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"En los meses y años siguientes al golpe de Estado de 1973, medio centenar de niñas y niños chilenos, hijos de militantes comunistas o socialistas asesinados, encarcelados o exiliados, llegaron a vivir a la Unión Soviética. Allí comenzaron una nueva vida, que incluyó estudiar y residir nueve meses al año en la Escuela Internacional Elena Stásova, el Interdom, donde se educaban los hijos de los revolucionarios del mundo que habían sido perseguidos. Desde la década de 1930, por allí habían pasado niños centroeuropeos de familias acechadas por Hitler, de republicanos españoles, africanos, latinoamericanos y los hijos de Mao Zedong; y a mediados de los años 70 los chilenos se convirtieron en una numerosa colonia. Forjaron amistades inseparables, recibieron una buena educación y compartieron con jóvenes de todos los continentes, pero también conocieron la pesadumbre de las noches solitarias en que extrañaban a sus familias. Décadas más tarde, criados como soviéticos y convertidos en profesionales, algunos de ellos regresarían a Chile y otros se alejarían para siempre. Aquí recuerdan cómo el exilio y el internado cambiaron sus vidas".
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Seitenzahl: 233
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Pérez, Cristián
Los niños del InterdomEl internado soviético que acogió a los hijos del exilio
Santiago de Chile: Catalonia, Periodismo UDP, 2023
156 pp. 15 x 23 cm
ISBN: 978-956-415-058-1
periodismo de investigación
CH 070.40.72
Este libro forma parte de la colección de periodismo de investigación desarrollada al alero del Centro de Investigación y Proyectos Periodísticos (CIP) de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.
Edición periodística: Jorge RojasDiseño de portada: Trinidad Justiniano Fotografías: Archivo de Alejandro YáñezDirección editorial: Arturo Infante Reñasco Composición: Salgó Ltda.
Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados para esta publicación que no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).
Primera edición: noviembre, 2023ISBN: 978-956-415-058-1ISBN digital: 978-956-415-059-8RPI: 2023-A-11567
© Cristián Pérez, 2023© Catalonia Ltda., 2023Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl - @catalonialibroswww.cip.udp.cl/investigacion - @cip_udp
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Índice
Nota del autor
Destierro
El fin de la infancia
Primer día en el Interdom
Uniformes
Buenas alumnas
Los Yáñez
Después de clases
Pequeños militantes
Días para recordar
En el hospital
¡Llegó Chile!
Los Ponchos Rojos
Transgrediendo la disciplina
Zaporozhie
Y ahora qué
El derrumbe de la urss
Nota del autor
En el transcurso de la investigación para mi libro Viaje a las estepas. Cien jóvenes chilenos varados en la Unión Soviética tras el golpe, Aldo Silva, uno de los protagonistas de ese periplo, me comentó que había existido un grupo folclórico latinoamericano en la ciudad de Ivánovo, que era un conjunto de niños chilenos que estudiaba en un internado en esa ciudad. Dijo también que a la presentación del libro invitaría a algunos de ellos.
Semanas después, una tarde lluviosa de invierno de 2018, en un café de Providencia, presentamos Viaje a las estepas... Entre las personas que asistieron estaban Paula Leal y un par de amigos de sus años en la Unión Soviética. Mientras le firmaba el libro nos pusimos de acuerdo para hablar de esa historia. A los pocos días tuvimos la primera conversación en la que, a grandes rasgos, me contó de los niños chilenos en la URSS. La historia había comenzado medio siglo antes, cuando, producto de la persecución militar contra militantes de izquierda tras el golpe de Estado, algunas familias, a veces sin el padre, que había sido asesinado, debieron partir al exilio y llegaron a la Unión Soviética, específicamente a Moscú y a Zaporozhie y Odessa, hoy en Ucrania.
A poco de llegar, los niños desde los siete años fueron enviados a ese internado en Ivánovo, a unos 300 kilómetros al noreste de Moscú, que acogía a los hijos de revolucionarios que en sus países eran perseguidos o debían exiliarse. La escuela se había creado a comienzos de la década del 30 y allí nuestros pequeños compatriotas compartieron con niños de muchas otras nacionalidades que, como ellos, habían sufrido los rigores de la represión, guerras y revoluciones. En el colegio aprendieron a hablar ruso sin acento, pero también mantuvieron su lengua materna, estuvieron informados de los acontecimientos en Chile y de la solidaridad internacional que los marcó para siempre.
