La última concubina - Catt Ford - E-Book

La última concubina E-Book

Catt Ford

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Beschreibung

Cuando su hermano la entrega sin su consentimiento para que forme parte del harén del general Hüi Wei a modo de tributo, la única duda de la princesa Lan'xiu es cuánto tardarán en descubrir su secreto. No se hace ilusiones. Cuando el general descubra que en realidad es un hombre, la muerte será su único futuro… Aunque no tiene la intención de ponérselo fácil. Lan'xiu lleva toda la vida vistiéndose como una mujer, pero no es una doncella en apuros. Puede manejar una espada como el que más. El general Hüi Wei tiene todo lo que un hombre puede desear: poder, riquezas, éxito en el campo de batalla y un harén de concubinas. Al principio mira a Lan'xiu con reserva, pero se siente extrañamente atraído por ella. Cuando descubre que la bella joven es en realidad un hombre, su primera reacción es desenvainar la espada. Pero en lugar de desperdiciar su belleza, decide disfrutar de la sumisión del brioso Lan'xiu que enciende en él una pasión y un deseo más profundo que el que había sentido por sus esposas. Pero las intrigas de la corte, las ambiciones políticas y las dudas del general, pueden llegar a convertirse en un obstáculo insalvable para su amor.

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Seitenzahl: 365

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Copyright

Publicado por

Dreamspinner Press

5032 Capital Cir. SW

Ste 2 PMB# 279

Tallahassee, FL 32305-7886

http://www.dreamspinnerpress.com/

Esta historia es ficción. Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación del autor o se utilizan para la ficción y cualquier semejanza con personas vivas o muertas, negocios, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

La última concubina

Título original: The Last Concubine

Copyright © 2012 Catt Ford

Portada: Catt Ford

Traducido por: M. J. Sánchez

La licencia de este libro pertenece exclusivamente al comprador original. Duplicarlo o reproducirlo por cualquier medio es ilegal y constituye una violación a la ley de Derechos de Autor Internacional. Este eBook no puede ser prestado legalmente ni regalado a otros. Ninguna parte de este eBook puede ser compartida o reproducida sin el permiso expreso de la editorial. Para solicitar el permiso y resolver cualquier duda, contactar con Dreamspinner Press 5032 Capital Cir. SW, Ste 2 PMB# 279, Tallahassee, FL 32305-7886 USA

http://www.dreamspinnerpress.com/

Publicado en los Estados Unidos de América

Primera edición: julio 2012

Edición eBook en español: 978-1-62380-544-9

Para mi Bodie

Capítulo 1

Y SUCEDIÓque durante la dinastía Qing, bajo el mandato del Emperador del Sol Jun, el noble señor Wu Min ordenó que una caravana que portaba un regalo de gran valor emprendiera el peligroso viaje a la corte del general Qiang Hüi Wei, gobernador de los estados de Yan y Qui, porque estaba ansioso de ganar el favor del emperador y ocupar un puesto de importancia a su lado. Si se sintió complacido o decepcionado de que los cortesanos y los soldados designados para tal empresa consiguieran llegar a la fortaleza de Qiang Hüi Wei después de atravesar el territorio hostil que los separaba de su destino, se ha perdido con el paso del tiempo. La historia sólo recoge que la caravana completó el viaje sin novedad y que, cuando las nuevas de su llegada fueron transmitidas al general Hüi Wei, éste concedió una audiencia para recibir los regalos con la debida ceremonia siguiendo las costumbres de la época.

—¿QUÉcrees que Wu Min habrá pensado que es un regalo apropiado, Hüi? —preguntó Jiang, que junto a Hüi Wei se dirigía por los corredores del palacio a la sala de audiencias.

Hüi dejó escapar una carcajada desprovista de alegría.

—Querrás decir soborno. Desea que el Hijo del Cielo se fije en él, y espera que yo le proporcione la ocasión.

—Eres un cínico —observó Jiang.

—Y gracias a eso aún respiro.

Hüi miró a su amigo con una sonrisa feroz. Se detuvo delante de una puerta cubierta y los dos soldados de guardia enderezaron las lanzas para dejarles pasar. Permanecieron con rostros inescrutables, como si no oyeran los comentarios de los dos hombres.

—Veremos qué ingeniosas mentiras intentan venderme sus enviados —añadió.

Hizo un gesto con la cabeza y uno de los soldados separó la cortina dejando a la vista unas pesadas puertas de madera con goznes de hierro. El soldado abrió la puerta sin hacer ruido y Hüi entró en la sala seguido por su amigo y consejero. Desde detrás de unas suntuosas cortinas de damasco, apareció en una tarima que se alzaba sobre el resplandeciente suelo enlosado y se quedó de pie delante de los enviados.

Su figura, musculosa y fuerte, era imponente y su rostro, bien parecido pero curtido por el tiempo pasado en el campo de batalla, permanecía impasible. Mientras esperaba a que la comitiva se arrodillara y se inclinara reverencialmente ante su formidable presencia, su mirada permaneció fría.

Su expresión no cambió al descubrir la incongruente presencia de una esbelta y hermosa muchacha en medio de todos aquellos hombres y su mirada pasó por ella sin reflejar ni un ápice de interés. Se sentó en su robusto trono, apoyó las manos en las rugientes cabezas de tigre talladas al final de los reposabrazos y esperó en silencio. De forma premeditada y para añadir un insulto a los representantes de Wu Min, Hüi Wei había decidido recibirles vestido con ropas toscas, más apropiadas para una batalla, incluso con su coraza de cuero y la espada al cinto.

La voz de Jiang resonó en la sala anunciando su presencia.

—El representante imperial, gobernador de la provincia de Changchun, incluidos los estados de Yan y Qui; protector jurado del Hijo del Cielo, el emperador Jun; el general Qiang Hüi Wei se ha dignado recibir a los representantes de Wu Min, señor de la provincia de Liaopeh. ¿Quién habla por Wu Min?

