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¿Por qué usamos el celular durante una cantidad de horas que a nosotros mismos nos resulta estrafalaria? ¿Qué estamos dejando de lado por esas horas consagradas a la pantalla? Para Santiago Dayenoff, lo que resulta sustituido por el dispositivo es el otro, que parece seguir existiendo, pero ya no desde el mundo sensitivo, el del contacto, el de la mirada a los ojos, el de la palabra dicha y escuchada en el momento. Por lo tanto, en esta sustitución se interrumpe el comercio de las emociones de forma natural, lo que impide que el ser humano sea flexible en términos emocionales. La sustitución del otro se presenta tanto como un estudio agudo sobre las causas y las consecuencias de la presencia excesiva de las pantallas en nuestro día a día como una llamada para recuperar la conexión con los otros y la soberanía de nuestra atención.
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Seitenzahl: 127
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Santiago Martín Dayenoff
PRÓLOGO
DESCONEXIÓN RADICAL
Evidencias de la desconexión
En relación con la inteligencia artificial
Rebeldes contemporáneos
Autismo
Antecedentes históricos sobre el aislamiento
Más allá del hábito y de la satisfacción
ATENCIÓN
SUSTITUCIÓN
El país adelantado
La sustitución del producto objeto por el humano producto
EL OTRO IMPOSIBLE
Superservidores
Tiempo en pantalla
APÉNDICE
Tabla de contenidos
Comienzo de lectura
Portada
Dayenoff, SantiagoLa sustitución del otro / Santiago Dayenoff. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2024.
Archivo Digital: descarga ISBN 978-631-6632-09-8
1. Ensayo. I. Título.
CDD 302.01
©2024, Santiago Dayenoff
©2024, RCP S.A.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.ISBN 978-631-6632-09-8Diseño del interior: Cerúleo | diseño
Imágenes de tapa: Image by upklyak on FreepikDigitalización: Proyecto451
Dedico este libro a mis padres, Horacio Moisés (Z´L), María Celia, a mi hermano Diego Andrés, que tanto me enseñaron y enseñan sobre los valores y el amor.
Estaba leyendo el libro 21 lecciones para el siglo XXI, de Yuval Harari, y me sorprendió lo cercano que se encontraba a nuestra realidad actual, pese a que planteaba un futuro de 60 años. Me levanté de la silla y consulté al chat GPT sobre la diferencia entre un reflejo neurológico y un condicionamiento emocional al estilo de Pavlov. Mientras el chat comenzaba a responder, observé mi escritorio, el velador y la computadora. Percibí el vacío de la silla y el silencio de la habitación. En ese momento, pensé en Siri, Alexa y Ok Google. Me giré hacia el espejo y me vi, situado a unos pasos de la silla, del velador, del escritorio y de la computadora que seguía escribiendo. Era como observar un piano que tocaba por sí solo, como si fuera impulsado por una serpiente encerrada en su cajón de resonancia. Pero aquí no había presencia de animal o fantasía. La distancia entre el espejo y yo era diferente a la que se encontraba entre la computadora que escribía de manera autónoma y mi persona. El espejo, un fenómeno de luz, reflexión y difracción, había sido explicado por la física hace muchos años y continuaría siendo así mientras existiera la humanidad. Pero la brecha entre la computadora escribiendo hacia una silla vacía y yo se expandía constantemente. No era relevante el conocimiento de las leyes físicas. Podía sentir esa creciente distancia entre la silla y mi posición. ¿Quién había estado sentado allí? Si la computadora proseguía en su escritura, ¿lo estaba haciendo para alguien que anteriormente le había solicitado algo pero que ya no se encontraba frente a ella? Era una sensación diferente de esperar que la hornalla calentara el agua para el café. ¿O quizás era similar? ¿Es acaso calentar agua una necesidad evolutiva? ¿Podríamos prescindir del acto de calentar agua? Al volver a mirar, observé la habitación y la silla, ambas vacías. No pude encontrarme en el espejo y, en ese instante, entendí que el proceso de sustitución ya se había puesto en marcha.
