La segunda venida de Jesús - Carlos Sánchez Zavala - E-Book

La segunda venida de Jesús E-Book

Carlos Sánchez Zavala

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La segunda venida de Jesús narra la historia de cómo Jesús, un chico de 17 años, logra llegar a una de las experiencias más trascendentales en la vida de un adolescente: el despertar sexual, el cual va de la mano con otras primeras veces, de esas que terminan por formarnos. Esta historia nos regresa a los años 90, para muchos la última gran década, la década donde se perdió la inocencia e inició el gran salto tecnológico. A través de un lenguaje desenfadado, cuyas principales influencias las podemos encontrar en Nick Hornby y Tim Lott, el autor intenta reivindicar a una década hasta hora poco valorada, y nos recuerda esos años, la época donde reinaba la "generación X", donde la MTV aún pasaba música por su señal y el mundo de la música era dominado por el grunge. Concebida a partir de un juego de palabras, es una historia que termina por atraparnos y llevarnos por un vaivén de emociones y recuerdos, que nos harán reír y llorar; nos llenará de nostalgia al recordar las primeras experiencias con las chicas, primeros cigarrillos, primer amor, primer porro, primera cerveza, en compañía de los amigos, llenas de fútbol y de rock, una historia en la que aquellos que crecieron durante esos años podrán encontrar muchas resonancias, pero al mismo tiempo atractiva y actual para las nuevas generaciones, quienes verán que, a pesar de los cambios en el mundo, en esencia seguimos formándonos de la misma manera.

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Carlos Alberto Sánchez Zavala

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-1386-858-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A Mamá.

Capítulo I

Jesús, no sé si es el nombre más común, pero sí tal vez el más significativo en el mundo occidental y cristiano. Si te llamas Jesús, inmediatamente llevas una carga sobre tus hombros, sobre todo, si tu mamá, como a mí, te puso el nombre en honor al carpintero aquel que murió por los pecados del mundo: los de mis padres, los míos, los de mis amigos, mis enemigos, mis hijos, mis nietos y de gente que no pecó todavía, pero, según algunos, Dios ya sabe cómo nos las gastamos los humanos y sabe que en algún momento lo haremos, entonces, previsor como es, mandó a su hijo a morir por toda esta sarta de pecadores que habitamos y habitaremos este planeta. O al menos eso dijo el cura que me tiró en una pila llena de agua fría cuando yo no tenía todavía la culpa de nada, y más tarde también la señorita que me enseñaba el catequismo y nos advertía sobre los peligros del infierno, y que estaba tan buena que era un pecado que fuera tan santa.

Al caminar por esta calle larga y vacía, en una tarde lluviosa como hoy, solo atinaba a preguntarme por qué, en qué momento se nos vino la vida encima y no nos dimos ni cuenta de la pérdida de eso que la gente llama inocencia -sea lo que sea que eso signifique-. Mientras mis pensamientos se iban con el humo del fósforo con el que prendía mi cigarrillo, escuché que alguien me gritaba del otro lado de la acera.

—Jesús, ey, Jesús, ¿qué haces, hermano? ¿Cómo andas? —Era Miguel, un viejo amigo, justo de la época sobre la que yo filosofaba, esa época en la que no se es ni un hombre ni un niño. Los padres y las mujeres nos consideran niños y nosotros nos consideramos hombres y estamos dispuestos a comernos el mundo y a pasarle por arriba, y nos topamos con la realidad de que estamos más cerca del carrusel y los autitos de metal que de las armas y los automóviles de verdad. Esa edad en la cual vas dejando de lado la felicidad que te daban los juguetes y cuando descubriste que dejaste de ser un niño porque viste a cierta actriz de televisión y descubriste la paja. Ahí te diste cuenta de que dejaste de hacerle caso a los juguetes por mirar las mujeres, con todas las consecuencias que eso te iba a traer.

Nos saludamos y después de un abrazo me preguntó qué hacía por esa parte de la ciudad. Le conté que venía de casa de mi novia, bueno, exnovia, ya que me había dejado por mi falta de compromiso.

—¡Pero, Jesús, ya no eres un chico, eh!, tienes que ponerte un poco serio. Pero ¿todo bien? —me preguntó, a lo que contesté que no, que la verdad no estaba todo bien, que tenía ganas de beber una cerveza y me dijo—: Vamos al bar de acá a la vuelta. —Le ofrecí un cigarrillo y nos fuimos caminando y fumando juntos, como cuando teníamos 16 años.

Tomamos la serpenteante calle 14, cortamos por la avenida 8 y estábamos en el bar tipo irlandés, que era mi favorito por esas fechas. Las relucientes mesas y sillas de madera estaban vacías a esa hora de la tarde de ese jueves lluvioso; me reconfortó el olor a limpio y madera vieja del lugar. Nos sentamos en la barra y ordenamos un par de cervezas oscuras mientras escuchábamosAll Apologiesde fondo; le conté brevemente la historia: ella estaba empezando a querer que las cosas se formalizaran, todos los días me preguntaba si la quería, qué era lo que esperaba de la vida, y todas esas cosas y preguntas que generan matrimonios y rupturas por millones alrededor del mundo. Mi amigo sonrió y dijo, mientras le daba un pequeño sorbo a su cerveza:

—Cómo se complica la cosa al crecer, ¿no? Qué difícil se hace, no es como los viejos tiempos.

—Los buenos viejos tiempos —añadí, alzando mi vaso y brindando por el ayer. Qué razón tenía La Unión, que ya sonaba en los parlantes del bar en ese momento, muyad hocconVivir al este del edén. «Tan lejano el paraíso aquel, estoy acostumbrado a vivir al este del edén.»

Y nos pusimos a recordar cuando coger era una hazaña…

—Recuerdo ese día —le dije—, 16 años teníamos cuando, después de jugar esa final, nos hicimos amigos todos.

Capítulo II

—¡Eh, Jesús, acá, dámela, te la regreso! —No, no se la pasé. Ya conozco a Santiago y nunca te regresa la pelota; encara para el arco y no para hasta que hace el gol o termina tirado en el piso. Preferí patear yo y mandé la pelota arriba del arco de la canchita de tierra donde jugábamos al fútbol los domingos todos los chicos. Esa canchita en la que éramos la estrella del momento del fútbol mundial, el lugar de esas hazañas y derrotas que para cualquiera eran poca cosa, pero para nosotros eran la final del mundo. Ese domingo jugábamos contra el club del barrio vecino al nuestro por la final del campeonato en la categoría de 16 y menores.

Cada domingo, durante 90 minutos nos olvidábamos de todo, de los deberes y problemas del colegio, o de tener que escuchar de tus viejos los consejos que ellos nunca siguieron; solo era uno con la pelota, pero ese día fue diferente.

Ni bien había terminado de disparar al arco, cuando siento un empujón por la espalda, que me hizo terminar en el piso; desde ahí levanté la mirada y ahí estaba ella en las graditas de madera; era hermosa, blanca, cabello entre rubio y cobrizo, con unos ojos verdes que parecían mirar al mundo desde un lugar lejano y sagrado; no parecía importarle mucho el partido, parecía que estaba más por obligación que por gusto.

—¿Quién era esa que estaba en la tribuna? —le pregunté a Santiago—. Es la hermana del nueve de estos hijos de puta —dijo, señalándome al centro delantero que jugaba con el equipo contrario.

Después de todo el pequeño barullo que se armó, continuamos con el partido, que estaba hasta ese momento 0 a 0.

En la siguiente jugada nos hicieron el primer gol. Justo su número nueve, tras un centro, saltó y cabeceó pegado en el poste. Nuestro arquero, Martín, nada pudo hacer.

