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La soberbia es la raíz y la reina de todos los pecados, así la definen tanto Agustín como Tomás, lo que le hace ocupar un lugar especial en la jerarquía de los pecados. En un momento como el que hoy atraviesa el mundo occidental contemporáneo, construido e inspirado por el presupuesto igualitario de los derechos, la soberbia se presenta travestida e inconfesable. Existe, pero disfrazada, en gestos cotidianos que podemos juzgar como presuntuosos, arrogantes o vanidosos, pero juzgar es también una representación de la soberbia. Esta remite a cierta grandeza, es una degeneración que tiene su origen en la excelencia. En este libro, escrito en diálogo socrático, para no caer en la soberbia de tener la verdad, entre dos personajes, se busca la identidad de un pecado a lo largo de su recorrido por la historia. ¿Qué tienen en común la arrogancia y la vanidad con el heroico pecado de un ángel, Lucifer, que desafió a Dios, con un monje que disciplina su cuerpo hasta anularlo, con un rey que dicta la ley y la prohibición? ¿Qué tienen en común la perversa grandeza de estos desafíos con la arrogancia de hoy? ¿Con las formas opacas inéditas actuales de soberbia, de delirio, de omnipotencia, de desprecio por el otro, de blasfema negación de la propia debilidad?
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Veröffentlichungsjahr: 2015
LA SOBERBIAPASIÓN POR SER
Traducción deJuan Antonio Méndez
www.machadolibros.com
Pecados capitales
Colección dirigida por: Carlo Galli
VOLÚMENES:
La ira,Remo BodeiLa avaricia,Stefano ZamagniLa gula,Francesca RigottiLa lujuria,Giulio GiorelloLa envidia,Elena PulciniLa pereza,Sergio BenvenutoLa soberbia,Laura Bazzicalupo
Laura Bazzicalupo
La soberbiaPasión por ser
Título original:Superbia. La passione dell’essere© 2008 by Società editrice il Mulino, Bologna © de la traducción, Juan Antonio Méndez, 2015 © de la presente edición, Machado Grupo de Distribución, S.L. C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino28660 Boadilla del Monte (Madrid)[email protected]
Índice
I. «Initium omnis peccati superbia»
Prólogo en el cielo
Soberbia, raíz y reina de los pecados
Pasión por ser y la verdad
Dudas
Flash de pequeña soberbia cotidiana
De viaje
II. Soberbia antigua
Otra vez ángeles y demonios
Héroes, tiranos y desventuras increíbles
Altísimas torres, pueblos y espíritus demasiado inteligentes
Un progenitor ambicioso y desobediente
El monje santo
Vanagloria de reyes
Orgullo burgués
III. Nueva y moderna soberbia
Primer intermedio teatral: Fausto o de la impaciencia
«En nombre de la idea»: Robespierre y todos los demás
Pequeño pero importante intermedio teatral núm. 2: Antígona
Obedientes y gregarios: soberbios sin raíces
Arrogancia anónima: jerarcas, jueces, policías, funcionarios
IV. Caleidoscopio de los soberbios
Individualistas a ultranza: soberbios impenitentes
«He aquí al superhombre»
Superhombres, delitos y falsas confesiones
¡Diferente de todos!: esnobismo y vanguardia
Cinismo y crueldad
Intermedio irónico:allegro ma non troppo
V. Novísima soberbia
¿Qué queda hoy?
Efecto global de soberbia e individuos impotentes
¿Quién dice hoy: «¡eres soberbio!»?
Dos ejemplos
Cambio de lenguaje: el saber del alma
Soberbia, delirante «pasión por ser»
El círculo se cierra
Nota bibliográfica
Es hermoso. De rostro transfigurado por un pathos total. Tan absolutamente envuelto en luz que cuesta mucho perfilar los límites de su figura: parece una lámina brillante. Tiene la mirada fija en quien le ha creado: le ama y quiere ser idéntico a Él. No solo lo quiere,tieneque ser semejante a Él. Pero no Él. No él único, sino el primero de las criaturas.