Nadie pasaría mucho tiempo mirándose en el espejo fijamente a los ojos. La pantalla del teléfono no es un espejo exactamente, pero gracias al modo en que funciona el algoritmo específicamente para nosotros, en sincronía con nuestro cerebro, la pantalla se vuelve una suerte de espejo en el que no podemos reconocernos. A la manera de Narciso, de a poco nos desconocemos y nos hundimos y nos ahogamos cada día más en esas aguas. Se diluye nuestra identidad, para ser imagen y semejanza de lo otro.
Estar en una confitería y observar una pareja sentada frente a frente, cada uno mirando su celular, y que eso parezca habitual, es una definición simple de desconexión. Alguien puede preguntarse: ¿qué pasó con los seres humanos? Yo diría que nada. La incomodidad con uno mismo existe desde que existe el ser humano. La incomodidad entre dos personas existe desde que existe la unión. Y la incomodidad social desde que existen las sociedades y las civilizaciones. Cada cual tiene su razón. Sin embargo, pareciera haber un denominador común: la tendencia al aislamiento, entendida como el pensamiento imaginario, el ensoñamiento diurno, el fantaseo. Sumergirnos en nuestros pensamientos sin darnos cuenta de ello es algo que acontece en todos los seres humanos. Utilizar los dispositivos de forma impulsiva y compulsiva exacerba esa sumersión. Al no mediar una reflexión y una conciencia plena de la acción, la tendencia corre el riesgo de volverse un hábito firme. Cuando la acción de utilizar el teléfono no surge desde una voluntad total, sino desde algo que es mitad voluntad, mitad hábito, los seres humanos tendemos a permanecer en el fantaseo, aquel que está en otro lado que en el punto del planeta Tierra en el que está, a la hora en la que está.
Conviene entonces distinguir hábito de herencia genética. El color de los ojos, la forma de la nariz, pueden ser de herencia genética. Pero los hábitos, esas costumbres que se logran por repetición sostenida en el tiempo de hechos que hemos visto en otros, no se heredan a través de los genes. Se emulan hasta que se imitan. Cuando se imita, el otro, que nos representa, tiende conceptualmente a diluirse. Como Narciso cuando ya no se reconoce. Confunde lo propio con lo ajeno y busca fundirse con una realidad que no es otra que la interna, y así perece.
Acudir al teléfono compulsivamente sin que medie la conciencia para decidir es una acción de desconocimiento parcial que conduce al hábito de aislarse. Cada uno tiene sus razones, modelos a quienes emuló e imitó, y también tiene sus razones para haberlo hecho. También existen razones espontáneas, es decir, si el día está lluvioso o soleado, si desayunamos o no, si estamos alegres o tristes, si alguien o algo se ha vuelto viral.
Si sus padres se miraban poco a los ojos entre ellos, o si los miraban poco a los ojos, o si los miraban de un modo en el que la mirada era vacía, o si estaban angustiados, elaborando un duelo mientras lo hacían, posiblemente encontremos aquí algunas de las tantas raíces comunes del asunto de evitar la mirada. Es cierto que mirarse a los ojos no es un contacto, pero pareciera el modo más inmediato que le sigue al contacto propiamente dicho.
La mirada como contacto no es poesía, sino un modo fundamental para vincularse.
¿Es la desconexión un problema moderno?
No. Antes las personas podían desconectarse con la televisión (hoy Netflix), con el periódico, con los libros. Lo tangible es un objeto que permite evadirse de uno, del otro, del contexto. La característica en común de esos objetos es que sin luz no se pueden usar. El celular, en cambio, prescinde de la luz solar, y eléctrica. El libro puede llevar a miles de mundos en la imaginación. El celular contiene miles de mundos posibles para acceder desde un solo dispositivo. El libro propone un estímulo concreto: las palabras en renglones impresas sobre una hoja. El celular en una sola pantalla permite múltiples estímulos que a su vez llevan a otro. La multiplicidad de autores que existían en una biblioteca, y la recomendación de un bibliotecario, están siendo reemplazadas por la virtud del teléfono de poder contener más de mil obras digitales, y las recomendaciones quedaron a cargo del algoritmo, de un anuncio, o de una persona que postea recomendándolo, en el mejor de los casos.
