La sonrisa de Blanca - Vicente López Martínez - E-Book

La sonrisa de Blanca E-Book

Vicente López Martínez

0,0
4,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Una ola de suicidios asola el mundo con una particularidad: aquellas personas que deciden quitarse la vida son las que detentan el poder económico. Héctor, un empleado de seguros, introvertido, de vida solitaria, es testigo privilegiado de este acontecimiento planetario que le retrotraerá a un pasado que creía olvidado. Su vida, pensada para no vivirla, sufrirá un vertiginoso cambio solo asumible gracias al amor que siente por Blanca.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2018

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Vicente López Martínez

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-17608-58-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

“A vosotras.Inés, el faro que me guía en la vida.Carolina, que me enseñó la dulzura de la niñez.Alba y Laura, que son mi futuro y me recuerdan todos los días la belleza de vivir.Y Olvido, mi amor, que da sentido a lo que soy”.

CAPÍTULO 1

Levantarse cada mañana al dictado del despertador no tiene nada de interesante. Maldigo cada día a este instrumento, en mi caso electrónico, cuya única función es pautarnos nuestra actividad vital. Da igual que despiertes con dulces melodías o a golpe de un ruidoso timbre, la sensación es la misma. No quiero levantarme, no tengo ningún interés especial en este nuevo día, quiero permanecer escondido en mis sueños. Hay quien piensa que el propio hecho de despertar es en sí un motivo de alegría. Puede ser. Pero no es menos cierto que si no lo hiciéramos tampoco lo echaríamos en falta.

Una vez abro los ojos, se impone la cotidianeidad que, en mi caso, como creo que para la mayoría de los mortales, viene dada básicamente por la necesidad de ir a trabajar. Tener trabajo es hoy un motivo de festejo dada su escasez programada. Yo soy uno de esos pocos que llaman ahora privilegiados y al que su trabajo le proporciona, no sé por cuánto tiempo, unos ingresos que le permiten sobrevivir con algún que otro extra como poder disfrutar de unas vacaciones, cambiar de coche, salir alguna noche a cenar, o tener un buen surtido de electrodomésticos y productos para el entretenimiento y la comunicación. Vamos, lo que se viene a definir como pertenecer a esa clase media cuyo objetivo básico descansa en una máxima: trabajar para poder consumir. De ambos, es el consumo, sin lugar a dudas, el que marca el ritmo de nuestras vidas. El trabajo se ha convertido en un simple medio, necesario si no eres rentista, para obtener directa o indirectamente el dinero suficiente que te permita pasear con solvencia por los escaparates de la normalidad. Da igual cual sea la ocupación a la que te dedicas, si es o no legal, si sirve o no a los demás, si tiene o no sentido. Lo importante es que te dé lo suficiente para consumir, cuanto más mejor. Yo no cumplo estrictamente estos preceptos, no tengo muchos extras, huyo de las deudas, nunca gasto más de lo que tengo. Soy de mentalidad austera, tacaño incluso. Es la única forma que he encontrado para salir, siempre parcialmente y de puntillas, de este círculo vicioso al que estamos abonados.

Mi trabajo, como la mayor parte de trabajos, no tiene nada extraordinario. Es muy poco, por no decir nada creativo. Los procedimientos, diseñados para que todo funcione a la perfección, están muy marcados. Siempre he pensado, seguramente por desconocimiento de otras labores más creativas, que el trabajo en sí no cumple las condiciones necesarias para dinamizar la inventiva humana. De hecho, al menos en mi caso, la maquinaria imaginativa solo se activa lejos de la actividad laboral, cuando la mente no tiene nada que hacer más importante que escapar hacia ningún lugar, y te concedes el tiempo suficiente para sentir esa sensación tan denostada, pero a la vez tan necesaria, como es la de estar aburrido. El tedio te invade y te invita a cosas tan simples como mirar a tu alrededor, escuchar, reflexionar, imaginar y divagar. Estos trances dan pie a percibir la soledad existencial que nos acompaña desde que nacemos, pero también nos muestra la tremenda estupidez que tiene la forma en que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo. Solo en esos momentos, curiosamente, podemos soñar con otras maneras de transitar por este mundo.

Se puede vivir de forma diferente, sin duda hay esperanza. Es la conclusión a la que llegas en cuanto das un paso atrás y miras desde la distancia. Pero también, y esta es la cruz de la moneda, te das cuenta del tremendo coste individual que supone cambiar. ¡Qué pereza! Supongo que esta posibilidad de imaginar otros mundos posibles es la razón por la que el sistema en el que estamos inmersos criminaliza estos bellos momentos de dejación y los convierte en sinónimo de pérdida de tiempo. Y claro, dada la finitud de nuestro tiempo de vida, malgastarlo es sencillamente una desfachatez propia de lerdos. Las horas en las que no producimos o en las que no gastamos, no pueden ni deben ser ejemplo de buena conducta. Faltaría más. El rendimiento, la productividad, los resultados, la competitividad, son los mantras que lubrican la normalidad y los pilares de esos códigos deontológicos que guían nuestras estúpidas existencias. Y precisamente para evitar que la desazón nos invada y vaguemos desnortados, nos colocan o nos colocamos delante del hocico, porque siempre se requiere de nuestra participación activa, esa zanahoria tan deseada, disfrazada de necesidad, que es el placer de poseer cosas. Un absurdo que nos lleva, como a Sísifo, al eterno esfuerzo para nada.