Era una historia tremenda, puesto que era difícil imaginar que niños ya muy dañados por la persecución a sus padres debieran separarse de sus familias durante nueve meses del año para estudiar tan lejos de sus seres queridos y su patria. Entonces, sin proponérmelo, al culminar un texto sobre el exilio chileno en la URSS se dio el primer paso para otro, este que usted tiene en sus manos. Los devenires de nuestros compatriotas en el destierro soviético me mantendrían ocupado durante varios años más.
Además de trabajar con mi abundante archivo de entrevistas con integrantes de la izquierda chilena y latinoamericana de los años 60 a 90, y de un chequeo bibliográfico y de referencias audiovisuales, logré entrevistar a catorce personas que estudiaron en el Interdom, varios de sus familiares y otros chilenos que estuvieron en la URSS. Las conversaciones fueron por teléfono, Zoom, WhatsApp, correo electrónico y también presenciales. Algunas personas fueron entrevistadas varias veces y con otras no pude realizar más que una sesión.
A continuación, pueden leer el devenir de esos niños chilenos que, para salvar sus vidas, debieron partir al destierro y en la Unión Soviética aprendieron los valores de la solidaridad humana, tan extraña en estos tiempos.
C.P.
Villa Santa Rosa de Los Andes, otoño de 2023
Destierro
“Tengo la imagen de los proyectiles incrustados en la pared de la sala del jardín”.
Paula Leal hurga en una pila de fotografías y cuadernos viejos escritos en cirílico, mientras en su computador suenan canciones rusas. Es un caluroso domingo de diciembre de 2022 y en su departamento de la calle Carmen, en el centro de Santiago, un retrato familiar llama su atención. Es una imagen en colores que fue tomada a fines del otoño de 1971 en uno de los patios de la Universidad Técnica del Estado (hoy Universidad de Santiago), cuando apenas tenía dos años. Está en los brazos de su padre, Renato Leal, de pelo largo y barba, suéter café oscuro y jeans o Pecos Bill azules, y al lado de su mamá, Carolina Schürmann, que lleva un chaleco amarillo y pantalones pata de elefante.
Para los tres la UTE era un lugar habitual: Carolina estudiaba Pedagogía en Alemán, Renato era artista, pintor, pero trabajaba en el área de importaciones de la universidad y cumplía labores en el sindicato, y Paula asistía al jardín infantil para hijos de funcionarios y de alumnos. Una rutina que fue interrumpida el martes 11 de septiembre de 1973, cuando los militares atacaron el recinto como si se tratara de un regimiento enemigo. “El sonido ensordecedor de las ráfagas y el miedo que sentí jamás se me olvidarán”, dice Paula.
Entonces tenía cuatro años. De todo lo que ocurrió ese día solo recuerda las balas, la lluvia de proyectiles que cayó sobre la sala donde estaban los niños. El resto de su historia la ha ido reconstruyendo a través de la memoria de sus padres. Así supo, por ejemplo, que ese 11 de septiembre Salvador Allende iba a acudir a la UTE, a la exposición Por la vida… ¡Siempre! de las Jornadas Antifascistas de la universidad, y allí iba a anunciar un plebiscito nacional en el que se consultaría por la continuidad de su gobierno.1 La niña y su madre estaban a cargo de entregarle un ramo de flores al presidente.
Por supuesto, nada de eso ocurrió. En lugar del acto, Paula y otros cuatro compañeros, junto a dos educadoras de párvulos, yacían escondidos bajo las mesas, alejados de las ventanas destrozadas, mientras soldados armados con fusiles de guerra disparaban sin contemplación. En otro edificio de la UTE su padre, militante del Partido Comunista, resistía acompañado de numerosos trabajadores, estudiantes y profesores.