Volteé a la tribuna y ahí estaba de nuevo esa visión, saltando y riendo emocionada, una imagen que me hubiera gustado, de no ser porque representaba estar abajo en el marcador en la final del mundo. Se sabe que el amor por la camiseta es más grande que todo, así que decidí que por una vez tendría que cagar a la estética con la furia y convertir esa sonrisa en dolor.

A los 5 minutos del gol, ellos tenían un córner a favor. Después del centro, salimos en una contra rapidísima; en tres toques estábamos en su campo. Me dio la pelota nuestro defensa central, Pancho; la recibí en medio campo, avancé 10 metros con pelota controlada, cuando vi a Fernando entrando por el otro lado de la cancha, metí un centro, y justo llegó él tirándose de palomita, para marcar el 1 a 1.

Fernando era nuestro volante por derecha, uno de esos volantes que no existen ya —o por lo menos no en el fútbol profesional—, de esos tipos que parece que tuvieran un par de pulmones más: volteas para dar un pase a gol y está él ahí; volteas en un córner en contra para ver cómo entra la pelota en tu arco y él está en un palo salvando el gol, y en la jugada siguiente lo ves iniciando esos contragolpes peligrosos que se vienen siempre después de un tiro de esquina y que les encantan a los relatores de la televisión.

Después del festejo por el empate, continuamos el trámite del partido.

Faltaban pocos minutos y ellos controlaban la pelota de un lado a otro. Yo volteaba y miraba la desesperación en los rostros de todos mis compañeros, pero no podíamos hacer nada. De pronto, su número 4 no pudo controlar la pelota en un pase facilísimo y el balón se fue por la banda, pasando el círculo central; Pancho se avivó y corrió a sacar de manos, se la dio a Fernando, que estaba parado justo en el medio campo, él la abrió a la izquierda hasta donde estaba Santiago, que la recibió y de primera se la dio a Miguel, que estaba en el centro a pocos metros del área rival; ahí le cometiófaulel jugador más torpe de ellos, un lateral gordito que, pude ver en su camiseta, se llamaba Rodrigo.

Casi sobre la hora, el árbitro pitó esa falta cerca de su área a nuestro favor, con lo que comenzamos los empujones y los insultos con los del otro equipo. Todo parecía que terminaba en una pelea, cuando me di cuenta de que Miguel y Fernando tenían acorralado al 9 del equipo contrario; no sé si fue por un sentido de honor y códigos de fútbol, o porque me acordé de su hermana en la gradita de la cancha, pero me acerqué a defenderlo y lo saqué de ahí. Al final del partido terminé hablando con el 9, que se llamaba Benjamín.

Después de la pequeña escaramuza, nos dispusimos a cobrar la falta. Miguel, en lugar de patear directo, abrió la pelota al costado izquierdo para Santiago, él sí disparó al arco, el aquero rechazó, pero me quedo el rebote ahí, nomás. Vi venir la pelota rodando mansa con pequeños botes, y pateé con toda la fe y el hambre que tienes a los 16 años y vas a probar por primera vez las mieles de ganar algo, porque qué importa que terminaste la primaria, qué importan la primera comunión y el secundario, no son nada comparados con la emoción de hacer el primer gol importante de tu vida; es una de esas primeras veces que quedan para siempre en la memoria, cuando crezcas siempre te acordarás de eso: el primer beso, tu primer amor, tu primera vez…, tu primer gol para un campeonato.

Le entré a la pelota de zurda —yo que soy el más diestro del mundo— y la vi salir disparada rumbo al arco: entró ahí, pegada al palo, meciendo la red. Salí corriendo como un pollo descabezado que no tiene idea de dónde está y corre por inercia. Cuando me di cuenta, estaba parado delante de la tribuna de ellos festejando como un loco, y ahí estaba ella… Sí, la estética derrotada por la furia. Era la segunda vez en la vida que la veía y ya la había visto reír y llorar, y una era por mi culpa.

Cuando me di cuenta de mi error, gracias a que era bañado por 50 tipos diferentes de líquidos, salí corriendo hacia el lado contrario y ahí estaba nuestra tribuna: eran todas risas y alegría, ahí estaban todas las chicas del barrio, nuestras amigas, novias, hermanas y todos los demás amigos que no pudieron estar dentro de la cancha, esos amigos que no tuvieron el don para la pelota pero que te confieren la responsabilidad de hacerlos ganar y sentirse parte de algo.

El partido terminó 4 minutos después. Nos abrazamos todos y al primero que vi fue a Fernando, el autor del primer gol; generalmente pasa desapercibido durante el partido, excepto para nosotros, pero si alguien merecía hacer ese gol era él: además de un guerrero dentro de la cancha, también lo era afuera, en parte porque tenía ese aire pendenciero que le daba el corte casi a rape y la nariz un poco desviada, producto de una caída en bicicleta unos años atrás; un amigo de fierro, de esos que siempre van al frente y se plantan en todos lados, esos que uno admira y se siente protegido por ellos; su único defecto era tímido con las mujeres y no hablaba mucho.

Todos los del equipo nos abrazamos con nuestro entrenador, mi tío David; no es que fuera un entrenador profesional y supiera de tácticas, sino que en un equipo de adolescentes siempre se necesita una figura de autoridad para decidir la alineación y realizar los cambios; además tenía bastante noción del juego y buen ojo para detectar a los mejores jugadores; todos lo respetábamos porque, si bien era la autoridad dentro del equipo, afuera la brecha generacional no era tan distante como con nuestros padres, así que estaba a una distancia de edad lo suficientemente lejana para respetarlo y a la vez lo suficientemente cercana para confiar en él.

Al volver a la cancha para la entrega de los trofeos, me volví a cruzar con el 9 del equipo contario; me extendió la mano y, en una muestra de madurez bastante atípica para esa edad, me felicitó y me agradeció por haberlo ayudado dentro de la pequeña batalla que se formó durante el partido; lo saludé, le agradecí también por el partido y cada uno se fue a su respectivo bando a recibir los premios.

Después del partido, todavía en medio de la premiación y gracias al gesto que tuvo, invité a Benjamín a la pequeña fiestita pospartido que tendríamos en nuestro club; en un principio la invitación fue más por el interés en su hermana, pero al final resultó que era buen tipo.

Capítulo III

Esa noche estábamos festejando todo el equipo en el club de nuestro barrio en la canchita de duela, que servía lo mismo para partidos de básquet, balonmano y auditorio que para salón de fiestas.

Mientras estaba con Migue repasando las jugadas del partido y bebiendo algo, sonaba de fondoBoys Don’t Cryy yo lo bromeaba con su ligero sobrepeso.

Desparramados por todo el salón, estaban todos los demás jugadores y las chicas: algunos bailando, otros bebiendo algo, los demás hablando. En medio del barullo de la música y las conversaciones, escuché cómo me gritaba don Guille desde la puerta: «Jesús, acá te buscan». Era Benjamín; yo lo esperaba con la hermana, y el hijo de puta llegó con un amigo, que después supe que era su primo Seba, uno de los jugadores de su equipo.

Le hice señas a don Guille con la mano para que los dejara pasar. Entraron los dos, los demás chicos los reconocieron y los observaban mientras ellos cruzaban tímidos toda la canchita de duela. Llegaron hasta donde estábamos Migue y yo; nos saludamos, les ofrecí algo de beber y me dijo:

—Buena canción, The Cure, ¿no?

—Sí —contesté mientras les ofrecía una bebida a él y a Sebastián.

Sentí una mano en el hombro; al voltear, vi a Santiago. En su mirada veía los celos que a los 16 años nos genera el sentido de pertenencia con el que nos apegamos a las cosas que nos marcarán: amigos, novias, aventuras, lugares, canciones y todo lo que nos definirá para siempre. Me llevó hacia la parte de atrás y me preguntó:

—¿Estás loco?, ¿qué hace ese tipo aquí?

