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En 1949, tras una sangrienta guerra civil, Mao Zedong izó la bandera roja en la Ciudad Prohibida de Pekín. Pero la victoria del Partido Comunista de China sobre las fuerzas de Chiang Kai-shek no trajo paz, libertad y justicia, sino la instauración del sistema del terror propio de los regímenes totalitarios y la violencia sistemática que causó la muerte de cinco millones de personas. A la luz de los datos descubiertos tras la reciente apertura de los archivos gubernamentales de la República Popular, Frank Dikötter construye una estremecedora crónica de la revolución china en la que los testimonios de los civiles y el análisis de las brutales políticas del gobierno de Mao se conjugan para ofrecernos un revelador documento. Este fascinante libro—segundo volumen de la «trilogía del pueblo», que incluye asimismo «La gran hambruna en la China de Mao» y «La Revolución Cultural», también publicadas en Acantilado—da voz a las numerosísimas víctimas del comunismo en China silenciadas durante décadas y arroja luz sobre los orígenes de una de las potencias mundiales del siglo XXI. «Un libro imprescindible, apasionante. Es una crónica precisa y concisa de la brutalidad que ejerce la ingeniería política practicada sin remisión, compasión, ni escrúpulos». Fernando R. Lafuente, ABC «Un gran ensayo, absolutamente necesario». Quimera «El rigor, unido a la minuciosidad y el detalle hasta lo doloroso hacen del libro-trilogía un sobresaliente trabajo de investigación cuya divulgación debe de ser casi un imperativo ético». José Ángel López Jiménez, Qué Leer «Como en su primera entrega, este segundo título reúne los testimonios de las víctimas y analiza la crueldad del régimen haciendo uso de los archivos que ven por primera vez la luz para los historiadores». Fernando Bonete Vizcaino, El debate de hoy «Una lectura esencial para quien desee conocer las sombras de una de las revoluciones más importantes del mundo». The Guardian «Dikötter es implacable y no escatima detalles. La historia deberá revisarse a la luz de esta rigurosa investigación sobre la revolución comunista en China y la masacre que supuso». Sunday Times
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Seitenzahl: 844
Veröffentlichungsjahr: 2025
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FRANK DIKÖTTER
LA TRAGEDIA
DE LA LIBERACIÓN
UNA HISTORIA
DE LA REVOLUCIÓN CHINA
(1945-1957)
TRADUCCIÓN DEL INGLÉS
DE JOAN JOSEP MUSSARRA
ACANTILADO
BARCELONA 2025
CONTENIDO
Mapa. China en 1957
Prefacio
PRIMERA PARTELA CONQUISTA (1945-1949)
1. Asedio
2. Guerra
SEGUNDA PARTELA TOMA DEL PODER (1949-1952)
3. La liberación
4. El huracán
5. El Gran Terror
6. El telón de bambú
7. Una vez más, guerra
TERCERA PARTELA REGIMENTACIÓN (1952-1956)
8. La purga
9. La reforma del pensamiento
10. Camino de servidumbre
11. Marea alta
12. El gulag
CUARTA PARTELA RESISTENCIA (1956-1957)
13. Entre bastidores
14. Malas hierbas
Cronología
Agradecimientos
Bibliografía selecta
Gánate a la mayoría, oponte a la minoría
y aplasta por separado a tus enemigos.
MAO ZEDONG
El Partido Comunista de China llama «liberación» a su victoria de 1949. Dicho término evoca imágenes de multitudes exultantes que salen a la calle a celebrar la libertad recién conquistada. Pero en China la historia de la liberación, y de la revolución que la siguió, no es una historia de paz, libertad y justicia. Es, por encima de todo, una historia de calculado terror y violencia sistemática.
En China, la Segunda Guerra Mundial fue muy sangrienta, pero la guerra civil que tuvo lugar entre 1945 y 1949 también segó cientos de miles de vidas civiles, por no hablar de las bajas militares. En la lucha por arrancar el país de las manos de Chiang Kai-shek y de los nacionalistas, los comunistas sitiaron una ciudad tras otra y las sometieron por medio del hambre. Changchun, en medio de la vasta llanura manchú que se encuentra al norte de la Gran Muralla de China, sufrió un sitio de cinco meses en 1948. Lin Biao, comandante de las tropas comunistas, ordenó transformarla en una «ciudad de muerte». Trazó un perímetro en torno a la ciudad con centinelas cada cincuenta metros y prohibió que los hambrientos civiles la abandonaran, obligándolos a consumir las reservas de cereales de los nacionalistas. La gente comía hierba, insectos y corteza de árbol para sobrevivir. Unos pocos se pasaron a la carne humana. La artillería antiaérea y la pesada bombardeaban la ciudad día y noche. Por lo menos 160.000 personas murieron de hambre y de enfermedades durante el asedio.
Unos pocos meses más tarde, el Ejército de Liberación del Pueblo entró en Beijing sin hallar resistencia. Otras ciudades también se rindieron sin un solo disparo, para no tener que sufrir un prolongado asedio. En algunas partes del país, multitudes de simpatizantes recibían con alegría a los comunistas. Sentían alivio porque la guerra había llegado a su fin y albergaban esperanzas de un futuro mejor. Por toda China, las personas aceptaron la liberación con una mezcla de miedo, resignación y esperanza.
En el campo, después de la liberación llegó la reforma agraria. Los granjeros recibieron parcelas de tierra a cambio de derrocar a sus dirigentes. La violencia fue un elemento imprescindible en la redistribución de la tierra e implicó a una mayoría en el asesinato de una minoría cuidadosamente seleccionada. A los equipos de trabajo les eran asignadas cuotas de personas a quienes los aldeanos, reunidos en asambleas de cientos de personas en una atmósfera cargada de odio, debían denunciar, humillar, apalear, expropiar y, al fin, asesinar. Como consecuencia de un pacto de sangre entre el Partido y los pobres, llegaron a morir hasta 2 millones de presuntos «terratenientes», que a menudo no vivían mucho mejor que sus vecinos. Liu Shaoqi, segundo al mando, informó desde Hebei que algunos de ellos habían fallecido enterrados en vida, que a otros los habían atado y desmembrado, y a otros los habían matado a tiros o estrangulado. A algunos niños los asesinaron por ser «pequeños terratenientes».
Menos de un año después de la liberación empezó un Gran Terror, planeado para eliminar a todos los enemigos del Partido. Mao decretó una cuota de ejecuciones de una persona por cada mil, pero en muchas regiones del país se ajustició al doble o el triple, a menudo con los pretextos más peregrinos. Aldeas enteras fueron arrasadas. Se acusaba a niños de tan sólo seis años de haber espiado para el enemigo y se les torturaba hasta la muerte. A veces, los cuadros del Partido elegían presos al azar y hacían que los mataran a tiros para cumplir con la cuota. A finales de 1951, casi 2 millones de personas habían muerto asesinadas, a veces en espectáculos públicos que se celebraban en estadios, pero más a menudo a escondidas, en bosques, cañadas, junto a ríos. De uno en uno o en grupo. Una gigantesca red de prisiones establecidas a lo largo y ancho del país acabó con muchos más.
Parafraseando la observación de Simon Schama sobre la Revolución francesa, podríamos decir que la violencia era la propia revolución. Pero bastaba con infligirla tan sólo en algunos casos para que fuera efectiva. El miedo y la intimidación eran sus inseparables compañeros y se recurría ampliamente a ellos. Se animó a la gente a transformarse en lo que los comunistas llamaban un «Nuevo Pueblo». En todas partes—en las oficinas del gobierno, en las fábricas, en los talleres, en las escuelas y universidades—se les «reeducaba» y se les hacía estudiar periódicos y libros de texto para que aprendiesen las respuestas correctas, las ideas correctas, los eslóganes correctos. Aunque la violencia se apaciguara al cabo de unos años, la reforma del pensamiento no terminó, porque se obligaba a las personas a examinar sus propias convicciones y a reprimir las impresiones pasajeras que podían revelar pensamientos burgueses ocultos tras una máscara de acatamiento del socialismo. Una y otra vez, ante las multitudes, o en sesiones de estudio sometidas a una estricta supervisión, había que escribir confesiones, denunciar a los amigos, justificar las actividades del pasado y responder a preguntas sobre su fiabilidad política. Una víctima lo llamó «un Auschwitz del espíritu cultivado con esmero».
