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Este es un libro apasionante y retador que recoge los hechos más importantes de la historia de Colombia para entender con perspectiva los grandes dilemas de nuestro presente: ¿Cuáles son las fortalezas y las debilidades de Colombia? ¿En qué somos distintos de los países vecinos? ¿Quiénes son los culpables de la violencia? ¿Qué tan débil es de veras el Estado colombiano? ¿Cómo se han hecho las grandes fortunas? ¿para dónde va Colombia en los próximos años y cómo podríamos hacer mejor ese futuro?
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Seitenzahl: 1460
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Hernando Gómez Buendía, 2023
© Fundación Razón Pública y Rey Naranjo Editores , 2023
Portada: Rey Naranjo Editores
Diseño, tipografía y Producción gráfica: Rey Naranjo Editores
Primera edición: Julio 2023
ISBN: 978-628-7589-11-7
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
La verdadera historia de colombia
¿De dónde venimos y para dónde vamos?
Hernando Gómez Buendía
La guerra más larga del mundo y el proceso no contado de construcción de un país
«Un libro para leer, repartir y releer».
Jennifer Bohórquez, estudiante
«Es la mejor historia de Colombia que conozco».
Claudia López, exsenadora, alcaldesa de Bogotá
«Una obra maestra».
Eduardo Cifuentes, magistrado de la JEP
«Un libro admirable, saber total».
Juan Camilo Restrepo, exministro
«Una historia de Colombia, una radiografía de Colombia y una guía para cambiar a Colombia»
John Naranjo, editor
«Un libro que deshace muchos mitos».
Rocío Londoño, historiadora
«Grandes aportes a la historia reciente de Colombia».
María Elvira Samper, periodista
«Magistralmente escrito».
Liliana Ramírez, profesora de literatura
«Estos sí son los cambios que el país necesita».
Miguel Gutiérrez, consultor
«La mejor explicación de nuestra historia económica».
Jorge Pretelt, economista
«Aprendí muchas cosas, además de la historia de Colombia».
Virginia de Uribe, 94 años de edad
«Indispensable para entender a Colombia, excelente».
Sergio Fajardo, exgobernador de Antioquia
«Memoria, precisión y lucidez implacable».
Gloria Cecilia Gómez, periodista
«Brillante análisis de la cultura colombiana».
Carlos Chica, periodista
«Sorprendente».
Jefferson Jaramillo, historiador del conflicto
«Se lee como una buena novela».
Silvia Maldonado, abogada
«Exhaustivo, novedoso, sustentado, clarificador, necesario».
Camilo Sánchez, periodista
«Un libro cartesiano».
Ernesto Samper, expresidente de Colombia
«Todos los colombianos deberían leerlo».
Esteban Alzate, distribuidor de libros
«Ambicioso, pedagógico, polémico, enciclopédico»
Alejandro Gaviria, exministro
«Habrá un antes y un después de este libro».
Miguel Cortés, profesor de sociales
«El saber de un scholar más la sabiduría mundana de quien sabe por dónde carajos le entra el agua al coco».
Mario Jursich, periodista cultural
«Historia rigurosa y también testimonio presencial».
Mauricio Jaramillo Jassir, internacionalista
«Juguetona, irreverente».
Martín Sánchez, crítico literario
“Desafiantemente ambicioso…Muchos e interesantes argumentos sobre qué pasó y sobre por qué pasó”.
Malcom Deas, historiador
Al millón de caídos en nuestra guerra inútil.
Y a Clarita, por todo.
“Si quieres entender el presente, mira al pasado; si quieres conocer el futuro, mira al presente”
(Siddhartha Gautama, el Buda).
ÍNDICE GENERAL
Indice temático
Cómo usar este libro
I. otra historia de colombia
Una historia diferente
La historia verdadera
Una historia explicada
Cuatro dificultades
En resumen
Una moneda y dos caras
II. Los personajes y el escenario
Construcción del estado y violencia política
Origen y desarrollo del Estado Nacional
Las dos leyendas
Las violencias que no fueron
¿Somos el caso atípico en América Latina?
Adenda: las violencias no políticas
Las constantes
La geografía: un país fragmentado
La herencia colonial: un país conservador
El problema no resuelto: la ocupación de la tierra
La economía de mercado que no fue
La estructura social: un país excluyente
Adenda: Las causas de la violencia
Una cuestión semántica
Un asunto insoluble
III. El período de las guerras en el centro
(20 de julio de 1810-21 de noviembre de 1902)
Un estado muy precario
El acto inaugural
Un Estado sin las bases de un Estado
Sin moneda
Sin impuestos
Sin Ejército
Religión y partidos, en lugar del Estado
Los actores y sus temas
El consenso republicano
Las ideologías
Religión y cultura
¿Estado confesional o Estado laico?
La polarización falsificada
Partidos, territorio y política económica
¿Los individuos o la comunidad?
Los derechos civiles
Centralismo y federalismo
El intervencionismo y sus efectos imprevistos
Aparato del Estado y primacía de la ley
Sociedad tradicional
El botín burocrático
Administración profesional
La primacía de la ley
A las buenas y a las malas
El relato electoral
Hacia el voto universa
Los cálculos y los fraudes
En busca de transparencia
Sin embargo
El arte de la guerra
El arte de la paz
Un balance, un anticipo
IV. Hacia el orden conservador
(21 de noviembre de 1902- 27 de mayo de 1964)
Respice polum
El período
Nuestra inserción asimétrica
El imperio naciente
Separación de Panamá
La alianza decisiva
El banano y el petróleo
Coffea arabiga
Un producto diferente
La expansión del café
Estado dentro del Estado
Los años dorados
La emergencia de Antioquia
El secreto de Colombia
Las dos identidades
Facciones, coaliciones y liderazgos
Centralismo y presidencialismo
Estado fuerte y Ejército
La Iglesia y la cultura
Los años turbulentos (1930-1957)
El nuevo intervencionismo
Las luchas sociales
El espectro ideológico
Marchas y contramarchas
De las violencias al conflicto interno (1902-1964)
La guerra sorda
La Violencia
Violencia subversiva y represiva
V. Las guerras en la periferia(27 de mayo de 1964-24 de noviembre de 2016)
Guerras de perdedores
Medio siglo de guerra en quince párrafos
Relatos
La ideología como cárcel
Las fuerzas armadas
La rara guerra de lasfarc
Cuatro vías hacia el fracaso
Las derrotas del Estado (30 de abril de 1984-3 de mayo de 2008)
Tres capitulaciones
Narcos y paras en otros quince párrafos
Sustancias prohibidas
La bonanza maldita
Balas y billetes
De las autodefensas al narcoparamilitarismo
Adenda: Los muertos periféricos
Deshaciendo los ejércitos (9 de agosto de 1953-15 de agosto de 2006)
Guerras inútiles
La extraña vía de Colombia
Las desmovilizaciones: mirada de conjunto
Amnistías y atención al campesino
Las otras guerrillas
La desmovilización de las auc
El último capítulo
De rebote en rebote
El proceso de La Habana: cuatro aciertos y un error
Las reformas que no fueron
Impunidad 2.0
Adenda: la violencia organizada después del Acuerdo
VI. Construyendo país
(mediados del siglo xx- principios del siglo xxi)
La gente y La economía
El período
El protagonista
La gente: reocupando el territorio
La economía: creciendo mucho y muy poco
Crecimiento decreciente
El modelo colombiano
Un progreso disparejo
Pobreza y desigualdad
Los de arriba, los del medio, los de abajo
Las luchas sociales (continuación)
Las políticas sociales
La revolución silenciosa
El Estado y los partidos
Las tramas
El Frente y el post Frente Nacional
La Constitución de 1991
El fenómeno Uribe
Adenda: El Estado en ascenso
Del país premoderno al país posmoderno
La invención más poderosa
De otro mundo, de este mundo
Modernización sin modernidad
Los usos y desusos de la ley
¿Quiénes somos nosotros?