Uno de los cortesanos, que estaban vestidos de forma muy recargada, movió la cabeza arriba y abajo sin dejar de mirar su reflejo en el muy pulido suelo y contestó:

—Mi benévolo señor Wu Min me ha elegido para que trasmita su respeto y una pequeña y humilde prueba de su lealtad a Qiang Hüi Wei.

—Te referirás a mi señor como general Qiang Hüi Wei o tu amo estará encantado de recibirte de vuelta… en mil pedazos. —Jiang reprendió al hombre bruscamente, usando el título militar en lugar del civil para recordarle sutilmente su posición.

Hüi luchó por reprimir una sonrisa. Su amigo Jiang nunca llevaría a término una amenaza de esas características a no ser que lo considerara necesario para la seguridad de la provincia, pero había convencido a muchos de su despiadada crueldad profiriendo advertencias como aquellas. Al parecer, aquel cortesano era uno de ellos porque pareció encogerse y se apresuró a corregir su discurso.

—¡Un millón de disculpas, su señoría! —exclamó. Su voz sonaba un poco apagada por la necesidad de hablar hacia el suelo—. No pretendía ofenderos. Mi lamentable ignorancia ha hecho que me dirigiera a su excelencia el general incorrectamente. Os ruego que no busquéis venganza en mi clemente señor por mi terrible infamia.

Hüi no se atrevió a mirar a Jiang, pero se daba cuenta de lo mucho que su amigo estaba disfrutando.

—¡Siéntate! —le ordenó impacientemente—. ¿Qué quiere ese Wu Min?

El cortesano se sentó sobre sus talones con la cara roja, como si con su barriga no estuviera acostumbrado a la posición de reverencia. Ninguno de los que le acompañaban se atrevieron siquiera a levantar la vista, pero Hüi se dio cuenta de que los cuatro soldados fornidos que rodeaban a la muchacha permanecían agrupados a su alrededor, como si se tratara de una persona de importancia y por tanto tuviera que ser protegida constantemente.

—¡Nada, mi señor! No desea nada de vos. —El cortesano levantó tímidamente los ojos y rápidamente fijó la mirada otra vez en el suelo—. Si en un futuro lejano os sintierais generoso y le concedierais alguna pequeña muestra de vuestro favor… Pero es muy consciente de que merece menos que nada. No, hemos venido a presentaros un regalo de gran valor simplemente para expresar la lealtad de Wu Mina a vuestra excelencia, el Protector del Norte, y al Hijo del Cielo, el emperador Jun, y…

—El general Qiang aprecia su generoso gesto, pero es un hombre importante. Tiene grandes responsabilidades por estar al servicio del emperador —interrumpió Jiang con suavidad—. Cualquier regalo de Wu Min será enormemente valorado.

El cortesano pareció darse cuenta de que estaba siendo apremiado, aunque sin duda habría estado encantado de escuchar su propia elocuencia durante muchas horas. Alzó una mano.

—Si me permitís que dé órdenes a estos miserables sirvientes para que se acerquen al muy misericordioso gobernador…

Jiang asintió.

—Concedido. Hasta ahí y no más allá. —Señaló una línea de piedra negra que había en el suelo a unos pasos de Hüi.

El cortesano levantó el meñique y un sirviente se acercó al trono de rodillas sosteniendo un pequeño cofre. Lo abrió para revelar el brillo de los muchos taeles de plata que estaban amontonados en su interior.

—Una pequeña ofrenda de monedas —dijo el cortesano como si la cantidad fuera insignificante en lugar de constituir una pequeña fortuna.

Levantó el anular de la mano que aún sostenía en alto.

Un segundo sirviente se arrastró hacia delante con otro pequeño cofre. Al abrirlo puso al descubierto la refulgente belleza de perlas de varios tamaños y colores: desde negras y rosadas hasta otras del más puro blanco.

—Excepcionales perlas recogidas del océano a costa de muchas vidas —entonó el cortesano.

Añadió el dedo índice a los que tenía levantados. Un tercer sirviente avanzó y desenrolló una pieza de seda reluciente.

—La seda más exquisita de la provincia de Liaopeh. Notad la sutil belleza de las orquídeas incorporadas en el diseño.

Hüi bostezó sin disimulo en su trono para indicar el aburrimiento que le producían aquellos regalos.

El cortesano pareció conmocionado.

—Estos regalos no son nada, no son dignos de la grandeza del gobernador. Aunque Wu Min ha tenido que hacer gala de una gran austeridad para obtenerlos, estos detalles son demasiado insignificantes para tener importancia al lado de vuestra gran fortuna y categoría. No, el tesoro que Wu Min desea entregaros no es ninguno de los que hasta ahora os he presentado. Está aún por venir.

Por último, levantó el dedo corazón.

Los cuatro soldados se pusieron en pie y uno de ellos alargó la mano hacia la dama que permanecía postrada en total sumisión. La mujer apoyó la mano en el fuerte y musculoso antebrazo del soldado tan ligeramente como un colibrí en vuelo y se levantó con elegancia manteniendo la mirada apropiadamente baja y velada por sus pestañas. Los soldados la guiaron hacia delante y permanecieron a su alrededor como si la estuvieran protegiendo de un ataque inminente. El qípáo azul que llevaba estaba bordado con dragones y fénix dorados y el color oscuro hacía resaltar su belleza marfileña.

—Wu Min ha hecho el más profundo de los sacrificios al ofreceros como esposa a su medio hermana, la princesa Zhen Lan’xiu. —El cortesano habló en voz muy baja como si estuviera tan impresionado consigo mismo, que apenas pudiera soportar el significado de lo que estaba diciendo.

Hüi ni siquiera miró en dirección a la muchacha.

