La vida con otro nombre - Cristián Pérez - E-Book

La vida con otro nombre E-Book

Cristián Pérez

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Beschreibung

Tras el golpe militar de septiembre de 1973, todos los partidos políticos marxistas fueron proscritos y sus dirigentes enfrentaron la persecución y el peligro de muerte. Hasta entonces el partido socialista de chile había funcionado en libertad y dentro del sistema político: había senadores y diputados socialistas, alcaldes y regidores socialistas, dirigentes campesinos y estudiantiles socialistas. Sus militantes, conocidos por la población. Se reunían en las sedes partidarias y actuaban con apertura total. Ahora, de un día para otro, y sin ninguna experiencia, muchos debieron cambiar de indumentaria y domicilio, dejar a sus familias y comenzar a vivir y a hacer política en la clandestinidad. El objetivo era doble: salvar la vida, salvar al partido. Esta es la historia de numerosos militantes que vivieron la derrota y luego, con un riesgo personal enorme, rearmaron las estructuras partidarias en la clandestinidad. Temporalmente, La vida con otro nombre abarca desde el Congreso de la Serena de 1971 hasta el quiebre del partido en 1979. En medio, sucesivas caídas de directivas, el "Documento de marzo". El pleno de la habana, dirigentes muy jóvenes compartiendo el liderazgo con viejos socialistas, la rearticulación en regiones, la situación en el exilio y las disputas entre la dirección interior y la exterior. Más de una década de azares y pérdidas, de trabajo y reconstrucción, de chapas y seudónimos. De vivir con otros nombres.

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Seitenzahl: 423

Veröffentlichungsjahr: 2021

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CRISTIÁN PÉREZ

La vida con otro nombre

El Partido Socialista de Chile en la clandestinidad (1973-1979)

Pérez, Cristián

La vida con otro nombreEl Partido Socialista de Chile en la clandestinidad (1973-1979)

Santiago de Chile: Catalonia, Periodismo UDP, 2021

ISBN: 978-956-324-834-0

PERIODISMO DE INVESTIGACIÓNCH 070.40.72

Este libro forma parte de la colección de periodismo de investigación desarrollada al alero delCentro de Investigación y Publicaciones (CIP) de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.

Diseño de portada: Trinidad JustinianoEdición: Andrea PaletCoordinación editorial: Andrea InsunzaDirección editorial: Arturo Infante ReñascoDiseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.

Primera edición: marzo, 2021ISBN: 978-956-324-834-0

© Cristián Pérez, 2021

© Catalonia Ltda., 2020Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl – @catalonialibros

www.cip.udp.cl/investigacion - @cip_udp

Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
Nota de investigación
Direcciones clandestinas
I. Congreso de La Serena (1971)
II. El golpe. La derrota
III. Sobrevivir es vencer
El “Documento de marzo” (1974)
El Pleno de La Habana
Vivir en peligro: caen las direcciones clandestinas
El papel de Unidad y Lucha
En “la lomita”: la tercera dirección clandestina
“Llegó el partido”: la rearticulación regional
El destierro
La división (1979)
IV. Epílogo
Militantes del Partido Socialista de Chile (mencionados en este libro)
Referencias
Agradecimientos
Notas

In memoriam

De mis padrinos, Ana Zelaya y Hugo Villarroel

De mi amigo Ricardo Barrera

De los revolucionarios Charles Romeo y Juan Torres Palavecino

Nota de investigación

Este libro se ha construido sobre la base de documentos y entrevistas, grabadas y escritas, a protagonistas de los hechos relatados. Las entrevistas se realizaron en distintos tiempos. Por ejemplo, las de Adonis Sepúlveda y Javier de la Fuente, en la década de 1990; muchas otras en los años 2000 y las últimas, recientemente, para cubrir aspectos específicos de la investigación. 

También se ha usado una cantidad importante de documentos de la época, muchos de ellos pertenecientes al archivo del autor. 

Algunos nombres aparecen en cursiva, por ejemplo, Elías. Son las chapas o nombres políticos que usaban los militantes en la clandestinidad. También se han marcado de esa forma los apodos conocidos de personas que aparecen con sus nombres reales. Otros nombres aparecen con comillas, por ejemplo “Marcos”: estos son inventados, para ocultar identidades. 

La Parte I describe un hito muy relevante en la historia del Partido Socialista de Chile, que sirve para comprender parte de lo que vendría: el Congreso de La Serena de 1971, que formula las estructuras orgánicas que le permitirán tener cierta preparación para la clandestinidad. La Parte II relata cómo los militantes del partido vivieron la derrota y la muerte el día del golpe militar de septiembre de 1973, y después. La Parte III describe las estructuras partidarias en la clandestinidad, y la vida y acciones de los militantes que las mantuvieron, con un riesgo personal enorme.

En el primer capítulo de la tercera parte se tratan las direcciones clandestinas. El segundo relata los pormenores del “Documento de marzo”, que entrega las directrices para mantenerse en la ilegalidad. El tercero trata el surgimiento y desarrollo de Unidad y Lucha, el periódico socialista. El cuarto hace un recuento del Pleno de La Habana, la reunión del Comité Central que se llevó a cabo en abril de 1975 en la capital cubana. El quinto relata los acontecimientos que llevaron al desmantelamiento de las direcciones clandestinas tras el ataque de agentes de la Dina. El sexto capítulo describe la conformación y actividad de la tercera dirección clandestina. El séptimo, la rearticulación partidaria en regiones. El octavo capítulo narra los hitos de la lucha socialista en el destierro para ayudar al interior. Finalmente, el noveno revisa las circunstancias que llevaron a la división de la organización en marzo de 1979.

C.P.

Direcciones clandestinas1

DIRECCIÓN DEL PS EL 11 DE SEPTIEMBRE

Carlos AltamiranoRolando CalderónArnoldo Camú Hernán del CantoFidelia HerreraAlejandro JilibertoRicardo Lagos SalinasJaime López (JS)Carlos Lorca (JS)Luis Lorca (JS)Ariel Mancilla (JS)Eduardo ParedesExequiel PonceGustavo RuzAdonis SepúlvedaErich SchnakeAriel UlloaLuis UrtubiaMarcelo ZentenoVíctor Zérega

PRIMERA DIRECCIÓN CLANDESTINA

Rolando Calderón Arnoldo Camú (Agustín)Fidelia Herrera (Delia)Alejandro JilibertoRicardo Lagos Salinas (Renato)Jaime López (Pablo)Carlos Lorca (Sebastián)Ariel Mancilla (Gabriel)Exequiel Ponce (Mario, Viejo, Cheque)Gustavo Ruz (Pollo)Víctor Zérega

SEGUNDA DIRECCIÓN CLANDESTINA

Patricio Barra (Aníbal)Juan Carvajal (Manuel Hernández Rojas)Óscar de la FuenteVicente GarcíaCarlos González AnjaríJaime López (Pablo)Gregorio NavarreteIván PárvexEduardo Negro Reyes

