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Con el paso de los años, John Waters se ha convertido en una de las figuras de referencia no solo del cine underground estadounidense, sino de la cultura pop en general. En su larga trayectoria, que abarca desde clásicos de la inmundicia como Multiple Maniacs, Pink Flamingos o Cosa de hembras hasta títulos más mainstream como Hairspray o Los asesinatos de mamá, el cineasta de Baltimore ha ido repitiendo una serie de obsesiones temáticas y formales que merecían ser estudiadas en un solo libro. ¡Larga vida al trash! El cine de John Waters como nunca te lo habían contado es un homenaje a un director que, acompañado por una troupe de actrices y actores incondicionales —los denominados dreamlanders— como Mink Stole, Patricia Hearst, Susan Lowe y, sobre todo, la mítica Divine, forzó los límites de lo que estaba permitido ver en la gran pantalla con grandes dosis de humor, irreverencia y transgresión. Entre las autoras y autores que han querido sumarse a este tributo a John Waters se encuentran Valeria Vegas, Esty Quesada (también conocida como Soy una pringada), el director de cine Adrián Silvestre, los críticos de cine Javier Parra (autor de Scream Queer), Álex Mendíbil y Xavi Sánchez Pons, el investigador Carlos Barea o Álex Ander, autor de la primera monografía sobre Divine.
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Seitenzahl: 314
Veröffentlichungsjahr: 2023
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¡Larga vida al trash!
Editorial Dos Bigotes
Primera edición: junio de 2023
¡Larga vida al trash! El cine de John Waters como nunca te lo habían contado
© de los textos (por orden de publicación): Valeria Vegas, Álex Ander, Álex Mendíbil, Javier Parra, La Caneli, Esty Quesada, Sandra Astor, Adrián Silvestre, Xavi Sánchez Pons, Carlos Barea; 2023
© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, s.l.
Publicado por Editorial Dos Bigotes, s.l.
www.dosbigotes.es
isbn: 978-84-126535-2-6
Depósito legal: M-17349-2023
Impreso por Ulzama
www.ulzama.com
Las imágenes utilizadas en este libro se han empleado para ilustrar las referencias que se hacen en el texto.
Diseño de colección:
Raúl Lázaro
www.escueladecebras.com
Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.
El papel utilizado para la impresión de ¡Larga vida al trash! El cine de John Waters como nunca te lo habían contado es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.
Impreso en España — Printed in Spain
«Es necesario tener muy buen gusto
para llegar a entender el mal gusto».
John Waters
Prólogo
Más de medio siglo de trayectoria tras las cámaras es solo uno de los aspectos que confirman a John Waters (Baltimore, 1946) como una de las voces indispensables de la cultura popular de la segunda mitad del siglo XX.
Autodidacta y formado en los márgenes del underground, el director no solo consiguió dar el salto al mainstream a través de algunas de sus películas, sino que también lo hizo con su faceta como escritor de una obra, casi siempre autobiográfica, con la que se ha erigido como el humanista pop por excelencia.
Con los dreamlanders siempre caminando a su lado en todas sus propuestas cinematográficas, no se entiende a Waters sin el cine de culto y la serie B, y tampoco se pueden explicar qué son las pelis de culto al margen del sistema de Hollywood sin tener en cuenta su filmografía, de la que él mismo es consciente de su valor en el marco del denominado cine trash. Como afirma en su libro Mis modelos de conducta: «William Burroughs una vez me llamó “el Papa del Trash” y he estado ordeñando ese título durante décadas. Ahora es el momento de finalmente estar a la altura».
Periodistas, críticos de cine, cineastas, influencers, podcasters y otras personalidades relacionadas con la divulgación cinematográfica unen fuerzas y talento para desmenuzar, según su propia visión y su personal acercamiento a las películas de John Waters. La transgresión, el mal gusto, las filias por el crimen y el star system, la forma de rodar desde los márgenes, su pasión por el cine de género y los directores que el propio Waters reivindica son algunos de los temas que van a ir aflorando en las páginas de ¡Larga vida al trash! El cine de John Waters como nunca te lo habían contado.
Javier Parra
Abril de 2023
VALERIA VEGAS
UNIVERSO
WATERS
Valeria Vegas (Valencia, 1985) es licenciada en Comunicación Audiovisual, escritora, documentalista y colaboradora de distintos programas de radio y televisión. Es autora de los libros Grandes actrices del cine español (Ocho y Medio, 2015), ¡Digo! Ni puta ni santa. Las memorias de La Veneno (2016), Vestidas de azul. Análisis social y cinematográfico de la mujer transexual en los años de la Transición española (Dos Bigotes, 2019), Libérate. La cultura LGTBQ que abrió camino en España (Dos Bigotes, 2020) y La mejor actriz de reparto (Planeta, 2023). También ha dirigido Manolita, la Chen de Arcos, mejor documental español en el LesGaiCineMad 2016.