—Gracias, pero no puedo aceptar un regalo que inflija un dolor tan cruel para el que lo hace. La intención es buena, pero el sacrificio es innecesario. No me hace falta que Wu Min me escoja una esposa.

El cortesano se apresuró a retomar su discurso nerviosamente.

—¡No pretende ofenderos! ¡Por todos es bien sabido que vuestra excelencia ya tiene esposa y varias concubinas! Wu Min no ha pensado en que la princesa Lan’xiu desplace a ninguna de esas veneradas damas. ¡No! De hecho, podéis hacer uso de ella como gustéis y deshaceros de su persona si no os satisface.

—¿Aceptará la devolución del regalo si se descubre que no está intacta? —preguntó Jiang.

—¡Lo está! ¡Es casta y pura! ¡La más hermosa doncella de todo Liaopeh! —protestó el cortesano escandalizado—. Todo el que la ve cae bajo el hechizo de su belleza. ¡Es de naturaleza modesta y recatada! Y ha sido guardada con gran cuidado. No ha habido ninguna cita furtiva a la luz de la luna que haya arruinado su pureza…

—Transmitirás mi agradecimiento a Wu Min por sus impresionantes tributos —intervino Hüi en tono aburrido—. Estoy seguro de que ha sido muy doloroso para él separarse de su hermana.

—Oh, desde luego, desde luego —le aseguró el cortesano con voz melosa—. Si os dignáis a aceptar estos humildes regalos, le proporcionará tal placer que anulará el tormento…

—Tendremos en cuenta estos obsequios. ¿Tenéis un memorial? —Jiang interrumpió al cortesano diestramente.

—En efecto. Wu Min quería asegurarse de que su gracia supiera de su lealtad…

—Eso has dicho. —Jiang alargó la mano para que le diera el rollo.

El cortesano se puso en pie, se acercó a la tarima y lo sacó de la manga de su túnica. Hizo un gesto de dolor cuando Jiang le agarró el brazo con una mano mientras que con la otra reclamaba el documento. Miró a Hüi Wei y al ver que permanecía impasible, entregó el rollo sin oponer resistencia.

—La audiencia ha finalizado. Podéis retiraros—anunció Jiang—. La princesa Lan’xiu será conducida al harén. —Chasqueó los dedos haciendo una señal a los soldados del general, que se adelantaron inmediatamente.

—Pero… la princesa… Su guardia… ¡No debe quedar desprotegida! —balbuceó el cortesano—. Sus guardias deben…

—Estoy seguro de que seremos capaces de protegerla adecuadamente. Los guardias que te han acompañado pueden irse contigo mientras puedan —dijo Jiang con firmeza, implicando que no aceptaría ninguna discusión.

—Entonces su sirviente. Por lo menos permitid que la acompañe mientras establece aquí su nuevo hogar…

Por primera vez, Jiang estudió al criado bajo y delgado que les acompañaba; tenía un rostro de aspecto suave y ligeramente femenino.

—¿Eres un eunuco?

El sirviente se sonrojó y asintió sin levantar la vista, pero dio un pequeño paso hacia la princesa.

El bello rostro de la princesa no mostraba la emoción que cabría esperar en una doncella noble que era entregada a una corte desconocida y al lecho de un extraño, pero pareció moverse un poco en dirección a su sirviente.

Hüi hizo un gesto con la mano y sus soldados se adelantaron para acompañar a la muchacha y al eunuco fuera de la sala. Los soldados que la habían guardado no se movieron, como si no supieran qué hacer en aquella situación imprevista.

La expresión del cortesano era de frustración. Vio desaparecer a la princesa, pero pareció aceptar su impotencia y una vez más apoyó la frente en el suelo.

—Transmitiré a su gentil señoría Wu Min que el general Qiang Hüi Wei ha aceptado los regalos que escogió tras mucha deliberación y reflexión para el gozo y enriquecimiento de la casa de su señoría…

Hüi salió de la sala acompañado de Jiang. Sus hombros temblaban agitados por la risa.

—¿Crees que todavía sigue hablando?

—He dado órdenes a los guardias de que tomen nota de todo lo que diga, pero me temo que no hay ninguna esperanza de que deje escapar alguna indiscreción. Está bien versado en el arte de proferir muchas palabras sin decir nada. No tengo ni idea de lo que Wu Min espera obtener con semejante alarde.

Hüi tensó los labios en una adusta sonrisa sin dejar de avanzar por el corredor.

—¿Seguro que no? Con lo sagaz que eres… A no ser que me estés halagando dejando que sea yo quien te lo aclare. Dime, ¿cómo es que un hombre que gobierna una provincia en el interior, lejos del mar, tiene tal cantidad de perlas incomparables?

Jiang se quedó anonadado. Tuvo que acelerar el paso para mantenerse al lado de su amigo.

—Ésa es una pregunta muy interesante. Incrementaría en gran medida su poder y control si tuviera acceso a un puerto, pero no veo cómo lo puede conseguir vendiendo a su hermana.

—Por lo menos, no a mí. Estoy bien provisto de mujeres y concubinas. Cualquiera podría haberse dado cuenta que una más sería demasiado.

—Se dice que el emperador tiene un harén con cientos de concubinas.

—El emperador es el emperador y no necesita marchar a la guerra ni aplastar rebeliones de provincias advenedizas —saltó Hüi—. Un hombre simple como yo no necesita una mujer diferente cada noche para calentar su lecho.

—Hablando de incomparables —dijo Jiang cambiando con mucho tacto de tema—, nunca he visto una muchacha tan hermosa como la princesa.

—No me he dado cuenta —mintió Hüi.