Antes de que el Ejército tomara posiciones afuera de la universidad, alrededor de mil personas, coordinadas por Osiel Núñez, presidente de la Federación de Estudiantes, se habían desperdigado por el campus para tomárselo, “como una expresión de apoyo a la Unidad Popular en defensa del Gobierno Popular”.2 Para la resistencia, sin embargo, no contaban con armas. Esa tarde, cerca de las seis, frente a la Casa Central, militares de una patrulla del Regimiento Yungay de San Felipe pidieron hablar con Núñez. Le trasmitieron la orden de desalojar el lugar antes del mediodía del 12 de septiembre. Los estudiantes solicitaron buses que los repartieran en distintos puntos de la ciudad, pero no hubo acuerdo.
Durante la noche el grupo, que incluía al rector, Enrique Kirberg, se acomodó en talleres, salas de clases y oficinas para resguardarse del ataque. En la Escuela de Artes y Oficios, el fotógrafo de la universidad, Hugo Araya, apodado “el Salvaje”, cayó herido. Reptando por los pasillos, un grupo de estudiantes llegó a socorrerlo, pero el enorme impacto de un balazo en la espalda le provocó la muerte. También murió una funcionaria de la universidad, Marta Vallejo Buschmann.3
A las siete de la mañana del día siguiente los soldados, encabezados por el mayor Donato López Almarza y por Marcelo Moren Brito, comandante del Batallón del Regimiento Arica de La Serena, ingresaron a la universidad. Primero atacaron la Casa Central, con armas largas y artillería, y enseguida asaltaron la Escuela de Artes y Oficios y otras facultades y talleres. Obligaron a los civiles a tirarse al piso con las manos en la nuca mientras los golpeaban con las culatas de los fusiles. Luego, los hombres fueron trasladados hasta el Estadio Chile, donde quedaron detenidos, y las mujeres al Ministerio de Defensa.4
Durante todo ese tiempo, Paula estuvo escondida en el jardín infantil. De esos momentos solo recuerda dos escenas: la de los vidrios rotos y una imagen del reencuentro con su mamá. Un flashazo: ella en los brazos de Carolina Shürmann, que estaba apoyada en una pared de concreto en Avenida Ecuador, vigilada por una fila de militares. Después se enteraría de que los soldados le habían dicho a Shürmann que el jardín había sido bombardeado y que todos los niños habían muerto.
Esa tarde se trasladaron al departamento de la abuela, porque su casa, en la calle Santo Domingo, había sido allanada el mismo 11 de septiembre tras la denuncia de un vecino revanchista.
Renato Leal estuvo cuatro días en el Estadio Chile y luego lo trasladaron al Estadio Nacional, donde lo encerraron en un camarín con más de cien personas. Debían permanecer de pie y abrazarse para soportar el frío. Leal pasó gran parte de su detención en ese recinto como el líder de un grupo de presos que tenía como misión recolectar la ropa que los familiares les llevaban. Lo soltaron en las semanas previas al partido de fútbol entre la selección nacional y la de la Unión Soviética por la clasificación al Mundial de Alemania de 1974, que se jugó ahí mismo. Se fue a vivir al departamento de una compañera del partido, reconectándose con las estructuras clandestinas. Pocos días después se le ordenó asilarse, ya que había información de que estaba siendo buscado para ser interrogado por sus actividades en la universidad.
Leal llegó a una casa donde funcionaba un jardín infantil para los hijos de los diplomáticos de la República Democrática Alemana (RDA). Allí fue recibido por Tapani Brotherus, el encargado de negocios de Finlandia (país que representaba los intereses de la RDA en Chile), diplomático a quien cientos de chilenos le terminarían debiendo la vida.5 En ese lugar se encontró con el periodista Hernán Barahona y aproximadamente treinta personas que no conocía. Les ordenaron no salir y mantenerse en silencio.
Paula no tiene muchos recuerdos de los meses posteriores al golpe, salvo que vivió con su abuela en un departamento en el centro de Santiago y que viajó a Osorno a ver a sus abuelos maternos, para sacar carné de identidad. En la foto del documento tiene el pelo trenzado y el rostro impávido. De regreso en Santiago, una soleada mañana de fin de año, ella y su mamá llegaron hasta la entrada del recinto donde se resguardaba Renato Leal. Era la primera vez que se veían desde el golpe, pero, más que un reencuentro, la visita sería una despedida: Leal se exiliaría en Finlandia.