TERCERA DIRECCIÓN CLANDESTINA

Albino Barra (Álvarez)Patricio Barra (Aníbal)Eduardo Charme (Fernando) Germán Correa (Víctor) Raúl Díaz (Juan Carlos García) Gerardo EspinozaLuis Espinoza (Arturo)Silvio Espinoza (Elías) Sergio García Vicente García Eduardo Gutiérrez (Andrés)Augusto Jiménez (Jara)Luis Jiménez (Pescado, Chico, Huasito)Luis Maluenda (Jota D) Ramón Montes (Enrique González) Andrés Ramírez Ricardo Solari (Javier)Akin Soto (Cristian)Julio StuardoAlberto Zérega

I. Congreso de La Serena (1971)

Todo lo que he sido y soy se lo debo al Partido Socialista y a la Unidad Popular…

SALVADOR ALLENDE

Dos meses después de la asunción de Salvador Allende y del comienzo del gobierno de la Unidad Popular, se reúnen en La Serena los delegados socialistas para realizar el XXIII Congreso de la organización. Allende concurre al evento, por primera vez como Presidente de Chile: “He llegado a esta provincia y a esta ciudad, que tengo en mi corazón, para participar, como es mi deber, en un torneo partidario. No puedo ni podré jamás olvidar que todo lo que he sido y soy se lo debo al Partido Socialista y a la Unidad Popular. Por eso he venido para hablar esta mañana en mi condición de militante socialista. Ahora voy a hacerlo frente a ustedes, como es mi obligación y mi derecho, en calidad de compañero Presidente de Chile”.2 En el discurso reconoce ante sus camaradas su profunda vocación militante y le atribuye al partido la condición de motor de su administración.

En un hecho que inaugura las profundas dificultades que el PS vivirá como colectividad de gobierno, la cuenta del secretario general, senador Aniceto Rodríguez, quien había llevado al partido a su mayor victoria histórica, se aprueba a duras penas en segunda votación: 53 a favor y 79 abstenciones.3 En la práctica, los delegados le rechazan la cuenta. La actitud de la mayoría indigna a los “anicetistas”, “guatones” o “socialdemócratas” (el ala más moderada del partido), que se retiran del congreso, entre ellos parlamentarios como Mario Palestro y Carmen Lazo.4 Se van entonando la Marsellesa en medio de las pifias de los que se quedan.

Uno de los que abandonan molestos el salón es el exdiputado Albino Barra Villalobos. A él –explica su hijo Ulises, que estuvo en ese congreso como delegado–, “Altamirano le pide que vaya en su lista para integrar el Comité Central. Mi papá le dijo que no, ‘porque tú vas con una maraña de oportunistas y revolucionarios que le van a hacer la vida imposible al Presidente de la República’”. Cinco años más tarde, Albino Barra, con los seudónimos de Álvarez y El Patriarca, se convertirá en el dirigente más importante del PS en el interior.

En el XXIII Congreso se produce una alianza entre los delegados allendistas –que en ese momento se alejan de los anicetistas–, los extrotskistas y los “elenos”5 para designar a Carlos Altamirano como secretario general. Así, a comienzos de 1971 los sectores más moderados de la colectividad quedan sin participación en la máxima dirección, lo que tendrá grandes repercusiones en la administración de Allende y durante la clandestinidad.

Con la nueva dirección acceden a los puestos de primera línea militantes que postulaban con mayor énfasis que el PS debía convertirse en una organización verdaderamente revolucionaria. En sus palabras, armada “de la teoría socialista, esta nueva Dirección Nacional, que representa una renovación profunda de sus cuadros dirigentes, se propone establecer una mayor vinculación con las masas”. El grupo que asumía la conducción se había venido fortaleciendo desde el Congreso de Chillán de 1967, que resuelve que la toma del poder “para instaurar un Estado revolucionario que libere a Chile de la dependencia y el atraso económico, cultural, e inicie la construcción del socialismo”6 era el objetivo estratégico que debía alcanzar esa generación de militantes, y que para ello las “formas pacíficas o legales de lucha” no eran suficientes.

Este objetivo se enmarcaba en la estrategia del frente de trabajadores que el PS sostenía desde el XVI Congreso de Valparaíso realizado en 1955, y que surge del análisis socialista que considera agotados los frentes (coaliciones) con partidos burgueses.7 Así, el Partido Socialista adopta ya a mediados de los años cincuenta la estrategia revolucionaria que chocará con la de Salvador Allende durante la UP y hará crisis en los años de clandestinidad.

Entonces, desde La Serena, en 1971, la Comisión Política queda conformada por las siguientes personas:

CARLOS ALTAMIRANO, secretario general y primera autoridad del partido

ADONIS SEPÚLVEDA, subsecretario general y segundo al mando 

ROLANDO CALDERÓN, subsecretario nacional del Frente de Masas, tercero 

EXEQUIEL PONCE, subsecretario nacional del Frente Interno

ALEJANDRO JILIBERTO, subsecretario administrativo 

HERNÁN COLOMA, jefe del Departamento de Propaganda y Comunicaciones 

LUIS URTUBIA, jefe del Departamento Nacional de Organización 

NICOLÁS GARCÍA MORENO, jefe del Departamento Nacional de Municipalidades 

EDMUNDO SERANI, jefe del Departamento Internacional

JORGE ARRATE, jefe del Departamento Nacional Técnico 

GUSTAVO RUZ, líder de la Juventud Socialista

HÉCTOR MARTÍNEZ 

HERNÁN DEL CANTO

ERICH SCHNAKE

RICARDO LAGOS SALINAS

NÉSTOR FIGUEROA

Otras designaciones importantes fueron las de Gerardo Vidaurre como jefe del Departamento Nacional Campesino y Pedro Adrián Mebolo en el Departamento de Pobladores.

La resolución política del congreso afirmaba que el desafío del PS era “afianzar el gobierno, dinamizar la acción de las masas, aplastar la resistencia de los enemigos y convertir el proceso actual en una marcha irreversible hacia el socialismo”.8 En síntesis, encabezar una marcha ininterrumpida hacia el socialismo usando como plataforma el Poder Ejecutivo. Lo que no quedaba claro era qué entendían los delegados de La Serena por socialismo. ¿El de Cuba? ¿El de la URSS? Nadie pudo responderlo con certeza. 

Para reforzar esa línea política se delineó una nueva estructura interna, cuya forma definitiva la dio el Pleno del Comité Central de abril de 1971. El Comité Central se amplió de 28 a 45 miembros y estos adquirieron la facultad de designar al secretario general. Se creó el departamento de Frente Interno, encargado de la organización partidaria, del que dependía una Comisión de Defensa.9 Esta tenía tres dispositivos compartimentados:

1) El Grupo de Amigos Personales (GAP), cuya principal tarea era proteger al Presidente de la República y las residencias presidenciales. Se formó en 1970 y en los primeros tiempos tuvo una dirección colegiada entre el MIR y el PS. Debió pasar más de un año para que quedara bajo el control del PS. Su nombre en clave era P4.