Es un instante. Y el ángel hermosísimo, Lucifer, el portador de luz, atraviesa el límite, el umbral de lo prohibido. El desmesurado amor se torna en odio, a su vez también desmesurado. Rechaza, agrede el poder del Otro. Aquel al que más se le parecía, aquel de quien estaba más cerca, Dios –efectivamente, Lucifer era de entre los ángeles el más bello, el más inteligente, el más próximo a Dios–, pasa a convertirse en el más radicalmente extraño de todos, a ser el Enemigo, el símbolo de su propia no-perfección, de la carencia. Rechazarlo, rebelarse significa eliminar la insoportable visión de la semejanza incompleta, de la solo parcial fusión. Eliminar para siempre el hecho de ser dos y no el único, el Uno. Obstinadamente Uno.
Y el ángel se precipita desde el cielo estrellado en la profundidad helada, sórdida y oscura, en el corazón de la tierra. Se trata de Satanás, la bestia negra desterrada a la tiniebla eterna.
Esta escena es el arquetipo de la soberbia.
La soberbia, raíz y reina de todos los pecados. Así la definen tanto Agustín como Tomás. Este doble apelativo nos dice que se trata de un pecado diferente de los demás, es decir, que ocupa un puesto especial en la jerarquía de los pecados.
Es la raíz. Gracias a la savia del pecado de soberbia se alimentan el resto de los pecados que no son sino formas específicas de soberbia.
La soberbia es también culminación, cúspide de la jerarquía misma: la reina de los pecados. De manera que si estos estuvieran ausentes, si la vida de un hombre fuese toda ella virtuosa –mejor dicho, si fuese absolutamente virtuosa– y la soberbia fuera la coronación de tanta virtud, bastaría por sí sola para invalidar el sentido de esa vida, arrojando sobre ella una maléfica sombra. La soberbia, por sí sola, siendo como es el más grave de los pecados bastaría para condenar al hombre.
Raíz y culminación. Aquí ya se perfila el rasgo paradójico de estapasión por ser, como podría definirse la soberbia. Ese rasgo que convierte la más grande de las virtudes en su opuesto, que convierte el amor en odio, la perfección en caos. Como le sucedía a Lucifer en la primera escena de la soberbia. Donde perdía el Paraíso para siempre.
¿Pero qué es lo que tiene, entonces, la soberbia para ser tan terrible, tan literalmente «radical» como para remitirse, además, a la expresiónel mal radical?
Por supuesto, no está ligada solo a la civilización judeo-cristiana, aunque es cierto que en ella y en la arquitectura de sus pecados ocupa una posición particularmente significativa, por la que se identifica con el pecado original. Pecado que, en definitiva, no es más que un acto de soberbia, de desobediencia a los límites naturales impuestos al hombre. El mundo griego, tanto el homérico como el trágico, contempla lahybris–el término griego para la soberbia– como la culpa específica del héroe. Lahybrisanida en el corazón del héroe trágico a causa de su misma excelencia: el exceso de poder y de ambiciones le hará caer presode laate, el hecho ruinoso. Y laatese manifiesta a modo de ceguera que envuelve la mente en el engaño impidiéndole ver, mientras le conduce hacia la perdición.
Ambas culturas, a pesar de sus profundas diferencias, utilizan la reflexión sobre la soberbia para decir algo crucial acerca de la existencia del hombre, algo que está en el núcleo de su misma naturaleza, amenazándola desde dentro de manera esencial. Algo intrínseco hasta el punto de que tanto la parejahybris/atecomo la de soberbia/pecado original pueden ser consideradas como maneras de hablar, en forma mítica y sacra, de la condición humana en general.
Por supuesto –y de ello seremos cada vez más y más conscientes a lo largo de nuestro periplo en torno al archipiélago de la soberbia– en la modernidad, a este lenguaje mítico y sacro (culpa, pecado, expiación, destino) se aproximan, con capacidad de objetivación mucho más determinada, los léxicos de las ciencias humanas, desde la psicología a la sociología y a la antropología. Más todavía: durante un tiempo pareció que era posible hablar de esa sombra que envuelve la condición humana mediante definiciones más o menos científicas, llevando a cabo así una especie de neutralización de este oscuro «pecado». Efectivamente, la modernidad se había ocupado de redimensionar el carácter de soberbia sobrante del hombre, en parte trasladándola a un registro menos dramático (es decir, valorando los aspectos positivos de esta ambivalencia del ser humano), en parte dedicándose con igual orgullo a sanar o a reducir los sufrimientos que provoca una conducta soberbia.