Del momento solo una imagen permanece imborrable en la memoria de Paula: la puerta de la calle abierta y, en el fondo del patio, su padre moviendo la mano en señal de adiós. Fue un encuentro fugaz, a la distancia, sin abrazos, besos ni conversaciones, que quizás se ha conservado intacto en su memoria porque está encadenado a otro recuerdo, el de un juguete: Venita, un oso de peluche gris y mirada triste que Tapani Brotherus le regaló luego de esa despedida. “Le pusimos Venita porque mi mamá me llamaba así por una venita azul que tenía en la nariz”, dice Paula mientras busca una foto en blanco y negro en la que aparece con él.
Desde Finlandia, Renato Leal viajó a la RDA y un par de meses después el partido lo envió a una escuela de cuadros en la Unión Soviética. En marzo de 1974, Paula y su madre fueron a su encuentro. “Mi abuela nos fue a dejar al aeropuerto y me regaló una llamita, que junto a Venita fueron mis únicos juguetes”. Fue un viaje largo. Hicieron escala en Dakar para llegar a Ámsterdam. Desde allí se dirigieron a Berlín Este y luego a Moscú. El reencuentro cambió los planes de Leal. Abandonó la escuela de cuadros y se trasladó junto a su familia a Zaporozhie, en Ucrania. Un viaje en tren del cual Paula no tiene recuerdos. En esa ciudad, a orillas del río Dniéper, su padre comenzó a trabajar en una empresa de diseño gráfico dedicada a la pintura monumental, que habitualmente elaboraban a mano en los muros de enormes edificios. Era el único empleado extranjero.
Paula conserva flashazos de esa época más que memorias. En uno de ellos se ve pescando junto a su padre: “Íbamos al río Dniéper. En esas excursiones él me pedía que estudiara, que fuera buena alumna, para que cuando creciera aportara a Chile y ayudara a cambiarlo. Me decía que era muy inteligente y que en cualquier momento regresaríamos, porque éramos exiliados políticos, no económicos. Yo extrañaba a mi abuela, sobre todo cuando veía a las abuelitas soviéticas sentadas en las entradas de los edificios, conversando y tejiendo”.
Mientras su padre trabajaba y su madre estudiaba en la Universidad de Zaporozhie,6 Paula ingresó a un jardín infantil donde asistían otros niños chilenos. “No lo pasé bien porque me hacían bullying, pero no recuerdo por qué. Quizás porque con mi pelo rubio, mis ojos verdes y mi piel muy blanca no parecía chilena. Ellos sentían como rabia, estaban muy traumados y dañados con lo que les había pasado. Había niños que no tenían papás y yo tenía papá y mamá. Eso les afectaba, creo”. No estuvo mucho tiempo en ese jardín. Su madre la cambió a uno donde solo iban niños rusos. “Ahí hice la vida normal de una niñita. Tengo fotos de ese jardín que me tomó mi papá y me veía muy feliz. Allá todos sabían que era chilena, pero nunca me hicieron sentir diferente. Era parte del jardín: hablaba, jugaba y peleaba en ruso”.
De una pila de fotografías saca una imagen de esos años en el preescolar. Es un retrato del acto de fin de ciclo. Lleva un vestido corto y una corona de reina. Una compañera le toma la mano. En un extremo del cuadro hay un niño disfrazado de Ded Moroz, personaje mitológico eslavo también conocido como el Abuelo de las Nieves. Ese fue su último día en el jardín, en junio de 1976. Tras eso comenzó su etapa en la Escuela Internado Internacional Elena Stásova de Ivánovo, también conocida como Interdom. En ruso dom es “casa”, e interdom puede traducirse como “hogar internacional”.
“Recuerdo la sensación de que algo grande y extraordinario se acercaba, porque al internado iban todos los niños chilenos que eran mis amigos. Era como ir a una gran aventura, pero creo que nunca me imaginé cómo iba a ser en verdad”.
Los temores comenzaron en los días previos al viaje, cuando se dio cuenta de que sus padres no irían con ella. La tarde del domingo 29 de agosto se despidió de su oso Venita, a quien dejó acostado en la cama, y comenzó su viaje en la estación de trenes de Zaporozhie. “Me dejaron en el andén, nos abrazamos por última vez y junto a los demás niños subí al vagón. Desde la ventana los veía y asomé el cuerpo para despedirme. La primera vez que había visto irse a los niños al internado estaba en el jardín infantil. Era una fiesta de la comunidad chilena ir a dejar a sus hijos al tren”.