¿Quién es el otro?
Si pensamos internet como un lugar de encuentro y de posibilidad, y el dispositivo como un intermedio para acceder, ¿quién es, pues, el otro? ¿Acaso hay otro? Y si es alguien que pensamos, ¿es la misma persona la que nos abraza, aquella con la cual nos conectamos a través del chat? ¿Es la misma persona mientras aguardamos que se envíe, o durante la espera que lo lea? En todo ese tiempo en que va y vuelve el mensaje, ese tiempo de espera, ¿en qué se transforma el otro? ¿Dónde está el tiempo? ¿Es posible pensar que transitoriamente, hasta recibir el mensaje o estar conectados, el otro es sustituido por la imaginación del otro? ¿Por lo que la espera y la ilusión representan? Y si acaso así fuera, ¿qué implica la imaginación de otro? ¿Es uno solo, o son muchos los que constituyen el otro?
Es posible pensar que el otro adquiera la entidad en la idea del algoritmo. El algoritmo no es algo, sino que es un funcionamiento estadístico previamente diseñado por un humano, que funciona para facilitarnos muchas cosas. El hecho de que nos facilite, que nos atienda, nos contenga, nos ofrezca, nos reciba, nos escuche la demanda, nos lea, nos responda, tiende a generar una idea que la red es alguien. Que el algoritmo es alguien. Y acaso ese alguien remede a aquellas personas vitales en nuestras vidas, acaso la más vital de todas, la madre.
¿Cuánto de esa presencia tácita que es el algoritmo tenemos en nuestra conducta al utilizar la red? Es posible que sin darnos cuenta estemos invocando a un otro a través del algoritmo. De este modo, ¿estamos operando según nuestras pulsiones, nuestros deseos, lo que aprendimos de niños de ver a figuras representativas? ¿O más bien empezamos a actuar, interesarnos, según un concepto estadístico de inteligencia artificial que comprime y reduce posibilidades como el algoritmo?
Al navegar y escrolear las redes no es necesario ser escuchado. ¿Es la dificultad de ser escuchados una de las causas de la desconexión que vivimos? Si pensamos en la hipercomunicación, en la posibilidad real, virtual, real virtual, de estar con un otro, con otros, ¿podemos entender que la conectividad, la comunicación, el acto de comunicar está sustituyendo a la escucha? ¿Es posible que esté sustituyendo al problema que existe en la dificultad de escuchar? Como si el acceso a internet prescindiera de ser escuchado, puesto que la mayoría de las cosas suceden en diferido, aun cuando se está conectado a través de una videollamada.
En internet se publica compulsivamente. Como si fuera más fácil decir que querer saber de uno. La diferencia entre hablar de mí y hablar yo. ¿De qué modo vamos fabricando un discurso en tercera persona que genera una tendencia a borronear la personalidad, lo auténtico, lo genuino, lo que no busca encajar, lo que no está a la pesca de likes, comentarios, de volverse tendencia, viral, de ser influencer?
Al publicar por no querer quedarse afuera es una muestra que refleja el hacer sin saber por qué se hace. El hacer al vacío. El hacer para alimentar de información esa boca insaciable que es el algoritmo. Pero ¿quedar fuera de dónde? ¿Es el temor a quedar fuera una representación y réplica del temor al abandono? Como si aquello otro, del que todo ser humano dependiera mientras fue bebé, se empezara a reemplazar por la idea de volverse público. De una conglomeración de likes y comentarios que representan la atención de ese otro. El otro, ante las cicatrices de la ausencia que nos generaron las vivencias que se suscitaron durante nuestra crianza, son tapadas por la necesidad de ser reconocidos a través de otros. Reconocidos no por la fama, sino en el sentido de seres existentes. Como si cada vez que necesitáramos saber quién somos tuviésemos que mirarnos al espejo. El extraño espejo de internet.
