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Una exploración del más allá y la transformación de nuestro miedo a la muerte Una exploración sin precedentes del vasto terreno inexplorado en el que entramos al morir. El conocimiento del más allá puede desencadenar transformaciones deslumbrantes en el cuerpo, la mente y el espíritu. Libera nuestro auténtico yo, reajusta radicalmente nuestros valores y profundiza nuestro sentido de la vida. De ella descubrimos que la verdadera naturaleza del universo es la esencia misma de la benevolencia. En esta completa obra, Julia Assante explora lo que sucede cuando morimos, abordando con precisión académica los relatos históricos y religiosos, las experiencias cercanas a la muerte y la comunicación después de la muerte. A continuación, presenta pruebas convincentes de la existencia incorpórea y de la comunicación con los muertos, y ofrece formas prácticas de entrar en contacto con los seres queridos difuntos para sanar y superar la culpa, el miedo y el dolor.
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Seitenzahl: 702
Veröffentlichungsjahr: 2023
Julia Assante, PhD,Prólogo de Larry Dossey, MD
La última frontera
Una exploración del Más Allá
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Colección Espiritualidad y vida interior
LA ÚLTIMA FRONTERA
Julia Assante
1.ª edición en versión digital: junio de 2023
Título original: The Last Frontier
Traducción: Luisa Rondon
Corrección: M.ª Jesús Rodríguez
Diseño de cubierta: Enrique Iborra
Maquetación ebook: leerendigital.com
© 2012, Julia Assante. Publicado inicialmente en Estados Unidos en 2012 por New World Library
(Reservados todos los derechos)
© 2023, Ediciones Obelisco, S.L.
(Reservados los derechos para la presente edición)
Edita: Ediciones Obelisco S.L.
Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida
08191 Rubí - Barcelona - España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23
E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-1172-042-7
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Índice
Portada
La última frontera
Créditos
Prólogo
Introducción
Parte uno: La evidencia de la sobrevivencia
Capítulo 1: ¿Se puede probar la sobrevivencia después de la muerte?
Capítulo 2: ¿Qué tan real es lo real?
Capítulo 3: Experiencias cercanas a la muerte
Capítulo 4: Comunicación tras la muerte
Capítulo 5: Reencarnación
Parte dos: La construcción social del más allá
Capítulo 6: Una historia comparativa del más allá
Capítulo 7: El origen del pecado
Capítulo 8: «La evolución espiritual», el no tiempo y el ego
Parte tres: Morir, la muerte y más allá
Capítulo 9: El temor a la muerte: causas y curas
Capítulo 10: Prepararse para morir
Capítulo 11: Atravesar el umbral y el período de adaptación
Parte cuatro: Todo acerca del contacto
Capítulo 12: Está bien hablar con los muertos, pero ¿qué pasa cuando los muertos responden?
Capítulo 13: Familiaridad: la clave para un contacto exitoso
Capítulo 14: Los fantasmas, las formaciones de pensamiento y los «espíritus confinados en la tierra»
Capítulo 15: Telepatía: tu herramienta para la comunicación tras la muerte
Capítulo 16: Cómo ponerse en contacto
Conclusión
Agradecimientos
Acerca de la autora
A mi esposo, Walter
PRÓLOGO
Hacia el final de una vida en la cual intentó ver la verdad, el escritor Arthur Koestler dijo, «somos espías mirando por la cerradura de la eternidad. Por lo menos podemos intentar quitar el relleno del ojo de la cerradura que nos obstruye lo poco que podemos ver».[01] En La última frontera, la doctora Julia Assante no sólo quita el relleno del ojo de la cerradura, sino que derriba la cerradura por completo, junto con la puerta que la contiene. Assante nos deja felizmente maravillados, cara a cara con un esplendor insospechado.
Si La última frontera no le deja sin aliento, debería hacerlo, ya que pone en entredicho casi todas las suposiciones de la vida que aceptamos inconscientemente como hechos reales. Assante muestra que los dos grandes hitos que marcamos en la vida (el nacimiento por un lado y la muerte por el otro) no son acontecimientos absolutos y puntuales, sino que son transiciones en nuestros estados de ser. La duración entre la cuna y el crematorio no es un tiempo unidireccional y fluido, sino una expresión no duradera de la eternidad. Assante muestra la inutilidad de aspirar a ser inmortal; revela que ya somos inmortales, aunque seamos demasiado ciegos para darnos cuenta. La inmortalidad es nuestro derecho de nacimiento, dice. Viene incorporado de fábrica, forma parte de nuestro equipamiento original. No es necesario adquirirla o desarrollarla. No vivimos hacia la eternidad; estamos hasta el cuello en ella ahora.
El resultado natural de esta revelación es la disipación o superación del miedo a la muerte, que a lo largo de la historia de la humanidad ha causado más sufrimiento que todas las enfermedades físicas juntas. Por eso este libro es un ejercicio en la disolución del temor a la muerte, ese miedo y desasosiego oscuros que forman parte de la condición humana.
Muchas tradiciones de la sabiduría han reconocido el toque humorístico que se produce cuando un ser humano atormentado por la muerte se da cuenta de repente de que la finalidad de la muerte ha sido malinterpretada desde un principio: como el adepto zen que ríe a carcajadas al alcanzar la iluminación. La apreciación de que la infinitud de la vida no necesita ser desarrollada, sino que sólo tiene que ser captada, ha cogido por sorpresa a los poetas y místicos de todas las épocas. De ahí la euforia de Emily Dickinson: «Así que, en lugar de llegar al cielo, por fin, he estado en camino desde el principio».[02] O la afirmación de santa Teresa de Ávila en el siglo XVI: «El camino al cielo es el cielo».[03]
Para los que creen que estamos arruinados desde el nacimiento por el pecado original, esto es algo radical. Assante se enfrenta a esta sombría imagen con firmeza. Está singularmente cualificada para ello, por su formación académica como experta en las culturas y creencias del antiguo Cercano Oriente. Su trabajo destaca que el atributo distintivo de la humanidad no es la pecaminosidad sino la valía inherente. Coincide con Henry David Thoreau, un original estadounidense, cuando, en su lecho de muerte en Concord (Massachusetts) en 1862, su tía Louisa pregunta que si él ha hecho las paces con Dios. Thoreau responde: «No sabía que habíamos discutido».[04]
Aquellos individuos que han aprendido a despreciar los conceptos de «médium» y «vidente» han de darse cuenta de que Assante, que es ambas cosas, tiene a la ciencia a su favor. La última frontera, en esencia, es una exploración de las manifestaciones no locales de la conciencia, de las que existen pruebas abrumadoras.[05] La no localidad es un concepto asombroso al que los ciudadanos del siglo XXI debemos acostumbrarnos.Como dice Henry P. Stapp, decano de los teóricos cuánticos de la Universidad de California-Berkeley, la no localidad puede ser «el descubrimiento más profundo de toda la ciencia».[06] La no localidad revela que existe una conectividad inherente, una totalidad ininterrumpida, que es un rasgo fundamental del universo. Esta totalidad no sólo existe entre partículas subatómicas, sino también entre las mentes. Como escriben el destacado físico Menas Kafatos y su coautor, Robert Nadeau, «Cuando la no localidad se incorpora a nuestra comprensión de la relación entre las partes y el todo en la física y la biología, entonces la mente, o la conciencia humana, debe verse como [un] fenómeno en ese todo interconectado sin fisuras llamado cosmos[…] Las implicaciones […] son bastante asombrosas […] es una nueva manera de relacionar a la mente con el mundo».[07] Assante se siente a gusto con la no localidad, y la «totalidad interconectada sin fisuras llamado cosmos» es el lienzo sobre el que ella pinta.