Poco se puede decir de los primeros compases de la mañana. Tras la ducha, mientras me tomo mi café con leche, enciendo el ordenador, miro mis cuentas en redes sociales, mi correo electrónico y doy una vuelta por las principales páginas de los periódicos. Busco algún artículo que me invite a profundizar sobre algún tema, el que sea. Necesito mi dosis diaria de información para sentirme a gusto y la busco compulsivamente. Sin embargo, tengo que decir que cada vez me resulta más difícil encontrar algo realmente interesante. Tal vez sea porque soy un descreído y ya no leo las noticias que se nos muestran como antes: como esa fuente de información veraz donde uno puede profundizar sus conocimientos, o reflexionar sobre las diferentes temáticas que rodean este mundo. Leer la prensa, o escuchar y ver lo que dicen los medios de comunicación es, más bien, en los tiempos en los que vivimos, sinónimo de lo contrario, de desinformación y casi siempre de adoctrinamiento. Pensar que estos medios informan con objetividad y que son, como les gusta vociferar a algunos, la piedra angular de la libertad, es sencillamente una falacia. Aquella, en otros tiempos, ansiada libertad de expresión, que se nos presentaba como algo esencial para enriquecer nuestra vida democrática, se ha transformado en un mecanismo, inimaginable en otros tiempos, de manipulación de ese monstruo que es el poder. Rara vez informan contrariamente a lo que consideran sus consejos de administración, normalmente liderados por potentes grupos financieros que, de forma directa o indirecta, también dominan eso que llaman la agenda política.

Las personas humildes nunca tendrán la oportunidad de tener su medio de comunicación, su línea editorial ni contar en primera persona su realidad. Ese es el hecho. No tienen capacidad económica para afrontarlo, pero tampoco perspectiva para intentarlo. Siempre tengo la duda de si realmente les gustaría decir algo o, contrariamente a lo que siempre he pensado, están más que satisfechos con la interpretación que se hace de ellos por parte de esa minoría adinerada que los condena al anonimato. La libertad de información, de expresión, de prensa y, diría que la libertad de cualquier cosa, en un mundo donde el dinero lo controla todo, se torna, sencillamente, una entelequia. Pero a pesar de todo, como animal de costumbres que soy, no puedo pasar un día sin ojear los titulares y leer algún que otro artículo. Sigo necesitándolos como musa de la inspiración para escribir mis pequeños relatos.

Mi vida social es escasa, diría que mínima pero, curiosamente, tengo un grupo muy numeroso de contactos y seguidores en la red. Digamos que tengo un nutrido grupo de lectores a los que, atendiendo a sus comentarios, les agrada leer mis disquisiciones sobre los temas más variados. Desde el amor, a la guerra, pasando por la justicia, la verdad o la historia. No supone esto el germen de nada. No soy tan iluso. Si bien, tal vez eso constata o es lo que quiero creer, la existencia de una mínima rebeldía, digamos que intelectual, que, eso sí, no vamos a engañarnos, no tiene ninguna fuerza, y tampoco ganas de convertir esas críticas en realidad. La actividad verdaderamente política es la que cambia las cosas, la que toma cuerpo en la acción, no la que se diluye en la retórica, por muy brillante que esta sea. La política de salón es tan interesante como inútil y la comodidad del sofá acaba con cualquier atisbo de sedición. Soy parte de ese colorido marginal que es necesario para certificar que en este mundo también existen otras opiniones.

Hoy no me llama la atención ningún titular y se hace tarde. Me llama la obligación. Lo tengo todo calculado: quince años más trabajando y tendré lo necesario para dedicar el tiempo a lo que me apetezca en cada momento. No sé si aguantaré o si esta planificación será la solución a algo. Lo único que puedo certificar a día de hoy es que lo que me produce cierto bienestar no es precisamente mi trabajo sino más bien los momentos que dedico a mis pequeños placeres: la música, la lectura… y, en mi caso, especialmente la escritura. Hace años que lo hago. Me lo inculcó mi madre y lo disfruto. Nunca me atreví con profundos ensayos envueltos en citas y esquemas narrativos tan densos como a veces ininteligibles hasta para el propio autor. Solo me gusta escribir para indagar y dar cierta forma, aunque sea de forma imperfecta, a otros modos de mirar lo que creo percibir a mí alrededor.

—Buenos días, ¿lo de siempre, no? Zumo y tostadas.

—Buenos días, Ígor. Sí, claro, para no perder la costumbre.

Es la segunda parte de mi desayuno. Siempre en el mismo bar y si puede ser con el mismo camarero y en la misma mesa. Cuestión de economía vital. Suelo llegar un poco antes de la hora de entrada al trabajo para rematar el desayuno y dar una ojeada a la prensa escrita. Otro vicio heredado. Me esperan siete horas y media de actividad laboral. Últimamente ha aumentado la incertidumbre entre la plantilla. Ha habido algún despido. Ya saben, el momento donde la crudeza de la antes llamada cuenta explotación, nunca mejor dicho, pasa por encima de las personas. A mí, sinceramente, no me provoca excesiva ansiedad esta inestabilidad. Sin lugar a dudas rompería parcialmente mi proyecto de vida, pero sinceramente tengo poco que perder. No tengo obligaciones ineludibles a las que hacer frente y con mis ahorros podría pasar una buena temporada sin cambiar mucho mi dinámica actual. No sabemos bien lo poderosos que podríamos llegar a ser si, en vez de endeudar nuestras vidas, nos acostumbrásemos a vivir con lo mínimo necesario para subsistir. La explotación come de la necesidad, y esta, más allá de lo estrictamente necesario para vivir, de cierta dosis de imbecilidad.