—Nada —le dije—, lo invité porque pensé que venía con la hermana. Pero, tranquilo, no pasa nada.

Lo miró desconfiado y me dijo:

—Pero no la trajo, Jesús.

—Sí, bueno, pero ¿quién te dice que tal vez la próxima la trae?

Me miró, ladeó la cabeza deliberando si aceptaría o no al invasor, pero lo sacó de sus pensamientos el llamado de Ana, su hermana. «Santiago, ven a cambiar la música», le gritó.

Regresé con Benjamín, Migue y Seba, y seguimos hablando. Nos gustaba la misma música, éramos hinchas del mismo equipo, pero, lo más importante, tenía una hermana divina.

En un rato apareció: ahí en la puerta estaba ella, preguntando por Benjamín. La vi y le dije a Benja:

—¡Eh, te buscan!

—Le dije que podía pasar por acá un rato. No hay problema, ¿no?

—No, para nada —contesté.

Llegó con una amiga. Santiago se apresuró a hacerlas pasar, olvidando por completo la rivalidad y el odio que tenía minutos antes. Les ofreció algo de beber y ahí fue donde la conocí oficialmente.

—Hola, Sofía.

—¡Qué tal!, Jesús —contesté.

Un beso en la mejilla, y arrancamos a hablar. Me preguntó si no tenía alguna canción de Bon Jovi, banda que nunca me gustó demasiado, pero en ese momento cambié el CD y puseLiving On a Prayer.

Mientras hablábamos sobre cosas sin demasiada trascendencia aparente, como por qué no entendía que a mi padre le importara tanto el que yo durmiera hasta tarde el fin de semana, y descubríamos qué teníamos en común, empezó a sonarPsycho Killerde Talking Heads, todos fueron hacia la pista y ella me tomó del brazo para llevarme a bailar. Me la saqué de encima con amabilidad y le dije que no bailaba. No le importó mucho, porque de inmediato tomó de la mano a su amiga —Andrea se llamaba— y se fueron a bailar con los demás chicos.

Mientras todos bailaban, me di cuenta de cómo Martín sacaba del lugar a Linda; el muy cabrón llevaba más de un mes queriendo follársela, y hoy parecía que lo iba a conseguir. «¡Mierda!», pensé, «Soy el único virgen del equipo». En realidad, eso no era así de ninguna manera; más de medio equipo lo era, pero todos alardeaban con que ya lo habían hecho.

Mientras Martín se alejaba tomado de la mano con Linda y David Byrne cantabaPsycho Killer:

Qu’est-ce que c’est?

Fa-fa-fa-fa-fa-fa-fa-fa-fa-far better.

Run, run, run, run, run, run, run away.

Yo veía cómo se alejaba Sofía para no volver más esa noche. Apenas tuve tiempo para pedirle su teléfono. No pude volver a estar con ella más tiempo; para mi desgracia, sonaron, una tras otra, canciones para bailar o cantar en grupo:Yo no me sentaría en tu mesa, el éxito más bailable de los Fabulosos Cadillacs; la potenteGirls And Boys, de Blur, el clásico delrockrío platenseDe música ligera, de Soda Stereo, y la cuasi electro pop,Atomicde Blondie.

Santiago, a quien en un principio no le pareció muy bien la idea, no paraba de bailar con Andrea. Y tampoco era que yo la esperaría toda la noche, así que entonces, como para demostrar cierta indiferencia, seguí con mis cosas y continúe bebiendo y hablando con otros amigos y amigas. En especial con Fer, mientras observábamos a la masa con movimientos uniformes dentro de la pista, bañados por las luces y poseídos sus cuerpos por los ritmos y acordes que vomitaban los parlantes. Hablábamos sobre el baile y lo indispensable que era si querías levantarte algo; en un momento, Fer me dijo: «Si lo haces bien, combinado con un buen verso, es el arma más mortífera que hay». Me sorprendió de él, que no es capaz de hablarle a nadie.

Capítulo IV

Era casi fin de curso. El verano estaba cerca y el lunes había colegio, pero decidimos no entrar a la escuela. Fer, Santiago, Martín, Pancho, Juan, Migue y yo nos fuimos al lugar habitual de las escapadas del colegio: la vieja estación del tren abandonada. Arrancamos caminando por el pequeño parque que separaba el colegio de las vías del tren, mientras caminábamos por entre los árboles y el césped que se tornaba amarillento, como sediento de una gran lluvia, debido a esa particularmente calurosa primavera. Encendíamos todos un cigarrillo, excepto Santiago, y bombardeábamos con preguntas a Martín.

Primero el Negro, como llamábamos cariñosamente a Pancho. Le preguntó cómo fue. «¿Qué le hiciste, Martín?», contestó que esperáramos a la estación y ahí nos contaría todo; mientras tanto, bromeábamos a costa suya:«¡Por fin mojaste!», le dijo Migue. «¿Qué tal eran sus tetas?», pregunté yo. «¿Es verdad que sangran?», preguntó Fernando. «Para mí que ni se te paró», le dijo Santiago. «¡Eres puto!», Martín lo tomó por las solapas, lo recargó en un viejo roble y le dijo: «¡¿Ah, sí?! Tráeme a tu hermanita y pregúntale qué tan puto soy». Santiago era muy celoso y no le gustaba que le hablaran de su hermana, y mucho menos Martín, que era el mejor parecido del equipo, tenía cierto aire al protagonista deKarate Kidy lo aprovechaba bien, porque tenía novias a montones el hijo de puta. Santiago se sacó de encima a Martín con un empujón, mientras le decía que nunca volviera siquiera a mencionar el nombre de su hermana, y empezaron una pequeña pelea que contuvimos todos.

Pasamos por el quiosco que está en la esquina de la estación y mandamos a que Pancho, que era el que aparentaba más edad por ese incipiente bigote, comprara un paquete de cigarrillos y una botella de vino para brindar por Martín.

Doblando la esquina, estaba la vieja estación. Hace unos 20 años solían parar los trenes aún por aquí. Me imagino cuántas tristes despedidas tuvieron lugar aquí y cuántos felices reencuentros. No sé por qué me causa tanta nostalgia el tren, siento que es, de los medios de transporte, el más sincero, tal vez, creo, porque cuando se va lo puedes ver partir por más tiempo y aún puedes saltar a las vías y correr detrás de él un buen tramo, antes de que se haga inalcanzable… No puedes hacer eso con un autobús y mucho menos con un avión… Si algún día tengo que dejar a alguien, ojalá nuestra despedida sea en un andén de tren…

Al tren que pasaba por aquí, como a tantas otras cosas, se lo llevó la modernidad: cambiaron los caminos, hicieron trenes más veloces, mejores rutas, más cortas… A veces no entiendo por qué la gente quiere cosas más rápidas y más cortas si la vida y el tiempo transcurren a la misma velocidad siempre, pero, bueno, viéndole el lado positivo, nos dejaron un buen cuartel general donde juntarnos cada tanto.

Llegamos a la estación, estaba semioscura a esa hora; el sol nunca la iluminaba lo suficiente, pero por alguna extraña razón no estaba fría y, lo mejor de todo, no olía mal, y esos suaves rayos de luz que se filtraban por las grietas, le daban esa sensación de que el tiempo por ahí no pasaba.

Apenas llegamos, abrí la botella de vino, nos servimos y prendimos otro cigarrillo. Santiago, que no fumaba, nos dijo: «Fuman demasiado, morirán de cáncer», a lo que contesté: «Tengo 16 años, déjame disfrutar, cuando sea un viejo de mierda de 30 me preocuparé».