Quizá, un vistazo en el espejo sea la mirada más elocuente. Pero ¿quién es el que está en el espejo? ¿Somos nosotros, o la imagen nuestra? ¿No es acaso la conectividad y la red una emulación electrónica de la vivencia que se experimenta ante un espejo, pero morigerada? A veces es más fácil vernos en una foto que en un espejo y reconocernos nosotros mismos. El reconocimiento de otro, que en internet lo constituye la comunidad de seguidores, conocidos y anónimos, que cumplen una función necesaria para la autoestima y la sustentabilidad de la identidad.
También existía el cafetín como modo de no estar, de evitar al otro. Pero, en este caso, el otro se hacía presente, aunque también por reemplazo, en quienes concurrían al café. El encuentro reemplazaba al encuentro, pero el celular reemplaza al encuentro. Reemplaza al desplazamiento.
En Corea del Sur, el 94 % de la población (que equivale a aproximadamente 48 millones de personas) tiene un smartphone. El 96 % de la población adulta utiliza internet. Se cree que existen por lo menos 19 millones de adolescentes con adicción a los smartphones, que pueden pasar entre 8 y 17 horas utilizando YouTube, juegos en línea y redes sociales.
Quizá la desconexión tenga un límite —por ahora—, y es el que determina la duración de la batería. Por más que siempre se creen nuevas tecnologías para que la batería dure más, o haya enchufes en aeropuertos, baños públicos, en las plazas, la noción de tener que cargar la batería permite conocer la finitud del dispositivo como tal. Todavía la duración de la batería establece un límite al efecto de sustitución que la conectividad permite. En el instante en que el usuario detiene su actividad para verificar cuánta batería le queda, comprende conscientemente que debe hacer algo para prolongar el uso. Alguna acción específica es necesaria. De bebés, la acción específica era llorar, moverse para que otro se diera cuenta. La acción específica nos saca de un ensoñamiento de pensamiento mágico-imaginario con el cual no podemos alimentarnos o abrigarnos.
El teléfono celular no se carga solo. Puede avisar sin que la persona se tenga que fijar que es necesario cargar la batería y que pronto se va a apagar. Pero la acción específica de ir a cargarlo depende del usuario. Ese es el punto en que el ser humano interrumpe el proceso de fusión con el dispositivo. Es quizá la verdadera desconexión, aquella que sucede cuando tiene que interrumpir la actividad que está llevando a cabo para cargar la batería, lo que permite que no se transforme en el dispositivo. Es el punto límite en el que el ser humano no es sustituido como ser consciente de sí mismo, de sus límites, y del dispositivo como objeto que depende de él.
Esto remeda invariablemente la dependencia de las madres y padres en la etapa de bebé. Al sentir hambre, frío, comer y abrigarse, depende de la interpretación de los cuidadores. Y la acción para alimentar y abrigar también depende de lo externo. Ningún bebé puede alimentarse por sí mismo. Lo único que puede hacer por sí mismo cuando está sintiendo una sensación displacentera como el hambre, el frío, es alucinar y/o llorar. Esto es lo que hace parcialmente el chupete, calma ansiedades a través de la imaginación, utilizando un objeto concreto que se posa en la boca y que se succiona de idéntica manera que el pezón de la madre. Lo que para nada es idéntico es justamente el pezón: una terminación de la mama, que tiene conductos por los que excreta leche, que tiene terminales nerviosas que le permiten sentir, que tiene vasos sanguíneos que le permiten dar temperatura a la piel. El chupete es de plástico en la mayoría de los casos y no puede generar esto. Y por sobre todas las cosas, es una situación de a dos. El bebé se alimenta al mismo tiempo que la madre goza del momento. Es un intercambio directo, piel a piel. Sin intermediario. Sin sustitución ni dispositivo. La continuación de la vida en el útero, conectados a través del cordón umbilical, pasa a un acto concreto, piel-piel, boca-pezón.
