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Una batalla judicial feroz y la búsqueda desesperada de un asesino sádico Lo llamaban el Fabricante de Muñecas... El asesino en serie acosaba mujeres en Los Ángeles y dejaba una espeluznante tarjeta de visita en el rostro de sus víctimas. De un único disparo certero, el detective Harry Bosch pensó que había acabado con la pesadilla de la ciudad. Ahora, la viuda del presunto asesino demanda a Harry y al Departamento de Policía Los Ángeles por haber matado a un inocente, y la acusación parece aterradoramente verosímil cuando se descubre una nueva víctima con la macabra firma del Fabricante de Muñecas. Por segunda vez, y antes de que actúe de nuevo, Harry debe darle caza. Esta búsqueda sangrienta llevará a Harry desde los crudos confines de la noche de Los Ángeles hasta el último lugar al que querría ir: la oscuridad de su propio corazón.
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Seitenzahl: 640
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Michael Connelly
La rubia de hormigón
Traducido del inglés por Javier Guerrero Gimeno
Dedicado a Susan, Paul y Jamie,Bob y Marlen, Ellen, Jane y Damian.
La casa de Silverlake estaba a oscuras, las ventanas tan vacías como los ojos de un cadáver. Era una construcción antigua, de estilo California Craftsman, con un porche que se extendía por toda la fachada y dos buhardillas en la larga pendiente del tejado. No se veía ninguna luz encendida tras el cristal ni tampoco encima del dintel. La casa proyectaba una oscuridad ominosa que ni siquiera el resplandor de la farola de la calle lograba penetrar. Si había un hombre aguardando en el porche, Bosch probablemente no podría verlo.
–¿Está segura de que es aquí? –le preguntó a la mujer.
–No es en la casa –dijo ella–. Es detrás, en el garaje. Si avanza, lo verá al final del camino.
Bosch pisó el acelerador del Caprice y pasó de largo junto al sendero de entrada.
–Allí –dijo ella.
Bosch detuvo el vehículo. Había un garaje detrás de la casa y encima un apartamento con una luz sobre la puerta y una escalera de madera en un costado. Dos ventanas, luz en el interior.
–Vale –dijo Bosch.
Ambos se quedaron mirando el garaje durante unos segundos. Bosch no sabía qué esperaba ver. Tal vez nada. El perfume de la prostituta llenaba el coche y el detective bajó la ventanilla. No sabía si debía fiarse de ella o no. Lo único que sabía era que no podía pedir refuerzos. No se había llevado radio y el coche carecía de teléfono.
–¿Qué va a… ? ¡Ahí viene! –dijo ella con apremio.
Bosch lo había visto: la sombra de una figura cruzando por detrás de la ventanita. El baño, supuso.
–Está en el baño –dijo ella–. Allí es donde lo vi todo.
Bosch apartó la mirada de la ventana y observó a la joven.
–¿Qué vio?
–Yo, eh…, revisé el botiquín. Bueno, cuando estaba allí, solo para ver qué tenía. Una chica tiene que ser cuidadosa. Y vi todo aquello. Maquillaje: rímel, pintalabios, polvos y potingues. Por eso supuse que era él. Usa todo eso para pintarlas cuando ha terminado, bueno, cuando las ha matado.
–¿Por qué no me lo dijo por teléfono?
–No me lo preguntó.
Bosch vio que la silueta pasaba por detrás de las cortinas de la otra ventana. El cerebro se le había disparado y el corazón se le aceleraba a plena potencia.
–¿Cuánto hace que salió de ahí?
–Joder, no lo sé. Tuve que caminar hasta Franklin antes de encontrar a alguien que me llevara al bulevar. Estuve en el coche unos diez minutos, así que no lo sé.
–Inténtelo. Es importante.
–No lo sé, ha pasado más de una hora.
«Mierda –pensó Bosch. La mujer se había hecho un cliente antes de llamar a la poli. Eso mostraba un alto grado de preocupación–. Ahora podría haber refuerzos arriba y estoy aquí mirando.»
Aceleró hacia la calle y encontró un espacio junto a una boca de incendios. Apagó el motor, pero dejó las llaves en el contacto. Después de bajar, volvió a asomar la cabeza por la ventanilla abierta.
–Escuche, voy a subir. Quédese aquí. Si oye disparos o no vuelvo dentro de diez minutos, trate de que le abra algún vecino y llame a la policía, diga que un agente necesita ayuda. Hay un reloj en el salpicadero. Diez minutos.
–Diez minutos, cariño. Ahora, vaya a hacerse el héroe, pero yo me llevaré esa recompensa.
Bosch sacó la pistola mientras corría por el sendero. La escalera del costado del garaje era vieja y los peldaños estaban combados. Los subió de tres en tres haciendo el menor ruido posible. Aun así, tenía la sensación de que estaba anunciando a gritos su llegada. Al llegar a lo alto, levantó el brazo y con la culata del arma rompió la bombilla desnuda que había sobre el dintel. Retrocedió en la oscuridad hasta la barandilla. Levantó la pierna izquierda, cargó todo su peso e impulso en el talón y asestó una patada seca justo encima del pomo.
La puerta se abrió dando un fuerte crujido y Bosch traspasó el umbral agachado en la posición de combate clásica. Enseguida lo vio al fondo de la habitación, de pie al otro lado de una cama. El hombre estaba desnudo y no solo era calvo, sino que no tenía ni un pelo en el cuerpo. Bosch se concentró en los ojos del tipo y vio que el terror los invadía.
–¡Policía! –gritó Bosch con la voz tensa–. ¡No se mueva!
El hombre se quedó paralizado un instante, pero enseguida empezó a agacharse y estiró el brazo izquierdo hacia la almohada. Dudó una fracción de segundo y continuó el movimiento. Bosch no podía creerlo. ¿Qué coño estaba haciendo? El tiempo se detuvo. La adrenalina que fluía por su organismo le daba a Bosch la claridad de una película a cámara lenta. Sabía que el hombre buscaba la almohada para tener algo con lo que cubrirse, o bien estaba…
El hombre metió la mano debajo de la almohada.
–¡No lo haga!
La mano del sospechoso, que en ningún momento había apartado los ojos de Bosch, se estaba cerrando en torno a algo. Entonces Bosch se dio cuenta de que no era terror lo que expresaban sus pupilas. Era otra cosa. ¿Furia? ¿Odio? Estaba sacando la mano de debajo de la almohada.
–¡No!
Bosch disparó una vez y el retroceso levantó la pistola que sostenía con ambas manos. El impacto de la bala propulsó hacia arriba y hacia atrás al hombre desnudo, que rebotó en la pared de paneles de madera y cayó sobre la cama, retorciéndose y vomitando sangre. Bosch avanzó con rapidez y saltó a la cama.
La mano izquierda del hombre volvía a estirarse hacia la almohada. Bosch levantó la pierna izquierda y se arrodilló en la espalda del hombre para inmovilizarlo. Sacó las esposas del cinturón, le cogió la mano izquierda y luego la derecha y lo esposó con las manos a la espalda. El hombre estaba jadeando y gimiendo.
–No puedo, no puedo… –dijo, pero su frase se perdió en un acceso de tos sanguinolenta.
–No podía hacer lo que le he dicho. Le he dicho que no se moviera.
«Muérete, tío –pensó Bosch, pero no lo dijo–. Será más fácil para todos».
Rodeó la cama hasta llegar a la almohada. La levantó, miró lo que había debajo un par de segundos y la dejó caer. Cerró los ojos un momento.
–¡Mierda! –dijo en la nuca del hombre desnudo–. ¿Qué estaba haciendo? Joder, tengo una pistola y… ¡Le dije que no se moviera!