¿Quiénes hablan por nosotros?
VII. ¿Seremos, podremos ser?
Lo que sigue
Lo que podría seguir
Adenda: Para estudiar la guerra y estudiar la paz
Indice temático
Cómo usar este libro
I. OTRA HISTORIA DE COLOMBIA
Una historia diferente. En qué se diferencia este libro de otras historias generales de Colombia. Cuál es su metodología y cuáles sus dificultades principales. Resumen inicial de lo que dice el libro.
Dos caras de una moneda. La paradoja de Colombia.
II. Los personajes y el escenario
Construcción del Estado y violencia política. En qué consiste el proceso de construcción de un Estado. Qué es la violencia política. Dos visiones de la historia colombiana. Las violencias políticas que no tuvimos en América Latina. Guerras civiles del siglo xix, golpes de Estado y militarismo durante los siglos xix y xx en Colombia y en América Latina: ¿cuál es la diferencia? Apéndice: las violencias rentística y social en Colombia; la violencia ordinaria.
Las constantes. Los principales rasgos que Colombia ha mantenido a lo largo de su historia: 1. La geografía y sus implicaciones; 2. La herencia cultural de la Colonia; 3. El problema no resuelto de la tierra; 4. El rentismo y el lugar en la división internacional del trabajo; 5. La desigualdad económica y social. Apéndice: ¿la desigualdad es la causa de la violencia?
III. El período de las guerras en el centro
Un Estado muy precario. Patria Boba, primera guerra civil y guerras de Independencia. Dos siglos de moneda y de política monetaria. Dos siglos de política tributaria. El ejército incipiente y las guerras civiles a lo largo del siglo xix. La Guerra de los Mil Días.
Religión y partidos, en lugar del Estado. Qué fueron los partidos en el siglo xix. Qué es una ideología. El consenso sostenido sobre la forma republicana de gobierno. El catolicismo en España y en Colombia; la controversia sobre el papel de la iglesia y sus efectos sobre la polarización entre los colombianos.
Partidos, territorio y política económica. Liberalismo y comunitarismos. Centralismo y federalismo durante el siglo xix. La cuestión de las libertades civiles. El intervencionismo económico del Estado: disolución de los resguardos indígenas, abolición de la esclavitud, expropiación de tierras de la iglesia, monopolios estatales, tabaco y otras exportaciones. Proteccionismo y librecambio. El modelo económico resultante.
Aparato del Estado y primacía de la ley. Como vivían los colombianos en el siglo xix. El Estado como botín burocrático. Desarrollo inicial de la administración pública. Orígenes y evolución del sistema jurídico colombiano. Sujeción de la burocracia y de los particulares al mandato de la ley.
A las buenas y a las malas. La democracia como relato fundacional de Colombia. Avances hacia el voto universal en el siglo xix. El sistema electoral y sus manipulaciones. Avances en la transparencia electoral. Limitaciones básicas de nuestra democracia. Historia militar de las guerras civiles del siglo xix. Justificación y naturalización de la violencia política. Colombia: récord mundial en el uso de mecanismos para humanizar o resolver los conflictos armados a lo largo de dos siglos.
IV. Hacia el orden conservador
Respice polum. Los tres pilares del orden conservador. Bases de la política exterior de Colombia. La emergencia de Estados Unidos. Separación de Panamá. La alianza Bogotá-Washington. La United Fruit y las bananeras. Comienzos de la industria petrolera.
Coffea Arabiga. El café: un producto diferente. Cambios en la industria cafetera entre 1870 y el siglo xxi. La Federación Nacional de Cafeteros. Redistribución espacial de la población en la primera mitad del siglo xx. La emergencia de Antioquia y sus consecuencias.
El secreto de Colombia. Los dos partidos como subculturas; diferencias ideológicas y bases sociales. Dos siglos de facciones partidistas. El papel crítico de las coaliciones interpartidistas a lo largo de dos siglos. Los principales líderes políticos. La Regeneración. La Constitución de 1886. Centralismo y presidencialismo como bases del sistema político. Estado, orden público y evolución de las Fuerzas Armadas durante la primera mitad del siglo xx. La iglesia católica y sus papeles sociales.
Los años turbulentos (1930-1957) . Entre la Gran Depresión y la bonanza de posguerra. El nuevo intervencionismo, la política macroeconómica, los ciclos y los gremios. Conflictos agrarios y luchas campesinas. Sindicalismo, política y legislación laboral. Las corrientes ideológicas dentro del liberalismo, del conservatismo y de la izquierda. Definiendo los límites del orden conservador: Olaya Herrera, la Revolución en Marcha, la pausa de Santos, la renuncia de López, el gobierno Lleras, Jorge Eliécer Gaitán, Ospina Pérez, Laureano Gómez y Rojas Pinilla.
De las violencias al conflicto interno (1902-1964). La violencia partidista y sus tres picos (1922, 1931-1932 y 1947-1953). El conservatismo se vuelve minoría. ¿Quiénes fueron los culpables? El 9 de abril y sus consecuencias. “La Violencia” (1948-1964), sus orígenes, fases, modalidades y repercusiones. Represión y subversión: entre las bananeras y la “combinación de las formas de lucha”, entre las autodefensas campesinas y la insurgencia guerrillera.
V. Las guerras en la periferia
Guerras de perdedores. Qué fue el “conflicto armado interno”. ¿Era posible la revolución en Colombia? Quiénes fueron culpables de qué. La transformación de las fuerzas armadas del Estado entre 1957 y 2014. La rara guerra de las farc. El eln. El epl. Auge y final del M19.
Las derrotas del Estado. Narcotráfico y paramilitarismo: por qué y cómo han funcionado en Colombia. El mercado mundial y la política internacional de drogas. La guerra del cartel de Medellín. El cartel de Cali y el proceso 8.000. De las autodefensas ganaderas al paramilitarismo. Del paramilitarismo al narco-paramilitarismo. El acuerdo de Ralito. La parapolítica. Apéndice: los municipios más afectados por las guerras periféricas.