Nos obligan a fichar. Es habitual en el mundo del trabajo. De nuevo la dictadura del reloj. Han cambiado varias veces las formas de control horario. De la tarjeta pasaron a la huella digital y supongo que con el tiempo, rizando el rizo, aparecerá la lectura de la retina y la voz como mecanismo infalible de control. Ese día, la entrada al espacio laboral será como entrar en uno de esos búnkeres donde el departamento de defensa de cualquier país investiga nuevas formas de matar o controlar el mundo. Soy Héctor, departamento de indemnizaciones, mientras un haz de luz barre mi retina. Pero al contrario de las historias de espionaje, y dado el objetivo para el que se ha inventado, el reloj me responderá, con voz metalizada y de forma inmediata: “Héctor, has llegado cinco segundos tarde y todavía tienes expedientes pendientes, esfuérzate”.

A pesar de la sofisticación de los sistemas de entrada y salida, no he conocido a nadie al que hayan despedido en mi empresa por no cumplir el horario de trabajo. En todo caso alguna advertencia, algún expediente cuya existencia para que surta el efecto disciplinario deseado se convierte rápidamente en noticia del día en la oficina. He llegado a la conclusión de que este control es necesario, no por el cómputo de tiempo en sí, sino porque marca con claridad la jerarquía en la empresa. Quién ficha y quién no, a quién y a quién no le controlan el tiempo, te indica con claridad el escalón que ocupas en la compañía. A mí, aunque quisiera, y creo que es una cuestión general entre mis compañeros, me sería imposible no cumplir el horario. El volumen de tareas es de tal magnitud que el tiempo de trabajo establecido siempre es insuficiente. Y no es que sean todas las tareas necesarias o como les gusta llamarlas a ellos: productivas. Una parte importante, todo sea dicho, se compone de actividades absurdas y totalmente inútiles que solo sirven para mantener la maquinaria burocrática y por supuesto volver a remarcar nuevamente, nunca es demasiado, la línea de poder, el quién manda sobre quién. Si no llegas al objetivo marcado y pides ayuda o te quejas, la respuesta siempre es la misma: la falta de eficacia, de implicación y uno de los conceptos más manidos, no cumplir con tu responsabilidad.

Para el que manda nunca hay un exceso de tareas, solo desidia y apatía. Y es que, para que algo sea considerado trabajo, debe oler a penuria, a (sobre) esfuerzo, a superación (sin límites), a sudor, a cansancio… yo, para no mortificarme, nunca olvido que se trata de una imposición, de un castigo divino. Pero la mayoría, para nuestra desgracia, han acabado interiorizando que este instrumento de tortura, de dolor, de opresión, es nada más y nada menos que fuente de satisfacción, de realización personal y profesional e incluso de placer. Se transforma así la pena en deber, y tu conciencia en el peor de los látigos. Vamos, puro masoquismo. Un cambio de fuentes erógenas que se alimenta y hunde sus raíces, entre otras cosas en eso que erróneamente llamamos desarrollo y progreso.

Me gano la vida en una gran empresa de seguros. Poco más que contar. No haré comentarios al respecto del beneficio social o de la trascendencia de los seguros. Digamos que son uno de esos inventos económicos que crea la falsa apariencia de vivir con menor riesgo, más protegidos e inexpugnables. Dicen que soy un hombre impasible en mi trabajo, que soy inflexible en el cumplimiento del proceso y del contrato. Mi actividad laboral se rodea de papeles, de cifras, de normativa, no tengo contacto con los clientes, no los conozco, no los veo, no los oigo, solo los percibo en la lejanía, a través de informes que hablan parcialmente de ellos. Rechazo indemnizaciones por accidentes, robos, muertes, como una máquina rechaza el producto defectuoso sin pensar en la bondad o maldad del acto en sí. Soy lo que se llama un trabajador eficiente y diligente.

Eso sí, alguna vez que otra, por despecho, o simplemente por demostrarme que no soy un autómata, me he permitido ser flexible en el cumplimiento de la norma sin que nadie, dada mi irreprochable trayectoria laboral, ponga especial atención en mi pequeña rebeldía. Son pequeñas escaramuzas que me demuestran no solo lo mucho que podríamos hacer si obráramos atendiendo a nuestro sentido de la justicia y no al que nos obligan, sino también, y de nuevo vuelve a aparecer el revés de la moneda, que somos piezas necesarias para que la injusticia continúe. Todo está bien programado y la despersonalización, la deshumanización de la víctima, del cliente o del usuario, tanto da, se convierte en elemento esencial, básico, para la construcción de organizaciones, empresas, sociedades, donde la explotación, la humillación o incluso, en el extremo, el propio exterminio, esté justificado y normalizado. Al final, los espacios de libertad se restringen para asegurar el funcionamiento de esta máquina infernal.

Creo ser un tipo bien considerado por mis compañeros. No soy conflictivo, y no compito en las carreras por el ascenso en la organización. Me educaron para compartir, para ayudar y no para odiar o utilizar en mi provecho a los demás. Mi madre me martilleó una y otra vez diciéndome que lo que sobraba en este mundo, consecuencia de millones de egos mal domados, era soberbia, vanidad, envidia, egoísmo y ambición, y que cualquier cosa que aplacase su ímpetu valía la pena. Y así lo intento.