El cine de John Waters está plagado de actuaciones memorables, de esas que rozan el delirio y solo se conciben dentro de su filmografía. Pero he aquí que ninguno de sus castings son casualidad —nada en él lo es— y se deben a elecciones muy premeditadas, en una mezcla perfecta de provocación, filias personales y dobles lecturas.
Por un lado tenemos a todos esos actores y actrices de sus primeras películas, cuyas intervenciones se prolongaron hasta que abandonaron esta dimensión. Es el caso de Edith Massey, David Lochary, Cookie Mueller y, por supuesto, la mismísima Divine, diva eterna que sobrepasó la pantalla. En ese grupo de los llamados dreamlanders, también está el equipo habitual de Waters: Mary Vivian Pearce, Susan Lowe y Mink Stole, que han continuado actuando hasta su última película. Pero quiero adentrarme, más allá de esta troupe iniciática y maravillosa, en esos otros actores que se unieron al universo Waters sin prejuicios ni complejos.
Liz Renay era una controvertida estríper cuando el cineasta de Baltimore la reclutó para Vivir desesperadamente (Desperate Living, 1977) tras verla en uno de sus shows en el que se desnudaba junto a su propia hija; un espectáculo donde todo quedaba en familia. Renay había trabajado en multitud de películas de bajo presupuesto, en breves papeles, a veces incluso sin acreditar, y le precedía el escándalo de haber sido arrestada y encarcelada por su vinculación con la mafia debido a su noviazgo con el gánster Mickey Cohen. Ante semejante currículum no es de extrañar que Waters le ofreciese el papel de Muffy, la excéntrica lesbiana que acaba usurpándole la corona a la reina en Vivir desesperadamente. Antes, Liz había publicado un libro autobiográfico que llevaba por título My Face for the World to See, frase que Waters puso en boca de Divine en Cosa de hembras (Female Trouble, 1974), declarando así su fascinación por la estríper. Años más tarde, el propio Waters firmaría el prólogo de la reedición de dicho libro. Para elevarla a la categoría que se merece, John recalcó que caminar por la calle junto a Liz era lo más parecido a haber estado junto a Jayne Mansfield. Palabras mayores.
No es hasta 1981 cuando Waters se da el lujo de contratar a toda una estrella de los estudios de Hollywood, concretamente a Tab Hunter, que fue junto a James Dean el último actor en tener un contrato en exclusiva con la Warner Bros. Vivió su era dorada en las décadas de los cincuenta y sesenta, donde solía encarnar al joven galán de turno, llegando a tener su propio show televisivo y hasta un número uno en la lista musical de los Billboard. Siempre le persiguió en la rumorología de la industria su condición de homosexual, algo que confirmaría a través de sus memorias en una de las escasas salidas del armario que se conocen del viejo Hollywood. Cuando Waters pensó en él para interpretar al enigmático y apuesto Todd Tomorrow en Polyester (1981), el actor venía de unos años setenta algo languidecientes a base de pequeñas colaboraciones episódicas en series de televisión. A pesar de ello, Hunter había mantenido intacta su aura de estrella, de ahí que el morbo fuese mayor a la hora de ver a esa pareja romántica que formaba con Divine.
Precisamente en Polyester hay otra de esas elecciones made in Waters que no se pueden obviar: Stiv Bators. El músico, líder de la banda post-punk The Lords of the New Church, resultaba perfecto para dar vida a Bo-Bo, el delincuente del que está enamorada la hija de Francine (Divine) y que la lleva por la calle de la amargura. Era la primera vez que el cantante se sumergía en el séptimo arte y poco después vendría a España para hacer alarde de su rebeldía en el programa de Paloma Chamorro La edad de oro, donde no dejó pasar la oportunidad de enseñarle el culo a la presentadora y a los espectadores.
Hairspray (1988) es la película musical por excelencia en la filmografía de Waters. La elección de su reparto no es casual y está a la altura del género y las circunstancias. Sonny Bono encarna al padre de la enemiga de la protagonista, una casi debutante Ricki Lake que llegó para quedarse. Quizás las generaciones posteriores —sobre todo fuera de Estados Unidos— obviaron su actuación, pero en aquel momento Sonny ya era un mito en vida para el entertainment norteamericano. Su matrimonio y unión musical con Cher lo acompañaron durante toda su existencia, siendo la de este filme una de sus apariciones más gloriosas en la gran pantalla. Algo similar ocurre con Debbie Harry, que interpreta a su esposa y archienemiga de Divine. La vocalista de Blondie ya estaba presente en la banda sonora de Hairspray y la buena química que tenían acabó plasmándose en el personaje de Velma Von Tussle, con estallido de peluca incluido. Debbie, que en paralelo a su carrera musical ha rodado a las órdenes de directores tan dispares como David Cronenberg e Isabel Coixet, no podía faltar en el universo del rey del cine basura.