Volvió a rodear la cama a fin de ver el rostro del hombre. De la boca le seguía cayendo sangre, que manchaba la deslucida sábana blanca. Bosch sabía que le había dado en los pulmones. El hombre se estaba muriendo.
–No tenía que morir –le dijo Bosch.
El hombre expiró.
Bosch miró por la habitación. No había nadie más. Ninguna sustituta de la prostituta que había huido. Se había equivocado con esa suposición. Se metió en el cuarto de baño y abrió el botiquín de debajo del lavabo. Reconoció algunas de las marcas: Max Factor, L’Oréal, Cover Girl, Revlon. Todo parecía encajar.
Miró a través de la puerta del baño al cadáver que estaba en la cama. El aire todavía olía a pólvora. Encendió un cigarrillo y había tal silencio que pudo oír el crujido del tabaco al quemarse a medida que él inhalaba el humo tranquilizador.
No había teléfono en el apartamento. Se sentó en la cocina americana y aguardó. Al mirar a través de la habitación hacia el cadáver, se dio cuenta de que su corazón seguía latiendo con rapidez y de que se había mareado. También reparó en que no sentía nada –ni compasión ni culpa ni pena– por el hombre que yacía en la cama. Nada en absoluto.
Trató de concentrarse en el sonido de la sirena que empezaba a acercarse. Al cabo de un momento logró discernir que no era una sirena, sino varias.
En los pasillos del juzgado federal del distrito, en el centro de Los Ángeles, no hay bancos. No hay donde sentarse. Al que se le ocurre apoyarse en la pared y dejar resbalar la espalda para posar el trasero en el frío suelo de mármol se le echa encima el primer alguacil que pasa. Y los alguaciles siempre andan por los pasillos, controlando.
La falta de hospitalidad se debe a que el Gobierno federal no quiere que su tribunal dé la impresión de que la justicia puede ser lenta o inexistente. No quiere gente sentada en los pasillos, ni en los bancos ni en el suelo, no quiere gente esperando con los ojos cansados a que se abran las puertas de las salas y comiencen las vistas de sus casos o de los casos de sus seres queridos que han sido encarcelados. Bastante hay con lo que ocurre al otro lado de Spring Street, en el edificio del tribunal penal del condado. Día tras día, los bancos de todas las plantas están abarrotados de personas que esperan. Sobre todo, mujeres y niños cuyos maridos o padres o novios están en prisión preventiva. La gran mayoría son negros o hispanos. Los bancos recuerdan a botes salvavidas llenos de gente que es arrojada a la deriva, las mujeres y los niños primero. Y esperando, siempre esperando ser encontrados. «Refugiados del mar», los llaman los listillos del juzgado.
Harry Bosch rumiaba sobre estas diferencias mientras se fumaba un cigarrillo de pie en los escalones de la entrada principal del Tribunal Federal. Porque eso era lo otro: no se podía fumar en los pasillos. Así que tenía que bajar por la escalera mecánica y salir a la calle durante los recesos del juicio. En el exterior, detrás de la base de hormigón de la estatua de la mujer con los ojos vendados que sostiene la balanza de la justicia, había un cenicero lleno de arena. Bosch miró la estatua; nunca conseguía recordar su nombre. La señora de la justicia. Algún nombre griego, pensó, pero no estaba seguro. Volvió a desdoblar el diario y releyó el artículo.
Desde hacía algún tiempo, por la mañana solo leía la sección de deportes, concentrando toda su atención en las páginas finales, donde se publicaban los resultados y las estadísticas actualizadas. Por algún motivo, las columnas de cifras y porcentajes le resultaban tranquilizadoras. Eran claras y concisas, una expresión de orden absoluto en un mundo caótico. Enterarse de quién había anotado más home runs para los Dodgers le hacía sentir que de algún modo seguía conectado con la ciudad y con su propia vida.
Pero ese día había dejado la sección de deportes en el maletín, que estaba bajo la silla en la sala de vistas. Lo que tenía en sus manos era la sección metropolitana del Los Angeles Times. Había doblado cuidadosamente la sección en cuatro, de la forma en que lo hacen los conductores para poder leer mientras conducen. El artículo sobre el caso ocupaba una de las esquinas inferiores de la primera página de la sección. Lo leyó una vez más y una vez más sintió que se ponía colorado al leer sobre sí mismo.
EMPIEZA EL JUICIO SOBRE EL «DISPARO DEL PELUQUÍN»por Joel Bremmer, de la redacción del Times
Hoy comienza un inusual caso de derechos civiles en el que un detective de policía de Los Ángeles está acusado de hacer un uso excesivo de la fuerza cuando, hace cuatro años, disparó y mató a un presunto asesino en serie al creer que este estaba sacando una pistola. En realidad, el supuesto asesino estaba buscando su peluquín.
El detective de policía Harry Bosch (43 años) será juzgado en el Tribunal Federal del distrito por la demanda que interpuso la viuda de Norman Church, un trabajador de la industria aeroespacial a quien Bosch causó la muerte de un disparo en el clímax de la investigación de los asesinatos del llamado «Fabricante de Muñecas».
La policía llevaba entonces casi un año buscando a un asesino en serie bautizado así por los medios de comunicación porque utilizaba maquillaje para pintar la cara de sus once víctimas. La muy publicitada persecución del sospechoso estuvo marcada por el envío de poemas y notas al detective Bosch y al Times.
Tras la muerte de Church, la policía anunció que disponía de pruebas incuestionables de que el ingeniero mecánico era el asesino.
Bosch fue suspendido y posteriormente trasladado de la unidad especial de Robos y Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles a la brigada de Homicidios de la División de Hollywood. Al comentar la degradación, la policía argumentó que Bosch fue sancionado por errores de procedimiento, como el hecho de que no solicitara refuerzos en el apartamento de Silverlake, donde se produjo el disparo fatal.
Los administradores de la policía sostuvieron que la muerte de Church no se debió a un disparo ilícito.
Puesto que el fallecimiento de Church impidió la celebración de un juicio, gran parte de las pruebas recopiladas por la policía no se han hecho públicas bajo juramento. El juicio federal probablemente cambiará este hecho. Se espera que hoy finalice el proceso de selección del jurado, que se ha prolongado una semana, y que se abra el juicio con las exposiciones iniciales de los letrados.
Bosch tuvo que volver a doblar el diario para continuar leyendo el artículo en una página interior. Ver su foto lo distrajo por un momento. Era una vieja instantánea, la misma que figuraba en la tarjeta de identificación del departamento, no demasiado diferente a las del archivo policial. A Bosch le molestó más la foto que el artículo, pues consideraba que publicarla era una invasión de su intimidad. Trató de concentrarse en el texto.
A Bosch lo defenderá la fiscalía municipal porque el disparo se produjo mientras se hallaba en acto de servicio. Si la demandante gana el juicio, serán los ciudadanos quienes pagarán y no Bosch.
La mujer de Church, Deborah, está representada por la abogada de derechos civiles Honey Chandler, especializada en casos de abusos policiales. En una entrevista concedida la semana pasada, Chandler aseguró que tratará de demostrar al jurado que Bosch actuó de manera tan imprudente que el disparo fatal que acabó con la vida de Church fue inevitable.
«El detective Bosch se estaba haciendo el héroe y un hombre resultó muerto –dijo Chandler–. No sé si simplemente fue temerario o bien se trata de algo más siniestro, pero lo descubriremos en el juicio.»
Esa era la frase que Bosch había leído y releído seis veces desde que había comprado el periódico durante el primer receso. «Siniestro.» ¿Qué quería decir con eso? Había tratado de no permitir que le afectara, consciente de que Chandler sería incapaz de usar una entrevista en la prensa para crear presión psicológica, pero, de todos modos, lo sintió como un aviso de lo que se avecinaba.