Deshaciendo los ejércitos. Tipología de los procesos de desmovilización en el mundo. La extraña vía de Colombia. Las amnistías bajo Rojas Pinilla y el Frente Nacional. Reforma agraria y programas de atención al campesino. Las desmovilizaciones bajo Barco y Gaviria. La desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia.
El último capítulo. De los diálogos de La Uribe a los diálogos de El Caguán. Los secretos del éxito en La Habana. La verdadera historia del proceso. Cuáles fueron los acuerdos. El plebiscito por la paz. Cuáles puntos se cumplieron – y cuáles no se cumplieron- del Acuerdo del Colón. El Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición y la Jurisdicción Especial para la Paz. Apéndice: la violencia después de la firma del acuerdo.
VI. Construyendo país
La gente y la economía. La globalización como protagonista. La transición demográfica y sus implicaciones. La urbanización y sus desafíos. La reocupación del territorio nacional. El crecimiento económico comparado con el mundo y con América Latina. Auges y recesiones en el último siglo. Tendencias de largo plazo. La economía más estable de la región. El curioso modelo colombiano. Las exportaciones. Sustitución de importaciones e industrialización. El sistema UPAC. La nueva política petrolera. Auge del sector financiero. Cambios en el volumen y composición de los ingresos y gastos del Estado.
Un progreso disparejo. Empleo, pobreza y desigualdad entre los siglos xx y xxi. La clase alta, las clases medias y las clases populares. Los viejos y los nuevos movimientos sociales. La educación y las políticas educativas. Evolución del sistema de salud. El sistema pensional. Los programas asistenciales. La condición y el papel de la mujer colombiana.
El Estado y los partidos. La muerte lenta del liberalismo y el conservatismo. El Frente Nacional o la refundación del orden conservador. Las disidencias. Gobiernos y partidos de la “segunda república liberal” (1974-2002). Origen, contenido y balance de la Constitución de 1991. El fenómeno Uribe. Recomposición del sistema de partidos. Elecciones, reelecciones y gobiernos entre 2002 y 2022. Apéndice: setenta años de fortalecimiento del Estado colombiano.
Del país premoderno al país posmoderno. En qué consiste la modernidad. La iglesia católica y el proyecto de la modernidad. Qué tan moderna es nuestra sociedad. Dos siglos de pensamiento, artes y ciencias. Los colombianos y el orden normativo. ¿Hay igualdad ante la ley? ¿Quiénes somos nosotros, quiénes forman la “nación”? Las minorías culturales. La esfera pública: ¿quiénes hablan por nosotros? Los medios de comunicación. La era digital.
VII. ¿Seremos? ¿Podremos ser?
Conjeturas sobre el futuro probable de Colombia. Cómo podríamos mejorar nuestro futuro. Apéndice: qué se puede aprender de Colombia.
Cómo usar este libro
Igual que la novela de Julio Cortázar, Rayuela, “este libro de alguna manera es la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura”1.Y al igual que Rayuela, el libro se deja leer en muy distintos órdenes: aunque propone un argumento coherente y desarrolla un solo hilo conductor, el texto ha sido escrito de manera que cada capítulo (e incluso casa sección) pueda leerse de manera independiente. La persona interesada en algún asunto, personaje, episodio, proceso o período específico encontrará las referencias pertinentes en el “índice temático” que antecede a esta nota.
Además de esos usos de consulta o referencia, hay varias rutas posibles para leer este libro; por ejemplo, la persona impaciente con las cuestiones teóricas podría saltarse las secciones I y II; los más interesados en la historia del conflicto armado podrían empezar por “Las guerras periféricas” (sección V); quienes prefieran seguir el hilo cronológico habitual de la historia de Colombia a partir de la declaración de independencia, podrían hacerlo desde la sección III (“Las guerras en el centro”), o mejor tal vez desde el capítulo final de la sección II (“Las constantes”); quienes se interesen en la historia económica, política, social o cultural del siglo xx se pueden dirigir a la sección IV (“Hacia el orden conservador”), o a la sección VI (“Construyendo país”) para las últimas décadas, la situación actual y las perspectivas del país. A quienes tengan la paciencia de acompañarme a buscar una visión de conjunto, les invito por supuesto a leer de la primera a la última página.
En aras de la brevedad, he utilizado a menudo las enumeraciones para apretar en unas pocas líneas elementos de juicio que en la literatura especializada suelen tomar mucho más espacio —y aun, en ocasiones, mi texto es telegráfico—. Esto puede resultar algo pesado, pero a cambio confío en que el estilo de frases y de párrafos tan cortos como permite la gramática hará menos ingrata la tarea de la lectora o el lector (también en esto me ayudará la historia verdadera de Colombia, hecha en veces de cosas novelescas). Apelo de cuando en cuando al lenguaje coloquial o personal, con disculpas a los lectores más solemnes. Y a los puristas les admito que el subtítulo del libro debió ser “La guerra más larga de la edad contemporánea” porque antes de la guerra colombiana hubo otras todavía más largas en el mundo: pero ese habría sido un subtítulo demasiado... largo.
He utilizado referencias bibliográficas cuando, según me acuerdo, la idea es muy peculiar de alguien, o es poco conocida, o la cito textualmente, o tengo la sospecha de que ahondar en ella le interese a algún lector; por eso unas referencias son para estudiosos y otras son para curiosos: las primeras amplían o complementan determinadas ideas en el texto y las segundas (las que están precedidas de un asterisco*) remiten a los clásicos o a comparaciones internacionales que vienen muy al punto y que espero se tomen como aperitivos —no como atosigantes—. Mi reconocimiento intelectual se extiende por supuesto a muchos más autores de los que menciono en la bibliografía. En las notas de pie he señalado la fuente precisa o explicación de algunos hechos y cifras controvertidas o cuya exactitud me pareció importante.
Pero además de las cuestiones de forma, debo advertir de entrada que este libro no es una historia convencional de Colombia. Mi texto parte de una concepción distinta y tiene una intención distinta de las que son comunes en las obras de su género; a diferencia de esas otras historias, a veces excelentes, yo parto de la base de que “La Historia no es una simple colección de nombres, fechas y acontecimientos; la Historia lo explica todo: nuestras acciones, nuestro saber y nuestras decisiones”2. Más que volver a contar los sucesos del pasado, mi interés es entender el presente de Colombia y sopesar sus posibles futuros; más que saciar la curiosidad del lector o la lectora, este libro quisiera ayudarle a descifrar el presente, estimular su imaginación e invitarle a explorar el camino hacia el país mejor que todos deseamos. Por eso dije “cómo usar”, no apenas “cómo leer” este libro.
Y aunque no sea la costumbre, agradezco a la amable lectora o lector el tiempo y el trabajo que dediquen a utilizar este libro: bien podrían haberlos dedicado a otros asuntos.