El elenco de Hairspray se compone de otros muchos personajes de la cultura americana, tales como la cantante de blues Ruth Brown (que interpreta a Mabel La Parlanchina) o Jerry Stiller, humorista sobradamente conocido por aquellos lares, padre del famoso actor Ben Stiller, que da vida al marido de Edna (Divine). Mención especial merece Pia Zadora, a la que Waters calificó en su libro Majareta como la mayor estrella de los años ochenta —¡y aún no había terminado la década!—. El director sentía verdadera fascinación por la artista, su peinado, sus películas y su matrimonio con un megamultimillonario. Después de que ganase en repetidas ocasiones el Razzie —ese premio vulgar que dan a lo «peor» del año cinematográfico—, Waters no dudó en incluirla en el reparto de Hairspray, donde interpreta a una glamurosa beatnik que influye en la personalidad de Tracy (Ricki) y de su amiga Penny cuando ambas se esconden en su casa huyendo de la policía.
La década que comenzó con el fichaje de Tab Hunter terminó con el de Johnny Depp; el salto trascendental de un galán del pasado a una joven promesa. Es imposible imaginar a otro actor de entonces encarnando a El lágrima, un personaje que quedará ligado a la carrera del actor para siempre. Cry-Baby (El lágrima) (Cry-Baby, 1990) debe también su encanto a los actores que forman parte de la película. En el momento de su estreno hacía poco que Traci Lords había abandonado el mundo del porno y cayó en los brazos de Waters como si de una segunda oportunidad se tratase. El director era consciente de que Traci era un buen reclamo, aunque en una industria tan puritana como la norteamericana otros seguro que la habrían rechazado. Quiso ofrecerle el personaje de Wanda, con el que demuestra ser una excelente actriz y, de paso, se reafirma como la estrella que es.
Mayor provocación era el personaje de su madre, interpretado por Patricia Hearst, la mujer que hizo correr ríos de tinta en todo el mundo al ser secuestrada allá por los años setenta por el Ejército Simbionés de Liberación y después ser víctima del llamado síndrome de Estocolmo, atracando el banco de su propia familia metralleta en mano junto a sus secuestradores. Patricia se liberó de aquello y se convirtió en un personaje tremendamente popular en Estados Unidos, escribiendo libros y concediendo entrevistas. Nunca antes se había puesto delante de una cámara como actriz y Waters no quiso perder la oportunidad de regalarnos tal resurrección. Patricia, que confirmó tener un excelente sentido del humor, aceptó la oferta para encarnar nada menos que a una madre perfecta cuya hija se va de casa para unirse a un grupo de delincuentes juveniles. Todo bien hilado. Desde entonces se ha convertido en una habitual de la filmografía del director, siendo una dreamlander más, al igual que la propia Traci.
Los aciertos de casting en Cry-Baby continúan con Iggy Pop, Susan Tyrrell y Joe Dallesandro. Iggy había realizado breves cameos en Sid y Nancy (Sid and Nancy, Alex Cox, 1986) y El color del dinero (The Color of Money, Martin Scorsese, 1986) hasta que Waters confió en él para hacer de Belvedere. Quién mejor que una estrella del rock para interpretar al tío de Johnny Depp, teniendo además como compañera a Susan Tyrrell, actriz de culto donde las haya gracias a sus personajes de alcohólicas, de lesbianas o de la líder de una banda de prostitutas transexuales. Su papel de Ramona Rickettes, la matriarca de tan desestructurada familia, le iba como anillo al dedo.
Y qué decir de Joe Dallesandro, que ya era todo un icono del homoerotismo gracias a sus trabajos con Warhol y Paul Morrisey. De ahí que, una vez más, Waters utilice tal categoría para ese juego irónico en el que Dallesandro encarna al padre ultracatólico de Milton, uno de los jóvenes de la pandilla, al que recrimina en público su actitud y que lleve «ropa diseñada para homosexuales», en referencia a las prendas de cuero, y alegando que arderá en el infierno. Nada es casualidad.
En Los asesinatos de mamá (Serial Mom, 1994) vuelve a contar con una gran estrella del cine para su personaje protagonista y el impacto es aún mayor. Porque si anteriormente Tab Hunter podía encontrarse en horas bajas y Johnny Depp ser prácticamente un debutante, en esta ocasión Kathleen Turner venía de ser nominada al Oscar por Peggy Sue se casó (Peggy Sue Got Married, Francis Ford Coppola, 1986), y aplaudida y admirada por sus interpretaciones en El honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, John Huston, 1985), Fuego en el cuerpo (Body Heat, Lawrence Kasdan, 1981) o Tras el corazón verde (Romancing the Stone, Robert Zemeckis, 1984), entre otras. Waters sabía que nada podía dar más gusto que verla encarnar a Beverly, la madre sobreprotectora capaz de matar sin despeinarse con tal de defender a su familia ante cualquier ofensa; una mujer que ha decidido tomarse la justicia por su mano con la misma rectitud con la que cocina un pavo relleno para el Día de Acción de Gracias.