—Por supuesto que no, pero cuando tengas tiempo, échale un vistazo a su cara. —Jiang suspiró lleno de admiración—. Tiene una forma perfecta. Su cutis es tan fino como esas perlas que la han acompañado. Tiene unos ojos almendrados tan profundos como el cielo nocturno y la curva de la boca es como…

—¿Como una serpiente que sufre la agonía de la muerte? ¡Basta! Tendré que fiarme de que es un dechado de todas las virtudes femeninas —rió Hüi—. Ten cuidado de que no seas tú quien caiga bajo su hechizo. Cortejar la concubina de otro hombre se castiga con la pena capital.

—¿Entonces vas a quedártela?

—Todavía no lo he decidido —contestó Hüi con frialdad.

—Pero no vas a enviarla de vuelta…

Hüi abrió la puerta de su aposento privado.

—Entra.

Jiang le siguió y cerró la puerta.

—¿A qué juegas? No hace falta que disimules conmigo.

—¿Qué dice en el documento?

Jiang lo desenrolló.

—Si no me equivoco al leer entre líneas, espera evitar que invadas su provincia y que respetes las fronteras comunes. Eso quiere decir que está haciendo algo que no quiere que sepas pero que justificaría una invasión. Quizás espera distraerte con la belleza de su hermana.

Hüi se dejó caer en una silla sin la deliberada ceremonia que había usado al sentarse en el trono en la sala de audiencias. Sirvió dos copas de huáng jiǔ, le dio una a Jing y bebió un sorbo de la otra.

—Me la quedaré durante un tiempo aunque sólo sea para averiguar el plan de Wu Min. Es un hombre ambicioso e inteligente que es sólo leal a sí mismo. Y cauto. He luchado en el campo de batalla junto a él y no se compromete en un ataque cuando no le beneficia directamente, no importa qué tratado haya firmado. Recurre a engaños y artimañas para conseguir lo que quiere.

—Y dándote esta muchacha espera conseguir… ¿Qué? ¿Que su belleza te mantenga ocupado hasta el punto de poder pasar sin problemas por tu lado en su camino hacia el mar? —Jiang se echó a reír al pensar en una mujer distrayendo a Hüi lo suficiente como para descuidar el sagrado deber decretado por los cielos—. No te conoce bien.

—Como poco, si hubieras permitido que su guardia permaneciera con ella, habría colocado espías en mi corte. ¿Quién sabe? Quizás ella sea la espía. —Hüi sostuvo la copa a la luz y mantuvo la mirada fija en el dorado licor—. Piensa que los demás son peores estrategas que él. Ésa es la mayor desventaja de Wu Min. No, seguro que tiene otra razón para enviarme a esa muchacha. Espera ganar algo poniéndola en mis manos. Quizás haya nacido con una maldición y a pesar de su belleza trae mala suerte a los que residen bajo su mismo techo. A veces los dioses se divierten quitando con una mano lo que dan con la otra. —Rió—. Ha tenido que ir en contra de su naturaleza ofrecer ese tributo de plata, perlas y seda simplemente para ocultar su verdadera intención. Debe tener la certeza de que recuperará todo en algún momento. Wu Min no abre la mano tan fácilmente.

—No puede esperar que su presencia provoque un conflicto en tu propia casa —consideró Jiang con voz perpleja—. Un hombre no se involucra en las insignificantes riñas de meras concubinas.

—Ni siquiera Wu Min cometería ese error —convino Hüi secamente—. Haz que la escolten a la séptima casa.

—Cuando la veas, ¿crees que te dirá por qué la ha enviado Wu Min?

—Puede que no lo sepa. Y no voy a verla, al menos no enseguida.

—Eso pensaba—dijo Jiang en tono satisfecho—. A Wu Min le llegarán las noticias de que has ignorado los regalos. Dejarlos en el suelo como hiciste cuando saliste de la sala de audiencias fue una idea genial. Quizás le empuje a cometer una acción imprudente.

—Quizás. En todo caso, haz que cataloguen todo lo que han traído y que lo lleven a la cámara del tesoro.

—Con la excepción de la princesa Lan’xiu—bromeó Jiang.

—Averigua todo lo que puedas sobre su familia —dijo Hüi de repente—. Sólo un hombre sin corazón enviaría a su propia hermana a sufrir el destino de una concubina sin importancia en un hogar ya establecido. Yo no podría hacerlo, ni siquiera si el emperador me lo ordenara. Hay algo muy raro detrás de todo esto.

—Me ocuparé de que la princesa se instale en la séptima casa con su sirviente, pero de momento no dejaré que se sienta demasiado cómoda. ¿Y qué te parece si organizo un encuentro entre la Primera Esposa Mei Ju y ella?

Lentamente, una sonrisa cruzó los labios de Hüi.

—Ya sabía yo que había una razón por la que conservaba un bufón en mi corte.

—¡Bufón! ¡No soy un bufón! —protestó Jiang con fingida indignación—. Saldrías perdiendo si me tomara en serio el insulto y convirtiera al humor en el principal objetivo de mi servicio.

—No insultaría a nadie más que a mi mejor amigo, Jiang. —Hüi se levantó y colocó la mano sobre el hombro de su consejero—. Nos ocuparemos de esto los dos juntos como hemos hecho siempre, pase lo que pase.

—Lo haremos —convino Jiang.

Capítulo 2

LAPRINCESA LAN’XIUsiguió al soldado que iba delante, consciente de que otro cerraba la marcha, espada en mano. Miró con disimulo a su alrededor y se fijó en que los fuertes muros de piedra del palacio eran demasiado altos para poder escalarlos y, además, demasiado lisos como para ofrecer un punto de apoyo si alguien quería probar suerte a trepar por ellos. Y más allá había una muralla similar, alrededor de la ciudad, que habría también que atravesar, si es que alguien conseguía pasar la primera.