Para aquellos que no son físicos, lo no local puede equipararse generalmente a lo infinito. Si algo es no local o infinito en el espacio, es omnipresente. Si algo es infinito en el tiempo o no local, es eterno o inmortal. La mente no local, por lo tanto, es infinita, eterna y una –una, porque no puede haber separación entre mentes que no tienen límites en el espacio y el tiempo–. Esta asombrosa realidad ha sido acogida por algunos de los más grandes físicos, como el ganador del premio Nobel Erwin Schrödinger, quien proclamó: «El número total de mentes es sólo uno. La verdad es que sólo hay una mente»[08]y el distinguido físico David Bohm afirmó: «En el fondo, la conciencia de la humanidad es una. Esto es prácticamente cierto y si no lo vemos es porque nos estamos cegando a ello».[09] Con la inmortalidad y la unicidad en su lugar, el tratado de Assante empieza a parecer no radical sino conservador.
Una de las eternas críticas a los fenómenos que describe Assante es que no pueden ser ciertos porque contradicen las leyes de la naturaleza. Se dice que, si existieran los espíritus no corporales, la telepatía, la clarividencia y la precognición, tendríamos que descartar toda la ciencia y empezar de nuevo. Ésta es una objeción exagerada que no tiene fundamento. El caso es que no existen leyes establecidas sobre la conciencia que pudieran ser contradichas por la sobrevivencia de la conciencia a la muerte del cuerpo o por los llamados fenómenos paranormales. Como nos recuerda el científico cognitivo Donald Hoffman, de la Universidad de California-Irvine, «El estudio científico de la conciencia se encuentra en la embarazosa posición de no tener una teoría científica de la conciencia».[10] Y como dijo el eminente físico Gerald Feinberg, «Si tales fenómenos [mentales no locales] ocurren realmente, no sería necesario ningún cambio en las ecuaciones fundamentales de la física para describirlos».[11] El físico O. Costa de Beauregard va Más Allá, diciendo: «Lejos de ser “irracional”, lo paranormal es postulado por la física actual»,[12] y «La física actual permite la existencia de los llamados fenómenos “paranormales” de telepatía, precognición y psicoquinesia.
El concepto mismo de «no localidad» en la física contemporánea requiere que exista esta posibilidad».[13] Este permiso es enormemente importante, porque fomenta una actitud abierta hacia las experiencias humanas que, con demasiada frecuencia, se han descartado como imaginaciones descabelladas de cerebros enfermos.
Y además está el asunto del tiempo. En La última frontera, vemos al tiempo expandido, comprimido, en bucle, invertido y aquietado. Estas proezas temporales parecieran ir en contra de las leyes de la física y demuestran que Assante está descuidando la forma en que funciona el mundo. Pero no. Tal y como ocurre con la conciencia, el mundo de la física está hecho un lío con respecto al tiempo.[14] Cuando le preguntaron qué era el tiempo, el célebre físico Richard Feynman respondió: «¿Qué es el tiempo? Nosotros, los físicos, trabajamos con él todos los días, pero no me preguntes qué es. Resulta muy difícil razonar sobre ello».[15] También el físico y escritor Paul Davies describe esta incertidumbre: «En la imagen que está surgiendo de la humanidad en el universo, el futuro (si existe) seguramente traerá consigo descubrimientos sobre el espacio y el tiempo que abrirán perspectivas totalmente nuevas sobre la relación entre la humanidad, la mente y el universo. Nociones como “el pasado”, “el presente” y “el futuro” parecen ser más de carácter lingüístico que físico. No hay nada de esto en la física[…] Nunca se ha realizado ningún experimento físico para detectar el paso del tiempo».[16]
Los lectores deben saber que Assante no es una voz insolente. Tiene numerosos aliados en las ciencias «sólidas» que también defienden una visión ampliada de la conciencia. Véase la opinión de Robert G. Jahn, antiguo decano de ingeniería en la Universidad de Princeton, y su colega Brenda J. Dunne, quienes han investigado los comportamientos no locales de la conciencia durante tres décadas: «Un individuo puede relatar que su conciencia parece haberse liberado totalmente de su centro y vagar libremente por el espacio y el tiempo. En lugar de formar sus experiencias en el “aquí”… y ahora”, la conciencia puede decidir probar el “allí y entonces”».[17] El teórico cuántico Henry P. Stapp: «La nueva física presenta pruebas razonables de que nuestros pensamientos humanos están vinculados a la naturaleza por conexiones no locales: lo que una persona decide hacer en una región parece afectar inmediatamente lo que es cierto en otra parte del universo. Nuestros pensamientos HACEN algo».[18] Y el astrofísico David Darling presenta esta visión de lo que ocurre tras la muerte: «Lo que éramos nosotros se habrá fundido de nuevo con el océano intacto de la conciencia. Habremos regresado al lugar de donde vinimos. Estaremos en casa de nuevo y libres».[19] Y no sólo libres, sino, asegura Assante, también eufóricos y llenos de amor.
He salpicado mis observaciones con comentarios de autoridades de la ciencia, que durante tres siglos ha tenido la fama de ser enemiga de las expresiones de la mente más allá del cuerpo, para mostrar que la ciencia se está acercando cautelosamente a una visión no local de la conciencia. En la ciencia, nada seguirá igual en lo que se refiere a la conciencia. Los cerebros son entidades locales; se aferran al aquí y al ahora. La conciencia no hace eso. Se comporta de forma no local; puede hacer cosas que los cerebros no pueden.[20] Para cualquiera que preste atención, está claro que el hábito materialista de equiparar la conciencia con el cerebro está tan muerto como un clavo. Es un zombi disecado y andante, carente de signos vitales, que piensa que aún está vivo. Como muestra Assante, estas nuevas maneras de ver el espacio, el tiempo y la materia nos permiten reajustar nuestro concepto de lo posible para incluir la supervivencia a la muerte corporal. La idea deja de parecer descabellada. Podemos estar de acuerdo con Voltaire: «No es más sorprendente nacer dos veces que una».[21]
Las barreras entre la ciencia y una visión no local de la conciencia, si bien no han desaparecido, se están desmoronando. Laúltima frontera muestra por qué. Así como nuevas estructuras fueron construidas sobre los cimientos de las civilizaciones que la Dra. Assante ha excavado como arqueóloga, ahora ella construye una nueva edificación sobre los escombros de nuestras ideas primitivas sobre la muerte. Ha hecho una majestuosa contribución al bienestar humano al exponer la falsedad de la aniquilación de la conciencia al morir el cuerpo, en favor de la inmortalidad, la alegría y el amor. No puedo imaginarme un logro mayor.
Larry Dossey, MD,
autor de The One Mind y The Science of Premonitions
[01]. Koestler, A.: Janus: A Summing Up. Random House, Nueva York, 1978, p. 282.
[02]. Dickinson, E.: The Complete Poems of Emily Dickinson. ed. Thomas H. Johnson, n.º 324, stanza 3. Little Brown, Boston, 1960.
[03]. Atribuido a santa Teresa de Ávila.
[04]. Thoreau, H.D.: citado en Carlos Baker: Emerson among the Eccentrics. Penguin, Nueva York, 1996, p. 435.
[05]. Dossey, L.: One Mind: How Our Individual Mind is Part of a Greater Consciousness and Why It Matters. Hay House Inc., Carlsbad, California, 2013.
[06]. (citado en Kafatos, M. y Nadeau, R.) Stapp, H. P.: The Conscious Universe: Parts and Wholes in Physical Reality. Springer, Nueva York, 2000, p. 70.
[07]. Nadeau, R. y Kafatos, M.: The Non-local Universe: The New Physics and Matters of the Mind. Oxford University Press, Nueva York, 1999, p. 5.
[08]. Schroedinger, E.: What Is Life? and Mind and Matter. Cambridge University Press, Londres, 1969, pp. 139, 145.
[09] . (citado en Weber, R.) Bohm, D.: Dialogues with Scientists and Sages. Routledge & Kegan Paul, Nueva York, 1986, p. 41.