Servimos el vino en pequeños vasos de plástico, primero Martín y después los demás, y empezamos a hablar sobre lo que había pasado ese fin de semana. Arrancamos con lo más importante: —obvio— la final; repasamos las jugadas y nos recriminamos y nos alabamos una vez más. Después no hacíamos otra cosa más que hablar sobre la fiesta, que si los invitados sorpresa, que Benjamín, Andrea y Sofía, y terminando todos esos temas, llegaron las inevitables preguntas a Martín sobre lo que había pasado con Linda. Nos dijo que salieron del club y se fueron caminando hacia su casa; sus padres estaban en el departamento del hermano más grande, que tenía un anuncio que hacerles (el muy tarado se casaba), así que no había nadie; abrió la puerta, encendió la luz y se tomaron un trago de las botellas que tiene su papá en el bar de la casa, —dijo que no sabía qué era, pero sintió que quedaba sofisticado, así que le sirvió también un trago a Linda—. Empezaron a besarse y la llevó hacia su cuarto; ahí prendió la radio y sonaba una canción que no sabía cómo se llamaba, pero, a juzgar por la letra, cuando intentó cantarla, supuse que eraA Perfect Dayde Lou Reed.

Nos describió cómo la recostó sobre la cama con seguridad mientras la besaba tiernamente y cómo ella lanzaba pequeños gemidos mientras la acariciaba; nos contó cómo se besaron, la forma de los senos de Linda, para después desnudarla completamente y hacerle el amor como el mejor, en la historia que nos conto era un maestro del amor, un actor porno en potencia.

Mientras tanto, paradas en medio del patio, las chicas tenían una reunión similar a la nuestra, aunque mucho más solemne, obvio, ya que las mujeres en ese sentido son más serias.

Linda les contaba cómo se morían de nervios y Martín no atinaba a hacer nada bien y era demasiado torpe, les contó cómo él se pegó en la cabecera de la cama al querer hacerse el experto y que tardó más en tratar de hacer algo que en terminar.

Mariana le preguntó: «Pero ¿cómo fue?, ¿rico? ¿Te gustó?». Y Linda contestó: «Mmmmmm…, fue raro; he tenido mejores, así que espero que mejore todo con el tiempo, yo creo que era su primera vez».

Por su parte, en la estación Martín terminaba su relato contándonos cómo había sido su primera vez. Todos celebramos, le aplaudíamos, silbábamos y brindamos por él. Después, Santiago dijo: «Bueno, somos los únicos que ya lo hicimos. Estos nenes todavía no han hecho nada, son unos niños». Obviamente mentía, no había hecho nada aún Santiago, pero él juraba que en una fiesta a la que había ido lo habían desvirgado.

Fer contó que todavía no lo había hecho, pero estuvo cerca. «Cuenten lo que han hecho», dijo Martín, con la autoridad que le daba el relato que acaba de contar. En eso, Santiago preguntó: «Por lo menos ya se pajean, ¿no? ¿Cómo fue su primera paja?». Esa pregunta tan difícil y que no se la contestas ni a tu viejo solo es posible contestarla en medio de un clima de camaradería y adolescencia como el que teníamos ahí.

Y así arrancamos a contar la historia de nuestra primera paja: yo conté que mi primera vez en esos menesteres había sido porque mi mamá me obligaba a ir a la iglesia todos los domingos y que, como yo no hice la primera comunión de niño, por una enfermedad que tuve y me impidió hacer la comunión con los chicos de mi edad, me tocó hacerla a los 13 años; ahí el cura nos decía que teníamos que respetar nuestro cuerpo, que Satán nos provoca, pero que tenemos que ser fuertes. La cagada es que la encargada de que yo venciera a Satán era la señorita Diana, que nos daba el catecismo, y ella era el objeto de mi deseo. Entonces no entendía yo nada; cómo era que el diablo se metía en la iglesia tomando la forma de la señorita Diana y poblaba mi mente con esos deseos tan pecaminosos. Todos los días me tocaba, y al terminar sentía una gran culpa, como que Dios me regañaba. Prometía no volverlo a hacer, pero siempre regresaba la señorita Diana, mássexycada día. Justo a mí, que me llamaba Jesús, me tenía que pasar esto. Santiago dijo: «Me acuerdo que fue el día que echaron a la selección en el mundial. Me angustié tanto que me tuve que alegrar con otra cosa».

—¡Qué putito, eh! Mira que pajearte mirando futbolistas. Si ya decía yo que ese pelito largo y el arito eran medio raros —le dijo Pancho.

Santiago era el único de todo el equipo que llevaba el cabello largo y se había puesto una semana atrás un aro en la oreja izquierda.

—¡Cállate, Negro! Si bien que quisieras dejarte el cabello largo, solo que ese afro se ve horrible —dijo Santiago, mientras reíamos todos.

Fernando contó que la suya fue por error casi. «Salí de bañarme. Tendría unos 12 años, me estaba secando las bolas y sentí algo raro cuando me toque el pito; se me puso duro, me acosté y me seguí tocando hasta que me vine, pero me asusté tanto que no volví a hacerlo hasta una semana después. De ahí no paro, no hay día que no lo haga».

Migue nos platicó que por esas fechas en su casa eran en realidad pobres, y no tenían servicio de agua dentro de la casa, es decir, no tenía una ducha como los demás, así que se bañaban poniendo a calentar agua y con baldes y una bandeja, pero su tío tenía un baño con regadera. «¡Cómo me gustaba ir a su casa por eso», dijo, «Hasta que un día, en el baño, descubrí la ropa interior de su esposa… Me enamoré de ella… Ahí fue mi primera paja, bajo el chorro de agua de la regadera, directo en mi pene, pensando y fantaseando con ella. No supe qué pasaba, ni cuántas veces me vine. Solo supe que me gustó y estuve dos horas debajo de la regadera, hasta que fueron a preguntarme si estaba todo bien. Después me echaron de esa casa porque les pareció raro que me bañara cinco veces al día».

Pancho dijo: «Vi un comercial en la tele de los que anuncian aparatos para hacer ejercicio y bajar de peso; había una rubia que me hizo sentir cosas que nunca había sentido. Estaba solo, se me paró y seguí tocándome. Ahora todas las noches espero el infomercial».

Martín contó: «A mí me descubrió mi tío y me dijo que me iban a salir pelos en las manos». Migue acotó: «Sí, el cura dijo que nos quedaríamos ciegos… ¡y mírenme ahora!», dijo mientras subía las pupilas en las órbitas de los ojos y simulaba ser un ciego que caminaba dando tumbos por toda la estación, mientras todos reíamos.

Seguimos bebiendo y fumando, la verdad es que me moría de envidia de Martín y no es que nunca hubiera hecho nada yo; tampoco era 100 % virgen, había tenido mis oportunidades.

Recuerdo un día que estaba en casa de mi tío y llegó una prima con una amiga suya. Claudia se llamaba la amiga: 15 años los dos, morena, con un lunar cerca de la boca —era la época en que todavía no estaban de moda esos lunares, ni a nadie le parecían sexis, pero a mí me lo pareció, aunque no tanto como esas tetas grandes para su edad—. Nos gustamos y quedamos de vernos la noche siguiente en un viejo teatro abandonado al aire libre, en el fondo de un pequeño barranco. Contaba la leyenda que en las noches se aparecía el fantasma de un payaso que había muerto mientras se cambiaba para dar una función. Por las noches solía estar oscuro y solitario; llegamos al teatro y buscamos el lugar más apartado: uno de los camerinos. Besos que van, caricias que vienen, y yo tocando por primera vez en mi vida un par de tetas. Cuando estábamos en el momento más excitante, escuchamos ruidos: «¡El payaso!, dijo ella. Le contesté que era imposible, que esas cosas no existen, aunque por dentro yo moría de miedo y sentía que en cualquier momento se abriría esa puerta y entraría Pennywise, el payaso de la novela de Stephen King. Pero tenía que demostrar valor; ella igual se asustó y me dijo: «¡Espera!», cuando de pronto vimos cómo se movía la perilla de la puerta. Poco a poco se fue abriendo la puerta del camerino donde estábamos, y cuando los dos esperábamos ver al payaso, entró con una lámpara sorda el vigilante del lugar. «¿Qué hacen aquí? ¿Quiénes son?», preguntó un militar retirado, de esos que aún conservan el corte de cabello a ras y ese aire de autoritarismo que parece que te están ladrando órdenes cuando te hablan.

