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Admirado por Tolstói, Gorki y Thomas Mann, entre otros, Nikolái Leskov, además de uno de los maestros de la literatura rusa del XIX, parece encarnar la esencia del narrador; a su poderosa imaginación se une un lenguaje muy bello, consecuencia de su excepcional dominio del ruso. Esta novela corta, que inspiró la conocida ópera de Shostakóvich, narra la historia de la joven Katerina Lvovna. Hastiada por su matrimonio de conveniencia con un hombre que le dobla la edad, siente la falta de libertad desde su infancia; cuando conoce al joven Serguéi Filíppych se verá arrastrada por una pasión devoradora. Esta Lady Macbeth no actúa llevada por una desmedida ambición, sino por un amor apasionado. Tal vez por eso, el lector, a pesar de sus crímenes, no puede evitar entender su sufrimiento.
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Seitenzahl: 86
Veröffentlichungsjahr: 2015
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LADY MACBETH DE MTSENSK
Nikolái Leskov
Ilustraciones de Ignasi Blanch
Título original: Ledi Mákbet Mtsénskogo Uiezda
La traducción de la edición y la creación de la maqueta de edición han sido realizadas con el apoyo financiero de la Agencia Federal de P rensa y Medios de Comunicación en el marco del Programa Federal «la Cultura de Rusia» (para los años 2012-2018)
© De las ilustraciones: Ignasi Blanch
© De la traducción: Marta Sánchez-Nieves
Edición en ebook: septiembre de 2015
© Nórdica Libros, S.L.
C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)
www.nordicalibros.com
ISBN DIGITAL: 978-84-16440-16-0
Diseño de colección: Diego Moreno
Corrección ortotipográfica: Victoria Parra, Ana Patrón y Susana Sánchez
Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Nikolái Leskov
(Óblast de Oriol, 1831- San Petersburgo, 1895)
Nieto de un sacerdote ortodoxo ruso y sobrino de un cuáquero inglés, se interesó por los temas morales y religiosos, y sostuvo puntos de vista de moralista ante cualquier cuestión. Leskov fue criticado a la vez por conservadores e izquierdistas y no fue comprendido en su tiempo. Uno de sus temas preferidos, el enfrentamiento entre los ideales y la realidad, le da su particular tono cervantino.
Leskov renovó el idioma literario. Su obra supone un gran fresco de la vida rusa en la segunda mitad del siglo XIX y es considerado el más ruso de los escritores rusos.
Ignasi Blanch
Nació en Roquetes, Tarragona. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona, continuó sus estudios en Berlín, donde se especializó en técnicas de impresión y grabado en el centro Künstlerhaus Bethanien. Vive y trabaja en Barcelona como ilustrador. Ha recibido multitud de galardones, como el Premio Crítica Serra d'Or 2006, el Premio Llibreter de Álbum Ilustrado 2008. En 2009 fue seleccionado en la Bienal de Bratislava por Alicia y el país de maravillas y en 2013 por Mujercitas.
En Nórdica ha publicado El gran Gatsby.
Contenido
Portadilla
Créditos
Cita
Autor
Ilustraciones
Ilustración
Capítulo primero
Capítulo segundo
Capítulo tercero
Capítulo cuarto
Capítulo quinto
Capítulo sexto
Capítulo séptimo
Capítulo octavo
Capítulo noveno
Capítulo décimo
Capítulo undécimo
Capítulo duodécimo
Capítulo decimotercero
Capítulo decimocuarto
Capítulo primero
A veces en nuestras tierras se dan ciertas naturalezas que, no importan los años que pasen desde el encuentro, nunca se es capaz de recordarlas sin un escalofrío. A esta clase de naturalezas pertenece Katerina Lvovna Izmáilova, la mujer de un mercader que una vez interpretó un drama terrible tras el que nuestros nobles, por la palabra fácil de alguien, empezaron a llamarla la lady Macbeth de la provincia de Mtsensk.
De pequeña Katerina Lvovna no había sido una belleza, pero sí era una mujer de apariencia muy agradable. Tenía solo veinticuatro años; no era alta, pero sí esbelta, su cuello parecía esculpido en mármol, hombros redondos, pecho firme, nariz recta, fina, ojos negros y vivos, frente alta y blanca y cabellos negros, de un negro casi azulado. La habían casado con nuestro mercader Izmáilov de Túskar, en la provincia de Kursk, no por amor o por alguna atracción, sino porque Izmáilov pidió su mano y, siendo como era una muchacha humilde, no iba a tener pretendientes como para elegir. El hogar de los Izmáilov no era precisamente el peor en nuestra ciudad: vendían harina de flor, tenían arrendado en la provincia un molino grande, tenían un jardín rentable en las afueras y una casa buena en la ciudad. Eran mercaderes acaudalados. Por lo demás, la familia no era muy grande: el suegro Borís Timoféich Izmáilov, un hombre de cerca de ochenta años, viudo desde hacía tiempo; su hijo Zinovi Borísych, el marido de Katerina Lvovna, un hombre también de cincuenta y tantos; la propia Katerina Lvovna y ya. Katerina Lvovna, que llevaba cinco años casada con Zinovi Borísych, no tenía hijos. Este tampoco había tenido hijos con su primera mujer, con la que había convivido unos veinte años, antes de enviudar y casarse con Katerina Lvovna. Pensaba y esperaba que al menos le daría Dios de este segundo matrimonio un heredero para su linaje de mercader, pero tampoco lo logró con Katerina Lvovna.