Pero hay algo en el trabajo de neutralización de esa sombra que acompaña al hombre y que a menudo le envuelve completamente, que no acaba de funcionar correctamente. Hay un hecho innegable: hoy asistimos al retorno de la pregunta acerca de la culpa del ser-hombre, acerca de la exposición a la contingencia del pecado, a la carencia ontológica –antes incluso que moral– que parece inscrita en su misma condición existencial.
En este retorno cobra sentido utilizar nuevamente palabras como pecado y soberbia, incluso al margen de un contexto estrictamente religioso-institucional. De hecho percibimos que el juicio de soberbia se refiere a una condición –de poder y al tiempo de fragilidad– del hombre que, más allá de los contextos históricos y de las diferentes condenas formuladas a lo largo del tiempo, puede advertirse y hacerse evidente más a partir del lenguaje poético, filosófico, incluso mítico y religioso, que por la transcripción secularizada que lo redimensiona, lo expone a terapias y a compensaciones, pero deja escapar la dimensión trágica y grandiosa que se advertía en él.
Repito: existe una particular naturaleza de este pecado que lo diferencia del específico abuso de las pasiones que se da en cada uno de los demás pecados.
En la soberbia se trata de la verdad. Previene el ofuscamiento deate: el exceso, la desmesura de la soberbia se enmarca en una percepción ofuscada de la verdad. Tampoco ve el delirio del ángel, ese delirio borra la diferencia entre creador y criatura, no ve ni reconoce el orden, porque en realidad no sabe cómo están las cosas, cómo se disponen en el mundo y, por tanto, nomideel gesto ni elstatus. Solo ve lo que quiere ver, lo que hace de soporte a la imagen ideal, al amor apasionado de sí mismo y, consecuentemente, se hunde en la niebla de un delirio en el que lo único visible es la propia figura, la representación del propio deseo.
Por eso la soberbia da más miedo que cualquier otro pecado. Porque el soberbio avanza envuelto en una niebla delirante, incluso cuando usa con lucidez su propia inteligencia, incluso si su propia palabra es cortante como la hoja de una navaja. Es tan orgulloso y determinado, tan seguro de sí, porque está ciego en relación con su propia realidad y en relación con el contexto en que vive.
La verdad y el ser son las categorías implicadas en la condición de soberbia: se niega, se rechaza, la verdad acerca del ser, laverdad acerca de lo que se es. Porque en esa verdad existe Otro, una dimensión externa a nosotros mismos, no controlable, no gobernable, de la que dependemos, que, quizá, sea superior y que, en cualquier caso, vivimos como una amenaza.
De modo que la soberbia es la pasión por ser el Uno, el único, mejor dicho, por querer o el saber que somos el solo y único. Sin nadie más, sin los demás, declarados inferiores, irrelevantes, peligrosos. Otros y Otro a odiar, a humillar, a aniquilar.
La inquietante radicalidad de este pecado radica en el hecho de que germina en las ambigüedades del proceso de identificación del hombre que, para llegar a ser él mismo, tiene que separarse, tiene que decir que no, rechazar la simbiosis con el todo y tiene que amarse a sí mismo, tiene que negar la asimilación que le aniquilaría. Pero tiene que hacerlo solo en la medida en que le permite ser y sobrevivir al otro. Y puede que hasta florecer y crecer con mayor poder. Tiene que hacerlo en la dimensión del reconocimiento de los límites del propio poder y en la aceptación de la propia fragilidad.
Radical y ambivalente: porque, en el fondo, cada individuohombre tiene que amarse mucho, tanto como para no querer permanecer junto a quien le ha cuidado, de cuya benevolencia depende, pero también está obligado a no olvidar elhumusen el que ha echado raíces, que le restituye el sentido de las proporciones. Algo difícil a nivel psicológico, a nivel sociológico, cultural y existencial. Tan difícil que resulta más fácil negar la realidad y ser soberbios.