Ella salió corriendo y, bueno, yo me quede ahí para dar una explicación. El vigilante me tomó bruscamente del hombro, como a un delincuente, y me llevó a empujones a la pequeña oficina detrás del teatro. Ahí confirme mis sospechas: la pequeña oficina estaba llena de fotos de un pasado lleno de camaradas, misiones, armas. En algunas sonreía; en otras, con gesto adusto, posaba empuñando su ametralladora, en algunas incluso estaba montado en un avión a punto de saltar. No pude evitar sentir un poco de pena por él; toda esa gloria reducida a detener a un adolescente caliente… Me dio un pequeño sermón sobre lo irresponsables que eran nuestros padres y que, si él fuese el papá de esa niña, en este momento ella estaría en casa preparando la cena con su madre. Yo, mientras tanto, solo pensaba «¡Mierda! ¡Qué cerca que estuve!». Ni siquiera podía prestar atención a sus regaños. Me anotó en una lista que tenía en un cuaderno, con los nombres y direcciones de los infractores, para que, si reincidían, ahora sí llamar a la policía. No me sorprendió ver los nombres falsos y con juegos de palabras de más de la mitad de mis amigos.

Esa fue mi experiencia más cercana a tener sexo por primera vez, arruinada por un vigilante. Mientras tanto, ahí estaba Martín relatando su primera vez. Pero igual yo tenía algo importante en que pensar: Sofía.

Capítulo V

Eran las últimas semanas en la escuela, semanas de exámenes finales, y yo ya bastante tenía con pensar en las matemáticas como para todavía pensar en Sofía.

El mundo me estaba saboteando, tenía que lidiar con mi viejo, que parecía que en la noche se iba a dormir pensando en cómo me podía hinchar las bolas durante todo el día siguiente: «Apaga la luz», «Bájale a la tele», «Haz la tarea», «Ayuda en la casa». No conforme con eso, maestros que eran unos completos imbéciles. Había uno en particular, de Lengua, que me hacía recordar al maestro deThe Wall, el profesor Soriano, un viejillo hipócrita que en la escuela era un dictador y en casa un cordero, de ese tipo de personas que van a misa los domingos y salen llorando del cine al ver a la mamá de Bambi morir, pero en la vida son unos cabronazos increíbles. Todo el tiempo criticaba lo nuevo: la música, los gobernantes, los jóvenes. En el fondo creo que tenía envidia porque teníamos la vida por delante y podíamos hacer cualquier cosa que nos propusiéramos, y él había tomado sus decisiones ya y todas equivocadas, a mi parecer. Se la pasaba escuchando viejas canciones que parecían sacadas de un paisaje de 1915 lleno de esa luz amarillenta y triste. Cuando se enojaba, que era todos los días, se ponía a sermonearnos con un tono evangelizador y predicador, y terminaba su perorata con una frase del escritor irlandés George Bernard Shaw: «La virtud no consiste en abstenerse del vicio, sino en no desearlo». «Ese es el mejor consejo que alguien les va a dar jóvenes, síganlo y tendrán éxito», decía. Justo a esa edad cuando la abstención es una contradicción y el deseo una obligación.

La tarde del miércoles, justamente en la clase del profesor Soriano, yo pensaba en la próxima vez que vería a Sofía. Ese momento llegaría pronto, pues me encontré con Benjamín a la salida de la escuela, iba con su primo Sebastián.

—¿Qué haces, Jesús? ¿Cómo andas?

—Todo bien, Benja, ¿tú qué tal?

—Todo en orden. ¿Te acuerdas de mi primo Sebastián? —preguntó, mientras señalaba a su acompañante.

—Claro —contesté.

Lo saludé y dijo Benjamín:

—Pasé por acá para ver si te veía a ti y a los chicos. El sábado es el cumple de Seba y celebraremos en mi casa, vayan todos junto con las chicas. Los esperamos.

—Claro, ahí estaremos —dije.

El sábado llegó por fin. Estábamos en el cuarto de Santiago, nuestro lugar de reunión antesde salir los fines de semana; era pequeño, pero con los elementos indispensables para pasarla bien a esa edad: una videocasetera, un televisor, una vieja consola de videojuegos, un equipo de sonido con montones de discos y una guitarra en su pedestal. Solo esperábamos por Fer para irnos. Mientras Santiago se vestía, aproveché para ponerme un poco de la loción barata que su exnovia le había regalado por su cumpleaños; se dio cuenta y me preguntó: «¿Qué pasa, loco? Nunca usas loción; es por Sofía, ¿no?». Dije: «Ehhhh…, no, quería ver a qué olía, pero me arrepiento, apesta a mierda». Reímos y me dijo: «Sí, claro…, mira lo nervioso que estás». Lo negué todo, pero en realidad yo estaba más ansioso que de costumbre, tenía esa expectativa que se genera en los momentos previos a un gran acontecimiento; mil pensamientos iban y venían en mi cabeza, mil situaciones, otras tantas preguntas: ¿se acordara de quién soy? ¿Sabrá que vamos? ¿Cómo se comportará al vernosllegar? ¿Cómo me comportaré yo? No sabía cuál sería la mejor estrategia; era importantísima esta fiesta porque se definirían muchas de mis chances con Sofía. Podría ser que ni se acordara de quién era yo, o podría ser que de esa noche saliera su próximo novio… Cavilaba sobre eso cuando tocaron la puerta: eran Fer y las chicas, listos para irnos.

Llegamos al barrio donde vivían Benja y Sofía. Era un barrio mejor que el nuestro, —en el sentido estético, estrictamente porque seguro que no había en el mundo un barrio como el mío—. Todas las casas bien alineadas y el césped frontal bien cortado, era un barrio en el que la mayoría eran trabajadores de una empresa petrolera, así que la mayoría era gente que había asistido a la universidad y tenía cierta educación, por lo que los padres de todos ellos tenían cierto aire de autosuficiencia o superioridad que parecen tener las personas con un título universitario, y que trasladan a sus hijos sin darse cuenta. Mientras tocamos, yo esperaba que ella nos recibiera, pero no, abrió Benjamín: «Pasen»,dijo.

Cuando íbamos llegando, los padres de Benjamín iban saliendo. Nos vieron a los chicos y a mí e inmediatamente se detuvieron a saludarnos, pero no era un saludo cordial de bienvenida, era más bien un interrogatorio a los extraños que arribaban a su hogar. La madre, una señora elegante, rubia, muy linda a pesar de los años y la maternidad; el padre, gesto adusto, pero a la vez amable, y una forma de ser que no es típica de los «ricos» de abolengo, sino más bien de alguien que tuvo que remarla para llegar a donde estaba ahora.

«¡Hola, chicos! Ustedes son nuevos; no los había visto», dijo ella. Benjamín le contestó: «Sí, mamá. Son unos amigos de Barrio Norte». La madre no pudo disimular, e hizo cierta mueca; no es que nuestro barrio fuera un barrio pobre, era más bien clasemediero y estaba, cualitativamente hablando, entre el vecindario donde vivía Benjamín y el barrio donde vivía Pancho, que eramás marginal. Pero igual parece que para ella no había diferencia. Nos preguntó si estábamos estudiando, dijimos que sí; yo lo único que quería era entrar a la casa y ver a Sofía, así que traté de responder de buena manera las siguientes preguntas que nos hizo la madre, que fueron qué haríamos en el verano y a qué se dedicaban nuestros padres. Quise decirle que mi padre se dedicaba a hincharme las pelotas todo el día, pero me contuve, así que cuando le dije que el verano trabajaría para ahorrar y poder pagarme una carrera universitaria eso pareció tranquilizarla un poco. El padre de Benjamín le dijo: «Vamos, que se nos hace tarde», como entendiendo un poco la asfixia a la que éramos sometidos. Ella sonrió y dijo: «Pásenla bien»,y terminaron por irse.