A estas alturas de mi vida, y apenas llego a los cuarenta, hay pocas cosas en este mundo que me asombren. Nos acostumbramos, quiero creer que por supervivencia y no por maldad, a las malas noticias, a las tristezas que nos ofrece diariamente el mundo. La piel se convierte en poco tiempo en cuero, y la arruga, que mostró en un momento la sensibilidad ante cada uno de los vaivenes de la vida, se cosifica, perdiendo toda su expresividad. Los males del mundo me siguen indignando, por supuesto, por eso escribo compulsivamente, para recuperar en la palabra lo que tal vez perdí en el gesto.

Vivo relativamente solo desde que, tras la muerte de mi madre y mi hermana, decidí cambiar de ciudad. Paso la mayor parte de mi vida entre los ochenta metros cuadrados de mi apartamento y el trabajo. El contacto cotidiano con la realidad que me rodea más allá de ese trayecto diario y de algunas gratas compañías, lo hago básicamente navegando por la fibra óptica. Conozco la realidad a través de lo que leo y veo en la red. La otra realidad, la que nos ofrece el contacto físico con los demás, la exploro más bien poco.

He perdido el contacto con mis antiguos amigos. La distancia y las circunstancias hacen su labor sin pausa. En el tiempo que llevo en esta ciudad he podido construir cierta amistad con un par personas. No tengo aficiones que me permitan conocer a más gente, las esquivo. No me gusta bailar ni hacer senderismo ni estoy en ningún club deportivo o cultural ni milito en ninguna organización política o social. He aprendido a disfrutar, o mejor dicho, a llevarme bien con la soledad y a viajar a través de una lectura, una melodía, una frase, un olor…, a aquel pasado repleto de sensaciones que alguna vez viví. Tengo muy claro que mi entierro, cuando se produzca, será muy, pero que muy íntimo y que mi recuerdo no alcanzará ni siquiera otra generación.

CAPÍTULO 2

—¿Bajamos a almorzar, Héctor?

La voz suave de Blanca es el sonido más agradable que escucho en todo el día. Durante toda la semana y gran parte del año.

—Sí, claro. Un minuto.

Blanca es mi pareja de almuerzo, y de los dos cigarrillos que fumamos a lo largo de la jornada. Yo empecé a fumar precisamente para acompañarla. Me gustaría que lo nuestro fuera algo más, pero nunca me atreví a dar un pasito en esa dirección. Está casada con un periodista de renombre y viven en una de esas urbanizaciones que revolotean el lujo residencial, imitando a los que tienen cierto poderío en la ciudad. El nombre de su marido es propio de los culebrones televisivos, Francisco Alejandro Sánchez Núñez. Parece ser que sus padres eligieron nombrarlo así para mantener, una generación más, la tradición del nombre de los abuelos, paterno y materno. Él, sin embargo, se hace llamar, a modo de nombre artístico, Fran Nuno.

El nombre, dicen algunos, puede marcar la vida y el éxito de una persona. En mi caso, mi madre, esquivando la presión que mi padre ejercía para ponerme su nombre siguiendo una saga interminable de Juanes, impuso, no sin una dura batalla, y aprovechando que por aquel entonces estaba liada con la Ilíada, el nombre de uno de sus personajes heroicos. Decía, aunque yo nunca lo he percibido así, que tenía algo de aquel Héctor que ella imaginó en su lectura. Yo creo, sinceramente, que ella lo que sí tenía claro era que quería evitar, a toda costa, que su hijo tuviera el más mínimo parecido a su progenitor.

Veo a Fran algunas veces por la oficina, cuando, de tanto en tanto, viene a buscar a Blanca. Siempre impecablemente vestido, reconozco que tiene cierto atractivo físico. Una voz redonda, grave, sin titubeos, reafirma una soberbia que ya presientes por su forma de andar y gesticular. Su gran ambición, por lo que cuenta Blanca, es dirigir algún día el periódico en el que trabaja, el de más tirada del país. En estos momentos, tras varios años en el área de negocios, es el redactor jefe de la sección nacional. Blanca dice que conoce a la flor y nata de la sociedad, y si bien alguna vez le ha invitado a acompañarle a alguna de esas cenas de trabajo donde suelen merodear estos personajes que pueblan la vida política, económica y social del país, ella, por timidez, siempre ha declinado la invitación.

—No sabría qué decir, ni qué hacer, Héctor. Esa gente me intimida —me confesaba en una ocasión Blanca, cuando Fran la invitó a una cena en la que compartían mesa y mantel los directivos de las principales empresas, directores de medios de comunicación, banqueros, líderes de los principales partidos políticos, deportistas de élite, e incluso creo que de algún miembro de la Casa Real.

—No debería intimidarte. Son como nosotros. La única diferencia es el poder que les hemos reconocido. Son como el dinero, valen el valor que los demás queremos darles. Aunque, sinceramente, te comprendo, a mí tampoco me gustaría su compañía. Supongo que a Fran no se le pasa por la cabeza declinar la invitación.

—Héctor —dijo Blanca tajante—, a él le encanta ese mundo. Se siente como pez en el agua. Después se pasa semanas contándome las anécdotas de la cena.

—Algún atragantamiento, una copa de vino derramada en alguna entrepierna, un eructo no controlado, perdigonazos reales, coqueteos, operaciones de cirugía…

—De eso también —sonrió Blanca—, pero prefiere hablarme de las posesiones que tiene este o el otro, lo amable que fue no sé quién con él. No sabes, me dijo un día, lo que es estar departiendo con los personajes que están dirigiendo nuestras vidas. Solo el hecho de poder estar ahí, ya es increíble. Ellos, me remarcó no hace mucho, son los que construyen el progreso, y yo quiero participar en él. Y en eso tal vez tiene razón, son ellos los que hacen que evolucione la sociedad.