Fueron 1.250 kilómetros en dos días, desde Zaporozhie a la estación Kievsky, en Moscú, y de ahí a Ivánovo. Paula tenía siete años, hablaba ruso y transitaba entre la alegría por la gran aventura que comenzaba y la pena por no tener a sus padres cerca.
Serían nueve meses por año en el internado.
Aníbal Figueroa habla desde Entre Ríos, Argentina, donde reside. El día del golpe de Estado tenía doce años y le extrañó que no sonara la campana de su escuela para entrar a clase. Mientras los partidarios de las nuevas autoridades militares habían comenzado los festejos en Ñuñoa, su barrio, Aníbal y su hermana mayor regresaron apresuradamente a su hogar, donde su madre ya tenía los bolsos preparados para partir. Empezaron años de inestabilidad y temor porque Néstor, su padre, exdirigente ferroviario, integrante del Comité Central del Partido Socialista, era el secretario de Alfredo Rojas Castañeda, director de la Empresa de Ferrocarriles del Estado y hoy detenido desaparecido.7 Aníbal no podía saber que la vida tranquila que llevaba hasta ese martes en la calle Manuel Barrios se vería alterada, y que el destino lo conducirá hasta la Unión Soviética a estudiar en un internado para hijos de revolucionarios.
Aunque habían ido a refugiarse donde su tía Hilda, el padre les ordenó volver a su casa porque allí había mucha documentación partidaria y había que deshacerse de ella. “Con mi mamá y mis hermanos y hermanas empezamos a quemar papeles y documentos. Recuerdo tener miedo, mucho miedo, aunque no lo manifestaba. Como a las cinco y media de la tarde un muchacho que era carabinero, que vivía en la misma cuadra y que era amigo de mis hermanas, vino y dijo que nos preparáramos porque íbamos a ser allanados”. Así fue, llegó un camión atestado de militares y durante varias horas estuvieron “revolviendo la casa, golpeando a mis hermanas”. Carabineros e Investigaciones llegaron también días después buscando al padre. “Fueron como tres o cuatro veces a buscar a papá, y mamá les armó el cuento de que estaban separados, les decía que si lo encontraban lo obligaran a pagar la pensión alimenticia, y, como parece que se tragaron ese ardid, después ya no iban y solo llamaban por teléfono preguntando si había aparecido por la casa”.
Durante dos meses Aníbal acompañó a su padre a cambiarse de escondite. “Se alojaba en casas de amigos, gente de izquierda que lo conocía mucho y lo querían y lo cuidaban y arriesgaban mucho por eso. Yo era su lazarillo”. Por fin, Néstor Figueroa logró asilarse en la Embajada de Italia, salvando su vida, y el 29 de diciembre de 1973 partió al exilio. Los niños y su madre viajaron el 8 de marzo de 1974 a Mendoza en el Trasandino, “y dio la casualidad de que ese mismo día los agentes de seguridad golpean la casa de la hermana de mi mamá, donde vivíamos, buscando a mi madre porque había sido integrante de las JAP.8 Nosotros ya estábamos en el tren, por un par de horas se salvó, nos salvamos”.
La familia se acomodó en Bahía Blanca, en el sur de la provincia de Buenos Aires, y probaron varios oficios para asegurar la subsistencia: una verdulería, una curtiduría. “Mi padre era buscavidas, sin ayuda aprendió a curtir cueros. Fue a la biblioteca de la ciudad, levantó información y se puso a curtir piel de conejos para hacer prendas. Nunca las pudo vender porque eran cosas muy exóticas, pero a la familia le hizo cubrecamas con piel de conejo y muchas otras cosas. En 1976, después de dos años en Bahía Blanca se dedica a la venta ambulante de ropa, y ahí repunta su situación económica. Ahí estamos mejor”. Sin embargo, el golpe militar del 24 de marzo de 1976 cambiará radicalmente la situación y los obligará a partir a una nueva estación del exilio. El padre fue a Inmigración a pedir la renovación del permiso de residencia y se la negaron, “le dijeron que si no salíamos del país seríamos deportados a Chile”.