2) El aparato militar, que reunía a militantes con alguna experiencia en tareas armadas y cuyo objetivo era canalizar esas experiencias y proporcionar una fuerza capaz de garantizar niveles mínimos de defensa para el partido y el gobierno. Su origen fue la fusión del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y la Organa,10 y como responsable quedó el abogado laboralista Arnoldo Camú (Agustín o Tío). Su nombre en clave era P6.

3) El aparato de informaciones o Equipo de Inteligencia y Contrainteligencia del PS, estructura secreta formada por jóvenes profesionales (médicos, abogados, economistas y sociólogos) cuya misión era sistematizar la búsqueda y análisis de información política relevante. Para ello crearon el Centro Nacional de Opinión Pública (Cenop). Los datos obtenidos se los entregaban a la Comisión Política del PS y a la Presidencia de la República, que aportaba la mayor parte de los fondos para su funcionamiento. Su nombre en clave era P511 y el responsable era el médico Ricardo Pincheira (Máximo), yerno de Adonis Sepúlveda.12

Un año después de finalizado el Congreso de La Serena, la Juventud del partido, dirigida por Carlos Lorca, llega a un acuerdo con la dirigencia soviética para enviar jóvenes a estudiar en una escuela de cuadros del Komsomol (Juventud del Partido Comunista de la Unión Soviética). La formación se concentraba en marxismo leninismo, teoría revolucionaria y algunas técnicas básicas para el trabajo clandestino. De esta forma, entre 1972 y 1973 dos contingentes de militantes de la JS fueron a la URSS a estudiar en esa escuela.

Así, dos de las razones por las que el PS pudo soportar la clandestinidad después del golpe serían esta formación de cuadros juveniles y la creación en el Congreso de La Serena de una estructura secreta de información y seguridad. Ambos proyectos fueron resistidos y polémicos mientras Allende gobernaba y le crearon muchos problemas, pero resultaron clave para lo que vendría. 

Ya antes del golpe, la Comisión Política estaba dividida en dos grupos con posturas encontradas: los que eran partidarios de apurar el proceso o de “avanzar sin transar” (Adonis Sepúlveda, Nicolás García Moreno, Alejandro Jiliberto, Erich Schnake y Jorge Mac-Ginty) y los que apoyaban la estrategia de Allende (Hernán del Canto, Exequiel Ponce, Carlos Lorca, Ricardo Lagos Salinas y Rolando Calderón). El secretario general, Carlos Altamirano, mediaba entre ambas tendencias,13 pero sin duda era más cercano a la primera. Había entre ellos profundas diferencias estratégicas que paralizaron la acción socialista en los últimos meses del gobierno, dificultando una salida a la crisis. Mientras unos veían como única opción la negociación con la DC o un plebiscito sobre las tres áreas de la economía, los otros apostaban a la defensa armada del gobierno detrás de un inexistente ejército constitucionalista.

Tras un largo periodo de división interna, después del golpe del 11 de septiembre de 1973 serán los miembros del Frente Interno, dirigido por Exequiel Ponce, y los integrantes de la Juventud Socialista, encabezada por Carlos Lorca, quienes sustentarán el trabajo clandestino del Partido Socialista. Es decir, serán los moderados los que correrán el riesgo de preservar el PS, porque han recibido algunos conocimientos teóricos para enfrentar ese escenario y porque tienen la convicción de que vale la pena exponer la vida en pos de ese objetivo. Para ellos, mantener la organización socialista era imprescindible, porque la creían el mejor vehículo para materializar una revolución que daría a los pobres y postergados del país la posibilidad de una vida mejor.

Antes de seguir cabe recordar que en aquella época la organización del partido tenía una estructura piramidal de seis niveles: núcleos, seccionales, comités regionales, Comité Central, Comisión Política y secretario general. De abajo hacia arriba, primero estaban los núcleos, que se llamaban así y no células para diferenciarse del Partido Comunista. Su número de integrantes era variable; más tarde, en la etapa clandestina, no pasaba de seis personas, por motivos de seguridad. El jefe del núcleo se denominaba secretario político. Existía también un secretario de organización, uno de finanzas, uno de frente de masas. Luego venían las seccionales, agrupación territorial integrada por un número variable de núcleos de una comuna; en la clandestinidad, con tres núcleos se constituía una seccional. Encima de la seccional estaba el regional, agrupación territorial integrada por al menos tres seccionales. El secretario regional era elegido en el congreso partidario; eso cambió en la clandestinidad, por razones obvias, y los jefes de seccionales pasaron a elegir al secretario regional. Se entendía por “cuadros” del partido a aquellos militantes que habían demostrado su lealtad y compromiso con la organización; también se usaba para los que habían adquirido conocimientos en materias de seguridad e inteligencia.

 El Comité Central era la instancia nacional de la organización. La Comisión Política era un grupo pequeño de miembros del Comité Central –de diez a quince personas–, que se reunía permanentemente y tenía a cargo las tareas coyunturales. Finalmente, el secretario general estaba a cargo de la conducción y la representación política del partido, y encabezaba la Comisión Política. Resultaba elegido en el congreso partidario por votación del Comité Central.

II. El golpe. La derrota

Sábado 8 de septiembre

Palacio de La Moneda, diez de la mañana. Altos dirigentes de los partidos que forman la Unidad Popular reinician la reunión interrumpida el día anterior, para seguir explorando un acuerdo que supere la crisis y evite el golpe de Estado que –ya todos saben– es inminente. El Presidente Salvador Allende ha advertido que deben discutir la posibilidad de convocar a un nuevo intento de diálogo con la Democracia Cristiana o llamar a un plebiscito sobre la conformación de las tres áreas de la economía. Solo después de descartarlas pueden tratar la opción de un enfrentamiento, porque sus consecuencias son imprevisibles.14 Es uno de los problemas centrales que ha enfrentado el gobierno, y que el Partido Socialista de Chile nunca resolvió durante los tres años que ha durado el mandato.

Los representantes discuten largamente las alternativas sin llegar a un acuerdo, porque este debe adoptarse por unanimidad y no por simple mayoría. Cuatro partidos (Comunista, Radical, Mapu Obrero-Campesino y Acción Popular Independiente) aceptan el diálogo con la DC y/o el plebiscito como pasos indispensables para detener el golpe, otro tres afirman que solo cabe pasar a la ofensiva (Partido Socialista, Izquierda Cristiana y Mapu).15

Adonis Sepúlveda recuerda: “[C]omo a las dos de la tarde voy a La Moneda a dar cuenta a Salvador Allende del resultado de las conversaciones. Le digo: ‘Camarada Allende, no hemos llegado a acuerdo. ¡No hay acuerdo!’. Allende me dijo: ‘Eso me lo entrega por escrito, ¿a qué hora me lo puede tener?’. ‘Usted ve que son las dos y media y no hemos almorzado, así que almuerzo y me pongo a escribir’”.16

La inexistencia de un acuerdo paraliza al gobierno en esos críticos momentos. 