Pero el régimen no se fundamentaba tan sólo en la mera violencia y la intimidación. La historia del comunismo en China es también una historia de promesas quebrantadas. Antes de imponerse, los comunistas querían seducir. Igual que Lenin y los bolcheviques, Mao llegó al poder a base de prometer a cada uno de los grupos de desafectos lo que éste más quería: tierra a los granjeros, independencia a todas las minorías étnicas, libertad a los intelectuales, protección de la propiedad privada a los comerciantes, unos niveles de vida más elevados a los trabajadores. El Partido Comunista de China arrastró tras de sí a una mayoría bajo la bandera de la Nueva Democracia, un eslogan que prometía cooperación con todo el mundo, salvo con los enemigos más empedernidos del régimen. Tras la fachada de un «frente unido», cierto número de organizaciones no comunistas, como el Partido Democrático, recibieron su cuota de poder, si bien siempre bajo el liderazgo del Partido Comunista.
Las promesas se rompieron una tras otra. Mao era un maestro de la estrategia: «Gánate a la mayoría, oponte a la minoría y aplasta por separado a tus enemigos». Eliminó a toda una serie de oponentes, uno tras otro, con la involuntaria colaboración de los enemigos del día siguiente, de todos aquellos a quienes se engatusó para que colaborasen con las autoridades. Inmediatamente después de la cruenta campaña de terror de 1951, el régimen se volvió contra los antiguos funcionarios del gobierno a los que pocos años antes había rogado que permanecieran en sus puestos. Sus servicios ya no eran necesarios y más de 1 millón de ellos perdieron sus cargos o fueron a parar al calabozo.
El ataque contra la comunidad empresarial tuvo lugar en 1952. Se arrastró a los empresarios a sesiones de denuncia en las que tenían que encararse con sus empleados, a quienes antes se había adoctrinado para que sintieran un odio febril (real o fingido) contra aquéllos. En tan sólo dos meses, más de 600 empresarios, hombres de negocios y comerciantes se suicidaron en la ciudad de Shanghái. Muchos otros se arruinaron. Todo lo que pudiera proteger al empresario contra el Estado desapareció. Se abolieron todas las leyes y órganos judiciales, y se reemplazaron por un sistema legal inspirado en el de la Unión Soviética. No había libertad de expresión. Los tribunales independientes desaparecieron y en su lugar se instauraron tribunales populares. Las delegaciones locales de la Federación de Industria y Comercio de Toda la China, controlada por el Estado, se apoderaron de las cámaras de comercio autónomas. En 1956, el gobierno expropió todas las propiedades privadas—desde los pequeños comercios hasta las grandes industrias—bajo la llamada «política de redención por medio de compra», aunque no hubiera compra ni redención.
En el campo, a pesar de la violenta resistencia a la colectivización y de la devastación que ésta produjo, los granjeros perdieron aperos de labranza, tierras y ganado en 1956. También perdieron la libertad de movimientos y se les obligó a vender sus cereales al Estado por los precios que fijaba el propio Estado. Se transformaron en siervos de la gleba, sometidos en todo a los cuadros locales del Partido. Ya en el año 1954, el propio régimen reconocía que los granjeros disponían de un tercio menos de comida que durante los años previos a la liberación. Casi todos los que vivían en el campo estaban sometidos a la dieta del hambre.
En 1957, Mao se volvió contra los intelectuales y envió a medio millón de ellos al gulag. Fue la culminación de una serie de iniciativas del Partido para eliminar toda oposición, tanto si provenía de minorías étnicas como de grupos religiosos, granjeros, artesanos, empresarios, industriales, maestros, académicos o miembros del propio Partido escépticos. Al cabo de una década de gobierno comunista, apenas si quedaba nadie que pudiera oponerse al Presidente.
Pero, al mismo tiempo que se quebrantaban todas las promesas, el Partido no dejaba de ganar seguidores. Muchos de ellos eran idealistas, algunos oportunistas y otros meros delincuentes. Exhibían una fe sorprendente y una convicción que lindaba con el fanatismo, a veces incluso después de que la propia maquinaria del Partido los devorara. Unos pocos intelectuales del Partido purgados en 1957 se presentaron como voluntarios para trabajar en el Gran Páramo Septentrional (en chino, Beidahuang), un vasto pantano infestado de mosquitos donde los prisioneros iban a trabajar en la recuperación de tierras. Lo vieron como una oportunidad de redimirse y de regenerarse, con la esperanza de que una vez más se les permitiera servir al Partido.
«¿Se puede mencionar algo que los comunistas chinos hayan hecho bien?», se preguntaba Valentin Chu en un libro fundamental titulado The Inside Story of Communist China, publicado una década después de la conquista del poder por los comunistas. Su respuesta fue que un simple acto, o un simple programa, aislado de su contexto, puede parecer muy valioso; por ejemplo, una presa que funcionaba, una guardería donde los niños estaban bien atendidos, una cárcel en la que se trataba a los presos con humanidad. La campaña para erradicar el analfabetismo en el campo fue digna de todo encomio, mientras duró. Pero estos éxitos aislados, si los contemplamos en el contexto de cuanto acaeció en el país entre 1949 y 1957, no se pueden considerar hitos de una tendencia más general hacia la igualdad, la justicia y la libertad, los valores que pregonaba el propio régimen.
Personas de todo tipo se vieron atrapadas en esta enorme tragedia y conforman el tema central de este libro. Sus experiencias se han silenciado a menudo, especialmente mediante la propaganda oficial, que garantizaba la circulación constante de declaraciones de los altos cargos. La propaganda versaba sobre el mundo que se aspiraba a construir y no sobre la realidad del país. Era un mundo de planes, proyectos y modelos, que presentaba trabajadores y campesinos modelo, y no personas de verdad, de carne y hueso.
En ocasiones, los historiadores también han confundido el mundo abstracto presentado por la propaganda con las complicadas tragedias individuales de la revolución, y se han creído con excesiva facilidad la imagen deslumbrante que el régimen se esforzó por proyectar en el resto del mundo. Hay quien ha dicho que los años de la liberación fueron una «Edad de Oro» o una «Luna de Miel», por contraste con el cataclismo de la Revolución Cultural que empezó en 1966. En un plano más popular, los guardianes de la fe no dejan de presentar la revolución china como uno de los acontecimientos más importantes en la historia del mundo, sobre todo desde que otros dictadores comunistas, como Stalin en Rusia, Pol Pot en Camboya y Kim Il-sung en Corea del Norte, han perdido gran parte de su credibilidad. Pero, como demuestra este libro, la primera década de maoísmo fue una de las peores tiranías en la historia del siglo XX, condenó a una muerte prematura a por lo menos 5 millones de civiles y trajo la miseria a un número incontable.
El grueso de la información que se presenta en este libro procede de los archivos del Partido en China. Durante los últimos años ha sido posible acceder a una gran cantidad de materiales y he recurrido a centenares de lo que hasta ahora eran documentos clasificados, como informes de la policía secreta, versiones no censuradas de importantes discursos de los líderes, confesiones extraídas durante las campañas de reforma del pensamiento, investigaciones sobre las revueltas que tuvieron lugar en el campo, estadísticas detalladas de las víctimas del Gran Terror, estudios sobre las condiciones de trabajo en fábricas y talleres, cartas de queja escritas por personas corrientes y mucho más. Otras fuentes pueden ser las memorias personales, cartas y diarios, así como narraciones de testigos oculares que vivieron la revolución. Los simpatizantes del régimen han descartado injustamente muchas de las afirmaciones de estos testimonios, pero ahora la información procedente de los archivos los corrobora y les infunde nueva vida. Tomadas en su conjunto, estas fuentes nos ofrecen una oportunidad sin precedentes de explorar por debajo de la vistosa superficie de la propaganda y recuperar las historias de hombres y mujeres corrientes que fueron, a la vez, los principales protagonistas y las principales víctimas de la revolución.