Sin embargo, lo raro es que, junto a la severa y turbada condena de la soberbia, con frecuencia usamos el adjetivosoberbiocon un valor positivo. En realidad, la inquietante ambivalencia del término –connotación positiva y negativa, en la misma palabra– la encontramos en todas las lenguas. Ya desde la misma palabra hebreaga’on, que significa algo excelente, grande, pero también alguien que excede culpablemente de la justa medida. El valor positivo se usa por lo general para las cosas, las obras o los acontecimientos y finalmente para las actuaciones humanas. Pero no directamente para los hombres que las han llevado acabo. De un tiro a puerta de balón se dice que es soberbio. De una pasta con alubias, que está soberbia. También es soberbia una catedral gótica o un rascacielos increíblemente alto. Soberbia es la ejecución de un trozo musical, la interpretación de un actor, la representación de un drama, la carrera de un caballo.
¿Por qué? ¿Por qué estamos dispuestos a reconocer la excelencia, la desmesura en la obras, pero no se nos ocurre atribuir la cualificaciónpositivade la soberbia a quien la lleva a cabo, al hombre que es su artífice? De ese hombre, cuando decimos que «es soberbio», estamos condenando un pecado, un pecado gravísimo.
El presupuesto de esta diferencia entre la obra y sus autores es que existe una jerarquía natural de los seres y que la naturaleza pone límites a los seres vivos. Si alguien supera con toda su persona esos límites, si es soberbio en su manera de ser, pensamos que está infringiendo el orden y que es digno de condena. No ocurre lo mismo con las obras, las cosas o laperformancede alguien, que solo en esa acción, en esa obra es soberbio. En este caso la trasgresión de la medida no solo es tolerable, sino positiva, digna del hombre, cuyo destino es dar lo mejor de sí. Es tolerable y deseable porque la excelencia concretada en una acción o en una obra será luego compensada y reconducida a sus límites por otras mil acciones de la misma persona, otras mil cosas y obras que son mediocres y de bajo nivel. Todo en orden con el genio: en general descubrimos que, a los ojos de su mayor-domo (o de la amante traicionada, o del amigo), la excelencia de sus obras, de soberbia belleza e intensidad, va unida a la arrogancia, a la insensibilidad, al egoísmo y al narcisismo más desenfrenado, así como a mil pequeñas mezquindades: la avaricia de Beethoven, la vulgaridad de Mozart, las traiciones de Picasso… La jerarquía del ser no se altera. De manera que la aparente excepción del uso del adjetivo soberbio con valor positivo confirma que la soberbia en cuanto culpa es un pecado del ser, de la identidad del hombre un pecado ontológico, es decir, que tiene que ver con la condición de alguien en el mundo, si es que no en el cosmos. Lo cual quiere decir, más sencillamente, que consiste en una situación –obviamente superior a todos, obviamente de dominio y de poder– que el sujetocreeo sabe que tiene.
Se trata, por tanto, de algo que tiene que ver tanto con el ser (elstatus, la posición en el mundo) como con la verdad. Y con la creencia. De hecho, los demás creen y ven de manera diferente.
De manera que comprender quién habla y quién dice «¡eres un soberbio!» acabará siendo importante, en nuestro discurso. Porque quien califica a otro de soberbio y por tanto juzga al soberbio como pecador, es alguien que sabe una verdad diferente del hombre que es juzgado. Se trata de alguien que juzga soberbio a otro porque está en poder de un conocimiento que le parece ser el verdadero y justo orden del mundo, orden que el otro infringe y niega. Debemos tener presente esta perspectiva. El soberbio no se juzga como tal. Su verdad es que vale más que todos los demás y no tiene por qué someterse a las reglas de todos, los cuales –todos– son objeto de su desprecio. Su modo de ser coincide con ese juicio, que otros no comparten, que a los demás les parece un delirio. Esto significa que, hablando de soberbia, debemos buscar apoyo en la verdad de cómo están las cosas, o de cómo la verdad parece tan diferente a quien es soberbio y a quien le juzga como tal. Por tanto, cuando hablamos de soberbia no nos referimos tanto a un pecado mortal, a una trasgresión de costumbres, demores, sino más bien a un choque, quizá presupuesto y tácito, de ideologías, de órdenes de la realidad que se creen verdaderos y que hacen funcionar las posiciones sociales de los hombres.
La soberbia constituye una amenaza intrínseca en la naturaleza del hombre, de un hombre que lo es plenamente y que, actuando de acuerdo con los dictámenes naturales, desarrolla sus mejores potencias, encauzándolas hacia la excelencia y la magnanimidad.
