera y espoleó a millones de personas a la violencia con tal de conservar su posición de mando.
Uno de los primeros pasos que dio Mao cuando ya no pudo negar la magnitud de la hambruna fue culpar de ella a los enemigos de clase. En noviembre de 1960 escribía: «Gente malvada se ha hecho con el poder y ha provocado las palizas, las muertes, la escasez de cereales y el hambre». Y añadía: «La revolución democrática todavía no ha llegado a su término, porque fuerzas feudales, llenas de odio contra el socialismo, causan problemas y sabotean las fuerzas productivas socialistas».21 Unos meses más tarde expresó su sorpresa ante el alcance de la contrarrevolución: «¿Quién habría pensado que habría tantos contrarrevolucionarios en el campo? No esperábamos que la contrarrevolución usurpara el poder en las aldeas y llevara a cabo crueles actos de venganza de clase».22
Era una jugada predecible. Décadas antes, Stalin también había declarado que el éxito de la colectivización había «en furecido a los lacayos de las clases derrotadas». En su Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la URSS, también conocida como Curso breve explica: «Empezaron a vengarse del Partido y del pueblo por su propio fracaso, por su propia quiebra. Empezaron a recurrir al juego sucio y a sabotear la causa de los obreros y los trabajadores de las granjas colectivas, pusieron bombas en las minas, pegaron fuego a las fábricas y causaron destrozos en granjas colectivas y estatales, con el objeto de frustrar los éxitos de los obreros y los trabajadores de las granjas colectivas».23
El Curso breve tuvo una tirada de más de 42 millones de ejemplares en ruso, y se tradujo a sesenta y siete idiomas,24 uno de ellos el chino. El Libro Rojo—así se llamaba en aquellos tiempos al Curso breve—se estudió como la Sagrada Biblia en los años posteriores a 1949, cuando el eslogan era «El hoy de la Unión Soviética es nuestro mañana». Según uno de los secretarios del presidente, «las ideas de Stalin ofrecían fáciles atajos a Mao». El mensaje central del Curso breve era que todo desarrollo significativo resultaba del enfrentamiento político entre la línea correcta, representada por Lenin y Stalin, y posiciones incorrectas adoptadas por una serie de grupos antipartido a los que se había eliminado satisfactoriamente en el camino hacia el socialismo. El libro perdió relevancia después de que Jruschov denunciara a Stalin, aunque jamás fuera objeto de un repudio oficial.25
Mao manifestó su veneración por dicho texto aun después de 1956. La noción de Stalin de que «a medida que se profundiza en la revolución socialista, la lucha de clases se intensifica» tenía una particular importancia. En palabras del Curso breve, habría sido «complacencia oportunista» asumir que «a medida que nos volvemos más fuertes, el enemigo se volverá más sumiso y más inofensivo». Lo que ocurría en realidad era justamente lo contrario y esto exigía vigilancia, «verdadera vigilancia revolucionaria bolchevique». El enemigo ya no estaba en el exterior, sino que se escondía a la vista de todo el mundo, en las filas del Partido.
En el Congreso de los Siete Mil Cuadros del Partido celebrado en enero de 1962, Mao se había contentado con una mera alusión a la lucha de clases: «Ciertas personas adoptan el disfraz de miembros del Partido Comunista, pero no representan en absoluto a la clase obrera, sino a la burguesía. No todo es puro dentro del Partido. Tenemos que entender esto porque si no sufriremos».26 Se hallaba en una posición difícil y no pudo insistir más en la cuestión.