La tragedia de la liberación es el segundo volumen de «La trilogía del pueblo». Precede cronológicamente al volumen anterior, La gran hambruna en la China de Mao,1 que abordaba la catástrofe provocada que se cobró decenas de millones de vidas entre 1958 y 1962. Más adelante aparecerá un tercer y último volumen sobre la Revolución Cultural. La naturaleza del material archivístico que sostiene la «La trilogía del pueblo» se explicaba con mayor detalle en una nota sobre las fuentes incluida en La gran hambruna.2
En verano del año 2006, unos obreros que trabajaban en un nuevo sistema de riego para Changchun se pusieron a cavar zanjas y efectuaron un descubrimiento espantoso: aquella tierra negra y fértil estaba repleta de restos humanos. A un metro bajo tierra había miles de esqueletos apilados. Al cavar más hondo, los trabajadores encontraron nuevas capas de huesos, amontonadas como si fueran leña. Una multitud de lugareños se congregaron en torno al área excavada y se quedaron desconcertados por la magnitud de la fosa común. Hubo quien pensó que los cadáveres debían de pertenecer a víctimas de la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. Nadie, salvo un anciano, se dio cuenta de que acababan de tropezar con restos de la guerra civil que se reanudó entre los comunistas de Mao Zedong y los nacionalistas de Chiang Kai-shek después de 1945.
En 1948 los comunistas sitiaron Changchun durante cinco meses y rindieron por el hambre a una guarnición nacionalista estacionada tras los muros de la ciudad. La victoria tuvo un precio muy elevado. Al menos 160.000 civiles murieron de hambre durante el bloqueo. Después de la liberación, las tropas comunistas enterraron muchos de los cadáveres en fosas comunes sin una lápida, una placa funeraria, ni siquiera una simple señalización. Después de varias décadas de propaganda sobre la pacífica liberación de China, son pocos quienes recuerdan a las víctimas del ascenso al poder del Partido Comunista.1
Changchun, ubicada en el centro de la vasta llanura manchú al norte de la Gran Muralla, fue una pequeña ciudad mercantil hasta la llegada del tren en 1898. Entonces conoció un desarrollo muy rápido, porque era un punto de enlace entre el Ferrocarril del Sur de Manchuria, en manos de los japoneses, y el Ferrocarril de China del Este, propiedad de los rusos. En 1932 Changchun se erigió en capital de Manchukuo, un Estado títere del Japón imperial. Los nipones nombraron jefe de dicho Estado a Henry Puyi, conocido posteriormente como «el último emperador». Los japoneses transformaron la ciudad en una urbe moderna de plano radial, con amplias avenidas, árboles para dar sombra y obras públicas diversas. Edificios grandes de color crema para la burocracia imperial aparecieron junto a parques espaciosos, al mismo tiempo que se construían elegantes mansiones para los colaboradores autóctonos y sus consejeros japoneses.
En agosto de 1945, el ejército soviético ocupó la ciudad y desmanteló en la medida de lo posible las fábricas, las máquinas y los materiales, y cargó el botín de guerra en trenes para enviarlo a la Unión Soviética. Demolieron las instalaciones industriales y saquearon muchas de las casas más espléndidas. Los soviéticos se quedaron hasta abril de 1946, y entonces la ciudad pasó al control del ejército nacionalista. Dos meses más tarde empezó la guerra civil y Manchuria se convirtió una vez más en un campo de batalla. Los ejércitos comunistas tomaron la iniciativa y descendieron desde el norte. Cortaron el ferrocarril que conectaba Changchun con las plazas fuertes nacionalistas que se hallaban más al sur.
En abril de 1948, los comunistas avanzaron hasta la propia Changchun. Comandados por Lin Biao, un hombre de cuerpo enjuto que se había formado en la Academia Militar de Whampoa, sitiaron la ciudad. A Lin se le consideraba uno de los mejores comandantes en el campo de batalla y un brillante estratega. Además, era implacable. Cuando se dio cuenta de que Zheng Dongguo, oficial que se encargaba de la defensa de Changchun, no capitularía, ordenó rendir por hambre la ciudad. El día 30 de mayo de 1948 llegó su orden: «Transformad Changchun en una ciudad de muerte».2
En Changchun había unos 500.000 civiles, muchos de ellos refugiados que habían huido del avance comunista y no habían podido terminar el viaje a Beijing porque las líneas de ferrocarril estaban cortadas. También había una guarnición de unos 100.000 soldados nacionalistas. Se impuso casi de inmediato el toque de queda. Todo el mundo debía permanecer en casa desde las ocho de la tarde hasta las cinco de la mañana. Se ordenó a todos los hombres capaces de trabajar que se pusieran a cavar zanjas. No se autorizaba a nadie a marcharse. Los centinelas tenían órdenes de matar en el acto a todo el que no se dejara registrar. Pero durante la primera semana de asedio todavía se respiraba cierto aire de buena voluntad, porque se arrojaban suministros de emergencia desde el aire. Algunas personas con cierta capacidad económica organizaron un Comité de Movilización de Changchun, que ofrecía dulces y cigarrillos, se encargaba de tratar a los heridos y montaba puestos donde los hombres tomaban té.3
Pero la situación no tardó en deteriorarse. Changchun quedó aislada, sitiada por 200.000 soldados comunistas que excavaron minas ofensivas y sabotearon las conducciones subterráneas de agua. Dos docenas de cañones antiaéreos y artillería pesada bombardeaban la ciudad durante todo el día, centrándose en los edificios gubernamentales. Los nacionalistas construyeron tres líneas defensivas de blocaos en torno a Changchun. Entre las líneas nacionalistas y las comunistas quedó una tierra de nadie que no tardó en poblarse de bandidos.4
El 12 de junio de 1948, Chiang Kai-shek mandó un cable en el que revocaba la prohibición de abandonar Changchun. Aunque el enemigo no hubiese disparado, los aviones del bando nacionalista seguían sin tener capacidad suficiente para abastecer una ciudad entera. Pero es que, además, la artillería antiaérea de los comunistas los obligaba a volar a una altura de 3000 metros. Muchos de los paquetes caían fuera del área controlada por los nacionalistas. Éstos, para impedir la hambruna, animaron a la población a huir al campo. Una vez fuera, no se les permitía regresar a la ciudad, porque no había manera de alimentarlos. Todos los refugiados que se marchaban tenían que pasar por una rigurosa inspección. Se les prohibía llevar objetos metálicos como cazos y sartenes, así como oro y plata, y también sal, porque ésta se consideraba un producto de primera necesidad. A continuación, los refugiados tenían que atravesar la tierra de nadie, un terreno oscuro y peligroso dominado por bandas, por lo general desertores del ejército, que robaban a las personas indefensas. Muchas de las cuadrillas poseían armas de fuego, e incluso caballos. Algunas empleaban contraseñas. Los refugiados más hábiles lograban conservar alguna joya, un reloj o una estilográfica, pero si los forajidos descubrían un pendiente o un brazalete ocultos en las costuras de la ropa, era habitual que les pegasen un tiro. A veces les quitaban toda la ropa. Para salvar sus pertenencias de mayor valor, algunos las escondían en el fondo de un saco de lona repleto de andrajos, en ocasiones ropa de bebé empapada en orina, con la esperanza de que el hedor repeliera a los bandidos.5
Muy pocos lograron traspasar las líneas comunistas. Lin Biao había apostado un centinela cada cincuenta metros a lo largo de un perímetro fortificado con alambradas y zanjas de cuatro metros de profundidad. Todas las salidas estaban cerradas. Le escribió a Mao:
No permitimos que los refugiados se marchen y los exhortamos a volver sobre sus pasos. Al principio, este método era muy efectivo, pero luego la hambruna se agravó y los civiles hambrientos abandonaban la ciudad en rebaño a todas horas del día y de la noche, y cuando los rechazamos empezaron a agruparse en el área que media entre nuestras tropas y las del enemigo.