El resto del reparto lo componen el también nominado al Oscar Sam Waterston, que da vida a su marido, y Ricki Lake, que encarna a su hija y suma así su tercera participación junto al director. Traci Lords y Patricia Hearst repiten a las órdenes de Waters. La primera como una joven fácilmente enamoradiza que reemplaza a su novio cadáver por el detective que lo investiga; la segunda, como la última víctima de Beverly, asesinada a telefonazos por el más que justificado motivo de llevar zapatos blancos después del Día del Trabajo. La mediática Joan Rivers aparece a modo de cameo en su propio show televisivo y Suzanne Somers, gloria de las Barbies norteamericanas, hace de sí misma en un suculento ejercicio de sentido del humor interpretando a la mamá asesina en su propio biopic. Mención aparte merece Mink Stole, dreamlander de primera generación, que tiene aquí uno de sus papeles más recordados como Dottie Hinkle, la vecina que un día le quitó a Beverly su lugar de aparcamiento de forma indebida y que ha de sufrir como condena las continuas llamadas acosadoras en las que se recrea en obscenidades. Ya saben, eso de «coñitos peludos»…
Edward Furlong venía de ser pocos años antes «el niño de Terminator 2 (James Cameron, 1991)» cuando Waters lo eligió como protagonista de Pecker (1998), un fotógrafo revelación cuya vida cambia de la noche a la mañana de manos de una marchante visionaria. El papel de su novia recayó en «la niña de La familia Addams (The Addams Family, Barry Sonnenfeld, 1991)», es decir, en Christina Ricci, imparable desde su interpretación de Miércoles. Ambos son, junto a Lily Taylor, la aportación mainstream que ya venía siendo habitual en el cine de Waters y que se mezcla a la perfección con habituales como Patricia Hearst, Susan Lowe, Mary Vivian Pearce o Mink Stole. Tratándose de una parodia sobre la fama, el mundo del arte y la fotografía, no podían faltar en Pecker los cameos de artistas como Cindy Sherman, con quien el director ha colaborado en más de una ocasión, y Greg Gorman, artífice de algunos de los retratos más míticos de Divine, así como de ese primerísimo primer plano del característico bigote del director de Baltimore, en su guiño particular a Little Richard.
Melanie Griffith se sumó a los grandes nombres de la filmografía de Waters con Cecil B. Demente (Cecil B. DeMented, 2000), en el que es quizás uno de sus personajes más salvajes y alocados. No obstante, Waters y Melanie ya habían coincidido en la pantalla grande cuando él se animó a ponerse delante de cámara ajena en Algo salvaje (Something Wild, 1986), de Jonathan Demme. Ver a Melanie como una estrella de Hollywood arrogante y engreída que detesta el cine independiente y que acaba siendo secuestrada para vivir una de sus mejores pesadillas resulta inevitablemente delicioso. Volvemos a encontrarnos con el punto gamberro de Waters, consciente de que tener a una actriz de semejante fama para llevar a cabo todo este delirio lo hace todavía más apetecible. La Griffith forma tándem con Stephen Dorff, muy en boga en el momento de su estreno y que ejerce de desquiciado director capaz de todo por sacar adelante su película.
Ricki, Mink y Susan repiten en el batallón de los dreamlanders, y cabe destacar a la ya también habitual Patricia Hearst, a la que Waters vuelve a dar el nada casual papel de madre sufridora con hijo fugado de casa. Los cameos corren a cargo de Roseanne Barr, Kevin Nealon (que parodia a Forrest Gump) y Eric Roberts, hermano de Julia y nominado al Oscar al mejor actor de reparto quince años atrás por El tren del infierno (Runaway Train, Andrei Konchalovsky, 1985).
El ojo clínico de Waters no podía dejar pasar la oportunidad de trabajar con Johnny Knoxville, protagonista y cabeza pensante de Jackass, aquel programa de la MTV en el que él y sus compañeros se sometían a diferentes pruebas, a cada cual más salvaje, y donde tampoco faltaba la escatología. Lo dicho, ideal para el rey del cine trash. Así, otorgó a Knoxville el papel del libidinoso predicador de Los sexoadictos (A Dirty Shame, 2004), donde hace sucumbir a Tracey Ullman, cómica poco conocida en nuestras fronteras pero multipremiada y admirada en todo Estados Unidos por sus programas humorísticos. Fue en el show televisivo de Ullman donde comenzó a emitirse Los Simpson, a modo de cortos; curiosamente, algunos años después, Waters tendría su propio capítulo en esta serie de animación, «Homerphobia». El músico Chris Isaak ejerce de marido de Ullman en una de sus puntuales incursiones en la ficción.