Solo han pasado tres años y tres días desde aquella madrugada del sábado 5 de septiembre de 1970 en que, celebrando la victoria desde los balcones de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech), dijera Salvador Allende: “Les digo que se vayan a sus casas con la alegría sana de la limpia victoria alcanzada. Esta noche, cuando acaricien a sus hijos, cuando busquen el descanso, piensen en el mañana duro que tendremos por delante, cuando tengamos que poner más pasión, más cariño, para hacer cada vez más grande a Chile, y cada vez más justa la vida en nuestra patria. Gracias, gracias, compañeras. Gracias, gracias, compañeros. Lo mejor que tengo me lo dio mi partido, la unidad de los trabajadores y la Unidad Popular. A la lealtad de ustedes responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo, con la lealtad del compañero Presidente”.

El mismo sábado 8 en La Moneda se juntan los encargados de la defensa de la Unidad Popular. Entre otros, están los jefes de los aparatos militares del Partido Socialista y del Partido Comunista, junto con los responsables de los cordones industriales y el general Augusto Pinochet Ugarte, comandante en Jefe del Ejército.17 Analizan cómo oponerse a un movimiento golpista que a esas alturas es cuestión de días. La estrategia defensiva se basa en el supuesto de que una parte de las Fuerzas Armadas, especialmente el Ejército y Carabineros, se mantendrá leal a la Constitución, y que además proporcionará las armas y las municiones para los contingentes obreros de los cordones industriales. Estudian en detalle el sistema de “círculos concéntricos” de defensa cuyo centro es La Moneda. 

El plan contempla que ante cualquier asomo de un movimiento golpista Allende se atrinchere en el edificio con el GAP, su escolta civil; el palacio de gobierno estaría protegido por la guardia de Carabineros reforzada con francotiradores ubicados en edificios adyacentes. Mientras el Presidente resiste en La Moneda, grupos armados de los cordones industriales saldrán hacia el centro atacando por la retaguardia a las fuerzas enemigas que rodeen el palacio. El general Pinochet participa activamente en la reunión, indicando los lugares donde debieran ubicarse los francotiradores para quedar cubiertos del fuego de los helicópteros de la Fuerza Aérea. “Ustedes saben que el general Leigh...”, dice Pinochet.18

Los encargados de la defensa de la Unidad Popular confían en que pueden tener éxito, igual que para el Tanquetazo del 29 de junio, y que el comandante en Jefe del Ejército, allí presente, los apoyará tal como hizo su antecesor, el general Carlos Prats.19

En la noche de ese sábado se celebra en la residencia de El Cañaveral20 el cumpleaños de una de las hijas de Allende, Beatriz, a quien llaman Tati. Entre los invitados está Hernán del Canto, hombre de confianza del Presidente. Cuatro décadas más tarde recuerda que “Allende estaba furioso, muy amargado, muy desolado”. Cree que el Presidente pensaba convocar al plebiscito aun con la oposición de su partido, afrontando los riesgos. “Esta decisión podría haberse tomado en agosto, podría haberse tomado en julio, y simplemente no se tomó porque se esperó que los partidos de la Unidad Popular discutieran y llegaran a acuerdo”.

Domingo 9 de septiembre

En la mañana del domingo 9, Eduardo Gutiérrez, estudiante de Odontología en la Universidad de Chile, miembro de la Brigada Universitaria Socialista (BUS), cuyo jefe era Luis Lorca, concurre al Estadio Chile, al acto de clausura de un pleno del regional Santiago Centro del partido. “Era un acto masivo, donde Carlos Altamirano [secretario general del PS] dijo que se iba a reunir las veces que fuera con los amotinados [marinos que permanecían detenidos y acusados por sus superiores de conspirar para tomarse la Escuadra]. Y todo el mundo estaba de acuerdo. Al otro día en la Fech se evalúa que la cosa estaba mala. Pero también había la sensación de que la situación económica podría repuntar, porque septiembre era el mes que estaba marcado para el golpe: si pasaba ese mes la derecha se iba a derrumbar, porque llegábamos al otro año”.

Darío Contador también participa de esa actividad junto a sus compañeros de la Juventud Socialista del regional Santiago Centro. En medio del acto, se retira del recinto con otros integrantes de la Juventud en señal de molestia con el discurso del senador Altamirano.21

Lunes 10 de septiembre

En la tarde, el escultor Lautaro Labbé, encargado de la seccional Museo Bellas Artes, que cuenta con 45 militantes, se dirige a la sede del regional Santiago Centro, en la calle Compañía frente al Liceo n° 1 de Niñas Javiera Carrera. “Ahí estuvimos encerrados hasta las cinco o seis de la tarde, sin almorzar, esperando armas”. Luego al grupo lo mandan a la sede del Comité Central en la calle San Martín. Ahí, “estuvimos como hasta las siete de la tarde y no pasaba nada, hasta que nos dijeron vuelvan a sus seccionales. Empezaron a dar instrucciones porque ‘el golpe viene’”.

Como todos los militantes socialistas, Lautaro sabe que viene el golpe, pero no calibra sus dimensiones. Piensa que los golpistas ocuparán La Moneda y los edificios públicos, que después se harán elecciones y eso “sería todo”.

Esa noche en Santiago no había transporte público. “Salgo de la reunión y las calles están desiertas, ni un alma, ni un paco, nada. No hay gente en ninguna parte, no hay autos circulando, no hay trasnochadores en el barrio alto ni en Las Brujas. Está todo cerrado, es algo totalmente inusual. Hay un silencio total en Santiago. Como a las 2:30 de la mañana, en la terraza de mi casa, me quedé mirando Santiago iluminado, escuchando, silencio absoluto, muerta la ciudad”.

Enrique Ramos, obrero mueblista, “eleno”, alias Manuel, quien con unos amigos había caminado de Santiago a Puerto Montt para celebrar el triunfo de Allende, es parte de la escolta presidencial y está en La Moneda. A eso de las seis de la tarde sus jefes le dan autorización para irse a casa. “Me empiezo a dar vueltas porque no tenía quién se hiciera cargo de mis armas. Nadie nos había dicho que las dejáramos, pero habían pasado cosas, además que había una ley de control de armas. Entonces me pilla Carlos Álamo [Jaime Sotelo] que estoy dando vueltas, en el fondo no tenía ganas de salir. Rodolfo [Hugo García], un compañero que ahora está en Francia, se queda con mi subametralladora, la pistola y el cinturón con las balas, los cargadores, todo”. Sale poco antes de las siete por la puerta de Morandé 80 y se topa con el general Augusto Pinochet, que va entrando.