Entramos a la casa, que por dentro era muy acorde a lo que presentaba en el exterior: pulcra, todo parecía cuidadosamente colocado y combinaba perfecto el mobiliario con el olor, ese olor característico que tienen las casas en apariencia ricas, agradable pero aburrido a la vez.

Pensé en una situación similar en mi casa: mis padres yéndose y dejándome la casa sola para hacer una fiesta con los amigos…, ¡ni en sueños! Mi viejo estaría ahí, listo para fastidiar a todos con preguntas y opiniones, y mi madre vigilando la pureza de la fiesta.

Pero a mí en realidad lo que me importaba era otra cosa, y ahí estaba ella, pero… No, no estaba sola. Hablaba y reía con uno de los amigos de Benjamín, parecía lo más divertida. Entramos, nos instalamos. No sé por qué, pero me empecé a sentir incómodo; pasé de la expectativa a la decepción en un segundo. Igual la saludé a lo lejos, con un movimiento de cabeza. Ella me sonrió y, para mi sorpresa, dejó a su acompañante y se acercó a saludarme.

—¡Hola Jesús! ¿Cómo estás?

Se acordaba de mi nombre. Automáticamente toda la decepción se fue y regresó a mí no solo la expectativa, sino que se restituyó en mi la fe en toda la humanidad.

—Bien, ¿tú qué tal?

—Todo bien. ¿Qué tal el fin de cursos? — preguntó.

—Ya sabes, tarea por todos lados, exámenes finales, el maestro de Lengua que es una mierda, viejo cabrón…

Rio, me enamoré otra vez… Dios, esa risa que nunca olvidaré mientras viva. Hoyuelos en las mejillas, dientes perfectos y unos ojos entrecerrados que son imposibles de ignorar. En ese momento se acercó Benjamín con su primo Sebastián y me ofrecieron una cerveza. La tomé, mientras Sofía se despedía: «Bueno, voy a poner algo de música», dijo y luego se alejó.

Felicité a Seba por su cumpleaños. Le di un trago grande a la cerveza mientras le decía a Fer: «Hoy no me importa nada, voy a bailar si es necesario para pasar un poco más de tiempo con ella». Se limitó a reír y me dijo, con una mueca de incredulidad: «Pero tú nunca bailas». «Por ella lo haría. Si hoy me dice que le gusta el ballet, le hago elLago de los Cisnes». Reímos y nos acercamos al centro de la fiesta, que tenía ya una concurrencia aceptable, pero cada vez llegaba más gente. Tomé una cerveza más con Fer, hasta que mi foco de atención cambió.

Vi de lejos a Sofía nuevamente, y en el estéreo empezaron a sonar los primeros acordes deDisco 2000de PULP. Era la canción perfecta, y yo, después de tres cervezas, estaba lo suficientemente ebrio como para atreverme a bailar. Me acerqué a ella, la tomé de la mano y la llevé a la improvisada pista de baile en la que se había convertido la sala de la casa. No sé si era el alcohol, lo buena que era la canción, la compañera de baile, o todo a la vez, pero extrañamente no me sentía ridículo bailando, me sentía bien.

Mientras bailábamos, en cada estrofa y en cada acorde, cada célula de mi cuerpo iba enamorándose más y más. Entré al punto sin retorno: ella tenía que ser mi novia. Pero como todo en la vida, nada es como uno lo desea. Terminó la canción y en menos de diez minutos llegaron más invitados, y entre ellos, sí, el novio de Sofía.

Apenas llegó, me di cuenta: ella salió a recibirlos y tenían cierta comunicación especial. Si bien no noté que se llenara de alegría, sí me di cuenta de que lo trataba diferente. El hijo de puta en cuestión era un poco más bajo que yo; recordaba haberlo visto el día del partido que jugamos contra el equipo de Benjamín, pues fue el que cometió la falta en la jugada del gol con el que ganamos el partido. Entró y saludó a todos menos a nosotros, no sé si ninguneándonos o porque de verdad no nos conocía. Fue directo a Sofía, la saludó con un pequeño beso que bastó para matarme otra vez. En ese momento, yo estaba en la montaña rusa más grande del mundo: apenas hacía unos minutos había tocado la gloria con las manos, y ahora me retorcía en lo más profundo del infierno.

Mientras en la radio sonaba una canción de música electrónica y bailable, que ni siquiera reconocía, yo solo quería escucharRoster, de Alice in Chains, y largarme de ahí. ¡Qué iluso de mí! Era imposible que una chica como ella estuviera sola. Una vez vi una película en la que la protagonista era una actriz rubia muy famosa; en ella, un tipo común y corriente se enamoraba del personaje que interpretaba la rubia; obviamente ella ni lo registraba, y un amigo del loco ese le dijo: «¿Qué te hizo pensar que ella estuviera sola o que pudiera fijarse en ti? Las mujeres así nacen con novio». Esas palabras retumbaban en mi mente en ese momento.

Pensé en retirarme con la cola entre las patas, pero decidí quedarme, mostrar indiferencia y hacer lo que hubiera hecho Clint Eastwood en una situación así; pero cagar a palos al novio no era una buena idea, así que solo me quedé. Aunque no demasiado tiempo, terminé por tomar de más en esa fiesta y me fui, pero tenía un plan.

Capítulo VI

Eché a andar mi plan el siguiente lunes, en la clase del profesor Soriano, que era la última del día. Tuve que inventarme una excusa para poder salir de clases, y como sabía que ese profesor era un hijo de puta, tenía que apelar o a su lástima o a su ira, pero sabía que su lástima era imposible, así que apelé a su ira.

El profesor tenía una única debilidad: su fanatismo por la Iglesia o, más bien, el fanatismo por la iglesia a la que su mujer lo tenía sometido.

Hacía cinco minutos que había empezado la clase de Soriano, cuando Fer alzó la voz y dijo: «¡Eso es imposible, Jesús!», y movía la cabeza de un lado para otro, negando con vehemencia, mientras yo aseguraba que era verdad a los gritos; parecía que peleábamos.

—¿Qué pasa ahí? ¿Cuál es el alboroto?

—Profe Soriano, lo que pasa es que Jesús dice que Dios no existe.

—¡Cómo que Dios no existe! —bramó Soriano, saltándosele las venas por toda la cara.

—Jesús, venga aquí. ¿Qué le hace pensar que Dios no existe? —me preguntó. «Sofía tiene novio ¿qué más pruebas necesita?», pensé en decirle, pero arruinaría mis planes, así que solo atiné a balbucear algo sobre el eterno conflicto en el Medio Oriente y la sempiterna hambruna africana y que, para mí, eso era prueba suficiente de la inexistencia de Dios, y nadie, ni un maestro de escuela, iba a cambiar mi opinión al respecto.

Fue tanta su cólera que me suspendió inmediatamente, con el argumento de que yo lo había llamado, despectivamente, maestrucho de escuela, aunque la verdadera razón era mi supuesto ateísmo, y así, sin más, el director me mandó a mi casa sin escalas.

Salí del colegio, tomé mi Vespa negra y enfilé hacia el colegio de señoritas que estaba a unas cuantas cuadras del mío.