Como el ángel, como el héroe griego. El que arriesga lahybrises el noble de espíritu, en ningún caso el pusilánime conformismo del coro que, mientras ciego y determinado va al encuentro con su propio destino, le advierte recordándole la desventura que se abate sobre quien presume de su capacidad para desafiar a los dioses. La soberbia parece afectar a la naturaleza magnánima, a la alta dignidad del hombre, que desde su propia naturaleza es empujado a la trampa de la excelencia, a sobrepasar los límites, al exceso. De modo que en la misma estela se encuentran, como en la escena del ángel, las virtudes y sus perversiones; como si el deseo natural, la naturaleza afectiva del hombre no fuese sino el progresivo revelarse de su naturaleza carencial,lapsa, como decían los Padres de la Iglesia. Se trata, por tanto, de un rasgo consustancial de la condición humana y, además, de su grandeza y dignidad.
Pero este carácter secretamente heroico, grandioso y orgulloso de la soberbia que tenemos dificultades para encontrar en una sociedad como la nuestra, diferenciada a ultranza, sí, pero en una gama de diferencias mediocres e inconsistentes, como los simulacros de una sociedad del espectáculo. Si, por una parte, el fracaso de una visión domesticada del Mal en la condición humana nos empuja a la búsqueda de categorías y palabras que provienen del mundo del pasado religioso y mítico, por otra, tenemos que constatar que, en nuestra vida cotidiana, usamos poco la palabra soberbia. La consideramos ligeramente arcaica, precisamente porque alude a grandeza y magnanimidad, que son virtudes quizás arriesgadas, pero escasamente difundidas en nuestros tiempos opacos. Por lo general, nos encontramos frente a pequeños aunque irritantes gestos de presunción, engreimiento, indiferencia, sociopatía, vanidad, presunción, autorreferencialidad, desprecio por los demás, arrogancia, más que auténtica soberbia. ¿Significa eso que la soberbia, raíz y reina de todos los pecados, se ha disuelto en vanidad y narcisismo y nada más? ¿O acaso es posible profundizar en esa condición, en esa pasión del hombre, de manera que permita reconocer los rasgos, iguales si es que no todavía más terribles, en la crueldad opaca y mediocre de la existencia de hoy?
«¿Pero quién se cree que es?» El hombre de chaqueta y corbata se abre camino con autoridad entre la pequeña multitud congregada alrededor de la oficina, organizada en una fila en base a unos números que luego, al entrar en el patio, se les retira. Abre con autoridad la puerta que el funcionario mantiene bien cerrada y cruzando el umbral se vuelve hacia él, exigiendo atención. La obtiene.Arrogancia.
Habla sin escuchar. No presta atención al hecho de que el interlocutor trata de objetar algo. El profesor está seguro de sí mismo. Siempre sabe todo y siempre tiene razón porque es el profesor y es el profesor porque siempre tiene razón. Ni la sombra de la menor duda acerca de que el otro pueda tener su propia perspectiva, puede que incluso nueva, sobre la cuestión. Siempre se supone que sabe. O, al menos, eso piensa él y, por tanto, el conjunto resulta algo cómico.Presunción.
Se trata ahora de un personaje político y además tiene mucho dinero. El aspecto es mediocre, no es particularmente culto. Pero sabe que tiene mucho poder. Y se nota. Alimenta fantasías de éxito ilimitado. Se considera especial, único. No tiene miedo de meter la pata ni de cometer errores porque un enjambre de aduladores está dispuesto siempre a acoger sus palabras como definitivas. Y esto le gusta. Pretende que se le deba todo, que no tiene que someterse a las reglas, a las «Leyes iguales para todos». Si intentas tratarle como a los demás, se indigna. Incluso este privilegio, de alguna manera, resulta verificado por los acontecimientos y le convierte, si cabe, en más poderoso.Jactancia.
De nuevo un personaje político. Viene de la nada y para darse a conocer y tener consenso ha trabajado duramente, adquiriendo la capacidad de utilizar las debilidades de los demás. Pero gestiona el poder desde hace mucho y cree que es el único que puede y sabe hacerlo. Es un acaparador. Prefiere rodearse de fieles ejecutores, no deja crecer ni a la oposición ni a los colaboradores críticos. El descontento, el desacuerdo, cuando finalmente suben, ni siquiera los oye, convencido como está de ser capaz de controlar como siempre, incluso de acallar cualquier voz, otra vez más, con un golpe de mano, con un nuevo acto de violencia. Seguro de sí, seguro de vencer. Y cuando fracasa, se asombra del fracaso como si fuera un niño.Delirio de omnipotencia.