A las nueve de la noche, en San Felipe, Waldo, que ha sido soldado profesional y trabaja en la Compañía Minera Andina en Río Blanco (hoy Codelco Andina), comparte unas pílsener en un bar cerca de la estación de trenes con su amigo y compañero socialista a quien llaman Mexicano, y quien durante 1972 recibió entrenamiento militar en Cuba. Conversan sobre los constantes estados de alerta, que ya cansan, y creen que sería mejor una decisión rápida del conflicto, pero no se imaginan cómo será.

De pronto sienten ruido de vehículos pesados y salen a mirar. A lo lejos, en la carretera con dirección a la capital, divisan varios camiones del Regimiento Yungay n° 3. El Ejército se traslada a Santiago. Pagan, suben a sus bicicletas y parten raudos a informar lo que han visto al profesor Vargas, secretario del regional Aconcagua del partido. Para él, esos antecedentes no son una sorpresa, como cuenta Héctor Urbina, otro militante. Hace ya unas horas, “un militar de confianza del PS, que tiene acceso a información porque trabaja en la plana mayor del Regimiento Yungay, que está acuartelado, cuando se le autoriza a ir a su casa a buscar sus cosas se contacta con Castillo, uno de los dirigentes, y le dice que el regimiento va para Santiago y que en la oficialidad hay ánimo de golpe”.

Llaman al Comité Central e informan. Después de hablar con sus dirigentes en la capital salen a la calle Urbina, Castillo, Vargas y otros compañeros, desencantados por la indolencia que dicen haber notado entre los compañeros de Santiago. Urbina recuerda que hasta ese momento la alerta vigente era la dos, que según su percepción no era muy grave.

Luz Arce, integrante de uno de los grupos especiales de apoyo a la Comisión Política (GEA), y más tarde colaboradora de los aparatos represivos, está a las diez de la noche en la central de comunicaciones del Partido Socialista en la calle San Martín, a pocas cuadras de La Moneda: “David, Ignacio y yo escuchamos la información que nos transmitió Toño. El télex [del partido] funciona a todo vapor. De todas las seccionales y regionales del país donde había militantes de turno en la noche llegaban informaciones acerca de movimientos de tropas y se solicitaban instrucciones”.22

A esa misma hora en Los Andes, al regidor (concejal) socialista y exalcalde Luis Muñoz González le cuentan que por la carretera va una caravana de vehículos del Regimiento Reforzado de Montaña n° 18 Guardia Vieja. La columna se desplaza con las luces apagadas. Muñoz llama a Vital Ahumada, gobernador socialista de Los Andes. Este se comunica con el Ministerio del Interior y con el senador Altamirano, y les relata el hecho. En su libro de conversaciones con Patricia Politzer, Altamirano recuerda:23

“Mientras comía en la residencia del embajador cubano, Raúl García Incháustegui, empecé a recibir numerosas llamadas telefónicas para informarme de los movimientos de tropas que se estaban produciendo por todos lados, en Los Andes, en Santiago, en Valparaíso. Entre las 10 y las 12 de la noche llamé a Tomás Moro tres o cuatro veces para comentar con Allende la gravedad de lo que estaba pasando, pero él insistía en que se estaban tomando todas las medidas (...) Yo estaba convencido de que el Golpe ya estaba en marcha...”

Habría muchas otras llamadas similares. Luis Urtubia, que dice haber sido el último miembro de la Comisión Política en retirarse de la sede en San Martín, confirma estas versiones; también le llegan rumores desde la Fach. Llama insistentemente a los teléfonos de La Moneda y no contestan. Se marcha desencantado a casa.

Silvio Espinoza, de la dirección del regional Santiago Centro, está de turno en la sede del partido. Es obrero en una barraca de vidrios e hijo de un dirigente ferroviario socialista. A las tres de la mañana recibe una llamada de un compañero de Valparaíso, quien le comunica que el golpe ya empezó en esa ciudad. De inmediato comienza a llamar a los demás dirigentes del regional: Juan Bustos, Roberto Morales, Tito Drago y otros. Como a las ocho de la mañana se dirige a La Moneda y se da cuenta de que el palacio está rodeado y se va a la sede del Comité Central en San Martín, pero nadie se aparece por allí a dar instrucciones. Entonces, junto con un compañero de la séptima comuna, se van hasta la Fundición Libertad, que era el “centro de resistencia” antigolpista asignado a su regional.

Allí se reúne con Benjamín Cares, quien es interventor de la Fundición Libertad. Se ha congregado un grupo de militantes y algunos obreros. Entre todos tienen tres pistolas y ninguna arma de guerra.

Durante el día recorren el dial buscando informaciones. Esperan algún grupo de las Fuerzas Armadas que permanezca leal al gobierno. No tienen ningún plan, excepto permanecer juntos hasta que lleguen las armas prometidas y se haga claramente visible el segmento militar que apoya a la Unidad Popular. Como hasta las cuatro de la tarde ninguna de las dos cosas pasa, deciden replegarse. Antes de salir, entregan orientación para que los militantes lleguen más rápido y seguros a sus casas, fijan contactos posteriores con dirigentes seccionales y recomiendan que esperen instrucciones y permanezcan atentos a la radio por si se activa una emisora leal. Luego se dispersan.

Meses después, Silvio Espinoza será convocado para realizar tareas partidarias en la clandestinidad, etapa en la que, con el alias de Elías, se convertirá en uno de los principales dirigentes del PS.

El joven abogado Eduardo Loyola, originario de Chillán, de padre de izquierda pero no militante, se desempeña como ejecutivo del área de relaciones industriales de la Minera Disputada de Las Condes, que pertenece al área mixta de la economía nacional. Se había vinculado a la Juventud Socialista en el liceo, en Chillán; luego estudió Derecho en la Universidad de Concepción. Ese lunes, recuerda, había mucha tensión en las oficinas de la compañía en Bandera 60, a una cuadra de La Moneda, porque se comentaba el discurso de Altamirano el día anterior. Pensaba que algo grave iba a suceder pronto. “Viví ese lunes como el preámbulo de una tragedia. Fue un día dramático en que tú olías la tempestad, pero no podías precisar si era tan inminente. Todos sabíamos que algo iba a ocurrir”.

Allende come y trabaja hasta muy tarde con sus asesores más cercanos en la residencia presidencial de Tomás Moro n° 200. Numerosos informes dan cuenta de movimientos de tropas, pero desde el Ejército dicen que son normales. 