[10]. Hoffman, D.: «Conscious Realism and the Mind-Body Problem»,Mind and Matter, vol. 6, n.º 1, p. 90. (2008).
[11]. Feinberg, G.: «Precognition — a Memory of Things Future»,Quantum Physics and Parapsychology, ed. Laura Oteri: Parapsychology Foundation, Nueva York, pp. 54-73 (1975).
[12]. Costa de Beauregard, O.: «Wavelike Coherence and CPT Invariance: Sesames of the Paranormal»,Journal of Scientific Exploration, vol. 16, n.º 4, pp. 653 (2002). (Las cursivas son mías).
[13]. Costa de Beauregard, O.: «The Paranormal Is Not Excluded from Physics»,Journal of Scientific Exploration vol. 12, n.º 2, pp. 315, 316 (1998).
[14]. Glanz, J.: «Physics’ Big Puzzle Has Big Question: What Is Time?», New York Times, junio 19 (2001).
[15]. (citado en Boslough, J.) Feynman, R.: «The Enigma of Time»,National Geographic, marzo, pp. 109-132 (1990).
[16]. Davies, P.: Space and Time in the Modern Universe. Cambridge University Press, Nueva York, 1977, p. 221.
[17]. Jahn, R. G. y DunnE, B. J.: Margins of Reality: The Role of Consciousness in the Physical World. Harcourt Brace & Co., Nueva York, 1987, pp. 280-281.
[18]. Stapp, H. P.: «Harnessing Science and Religion: Implications of the New Scientific Conception of Human Beings», Science & Theology News, 8 de febrero (2001).
[19]. Darling, D.: Soul Search. Villard, Nueva York, 1995, p. 188.
[20]. Dossey, L.: One Mind (2013).
[21]. Voltaire: «La princesse de babylone»,Romans et contes. Editions Garnier Frères, París, 1960, p. 366.
INTRODUCCIÓN
¡Sencillamente fuera de este mundo!
Quien haya escogido este libro probablemente tenga cierta convicción acerca de la vida después de la muerte o, al menos, esté abierto a esa posibilidad. Si es así, perteneces a una inmensa y antiquísima mayoría. Desde hace decenas de miles de años, los seres humanos han dejado huellas arqueológicas en entierros y en su arte, de su fe en un universo adyacente que los recibe en espíritu tras el fallecimiento del cuerpo. Durante por lo menos cinco mil años, sacerdotes y sacerdotisas, poetas, profetas y místicos han intentado describir este universo por escrito según los conocimientos de su época. En la era moderna, la verdadera naturaleza de la vida después de la muerte se encuentra en arenas rápidamente cambiantes, y existen opiniones ampliamente diversas. Y es sólo desde hace poco que la existencia misma de la vida después de la muerte está siendo cuestionada. Que alguna parte de la personalidad sobreviva o no es ahora tema de ardiente debate. Entre los convencidos y los incrédulos se encuentran los indecisos que prefieren dejar que la ciencia resuelva la cuestión.
Sin embargo, por primera vez en la historia, se oyen más las voces que provienen de la experiencia personal que las voces oficiales de las religiones o de la ciencia. De forma colectiva, aquellos que han tenido contacto con familiares y amigos fallecidos o que han estado clínicamente muertos y han vuelto a la vida hablan de manera enérgica y persuasiva acerca de una vida más allá de la muerte. En estas páginas oiremos sus historias. Partiendo de diferentes perspectivas, miraremos muy de cerca lo que se experimenta antes, durante y después de la muerte. Y exploraremos ese carácter tan flexible del Más Allá, en gran medida desde el punto de vista de los muertos que lo están viviendo. Tan sólo ellos tienen la autoridad para contestar la que quizás sea la pregunta más fundamental de la vida: ¿Qué sucede cuando morimos? De lo que nos han dicho hasta ahora, hemos aprendido que donde se encuentran ahora está repleto de centellantes posibilidades y libertades de las que no hemos soñado jamás. ¡Es algo sencillamente «fuera de este mundo»! Y como también es más grande que la vida en todo sentido, el contacto con el Más Allá nos hace crecer de mil maneras.
El objetivo es, más que nada, normalizar la comunicación entre este mundo y el próximo, lo cual es el siguiente paso necesario en el desarrollo de la humanidad, y uno que, al parecer, estamos listos para dar. Contrario a lo que se cree, el contacto con los fallecidos aporta beneficios incalculables a los vivos, el menor siendo el alivio del duelo. El mayor beneficio está en la capacidad de los muertos de reajustar nuestros valores, valores que necesitamos para crear un mundo mejor. Al mismo tiempo, el contacto también favorece a los muertos de muchas maneras importantes.
Es sorprendente que, aunque todos cruzaremos ese umbral, no sabemos casi nada de lo que realmente ocurre al otro lado. Y es ciertamente trágico que muy pocos de nosotros nos planteemos comunicarnos con los muertos para averiguarlo. Cuando se acerca la muerte, pagamos por esa ignorancia. Preguntas evitadas durante tanto tiempo nos inundan: ¿Qué está pasando conmigo? ¿Habrá algo después de mi muerte o será esto todo? ¿Sentiré algo? ¿Estaré sola? ¿Vendrá alguien a por mí? ¿Merezco ir al cielo? ¿Al infierno? ¿Existe un cielo o un infierno? ¿Existe un Dios? En demasiados casos, estas preguntas urgentes nunca se plantean seriamente, porque ¿a quién «en la tierra» podemos recurrir si queremos respuestas honestas? Se hacen promesas en las que apenas nos atrevemos a creer, para tratar de encontrar una forma de comunicarnos, de enviar una señal y de reencontrarse en el Más Allá. Pero sí podemos saber lo que ocurre. Y comunicarse no sólo es posible; también es normal. Es más, no hay que ser un santo, un chamán o un médium para hacerlo, ya que las herramientas que necesitamos ya están incorporadas en nuestro ser. De hecho, ya las usamos a diario.
No sabemos más sobre el Más Allá y sobre cómo establecer contacto por una simple razón: estamos muertos de miedo con respecto a la muerte. Si bien la mayor fuerza en la Tierra es el amor, no me cabe duda de que la segunda más poderosa es el miedo a la muerte. Las expectativas de lo que está por venir afectan cada momento privado, dándole forma a lo que pensamos y hacemos, a lo que esperamos y a aquello que creemos que es el sentido de la vida y de la realidad en general. Actitudes poco favorables sobre la muerte y el Más Allá forman la base de las instituciones de nuestra sociedad. Casi todo lo que se puede nombrar: el derecho, la religión, la ciencia, la educación, las artes, e incluso la economía, está concebido en torno a estas actitudes. Ya sea que confiemos firmemente en la sobrevivencia después de la muerte, que asumamos una posición de espera, o que pensemos que «del polvo al polvo» es el fin literal, no podemos evitar estas actitudes. El miedo de la sociedad a la muerte nos atrapa en una existencia de querer siempre ir a lo seguro, y así dejamos de hacer valer nuestra audacia innata para cumplir con nuestros propios ideales.
Detente un momento y piensa en tus propias reacciones cuando uso el término «los muertos». Podemos apreciar lo sombrías que son las actitudes de nuestra sociedad al ver la diferencia entre oír una frase como «hablar con los muertos» y el acto personal de hablar con la difunta tía Jean. La comunicación con los fallecidos elimina el miedo a la muerte. Lo mismo ocurre cuando nos acercamos a la muerte directamente, como atestiguan los que han tenido experiencias cercanas a la muerte. De hecho, cualquier experiencia significativa que nos ponga cara a cara con la verdadera naturaleza de nuestra inmortalidad reducirá drásticamente ese miedo y enriquecerá nuestra vida.