Lin describe la desesperación de los refugiados por pasar a través de las líneas comunistas y explica:
Se arrodillaban en masa frente a nuestras tropas y nos rogaban que los dejáramos pasar. Había quien nos dejaba a sus bebés y sus niños pequeños y huía, otros se ahorcaban frente a los puestos de los centinelas. Los soldados que presenciaban toda esta miseria se desalentaban, y algunos llegaban al extremo de caer de rodillas y llorar con los hambrientos, al tiempo que les decían: «No hacemos más que seguir órdenes». Otros les dejaban pasar en secreto. En cuanto hubimos corregido esta situación, salió a la luz otra tendencia, a saber, que ciertos soldados pegaban, ataban y disparaban a los refugiados, y mataban a algunos de ellos (no tenemos cifras de los que han sido heridos o golpeados hasta la muerte).
Medio siglo más tarde, Wang Junru explicaba lo que había ocurrido en sus tiempos de soldado: «Nos dijeron que esas personas eran enemigos y que tenían que morir». Los comunistas habían obligado a Wang a enrolarse en su ejército cuando tenía quince años. Durante el asedio estuvo con los otros soldados a quienes se había ordenado que obligaran a los civiles hambrientos a retroceder.6
A finales de junio, había unas 30.000 personas atrapadas entre los comunistas, que no los dejaban pasar, y los nacionalistas, que no les permitían regresar a la ciudad. Cada día morían cientos. Dos meses más tarde había más de 150.000 civiles atrapados en aquella zona de muerte, constreñidos a alimentarse de hierba y hojas, condenados a una muerte lenta. Había cadáveres por todas partes, con la barriga hinchada bajo un sol abrasador. Un superviviente recuerda que «el olor acre de la descomposición lo impregnaba todo».7
Dentro de la ciudad la situación no era mucho mejor. Además de los paquetes que se arrojaban desde el aire para el mantenimiento de la guarnición, habrían sido necesarias unas 330 toneladas diarias de cereales para alimentar a los civiles, pero los cuatro o cinco aviones que se encargaban de ello lograban introducir, en el mejor de los casos, 84 toneladas por día, y a menudo mucho menos. Todo lo que pudiera haber en Changchun había sido requisado para la defensa. En agosto, Chiang Kai-shek había llegado al extremo de prohibir el comercio privado, bajo amenaza de muerte para el comerciante que se atreviera a contravenir la orden. Los soldados nacionalistas no tardaron en volverse contra los civiles y robarles a punta de pistola. Mataron todos los caballos del ejército, y luego también los perros, los gatos y las aves. La gente corriente devoraba el sorgo y el maíz podridos y finalmente arrancó la corteza de los árboles. Otros comían insectos y el cuero de los cinturones. Unos pocos recurrieron a la carne humana, que se vendía a 1,20 dólares la libra en el mercado negro.8
Los casos de suicidio colectivo eran muy frecuentes. Familias enteras se quitaban la vida para escapar de la miseria. Todos los días morían docenas de personas en la calle. «Estábamos echados en la cama muriendo de hambre—explicaba Zhang Yinghua en una entrevista sobre la hambruna que acabó con su hermano, su hermana y la mayoría de sus vecinos—. No teníamos fuerzas ni para andar a gatas». Song Zhanlin, otra superviviente, recuerda que pasó frente a una casa que tenía la puerta abierta:
Entré a echar un vistazo y encontré una docena de cadáveres, algunos sobre la cama y otros en el suelo. Entre los que estaban en la cama, uno había quedado con la cabeza sobre una almohada y una muchacha aún sostenía a un bebé. Parecía que se hubieran dormido. El reloj de la pared aún funcionaba.9
Llegó el otoño y las temperaturas descendieron drásticamente, así que los que habían sobrevivido hasta entonces tuvieron que luchar por mantener el calor. Arrancaron tablas del suelo, techumbre y a veces hasta edificios enteros para utilizarlos como leña. Derribaron árboles e incluso robaron carteles de madera. Arrancaron el asfalto de la calle. Como si se hubiera tratado de una implosión a cámara lenta, la progresiva destrucción de la ciudad empezó por las afueras y avanzó poco a poco hacia el centro. El 40% de los edificios terminó por desaparecer. El pesado fuego de artillería a bocajarro empeoraba todavía más la situación, porque la gente corriente se veía obligada a guarecerse en chabolas repletas de escombros y de cuerpos putrefactos, mientras que los altos cargos nacionalistas se refugiaban entre los gigantescos muros de hormigón del Banco Central de China.10
Los soldados desertaron sin cesar mientras duró el sitio. Así como a los civiles se les obligaba a volver atrás, los comunistas acogían bien a los soldados desertores y les prometían buena comida y trato amistoso. De día y de noche, los altavoces atronaban con discursos propagandísticos que les animaban a desertar o rebelarse: «¿Te uniste al ejército del Guomindang? Te llevaron a rastras… pásate a nuestro bando… ahora ya no se puede salir de Changchun…». La tasa de deserción se elevó después del verano, porque la ración diaria de los soldados se redujo a 300 gramos de arroz y harina diarios.11
El sitio duró 150 días. Finalmente, el 16 de octubre de 1948, Chiang ordenó al general Zheng Dongguo que evacuara la ciudad y marchara en dirección sur hasta Shenyang, la primera gran ciudad que se hallaba a lo largo de la vía férrea que conducía hasta Beijing. Le preguntaron a Zheng: «Si cae Changchun, ¿cree usted que Peiping [el nombre por el que se conocía a Beijing antes de 1949] quedará a salvo?». El general suspiró y respondió: «Ningún lugar de China quedará a salvo».12
Zheng tenía que retirar dos ejércitos: el 60.º, compuesto casi en su totalidad por soldados desmoralizados, procedentes de la provincia subtropical de Yunnan, y el Nuevo 7.º Ejército, integrado por veteranos curtidos, entrenados por los estadounidenses, que habían luchado en el frente de Birmania. El 7.º atacó como se le había ordenado, pero no logró romper el bloqueo, mientras que el 60.º Ejército se negó a abandonar su posición, y en cualquier caso sus soldados estaban demasiado débiles para recorrer todo el camino hasta Shenyang. Volvieron sus armas contra sus camaradas del 7.º Ejército y entregaron la ciudad a Lin Biao.
La caída de Changchun, celebrada en los libros de historia de China como una victoria decisiva en la batalla de Manchuria, tuvo un coste muy elevado. Se calcula que unos 160.000 civiles murieron de hambre dentro de la zona controlada por los comunistas. «Changchun fue como Hiroshima—escribió Zhang Zhenglong, teniente del Ejército de Liberación del Pueblo que documentó el asedio—. La mortandad fue aproximadamente la misma. Hiroshima duró nueve segundos. Changchun, cinco meses».13
El 6 de agosto de 1945, un B-29 soltó una bomba atómica sobre Hiroshima. Tres días más tarde, un estallido de luz cegadora acabó con Nagasaki. Al cabo de una semana, el emperador Hirohito había ordenado a sus ejércitos que rindieran las armas.
La rendición incondicional de Japón halló una acogida jubilosa en toda China y puso fin a uno de los capítulos más sangrientos en la historia del país. En Chongqing, capital de Chiang Kai-shek en tiempos de guerra, se oyeron gritos y petardos por toda la ciudad, «primero esporádicos, pero luego crecieron hasta transformarse en una erupción volcánica de sonido y alegría que duró una hora». Los haces de luz de los reflectores danzaron alegremente en el firmamento. Las calles se inundaron con una riada de gente que lanzaba vítores, se reía y lloraba, y regalaba cigarrillos a todos los soldados estadounidenses que encontraba en su camino, hasta abrumarlos. Chiang leyó por la radio el mensaje de victoria, ataviado con un sencillo uniforme caqui sin condecoraciones, y a continuación salió de la emisora y se encontró con una muchedumbre exultante. Algunas personas que querían felicitarlo se saltaban el cordón policial, otras se descolgaban por los balcones y gritaban desde las azoteas, o sostenían en alto a sus niños en medio de la multitud para que pudiesen ver al Generalísimo.1
Los ocho años de guerra habían sacado a la luz lo más hondo de la depravación humana. En diciembre de 1937, las tropas japonesas habían tomado la capital, Nanjing, y habían masacrado sistemáticamente a civiles y soldados desarmados en una orgía de violencia que se prolongó durante seis semanas. Los japoneses juntaban a los cautivos y los ametrallaban, los hacían saltar por los aires con minas terrestres o los acuchillaban hasta la muerte con sus bayonetas. Las mujeres, niñas y ancianas incluidas, eran violadas, mutiladas y asesinadas por unos soldados sin control. No se ha logrado una estimación fiable del número de muertes, pero los cálculos van desde un mínimo de 40.000 hasta un máximo de 300.000. Durante los últimos años de la guerra, una implacable política de tierra quemada con la que se trataba de castigar la resistencia de las guerrillas devastó algunas regiones del norte de China, donde los japoneses quemaron aldeas enteras. Hombres de edades comprendidas entre los quince años y los sesenta, sospechosos de colaborar con el enemigo, eran arrestados y ejecutados.