Martes 11 de septiembre

A eso de las seis de la mañana, Eduardo Loyola recibe un llamado del compañero Ricardo Valderrama, fiscal de la minera. Dice que lo pasa a buscar porque “la cosa viene mala”. Van a las oficinas de Bandera para intentar asegurar la integridad de los trabajadores. Loyola no tiene formación alguna para disparar, por lo que le resultaría imposible enfrentar a soldados armados. Llegan militares y los obligan a abandonar el lugar. Hasta ese momento no ha recibido instrucciones del partido. Camina hasta la Alameda, donde toma una micro hasta su casa en Tobalaba, cerca del Hospital Militar. Abraza a su esposa y a su hijo. Aún hoy recuerda nítidamente el sonido de los aviones y los disparos en el centro de la capital. Desde su vivienda intenta comunicarse por teléfono con los compañeros, sin éxito.

Al levantarse el toque de queda, va con el fiscal Valderrama a la compañía para entregarla formalmente a las autoridades militares y a los socios franceses de la empresa. Después se vinculará con el Comité Pro-Paz y con la Vicaría de la Solidaridad. Nunca será clandestino, pero con los años se convertirá en uno de los dirigentes más importantes del partido en la ilegalidad.

Valparaíso, dos de la mañana. Juan Bustos, uno de los detectives más confiables del gobierno, prefecto jefe de Investigaciones de la ciudad, enviado al puerto para seguir con atención los movimientos de la Armada y de Patria y Libertad, recorre las calles junto a Luis Vega, abogado de la Intendencia, y comprueba que los puntos estratégicos han sido ocupados por infantes de marina. Estos ya montan guardia en los edificios públicos, han cortado los teléfonos y acallado las emisoras que apoyan a la Unidad Popular. También advierten que la Escuadra, que ayer se negaba a zarpar para participar en la Operación Unitas y que solo lo ha hecho después de múltiples presiones del gobierno, ha retornado.24 La Armada ha dado inicio al golpe.

Dice Samuel Riquelme, entonces subdirector de Investigaciones: “Yo había estado en el servicio botando cosas hasta cerca de la una de la mañana; a esa hora decidí ir a descansar un rato a mi casa, estando atento a cualquier llamado. Juan Bustos es el que llama y me dice ‘Mire, subdirector, está tomado Valparaíso por la Infantería de Marina’. Yo estoy solo, no está el director del servicio [Alfredo Joignant] en ese momento. Entonces me comunico con el Presidente, y él pregunta (…) ‘¿Cómo está el servicio?, ¿cuál es la disposición del servicio?’. Le digo: ‘Presidente, la disposición del servicio es la que tuvo cuando se produjo el Tanquetazo’. Pero era poco lo que podíamos hacer porque no teníamos los elementos para hacer una resistencia armada firme y sólida a las Fuerzas Armadas”.

Santiago, seis treinta de la mañana, suena el teléfono en el despacho presidencial de Tomás Moro. Es el general subdirector de Carabineros, Jorge Urrutia, y contesta el socialista Hugo García (Rodolfo), el GAP de turno en el despacho presidencial. El llamado hace que Allende parta con su escolta hacia La Moneda. Es tal la premura que muchos guardias salen a medio vestir. El Presidente ya sabe que la Marina ha aislado Valparaíso y cree que tropas de la infantería de la Armada, al mando del contraalmirante Sergio Huidobro Justiniano, se dirigen a Santiago, y que algunos regimientos del Ejército también se mueven hacia la capital. Confía en que Pinochet encabezará la defensa del gobierno, como lo había hecho el general Prats durante el Tanquetazo. También espera que Carabineros se mantenga de su lado, como se aprecia en su primera alocución de esa mañana, en la que destaca que el alto mando policial se encuentra en La Moneda. Finalmente, dice, espera que los soldados de la patria sepan cumplir con su deber.

En la madrugada, Carlos Altamirano se comunica con el senador Adonis Sepúlveda, su segundo en la pirámide de mando del PS. Intercambian informaciones y acuerdan reunirse a las siete de la mañana con la Comisión Política en un local que tenían contemplado para emergencias.

Sepúlveda comprende que la hora de exponer su propia vida ha llegado. Es un fogueado cuadro político, que adhirió muy joven a la vertiente trotskista del marxismo internacional. Ha sido dirigente muchos años, y en 1965, en el Congreso de Linares del PS, redactó la tesis política que resultó triunfadora, la que puso en cuestión la vía electoral para que la izquierda alcanzara el poder. Al amanecer, toma sus armas y una caja con proyectiles y se sienta a esperar que sus dos “gapitos” pasen a buscarlo para llevarlo al lugar de reunión. Pero sus guardaespaldas no llegan. Llama a su yerno, el médico Ricardo Pincheira (Máximo), responsable del grupo de inteligencia del partido y de la Presidencia de la República, que se conoce como “el aparato”. Máximo lo recoge.

En Tomás Moro, la joven militante socialista e integrante del GAP Elba Moreno (Mirtha), telefonista en la residencia presidencial, se despierta con el ruido de autos preparándose para partir. Se levanta muy preocupada porque escucha decir que el Presidente ha afirmado con mucha tristeza que “esto no da para más”. Se queda con Hortensia Bussi, la esposa de Allende, y una de sus hijas, Carmen Paz. “Nosotros no sabíamos qué hacer –cuenta–. No sabíamos dónde estaban los jefes, no nos habían dado órdenes de qué hacer en caso de que hubiera que abandonar la casa. Creo que la señora Hortensia no se quería ir cuando la fueron a sacar los detectives”.

Por decisión propia empiezan a romper papeles con números de teléfono: “Queríamos quemarlos pero no conseguimos fósforos, de las pocas personas que quedaban nadie tenía fósforos, ni la mamá Rosa [antigua empleada de Allende] ni la Nena [Elena Araneda, integrante del GAP] ni ninguno de los compañeros. Todos dicen ‘no tengo, si a mí Campitos me pidió los fósforos’, ‘si a nosotros también nos pidió los fósforos’. Campitos era el cocinero que atendía al Presidente Allende, que era milico no sé de qué. Sé que hasta el último momento andaba Campitos en la casa, después no lo vimos más”. Lo más probable es que el misterioso cocinero fuera un agente de la inteligencia naval, que acumulando los fósforos intentó evitar que se quemaran documentos importantes.

Mirtha recuerda que a media mañana un helicóptero rondó la casa, que los compañeros del GAP le dispararon y que la nave se alejó echando humo.25 “Cuando se dieron cuenta de que había gente y que tenían armas, llegaron los aviones y bombardearon. Nosotros estábamos al lado de la central telefónica, en un pequeño comedor, bajo una mesa, sin saber qué hacer, esperando que en cualquier momento cayera una bomba y desapareciéramos”.