Mientras trabajaba en este libro, me vi constantemente expuesta a actitudes alarmantes sobre la muerte y el Más Allá. Debido a que soy conocida como académica del antiguo Cercano Oriente, la gente supuso confiadamente que estaba escribiendo un libro de investigación sobre la muerte en la extrema antigüedad. Si explicaba de qué trata realmente este libro, sobre todo la parte de «la comunicación con los muertos», el silencio que seguía era ensordecedor. Una vez que las personas recuperaban la compostura, cambiaban rápidamente de tema. A veces, alguien sentía el deber de advertirme, con grave autoridad, sobre los daños que implica pensar en la muerte, como la depresión y el anhelo suicida. Nada podría estar más lejos de la verdad. Lo irónico es que, si les hubiera dicho que estaba escribiendo una novela en la que la mitad de la población de la Tierra era aniquilada por armas de destrucción masiva o por el impacto de un cometa, les habría fascinado.
Pero luego, en privado, las historias van saliendo poco a poco, algunas de ellas recordadas desde la infancia. Oigo de visitas o presencias sentidas, sueños extraños, intuiciones, sucesos extraños antes y después del fallecimiento de alguien cercano. También escucho punto por punto lo que sucedió cuando alguien consultó a un médium profesional y recibió mensajes de familiares y amigos fallecidos. Todos estos acontecimientos llegan a lo más profundo del corazón y la mente humana. Cuando la gente habla de ellos, su expresión se transforma. Se arriman a mí, sus voces bajan casi a un susurro, y se percibe una urgencia en el relato. Estos momentos íntimos son claramente inolvidables, sacrosantos y muy, muy reales.
También estoy al tanto de confesiones de conversaciones secretas con los muertos, casi siempre en silencio y a veces como parte de un rezo. He conocido a más de un ateo que afirma no tener ni una pizca de creencia en la sobrevivencia pero que parlotea mentalmente con sus seres queridos muertos. Resulta sorprendente la cantidad de comunicación con los muertos que en realidad hay, aunque generalmente sea negada. En la actualidad, se requiere mucha fuerza para resistir el bombardeo de dudas y aprensión por «conjurar a los muertos» deliberadamente. La idea de que todo lo que tiene que ver con la muerte invita de alguna manera a la Parca a nuestros hogares es una tontería. En lugar de sentirse atraídos indefensamente por la muerte, quienes la han conocido directamente en experiencias cercanas a la muerte, aunque éstas hayan sido negativas, así como quienes han sido visitados por los muertos, sienten un renovado amor por la vida y un profundo sentido de propósito.
Aunque este libro está dirigido a cualquiera que se interese por la vida después de la muerte, y en especial a los afligidos, también está escrito para los incontables que ya viven en el otro lado. Algunos llevan décadas deseando comunicarnos su amor eterno, para inspirarnos, animarnos, tranquilizarnos, aconsejarnos y advertirnos. Para pedir perdón o perdonar.
Entre la espada y la pared
El porcentaje de personas que declaran haber tenido contacto con muertos en las encuestas varía entre el 42 y el 72 %. El porcentaje de viudas que mantienen contacto con sus maridos fallecidos puede llegar al 92 %.[22] Si las encuestas incluyeran a los hijos y encuentros en el lecho de muerte, cosa que es muy frecuente, los resultados serían aún más elevados. Nada menos que el 75 % de los padres que perdieron a un hijo tuvieron un encuentro durante el primer año tras la muerte del niño.[23] Por otra parte, un triste 75 % de todos los que tuvieron encuentros afirmaron no habérselo contado a nadie por miedo a ser ridiculizados.[24] Es difícil creer que una sociedad pueda negar la validez de una experiencia compartida por gran parte de su población. Pero lo hacemos. Muchas religiones organizadas y no tan organizadas incluso condenan la comunicación con los muertos, una postura que al menos admite que el contacto es posible. Hasta hace poco, los que habían vivido experiencias cercanas a la muerte sufrían mucha angustia ante la incredulidad y la burla, silenciados por las personas de las que más deberían confiar, sus familias y sus médicos. Lo mismo ocurre con los que están al borde de la muerte, ya que los fenómenos que suelen experimentar, como las visitas de sus muertos y las visiones del Más Allá, son considerados síntomas de demencia. Todas estas personas están entre la espada y la pared.
Sé lo que es estar entre la espada y la pared, como todo aquel que es testigo habitual de fenómenos psíquicos. Cuando estaba en la universidad, tuve que ocultar que tenía más de treinta años de experiencia como vidente para poder obtener mi doctorado. Incluso hoy, muy pocos de mis colegas académicos lo saben. La mayoría de la gente me ve como una persona lúcida y realista, hasta que menciono algo sobre lo paranormal. Su incomodidad, el escozor de su confusión, su enojo y su impaciencia, todavía me desconcierta. Quizás algunos de vosotros tengáis reacciones similares al leer estas páginas –una reacción de «¡Oh, por favor!»– ya que he arriesgado mi propia credibilidad al contar experiencias personales y profesionales para ilustrar ciertos temas.
Os los digo para prepararos. A medida que os vayáis familiarizando con el mundo de los fenómenos, os daréis cuenta de más cosas en vuestro entorno familiar y de amigos, vivos o muertos. Entonces también os veréis expuestos a arriesgar vuestra credibilidad si os atrevéis a hablar de vuestras experiencias. Cuantos más seamos los pioneros de la última frontera y asumamos ese riesgo, más aumentaremos, juntos, la suma total de conocimientos sobre el Más Allá y sobre la naturaleza de la realidad misma. Cuando ese total crezca lo suficiente, provocará un cambio de marea sin precedentes en nuestra visión colectiva del mundo.
La percepción psíquica desafía y amplía la racionalidad. Sin embargo, el pensamiento crítico es igualmente importante, porque disciplina cualquier tipo de actividad psíquica. La objetividad también importa, porque nos ayuda a evitar el problema de hacer de lo desconocido algo familiar. Por ejemplo, digamos que naciste hace mucho, mucho tiempo con una religión cuya divinidad principal era un legendario hombre santo que llamaremos Akhemotep. Supongamos que en vida Akhemotep tuvo seguidores fieles. Con el tiempo, él y sus seguidores pasaron a ser vistos como seres celestiales: él, identificado con el sol, y sus seguidores, con los planetas. Y luego tuviste una experiencia cercana a la muerte (ECM). Cuando fuiste revivido, en lugar de decirle a la gente lo que realmente viste: un ser de luz y tus propios amigos y parientes muertos, involuntariamente transformaste tu experiencia en lo familiar y lo aceptable. Le dijiste a la gente que te habías encontrado con Akhemotep y sus santos planetarios. ¿Cómo entenderíamos las ECM si fueras la única persona conocida que ha tenido una? Tu interpretación de lo sucedido no sólo sería errónea, sino desagradable para la gente que no cree en Akhemotep. Además, borraría la existencia de un ser de luz, un ser independiente de la religión personal. También impediría que se investigara la supervivencia de los muertos. Tu auténtica experiencia cercana a la muerte acabaría siendo desechada como una tontería mitológica. Así, se puede perder mucho cuando se recubre lo desconocido con lo familiar.
El conocimiento también se pierde cuando ignoramos diferencias. Hace poco leí un libro en el que los autores analizan creencias sobre la vida después de la muerte en varias tradiciones (cristiana, musulmana, judía, hindú, nativa americana, etc.) y llegan a la desconcertante e insostenible conclusión de que todas son fundamentalmente iguales. Este tipo de pensamiento poco crítico puede resultar consolador, pero bloquea caminos de investigación que podrían conducir a una gran cantidad de información valiosa.
Así como las versiones del Más Allá son infinitamente diversas, la polifacética experiencia de morir también es distinta para cada persona, a pesar de su componente biológico. Cada muerte es única. Por lo general, los niños mueren de forma distinta a los adultos, los animales a los humanos, los enfermos de larga duración a los que son víctimas de accidentes. Las experiencias de la vida después de la muerte también varían según las creencias, la cultura y los deseos personales del individuo. Cuanto más sepamos de esas diferencias, más direcciones nuevas descubriremos y más ampliaremos nuestras posibilidades.