Los japoneses utilizaron armas biológicas y químicas durante todo el período de ocupación. Se llevaron a cabo experimentos letales con prisioneros de guerra en una serie de laboratorios secretos que se extendían desde el norte de Manchuria hasta la subtropical Guangdong. Las víctimas padecían vivisección sin anestesia después de que sus captores las infectaran con diferentes gérmenes. A otras les amputaban miembros, les extraían el estómago o les seccionaban quirúrgicamente partes de los órganos. Se probaban armas como lanzallamas y agentes químicos con prisioneros atados a estacas. En el complejo del Escuadrón 731, unas notorias instalaciones cercanas a Harbin en las que había un aeródromo, una estación de tren, barracones, laboratorios, salas de operación, crematorios, un cine e incluso un templo sintoísta, se criaban moscas infectadas y se preparaba ropa contaminada para difundir la peste, el ántrax y el cólera, que luego se arrojaban dentro de bombas sobre la población civil.2 Decenas de millones de refugiados que escapaban de los japoneses y de sus colaboradores huyeron hacia el sur, a Yunnan y Sichuan, donde los nacionalistas tuvieron sus bases militares en tiempos de guerra. Pero incluso en los territorios no ocupados la gente vivía con miedo, porque los japoneses lanzaban grandes expediciones de bombardeo contra objetivos civiles de la capital, Chongqing, y de otras ciudades importantes, y dejaban tras de sí a millones de personas muertas, heridas y sin hogar.3
Cuando pareció que llegaba la paz, la marea humana que había abandonado la costa para dirigirse al interior inició el regreso. Un culi interpretó a la perfección lo que significaba la capitulación de Japón cuando, tras leer uno de los periódicos murales de Chongqing, murmuró: «Japón ha perdido la guerra. ¿Podremos volver a casa?». Por toda la inmensidad del interior de China, millones de exiliados involuntarios empezaron a vender sus muebles de construcción casera y se prepararon para regresar a sus antiguos hogares y retomar lo que quedara de su vida anterior, y reconstruir sus familias, casas y negocios. Algunas personas buscaban por las orillas del río Yangtsé embarcaciones con las que pudieran acercarse a la costa. Otras empujaban carretillas y se derrengaban haciendo el camino a pie bajo un sol abrasador.4
El gobierno también se preparaba para volver a su hogar. La ceremonia de rendición formal entre China y Japón tuvo lugar el 21 de agosto de 1945 en el campo de aviación de Zhijiang, en Hunan. A la sombra de un cerezo, Takeo Imai, militar con un rango equivalente al de general de división, entregó un mapa en el que se indicaban las posiciones del millón de soldados que tenía en China. Se les permitía conservar sus armas y encargarse del orden público hasta la llegada de las tropas nacionalistas, que se desplazaron hacia todas las ciudades importantes al sur de la Gran Muralla en una espectacular operación de transporte marítimo y aéreo ejecutada bajo el mando del general Albert Wedemeyer, uno de los oficiales militares estadounidenses de mayor rango en Asia Oriental. En el transporte aéreo de tropas más importante de la Segunda Guerra Mundial, unos 80.000 soldados del 6.º Ejército volaron hasta Nanjing para recobrar el control sobre la antigua capital. Los soldados mal vestidos del 94.º Ejército que descendían de los gigantescos aviones de transporte en Shanghái se quedaban pasmados al ver a las grandes multitudes que los esperaban con banderas junto a la pista de aterrizaje.
Los soldados campesinos bajaban tímidamente por las empinadas escaleras y trataban de hacer un saludo militar, abrumados por lo que no era más que un vislumbre del pueblo que habían ido a liberar. Los liberados llevaban vestidos largos de seda y zapatos de cuero. Los libertadores calzaban polvorientas sandalias de paja.5
Por las calles de Shanghái, las multitudes enfervorizadas exhibían grandes retratos de Chiang Kai-shek adornados con guirnaldas de flores y papel crepé. Por toda la costa «las multitudes salían a la calle y gritaban hasta enronquecer para dar la bienvenida a sus libertadores» cada vez que las tropas del gobierno nacional entraban en una ciudad. Un tercer ejército voló hacia Beijing. Las fuerzas aéreas estadounidenses desembarcaban a diario entre 2000 y 4000 soldados regulares nacionalistas, en una carrera contra reloj. A principios de noviembre, acorralaron y desarmaron a los últimos japoneses que quedaban al sur de la Gran Muralla.6
Pero Chiang Kai-shek no era el único que quería afirmar su autoridad sobre el territorio de China. Dos días después del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón, en cumplimiento de una promesa que Iósif Stalin había hecho a Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt en Yalta en febrero de 1945. Durante una estancia en las instalaciones de recreo de los soviéticos en el mar Negro, Stalin había exigido el control sobre los puertos manchúes de Dalian y Puerto Lüshun, así como compartir con China el control sobre los ferrocarriles de Manchuria, a cambio de romper el pacto de no agresión con Japón. Roosevelt había accedido a todas estas concesiones sin consultar a su aliado de guerra, Chiang Kai-shek. Stalin también exigió dos meses de suministro de alimentos y combustible para un ejército de 1,5 millones de hombres. Roosevelt también aceptó, y así, cientos de navíos cargados de material de préstamo y arriendo—entre el que había 500 tanques Sherman—partieron hacia Siberia.7
Como resultado, los mismos soviéticos que avanzaban a toda velocidad para llegar a Berlín y ocupar media Europa antes de que lo hiciesen los estadounidenses lograron mantener casi 1 millón de hombres en Siberia. El 8 de agosto de 1945 cruzaron el río Heilongjiang y entraron en Manchuria con el apoyo de aviones tácticos. Trenes blindados que transportaban tropas de élite avanzaron en dirección a oriente por la ruta del Ferrocarril de China del Este hasta llegar a Harbin, a un ritmo de 70 kilómetros diarios. Otra expedición procedente de Vladivostok avanzó hacia el sur y entró en Corea, y no tardó en tomar el puerto de Rashin. Los japoneses no disponían de muchos aviones y apenas ofrecieron resistencia. Al cabo de unos días, los rusos se habían hecho con el control de todos los puntos estratégicos en Manchuria.8
No muy lejos de allí, unos 100 kilómetros al sur de la Gran Muralla, Mao Zedong contaba sus soldados. Después de varios años de colaboración, había estallado una guerra civil entre los comunistas y los nacionalistas en 1927, y en 1934 Mao Zedong y sus partidarios se habían visto obligados a retirarse al interior del país para escapar de las fuerzas de Chiang Kai-shek. Un año más tarde, unos 20.000 supervivientes de la Larga Marcha habían establecido su cuartel general en Yan’an, sin acceso al mar, muy por detrás de las líneas enemigas. Muchos de los soldados tuvieron que vivir en cuevas. Al cabo de una década en la que había consolidado su autoridad, Mao controlaba a unos 900.000 guerrilleros en reductos rurales esparcidos por el norte de China. Estaba preparado para atacar.