Desde las siete de la mañana, el colegio del Inmaculado Corazón de la Señora de las Maravillas era una fortaleza infranqueable, con esos muros de más de cuatro metros y esa fachada de castillo inglés, casi custodiado por caballeros medievales, que en realidad eran los prefectos; pero después de la una de la tarde empezaba a vomitar a las chicas más lindas que vi en mi vida: faldas a cuadros, calcetas a la rodilla, blusas apretadas… No había nada mejor en ese momento que tener 16 años y ser candidato a novio de todas.

Llegué justo a tiempo, aún no tocaban la campana de salida. Estacioné la moto unos metros adelante del portón del colegio, para no perderla de vista si salía. Unos minutos más tarde, la vi venir con 2 chicas más. Ella me vio y sonrió, se acercó a mí y me presentó con sus amigas

—¡Hola! ¿Cómo estás? —pregunté.

—Bien —contestó ella.

—Perdóname por no despedirme de ti en la fiesta de Seba —le dije.

—No te preocupes, me fui a dormir temprano —dijo ella.

Ese comentario de nuevo me restituyó la fe en el mundo. Significaba que no estuvo mucho más tiempo que yo en la fiesta después de que me fui. Le pregunté si podía acompañarla a su casa, contestó que sí. Se subió en la moto, y cuando sentí sus brazos en mi cintura, me paralicé: era como si una serpiente de cascabel me hubiese picado. Le di mi casco y me sacrifiqué por ella, puse en marcha la moto por inercia y salí de ahí, con Sofía montada detrás mío.

En ese momento, mi pequeña Vespa Cosa 150 negra se convirtió en la mejor motocicleta del mundo. Llevé a Sofía directamente a la placita del barrio, no a su casa. Pareció sorprendida por un momento, pero cuando paramos le dije que quería que conociera el Barrio Norte, porque parecía que a su madre no le gustaba mucho. La llevé al barcito de la plaza, que era de Germán, el papá de Santiago, y por eso nos dejó entrar; olor a tabaco ypool, una barra de aproximadamente 10 metros. Adentro tenía dos tipos de mesas, las clásicas mesas redondas de madera, dispuestas de manera uniforme para que la gente pudiera trasladarse sin problemas; y pegados a la pared, justo frente a la barra, sillones dispuestos uno frente del otro, solo separados por la mesa, ideales para mirar a la otra persona y guardar cierta distancia cuando aún no hay nada en concreto, para que, una vez consumada la misión, te puedas pasar al sillón de enfrente, ese en el que tu acompañante se sentaba sola antes de que la relación se estabilizara y empezaran a preferir las típicas mesas negras redondas. O eso me gustaba pensar a mí, pero la realidad era que las mesas eran para grupos grandes y nada más, con el par de mesas depoolque tenía al costado y las lámparas colgando por todo el techo le daban la apariencia de una vieja taberna. Tomamos una mesa depool, donde yo traté de impresionarla. Le pregunté si sabía jugar, dijo que más o menos.

De fondo sonaba una vieja canción de Procol Harum,A Whiter Shade of Pale, el tipo derockviejo que le gustaba al papá de Santiago y a mis padres, y creo que a todos los padres en general. A mí, no sé por qué, me provocaba nostalgia y tristeza, pero a la vez esperanza.

Arranqué yo con el juego: pum, le pegué a la bola 3 y adentro la 5. Desparramadas por toda la mesa las bolas, quise demostrarle que yo sabía jugar. Un tiro más, adentro la bola 7. Siguiente tiro adentro, la bola 6. Seguí tirando, fallé la bola 4.

Su turno, le tocaban las rayadas. Golpeó y entró la bola 11. Segundo intento, entró la bola 13. Ella reía y daba saltitos. A mí no me importaba perder, con tal de verla reír, o al menos eso pensaba, porque yo iba ganando, hasta que traté de meter la bola 4 de nuevo y metí la bola 8. Ella festejó como si hubiera ganado una competencia internacional. Acomodamos de nuevo, y ahora arrancó ella. Metió las rayadas otra vez, me molestó eso; es una manía mía, las bolas rayadas son mis favoritas en elpool, y ahí estaba Sofía, volviendo a meter las bolas impares mientras me ganaba otra vez por mi mala suerte de meter la bola 8 de nuevo. Escuchaba a lo lejosSultans of Swingy fue la primera vez en mi vida que no me agradó esa guitarra. Acomodaba todo para el siguiente juego, pero ella dijo:«No más», lo cual aumentó mi frustración, pues no pude jugar con mis bolas favoritas, perdí por errores míos y no porque ella fuera hábil, y de pronto se retiraba…, pintaba para mal el día.

En eso llegaron los chicos que venían saliendo del colegio: Fernando, Santiago, Mariana, Pancho, Martín, Linda y Ana. Pidieron algo para beber, nos vieron ahí y nos invitaron a su mesa. Todos tomamos una soda y algo para comer; mientras todos bebían y comían, yo no sé por qué, pero solo podía pensar en que quería seguir jugando y ella no quiso jugar más. Me molestaba eso de alguna manera, pero esa molestia desapareció mágicamente cuando, de pronto, Sofía me tomó la mano y dijo: «Gracias a Jesús, que me trajo». Estaba tan absorto en mis pensamientos que me olvidé de lo extraño que podía ser para mis amigos que ella estuviera ahí. Volteé a ver a Fernando y me respondió con una sonrisa cómplice y un guiño, ya que gracias a la treta en la que me ayudó yo pude salir temprano para verla.

El pequeño instante que duró el momento en el que me tomó de la mano fue como si hubiera recibido una descarga de 300 000 voltios, no supe qué hacer… Para cuando traté de corresponder a la caricia, su mano estaba otra vez a kilómetros de distancia de mí.

Salimos del bar, subimos a la moto de nuevo; excepto Pancho, todos los demás teníamos una pequeña motocicleta tipoScooter. Las chicas subieron cada una en la parte de atrás, menos Mariana, que tenía su propia motocicleta, lo cual dejaba a Pancho con Fernando. Enfilamos hacia el pequeño bosque con el que colindaba mi vecindario, el cual, además del teatro abandonado al aire libre donde se aparecía el fantasma del payaso, tenía una pequeña vereda que hacía las veces de pista de motocross. La verdad es que nuestras motos no eran las más veloces, y la pista no era demasiado grande, pero toda esa tarde la pasamos ahí, riendo y hablando sobre diferentes temas. Sofía me contaba sobre la presión de sus padres por estudiar una carrera, sobre todo, de su madre, a quien le parecía que una persona valía por el título universitario que tenía y no por lo que era. Entonces llegó el momento de la verdad: en un momento de valentía, le hice la pregunta, esa pregunta que yo mismo me venía haciendo y contestando desde el día de la fiesta:

—¿Era tu novio el amigo de Benjamín que llego un poco más tarde?

Pareció sorprendida con la pregunta. Sonrió un poco y se tomó su tiempo para contestar; yo escuchaba los redobles del tambor en mi cabeza y ella tardaba toda la eternidad en contestar… Por fin, dijo: «Ya no. Es Rodrigo, pero no es más mi novio». Solo expresé un «¡Ahh!», pero por dentro escuchaba esa marcha militar tema de la películaEl gran escape, en la que yo marchaba feliz.

Quise preguntarle más cosas, pero sabía que no era el momento y no quería verme ansioso o demasiado interesado. Mi táctica sería esperar. Con saber que no era más su novio me bastaba… por ahora. En eso, me dijo: «Es tarde, ¿me llevas a casa? Mis papás deben estar enojados». Nos trepamos en la moto de nuevo y salimos rumbo a su casa. Cuando llegamos, empezaba a oscurecer. Afuera de la casa estaban Benjamín y Rodrigo, trabajando en el auto de este, un Volkswagen Gol, que no era el mejor auto del mundo, pero era algo que ni en sueños podía yo tener en ese momento, pero que Rodrigo podía tener porque su papá se lo podía regalar.