Chandler asegura que también se propone cuestionar las pruebas policiales que señalaban a Church como el Fabricante de Muñecas. La abogada sostiene que Church, padre de dos hijas, no era el asesino en serie que la policía buscaba y que lo etiquetaron así para cubrir el crimen de Bosch.
«El detective Bosch mató a un hombre inocente a sangre fría –dijo Chandler–. Lo que vamos a hacer en este juicio de derechos civiles es lo que el Departamento de Policía y la oficina del fiscal rechazaron hacer: anunciar la verdad y hacer justicia con la familia de Norman Church.»
Bosch y el ayudante del fiscal municipal Rodney Belk, que actúa de abogado defensor, declinaron hacer declaraciones para este artículo. El caso durará una o dos semanas y se espera que con Bosch testifiquen en este caso…
–¿Una moneda, amigo?
Bosch levantó la cabeza del diario y vio el rostro mugriento pero familiar del indigente que había hecho de la puerta del tribunal su territorio. Lo había visto allí todos los días durante la semana del proceso de selección del jurado, haciendo sus rondas en busca de monedas y cigarrillos. El hombre llevaba pantalones de pana y una chaqueta de mezclilla raída encima de dos jerséis. Cargaba sus pertenencias en una bolsa de plástico y agitaba un vaso grande delante de la gente al tiempo que solicitaba una moneda. También llevaba siempre un bloc amarillo lleno de anotaciones.
Bosch se palpó los bolsillos instintivamente y se encogió de hombros. No tenía cambio.
–Si no tiene cambio, deme un dólar.
–No tengo un dólar suelto.
El indigente se olvidó de Bosch y miró en el cenicero, donde crecían colillas amarillas como en un cultivo de cáncer. Se puso el bloc debajo del brazo y buscó entre las colillas aquellas en las que quedara al menos medio centímetro de tabaco. Ocasionalmente encontraba un cigarrillo casi entero y chascaba la lengua para manifestar su satisfacción. Guardó la cosecha del cenicero en el vaso de plástico.
El hombre, satisfecho con sus hallazgos, retrocedió desde el cenicero y miró la estatua. Observó a Bosch y le guiñó un ojo antes de empezar a mover las caderas en una lasciva imitación del acto sexual.
–¿Qué te parece mi chica? –dijo.
El hombre se besó la mano y se estiró para darle una palmadita a la estatua.
Antes de que a Bosch se le ocurriera qué decir, sonó el busca que llevaba en la cintura. El indigente retrocedió otros dos pasos y levantó la mano que tenía libre, como si quisiera avisar de algún peligro desconocido. Bosch captó la expresión de pánico, la mirada desquiciada de un hombre cuyas hendiduras sinápticas cerebrales estaban demasiado separadas, lo cual entorpecía las conexiones. El hombre se volvió y se escabulló hacia Spring Street con su vaso de cigarrillos a medio fumar.
Bosch observó hasta que el tipo desapareció y después se sacó el busca del cinturón. Reconoció el número de la pantallita: era la línea directa del teniente Harvey Pounds, de la comisaría de Hollywood. Aplastó lo que le quedaba del cigarrillo en la arena y volvió a meterse en el juzgado. Había una fila de teléfonos públicos cerca de las salas de vistas de la segunda planta, a la que se accedía mediante una escalera mecánica.
–Harry, ¿qué está pasando ahí?
–Lo habitual. Esperando. Ya tenemos jurado, así que los letrados están dentro con el juez hablando de los preliminares. Belk dijo que no hacía falta que me quedara, así que he ido a dar una vuelta. –Miró el reloj. Eran las doce menos diez–. Pronto harán una pausa para comer.
–Bien. Te necesito.
Bosch no protestó. Pounds le había prometido que lo dejaría fuera de la rotación de casos hasta la finalización del juicio. Una semana más, a lo sumo dos. Era una promesa a la que Pounds estaba obligado, puesto que Bosch no podía asumir la investigación de un asesinato mientras se hallaba en el Tribunal Federal cuatro días a la semana.
–¿Qué pasa? Pensaba que estaba fuera de rueda.
–Estás fuera de rueda. Pero puede que tengamos un problema. Y te afecta a ti.
Bosch dudó un momento. El trato con Pounds era siempre así. Harry se fiaría antes de un confidente que de Pounds. Siempre tenía un motivo manifiesto y otro oculto. Al parecer, el teniente se disponía a realizar otro de sus bailes característicos, hablando con frases elípticas, tratando de que Bosch mordiera el anzuelo.
–¿Un problema? –preguntó Bosch por fin. Una respuesta adecuada, no comprometida.
–Bueno, supondré que has leído el periódico de hoy, el artículo del Times sobre el caso.
–Sí, acabo de leerlo.
–Bueno, pues tenemos otra nota.
–¿Una nota? ¿De qué está hablando?
–Estoy hablando de que alguien ha dejado una nota en el mostrador de la calle. Dirigida a ti. Y que me parta un rayo si no suena como una de esas notas del Fabricante de Muñecas.
Bosch sabía que Pounds estaba disfrutando de alargar la tensión.
–Si estaba dirigida a mí, ¿cómo sabe lo que dice?
–No la han enviado por correo. Iba sin sobre. Era solo una página doblada con tu nombre en la parte de arriba. La dejaron en la recepción. Alguien la leyó y ya puedes imaginarte el resto.
–¿Qué dice la nota?
–Pues no te va a gustar, Harry, el momento es espantoso, pero básicamente la nota dice que te equivocaste de tipo. Que el Fabricante de Muñecas sigue suelto. El autor presume de que es el verdadero Fabricante de Muñecas y que la cuenta de víctimas continúa. Dice que mataste a otro tipo.
–Es mentira. Las cartas del Fabricante de Muñecas se publicaron en el diario y en el libro de Bremmer sobre el caso. Cualquiera puede haber captado el estilo y escrito la nota. No…
–¿Me tomas por imbécil, Bosch? Ya sé que cualquiera podría haber escrito esto, pero también lo sabe el autor. Por eso ha incluido un pequeño mapa del tesoro. Supongo que puede llamarse así. Pistas hacia el cadáver de otra víctima.
La línea se llenó de un largo silencio mientras Bosch pensaba y Pounds esperaba.
–¿Y? –dijo Bosch al fin.
–Y he enviado a Edgar allí esta mañana. ¿Te acuerdas del Bing’s, en Western?
–¿Bing’s? Sí, al sur del bulevar. Una sala de billar. ¿No lo destrozaron en los disturbios del año pasado?
–Sí –dijo Pounds–. Se quemó por completo. Lo saquearon y le prendieron fuego. Solo quedaron los cimientos de hormigón y tres paredes. Hay una orden municipal de demolición, pero todavía no la han ejecutado. Da igual, el caso es que es ese sitio, según la nota que recibimos. La nota dice que la chica estaba enterrada bajo la losa del suelo. Edgar acudió con una brigada municipal, un martillo neumático, de todo…
Pounds se estaba alargando. «Menudo capullo», pensó Bosch. Esta vez aguardó un poco más y, cuando el silencio se hizo exasperante, Pounds habló finalmente.
–Encontró un cadáver. Donde decía la nota, debajo del hormigón. Es…
–¿Cuánto hace que la mataron?
–Todavía no lo sabemos, pero es viejo. Por eso te llamaba. Necesito que vayas allí durante la pausa para comer y veas qué puedes averiguar. Quiero que me digas si es una víctima del Fabricante de Muñecas o si tenemos a otro zumbado tocándonos los cojones. Tú eres el experto. Sal cuando el juez ordene la pausa para comer. Nos reuniremos allí. Y volverás a tiempo para las exposiciones iniciales.