No obstante, el cameo más célebre de Los sexoadictos recae en el mismísimo David Hasselhoff, que cae rendido al mal gusto del director y nos regala una secuencia en la que defeca a miles de kilómetros de altura. Una vez más, al igual que ya había ocurrido con Suzanne Somers o Roseanne Barr, toda una gloria catódica al servicio de la comedia delirante.
Ahora solo nos queda cruzar los dedos muy fuerte para desear que llegue cuanto antes esa próxima película que ya por fin parece inminente y en la que seguro habrá una gran estrella mediática, algunos cameos sin desperdicio, secundarios de lujo y un montón de clásicos dreamlanders que nos sacarán más de una sonrisa. Porque he ahí donde radica gran parte de la magia del universo Waters, en esa mezcla en la que sus actores de toda la vida siguen fieles al delirio más de cinco décadas después, intercambiando diálogos con Johnny, Kathleen o Melanie, entregándose todos ellos a situaciones que no existirían en el celuloide si no fuese por el tío John.
ÁLEX ANDER
HA NACIDO
UNA ESTRELLA
(DE LA BASURA)
Álex Ander (Almería, 1988) es licenciado en Periodismo y máster en Comunicación Institucional y Política. Desde pequeño, disfruta jugando a inventar historias, devorando revistas del corazón y reivindicando la figura de esos iconos underground y mainstream injustamente tratados. Ha escrito sobre cultura y crónica social en medios como Vanity Fair, Cinemanía, Mujer Hoy o El Español. Es autor de los libros Divine. La historia de la mujer más hermosa del mundo (Egales, 2020) y Veneno. De Adra a las estrellas. Una biografía ilustrada (Egales, 2021), y también ha participado en la obra colectiva Flores para Lola. Una mirada queer y feminista sobre la Faraona (Egales y Dos Bigotes, 2023).
John Waters fue un absoluto adelantado a su tiempo, en el sentido amplio de la expresión. De hecho, el llamado Pope of Trash (‘papa de la basura’) vino al mundo el 22 de abril de 1946, antes de las treinta y siete semanas de gestación. «Me tenían miedo, básicamente, porque pesaba medio kilo o algo así. He causado problemas desde el principio», comentó una vez entre risas el cineasta, el mayor de cuatro hermanos criados en Lutherville, un barrio de clase media en los suburbios de Baltimore (Maryland).
Hijo del dueño de una empresa distribuidora de equipos de extinción de incendios y de una ama de casa, de pequeño era el rarito de la clase. Mientras la mayoría de sus compañeros se entretenía practicando deporte o jugando a indios y vaqueros, él vivía obsesionado con las villanas de las películas, los accidentes automovilísticos aparatosos, las atracciones de terror y los huracanes. Su excéntrica personalidad no encajaba con la de muchos de sus pares, pero tampoco le importaba demasiado. El mundo del espectáculo le proporcionó una salida a su creatividad después de que apareciera como invitado en el programa de televisión infantil Howdy Doody. «Fue allí donde me di cuenta por primera vez de lo que quería hacer, y de que el mundo del espectáculo es todo una farsa», confesó al respecto. «Hay diez marionetas de Howdy Doody, es todo mentira. Eso no me desilusionó. Estaba muy feliz de saber la falsedad detrás de la fantasía. Y decidí que eso es lo que quería hacer para siempre».
Al final de su infancia, John también tuvo una exitosa carrera como titiritero. Según contó él mismo, solía crear sus propios espectáculos de marionetas y algunos adultos lo contrataban para que actuara en las fiestas de cumpleaños de sus hijos. Con apenas doce años ya era lo bastante popular como para ganar hasta veinte dólares por actuación y hacerlo hasta cuatro veces por semana. Pronto sintió la necesidad de ponerle pimienta al asunto, así que empezó a improvisar en sus shows y a terminar con sus personajes llenos de sangre falsa y devorados por su dragón favorito. En ese momento, John salía de detrás del escenario y ofrecía a cada niño un mordisco del dragón para que le diera «buena suerte». A veces, se ponía incluso a perseguir por la sala a aquellos que no cooperaban o que lloraban, hasta que finalmente los críos se rendían y dejaban que el dragón los mordiera. Poco a poco, la gente fue dejando de contratar sus servicios; el desenlace que cabía esperar.
Cuando empezó a ir al instituto, John decidió que era un beatnik; así pues empezó a vestir pantalones vaqueros con manchas de lejía y sandalias con tiras hasta la rodilla, y dejó de lavarse el pelo, cuya parte delantera llegó a teñir de naranja. Más que por una cuestión de convicción social, hacía todo aquello como homenaje a su personaje televisivo beatnik favorito, Maynard G. Krebs, de la serie The Many Loves of Dobie Gillis, que se emitió entre 1959 y 1963. Aunque fuera por una u otra razón, aquellas pintas del director no hacían ni pizca de gracia a los profesores de su colegio católico, quienes lo obligaban a cortarse el pelo y a devolverle su color natural para poder seguir asistiendo a clase.