La señora le regala trajes usados y zapatos pasados de moda. Ve cómo se apura para acabar el servicio cuanto antes para ir a casa y ocuparse del niño coetáneo del suyo. Van al mismo cole-gio, pero nunca invitan al pequeño extranjero a la casa en la que su madre pasa todo el día ordenando las cosas. «Cada uno en su sitio, ¡qué diablos!» Esta es gente de la que no puedes fiarte. Mientras está sirviendo, todo va bien, pero luego es mucho mejor que se vayan a sus casas. Ella es una «señora», precisamente, porque existe una asistenta extracomunitaria a la que mantener a distancia y a la que despreciar. Es incapaz de ser alguien sin excluir al otro y es incapaz de excluirlo sin desvalorizarlo y, si es preciso, odiarlo. Historias de racismo ordinario.Desprecio.
Bajo los violentos focos del estudio de televisión, el rostro es brillante, sin sombras y sin arrugas. Quizá un poco inexpresivo, pero bello; de acuerdo con los cánones estéticos de hoy, se trata de una mujer inalcanzable. Concentrada en el gesto que mejor evidencia su capacidad para ser modelo, para ser objeto de admiración, de envidia, de imitación. En la imagen no hay ninguna concesión a las heridas del tiempo –y eso que no se trata de una persona tan joven– ni de la naturaleza. ¿Pero no se decía que había tenido una grave enfermedad? Domina cualquier tipo de fragilidad que pueda agredirla y la vence. Por ahora.Vanidad.
Considera a la muchacha como una cosa que le procura placer. No agradece la dedicación que recibe y nunca pide perdón por nada. Ni siquiera en los casos en que depende de ella para sentirse seguro, para sentir placer. Pero no la ve, ni a ella ni a sus deseos. Está siempre ávido y descontento. Siempre toma, pero con una actitud de autosuficiencia que niega cualquier tipo de dependencia. Parece feliz o indiferente cuando están juntos, pero tanto cuando están solos como cuando están con más gente, la usa a modo de soporte y espejo de su propio poder. Y para percibir ese poder siente placer en hacerle daño, manipularla, humillarla, puede que hasta en violarla.Abuso.
Estos rápidos flashes apenas si suponen más que una casuística bastante limitada de figuras de pequeña y sórdida soberbia. Sin embargo hemos empezado nuestras reflexiones subrayando el carácter «radical», existencial, casi metafísico de la soberbia, pecado del ser y de la verdad acerca del ser y sobre la condición humana. Existe todo un abismo entre la magnanimidad de la rebelión del ángel y esta secuela de pequeños atropellos, de mezquinas, quizá ridículas, humillaciones y crueldades. Como existe un abismo entre aquella consideración de Santo Tomás que advertía en la naturaleza humana el impulso a la trascendencia de los propios límites y estas pedestres formas de prevaricación, de falta de respeto por las exigencias de los demás.
Esto también significa que, en un momento como el que hoy atraviesa el mundo occidental contemporáneo, construido e inspirado por el presupuesto igualitario de los derechos, la soberbia se presenta más travestida e inconfesable. Existe. Vaya si existe. Pero disfrazada. A un mundo como el que vivimos se le pueden atribuir millones de pecados y un número tal de trasgresiones que cabe dudar de la existencia de cualquier regla, ¿pero cómo hacemos para considerarlo soberbio?
La soberbia remite a cierta grandeza; es una degeneración, por supuesto, pero tiene su origen en la excelencia y en relación con nuestro mundo, como mucho, lo único que puede decirse es que es arrogante y vanidoso. ¿Qué tienen en común esa arrogancia y esa vanidad con el heroico pecado de un ángel que desafía a Dios, con un monje que disciplina su cuerpo hasta anularlo, con un rey que dicta la ley y la prohibición? ¿Quéhabía en la grandeza, perversa si se quiere, de aquellos desafíos en común con la arrogancia de hoy? ¿Con las formas opacas inéditas actuales de soberbia, de delirio, de omnipotencia, de desprecio por el otro, de blasfema negación de la propia debilidad?