Rato después, “salimos de la casa y vemos llegar una camioneta que no había podido llegar a La Moneda porque a algunos compañeros los habían agarrado, así que se habían devuelto. No estoy segura de si estaba Rubén [Alejandro García], pero sí estaba Cristián, que era pariente de Carlos Álamo [Jaime Sotelo]. Entonces Cristián dice ‘tenemos que salir de acá, ya vienen acercándose los milicos’. Yo no sé si alguien los mandó a sacarnos o llegaron por su cuenta”. El grupo se marcha hacia las industrias de la zona sur de Santiago para apoyar la resistencia socialista en esos lugares. Con ellos va Luisito[Félix Vargas], quien ha resultado herido en la cabeza por una esquirla y Mirtha lo ha curado poniéndole un parche enorme, porque sangraba mucho.

A las siete de la mañana se reúnen algunos miembros del Comité Central en el local de la Corporación de Mejoramiento Urbano (Cormu) en Portugal esquina Diagonal Paraguay (hoy, la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile), encabezados por Carlos Altamirano. Están además Adonis Sepúlveda, Exequiel Ponce, Ariel Ulloa, Rolando Calderón, Arnoldo Camú y Hernán del Canto, entre otros.26

El senador Eric Schnake, director de Radio Corporación, se encuentra en las instalaciones de ese medio frente a La Moneda. Otros integrantes del Comité Central llegan hasta Fensa-Mademsa en la calle Cinco de Abril, en Maipú: el economista Víctor Zérega, el sociólogo Gustavo Ruz, el doctor Jorge Mac-Ginty y el abogado y diputado Alejandro Jiliberto.27 Luis Urtubia arriba a un colegio en Recoleta, convencido de que allí debía juntarse el Comité Central. 

En la Cormu, la Comisión Política discute sus opciones para sortear la asonada golpista. En las puertas del repliegue general, acuerdan no entregar el gobierno sin luchar. También deciden que uno de ellos debe ir a La Moneda a hablar con Allende: será Hernán del Canto, que ha sido ministro y es una persona de confianza del Presidente. Máximo, jefe del dispositivo de inteligencia, va con él porque debe ir a ocupar su puesto al lado del Presidente de la República.28 Del Canto debe preguntarle a Allende sobre las dimensiones del golpe, saber si todos los militares estaban embarcados en él, pedirle que salga de La Moneda y se atrinchere en alguna población o en el Regimiento Buin, que ellos creen permanece leal.29 Asimismo debe avisarle que el partido ha dado instrucciones para presentar resistencia en la medida de sus posibilidades.

Del Canto, de tendencia moderada (“Estaba en el mundo sindical y ese es un mundo de acuerdos, de entendimiento entre las partes”), aunque en 1967 llegó a tener una orden de detención por encabezar una huelga nacional de la Central Única de Trabajadores (CUT) en oposición a la política de Frei Montalva de ahorro forzado de los trabajadores, conocida como los “chiribonos”, dice que lo pasaron a buscar y cuando llegó a la sede del partido en San Martín “ahí ya los compañeros estaban tratando de sacar listas, de sacar todo, quemando libros”. Luego se va al local de la Cormu y allí se entera oficialmente de que hay golpe; “en la mañana no había carabineros ni militares en las calles, no había mucho movimiento”.

“El Presidente caminaba para todos lados –dice del Canto–. Cuando los militares notificaron que iban a bombardear La Moneda es cuando hace su discurso. Le dije a Augusto Olivares que esa era su despedida. Y ese discurso fue completamente improvisado, ni un papel, ni una pluma, nada. Cuando terminó entramos a la sala donde trabajaba, los dos solos. Me dijo ‘los militares, ya ve usted’, (…) ‘si los socialistas van a luchar, luchen…’ y que ‘en ninguna circunstancia, por ninguna razón saldré de aquí, yo soy el Presidente de Chile’”.

Con esa respuesta regresó Del Canto donde sus compañeros.Eduardo Coco Paredes lo mandó en un auto con chofer estacionado en Teatinos con Huérfanos, porque “ya los carabineros estaban contra nosotros”. Máximo se quedó en La Moneda. Del Canto dice a los demás que en La Moneda no hay ninguna posibilidad de hacer una defensa efectiva. Lo que tenían que hacer era organizarse en bloques. “Unos se van al cordón Cerrillos, otros al cordón Vicuña Mackenna, otros al de San Miguel. Así nos vamos todos”. La idea era luchar, realizando algunas acciones que permitieran apoyar a Allende en La Moneda.

Camú, Calderón y Ponce se dirigen a la fábrica Indumet a una reunión con representantes de otros partidos de la Unidad Popular y el MIR. Del Canto va con Sepúlveda y Altamirano al estadio de la Cormu en el Llano Subercaseaux, cerca del Matadero Lo Valledor. “Altamirano no hablaba, estaba mudo, no decía ninguna palabra. En el Llano Subercaseaux empezaron los helicópteros a rondar. Entonces salimos y nos fuimos a la casa del compañero José Pedro Astaburuaga en San Miguel. Tener a estas tres personas en tu casa era, francamente, una improvisación completa”.30 Poco después, Del Canto deberá abandonar esa casa y buscar refugio en la de su madre, a pocas cuadras de ahí. Al año siguiente seguirá siendo uno de los dirigentes más importantes del PS chileno desde Berlín Oriental.

La Comisión Política ordena que se repartan las pocas armas con que cuenta el partido, y que el aparato militar que se encuentra en el Llano Subercaseaux vaya hasta Indumet, forme una columna de combate reforzada con obreros y se dirija al centro de la ciudad para romper el cerco de los golpistas en torno a La Moneda. Disponen hacer un llamado al pueblo a defender el gobierno constitucional. Lo haría Adonis Sepúlveda por Radio Corporación, la emisora de la colectividad.31

En esos momentos la situación en la emisora es de alerta extrema. Dice Eric Schnake, presidente de la radio, en sus memorias: “Durante la noche del 10 al 11 de septiembre habíamos mantenido en Corporación la potencia de 50 KW en antena, para ser bien escuchados en todo el país e, incluso, en el extranjero. A medianoche, después de hablarlo con Carlos Altamirano, di la alarma de combate previamente establecida [la repetición cada cierto tiempo de un tema musical] y comunicada a todos los regionales y lugares de importancia estratégica para el partido. Pusimos en alerta permanente a los corporitos (renoletas de la radio), con un periodista en cada uno”.32 Pero la proclama de la Comisión Política no sale al aire porque la planta de la radio es bombardeada a primera hora. Una frecuencia de la radio en FM, que tenía poco alcance, llama incesantemente a la lucha, pero pocos la oyen.