—Bogotá, 19 de junio de 2022
Entrevista de Joaquín Soler a Julio Cortázar en el programa A Fondo, 20 de marzo de 1977. En esta conversación hay otras dos pistas acerca de Rayuela que ojalá se repitieran con mi libro: la del “lector cómplice” que construye su propio texto y el hecho de que la novela tuviera más eco entre los jóvenes que entre los coetáneos del autor. La entrevista puede verse en:
Del folleto promocional del programa de Historia de la Universidad de New Brunswick.
I. otra historia de colombia
Colombia son dos historias
Una historia diferente
La historia verdadera
No soy historiador de profesión. Tengo otros títulos universitarios y había escrito sobre asuntos muy diversos, pero con el paso de los años fui descubriendo que la historia es la mejor explicación de todo lo que pasa: todo lo explica la historia y sin la historia no se puede explicar nada (salvo, tal vez, las abstracciones de las matemáticas). Esto vale para la composición química del universo o para el funcionamiento del sistema solar, que no se explican si no es por los nanosegundos que siguieron al big bang; vale para la biología, cuyas leyes se explican por la manera como hace miles de años se formaron células capaces de recolectar y utilizar energía; vale para la cultura — por ejemplo, el valor de una obra de arte no se puede apreciar sino a la luz de las obras que la precedieron—; vale para la situación personal del lector o la lectora, que es consecuencia de su vida pasada…y vale para Colombia, cuya situación actual, perspectivas —y posibles mejorías— dependen de lo que haya sucedido en el pasado.
Pero por eso mismo la historia tiene que ser relatada de una manera rigurosa, es decir, con sujeción al método científico. Hay, por supuesto, una larga controversia acerca de la naturaleza de la ciencia; con el paso de los años, he llegado también a concluir que cada ciencia es la explicación más coherente del conjunto de evidencias que tenemos sobre un determinado aspecto del universo (por ejemplo, la física de hoy es la mejor explicación que se les ha ocurrido a los especialistas acerca de los hechos comprobados sobre la materia y la energía). La historia de Colombia que propongo en este libro es la mejor explicación que se me ocurre de los hechos comprobados que han tenido lugar entre nosotros.
¿Pero cuáles son esos hechos comprobados? Cualquier libro de historia debería comenzar por la pregunta de si es posible contar las cosas como sucedieron. ¿Será que el relato del autor o autora es apenas una versióna de los acontecimientos, tan discutible como la de cualquiera de sus testigos o protagonistas? ¿Será que existe una historia objetiva, rigurosa, “científica”, o apenas interpretaciones igualmente subjetivas? La pregunta es crucial, y sin embargo su respuesta es muy difícil; diría incluso que se trata de un problema perenne de la teoría del conocimiento, un problema que no tiene solución definitiva. En las universidades se discute si la Historia es una ciencia o es un arte, si es parte de las “humanidades” o de las “ciencias sociales”, si es posible la objetividad o si el historiador está sesgado inevitablemente por su cultura o sus creencias políticas. Este debate recorre la historia misma de la Historia como disciplina, y por supuesto siguen existiendo posiciones muy distintas al respecto.
Aun entonces cualquier libro de historia debería comenzar por algunas precisiones sobre el método que utiliza el autor —o sobre los motivos que deban tener los lectores para creer lo que están leyendo—. Si en los textos escolares y en los libros de historia más leídos no se aclaran estas cosas, es porque sus lectores parten de dos supuestos: la neutralidad o ausencia de intereses personales del autor en la historia que relata, y la existencia de unos hechos notorios que todos admitimos como el núcleo de esa historia. La formación y la reputación del historiador hacen que su obra sea creíble, y el relato es veraz porque incorpora o al menos no contradice esos hechos notorios que todos damos por sentados (digamos, en el caso de la historia general de Colombia, el florero de Llorente, la Constitución de 1886 o la reelección del presidente Uribe). Esos dos supuestos no suelen ser problemáticos y facilitan la vida de maestros de colegio e historiadores profesionales, pero, a poco que se ahonden, aparecen las cuestiones espinosas, por ejemplo: que no existen observadores imparciales porque el historiador escribe desde una sociedad, un momento y una cosmovisión determinados; y que esos “hechos notorios” suelen ser los hitos de la historia oficial que enseñan los Estados para auto engrandecer su trayectoria.
Repito entonces que el problema no tiene solución definitiva, y añado que mi libro toma una precaución decisiva frente a cada uno de estos dos asuntos: (1) En vez de pretender una “imparcialidad” que es imposible, yo hago explícitos mis juicios de valor y los criterios que utilizo para aceptar o descartar explicaciones sobre procesos o sucesos a lo largo de historia; (2) En relación con los hechos, tuve el cuidado de incorporar todos y solo aquellos que han sido comprobados; esto suena presuntuoso, pero es el riesgo de todo historiador: cualquiera de sus críticos podría señalar un hecho que contradiga la interpretación del autor y demostrarle que estaba equivocado.
¿Cuáles entonces son los hechos que forman “la historia de Colombia”? Por una parte, mi libro se remite y se limita a los eventos confirmados, con fuentes autorizadas y estadísticas precisas, sin incluir rumores, conjeturas, ni simpatías personales. Por otra parte, hablo, sí, de los hechos que enseñan en los colegios —los que integran la historia “oficial”— y hablo además de los hechos que figuran en los libros de historia más leídos; pero doy otra razón para escoger esos hechos: ellos son la materia o el sustrato de la vida colectiva, del pasado, el presente y a su modo el futuro de esa entidad que llamamos “Colombia”.
Definir esta entidad es problemático, pero a lo largo del libro he tratado de captarla desde varias perspectivas. Por una parte, al tomar la declaración de independencia como fecha inicial de mi relato, estoy diciendo una cosa de gran significado: que la historia de Colombia es ante todo la historia del Estado-nación colombiano, el que empezó a existir oficialmente aquel 20 de julio de 1810; el país precolombino y el país colonial son importantes, pero sólo en la medida de las huellas que dejaron para la posteridad.
Del otro lado, entiendo por “historia de Colombia”, primero, la de los acontecimientos que a todos nos enseñan en la escuela, a manera de memoria colectiva; segundo, la de aquellos sucesos que afectaron o afectan a mucha gente, diría que a la mayoría de los colombianos; tercero, la que incorpora en el relato a cada uno de los grupos significativos que forman el mosaico nacional (gobernantes, gobernados, clases sociales, etnias, géneros, regiones, sectores de actividad económica, corrientes partidistas…); quise mirar el mundo con los ojos de esos diversos actores, y espero que la lectora o el lector se sientan reflejados en el libro.