Mi objetivo es que te conviertas en un pensador independiente con respecto a los muertos y la esfera que habitan, basando tus conclusiones en tus propias intuiciones y experiencias, pero manteniéndolas abiertas a la evaluación y al cambio. De ahí que gran parte de lo que contienen estas páginas se dedique a desafiar las creencias que impiden una toma de conciencia independiente. Este libro pretende no sólo estimular tu pensamiento crítico, sino también ampliar el abanico de preguntas que te haces sobre la naturaleza del Más Allá y, por tanto, de la realidad misma. También hay otros objetivos aquí. En el capítulo 12, te enterarás de que los que piensan de forma independiente tienen más encuentros con los difuntos. Un tercer objetivo surge de mi propia labor como médium y de los estudios sobre experiencias cercanas a la muerte, tanto positivas como no tan positivas. Ambos muestran que, si una persona muere, clínica o permanentemente, con un puñado de suposiciones dogmáticas no examinadas, puede haber complicaciones en el Más Allá inmediato, mientras que una mente un poco abierta propicia experiencias plenas, profundas y trascendentes.
¿Por qué explorar el Más Allá?
Quizá te preguntes: ¿por qué perder tiempo explorando el Más Allá si de todos modos vamos a parar allí? Hay tantas razones que apenas sé por dónde comenzar. En primer lugar, son muchos los beneficios para los vivos de tener experiencias directas con el Más Allá, el mejor de ellos es que se pierde el miedo a la muerte. Aquí repasaremos brevemente todo esto y lo trataremos en detalle en los siguientes capítulos. Quienes han tenido experiencias directas de forma espontánea con el Más Allá lo han hecho de muchas maneras. Obviamente puede presentarse en forma de una ECM. Esto le ocurre con mucha frecuencia a las personas moribundas cuando se encuentran en el recién denominado estado de conciencia de cercanía a la muerte (se explicará más adelante). Los encuentros en persona con los muertos son otra forma habitual de experiencia directa. Además, la vida después de la muerte se puede revelar en sueños, ensueños, meditaciones, trances, regresiones hipnóticas y revelaciones, así como durante actividades sencillas como un paseo con el perro.
La experiencia directa de cualquier tipo también te pondrá en contacto con tu propia inmortalidad. Sólo con eso, el miedo a la muerte será menor, si no se erradica. La antigua noción de que a través de la progenie nos perpetuamos, logrando así una especie de inmortalidad genética en la Tierra, es quizás la razón principal por la cual nos enfrentamos ahora a una crisis de población. Si fuese comúnmente reconocido que el verdadero ser, el ser inmortal, trasciende todos los linajes, sean familiares, nacionales o raciales, así como las fronteras de tiempo y espacio, la población mundial rápidamente estaría bajo control. Si comprendiéramos bien el Más Allá, y si nuestro miedo a la muerte desapareciera, podríamos superar la desconfianza crónica que sentimos hacia nuestros propios cuerpos. En lugar de verlos como bombas de tiempo, recuperaríamos una fe de niño en la capacidad del cuerpo para estar sano y curarse, lo que nos proporcionaría una vida más larga y saludable.
A nivel individual, las vivencias del Más Allá provocan cambios radicales tanto fisiológicos como intelectuales, psicológicos y espirituales, que van desde que te toque la lotería hasta provocar transformaciones espectaculares en la visión personal del mundo. En general, la gente deja de estar ciega a lo que realmente importa. Los temores triviales palidecen a la luz de lo milagroso. Innumerables luchas que antes nos resultaban tan importantes de repente parecen un derroche de energía, como la lucha de Don Quijote con los molinos de viento. El afán por el lucro material da paso a un nuevo deseo por el saber, por suscitar un pensar innovador y una reflexión más profunda, por crecer a nivel espiritual. La necesidad de competir con otros da paso al descubrimiento de la autenticidad personal. Se libera espacio en la psique, lo cual permite que las reservas emocionales se destinen a la creatividad y al servicio en vez de perderse en un egoísmo motivado por el miedo. La compasión reemplaza a los prejuicios. Y el amor, al odio. La desdicha insoportable se convierte en alegría.[25] Algunas ECM han logrado curas espontáneas, erradicando enfermedades en su fase terminal sin intervención médica. ¡Imagina un mundo lleno de gente así, que saben quiénes son y tienen claro lo que realmente importa!
Precisamente, comunicarse con los difuntos no sólo nos libera del miedo a la muerte, sino que también acaba con muchas dificultades emocionales relacionadas al fallecimiento de un ser querido, ya sea el duelo, la angustia por lo que le sucede al muerto, sentimientos de abandono, soledad, remordimientos, ira o culpabilidad. Cuando se establece contacto, estos sentimientos mutan con asombrosa rapidez para convertirse en alegría, consuelo, gratitud y asombro. Si la muerte es repentina e inesperada o si no se pudieron decir las palabras que se pensaban decir antes de que fuese tarde, la buena noticia es que nunca es demasiado tarde.
Las relaciones no cesan con la muerte; las esperanzas y las inquietudes por los vivos y, sobre todo, el amor, son cosas que se pueden llevar, y de hecho se llevan, más allá de la tumba. Un impulso común para la comunicación entre ambos lados del velo es pedir perdón. La reconciliación no sólo es posible, sino prácticamente inevitable, aunque no intentes conseguirla. El gran valor terapéutico que tiene el contacto con los muertos está empezando a ser reconocido como tal recientemente gracias al estreno de la terapia de comunicación inducida tras la muerte.[26] En el capítulo 12 contemplaremos algunas de esas impresionantes curas. Asimismo, empezamos a aprender que la interacción con el Más Allá beneficia enormemente a los moribundos y facilita su transición. Es algo que resulta natural para quienes están a semanas, días u horas de la muerte. Según se va acercando el momento final, las percepciones son más frecuentes y profundas, los sueños y las visiones en el lecho de muerte son de una lucidez brillante. Atisbos de otros paisajes de vitalidad superenergizada y radiante son de un esplendor tan indescriptible que cautivan a quien los ve. Este debió haber sido el paisaje que vio Steve Jobs cuando pronunció sus últimas palabras: «¡Oh, wow! ¡Oh, wow! ¡Oh, wow!». Más comunes son las vívidas apariciones de familiares fallecidos que acuden junto a los moribundos, a acompañarlos en su travesía y a brindarles consuelo. Estos extraordinarios aspectos del lecho de muerte son tan comunes que se les ha dado un nombre: conciencia de cercanía a la muerte.[27]
Cuando descartamos los acontecimientos paranormales que se dan en torno al lecho de muerte, también se pierde una gran cantidad de información esencial sobre el proceso de la muerte y la propia vida después de la muerte, así como mensajes sobre lo que necesitan los moribundos, lo que quieren para nosotros y, a veces, el día o la hora de su última respiración. La conciencia de la cercanía de la muerte suele darse cuando las personas están en paz con la muerte. Es más evidente en aquellas personas cuyo cuerpo se va extinguiendo poco a poco. En situaciones en las que la muerte es repentina, las víctimas de accidentes, crímenes y guerras son asistidas con amor.
Es triste que, incluso cuando es evidente que el final es inminente desde un punto de vista médico, se evite por regla general cualquier mención directa de la muerte a los moribundos. Inconscientemente creemos que hablar de la muerte nos acerca al momento. En muchas zonas del mundo, los médicos incluso prometen a los enfermos desahuciados una mejora de su estado de salud. Si alguien ha de referirse a la muerte ante los moribundos, que sean los expertos los que se arriesguen, los pastores, los sacerdotes y los rabinos, que cuentan con descripciones predefinidas de lo que nos espera. La dolorosa ironía es que, cuando los moribundos han logrado aceptarlo, suelen querer que el hecho de su muerte se conozca. Sólo entonces pueden estar seguros de que sus seres queridos estarán preparados. Si no hablan de la muerte, se debe, nueve de cada diez veces, a que están protegiendo a las personas que les rodean.