Guardias armados patrullaban cada salida para impedir el paso de intrusos. Se había trabajado con gran destreza en el interior de los muros para animar a los reclusos a creer que estaban dentro de un bonito parque. Los árboles y arbustos habían florecido durante la estación correspondiente, aunque en aquel momento una ligera capa de nieve en polvo cubría el suelo. Con desesperación, Lan’xiu se fijó en las marcas de las pisadas que quedaban en el blanco manto y que hacían imposible una huída furtiva.

Siguió dócilmente a su guía hasta otro recinto bien guardado, una especie de fuerte dentro de la fortaleza, y se le fue el alma a los pies cuando se dio cuenta de que era el harén. Estaba separado del resto por un muro con grandes puertas de hierro que permanecían cerradas. El soldado dio unos golpes en clave para poder entrar y Lan’xiu oyó que levantaban una barra en el interior como respuesta a su llamada. El soldado cerró cuando pasaron. En lugar de un gran edificio con servicios comunes como esperaba encontrar, Lan’xiu vio doce casas construidas alrededor de una plaza. Unos melocotoneros y unos ciruelos con las ramas desnudas se erguían en el centro del jardín y estaban rodeados por arbustos pardos que habían perdido sus hojas con el frío de la estación. Había seis bancos repartidos por el espacio abierto.

Todas las casas eran iguales salvo la primera. Mientras que las tejas de las otras eran azul cobalto, la casa más espléndida estaba coronada por brillantes tejas carmesí para llevar la buena fortuna a aquellos que residieran bajo su techo. Era más grande, más gloriosa, con unos perros de Fu de cerámica colocados en las curvadas esquinas del tejado para vigilar que la buena suerte no escapara. Un paso cubierto conducía a la puerta principal y la luz del interior brillaba dando a las cortinas rojas un cálido resplandor. Las sombras que se movían tras ellas hablaban de una familia en su interior que disfrutaba de la velada.

Lan’xiu miró la casa con añoranza. Era adecuada para alguien de su posición, pero su rango ya no le confería beneficios adicionales. Sabía que a pesar del destino profetizado en su nacimiento, su suerte se había convertido en un camino oscuro y siniestro.

Cada casa de la plaza tenía un farol colgado a la derecha de la puerta. El farol estaba encendido sólo en la quinta casa y brillaba en el azulado y frío crepúsculo. Al pasar al lado, uno de los soldados soltó un gruñido.

Asumiendo correctamente que el comentario inarticulado no tenía nada que ver con su presencia, la princesa Lan’xiu siguió al soldado en silencio hasta que se detuvo delante de la séptima casa y sacó una enorme llave de hierro. La cerradura chirrió, como protestando, cuando el soldado giró la llave y las bisagras crujieron al empujar la puerta.

Lan’xiu se recogió el manto y entró en el oscuro y frío vestíbulo, preparándose para lo que pudiera suceder. Era muy posible que los soldados hubieran recibido órdenes de llevarla allí y ejecutarla. Podía notar el calor de Shu Ning, su eunuco, que se había colocado entre ella y el soldado que les seguía. No le consolaba saber que tenía las mismas sospechas.

Cuando habló el primer soldado, controló su instintivo impulso de dar un salto, no queriendo que el hombre se diera cuenta del miedo que sentía.

—Mi señora, mi señor Jiang os transmite sus disculpas. No teníamos conocimiento de vuestra llegada y la casa no está preparada para recibiros. Si su señoría es paciente, los criados vendrán en breve y encenderán los fuegos y las lámparas. La casa se ha mantenido limpia, así que es habitable. Os traerán también vuestro equipaje.

—¿Jiang? Creía que el nombre del general era Qiang Hüi Wei —dijo el eunuco dirigiéndose al soldado bruscamente.

—Mi señor Jiang es el lugarteniente del general. Es el que se ocupa de que en la residencia del general Qiang todo funcione sin problemas. Es a él al que debéis dirigir cualquier queja o petición.

Lan’xiu hizo un gesto con la mano con aire elegante, pero no dijo nada. Una dama de su alcurnia no daba órdenes directamente a los sirvientes. Para eso estaban los eunucos.

Una vez más, intervino Ning.

—Estoy seguro de que la princesa no tendrá motivo de queja. ¿Cómo he de procurarme la comida para ella?

—Enseguida traerán comida, además de agua, té y vino.

El soldado no parecía tener ganas de más conversación. Su compañero y él se apartaron y se quedaron montando guardia, uno a cada lado de la puerta.

Las contraventanas estaban atrancadas desde fuera y con el anochecer crecieron las sombras en la casa. La débil luz de la luna que entraba a raudales por la ventana circular que había sobre la puerta, bañaba de plata el suelo pulido. No había más claridad. Lan’xiu esperaba ansiosamente cualquier sonido, una suave pisada o el crujido de una prenda, que le indicara cuándo se iba a iniciar el ataque.

El asalto nunca llegó, al menos no de forma violenta. Hubo una llamada a la puerta y uno de los soldados abrió dando paso a un verdadero ejército de sirvientes formado por eunucos y mujeres. Iban vestidos con ropas sencillas pero de buen corte y llevaban lámparas, suntuosas telas y bandejas cubiertas de las que emanaban tentadores aromas. Uno de los criados colocó un brasero con carbones encendidos en la sala de estar y después se acercó a la chimenea; pronto consiguió prender un fuego.

Otros eunucos se movían apresuradamente de un lado a otro. Colocaron lámparas, colgaron cortinas en las ventanas y quitaron las sabanas de los muebles, revelando sillas y mesas de palisandro talladas y trazadas de madreperla. En cuestión de minutos, transformaron aquella habitación fría e inhóspita en una estancia cómoda y cálida.

Ning se encargó de hablar con los sirvientes. Dirigió a unos para que prepararan la alcoba más grande para la princesa, indicó a otro que guardara el equipaje y a otro más le encargó que preparara la mesa con las bandejas de comida. Cuando acabaron, les ordenó a todos que salieran de la sala.