Los sucesos se desencadenan con rapidez. Augusto Pinochet aparece comprometido con los golpistas, y a eso de las ocho de la mañana se ha comprobado que los encabeza.33 En las Fuerzas Armadas no se encuentran unidades leales. Quizás las únicas excepciones son el coronel Efraín Jaña Girón en el Regimiento Talca y el coronel Renato Cantuarias, director de la Escuela de Alta Montaña de Río Blanco.34 Jaña le ofrece a Allende movilizar el regimiento en su defensa, pero este rechaza la oferta y le ordena que se mantenga atento en esa ciudad.35

La familia de Augusto Pinochet se encuentra en las instalaciones de la Escuela de Alta Montaña protegidas por Cantuarias. Se ha especulado con la posibilidad de que jugara a dos bandas y, en caso de que el golpe saliera mal, pensó que su familia podría pasar fácilmente a Argentina por el paso del Cristo Redentor.36

Desde media mañana Carabineros adhiere a los insurrectos. Los rebeldes, encabezados por el general César Mendoza, quien se ha designado a sí mismo director general, toman el control de la Central de Comunicaciones de Carabineros (Cenco) y desde entonces toda la institución empieza a obedecer sus órdenes: los intentos del general José María Sepúlveda, quien se encuentra en La Moneda junto al Presidente, no tienen éxito.(La orden que Allende da al general Sepúlveda de recuperar Cenco posiblemente sea la única instrucción importante de combate que entrega esa mañana.) Poco antes del bombardeo el alto mando de Carabineros abandona el palacio.

Casi veinte socialistas del GAP, diecisiete detectives comandados por Juan Seoane y los colaboradores más cercanos del Presidente, como Eduardo Paredes, Osvaldo Puccio Giesen, Osvaldo Puccio Huidobro, Enrique París, Jaime Barrios, Arturo Jirón, Carlos Jorquera, Óscar Soto, Patricio Guijón, Patricio Arroyo, Danilo Bartulin, Jorge Klein, Arsenio Poupin, Claudio Jimeno, Enrique Huerta y Miria Contreras combaten en “forma simbólica” en defensa del gobierno.37 La Moneda es indefendible: carece de troneras para disparar, y, por sus gruesas paredes, para hacer fuego se requiere exponer el cuerpo a las balas enemigas.

En La Moneda algunos quieren combatir hasta morir, otros negociar y otros discuten sacar a Allende vivo de ahí. A petición de Paredes, quien pensaba que el Presidente debía encabezar la resistencia en las poblaciones, se diseña un plan de salida de La Moneda. La idea es escoltarlo primero al Ministerio de Obras Públicas y luego al Banco del Estado, situado a un costado de La Moneda. Ahí las versiones difieren: una apunta a que el destino final es la zona sur y otra a que el objetivo es atrincherarse en el edificio del banco, que es una fortaleza.

El historiador Patricio Quiroga coincide en la versión del intento de salida: “Poco antes del bombardeo aéreo, los hombres del GAP intentaron abrir una ruta de escape. La maniobra partía en la puerta de Morandé 80, para luego atravesar la calle, entrar al Ministerio de Obras Públicas, romper por el edificio del Banco del Estado y alcanzar la calle Bandera, para luego dirigirse a la zona sur y a los Centros de Resistencia: Sumar, Indumet, Madeco. Se designaron las misiones. Por radio se comunicó a la escuadra que defendía desde el MOP [Julio Soto, Manuel Cortés, Isidro García, entre otros] que debían estar dispuestos a apoyar la maniobra. Julio Soto [Joaquín] conduciría el vehículo en que iría el Presidente. El dirigente iría protegido por Juan Osses disparando a la izquierda; Osvaldo Ramos [Manque] por la derecha y atrás Jaime Sotelo [Carlos Álamo] y J.J. Montiglio [Aníbal]. El resto debía servir como cortina de fuego. Desde el segundo piso del palacio, Daniel Gutiérrez (Jano) tendría la tarea de hacer fuego con lanzacohetes para inmovilizar los tanques. La ruta era difícil y peligrosa, pero posible. Cuando estaba por iniciarse la maniobra, los defensores se encontraron con que la puerta del Ministerio estaba cerrada con cadena y candado. Se necesitaba poco tiempo para romper los sellos, pero un tiempo suficiente para una masacre, porque Morandé era un corredor de balas, con el agravante de que frente a la Plaza de la Constitución ya se movían los tanques. Ante la situación, Allende dio orden de abortar la maniobra y regresar a los puestos dentro de La Moneda”.38

Otros sostienen que Allende nunca consideró seriamente salir del palacio presidencial.

A media mañana, en la fábrica Fensa-Mademsa de Maipú se ha reunido una parte del Comité Central junto con militantes y obreros, entre ellos Abel Santamaría. “Yo vivía en la Villa México, en unos departamentos que fueron tomados durante el gobierno de Eduardo Frei, de trabajadores de la salud. Me estaba levantando cuando escuchamos en la radio el anuncio del golpe. Me vine inmediatamente para el centro porque tenía responsabilidades que asumir y ya no se podía pasar. Tuve que regresar...”, dice este militante hijo de un oficial de Carabineros, que fue administrativo en un hospital y que había estado un mes en Cuba aprendiendo nociones de defensa y tiro. Entonces se fue a Fensa-Mademsa, uno de los centros de resistencia socialista; su misión es prestar seguridad a los miembros del Comité Central. Ya habían llegado Víctor Zérega, Jorge Mac-Ginty, Alejandro Jiliberto y Gustavo Ruz. Se daban cuenta de que cualquier resistencia se transformaría en una matanza. “Hubo un gran debate de los miembros de la Comisión Política, que finalmente tomaron la decisión de que todos se fueran”.

En Fensa-Mademsa predomina la postura de Gustavo Ruz: no estaban las condiciones para presentar una resistencia organizada y efectiva. No saben de Altamirano ni de otros dirigentes, sí saben que se combate en Indumet y en las poblaciones La Legua, El Pinar y San Joaquín, pero no conocen los alcances de esta lucha, ni tienen planes ni armamento –excepto algunas armas cortas– para apoyarlos. Cuando tienen noticias de que Allende ha muerto, como a las cuatro de la tarde, deciden dar por concluida su resistencia con un discurso de Ruz agradeciendo a todos su valentía. 

“Nosotros nos quedamos ahí porque teníamos que sacar a la gente, ya que los militares iban a tomarse la fábrica –agrega Abel Santamaría–. ¿Cómo lo hacíamos? Los miembros de la Comisión Política era gente muy conocida y sus vehículos estaban lejos de la industria, así que si salían muchos autos se iban a delatar porque estaba todo acordonado”. Al finalizar la tarde, entonces, vestidos con overoles de obrero, los dirigentes socialistas abandonan la fábrica para refugiarse en una casa en una de las poblaciones cercanas a la fábrica Copihues. Al otro día, salen del área en grupos pequeños.

Luego, Abel Santamaría y Ruz se dirigen en auto al centro, dejan establecida una casa en Independencia como punto de contacto, “y después cada uno se fue a donde tenía su casa de seguridad. Al otro día nos íbamos a encontrar...”. Para Abel comenzaba una dura etapa en la clandestinidad, específicamente ayudando a Gustavo Pollo Ruz, que integrará la primera dirección clandestina. Años después Abel sería uno de los principales cuadros militares de la organización.