La ausencia de niños afligía muchísimo a Zinovi Borísych, y no solo a él, también al viejo Borís Timoféich; incluso la propia Katerina Lvovna se entristecía mucho. Cuando el excesivo aburrimiento en el térem, en la torre alta y cerrada de la casa del mercader, con tapias altas y perros de presa sueltos, más de una vez había causado a la joven mercadera cierta tristeza que llegaba al atontamiento, esta habría estado encantada —sabe Dios lo encantada que habría estado— de cuidar de un niño; pero otras veces los reproches la hartaban: «Pero ¿por qué me casaría? ¿Por qué, infértil, ataste tu destino a este hombre?», como si de verdad hubiera cometido un crimen ante su marido, ante su suegro y ante todo su linaje de honrados mercaderes.
A pesar de la abundancia y los bienes, la vida de Katerina Lvovna en casa de su suegro era muy aburrida. Salía poco de visita y, si acompañaba a su marido a ver a otros mercaderes, tampoco era un placer. Todos eran personas severas: observaban cómo se sentaba y cómo andaba o se ponía de pie. Y Katerina Lvovna era de carácter impetuoso y, habiendo sido una muchacha humilde, estaba acostumbrada a la sencillez y a la libertad: le gustaría correr con los cubos hasta el río y bañarse en camisa bajo el embarcadero o lanzar cáscaras de pipas a algún joven transeúnte por encima de la cancela; sin embargo, aquí todo se hacía de otra manera. Su suegro y su marido se levantaban bien temprano, tomaban el té del desayuno a las seis de la mañana y se iban cada uno a sus asuntos, y ella deambulaba sola de habitación en habitación sin hacer nada. Todo estaba limpio, todo estaba tranquilo y vacío, las lamparillas brillaban ante las imágenes, pero en ningún lugar de la casa había un sonido vivo, una voz humana.
Katerina Lvovna caminaba y caminaba por las habitaciones vacías, empezaba a bostezar de aburrimiento y subía por la escalerilla a la alcoba conyugal, dispuesta en un entrepiso alto y no muy grande. Aquí también se quedaba sentada un rato, curioseaba cómo colgaban el cáñamo en el almacén o encostalaban la harina de flor, de nuevo le entraba sueño, de lo que se alegraba, pues se echaba una horita o dos; pero, al despertar, otra vez el aburrimiento ruso, el aburrimiento de la casa de un mercader por el que, dicen, hasta ahorcarse resultaría divertido. Katerina Lvovna no era aficionada a la lectura; además, en su casa no había más libros que Vida y hechos de los santos de Kiev.
Cinco largos años vivió Katerina Lvovna esta vida aburrida en la magnífica casa de su suegro, a la sombra de su poco cariñoso marido; pero, como suele ocurrir, nadie prestó la más mínima atención a ese aburrimiento suyo.
Capítulo segundo
En la sexta primavera del matrimonio de Katerina Lvovna, se rompió la presa del molino de los Izmáilov. En esa época, como hecho aposta, había llegado mucho trabajo al molino y la balsa resultó ser enorme: el agua corría por debajo de la solera del cubo y no hubo forma de atajarla rápidamente. Zinovi Borísych reunió en el molino a la gente de los alrededores y no se movió de allí en ningún momento; el viejo administraba solo los asuntos de la ciudad y Katerina Lvovna se consumía en casa día tras día más sola que la una. Al principio, se aburrió aún más sin su marido, pero luego le pareció que estaba hasta mejor: sola se veía más libre. Nunca había sentido por él mucha simpatía y, al no estar él, al menos recibía órdenes de una única persona.
Cierta vez, estaba Katerina Lvovna en la ventana de su cuarto, en la torre, y no hacía sino bostezar sin pensar en nada en concreto; finalmente, sintió vergüenza de sus bostezos. En la calle, el tiempo era maravilloso: era un día claro, cálido, alegre; a través de la cerca de madera verde del jardín, podía verse a diferentes pájaros revoloteando de rama en rama.
—¿Y qué hago aquí bostezando de aburrimiento? —pensó Katerina Lvovna—. Vamos, al menos, baja al patio o date una vuelta por el jardín.
Katerina Lvovna se echó por encima un viejo abrigo de piel vuelta con damasco visto y salió.
En la calle, aspiró con fuerza el aire limpio; en la galería junto a los almacenes, se oían risas alegres.
—¿Cómo es que estáis tan alegres? —preguntó Katerina Lvovna a los dependientes de su suegro.
—Mire, Katerina Lvovna, han colgado una cerda viva —le respondió un viejo dependiente.
—¿Cómo que una cerda?
—A la cerda Aksinia; ha nacido su hijo Vasil y no nos ha invitado a celebrar el bautizo —le explicó atrevida y alegremente un joven de cara insolente y bonita, enmarcada por unos rizos negros como el azabache, y barba que apenas empezaba a apuntar.
En ese momento, la jeta rolliza y sonrosada de la cocinera Aksinia emergió de una tina de harina suspendida del astil de una báscula.
—¡Demonios! ¡Diablillos escurridizos! —maldijo la cocinera, intentando agarrarse al astil de hierro para salir de la tina bamboleante.
—Pesa ocho puds1 antes de almorzar, pero se va a comer un cesto enorme de heno, así que no tendremos pesas suficientes —volvió a explicar el joven guapo y, tras darle la vuelta a la tina, lanzó a la cocinera sobre un gran saco de estera caído en un rincón.
La mujer empezó a recomponerse mientras maldecía burlona.
—Bueno, ¿y cuánto peso yo? —bromeó Katerina Lvovna y, asiéndose a la cuerda, se subió a la tabla.
—Tres puds y siete libras2 —respondió Serguéi, el joven guapo, tras colocar las pesas en el platillo—. ¡Qué curioso!
—¿De qué te asombras?
—De que ha pesado tres puds, Katerina Lvovna. Me parece que a usted se la podría llevar en brazos todo el día y no cansarse ni un poquito, solo sentirse bien a gusto.