—¿Progreso?, yo más bien diría que son los que construyen la desigualdad, la pobreza, la exclusión… asegurándose de que lo que quitan a los demás acabe en sus bolsillos. Blanca, es a eso precisamente lo que ellos llaman progreso. Se reconocen por la riqueza, no por su sabiduría o su solidaridad. No son más que los demás. No hay que darles más valor. ¿A ti te interesan esas vidas?

—No. Me dan igual. Ya sabes que vivo ajena al glamour y también al dinero. Las modas, las revistas del corazón y las páginas de negocios me importan un rábano. Lo único que me gustaría realmente sería escucharles hablar de sus inquietudes, sus esperanzas, sus pesadillas… Pero no creo que este tipo de reflexiones se den en estas cenas. Supongo que como todos los mortales también tienen sus miedos, ¿no crees?

—Incluso mayores a los que tenemos los demás. No lo dudes. Mira, Blanca, yo encuentro sumamente higiénico pensar, cuando los vemos o escuchamos, que no estamos precisamente ante personajes importantes para el futuro de la humanidad. No estamos delante de científicos que han descubierto no se qué vacuna, médicos que han salvado una vida, de escritores que han sabido contar de forma deliciosa una historia, o de pintores, escultores, músicos, o simplemente personas bondadosas, que han mejorado este mundo y que han hecho la vida más fácil a los demás. Ni tan siquiera estamos ante políticos o líderes sociales que han encabezado con su fuerza y su obstinación el fin, no sé, de las hambrunas o las guerras que nos rodean… Estamos ante personajes cuyo único mérito ha sido medrar económicamente, socialmente, o políticamente, una cosa lleva a la otra, y siempre, siempre, sin excepción, a costa del esfuerzo de los demás. Realmente deberíamos despreciarlos por lo que representan, nunca alabarlos.

—No creo que sea justo lo que dices. Esa gente también se ha esforzado, ha dedicado mucho tiempo a su trabajo y, gracias ellos, y a su ambición, hoy estamos donde estamos.

—Efectivamente. Gracias a ellos estamos en el estercolero en el que estamos.

—Bueno, Héctor, sería discutible si es gracias a ellos, o a todos los demás. No olvides que el poder, por muy injusto que sea, siempre ha sido agasajado y, lo que es peor, envidiado por eso que llamamos el pueblo, por la inmensa mayoría de mortales, entre los que estamos incluidos todos. No olvides, mi querido amigo, que la inmensa mayoría de la población, excepto algún bicho raro como tú que gusta de llevar como bandera la irreverencia, sueña ser parte de esa casta. Sus vidas se planifican para ello.

—Cierto. Pero no olvides tampoco eso que acabas de decir. Muy importante. Es su ejemplo lo que seguimos. Y ya sabes el dicho: ojos que no ven corazón que no siente. Y lo que no se ve no se codicia. Es precisamente esa codicia el peor de todos los males que nos aquejan.

Fran no solía prestar excesiva atención a los compañeros que Blanca le presentaba. No eran importantes para él. Era de esos que te bautizaba con un nombre distinto cada vez que te saludaba, demostrándote así el escaso valor que tenía tu existencia para él. Te veías obligado en ese momento, o bien a callarte y asumir la identidad que te imponía, o recordarle, sonriendo por educación, cómo te llamabas y de qué te conocía. Yo opté siempre por la primera de las opciones. Eso sí, poco después de conocerle, cuando ya había cambiado mi nombre en un par de ocasiones, demostrándome que no tenía ningún interés especial en fijar mi nombre a mi físico, quise devolverle su insultante indiferencia. Naturalmente sin que Blanca estuviera delante.

Estaba solo en la planta donde trabajo, cuando lo vi salir del ascensor, me puse las gafas de un compañero, cogí una chaqueta de otro que estaba colgada en el perchero, intenté definir una raya inexistente en el pelo, y me dirigí con paso firme hacia él.

—Perdona. No se puede acceder a las oficinas. ¿Buscas a alguien? —le dije, llamándole la atención.

—Perdona. Fran Nuno, soy el marido…

—Espera un momento —le corté su presentación, cogí el teléfono, le di la espalda para evitar que fijase mi cara en su memoria, y pulsé unos números al azar—. Oye, hay aquí una persona que no es de la compañía y no está acompañado por nadie. Estoy harto de decir en las reuniones de dirección que no puede visitar nadie las instalaciones si no va acompañado. —Realmente estas eran las normas que había, aunque nadie las cumplía— ¡Tenemos documentación confidencial!, ¿no lo entendéis? —alcé la voz—. Lo envío para abajo. Esta gente es un puto desastre. Hasta que no haya alguna corrección disciplinaria no aprenderán —le dije, sin volverme hacia él, mientras hacía el ademán de colgar el teléfono—. ¿A quién buscas, Juan?

—Fran, Fran Nuno, redactor jefe del…

—Bueno, baja en el ascensor —volví a cortarle. Él, pude entrever, no había perdido en ningún momento la sonrisa cuando se dirigía a mí—, allí habrá alguien esperándote y te acompañará… Bruno.

—Nuno, Nuno, Fran, Nuno, soy…

—Ah, vale, vale, te dejo, tengo una reunión urgente —le volví a cortar sin darle la cara, y siguiendo un camino inverso al suyo me marché. De reojo vi como se quedaba con la mano tendida esperando la mía.

La escena había salido redonda. Al día siguiente, en el desayuno, Blanca me comentó lo ocurrido.