Bosch se sintió entumecido. Ya necesitaba otro cigarrillo. Trató de situar todo lo que Pounds acababa de decirle y darle cierto orden. El Fabricante de Muñecas, Norman Church, llevaba cuatro años muerto. No hubo ningún error. Bosch lo supo esa noche. Todavía lo sabía instintivamente. Church era el Fabricante de Muñecas.
–Entonces, ¿esa nota acaba de aparecer en el mostrador?
–El sargento de guardia la encontró en el mostrador de información hace cuatro horas. Nadie vio quién la dejó. Entra y sale mucha gente por las mañanas. Además, tenemos cambio de turno. Le pedí a Meehan que subiera y hablara con los uniformados de la entrada. Nadie recuerda nada de la nota hasta que la vieron.
–Mierda. Léamela.
–No puedo. La tienen los de investigaciones científicas. No creo que haya ninguna huella, pero hay que cumplir con el protocolo. Conseguiré una copia y la llevaré al lugar de los hechos, ¿de acuerdo?
Bosch no contestó.
–Ya sé qué estás pensando –dijo Pounds–. Pero vamos a calmarnos hasta que veamos de qué se trata. Todavía no hay razón para preocuparse. Puede ser alguna maniobra de esa abogada, Chandler. Haría cualquier cosa para arrancar otra cabellera de un poli del departamento. Le encanta salir en los periódicos.
–¿Y los medios? ¿Ya se han enterado?
–Hemos recibido algunas llamadas preguntando por el descubrimiento de un cadáver. Deben de haberse enterado por algún capullo del forense. No deberíamos hablar por radio. Bueno, nadie sabe nada de la nota ni del vínculo con el Fabricante de Muñecas. Solo saben que hay un cadáver. Supongo que el hecho de que lo hayan encontrado debajo del suelo de un edificio destruido en los disturbios tiene morbo.
–De todos modos, hemos de mantener oculta la parte del Fabricante de Muñecas por el momento. A no ser, claro, que quien la escribiera también haya mandado copias a la prensa. Si lo hizo, lo sabremos antes de que acabe el día.
–¿Cómo pudo enterrarla bajo el suelo de una sala de billar?
–No todo el edificio eran salas de billar. Había cuartos de almacenaje en la parte trasera. Antes de ser Bing’s era el almacén donde guardaban el atrezo de un estudio. Cuando Bing’s se quedó con la parte delantera, alquilaron secciones de la parte de atrás para almacenes. Todo es información de Edgar. Ha hablado con el dueño. El asesino debía de tener uno de los cuartos, rompió el suelo y enterró el cadáver de la chica. El caso es que en los disturbios se quemó todo, pero el fuego no afectó al suelo. Esta pobre chica ha estado allí abajo durante todo eso. Edgar dice que parece una momia.
Bosch vio que la puerta de la sala 4 se abría y que los miembros de la familia Church salían seguidos por su abogada. Se iban a comer. Ni Deborah Church ni sus dos hijas adolescentes lo miraron; en cambio, Honey Chandler, a quien muchos polis y personal de los juzgados conocían como «Money» Chandler, lo miró con ojos asesinos al pasar. Eran tan oscuros como la caoba quemada y resaltaban en su cara bronceada y de mentón decidido. Era una mujer atractiva, con el pelo dorado y suave. Su figura quedaba oculta en las líneas almidonadas de su traje de chaqueta azul. Bosch sintió que la animadversión del grupo lo envolvía como una ola.
–¿Sigues ahí, Bosch? –preguntó Pounds.
–Sí, parece que acaban de hacer la pausa para comer.
–Bien. Entonces vete para el Bing’s y nos reuniremos allí. No puedo creer que esté diciendo esto, pero espero que sea otro chiflado. Sería mejor para ti.
–Sí.
Cuando Bosch ya estaba colgando, oyó la voz de Pounds y volvió a ponerse el auricular en la oreja.
–Una cosa más. Si los medios se presentan allí, déjamelos a mí. Salga como salga esto, no puedes estar formalmente implicado en este nuevo caso por el litigio del otro. Solo estarás allí como testigo experto, por decirlo de alguna manera.
–Bien.
–Nos vemos allí.
Bosch tomó Wilshire desde el centro y cortó a la Tercera después de recorrer lo que quedaba del parque MacArthur. Al doblar hacia el norte por Western distinguió a la izquierda varios coches patrulla, vehículos de detectives y las furgonetas del escenario del crimen y del forense. El cartel de Hollywood lucía al norte en la distancia, con las letras apenas legibles por la contaminación.
De lo que había sido Bing’s solo quedaban tres paredes ennegrecidas que cuidaban de una pila de chatarra calcinada. No había techo, pero los uniformados habían extendido una lona por encima de la pared de atrás y la habían atado a la alambrada que recorría la parte anterior de la propiedad. Bosch sabía que no lo habían hecho para que los investigadores trabajaran a la sombra. Se inclinó y miró hacia arriba a través del parabrisas. Allí estaban, volando en círculos, las aves carroñeras de la ciudad, los helicópteros de los medios de comunicación.
Bosch aparcó y vio a una pareja de empleados municipales de pie al lado de un camión de equipamiento. Estaban pálidos y aspiraban con fuerza los cigarrillos. Sus martillos neumáticos estaban en el suelo, junto a la parte trasera del camión. Estaban esperando, rezando por que su trabajo allí hubiera concluido ya.
Pounds estaba de pie al otro lado del camión, junto a la furgoneta azul del forense. Parecía como si estuviera recomponiéndose, y Bosch vio en su rostro la misma expresión enferma que en los civiles. A pesar de que Pounds era el jefe de detectives de Hollywood, incluida la brigada de Homicidios, nunca había trabajado en Homicidios. Como muchos otros capitostes del departamento, su escalada se había basado en lamer culos, no en la experiencia. A Bosch siempre le satisfacía ver que alguien como Pounds recibía una dosis de realidad de aquello con lo que los polis de verdad se enfrentaban a diario.
Bosch miró el reloj antes de bajar del Caprice. Disponía de una hora; después tendría que volver al tribunal para las exposiciones iniciales.
–Harry –dijo Pounds al echar a andar–. Me alegro de que hayas podido venir.
–Siempre estoy encantado de examinar otro cadáver, teniente.
Después de quitarse la americana y dejarla en el asiento del coche, Bosch sacó del maletero un mono azul, que se puso encima de la ropa. Iba a pasar calor, pero no quería volver al tribunal cubierto de barro y suciedad.
–Buena idea –dijo Pounds–. Ojalá hubiera traído el mío.
Por supuesto, Bosch sabía que Pounds no tenía mono. El teniente solo se aventuraba a ir al escenario de un crimen cuando había una buena oportunidad de que apareciera la tele. Y solo estaba interesado en la televisión, no en los medios impresos. Con un redactor de periódico era preciso hilvanar más de dos frases seguidas con sentido y después tus palabras quedaban en el papel y continuaban allí al día siguiente y posiblemente te acecharían para siempre. No formaba parte de la política departamental hablar con los medios escritos. La televisión era una emoción más fugaz y menos peligrosa.
Bosch se encaminó hacia la lona azul bajo la que se habían reunido los investigadores. Estaban de pie junto a una pila de hormigón roto y a lo largo del borde de una zanja cavada en el suelo que había constituido los cimientos del edificio. Bosch alzó la mirada cuando uno de los helicópteros de la tele efectuaba una pasada a baja altura. No conseguirían gran cosa con la lona que tapaba el lugar de los hechos. Probablemente ya estarían enviando equipos de tierra.