Eran años terribles para los exiliados chilenos porque ya estaban funcionando varios aparatos de seguridad de ultraderecha, entre los que destacaba la Alianza Argentina Anticomunista (AAA) creada por José López Rega. “Un día mi padre me dijo: ‘Moncho, si algún día los militares entran a la casa, trata de quitarles un arma porque te van a matar igual’. Y yo tenía quince años, era un adolescente. Mi viejo vivía con enorme angustia por nuestra situación. Creo que él sufría mucho por nuestra seguridad. También sufría yo en silencio”.
El padre había estado en la Unión Soviética en los años sesenta integrando una comitiva de dirigentes ferroviarios, había sido condecorado y le había tomado cariño a ese sistema, de modo que se decidió y la Cruz Roja Internacional gestionó el viaje. Una noche de noviembre de 1977 arribaron a Moscú. En el aeropuerto, a diferencia de otros desterrados chilenos que llegaron en aquellos años, los esperaba un representante de la Cruz Roja que hablaba perfectamente español. Pasaron una semana en uno de los más tradicionales hoteles de la ciudad, que al joven le pareció muy cómodo. “Enseguida, la Cruz Roja Soviética nos mandó a Odessa y no a Zaporozhie como a la mayoría de los chilenos. Mi papá lo tomó como una ‘sacada del medio’ y yo coincido con él. Lo marginan políticamente, porque era militante socialista y no comunista”.
Odessa, la joya del mar Negro, uno de los principales lugares de veraneo del país, no acoge a familias chilenas excepto la de la madre y tía de Patricia Salgado, que habían llegado algunos años antes. A los Figueroa les dieron dos departamentos y se integraron a una vida de trabajo y estudios. Allí la Cruz Roja Soviética le ofreció al padre que Aníbal, de dieciséis años, terminara la secundaria en Ivánovo. “Papá me lo propone porque en el internado, según él entendió, la enseñanza iba a ser en español”. De esa forma llegó al Interdom el sábado 10 de diciembre de 1977: no sabía una letra de ruso, pero iba feliz.
Alfonso Olivares tenía cinco años para el golpe. Vivía con su padre, Enrique Olivares Angulo, su madre, María Ferrada, y sus cinco hermanos en una casa de madera en la calle Paul Harris, en Las Condes. Enrique Olivares era de Valdivia y desde joven militó en el Partido Socialista, donde se convirtió en uno de los dirigentes más importantes de la zona sur. Fue dirigente de los “canillitas” (suplementeros), de los lustrabotas y de los tapiceros y mueblistas. Llegó a Santiago a mediados de 1972 y después del golpe, con la obligada clandestinidad del PS, se desempeñó en los equipos de apoyo a las direcciones clandestinas, actividad que tuvo como consecuencia la detención, desaparición y muerte de centenares de miembros de la organización. En 1974 cruzó a Argentina, ayudado por arrieros, luego que un vecino militar le avisó que lo iban a detener. Se instaló en Buenos Aires y se reunió con su familia al año siguiente. En 1976, con el golpe que depuso a María Estela Martínez de Perón, debieron huir rápidamente a Lima. Luego, la Cruz Roja Internacional los ayudó con los pasajes hacia la URSS, donde Enrique había estado en 1972 con dos de sus hermanos, cuando viajaron a hacer un curso de seis meses en las escuelas de cuadros del Komsomol (la Juventud del Partido Comunista de la Unión Soviética). Su hijo Alfonso llegó al Interdom el 31 de agosto de 1976, con ocho años.