—¿Sabes?, ayer Fran vino a por mí, y un directivo, no sé quién, no le dejó pasar. Lo envió abajo, donde se suponía que alguien le iba a acompañar, y no había nadie. En esta empresa están locos. ¿Quién sería?

—¿Sí? Sería Mistral, supongo, ya sabes que no le gusta que la gente merodee por ahí.

—No, Mistral lo conoce. Me dijo que era más joven, con gafas de pasta, bien peinado… y, la verdad, no caigo.

—Pues no sé quién podría ser. ¿Y se enfadó mucho?

—No, no. No se enfadó, lo entendió perfectamente. Incluso me echó la bronca por no avisarle antes de las normas de la compañía. Estuvo toda la cena sermoneándome sobre la importancia de la disciplina y cumplir las reglas para que las cosas funcionen. ¡Ah!, y diciéndome que por qué yo no le decía a mis jefes quién era mi marido.

—Eso último será lo que más le ha fastidiado, que no le conociese ese directivo. Al final pagó su enfado contigo. ¿Tuvisteis bronca?

—No. Me callé. No vale la pena discutir con él de estas cosas. Bueno, no vale la pena discutir con él casi de ninguna cosa. No escucha. Hace tiempo que no discutimos… bueno, ni hablamos, ni nos escuchamos…

¿Qué vería Blanca en él? Supongo, aunque me cuesta imaginarlo, que quedó enamorada no solo de su porte, sino, como se intuía cuando ella hablaba de él en pasado, también de su sueño. Fran pertenecía a esa clase de hombres que creen haber sido elegidos para cambiar el mundo. Estudió periodismo pensando que él, naturalmente, formaría parte de ese selecto grupo de profesionales de la información que son portadores de esa verdad que, pese a quien pese, está ahí para ser contada. ¡Como si esta existiera de forma clara, tangible, inmaculada! Su sueño era hacer ese periodismo mitificado por el cine y la novela, y con él, granjearse el respeto y, sobre todo, la admiración de sus conciudadanos. Un camino que él, a pesar de su pretendida fortaleza, no quería hacer en solitario y no podía entender sin ella. Al final, como ha demostrado su vida, lo que realmente quería no era tanto un sueño en común como tener a alguien a su lado que reforzara su imagen, aplacara sus pulsiones, y sobre todo desvaneciera el fantasma de la soledad que tanto miedo provoca a aquellos que alcanzan las más altas cúspides del éxito. Una persona que siempre le escuchara y, aunque fuera con el silencio, le ratificara su valentía y abnegación para alcanzar ese objetivo que se había impuesto. El tiempo demostró que ese esfuerzo por mejorar el mundo solo tenía resultados tangibles en su cuenta bancaria, y que la verdad seguía escurridiza y escondida en oscuros callejones.

Blanca no tenía sueños de grandeza, ni ambición profesional. Y si los tuvo, los aparcó para acompañarle en su epopeya imaginada. Se conformaba con su trabajo, y nunca, a pesar de que él se lo había propuesto en varias ocasiones, pensó en dejarlo. Decía que el contacto diario con la gente era esencial para ella. Fuera del trabajo, aunque no lo reconocía, supongo que por orgullo, estaba tan sola como yo. Es curioso que aquellos que no tenemos estos pensamientos de grandeza, solamos, aunque no queramos, acabar jugando en la vida el papel de fieles escuderos. O estás arriba o estás abajo, nunca en medio.

Graduada en matemáticas, obtuvo una beca en uno de los departamentos de la Universidad. Se adentró durante un par de años en el fabuloso mundo de los fractales, y pudo observar de cerca el perfil menos amable, rancio y castrense, de la vida universitaria.

—Con ese currículum, te habrías podido dedicar a la investigación —le pregunté en una ocasión.

—¿Investigar? Alguna vez lo pensé. Pero no servía.

—Tienes lo necesario: curiosidad, tesón, y capacidad intelectual.

—No es tan fácil, Héctor. El ambiente del departamento donde estaba era insufrible. No aguantaba tanta vanidad.

—¿Más que aquí?

—Diferente. Aquí la esperas, allí, no tanto. Tal vez era también un problema de juventud…

—O de valores —le interrumpí—. Cuando somos jóvenes, Blanca, las normas éticas están mucho más marcadas. La edad las readapta a las circunstancias de cada cual.

—Yo salí tan quemada de allí que busqué algo que fuera radicalmente diferente. Conocemos y despreciamos la soberbia de lo que tú llamas los reyezuelos de este mundo. Pero no te puedes imaginar lo insultante que es la soberbia intelectual.

—No creas que hay diferencias, Blanca. Los directivos de esta compañía son soberbios porque tienen poder. Eso lo sabemos los que los sufrimos. Pero en verdad, ellos llegan a creerse, e incluso así lo acepta estúpidamente la mayor parte de gente, que ese mayor poder es consecuencia de sus capacidades intelectuales. Se creen más listos e inteligentes que los demás. Incluso, para certificarlo se empapelan el despacho con títulos de escuelas de negocios, universidades…

—Sí, cierto. Pagándolos —aseveró Blanca—. Con tesis encargadas a machacas, o en universidades donde el máster o el doctorado solo es cuestión de dinero. Lo sé de buena tinta. Fran, por ejemplo, se sacó el doctorado así.

—¿En serio? Perdóname, Blanca, pero tu marido es patético.

—Lo es. Y mucho —asintió con la cabeza—. Seguramente tienes razón y no hay soberbias diferentes. Pero yo jamás, de verdad, me he sentido tan humillada como en aquel espacio.