Frente a semejante panorama, John convirtió en costumbre lo de hacer novillos al tiempo que se fue rebelando contra unos dogmas católicos que, de forma involuntaria, alimentaron su pasión por cierto tipo de cultura. «Tal vez no sea lo que ustedes llaman devoto, pero creo en la bondad básica de la gente», ha dicho. Además, «es lo más espiritual que puedo llegar a ser. Con el cerebro lavado por monjas enojadas en la escuela dominical, furiosas con la idea de que un niño pueda pensar por sí mismo, y más tarde, en la secundaria, por miembros de segunda de la Congregación de Hermanos Cristianos, impotentes a la hora de practicar los sacramentos, hallé poca utilidad en el dogma que taladraba mi joven mente».
Por otro lado, John consiguió despojarse de parte de su inseguridad por ser un outsider acudiendo a la biblioteca para leer obras de tipos como Tennessee Williams, alguien que, a los ojos de los más pacatos, era una mala influencia para los jóvenes. De hecho, las monjas del instituto le habían dicho al cineasta que iría al infierno si veía películas como Baby Doll (Elia Kazan, 1956), escrita por el dramaturgo sureño. Precisamente leyendo algunos de sus relatos, John supo que no tenía que escuchar las mentiras sobre las reglas de la sociedad que ciertos adultos le contaban a los niños. «No tenía que preocuparme por encajar en una sociedad de la cual tampoco me interesaba ser parte», afirmó en su libro Mis modelos de conducta. «No, había otro mundo que Tennessee Williams conocía, un universo lleno de gente especial que no quería ser parte de esa vida monótona y conformista a la que me habían dicho que debía unirme».
El director de cine apenas tenía relación con sus compañeros de clase, quienes a menudo pensaban que estaba pirado. Sus verdaderos amigos vivían principalmente en su mismo barrio y compartían su afición por la corrupción y los comportamientos antisociales. Una de sus camaradas era su vecina Bonnie, más conocida como Mary Vivian Pearce. Los padres de ambos habían ido juntos a la escuela y conservaron una buena amistad hasta que ellos dos comenzaron a cometer fechorías —que iban desde robar carteras hasta colarse en fiestas o entrar sin permiso a restaurantes para molestar a los clientes—. «Mis padres pensaban que él era una mala influencia y los suyos que yo lo era», dijo la actriz, que añadió: «Fue entonces cuando empezamos a tener citas falsas. Pedíamos a alguien, un amigo, que viniera a conocer a mis padres, porque para salir en una cita el chico tenía que venir a mi casa, conocer a mis padres y que ellos le dieran el horario límite y todas esas cosas. Le pedíamos a ese amigo que viniera a buscarme a la puerta y luego él iba a su cita real y yo me reunía con John y el grupo y salíamos por ahí».
Siendo todavía adolescente, antes de tener edad legal para entrar a los bares, John pasaba bastante tiempo fuera de ellos. Su madre, Patricia, solía llevarle al centro para dejarlo en un bar frecuentado por bohemios, Martick’s, con la esperanza de que allí conociera gente con la que se llevaría bien. Así que no resultaba difícil encontrarlo en el callejón de aquel local donde trabajaba como camarera Maelcum Soul, una joven de origen checoslovaco, maquillaje excesivo y vestir extravagante con la que pronto hizo buenas migas. En ocasiones, allí también servía copas su colega Pat Moran, una chica divorciada y con un hijo a la que había conocido en un acontecimiento anual en Baltimore —el Mount Vernon Flower Mart—, y que con el tiempo se convertiría en la jefa de casting de sus películas. Pronto, otros clientes lunáticos de Martick’s como George Figgs o Channing Wilroy empezarían a hablar con aquel muchacho flaco y excéntrico que quería hacer filmes.
Otra de las mejores amigas de John en esa época era Mona Montgomery, una adolescente con la que, según él, formaba «el mejor equipo de ladrones de tiendas». A los dos les encantaba viajar juntos a Nueva York, en autobús o haciendo autoestop, para una vez allí hartarse de ver cintas vanguardistas de gente como los hermanos Kuchar, de quienes John adoraba sus escabrosos melodramas, o Andy Warhol, quien le dio la confianza necesaria para creer que podía hacer películas prácticamente sin dinero. Según el de Baltimore, Mona fue su única novia seria, pero parece ser que la relación entre ambos se estropeó al cabo de unos años, cuando ella lo encontró dormido en la cama con otro hombre.