No todas las personas admiten que se están muriendo, ni siquiera a sí mismas. Por increíble que parezca, algunas pasan por el proceso de la muerte con tal negación que apenas se dan cuenta de que su condición es irreversible después de haber muerto. Varios muertos con los que he trabajado han necesitado días para asimilar plenamente su nueva situación. Algunos seguían culpando a familiares y amigos meses después de su muerte por haber evadido lo obvio y haber evitado hablar de lo que planeaban hacer en su ausencia. Expectativas falsas y temores no cuestionados también obstaculizan una travesía tranquila. Una minoría se ve abrumada a causa de la confusión, la rabia y, en ocasiones, la desilusión tras la muerte al encontrarse con algo distinto a lo que esperaba. Hay unos cuantos casos de personas con profundas inseguridades que alucinan entornos que coinciden con sus peores temores. Los ajustes difíciles suelen ser de corto plazo, y no duran más que unos días desde nuestro punto de vista. Siempre hay alguien del otro lado que está listo para ayudar. Si los moribundos pudiesen explorar el Más Allá tal y como realmente es, la confusión después de la muerte prácticamente cesaría. Por el momento, esperamos que se aventuren hacia territorios inexplorados, solos y sin preparación, incluso inseguros de la propia sobrevivencia.
Aunque todos acabarán accediendo a esta última frontera, como cultura hemos hecho muy pocos intentos por conocerla. En cambio, gastamos miles de millones explorando el espacio. ¡Sinceramente!, ¿conoces a alguien que irá alguna vez al espacio? Las imágenes tradicionales del Más Allá a los que se recurría en el pasado no son más que fantasías. Hoy en día se están trazando nuevos conceptos de suma importancia a raíz de estudios compuestos de experiencias cercanas a la muerte (véase el capítulo 3); aun así, éstos sólo llegan describir la orilla. El resto y las regiones del interior están por explorarse. No puedo imaginar cuánto nos aliviaría a todos saber más acerca de nuestro destino y que no será un lugar de juicios, sino a un lugar de compasión, de autodescubrimiento, repleto de buen humor, de creatividad ilimitada y de encanto absoluto.
Dado a que hasta ahora no se han visto razones para confiar en la comunicación entre los vivos y los muertos, la muerte es muy desalentadora y parece espantosamente definitiva. También esto puede cambiar. El aprender a establecer contacto con los fallecidos disiparía la pesadumbre del lecho de muerte de estar condenado a una separación insuperable y a un silencio interminable. Levantaría ese pesar que ahora es insoportable, a la vez que transformaría drásticamente la forma en que morimos.
La comunicación no sólo es buena para los vivos, sino también para los muertos. A pesar de las absurdas nociones de que no debemos molestar a los difuntos, de que no debemos tratar de «bajarlos» a nuestro nivel, la mayoría de nuestros seres queridos quieren tener contacto por las mismas razones que nosotros. Además, es más difícil presionar a los muertos que a los vivos. Así que, si no quieren contacto, no se producirá. Según lo que he visto, una vez se dan cuenta de que han conseguido una comunicación bidireccional, les invade el alivio. Al contrario de sentirse molestos, se sienten eufóricos y profundamente agradecidos. A través de las décadas los he visto aparecer en casa, en mi oficina, en la calle y durante todo tipo de actos sociales, de tranquilas conversaciones por teléfono a bulliciosas fiestas. Cuando aparecen, no hay ni temor ni hay lámparas de cristal que se estrellen contra el suelo, y no hay personas que sufran ataques cardíacos o desmayos que deterioren el cerebro. Sus visitas son respetuosas y las motivan las mejores intenciones. Vienen, aunque nadie espere verlos, casi siempre para ayudar a algún conocido.
Muchos muertos siguen preocupados por problemas que quedaron por resolver. Algunos de ellos están ansiosos por contactar con los vivos, especialmente si sus muertes fueron inesperadas. Cuando se establece contacto y sus historias son oídas, se libera su exuberancia interior. Otros vuelven para confesar los errores que cometieron en vida. Incluso en el Más Allá, pueden persistir fuertes remordimientos y lamentos que mantienen a los muertos emocionalmente presos. Hasta que no se logre una reconciliación entre las dos personas, idealmente en una comunicación consciente y de corazón, ni los vivos ni los muertos podrán realmente sanar y seguir adelante. El deseo de los muertos puede ser tan constante que pueden esperar décadas hasta ser oídos. Desafortunadamente, sus intentos por atraer nuestra atención suelen ser ignorados o confundidos con una ilusión deseada o un resurgir del duelo.
Cuando logramos establecer contacto, no nos tenemos que conformar con una aparición fugaz o un mensaje de una sola línea. Todos nosotros, de este lado y del otro, somos capaces de mantener una comunicación bidireccional, que puede recurrir indefinidamente. Aunque llevo mucho tiempo hablando con los muertos, no comprendí realmente hasta después de la muerte de mi querido amigo Michael lo directa e interactiva que podía ser la comunicación. Sí que puede serlo. Aquel primer contacto con él duró más de una hora y sigue siendo uno de los acontecimientos más extáticos de mi vida. Él también estaba exultante, animado por el alivio de que alguien aún pudiera verlo y oírlo. Ese primer y deslumbrante encuentro es lo que realmente me inspiró a escribir este libro. Podemos mantener un diálogo real con nuestros seres queridos del otro lado, con preguntas y respuestas, confesiones, malentendidos y confirmaciones. Podemos discutir cosas, estar en desacuerdo e incluso bromear con ellos. La comunicación puede ser apasionada o tranquila, enojada o cariñosa, triste o alegre. Pero sea lo que sea, es muy probable que al final sientas pura euforia.
No es exagerado decir que los fallecidos son una fuente fiable de consuelo, ánimo, inspiración, sabiduría y asombro. Igual de importantes son sus relatos de la vida después de la muerte, cada uno de ellos diferente al otro, que imparten información sobre su realidad que verdaderamente nos deja perplejos. Si lo permitimos, los muertos dotarán a nuestras vidas de un mayor significado y redefinirán nuestro concepto de la realidad. En definitiva, explorar el Más Allá a través del contacto con quienes lo viven es una aventura inigualable.
Una revolución de la conciencia
En las últimas décadas, hemos sido testigos de una explosión de información sobre la muerte y la vida después de la muerte, generada por un número cada vez mayor de psicólogos y psiquiatras, médicos, enfermeras de residencias y consejeros de duelo, experimentadores de experiencias cercanas a la muerte, investigadores de la parapsicología y, por supuesto, médiums, que están trabajando para conseguir una mejor comprensión del mundo venidero. Ésta es una de las muchas señas de que la humanidad está lista para adentrarse en una nueva era, una era que yo llamaría una revolución de la conciencia. Otra indicación es que la creencia en la sobrevivencia después de la muerte va en aumento, llegando al 89 % según algunas encuestas.[28]
En los países occidentales, son cada vez más los que creen en un más allá más benévolo. En lugar de un infierno, esperan alegría, el reencuentro con sus seres queridos y la ausencia total de dolor y preocupación. Como los conceptos de la vida después de la muerte son inseparables de los de la divinidad, cuando uno de ellos cambia también cambia el otro. Como es de esperar, el Dios de la antigüedad, que inspiraba miedo, está dando paso a un ser supremo más abstracto cuyas leyes están escritas con un espíritu de amor, compasión y perdón en lugar de juicio.