—Tal vez porque esperabas de la inteligencia algo más que altivez.

—Eso es verdad —me respondió Blanca dejando la mirada un tanto perdida—. Esperas de la gente inteligente algo más. Y no es así. La humildad, la empatía, la generosidad, parece que se cultivan en otros espacios, no en las academias, desde luego.

—Tal vez el problema sea que no pasamos a eso que llamamos inteligencia por el tamiz ético. La consideramos en sí misma como un valor positivo. O, tal vez, la estemos definiendo socialmente mal, no sé.

—¿A qué te refieres?, ¿cómo definirías tú la inteligencia? —Blanca volvió a fijar su atención.

—Socialmente, llamamos inteligente a una persona solo porque ha sabido adaptarse con éxito al sistema de méritos establecidos, sean académicos o económicos. Creemos en la inteligencia superior del catedrático, del empresario, del directivo…

—Bueno, no solo. También del escritor, pintor, actor…

—Sí, pero siempre de éxito. No valoramos esa inteligencia por otros méritos. Imagina que dijéramos que es más inteligente aquel que vive con menos, aquel que es más desprendido, más empático, más sensible a lo que ocurre a su alrededor… aunque fuera un perdedor, un fracasado.

—Bueno, hay muchos tipos de inteligencia, ¿no?

—Sí, pero se valoran socialmente de forma diferente y creo que, para nuestra desgracia, de forma errónea. Da igual que una persona tenga memoria fotográfica, o que sea capaz de resolver la integral más complicada, o entender el texto más ilegible. Al fin y al cabo, esto son simplemente habilidades, producto de la química neuronal, no distinta en su naturaleza biológica a otras habilidades físicas. Unos tienen los bíceps más desarrollados, otros corren más deprisa, otros tienen más capacidad pulmonar, mayor agudeza visual, o más potencia sexual… El desarrollo cerebral no es diferente en esencia al desarrollo de otras partes del cuerpo.

—Así es.

—Pero en cambio, en nuestras sociedades, la cuestión que llamamos física: la destreza, la fuerza… quedan relegadas al circo, al entretenimiento, o a la mera fuerza productiva, similar a cualquier animal. En cambio, el desarrollo de otra parte del cuerpo, como es el cerebro, lo consideramos de un nivel superior.

—¿Tal vez porque el hombre se distingue del animal por esa capacidad intelectual? —Blanca inclinaba su cuerpo hacia adelante, no cabía duda que el tema era de su interés— Los clásicos vieron en la razón el elemento humano por naturaleza.

—Bueno, y también nos distinguimos de ellos por nuestra bondad, capacidad de amar… es la base de la relación con los demás…

—Continúa.

—¿Por qué consideramos como salvaje la competencia cuando se basa en la fuerza física y no cuando se basa en esa fuerza intelectual? ¿Por qué aceptamos que la ley del más fuerte, en términos físicos, es injusta y, en cambio, aceptamos que es justa la ley del más inteligente? Estas mayores capacidades cerebrales, como ocurre con la destreza o la fuerza física, no deberían servir para valorizar a las personas y, por lo tanto, no deberían considerarse como buenas en sí mismas. Solamente lo deberían ser si, y solo si, están acompañadas de la necesaria generosidad con los demás. Eso es lo que distingue al hombre.

—Eso es la inteligencia que llaman emocional, ¿no?

—No sé lo que es. Pero imagínate si en las escuelas se nos examinara desde pequeños por nuestra capacidad de ser solidarios, sensibles, con todo lo que nos rodea. Que se nos enseñase a sentir lo que hay fuera y no a engrandecer lo que hay dentro.

—Sí, tienes razón Héctor. Eso es lo que debería cultivarse y premiarse colectivamente. Que las capacidades que tenemos, vengan de donde vengan, estén al servicio de los demás. Eso realmente sería lo inteligente.

—La diosa razón tan venerada, esa que nos gusta sacar a pasear como distintivo frente a animales, a la naturaleza o entre los propios hombres, se ha utilizado básicamente para amplificar nuestra voluntad de poder y, por lo tanto, nuestra capacidad de destrucción del otro. El hombre no pelea, no humilla, no somete, solo con sus bíceps, o a bocados, lo hace también con palos, flechas, pistolas, bombas, acompañado de las necesarias normas, jerarquías, burocracias… que permiten que, con una musculación mínima, se pueda activar el mayor terror. Es peor que la ley de la selva. Los animales se muerden, nosotros humillamos y aniquilamos gracias a nuestro grandioso intelecto.

—Pero, Héctor, la razón también es sinónimo de arte, o de antibióticos.

—Hay razón, como fuerza física, bondadosa. También hay bíceps que cultivan la tierra. Esa es la fuerza física e intelectual que yo llamaría inteligente, aquella que busca ese beneficio común.

—Héctor —me dijo Blanca mientras golpeaba suavemente mi mano—, un tema interesante, ¿has escrito sobre ello?

—No.

—Hazlo.

Blanca encontró trabajo en el mundo de la informática y desarrollaba algunos programas para la compañía de seguros. Sus sueños cabalgaban con la novela negra o viendo una buena película, a ser posible de intriga, y después, eso sí, compartiendo sus sensaciones, sus reflexiones con los demás y, según decía ella (y a mí me gustaba oírlo), especialmente conmigo. Cuando estoy con ella me cuesta creer, me duele, me enerva incluso, que siga estando al lado de esa piltrafa de ser humano que es Fran.

—¿Has leído la noticia del día? —me dijo mientras esperábamos al ascensor—.