—Venid, princesa Zhen Lan’xiu, sentaos y comed. Debéis estar agotada y hambrienta.

—Ning, ¿por qué estás hablando así?

Ning hizo un movimiento brusco con la cabeza hacia la puerta y colocó la mano en la oreja, como escuchando.

—Romped vuestro ayuno, mi señora. Después os acompañaré a vuestra alcoba y os ayudaré a acostaros.

Lan’xiu sonrió con aire triste y suspiró.

—Me temo que no tengo mucha hambre.

Ning husmeó los platos sin poder ocultar el apetito que el mismo sentía e insistió.

—Debéis comer algo. —Levantó una tapa y añadió—:Hay arroz con dorados trozos de melocotón.

—Muy bien —accedió Lan’xiu, con resignación—. Sírveme un poco. —Cogió los palillos y comió unos bocados. Miró con severidad a Ning y susurró—: Come, idiota, no me esperes. Sé que tienes hambre. Deja de fingir.

—Sí, mi señora—dijo Ning en voz alta antes de susurrar—: He de hacer que te traten como te mereces por nacimiento.

—¡Oh, Ning! ¿Qué haría sin ti? —Lan’xiu alargó la mano y le dio unos golpecitos en el brazo—. Me alegro de que decidieras acompañarme.

—No hay nada que hubiera podido separarme de tu lado, Lan’xiu—dijo Ning en voz baja.

Empezó a comer ávidamente el cerdo, el arroz y las verduras con los que había llenado el bol. Cuando sació el hambre, levantó la mirada y vio que Lan’xiu le estaba observando. Se puso un dedo delante de los labios.

—La alcoba está en el piso de arriba. Necesitáis descansar.

Abrió la puerta y miró el vestíbulo. En su ausencia los sirvientes habían estado ocupados. El resto de la casa se estaba caldeando y las lámparas estaban encendidas. A la luz de las llamas eran ahora visibles las escaleras que subían curvándose hasta el rellano del piso de arriba. Tres eunucos y tres mujeres estaban en silencio colocados en línea, como si les estuvieran esperando.

—Mi señora se retirará ahora a descansar —anunció Ning.

La sirvienta de más edad dio unas palmadas y los tres eunucos se dirigieron a la puerta. Cuando salieron, los dos soldados les siguieron. En silencio, Lan’xiu y Ning oyeron el rechinar de la llave en la cerradura. No les quedó duda de que estaban prisioneros en la lujosa casa.

—Mostradme la alcoba —ordenó Ning con audacia.

La mujer de más edad hizo una reverencia y habló por primera vez.

—¿Sois el esclavo de su alteza?

—Soy su sirviente personal —enfatizó Ning—. Me encargo de todo.

—Se han hecho concesiones —explicó la sirvienta—. Sólo a las mujeres les está permitido pasar la noche en las casas. Sin embargo, parece que vuestras costumbres son diferentes. Mi nombre es Jia y soy el ama de llaves de la princesa Lan’xiu. Estoy a vuestro servicio. Estas estúpidas muchachas son Din y Miu. No os preocupéis por ellas. Podéis darme las órdenes necesarias y yo me encargaré de que se cumplan.

Ning hizo una reverencia.

—Soy Shu Ning. Podéis llamarme Ning. Y ahora, la princesa Lan’xiu está agotada de su viaje y se retirará a descansar.

—Por supuesto. Seguidme. —Jia hizo un gesto con las manos indicando a las dos jóvenes que se retiraran; rieron tontamente y corrieron hacia la parte de atrás de la casa sin dejar de volver la cabeza y lanzar miradas a la princesa—. No les prestéis atención, Ning xiānsheng. Son jóvenes y tontas, y nunca han visto a una princesa. Yo, sin embargo, he servido en las casas más importantes y sé cómo se tienen que hacer las cosas. Por favor, seguidme, Ning xiānsheng.

Se dio la vuelta y les guió al piso de arriba.

Aunque no se sentía muy alegre, Lan’xiu sonrió al ver a Ning todo pagado por el título de respeto con el que Jia se había dirigido a él. A pesar de su estado de ánimo, no pudo evitar dejar escapar un pequeño grito de placer al ver la belleza de la alcoba que le había sido asignada.

La cama de palisandro era enorme. Estaba colocada en el centro de la habitación y tenía un dosel. Las columnas de las esquinas estaban talladas con intrincados diseños de dragones y aves fénix. La parte de arriba de los arcos del dosel estaba decorada con pinturas esmaltadas de campos y riachuelos. Unos cortinajes de seda amarilla completaban el lecho y brillaban al calor de las lámparas de aceite y de una pequeña estufa de cerámica. De las ventanas colgaban sedas amarillas a juego. La acolchada cubierta de la cama, forrada en raso verde primavera, llegaba al suelo y le daba a la alcoba un aire acogedor. La cama estaba adornada con mullidas almohadas color lavanda. Un tocador de palisandro, con una silla a juego que tenía un cojín amarillo, estaba situado junto al arco de una ventana. El suelo de madera estaba cubierto por una gruesa alfombra con un diseño intrincado en tonos crema, amarillo y verde, y salpicado de rojo salmón y azul cobalto.

Jia abrió la puerta del armario de palisandro que ocupaba una de las paredes. Habían colgado los vestidos de la princesa cuidadosamente mientras que las prendas más íntimas las habían doblado y colocado en cajones.

Después se acercó a una puerta oculta detrás de unos cortinajes en la misma pared que la cama y la abrió. Daba acceso a un cuarto de baño grande y bien provisto. Era una maravilla de azulejos y cobre construida usando el sistema de canalizaciones más avanzado.

—Hay una bomba que trae el agua desde fuera. Y si su señoría desea tomar un baño, se puede encender un fuego debajo de la bañera para calentar el agua. —Jia señaló la enorme bañera de cobre.