Todavía había un montón de escombros en el armazón del edificio. Vigas del techo carbonizadas, maderas, bloques de hormigón rotos y otros restos. Pounds se puso a la altura de Bosch y ambos empezaron a avanzar cuidadosamente hacia la gente congregada bajo la lona.
–Lo derribarán y harán otro aparcamiento –comentó Pounds–. Eso es lo que los disturbios le han dado a la ciudad, mil aparcamientos nuevos. Hoy en día ya no hay ningún problema para aparcar en South Central. Ahora, como quieras una gaseosa o echar gasolina, entonces sí que tienes un problema. Lo quemaron todo. ¿Pasaste por el South Side antes de las fiestas? Había árboles de Navidad en todas las manzanas. Todavía no entiendo por qué esa gente quemó sus propios barrios.
Bosch sabía que el hecho de que personas como Pounds no entendieran por qué «esa gente» hizo lo que hizo era una de las razones de que lo hubiera hecho y de que algún día tuviera que volver a hacerlo. Bosch lo veía como un ciclo. Cada veinticinco años, más o menos, la ciudad acababa con el alma incendiada por el fuego de la realidad. Pero luego seguía adelante, deprisa, sin mirar atrás, como un conductor que se da a la fuga.
De repente, Pounds cayó tras resbalar con los escombros. Detuvo la caída con las manos y se incorporó rápidamente, avergonzado.
–¡Mierda! –exclamó, y luego, aunque Bosch no se lo había preguntado, agregó–: Estoy bien, estoy bien.
Se apresuró a peinarse hacia atrás el pelo que se le había despegado del cráneo, cada vez más pelado. No se dio cuenta de que al hacerlo se estaba tiznando la frente con la mano y Bosch tampoco se lo dijo.
Finalmente, llegaron al lugar donde se hallaban los investigadores. Bosch caminó hacia su antiguo compañero, Jerry Edgar, que estaba acompañado de dos detectives a los que Harry conocía y dos mujeres a las que no conocía. Las mujeres iban ataviadas con sendos monos verdes, el uniforme de los miembros del equipo del forense encargados de trasladar cadáveres. Cobraban lo mínimo y los enviaban de lugar en lugar de los hechos en la furgoneta azul para recoger cadáveres y llevarlos a la nevera.
–¿Qué pasa, Harry? –dijo Edgar.
–Ya ves.
Edgar acababa de asistir al festival de blues de Nueva Orleans y había vuelto con el saludo. Lo decía con tanta frecuencia que resultaba molesto. El propio Edgar era el único detective de la brigada que no se había percatado de ello.
Edgar destacaba en medio del grupo. No llevaba un mono como el de Bosch –de hecho, nunca se lo ponía porque le arrugaba sus trajes de Nordstrom–, y lo misterioso era que había conseguido abrirse paso hasta el lugar de los hechos sin llevarse ni una mota de polvo en los dobladillos del pantalón de su traje cruzado. El mercado inmobiliario –el antiguo y lucrativo pluriempleo de Edgar– llevaba tres años en crisis, pero Edgar seguía siendo el mejor vestido de la división. Bosch se fijó en la corbata azul claro de su compañero, apretada con fuerza al cuello del detective negro, y supuso que le habría costado más que su corbata y camisa juntas.
Bosch saludó a Art Donovan, el técnico de la policía científica, pero no dijo nada a ningún otro. Estaba siguiendo el protocolo. Como en cualquier lugar de los hechos, imperaba un sistema de castas cuidadosamente establecido. Los detectives básicamente hablaban entre ellos o con los técnicos de investigaciones científicas. Los uniformados no hablaban a no ser que les preguntaran. Los que trasladaban los cadáveres, que ocupaban el peldaño más bajo del escalafón, no hablaban con nadie, salvo con el técnico del forense. Este cruzaba contadas palabras con los polis. Los despreciaba porque para él eran unos pedigüeños que lo querían todo para ayer: la autopsia, las pruebas toxicológicas…
Bosch examinó la zanja junto a la que se hallaban. La cuadrilla del martillo neumático había perforado el suelo y practicado un agujero de unos dos metros y medio de largo por uno veinte de profundidad. A continuación, habían excavado en lateral hacia un gran bloque de hormigón que se extendía noventa centímetros bajo la superficie del suelo. Había un hueco en la piedra. Bosch se agachó para mirar más de cerca y vio que el hueco tenía la silueta del cuerpo de una mujer. Era como un molde para hacer un maniquí de escayola. Pero estaba vacío por dentro.
–¿Dónde está el cadáver? –preguntó Bosch.
–Ya se han llevado lo que quedaba de él –dijo Edgar–. Está en una bolsa, en la furgoneta. Estamos pensando en una forma de llevarnos de aquí esta pieza del suelo sin que se rompa.
Bosch miró en silencio al agujero durante unos segundos antes de levantarse de nuevo y abrirse camino para salir del amparo de la lona. Larry Sakai, el investigador forense, lo siguió a la furgoneta azul y abrió el portón. El calor era sofocante en el interior del vehículo y el olor del aliento de Sakai era más fuerte que el del desinfectante industrial.
–Supuse que te llamarían –dijo Sakai.
–Ah, ¿sí? ¿Cómo es eso?
–Porque parece del puto Fabricante de Muñecas.
Bosch no dijo nada para no dar a Sakai ninguna indicación de confirmación. Sakai había trabajado en varios de los casos del Fabricante de Muñecas cuatro años antes. Bosch sospechaba que era el responsable del nombre que los medios de comunicación le habían puesto al asesino en serie. Alguien había filtrado los detalles del uso repetido de maquillaje en los cadáveres a uno de los presentadores del Canal 4. El presentador bautizó al asesino como el Fabricante de Muñecas. Después de eso, todo el mundo empezó a llamarlo así, incluso los polis.
Pero Bosch siempre había detestado ese nombre. No solo decía algo del asesino, sino también de las víctimas. Las despersonalizaba, y con ello facilitaba que las historias del Fabricante de Muñecas, o el Maquillador, como también lo llamaron, que se transmitían por todas las cadenas fueran un producto de entretenimiento en lugar de algo espantoso.
Bosch miró por la furgoneta. Había dos camillas y dos cadáveres. Uno llenaba por completo la bolsa: o bien se trataba de alguien pesado y corpulento, o bien el cadáver se había hinchado. Se volvió hacia la otra bolsa. Los restos que contenía apenas abultaban. Sabía que esa era la de la víctima que habían sacado del hormigón.
–Sí, esta –dijo Sakai–. Al otro lo apuñalaron en Lankershim. Se ocupan los de North Hollywood. Ya estábamos llegando al depósito cuando recibimos este aviso.
Eso explicaba por qué los medios se habían enterado tan pronto. Los avisos del forense se emitían en una frecuencia que estaba sintonizada en todas las salas de redacción de la ciudad.
Bosch examinó la pequeña bolsa de plástico grueso un momento y, sin esperar a que lo hiciera Sakai, abrió la cremallera. Al hacerlo se desató un olor penetrante y mohoso que no era tan pútrido como podría haber sido si hubieran encontrado el cadáver antes. Sakai abrió la bolsa y Bosch observó los restos humanos. La piel era oscura y se ajustaba con tirantez a los huesos. El detective no sintió asco porque estaba acostumbrado y había aprendido a desapegarse de tales escenas. A veces pensaba que mirar cadáveres era el trabajo de su vida. Había ido al depósito para identificar a su madre cuando todavía no había cumplido doce años, había visto infinidad de muertos en Vietnam y había perdido la cuenta de los cadáveres que había visto en casi veinte años en la policía. Todo ello hacía que viera los cadáveres con la frialdad de una cámara. Era tan desapegado como un psicópata y lo sabía.