No menos importante (aunque menos común en el oficio), me ocupo de entender el origen y alcances de las instituciones que rigen nuestra vida colectiva, y sin embargo nos parecen “naturales” porque damos por sentadas: nuestra manera de pensar, la calidad del pacto social, la forma de gobierno, el sistema jurídico, la religión, las pautas para organizar el trabajo, el mercado o sus ausencias, las ideas que nos dividen, la realidad o irrealidad multiforme de esas otras entidades que llamamos el Estado y la nación colombianos.
Una historia explicada
Más allá de los debates y cuestiones insolubles, hay un acuerdo mínimo entre los historiadores que viene desde Heródoto, “el padre de la Historia”, en el sentido de que esta no se limita al registro de los hechos como lo haría un libro de contabilidad, sino que trata de explicar esos hechos. Digo acuerdo mínimo porque la palabra “explicar” puede entenderse de modos más o menos exigentes. El modo más elemental y más usual es la simple secuencia narrativa o ilación de los sucesos según las leyes naturales o el sentido común (un terremoto causa daños, el cultivo del café tuvo efectos importantes en Colombia…); el modo más extremo sería la búsqueda de leyes en la historia, leyes que irían desde el determinismo geográfico o el determinismo racial, hasta los “ciclos” inmutables del historiador Polibio en el siglo iii a.C., los de Vico en el siglo XVII, o los de Toynbee en la mitad del s. xx —e incluyendo por supuesto las “leyes de la historia” equivocadas de Marx, que tantas consecuencias han tenido para el mundo—.
En la historia no existen leyes absolutas, pero sí existen patrones que encadenan los acontecimientos de manera que no sean una simple sucesión de episodios fortuitos. Sin patrones de este tipo no serían posibles la historia oficial, ni los libros de historia, ni siquiera las versiones subjetivas de la historia. Toda historia es un relato, y un relato es una ordenación de los sucesos que los hace inteligibles, es decir, que los dota de continuidad y de sentido. Pues además de la coherencia narrativa que ya dije, hay cuatro formas importantes de hacer inteligibles los hechos de la historia colombiana:
—La primera es relatar esos hechos de una manera organizada y coherente; no juntarlos apenas porque se dieron de manera simultánea o, digamos, bajo un mismo presidente, sino además y ante todo porque tienen una relación lógica, casi siempre del tipo causa-efecto. Con esto el libro ya comienza a apartarse de otras historias generales de Colombia: en vez de relatar los acontecimientos es un orden cronológico, aquí examino los procesos (sociales, culturales, económicos, políticos, militares…) que ha vivido el país desde que declaró su independencia.
—La segunda es analizar los orígenes de las instituciones y procesos básicos, que generalmente surgieron fuera del país; desde la impronta cultural de la Colonia hasta el tráfico de drogas, desde el acta de independencia hasta la revolución de las telecomunicaciones, desde la violencia campesina hasta la bonanza minero-energética, desde las mejoras en salud hasta la pandemia de Covid-19, casi nada de Colombia o de su historia se entiende sin entender el contexto internacional, y por eso en este libro le dedico mucho espacio a explicar ese contexto.
—La tercera es comparar cada tramo de esa historia con las de otros países pertinentes; al comparar, digamos, nuestros partidos políticos, o el tipo de exportaciones, o la violencia guerrillera con los de otros países, se aprecia mucho mejor lo peculiar del camino colombiano y la manera como hemos llegado a ser lo que ahora somos.
—La cuarta manera es usar las ciencias sociales (demografía, economía, ciencia política, sociología…) para entender el alcance de los hechos o procesos respectivos; esto permite que, además de una historia general, este libro quiera ser una historia cultural, o económica, o política, o militar, o religiosa, o demográfica, o jurídica de Colombia; y ayuda, sobre todo, a comprender por qué las cosas sucedieron como sucedieron, porqué estamos como estamos y cuáles por tanto son nuestras posibilidades hacia el futuro.
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De combinar el inventario cuidadoso de los hechos comprobados, la coherencia narrativa, el análisis del contexto mundial, las comparaciones internacionales y las leyes o hallazgos mejor establecidos de distintas ciencias sociales, resultó una lectura integral, diferente y a veces sorprendente de la historia de Colombia a partir de 1810. No me propuse contradecir a ningún historiador, ni tampoco ofender o defender a ningún personaje vivo o muerto, pero sé que la lectora o el lector encontrarán conclusiones novedosas o polémicas, sobre todo en los periodos turbulentos o momentos escabrosos de la historia colombiana, en los episodios de grandes consecuencias, y en los tramos más recientes de ese camino de más de dos siglos. En relación con esos elementos novedosos o polémicos, debo decir honradamente que en más de una ocasión el primer sorprendido fui yo mismo. Después de repasar los hechos pasados o recientes que son de dominio público y están bien establecidos, busqué una explicación que diera cuenta fidedigna y completa de esos hechos: mi explicación es la secuencia de hipótesis que mejor se ajustaron al conjunto de los hechos comprobados.
Supongo que entre mis colegas habrá más de un desacuerdo con el libro, como también supongo que algunas conclusiones pisarán callos de los protagonistas pasados o presentes de nuestra vida pública. Me daría por satisfecho si este libro contribuye a ventilar las circunstancias y consecuencias de decisiones o procesos cruciales para Colombia, siempre que el diálogo sea sosegado, que no se base en dimes y diretes sino en hechos comprobados, y que no se reduzca a discutir algún detalle, sino que ofrezca una mejor hipótesis o explicación del conjunto de los hechos pertinentes. Y es que la ciencia, al fin y al cabo, no es más ni es menos que la mejor explicación disponible del conjunto de hechos conocidos sobre una esfera de la realidad, sea que hablemos del sistema solar o de la historia de Colombia.
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Una manera distinta de explicar el método del libro es anunciar que se trata de una mirada al pasado más comparativa de la que suelen proponer nuestros historiadores y una mirada a los hechos recientes más sosegada de la que suelen adoptar los periodistas. En relación con los historiadores, diré que mi intención no es duplicar el excelente trabajo de los viejos y los nuevos estudiosos de la historia colombiana, sino reinterpretar esa historia conocida con la ayuda de otras ciencias sociales y de comparaciones internacionales: estas dos herramientas me servirán para identificar los ejes de un proceso que de otro modo parecería caprichoso o aleatorio. En relación con los periodistas, diré que mi intención no es revelar detalles poco conocidos de las noticias de estos últimos años, sino reorganizar esas noticias en función de los procesos subyacentes: esta mirada de más largo plazo permitirá separar los eventos importantes de aquellos otros que parecían importantes en su día.
Y en relación con ambas disciplinas, añadiré que la mejor manera de entender la ciencia es como un conjunto ordenado de explicaciones, es decir que: (1) el oficio del científico consiste en proponer conjeturas o hipótesis “sobre lo que existe más allá de las apariencias y sobre cómo se explican esas apariencias”; (2) estas hipótesis son más o menos válidas en la medida que dan cuenta de más “apariencias” o hechos conocidos de la manera más simple o elegante, y (3) las hipótesis nunca se comprueban, sino que pueden falsearse si no dan cuenta de nuevos hechos relevantes (Hempel 1965; *Deutsch 2011). Este buscar la explicación del pasado, el presente y el futuro probable de Colombia —esta mirada más comparativa y de más largo plazo— es un esfuerzo por evitar que los árboles oculten el bosque y es, creo, el mejor modo de entender cada uno de los árboles del bosque: es lo que intento hacer a lo largo del libro.