En 1963, John recibió una cámara de cine como regalo por su decimoséptimo cumpleaños. Con aquella Brownie se puso un día a rodar su primer trabajo cinematográfico, Hag in a Black Leather Jacket (1964), un cortometraje de diecisiete minutos en el que su amiga Mary Vivian aparece bailando el boddie green, una versión del twist considerada obscena por la Iglesia Católica. Filmada en 8 milímetros en el tejado de la casa de los padres de John, su historia estaba protagonizada por un chico negro que corteja a su novia blanca (Mona), a la que transporta en un cubo de basura, y elige a un sacerdote miembro del Ku Klux Klan para que oficie su ceremonia nupcial. Influenciada por el teatro del absurdo, Hag in a Black Leather Jacket iba sobrada de primeros planos, siempre con la cámara temblorosa, y carecía de edición. Pero nada de eso impidió que, en lugar de guardar el metraje en el armario, como muchos otros aspirantes a directores hacían entonces, John la proyectase —por primera y última vez— en una cafetería de Baltimore que entonces regentaba George Figgs. No contento con eso, durante el evento pasó un sombrero para donaciones y así fue como recuerda que obtuvo su primera recaudación, de alrededor de treinta dólares.
En una ocasión, mientras volvía a casa del instituto, el incipiente cineasta se quedó embobado mirando cómo cortaba el jardín una nueva vecina, Carol Wernig. Se llevaron tan bien desde el principio que aquella joven insolente y despreocupada le acabaría presentando a su excéntrico círculo de amigos. «Me encantó conocerlos», dijo luego John, «estaba harto de ser una mala influencia para los demás y ansiaba conocer gente que pudiera ser una mala influencia para mí».
Entre aquellos personajes que más tarde formarían parte de su troupe actoral —los llamados dreamlanders—estaba Glenn Milstead —más conocido como Divine—, un afeminado vecino que idolatraba a Liz Taylor, sufría hostigamiento y acoso en el colegio y se entretenía apostando con Carol una medicina para los granos que ambos usaban como pintalabios. También se uniría a la pandilla David Lochary, quien después de abandonar los estudios encontró empleo en un salón de belleza local. Fue este joven gay excéntrico quien moldeó a Glenn y le introdujo en el mundo del drag. La homosexualidad seguía siendo ilegal entonces, pero había una escena gay clandestina muy activa, y Lochary solía ayudar a su amigo a encontrar pelucas, maquillaje y vestidos para participar en fiestas de disfraces y bailes drag.
Conscientes de las inquietudes artísticas de su hijo, los padres de John lo matricularon en la escuela de cine de la Universidad de Nueva York en el otoño de 1965. Pero él rara vez acudía a clase y, al cabo de algunas semanas, fue expulsado después de que le pillaran consumiendo marihuana en los dormitorios del campus Washington Square —el centro sugirió a sus padres que buscaran ayuda psiquiátrica para él—. A pesar de que la policía del lugar le aconsejó que mantuviera aquel incidente en secreto, John llamó enseguida al periódico New York Daily News, que se interesó por entrevistarlo para un reportaje sobre aquella redada antihierba en la universidad. «Creo que las películas deben estudiarse, pero en una sala de cine, no en un aula», opinaría después. «Aquel primer día en la Universidad de Nueva York me di cuenta de que su sentido de los valores sobre el cine iba a ser tan académico que me aburriría completamente sentado allí durante el curso».
Después de su breve paso por el mundo universitario, John regresó a Baltimore. Fue allí, mientras disfrutaba con las películas de Jonas Mekas y leía sus columnas en The Village Voice, como se dio cuenta de que lo que hacía ese conocido cineasta experimental era lo que él también quería hacer para ganarse la vida. Por la misma época, alguien le preguntó un día a John si había estado alguna vez en Provincetown, un peculiar lugar de Massachusetts que se estaba volviendo muy popular entre los hippies y la gente gay. La pregunta intrigó al director lo suficiente como para viajar haciendo autoestop hasta aquel pueblo pesquero bohemio, donde al poco conoció a la actriz Mink Stole. «Estaba visitando a mi hermana, ella conocía a John y nos lo encontramos en la calle», relató luego ella. «Acabé quedándome en Provincetown ese verano y al final, mi hermana, John y yo, y una media docena de personas más, compartimos casa […]. Al final del verano, John y yo nos mudamos a Nueva York. Teníamos un apartamento en la calle Hudson. No duramos mucho allí. John quería volver a Baltimore y a mí, Nueva York en realidad me aterrorizaba».
Quien ha seguido de cerca la carrera de Waters sabe que sus primeros trabajos eran esencialmente cortometrajes que contaban con un audio registrado en una grabadora de bobina abierta que se reproducía de alguna manera en sincronía con la película. El director los proyectaba pocas veces una vez rodados y luego solo los volvía a exhibir de forma ocasional en exposiciones retrospectivas y similares. Así ocurrió con Roman Candles (1966), un corto fuertemente inspirado en Chelsea Girls (1966) deAndy Warhol —consistente en dos películas proyectadas a la vez en una pantalla dividida—, que John produjo bajo el nombre de Dreamland Studios, cuya oficina estaba en su dormitorio, donde también se grabaron muchas de las escenas.