La mujer de la bolsa era pequeña, pero el deterioro de los tejidos y el encogimiento hacían que el cuerpo pareciera aún más pequeño que en vida. Lo que quedaba del pelo llegaba hasta los hombros y daba la impresión de que había sido rubio decolorado. Bosch distinguió restos de maquillaje en la piel del rostro. Los pechos de la mujer pronto atrajeron su mirada, pues eran sorprendentemente grandes en comparación con el resto del cuerpo encogido. Estaban bien formados y la piel estaba tensa. En cierto modo, constituían el rasgo más grotesco del cadáver, porque no eran como deberían haber sido.
–Son implantes –dijo Sakai–. No se descomponen. Podríamos sacarlos y vendérselos a la próxima tía estúpida que los quisiera. No estaría mal poner en marcha un programa de reciclaje.
Bosch no dijo nada. Se sintió súbitamente deprimido al pensar en la mujer –quienquiera que fuese– que se había operado para resultar más atractiva y había acabado de ese modo. Se preguntó si solo habría tenido éxito en resultar más atractiva para su asesino.
Sakai interrumpió sus pensamientos.
–Si lo hizo el Fabricante de Muñecas, significa que lleva en el hormigón al menos cuatro años, ¿no? En ese caso, la descomposición no es muy grande. Todavía tiene pelo, ojos, algunos tejidos internos. Podremos trabajar con eso. La semana pasada me cayó un trabajo, un excursionista que encontraron en el cañón de Soledad. Creían que era un tipo que desapareció el verano pasado. Ya no era más que huesos. Claro que al aire libre hay animales. ¿Sabes que entran por el culo? Es la entrada más suave y los animales…
–Ya lo sé, Sakai. Ciñámonos a este.
–En fin, con esta mujer, al parecer, el hormigón ha enlentecido el proceso. No lo ha detenido, pero lo ha frenado. Debe de haber sido como una tumba hermética.
–¿Vais a poder determinar cuánto tiempo lleva muerta?
–Probablemente a partir del cadáver no. La identificaremos y después vosotros descubriréis cuándo desapareció. Esa será la manera.
Bosch miró los dedos de la víctima. Eran palillos oscuros, casi tan delgados como un lápiz.
–¿Y las huellas?
–Las conseguiremos, pero no de los dedos.
Bosch vio que Sakai sonreía.
–¿Qué? ¿Las dejó en el hormigón?
La sonrisa de Sakai quedó aplastada como una mosca. Bosch le había arruinado la sorpresa.
–Sí, exacto. Podríamos decir que dejó una impresión. Vamos a obtener huellas, puede que incluso un molde de su rostro, si podemos sacar el trozo de hormigón. Quien preparó el material puso demasiada agua. Es muy fino. Es una suerte, tendremos las huellas.
Bosch se inclinó sobre la camilla para examinar la nudosa tira de cuero enrollada en el cuello del cadáver. Era un cuero negro fino y distinguió las marcas de la costura en los bordes. Otra tira cortada de un bolso. Como todas las demás. Se acercó más y el olor del cadáver le embotó la nariz y la boca. La circunferencia de la tira de cuero en torno al cuello era pequeña, tal vez del tamaño de una botella de vino. Lo suficientemente pequeña para ser fatal. Vio dónde había cortado la piel ennegrecida para arrancarle la vida a la víctima. Se fijó en el nudo. Un nudo corredizo apretado en el lado derecho con la mano izquierda. Como todos los demás. Church era zurdo.
Faltaba comprobar algo más. Lo llamaban «la firma».
–¿No había ropa? ¿Zapatos?
–Nada, como los demás, ¿recuerdas?
–Abre la bolsa del todo, quiero ver el resto.
Sakai abrió la cremallera hasta los pies. Bosch no estaba seguro de si Sakai sabía cuál era la firma, pero él no pensaba decírselo. Se inclinó sobre el cadáver y lo examinó como si estuviera interesado en todo, cuando en realidad solo le importaban las uñas de los pies. Los dedos estaban arrugados, negros y quebradizos. Las uñas también estaban quebradas y en algunos dedos habían desaparecido por completo. Sin embargo, Bosch vio que la pintura en los dedos gordos estaba intacta. Rosa intenso, apagado por los fluidos de descomposición, el polvo y la edad. Y en el dedo gordo del pie derecho vio la firma. O lo que quedaba de ella. Una minúscula cruz blanca pintada cuidadosamente en la uña. La firma del Fabricante de Muñecas. No faltaba en ninguno de los cadáveres.
Bosch notó que el corazón le latía con fuerza. Miró el interior de la furgoneta y empezó a sentir claustrofobia. La primera sensación de paranoia empezaba a asomar en su cerebro. Su mente hervía con las posibilidades. Si el cadáver cumplía con todas las características conocidas de un asesinato del Fabricante de Muñecas, entonces Church era el asesino. Si Church era el asesino de esa mujer y estaba muerto, entonces ¿quién había dejado la nota en la comisaría de Hollywood?
Se irguió y miró a la víctima en su conjunto por primera vez. Desnuda y encogida, olvidada. Se preguntó si habría más cadáveres en el hormigón esperando a ser descubiertos.
–Ciérralo –le dijo a Sakai.
–Es él, ¿no? El Fabricante de Muñecas.
Bosch no contestó. Saltó de la furgoneta y se bajó un poco la cremallera del mono.
–Eh, Bosch –lo llamó Sakai desde dentro de la furgoneta–. Es solo curiosidad. ¿Cómo lo habéis encontrado? Si el Fabricante de Muñecas está muerto, ¿quién os ha dicho dónde mirar?
Bosch tampoco contestó a esta pregunta. Caminó lentamente de nuevo bajo la lona. Parecía que todavía no se les había ocurrido la forma de sacar el trozo de hormigón donde habían descubierto el cuerpo. Edgar estaba por ahí, tratando de no ensuciarse. Bosch hizo una señal a su antiguo compañero y a Pounds y los tres se reunieron a la izquierda de la zanja, en un lugar donde podían hablar sin que nadie los oyera.
–¿Y bien? –preguntó Pounds–. ¿Qué tenemos?
–Parece un trabajo de Church –dijo Bosch.
–Mierda –exclamó Edgar.
–¿Cómo puedes estar seguro? –preguntó Pounds.
–Por lo que he visto, coincide en todos los detalles con el Fabricante de Muñecas. Incluida la firma.
–¿La firma? –preguntó Edgar.
–La cruz blanca en el dedo gordo del pie. Nos lo reservamos durante la investigación, pactamos con todos los periodistas no hacerlo público.
–¿Y un imitador? –propuso Edgar, esperanzado.
–Podría ser. Nunca se mencionó la cruz blanca hasta que el caso se cerró. Después, Bremmer, del Times, escribió un libro sobre el caso. Lo mencionaba.
–Así que tenemos un imitador –sentenció Pounds.
–Todo depende de cuándo murió –dijo Bosch–. El libro se publicó un año después de la muerte de Church. Si murió después de esa fecha, probablemente tenemos un imitador. Si la metieron en el hormigón antes, entonces no lo sé…
–Mierda –dijo Edgar.
Bosch pensó un momento antes de volver a hablar.
–Podemos estar tratando con un montón de cosas diferentes. Está el imitador. O quizá Church tenía un compañero al que nunca vimos. O quizá… maté a quien no debía. Quizá quien escribió la nota que encontramos esté diciendo la verdad.
La idea quedó flotando en el silencio, como una cagada de perro en la acera: todo el mundo la rodea con cuidado sin mirarla de cerca.