Cuatro dificultades
Las dificultades de mi empresa son muchísimas, pero hay cuatro más obvias que importa declarar y tratar de despejar desde un comienzo.
—Corro en primer lugar el riesgo que ningún libro debería de correr —el de quedarse sin eco y sin lectores—. Por una parte, mis colegas académicos en sus distintas disciplinas tal vez encontrarán un ensayo prolongado, aunque (ojalá) coherente, sin las exposiciones pormenorizadas, los continuos modelos estadísticos, ni todo el aparataje que se estila en el oficio. Por otra parte, los lectores no especializados tal vez encontrarán un texto inaccesible o soporífero en (por lo menos) algunos momentos. Frente a este primer riesgo diré apenas que he tratado de aplicar el máximo rigor histórico, analítico y empírico en cada paso de la exposición y al mismo tiempo he tratado de escribir tan a la llana como me ha sido posible. Yo hubiera preferido un libro corto, pero la historia de Colombia no lo es. ¡Cruzo los dedos por no quedarme sin el queso y sin el pan!
—La segunda dificultad es la de los futurólogos, que siempre nos equivocamos porque el futuro no se puede predecir. Advierto pues que este libro no contiene profecías, menos aun cuando la violencia es una decisión libre de sus autores y cuando el panorama puede cambiar de modo drástico gracias a un hecho exógeno a mi análisis (una nueva Constitución, una guerra internacional, un magnicidio, un pozo gigantesco de petróleo, otra pandemia... ¡qué sé yo!). Pero esto no le quita interés o utilidad al ejercicio prospectivo, que trata de identificar los escenarios más probables a la luz de los hechos y tendencias conocidas.
—La tercera dificultad son las ideologías o convicciones acerca del bien y el mal, que inevitablemente colorean nuestras percepciones sobre la realidad. Por eso debo mencionar las dos premisas éticas que subyacen a este libro: la convicción profunda de que la política debe hacerse sin armas y la creencia no menos profunda de que una injusticia no justifica otra injusticia. Desde el punto de vista analítico, advertiré además que las ideologías fueron parte esencial de cada etapa de la violencia en Colombia y del aún intenso desacuerdo sobre cómo construir la paz “estable y duradera”. Por eso cualquier intento de interpretación histórica debe dar cuenta del origen, las bases empíricas y la lógica interna de los varios y opuestos relatos que autojustificaron la actuación de cada bando o que siguen polarizando a los colombianos. Espero que este tomar las ideologías como parte del problema que pretendo explicar me haya ayudado a no caer en su trampa.
—La cuarta dificultad es la abundancia de estudios, documentos oficiales, reportes periodísticos, textos legales, informes de todo tipo de organizaciones, artículos y libros académicos de buena o mala calidad sobre la historia de Colombia y sobre su violencia. Esto me obliga de entrada a una nota de modestia, en el sentido obvio de que mi escrito es otra gota en el océano, pero me deja añadir que esta gota se ha venido decantando con el paso de los años y es producto de un diálogo sazonado con lo mejor de la historiografía y de la “violentología” colombianas. Aunque es difícil hablar de consensos entre los estudiosos (y aunque no sé o no recuerdo con exactitud quién propuso cada idea), en lo que sigue la lectora o el lector hallará muchas de las hipótesis mejor establecidas acerca de la historia de Colombia y de su larga violencia. Advierto sin embargo que, en algunos pasajes, sobre todo del pasado reciente, me aparto de la mayoría de los analistas y que mi principal insatisfacción con el grueso de la historiografía colombiana es su falta de perspectiva internacional, estoy casi por decir su tendencia a mirarnos al ombligo.
La lectora o el lector es naturalmente quien debe decidir hasta dónde logré un texto legible, hasta dónde mi prospectiva es razonable, hasta dónde escapé de la trampa ideológica y hasta dónde mis hipótesis tienen o no tienen la suficiente capacidad explicativa; espero que estos juicios se hagan después de leer el libro, pero para orientación inicial de los lectores procedo ahora a resumir su argumento.
En resumen
Como se anuncia en la carátula, este libro es la crónica de “La guerra más larga del mundo y el proceso no contado de un país en construcción”; este subtítulo indica que la violencia política ha sido un rasgo distintivo y decisivo en la historia de Colombia, y sin embargo la nuestra es una historia de avances sostenidos —y callados— en construir el Estado nacional. Para decir esto mismo de una manera más brusca: este libro son dos libros; es la historia de la violencia política en Colombia —o de “la guerra más larga del mundo” — y es la historia de Colombia a partir de 1810, o el recuento ordenado de la senda que el país ha recorrido desde el momento de la independencia. La razón para integrar ambos relatos es muy simple: la violencia política no puede entenderse sino a la luz de la historia del país y la historia del país no se entiende de veras sino a la luz de su larga violencia.
La base conceptual del primer libro es también muy sencilla: la violencia o la guerra —al igual que la paz— dependen de la voluntad de sus autores; en este sentido la violencia es impredecible y nadie puede descartar la posibilidad de que alguien utilice las armas para tratar de cambiar el rumbo de la política. Y sin embargo las sociedades difieren tanto en la probabilidad de que se presenten esos intentos como en la eficacia de la violencia o magnitud de sus impactos sobre la vida pública; la frecuencia y el protagonismo de la violencia política obedecen entonces a razones sociales, y por eso en nuestro caso hay que buscar sus raíces en el modo peculiar de haberse organizado la sociedad colombiana.
La explicación de la violencia política en Colombia comenzaría entonces por su geografía: somos un país fragmentado. A esta herencia se sumaron las circunstancias singulares de la independencia para tener un Estado también excepcionalmente débil a lo largo del siglo xix; la Iglesia católica y los partidos políticos se encargaron entonces de echar las bases de la nación, al mismo tiempo que la dividían en dos mitades irreconciliables. Bajo esas circunstancias las élites disputaron, a menudo con las armas, sobre el carácter confesional o laico del Estado y sobre su estructura centralista o federal —lo cual no fue óbice para adoptar una forma republicana de gobierno, un régimen jurídico formalista, una administración pública incipiente y un lugar en la división internacional del trabajo—. La Constitución confesional y centralista de 1886 fue el punto de despegue en el proceso de construir nuestro Estado-nación y fue el marco del orden conservador que se asentó además sobre la incorporación de Colombia a la órbita de Estados Unidos, el desarrollo de la economía cafetera y un sistema peculiar de facciones y coaliciones interpartidistas. El consenso entre las élites se fue forjando entre 1902 y 1957 y apuntaló el orden conservador de Colombia, pero no evitó el estallido de La Violencia campesina a partir de 1948. De aquí a su vez surgieron las guerras periféricas emprendidas por las guerrillas izquierdistas en torno del problema de la tierra y la apertura del sistema político, a las cuales se sumó la guerra del narcotráfico a partir de los años ochenta. Estas guerras habrían de concluir con la derrota de los insurgentes y —eventualmente— con el logro no planeado de la paz estable y duradera de Colombia, un país que a pesar de las guerras había proseguido sus procesos de crecimiento económico, modernización conservadora y fortalecimiento sostenido del Estado nacional.