Algunas de las obsesiones del director están ya presentes en este segundo trabajo cinematográfico, integrado por una serie de imágenes aleatorias que, en su intento por imitar lo que hacían las llamadas superstars del rey del pop art, había grabado de sus amigos. En ellas, podía verse a Divine jugando al escondite, Mary Vivian siendo atacada por su colega Bob Skidmore con un ventilador eléctrico, Mink Stole rezando ante una tumba antes de romper a llorar o David Lochary leyendo El mago de Oz a Maelcum Soul —quien en otra de las secuencias encarnó a una monja muy maquillada que se enrollaba con su novio vestido de cura.
Pese a que para verla había que emplear tres proyectores independientes de forma simultánea, Roman Candles tuvo una exitosa première mundial en una iglesia liberal del centro de Baltimore —en los sesenta, muchas iglesias eran más bien de izquierdas y permitían que los Panteras Negras y otros grupos subversivos proyectasen películas en sus sótanos—. Sabedor de que siempre es bueno que hablen de uno, aunque sea mal, John elaboró más tarde un anuncio comercial de la película en el que aparecían citas de quienes habían reseñado aquella primera proyección. Uno de ellos, Leo Cedrone, del Baltimore Evening Sun, calificó Roman Candles de «basura», algo que el director exhibió con orgullo en su anuncio —que ayudó a que la película se proyectara en un par de cines clandestinos más de Baltimore.
La cinta consagró a Maelcum Soul como la primera musa del cineasta. En la misma época, la actriz y modelo llegó a posar en algunas fotos publicitarias como la Bruja Malvada para Dorothy the Kansas City Pot Head, otra película de John que nunca llegó a completarse. En realidad, el director filmó solo un día porque, según contó después, se dio cuenta de que «era imposible hacer una película sonora con sincronización labial usando solo una cámara y una grabadora». En aquella parodia de El mago de Oz, Dorothy (Pat Moran) tomaba LSD, lo que la transportaba a la tierra de Od, donde los entrañables munchkins interpretaban un ballet vestidos con leotardos y zapatos ortopédicos. Una agente de narcóticos hacía de malvada bruja de Od, quien utilizaba yonquis alados para intentar capturar a la niña perdida.
Después vino Eat Your Makeup (1968), el primero de los trabajos de John rodado en 16 milímetros, donde varias modelos jóvenes son secuestradas por David Lochary y Maelcum Soul, una pareja desquiciada que las obliga a comer maquillaje y a desfilar hasta la extenuación por una pasarela construida en medio del bosque. Mientras tanto, un grupo de amigos del perverso tándempresencia esa escena, abusando de las muchachas de forma verbal y física. Aunque el momento más memorable de este mediometraje es sin duda una secuencia onírica en la que Divine se imagina que es Jacqueline Kennedy y aparece recreando el famoso asesinato de John Fitzgerald Kennedy en Dallas, vestida con un traje rosa similar al atuendo de la firma Chanel que la primera dama llevaba puesto el día de marras.
El mediometraje se rodó en el jardín delantero de la casa de los padres de John, y fue la primera cinta en la que el director pidió dinero prestado a su padre para ayudar a pagarla. Parece ser que el hombre accedió a dejárselo con la única condición de que no le dijera a nadie que lo había hecho. En realidad, los conservadores progenitores de John fueron bastante comprensivos con él desde el momento en que descubrieron el tipo de películas que hacía. Como John ha dicho alguna que otra vez, el matrimonio pasó años inculcándole las reglas del buen gusto para que él pudiera luego hacer una carrera rompiéndolas. «Creo que mis padres lo pasaron muy mal», le confesó a James Egan. «Lo dije en el discurso panegírico de mi padre [fallecido en 2008], escribí: “Ellos me hicieron sentir seguro”. Y eso es lo mejor. Si haces que tus hijos se sientan seguros, sobrevivirán pase lo que pase».
Corría el frío mes de febrero de 1968 cuando John estrenó Eat Your Makeup de forma oficial en el hall de la misma iglesia en la que había estrenado Roman Candles. También quiso presentarla a un festival de cine estudiantil, pero los jueces no la recibieron con demasiado entusiasmo y, en mitad de la proyección, comenzaron a gritar: «¡Quitad esta mierda!». No llegaron a verla entera, pero sí llamaron a la iglesia para intentar evitar la proyección de la película, porque según ellos era «perniciosa». Como el reverendo decidió seguir adelante con la presentación, los jueces recurrieron al IRS —siglas en inglés de la Hacienda estadounidense—, que se presentó en el templo cristiano para asegurarse de que allí no se cobraba entrada a nadie. John tuvo que conformarse con pedir donativos.