–¿Dónde está la nota? –preguntó por fin Bosch a Pounds.
–En mi coche. Iré a buscarla. ¿Qué quieres decir con que podría tener un compañero?
–Me refiero a que si Church hizo esto, ¿de dónde salió la nota si estaba muerto? Tuvo que ser alguien que sabía lo que había hecho y dónde había escondido el cadáver. Si es así, ¿quién es la segunda persona? ¿Un cómplice? ¿Church tenía un cómplice del que nunca supimos nada?
–¿Recuerdas al Estrangulador de la Colina? –preguntó Edgar–. Resultó que había estranguladores. En plural. Dos primos con el mismo gusto de matar mujeres jóvenes.
Pounds dio un paso atrás y negó con la cabeza como para conjurar la idea de un caso que potencialmente podía amenazar su carrera.
–¿Y Chandler, la abogada? –sugirió Pounds–. Supongamos que la mujer de Church sepa dónde enterró los cuerpos. Se lo dice a Chandler y ella trama este montaje. Escribe una nota como si fuera el Fabricante de Muñecas y la deja en comisaría. Así te jode toda tu defensa.
Bosch pensó en esa posibilidad. A primera vista funcionaba, pero enseguida vio diversos inconvenientes.
–Pero ¿por qué iba Church a sepultar unos cadáveres y no otros? El psiquiatra que asesoró al equipo de investigación de entonces dijo que era un exhibicionista, que le gustaba exponer a sus víctimas. Hacia el final, después de la séptima víctima, empezó a dejarnos notas a nosotros y al periódico. No tiene sentido que dejara algunos cadáveres para que los encontrásemos y otros sepultados en hormigón.
–Cierto –dijo Pounds.
–Me gusta la idea del imitador –dijo Edgar.
–Pero ¿por qué copiar el perfil completo de alguien, firma incluida, y luego sepultar el cadáver? –preguntó Bosch.
En realidad, no se lo estaba preguntando a ellos. Era una pregunta que tendría que responderse a sí mismo. Los tres se quedaron en silencio durante un rato, todos pensando que la posibilidad más plausible era que el Fabricante de Muñecas siguiera vivo.
–Quienquiera que haya sido, ¿por qué la nota? –dijo Pounds. Parecía muy agitado–. ¿Por qué iba a dejarnos la nota? Se había escapado.
–Porque busca atención –dijo Bosch–. Como la que tenía el Fabricante de Muñecas. Como la que va a generar este juicio.
El silencio volvió a instalarse durante unos segundos.
–La clave –dijo Bosch por fin– es identificar a la víctima, descubrir cuánto tiempo ha estado en el hormigón. Entonces sabremos lo que tenemos.
–¿Qué hacemos entonces? –dijo Edgar.
–Yo diré lo que vamos a hacer –intervino Pounds–. No vamos a decir ni una palabra de esto a nadie. Todavía no. Hasta que sepamos a ciencia cierta de qué se trata. Esperaremos a tener la autopsia y la identificación. Averiguaremos cuánto tiempo hace que murió esta chica y qué estaba haciendo cuando desapareció. Después decidiremos, decidiré, qué camino seguir.
»Mientras tanto, ni una palabra. Si esto se malinterpreta, puede causar un grave daño al departamento. He visto que algunos medios ya están aquí, así que me ocuparé de ellos. Nadie más debe hablar, ¿está claro?
Bosch y Edgar asintieron y Pounds salió, avanzando lentamente entre los escombros hacia una nube de periodistas y cámaras que se agolpaban detrás de la cinta amarilla instalada por los policías de uniforme.
Bosch y Edgar se quedaron de pie, en silencio unos momentos, viendo cómo su jefe se alejaba.
–Espero que sepa qué diablos está diciendo –comentó Edgar.
–Inspira mucha confianza, ¿no? –replicó Bosch.
–Sí, desde luego.
Bosch se acercó a la zanja y Edgar lo siguió.
–¿Qué vais a hacer con la impresión que dejó en el hormigón?
–Los de los martillos neumáticos no creen que se pueda trasladar. Dicen que el que mezcló el hormigón no siguió las instrucciones demasiado bien. Usó demasiada agua y arena fina. Es como yeso. Si tratamos de sacarlo de una pieza, se desmenuzará por su propio peso.
–¿Y entonces?
–Donovan va a hacer un molde de la cara. Solo tenemos la mano derecha, el lado izquierdo se derrumbó cuando cavaron. Donovan va a intentarlo con silicona plástica. Dice que es la mejor forma de obtener un molde con las huellas.
Bosch asintió. Por un instante se fijó en Pounds, que estaba hablando con los periodistas, y vio la primera cosa del día por la que valía la pena sonreír. Pounds estaba en cámara, pero aparentemente ninguno de los periodistas lo había avisado de la mancha en la frente. Bosch encendió un cigarrillo y centró su atención en Edgar.
–¿Así que esta zona de aquí eran almacenes de alquiler? –preguntó.
–Exacto. El dueño de la propiedad ha estado aquí hace un rato. Dijo que toda esta zona eran almacenes compartimentados. Salas individuales. El Fabricante (eh, el asesino, quien coño sea) pudo alquilar una de las salas y actuar con tranquilidad. El único problema sería el ruido que haría al levantar el suelo original. Pero pudo hacerlo por la noche. El dueño dice que la mayoría de la gente no venía por la noche. Los que alquilaban salas tenían la llave de una puerta que daba al callejón. El autor del crimen pudo entrar y hacer todo el trabajo en una noche.
La siguiente pregunta era obvia, así que Edgar no esperó a que Bosch la formulara.
–El dueño no nos puede dar el nombre del que la alquiló. Al menos, no con seguridad. Los registros se perdieron en el incendio. Su compañía de seguros llegó a un acuerdo con la mayoría de las personas que presentaron una reclamación y conseguiremos esos nombres. Pero dice que algunos no presentaron ninguna reclamación después de los disturbios. Simplemente no volvió a saber nada más de ellos. No recuerda todos los nombres, pero, si entre estos estaba nuestro hombre, probablemente usó un nombre falso. Al menos yo, si tuviera que alquilar un cuarto y excavar en el suelo para enterrar un cadáver, no daría mi nombre real.
Bosch asintió y miró su reloj. Tenía que irse pronto. Se dio cuenta de que tenía hambre, pero probablemente no tendría ocasión de comer. Miró la excavación y se fijó en la diferencia de color entre el hormigón viejo y el nuevo. La vieja losa estaba casi blanca. El cemento en el que había sido encajada la mujer era gris oscuro. Se fijó en un pedazo de papel rojo que sobresalía de un trozo gris en la parte inferior de la zanja. Se agachó y cogió el papel. Era del tamaño de una pelota de softball. Lo golpeó en la losa vieja hasta que se rompió. El papel era un fragmento de un paquete blando de Marlboro vacío. Edgar sacó una bolsa para pruebas del bolsillo del traje y la abrió para que Bosch guardara su hallazgo.
–Debieron de ponerlo con el cadáver –dijo–. Buena prueba.
Bosch salió de la zanja y miró de nuevo su reloj. Hora de irse.
–Avísame si la identificáis –le dijo a Edgar.
Volvió a dejar el mono de trabajo en el maletero y encendió otro cigarrillo. Se quedó de pie junto a su Caprice y observó a Pounds, que estaba terminando con su hábilmente planeada conferencia de prensa improvisada. Por las cámaras y los trajes caros, Bosch supo que la mayoría de los periodistas eran de la tele. Vio a Bremmer, el periodista del Times, de pie en un lado del grupo. Bosch llevaba un tiempo sin verlo y se fijó en que había engordado y se había dejado barba. Sabía que Bremmer estaba en la periferia del círculo esperando que los periodistas de la tele terminaran sus preguntas para poder golpear a Pounds con algo sólido que requiriera pensar antes de responder.