No pretendo ni podría por supuesto predecir la paz de Colombia en el sentido de que no se presenten nuevos brotes de violencia política; la proyección que se desprende del libro más bien consiste en que esos nuevos brotes tendrían un carácter residual —no ya central como en el siglo xix y ni siquiera periférico como en el último medio siglo—. Me explico: (1) Las guerras en el centro del sistema político enfrentaron a sectores de la élite al mando de fuerzas militares más o menos comparables y con el apoyo extendido de sus copartidarios liberales o conservadores; (2) Las guerras periféricas enfrentaron a las élites con antiélites guerrilleras o narcotraficantes que tuvieron muy poco apoyo popular, pero contaron con fuerza militar bastante para convertirlas en el eje de la agenda nacional; (3) Los proyectos armados que aún subsisten (el eln y disidencias de las farc y el epl), o aquellos otros que puedan emerger en el futuro, no ocuparían sin embargo el centro del sistema político o de la agenda nacional porque no tendrían ni el apoyo ciudadano suficiente en una democracia electoral que hoy es bastante más sólida, ni la fuerza militar suficiente ante un Ejército que es hoy bastante más poderoso. Para apretarlo en una fórmula: las insurgencias del siglo xix tuvieron el apoyo ciudadano y la capacidad militar necesarias para ocupar el centro de la vida nacional; las del siglo xx tuvieron la fuerza militar sin el apoyo ciudadano y las del siglo xxi no tendrían ninguna de las dos fuerzas, de manera que serían apenas residuales.
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Pasemos al segundo libro. La decisión más delicada que debe tomar cualquier historiador es escoger los períodos que integrarán su relato, por la simple razón de que escogerlos implica tomar posición sobre cuáles son los eventos decisivos y, por ende, los motores de la historia (Sato 2015). No es lo mismo decir, por ejemplo, que la Edad Moderna comenzó con la caída de Constantinopla (1453) o con el descubrimiento de América (1492), ni decir que terminó con la Revolución Francesa (1789) o con la independencia de Estados Unidos (1776); no es lo mismo presentar la historia universal como “formas de gobierno” que se rotan (Polibio), como el tránsito de “dioses, a héroes, a hombres” (Vico), como reemplazo de “civilizaciones” (Toynbee), como secuencia de “modos de producción” (Marx)…Pues bien: porque pienso que la violencia política ha sido el motor de la historia de Colombia, me aparto de la periodización convencional según regímenes constitucionales (Provincias de la Nueva Granada, Gran Colombia…, Republica Liberal, Frente Nacional…) y propongo una periodización más sencilla.
La historia de la violencia política en Colombia se puede entonces dividir en tres períodos: el de las guerras en el centro, que iría desde la declaración de independencia (1810) hasta el fin de la Guerra de los Mil Días (1902); el del desplazamiento de la violencia hacia la periferia, que tuvo el punto de inflexión entre 1948 y 1964; y el de las guerras en la periferia, que se habría extendido hasta 2016 —y que a partir de entonces habría pasado a una violencia política residual—.
Los tres períodos anteriores también se pueden agrupar bajo dos ciclos de larga duración: el siglo xix o de la violencia entre élites políticas y el siglo xx o de la violencia entre las élites y las antiélites. Dicho de modo más concreto: las nueve guerras civiles del siglo xix fueron encabezadas por personas que ocupaban las más altas posiciones del Estado, al paso que ninguno de los jefes insurgentes del siglo xx ocupó cargos públicos de relieve ni llegaría a ocuparlos por medio de las armas. El concepto de élites ha sido muy debatido en la sociología, pero aquí lo tomo en el sentido clásico de “conjunto de grupos reducidos, sobrepuestos e intrincados que adoptan las decisiones con consecuencias de escala nacional”3; y llamo antiélites o élites emergentes a aquellos grupos con recursos militares, económicos o políticos bastantes para tratar de sustituir a esas élites.
Aunque las guerras civiles del siglo xix y las guerrillas del siglo xx han sido objeto de varias comparaciones (por ejemplo, Deas 1986), para efectos presentes destacaré (de nuevo) estas cinco diferencias entre el ciclo que llamo de las guerras en el centro y el de las guerras en la periferia: (1) En el primer ciclo los conflictos giraron en torno al papel de la Iglesia católica, la forma de organización del Estado y las libertades básicas, mientras que en el segundo ciclo predominaron los conflictos sobre la propiedad de la tierra, la apertura del sistema político y el tráfico de drogas; (2) El primer ciclo se produjo en un país casi del todo rural en tanto que el segundo se produjo en un país cada vez más urbano; (3) En el primer ciclo se enfrentaron ejércitos o, por mejor decir, cuasi ejércitos de las provincias o Estados federales, mientras que en el segundo ciclo se enfrentaron guerrillas (o narcotraficantes) con una fuerza pública profesional cada vez más poderosa, (4) En el primer ciclo los bandos contaron con el apoyo extendido de la ciudadanía liberal o conservadora, mientras que en el segundo los insurgentes tuvieron poco apoyo popular y (5) En el primer ciclo se enfrentaron sectores de la élite política, en tanto que en el segundo las élites se enfrentaron con élites emergentes o antiélites.
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Si se examina con la mirada comparativa y de largo plazo que dije más arriba, la historia colombiana de los dos últimos siglos ha girado en torno de cinco claves que destaco en cursiva para que los lectores no las pierdan de vista en lo que sigue: sociedad fragmentada; Estado débil que se va fortaleciendo; partidos políticos fuertes (hasta el final del siglo xx); muchas eleccionesy mucha violencia, y descase entre la agenda pública y los problemas centrales del país. Estos rasgos están estrechamente entreverados y en su conjunto han definido la que podría llamarse la personalidad histórica de Colombia. El alcance, las especificidades y las mutaciones de estos rasgos a lo largo de dos siglos irán apareciendo en los próximos capítulos, así que de momento los resumo en unas líneas que ojalá por esquemáticas no resulten inexactas:
5. Descase entre la agenda pública y los problemas centrales del país. En un plano de análisis más hondo, este libro propone que las ideologías son la clave para entender la historia de las sociedades. Desde el momento mismo de la independencia, las ideologías han dividido a los colombianos, han definido la agenda del debate político y han justificado las formas sucesivas de violencia. La polarización ha impedido que la conversación pública se base en realidades compartidas, es decir, en verdades objetivas. Todas las ideologías distorsionan la realidad y en nuestro caso impresiona la distancia que ellas han introducido entre la conversación pública y la vida real de los colombianos, entre la crónica ruidosa de política y violencia que suelen destacar nuestros historiadores y el proceso callado de construcción del país que mientras tanto ha seguido su marcha. Este descase se remonta al lugar de la religión católica desde los tiempos coloniales y revivió en la preponderancia del conflicto armado en el discurso político a partir de la segunda mitad del siglo xx. ¿Pero qué sigue ahora que terminó ese conflicto?