“Mi casa estaba llena de militares que rompían muebles, libros, revistas, vinilos, fotos, todo aquello que aludiera a la Unidad Popular”, recuerda Viola Carrillo, que el 11 de septiembre de 1973 tenía seis años. Todos en su familia eran militantes comunistas: su madre, sus hermanos mayores, sus abuelos y su padre, Isidoro Carrillo Tornería, administrador público, integrante del Comité Central y exregidor y exalcalde de Lota. Carrillo se había hecho conocido en 1960 cuando era un joven dirigente del carbón. Ese año encabezó una huelga sin precedentes en la historia de Lota, que duró 96 días y que fue conocida como la “huelga larga del carbón”.9 Uno de los momentos más épicos del conflicto fue la marcha de 35.000 mineros y sus familiares por más de 40 kilómetros hasta Concepción, marcha encabezada por Carrillo y los principales dirigentes nacionales de la Central Única de Chile (CUT), como Clotario Blest.10
Años más tarde, en enero de 1971, en otro multitudinario acto en Lota, esta vez encabezado por el presidente Salvador Allende, Carrillo había asumido como gerente general de la Empresa Nacional del Carbón. Pero ese 11 de septiembre, mientras los militares destruían su casa y su hija Viola miraba con impotencia, no le quedó otra opción que arrancar. “Salió por el patio trasero. En mi mente de niña sabía que a mi padre lo iban a matar, que algo muy malo nos esperaba”.
Y así fue. A los allanamientos les siguieron la persecución y las amenazas. En una ocasión les dijeron que habían puesto una bomba en la casa y esa noche su madre y los once hijos debieron dormir en la caleta, con los pescadores. Viola recuerda que un día, mientras su padre era requerido profusamente en los bandos militares,11 él los reunió a todos: “Nos dijo que teníamos que separarnos porque para presionarlo podían hacernos desaparecer. Me fui donde mi tía Nelly, hermana de mi papá. Después de esa conversación él fue a entregar el cargo a la Intendencia Regional y ahí lo apresaron”.
Luego de dos semanas en que no tuvieron noticias suyas la familia decidió buscarlo. Fueron a preguntar a varias comisarías de la región y en todas les dijeron que no estaba, hasta que dieron con él en la cárcel naval de Talcahuano, en la Isla Quiriquina. Desde allá lo trasladaron a la antigua prisión de Concepción, a metros del río Biobío, para ser sometido a un consejo de guerra enmarcado en el “Plan Z”.12 El domingo 21 de octubre Viola y su tía Nelly se enteraron de que había sido condenado. Se lo contaron los gendarmes, en la puerta de la cárcel, mientras hacían la fila para entrar a visitarlo, lo que no les permitieron. “No entendí en ese instante, más adelante comprendí que la condena era un fusilamiento. Mi tía quedó deshecha, lloraba y lloraba”.
Todo pasó muy rápido. Al día siguiente, mientras escuchaban la emisora El Carbón de Lota, llegó la noticia que nadie en la familia quería oír: a Isidoro Carrillo lo habían ejecutado. Un pelotón de fusilamiento le había disparado en un predio de Gendarmería junto a Danilo González (profesor normalista, alcalde de Lota), Wladimir Araneda (profesor de educación básica) y Bernabé Cabrera (empleado de la Celulosa Arauco).13 “Esas imágenes se me quedaron grabadas para siempre, con rabia. Cada año lo recuerdo con mucho dolor”.
Pero la persecución no se detuvo con la muerte de Carrillo. Fedor, de dieciocho años, el mayor de los doce hermanos, también estaba en la cárcel,14 e Isabel Nova, su madre, que denunció la ejecución ante autoridades eclesiásticas y medios extranjeros, fue amenazada por militares: le dijeron que si seguía hablando sus seis hijos menores serían enviados a un orfanato. El miedo la obligó a migrar. Se trasladaron a Santiago, donde una parte de los hijos se instaló en la casa de Luis Corvalán, secretario general del partido, que entonces estaba detenido en Isla Dawson, y otro grupo en la de Carlos Pozo, dirigente de la Confederación Minera, que estaba casado con una tía materna de Viola.
El destino final era salir del país. El 12 de julio de 1974, apoyados por la Cruz Roja, Isabel Nova y diez de sus hijos abordaron un vuelo a Ginebra.15 Aunque la familia tenía un ofrecimiento de visa para Suiza, su escala fue transitoria y siguieron rumbo a la URSS en honor a Isidoro, que había estado en el país en los años 60 como parte de una delegación de dirigentes sindicales. “El sueño de mi papá era que nosotros conociéramos ese gran Estado. De hecho, la mayoría de los nombres de mis hermanos son de origen ruso: [además de Fedor y Vasili] uno se llama Vladimir Yuri, por Vladimir Lenin y Yuri Gagarin, y otro se llama Gorki, por el escritor”.