Bosch fumó y esperó cinco minutos hasta que Pounds terminó. Se arriesgaba a llegar tarde al juicio, pero quería ver la nota. Cuando Pounds terminó por fin con los reporteros, le indicó a Bosch que lo siguiera a su coche. Bosch se sentó en el asiento de la derecha y Pounds le tendió una fotocopia.
Harry estudió la nota un buen rato. Estaba escrita con una caligrafía reconocible. Los analistas de Documentos Sospechosos la habían llamado «la escritura Filadelfia» y habían concluido que esa inclinación de derecha a izquierda era el resultado del trabajo de una mano no entrenada; posiblemente, un zurdo que escribía con la derecha.
El diario dice que el juicio ya ha empezado
y volverá la caza del Fabricante de Muñecas
una bala de Bosch directa y sin muecas
pero que sepan las muñecas que no he acabado.
En Western está el sitio donde mi corazón canta
debajo de Bing’s mi muñequita espanta
lástima, gran Bosch, una bala mal dirigida
han pasado los años y sigo en la partida.
Bosch sabía que el estilo podía copiarse, pero había algo en el poema que lo convenció. Era como los demás. Las mismas rimas malas de colegial, el mismo intento semianalfabeto de un lenguaje rimbombante. Sintió confusión y un tirón en el pecho.
«Es él –pensó–. Es él.»
–Damas y caballeros –recitó el juez del distrito Alva Keyes mientras miraba al jurado–, iniciamos el juicio con lo que llamamos «exposiciones iniciales de los letrados». Tengan en cuenta que lo que ellos digan no son pruebas, sino más bien borradores, mapas de carretera si lo prefieren, de la ruta que cada abogado quiere tomar en su caso. Repito, no los consideren pruebas. Puede que los letrados hagan declaraciones rimbombantes, pero solo porque ellos lo digan no significa que sea cierto. Al fin y al cabo, son abogados.
Este comentario suscitó una educada risa del jurado y el resto de los presentes en la sala 4. El acento sureño del juez contribuyó al regocijo. Incluso Money Chandler sonrió. Bosch miró a su alrededor desde la mesa de la defensa y vio que la mitad de los asientos reservados para el público en la inmensa sala con paneles de madera y techo de seis metros estaban ocupados. En la primera fila de la parte de los demandantes había ocho personas que eran miembros de la familia de Norman Church o amigos de este, sin contar a la viuda, que estaba sentada con Chandler a la mesa de la demandante.
Había asimismo media docena de habituales de los juzgados, viejos sin nada mejor que hacer que observar los dramas de vidas ajenas. Además, Bosch vio un surtido de funcionarios de justicia y estudiantes que probablemente deseaban ver la actuación de la gran Honey Chandler, y un grupo de periodistas con el bolígrafo preparado sobre el bloc. Las exposiciones iniciales siempre daban para un buen artículo, porque, como había dicho el juez, los abogados podían decir lo que quisieran. Bosch sabía que después, aunque los periodistas se irían pasando de vez en cuando, probablemente no habría muchos artículos más hasta el momento de las conclusiones y el veredicto.
A no ser que sucediera un imprevisto.
Bosch se volvió. No había nadie en los bancos que tenía detrás. Sabía que Sylvia Moore no iba a asistir porque él no quería que presenciara el juicio y así habían quedado antes. Le había dicho que era una formalidad, que ser juzgado por hacer su trabajo era uno de los inconvenientes del hecho de ser policía. La verdadera razón por la que no deseaba que ella lo viera era que no estaría en condiciones de controlar la situación. Tendría que permanecer sentado a la mesa de la defensa y dejar que le dispararan a placer. Podría surgir cualquier cosa y no quería que ella lo viera.
Se preguntó si los miembros del jurado verían los bancos vacíos a su espalda en la galería del público y pensarían que tal vez era culpable porque nadie se había presentado para mostrarle apoyo.
Cuando se acallaron las risas, Bosch observó de nuevo al magistrado. El juez Keyes aparecía impresionante en su silla. Era un hombre mayor a quien la toga le sentaba bien, y los anchos antebrazos cruzados sobre el pecho fornido le daban una sensación de prudente poderío. Su cabeza calva y colorada por el sol era grande y perfectamente redondeada. El pelo corto gris a ambos lados sugería un organizado almacén de conocimientos y perspectiva legales. El magistrado era un sureño afincado en California que se había especializado en casos de derechos civiles como abogado y que se había labrado un nombre demandando al Departamento de Policía de Los Ángeles por el desproporcionado número de ciudadanos de raza negra que habían muerto estrangulados por los agentes en la maniobra de inmovilización del sospechoso. El presidente Jimmy Carter lo había designado para el Tribunal Federal justo antes de que las urnas lo enviaran de nuevo a su Georgia natal. El juez Keyes había dirigido la sala 4 desde entonces.
El abogado de Bosch, el ayudante del fiscal Rod Belk, había luchado a brazo partido en la fase previa del juicio para descalificar al juez por razones de procedimiento y lograr que se asignara el caso a otro, a ser posible un juez sin antecedentes como custodio de los derechos civiles. Pero había fracasado.
No obstante, Bosch no estaba tan ofendido por este hecho como Belk. Se daba cuenta de que el juez Keyes estaba cortado por el mismo patrón legal que la abogada de la demandante, Honey Chandler –receloso de la policía, por la que a veces mostraba su odio abiertamente–, pero Bosch sentía que en última instancia era un hombre justo. Y Bosch creía que no le hacía falta nada más para salir en libertad. Una oportunidad justa con el sistema. Después de todo, estaba convencido de que había actuado correctamente en Silverlake. Había hecho lo que tenía que hacer.
–Dependerá de ustedes –estaba explicando el juez al jurado– decidir si lo que dicen los letrados queda demostrado durante el juicio. Recuérdenlo. Ahora, señora Chandler, es su turno.
Honey Chandler saludó al magistrado con la cabeza y se levantó para acercarse al estrado, que estaba situado entre las mesas de la acusación y la defensa. El juez Keyes había establecido estrictamente las directrices con anterioridad. En su sala no había paseítos, ningún letrado se aproximaba al estrado de los testigos ni al banco del jurado. Cualquier cosa que los abogados quisieran decir en voz alta tenían que decirla desde el estrado instalado entre las mesas. Chandler, consciente de la estricta exigencia de las normas de Keyes, incluso solicitó permiso antes de girar el pesado atril de caoba para hablar ante el jurado. El juez asintió, aunque con cara de pocos amigos.
–Buenas tardes –empezó Chandler–. El juez tiene razón cuando dice que esta exposición es solo un mapa de carreteras.
«Buena estrategia –pensó Bosch desde la reserva de cinismo con que contemplaba el caso en su conjunto–, consentir los caprichos del juez con la primera frase.» Observó a Chandler mientras ella consultaba el bloc amarillo que había dejado en el estrado. Reparó en que sobre el botón superior de su blusa había un alfiler con una piedra de ónice engarzada. Era plana y tan apagada como el ojo de un tiburón. Chandler se había peinado hacia atrás y se había recogido el cabello en una trenza de aspecto cuidadosamente descuidado. Un mechón de pelo suelto contribuía a dar la imagen de una mujer despreocupada por su aspecto y plenamente centrada en la ley, en el caso, en la abyecta injusticia perpetrada por el demandado. Bosch pensaba que se había dejado suelto el mechón a propósito.
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