Por último abrió otra puerta en la pared opuesta que llevaba a una habitación más pequeña.

—Supongo que desearéis dormir lo suficientemente cerca como para oír a vuestra señora si os llama —dijo Jia dirigiéndose a Ning; todavía no había mirado directamente a la princesa.

—Excelente —aprobó Ning—. Estoy muy satisfecho. Habéis pensado en todo para que la princesa se sienta cómoda.

—Gracias, señor.

Jia hizo una reverencia y miró brevemente a Lan’xiu; ahogó un grito al descubrir su belleza. Después se retiró cerrando la puerta al salir.

Lan’xiu y Ning se quedaron quietos escuchando atentamente. Ning fue de puntillas a la puerta y la abrió. El corredor estaba vacío.

—Echaré un vistazo. —Hizo un gesto con la cabeza indicando sus intenciones y cogió una lámpara.

Inspeccionó tanto el cuarto de baño como la habitación que le habían asignado antes de avanzar por el corredor.

Lan’xiu se rodeó el cuerpo con los brazos para intentar detener su temblor mientras esperaba a que volviera. O peor, a que entrara otro, quizás salpicado con su sangre y trayendo las noticias de su muerte. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración hasta que la puerta se abrió y apareció su fiel servidor que volvía a su lado.

—Somos los únicos que estamos en este piso —le informó Ning en voz baja—. El desván está vacío. No parece que puedan espiarnos, pero será mejor que tengamos cuidado.

—¡Cuidado! —Lan’xiu rió amargamente.

—¡Chitón! —avisó Ning—. Estás cansada. Estarás mejor en la cama. ¿Quieres que prepare un baño?

—¡No! —Lan’xiu se estremeció—. ¡Aquí no! No ahora. Y tienes que encontrar una salida. Si ninguno de nosotros ha de volver a conciliar el sueño, será mejor que escapes.

—No os dejaré, mi señora—dijo Ning muy angustiado.

—Aunque he sido enviada a la muerte, no hay necesidad de que compartas mi destino. No puedes salvarme, pero tú debes hacerlo.

—Nunca se sabe, quizás esto no lleve a la muerte—dijo Ning recobrando el ánimo.

—Siempre tan optimista, mi Ning. Para ti la tetera está siempre medio llena. —Lan’xiu dejó escapar una temblorosa carcajada—. Pero ya conoces a mi hermano. No habría dudado en despeñarme, pero de esta manera logra mi muerte sin aparentemente mancharse las manos de sangre. Sabes que encontrará la manera de usar mi asesinato a su favor.

—El gobernador ha decidido no acudir a ti esta noche —señaló Ning—. Eso es inusual en un guerrero acostumbrado a reclamar sus posesiones. Quizás ya tiene una favorita y no está muy interesado en ti. Ya le has oído en la audiencia. Dijo que tenía esposas suficientes. A lo mejor no viene nunca.

—Qiang Hüi Wei tiene un rostro inteligente. No mostrará una prisa impropia en reclamar su premio, aunque es demasiado listo como para ignorarla arrogante ambición de mi hermano. Puede que me mate sin pensárselo dos veces, sin detenerse a averiguar si estoy al tanto del origen del complot. No estoy a salvo con ninguno de los dos y como eres mi sirviente, tampoco tú lo estás, mi querido amigo. Tengo que sacarte de aquí.

—Quizás me dejarán salir para comprarte polvos para la cara y cosas de ésas —sugirió Ning.

—Quizás. O a lo mejor uno de los soldados está tan satisfecho con su suerte que rechazará una fortuna en joyas. ¡Ojalá tuviera una fortuna en joyas! Sobornaría hasta el último hombre para liberarte.

Ning se acercó a ella, se arrodilló y empezó a llorar un poco. Le cogió la mano y se la besó incapaz de decir ni una palabra. Permaneció en silencio hasta que notó que Lan’xiu le acariciaba con la otra mano.

—Si mueres, moriré contigo —declaró entonces.

—¿Qué he hecho para merecer un amigo tan fiel y leal como tú? —se asombró Lan’xiu—. Me haría mucho más feliz saber que al menos tú has sobrevivido en lugar de compartir mi destino.

—¿Qué haría yo? ¿A dónde iría?—gimió Ning.

—¿Quién te aguantaría?—bromeó Lan’xiu; la voz le temblaba un poco por la risa aunque sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas.

Inmediatamente, Ning replicó:

—¡Quién te aguantaría a ti! Si Hüi Wei tiene cabeza, pronto descubrirá que tu belleza esconde el picotazo de una avispa en verano.

Lan’xiu se echó a reír.

—Entonces, honores para los dos. Moriremos juntos.

—O quizás viviremos juntos. —Ning se secó los ojos en la manga—. Tienes el don de la profecía, o por lo menos tu madre te enseñó el arte de interpretar los oráculos. ¿Estás segura de que vamos a morir?

—Sabes que no puedo ver mi propio destino —le recordó Lan’xiu tristemente—. Además, desde la muerte de mi madre los dioses se han negado a hablarme y el camino no está claro. Mis ojos están nublados.

Ning suspiró.

—Por lo menos estamos lejos de los subordinados de tu hermano y podremos dormir esta noche. Nos turnaremos.

—Asegúrate de despertarme cuando empieces a dar cabezadas —le advirtió Lan’xiu.

—Sólo me dormí una vez que estaba tan cansado que no podía mantener los ojos abiertos —protestó Ning.

Lan’xiu sonrió.

—Me ocuparé de la primera guardia.

—No puedo dormir en tu cama—le advirtió Ning.

—Hay un bonito asiento en la ventana con un cojín, justo de tu tamaño —dijo Lan’xiu al tiempo que señalaba el nicho parcialmente oculto por las cortinas—. Hay otra colcha en tu habitación. Puedes traerla y abrigarte bien.