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Para decirlo de un modo diferente: este libro es una historia de Colombia interpretada desde las ciencias sociales, un ejercicio que me parece arroja luces singulares y en alguna medida novedosas sobre la formación de nuestra nacionalidad, sobre el lugar que ocupamos en el mundo, sobre cómo llegamos hasta aquí, sobre nuestras perspectivas más cercanas, sobre los desafíos pendientes y sobre las maneras posibles de mejorar nuestro rumbo.
Esta mirada comparativa y de largo plazo descubre pistas esperanzadoras o inquietantes sobre preguntas que creo son fundamentales, como decir: ¿Cuáles son las fortalezas y las debilidades de Colombia? ¿Cuál es y ha sido nuestro sitio en el mundo? ¿En qué somos distintos de los países vecinos? ¿Cuáles han sido los momentos decisivos a lo largo de la historia? ¿Quiénes son los culpables de la violencia? ¿Qué tan débil es de veras el Estado colombiano? ¿Qué han implicado la religión y el catolicismo? ¿Cómo nos ha afectado la geografía? ¿Por qué no hemos salido del subdesarrollo? ¿Cómo se explica el crecimiento sostenido de la economía? ¿Qué tan cerca estuvieron las guerrillas de tomarse el poder? ¿Qué tan lejos llegaron los narcotraficantes? ¿A qué se debe la emergencia de Antioquia? ¿Por qué no fuimos un país caribe? ¿Qué es y qué tan fuerte es la clase media? ¿Cómo se han hecho las grandes fortunas? ¿Por qué los pobres no se rebelan? ¿Para qué sirven, en serio, los políticos? ¿Por qué no hemos resuelto el problema de la tierra? ¿De dónde viene la “viveza” de los colombianos? ¿Cuál fue el legado de Álvaro Uribe? ¿Y el de Juan Manuel Santos? ¿Por qué las mujeres hicieron la mayor revolución en nuestra historia? ¿Cómo ha cambiado la vida diaria de los colombianos a lo largo de dos siglos? ¿En qué de veras consistió el conflicto armado interno? ¿Y cómo se llegó al Acuerdo de La Habana? ¿Por qué hemos sido la economía más estable de América Latina? ¿Qué papel han jugado los medios de comunicación? ¿Por qué prosperan y decaen nuestras grandes ciudades? ¿Por qué Gustavo Petro ganó las elecciones del 2022? ¿Por qué el café nos separó del resto de América Latina? ¿Cuál ha sido el impacto del petróleo? ¿Cómo nos afectó la Covid-19? ¿A qué se debe la crisis permanente en la administración de justicia? ¿Por qué las fuerzas armadas no logran controlar el territorio? ¿Qué pasó con los partidos políticos? ¿Qué incidencia han tenido los Estados Unidos? ¿De dónde salió la Constitución de 1991 —y que efectos ha tenido—? ¿A qué se debe el narcotráfico y qué podemos hacer frente a él? ¿Por qué no somos de veras un país capitalista? ¿Qué tan clientelista es nuestra burocracia? ¿Cuál es el problema principal de Colombia? ¿Cuál ha sido la ética del pueblo colombiano en relación con la guerra...y con la paz? ¿Por qué no hemos tenido verdaderas dictaduras? ¿Qué papel han tenido las minorías étnicas, religiosas y de género? ¿Cómo han evolucionado el Ejército, la Iglesia, la Federación de Cafeteros, los movimientos populares y otros actores básicos en nuestra historia? ¿De dónde viene la corrupción? ¿Qué tanto han mejorado la educación, la salud y la seguridad social? ¿Quiénes han sido nuestros líderes? ¿Quiénes nuestros grandes empresarios? ¿Cómo ha funcionado el pacto entre las regiones de Colombia? ¿Para qué ha servido la descentralización? ¿Por qué las ideologías nos han hecho tanto daño? ¿Cuáles han sido las ideologías? ¿En qué están equivocadas? ¿Por qué los colombianos insistimos en discutir los problemas que no son —y con los argumentos que no son—? ¿Vendrá la paz “estable y duradera” después del millón de muertos que ha causado nuestra violencia política? Y, a fin de cuentas, ¿para dónde va Colombia en los próximos años? ¿Cómo podríamos hacer mejor ese futuro?
Charles Wright Mills, The Power Elite (Oxford: Oxford University Press, 1956), p. 18.
Una moneda y dos caras
Entre 1964 y 2016, la política en Colombia estuvo dominada de manera creciente por el conflicto armado entre las farc y las fuerzas del Estado. A este período de cincuenta y dos años habría que sumarle los desarrollos y consecuencias del Acuerdo para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera que se firmó el 24 de noviembre de 2016, así como los hechos que llevaron a la fundación oficial de las farc el 27 de mayo de 1964 y que los historiadores suelen remontar al período de La Violencia que estalló el 9 de abril de 1948 o a los conflictos campesinos y obreros de las décadas de 1920 y 1930. Además del Estado y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (farc-ep), en esta fase de la violencia colombiana participaron más de cuarenta organizaciones guerrilleras (en especial el Ejército de Liberación Nacional, eln, el Ejército Popular de Liberación, epl y el Movimiento 19 de abril, M-19), así como grupos u organizaciones paramilitares y narcotraficantes —e incluso, entre 1984 y 1993, la guerra contra el cartel de Medellín pasó a ocupar el centro de la agenda pública—.
La violencia de 1964 a 2016 fue la fase más reciente de una serie de conflictos armados que comenzó con la guerra entre federalistas y centralistas de 1812 a 1814, la Reconquista española de 1815, las guerras destructivas de la independencia, más de medio centenar de guerras locales o alzamientos militares en distintas regiones del país y otras ocho guerras civiles de alcance nacional a lo largo del siglo xix, incluyendo la sangrienta Guerra de los Mil Días entre 1899 y 1902. Vino luego la paz de medio siglo (1902-1948), ya interferida por algunos brotes de violencia en las décadas de 1920 y 1930, que se quebró a partir de 1948 y desembocó en el bien o mal llamado “conflicto armado interno” a partir de 1964.
Esa larga cadena de violencia ha sido parte sustantiva del proceso de construcción del Estado colombiano y por lo tanto su explicación remite a las pautas esenciales de la evolución política, económica, social y cultural de Colombia desde comienzos del siglo xix