Pero en algunas ocasiones Mao calculaba el equilibrio de poder con un exagerado optimismo. Había trazado planes espectaculares para instigar una rebelión en Shanghái y apoderarse del centro financiero del país. Obró de manera impulsiva y ordenó que 3000 soldados entraran de incógnito en la ciudad y se preparasen para un alzamiento general, con la esperanza de que éste precipitara una revolución. Aunque recibió informes que indicaban que sus fuerzas se veían claramente superadas en número y que apenas gozaba de apoyo popular, persistió en su estrategia. Stalin tomó cartas en el asunto y le dijo que contuviera a sus soldados y evitara la confrontación abierta con los nacionalistas. Mao accedió de mala gana. En cuanto el Ejército Rojo hubo ocupado Manchuria, Mao tuvo una nueva idea: se marcó el objetivo de enlazar con los rusos y apoderarse de una franja de territorio que iba desde Manchuria hasta la Mongolia Exterior. Cuatro grupos armados se desplazaron hacia el norte. Los 100.000 soldados del 8.º Ejército Itinerante al mando de Lin Biao se encontraban entre ellos. No tardaron en converger con el Ejército Rojo.9
Pero la preocupación inmediata de Stalin era que el ejército estadounidense abandonase China y Corea. Estados Unidos, después de todo, tenía el monopolio de la bomba atómica y Stalin temía una nueva guerra mundial. A fin de conseguir su objetivo, proclamó públicamente su apoyo al Gobierno Nacional Chino y reconoció a Chiang Kai-shek como líder de una China unida por medio del Tratado Chino-Soviético. Además, el 20 de agosto de 1945 envió un mensaje a Mao en el que le pedía que sus tropas evitaran todo enfrentamiento abierto con los nacionalistas y se limitaran a consolidar sus posiciones en el campo. Mao se vio obligado a cambiar de rumbo.10
En una China débil y dividida se planteaba una temible posibilidad: que la Unión Soviética prestara su apoyo al Partido Comunista de China y provocara una división entre una zona septentrional dominada por Rusia y una meridional protegida por Estados Unidos. Las negociaciones entre Stalin y Chiang Kai-shek se reanudaron el mismo día en que el Ejército Rojo invadió Manchuria. T. V. Soong, uno de los estadistas más eminentes entre los que colaboraban con Chiang, se hallaba en Moscú, pero apenas contaba con bazas que pudiera poner sobre la mesa de negociaciones. En sus acuerdos con Stalin tuvo que avenirse a las concesiones que Roosevelt había realizado en Yalta: Puerto Lüshun, puerto natural en el extremo sur de Manchuria, albergaría una base naval soviética, y los rusos podrían utilizar el moderno puerto de Dalian con las mismas condiciones que la propia China. La Unión Soviética y China serían copropietarias del Ferrocarril del Sur de Manchuria y del Ferrocarril de China del Este, ambos construidos por la Rusia imperial. A cambio, Stalin reconocería la soberanía del Gobierno Nacional Chino sobre toda China y se comprometería a devolver Manchuria a Chiang Kai-shek.
Con el Tratado Chino-Soviético en el bolsillo, y seguro de que Moscú apoyaría a su gobierno, Chiang invitó a Mao a unirse a las negociaciones de paz y discutir el futuro del país. Con un considerable riesgo personal, Mao voló a Chongqing en compañía de Patrick Hurley, el embajador estadounidense. Chiang y Mao no se habían visto desde hacía veinte años, y durante la recepción de la primera noche se saludaron con sonrisas forzadas y brindaron con vino de mijo. Mao se quedó seis semanas enteras y pugnó por lograr concesiones, mientras los enconados combates entre los comunistas y los nacionalistas proseguían sobre el terreno. Finalmente, el día 18 de septiembre, Mao proclamó: «Tenemos que detener [la] guerra civil y todas las partes deben unirse bajo el liderazgo del presidente Chiang para construir una China moderna». Se realizó una declaración formal el 10 de octubre, en el aniversario de la revolución de 1911 que había conducido a la caída del imperio de los Qing. Pocos días más tarde, en Yan’an, Mao explicó a sus compañeros de armas que la declaración conjunta de Chongqing no era más que «papel mojado».11
Stalin había declarado públicamente su apoyo a Chiang, pero también quería reforzar al Partido Comunista de China para poder condicionar al Gobierno Nacional Chino y a sus valedores estadounidenses. En agosto autorizó a los comunistas a adueñarse de Zhangjiakou. Durante el siglo XIX, las caravanas de camellos procedentes de todo el imperio tenían por costumbre reunirse en dicha población, situada en un punto clave de la Gran Muralla, para dirigirse a Rusia con sus cargamentos de té. Zhangjiakou aún era conocida como la «Puerta Septentrional de Beijing», y quien la controlara se hallaba en una posición estratégica desde donde atacar Beijing. Los japoneses la habían transformado en un centro económico e industrial, y habían abandonado allí un imponente arsenal de municiones y armas, entre las que figuraban 60 tanques.12
En otras ciudades de Mongolia Interior y Manchuria, los soldados soviéticos recibieron la orden de equipar a las divisiones comunistas con armas y vehículos japoneses. El volumen exacto de la asistencia logística y militar que los soviéticos proporcionaron a los comunistas es difícil de estimar, pero Moscú afirmó en fechas posteriores que les había entregado 700.000 rifles, 18.000 ametralladoras, 860 aviones y 4000 piezas de artillería. Los soviéticos recomendaban entre bastidores a los comunistas chinos que desplegaran la mayor parte de sus tropas en Manchuria. Mao, que aún se encontraba en Chongqing, ordenó al grueso de sus unidades guerrilleras que atravesaran la Gran Muralla y penetraran en Manchuria durante el mes de septiembre. Una vez allí y con la complicidad de los soviéticos, los comunistas reclutaron a soldados desmovilizados, excolaboracionistas y bandoleros. A finales de ese mismo año, Mao había logrado organizar una variopinta tropa de 500.000 soldados.13
Chiang sabía muy bien que los soviéticos estaban cooperando con los comunistas en Manchuria, pero su situación no le permitía enfrentarse con Stalin. También comprendía la importancia estratégica y económica de Manchuria, una región donde había fundiciones de acero, grandes reservas de mineral de hierro y carbón, bosques frondosos y tierras de labranza muy productivas. Encargó al general Du Yuming que recuperara la región. Sus tropas no estaban autorizadas a desembarcar en Puerto Lüshun y Dalian, porque el Tratado Chino-Soviético había dejado ambas ciudades bajo control de los rusos. En octubre de 1945, barcos de la 7.ª Flota estadounidense pusieron rumbo a Yingkou, un puerto menor conectado por ferrocarril con el interior del país, donde encontraron una guarnición comunista. El general Du desembarcó más al sur, en Qinhuangdao, atravesó la Gran Muralla por Shanhaiguan y avanzó siguiendo la vía férrea, sin apenas hallar oposición por parte de las tropas comunistas. Recorrió los 300 kilómetros que separan la Gran Muralla del centro industrial de Shenyang en menos de tres semanas. Chiang entró en negociaciones con Moscú, con la esperanza de que los rusos por lo menos aceptaran la partición de Manchuria. Presionados para cumplir sus compromisos con el gobierno nacionalista, los soviéticos cedieron y autorizaron a las tropas nacionalistas a viajar por aire a Changchun, una ciudad que se hallaba más al norte, junto a la vía férrea que partía de Shenyang.14
No tardó en verse el motivo de la renuencia soviética: las ciudades padecían una oleada de saqueos por parte del Ejército Rojo. James McHugh, uno de los primeros hombres de negocios a quienes se autorizó la entrada en Shenyang, informó de que los soldados se habían entregado a «tres días de violaciones y pillaje». Los soldados
robaban todo lo que quedaba a la vista, destrozaban bañeras y baños a martillazos, arrancaban los cables eléctricos que sobresalían del yeso de las paredes, y encendían hogueras en el suelo y quemaban la casa entera, o por lo menos dejaban un considerable agujero en el suelo.