Ning bostezó abriendo mucho la boca, como un gato, sin molestarse en taparla.

—Creo que eso haré si estás segura.

—Lo estoy —le aseguró Lan’xiu. Miró a su amigo y sirviente, que se apresuró a entrar en la pequeña antecámara, y murmuró—: Tendré tiempo de sobra para dormir cuando haya muerto.

Capítulo 3

MEIJUestaba esperando junto a la ventana. Cuando la nieve en invierno y las delicadas neblinas de la primavera oscurecían la plaza, imaginaba que en lugar de tener a su alrededor las casas iguales, estaba todavía con sus padres, hermanos y hermanas y la ventana se abría a los campos de arroz con las montañas al fondo.

Hacía tanto tiempo que no había salido de aquellos muros, que la reclusión le hacía sentir vieja. Mei Ju suspiró y rió nerviosamente en silencio. Era “vieja”; por lo menos, más que las otras concubinas. Y estaba agradecida de serlo. Era la única que había sobrevivido de toda su familia gracias a estar donde ahora estaba cuando las hordas habían invadido su pueblo; lo habían arrasado y habían matado a su familia y a sus amigos. Habían sido tiempos espantosos de rebelión, pero su señor Qiang Hüi Wei había llevado la estabilidad y la paz a la región en nombre del Hijo del Cielo, el emperador de China.

Intentó no mirar su reflejo en la ventana mientras esperaba a la nueva concubina con el corazón apesadumbrado. Incluso antes de ser designada primera esposa, había sabido que su señor añadiría concubinas al hogar, pero cada vez que lo hacía se le encogía el corazón. Durante un tiempo, su esposo permanecía distraído o cautivado por su nueva posesión y el farol no se encendía en su casa. Sabía del amor de su señor por la conquista y conociendo a las otras esposas se torturaba imaginando que cada cortejo, y eventual capitulación, había sido muy diferente del suyo. Qiang Hüi Wei era un hombre muy inteligente, conocido por su dominio de la estrategia y su amor por la batalla. Siempre había acabado volviendo a ella, pero Mei Ju sabía que su corazón nunca había sido suyo.

Habían corrido rumores por el recinto de que la séptima concubina era extremadamente hermosa y Mei Ju, como correspondía, se alegraba por su amado Hüi Wei. Se merecía lo mejor. Además, para él la belleza no era suficiente. Aunque la segunda y sexta esposa eran muy bonitas, no habían conseguido mantener su interés durante mucho tiempo.

Cuando vio el pequeño grupo que se acercaba a su casa, Mei Ju se separó de la ventana y dio dos palmadas. Su sirvienta fue a abrir la puerta. Mientras oía que cerraban los paraguas y los ponían a escurrir, y después tomaban las prendas de abrigo y las colgaban para que se secaran, Mei Ju se sentó delante del fuego y serenó su rostro para recibir a su invitada.

Su criada apareció en el umbral y anunció:

—La princesa Zhen Lan’xiu solicita el honor de acompañar a su señoría.

Mei Ju no pudo reprimir una leve sonrisa. Su sirvienta siempre se comportaba de forma muy respetuosa cuando había visitas, pero sus modales eran muy distintos cuando estaban solas.

—Será un placer recibirla. Puedes traerla a mi presencia.

La sirvienta hizo una reverencia y se retiró.

Mei Ju ahogó un grito de sorpresa cuando vio a la princesa Lan’xiu por primera vez. Si la piel de Mei Ju era blanca, la de Lan’xiu era como marfil pulido. Su rostro era exquisito, con pómulos salientes esculpidos a la perfección. La línea del mentón bajaba trazando un largo y elegante cuello. La nariz era quizás un poco grande, aunque le sentaba bien a su rostro, y sus labios, de color rosa pálido, se curvaban como las alas de un pájaro en vuelo. Mantenía la mirada baja, como era apropiado, y sus ojos estaban velados por pestañas espesas y oscuras. Se había adornado con unos pendientes de plata con unos largos colgantes piriformes de turquesa y un brazalete de jade verde pálido que rodeaba su muñeca izquierda.

Era una muchacha esbelta que cuando andaba se movía con elegancia, como los juncos doblados por el viento, aunque su figura permanecía erguida. Mei Ju se dio cuenta de que era alta y de que si se ponía a su lado, tendría que levantar los ojos para mirarla; eso era algo que no podía dejar que pasara. El qípáo de seda lavanda y carmesí que se había puesto resaltaba su belleza a la perfección. Llevaba las manos escondidas en las mangas, que estaban forradas en turquesa. La atrevida combinación de colores le hizo pensar que quizás había llegado el momento de encargar un traje nuevo. Se había hecho un poco comodona y no estaba al tanto de las últimas modas a pesar de las súplicas de la tercera y la quinta esposa para que se arreglara un poco. Siempre ponía la excusa de que ir detrás de los niños hacia que se ensuciara mucho, pero parecía que después de todo era el momento de estrenar vestido.

La princesa Lan’xiu se postró en el suelo y esperó sin moverse con la cabeza inclinada como si fuera consciente de que estaba siendo inspeccionada.

A pesar de que la princesa le superaba en rango en el mundo fuera del harén, Mei Ju se consoló con el hecho de que como primera esposa, suposición era inexpugnable, y eso le dio la confianza para dar la bienvenida a su huésped. Se dio cuenta de que la princesa estaba temblando y de repente vino a ella el recuerdo de haber estado en la misma posición cuando era joven. Su naturaleza compasiva superó la necesidad de guardar las formas. Se levantó y se acercó a Lan’xiu para hacer que se incorporara, dispuesta a recibirla cordialmente.

Como había adivinado, tuvo que levantar la mirada para contemplar aquel exquisito rostro.