—¿Te refieres al nuevo caso de corrupción que acecha al gobierno o a lo absurdo de este conflicto bélico que se ha iniciado?… siempre lejos de aquí, claro. Son las noticias de todos los días…

—No. Eso no sería tema de conversación. Esos temas ya los tenemos agotados. Me refiero a la muerte el mismo día de esos millonarios. ¿Estabas dormido en tu paseo matutino por la prensa? Me he ido rápidamente a ver lo que habías comentado en las redes sociales y ya he visto que hoy te habías centrado de nuevo en la muerte de esos pobres inmigrantes.

—Sí. Tienes razón Blanca. Creo que la hipocresía social se manifiesta en estos temas con toda su rotundidad y esperpento. Lo de las muertes lo he visto, pero tienes razón, no le he dado mayor importancia. He pesando que sería una simple coincidencia. Mueren miles de personas cada día, y aunque, por su escaso volumen, la probabilidad estadística de que coincidan varios de ellos es mínima, está dentro de lo posible, ¿no? Además, ya sabes que cuando abandona este mundo alguien importante siempre pienso en la gran justicia que imparte la muerte. Ese —le dije guiñándole el ojo— también es un tema que hemos tratado en varias ocasiones… pero nunca me canso de él.

—Sí —me contestó sonriendo— me consta que lo haces a menudo, que yo recuerde lo has hecho con políticos, banqueros, y también algún que otro personaje de la farándula. La mayor parte de noticias que he leído hacían referencia, como dices, a esa curiosa casualidad estadística.

—Espero que hayan sido muertes por causas naturales y no haya conexión entre ellas, porque como haya algún indicio de complot criminal, lo convierten en asunto terrorista, asunto de Estado, y a partir de ahí en cualquier intervención militar. El acto terrorista se ha convertido en la excusa perfecta, en la muletilla para cualquier cosa. Ya sabes que, en última instancia, el tratamiento del terrorismo siempre acaba en mayor control sobre nuestras vidas.

—Bueno. Eso está por ver. De momento solo han hablado de muerte sin violencia. Además, uno de los ricachones es de aquí y creo, por lo que he podido averiguar antes de almorzar, que es cliente nuestro. Nos enteraremos por tu jefe de cómo ha sido la muerte. Así que pon atención a lo que te dice, que nunca le haces caso. De todas formas —dijo sonriendo con cierto gesto de malicia— la preocupación ahora en la familia será saber cómo se reparte la herencia. Ya sabes que las herencias son casi siempre motivo de disputas familiares.

—Otra de las cosas que tendría que cambiar alguna vez. No deberían permitirse las herencias.

—¿Cómo? Eso sí que no lo comparto. El fruto del esfuerzo de uno debe quedarse en su familia, entre su gente. Es el único aliciente que tienes para esforzarte, dejar algo a los tuyos.

—Seguramente. Pero ¿por qué unos deben recibir más que otros? Es un mecanismo de reproducción de las diferencias sociales. Imagínate que tras la muerte, las herencias pasaran al erario público. ¿No crees que habría menos aliciente para acumular y acumular? Estamos en contra de que los cargos políticos se perpetúen por herencia, ¿no? Y lo estamos porque no consideramos justo que el poder se transmita de padres a hijos. ¿Por qué entonces estamos de acuerdo en que se transmita el mayor de los poderes, el económico?

—Todavía, aunque parezca increíble, hay muchas monarquías Héctor. Pero por lo que respecta a lo económico, ¿cómo vas a prohibir que lo que tiene un padre lo pueda disfrutar su hijo?

—Yo lo haría. Aunque no creo que tuviera mucho éxito en la política con esta propuesta. Sé, sin embargo, y estoy convencido de ello, que sería más que suficiente para curar muchos de los males que nos acechan. Ese y la maldita propiedad privada, van de la mano, son los pilares de esta mierda de mundo. Nadie debería poseer nada, nadie debería heredar nada.

—Salió el Héctor anarquista. Tú lo harías porque no tienes hijos y porque no tienes posesiones.

—En eso seguramente tienes razón. Las circunstancias atenazan nuestra lógica, o mejor dicho, lo que consideramos razonable. Menos mal que la muerte, al menos, imparte cierta justicia.

Seguimos hablando durante todo el almuerzo sobre este caso, la bondad de la muerte como elemento de justicia universal, y su distinta valoración por la sociedad según la condición económica del fallecido, o incluso la causa de la muerte. Era más importante la muerte de un personaje público, o el fallecimiento de alguien por un acto terrorista, que la muerte del resto de la población, por muy injusta o violenta que esta fuese. El dolor, sin embargo, es el mismo para cualquier persona que pierde a un ser querido. El tema lo tenía muy reflexionado y, sinceramente, no me aportaba mucho aquella conversación. Pero ella sí, siempre llamaba mi atención.

En algún momento deje de hablar para centrar todos mis sentidos en Blanca, siguiendo cada uno de los movimientos, posturas y gestos que dibujaba cada parte de su cuerpo. Me quedaba obnubilado mirando el movimiento de sus labios; su mirada reflejaba un espíritu reflexivo, crítico, pero optimista y excitado ante lo novedoso. Todo lo vivía de forma intensa. Supongo que estar con ella me recordaba que podía llegar a recuperar esa esperanza en la vida que en algún momento perdí. Solo necesitaba su compañía, nada más. Debía animarme algún día, pensé, y dar ese pequeño paso que definiría claramente mi situación respecto a ella. Blanca, me gustas mucho. Esa era la frase. Pero de momento no quería apostar en esa ruleta.