Las mujeres se rapaban y se disfrazaban de hombres para evitar la violación. En Shenyang, «las fábricas habían quedado como esqueletos podridos, les habían sustraído toda la maquinaria». La ciudad, de acuerdo con un reportero, «había pasado de gran centro industrial a trágico y abarrotado apeadero en la línea ferroviaria controlada por los rusos que conducía a Dairen (Dalian)». El saqueo sistemático de la infraestructura industrial de Manchuria se valoraría posteriormente en 2000 millones de dólares estadounidenses.15
Los soviéticos demoraron durante cinco meses la retirada de sus tropas de Manchuria. Sus últimos tanques cruzaron la frontera en abril de 1946. Entregaron el país a los comunistas y permitieron que Lin Biao desplegara sus fuerzas en las afueras de todas las ciudades importantes. Su 8.º Ejército Itinerante, provisto de armas japonesas, atacó la guarnición nacionalista de Changchun y mató a la mayoría de sus 7000 soldados. Harbin, la ciudad helada de Manchuria cercana a la frontera rusa, pasó a manos de Mao el 28 de abril.
El presidente Truman no apoyó a Chiang Kai-shek, su aliado de tiempos de guerra, sino que envió a George Marshall para que impulsara un gobierno de coalición entre los nacionalistas y los comunistas. Chiang dependía de que la ayuda económica y militar estadounidense continuara, y apenas tenía otra opción que prestarse a lo que le dijeran, aunque la posibilidad de un acuerdo duradero entre ambos bandos pareciera más lejana que nunca. Los comunistas, por otra parte, no tenían nada que perder. Habían aprovechado la tregua para reagruparse y expandirse todavía más por Manchuria, y se habían atrincherado en el campo, lejos de las ciudades importantes y de los ferrocarriles. Mao había enviado a las conversaciones de paz a Zhou Enlai, un hombre agradable y modesto. En realidad, era un maestro del engaño. Cultivó una relación estrecha con Marshall y le presentó a los comunistas como reformadores agrarios deseosos de aprender las lecciones de la democracia. Zhou llegó a persuadir a Mao para que declarase solemnemente: «La democracia china tiene que seguir el camino estadounidense». Mao accedía a casi todo sobre el papel, con tal de que nadie se entrometiera en lo que estaba haciendo sobre el terreno. Cuando el Ejército Rojo se retiró de Manchuria, Marshall llegó a creer que Stalin había renunciado a China. Su predisposición a auxiliar a Chiang empezaba a flaquear.16
Chiang comprendió que el apoyo estadounidense empezaba a tambalearse, pero estaba decidido a expulsar a los comunistas de Changchun. Sus soldados apenas hallaron oposición. A principios de junio de 1946, Lin Biao y su ejército de 100.000 hombres iniciaron una caótica retirada hacia el norte. Los Nuevos 1.º y 6.º Ejércitos de Chiang los persiguieron y los obligaron a cruzar al otro lado del río Songhua. Las tropas de Chiang se habían acercado a Harbin, la única ciudad que seguía en manos de los comunistas, a una distancia suficiente para iniciar el ataque. Las tropas de Lin Biao se habían derrumbado, porque los soldados desertaban en gran número. Zhao Xuzhen, que por aquellos tiempos era soldado, contó en una entrevista que incluso los oficiales militares, los miembros del Partido y los instructores políticos buscaron escondrijos durante la caótica retirada: «Unos regresaron a sus hogares, otros se dedicaron al bandidaje y unos pocos se rindieron». Pero Marshall, una vez más, aconsejó a Chiang que detuviera el avance nacionalista y proclamara un alto el fuego. El representante estadounidense acababa de visitar Yan’an, donde Mao había tenido la habilidad de proyectar una imagen de reforma y democracia de carácter liberal. Marshall llegó al extremo de escribirle a Truman que las fuerzas comunistas en Manchuria eran «poco más que cuadrillas escasamente organizadas».17
Los comunistas aprovecharon las conversaciones de paz para reestructurar sus fuerzas, integrar en ellas al ejército de 200.000 soldados que había servido a las órdenes de los japoneses y reclutar más hombres en el campo. También reclutaron a prisioneros de guerra, delincuentes, unidades coreanas enteras y exiliados manchúes que regresaban de la Unión Soviética. Todos ellos se vieron sujetos a un severo entrenamiento y una disciplina brutal, a menudo con la colaboración de cientos de asesores técnicos y expertos militares soviéticos. Los rusos llegaron a abrir 16 instituciones militares, entre las que había escuelas para la fuerza aérea, la artillería y los ingenieros. Algunos oficiales chinos se desplazaron a la Unión Soviética para recibir formación avanzada, mientras que otros pudieron refugiarse en los enclaves rusos de Puerto Lüshun y Dalian. Los soviéticos se llevaron buena parte de las riquezas de Manchuria, pero dejaron intactos los arsenales militares de Dalian. Con la ayuda de técnicos japoneses y de trabajadores locales, los pusieron en funcionamiento y produjeron millones de balas y cartuchos. También siguieron recibiendo apoyo logístico desde el otro lado de la frontera, por ferrocarril y por aire. Tan sólo en Corea del Norte se asignaron 2000 vagones a dicha tarea. A cambio, los comunistas chinos enviaron de Manchuria a Rusia más de 1 millón de toneladas de cereales en 1947.18
Al mismo tiempo que los rusos ayudaban a los comunistas a transformar su guerrilla de desharrapados en una formidable máquina de guerra, los estadounidenses se sentían tan defraudados por los nacionalistas que empezaron a recortarles las entregas de armamento. Mientras trenes enteros cargados de equipamiento cruzaban en uno y otro sentido la frontera que separaba Manchuria de la Unión Soviética, Estados Unidos comenzó a negarse a enviar material bélico a China, aun cuando el gobierno ya lo hubiera pagado. Entonces, en septiembre de 1946, Truman impuso un embargo de armas, que duró hasta julio de 1947, fecha en la que se autorizó a los nacionalistas a comprar municiones de infantería para tres semanas.19
Durante un tiempo, los nacionalistas siguieron peleando y trataron de aferrarse a las ciudades adyacentes a la vía férrea que atravesaba la extensa llanura manchú, encerrada por cordilleras boscosas. A medida que se sucedían los altibajos de la guerra, los nacionalistas perdieron varias ciudades, para recuperarlas poco después en sangrientas batallas con las tropas comunistas en plena retirada. Ya no se trataba de las escaramuzas de una guerra de guerrillas. Cientos de miles de soldados se enfrentaban en gigantescas batallas con artillería y apoyo aéreo, a menudo con temperaturas que alcanzaban los 20 grados bajo cero. En 1947, Manchuria se estaba transformando en una trampa mortal. Chiang enviaba sin cesar a sus mejores soldados a la región, pero Mao no se rendía, resuelto a someter a su enemigo a una despiadada guerra de desgaste. Tan sólo en Manchuria, 1 millón de hombres se alistó, voluntariamente o por la fuerza, en el bando comunista. Batalla tras batalla, las mejores tropas del gobierno de Chiang fueron exterminadas. Los nacionalistas también se resentían de su escasa moral de combate. Sus hombres se pasaban meses enteros acuartelados en ciudades, mal pagados y sin recibir provisiones adecuadas. Las líneas de suministros se estiraban hasta casi romperse. Cruzaban la Gran Muralla por la ruta del ferrocarril Beijing-Changchun, a menudo saboteado por los pelotones de demolición comunistas. El equipo militar se había deteriorado y en algunos casos los soldados andaban tan escasos de munición que no podían permitirse ni un solo disparo de práctica. La mayoría de los camiones se había averiado, pero no podían repararlos, porque el embargo de armas prohibía la venta de piezas de recambio.20