La creencia en la comunicación con los muertos ha aumentado tanto que el público en general sabe de ella. Ya lo vemos escenificado en las películas y en los populares programas de misterio en la televisión, por muy irreales que sean. La experiencia cercana a la muerte, que combina esta comunicación con la convicción de la sobrevivencia tras la muerte, se ha dado a conocer desde que Raymond Moody publicó su trabajo pionero a mediados de los años setenta.[29]
Según todas las encuestas, la creencia en la supervivencia después de la muerte es extremadamente rara entre científicos, acercándose al 16 %.[30] Por eso resulta irónico que la tecnología desarrollada por la misma ciencia parezca ser la plataforma de lanzamiento de tal revolución. La conexión entre la tecnología médica de reanimación y un aumento de personas con experiencias cercanas a la muerte es evidente. Lo cierto es que el cambio de receptividad se produjo mucho antes, en el siglo XIX, primero con la invención del telégrafo (1843) y después con la del teléfono, que Alexander Graham Bell presentó ante un público atónito en 1876 en la Exposición Centenaria en Filadelfia. La presentación de Bell demostró públicamente que una voz humana incorpórea podía ser recibida y oída desde una distancia invisible (recitando nada menos que el soliloquio de Hamlet), lo cual se asemeja de manera impactante a la comunicación con los muertos. De todos los aparatos inventados en el último siglo y medio, el teléfono es el más presente en los fenómenos de la vida después de la muerte y también es el símbolo más común en los sueños y visiones de contacto telepático.
Desde entonces, la radio ha emitido sonido y la televisión sonido e imágenes en casi todos los hogares.[31] Con estas viejas tecnologías nos pudimos acostumbrar a la idea de que el sonido que no se oye y las imágenes que no se ven se mueven en forma de ondas por el espacio. Una transmisión detectada por un receptor es muy similar a los procesos de proyección y recepción de la telepatía, aunque ésta se dirige generalmente a un destinatario específico y es definitivamente más rápida. Todas estas tecnologías también ayudan a distinguir entre el cerebro y la mente. Como verás en los siguientes capítulos, el cerebro no genera ni contiene pensamientos, sentimientos y recuerdos, al igual que tu televisor no contiene la nave estelar Enterprise. Ambos son sistemas de recepción y transmisión.
Internet nos ha entrenado aún más a ampliar nuestros marcos conceptuales, porque se transmite información desde múltiples puntos que funcionan como subdimensiones. La noción del ciberespacio y de la realidad virtual nos acostumbra a dimensiones enteras de actividad en las que el espacio se colapsa y las distancias no existen –sólo se está a una página del sitio en el que se quiere estar–, lo que es análogo a la naturaleza no física y sin espacio de la vida después de la muerte. Al igual que la telepatía, la información y la comunicación se encuentran en todas partes a la vez y no respetan ninguna barrera.
Ahora la tecnología nos permite mirar dentro del átomo. Por si aún no lo sabea, en el capítulo 2 verás que los átomos que componen el mundo de la materia están formados casi en su totalidad por energías, oscilaciones y campos de fuerza. La materia apenas es sólida y es mucho menos «real» de lo que creemos, un hecho conocido por los físicos y naturalmente por los muertos, pero que no se ha integrado en el concepto cotidiano de la realidad. Eso significa que nuestros cuerpos no son muy diferentes a los cuerpos energéticos de las personas en los ámbitos no físicos. Esas personas están muy al tanto de que la realidad física es, además, un sistema de proyección o camuflaje, del que suelen extraer elementos para construir sus propios entornos. Saben que los cuerpos que habitan y los lugares a los que van son producto de la proyección del pensamiento. Lo que ves, oyes, hueles o sientes cuando entras en contacto con ellosprocede de la telepatía. En el capítulo 15 explicaré qué es la telepatía y cómo funciona.
Estas nuevas tecnologías, junto con las empresas de noticias y entretenimiento, han desarrollado aún más nuestras capacidades perceptivas para asimilar cantidades cada vez mayores de bytes de información con mayor velocidad. Esto ayuda a entrenarnos para los encuentros telepáticos, que suelen transmitirse en imágenes que nos llegan a gran velocidad. La toma exacta de estas imágenes es muy importante para la precisión en la comunicación después de la muerte. En el capítulo 16 aprenderás a hacer todo esto, de manera que la telepatía que ya utilizas a diario sea más perceptible, más exacta y fiable.
Con la aparición de los vehículos aéreos, nuestras antiguas ideas sobre las distancias y cómo salvarlas han desaparecido. Esto y las imágenes de satélite de nuestro pequeño orbe verde y azul rotando en el espacio han alterado por completo nuestro concepto del mundo en el que vivimos. Conscientes de la fantástica inmensidad del universo que nos rodea, en la cual la Tierra está escondida en un rincón poco distinguido, podemos ahora pensar en distancias de años luz tan inmensas que curvan el tiempo y el espacio, y podemos así extrapolar la diversidad increíble que posiblemente existe dentro de él. Ninguna distancia, por grande que sea, es inconcebible que no pueda ser salvada, e imaginarse atravesar el cosmos a destinos apenas imaginables en los siglos venideros ya no es pura fantasía. Si pensamos en lo mucho que la tecnología ha impulsado la apertura de nuestras fronteras conceptuales, promovida a su vez por los medios de comunicación, la idea de explorar la última gran frontera y comunicarse con sus habitantes no sólo parece verosímil, sino incluso inevitable con el tiempo.
Perdido al traducirse
Una y otra vez, los que se han sumergido en el Más Allá tienen dificultades extremas para describir lo que han experimentado. Al igual que en el estado de sueño, el tiempo, el espacio, la secuencia de acontecimientos, las emociones, las capacidades perceptivas y los estímulos sensoriales se ven alterados de forma que no pueden expresarse satisfactoriamente en lenguajes desarrollados en el mundo físico. Las experiencias fuera del cuerpo sin tiempo, en tiempo simultáneo o en tiempo comprimido (hablaré más sobre ello en el capítulo 8) y las visitas de los muertos son casi imposibles de contar sin recurrir a la terminología de los medios de comunicación, como el adelanto rápido, el zoom, las proyecciones de imágenes (¡en el aire!), la semitransparencia y la contraluz.
Al nivel más elemental, quienes han salido de sus cuerpos en las ECM ven sin usar los ojos. ¿Cómo se puede describir ese tipo de visión con los idiomas de que disponemos? ¿Cómo se describe la sensación de tener un cuerpo energético y al mismo tiempo sentirse como un punto en el espacio? Si has tenido un encuentro con los muertos, ¿cómo describes el oír cuando no se han pronunciado palabras? Y luego están esos estados de ánimo increíblemente magníficos que envuelven a las personas en capas y capas de emociones y percepciones fuera de este mundo, dejándolas deslumbradas y bueno… sin palabras. Palabras como «amor» y «belleza» son enloquecedoramente frías e inadecuadas para expresar lo que se percibe en dimensiones fuera de lo físico. Una persona que vivió una experiencia cercana a la muerte exclamó que «el mejor amor que puedes sentir en la Tierra se diluye hasta una parte por millón» cuando se compara con el amor «real» que ella sintió.[32] ¡Y sólo estaba tratando de dar a entender su primer par de minutos fuera del cuerpo!
Debido a nuestras actuales limitaciones conceptuales, los muertos generalmente dejan de intentar comunicar cosas complejas y satisfacen la necesidad de contacto con unas pocas palabras de amor y consuelo. O entran en nuestros sueños, donde nuestros paradigmas conceptuales son más fluidos. Si queremos saber más, tendremos que desarrollar marcos de percepción más amplios y flexibles.