Por un instante pensé que Benjamín estaría enojado, o le diría algo, pero se levantó y me saludo muy cordial:

—¡Qué tal, Jesús! ¿Cómo estás?

—Todo bien, Benja, ¿tú qué onda?

—Todo perfecto. ¿Te acuerdas de Rodrigo?

Lo saludé con un movimiento de cabeza y me respondió con una mirada hostil y una mueca de desprecio, mientras decía: «Ya vengo, voy por una llave que necesito para los neumáticos del auto», mientras se dirigía a su casa, que estaba en la misma calle, unos metros más arriba.

Benjamín preguntó de dónde veníamos. Le contamos brevemente lo que habíamos hecho; sonrió y dijo: «Mis papás te esperan», mientras se alejaba para dejar que nos despidiéramos. Sofía me dijo: «Me gustó mucho tu barrio, pero ahora me toca enseñarte el mío». Me sorprendí por un momento por la invitación, no sabía si en ese momento o cuándo, pero contesté que sí.

«Bueno, entonces mañana pasas por mí a la salida y te mostraré». Me besó en la mejilla y entró a su casa. Yo me despedí de Benjamín con un ademán con la mano, y él me contestó de la misma manera.

Después de ir a mi casa, fui hacia la plaza del barrio. A esa hora, seguro, estarían todos mis amigos ahí. Así era, ya estaban la mayoría, y apenas llegué comenzaron a reírse de mí y conmigo. «¡Bien ahí, Jesús! ¡Quieres levantarte a la rubiecita, ehh!», dijo Fernando. Santiago dijo: «Solo es la cara de tarado que tienes, apuntas alto». Todos reíamos y yo me sentía que no cabía en mí; mis amigos aceptaban a la mujer que me gustaba y encima les parecía linda… A esa edad, no hay mejor sensación que eso.

«¿Y qué pasó después?», me preguntó Fernando. Prendí un cigarrillo y empecé a contarles que, cuandollegué, estaba Benjamín con el exnovio de Sofía. «¿El idiota ese que llegó el día de la fiesta de Seba?, preguntó Martín. «Ese mismo. Rodrigo se llama. Estaban arreglando su auto cuando llegué; buena nave tiene el tarado ese». «¿Y qué te dijo?», me preguntó Santiago. «Nada; me miró y se fue», contesté.

Pancho, que no había hablado en todo el rato, dijo: «Y si dice algo, yo mismo voy y lo cago a palos». Siempre, junto con Fernando, Pancho era el que saltaba a defender el barrio, a pesar de no vivir realmente ahí; era difícil de explicar, él, al saber que no era parte del barrio, se sentía tan aceptado que parecía que, en una expresión de gratitud, se sentía con la obligación de defendernos como un animal salvaje que te agradece por haberlo curado.

Le pregunté a Martín qué pensaba él, si creía que yo le podía gustar, aunque sea un poco, a Sofía. Se encogió de hombros y me dijo: «Quién sabe, tal vez sí, pero las mujeres son raras, a veces parece que está todo listo y después te dicen que las malinterpretaste». Me bajó un poco el ánimo, pero después le pregunté a Mariana y me dijo que sí, que se notaba de inmediato que le interesaba, y ahí estaba yo preguntándole a todo el mundo su opinión: unos me llenaban de optimismo y otros me tiraban a la mierda, pero yo igual, entre risas y cigarrillos, disfrutaba de esa incertidumbre.

Se hizo tarde y al otro día teníamos que ir al colegio, así que me fui a casa. Para cuando llegué, mi padre, fiel a su costumbre, apenas puse un pie en la entrada, empezó a preguntarme dónde había estado todo el día, si había hecho mis tareas… «Esos amigos que tienes no me gustan nada», decía. Yo hacía como que escuchaba, pero solo pensaba en que al otro día volvería a verla. Así que hasta acepté de buena gana todos sus cuestionamientos; cené lo que me preparó mi madre y me fui a dormir.

Capítulo VII

Esa mañana se me hizo eterna en el colegio y, para colmo, las últimas dos horas eran con el profesor Soriano otra vez. En cuanto me vio, me dijo: «¡Ahh! ¡Miren, aquí tenemos al pequeño ateo, el que no cree en Dios, el que piensa que todo lo que pasa en el mundo es obra de la casualidad… Bueno, ya lo veremos el día del juicio final». Lo último que quería era que Soriano ese día me jodiera y me tomara de punto para referirse a mí en cada comentario que hiciera. Para mi buena suerte, por esos días se discutían en el sindicato de maestros los nuevos acuerdos laborales, por lo que había una pequeña junta a la que Soriano tenía que asistir, por lo que se ausentó prácticamente las dos horas de la clase, asignándonos solo una tarea a desarrollar. Fernando me preguntaba sobre la próxima jornada del campeonato de liga de primera división, pero ni siquiera de eso quise hablar y distraerme, no le quería dar ni la mínima razón a Soriano para dejarme después de clases.

Un rato después regresó el profesor, pero parecía que la junta había sido muy satisfactoria para él, porque, extrañamente, no nos jodió más durante los 15 minutos más que estuvo con nosotros. Por fin sonó la campana; entregamos el trabajo y salí casi corriendo, ignorando a los chicos que querían hablarme sobre el próximo partido de práctica que tendríamos en nuestro torneo, después de la pausa que hubo tras haber ganado el campeonato.

—Después me cuentan bien, ahora tengo prisa.

—Nunca dejes el fútbol y tus amigos por ninguna mujer. —Alcancé a escuchar que gritó Pancho. No comprendí en ese momento uno de los mandamientos de todos los hombres del mundo, así que seguí mi camino. Nunca fui más veloz en la moto.

Llegué al Colegio del Inmaculado Corazón de la Señora de las Maravillas, y ahí estaba Sofía esperándome, con su uniforme a cuadros rojos y azules con la falda un poco arriba de la rodilla. La vi de lejos: estaba de pie, con sus libros pegados al pecho, como abrazándolos (esa típica postura, entre ingenua y provocadora, que tienen las mujeres al cargar sus cosas), ese pelo y esa cara tan linda que la diferenciaba de las demás lolitas que efervecían en la puerta de ese lugar.

Se acercó, me saludó, se subió en la moto y enfilamos hacia su casa; una vez en su barrio, le pregunté hacia dónde iríamos. Fuimos a pasear por las grandes y solitarias calles, que eran ideales para andar en moto. Después caminamos por el pequeño parque, en donde la gente «rica» sale para que sus perros encuentren el amor, y a pasear ellos, y al final terminamos en…, sí, lo típico de un barrio sin alma: un centro comercial.

Comer algo, tiendas de ropa, complejo de cines que no tenía nada que ver con mi viejo cine de barrio… Me sentía como un viejo choto que reniega del presente y piensa que lo mejor es el pasado, pero es que, de verdad, que aburrido debe ser este lugar sin ella.

En el centro comercial encontramos a Benjamín; se nos unió por un momento y le conté del plan que teníamos los chicos para el otro día de faltar a la escuela, le gustó la idea y preguntó si podía ir, le contesté que, si conocía la estación de tren abandonada, dijo que sí, que ahí estaría. Se despidió de nosotros mientras Sofía y yo continuábamos el recorrido por la plaza comercial: subir y bajar escaleras eléctricas sin sentido, mirar a la gente una y otra vez, haciendo el mismo recorrido, mirando vidrieras de cosas que nunca compraría. Para mí, todos eran una horda de zombis caminando sin rumbo fijo; encima, yo tenía un poco de hambre, pero no atinaba a decidirme por ninguna de las opciones; pollo frito, hamburguesas, comida china, sushi… Al final me decidí por la peorpizza