Como apuntaba más tarde Zhang Junmai, veterano diplomático, acérrimo defensor de la democracia parlamentaria y crítico implacable del gobierno nacionalista, ni siquiera un gobierno eficiente, de haber existido, habría podido hacer frente a las fuerzas combinadas de Moscú y Yan’an. Pero el gobierno de Chiang a duras penas funcionaba como tal. Los nacionalistas se enfrentaron al desmesurado reto de hacerse cargo de un país del tamaño de un continente, que además había quedado devastado al cabo de ocho años de guerra. Incluso al sur de la Gran Muralla tenían que hacer frente al constante acoso de los guerrilleros. Los comunistas se entregaban al pillaje en las ciudades, saqueaban los pueblos y dejaban a su paso millones de personas sin hogar. Controlaban buena parte de las áreas rurales en Hebei y Shandong, cortaban el suministro de combustible, energía y alimentos a las urbes, y promovían la inflación. El transporte, clave para la recuperación, había quedado seriamente dañado por las acciones de los japoneses y sufría los ataques de los comunistas, que volaban las vías férreas y dinamitaban los puentes. En una despiadada guerra de partisanos, todo desgarro en el tejido social redundaba en favor de los comunistas.21
Por encima de todo, los nacionalistas se veían atrapados en un círculo vicioso cuyas raíces eran anteriores al enfrentamiento con los comunistas. Cuando los japoneses invadieron China en 1937, los nacionalistas no habían podido financiar la guerra ni siquiera mediante la venta de bonos. Los ingresos fiscales cubrían tan sólo una pequeña parte de la financiación bélica. Lo único que podían hacer para salir adelante era imprimir papel moneda. Como consecuencia, el peso de la guerra recaía sobre la clase media y socavaba los niveles de vida de las personas con ingresos fijos, como por ejemplo maestros de escuela, profesores universitarios, funcionarios y, por supuesto, soldados y oficiales nacionalistas. «En 1940 se podía comprar un cerdo por 100 yuanes. En 1943, un pollo. En 1945, un pescado. En 1946, un huevo. Y en 1947, un tercio de una caja de cerillas». En 1947, el coste de la vida era aproximadamente 30.000 veces superior a lo que había sido en 1936, un año antes de que Japón atacara China. Chiang trató de frenar la inflación en 1947 con un veto a la exportación de divisas y lingotes de oro, impuso un tope a los tipos de interés y congeló los salarios, pero estas medidas no lograron ningún efecto duradero. En 1949 se veía a personas que transportaban su dinero en carretillas.22
Los sueldos de los funcionarios—y tanto daba que se tratara de oficiales militares como de agentes del fisco—se mantenían en niveles extraordinariamente bajos. Los salarios de los soldados eran miserables y ni siquiera los oficiales podían mantener a sus mujeres e hijos con sus ingresos regulares. Los sobornos, las malversaciones y la corrupción florecieron de formas muy variadas. Los agentes del fisco aceptaban sobornos. La policía extorsionaba a los pobres con amenazas de arresto y prisión. En el ejército, los oficiales retenían los salarios, hinchaban las facturas y vendían equipamiento militar en el mercado negro. El problema no tenía una solución fácil. Un aumento de los sueldos de los funcionarios habría incrementado la inflación, y ello, a su vez, habría afectado al coste de la vida, y habría conducido rápidamente a la absorción de las subidas salariales y a la reaparición de la corrupción.
Los nacionalistas necesitaban ayuda. Requerían auxilio financiero para frenar la inflación, reconstruir el país y adquirir armas y municiones. En abril de 1948 se puso en marcha el Plan Marshall, concebido por el mismo hombre que había tratado, contra todo pronóstico, de crear una coalición entre Chiang Kai-shek y los comunistas. Ofrecía 13.000 millones de dólares estadounidenses de asistencia económica y técnica para ayudar a la recuperación de Europa. Esta suma no incluía los 12.000 millones de dólares de ayuda que Europa había recibido entre el final de la guerra y el inicio del Plan. Aun cuando Truman se hubiera visto obligado a abandonar la imposición del embargo de armas en China, que ya no casaba con la Doctrina Truman—proclamada por el presidente en marzo de 1947, por la que Estados Unidos se comprometía a ofrecer ayuda económica y militar a Grecia y Turquía para evitar que cayeran bajo la esfera soviética—, el apoyo a los nacionalistas era mínimo. Estados Unidos ni siquiera les proporcionó a tiempo unos miserables 125 millones de dólares en asistencia militar, aun cuando una mayoría republicana hubiera impuesto su aprobación en el Congreso, porque ésta no se logró hasta abril de 1948. Con dicha suma, el monto de la ayuda militar recibida por China después del Día de la Victoria sobre Japón se quedó entre los 225 y los 360 millones de dólares.23
El conflicto se decantó en 1948. Durante varios meses seguidos, los comunistas habían lanzado un asalto tras otro en Manchuria y habían castigado sin tregua las ciudades controladas por los nacionalistas. Chiang, decidido a aguantar al precio que fuera, enviaba sin cesar soldados a la región para reemplazar a los muertos y heridos. Escribió en su diario privado que la caída de Manchuria dejaría todo el norte de China expuesto a los comunistas. Se jugó todo lo que tenía en una gran apuesta, en vez de retirarse y sostener una línea de defensa a lo largo de la Gran Muralla.24
En diciembre de 1947, con más de un metro de nieve y temperaturas de 35 grados bajo cero, Lin Biao lanzó un ataque masivo a través del congelado río Songhua. El Ejército de Liberación del Pueblo—como habían empezado a llamarse las tropas comunistas—no contaba con cobertura aérea, pero sí con una bruma densa y gélida, y con un clima glacial que dificultaba mucho las operaciones de la aviación nacionalista. Los comunistas aprovecharon una situación ventajosa desde el punto de vista militar, y la mayoría de sus 400.000 soldados avanzaron hacia el sur, sitiaron las ciudades que se hallaban a lo largo de la línea férrea y destruyeron un buen número de divisiones que seguían al gobierno.25
Shenyang, al sur de Changchun, era el baluarte de Manchuria y albergaba uno de los principales arsenales del país. Lin Biao cortó la línea de ferrocarril que unía Beijing con Shenyang y sitió la ciudad. Dentro de aquel islote de resistencia cada vez más débil, una población civil de 1,2 millones, que había crecido hasta los 4 millones al acoger a las personas que huían de los comunistas, sufrió un bloqueo de diez meses. También quedaron atrapados 200.000 soldados nacionalistas. No tuvo que pasar mucho tiempo para que grandes multitudes abandonaran la asediada Shenyang. Los aviones de la aerolínea comercial del general Claire Chennault iban y venían, y llegaron a poner a salvo a 1500 pasajeros diarios, pero pocos podían pagar el soborno necesario para embarcar. Estallaban peleas en el aeródromo, mientras el estampido de los disparos de artillería se oía en la distancia. De noche, la gente se acurrucaba en un hangar sacudido por las explosiones de las bombas. La mayoría, más de 100.000 al mes, se marchaba en trenes que traqueteaban hasta el borde del perímetro de defensa de la ciudad, donde terminaba la línea.26
Los que eran demasiado pobres o estaban demasiado enfermos para marcharse no tardaron en pasar hambre. Ya en febrero, Shenyang estaba necesitada de comida, combustible y municiones. La falta de vitaminas provocó que miles de personas perdieran la vista, y que muchísimas otras—en gran parte, niños—padecieran el noma—una dolencia gangrenosa que destruye la cara—, la pelagra, el escorbuto y otras enfermedades relacionadas con la desnutrición. En palabras de un reportero extranjero: «Caminaba por las calles desoladas, entre los cuerpos demacrados de los muertos que habían quedado en los desagües, perseguido por niños de aspecto lastimoso hasta lo insoportable y por mujeres que gritaban para pedir ayuda». A lo largo de las calles vacías, las tiendas estaban cerradas a cal y canto, y las fábricas de ladrillo rojo habían quedado en ruinas, muchas de ellas bombardeadas y luego saqueadas por las tropas soviéticas en 1946. La gente sobrevivía a base de comer corteza y hojas de árbol, y pasta de soja que en circunstancias normales se habría usado como fertilizante o como pienso. También había quien buscaba entre los escombros de las calles.27
Una oleada de miseria partió de Manchuria: refugiados que escapaban de ciudades asediadas, soldados que huían de campos en los que corría la sangre. La mayoría avanzaba a pie, a duras penas, y unos pocos tenían que valerse de muletas y bastones. Durante el verano de 1948, unas 140.000