La conciencia
Tal vez los dos conceptos más pertinentes para la vida después de la muerte sean la personalidad sobreviviente y la divinidad. Ambos conceptos siguen evolucionando y adquiriendo nuevos nombres a medida que se amplía nuestra conciencia. Aunque el alma sigue siendo la palabra más común para referirse a la entidad sobreviviente, con el espíritu en segundo lugar, la palabra «conciencia» está adquiriendo cada vez más importancia. La más antigua terminología de alma y espíritu crea disyuntivas innecesarias dentro del ser y entre este mundo y el siguiente. A una persona no se le llama espíritu mientras está viva, sólo después de la muerte. Asimismo, se dice que una persona tiene alma mientras está viva, y que se convierte en alma sólo después de fallecer. En cambio, la conciencia trasciende estas disyuntivas y mantiene la noción del yo como ser independiente de la identidad física. No se tiene conciencia; se es conciencia, esté uno vivo o muerto.
Lo que es la conciencia ha intrigado a los científicos durante décadas. Una vez lo capten, rápidamente aparecerán pruebas concretas de sobrevivencia después de la muerte. Considero que la conciencia es como una energía que siente y que tiende a formar constelaciones de identidad, desde simples células hasta los seres incorpóreos más complejos. Cuando se enfoca en dimensiones materiales, crea materia. La conciencia de cada identidad, sea cual sea la especie, sea de carne o no, es única. Todas buscan la expansión y la plenitud. Las conciencias discretas que componen el yo individual forman parte de identidades más amplias fuera de lo físico, que los místicos llaman «sobrealmas». La sobrealma es mucho más que la suma de sus partes. Organiza las conciencias individuales, incluso las hace nacer. Es entonces en cierto modo una conciencia que engendra. No nos perdemos en esta superentidad masiva, ni nos vemos disminuidos por ella. No sé lo suficiente sobre la sobrealma, pero sí tengo claro que es un recurso inconcebiblemente vasto de conocimiento, inspiración y energía. ¡Si tuviéramos más práctica, tendríamos acceso a ella! Aprender sobre el Más Allá nos ayudará a hacerlo.
Todo Lo Que Es
Y luego está Dios, el gran inefable. Para mí, la palabra «Dios» no es suficiente, pues implica un ser diferenciado que se encuentra en otro lugar, muy lejos, en esferas celestiales enrarecidas. Mi Dios es demasiado inmenso para ser un ser y demasiado intrínseco para estar en otro lugar. Para mí, es una conciencia de tal grandiosidad que hace que el cosmos parezca pequeño. Siempre está dando a luz, engendrando universos enteros y sistemas de realidad, como el físico en el que nos encontramos actualmente. Todos los pensamientos, las acciones y las cosas, corporales y no corporales, humanas y no humanas, vivas e inanimadas, visibles e invisibles, están hechas de su tejido. Como tal, impregna todo lo que es, lo que fue y lo que será, conteniendo todo tiernamente dentro de sí. Pero también permanece aparte. Porque manifiesta todo lo que hay y se manifiesta en todo lo que existe, le llamo Todo Lo Que Es. Pero darle un nombre parece un intento de hacer que quepa en algo pequeño como la cáscara de una nuez.
Mi experiencia de lo divino es más importante para mí que lo que pueda ser en verdad. Porque el encuentro es tan arrebatador que se eleva por encima de toda experiencia previa o posterior. Mi propia experiencia se ve reflejada en la de aquellos que han regresado de eventos cercanos a la muerte. Esforzándose por encontrar palabras, intentan explicar una luz que no es luz, sino algo vivo y consciente con lo que se unen. Intentan convencernos de la profundidad, tan fuera de este mundo, del amor, de la compasión e incluso del humor. En mi opinión, esta luz conocedora es el aspecto de Todo Lo Que Es que mejor puede alcanzar los corazones y las almas de los seres humanos.
Los muertos y algunas personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte hablan de otra manifestación de lo divino, no como un ser, sino como una atmósfera radiante que los envuelve en el Más Allá. Lo llamo la Presencia, y ha sido palpable para mí intermitentemente desde la infancia. Lo recuerdo especialmente cuando de niña me subí a la copa de un cerezo en flor. Mientras contemplaba la gloria de aquellas vibrantes flores rosas contra un cielo azul resplandeciente, la frescura que me rodeaba se intensificó, independizándose gradualmente del entorno físico. De alguna manera, se hizo presente, tenuemente al principio, hasta que comenzó a brillar. Sabía que era consciente de mí y de todo lo que me rodeaba, desde el cielo hasta la última brizna de corteza. Lo que más me impresiona ahora es la intensidad de su cercanía. Es íntimamente consciente del carácter singular de cada átomo y reconoce la importancia de cada pensamiento extraviado, buscando siempre alimentar su potencial a medida que avanza por sus caminos individuales a través de la eternidad. A través de tales manifestaciones divinas obtenemos un destello de la magnitud y el amor inconmensurables de Todo Lo Que Es. Intuimos el significado más profundo de la existencia, aunque no seamos capaces de distinguir sus contornos exactos. Y por fin sabemos que la muerte no es un final, sino una elevación hacia esa vasta, sabia y luminosa presencia, en la que todo se desarrolla y se hace posible.
[22]. Para Estados Unidos, 42 % fue encontrado por Greeley, A. M.: Religious Change in America. Harvard University Press, Cambridge, Massachussetts, 1989. 66 % fue encontrado por Vargas, L. et al.: «Exploring the Multidimensional Aspects of Grief Reactions»,American Journal of Psychiatry, vol. 146, n.º 11 (1989), pp. 1484-189. El Proyecto de cinco años llamado The Afterlife Encounter Survey registró la mayor incidencia de 72 %; para una reflexión, ver Arcangel, D.: Afterlife Encounters: Ordinary People, Extraordinary Experiences. Hampton Roads, Charlottesville, Virginia, 2005, pp. 277-300. Para los resultados del British Gallup poll de 1987 (= 48 %), Ver Hay, D.: «The Spirituality of the Unchurched»,British and Irish Association for Mission Studies, 12 de marzo (2007) www.martynmission.cam.ac.uk/BIAMSHay.htm
[23]. Moody R.: Reunions: Visionary Encounters with Departed Loved Ones. Ivy Books, Nueva York, 1994, p. viii.
[24]. Lester, D.: Is There Life after Death? An Examination of the Empirical Evidence. McFarland, (Jefferson, North Carolina, 2005, p. 176.
[25]. Según Ring, K. y Valarino, E. E.: Lessons from the Light. Moment Point Press, Needham, Massachusetts, 2000, reinpr., 2006, sólo el leer sobre ECM puede causar efectos similares.
[26]. Ver Botkin, A. L. y Hogan, R. C.: Induced After-Death Communication: A New Therapy for Healing Grief and Trauma. Hampton Roads, Charlottesville, Virginia, 2005.
[27]. Las enfermeras de residencia Callanan, M. y Kelley, P. acuñaron el término por primera vez en su libro Final Gifts: Understanding the Special Awareness, Needs, and Communications of the Dying. Bantam Books, Nueva York, 1992.
[28]. Las encuestas provienen de Lester: Is There Life after Death?, pp. 23, 24 y de GAllup, G. Jr.: Adventures in Immortality McGraw-Hill, Nueva York, 1982. Los resultados de otras encuestas fueron publicados por Greeley en Religious Change in America. Incluyen la Encuesta del Instituto Americano de Opinión Pública (AIPO), realizada casi anualmente desde 1944; la Encuesta Social General (GSS) de la Universidad de Chicago (NORC), información recopilada desde 1944 hasta 1985; y la del Centro de Investigación de Encuestas (SRC) de la Universidad de Michigan, realizada con menos regularidad en cuanto a las opiniones sobre la vida después de la muerte desde 1950. Ver también la encuesta en Morin, R.: «¿Creen los americanos en Dios?» Washington Post, 24 de abril (2000) www.washingtonpost.com/wp-srv/politics/polls /wat/archive/wat042400.htm La encuesta Gallup de 1994 muestra un 75 % para los estadounidenses.
[29]. Con la edición de 1975 de Moody, R.: Life after Life. Mockingbird Books, Atlanta.
[30]. La encuesta de Gallup de 1982 (Gallup: Adventures in Immortality
